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En 1915
la guerra le costó a Rusia diez mil millones de rublos;
de 1916 a 1919 mil millones; en la primera mitad de 1917,
diez mil quinientos millones. A principios de 1918, la Deuda
pública había de ascender a sesenta mil millones,
representando casi tanto, por consiguiente, como toda la riqueza
nacional, que se calculaba en unos setenta mil millones. El
Comité ejecutivo central redactó un proyecto
de proclama abogando por un empréstito de guerra con
el pomposo nombre de "Empréstito de la Libertad";
el gobierno, por su parte, llegaba a la fácil conclusión
de que sin un nuevo y grandioso empréstito exterior,
no sólo no Podría pagar los pedidos hechos al
extranjero, sino que no podría siquiera cumplir las
obligaciones interiores. El pasivo de la balanza comercial
crecía constantemente. Era evidente que los aliados
se disponían abandonar el rublo a su propia suerte.
El mismo día en que la proclama sobre el "Empréstito
de la Libertad" llenaba la primera página de las
Izvestia de los Soviets, el Mensajero del Gobierno dio cuenta
de la catastrófica baja del rublo. La prensa de estampar
billetes no daba ya abasto a la inflación. Estaban
a punto de abandonarse los antiguos y sólidos signos
monetarios, que aún guardaban el resplandor de su poder
adquisitivo anterior, para poner en circulación aquellas
descoloridas etiquetas de botellas a que el pueblo dio en
seguida el nombre de "kerenskis". El burgués
como el obrero daban a esta palabra, al pronunciarla, cada
cual a su modo, una inflexión de menosprecio.
Verbalmente, el gobierno abrazaba un programa de reglamentación
de la economía, y hasta llegó a crear con este
objeto, a fines de junio, una complicada organización.
Pero en el régimen de febrero, a las palabras y los
hechos les pasaba algo así como al espíritu
y a la carne del cristiano devoto: que no acababan de armonizarse.
Los órganos reguladores de la economía, debidamente
seleccionados, se preocupaban más de preservar a los
patronos de los caprichos de un poder central inconsistente
y vacilante que de poner coto a los intereses privados. El
personal administrativo y técnico de la industria estaba
dividido: los sectores más altos, asustados por las
tendencias niveladoras de los obreros, se ponían decididamente
al lado de los patronos. Los obreros sentían repugnancia
por los pedidos de guerra, encargados a las fábricas
con un año, o dos, de anticipación. Pero también
los patronos iban perdiendo el cariño por la producción,
que les valía más inquietudes que beneficios.
El cierre deliberado de las fábricas por los patronos
tomaba caracteres sistemáticos. La industria metalúrgica
redujo su producción en un 40, la textil en un 20 por
100. Escaseaban todos los artículos necesarios para
la vida. Los precios subían al unísono con la
inflación y la crisis de la economía. Los obreros
sentían un vivo deseo de poder controlar el mecanismo
administrativo-comercial oculto a sus ojos y del que dependía
su suerte. Skobelev, ministro de Trabajo, trataba de persuadir
a los obreros, en manifiestos difusos, de la imposibilidad
de su intervención en la dirección de las industrias.
El 24 de junio, las Izvestia daban la noticia de que existía
el propósito de cerrar toda otra serie de fábricas.
De provincias, llegaban informes análogos. La situación
de los transportes ferroviarios era aún más
grave que la de la industria. La mitad de las locomotoras
necesitaban una reparación radical; una gran parte
del material móvil estaba en el frente y se notaba
la falta de combustible. El Ministerio de Vías y Comunicaciones
se hallaba empeñado en una pugna constante con los
obreros y empleados ferroviarios. El abastecimiento de la
población empeoraba de día en día. En
Petrogrado, sólo había reservas de harina para
diez o quince días: en los demás centros, la
situación no era mucho mejor. La semiparalización
del material móvil y la amenaza de huelga ferroviaria
constituían un peligro constante de hambre. No se atalayaba
ninguna salida. No; no era esto, ni mucho menos, lo que los
obreros habían esperado de la revolución.
Pero la situación era aún peor, si cabía,
en el terreno político. La indecisión es la
actitud más grave que pueden adoptar tanto los gobiernos,
las naciones y las clases como los individuos. La revolución
es un modo implacable de resolver los problemas históricos.
La política más funesta que puede seguir una
revolución es la de las medias tintas: esa política
guiada sólo por el afán de evitar los problemas.
El revolucionario es como el cirujano que clava el bisturí
en el cuerpo del enfermo; no puede vacilar. Pues bien, el
régimen dualista, nacido de la revolución de
Febrero, era la indecisión organizada. Todo se volvía
contra el gobierno. Los amigos condicionales se convertían
en adversarios, los adversarios tibios en enemigos encarnizados,
y los que eran enemigos inermes, se armaban. La contrarrevolución
estaba movilizando de un modo completamente descarado, a la
luz del día, inspirada por el Comité central
del partido kadete, centro político de todos los que
tenían algo que perder. El Comité de la Asociación
de oficiales destacado en el cuartel general de Mohilev, que
representaba a cerca de cien mil jefes y oficiales descontentos,
y el Consejo de la Asociación de soldados cosacos,
de Petrogrado, eran las dos palancas militares de la contrarrevolución.
La Duma, a pesar de la resolución votada en junio por
el Congreso de los soviets, decidió continuar sus "sesiones
privadas". Su Comité provisional servía
de tapadera legal a la labor contrarrevolucionaria, generosamente
alimentada con recursos financieros por los Bancos y las embajadas
de la Entente. Los conciliadores se veían amenazados
por la derecha y por la izquierda. El gobierno, inquieto acordaba
confidencialmente consignar un crédito para la organización
de una policía política secreta.
Coincidiendo con todo esto, a mediados de junio, el gobierno
señaló la fecha del 17 de septiembre para las
elecciones a la Asamblea constituyente. La prensa liberal,
a pesar de estar representados los kadetes en el Ministerio,
sostenía una campaña tenaz contra la fecha señalada
oficialmente, en la que, por lo demás, nadie creía
y que nadie defendía seriamente. La imagen de la Asamblea
constituyente, tan nítida en los primeros días
de marzo, se enturbiaba y se iba desvaneciendo. Todo se volvía
contra el gobierno, hasta sus pobres buenas intenciones. Hasta
el 30 junio no se decidió a abolir la tutela que seguía
ejerciendo la nobleza sobre las aldeas, por medio de los "jefes
rurales", cuyo sólo nombre era execrado por el
país desde que Alejandro III los creara. Pero, hasta
esta reforma parcial, tardía y obligada, tenía
el sello de una denigrante cobardía. Entre tanto, la
nobleza se iba reponiendo de su pánico, los terratenientes
se organizaban y apretaban sus filas. El Comité provisional
de la Duma dirigióse a fines de junio al gobierno,
exigiendo la adopción de medidas eficaces y resueltas
para proteger a los propietarios contra los campesinos, soliviantados
por "elementos criminales".
El 1 de julio se abrieron en Moscú las sesiones del
Congreso de los propietarios de tierras; la aplastante mayoría
de los congresistas eran elementos de la nobleza. El gobierno
hacía los más variados equilibrios, intentando
entretener engaitar con palabras tan pronto a los campesinos
como a los terratenientes.
Pero donde las cosas estaban peor era en el frente. La ofensiva,
que era ya la última carta de Kerenski hasta para afrontar
los problemas interiores, se agitaba en las últimas
convulsiones. El soldado no quería seguir guerreando.
Los diplomáticos del príncipe Lvov no se atrevían
a mirar a la cara a los de la Entente. El empréstito
era de una absoluta necesidad. Para dar sensación de
una firmeza que no tenía, el gobierno emprendió
el ataque contra Finlandia, que, como todos los asuntos sucios,
llevó a cabo por mediación de los socialistas.
Al mismo tiempo, se agravaba el conflicto con Ucrania, en
el que la ruptura declarada iba haciéndose cada vez
más patente.
Al no encontrar salida, la energía de las masas se
dispersaba en actos aislados y secundarios. Los obreros, soldados
y campesinos intentaban solucionar por partes lo que el poder
creado por ellos se negaba a resolver en conjunto. No hay
nada que tanto fatigue a las masas como la indecisión
de los directores. La espera infructuosa las incita a golpear
con una fuerza creciente en la puerta que no se les quiere
abrir, o provoca explosiones tumultuosas de indignación.
Ya por los días del Congreso de los soviets, cuando
los delegados de provincias pudieron a duras penas contener
la mano de sus jefes levantada sobre Petrogrado, los obreros
y soldados pudieron convencerse de cuáles eran los
sentimientos y los propósitos que abrigaban los dirigentes
soviéticos respecto a ellos. Para la mayoría
de los obreros y soldados de la capital, Tsereteli se había
convertido, como Kerenski, en una figura execrable, con la
cual no se sentían ligados por nada común.
En la periferia de la revolución crecía la influencia
de los anarquistas, los cuales tenían gran predicamento
en el Comité revolucionario que se había constituido
en la casa de campo de Durnovo. Hasta los sectores obreros
más disciplinados y la masa del partido empezaban a
perder la paciencia o a prestar oídos a los que ya
la habían perdido. La manifestación del 18 de
junio patentizó a los ojos de todo el mundo que aquel
gobierno no contaba con base alguna. "¿En qué
piensan los de arriba?", se preguntaban los soldados
y los obreros, refiriéndose no sólo a los jefes
conciliadores, sino también a los organismos directivos
de los bolcheviques.
En las condiciones creadas por los precios de inflación,
la lucha por los salarios enervaba y agotaba a los obreros.
En el transcurso del mes de junio esta cuestión se
planteó de un modo especialmente agudo en la fábrica
de Putilov en la que trabajaban 36.000 hombres. El 21 estalló
la huelga en algunos talleres de esta fábrica. El partido
veía claramente la esterilidad de estas explosiones
esporádicas. Al día siguiente, una asamblea
de delegados de las organizaciones obreras más importantes
y de 70 fábricas, dirigida por los bolcheviques, declaraba
que "la causa de los obreros de Putilov es la causa de
todo el proletariado de la ciudad", y exhortaba a los
obreros de la fábrica de Putilov a "contener su
legítimo descontento". La huelga fue aplazada.
Pero en los doce días siguientes no sobrevino cambio
alguno. La masa obrera de las fábricas se agitaba,
buscando una salida. Cada fábrica tenía planteado
su conflicto, y todos estos conflictos juntos llegaban a las
alturas, al gobierno. El sindicato de brigadas de locomotoras
decía en una nota enviada al ministro de Vías
y Comunicaciones: "Lo os por última vez: la paciencia
tiene sus límites. No nos sentimos con fuerzas para
seguir viviendo en esta situación..." Era una
queja que nacía no sólo de la necesidad y el
hambre, sino también de la duplicidad, la indecisión,
la falsedad del gobierno. La nota protestaba con especial
acritud contra "los llamamientos constantes que se nos
dirigen, apelando al deber cívico y a la abstinencia".
En marzo, el Comité ejecutivo había traspasado
los poderes al gobierno provisional, a condición de
que no se sacaran de Petrogrado las tropas revolucionarias.
Pero ya nadie se acordaba de eso. La guarnición había
evolucionado hacia la izquierda, los dirigentes de los soviets,
hacia la derecha. La pugna contra la guarnición estaba
constantemente a la orden del día. Y si el gobierno
no se atrevía a sacar todos los regimientos de la capital,
so pretexto de necesidades estratégicas, los más
revolucionarios veíanse sistemáticamente diezmados
por la sangría de las compañías enviadas
de maniobras. Constantemente estaban llegando a la capital
noticias relativas a la disolución en el frente de
regimientos insubordinados y a la negativa a cumplir las órdenes
de ataque que se les daban. Dos divisiones siberianas -no
hacía mucho, los tiradores siberianos eran considerados
como los mejores elementos- habían sido disueltas por
la fuerza. Ante la negativa a cumplir las órdenes que
se les habían dado, fueron encausados solamente en
el 5.º Ejército, situado cerca de la capital,
87 oficiales y 12.725 soldados. La guarnición de Petrogrado,
en la cual se acumulaba el descontento del frente, de la aldea,
de los barrios obreros y de los cuarteles, se hallaba en un
estado de permanente agitación. Los soldados barbudos
de cuarenta años exigían con histérica
insistencia que se les licenciara, que se les mandara a casa
para atender a los trabajos del campo. Los regimientos situados
en el barrio de Viborg -el 1.º de Ametralladoras, el
l.º de Granaderos, el de Moscú, el 180.º
de Infantería y otros- estaban constantemente bajo
la ardiente influencia de los suburbios proletarios. Millares
de obreros desfilaban diariamente por delante de los cuarteles;
entre ellos, había no pocos incansables agitadores
bolcheviques. Pajo aquellos sucios muros se celebraban mítines
y más mítines, casi sin interrupción.
El 22 de junio, cuando todavía no se había extinguido
el eco de las manifestaciones patrióticas provocadas
por la ofensiva, se atrevió a aventurarse en la perspectiva
Sampsonievskaya, imprudentemente, un automóvil de Comité
ejecutivo con unos cartelones que decían: "¡Adelante
por Kerenski!" El regimiento de Moscú detuvo a
los agitadores, rompió los carteles y mandó
el automóvil patriótico al regimiento de ametralladoras.
En general, los soldados eran más impacientes que los
obreros, porque vivían directamente bajo la amenaza
de ser enviados al frente y porque les costaba mucho más
trabajo asimilarse las razones de estrategia política.
Además, tenían un fusil en la mano, y desde
febrero, el soldado propendía a exagerar su fuerza.
Lihdin, un viejo obrero bolchevique, contaba más tarde
que los soldados de 180.º Regimiento te decían:
"¿Qué los hacen los nuestros en el palacio
de la Kchesinskaya: están durmiendo? ¿Por qué
no echamos nosotros mismos a Kerenski?" En las asambleas
de los regimientos se votaban resoluciones sobre la necesidad
de decidirse, por fin, a emprender el ataque contra el gobierno.
En los regimientos, se presentaban constantemente delegados
de las fábricas y preguntaban si los soldados se echaban
a la calle. Los soldados del regimiento de ametralladoras
envían a los cuarteles delegados incitando a los soldados
a levantarse en armas contra la continuación de la
guerra. Los delegados más impacientes añaden:
"Los regimientos de Pavl y de Moscú y 40.000 obreros
de Putilov se lanzarán mañana a la calle."
Las exhortaciones oficiales del Comité ejecutivo no
surten ningún efecto. Cada vez se hace más agudo
el peligro de que Petrogrado, no apoyado por el frente y la
provincia, sea vencido. El 21 de junio, Lenin, desde la Pravda,
exhorta a los obreros y soldados de Petrogrado a esperar hasta
que los acontecimientos impulsen a las reservas pesadas a
ponerse al lado de la capital. "Nos hacemos cargo de
la amargura, de la excitación de los obreros de Petrogrado.
Pero les decimos: compañeros, en estos momentos la
acción sería nociva." Al día siguiente,
una reunión privada de directivos bolcheviques, que,
al parecer eran más "izquierdistas" que Lenin,
llegaba a la conclusión de que, a pesar del estado
de espíritu de los soldados y de las masas obreras,
no eran aún posible aceptar la batalla: "Es mejor
esperar a que, con la ofensiva iniciada, los partidos dirigentes
se cubran definitivamente de oprobio. Entonces, tendremos
la partida ganada."
Así lo cuenta Latsis. organizador de barriada y uno
de los elementos más importantes por aquellos días.
El Comité se ve obligado, cada vez con más Frecuencia,
a enviar a los regimientos y a las fábricas agitadores
con el fin de evitar que se lancen a una acción prematura.
Los bolcheviques Viborg, meneando la cabeza, se lamentan entre
sí: "Tenemos que hacer de manguera para apagar
el fuego."
Sin embargo, las incitaciones a lanzarse a la calle no cesaban.
Entre ellas, había no pocas que tenían un carácter
evidente de provocación. La Organización militar
de los bolcheviques se vio obligada a dirigirse a los soldados
y a los obreros con un manifiesto en el que se decía:
"No deis crédito a ningún llamamiento que
se os haga en nombre de la Organización militar para
que os echéis a la calle. La Organización militar
no ha hecho ningún llamamiento en este sentido."
Y más adelante, todavía con mayor insistencia:
"Exigid de todo orador que os incite a la acción
en nombre de la Organización militar que os presente
la credencial con la firma del presidente y del secretario."
En la famosa plaza del Ancora, de Cronstadt, donde los anarquistas
levantan la voz cada día con más firmeza, se
prepara un ultimátum tras otro. El 23 de junio, los
delegados de la citada plaza, prescindiendo del Soviet de
Cronstadt, exigen del Ministerio de Justicia que ponga en
libertad al grupo de anarquistas de Petrogrado, amenazando,
en caso contrario, con el asalto de la cárcel por los
marinos. Al día siguiente, los representantes de Orienbaum
declaran al ministro de Justicia que su guarnición
está tan agitada como la de Cronstadt con motivo de
las detenciones efectuadas en la casa de campo de Durnovo,
y que "se están limpiando ya las ametralladoras".
La prensa burguesa cogía al vuelo estas amenazas y
se las metía por las narices a sus aliados conciliadores.
El 26 de junio llegaban del frente a su batallón de
reserva los delegados del regimiento de Granaderos de la guardia
y declaraban: el regimiento está contra el gobierno
provisional y exige que todo el poder pase a los soviets,
se niega a tomar parte en la ofensiva ordenada por Kerenski
expresa el temor de que el Comité ejecutivo se haya
pasado a los burgueses con los ministros socialistas. El órgano
del Comité ejecutivo dio cuenta de esta visita en un
tono de reproche.
Hervía como una caldera no sólo Cronstadt, sino
toda la escuadra del Báltico, que tenía su base
principal en Helsingfors. En mejor elemento con que contaban
los bolcheviques en la escuadra era indiscutiblemente Antónov-Ovseenko,
que había participado ya, siendo un oficial joven,
en la sublevación de Sebastopol de 1905. Menchevique
durante los años de la reacción, emigrante internacionalista
durante la guerra, colaboradora de Trotsky en París,
en el diario Nasche Slovo (Nuestra Palabra), bolchevique a
su regreso de la emigración, hombre políticamente
vacilante, pero dotado de valor personal, y, aunque impulsivo
y desordenado, capaz de iniciativa e improvisación,
Antónov-Ovseenko, poco conocido todavía en aquellos
años, ocupó en los acontecimientos ulteriores
de la revolución un puesto bastante considerable. "En
el Comité del partido de Helsingfors -cuenta en sus
Memorias- comprendíamos la necesidad de esperar y de
organizar una preparación seria. Teníamos, además,
indicaciones del C. C. en este sentido. Pero nos dábamos
cuenta de que el estallido era inevitable y volvíamos
inquietos la mirada a Petrogrado." Los elementos explosivos
se iban acumulando asimismo aquí de día en día.
El segundo regimiento de ametralladoras, más rezagado
que el primero, adoptó una resolución en favor
de la transmisión del poder a los soviets. El tercer
regimiento de Infantería se negó a dejar salir
a 14 compañías para las maniobras. Las asambleas
de los cuarteles tomaban un carácter cada vez más
turbulento. En el mitin celebrado el 1 de julio por el regimiento
de Granaderos, fue detenido el presidente del Comité
y se impidió hablar a los oradores mencheviques. ¡Abajo
la ofensiva! ¡Abajo Kerenski! El punto central de la
guarnición eran los soldados del regimiento de ametralladoras,
que fueron los que abrieron los diques a la avalancha de julio.
Ya en los acontecimientos de los primeros meses de la revolución
nos encontramos con el nombre del primer regimiento de ametralladoras.
Este regimiento, que se hallaba de guarnición en Orienbaum
y se había trasladado por iniciativa propia a Petrogrado
después de la caída del régimen zarista
"para la defensa de la revolución", tropezó
inmediatamente con la resistencia del Comité ejecutivo,
quien acordó expresar su gratitud al regimiento y reintegrarle
a Orienbaum. Los soldados se negaron rotundamente a abandonar
la capital: "Los contrarrevolucionarios pueden atacar
al Soviet y restaurar el antiguo régimen." El
Comité ejecutivo cedió, y unos cuantos miles
de soldados se quedaron en Petrogrado con sus ametralladoras.
Instalados en la Casa del Pueblo, no sabían lo que
sería de ellos en lo sucesivo. En el regimiento había
no pocos obreros petrogradeses, y por esto no es casual que
fuera el Comité de los bolcheviques el que se preocupara
de los soldados de la sección de ametralladoras. Gracias
a su intervención, -éstos eran pertrechados
regularmente con víveres por la fortaleza de Pedro
y Pablo. Así quedaba sellada una amistad que no tardó
en convertirse en indestructible. El 21 de julio, el regimiento,
reunido en asamblea general, adoptó la resolución
siguiente: "En lo sucesivo no se mandarán fuerzas
al frente más que en el caso de que la guerra tome
un carácter revolucionario." El 2 de julio, el
regimiento organizó en la Casa del Pueblo un mitin
de despedida de los "últimos" soldados que
salían para el frente. Hicieron uso de la palabra Lunacharski
y Trotsky, posteriormente, los gobernantes intentaron dar
a este hecho accidental una importancia extraordinaria. En
nombre del regimiento hablaron el soldado Gilin y el suboficial
Laschevich, que era un viejo bolchevique. Los ánimos
estaban muy excitados. Se anatematizó a Kerenski, se
juró fidelidad a la revolución, pero nadie hizo
proposiciones concretas para el próximo futuro. Sin
embargo, durante aquellos días se habían esperado
acontecimientos en la ciudad. Las "jornadas de julio"
proyectaban ya su sombra. "Por todas partes, en todos
los rincones -recuerda Sujánov-, en el Soviet, en el
palacio Marinski, en las casas particulares, en las plazas
y en los bulevares, en los cuarteles y en las fábricas,
se hablaba insistentemente de acciones que tendrían
lugar de un momento a otro... Nadie sabía concretamente
quién se echaría a la calle, ni cómo
ni cuándo. Pero la ciudad tenía la sensación
de hallarse en vísperas de una explosión."
Y la acción, en efecto, se desencadenó, impulsada
desde arriba, desde las esferas dirigentes.
El mismo día en que Trotsky y Lunacharski hablaban
a los soldados del regimiento de ametralladoras de la inconsistencia
de la coalición, los cuatro ministros kadetes salían
del gobierno. A modo de razón, señalaron el
compromiso, inaceptable para sus pretensiones unitaristas,
a que habían llegado sus colegas conciliadores con
Ucrania. La causa real de aquella ruptura demostrativa consistía
en que los conciliadores no procedían con la rapidez
suficiente para frenar a las masas.
La elección del momento la indicó el fracaso
de la ofensiva, no reconocido aún oficialmente, pero
que no ofrecía la menor duda para los enterados. Los
liberales consideraron que había llegado el momento
oportuno de dejar a sus aliados de izquierda enfrentarse con
la derrota y con los bolcheviques.
El rumor de la dimisión de los ministros kadetes se
propagó rápidamente por la capital y redujo
políticamente todos los conflictos políticos
a una sola consigna, o, más propiamente, a un alarido:
"¡Hay que acabar con el tira y afloja de la coalición!"
Los obreros y los soldados entendían que los problemas
de salarios, del precio del pan, de si había que morir
en el frente sin saber, por qué, estaban subordinados
al problema de saber quién dirigiría el país
en lo sucesivo: si la burguesía o los soviets. En esta
actitud de espera había una parte de ilusión,
ya que las masas confiaban en obtener, con el cambio de gobierno,
la solución inmediata de los problemas más agudos.
Pero, en fin de cuentas, tenían razón: la cuestión
del poder decidía todo el giro de la revolución
y, por tanto, trazaba el destino de todos los problemas concretos.
Suponer que los kadetes podían no prever las consecuencias
que tendría el acto de sabotaje que realizaban contra
los Soviets, significaría no apreciar en su justo valor
a Miliukov. El jefe del liberalismo aspiraba evidentemente
a empujar a los conciliadores a una situación difícil,
de la cual únicamente se podría salir con ayuda
de las bayonetas: por aquellos días, estaba firmemente
convencido de que era posible salvar la situación mediante
un golpe audaz de fuerza.
El 3 de julio por la mañana, unos cuantos millares
de ametralladoras irrumpieron en la reunión de los
Comités de compañía y de regimiento,
eligieron a un presidente propio y exigieron que se discutiera
inmediatamente la cuestión del levantamiento armado.
El mitin tomó un carácter turbulento. La cuestión
del frente se confundió con la del poder. El bolchevique
Golovin, que presidía, intentó contener a la
gente proponiendo entrevistarse antes de nada con los demás
regimientos y con la Organización militar. Pero toda
alusión a un aplazamiento exasperaba a los soldados.
Apareció en la asamblea el anarquista Bleichman, figura
no de gran magnitud, pero bastante pintoresca del escenario
de 1917. Bleichman, que disponía de un bagaje ideológico
muy modesto, pero que tenía cierta sensibilidad para
pulsar el estado de ánimo de las masas y era hombre
sincero dentro de su inflamada limitación, hallaba
en los mítines, en los que se presentaba con la camisa
desabrochada y el pelo alborotado, no pocas simpatías
semiirónicas. Los obreros, es verdad, le acogían
con reserva, con un poco de impaciencia, sobre todo, los metalúrgicos.
Pero sus discursos provocaban una alegre sonrisa en los soldados,
los cuales se codeaban y se sentían atraídos
por el aspecto excéntrico del orador, su decisión
irrazonable y su acento judío-americano, caústico,
como el vinagre. A fines de junio, Bleichman se hallaba como
el pez en el agua en todos los mítines improvisados.
Siempre tenía a mano la solución: hay que echarse
a la calle con las armas en la mano. ¿Organización?
La calle nos organizará. ¿Objetivos? "Derribar
al gobierno provisional como se ha hecho con el zar, aunque
ningún partido incitara a hacerlo." En aquellos
momentos, discursos de ese tono armonizaban magníficamente
con el estado de espíritu de los ametralladores, y
no sólo con el de ellos. Había no pocos bolcheviques
que no ocultaban su satisfacción cuando las masas saltaban
por encima de sus exhortaciones oficiales. Los obreros avanzados
se acordaban de que en febrero los dirigentes se disponían
a batirse en retirada precisamente en vísperas de la
victoria; de que en marzo, la jornada de ocho horas había
sido conquistada por la iniciativa de los de abajo; de que
en abril, Miliukov había sido arrojado del gobierno
por los regimientos que salieron espontáneamente a
la calle. El recuerdo de estos hechos estimulaba la tensión
de espíritu y la impaciencia de las masas.
La Organización militar de los bolcheviques, a la cual
se dio cuenta inmediatamente de que en el mitin de los ametralladores
reinaba una temperatura de ebullición, fue mandando
allí uno tras otro, a sus agitadores. Presto se presentó
el propio Nevski, director de la Organización militar,
por el cual sentían los soldados un cierto respeto.
Al parecer, se le prestó alguna atención. Pero
el estado de espíritu de aquel mitin interminable variaba
constantemente, lo mismo que su estructura. "Fue para
nosotros una sorpresa extraordinaria -cuenta Podvoiski, otro
de los dirigentes de la Organización militar- cuando
a las siete de la tarde, se presentó un mensajero enviado
para informarnos de que... los ametralladores habían
tomado nuevamente la decisión de echarse a la calle."
En vez del antiguo Comité de regimiento, eligieron
a un Comité provisional revolucionario, compuesto de
dos representantes por compañía y presidido
por el teniente Semaschko.
Delegados elegidos especialmente recorrían ya fábricas
y cuarteles en demanda de apoyo. Naturalmente, los ametralladores
no se olvidaron de mandar delegados a Cronstadt. Así,
por debajo de las organizaciones oficiales, se iba extendiendo
temporalmente una nueva red de relaciones entre los regimientos
y las fábricas más excitadas. Las masas no se
proponían romper con el Soviet; al contrario querían
que éste tomase el poder. Y mucho menos se proponían
romper con el partido bolchevique. Pero les parecía
que pecaba de indeciso. Querían ejercer sobre él
presión, amenazar al Comité ejecutivo, empujar
a los bolcheviques.
Se crean representaciones improvisadas, nuevas formas de enlace
y nuevos centros de acción, no permanentes, sino para
las circunstancias del momento. Las variaciones de la situación
y del estado de espíritu de las masas se efectúan
de un modo tan rápido y pronunciado, que aún
una organización tan ágil como el Soviet se
retrasa inevitablemente y las masas se ven obligadas cada
vez más a crear órganos auxiliares para las
necesidades del instante. Merced a estas improvisaciones,
se filtran no pocas veces elementos accidentales y no siempre
dignos de confianza. Los que echan leña al fuego son
los anarquistas, pero asimismo algunos de los bolcheviques
jóvenes e impacientes. Indudablemente, filtranse también
provocadores, posiblemente agentes alemanes, pero más
probablemente que nada, agentes de la policía rusa.
¿Cómo deshacer en hilos separados el complejo
tejido de los movimientos de masa? Sin embargo, el carácter
general de los acontecimientos aparece dibujado con una claridad
completa. Petrogrado tenía la sensación de su
fuerza, se sentía impulsado hacia delante, sin fijarse
en la provincia ni en el frente, y ni el partido bolchevique
era capaz de contenerle. Sólo la experiencia podía
poner a esto un remedio.
Los delegados de los ametralladores, al incitar a los regimientos
ya a las fábricas a lanzarse a la calle, no se olvidaban
de añadir que la acción había de ser
armada. ¿Acaso podía ser de otro modo? ¿Acaso
habían de exponerse las masas desarmadas a los golpes
de enemigo? Además, y esto es quizá lo más
importante, había que demostrar la propia fuerza, pues
un soldado sin fusil no es nada. Sobre este particular, la
opinión de los regimientos y de las fábricas
era unánime: si había que echarse a la calle,
había de ser contando con una reserva de plomo. Los
ametralladores no perdían el tiempo: la suerte estaba
echada y había que ganar la partida con la mayor rapidez
posible.
El sumario instruido posteriormente caracteriza en los siguientes
términos la actuación del teniente Semaschko,
uno de los principales dirigentes del regimiento: "...Exigía
automóviles de las fábricas, los armaba con
ametralladoras, los mandaba al palacio de Táurida y
a otros sitios, indicando el trayecto que habían de
seguir; sacó personalmente el regimiento ala calle,
se fue al batallón de reserva del regimiento de Moscú
con el fin de incitarle a secundar la acción, lo cual
consiguió; prometió a los soldados del regimiento
de ametralladoras el apoyo de la Organización militar,
manteniendo el contacto con esta organización, domiciliada
en la casa de Kchesinskaya, y con el líder de los bolcheviques,
Lenin; envió patrullas para establecer un servicio
de vigilancia cerca de la Organización militar."
Si se alude a Lenin, es para completar el cuadro; Lenin, enfermo,
se hallaba retirado en una casa de campo de Finlandia desde
el 29 de junio, y ni ese día ni los siguientes estuvo
en Petrogrado.
Pero en todo lo restante, el lenguaje conciso del funcionario
militar da una idea muy aproximada de la preparación
febril a que se entregaban los ametralladores. En el patio
del cuartel se efectuaba un trabajo no menos ardiente. A los
soldados que no tenían armas se les daba fusiles, y
a algunos de ellos, bombas y en cada uno de los camiones traídos
de las fábricas se instalaban tres ametralladoras.
El regimiento quería echarse a la calle completamente
equipado.
En las fábricas ocurría poco más o menos
lo mismo: llegaban delegados del regimiento de ametralladoras
o de la fábrica cercana e invitaban a los obreros a
lanzarse a la calle. Diríase que les estaban esperando
desde hacía mucho tiempo: el trabajo se interrumpía
inmediatamente. Un obrero de la fábrica Renault cuenta:
"Después de comer se presentaron unos cuantos
soldados del regimiento de ametralladoras, pidiendo que les
diéramos camiones. A pesar de la protesta de nuestro
grupo bolchevique, no hubo más remedio que entregar
los automóviles. Los soldados instalaron inmediatamente
en los camiones unas Maxim [ametralladoras] y emprendieron
la marcha hacia la Nevski. No fue ya posible contener a nuestros
obreros... Todos ellos salieron al patio, sin quitarse la
ropa de trabajo..."
Hay que suponer que las protestas de los bolcheviques de las
fábricas no tendrían siempre un carácter
insistente. Fue en la fábrica Putilov donde se desarrolló
una lucha más prolongada. Cerca de las dos de la tarde
circuló por los talleres el rumor de que había
llegado una delegación del regimiento de ametralladoras
y que convocaba a un mitin.
Diez mil obreros salieron al patio. Los ametralladores decían,
entre gritos de aprobación de los obreros, que habían
recibido orden de marchar al frente el 4 de julio, pero que
ellos habían decidido "dirigirse no al frente
alemán, contra el proletariado de Alemania, sino contra
los ministros capitalistas". Los ánimos se excitaron.
" ¡Vamos, vamos!", gritaban los obreros. El
secretario del Comité de fábrica, un bolchevique,
propuso que se consultara previamente al partido. Protesta
de todos: " ¡Fuera, fuera! Otra vez queréis
dar largas al asunto... No se puede seguir viviendo así..."
Hacia las seis, llegaron los representantes del Comité
ejecutivo, pero éstos no consiguieron, ni mucho menos,
influenciar a los obreros.
El mitin, nervioso, tenaz, en que participaba una masa de
miles de hombres que buscaba una salida y no permitía
se tratara de convencerle de que no la había, proseguía
sin que se le viera el fin. Se propone enviar una delegación
al Comité ejecutivo: nuevo aplazamiento. La reunión
seguía sin disolverse. Entre tanto, llega un grupo
de obreros y soldados con la noticia de que el barrio de Viborg
se ha puesto ya en marcha hacia el palacio de Táurida.
No hay modo ya de contener a la gente. Se resuelve echarse
a la calle. Yefinov, un obrero de la fábrica de Putilov,
se precipitó al Comité de barriada del partido
para preguntar: "¿Qué hemos de hacer?"
Le contestaron: "No nos lanzaremos a la calle, pero no
podemos dejar a los obreros abandonados a su suerte; no tenemos
mas remedio que ir con ellos." En aquel momento, apareció
el miembro del Comité de barriada, Chudin, con la noticia
de que en todas las barriadas, los obreros se lanzaban a la
calle y de que los miembros del partido se verían obligados
a "mantener el orden". Así era como los bolcheviques
se veían arrastrados por el movimiento, buscando una
justificación de sus actos, que se hallaban en contradicción
manifiesta con las resoluciones oficiales del Partido.
A las siete de la tarde se interrumpió completamente
la vida industrial de la ciudad. En las fábricas se
iban organizando y equipando destacamentos de la guardia roja.
"Entre la masa de miles de obreros -cuenta Metelev, uno
de los trabajadores de Viborg- se movían, haciendo
resonar los cerrojos de los fusiles, centenares de jóvenes
de la guardia roja. Unos, colocaban paquetes de cartuchos
en las cartucheras; otros, se apretaban los cinturones; otros,
se ataban las mochilas a la espalda; otros, calaban la bayoneta,
y los obreros que no tenían armas ayudaban a los guardias
rojos a equiparse..."
La perspectiva Sampsonievskaya, arteria principal de la barriada
de Viborg, está atestada de gente. A derecha e izquierda
de dicha vía, compactas columnas de obreros. Por el
centro avanza el regimiento de ametralladoras, columna vertebral
de la manifestación. Al frente de cada compañía,
camiones ametralladoras Maxim. Detrás del regimiento,
obreros; en la retaguardia, cubriendo la manifestación,
fuerzas del regimiento de Moscú. Cada destacamento
lleva una bandera con la divisa: "¡Todo el poder
a los soviets!" La procesión luctuosa de marzo
o la manifestación de Primero de Mayo, estaban, seguramente,
más concurridas. Pero la manifestación de julio
era incomparablemente más decidida, más amenazadora
y más homogénea. "Bajo las banderas rojas
sólo avanzaban obreros y soldados -escribe uno de los
que tomaron parte en ella-. Brillan por su ausencia las escarapelas
de los funcionarios, los botones relucientes de los estudiantes,
los sombreros de las "señoras simpatizantes",
todo lo que lucía en las manifestaciones cuatro meses
atrás, en febrero. En el movimiento de hoy no hay nada
de esto; hoy no se lanzan a la calle más que los esclavos
del capital." Como antes, corrían velozmente por
las calles, en distintas direcciones, automóviles con
obreros y soldados armados: delegados, agitadores, exploradores,
agentes de enlace, destacamentos para sacar a la calle a los
obreros y regimientos, todos con los fusiles apuntando hacia
delante. Los camiones erizados de armas resucitaban el espectáculo
de las jornadas de Febrero, electrizando a los unos y aterrorizando
a los otros. El kadete Nabokov escribe: "Los mismos rostros
insensatos, adustos, feroces, que todos recordábamos
de las jornadas de febrero, es decir, de los días de
aquella misma revolución que los liberales calificaban
de gloriosa e incruenta." A las nueve, siete regimientos
avanzaban ya sobre el palacio de Táurida. Por el camino,
uníanse a ellos las columnas de obreros de las fábricas
y nuevas unidades de militares. El movimiento del regimiento
de ametralladoras tuvo una fuerza de contagio inmensa. Iniciábanse
las "jornadas de julio".
Empezaron los mítines en las calles. Resonaron disparos
en distintos sitios. Según relata el obrero Korotkov,
"en la perspectiva Liteinaya, fueron sacados de un subterráneo
una ametralladora y un oficial, al que se fusiló en
el acto". Circulan toda clase de rumores, la manifestación
provoca el pánico por todas partes. Los teléfonos
de los barrios centrales, sobrecogidos de terror, transmiten
las versiones más fantásticas. Decíase
que cerca de las ocho de la tarde, un automóvil blindado
se había dirigido velozmente hacia la estación
de Varsovia en busca de Kerenski, quien precisamente salía
ese día para el frente, con el fin de detenerle; pero
que el automóvil había llegado a la estación
con retraso, pocos momentos después de la salida del
tren. Posteriormente, había de señalarse más
de una vez este episodio como prueba acreditativo de la existencia
de un complot. Nadie pudo precisar, sin embargo, quién
iba en el automóvil y quién había descubierto
sus misteriosos propósitos.
Aquel atardecer circulaban en todas direcciones automóviles
con hombres armados, y probablemente también por los
alrededores de la estación de Varsovia. En muchos sitios,
se lanzaban palabras fuertes contra Kerenski. Fue lo que,
por lo visto, sirvió de pretexto al mito; aunque también
cabe pensar que fue inventado de cabo a rabo
Las Izvestia trazaban el siguiente esquema de los acontecimientos
del 3 de julio: "A las cinco de la tarde salieron armados
a la calle el primer regimiento de ametralladoras, parte de
los regimientos de Moscú, de Granaderos y de Pavl,
a los cuales se unieron grupos de obreros... A las ocho, empezaron
a afluir delante del palacio de la Ksechinskaya fuerzas de
los regimientos, armados y equipados, con banderas rojas y
cartelones en los cuales se pedía la entrega del poder
a los soviets. Desde el balcón, se pronunciaron discursos...
A las diez y media se dio un mitin en el patio del palacio
de Táurida... Una parte de los regimientos mandaron
una delegación al Comité central ejecutivo,
al cual formularon las siguientes demandas: separación
de los diez ministros burgueses; todo el poder al soviet;
suspensión de la ofensiva; confiscación de las
imprentas de los periódicos burgueses; nacionalización
de la tierra; control de la producción." Dejando
a un lado las modificaciones secundarias, tales como: "Una
parte de los regimientos", en vez de "los regimientos",
"grupos de obreros", en vez de "fábricas
enteras", se puede decir que el órgano de Dan-Tsereteli
no deforma, en sus líneas generales, la verdad de lo
ocurrido, y que, en particular, señala acertadamente
los dos focos de la manifestación: la villa de la Kchesinskaya
y el palacio de Táurida. Ideológica y físicamente,
el movimiento giraba alrededor de estos dos centros antagónicos:
a la casa de la Kchesinskaya se acudía en busca de
indicaciones de dirección, de discursos orientadores,
al palacio de Táurida a formular peticiones e incluso
a amenazar con la fuerza de que se disponía.
A las tres de la tarde se presentaron en la conferencia local
de los bolcheviques, reunida aquel día en el palacio
de la Kchesinskaya, dos delegados del regimiento de ametralladoras
para comunicar que este regimiento había decidido echarse
a la calle. Nadie lo esperaba ni lo quería. Tomski
declaró: "Los regimientos que se lanzan a la calle
no han obrado como compañeros al no invitar al Comité
de nuestro partido a examinar previamente la cuestión.
El Comité central propone a la conferencia: primero,
lanzar un manifiesto con el fin de contener a las masas; segundo,
redactar un mensaje al Comité ejecutivo pidiendo que
tome el poder en sus manos. En estos momentos, no se puede
hablar de acción si no se desea una nueva revolución."
Tomski, viejo obrero bolchevique, que había sellado
su fidelidad al partido con luengos años de presidio,
posteriormente cabeza visible de los sindicatos, se inclinaba
más bien, por su carácter, a contener la acción
que a incitar a la misma. Pero en circunstancias tales, no
hacía más que desarrollar el pensamiento de
Lenin: "En estos momentos no se puede hablar de acción
si no se desea una nueva revolución." No hay que
olvidar que los conciliadores habían calificado de
complot hasta la tentativa de manifestación pacífica
del 10 de junio. La aplastante mayoría de la conferencia
se solidarizó con Tomski. Era preciso retrasar a toda
costa el desenlace. La ofensiva en el frente tenía
en tensión a todo el país. Su fracaso estaba
descontado, así como el propósito del gobierno
de hacer recaer la responsabilidad de la derrota sobre los
bolcheviques. Había que dar tiempo a los conciliadores
para que se desacreditaran definitivamente. Volodarski, en
nombre de la conferencia, contestó a los delegados
del regimiento de ametralladoras en el sentido de que éste
debía someterse a la decisión del partido.
A las cuatro, el Comité central ratifica la resolución
de la conferencia. Los miembros de la misma recorren los barrios
obreros y las fábricas con el fin de contener la acción
de las masas. Se envía a la Pravda un manifiesto, inspirado
en el mismo espíritu, para que aparezca al día
siguiente en primera página. Se confía a Stalin
la misión de poner en conocimiento de la sesión
común de los Comités ejecutivos el acuerdo del
partido. Por tanto, los propósitos de los bolcheviques
no dejan lugar a duda. El Comité ejecutivo se dirigió
a los obreros y soldados con un manifiesto en el cual se decía:
"Gente desconocida... os incita a echaros a la calle
con las armas en la mano", afirmando con ello que el
llamamiento no había sido hecho por ninguno de los
partidos soviéticos. Pero los dos Comités centrales
de los partidos y de los soviets proponían, y las masas
disponían.
A las ocho se presentó ante el palacio de la Kchesinskaya
el regimiento de ametralladoras, y, tras él, el de
Moscú. Nevski, Laschevich, Podvoiski, bolcheviques
que gozaban de popularidad, intentaron desde el balcón
persuadir a los regimientos de que se reintegraran a sus cuarteles.
Desde abajo no se oían más que gritos de: "¡Fuera!"
Hasta entonces, desde el balcón de los bolcheviques
no se habían oído jamás gritos semejantes
de los soldados. Era un síntoma inquietante. Detrás
de los regimientos aparecieron los obreros de las fábricas:
"¡Todo el poder a los soviets!" "¡Abajo
los diez ministros capitalistas!" Eran las banderas del
18 de junio. Pero ahora, rodeadas de bayonetas. La manifestación
se convertía en un hecho de enorme importancia. ¿Qué
hacer? ¿Era concebible que los bolcheviques permanecieran
al margen? Los miembros del Comité de Petrogrado, con
los delegados a la conferencia y los representantes de los
regimientos, toman el acuerdo siguiente: anular las decisiones
tomadas, poner término a los esfuerzos estériles
para contener el movimiento, orientar este último en
el sentido de que la crisis gubernamental se resuelva en beneficio
del pueblo; con este fin, incitar a los soldados y a los obreros
a dirigirse pacíficamente al palacio de Táurida,
a elegir delegados y presentar sus demandas, por mediación
de los mismos, al Comité ejecutivo. Los miembros del
Comité central que se hallaban presentes sancionaron
la rectificación de la táctica acordada.
La nueva resolución, proclamada desde el balcón,
es acogida con gritos de júbilo y con La Marsellesa.
El movimiento ha sido sancionado por el partido: los ametralladores
pueden respirar tranquilos. Una parte del regimiento se dirige
inmediatamente a la fortaleza de Pedro y Pablo para tratar
de ganarse la guarnición, y, en caso de necesidad,
proteger el palacio de la Kchesinskaya, separado de la fortaleza
por el angosto canal de Kronverski.
Los primeros grupos de manifestantes entraron, corno en país
extranjero, en la perspectiva Nevski, arteria de la burguesía,
de la burocracia y de la oficialidad. Desde las aceras, las
ventanas y los balcones, miles de ojos atisban hostilmente
a los manifestantes. A un regimiento sigue una fábrica;
a una fábrica, un, regimiento. Van llegando cada vez
nuevas masas. Todas las banderas gritan en letras oro sobre
fondo rojo lo mismo: " ¡Todo el poder a los soviets!"
La manifestación se apodera de la Nevski y afluye como
un río desbordado hacia el palacio de Táurida.
Los carteles con el lema de "¡Abajo la guerra!",
son los que provocan una hostilidad más aguda por parte
de los oficiales, entre los cuales hay no pocos inválidos.
El estudiante, la colegiala, el funcionario intentan hacer
comprender a los soldados, con grandes gestos y voz quebrada,
que los agentes alemanes que acechan a sus espaldas quieren
dejar entrar en Petrogrado a los soldados de Guillermo para
que estrangulen la libertad. A los oradores les parece irrefutables
sus propios argumentos. "¡Están engañados
por los espías!", dicen los funcionarios, refiriéndose
a los obreros, que, con gesto sombrío, enseñan
los dientes. " ¡Han sido arrastrados por los fanáticos!",
contestan los más indulgentes. "¡Son unos
ignorantes!", dicen los unos y los otros. Pero los obreros
tienen su criterio. No fueron precisamente espías alemanes
los que les imbuyeron las ideas que hoy les han echado a la
calle. Los manifestantes echan a un lado, con malas maneras,
a los mentores impertinentes, y siguen su camino. Esto pone
fuera de sí a los patriotas de la Nevski.
Algunos grupos, capitaneados en la mayor parte de los casos
por inválidos y Caballeros de la cruz de San Jorge,
se lanzan sobre algunos manifestantes e intentan arrebatarles
las banderas. Se producen colisiones aquí y allí.
Suenan disparos sueltos. ¿De dónde parten? ¿De
una ventana? ¿Del palacio de Anichkin? El arroyo contesta
con una descarga hacia arriba, sin blanco fijo. Durante unos
momentos reina en la calle la confusión. "Cerca
de medianoche -relata un obrero de la fábrica Vulcán-,
cuando pasaba por la Nevski el regimiento de Granaderos, cerca
de la biblioteca pública se abrió, no se sabe
de dónde, el fuego, que duró algunos minutos.
Se produjo el pánico. Los obreros se dispersaron por
las calles inmediatas. Los soldados se tiraron al suelo; no
en vano muchos de ellos habían pasado por la escuela
de la guerra."
Aquella Nevski de medianoche, con soldados de la guardia y
de granaderos, echados en el arroyo, mientras sonaban las
descargas, ofrecía un espectáculo fantástico.
¡Ni Puschkin, ni Gógol, cantores de la Nevski,
se la representaban así! Sin embargo, el espectáculo,
fantástico al parecer, era realidad: en el arroyo quedaron
varios muertos y heridos.
En el palacio de Táurida había aquel día
una agitación especial. En vista de la dimisión
de los kadetes, ambos Comités ejecutivos, el de los
obreros y soldados y el de los campesinos, discutían
el informe de Tsereteli sobre la manera de lavar el abrigo
de la coalición sin mojar la lana. Seguramente se habría
acabado por descubrir el secreto de semejante operación,
de no haberlo impedido los suburbios intranquilos.
Los avisos telefónicos relativos a la acción
preparada por el regimiento de ametralladoras provocan muecas
de rabia y de pesar en los rostros de los jefes. ¿Es
posible que los soldados y los obreros no puedan esperar hasta
que los periódicos publiquen la salvadera resolución?
Miradas de reojo de la mayoría hacia los bolcheviques.
Pero también para ellos es, esta vez, la manifestación
algo inesperado. Kámenev y otros representantes del
partido presentes acceden incluso a recorrer las fábricas
y los cuarteles, después de la sesión diurna,
con objeto de contener a las masas. Posteriormente, este gesto
habría de ser interpretado por los conciliadores como
un ardid de guerra.
Los Comités ejecutivos redactaron un manifiesto en
el cual, como de costumbre, toda acción era calificada
de traición contra la revolución. Pero ¿cómo
había de resolverse la crisis del poder? Se encontró
una salida: dejar el gabinete tal como había quedado
después de la dimisión de los kadetes, aplazando
la solución definitiva de la cuestión hasta
que fueran llamados los miembros provinciales del Comité
ejecutivo. Aplazar las cosas, ganar tiempo para las propias
vacilaciones. ¿Acaso no es ésta la más
prudente de todas las políticas?
Los conciliadores sólo consideraban imposible dejar
pasar el tiempo cuando se trataba de luchar contra las masas.
Se puso inmediatamente en movimiento el aparato oficial para
armarse contra la insurrección, que fue el nombre que
se dio a la manifestación desde el primer momento.
Los jefes buscaban por todas partes fuerzas armadas para la
defensa del gobierno y del Comité ejecutivo.
Distintas instituciones militares recibieron órdenes
firmadas por Cheidse y otros miembros de la mesa pidiendo
que se mandaran al palacio de Táurida automóviles
blindados, cañones de tres pulgadas y proyectiles.
Al mismo tiempo, casi todos los regimientos recibieron la
orden de mandar destacamentos armados para la defensa del
palacio. Por si esto fuera poco, se telegrafió aquel
mismo día al frente, al 5.º Ejército, que
era el que se hallaba más cerca de la capital, ordenando
"el envío a Petrogrado de una división
de Caballería, de una brigada de Infantería
y de automóviles blindados".
El menchevique Voitinski, al cual se había confiado
la misión de proteger al Comité ejecutivo, ha
dicho, en sus relatos retrospectivos, con toda franqueza,
cuál era en aquellos días la situación
real:
"El 3 de julio fue consagrado enteramente a la adopción
de medidas para proteger, aunque no fuera más que con
unas cuantas compañías, el palacio de Táurida...
Hubo un momento en que no disponíamos absolutamente
de ninguna fuerza. En las puertas del palacio de Táurida
no había más que seis hombres, incapaces de
contener a la multitud..."
Y más adelante: "El primer día de la manifestación
sólo disponíamos de 100 hombres; no contábamos
con nada más. Mandamos comisarios a todos los regimientos
con la petición de que nos facilitaran soldados para
organizar el servicio de centinelas... Pero cada regimiento
volvía la vista hacia el vecino para ver cómo
había de proceder. Era preciso acabar a toda costa
con este escandaloso estado de cosas, y llamamos tropas del
frente." Sería difícil, aun proponiéndoselo,
imaginar una sátira más malévola contra
los conciliadores. Centenares de miles de manifestantes exigen
la entrega del poder a los soviets. Cheidse, que se halla
al frente del sistema soviético, y que es por ello
mismo el candidato a la presidencia, busca por todas partes
fuerzas militares para lanzarlas contra los manifestantes.
El grandioso movimiento en favor de la democracia es calificado
por los jefes de ésta como un ataque de bandas armadas
contra la democracia.
En aquel mismo palacio de Táurida se hallaba reunida,
después de una prolongada pausa, la sección
obrera del Soviet, la cual, en el transcurso de dos meses,
mediante elecciones parciales en las fábricas, se había
renovado hasta tal punto, que el Comité ejecutivo temía,
no sin fundamento, que los bolcheviques dominaran en la misma.
La reunión de la sección, artificialmente aplazada,
y convocada, al fin, por los propios conciliadores unos días
antes, coincidió casualmente con la manifestación
armada: los periódicos veían asimismo en esto
la mano de los bolcheviques. Zinóviev desarrolló
en su discurso, en una forma convincente, la idea de que los
conciliadores, aliados de la burguesía, no querían
ni sabían luchar contra la contrarrevolución,
pues entendían por tal las fechorías aisladas
de los "cien negros" y no la cohesión política
de las clases poseedoras, con el fin de aplastar a los soviets,
centros d resistencia de los trabajadores. El discurso dio
en el blanco. Los mencheviques, al darse cuenta de que por
primera vez se hallaban en minoría en los soviets,
propusieron no tomar ningún acuerdo y recorrer los
barrios obreros con el fin de mantener el orden. Pero ¡ya
era tarde! La noticia de que han llegado al palacio de Táurida
los obreros armados y los soldados del regimiento de ametralladoras
provoca en la sala una extraordinaria excitación. Aparece
en la tribuna Kámenev. "Nosotros -dice- nos hemos
incitado a la acción; pero las masas populares se han
lanzado a la calle por propia iniciativa... Y puesto que las
masas han salido, nuestro sitio está junto a ellas...
Nuestra misión consiste ahora en dar el movimiento
un carácter organizado." Kámenev termina
su discurso proponiendo que se designe una Comisión
de 25 miembros encargada de dirigir el movimiento. Trotsky
apoya esta petición. Cheidse teme a la Comisión
bolchevique e insiste inútilmente para que la cuestión
pase la Comité ejecutivo. Los debates toman un carácter
tumultuoso. Convencidos definitivamente de que no tienen más
que el tercio de los votos, los mencheviques y los socialrevolucionarios
abandonan la sala. Esta táctica se convierte en la
táctica favorita de los demócratas: empiezan
a boicotear los Soviets a partir del momento en que pierden
la mayoría en ellos. La resolución en que se
incita al Comité central ejecutivo a hacerse cargo
del poder es aprobada por 276 votos. No hay oposición.
Se procede inmediatamente a elegir los 15 vocales de la Comisión.
Se reservan 10 puestos para la minoría, puestos que
nadie ocupará. El hecho de que saliese elegida una
Comisión bolchevique significaba, para amigos y adversarios,
que la sección obrera del Soviet de Petrogrado se convertía,
a partir de aquel momento, en la base del bolchevismo. Se
había dado un gran paso. En abril, la influencia de
los bolcheviques se extendía aproximadamente a la tercera
parte de los obreros petersburgueses; por aquellos días
representaban en el Soviet un sector insignificante. Ahora,
a principios de julio, los bolcheviques tienen en la sección
obrera cerca de los dos tercios de delegados: esto significaba
que su influencia entre las masas había adquirido un
carácter decisivo.
De las calles adyacentes al palacio de Táurida afluyen
columnas de obreros, obreras y soldados con banderas, cantos
y música. Aparece la artillería ligera, cuyo
jefe provoca el entusiasmo general al declarar que todas las
baterías de su división están con los
obreros. La calle en que está emplazado el palacio
de Táurida y el muelle correspondiente al mismo están
atestados de gente. Todo el mundo quiere acercarse a la tribuna
situada en la puerta principal del palacio. Se presenta a
los manifestantes Cheidse, con el aspecto malhumorado del
hombre a quien se ha arrancado inútilmente a sus ocupaciones.
El popular presidente de los soviets es acogido con un silencio
hostil. Con voz cansada y ronca, Cheidse repite los lugares
comunes habituales, que todo el mundo se sabe ya de memoria.
No se dispensa mejor acogida a Voitinski, que ha acudido en
su auxilio. "En cambio, Trotsky -según cuenta
Miliukof-, que declaró que había llegado el
momento de que el poder pasara a los Soviets, fue acogido
con ruidosos aplausos..." Esta frase es falsa a sabiendas.
Ningún bolchevique dijo entonces que "había
llegado el momento". Un cerrajero de la fábrica
Dinflou, situada en la barriada de Petrogrado, decía
más tarde, hablando del mitin celebrado bajo los muros
del palacio de Táurida: "Me acuerdo del discurso
de Trotsky, quien decía que no había llegado
aún el momento de tomar el poder." Este cerrajero
reproduce el espíritu de mi discurso más fielmente
que el profesor de Historia. Por los oradores bolchevistas,
los manifestantes se enteraron del triunfo que acababa de
ser alcanzado en la sección obrera del Soviet, y este
hecho les dio una satisfacción casi tangible, como
si hubieran entrado ya en la época del régimen
soviético.
Poco antes de medianoche abrióse nuevamente la sesión
mixta de los Comités ejecutivos: en aquel momento los
granaderos se echaban al suelo en la perspectiva Nevski. A
propuesta de Dan, se decidió que sólo puedan
asistir a la reunión los que se comprometiesen de antemano
a defender y poner en práctica los acuerdos tomados.
¡Esto era algo nuevo! Los mencheviques intentaban convertir
el Soviet, declarado por ellos Parlamento de los obreros y
soldados, en órgano administrativo de la mayoría
conciliadora. Cuando se queden en minoría -lo cual
ocurrirá dentro de dos meses-, los conciliadores defenderán
apasionadamente la democracia soviética. Hoy, como
en general en todos los momentos decisivos de la vida social,
la democracia queda arrinconada. Algunos meirayontsi (*) abandonaron
la reunión protestando; bolcheviques no había
ninguno: estaban en el palacio de la Kchesinskaya deliberando
sobre la conducta que había de seguirse al día
siguiente. Más tarde, los meirayontsi y los bolcheviques
se presentaron en la sala y declararon que nadie podía
despojarles del mandato que les habían dado los electores.
La mayoría se calló, y la proposición
de Dan cayó insensiblemente en el olvido. La reunión
fue larga como una agonía. Los conciliadores intentan
persuadirse mutuamente, con voz débil, de la razón
que les asiste. Tsereteli, en calidad de ministro de Correos
y Telégrafos, se lamenta de los empleados subalternos:
"Hasta este momento no me he enterado de la huelga de
Correos y Telégrafos..." Por lo que a las reivindicaciones
políticas se refiere, su consigna es también
la de "¡Todo el poder a los soviets!". Los
delegados de los manifestantes que rodeaban el palacio de
Táurida exigieron que se les permitiera el acceso a
la reunión. Se les dejó entrar con inquietud
y malevolencia. Los delegados creían sinceramente que
esta vez los conciliadores no podrían dejar de acoger
favorablemente sus aspiraciones. ¿Acaso los periódicos
menchevistas y socialrevolucionarios de hoy, excitados por
la dimisión de los kadetes, no denuncian las intrigas
y el sabotaje de sus aliados burgueses? Además, la
sección obrera se ha pronunciado por la entrega del
poder a los soviets. ¿Qué se espera? Pero los
ardientes llamamientos, en los cuales la indignación
respira aún esperanza, caen impotentes en la atmósfera
estancada del Parlamento conciliador.
A los jefes no les preocupa más que una idea: cómo
librarse lo más rápidamente posible de aquellos
huéspedes indeseables. Se les invita a tomar asiento
en la galería: sería demasiado imprudente echarlos
a la calle, al lado de los manifestantes. Desde la galería,
los ametralladores escuchan asombrados los debates que se
estaban desarrollando y que no perseguían más
fin que ganar tiempo, a fin de que pudieran llegar los regimientos
de confianza. "En las calles está el pueblo revolucionario
-dice Dan-, pero este pueblo hace obra contrarrevolucionaria..."
Dan se ve apoyado por Abramovich, uno de los líderes
de la "Liga" judía, un pedante conservador
cuyos instintos se sentían ofendidos por la revolución.
"Estamos en presencia de un complot", afirma, faltando
a toda evidencia, y propone a los bolcheviques que declaren
abiertamente que la cosa "es obra suya". Tsereteli
profundiza el problema: "Salir a la calle con la demanda
de "Todo el poder a los soviets" significa sostener
a estos últimos. Si los soviets quisieran, el poder
pasaría a sus manos. Ningún obstáculo
se opone a su voluntad... Manifestaciones como ésta
hacen el luego no a la revolución, sino a la contrarrevolución.
" Los delegados no acababan de comprender este razonamiento.
Les parecía que sus elevados jefes no estaban en su
sano juicio. Al final, la asamblea confirmó una vez
más, con 11 votos en contra, que la manifestación
armada era una puñalada trapera al ejército
revolucionario, etcétera. La reunión terminó
a las cinco de la madrugada.
Poco a poco las masas fueron retirándose a sus barriadas.
Durante toda la noche recorrieron la ciudad automóviles
armados, estableciendo el contacto entre los regimientos,
las fábricas y los centros de barriada.
Como en Febrero, las masas, por la noche, hacían el
balance del día. Pero ahora lo hacían con la
participación de un complejo sistema de organizaciones
de fábrica, de partido, militares, que estaban reunidos
con carácter permanente. En las barriadas se opinaba
como algo que no admitía ya discusión, que el
movimiento no podía detenerse a medio camino. El Comité
ejecutivo aplazó la resolución acerca del traspaso
del poder. Las masas interpretaron esto como una vacilación.
La conclusión era clara: había que apretar más.
La reunión nocturna de los bolcheviques y meirayontsi,
que tenía lugar en el palacio de Táurida a la
vez que la de los Comités ejecutivos, sacaba también
el balance del día e intentaba anticipar lo que traería
consigo el día siguiente. Los informes de las barriadas
atestiguaban que la manifestación no había hecho
más que poner en movimiento a las masas, planteando
ante ellas por primera vez en toda su agudeza el problema
del poder. Mañana, las fábricas y los regimientos
querrán obtener una contestación y no habrá
fuerza humana capaz de retenerlos en los suburbios. No se
discutía si debía o no tomarse el poder, como
habían de afirmar más tarde los adversarios,
sino si debía hacerse o no una tentativa para liquidar
la manifestación o ponerse al frente de la misma al
día siguiente.
A hora avanzada de la noche, hacia las tres, llegaban al palacio
de Táurida los obreros de la fábrica Putilov,
una masa de 30.000 hombres, muchos de ellos con sus mujeres
y niños. La manifestación se puso en marcha
a las once, y por el camino se unieron a los manifestantes
otras fábricas. En el portal de Narva había
tanta gente, a pesar de lo avanzado de la hora que se hubiera
dicho que la barriada había quedado completamente vacía.
Las mujeres gritaban: "Todo el mundo tiene que ir...
¡Nosotras guardaremos las casas!..." Del campanario
de Spasa partieron unos disparos, al parecer de ametralladora.
Desde abajo se hizo una descarga contra el campanario. "En
Gostini Dvor se lanzaron contra los manifestantes un grupo
de estudiantes y de "junkers", que les arrebataron
un cartelón. Los obreros ofrecieron resistencia, se
produjo un gran tumulto, sonaron disparos, y al autor de estas
líneas le rompieron la cabeza y le pisotearon el pecho
y los costados." Nos cuenta esto el obrero Yefimov, ya
conocido del lector. Atravesando la ciudad, ya silenciosa,
los obreros de Putilov llegaron por fin al palacio de Táurida.
Gracias a la insistente intervención de Riazanov, muy
íntimamente ligado en aquel entonces con los sindicatos,
la delegación de la fábrica fue recibida por
el Comité ejecutivo. La masa obrera, hambrienta y terriblemente
fatigada, se sentó a esperar en la calle y en el jardín,
con la esperanza de obtener una contestación. Estos
obreros de la fábrica de Putilov, acampados a las tres
de la madrugada en los alrededores del palacio de Táurida,
en el que los líderes de la democracia esperaban la
llegada de tropas del frente, es uno de los espectáculos
más conmovedores de la revolución en el período
turbulento que va desde Febrero a Octubre. Doce años
antes, no pocos de estos obreros habían tomado parte
en la manifestación de enero ante el palacio de Invierno,
con imágenes y estandartes. En aquellos doce años
habían pasado siglos enteros. En el transcurso de los
cuatro meses próximos transcurrieron otros cuantos
más.
Sobre la reunión de los líderes y organizadores
bolcheviques que discuten sobre lo que ha de hacerse al día
siguiente flota la sombra grávida de los obreros de
la fábrica de Putilov, acampados en plena calle. Mañana
los obreros de la fábrica de Putilov no irán
al trabajo. ¿Cómo van a trabajar después
de una noche pasada en vela? Entre tanto, es llamado Zinóviev
por teléfono, Raskolnikov comunica, desde Cronstadt,
que mañana a primera hora la guarnición de la
fortaleza se dirigirá a Petrogrado, y que no hay nada
ni nadie capaz de contenerla. Desde el otro extremo del hilo
telefónico, el joven oficial pregunta: "¿Es
posible que el Comité central le ordene dejar abandonados
a los marinos, desacreditándose completamente a sus
ojos?" A la imagen de los obreros de la fábrica
de Putilov acampados delante del palacio de Táurida
se une a otra, no menos impresionante: la de los marinos de
la isla, que en esta noche de vela se aprestan a apoyar a
los obreros y soldados de Petrogrado. No, la cosa es demasiado
ciara. No se puede seguir vacilando. Trotsky pregunta por
última vez: "¿Y si se intentara dar a la
manifestación el carácter de una manifestación
sin armas? No, ni de eso se puede ya siquiera hablar. Un pelotón
de "junkers" bastaría para dispersar, como
a un rebaño de ovejas, a millares de hombres desarmados.
Los soldados y obreros acogerían indignados, considerándola
como una encerrona, semejante proposición. La contestación
es categórica y convincente. Por unanimidad se decide
incitar mañana a las masas, en nombre del partido,
a continuar la manifestación. Zinóviev corre
al teléfono, donde espera frenético Raskolnikov,
para comunicarle la noticia que le permitirá respirar
con desahogo. Se redacta inmediatamente un manifiesto a los
obreros y soldados: ¡a la calle! El manifiesto del Comité
central, que había sido escrito durante el día,
y en el que se invitaba a las masas a cesar la manifestación,
es sacado de las prensas; pero ya es tarde para reemplazarlo
por el nuevo texto. La página blanca de la Pravda será
mañana un indicio mortal contra los bolcheviques. Evidentemente,
en el último momento, asustados, han retirado el llamamiento
a la insurrección, o, acaso al revés: han renunciado
a su llamamiento a la manifestación pacífica
para incitar a la insurrección. La verdadera resolución
de los bolcheviques apareció en una hoja que invitaba
a los obreros y soldados a "expresar su voluntad ante
los Comités ejecutivos reunidos, mediante una manifestación
pacífica y organizada". No, aquello no era precisamente
un llamamiento a la insurrección.
* Grupo
de socialdemócratas revolucionarios afín a los
bolcheviques, que pronto se fusionó con el partido.
Trotsky formaba parte de este grupo. [NDT.]
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