Rodney Arismendi

 

Discurso en la sesion plenaria de la

Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros

 

Moscú, 1969

 

 


Pronunciado: Entre el 5 y el 17 de junio de 1969, en la sesiónes plenarias de la Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros realizada en Moscú.
Fuente del texto: Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros, Moscú, 1969.  Praga: Editorial Paz y Socialismo, 1969; págs. 214-222.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero de 2014.
Digitalización y HTML: Juan Fajardo, enero de 2014.


 

 

 

RODNEY ARISMENDI

Camaradas:

Por mandato del Comité Central del Partido Comunista del Uruguay expresamos nuestro apoyo al texto aprobado por la Comisión Preparatoria de esta Conferencia[1]. Es un material teórico-político importante, que marca un paso significativo hacia la unidad del movimiento comunista. Abarca un conjunto de definiciones generales justas y una plataforma llamada a unificar la acción antiimperialista en torno a un núcleo de postulados de carácter democrático. En particular, destaca la tarea candente de la solidaridad con Vietnam y demás pueblos que combaten por su independencia y su libertad. En cuanto a América Latina, subraya el papel de la solidaridad con la revolución cubana y la proyección histórica de esta en el proceso revolucionario de nuestro continente.

Para nuestro Partido, el Documento vale, antes que nada, como un nuevo punto de arranque hacia la unidad total de nuestro movimiento. El carácter colectivo de su elaboración acentúa su importancia presente y, todavía mas, su trascendencia futura.

El valor principal de esta Conferencia consiste en este sentido de unidad, en su función de herramienta forjadora de la unidad de acción contra el imperialismo y las diversas fuerzas reaccionarias, con vistas a ir agrupando a todos los partidos en torno a un programa y una estrategia comunes. Solo cumpliendo ambos extremes nos volveremos verdaderamente aptos para abarcar las tendencias fundamentales de la realidad contemporánea, anticipar nuestras acciones a los planes del enemigo, preservar o conquistar la independencia nacional, la democracia y la paz, en fin, acelerar la revolución socialista internacional.

Desde este ángulo, lo vemos como un documento de transacción, en tanto supone la tentativa exitosa de buscar la convergencia de puntos de vista sobre una base de principios; pero, primordialmente, como un documento de transición hacia más altas formas de unidad, aquellas capaces de conjugar la unidad del pensamiento y de la acción, las que entroncan dialécticamente la unidad teórica y estratégica en el piano internacional con la variedad creadora de la actividad nacional singular de cada partido.

Esta apreciación no pretende aminorar la jerarquía de nuestra principal declaración: procura ubicarla para subrayar que la unidad es algo que se forja, es obra permanente de fraternidad, de internacionalismo, de comprensión mutua, pero también de lucha ideológica, entendiendo esta no como una riña sino como la búsqueda científica de interpretaciones teóricas y de guías para la acción comunes. Por el contrario, empleamos a conciencia la calificación de histórica para esta Conferencia, ya que sus documentos son los primeros de tal alcance que emanan del movimiento comunista internacional desde las ya lejanas Declaraciones de 1957 y 1960. Ella es así, una prueba practica de unidad; confirma que la Conferencia debió hacerse, y que triunfa a pesar de las limitaciones que hemos señalado.

No entraremos a glosar el texto del Documento, que está en todas las manos. Solamente queremos reiterar sucintamente algunas de las reflexiones del Comité Central de nuestro Partido en esta materia.

Creemos que la unidad es necesaria estratégicamente y posible desde el punto de vista de los principios.

De que es estratégicamente necesaria, salta a la vista. Lo afirma implícita y, a veces, expresamente nuestro Documento, cuando destaca las posibilidades que nuestra época otorga al desarrollo y triunfo del movimiento revolucionario en todas sus formas; cuando subraya la existencia y el mantenimiento de una correlación internacional de fuerzas favorable al socialismo frente al capitalismo, inclinada a los pueblos frente al imperialismo y la reacción. También, cuando descarta toda ilusión de una coexistencia pacífica más o menos idílica, de un cuadro mundial más o menos lineal en su transcurrir, con abundancia de desarrollos pacíficos y de evoluciones mas o menos cuantitativas y automáticas de los procesos revolucionarios. Cuando destaca la exacerbación de la agresividad intrínseca a la naturaleza expoliadora y belicista del imperialismo, especial-mente del imperialismo norteamericano, agresor principal y gendarme mundial; cuando denuncia la agresión a Vietnam, las amenazas a Cuba y Corea, los planes y provocaciones contra el sistema socialista, la ocupación de Taiwán, las andanzas en África y Asia y la sistemática y sangrienta opresión de Iberoamérica. En fin, cuando denuncia la llamada estrategia global del imperialismo yanki, a cuyo servicio este pone inmensos recursos, inclusive los frutos de la revolución técnico-científica.

Estos señalamientos no nos llevan a perder de vista las perspectivas, ni a estimar sombríamente la correlación internacional de fuerzas. Solamente suponen ilustrar en la vida el axioma marxista de que ninguna clase dominante va tranquila y beatíficamente a su tumba. Y, a la vez, recordar que la inmensa fuerza de un sistema socialista unido, en cuyo eje se halla la autoridad histórica e ideológica y la potencia económica y militar de la Unión Soviética, si se conjuga con las tendencias de la realidad mundial y con los movimientos obre-ro y nacional-liberador, pueden detener la guerra mundial, paralizar o aplastar las agresiones, derrotar las formas fascistas y antidemocráticas, ayudar a los procesos de independencia nacional y del tránsito hacia el socialismo de los pueblos atrasados, y, más aun, pueden dar un nuevo auge a la revolución socialista, razón de existencia de nuestros partidos. Tanto más cuando la crisis del sistema capitalista se manifiesta en nuevos signos premonitorios de convulsiones económicas y sociales en los países capitalistas de mayor desarrollo, en el cuadro de la agudización de los antagonismos que están en la base de nuestra época histórica.

Necesitamos así de la unidad porque prevemos grandes confrontaciones en los planos internacional y nacionales. Creemos que la unidad de nuestro movimiento hará menos dificultosa la dura lucha que sobrevendrá, en particular, la sangrienta brega de los pueblos coloniales, semicoloniales y dependientes. Y que en el piano ideológico, cultural y humano tornara más luminosa la acción inspiradora del marxismo-leninismo.

Al hacer el balance del último decenio, debemos preguntarnos: ¿por qué ha habido algunas derrotas y retrocesos, por que los avances no han sido mayores?

No pensamos que ello sea el resultado de un cambio negativo en la correlación mundial de fuerzas. Pero tampoco creemos, como algunos, que muchas derrotas y retrocesos, en este o aquel lugar, obedecieran a una sobreestimación de esa correlación, sino mas bien a apreciaciones, en cierto modo idílicas, del desarrollo mundial, quiza a la perdida de vista de la dialéctica de los procesos, de la ineluctable dureza de la lucha de clases en lo nacional e internacional, que lleva a veces a borrar las fronteras cualitativas entre la democracia burguesa y el socialismo.

En las derrotas y retrocesos, en los insuficientes avances, intervino también, como factor de incalculable proyección negativa, la segregación china y su acción tendiente a socavar el sistema socialista y la organización de los partidos comunistas y obreros. Ello dificulto la necesaria concentración de todas las fuerzas antiimperialistas en la lucha contra el enemigo común, lo que tuvo expresiones particularmente dolorosas en la cuestión de la guerra del Vietnam; disperse muchas energías en la polémica interna; actuó, en algunos casos, como factor paralizante de la elaboración creadora, marxista-leninista y, en otros, sirvió para que tras el espectro chino se amparasen también, a veces, formulaciones de derecha, a las cuales no repugna, por otra parte, invocar como pretexto los planteamientos chinos. Pero, sobre todo, actuó como factor ideológico dispersivo, que rebajo la atracción que el socialismo y el comunismo ejercen sobre amplias masas, restableciendo nuevas bases para la propaganda anticomunista y antisoviética. En particular, ofreció una imagen falsa de las relaciones entre los países socialistas, vulnero seriamente el concepto del internacionalismo proletario y de su aplicación en el seno del sistema socialista mundial, y atento gravemente contra el concepto del Partido y de su papel dirigente. Todo ello frustro, en medida importante, las posibilidades, que habían madurado, de una considerable extensión de la influencia ideológica del marxismo-leninismo, de la atracción de vastas masas hacia nuestras posiciones. Al mismo tiempo, dio pie, en las condiciones de la incorporación de nuevas capas sociales al movimiento revolucionario, al florecimiento de concepciones infantilistas.

En estas circunstancias, todos los pasos hacia el restablecimiento en profundidad de nuestra unidad los vemos como pasos dados hacia un mayor desarrollo creador del marxismo, unido a una militante preservación de su pureza teórica y metodológica, contra toda forma de revisionismo, contra el nacionalismo burgués y otras desviaciones.

Pero, cuando se procesan divergencias de distinto tamaño en el movimiento comunista, cabe siempre preguntarse con Lenin: ¿que corresponde? ¿la unidad o el deslinde?

Los comunistas, que no somos politiqueros sino revolucionarios proletarios, no debemos eludir la respuesta a este interrogante. Nosotros respondemos afirmando que creemos posible la unidad en base a principios. En esta apreciación coincidimos con casi todos los partidos. Salvo la dirección china y algún acolito, que han teorizado la división, que la han practicado y que califican groseramente nuestra Conferencia, no conocemos otros pronunciamientos por el deslinde.

Por el contrario, nos complace saludar como un hecho altamente auspicioso la presencia aquí del glorioso Partido Comunista de Cuba. Sentimos tras las amistosas palabras dirigidas a la Conferencia por los heroicos partidos de Vietnam y de Corea, por los camaradas de Laos, la cálida fraternidad comunista propicia a la unidad.

La unidad es posible a la luz de los principios, a condición de bregar por ella dinámicamente, de forjaría cada día, de no transformar cada discrepancia en un agravio, de rechazar toda tendencia centrifuga y dispersiva, de enfrentar toda glorificación del aislamiento que confunda independencia de los partidos con particularismo, marxismo creador con distanciación del PCUS y el sistema socialista, de salir al paso a las oposiciones metafísicas entre los deberes nacionales e internacionales de cada Partido, en fin, de crear condiciones para un debate creador, fraternalmente critico y autocritico, entre todos los partidos o, por lo menos, entre el mayor número de estos. Nos atrevemos a opinar que ello conduciría, por un lado, a elevar realmente y no solo declarativamente el invocado papel rector nacional de cada Partido y, por el otro lado, a afirmar el contenido internacionalista que define la misión histórico-universal del proletariado.

Nadie piensa, en la hora actual, en un centro dirigente internacional, sin perjuicio que destaquemos el gran papel histórico desempeñado por la III In-ternacional; pero pensamos que si es menester reforzar mucho mas nuestros lazos internacionalistas.

Creemos, igualmente, que las dificultades que han tenido o tienen sectores de nuestro movimiento para transformarse en una fuerza política real en su propio país, no obedecen de obligaciones emanadas del internacionalismo. Si en décadas de actuación no han logrado arraigarse en el proletariado, influir realmente en el movimiento popular, ser un factor de enfrentamiento a las acciones agresivas imperialistas más sangrientas, como la agresión a Vietnam, que llega a utilizar fuerzas armadas de este u otro país, difícilmente se puede arrojar sobre el internacionalismo proletario y las tesis fundamentales del marxismo-leninismo las culpas de las propias insuficiencias. La vida refuta esta explicación inconsistente: basta mirar a otros pueblos.

Algunas reflexiones más. Si bien no creemos que nuestra Conferencia este en condiciones de afrontar debates en estas materias, más tarde o más temprano será menester definir colectivamente las causas que inciden en las divergencias y contradicciones entre nuestros partidos. Solo queremos dejar, de paso, una constancia a este respecto. Muchas veces se da, como única y principal explicación, la siguiente: la vastedad y diversidad del proceso revolucionario internacional es la base objetiva que condiciona los desencuentros y las divergencias. O sea: la grandeza y victoria de nuestro movimiento es también causa de nuestras flaquezas. En parte esto es así. Y es justo que los subrayemos en prevención de ideas simplistas o uniformantes respecto a los problemas particulares. Pero es una verdad a medias. Ya que sobre esa base se generan ideas, a veces tendencias, larvadas o ya definidas, que involucran profundos problemas ideológicos, para nosotros, de corte revisionista, y que, por lo tanto, deben juzgarse desde un ángulo de clase, desde el punto de vista universal del marxismo-leninismo. Otro criterio nos deslizaría hacia el relativismo, a ver la praxis de la revolución socialista internacional como una simple adición de experiencias locales, con lo que negaríamos la índole generalizadora de la teoría marxista-leninista. Ninguna dilucidación teórico-política de estos problemas deberá resolverse, con vistas a la unidad, por motes o calificativos fácilmente generalizadores a lo que temen algunos partidos. Nuestro Partido trata modestamente de no cerrarse a las búsquedas, más bien de promoverlas, de comprender el papel de otras fuerzas revolucionarias de América Latina y del mundo, de advertir sus aportaciones, sin por ello creer que todo planteamiento puede saltar por encima de su base de clase, o que cualquier opinión, explicable por razones objetivas, pueda incluirse en una bolsa grande e imprecisa igual-mente llamada marxismo-leninismo.

Además, ello conduce a una óptica falsa. En detrimento de la lucha ideológica, lleva a pensar que las diferencias no desaparecen porque, supuesta o real-mente, son tratadas groseramente o con una metodología contraproducente. Por consecuencia, se coloca el acento en los temas referentes a presuntas particularidades nacionales subestimadas o, cuando se trata de las relaciones de los partidos, en los temas de soberanía. Lejos de nosotros esta el creer que todo ya está resuelto en materia de liquidar ideas dogmaticas e incorrecciones de métodos; incluso no creemos que siempre se haya actuado bien. Pero, si pensamos que por aquí se puede eliminar el debate ideológico creador y darles derecho de ciudadanía a opiniones y, ¿por qué no?, tendencias negativas y ostensiblemente ajenas al marxismo-leninismo. Y, hablando francamente, creemos que esto representa un peligro de consolidación de tendencias de derecha, revisionistas, en algunos lugares de nuestro movimiento.

Pensamos que el riesgo principal reside en un abroquelamiento de ciertos partidos, que reduce al mínimo la discusión fraternal, cuando ella involucra la crítica y la autocritica. No se entienda que reivindicamos invadir las fronteras de los partidos. Creemos en la igualdad de estos, más aún: en la obligación más que en el derecho, de autodeterminarse por sus congresos y Comités Centrales. Pero pensar que el peligro mayor este, hoy por hoy, en los avasallamientos de las autonomías partidarias, es, glosando a Lenin, "literalmente el mismo "sentido de ia vida" que demostraba poseer el personaje de la épica popular que gritaba, al paso de un entierro: "¡Ojalá tengáis siempre algo que llevar!"[2].

Comprendemos sin embargo que el avance de la unidad reclama su precio. Y, dentro de este, una administración adecuada de las polémicas. Impulsados por la unidad de acción avanzaremos en el intercambio fraternal hasta llegar a entender la lucha ideológica como una herramienta de la revolución y no como un fantasma que se mete en casa ajena. La acción común y la elaboración común engendraran sin duda las formas superiores de la unidad a que aspiramos.

Por ello, la Conferencia es altamente positiva. Hubiera sido positiva aún en el caso de que nos hubiéramos autoconfinado a aprobar la plataforma, mínima concreción de unidad exigible a partidos que invocan su inspiración común marxista-leninista. Pero ello hubiera significado mucho menos de lo que el movimiento puede ofrecer hoy en materia de unidad. Por el contrario, hubiéramos deseado incluir en el Documento un número mayor de definiciones teórico-políticas. Desde 1960 han transcurrido muchos anos y ha habido una vasta experiencia relacionada con el sistema socialista, con los problemas relativos a la revolución de los pueblos coloniales y dependientes, con la experiencia revolucionaria de América Latina, con las relaciones entre las revoluciones democráticas y socialistas en países de desarrollo capitalista relativamente importante, con los procesos que se desarrollan en el movimiento obrero de los países capitalistas desarrollados, con la insurgencia del estudiantado y la intelectualidad y la acción de la pequeña burguesía radical, particularmente en América Latina, con los procesos del ejercicio de la función de vanguardia de los partidos, con la estimación de las desviaciones y tendencias que se comprobaron en todo ese periodo en el conjunto del movimiento, etc. En particular, hubiéramos deseado que conjuntamente con una exaltación del desarrollo creador del marxismo-leninismo, el documento hubiera reiterado las conocidas tesis marxistas-leninistas acerca de la dictadura del proletariado, acerca de las relaciones entre el Estado y la revolución, de las que surgen las definiciones sobre la destrucción de la maquina burocrático-militar del Estado y sobre las vías de la revolución, y otras. Sin embargo, no hemos insistido en ello con vistas a facilitar la aprobación de un documento tan importante. Nos mueve el criterio de que, en esta etapa, todos contribuyamos a la unidad, sin perjuicio de que pensemos en el peligro de derecha que significa el no considerar obligatoriamente actuales estas tesis que, en última instancia, definen nuestra condición de marxistas-leninistas.

 

Camaradas:

Para todos los revolucionarios del mundo tiene importancia de principios el fortalecimiento de la unidad y la elevación del papel internacional del sistema socialista y, en particular, de la Unión Soviética. Este deber internacionalista, que históricamente naciera con el gran Octubre, no se ha extinguido en las nuevas condiciones de la revolución socialista internacional. No podemos estar de acuerdo, por lo tamo, con aquellos que valoran las relaciones entre el Partido Comunista de la URSS y los revolucionarios del mundo capitalista según una peculiar contabilidad: los avances que los cambios históricos socialistas condicionan, los miden como meritos propios; en cambio, las consecuencias de la lucha de clases llevadas a la escena internacional o las necesidades de la defensa del sistema socialista, que son también premisas del avance revolucionario mundial, son, a sus ojos, obstáculos a sus éxitos particulares. Resulta difícil creer que tales estimaciones correspondan al internacionalismo proletario, pero aun menos, que ellas sean una garantía de la transformación de este u otro partido en una autentica fuerza política nacional.

Se habla de debatir aquí teóricamente este o aquel episodio internacional. O acerca de la irradiación mundial de la sociedad socialista. Si ello se refiere a la Unión Soviética, responden 50 años de socialismo triunfante, 20 millones de muertos en la derrota del nazismo, la transformación de la sociedad atrasada en la nueva civilización socialista, la ayuda a Vietnam, a Cuba y otros países. Todo ello atestigua de la contribución objetiva al avance de las fuerzas socialistas y antiimperialistas en nuestra época. Por otra parte, para el campo socialista, el avance de las revoluciones socialistas, democráticas o antiimperialistas en los actuales países del capitalismo es la mejor defensa de sus conquistas. Esta unidad dialéctica indestructible encarna el contenido de nuestra época.

Por ello, cuando se llama, como en el último congreso chino, a enfrentar conjuntamente a la URSS y EE.UU., se apunta a romper la columna vertebral de la revolución socialista internacional y del movimiento liberador mundial.

 

Camaradas:

Nuestra Conferencia se reúne en una hora de duras, complejas y, en general, sangrientas definiciones para los pueblos de América Latina.

Oprimidos por el imperialismo yanki y por oligarquías de grandes terratenientes y grandes capitalistas, nuestro continente, después de la segunda guerra mundial, ha entrado con fuerza tumultuosa en la escena internacional y hoy vive una nueva fase de su desarrollo revolucionario.

El triunfo de la revolución cubana es el jalón definidor de este viraje histórico.

Desde el comienzo de la década del 50 la situación latino-americana se caracteriza, por un lado, por el estallido de movimientos revolucionarios democráticos y antiimperialistas que tomaron a veces el camino de la lucha armada, y por la acción de vastas masas obreras y populares, que comprenden, particularmente, a estudiantes e intelectuales; por el otro lado, por las intervenciones del imperialismo norteamericano, por la inestabilidad política y la frecuencia de los golpes de Estado, por el ataque a las libertades democráticas y la reiteración de sangrientas tiranías.

La base objetiva de esta situación convulsa es la profunda crisis de la estructura económico-social de las sociedades iberoamericanas. Sobre esta base se anudan de un modo cada vez más apretado las contradicciones sociales, económicas y políticas y, en particular, el antagonismo que enfrenta nuestros pueblos al imperialismo yanki y a las clases dominantes de grandes capitalistas y terratenientes.

En este proceso revolucionario se manifiesta la imposibilidad de las clases dominantes de responder a las urgencias principales del desarrollo económico y al ascenso de las acciones .obreras y populares. Las grandes y combativas huelgas de la clase obrera, el despertar, en muchos países, del campesinado y las masas rurales, las acciones valerosas de los estudiantes, la labor clandestina o las experiencias de heroicas guerrillas y otras diversas formas de la lucha democrática y antiimperialista, caracterizan por anos el sobresaltado curso latinoamericano.

Desde luego, este proceso no es fácil ni sencillo; las brutales intervenciones del imperialismo yanki, el montaje de fuertes aparatos represivos o de provocación y espionaje, el frecuente asesinato de cuadros, los disparos en las calles y el crimen político contra los militantes revolucionarios, también caracterizan la dura batalla.

En cada etapa, cuando el imperialismo y la reacción cantan victoria, nuevas fuerzas que entran al combate y nuevas formas de lucha señalan otra vez que el topo de la revolución de que hablara Marx, sigue trabajando activamente en nuestro continente. Ni las represiones, ni los repliegues momentáneos de este u otro sector de la lucha liberadora —armada o no —, ni siquiera la muerte de héroes tan queridos como Ernesto Guevara, han paralizado la gesta de nuestros pueblos. Si hoy mismo miramos a América Latina podremos advertir la amplitud de esta lucha, la irrupción de las acciones obreras y estudiantiles en todas las capitales, la frustración por las masas del viaje de Rockefeller, el inicio quizá de una nueva ola revolucionaria de alcance continental.

¿Cómo calificar esta situación de Iberoamérica? Nuestro Partido la ha categorizado como una situación revolucionaria de tipo general, como la señalada por Lenin en Rusia desde el 1900 hasta la la guerra mundial; generada sobre la base objetiva de la crisis de estructura de nuestras sociedades, ella precipita situaciones revolucionarias concretas alternativamente en este o aquel país. Camaradas de otros partidos la llaman una situación pre-revolucionaria; otros, una situación convulsa, objetivamente preparatoria de crisis revolucionarias. No se trata aquí de dirimir el acierto de unas u otras categorizaciones. Más importante, nos parece, es advertir que nuestro continente se encamina —en medio de duras y sangrientas luchas— a fases cada vez más altas de su gesta revolucionaria y que, en tales condiciones, el papel de vanguardia de los partidos, la unidad de las fuerzas obreras y antiimperialistas y la solidaridad internacional pueden ser definidores del curso de los acontecimientos. Para los latinoamericanos, la unidad del movimiento comunista internacional se proyecta como un factor importante de nuestra liberación.

En el cuadro de esta América Latina conmovida se sitúa nuestro pequeño Uruguay. El último decenio, sobre el fondo de la profunda crisis económico-social que alcanza hoy formas extremas, se libra un enconado combate de la clase obrera, de los trabajadores rurales, de los estudiantes e intelectuales y de las capas medias urbanas contra el imperialismo yanki y las clases dominantes. Esta pertinaz y combativa lucha obrera y popular es el rasgo más significativo de la realidad uruguaya. En ella se ha entrelazado la brega por las reivindicaciones económicas y sociales con la defensa de las libertades democráticas y la soberanía nacional, y con las formas más activas de solidaridad con Cuba y Vietnam y de repudio de masas al imperialismo yanki. A través de esta lucha se han unificado la clase obrera y los asalariados diversos en una sola Central, la CNT, de definida orientación clasista, se ha forjado una solida alianza entre los estudiantes y los obreros, se ha desarrollado la unidad de las fuerzas de izquierda y se ha levantado un fuerte movimiento de defensa de la democracia y la soberanía. En los últimos anos, la lucha de clases se ha vuelto particular-mente aguda y, una y otra vez, las acciones obreras y populares han hecho retroceder las intentonas gorilas. En 1968 el gobierno pretendió aplastar el movimiento obrero y popular y cercenar totalmente las libertades democráticas. Durante casi un año rigieron las medidas de excepción, se asesinaron estudiantes y obreros, fueron heridos cientos de trabajadores y estudiantes, hubieron más de seis mil presos y fueron militarizados más de 60 mil obreros del Estado. Sin embargo, los trabajadores y el pueblo enfrentaron combativamente esta situación. Huelgas generales, ocupaciones de fabricas, acciones callejeras, combativas demostraciones de obreros y estudiantes que chocaron más de una vez con las fuerzas represivas, acciones de los jóvenes y las mujeres, protestas de fuerzas democráticas y religiosas, etc., determinaron la reconquista de libertades democráticas, aunque esta dura lucha continúe sacudiendo a nuestro pueblo en la perspectiva de mas altas definiciones.

En medio de este gran combate, nuestro Partido y la Unión de la Juventud Comunista, que son fuerzas fundamentales del movimiento obrero y estudiantil, acrecentaron considerablemente sus filas. Nuestro Partido, que en los últimos anos había multiplicado por diez el número de sus militantes, vio ingresar durante 1968, 11.000 nuevos miembros al Partido y a la UJC. Nuestro diario amplio su tiraje. Nuestras audiciones radiales aumentaron su prestigio, nuestra revista teórica es hoy la de mayor tiraje en el pais. Nuestro Partido, integrado en un 78% por obreros, y nuestra UJC, de arraigo en el movimiento estudiantil, extendieron su influencia en estos sectores, al tiempo de fortalecerse la unidad de izquierda en el Frente Izquierda de Liberación y ampliarse la unidad con sectores democráticos y religiosos.

Cuando pronunciamos estas palabras nuestra patria vive horas de tensa definición política y de aguda lucha de clases. Nuestro Partido, que lucha por una salida democrática y antiimperialista, por un cambio avanzado en la vida nacional, sabe que nuestro país puede enfrentar, a breve plazo, amenazas gorilas, pero está seguro de que frente a ellas, se alzaran las acciones combativas de todo el pueblo.

 

Camaradas:

Sean nuestras palabras finales para agradecer al glorioso Partido de Lenin su hospitalidad y su contribución tan valiosa al exito de nuestra Conferencia.

 

 

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[1] "Las Tareas Actuales de la Lucha Antiimperialista y la Unidad de Acción de los Partidos Comunistas y Obreros y Demás Fuerzas Antiimperialistas". Véase Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros. Moscú, 1969. (Ediciones Paz y Socialismo, Praga, 1969), págs. 7-36. (N. de marxists.org)

[2] Obras Completas, t. V, pag. 453. Ed. Cartago, Buenos Aires. (N. en el original)