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Schafik Jorge Handal

Partido Comunista y guerra revolucionaria

 

 

VII.

UNA METODOLOGÍA REVOLUCIONARIA PARA RESOLVER PROBLEMAS INTERNOS

 

1. AJUSTES ORGÁNICOS: UN REQUERIMIENTO PERMANENTE

—A fines de 1985 parecía que ustedes habían logrado superar tanto las desviaciones reformistas del ya lejano pasado electoral, como las desviaciones militaristas de los inicios de la incorporación del PCS a la guerra. ¿Cómo se explica entonces, la importante reestructuración interna que sufre la dirección del Partido en el primer semestre del 86?

—Nuestra experiencia como Partido nos ha llevado a la convicción de que la necesidad de poner a tono la organización con las nuevas exigencias de la lucha revolucionaria, en el marco de una guerra como la que estamos librando en El Salvador, es un requerimiento permanente.

Los ajustes orgánicos que habíamos hecho, cumplieron su papel en los primeros períodos del desarrollo de la guerra, pero ésta se ha vuelto cada vez más compleja. Enfrentamos al más experimentado de todos los enemigos en lo que se refiere a la guerra de contrainsurgencia: al imperialismo norteamericano, que es quien está realmente detrás de todo esto, teniendo como instrumentos al gobierno y al ejército salvadoreños. La situación demanda cada vez más capacidad para combinar la lucha armada, la lucha política y la lucha diplomática.

Además, a fines del 83, y más especialmente durante el 84, se empieza a perfilar un nuevo auge de la lucha de masas, un nuevo flujo de la lucha popular, un proceso de maduración de otros elementos de la lucha revolucionaria. Y, a medida que nuevos sectores sociales se incorporan a la escena política, la lucha se hace más complicada.

El nuevo programa exige no sólo mayor capacidad de ejecución. Tareas que en otros períodos fueron resueltas con una determinada metodología, ya no pueden resolverse de esa manera. Me refiero, por ejemplo, a la construcción de nuevas fuerzas militares y a la construcción de nuevas fuerzas de masas organizadas. Porque el enemigo está ahora mucho más organizado que antes, usa métodos que indican que ha asimilado nuestra metodología anterior. Y por lo tanto, la consecución de los mismos objetivos de antes requieren ahora un esfuerzo mayor, más sacrificio. Los cuadros, tanto en la ciudad como en el campo, deben correr mayores riesgos y debe resolver los problemas en medio de estas nuevas condiciones.

Esto motivó la necesidad de readecuar el Partido. Aquello que ya parecía haber sido alcanzado apareció como insuficiente en las nuevas circunstancias.

—¿En qué momento?

—Esto se pone de manifiesto en los primeros meses del 86, pero estos procesos siempre tienen una historia larga. Aparecieron nuevos aspectos que no estaban presentes antes, como ciertos elementos de desgaste.

—¿Elementos de desgaste?

—Efectivamente. La guerra no sólo desgasta al enemigo. En estos seis años de guerra, las fuerzas revolucionarias hemos causado un gran desgaste al enemigo. La guerra ha bloqueado la posibilidad de que éste encuentre una solución capitalista dependiente a la crisis estructural y, en definitiva, deje sin base la maduración de la situación revolucionaria. Esa es una acción neta de la guerra revolucionaria en El Salvador.

Pero al mismo tiempo que hemos desgastado al enemigo, hemos sufrido nosotros un desgaste. Y no se trata sólo del desgaste más visible, del desgaste por la pérdida de combatientes y cuadros, que se va reponiendo con nuevas incorporaciones. Se trata de otros aspectos... Los cuadros mantienen su adhesión completa a la revolución, su conciencia clara acerca del camino. No se trata en modo alguno de disidencias, por eso uso el término de desgaste...

—¿Cansancio?

—El cansancio es un aspecto. Cansancio físico, no moral, y pérdida de salud, pérdida de capacidad para afrontar las nuevas situaciones más complejas en algunos compañeros de la dirección...

—¿Pérdida de capacidad o es que no tienen la capacidad suficiente para enfrentar tareas más complejas y se quedan rezagados?

—Algunos de ellos se quedan rezagados. En otros se producen fenómenos de acomodamiento. La guerra ha obligado a que algunos cuadros estén en el exterior y otros estén en el interior, y que dentro del país unos están en la montaña y otros en la ciudad. En la montaña hay zonas más calientes, de mayores enfrentamientos, y zonas menos calientes. Aunque en los últimos tiempos eso se ha emparej ado debido a la nueva táctica del enemigo y a nuestra respuesta en el terreno. Pero existen diferencias entre los que viven en la montaña y en la ciudad. En ésta hay más riesgos, pero también hay más comodidades. Y entonces en la ciudad algunos cuadros tienen la posibilidad de ser influidos por las condiciones y sufrir acomodamiento. Lo mismo, y con mayor intensidad, ocurre con los cuadros que están en el exterior.

Pero lo fundamental es que la complejidad de la situación exige más claridad, más atención, más eficiencia en todos los terrenos de la lucha, tanto en la lucha militar como en la lucha política.

En los frentes de guerra tenemos que acelerar y realizar en buena forma, con altos niveles de calificación, la tarea de promover una generación muy numerosa de combatientes y cuadros. No sólo para compensar las pérdidas sufridas durante estos años, sino para darle mayor volumen a la fuerza militar, en momentos en que va avanzándose hacia un nuevo punto de maduración de la situación revolucionaria. Nosotros tenemos que coordinar los esfuerzos en este terreno con aquéllos tendientes a desarrollar el movimiento popular, la lucha política, potenciar la capacidad de autodefenderse y la violencia revolucionaria de las masas no organizadas militarmente.

En este marco, se habían producido en la dirección del Partido, en su Comité Central, manifestaciones de desgaste, de retraso, algunos casos de acomodamiento, otros casos con problemas de conducta personal que afectaban el prestigio y la autoridad de la dirección, en momentos en que ésta requiere de cualidades revolucionarias de primer orden y de un alto prestigio.

Te voy a contar en qué situación orgánica estaba el Partido:

El VII Congreso, que fue el congreso del viraje, en abril de 1979 eligió un nuevo Comité Central a tono con esta línea que fue la que realizó el viraje. En 1983, como resultado del involucramiento del Partido en su conj unto en la guerra revolucionaria, se comenzó a destacar una nueva generación de cuadros dirigentes forjados en la guerra. Entonces se nos planteó la cuestión de si debíamos realizar una sustitución generalizada de miembros del Comité Central o no. La situación no era clara. No se veía que los cuadros del Comité Central electos por el congreso, excepto unos pocos, hubiesen agotado sus expectativas de desarrollo. Los cuadros nuevos eran menos experimentados y en desarrollo. En ese momento optamos por la fórmula de cooptar como miembros del Comité Central a la mayoría de estos nuevos cuadros, sin hacer sustituciones, salvo en el caso de algunos compañeros caídos o francamente deteriorados. Así se amplió numéricamente el Comité Central y la Comisión Política. Entre los cuadros del Comité Central integrados totalmente a la lucha armada y los nuevos promovidos al Comité Central, se conformó una amplia mayoría. El Pleno del Comité Central del 84 aprobó esta cooptación realizada por la Comisión Política, agregando dos o tres cuadros más.

A comienzos del 86, empezaron a manifestarse, sin embargo, algunos problemas. Al comienzo pensamos que se trataba de casos individuales y, partiendo de ese criterio, adoptamos medidas pero, al ver que los casos se multiplicaban, nos vimos impulsados a analizar el problema en sus causas y llegamos a la conclusión de que lo que estaba pasando era aquello del desgaste a lo que me refería antes. Era necesario abordar el problema en su conjunto. Además, esto que estaba pasando en la dirección también tenía manifestaciones en otros niveles del Partido, niveles intermedios y de base. Lo que ayudó a hacer evidente esta situación fueron las críticas surgidas desde la base a compañeros de la dirección, y, en algunos casos, a la Comisión Política misma, como responsable, en último término, de lo que pasa en el Comité Central y en el Partido en su conjunto.

Esto fue, digamos, la campanada. Y, partiendo de nuestras experiencias anteriores, decidimos enfrentar los problemas sin hermosearlos, decidiendo que la dirección fuera la primera en dar el paso adelante, asumiendo autocríticamente esta problemática. Este era un paso indispensable para luego llevar este proceso a todo el Partido.

 

2. ABANDONO DEL FORMALISMO PARA REALIZAR LOS CAMBIOS NECESARIOS.

—¿Qué mecanismos usaron para enfrentar estos pro blem as?

292. —Decidimos que no podíamos realizar un pleno del CC como en 1984. En las nuevas condiciones de la guerra era algo muy complicado e iba a tardar mucho; sería un esfuerzo que haría necesario interrumpir otros esfuerzos o inversiones vitales dentro de la guerra. El Comité Central estaba distribuido en cinco puntos del país y en dos puntos en el exterior, más 2 ó 3 compañeros un poco volantes, que cumplían en aquel momento misiones internacionales.

293. Uno de estos grupos fue el que puso en marcha el proceso, el que hizo el análisis y lo propuso a los demás.

—¿Un grupo en el interior del país?

294. —El hecho tuvo lugar en el exterior, pero no se puede decir que partiera de un grupo del exterior, ya que en ese momento estaban fuera del país un número considerable de compañeros salidos del interior por problemas de salud o por tareas encomendadas.

295. Este grupo del CC hizo un análisis de lo que estaba pasando en el Partido e insistió en que la dirección debía asumir este problema en todas sus dimensiones y resolverlo de manera autocrítica y crítica, sobre la base de una seria evaluación de los cuadros. Los resultados de esta evaluación debían desembocar en una disminución del número de miembros, tanto del Comité Central como de la Comisión Política y en un desplazamiento de cuadros a otras tareas.

296. Hacer estos cambios era atribución del congreso, pero como en ese momento era imposible reunirlo de inmediato no fuimos formalistas y usamos un mecanismo que permitiese hacer los cambios con la agilidad necesaria. Decidimos reunir al Comité Central por grupos, allí donde éstos estuvieran y discutir y llegar a acuerdos en estos grupos, y luego reunir esos acuerdos. Todas estas reuniones deberían hacerse con un mismo planteamiento, que fue aceptado por todos.

—¿Cuál era ese planteamiento?

—Señalar cuáles eran los problemas que debían ser resueltos, cuáles eran sus causas, hacia dónde necesitábamos llevar al Partido y qué objetivos perseguíamos con eso. Y en relación a cómo proceder, nos pusimos de acuerdo en lo siguiente:

—El número de integrantes del Comité Central y la Comisión Política sería disminuido. Debíamos opinar sobre cuales serían esas cifras.

—Todos nosotros sin excepción, desde el Secretario General, poníamos nuestros cargos a disposición del Partido. Formalmente ninguno mantenía su nombramiento.

—Debía hacerse una ronda de intervenciones autocríticas en cada grupo, de modo que cada uno tuviera la oportunidad de evaluarse él mismo primero y luego todos los demás debían hacer intervenciones críticas acerca de cada uno de nosotros. Los compañeros que no estaban presentes también podían ser criticados, ya que todos nos conocemos y existe una gran movilidad propia de las tareas y necesidades en la guerra.

Así, pues, en cada grupo del Comité Central se hizo primero una ronda de evaluaciones autocríticas, luego se opinó críticamente de los presentes y ausentes y, por último, se sacaron conclusiones y sobre esta base se hizo la reorganización.

—¿Esta debía estar sometida a una aprobación posterior?

—No. El procedimiento que se adoptó fue el de formar una comisión que gozara de plena confianza y autoridad, formada por los que mejor conocen al Partido y en ellos se delegó la tarea de ejecutar la reorganización del Comité Central.

—¿Cómo se eligió esta comisión?

—Todos los grupos proponían compañeros. Lo interesante es que en todas partes la elección recayó sobre los mismos compañeros. Fue un asunto muy maduro. La comisión tenía plenos poderes para la reorganización.

Todo este proceso de discusión duró un mes y diez días. Cada grupo envió sus opiniones. Además de la autocrítica y crítica, se acordó que cada grupo hiciera su propuesta de cómo debía quedar integrado el Comité Central y la Comisión Política, por cuántos miembros y quiénes debían formarla. Fue interesante comprobar la coincidencia que se dio. Sólo hubo unos pocos casos en que no hubo coincidencia plena. Las opiniones, las críticas, las conclusiones eran las mismas y por eso la comisión pudo hacer su trabajo en un tiempo breve.

Ahora bien, excepto tres que no sólo fueron marginados del Comité Central sino que están en proceso de quedar fuera del Partido; el resto de los que salieron, son compañeros que tienen capacidades para otro nivel de tareas y que tienen una actitud revolucionaria. No pusieron ningún obstáculo para la reorganización y reconocieron sus errores y limitaciones. Esto muestra su calidad comunista.

La comisión pasó luego a realizar la reubicación de los cuadros en las distintas responsabilidades y tareas, procurando hacerlo lo más racionalmente posible. A los cuadros que fallaron en determinadas tareas se los colocó en otras. Como las autocríticas por lo general fueron honestas y aquéllas que se quedaron cortas fueron profundizadas por la crítica, se tenía un panorama muy claro para poder efectuar una correcta reubicación.

Como a muchos de ellos se les asignó en tareas más a tono con sus capacidades, eso no los afectó negativamente; por el contrario, están realmente contentos, tienen entusiasmo y están cumpliendo muy bien con sus nuevas responsabilidades. Sienten que se les ha sacado un peso de encima. Tenían tareas que eran superiores a sus capacidades y ahora se les dio la posibilidad de ser realmente útiles a la revolución y a la causa del Partido.

El Comité Central se redujo de 36 a 25 miembros y la Comisión Política se redujo de 12 a 7. Dentro del propio Comité Central hubo cambios de posición, unos pasaron a ser miembros efectivos, otros a ser suplentes. Hubo casos en que de suplente de la Comisión Política se pasó a suplente del Comité Central.

Terminado el proceso de trabajo de la comisión, empezó el proceso de bajar la información al Partido.

—¿Con las evaluaciones y todo lo demás?

—Es allí donde viene el problema. No se pudo bajar todos los detalles de las evaluaciones por razones de seguridad. Se habló más bien de los problemas que había en forma general. Pero también se bajó la orientación de realizar a nivel de las bases y organismos intermedios del Partido, un proceso de autoevaluación, semejante al que se dio a nivel de Comité Central. Las células desarrollaron un proceso de depuración como punto de partida para un esfuerzo de desarrollo superior.

Por supuesto que como esto tenía en la base una actitud honesta y autocrítica del propio Comité Central, los pasos dados han sido recibidos con gran autoridad, entusiasmo y aceptación por las bases que, como te decía, los primeros meses del 86 fueron especialmente críticas. Los militantes encontraron así una respuesta que fue al encuentro de sus planteamientos y señalamientos y el proceso de evaluación y cualificación marchó en todo el Partido. El balance de esta experiencia fue tan positivo que se estableció que se harían periódicamente evaluaciones generales de abajo a arriba.

Como resultado de este proceso habrá una cierta cantidad de gente que quedará fuera del Partido. Entre los que queden fuera habrá algunos con los cuales no queremos nada en lo adelante; otros quedarán como colaboradores y otros, con posibilidad de volverse a incorporar si ellos hacen un esfuerzo sobre los puntos que señalen las evaluaciones. Pero entre los que quedan adentro, también habrá matices. Hay algunos que quedan dentro porque, como dicen los escolares, “pasaron raspadito el examen”, y se les advierte que si no se superan serán separados posteriormente.

Esta evaluación se hace con los mismos parámetros ideológicos que sirvieron para la evaluación del Comité Central. En el caso de los miembros del Comité Central había también exigencias relativas a sus capacidades, eficiencia, etc. Ella tiene que ver con una serie de facetas que definió el Pleno del Comité Central de 1984 para los militantes comunistas en esta etapa de la lucha, es decir, se señaló cuáles debían ser sus cualidades y sus rasgos ideológicos principales.

—¿Podrías señalarme cuáles son las principales de estas cualidades?

—El Pleno del Comité Central consideró fundamentales, en la presente etapa de lucha, los siguientes rasgos ideológicos del nuevo militante comunista: espíritu y estilo ofensivo, espíritu de sacrificio, disposición al trabajo, alta lealtad, compartimentación del secreto, firmeza ante el enemigo o cuando se está en sus manos, confianza en la victoria; buenas relaciones con los compañeros, responsabilidad, dinamismo y una conducta personal que prestigie al Partido.

Con estos parámetros, el proceso autocrítico se desarrolla en la misma forma que el que tuvo lugar en la dirección. Cada uno debe tener la oportunidad de mostrar su calidad revolucionaria ante los demás compañeros autoevaluándose.

3Así, no se trata de un proceso de depuración desde arriba que realiza un organismo encargado de llevarlo a cabo, sino de un proceso que se da en la célula misma y se realiza con la participación de todos, individual y colectivamente.

—¿Ni siquiera someten los resultados a un juicio posterior?

—No. Sólo se someten a consulta los casos de conclusiones más tajantes como cuando se decide separar del Partido a un cuadro o militante. En este caso se necesita ratificación de un organismo superior, buscando no cometer injusticias. Como puedes ver, el método utilizado no es habitual.

—¿Y cómo se les ocurrió esta metodología? Es primera vez que yo tengo conocimiento de algo parecido...

—La inventamos. Ante la imposibilidad de realizar un congreso como se planteaba en los estatutos por las dificultades de la guerra y la demora que ello significaría, pensamos que las bases no nos criticarían por no cumplir en ese punto con los estatutos. Lo importante era hacer los cambios requeridos en aras del desarrollo y avance de la lucha por la revolución.

De hecho, lo que hicimos fue un pleno del Comité Central, nada más que con reuniones separadas, y se realizó un gran esfuerzo superador con la participación de toda la militancia y todas las estructuras del Partido.

Además, hay otro aspecto de este esfuerzo de muchísima importancia: todo esto lo enfocamos en el marco del esfuerzo por la transformación del FMLN en un Partido unificado, bajo la consigna de ir al Partido unificado con mayor calidad. No debemos ir allí arrastrando todos nuestros problemas.

 

3. NUEVOS MÉTODOS ANTE NUEVAS TAREAS.

Sin este proceso no se hubieran podido enfrentar las nuevas tareas que exigen un cambio en los métodos de trabajo y en la conducción del Partido...

—¿Cómo cuáles?

—Tienen que ser métodos más ágiles, más simplificados. Uno de ellos, el control, tiene que ser sistemático y permanente; control de cumplimiento de las tareas, control de la evolución de los cuadros. No puede seguir ocurriendo como en el pasado, que pasaba no sé cuánto tiempo antes de que se hiciera una evaluación. La crítica y autocrítica debe incorporarse como elemento integrante de la vida cotidiana del Partido; simplificar y mantener simplificadas las estructuras para reducir los tiempos, agilizar y aumentar la eficiencia, reducir la inversión de recursos, liberar cuadros para aplicarlos a las tareas prioritarias, a las tareas de choque.

—¿Qué significa simplificar las estructuras?

—Reducir el tamaño, reducir las instancias. En el curso de todo este proceso fuimos inventando instancias, estructuras y cosas, y resulta que gran parte del esfuerzo se consumía para que éstas cumplieran sus funciones. Nos dimos cuenta que había una serie de instancias que no eran necesarias. Hemos reunido varias estructuras en una sola y hoy resulta que se resuelven mejor las cosas y más rápidamente. Pero, además, tanto las estructuras del Partido como las de las FAL tenían mucho personal. Se había seguido erróneamente el criterio de que cuando había que darle tareas a un compañero se le asignaban tareas en estas estructuras, con lo que éstas se iban agrandando. Y comprobamos que en la medida en que las estructuras son grandes, el acomodamiento es mayor, los niveles de exigencia individual son inferiores y la tendencia de descomposición es más fuerte, porque queda mucho tiempo ocioso. Unos son más responsables que otros y entonces el que es menos responsable se dedica al chismorreo y el otro es el que trabaja, sudando la gota gorda.

—¿Qué criterio usaron para reducir las estructuras?

—Te voy a poner una imagen. ¿Qué es lo que hace el mecánico cuando quiere regular un motor que trabaja mal porque llega demasiado combustible a su carburador? El mecánico va cerrando la llave de paso de la gasolina hasta que el motor casi se para y entonces vuelve a abrirla poco a poco, hasta que queda en el punto de funcionamiento óptimo, cuando se oye que todo vibra en forma pareja. Ese es el procedimiento que aconsejamos aplicar: cerrar la llave, es decir, reducir el personal y medir, en la práctica, si los que quedan pueden realizar todo el trabajo aceptablemente; si son insuficientes se acepta ir integrando nueva gente, de uno en uno, analizando y midiendo bien cada aumento.

—¿Y qué hacen con el personal sobrante?

—En la guerra hay muchas otras tareas que cumplir, principalmente aquéllas relativas al trabajo directo con las masas y al enfrentamiento con el enemigo, aunque no creemos que se deba insistir mecánicamente en que todo el mundo debe ir al combate.

—¿Hay entonces una preocupación por darle a la gente tareas de acuerdo con sus capacidades y condiciones?

—Sí, aunque no siempre se puede satisfacer este deseo en las condiciones de la guerra y la militancia es educada en la disposición a ir donde se la necesite.