Indice de Obras
Nahuel Moreno

UN DOCUMENTO ESCANDALOSO
(en respuesta a “En defensa del leninismo, en defensa de la Cuarta Internacional” de Ernest Germain)


Capítulo V
Las estrategias decenales


Teoría, estrategia y táctica

Si hay algo que caracteriza a Germain y a sus compañeros de la mayoría es dar línea, orientación y consignas para acontecimientos futuros. Los camaradas están más preocupados por mirar su bola de cristal que por dar una respuesta política revolucionaria a los hechos presentes. Esta actividad tiene dos defectos: primero, que por mirar tanto el futuro quedan en general sin respuesta (o con una incorrecta) frente al presente; segundo, que las respuestas para el futuro tampoco sirven porque de sus predicciones equivocadas se desprenden tácticas generalmente inaplicables o trágicas.

Además, esta forma de actuar se manifiesta en una verdadera manía por darse estrategias a largo plazo. Ya hace cuatro años, como mínimo, que tienen la estrategia de “lucha armada” para América Latina y aclaran que todavía va para largo. Antes tuvieron ¡y la mantuvieron diecisiete años! la estrategia del “entrismo sui generis” para todo el mundo.

Una historia teórico-estratégica del movimiento obrero

Para justificar sus dos últimas estrategias decenales, la “lucha armada” para América Latina y el “trabajo sobre la vanguardia” para Europa, Germain nos da una versión de la historia de nuestro movimiento, e intenta hacerla aprobar por los jóvenes cuadros de nuestra Internacional en el próximo Congreso. He aquí esa peculiar historia:

“Desde 1905 el movimiento revolucionario en los países subdesarrollados se dividió entre los protagonistas de la teoría de la revolución permanente y aquellos que defendían la tesis de la revolución por etapas, la necesidad de completar una revolución democrático burguesa antes que pueda comenzar una revolución socialista proletaria. ¿Rechazaríamos alinearnos junto a la primera contra la segunda, bajo el pretexto de que hay una ‘tercera estrategia’, la ‘estrategia leninista de la construcción del partido’?... ¿Debemos contraponer a ambos aspectos del debate una ‘tercera alternativa’, la ‘estrategia leninista de la construcción del partido’? Desde 1917, el movimiento obrero internacional está discutiendo si es necesario destruir la maquinaria estatal burguesa para construir un tipo superior de democracia, llamada democracia soviética, como precondición para la conquista del poder estatal por el proletariado y el derrumbe del capitalismo, o si la democracia parlamentaria burguesa y su aparato estatal crean el necesario marco institucional para el derrocamiento del capitalismo. ¿Rechazaríamos alinearnos junto a los primeros y contra los segundos, bajo el pretexto de que existe una ‘tercera estrategia’, la ‘estrategia leninista de la construcción del partido’?” [143]

La historia es una ciencia objetiva. La imaginación por más poderosa que sea no puede eliminar los hechos históricos y los momentos en que éstos se produjeron. Por lo tanto, el compañero Germain tiene que decirnos en qué “países subdesarrollados” se dio, a partir de 1905, esa división objetiva, histórica, entre partidarios y enemigos de la teoría de la revolución permanente. Nosotros no conocemos otro que Rusia y su esfera de influencia. En China, el marxismo entra sólo después de 1917. En el extremo oriente hubo un fenómeno parecido. En América Latina ya había penetrado pero la discusión en el movimiento obrero fue entre anarquistas y marxistas. Pero incluso en Rusia, esa discusión no es un capítulo de su historia. Con excepción de Ger main, no hay nadie en el mundo que no sepa que en Rusia, entre 1905 y 1917, la principal división fue la que hubo entre bolcheviques por un lado y mencheviques y social-revolucionarios por otro. Esta es la historia real, política, de las tendencias existentes en Rusia. De la misma manera, la historia real, política, de las tendencias que había en Alemania es la lucha entre kautskianos y bernsteinianos a fines del siglo pasado y principios de éste; y entre luxemburguianos, kautskianos y oportunistas posteriormente, hasta la guerra del 14. En España y Francia la lucha fue entre socialistas y anarco-sindicalistas.

Al tomar como eje de la historia política del movimiento obrero las discusiones teóricas, Germain ha sido víctima, una vez más, de sus tendencias intelectuales. La teoría es uno de los elementos esenciales de todas las corrientes y organizaciones políticas; pero no lo es todo. Lo fundamental es la ubicación de las corrientes y organizaciones en el proceso de la lucha de clases. Esto es lo que explica que la elaboración de la teoría sobre el imperialismo haya sido comenzada por grandes teóricos oportunistas y no por Lenin y Trotsky, que pudieron dirigir la Revolución Rusa.

Un partido revolucionario puede tener una teoría incorrecta, o correcta sólo a medias, sin dejar por ello de ser revolucionario, ya que la relación entre la teoría y la organización no es mecánica sino dialéctica. Lógicamente, una teoría incorrecta o falsa, que con seguridad se reflejará en su práctica, podrá ser superada por el partido, podrá provocarle retrasos fundamentales o, incluso, llevarlo a la catástrofe.

Podríamos formular el siguiente teorema político: un partido bolchevique puede superar sus errores teóricos y dirigir a las masas a la toma de! poder, pero una teoría correcta es absolutamente estéril cuando llega la situación revolucionaria si no ha tenido la estrategia previa de construir un partido bolchevique. Y una de las demostraciones de esta verdad es que Trotsky, que tenía la teoría correcta, no podía garantizar e! triunfo de la revolución rusa porque no había tenido la estrategia de construir el partido, En cambio, pese a sus falencias teóricas, el Partido Bolchevique con Lenin a la cabeza sí pudo hacerlo.

Los bolcheviques estaban a favor de la revolución por etapas, pero en contra de la dinámica de clases que le atribuían los mencheviques. Estos confiaban la revolución democrático burguesa a la burguesía liberal; los bolcheviques se la confiaban a los obreros y campesinos. ¿Dónde entra esto en la historia de Germain? ¿Dé qué lado de su esquema están?

Es posible que no los ponga porque tendría que mencionar que una de las diferencias fundamentales entre mencheviques y bolcheviques, la que provocó la ruptura entre ellos, tenía que ver con la estrategia de construcción del partido, asunto que es mejor no mencionar.

Para analizar los hechos posteriores a 1917, Germain nos propone un nuevo esquema histórico: el movimiento obrero discute si hay que destruir al estado burgués para imponer la democracia soviética o si se puede liquidar al capitalismo a partir de la democracia burguesa. ¿Dónde entran en la historia germainista las discusiones entre stalinistas y trotskistas sobre el “socialismo en un solo país”? ¿No tiene importancia la lucha del III y IV Congresos de la Internacional Comunista contra los ultraizquierdistas? ¿Qué hacemos con el debate entre stalinistas y trotskistas sobre el frente único obrero para derrotar al fascismo, durante el tercer periodo?

La historia real del movimiento obrero y revolucionario mundial es concreta, tiene nombres y apellidos: anarquistas y marxistas; revisionistas y marxistas ortodoxos; mencheviques y bolcheviques; revolucionarios y oportunistas; comunistas de izquierda y leninistas; stalinistas y trotskistas. Dentro de ese proceso real, podemos hacer una generalización, que es la que hace Lenin: “¿En lucha contra qué enemigos dentro del movimiento obrero creció, se fortaleció y se templó el bolchevismo?... En primer lugar, y sobre todo... contra el oportunismo”. Pero en segundo lugar, “se sabe poco que el bolchevismo se formó, se fortaleció y se templó en largos años de lucha contra el revolucionarismo pequeñoburgués... “ que “se consideraba particularmente ‘revolucionario’ o ‘de izquierda’ porque reconocía el terror individual, los asesinatos, cosa que nosotros, los marxistas, rechazábamos en forma categórica”.

Es decir que el bolchevismo no se templó en la lucha por o en contra de la “teoría de la revolución permanente”, sino en lucha permanente contra dos enemigos: los oportunistas y los ultraizquierdistas. La historia de la III y la IV Internacionales es, al igual que la de los bolcheviques, una lucha constante contra estas dos desviaciones.

La maniobra de Germain es evidente. El trata de demostrar que, a lo. largo del proceso histórico, aunque con distintos nombres, el movimiento obrero se dividió siempre en dos grandes corrientes teóricas: los partidarios de la revolución permanente y los de la revolución por etapas, o los que defendían la necesidad de la destrucción del aparato burgués y los que proponían vías pacíficas al socialismo. Con esto, él quiere colocar frente a frente, como enemigos irreconciliables, al oportunismo y al ultraizquierdismo, con lo cual elimina tanto a uno como al otro como enemigos del bolchevismo. Después de hacer esto, nos pide que optemos entre uno y otro bando y no insistamos en la estrategia de construcción del partido. Es decir, nos quiere impulsar a unirnos con el ultraizquierdismo en contra del oportunismo.

Con esto quiere justificar teóricamente su seguidismo crónico a las distintas posiciones que van impactando a la vanguardia en cada época de la lucha de clases. Un seguidismo cuya más reciente expresión es la famosa “estrategia de lucha armada”. Según él mismo lo dice, entre 1905 y 1917, nosotros debíamos haber estado junto a Trotsky que defendió la revolución permanente y contra Lenin que defendía las etapas pero construía el partido. Después de 1917 tendríamos que haber estado junto a los ultraizquierdistas que planteaban imponer la democracia soviética como tarea presente para todos los países, y contra Lenin y Trotsky que, combatiendo contra ellos, estaban construyendo el partido mundial, la III Internacional. Y en el presente, tenemos que estar junto a los guerrilleristas de todo pelaje, porque la vanguardia discute sobre la lucha armada y tenemos que optar por uno de los dos bandos.

Nosotros decimos que no, que antes de 1917 Lenin no optó entre oportunistas y ultraizquierdistas; se dedicó a construir el partido marxista revolucionario. Después de 1917, Lenin y Trotsky no optaron entre oportunistas y ultraizquierdistas, sino que lucharon contra ambos como parte de su estrategia de construir el partido marxista revolucionario.

Actualmente, nosotros nos negamos a optar entre ultraizquierdistas y oportunistas. Con los ultraizquierdistas modernos, los guerrilleristas, podemos tener sólo un acuerdo teórico muy general, en contra de los oportunistas: no hay vías pacíficas al socialismo; la lucha armada entre explotadores y explotados es inevitable. Y allí termina nuestro acuerdo. Estamos en contra tanto de la estrategia oportunista de la vía pacífica al socialismo, como de la guerrillerista de hacer lucha armada por cuenta y riesgo del partido.

Contra ambas, estamos por la construcción del partido trotskista con influencia de masas, que sea capaz de dirigir en todos los momentos la lucha contra la burguesía, lo que incluye la lu-cha armada.

Relación de la teoría con la estrategia y la táctica

En todas estas cuestiones lo que hace Mandel es confundir tres elementos básicos de la política revolucionaria: teoría, estrategia y táctica. El objetivo estratégico es el de largo plazo; las tácticas son los medios para llegar a ese objetivo. La teoría no es ni lo uno ni lo otro, puesto que hace a las leyes generales del proceso histórico y no a los objetivos estratégicos ni a las tácticas. Entre estos tres elementos hay ligazones estrechas, pero no mecánicas sino dialécticas.

Empecemos por la teoría. Nosotros podemos discrepar con los análisis económicos de Mandel, pero concordar con él en el objetivo estratégico de movilizar a las masas y construir partios bolcheviques para barrer al imperialismo y al capitalismo e imponer la dictadura del proletariado. Esta coincidencia estratégica no significa que coincidamos en todo momento con las diferentes teorías que se van elaborando y desechando durante ese proceso que culmina con la toma del poder y la construcción del socialismo.

La relación de la teoría con la estrategia y la táctica existe, pero no se manifiesta en forma inmediata ni directa. En sus congresos, el partido no vota teorías sino líneas políticas de las que surgen estrategias y tácticas. El partido sólo se identifica con una teoría cuando ésta ha sido probada por los acontecimientos. Tal es el caso de la identificación de nuestra Internacional y sus secciones con la teoría de la revolución permanente, que no es una estrategia ni una táctica, sino la ley general de la revolución y del movimiento de masas en la etapa de transición del capitalismo al socialismo que estamos viviendo.

Respecto al problema de la estrategia y la táctica, es muy importante recordar que son términos relativos. En una etapa de retroceso del movimiento obrero podemos tener la estrategia de desarrollar luchas sindicales defensivas. La táctica adecuada a esa estrategia puede ser, por ejemplo, la huelga larga. Pero la huelga larga es una estrategia en relación a un medio, a una táctica: la organización de piquetes para garantizarla. Y ios piquetes se convierten en una estrategia en relación a la táctica que empleamos para construirlos (si lo hacemos públicos, elegidos en asamblea, o clandestinos, elegidos en secreto por la dirección de la huelga). La propia estrategia por la cual comenzamos, el desarrollo de luchas sindicales defensivas, se convierte en una táctica en relación a nuestro objetivo estratégico de obtener triunfos importantes que cambien la etapa de retroceso en etapa de ascenso del movimiento obrero.

El trotskismo tiene dos únicas estrategias a largo plazo: construir el partido y hacer la revolución para tomar el poder

Como Germain no ve las cosas de esta forma, ironiza sobre e! hecho de que nosotros hayamos empleado la palabra estrategia para un corto período. Pero el eje de nuestra polémica con Germain tiene que ver con las estrategias a largo plazo. Si algo podemos asegurar es que para los trotskistas hay a largo plazo dos estrategias fundamentales a escala internacional y nacional: tomar el poder junto al movimiento obrero para empezar a construir el socialismo y construir el partido como la única herramienta para lograrlo. En relación a estos objetivos estratégicos, todo lo demás es táctico, aunque lo llamemos “estrategia”. Para construir el partido y tomar el poder podemos y debemos utilizar la táctica adecuada en cada momento: hacer entrismo, concurrir a elecciones, impulsar el frente único revolucionario, levantar consignas de poder, plantear la lucha armada, levantar consignas ultramínimas y defensivas, etcétera. Todas las tácticas son válidas si se adecuan al momento concreto, presente, de la lucha de clases y entonces sirven para ayudar a movilizar a las masas y construir el partido. Pero las tácticas se usan y se desechan tantas veces como cambia la situación de la lucha de clases. Nunca se votan para largos periodos, jamás deben convertirse en estrategias a largo plazo.

El bolchevismo se caracteriza por utilizar todos los medios y tácticas al servicio de la estrategia de construir el partido, movilizar a los obreros y tomar el poder. Las demás corrientes del movimiento obrero se caracterizan por lo opuesto: confundir estrategia con táctica y elevar esta última a estrategia permanente. La historia del bolchevismo es una lucha constante por imponer los medios y las tácticas adecuadas a cada momento de la lucha de clases. El bolchevismo luchó contra los terroristas, pero supo utilizar el terror; luchó contra los sindicalistas, pero supo utilizar el trabajo sindical; luchó contra los parlamentaristas, pero supo utilizar el parlamento; luchó contra los anarquistas, pero supo destruir el estado burgués; luchó contra los guerrilleristas, pero supo hacer guerrillas; luchó contra los espontaneístas pero supo dirigir las movilizaciones espontáneas del movimiento de masas. ¿Y para qué hizo todo esto? Para construir el partido bolchevique y movilizar a las masas hacia la toma del poder.

Un ejemplo ilustrativo

Cuando el compañero Germain trata sistemáticamente de poner en ridículo al compañero Hansen, diciéndole que no se le puede plantear a un obrero en huelga (que está embarcado en hacer piquetes) que “nuestra estrategia es construir el partido”, está diciendo una verdad de Perogrullo, con la cual demuestra que no entiende nada de nada. Lo que dice Germain es algo que ningún militante con algo de experiencia en el movimiento obrero se detiene a pensar. Si alguien, en una huelga, le dice a los obreros que hacen piquetes que nuestra estrategia es construir el partido, de hecho opone la construcción del partido a la existencia del piquete, porque estaría planteando que sólo pueden estar en el piquete aquellos que coinciden en la necesidad de construir el partido. Sería un pedante que disuelve una situación concreta, un medio, una táctica, en una estrategia decenal. Nunca hemos visto cometer este error que preocupa a Germain.

Pero lo contrario, el error de ocultar nuestra estrategia de construcción del partido, es posible que sea más fácil de cometer por aquellos militantes inexpertos que quieran captar rápidamente la simpatía de los huelguistas. Llevándolo al extremo, consistiría en decirles a esos obreros que nuestra estrategia es hacer piquetes y que nuestro eje de actividad fundamental durante diez, quince o veinte años, será hacer piquetes, con lo cual los estaríamos engañando y desarmando frente a los futuros cambios.

¿Y qué es lo que debemos hacer? En primer lugar, ponernos a la cabeza de ese piquete como los mejores militantes, es decir, ganar la huelga. En segundo lugar, debemos explicarles a esos obreros de vanguardia que, así como hoy están haciendo un piquete, mañana la lucha de clases les planteará que organicen una manifestación, o la defensa de una fábrica ocupada, o las milicias obreras, o que hagan propaganda, o que sean candidatos en las elecciones, porque la lucha contra la patronal no empieza ni termina en esa huelga, sino que empezó hace más de un siglo y terminará cuando la clase obrera tome el poder y construya el socialismo. En tercer lugar, que para llegar a eso hace falta un partido que dirija a todos los trabajadores, así como ellos dirigen a sus compañeros de fábrica, y que nosotros estamos construyendo ese partido y lo invitamos a que se incorpore a él. Si supimos ser los más abnegados militantes del piquete, si supimos explicar nuestra política, captaremos a esos obreros que están en el piquete. Y esto, ¿qué significa sino estar construyendo el partido?

El error más grave

Dijimos que no hay que confundir una estrategia con una táctica. Pero mucho más grave es confundir un medio o táctica con una estrategia decenal, es decir histórica: transformar la táctica en algo más que una estrategia, casi en un principio. Si los obreros sólo ven la necesidad de hacer alguna de estas tareas, y si hacemos como hace Germain, que convierte a esa tarea en una estrategia para diez años, estamos haciendo seguidismo a la conciencia de las masas. Así hizo Germain con el entrismo “sui generis”: al hacer seguidismo a los partidos comunistas, indirectamente o en última instancia estaba haciendo seguidismo al movimiento de masas. En la actualidad, está cayendo en la más grave expresión de seguidismo, el que hace a la vanguardia.

En su polémica con la minoría alrededor de la “estrategia de lucha armada” votada en el IX Congreso, el camarada Frank ha demostrado que ésta es, precisamente, la política de la mayoría. En su carta a la Convención del SWP enuncia correctamente nuestra concepción. Para la minoría... “la mayoría de la Internacional, al aceptar la estrategia de lucha armada para América Latina, renuncia a construir partidos revolucionarios...”

Esto es precisamente lo que nosotros pensamos de la mayoría. Pero luego, el camarada Frank hace otro resumen, ya no tan fiel, de nuestra posición:

“El dilema: lucha armada contra construcción del partido no existe para nosotros. Lo mismo podemos decir del dilema sindicalista, ‘huelga general’ contra ‘construcción del partido’.”

Aquí el camarada Frank se “olvidó” de la palabra más importante: “estrategia”. No existe efectivamente ningún antagonismo entre la lucha armada, la huelga general o cualquier otra táctica, con la construcción del partido siempre y cuando las tomemos como lo que son, como tácticas. La lucha armada, la huelga general, o cualquier otra táctica, se oponen a la construcción del partido cuando se las pretende convertir en estrategias permanentes para toda una época.

¿Cómo se oponen? Sencillamente, porque el partido sólo podemos construirlo si utilizamos en cada momento tácticas diferentes y adecuadas, que cambian tanto como cambia la lucha de clases. Si hay elecciones podemos ser electoralistas. Pero si no las hay, no debemos serlo. Si hay campesinos dispuestos a luchar en forma armada contra los terratenientes, debemos ser guerrilleros rurales. Pero si no los hay, no debemos serlo. Si nos imponemos por cinco, diez o quince años ser electoralistas o guerrilleros rurales, nos atamos las manos para cambiar tanto como sea necesario las distintas tácticas que resultan imprescindibles para fortificar al partido y al movimiento de masas junto con él. Así, repitiendo como tartamudos la misma consigna, nunca podremos hacer crecer al partido. Si en la actualidad, algún camarada planteara como una estrategia central permanente la huelga general, todos —mayoría y minoría— lo acusaríamos de sindicalista. Si planteara como estrategia central permanente intervenir en las elecciones, lo acusaríamos de electoralista. Los camaradas de la mayoría están muy indignados porque los hemos acusado de “guerrilleristas” cuando votaron la “estrategia de guerrilla rural” para toda una etapa y les hemos dicho que su estrategia era opuesta a la de construir el partido. Ahora nos dicen que no han votado la guerrilla rural, sino la “lucha armada”. Pues bien, como estrategia central para toda una etapa, la “estrategia de lucha armada” es mucho más peligrosa que la guerrillerista, porque en ella entran el terrorismo, la guerrilla urbana y la guerrilla rural, métodos de lucha armada pero que, elevados a estrategia, constituyen otras tantas desviaciones que se oponen a la construcción del partido.

Germain, Frank y el resto de los camaradas de la mayoría han hecho varias veces lo mismo. Antes eligieron una táctica, la que seguía el atraso de las masas dirigidas por el stalinismo y, ahora, la que sigue el atraso de la vanguardia impactada por la guerrilla castrista. Ayer fue el entrismo “sui generis”; hoy es la “lucha armada” para América Latina y el trabajo esencialmente hacia la “vanguardia de masas” en Europa. Nosotros sostenemos que el trotskismo tiene sólo dos estrategias a largo plazo: construir el partido y movilizar a las masas para la toma del poder.

Nosotros decimos que convertir las tácticas en estrategias va, a largo plazo, contra la construcción del partido. La corrección de esta afirmación queda demostrada en los resultados que tienen las concesiones a los guevaristas. Si la IV Internacional persiste en convertir a la guerra de guerrillas en estrategia, esto terminará con la liquidación de las secciones que la apliquen —como ya se ha visto en Bolivia y Argentina— y, eventualmente, con la liquidación de la propia IV Internacional.

La historia del entrismo “sui generis”

Quizás el caso más típico de la conducta germainista de darse una política para un futuro hipotético y de convertir una táctica en una estrategia a largo plazo, haya sido el entrismo “sui generis”. Si hemos de guiarnos por la resolución de la mayoría sobre Europa, que trata de justificar esta estrategia, ella consistió en lo siguiente:

“La táctica entrista de construcción del partido revolucionario partía de la hipótesis de que el proceso de radicalización —esto es, de formación de una nueva vanguardia masiva— se produciría esencialmente en el seno de las organizaciones de masas tradicionales. Esta hipótesis tuvo una real validez en los países capitalistas de Europa durante el periodo que va de comienzos de los años 50 a los 60...

El error cometido en la táctica entrista no se refería a la perspectiva objetiva —que los acontecimientos confirmaron en su validez— sino en una subestimación de la relación numérica entre nuestras propias fuerzas y las que nuestro movimiento podría llevar a romper con los partidos de masas en una situación social en la cual las tensiones revolucionarias no se habían revelado todavía”. [144]

Esta nueva versión de los análisis y previsiones que dieron fundamento a la táctica entrista (una táctica que no fue tal, puesto que duró ni más ni menos que 17 años), no tiene nada que ver con los análisis y previsiones que se hicieron cuando se la votó, a principios de la década del 50. Ahora resulta que el error fue simplemente un mal cálculo de nuestra “relación numérica” con las tendencias que podíamos llevar “a romper con los partidos (oportunistas) de masas”. Por lo demás, “los acontecimientos confirmaron la validez” de la “perspectiva objetiva”, puesto que el “proceso de radicalización” y de “formación de una nueva vanguardia masiva” se daría “en el seno de las organizaciones tradicionales” durante un período en el cual “las tensiones revolucionarias no se habían revelado todavía”.

Es absolutamente falso que, cuando se votó la táctica entrista, se hayan hecho estas previsiones y análisis.

Vayamos por partes. ¿Es cierto que se vaticinó un período sin “tensiones revolucionarias”? Nada más falso; ya hemos visto que se vaticinó que la guerra mundial era inevitable a corto plazo y que ella produciría la guerra civil. Nada más opuesto a la ausencia de tensiones “revolucionarias”. En esta nueva versión de la historia se nos quiere dar gato por liebre y no se dice que la guerra mundial inevitable entre la URSS y el imperialismo fue la principal premisa objetiva que justificó la táctica entrista.

¿Para qué se votó el entrismo?

Sigamos, ¿es cierto que la táctica entrista se votó previendo que la “formación de una nueva vanguardia masiva” se daría “en el seno de las organizaciones tradicionales” y para llevar a estos sectores radicalizados a “romper con los partidos de masas”? Nuevamente, nada más falso. Es verdad que se vaticinó el surgimiento de tendencias centristas, pero es falso que el entrismo se haya votado para hacerlas “romper con los partidos de masas”. El entrismo “sui generis” se votó, esencialmente, en base a la caracterización de que los partidos oportunistas, en su conjunto, iban a evolucionar objetivamente a posiciones centristas y a una orientación revolucionaria. Esto es lo que se decía cuando se votó la táctica y no lo que se inventa ahora, 23 años después, para justificarla: “Es porque este movimiento (haciendo referencia a los partidos comunistas) se encuentra por otra parte emplazado en condiciones objetivas tales, por la evolución de la situación internacional hacia la guerra contrarrevolucionaria del imperialismo unido que, independientemente de los planes y la voluntad de su dirección burocrática al servicio de la política del Kremlin, él estará forzado, obligado, a radicalizarse (... ) a esbozar prácticamente una orientación revolucionaria y a actuar en caso de una guerra, con las armas en la mano por el poder”.

Y, comparándolo con el entrismo propuesto por Trotsky, se añadía: “... hoy no se trata exactamente del mismo tipo de entrismo. No entramos en estos partidos para salir rápidamente. Entramos para permanecer en ellos por largo tiempo, confiando en la muy grande posibilidad que existe de ver a estos partidos, colocados en las nuevas condiciones, desarrollar sus tendencias centristas que dirigirán toda una etapa de radicalización de las masas y del proceso objetivo y revolucionario en sus respectivos países”. [145]

¿Dónde está la línea de llevar a las tendencias centristas a romper con los partidos oportunistas de masas? Aquí se dice con toda claridad que esos partidos desarrollarán “sus tendencias centristas” y que dirigirán “toda una etapa” del “proceso objetivo y revolucionario” y que por eso debemos entrar en ellos. Más aún, se dice que nuestro entrismo no es como el que preconizaba Trotsky por un breve período, sino que “entramos para permanecer” en los partidos oportunistas “por largo tiempo”. Vale decir, que no está para nada en nuestros proyectos el hacer romper a las tendencias centristas con ellos, porque, de ser así, entraríamos por un plazo breve, justamente el necesario para definirlas a favor de nuestras posiciones y arrastrarlas con nosotros al retirarnos.

¿Cuáles eran las tendencias de izquierda que, según esta nueva versión del entrismo “sui generis”, iban a darse en las organizaciones oportunistas? Según el documento europeo de la mayoría, eran: “... la izquierda bevanista y, más tarde, la tendencia Cousins en el Partido Laborista inglés; las Juventudes Comunistas y la tendencia Ingrao en el PC italiano; las tendencias de oposición y la UEC dentro del PC francés; la izquierda socialdemócrata en la SFIO y que dio origen al PSA y al PSU; la tendencia Renard en el seno del movimiento obrero belga, la izquierda sindical y la oposición comunista en Dinamarca, que dieron nacimiento al SF, etc. [146]

Esta es una nueva falsificación de lo que se decía en el momento en que se votó la táctica entrista. Es cierto que en aquella época también se hablaba de Bevan, pero no es menos cierto, como ya hemos citado en el capítulo anterior, que también “Tito y Mao Tse Tung encuentran su lugar” en ese “centrismo de tendencias que se aproximan al marxismo revolucionario”. ¿Por qué no se menciona ahora a los PC chino y yugoslavo entre las tendencias de izquierda que, según los camaradas de la mayoría, fueron previstas con toda corrección y “confirmadas por los acontecimientos”? ¿Por qué se oculta a los jóvenes cuadros de la Internacional que, como parte de la concepción que originó la táctica entrista, se sostenía que Tito y Mao se acercaban al marxismo revolucionario y por eso, como ya hemos citado, “no llamamos al proletariado de esos países (China y Yugoslavia) a construir nuevos partidos revolucionarios o a preparar una revolución política”? ¿Por qué no se dice que tampoco llamábamos al proletariado de los países capitalistas a construir partidos trotskistas, sino que, durante 17 años, lo llamamos a permanecer dentro de los partidos oportunistas?

Y con las tendencias de izquierda, ¿qué pasó? Sería conveniente, después de haber trabajado sobre ellas durante 17 años, que se hiciera un balance de nuestra actividad. ¿Por qué no se hace un análisis de la dinámica de esas tendencias que tan “correctamente” supimos prever? ¿Por qué no se dice cuántas de ellas, bajo nuestra influencia, se “acercaron al marxismo revolucionario”? ¿Por qué no se informa sobre los avances políticos y organizativos del trotskismo que trabajó sobre ellas? ¿Cuántos cuadros ganamos? ¿Qué sectores del movimiento de masas logramos dirigir o, aunque más no sea, ligar al trotskismo como fruto de nuestra relación con esas tendencias?

El castrismo: un “olvido” significativo

Pero lo peor del asunto es que no se menciona en toda esta nueva versión del entrismo “sui generis” a la “vanguardia de masas” más importante y progresiva de los años 60: el castrismo. Es raro ese silencio, puesto que el castrismo cambió todas las relaciones de fuerza con respecto a la vanguardia de masas. La razón de este silencio no es difícil de descubrir. Lo que ocurre es que, según la mayoría, una de las “perspectivas objetivas” “que los acontecimientos confirmaron en su validez” era la de que la “formación de una nueva vanguardia masiva” “se produciría esencialmente en el seno de las organizaciones de masas tradicionales”. Y el castrismo es el “acontecimiento” que no sólo no “confirma en su validez” sino que niega toda validez a esa “perspectiva objetiva”.

¿Se dio la “radicalización dentro de los organismos tradicionales” en Europa después del 60? ¿Dónde se incubó la nueva vanguardia espontaneísta del 68? ¿Dentro o fuera de las organizaciones tradicionales?

¿No es acaso un proceso combinado donde predomina lo externo a dichas organizaciones? Si hubo algo en común en todas las manifestaciones de esa época fue el retrato del Che Gue-vara. ¿De dónde salieron todos esos jóvenes de vanguardia que lo levantaban? ¿De las organizaciones tradicionales? ¿De los partidos stalinistas y socialdemócratas?

Los camaradas de la mayoría señalan que “esta hipótesis (una vanguardia masiva que nace del seno de las organizaciones tradicionales) tuvo real validez en los países capitalistas de Europa” en las décadas del 50 y 60. Aparte de la castrista, que nace esencialmente fuera de las organizaciones tradicionales, ¿qué otra “vanguardia masiva” nos pueden nombrar los camaradas de la mayoría, que haya nacido en ese período y que se haya radicalizado en el seno de las organizaciones tradicionales, como tendencia revolucionaria surgida de ellas? Absolutamente ninguna; esa es la razón de su silencio sobre el castrismo.

Si los camaradas de la mayoría hubieran hecho un verdadero balance de las tendencias centristas de izquierda que surgieron dentro y fuera de las organizaciones tradicionales y no se hubie-ran “olvidado” del castrismo, habrían llegado a la conclusión de que, aun con la política de trabajar esencialmente sobre esas tendencias lo más correcto hubiera sido no haber aplicado nunca la táctica del entrismo. Nuestro trabajo debió haber sido sobre esa vanguardia y sobre los movimientos impactados por el castrismo, que surgían fundamentalmente en el movimiento estudiantil y en la periferia de los partidos oportunistas, pero no dentro de ellos.

¿Se puede votar el entrismo para un largo período?

Habiendo terminado con esta serie de justificaciones de flamante invención para los 17 años de entrismo, queda planteada, sin embargo, una cuestión que es, en el fondo, mucho más importante. ¿Se puede votar una táctica entrista por un largo periodo? ¿Permiten el leninismo y el trotskismo permanecer durante 17 años dentro de los partidos oportunistas? Terminantemente, no. Aun cuando se dieran las condiciones que Pablo y sus amigos planteaban en 1952, o las que la mayoría plantea en la actualidad, jamás se puede votar la táctica entrista “por toda una etapa”, para permanecer en los partidos oportunistas “por largo tiempo”, como la votó el SI en su momento y la ejecutó durante 17 años.

La primera razón, y fundamental, para que no se pueda votar una táctica entrista a largo plazo es la necesidad de preservar al partido trotskista como una corriente claramente diferenciada de las otras que existen en el movimiento obrero. Esto se puede sintetizar diciendo que el partido revolucionario no debe jamás perder su independencia pública, política y organizativa, la que le permite diferenciarse claramente, frente a las masas, de los partidos oportunistas o centristas y de las sectas ultraizquierdistas.

La razón de este principio sagrado del leninismo y del trotskismo no tiene nada que ver con un planteamiento de tipo moral ni con la manía de las sectas según la cual lo esencial de la política revolucionaria es diferenciarse de los demás. Tiene que ver con el firme convencimiento de que sólo se llegará a la toma del poder si la clase obrera y las masas son dirigidas por el partido trotskista.

Y para ganar la dirección de las masas, lo fundamental es participar como vanguardia en cada una de sus luchas como un partido organizativamente independiente, con política, respuestas, consignas y programa propios para cada situación. Ese constante postularse públicamente a sí mismo y a su programa como una alternativa revolucionaria frente a los partidos y programas reformistas, es el único camino para que el partido pueda ser visto efectivamente por las masas y la vanguardia como una posible dirección de alternativa.

Dicho de otra manera: en el transcurso de sus luchas, las masas van agotando la experiencia con las organizaciones oportunistas, pero esto no las lleva, por sí solas, a romper con ellas y adherir al marxismo revolucionario. Para hacerlo tienen que haber sido acompañadas en toda esa experiencia por el partido revolucionario. El movimiento obrero aceptará nuestra dirección sólo si nos ha visto durante largos años a su lado y ha podido conocer nuestra organización, nuestra política y nuestro programa y confrontarlos, en cada lucha, con las otras organizaciones, políticas y programas. Ningún obrero o estudiante de vanguardia romperá con su partido si no conoce una organización mejor a la cual adherir, y en la cual poder confiar porque la ha probado en la lucha. No lo hará por la sencilla razón de que preferirá seguir en una mala organización a romper con ella y quedar desorganizado.

Lo que venimos diciendo no podía ser ignorado por Pablo y sus amigos. Por eso, para justificar el entrismo a largo plazo, fue necesario revisar todo el bagaje científico del marxismo contemporáneo que afirma que sin partido revolucionario no puede haber revolución. Así fue como se descubrió, a través de la famosa guerra mundial inevitable a corto plazo, que quienes dirigirían la revolución serían los partidos stalinistas y social-demócratas transformados en partidos centristas de izquierda. De esta manera se eliminaba la necesidad del partido trotskis-ta y se explica que permaneciéramos, durante 17 años, dentro de los partidos oportunistas.

Una táctica para situaciones excepcionales

Esta norma sagrada que nos obliga a mantener nuestra actividad pública e independiente tiene, como toda norma, su excepción. Tal es el caso de la táctica entrista. Pero en esa dialéctica entre lo normal y lo excepcional, lo que prima es lo normal; vale decir que ese momento excepcional, en el cual perdemos nuestra delimitación pública como corriente del movimiento obrero para hacer entrismo, está supeditado a las normas del partido revolucionario. Concretamente: el entrismo es una táctica que sólo se justifica cuando sirve para salir de ella rápidamente en mejores condiciones como partido revolucionario independiente, claramente delimitado de las demás organizaciones. Es una táctica que ayuda, en circunstancias excepcionales, a la construcción del partido; nunca a llevar a otra organización ni a las tendencias centristas hacia la toma del poder.

Ya hemos visto que las dos únicas estrategias a largo plazo que tenemos los trotskistas, son la movilización de las masas hacia la toma del poder, y la construcción del partido. Hay momentos excepcionales en que es particularmente difícil ligarse al movimiento de masas y captar para el partido trabajando como organización independiente. Esos momentos son los que hacen necesaria la táctica entrista. En este análisis ya están señalados los dos únicos objetivos que dicha táctica puede tener: entrar a un partido oportunista para ganar cuadros que estén evolucionando hacia la izquierda (tendencias centristas de izquierda) o para mejor ligarnos al movimiento de masas.

Con cualquiera de estos objetivos, el entrismo es una táctica que sólo puede ser votada para cortos periodos, porque si lo hacemos para ligarnos al movimiento de masas, el entrismo se termina apenas hayamos logrado una mínima inserción en él que nos permita seguir adelante con una actividad pública e independiente. Pero, más aún, cuando éste es el caso, es necesario practicar el entrismo en organizaciones que nos llevan a actuar como fracción pública de ellas a corto plazo. Y esto acentúa el hecho de que sea por un corto periodo, puesto que no hay organización oportunista que pueda permitir por largo tiempo que actúe en su seno una fracción trotskista que tarde o temprano será pública.

Pero, ¿qué ocurre si hacemos entrismo para trabajar sobre las tendencias centristas de izquierda como dicen ahora los compañeros de la mayoría? También en este caso el entrismo es por un corto periodo, justamente por el carácter del centrismo. Existe un primer tipo de centrismo, que va hacia la derecha, es decir, desde el marxismo hacia el oportunismo. Tal es el caso de la burocracia stalinista. Sobre este centrismo no podemos trabajar, puesto que su dinámica es contrarrevolucionaria; nada podemos sacar de él. Existe un segundo tipo de centrismo: el que va del oportunismo hacia el marxismo, es decir, el que va hacia la izquierda. Es sobre éste que podemos trabajar.

Pero esta dinámica puede durar sólo muy poco tiempo. O lo ganamos rápidamente para las posiciones trotskistas, o queda detenido a mitad de camino, condenado a ser centrismo permanente, constituyendo así un tercer tipo: el centrismo “cristalizado” como lo definió Trotsky; el caso del POUM, el LSSP de Ceylán, Lora, etcétera.

Esta dinámica es la que explica que, también para trabajar sobre las tendencias centristas, nuestro entrismo sea a corto plazo.

Pero, nuevamente, éste no fue el caso del entrismo “sui generis”. Cuando se votó esa táctica, de lo que se trataba no era de ganar a las tendencias centristas para el trotskismo, sino de dirigirlas, sin que dejaran de ser centristas, para obligarlas o ayudarlas a que ellas tomaran el poder. Esto es lo que explica los “largos plazos” que se votaron para el entrismo y los 17 años durante los que se lo aplicó.

El entrismo preconizado por Trotsky en los años 30

¡Qué profunda diferencia con el entrismo de Trotsky en los años 30! Nunca tuvo Trotsky como objetivo llegar a dirigir tendencias centristas. Sus dos únicos objetivos fueron ganar rápidamente cuadros trotskistas e insertar al trotskismo en el movimiento de masas. Lo que él se proponía era salir del entrismo habiendo avanzado en el camino de pasar de los pequeños grupos de propaganda a verdaderos partidos revolucionarios con muchos más cuadros que antes y capaces de influir, ellos mismos, sin intermediarios, a una fracción, aunque fuera pequeña, del movimiento de masas.

Por eso el entrismo de Trotsky tiene una profunda diferencia con el de Pablo y sus amigos. Para Trotsky, ese periodo debía ser necesariamente breve; el indispensable para lograr esos objetivos. Para Pablo y sus amigos debía ser muy largo; nada menos que el necesario para lograr que los partidos stalinistas y reformistas, sin dejar de ser centristas, hicieran la revolución.

Los resultados de la larga estrategia entrista “sui generis” fueron catastróficos para la fracción pablista. La mayor parte de los militantes claudicaron a las organizaciones en las que hacían entrismo y los dirigentes claudicaron al oportunismo y rompieron con nuestro movimiento. Salieron de ese período mucho más débiles aún de lo que habían entrado; con muchos menos cuadros y mucho menos ligados al movimiento de masas. La mayor parte de los cuadros de las dos secciones más importantes, las de Ceylán y Bolivia, rompieron con el trotskismo por la derecha. Los de la primera entraron a colaborar con un gobierno burgués y fueron expulsados de nuestra Internacional. Los compañeros bolivianos se dividieron en tres alas: la de Moller, que claudicó frente al MNR boliviano, la de Lora que capituló al stalinismo y la de González que siguió en la Internacional. Otra de las secciones más importantes, el posadismo argentino, rompió también con la Internacional por la derecha y arrastró a la mayor parte de sus cuadros latinoamericanos. El resto de las secciones salieron del entrismo prácticamente destruidas: sin cuadros, sin militantes, sin tradición partidaria.

Ese fue el resultado de la estrategia decenal del entrismo “sui generis”. Eso es lo que se les pide hoy que voten a los jóvenes cuadros europeos. Se les pide que aprueben que la guerra era inevitable, que los partidos stalinistas iban a esbozar “una orientación revolucionaria” y a luchar por el poder “con las armas en la mano”; que fue correcto haber entrado a los partidos stalinistas por diecisiete años y renunciar por ese tiempo a construir partidos trotskistas, que fue un gran acierto destruir todas nuestras secciones europeas y empujar hacia los brazos del enemigo de clase o del reformismo a la ceylanesa, la boliviana y la argentina. La votación será una buena prueba para saber quién tiene pasta de revolucionario en nuestra Internacional.

¿Fue un error fundar la IV Internacional?

La estrategia decenal del entrismo “sui generis” no dejó de tener sus consecuencias sobre los análisis y caracterizaciones del trotskismo con respecto a los partidos stalinistas y a la revolución política en los estados obreros. Ya hemos visto que, en lo que se refiere a China y Yugoslavia, Pablo y sus amigos abandonaron, en aras del entrismo “sui generis”, la tarea de construir partidos trotskistas y realizar la revolución política. Pero la cuestión no quedó allí. Se agravó con la revisión del programa tradicional del trotskismo en lo referente a los partidos stalinistas “puros” (es decir los directamente dependientes de la burocracia soviética), incluido el PC de la URSS, y a la revolución política en los estados obreros del este de Europa y la propia Rusia.

Comenzaremos con los partidos comunistas de los países capitalistas. Según hemos visto, Pablo y sus amigos predecían una guerra imperialista contra la URSS y de allí deducían que los Partidos Comunistas iban a “esbozar prácticamente una orientación revolucionaria”, a “actuar en caso de una guerra, con las armas en la mano por el poder” y a dirigir “toda una etapa del proceso revolucionario en sus respectivos países”.

A fines de la década del 30 empezó la guerra mundial: había posibilidades de guerra contra la URSS y ascenso del movimiento de masas en algunos países. Es decir, había una situación muy parecida a la que imaginaron Pablo y Germain para la década del 50. Sin embargo, Trotsky sacó una conclusión totalmente opuesta a la de Pablo y sus amigos: había que trabajar públicamente y en forma independiente. ¿Quién se equivocó? ¿Trotsky en el 30 o Pablo en el 50?

Trotsky fundamentó su posición de la siguiente manera: “El centrismo burocrático, debido a todos sus zigzags, presenta un carácter extremadamente conservador que se corresponde con su base social, la burocracia soviética. Después de una experiencia de diez años llegamos a la conclusión de que el centrismo burocrático no se acerca al marxismo, de cuyas filas surgió, y es incapaz de hacerlo. Precisamente por esto rompimos con la Comintern”. [147]

Como vemos, la cuestión no se limita a la analogía histórica. Si Pablo tuvo razón, Trotsky se equivocó, “después de 10 años de experiencia”, al caracterizar que el stalinismo tiene un “carácter extremadamente conservador” y es “incapaz de llegar al marxismo”. Es decir, si Pablo y sus amigos tuvieron razón, debemos cambiar todas las caracterizaciones trotskistas sobre la burocracia stalinista puesto que, colocada en determinadas situaciones objetivas, se puede transformar en un centrismo progresivo, de izquierda, capaz de acercarse al marxismo y luchar por el poder, abandonando su carácter extremadamente conservador.

Este análisis, en última instancia, nos hace retroceder a la época anterior a la fundación de la IV Internacional. Durante “10 años” el trotskismo hizo la experiencia de modificar desde adentro, como fracción del movimiento comunista, las características burocráticas de la Internacional y de sus secciones nacionales. No lo logró. Durante “10 años” Trotsky renunció a fundar una IV Internacional porque pensaba que se podía rescatar la III. No lo logró.

Con el triunfo del fascismo en Alemania por culpa de la política stalinista, Trotsky agotó sus “10 años de experiencia” y decidió romper con la III y fundar la IV, porque caracterizó que el proceso contrarrevolucionario del stalinismo mundial era irreversible. Según el análisis de Pablo, llevado hasta sus últimas consecuencias, Trotsky no sólo se equivocó en la caracterización; se equivocó también al fundar la IV Internacional. Fue una actitud apresurada, dado que venimos a descubrir, trece años después, el papel revolucionario que los partidos de la ex-III Internacional pueden cumplir ubicados en una situación objetiva favorable. Y esos análisis fueron votados y defendidos por los actuales dirigentes de la tendencia mayoritaria.

Las condiciones cambian, pero la “estrategia” ¡jamás!

Fue en base a esos análisis que se votó la línea entrista “sui generis”. Los hechos demostraron que tanto las previsiones como las caracterizaciones eran incorrectas.

No hubo guerra mundial ni nos aproximamos a ella; tampoco hubo guerra civil, ni lucha por el poder, ni ascenso del movimiento de masas, ni surgieron tendencias centristas mayoritarias en los partidos stalinistas. La URSS, en lugar de luchar contra el imperialismo, invadió Alemania del Este primero y Hungría después. Y para ello contó con el apoyo de los partidos comunistas que, según Pablo y sus amigos, iban a luchar por el poder en sus países esbozando una línea revolucionaria. Sin embargo, el entrismo continuó: Las condiciones cambiaron o fueron radicalmente diferentes de como las imaginó Pablo, secretario de la IV Internacional en ese momento. Pero la “estrategia”, votada por tiempo indefinido, se mantuvo.

El supuesto curso a la izquierda de los partidos stalinistas llevó a Pablo y sus amigos a no prever la lucha de los obreros de Alemania Oriental primero y de Hungría y Polonia posteriormente. Era inevitable. Si el stalinismo estaba virando hacia la izquierda en todo el mundo, ¿qué necesidad tenían los trabajadores de los estados obreros de realizar la revolución política? Pero los primeros amagos de la revolución política llegaron y Pablo y sus amigos, consecuentes con el entrismo “sui generis”, elevaron su caracterización del stalinismo a nivel programático.

Un programa reformista para la revolución política

No estamos hablando aquí de las consignas que había que levantar para la agitación en la URSS después de la muerte de Stalin. Evidentemente ese hecho abría un periodo en que los trotskistas rusos debían auscultar cuidadosamente al movimiento de masas para encontrar las consignas precisas para movilizarlo. Pero una cosa son las consignas que se agitan tácticamente y otra muy distinta es el programa de la revolución política. Ese programa no debía haber cambiado porque Stalin hubiera muerto, sino que, por el contrario, debía ser más actual que nunca.

Pero el entrismo “sui generis” seguía haciendo de las suyas. Cuando la revolución política era un hecho incontrovertible, demostrado por las luchas del proletariado alemán que prea-nunciaban la de los húngaros y polacos, Pablo y sus amigos se vieron precisados a elaborar un programa para esa lucha; y si sumamos al hecho de la revolución política la caracterización de que el stalinismo giraba a la izquierda nos encontramos con el único resultado posible: un programa reformista para todo el este de Europa y la URSS.

“He aquí el programa de la revolución política que está actualmente a la orden del día tanto en la URSS como en las ‘democracias populares’:

— verdaderos órganos de poder dual, elegidos democráticamente por las masas trabajadoras, que ejerzan un control efectivo sobre el estado, en todas las escalas, comprendido el gobierno;

— democratización real de los partidos comunistas;

— legalización de todos los partidos obreros;

— autonomía completa de los sindicatos en relación al estado, comprendido el estado obrero;

— elaboración del plan económico por los obreros, para los obreros”. [148]

Y las tres consignas fundamentales son:

“¡Abajo el capitalismo y la guerra contrarrevolucionaria que prepara! ¡Viva la democracia proletaria! ¡Viva el renacimiento socialista de la URSS, de las ‘democracias populares’ y del movimiento obrero internacional!” [149]

Este programa no llama al derrocamiento revolucionario de la burocracia, ni siquiera la ataca por su nombre, ni lucha contra sus privilegios materiales. Tampoco plantea el derecho a la autodeterminación nacional de los países del Este de Europa y de Ucrania. Este programa plantea la “democratización real de los partidos comunistas”, que es lo mismo que decir que no hay necesidad de construir partidos trotskistas. Es un programa reformista. Decimos esto, no por las consignas —que pueden ser o no buenas— sino por el sistema que forman, por la manera en que se articulan entre sí. Al no plantear el derrocamiento de la burocracia por una revolución de las masas soviéticas y la necesidad del partido trotskista, se transforman en reformistas.

El programa revolucionario del trotskismo ortodoxo

Ese programa reformista, nada tenía que ver con nuestro Programa de Transición:

“ ¡Abajo los privilegios de la burocracia! ¡Abajo el stajanovismo! ¡Abajo la aristocracia soviética con sus grados y sus condecoraciones! ¡Más igualdad en el salario para todas las formas de trabajo! La burocracia y la nueva aristocracia deben ser arrojadas (de los soviets). En los soviets no hay lugar más que para los representantes de los obreros, los koljosianos de base, los campesinos y soldados rojos”. Y después... “Legalización de los partidos soviéticos. Los obreros y los campesinos mismos, decidirán por medio de su libre sufragio cuáles partidos reconocen ellos como partidos soviéticos”.

Siguen una serie de consignas sobre la economía planificada, los koljozes y la política internacional (“¡Abajo la diplomacia secreta!”) y termina:

“Es imposible realizar este programa sin la liquidación de la burocracia, que se mantiene por la violencia y la falsificación. Únicamente el levantamiento victorioso revolucionario de las masas oprimidas puede revivir al régimen soviético y asegurar la marcha adelante hacia el socialismo. No hay sino un partido capaz de conducir a las masas soviéticas a la insurrección: ¡el partido de la Cuarta Internacional!

¡Abajo la camarilla bonapartista de Cain-Stalin!

¡Viva la democracia soviética!

¡Viva la revolución socialista internacional!” [150]

Una táctica elaborada por una situación concreta (la guerra, que no estalló), pero transformada en estrategia decenal, empujó velozmente al SI de aquel entonces, al revisionismo.

Bolivia 1952-55: Por qué no luchamos por el poder

Si algún joven trotskista intenta estudiar la historia de nuestro movimiento con un enfoque distinto al que utilizó Frank para hacer la suya, encontrará dificultades casi invencibles para saber cuál fue nuestra política en Bolivia. Pese a que nuestra sección allí fue, según declaraciones de Pablo y sus amigos, la más-importante de nuestra Internacional (junto a Ceylán), un secreto celosamente guardado bajo siete llaves rodeó su historia durante años. Parece que nunca antes hubiera existido una sección importante en Bolivia.

La razón de esta conspiración de silencio es sencilla: en Bolivia se dio la más grande, perfecta y clásica revolución obrera en lo que va del siglo, con una fuerte influencia de nuestra Internacional. Y allí se expresó, en su forma más clara, el terrible peligro que traía consigo la “estrategia” del entrismo “sui generis”.

El fracaso del nacionalismo burgués

Bolivia es un país muy pobre. El proletariado más fuerte es el minero, que está concentrado en Oruro y La Paz; todo el proletariado fabril y la pequeña burguesía están prácticamente radicados en La Paz.

El intento de lograr un gobierno bonapartista militar, apoyado en el movimiento obrero para resistir la presión yanqui, como se había logrado en la Argentina con el peronismo, se estrelló contra la miserable condición de la economía boliviana. En la Argentina, ese proyecto burgués fue viento en popa por su excepcional ubicación comercial y financiera (el tercer lugar en el mundo de la última post guerra); y Perón pudo hacer grandes concesiones económicas a las masas, adquiriendo gran prestigio frente a ellas. En Bolivia, en cambio, la situación económica deplorable dejó sin márgenes de maniobra al gobierno burgués: éste no pudo hacer grandes concesiones y el crecimiento del prestigio del trotskismo fue masivo y fulgurante.

El trotskismo adquiere influencia de masas

De esta manera, los trotskistas bolivianos se transformaron en una dirección de gran prestigio político en el movimiento obrero y de masas boliviano, aunque no lograron consolidar esa influencia organizativamente. Así lo reconocieron, repetidas veces, los órganos oficiales de nuestra Internacional, y nuestra influencia se vio reflejada en los hechos mismos de la lucha de clases. Un ejemplo de ello fueron las famosas tesis de Pulacayo, base programática del movimiento sindicalmente organizado en Bolivia. En noviembre de 1946, en Pulacayo (una población minera), se reunieron los delegados de todas las minas de Bolivia, y aprobaron por unanimidad las tesis elaboradas por los trotskistas, votando en contra del MNR y los stalinistas. Estas tesis, que se denominaban “programa de reivindicaciones transitorias”, planteaban entre otras posiciones, las siguientes: 1) salario básico vital y escala móvil de salarios; 2) semana de 40 horas y escala móvil de horas de trabajo; 3) ocupación de minas; 4) contrato colectivo; 5) independencia sindical; 6) control obrero de las minas; 7) armamento de los trabajadores; 8) bolsa de huelga; 9) reglamentación de la supresión de las pulperías baratas; 10) supresión del trabajo a contrato. Este programa, especialmente el que iba contra el ejército y por el armamento del proletariado, con milicias obreras, fue propagandizado en forma masiva por los trotskistas y por la organización sindical minera durante los años que van hasta la revolución de 1952.

Una consecuencia del colosal triunfo trotskista entre los trabajadores mineros, va a ser la constitución del bloque o frente obrero para presentarse a elecciones. A pesar de que el 90°/o de la población boliviana no votaba en aquellos tiempos (había voto calificado: sólo podían votar los que sabían leer), el bloque obrero ganó en los distritos mineros y obtuvo un senador y cinco diputados. El máximo líder trotskista, Guillermo Lora, y otros compañeros hicieron una buena utilización del parlamento burgués, cuando desde sus diputaciones atacaron al ejército y pregonaron la necesidad de destruirlo e imponer las milicias obreras.

En 1951 hubo elecciones presidenciales y triunfó el MNR, pero no se le entregó el gobierno, ya que ante ese triunfo los militares dieron un golpe de estado e instauraron un régimen dictatorial, represivo al extremo. El 9 de abril de 1952, la policía y un sector del ejército, en acuerdo con la dirección del MNR, intentaron dar un contragolpe, pero éste fracasó y su jefe militar se asiló en una embajada. La policía, al verse derrotada por los militares, entregó algunas armas a los trabajadores fabriles y al pueblo de La Paz, para que resistieran la contraofensiva militar. Mientras tanto, los mineros, que ya habían liquidado al ejército en Oruro y se habían apoderado de los regimientos, comenzaron a bajar hacia La Paz. Este vuelco más el copamiento de un tren militar que se dirigía hacia La Paz con armamentos, llevó a la liquidación total del ejército boliviano. En La Paz, por ejemplo, los trabajadores derrotaron completamente a siete regimientos (la base del ejército boliviano), y les sacaron todas las armas. Cayó el gobierno dictatorial, y se le dio el gobierno al MNR.

Las milicias obreras y campesinas fueron las únicas fuerzas armadas que quedaban en Bolivia después del 11 de abril de 1952 y estaban dirigidas, en su mayor parte, por los trotskistas. Recién el 24 de julio, más de tres meses después, el gobierno sacó un decreto de reorganización del ejército.

Nuestros compañeros trotskistas, apoyándose en las milicias armadas obreras y campesinas —entre 50 y 100.000 hombres (en un día de desfile solamente las milicias campesinas tenían 25.000)— y en las organizaciones sindicales, fundaron y organizaron la Central Obrera Boliviana (COB), que agrupó a todas las milicias y a todas las organizaciones obreras y campesinas de Bolivia.

Frente a esa situación, única en este siglo, —una revolución que liquida al ejército burgués y organiza su propio ejército proletario, con una dirección y un programa trotskista, ¿qué hacen Pablo y sus amigos? Aplican una de las tácticas decenales: el en-trismo. Esta línea fue impuesta a escala mundial. Donde no había partidos stalinistas, se los reemplazó por partidos socialistas o nacionalistas burgueses, ya que de ellos surgirían las tenden cias centristas que iban a dirigir la revolución. He aquí lo que escribían Pablo y sus amigos en 1951:

“Por otra parte, en caso de movilización de masas bajo el impulso o la influencia preponderante del MNR, nuestra sección debe sostener con todas sus fuerzas al movimiento, no abstenerse sino al contrario intervenir enérgicamente en vista de llevarla lo más lejos posible, comprendiendo esto hasta la toma del poder por el MNR, sobre la base del programa progresivo de frente único antiimperialista”. [151]

¡Ni una sola palabra sobre el movimiento obrero y sus organizaciones de clase, los sindicatos y, el día de mañana, las milicias o los soviets! El compañero Pablo proponía esto, al mismo tiempo que definía al MNR como un partido de la baja burguesía minera, vale decir como un partido burgués. O sea que, según Pablo, no debíamos utilizar las movilizaciones para desenmascarar al MNR, para denunciar su inevitable papel de ser en última instancia, agente del imperialismo. No debíamos oponerle las organizaciones de clase, los sindicatos o las futuras milicias o soviets. Al contrario, debíamos impulsarlo, de conjunto, para que “tomara el poder”. Y disfrazaba esta claudicación a un partido nacionalista burgués tras el programa del frente único antiimperialista.

En realidad, esta política era directamente contraria a la táctica del frente único antiimperialista. Lo fundamental de esta táctica consiste en plantear acciones conjuntas que desenmascaren las vacilaciones y traiciones de los burgueses nacionalistas; y su objetivo es lograr la independencia política del movimiento obrero con respecto a esas direcciones burguesas. La otra cara, más grave aún, de esta prostitución de la táctica del frente único antiimperialista, es la renuncia a luchar por la organización y la política independiente de los trabajadores.

Esta capitulación total, es llevada al asco en otro párrafo de la resolución:

“Si contradictoriamente, en el curso de estas movilizaciones de masas, nuestra sección comprobase que disputa con el MNR la influencia sobre las masas revolucionarias, ella levantará la consigna de gobierno obrero y campesino común a los dos partidos, siempre sobre la base del mismo programa, gobierno apoyado en los comités obreros y campesinos y los elementos revolucionarios de la pequeña burguesía”. [152]

Dicho de otra manera, si empezamos a derrotar al MNR frente al movimiento de masas, no debemos llevar esta tarea hasta el fin, sino que debemos plantear un gobierno compartido entre el MNR y nosotros. Este gobierno no debía ser el gobierno de los comités obreros y campesinos, sino “apoyarse” en ellos.

Para llegar a semejante política, Pablo debió revisar la posición leninista del gobierno obrero y campesino. Lenin estaba de acuerdo con impulsar la toma del gobierno por los mencheviques y socialrevolucionarios (cuando aún el partido revolucionario no tenía fuerzas para hacerlo); pero sostuvo categóricamente que jamás se debía hacer un gobierno compartido con ellos (y no entró al gobierno kerenskista de los mencheviques y socialistas revolucionarios). La esencia de la posición leninista era mantenerse fuera del gobierno, justamente para quedar como única alternativa cuando el reformismo quedara desenmascarado ante las masas después de demostrar su impotencia desde el poder.

Si como línea política, la de Pablo y sus amigos fue revisionista y claudicante, como previsión de los acontecimientos fue catastrófica. La revolución del 52 no siguió ninguna de las pautas que ellos previeron en 1951, sino más bien las opuestas: la clase obrera, a través de las organizaciones de clase, los sindicatos y las milicias, liquidó al régimen militar. Pero, como siempre, la realidad puede ser otra, pero la estrategia de Pablo sigue. Y es entonces cuando la dirección del movimiento obrero boliviano (en primera fila los trotskistas, que decían y hacían lo que Pablo ordenaba) lleva al MNR burgués al gobierno y le da apoyo crítico.

Insistimos: Pablo y sus amigos apoyaron a un gobierno burgués, que no tenía ejército ni policía que lo sostuviera en Bolivia, porque habían votado esa “estrategia” a largo plazo en el congreso mundial de 1951.

Pruebas al canto: después de abril de 1952, nuestra sección boliviana, directamente controlada por Pablo y sus amigos nos decía:

“En el momento presente nuestra táctica consiste en agrupar nuestras fuerzas, en aglutinar el proletariado y los campesinos en un solo bloque para defender a un gobierno que no es el nuestro”. “Lejos de lanzar la consigna del derrocamiento del régimen de Paz Estenssoro, lo apuntalamos para que resista la embestida de la ‘rosca’ “. “Esta actitud se manifiesta primero como presión sobre el gobierno para que realice las aspiraciones más sentidas de los obreros y campesinos”. [153]

Mientras nosotros planteábamos que en Bolivia la consigna era “¡Todo el poder a la COB y las milicias armadas!”, en Quatriéme Internationale, sin que se les cayera la cara de vergüenza, los compañeros Frank y Germain, un año después de la revolución del 52, decían lo siguiente:

“El POR comenzó con un apoyo justo pero crítico al gobierno del MNR. Vale decir, evitó lanzar la consigna (Abajo el gobierno del MNR): lo apoyó críticamente contra todo ataque por parte del imperialismo y la reacción, así como toda medida progresista”. [154]

Entre paréntesis, no sabemos qué tiene que ver no levantar la consigna inmediata “abajo el gobierno”, con el apoyo críti co, puesto que podemos no levantar la consigna sin que esto signifique apoyar al gobierno ni “críticamente” ni de ninguna forma.

En julio de 1953, la revista oficial de nuestra Internacional —Quatriéme Internationale—, en su edición en castellano (pero supervisada al milímetro por Pablo y sus amigos) hacía la siguiente pintura de la situación boliviana:

“La organización de milicias obreras se amplifica paralelamente a la de las masas campesinas... “ “El régimen ha evolucionado en efecto a una especie de ‘kerenskismo’ muy avanzado, mucho más acentuado que el Mossadegh en Irán, por ejemplo”. [155]

Y en esa situación de “kerenskismo avanzado” seguíamos sin lanzar la consigna de “Todo el poder a la COB y a sus milicias”.

Pasó un año más —dos desde la revolución— y se reunió el IV Congreso de la Internacional. En él, Pablo y sus amigos siguieron adelante con su estrategia decenal, no perdieron en absoluto su entrañable amor por las organizaciones no proletarias y por las tendencias centristas, y siguieron sin llamar a la COB, la organización obrera por antonomasia, a que tomara el poder. Habían encontrado otra organización centrista digna de su “apoyo crítico”: la izquierda del MNR.

“En Bolivia, el giro a la derecha y reaccionario de la política del MNR, cediendo a la presión del imperialismo y la reacción indígena, hace más imperiosa que nunca una franca denuncia de este giro por parte del POR, que debe quitar toda confianza a este gobierno, como también a los ministros obreros; llamando constantemente a la COB y trabajando sistemáticamente en su seno a fin de aplicar una verdadera política de clase independiente del MNR y de comprometer a la Central en la vía del gobierno obrero y campesino; la campaña sistemática por esta perspectiva, así como por el programa para tal gobierno, la campaña por elecciones generales, con derecho a voto para todos los hombres y mujeres mayores de 18 años para elegir una asamblea constituyente y la presentación de listas obre ras de la COB en estas elecciones. Es solamente tal política la que podrá provocar una diferenciación en el seno del MNR y obligar a su ala izquierda muy difusa y desorganizada a romper definitivamente con la derecha y con sus dirigentes ‘obreros’ burocratizados y comprometerse en la vía del gobierno obrero y campesino”. [156]

La línea habría sido perfecta con un agregado: para garantizar todo esto (constituyente, elecciones, etc. ), es necesario que la COB tome el poder. Pero eso no lo decían Pablo y sus amigos. ¿Quién iba entonces a llamar a esa constituyente? Si no era la COB desde el poder, sólo quedaban el gobierno de Paz Estenssoro o un supuesto gobierno de la izquierda del MNR.

Esta línea confirmaba la que se había dado la sección boliviana un año antes, expresada en un manifiesto lanzado el 23 de junio de 1953, con el beneplácito de Pablo y sus amigos. Allí decía:

“La amenaza de conspiración rosquera se ha convertido en permanente... “, por lo tanto se debe “... defender al gobierno actual... “ con la “... defensa armada del gobierno”. [157]

Aunque parezca increíble, se están refiriendo al gobierno burgués, ¡burgués!, de Paz Estenssoro. Quizás el peligro de “conspiración rosquera” justificaba no levantar momentáneamente la consigna ofensiva de “¡Todo el poder a la COB!” y reemplazarla por la defensiva de “¡Frente Obrero contra la reacción!”. Pero la estrategia de que la COB tomara el poder seguía teniendo vigencia y en ningún caso se podía levantar la consigna de “defensa” de un gobierno burgués. Sin embargo, ¿cuál es la consigna de poder con que termina este manifiesto?

“Toda esta lucha debe girar alrededor de la consigna: control total del Estado por el ala izquierda del MNR”. [158]

Pasó el tiempo y la izquierda del MNR fracasó. Así, ¡cuatro años después de la revolución!, cuando el ejército había logrado reestructurarse, cuando ya no podían confiar en el MNR —como al principio— o en su ala izquierda —como después— Pablo y sus amigos bolivianos adoptaron la línea por la que había luchado sistemáticamente nuestro partido desde el comienzo. En una resolución del CE del POR boliviano de mayo de 1956, ¡por fin!, (pero demasiado tarde) se dice:

“Fortaleciendo y desarrollando todos los órganos de poder dual, frente a los choques con el gobierno, con la burguesía, con la oligarquía y el imperialismo, frente al parlamento y a las tentativas de restar influencia a los sindicatos que desarrollara el gobierno de Siles, nosotros empujaremos la tendencia de las masas planteando: ¡Que la COB resuelva en todos los problemas! y ¡Todo el poder a la COB!” [159]

¡Por fin se dieron cuenta!, decimos nosotros. Era una victoria tardía de nuestra prédica y nuestra polémica. Habían quedado al descubierto las claudicaciones de Pablo y sus amigos. Habían salido a la luz los terribles peligros que nos acechaban detrás de sus famosas “tácticas” de largo plazo, basadas en hipótesis para el futuro y no en la realidad.

El “entrismo sui generis” frente a los golpes reaccionarios argentinos del ‘55 y a los gobiernos gorilas del ‘55-’58

No sólo en Bolivia tuvimos consecuencias funestas con la estrategia decenal “entrista sui generis”. En la Argentina, esa estrategia no dejó de tener consecuencias trágicas para el trotskismo. No es casual que la palabra “gorila” que ha adquirido predicamento universal, haya sido acuñada en nuestro país. Es aquí (junto con Guatemala) donde surgieron en la posguerra los primeros gobiernos ultrarreaccionarios similares al actual gobierno brasileño. Con la dictadura militar argentina aparecen los campos de concentración con miles y miles de presos, la ilegalidad de los sindicatos, de los partidos de izquierda y burgueses que se le oponían, los asesinatos y torturas de los militantes sindicales, de izquierda y de oposición. Es muy posible que haya sido una dictadura mucho más brutal que la actual brasileña. De ahí que esté muy justificado que a esas dictaduras se las denomine como el proletariado argentino denominó al gobierno militar: dictadura “gorila”. Es bueno que veamos cuál fue la política seguida por Pablo en aquella época y la que tuvimos nosotros, tanto frente a los golpes, como a los gobiernos gorilas.

En una resolución impuesta por la mayoría, el CEI ha calificado la política de nuestro partido en aquella época como oportunista y de capitulación al peronismo. Debemos entonces empezar con la exposición veraz de nuestro supuesto “oportunismo”. Hace más necesaria esta tarea el hecho de que hayamos efectuado una severa crítica a nuestra sección boliviana por su política frente a los recientes golpes reaccionarios. ¿Nuestra trayectoria justifica esa crítica?, se preguntarán muchos compañeros extranjeros o nuevos en el movimiento y que no conocen su verdadera historia.

Nosotros hemos publicado repetidas veces en forma de folletos o libros, nuestros trabajos de aquella época. Los compañeros de la mayoría tienen una documentación abundante y de fácil manejo para demostrar sus acusaciones, no tienen necesidad de recurrir a ningún archivo o colección de periódicos.

Previmos el golpe y luchamos contra él desde diez meses antes

De esa documentación surgen con toda evidencia los siguientes hechos:

1) Desde noviembre de 1954, es decir siete meses antes del primer golpe y diez antes del triunfante, iniciamos una campaña de denuncia y oposición al golpe reaccionario que considerábamos seguro, desde nuestro periódico. Un historiador reconocido como Milcíades Peña, hizo un prólogo a la recopilación de nuestros artículos en el que decía lo siguiente:

“Desde el primer momento los militantes socialistas revolucionarios trotskistas dijeron con claridad cuál era el sentido real de esa lucha, y su posición en la misma. Y desde el primer momento previeron el ‘putsch’ y alertaron contra él a la clase obrera”. [160]

2) Sin depositar ninguna confianza en el gobierno peronista supimos distinguir las diferencias que tenía con el enemigo, sin minimizarlas por el hecho de que eran variantes burguesas. Señalamos que el gobierno de Perón era burgués e incapaz de frenar el golpe, pero también que tenía diferencias con el imperialismo yanqui y sus agentes políticos, la iglesia católica y los partidos opositores, que estaban preparando el golpe reaccionario.

3) Insistimos en que la principal tarea política que se había abierto desde diciembre de 1954 era enfrentar el inevitable golpe de estado que estaba preparando la reacción. Llamamos a un acuerdo técnico al gobierno peronista, y a un frente único a los partidos obreros y principalmente a la CGT para luchar contra el golpe. Intervinimos en todas las movilizaciones que el movimiento obrero y de masas realizó contra los preparativos golpistas. Jugamos un papel de primera magnitud en las acciones con que el movimiento obrero aplastó el primer golpe y en la formación de las primeras milicias obreras que ha conocido el país desde la “semana trágica” dé 1919.

4) Llamamos a la formación de milicias y al armamento sindical para luchar contra el golpe. Denunciamos sistemáticamente al gobierno peronista como un gobierno burgués, que se iba a entregar al golpe y que era incapaz de enfrentarlo. Subrayamos sistemáticamente que no teníamos nada que hacer con el peronismo. Es decir, previmos el golpe y luchamos para impedirlo, diez meses antes de que triunfara.

Veamos algunas pruebas contundentes. El primer artículo sobre el tema lo publicamos en nuestro periódico del 3 de diciembre de 1954. En el titular más importante decíamos: “La Iglesia Católica al servicio del golpe de estado del imperialismo yanqui. Sólo la movilización de la clase obrera detendrá el golpe de ésta y la colonización del país.”

Allí señalábamos: “Al mismo tiempo el discurso de Perón, medido en todas las palabras y de tono explicativo y no agita tivo, es el mejor indicio de que el gobierno no está interesado en movilizar a las masas más allá de los actos formales que pueda controlar. Sin embargo, sólo la movilización amplia de la clase obrera fortalecerá al país frente a la tentativa de colonización del imperialismo yanqui”. “El gobierno peronista que está embarcado en una política de colaboración de clases y se inclina cada vez más con mayor evidencia del lado patronal, no está dispuesto a ceder a ninguna de las reivindicaciones que la clase obrera pudiera plantearle.” “Nosotros, como partido anticapitalista y antiimperialista, queremos dejar aclarada nuestra posición en torno a este problema. Pero no una posición enunciativa sino afirmativa y de lucha. A pesar de todas nuestras divergencias con el gobierno peronista, a pesar de nuestras críticas, queremos manifestar públicamente que mientras el gobierno no se entregue al imperialismo yanqui, frente al peligro de un golpe de estado fomentado por Wall Street, ofrecemos al gobierno un acuerdo de carácter técnico bien delimitado, público y sin compromisos políticos a fin de detener todos los intentos del imperialismo por colonizar al país y superexplotar a nuestra clase obrera”. [161]

Y en el último periódico antes del golpe triunfante, decíamos lo siguiente:

“No tuvimos ni tenemos confianza en la política y en los métodos del actual gobierno, aunque acataremos disciplinadamente a la mayoría.” “El hecho de que aceptemos la voluntad de la mayoría de los trabajadores no significa que seamos peronistas, ni tampoco el ala izquierda del peronismo, ni siquiera aliados del peronismo. Somos una organización distinta del peronismo. Nuestro partido es un partido obrero: el peronismo, en cambio, es un partido burgués, es decir, que está por la defensa del actual orden de cosas.”

“Lo que hace que en algunos hechos estemos junto al gobierno peronista, y frente a la oposición, se debe a que, si bien estamos a favor de la sustitución del actual gobierno por un gobierno de la CGT y de todas las organizaciones obreras y campesinas, estamos en contra de que el actual gobierno sea reemplazado por un gobierno de los curas, los patrones y el imperialismo yanqui.” [162]

En un volante oficial de la misma época hicimos este llamado:

“Trabajadores:

“La Federación Socialista Bonaerense (Revolución Nacional) que edita el periódico ‘La Verdad’, les lanza un urgente llamado:

“¡Apoyad la instrucción de la dirección de la CGT, defended la situación actual contra la reacción que quiere implantar un gobierno militar reaccionario!

“No se trata de defender a un gobierno: el peronista, sino de impedir que triunfe un gobierno abiertamente procapitalista y antiobrero.

“Nosotros, por ejemplo, no estamos a favor de la política peronista, ni de los manejos de los dirigentes sindicales que se enriquecen a costa de los obreros y suprimen la democracia sindical; pero, en este caso, ponemos en primer lugar la unidad de la clase obrera y del movimiento sindical, contra el ataque que le lleva a cabo la reacción para implantar su gobierno. Si el golpe militar triunfa, el movimiento obrero perderá sus organizaciones sindicales y su unidad y los patrones, el imperialismo y el clero serán los dueños completos del país.

“Por eso creemos que hay que apoyar la acción de la CGT contra el golpe. Esto no impide que alertemos fraternalmente sobre los siguientes peligros:

— si no se moviliza a la clase obrera;

— si no se pone en práctica la resolución de la CGT sobre milicias obreras;

— se puede perder TODO.

“No debemos olvidar que el 14 de junio la dirección del movimiento sindical aseguró que no pasaba nada, y dos días des pués estallaba el golpe. No debemos olvidar tampoco que hasta hace pocos días se dijo que nada pasaría y que había que guardar tranquilidad yendo ‘del trabajo a casa y de casa al trabajo’. Esta política se ha revelado como un grave error; si la clase obrera se hubiera movilizado, no habría sufrido en tres meses dos golpes de estado.

“Lo que veníamos diciendo desde hace un año lo repetimos nuevamente ahora:

“Sólo la movilización e iniciativa de la clase obrera puede aplastar de una vez por todas los golpes reaccionarios. Por eso, disciplinadamente solicitamos y presionamos a las direcciones sindicales para que se ponga en práctica la resolución de las milicias obreras.

“Compañeros: Todos los obreros unidos, sin excepción, de-bemos luchar contra el golpe de estado de la reacción y debemos exigir que se ponga en práctica la resolución sobre las milicias obreras, única forma de aplastar DE UNA VEZ POR TODAS a la reacción clerical, patronal, imperialista.

“Federación Socialista Bonaerense (R. N. ), 17 de septiembre de 1955. Lea La Verdad.” [163]

La sección oficial no dijo ni una palabra contra el golpe

Mientras nosotros dábamos toda esa lucha, mientras nos jugábamos en las calles contra el golpe reaccionario, la sección dirigida por Posadas y reconocida por Pablo, no decía una sola palabra. Ni una sola. Veamos un solo ejemplo. En el periódico de la sección para el lo. de Mayo de 1955, o sea un mes antes del primer golpe de estado, que se dio el 16 de junio y que originó el surgimiento de las milicias obreras, centenares de muertos (nunca se supo) y el enfrentamiento del movimiento obrero con la Marina, no hay un solo artículo que toque el problema del golpe, no hablemos ya de dar línea contra él. En el artículo editorial aparece el programa oficial de la sección para los meses venideros.

El primer punto, no podía ser de otro modo, es “Contra los preparativos de guerra” (la línea avanzada por Pablo de que venía la guerra mundial a corto plazo). El segundo, “por la expulsión del imperialismo”. El tercero, “Apoyo a la revolución boliviana”, etc. Y a partir del cuarto punto comienzan las con-signas-tareas de tipo nacional, que citaremos en forma completa:

“4) ¡Defensa de todas las conquistas! ¡Ni un paso atrás en las conquistas logradas! 5) ¡Defensa y fortalecimiento de la organización sindical!, etc. 6) ¡Salario vital mínimo y escala móvil de salarios! 7) ¡Control obrero de la producción! 8) ¡Contra toda ley y medida represiva contra el movimiento obrero! ¡Libertad a todos los militantes obreros presos! 9) ¡Por un Congreso de Organizaciones Sindicales contra la ofensiva burguesa y la carestía! 10) ¡Por la formación de un partido obrero basado en los sindicatos, que luche por el programa y los intereses de la clase obrera y las masas! 11) ¡Por un gobierno obrero y campesino!” [164]

Ni una palabra del peligro del golpe, ni una palabra de la necesidad de las milicias obreras, ni de una política frente a la reacción.

Y el golpe triunfó; vino la represión más feroz contra el movimiento obrero y peronista; los sindicatos fueron intervenidos. La sección oficial se vio obligada a reconocer que había habido un golpe “clerical, oligárquico, imperialista”. En un volante posterior al golpe reconocen que hay “matanzas de trabajadores por medio de tanques, bombas, ametrallamientos con aviones, cañones y ametralladoras. Se ha consumado y se desarrolla la masacre en masa de trabajadores más criminal y sanguinaria que registra la historia de la burguesía del país”. “Sin tener aún informes completos de todo el país, hemos visto y sabemos que esta Paz y libertad a que nos llaman y que nos prometen, va dejando ya un saldo de 6.000 obreros muertos en Mendoza, casi 20.000 en Córdoba, masacre de obreros y fusilamientos de dirigentes en Mar del Plata y Bahía Blanca (no tenemos datos precisos de bombardeos de sectores obreros de Santiago del Estero); en Rosario (según informes no precisados) la matanza alcanza a 7.000 obreros; manifestantes cegetistas portando carteles que decían:

‘Soldados no tiren: somos el pueblo’, fueron ametrallados con aviones cazas; en Córdoba tiraron bombas sobre barrios obreros desde las ventanillas de aviones comerciales; por radios del exterior sabemos que en Tucumán (no disponemos aún de datos directos) ha sido terrible la matanza.” [165]

La verdadera explicación: el entrismo “sui generis”

A pesar de ese reconocimiento de las características del golpe, ni Posadas ni su íntimo amigo y defensor incondicional Pablo, se efectuaron ninguna autocrítica por la política que tuvieron en el año 1955. Esa política obedecía a una razón profunda: el “entrismo sui generis”. El programa que hemos citado no menciona la podrida política del PC argentino que le estaba haciendo el juego a la reacción clerical. En todo el periódico tampoco menciona la podrida política mundial del stalinismo. Todas son ponderaciones a China y su política. Dentro de esa política general, el enemigo principal era el gobierno peronista y la burguesía en su conjunto, principalmente la burguesía ligada al peronismo. Era una aplicación táctica del entrismo, de seguidismo al stalinismo criollo e internacional, que siempre había estado en contra del peronismo por razones tácticas, para copar el movimiento obrero y así tener una mercancía de cambio más apetitosa para negociar con el imperialismo yanqui. La sección pablista fue la variante de izquierda del stalinismo criollo.

Después vino la lucha contra los gobiernos gorilas. Nuestro partido levantó como uno de los puntos principales de su lucha contra esos gobiernos, los derechos democráticos. Empezamos la lucha por el derecho del peronismo y el General Perón a intervenir en política, por la legalidad de este partido burgués que tenía el apoyo de casi todo el movimiento obrero. Denunciamos a la dictadura gorila planteando que la lucha era para derribarla. Estuvimos entre los fundadores de las 62 Organizaciones obreras de resistencia al gobierno militar. Estuvimos en todas las luchas. El gobierno gorila nos “distinguió” persiguiéndonos con saña, con más saña aún que al peronismo. Lo mismo les ocurrió a todos los partidos de izquierda antigorilas y que estuvieron contra el golpe. Incluso el PC sufrió un tanto las represiones.

Pero hubo un partido que fue total y absolutamente legal. El único partido de izquierda cuya prensa fue legal, se vendía en todos los quioscos bajo protección policial, el único al que se le otorgó la posibilidad de hablar por las radios oficiales gorilas (y que utilizó esa oportunidad y habló). Mientras todos los que luchábamos contra los gorilas íbamos a campos de concentración o a la cárcel, este partido, milagro de milagros, obtenía la legalidad. Y en su prensa se vanagloriaba de que la había obtenido gracias a su intensa lucha. Ese era el partido de Posadas, la niña mimada del compañero Pablo, la sección puesta como modelo a todo el movimiento trotskista mundial en la etapa del entrismo sui generis y de toda la política de la mayoría de aquella época. Ese partido recibía el 24 de octubre de 1955, un mes después del golpe contra el que no luchó, y publicada en enero de 1956, en su periódico legal bajo la dictadura gorila, un saludo y felicitación del Comité Ejecutivo Internacional.

¿Dónde estaba el secreto de tanto amor de la dictadura gorila hacia la sección oficial? En varios hechos políticos de gran importancia: primero, la sección opinaba, y lo decía públicamente, que los obreros no debían luchar por la legalidad del peronismo y del general Perón, porque “eran partidos burgueses”, segundo, en el “entrismo sui generis” la sección seguía como una sombra al stalinismo y éste tenía relaciones bastante buenas con la dictadura gorila a los efectos de ver si ésta le dejaba una tajada en las ocupaciones militares de los sindicatos (el enemigo principal tanto para la sección como para el stalinismo, eran los jerarcas sindicales peronistas, no los gobiernos gorilas). Lógicamente la sección no tuvo presos, que nosotros sepamos, ya que sus militantes eran legales.

Hoy día el compañero Germain nos critica por haber utilizado los resquicios de legalidad que nuestros trabajadores consiguieron en sus luchas. Creemos que antes de criticarnos, tenga o no razón, debería autocriticarse por haber apoyado públicamente durante años y años, la funesta política de su sección oficial en nuestro país.

La estrategia del control obrero

Dentro del período de la estrategia del “entrismo sui generis”, los camaradas de la mayoría comenzaron a plantear una nueva estrategia decenal: el control obrero. Esta estrategia nació allá por el año 1964, se mantiene hasta la fecha, y el camarada Germain nos amenaza con mantenerla por los siglos de los siglos.

En su nacimiento, Germain la justificó con su teoría sobre la nueva estructura y leyes del neocapitalismo: ya no se luchaba contra los bajos salarios y la desocupación, sino contra la dirección de las empresas. Actualmente, la justificación parece que tiende a cambiar, dado que la situación económica de los países imperialistas, especialmente los europeos, ha desmentido la teoría germainista y puesto nuevamente a la orden del día las luchas económicas “tradicionales”. Pero la estrategia queda; sin una nueva justificación elaborada en forma completa... pero queda.

Sin embargo, si seguimos a Trotsky comprobamos que la consigna “de control obrero fue lanzada para todo un período por el ala derecha del comunismo, los brandleristas, en contraposición al trotskismo, que la negaba. Es que para Trotsky sólo se puede propagandizar y agitar en una etapa revolucionaria, cuando está planteado el poder dual, la revolución socialista y la nacionalización de toda la industria. Los oportunistas, en cambio, la usan permanentemente.

“El control obrero es una medida transitoria, en condiciones de extrema tensión de la lucha de clases, y no es concebible más que como un puente hacia la nacionalización revolucionaria de la producción. [166]

Trotsky insiste en que esta nacionalización sólo se puede hacer con el poder obrero y los soviets.

“En general, el control sólo es concebible cuando el proletariado tiene fuerzas políticas preponderantes sobre las del capital... Para nosotros, la consigna de control está ligada al periodo de poder dual en la producción, que corresponde al pasaje del régimen burgués al rég