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La calumnia,
recurso de decisivos efectos, resultó un arma de dos
filos. Si los bolcheviques son espías de los alemanes,
¿por qué quienes difunden principalmente esas
calumnias son los hombres más odiados del pueblo? ¿Por
qué precisamente la prensa de los kadetes, que con
cualquier motivo atribuye los más bajos móviles
a los obreros y soldados, es la que en voz más alta
y con mayor decisión acusa a los bolcheviques? ¿Por
qué el ingeniero o el contramaestre reaccionario, que
se había ocultado desde la revolución, ha cobrado
ahora nuevos bríos y condena abiertamente a los bolcheviques?
¿Por qué los oficiales más reaccionarios
se han vuelto más insolentes en los regimientos y por
qué, al mismo tiempo que acusan a Lenin y a sus amigos,
agitan los puños en las mismas narices de los soldados,
como si fueran éstos precisamente los traidores?
En todas las fábricas había bolcheviques. "¿Es
que me parezco a un espía alemán, amigos?",
preguntaba un cerrajero o un tornero, perfectamente conocido
de todos los obreros. Frecuentemente, los mismos conciliadores,
en su lucha contra el ataque de la contrarrevolución,
iban más lejos de lo que querían ,y, sin desearlo,
desbrozaban el camino a los bolcheviques. El soldado Pireiko
cuenta cómo el médico militar Markovich, partidario
de Plejánov, rechazó en un mitin de soldados
la acusación de espionaje lanzada contra Lenin, para
combatir con más decisión sus opiniones políticas
como inconsistentes y ruinosas. ¡Vano esfuerzo! "Si
Lenin es inteligente y no un espía, si no es un traidor
y quiere la paz, también nosotros le seguiremos",
decían los soldados después del mitin.
El bolchevismo, cuyo avance había sido contenido temporalmente,
empezó de nuevo a adiestrar sus alas con más
seguridad. "La recompensa no tardará -escribía
Trotsky a mediados de agosto-. Nuestro partido, perseguido,
calumniado, nunca había crecido tan rápidamente
como en estos últimos tiempos. Y este proceso no tardará
en pasar de la capital a la provincia, de las ciudades a las
aldeas y al ejército... Todas las masas trabajadoras
del país aprenderán, en las nuevas pruebas que
se acercan, a asociar su suerte a la de nuestro partido."
Petrogrado seguía, como antes, avanzando en primera
fila. Parecía como si una poderosa escoba barriese
de todos los rincones y escondrijos de la fábricas
la influencia de los conciliadores. "Van cayendo los
últimos reductos de los defensistas... -decía
un periódico bolchevista-. ¿Acaso hace tanto
tiempo que los señores defensistas ejercían
un dominio indiscutible en la inmensa fábrica de Obujov?"
En las elecciones a la Duma municipal de Petrogrado, celebradas
el 20 de agosto, los distintos candidatos obtuvieron cerca
de 550.000 votos, muchos menos que en las elecciones a las
dumas de barriada, que se habían celebrado en julio.
Los socialrevolucionarios, si bien perdieron más de
375.000 votos, reunieron, así y todo, más de
200.000, o sea, el 37 por 100 del total. A los kadetes les
correspondió la quinta parte. "Nuestra candidatura
menchevista -dice Sujánov- no ha conseguido más
que 23.000 miserables votos." Inesperadamente para todos,
los bolcheviques obtuvieron casi 200.000 votos, cerca de la
tercera parte del total.
En la Conferencia de sindicatos de los Urales, celebrada a
mediados de agosto y en la que estaban representados 150.000
obreros, fueron adoptadas resoluciones de carácter
bolchevista sobre todas las cuestiones. En Kiev, en la Conferencia
de los comités de fábrica, que tuvo lugar el
20 de agosto, la resolución presentada por los bolcheviques
fue adoptada por una mayoría de 161 votos contra 35
y 13 abstenciones. En las elecciones democráticas a
la Duma municipal de Ivanovo-Vosnesensk, que se celebraron
precisamente en el momento de la sublevación de Kornílov,
los bolcheviques obtuvieron 57 puestos de los 102, los socialrevolucionarios,
24, y los mencheviques, 4. En Cronstadt fue elegido presidente
del Soviet el bolchevique Brekman y alcalde Pokrovski, igualmente
bolchevique. Durante todo el mes de agosto, el bolchevismo
crece en todo el país, aunque no en la misma proporción
en los diferentes lugares.
La sublevación de Kornílov da un poderoso impulso
a la radicalización de las masas. Slutski recordaba
las palabras de Marx: "Hay momentos en que la revolución
necesita ser estimulada por la contrarrevolución."
El peligro despertaba no sólo la energía, sino
la clarividencia. El pensamiento colectivo trabajaba a un
alto grado de tensión. No faltaban materiales que permitiesen
extraer las consecuencias de la situación. Habíase
afirmado que la coalición era necesaria para la defensa
de la revolución; ahora bien, el que era aliado en
la coalición se habla puesto al lado de la contrarrevolución.
Se habla dicho que la Conferencia de Moscú sería
una manifestación de la unidad nacional. Sólo
el Comité central de los bolcheviques había
advertido que "la Conferencia... se convertirá
en órgano del complot de la contrarrevolución".
Los acontecimientos habían confirmado plenamente la
justeza de esta advertencia. Ahora era el propio Kerenski
quien declaraba: "La Conferencia de Moscú... fue
el prólogo del 27 de agosto... Allí fue donde
se llevó a cabo el recuento de fuerzas.... donde por
primera vez fue presentado a Rusia su futuro dictador, Kornílov..."
¡Como si no hubiera sido Kerenski el iniciador, el organizador
y el presidente de esa Conferencia! ¡Como si no hubiera
sido él quien había presentado a Kornílov
como el "primer soldado" de la revolución!
¡Como si no hubiera sido el gobierno provisional quien
había dado a Kornílov el arma de la pena de
muerte contra los soldados, y como si la advertencia de los
bolcheviques no hubiera sido calificada de demagógica!
La guarnición de Petrogrado se acordaba asimismo de
que, dos días antes de la sublevación de Kornílov,
los bolcheviques habían expresado en la reunión
de la sección de soldados la sospecha de que si se
retiraba de la capital a los regimientos conocidos por su
significación avanzada, fuera con miras contrarrevolucionarias.
Los representantes de los mencheviques y socialrevolucionarios
habían respondido a esto con una exigencia amenazadora:
que no se discutiesen las órdenes militares del general
Kornílov. En este espíritu estaba inspirada
la resolución que se adoptó. "¡Bien
se ve que los bolcheviques no lanzan las palabras al viento!",
debían decirse ahora el obrero o el soldado sin partido.
Si los generales conspiradores, según la acusación
de los propios conciliadores, formulada con retraso, eran
culpables no sólo de la rendición de Riga, sino
también del descalabro de julio, ¿por qué
se había llevado a efecto la campaña contra
los bolcheviques y ametrallado a los soldados? Si los provocadores
militares intentaban lanzar a la calle a los obreros y soldados
el 27 de agosto, ¿no habrían tenido igualmente
su papel en las sangrientas colisiones del 4 de julio? Y,
además, ¿qué papel desempeñaba
Kerenski en todo esto? ¿Contra quién había
llamado a la capital al tercer cuerpo de Caballería?
¿Por qué había nombrado a Savinkov general
gobernador, y ayudante a Filonenko? Y ¿quién
era ese Filonenko, candidato al Directorio? La respuesta la
dio inesperadamente la división de automóviles
blindados: Filonenko, a quien tenían de teniente los
soldados, sometía a éstos a los peores escarnios
y humillaciones.
¿De dónde había salido el entrometido
de Zavoiko? ¿Qué significaba, en general, la
selección de bribones que se estaba llevando a cabo
en las alturas?
Los hechos eran simples, claros, estaban presentes en la memoria
de todos, eran accesibles a todo el mundo, inexorables y aniquiladores.
La división "salvaje", los raíles
levantados, las recíprocas acusaciones del palacio
de Invierno y del Cuartel general, las declaraciones de Savinkov
y Kerenski eran hechos que hablaban por sí solos. ¡Qué
acta de acusación irrefutable contra los conciliadores
y su régimen! Se vio definitivamente, de un modo claro,
el sentido de la furiosa campaña desencadenada contra
los bolcheviques: semejante campaña era un elemento
necesario en la preparación del golpe de Estado.
Los obreros y soldados, al empezar a ver claro, se sintieron
dominados por un agudo sentimiento de vergüenza. ¿Es
decir, que Lenin se ocultaba únicamente porque le han
calumniado de un modo ignominioso? ¿Es decir, que los
demás están en la cárcel para dar gusto
a los kadetes, a los generales, a los banqueros, a los diplomáticos
de la Entente? ¿Es decir, que los bolcheviques no corren
tras de los cargos, y si en las alturas se les odia es precisamente
porque no quieren formar parte de la sociedad anónima
llamada coalición? Esto fue lo que acabaron por comprender
los trabajadores, las gentes simples, los oprimidos. Y este
estado de ánimo, unido a la sensación de culpabilidad
respecto de los bolcheviques, hizo que surgiera una inquebrantable
adhesión al partido y una fe indestructible en sus
jefes.
Hasta los últimos días, los soldados veteranos,
los cuadros del ejército, los suboficiales, los artilleros,
resistieron con todas sus fuerzas. No querían renunciar
a sus esfuerzos, a sus sacrificios, a sus hazañas:
¿era posible que todo aquello no tuviera ningún
sentido? Pero cuando perdieron su último punto de apoyo
viraron en redondo hacia la izquierda, hacia los bolcheviques.
Ahora entraban en la revolución con sus galones de
suboficial, con su temple de veteranos y con las mandíbulas
apretadas: en la guerra se habían equivocado en sus
cálculos, pero ahora llevarán a cabo la empresa
hasta sus últimas consecuencias
En las comunicaciones de las autoridades locales, tanto militares
como civiles, el bolchevismo se convierte en sinónimo
de acción de masas, de exigencia decidida, de lucha
contra la explotación, de impulso hacia adelante; en
una palabra, pasa a ser otro nombre de la revolución.
¿Conque es esto el bolchevismo? -se dicen los huelguistas,
los marinos que protestan, las mujeres descontentas de los
soldados, los campesinos amotinados-. Parece como que las
masas se veían obligadas desde arriba a identificar
sus pensamiento íntimos y sus demandas a las consignas
del bolchevismo. De esta manera, la revolución ponía
a su servicio el arma que había sido dirigida contra
ella. En la historia no sólo se convierte en absurdo
lo razonable, sino que, inversamente, cuando el desarrollo
de los acontecimientos lo exige, lo absurdo se convierte en
razonable.
El cambio sufrido por la atmósfera política
se puso de manifiesto con poderoso relieve en la sesión
común de los Comités ejecutivos, celebrada el
30 de agosto, al exigir los delegados de Cronstadt que se
les otorgara un puesto en aquella elevada institución.
¿Era concebible esto? ¿Es que allí, donde
la gente desenfrenada de Cronstadt era condenada y excomulgada,
iban a tomar parte ahora en las deliberaciones los representantes
de esa misma gente? ¿Pero, ¿cómo se les
podía contestar con una negativa? Los marinos y soldados
de Cronstadt habían llegado la víspera para
defender a Petrogrado. Los marinos del Aurora hacían
centinela en el palacio de Invierno. Los jefes, después
de cuchichear entre sí, propusieron a la gente de Cronstadt
cuatro puestos con voz, pero sin voto. La concesión
fue aceptada secamente, sin ninguna efusión de gratitud.
"Después de la rebelión de Kornílov
-cuenta Chinenov, soldado de la guarnición de Moscú-
todos los regimientos adquirieron ya un matiz bolchevista...
Todos estaban admirados al ver confirmadas por la realidad
las palabras de los bolcheviques, de que el general Kornílov
no tardaría en estar ante los muros de Petrogrado."
Mitrevich, soldado de la división de automóviles
blindados, recuerda las leyendas heroicas que circulaban de
boca en boca después de la victoria obtenida sobre
el general sublevado: "No se hablaba más que de
valor y de hazañas, y de que con una decisión
como aquélla se podía combatir contra todo el
mundo. Los bolcheviques se reanimaron."
Antónov-Ovseenko, que había sido puesto en libertad
en los días de la aventura de Kornílov, se marchó
inmediatamente a Helsingfors. "Se ha producido una inmensa
transformación en las masas." En el Congreso regional
de los soviets de Finlandia, los socialrevolucionarios de
derecha tuvieron una representación insignificante.
Quienes llevaban la batuta eran los bolcheviques, coaligados
con los socialrevolucionarios de izquierda. Para la presidencia
del Comité regional de los Soviets fue elegido Smilga,
que, a pesar de su juventud, era miembro del Comité
central de los bolcheviques, se inclinaba marcadamente hacia
la izquierda y, ya en los días de abril, se había
mostrado propenso a dar un empujón al gobierno provisional.
Como presidente del Soviet de Helsingfors, que se apoyaba
en la guarnición y en los obreros rusos, fue elegido
el bolchevique Scheinman, futuro director del Banco de Estado
soviético, hombre prudente y de temperamento burocrático,
pero que en aquel entonces marchaba al paso de los demás
dirigentes. El gobierno provisional prohibió a los
finlandeses convocar el Seim, que aquél había
disuelto. El Comité regional propuso al Seim que se
reuniera, y tomó sobre sí la misión de
protegerle. El Comité se negó a cumplir las
órdenes, dadas por el gobierno provisional, de que
salieran del país distintos regimientos. En realidad,
los bolcheviques implantaron la dictadura de los soviets en
Finlandia.
A principios de septiembre, el diario bolchevista decía:
"Nos llegan de una serie de ciudades rusas noticias anunciándonos
que durante este último período han hecho grandes
progresos las organizaciones de nuestro partido. Pero lo que
tiene más importancia es el aumento de nuestra influencia
entre las masas democráticas de obreros y soldados."
"Aun en aquellas fábricas donde en un principio
no se nos quería escuchar -dice el bolchevique de Yekaterinoslav,
Averin-, se pusieron a nuestro lado en los días de
la sublevación de Kornílov los obreros."
"Cuando circuló el rumor de que Kaledin movilizaba
a los cosacos contra Tsarits y Saratov -escribe Antónov,
uno de los directivos bolchevistas de esta última ciudad-,
cuando este rumor se vio confirmado y reforzado por la sublevación
del general Kornílov, la masa liquidó en pocos
días sus prejuicios anteriores."
El 19 de septiembre, el órgano bolchevista de Kiev
comunica: "En las elecciones de representantes al Soviet,
el Arsenal ha elegido a doce compañeros, todos ellos
bolcheviques. Los candidatos mencheviques han sido derrotados;
lo mismo ha sucedido en otras varias fábricas."
A partir de ese momento pueden leerse diariamente noticias
análogas en las páginas de la prensa obrera;
los periódicos adversarios intentan en vano pasar en
silencio o rebajar los progresos del bolchevismo. Las masas,
en pleno despertar, diríase que se esfuerzan por ganar
el tiempo perdido a consecuencia de las vacilaciones, de la
confusión y de las temporales retiradas anteriores.
La resaca es general, tenaz e irresistible.
Varvara Yakovleva, que formaba parte del Comité central
de los bolcheviques y a la que ya hemos visto lamentarse en
julio-agosto de la debilitación extrema de los bolcheviques
en toda la zona de Moscú, habla ahora de un nuevo y
hondo cambio. "Durante la segunda quincena de septiembre
-informa a la Conferencia- los militantes de la oficina regional
han recorrido la zona... Sus impresiones son absolutamente
idénticas: por todas partes, en todas las provincias,
las masas evolucionan rápidamente hacia el bolchevismo.
Todos han observado, asimismo, que las aldeas solicitan a
los bolcheviques..." En todos aquellos sitios en que,
después de las jornadas de julio, se habían
desmoronado, las organizaciones del partido ahora resucitan
y crecen rápidamente. En aquellos distritos en que
no se quería oír a los bolcheviques, surgen
ahora espontáneamente células bolchevistas.
Incluso en las atrasadas provincias de Tambov y de Riazan,
reductos de los socialrevolucionarios y de los mencheviques,
adonde raras veces iban los bolcheviques en las anteriores
giras, convencidos de la inutilidad de su visita, las cosas
sufren actualmente una transformación fundamental:
la influencia de los bolcheviques es cada día más
fuerte, y las organizaciones conciliadoras se desmoronan."
Los informes de los delegados a la Conferencia bolchevista
de la región de Moscú, celebrada un mes después
de la sublevación de Kornílov y un mes antes
del levantamiento de los bolcheviques, respiran confianza
y entusiasmo. En Nijni-Novgorod, al cabo de dos meses de decaimiento,
la vida del partido vuelve a ser pletórica. Centenares
de obreros socialrevolucionarios se pasan a las filas bolcheviques.
En Tver, la actuación del partido no empieza a desarrollarse
ampliamente hasta después de la aventura de Kornílov.
Los conciliadores pierden todas sus posiciones, nadie les
escucha, no se les deja hablar. En la provincia de Vladimir,
los bolcheviques se han fortalecido hasta tal punto, que en
el Congreso provincial de los soviets no hay más que
cinco mencheviques y tres socialrevolucionarios. En Ivanovo-Vosnesensk,
el Manchester ruso, todo el trabajo de los soviets, de la
Duma, del zemstvo, recae sobre los bolcheviques, como señores
absolutos que han llegado a ser de la situación.
Crecen las organizaciones del partido, pero su fuerza de atracción
crece con rapidez incomparablemente más grande. La
desproporción entre los recursos técnicos de
los bolcheviques y su peso específico político
halla su expresión en el número relativamente
reducido de los miembros del partido, en comparación
con el grandioso aumento de su influencia. Los acontecimientos
arrastran en su torbellino a las masas de un modo tan rápido
e imperioso, que los obreros y soldados no tienen tiempo de
organizarse en el partido, ni de comprender la necesidad de
contar con un partido organizado. Se penetran de las consignas
bolchevistas tan naturalmente como respiran el aire. No ven
todavía con claridad que el partido es un complejo
laboratorio en que esas consignas se elaboran mediante la
experiencia colectiva. Más de 20.000.000 de almas están
de parte de los soviets. El partido, que aún en vísperas
de la revolución de Octubre contaba con no más
de 240.000 miembros, arrastra tras de sí, con más
firmeza cada vez, a millones de hombres a través de
los sindicatos, comités de fábrica y soviets.
En ese país inmenso, conmovido hasta sus cimientos,
dotado de una variedad inagotable tanto desde el punto de
vista de las condiciones locales como de la educación
política, no hay día en que no se verifiquen
unas elecciones u otras: a las dumas, a los zemstvos, a los
soviets, a los comités de fábrica, a los sindicatos,
a los comités militares o agrarios. Y la tónica
general de todas esas elecciones es el incremento del bolchevismo.
Las elecciones a las dumas de barriada de Moscú sorprendieron
particularmente al país por la brusca modificación
que revelaba en el espíritu de las masas. El "gran"
partido de los socialrevolucionarios, que había conseguido
375.000 votos en junio, a finales de septiembre no obtenía
más que 54.000. Los mencheviques pasaban de 76.000
a 16.000. Los kadetes conservaban 101.000, habiendo perdido
cerca de 8.000. Los bolcheviques, en cambio, pasaban de 75.000
a 198.000. Si en junio obtenían los socialrevolucionarios
cerca del 50 por 100 de votos, los bolcheviques reunían
en septiembre cerca del 52 por 100. El 90 por 100 de la guarnición,
y en algunos regimientos más del 95, votó por
los bolcheviques: en los talleres de la artillería
pesada, los bolcheviques obtuvieron 2.286 votos de 2.347.
El considerable absentismo de los electores se debía
principalmente al retraimiento de la pequeña burguesía
urbana, que, con el empuje de las primeras ilusiones, había
seguido a los conciliadores para sumarse de nuevo, bien pronto,
en la inanidad. Los mencheviques se iban derritiendo; los
socialrevolucionarios habían obtenido dos veces menos
votos que los kadetes, y éstos, dos veces menos que
los bolcheviques. Los votos obtenidos por estos últimos
en septiembre habían sido conquistados en lucha encarnizada
contra todos los demás partidos. Eran votos firmes.
Podía confiarse en ellos. La desaparición de
los grupos intermedios, la estabilidad considerable del campo
burgués y los progresos gigantescos del partido proletario
más odiado y perseguido, todo esto eran síntomas
inequívocos de la crisis revolucionaria. "Sí,
los bolcheviques trabajaban tenaz e incansablemente -escribe
Sujánov, que pertenecía al quebrantado partido
de los mencheviques-. Estaban con las masas, en la fábricas
y talleres, día tras día, de un modo permanente...
Los obreros y los soldados se sentían identificados
con ellos porque estaban siempre a su lado, dirigiendo, así
en las cosas nimias como en las importantes, toda la vida
de la fábrica y del cuartel... La masa vivía
y respiraba conjuntamente con los bolcheviques. El partido
de Lenin y Trotsky la tenía en sus manos."
El mapa político del frente se distinguía por
lo abigarrado de su carácter. Había regimientos
y divisiones que aún no habían visto ni oído
nunca a un bolchevique; muchos de ellos se asombraban sinceramente
cuando se les acusaba de bolchevismo. De otra parte, había
regimientos que tomaban su propio estado de espíritu
anárquico, con un matiz de oscurantismo, por el bolchevismo
más puro. El espíritu del frente se inclinaba,
sin embargo, hacia un mismo lado. Pero en el grandioso torrente
político a que servían de cauce las trincheras,
había a menudo corrientes contrarias, remolinos y no
pocos arroyos turbios.
En septiembre, los bolcheviques rompieron el cordón
y obtuvieron el acceso al frente, del que habían permanecido
separados por espacio de dos meses. Oficialmente, la prohibición
subsistía. Los Comités conciliadores hacían
todo lo posible para impedir la penetración de los
bolcheviques en sus regimientos; pero todos sus esfuerzos
resultaban vanos. Los soldados habían oído hablar
tanto de su propio bolchevismo, que todos ellos, sin excepción,
deseaban ávidamente ver y oír a un bolchevique
de carne y hueso. Los obstáculos formales inventados
por los miembros de los comités eran barridos por los
soldados tan pronto como recibían la noticia de haber
llegado un bolchevique. La vieja revolucionaria Eugenia Bosch,
que había llevado a cabo una gran labor en Ucrania,
ha dejado unas Memorias muy elocuentes sobre sus audaces incursiones
por las selvas primitivas del frente. Las alarmadas advertencias
de los amigos sinceros y falsos resultaban inútiles
una vez y otra. En una división que había sido
caracterizada como encarnizadamente hostil a los bolcheviques,
el orador, que había enfocado su tema con gran cautela,
no tardó en quedar convencido de que el auditorio estaba
con él. "Nada de gargajear, ni de toser, ni de
sonarse, primeros síntomas de cansancio de un auditorio
de soldados; orden y silencio completos." La asamblea
acabó en una turbulenta apoteosis de la audaz agitadora.
Toda la excursión de Eugenia Bosch por el frente fue
algo muy parecido a un viaje triunfal. Lo mismo ocurría,
de un modo menos heroico y efectista, pero igual en el fondo,
con los agitadores de menor categoría.
Ideas, consignas y concepciones nuevas o expresadas en una
forma nueva, más convincente, en la vida estancada
de las trincheras. Millones de cerebros analizaban los acontecimientos,
hacían el balance de la experiencia política.
"...Queridos compañeros obreros y soldados -escribe
un soldado desde el frente a la redacción del diario-,
no dejéis triunfar esa maldita letra k, que ha sumergido
a todo el mundo en una guerra sangrienta. Los nombres del
primer asesino, Kolka (Nicolás II), de Kerenski, de
Kornílov, de Kaledin, de los K. d. (Kadetes), todos
empiezan con k. Los cosacos son asimismo peligrosos para nosotros...(*)"
Sidor Nikolaiev. No se vea en estas palabras una mera superstición:
se trata pura y simplemente de un procedimiento de mnemotecnia
política.
La sublevación del Cuartel general no podría
dejar de remover cada fibra de los soldados. La disciplina
externa, cuyo restablecimiento había costado tantos
esfuerzos y sacrificios, volvía a resquebrajarse. El
comisario militar del frente occidental, Jdanov, informa:
"Los soldados, en general, están nerviosos...,
se muestran recelosos respecto de los oficiales, guardan una
actitud expectativa; el incumplimiento de las órdenes
lo explican por el hecho de que se trata de órdenes
de Kornílov, que no había por qué cumplir."
En el mismo sentido escribe Stankievich, que sustituyó
a Filonenko en el cargo de alto comisario: "La masa de
los soldados... se vio rodeada de traiciones por todas partes...
Si alguien intentaba convencerla de lo contrario, se le aparecía
también como un traidor."
Para la oficialidad, el fracaso de la aventura de Kornílov
significaba el desmoronamiento de sus últimas ilusiones.
Añadamos a esto que tampoco podía decirse anteriormente
que fuese muy brillante el estado de ánimo del mando.
A finales de agosto hemos visto en Petrogrado a los conspiradores
militares, borrachos, jactanciosos y abúlicos. Ahora,
la oficialidad se ve repudiada y fracasada definitivamente.
"Este odio, esta persecución constante -dice uno
de ellos-, la inactividad completa y la permanente espera
de la detención y de la muerte ignominiosa, impelía
a los oficiales a los restaurantes, a los reservados, a los
hoteles... Los oficiales naufragaron en esa bacanal."
En oposición a esto, los soldados y los marinos llevaban
una vida más sobria que nunca: una nueva esperanza
alentaba en su corazón.
Los bolcheviques, según cuenta Stankievich, "levantaban
la cabeza y se sentían dueños absolutos del
ejército... Los comités inferiores empezaban
a convertirse en células bolchevistas. En todas las
elecciones celebradas en el ejército, los votos bolcheviques
progresaban de un modo asombroso. No es posible dejar de observar,
a este propósito, que el quinto ejército, el
más disciplinado hasta entonces, no sólo en
el frente septentrional, sino acaso en todo el frente, fue
el primero que eligió un comité bolchevista".
La flota se bolchevizaba de in modo aún más
acentuado, más concreto, más elocuente. El día
8 de septiembre, los marinos del Báltico izaron en
todos los buques las banderas de combate para expresar su
decisión de luchar por el paso del poder a las manos
del proletariado y de los campesinos. La flota exigía
el armisticio inmediato en todos los frentes, la entrega de
la tierra a los comités campesinos, y la implantación
del control obrero de la producción. Tres días
después, un Comité central más atrasado
y moderado, el de la escuadra del Mar Negro, apoyaba a los
marinos del Báltico, propugnando la entrega del poder
a los soviets. A mediados de septiembre alzan su voz en defensa
de esa misma divisa veintitrés regimientos de Infantería
siberianos y letones del doce ejército. Cada día
siguen su ejemplo nuevos regimientos. La exigencia de que
se entregue el poder a los soviets no desaparece ya del orden
del día en el ejército y en la flota.
"Las asambleas de marinos, cuenta Stankievich, estaban
compuestas en sus nueve décimas partes de bolcheviques."
En Reval, al nuevo comisario cerca del Cuartel general se
le ocurrió defender ante los marinos al gobierno provisional.
A las primeras palabras tuvo la sensación de que sus
tentativas eran inútiles. Al oír la palabra
"gobierno", la sala adoptó una actitud hostil:
una ola de indignación, de odio y desconfianza se apoderó
inmediatamente de la multitud. Era algo vigoroso, espléndido,
apasionado e irresistible, que se fundía en un alarido
unánime: "¡Fuera!" No es posible menos
que hacer justicia al narrador, que no se olvida de hacer
notar la belleza del ataque de unas masas mortalmente hostiles
a él.
La cuestión de la paz, que por espacio de dos meses
había quedado relegada al olvido, surge ahora a la
superficie con decuplicada fuerza. En una sesión del
Soviet de Petrogrado, el oficial Dubasov, que acababa de llegar
del frente, declaró: "Podéis decir aquí
lo que queráis, los soldados no combatirán más."
Se oyeron exclamaciones: "¡Eso no lo dicen ni los
bolcheviques!"...; pero el oficial, que no era bolchevique,
añadió: "No hago más que decir lo
que sé y lo que los soldados me han encargado que os
transmitiera." Un soldado sombrío, con un capote
impregnado de la suciedad y el hedor de las trincheras, declaró
al Soviet de Petrogrado, en esos mismos días de septiembre,
que los soldados necesitaban a todo trance la paz, aunque
fuera "una paz hedionda". Estas ásperas palabras
de soldado produjeron el estupor del Soviet. ¡Hasta
qué extremo se había llegado! Los soldados que
estaban en el frente no eran unos chiquillos. Comprendían
perfectamente que, con la "carta de guerra" que
existía, la paz no podía ser más que
una paz de violencia, y para expresar esta concepción
suya había escogido deliberadamente el delegado de
las trincheras la palabra más grosera, capaz de expresar
toda la fuerza de su repugnancia por la paz que los Hohenzollern
impondrían. Pero gracias precisamente a esa descarnada
apreciación, obligó el soldado a sus oyentes
a comprender que no había otro camino, que la guerra
había devanado el alna del ejército, que a toda
costa se imponía la paz inmediata. La prensa burguesa
acogió con alborozo las palabras del orador de las
trincheras, que atribuyó a los bolcheviques. La frase
referente a la paz "hedionda" no salió ya,
a partir de ese momento, del orden del día, como expresión
culminante del salvajismo y de la corrupción a que
había llegado el pueblo.
Por regla general, los conciliadores no se inclinaban, como
el diletante político Stankievich, a embelesarse ante
la magnífica resaca que amenazaba con barrerles de
la palestra revolucionaria. Día a día iban percatándose
con asombro y terror de que carecían en absoluto de
fuerza de resistencia. En el fondo, bajo la confianza que
los conciliadores habían inspirado a las masas desde
los primeros momentos de la revolución, se ocultaba
un equívoco, históricamente inevitable, pero
que no podía perdurar: bastaron sólo algunos
meses para ponerlo al descubierto. Los conciliadores se veían
obligados a dirigirse a los soldados y obreros en un lenguaje
muy distinto del que empleaban en el Comité ejecutivo
y, sobre todo, en el palacio de Invierno. Los caudillos responsables
de los socialrevolucionarios y de los mencheviques se atrevían
cada día menos a salir a la plaza pública. Los
agitadores de segunda y tercera categoría se adaptaban
al radicalismo social con ayuda de frases equívocas,
o se contagiaban sinceramente del estado de ánimo de
las fábricas, de las minas y de los cuarteles, hablaban
su lenguaje y se divorciaban de sus propios partidos.
El marino Jovrin dice en sus Memorias que los marinos que
se tenían por socialrevolucionarios luchaban, en realidad,
por la plataforma bolchevista. Esto se echaba de ver por todas
partes. El pueblo sabía lo que quería; lo que
no sabía era qué nombre dar a sus deseos. El
"equívoco" inherente a la revolución
de Febrero tenía un carácter general, sobre
todo en el campo, donde perduró más que en la
ciudad. Sólo la experiencia podía poner orden
en el caos. Los acontecimientos, grandes y pequeños,
sacudían sin tregua a los partidos de masas, poniendo
los efectivos de los mismos en consonancia con su política
y no con su etiqueta.
Una notable imagen del qui pro quo existente entre los conciliadores
y las masas es la que nos ofrece el juramento que a principios
de julio prestaron, de hinojos y descubiertos, 2.000 mineros
del Donetz, en presencia de una multitud de 50.000 personas
y con la participación de la misma. "Juramos ante
nuestros hijos, ante Dios, el cielo, la tierra y todo lo que
hay de sagrado para nosotros en este mundo, que jamás
cederemos la libertad conquistada con sangre el día
28 de febrero de 1917; como creemos en los socialrevolucionarios
y en los mencheviques, juramos no dar nunca oídos a
los leninistas, porque los bolcheviques-leninistas llevan
a Rusia a la ruina con su agitación, mientras que los
socialrevolucionarios y los mencheviques dicen al unísono:
la tierra para el pueblo, la tierra sin indemnización;
después de la guerra, el régimen socialista...
Juramos seguir luchando al lado de estos partidos sin detenernos
ni ante la muerte. El juramento de los mineros, dirigido contra
los bolcheviques, les llevaba directamente, en realidad, a
la revolución bolchevista. La envoltura de Febrero
y el núcleo de Octubre aparecen en este cuadro ingenuo
y ardiente con tanto relieve, que, a su manera, resuelven
hasta sus últimas consecuencias el problema de la revolución
permanente.
En septiembre, los mineros del Donetz, sin traicionarse a
sí mismos ni faltar a su juramento, se volvieron ya
de espaldas a los conciliadores. Lo mismo sucedió con
los elementos más atrasados de los mineros de los Urales.
El miembro del Comité ejecutivo, Ochejov, que pertenecía
al partido socialrevolucionario y era representante de los
Urales, visitó a principios de agosto la fábrica
de Ijevsk, en la que había trabajado en otro tiempo.
"Me llenaban de asombro -dice en su informe, que respira
amargura- los bruscos cambios que se habían producido
en mi ausencia: aquella organización del partido de
los socialistas revolucionarios que, tanto por sus efectivos
(8.000 miembros) como por su actuación, era conocida
de toda la región de los Urales.... se hallaba en descomposición
y reducida a 500 miembros, gracias a la obra de irresponsables
agitadores."
El informe de Ochejov no tenía nada de inesperado para
el Comité ejecutivo: otro tanto se observaba en Petrogrado.
Si después de las represiones de julio levantaron momentáneamente
la cabeza los socialrevolucionarios en las fábricas,
e incluso ampliaron su influencia en algunos sitios, su retroceso,
ahora aún era más irresistible. "Verdad
es que entonces triunfaba el gobierno de Kerenski -escribía
posteriormente el socialrevolucionario Zenzinov-, que las
manifestaciones bolchevistas habían sido disueltas
y los caudillos bolcheviques estaban en la cárcel;
pero se trataba de una victoria a lo Pirro." Nada más
exacto: lo mismo que el rey Pirro, los conciliadores habían
obtenido la victoria a costa de su ejército. "Si
antes del 3-5 de julio -dice el obrero de Petrogrado Skorinko-
los mencheviques y los socialrevolucionarios podían
presentarse en algunos sitios ante los, obreros sin temor
a ser silbados, ahora carecían ya de esa garantía."
En general, como garantía, ya no les quedaba ninguna.
No sólo perdía la influencia el partido de los
socialrevolucionarios, sino que su misma composición
social se modificaba. Los obreros revolucionarios, o bien
se habían pasado ya a los bolcheviques, o atravesaban
una crisis interna. Inversamente, los hijos de tenderos, los
kulaks y los pequeños funcionarios que durante la guerra
habían buscado refugio en las fábricas, se habían
convencido de que su puesto estaba precisamente en el partido
de los socialrevolucionarios. Pero ni aun ellos se decidían
ya en septiembre a llamarse socialrevolucionarios, por lo
menos en Petrogrado. Abandonaban el partido los obreros y
los soldados, e incluso, en algunas provincias los campesinos,
y no quedaban en él más que los funcionarios
conservadores y los sectores pequeño-burgueses.
Cuando las masas, a las que la revolución había
despertado, otorgaban su confianza a los socialrevolucionarios
y a los mencheviques, estos dos partidos no se hartaban de
ensalzar el nivel elevado de conciencia del pueblo. Cuando
esas mismas masas, después de pasar por la escuela
de los acontecimientos, se volvieron bruscamente hacia los
bolcheviques, los conciliadores atribuyeron su fracaso a la
ignorancia del pueblo. Pero las masas no creían haberse
vuelto más ignorantes; lejos de ello, les parecía
que ahora se daban perfecta cuenta de lo que antes era incomprensible
para ellas.
El partido de los socialrevolucionarios, que se iba debilitando
y desvaneciendo, se deshacía, además, por sus
costuras sociales, y sus miembros se pasaban a los campos
beligerantes En los regimientos, en las aldeas, quedaban aquellos
socialrevolucionarios que, junto con los bolcheviques, y de
ordinario bajo su dirección, se defendían contra
los golpes asestados por los socialrevolucionarios gubernamentales.
La exacerbación de la lucha de los flancos provocó
la aparición de un grupo intermedio. Este grupo, dirigido
por Chernov, que intentó salvar la unidad entre los
perseguidores y los perseguidos, se embrollaba, caía
en contradicciones insolubles, a menudo grotescas, y lo que
en rigor hacía era acabar de comprometer al partido.
Para tener alguna posibilidad de hablar ante las masas, los
oradores socialrevolucionarios veíanse obligados a
presentarse como elementos "de izquierda", como
internacionalistas que nada de común tenían
con la pandilla de los "socialrevolucionarios de marzo".
Después de las jornadas de julio, los socialrevolucionarios
de izquierda adoptaron una actitud de franca oposición,
sin romper formalmente todavía con el partido, pero
aceptando, bien que con retraso, los argumentos y las consignas
de los bolcheviques. El 21 de septiembre, Trotsky, no sin
cierta segunda intención pedagógica, declaró
en la sesión del Soviet de Petrogrado que a los bolcheviques
les resultaba "cada vez más fácil llegar
a un acuerdo con los socialrevolucionarios de izquierda".
En fin de cuentas, éstos formaron un partido independiente,
para escribir una de las páginas más extravagantes
del libro de la revolución. Era el último destello
del radicalismo intelectual, y pocos meses después
de octubre no quedaba de él más que un pequeño
montón de cenizas.
Igualmente honda fue la diferenciación que se produjo
entre los mencheviques. Su organización de Petrogrado
se hallaba en marcadísima oposición respecto
del Comité central. El núcleo fundamental, dirigido
por Tsereteli, falto de las reservas campesinas que tenían
los socialrevolucionarios, fue derritiéndose más
rápidamente aún que estos últimos. Los
grupos socialdemócratas intermedios, que no pertenecían
a los dos campos principales, seguían haciendo tentativas
para unir a los bolcheviques con los mencheviques: aún
sobrevivían en ellos las ilusiones de marzo, de aquella
época en que el mismo Stalin consideraba deseable la
unidad con Tsereteli y confiaba en que "en el interior
del Partido se pueden liquidar las pequeñas divergencias."
A últimos de agosto se llevó a cabo la unión
de los mencheviques con los propios unificadores. En el Congreso
de unidad ejerció considerable predominio el ala derecha,
y la resolución de Tsereteli en favor de la guerra
y de la coalición con la burguesía obtuvo 117
votos contra 79. La victoria de Tsereteli dentro del partido
precipitó la derrota de este último entre la
clase obrera. La organización de obreros mencheviques
de Petrogrado, muy poco numerosa, siguió a Mártov,
empujándole hacia adelante, irritándose ante
su indecisión, y preparándose para pasarse a
los bolcheviques. A mediados de septiembre, la organización
de la isla de Vasiliev ingresó casi íntegramente
en el partido bolchevique. Esto aceleró la fermentación
en otras barriadas y en provincias. En las reuniones comunes,
los jefes de las distintas tendencias del menchevismo se acusaban
mutuamente, con furor, del desmoronamiento del partido. El
periódico de Gorki, que pertenecía al ala izquierda
de los mencheviques, comunicaba a finales de septiembre que
la organización del partido en Petrogrado, organización
que todavía recientemente contaba con cerca de 10.000
miembros, "ha dejado de existir de hecho... La última
conferencia local no pudo celebrarse por el escaso número
de concurrentes."
Plejánov atacaba a los mencheviques desde la derecha:
"Tsereteli y sus amigos, sin quererlo ni darse cuenta
de ello, le han allanado el camino a Lenin." El estado
de ánimo político del propio Tsereteli en los
días de septiembre ha quedado registrado con elocuencia
en las Memorias del kadete Nabokov: "El rasgo más
característico de su estado de ánimo de entonces
era el miedo ante la creciente fuerza del bolchevismo. Recuerdo
que, en una conversación conmigo, hablaba de la posibilidad
de que los bolcheviques asumieran el poder. "Naturalmente
-decía-, no se sostendrán arriba de dos o tres
semanas; pero imagínese usted los destrozos que causarán...
Eso hay que evitarlo a toda costa." En su voz resonaba
un terror pánico que no tenía nada de fingido..."
En vísperas de octubre, Tsereteli se hallaba en el
mismo estado de ánimo que Nabokov le había conocido
ya muy bien en los días de Febrero.
La palestra en que los bolcheviques actuaban al lado de los
socialrevolucionarios y de los mencheviques, aunque en lucha
constante con ellos, eran los soviets. Las modificaciones
experimentadas por la fuerza relativa de los partidos soviéticos
hallaban su expresión -claro está que no inmediatamente,
sino con los retrasos inevitables y con artificiosas dilaciones-
en la composición de los Soviets y en su función
social.
En Ivanovo-Vosnesensk, en Lugansk, en Tsaritsin, en Jerson,
en Tomsk, en Vladivostok, con anterioridad a los días
de julio, muchos soviets eran ya órganos del poder,
si no formalmente, sí de un modo efectivo, si no constantemente,
sí de un modo episódico. El Soviet de Krasnoyarsk
instituyó por iniciativa propia el sistema de cartas
para los productos. El Soviet conciliador de Saratov se había
visto obligado a intervenir en conflictos económicos,
a recurrir a la detención de los patronos, a confiscar
los tranvías a los belgas, a instaurar el control obrero
y a organizar la producción en las fábricas
abandonadas. En los Urales, donde el bolchevismo gozaba desde
1905 de una influencia política predominante, los soviets
juzgaban a menudo a los ciudadanos y ejecutaban las sentencias,
creaban su milicia en algunas fábricas, pagándola
con los recursos de la caja de las mismas, organizaban el
control obrero, que procuraba materias primas y combustibles
a las fábricas, se preocupaban de colocar los artículos
fabricados y fijaba las tarifas. En algunos distritos de los
Urales, los soviets quitaron las tierras a los propietarios
y las hicieron laborar colectivamente. En las minas de Simsk,
los soviets organizaron una administración regional
que subordinó así toda la administración,
la caja, la contabilidad y la admisión de pedidos.
Con este acto se realizó el primer ensayo de nacionalización
en aquella región minera. "Ya en julio -dice B.
Eltsin, del cual tomamos estos datos- las fábricas
de los Urales no sólo estaban en manos de los bolcheviques,
sino que éstos daban lecciones prácticas de
cómo había que resolver los problemas políticos,
agrarios y económicos." Estas lecciones eran primitivas,
no constituían un sistema, no estaban informadas por
una teoría, pero señalaban ya en gran parte
el camino que debía seguirse.
El cambio operado en julio había tenido consecuencias
mucho más directas para los soviets que para el partido
o para los sindicatos, pues en la lucha de aquellos días
se hallaba principalmente en juego la vida o la muerte de
los mismos soviets. El partido y los sindicatos conservan
su importancia tanto en los períodos "tranquilos"
como en los de reacción feroz; varían los fines
inmediatos y los métodos, pero no las funciones fundamentales.
Los soviets pueden únicamente sostenerse a base de
una situación revolucionaria, y con ella desaparecen.
Los soviets que agrupan a la mayoría de la clase obrera
plantean a ésta una misión que se eleva por
encima de todas las necesidades particulares de grupo y corporativas,
sobre el programa de reformas y mejoras; en una palabra, el
problema de la conquista del poder. Sin embargo, la consigna
"todo el poder a los soviets" parecía haber
sido derrotada, junto con la manifestación de los obreros
y soldados en julio. La derrota debilitó a los bolcheviques
en los soviets, pero aún debilitó más
a estos últimos en el Estado. El "gobierno de
salvación" significaba la resurrección
de la independencia de la burocracia. La renuncia de los soviets
al poder significaba su humillación ante los comisarios,
su debilitamiento, su agotamiento.
El decrecer de la importancia del Comité ejecutivo
central halló elocuente expresión externa: el
gobierno propuso a los conciliadores que desalojaran el palacio
de Táurida, por tener que procederse en el mismo a
ciertas reparaciones exigidas por las necesidades de la Asamblea
constituyente. En la segunda quincena de julio se destinó
a los soviets el edificio del Instituto de Smolni, donde se
habían educado hasta entonces las jóvenes de
la nobleza. La prensa burguesa hablaba ahora de esta entrega
a los soviets de la mansión de las "blancas palomas",
casi en el mismo tono en que antes hablaba de la ocupación
del palacio de la Kchesinskaya por los bolcheviques. Las diferentes
organizaciones revolucionarias, entre las que se hallaban
los sindicatos, que ocupaban edificios requisados, fueron
objeto simultáneamente de un ataque en el mismo sentido.
Se trataba, ni más ni menos, que de desalojar a la
revolución obrera de los locales, demasiado espaciosos,
de que había despojado a la burguesía. La indignación,
a decir verdad, un tanto retrasada, de la prensa kadete, con
motivo de las intromisiones vandálicas del pueblo en
el derecho de la propiedad privada y estatal, no tenía
límites. Pero a finales de julio se descubrió,
gracias a los obreros impresores, un hecho inesperado: los
partidos que se agrupaban en torno al famoso Comité
de la Duma se habían apoderado hacía va tiempo,
para sus necesidades, de la magnífica imprenta del
Estado, de su servicio de expedición y de sus derechos
de franqueo de publicaciones. Los folletos de agitación
del partido eran impresos y remitidos gratuitamente por todo
el país a toneladas. El Comité ejecutivo, obligado
a comprobar el fundamento de la acusación, se vio forzado
a confirmarla. Fuerza es decir que el partido kadete halló
en esto un nuevo motivo de indignación: ¿acaso
podía ser considerada del mismo modo la ocupación
de los edificios del Estado con fines destructivos y la utilización
de los mismos para defender los valores supremos? En una palabra,
si esos señores robaban un poco al Estado, era en interés
de este último. Pero este argumento no convencía
a todo el mundo. Los obreros de la construcción se
empeñaban en considerarse con más derecho a
tener un local para su sindicato que los kadetes a detentar
la imprenta del Estado. Las divergencias no eran accidentales,
sino que conducían a la segunda revolución.
De todas maneras, a los kadetes no les quedó más
remedio que morderse un poco la lengua.
Uno de los instructores del Comité ejecutivo, que recorrió
en la segunda quincena de agosto los soviets del sur de Rusia,
donde los bolcheviques eran mucho más débiles
que en el norte, daba cuenta en los siguientes términos
de sus observaciones nada consoladoras: "La opinión
política se modifica de un modo visible... Entre las
masas progresa el espíritu revolucionario producido
por el cambio de política del gobierno provisional...
Adviértanse en ellas el cansancio e indiferencia hacia
la revolución. Se observa mucho menos entusiasmo respecto
de los soviets... Las funciones de estos últimos van
reduciéndose..." Las masas, evidentemente, estaban
hartas de las vacilaciones de los mediadores democráticos.
Pero si su entusiasmo se había enfriado, no era respecto
de la revolución ciertamente, sino de los socialrevolucionarios
y mencheviques. La situación se hacía particularmente
insoportable en aquellos sitios en que el poder, a despecho
de todos los programas, se concentraba en manos de los soviets
conciliadores: atados por la definitiva capitulación
del Comité ejecutivo ante la burocracia, no se atrevían
ya a usar de su poder, y no hacían más que comprometerse
a los ojos de las masas. Además, buena parte de la
labor cotidiana de los soviets pasaba a los municipios democráticos,
y una parte aún mayor a los sindicatos y a los Comités
de fábrica. Cada vez parecía menos claro si
podrían sostenerse los soviets y cuál era el
destino que el día de mañana les tenía
reservado.
En los primeros meses de su existencia, los soviets, que se
habían adelantado con mucho a las demás organizaciones,
habían asumido la misión de constituir sindicatos,
Comités de fábrica y clubes, y de dirigir la
actuación de los mismos. Pero las organizaciones obreras,
a medida que iban adquiriendo vida propia, pasaban a estar,
cada vez en mayor grado, bajo la dirección de los bolcheviques.
"Los comités de fábrica... -escribía
Trotsky en agosto- no se crean en los mítines volantes...
La masa elige para esos comités a aquellos elementos
que en la vida cotidiana de la fábrica han demostrado
su firmeza, su actividad y su adhesión abnegada, puestas
al servicio de los intereses de los obreros. De ahí
que la inmensa mayoría de esos comités de fábrica
estén compuestos por bolcheviques." Ni siquiera
cabía ya pensar en que los soviets conciliadores ejerciesen
una tutela sobre los Comités de fábrica y los
sindicatos; precisamente en este terreno se abría,
por el contrario, un campo de encarnizada lucha. En todas
las cuestiones que más vivamente interesaban a las
masas, los soviets se mostraban cada vez menos capaces de
oponerse a los sindicatos y a los Comités de fábrica.
Así, los sindicatos de Moscú fueron a la huelga
general, en contra de la decisión del Soviet. Todos
los días, bien que en forma menos destacada, se producían
conflictos análogos y no eran, de ordinario, los soviets
quienes salían victoriosos de la contienda.
Metidos en el atolladero por su propia política, los
conciliadores se vieron obligados a "imaginar" funciones
auxiliares para los soviets, a orientarles en el sentido de
la labor cultural, apartándolos, en el fondo, de sus
fines privativos. Esos esfuerzos resultaron vanos: los soviets
habían sido creados con miras a la lucha por el poder:
para fines que no fueran éstos, existían otras
organizaciones más adecuadas. "Toda labor que
se deslizaba por el cauce menchevista socialrevolucionario
-dice el bolchevique de Saratov, Antónov-, perdía
todo sentido... En las reuniones del Comité ejecutivo,
el aburrimiento nos hacía bostezar indecorosamente:
la chirlata socialrevolucionario-menchevista era mezquina
y vacua." Esos soviets en decadencia eran los menos apropiados
para servir de punto de apoyo a su centro petrogradés.
La correspondencia entre Smolni y las provincias decaía;
no había de qué escribir ni nada que proponer;
ya no quedaban perspectivas ni funciones. El divorcio de las
masas tomaba una forma extremadamente sensible de crisis financiera.
Los soviets conciliadores de provincias se quedaban sin recursos
y no podían prestar apoyo al Estado Mayor, que tenían
en Solni; los soviets de izquierda se negaban a auxiliar económicamente
a aquel Comité ejecutivo, que se había mancillado
con cooperar a la labor contrarrevolucionaria.
El proceso de decadencia de los soviets se cruzaba, sin embargo
con procesos de otro orden, completamente opuestos en parte.
Despertaban las regiones lejanas, los distritos atrasados
y los pueblos más recónditos, y organizaban
sus soviets, que en el primer momento daban muestras de una
lozanía revolucionaria indudable, hasta que caían
bajo la desmoralizadora influencia del centro o víctimas
de la represión gubernamental. El número de
soviets crecía rápidamente. A finales de agosto,
las oficinas del Comité ejecutivo tenían registrados
hasta 600, con 23.000.000 de electores. El sistema soviético
oficial se elevaba por encima del océano humano que
se agitaba furiosamente y lanzaba sus olas hacia la izquierda.
La resurrección política de los soviets, que
coincidió con su bolchevización, empezó
desde abajo. En Petrogrado fueron las barriadas obreras las
primeras que alzaron la voz. El 21 de julio, la delegación
de una asamblea de soviets de barriada presentó una
serie de demandas al Comité ejecutivo: disolver la
Duma, confirmar mediante un decreto del gobierno la inviolabilidad
de las organizaciones del ejército, reautorizar la
publicación de la prensa de izquierda, poner fin al
desarme de los obreros y a las detenciones en masa, tomar
medidas contra la prensa de derechas, suspender la disolución
de los regimientos y abolir la pena de muerte en el frente.
El tono de las reivindicaciones políticas es evidentemente
más bajo que el de las de la manifestación de
julio; pero esto no era más que el primer paso de un
convaleciente. Las barriadas, al mismo tiempo que limitaban
sus consignas, tendían a ampliar la base. Los dirigentes
del Comité ejecutivo hicieron constar diplomáticamente
su satisfacción por la "sensibilidad" demostrada
por los soviets de barriada, pero se limitaron a decir que
todas las desdichas provenían de la insurrección
de julio. Los dos bandos se separaron cortésmente,
pero con frialdad.
Se inicia una campaña imponente en favor del programa
de los soviets de barriada. Las Izvestia publican todos los
días resoluciones de los soviets, de los sindicatos,
de las fábricas, de los buques de guerra y de los regimientos,
exigiendo la disolución de la Duma, el fin de las represiones
contra los bolcheviques y de toda indulgencia para la contrarrevolución.
En ese fondo general se alzan voces más radicales.
El 22 de julio, el Soviet de la provincia de Moscú,
adelantándose considerablemente al de la misma capital,
adoptó una resolución en favor del traspaso
del poder a los soviets. El 26 de julio, el Soviet de Ivanovo-Vosnesensk
"condena al desprecio" los medios empleados en la
lucha contra el partido de los bolcheviques y envía
un saludo a Lenin "el glorioso jefe del proletariado
revolucionario".
Las elecciones celebradas en muchos puntos del país
a finales de julio y en la primera quincena de agosto determinaron,
en general, el robustecimiento de las fracciones bolchevistas
en los soviets. En Cronstadt, en el Cronstadt famoso en toda
Rusia, que la reacción pretendía haber aplastado,
el nuevo Soviet estaba compuesto de cien bolcheviques, setenta
y cinco socialrevolucionarios de izquierda, doce mencheviques-internacionalistas,
siete anarquistas y más de noventa sin partido, ni
uno solo de los cuales se decidía a confesar abiertamente
sus simpatías por los conciliadores. En el Congreso
regional de los soviets de los Urales, que se abrió
el 18 de agosto, el número de delegados bolcheviques
era de 87; el de socialrevolucionarios de 40; el de mencheviques,
de 23. Tsaritsin -donde no sólo el Soviet había
pasado a ser bolchevista, sino que habían elegido para
alcalde al caudillo de los bolcheviques locales, Min- es blanco
de un odio particular por parte de la prensa burguesa. Kerenski,
sin ningún motivo serio, mandó una expedición
de castigo contra Tsaritsin -que era un orzuelo en el ojo
del atamán del Don, Kaledin-, con el solo fin de destruir
aquel nido revolucionario. En Petrogrado, en Moscú,
en todas las regiones industriales, se alza un número
cada vez mayor de brazos en favor de las resoluciones bolchevistas.
Los acontecimientos de finales de agosto pusieron a prueba
a los soviets. Bajo el peligro que les amenazaba, la labor
de reagrupación interna se llevó a cabo en todas
partes con extraordinaria celeridad y con roces relativamente
pequeños. En provincias, lo mismo que en Petrogrado,
ocuparon el proscenio los bolcheviques, los hijastros del
sistema soviético oficial. Pero hasta en los partidos
conciliadores, los socialistas "de marzo", los políticos
de las salas de espera ministeriales y de las oficinas, se
vieron postergados de momento por elementos más combativos,
templados en la clandestinidad. La nueva reagrupación
de fuerzas requería una nueva forma de organización.
En ninguna parte se concentró en manos de los Comités
ejecutivos la dirección de la defensa revolucionaria;
los Comités, en la forma en que les sorprendió
la sublevación, resultaban poco adecuados para las
acciones de combate. Por todas partes se crearon Comités
de defensa, Comités revolucionarios, Estados Mayores
especiales, organismos que se apoyaban en los soviets o eran
responsables ante los mismos, pero que representaban una nueva
selección de elementos y nuevos métodos de acción
en armonía con el carácter revolucionario de
la misión que tenían a cargo.
El Soviet de Moscú creó, como en los días
de la Conferencia nacional, un comité de combate compuesto
de seis miembros, que tenía el derecho exclusivo de
disponer de las fuerzas armadas y de efectuar detenciones.
El Congreso regional, que inauguró sus tareas en Kiev
a finales de agosto, propuso a los soviets locales que no
se detuvieran ante la destitución de los representantes,
tanto civiles como militares, de las autoridades que no merecieran
confianza y la adopción de medidas para la detención
inmediata de los contrarrevolucionarios, y dotar de armamento
a los obreros. En Viatka, el Comité del Soviet se otorgó
atribuciones excepcionales, que llegaban hasta poner enteramente
a su disposición las fuerzas militares. En Tsaritsin,
todo el poder pasó a las manos del Estado Mayor designado
por el Soviet. En Nijni-Novgorod, el comité revolucionario
puso sus centinelas en Correos y Telégrafos. El Soviet
de Krasnoyarsk concentró en sus manos el poder civil
y militar.
Este espectáculo, con unas u otras diferencias, a veces
esenciales, se observaba en casi todas partes. Y no se trataba,
ni mucho menos, de una simple imitación de Petrogrado:
el carácter de masa de los soviets daba una lógica
extraordinaria a su evolución interna, provocando idéntica
reacción de los mismos ante los grandes acontecimientos.
Mientras que entre las dos fracciones de la coalición
se interponía el frente de la guerra civil, los soviets
agrupaban, efectivamente, en torno suyo todas las fuerzas
vivas del país. La ofensiva de los generales se estrelló
al chocar contra ese muro. No se podía pedir una lección
más elocuente. "A pesar de todos los esfuerzos
del poder, para eliminar o reducir a la impotencia a los soviets
-decía una declaración de los bolcheviques-,
éstos han puesto de manifiesto la invencibilidad...,
la fuerza, la iniciativa de las masas populares en el período
de la sofocada sublevación de Kornílov... Después
de esta nueva prueba, que nadie podrá arrancar ya de
la conciencia de los obreros, soldados y campesinos, el grito
lanzado por nuestro partido desde los comienzos mismos de
la revolución -"Todo el poder a los soviets"-
se ha convertido en la voz de todo el país revolucionario."
Las dumas municipales, que habían intentado rivalizar
con los soviets, desempeñaron en los días de
peligro un papel completamente gris. La Duma de Petrogrado
mandó humildemente una comisión al Soviet, "para
examinar la situación general y establecer contacto."
Al parecer, los soviets, elegidos por una parte de la población
urbana, debían tener menos influencia y fuerza que
las dumas, elegidas por toda la población. Pero la
dialéctica del proceso revolucionario demostró
que en determinadas circunstancias históricas, la parte
es incomparablemente mayor que el todo. En la Duma, lo mismo
que en el gobierno, los conciliadores formaban bloque con
los kadetes contra los bolcheviques, y este bloque paralizaba
a la Duma lo mismo que al gobierno. Por el contrario, el Soviet
aparecía como la forma natural de colaboración
defensiva de los conciliadores y de los bolcheviques contra
la ofensiva de la burguesía.
A raíz de las jornadas de Kornílov, se abrió
un nuevo capítulo para los soviets. Los conciliadores
conservaban aún no pocos puestos, sobre todo en la
guarnición; pero el Soviet de Petrogrado manifestó
tal firmeza bolchevista, que asombró a los dos campos,
tanto al de la derecha como al de la izquierda. En la noche
del primero de septiembre, el Soviet, presidido por Cheidse,
votó en favor de la entrega del poder a los obreros
y campesinos. Los miembros de fila de las fracciones conciliadoras
apoyaron casi unánimemente la resolución de
los bolcheviques. La proposición opuesta, presentada
por Tsereteli, no obtuvo arriba de una quincena de votos.
La Mesa conciliadora no daba crédito a sus ojos. La
derecha exigió votación nominal, que duró
hasta las tres de la madrugada. Muchos de los delegados se
marcharon para no votar francamente contra los partidos a
que pertenecían. Y así y todo, a pesar de todas
las formas de presión empleadas, la resolución
de los bolcheviques obtuvo, en la votación definitiva,
279 votos contra 105. Era un hecho de gran importancia, que
señalaba el principio del fin. La Mesa, aturdida, anunció
que presentaba la dimisión.
El 2 de septiembre, en la reunión común de los
órganos soviéticos rusos en Finlandia, fue adoptada
una resolución en favor de la entrega del poder a los
soviets, por 700 votos contra 13 y 36 abstenciones. El día
5, el Soviet de Moscú siguió el mismo camino
que el de Petrogrado: por 355 votos contra 254 no sólo
expresó su desconfianza al gobierno provisional como
instrumento de la contrarrevolución, sino que condenó
la política de coalición del Comité ejecutivo.
La Mesa, presidida por Jinchuk, anunció su dimisión.
El Congreso de los soviets de la Siberia central, que inauguró
en Krasnoyarsk sus tareas el 5 de septiembre, transcurrió
enteramente bajo la enseña del bolchevismo. El 8 fue
adoptada, por 130 votos contra 66, en el Soviet de diputados
obreros de Kiev, la resolución de los bolcheviques,
a pesar de que la fracción bolchevista oficial contaba
sólo con 95 miembros. En el Congreso de los soviets
de Finlandia, que se abrió el día 10, 150.000
marinos, soldados y obreros rusos estaban representados por
79 bolcheviques. El Soviet de diputados campesinos de la provincia
de Petrogrado eligió corno delegado para la Conferencia
democrática al bolchevique Sergueiev. Una vez más
se puso de manifiesto que cuando el partido consigue ponerse
en contacto directamente con el campo, a través de
los obreros o de los soldados, los campesinos forman de buen
grado bajo su bandera.
El predominio del Partido bolchevique en el Soviet de Petrogrado
se consolidó dramáticamente en la histórica
sesión del 9 de septiembre. Todas las fracciones invitaban
insistentemente a sus miembros a asistir a dicha sesión,
diciéndoles: "Está en juego el porvenir
entero del Soviet." Reuniéronse cerca de mil diputados
obreros y soldados. La cuestión estaba planteada en
estos términos: "La votación del 1 de septiembre,
¿había sido un simple episodio, originado por
la composición accidental de la Asamblea, o significaba
un cambio completo de la política del Soviet?"
Temiendo no obtener mayoría contra la Mesa, de la que
formaban parte todos los caudillos conciliadores: Cheidse,
Tsereteli, Chernov, Gotz, Dan, Skobelev, la fracción
bolchevista propuso elegir una Mesa sobre la base proporcional.
Esta proposición, que venía a atenuar en cierto
modo la acuidad del choque de principios y que precisamente
por este motivo fue severamente condenada por Lenin, tenía
la ventaja de asegurar el apoyo de los elementos vacilantes.
Pero Tsereteli rechazó el compromiso. La Mesa quería
saber si el Soviet había cambiado efectivamente de
orientación: "No es posible practicar la táctica
de los bolcheviques." El proyecto de resolución
propuesto por la derecha decía que la votación
del 1 de septiembre no correspondía a la orientación
política del Soviet, el cual seguía teniendo
confianza en su Mesa. A los bolcheviques no les quedaba más
recurso que aceptar el reto, y así lo hicieron sin
vacilar. Trotsky, que aparecía por primera vez en el
Soviet después de su liberación de la cárcel
y que fue acogido calurosamente por una considerable parte
de la Asamblea (los dos bandos pesaron mentalmente los aplausos:
¿Mayoría o minoría?), pidió antes
de la votación una aclaración: ¿Sigue
formando parte de la Mesa Kerenski? La Mesa, suficientemente
agobiada ya de pecados, al dar una respuesta afirmativa, tras
un minuto de vacilación, se ató ella misma una
pesada cadena a los pies. Era lo único que necesitaba
el adversario. "Teníamos el profundo convencimiento
-declaró Trotsky- de que Kerenski no podía formar
parte de la Mesa. Estábamos en un error. Ahora, entre
Dan y Cheidse, está sentado el espectro de Kerenski...
Cuando se os proponga aprobar la orientación política
de la Mesa, no olvidéis que con ello se os propone
que aprobéis la política de Kerenski."
La sesión transcurrió en medio de una tensión
extrema. Lo único que mantenía el orden era
el deseo que animaba a todos y a cada uno de no llevar las
cosas hasta la explosión. Todos querían llevar
a cabo, cuanto antes, un recuento de los amigos y de los adversarios.
Todos se daban cuenta de que iba a resolverse la cuestión
del poder, de la guerra, la suerte de la revolución.
Decidióse votar saliendo por la puerta. Se propuso
que salieran los que aceptaran la dimisión de la Mesa:
a la minoría le sería más fácil
salir que a la mayoría. En toda la sala se produjo
una apasionada agitación, pero a media voz. ¿La
antigua Mesa o la nueva? ¿La coalición o el
régimen soviético? Se dirigió a la puerta
mucha gente, más de la que debía salir, a juicio
de la Mesa. Los jefes bolcheviques consideraban, por su parte,
que iba a faltarles cerca de un centenar de votos para obtener
la mayoría. "Y aun así será un resultado
magnífico", se decían, para consolarse
por anticipado. Los obreros y los soldados van dirigiéndose
uno tras otro a la puerta. Un rumor contenido de voces; breves
estallidos de altercados; se alza una voz: "¡Kornilovianos!"
"¡Héroes de julio!" La votación
dura cerca de una hora. Nuestras invisibles balanzas oscilan.
La Mesa, con una emoción apenas contenida, sigue en
el estrado. Por fin se han contado los votos y se anuncia
el resultado: en favor de la Mesa y de la coalición,
¡414 votos!, contra ¡519! ¡Se han abstenido
67! La nueva mayoría aplaude con entusiasmo, turbulenta,
furiosamente. Tiene derecho a ello: se ha pagado la victoria
a un precio elevado. Buena parte del camino queda a la espalda.
Los jefes depuestos, que aún no se han rehecho del
golpe, bajan del estrado, afligidos. Tsereteli no puede abstenerse
de hacer una profecía amenazadora: "Nos retiramos
de esta tribuna -grita, volviendo la cabeza al retirarse-
convencidos de que durante medio año hemos mantenido
en alto y con dignidad la bandera de la revolución.
Ahora, esa bandera ha pasado a vuestras manos. ¡Lo único
que podemos hacer es expresar el deseo de que la mantengáis
en ellas, aunque no sea mas que la mitad de ese tiempo!"
Tsereteli se equivocó cruelmente, con respecto a los
plazos, como, por otra parte, respecto de todo lo demás.
El Soviet de Petrogrado, que había sido el padre de
todos los demás, estaba ahora dirigido por los bolcheviques,
esos bolcheviques que aún ayer no eran más que
un "insignificante puñado de demagogos".
Trotsky recordó desde la mesa que no había levantado
aún la acusación lanzada contra los bolcheviques,
de que estaban al servicio del Estado Mayor alemán.
"Que los Miliukov y los Guchkov nos cuenten su vida,
día por día. No lo harán, pero nosotros
estamos dispuestos a dar cuenta de nuestros actos; nada tenemos
que ocultar al pueblo ruso..." El Soviet de Petrogrado,
en una resolución especial, "condenó al
desprecio a los autores, propagadores y cómplices de
la calumnia".
Los bolcheviques tomaron posesión de la herencia. Esta
resultó grandiosa y extraordinariamente mezquina, a
un mismo tiempo. El Comité ejecutivo central había
privado oportunamente al Soviet de Petrogrado de los dos periódicos
creados por él, así como de todas las secciones
administrativas, de todos los recursos técnicos y monetarios,
de las máquinas de escribir, de los tinteros inclusive.
Los numerosos automóviles puestos al servicio del Soviet,
desde los días de febrero, habían sido puestos,
todos ellos, a la absoluta disposición del Olimpo conciliador.
Los nuevos directivos no tenían ni caja, ni periódicos,
ni aparato burocrático, ni medios de transporte, ni
plumas, ni lápices. No tenían nada, como no
fueran las paredes desnudas y la ardiente confianza de los
obreros y soldados. Con eso hubo más que suficiente.
Después del profundo cambio producido en la política
del Soviet, las filas de los conciliadores se disolvieron
más rápidamente aún. El 11 de septiembre,
cuando Dan defendió la coalición y Trotsky habló
en favor del paso del poder a los soviets, la coalición
fue rechazada por totalidad de votos contra diez y siete abstenciones.
Aquel mismo día, el Soviet de Moscú condenaba
unánimemente las represiones contra los bolcheviques.
Los conciliadores se vieron bien pronto relegados a un estrecho
sector de la derecha, análogo al que en la izquierda
ocupaban los bolcheviques en los comienzos de la revolución.
Pero ¡qué diferencia! Los bolcheviques habían
sido siempre más fuertes entre las masas que en los
soviets. Por el contrario, los conciliadores seguían
conservando todavía en los soviets mayor lugar que
entre las masas. Los bolcheviques, en la época de su
mayor debilidad, tenían un porvenir. A los conciliadores
no les quedaba más que el pasado, del que no tenían
motivos como para enorgullecerse.
Al mismo tiempo que imprimía un cambio de frente a
su política, el Soviet de Petrogrado modificó
su aspecto exterior. Los jefes conciliadores desaparecieron
por completo del horizonte, atrincherándose en el Comité
ejecutivo; en el Soviet fueron sustituidos por estrellas de
segunda y tercera magnitud. Lo mismo que Tsereteli, Chernov,
Avkséntiev, Skobelev, y a la par que ellos, no volvieron
a dejarse ver amigos y admiradores de los ministros democráticos,
los oficiales radicales y las damas, los escritores semisocialistas
y la gente ilustrada y de nota. El Soviet se convirtió
en algo más homogéneo, más gris, más
sombrío, más serio.
* Cosaco
= kazak, en ruso, empieza también por k. [NDT.]
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