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Fiel a
su tradición de no resistir a ningún empuje
serio, el gobierno provisional, corno ya hemos visto, se desmoronó
en la noche del 26 de agosto. Salieron de él los kadetes
para facilitar la labor de Kornílov. Salieron los socialistas
para facilitar la labor de Kerenski. Apuntó una nueva
crisis de poder. Se planteó, ante todo, el problema
del propio Kerenski: el jefe del gobierno resultaba ser uno
de los cómplices del complot. La indignación
contra él era tan grande, que los jefes conciliadores,
al mentar su nombre, recurrían al vocabulario bolchevista.
Chernov, que acababa de saltar del tren ministerial a toda
marcha, hablaba en el órgano central de su partido,
de la "confusión existente, gracias a la cual
es difícil comprender dónde acaba Kornílov
y empiezan Filonenko y Savinkov, dónde acaba Savinkov
y empieza el gobierno provisional como tal". La alusión
era suficientemente clara: el "gobierno provisional,
como tal", no era otra cosa que Kerenski, que pertenecía
al mismo partido que Chernov.
Pero los conciliadores, después de desahogarse con
unas cuantas expresiones fuertes, resolvieron que no podían
pasarse sin Kerenski. Si se oponían a que éste
amnistiara a Kornílov, apresurábanse, por su
parte, a amnistiar a Kerenski. Este, en compensación,
accedió a hacer concesiones por lo que se refería
a la forma de gobierno de Rusia. Todavía la víspera
se estimaba que sólo la asamblea constituyente podía
resolver esta cuestión. Ahora se daba por completo
de lado a los obstáculos jurídicos. En la declaración
del gobierno, se explicaba la destitución de Kornílov
por la necesidad de "salvar a la patria, la libertad
y el régimen republicano". La concesión
puramente verbal y, además, rezagada, que se hacía
a la izquierda, no reforzaba en lo más mínimo,
ni que decir tiene, la autoridad del poder, tanto más,
cuanto que el propio Kornílov se declaraba también
republicano.
El 30 de agosto, Kerenski se vio obligado a despedir a Savinkov,
que, pocos días más tarde, fue incluso expulsado
del partido de los socialrevolucionarios, que por tanto todo
pasaba. Mas para el cargo de general gobernador, se nombró
a Palchinski, hombre que allá se iba políticamente
con Savinkov y que empezó por suspender el dinero de
los bolcheviques. Los Comités ejecutivos protestaron.
Las Izvestia calificaron al acto de "provocación
grosera". Hubo que retirar a Palchinski a los tres días.
El hecho de que ya el día 31 formase Kerenski un nuevo
gobierno, con intervención de los kadetes en el mismo,
demuestra cuán poco dispuesto estaba a cambiar el curso
de su política. Ni los mismos socialrevolucionarios
pudieron seguirle por ese camino y amenazaron con retira a
sus representantes. Tsereteli encontró una nueva receta
para el poder: "Conservar la idea de la coalición
y barrer todos los elementos que representen una carga pesada
para el gobierno." La idea de la coalición se
ha reforzado -hacía coro Skobelev-, pero en el gobierno
no puede haber sitio para el partido que estaba ligado al
complot de Kornílov. Kerenski no estaba de acuerdo
con esta limitación, y no le faltaba razón a
su modo.
La coalición con la burguesía, aunque era con
exclusión del partido burgués dirigente, era
a todas luces absurda. Así lo indicó Kámenev,
que en la sesión de ambos Comités ejecutivos,
con el tono de exhortación que le era peculiar, sacó
las conclusiones de los acontecimientos recientes. "Queréis
impulsarnos a un camino aún más peligroso, de
coalición con grupos irresponsables. Pero os habéis
olvidado de la coalición formada y consolidada por
los graves acontecimientos de estos últimos días,
de la coalición entre el proletariado revolucionario,
los campesinos y el ejercito revolucionario." El orador
bolchevista recordó las palabras pronunciadas por Trotsky
el 26 de mayo, al defender a los marinos de Cronstadt contra
las acusaciones de Tsereteli: "Cuando un general revolucionario
intente echarle la soga al cuello a la revolución,
los kadetes prepararán la cuerda, al paso que los marinos
de Cronstadt lucharán y morirán al lado nuestro."
La alusión no podía ser más certera.
A las declamatorias parrafadas a cuenta de la "unidad
de la democracia" y de la "coalición honrada",
respondió Kámenev: "La unidad de la democracia
depende de que os coaliguéis o no con la barriada de
Viborg. Cualquier otra coalición es vergonzosa."
El discurso de Kámenev produjo palmaria impresión,
que Sujánov registra con las siguientes palabras: "Kámenev
ha hablado de un modo muy inteligente y con gran tacto."
Pero las cosas no pasaron de la impresión. El camino
de los dos bandos estaba determinado de antemano.
La ruptura d los conciliadores con los kadetes tuvo desde
un principio, en el fondo, carácter puramente demostrativo.
Los mismos kornilovianos liberales comprendían que
les convenía más permanecer en la sombra en
los días que se avecinaban. Decidióse entre
bastidores -de acuerdo, evidentemente, con los kadetes- formar
un gobierno que se elevase hasta tal punto por encima de todas
las fuerzas reales del país, que su carácter
provisional no suscitara las dudas de nadie. El Directorio,
integrado por cinco miembros, comprendía, además
de Kerenski, al ministro de Estado Terechenko, que ya había
llegado a ser insustituible gracias a sus relaciones con la
diplomacia de la Entente: Verjovski, jefe de la región
incitar de Moscú, y que con este fin había sido
ascendido rápidamente de coronel a general; el almirante
Verderevski, que con idéntica mira había sido
puesto presurosamente en libertad, y, por último, el
menchevique dudoso Nikitin, al que no tardó en reconocer
su partido como suficientemente maduro para ser expulsado
de sus filas.
Kerenski, después de haber vencido a Kornílov
por medio de otros, no se preocupaba, al parecer, de otra
cosa que de llevar a la práctica el programa del general.
Kornílov quería reunir las atribuciones de generalísimo
en jefe y las de jefe del gobierno. Kerenski llevó
a la práctica este propósito. Proponíase
Kornílov enmascarar la dictadura personal con un Directorio
de cinco miembros. Kerenski realizó este propósito.
La burguesía exigía la dimisión de Chernov.
Kerenski lo expulsó del palacio de Invierno. Al general
Alexéiev, héroe del partido kadete y candidato
del mismo a la presidencia del gobierno, lo nombró
jefe del Estado Mayor del Cuartel general; es decir, jefe
efectivo del ejército. En la orden del día dirigida
al ejército y la flota, Kerenski exigía que
se pusiera término a la lucha política entre
las tropas; es decir, el restablecimiento del punto de partida.
Desde la clandestinidad, Lenin caracterizaba con su extraordinaria
sencillez la situación dominante en las alturas: "Kerenski
es un korniloviano que ha reñido con Kornílov
accidentalmente y que sigue sosteniendo una alianza íntima
con los demás kornilovianos." Lo malo era que
la victoria sobre la contrarrevolución había
sido más profunda de lo que convenía a los planes
personales de Kerenski.
El directorio se apresuró a sacar de la cárcel
al ex ministro de la Guerra, Guchkov, considerado como uno
de los inspiradores del complot. En general, la justicia dejaba
tranquilos a los inspiradores kadetes. En estas condiciones
resultaba cada vez más difícil seguir teniendo
entre rejas a los bolcheviques. El gobierno encontró
una salida: poner en libertad, bajo fianza, a los bolcheviques,
sin retirar la acusación contra ellos. El Comité
local de los sindicatos de Petrogrado se asignó "el
honor de depositar la fianza por el digno jefe del proletariado
revolucionario". El 4 de septiembre fue liberado Trotsky
bajo la modesta fianza, en el fondo ficticia, de 3.000 rublos.
En su Historia de la tormenta rusa, escribe patéticamente
el general Denikin: "El primero de septiembre fue detenido
el general Kornílov, y el 4 del mismo mes el gobierno
provisional puso en libertad a Bronstein-Trotsky. Rusia debe
grabar estas dos fechas en su memoria." En los días
que siguieron continuó la liberación de bolcheviques
bajo fianza. Los libertados no perdían el tiempo; las
masas los esperaban y los reclamaban; el partido estaba necesitado
de hombres.
El día de la liberación de Trotsky publicó
Kerenski un decreto en que, después de reconocer que
los Comités habían prestado "una ayuda
sustancialísima al gobierno", ordenaba que cesaran
en su actuación. Las mismas Izvestia reconocían
que el autor del decreto había dado pruebas de una
"comprensión más que débil"
de la situación. La Asamblea de los Soviets de barriada
de Petrogrado tomó el siguiente acuerdo: "No disolver
las organizaciones revolucionarias para la lucha con la contrarrevolución".
La presión de abajo era tan fuerte, que el Comité
militar revolucionario conciliador decidió no acatar
la disposición de Kerenski, y exhortó a su órganos
locales a "que trabajasen con la misma energía
y firmeza que antes, vista la gravedad de la situación".
Kerenski calló: no le quedaba otro recurso.
El omnipotente jefe del Directorio tenía que convencerse
a cada paso de que la situación había cambiado,
de que la resistencia crecía, y que era menester introducir
algún cambio, aunque fuera de palabra. El 7 de septiembre
dio Verjovski a la prensa una nota en la que decía
que el programa de saneamiento del ejército, elaborado
con anterioridad a la sublevación de Kornílov,
debía ser rechazado, pues, "habida cuenta del
actual estado sicológico del ejército",
no haría más que acabar de acentuar su descomposición.
Para señalar la nueva era, el ministro de la Guerra
pronunció un discurso ante el Comité ejecutivos
Que nadie se inquiete: el general Alexéiev se marchará,
y con él se irán todos los que de un modo u
otro estaban complicados en la sublevación de Kornílov.
El saneamiento del ejército es cosa que hay que llevar
a cabo, "no por medio de las ametralladoras y del látigo,
sino por la infiltración de las ideas de derecho, justicia
y severa disciplina". Percibíanse en estas palabras
los aromas de los días primaverales de la revolución.
Pero por la calle se dejaba sentir septiembre; se acercaba
el otoño. Alexéiev fue efectivamente destituido
pocos días después, y a ocupar su puesto pasó
el general Dujonin, cuya ventaja consistía en que nadie
le conocía.
Como compensación de las concesiones hechas, los ministros
de Guerra y Marina exigieron la ayuda inmediata del Comité
ejecutivo: los oficiales se hallan bajo la espada de Damocles;
donde están peor las cosas es en la escuadra del Báltico;
es necesario apaciguar a los marinos. Tras prolijos debates
se decidió, como siempre, enviar una Comisión
a la escuadra. Los conciliadores insistieron en que los bolcheviques,
y ante todo Trotsky, formaran parte de esa comisión.
Sólo así puede confiarse en el éxito.
"Rechazamos decididamente -objetó Trotsky- la
forma de colaboración con el gobierno que ha defendido
Tsereteli. El gobierno practica una política radicalmente
falsa, antipopular y sin control, y cuando esta política
se encuentra en un atolladero o conduce a la catástrofe,
se confía a las organizaciones revolucionarias la ingrata
tarea de mitigar las inevitables consecuencias... Una de las
tareas de esa comisión, tal como la formuláis,
consiste en hacer una investigación sobre las "fuerzas
ocultas", esto es, sobre los provocadores y espías
que haya en la guarnición... ¿Acaso habéis
olvidado que yo mismo he sido inculpado con arreglo al artículo
108?... Nosotros luchamos contra toda manifestación
de justicia sumaria por nuestros propios medios..., no de
acuerdo con el fiscal y con el contraespionaje, sino como
organización revolucionaria que convence, organiza
y educa."
La convocación de la conferencia democrática
fue decidida en los días de la sublevación de
Kornílov. Dicha Conferencia debía mostrar una
vez más la fuerza de la democracia, atraer hacia ésta
la confianza de los adversarios de la derecha y de la izquierda
y -cosa que estaba lejos de ser uno de sus últimos
objetivos- volver a su lugar a Kerenski, que se había
desmandado. Los conciliadores se proponían seriamente
subordinar el gobierno a una representación improvisada
cualquiera, antes de la convocación de la Asamblea
constituyente. La burguesía adoptó desde un
principio una actitud hostil frente a la Conferencia, en la
que veía una tentativa encaminada a consolidar las
posiciones que la democracia había recobrado con su
victoria sobre Kornílov. "El proyecto de Tsereteli
-escribe Miliukov en su Historia- era, en el fondo, una completa
capitulación ante los planes de Lenin y Trotsky."
En rigor era precisamente lo contrario: El fin que perseguía
el proyecto de Tsereteli no era otro que paralizar la lucha
de los bolcheviques con el poder de los soviets. La Conferencia
democrática se oponía al Congreso de los soviets.
Los conciliadores se creaban una base, intentando aplastar
a los soviets mediante una combinación artificial de
toda suerte de organizaciones. Los demócratas distribuyeron
los votos a su capricho, guiados de una sola preocupación:
asegurarse una mayoría abrumadora. Las organizaciones
dirigentes aparecieron incomparablemente mejor representadas
que las de la base. Los órganos de administración
local, y entre ellos los zemstvos, que no tenían nada
de democráticos, alcanzaron un predominio enorme sobre
los soviets. Los cooperadores desempeñaron el papel
de árbitros de los destinos.
Los cooperadores, que hasta entonces no ocupaban lugar alguno
en la política, aparecieron por primera vez en el terreno
político en los días de la Conferencia de Moscú,
y a partir de ese momento hablaban siempre en nombre de sus
20.000.000 de miembros, o, más sencillamente todavía,
en nombre de "la mitad de la población de Rusia".
Las raíces de la cooperación penetraban en la
aldea a través de sus sectores dirigentes, que aprobaban
la expropiación "justa" de los nobles, a
condición de que sus propias parcelas, a menudo muy
considerables, fueran no sólo defendidas, sino aumentadas.
Los jefes de la cooperación se reclutaban entre la
intelectualidad liberal-populista y, en parte, liberal-marxista,
que tendía un puente natural entre los kadetes y los
conciliadores. Los cooperadores sentían respecto de
los bolcheviques el mismo odio que el "kulak" siente
hacia el jornalero insumiso. Los conciliadores se aferraron
ávidamente a esos cooperadores que habían arrojado
la máscara de la neutralidad para buscar un punto de
apoyo contra los bolcheviques. Lenin estigmatizó duramente
a los cocineros de la cocina democrática. "Diez
soldados convencidos o diez obreros de una fábrica
atrasada -escribía- valen mil veces más que
cien delegados... amañados." Trotsky demostraba
en el Soviet de Petrogrado que los funcionarios de la cooperación
expresaban tan poco la voluntad política de los campesinos
como el médico la voluntad política de sus pacientes
o el empleado de Correos las opiniones de los que expendían
y recibían cartas. "Los cooperadores deben ser
unos buenos organizadores, comerciantes tenedores de libros;
pero a quien confían la defensa de sus intereses de
clase los campesinos, lo mismo que los obreros, es a sus propios
soviets." Esto no impidió a los cooperadores obtener
150 puestos, ni unidos a los zemstvos no reformados y a toda
clase de otras organizaciones más o menos reales, deformar
completamente el carácter de la representación
de las masas.
El Soviet de Petrogrado incluyó en la lista de sus
delegados en la conferencia a Lenin y a Zinóviev. El
gobierno dio orden de detenerlos al entrar en el teatro, pero
no en la misma sala de sesiones: tal era, por las trazas,
el compromiso pactado entre los conciliadores y Kerenski.
Pero las cosas no pasaron de una demostración política
del Soviet: ni Lenin ni Zinóviev tenían el propósito
de presentarse en la conferencia. Lenin consideraba que nada
tenía que hacer allí con los bolcheviques.
La conferencia se inauguró el 14 de septiembre, un
mes después justamente de la Conferencia nacional,
en el Teatro Alexandrinski. El número de delegados
nombrados era de 1.775. Cerca de 1.200 se hallaban presentes
al abrirse la sesión. Los bolcheviques, ni que decir
tiene, estaban en minoría. Pero, a pesar de todo los
artificios del sistema electoral, representaban un núcleo
muy importante, que en algunas cuestiones agrupó en
torno a más de la tercera parte de los delegados.
¿Convenía a la dignidad de un gobierno fuerte
presentarse ante una Conferencia "particular"? Esta
cuestión suscitó en el palacio de Invierno grandes
vacilaciones, que tuvieron su repercusión en el Teatro
Alexandrinski. El jefe del gobierno decidió, al fin,
presentarse a la democracia. "Recibido con aplausos -cuenta
Schliapnikov, refiriéndose a la aparición de
Kerenski- se dirigió a la mesa para estrechar la mano
a los que estaban sentados en torno a ella. Nos llegó
el turno a nosotros (los bolcheviques), que ocupábamos
nuestros asientos a escasa distancia unos de otros. Nos miramos,
y convinimos rápidamente no darle la mano. Un gesto
teatral a través de la mesa. Yo me hice atrás
ante la mano que se me ofrecía, y Kerenski, con la
mano extendida que nadie estrechó, siguió adelante."
El jefe del gobierno encontró la misma actitud en el
flanco opuesto: en los kornilovianos. Y fuera de éstos
y de los bolcheviques, no quedaban ya fuerzas reales.
Obligado por toda la situación a explicarse respecto
de su papel en el complot, Kerenski mostró asimismo
en esa ocasión excesiva confianza en sus dotes improvisadoras.
"Sé lo que querían -se le escapó
decir-, porque antes de buscar a Kornílov se me habían
presentado para proponerme ese camino." Desde la izquierda
gritan: "¿Quién se le presentó?...
¿Quién se lo propuso?" Asustado por la
resonancia de sus propias palabras, Kerenski se había
refrenado ya. Pero el fondo político del complot había
quedado al descubierto. El conciliador ucraniano Porch, a
su regreso, decía ante la Rada de Kiev: "Kerenski
no consiguió demostrar que no estaba complicado en
la sublevación de Kornílov." Pero no fue
menos rudo el golpe que se asentó a sí mismo
el jefe del gobierno en su discurso. Cuando por toda respuesta
a las frases de que estaba harto ya todo el mundo: "en
el momento del peligro, todos se presentan y se explican",
etc., se le gritó: "¿Y la pena de muerte?",
el orador, perdiendo su aplomo, exclamó, de un modo
completamente inesperado para todos, y seguramente para él
mismo: "Esperad antes a que firme, aunque no sea más
que una pena de muerte, como generalísimo, y entonces
os permitiré que me maldigáis." Se acerca
al estrado un soldado y le grita a quemarropa: " ¡Es
usted la desgracia de la patria!" ¡Cómo!
él, Kerenski, estaba dispuesto a olvidar el elevado
sitio que ocupaba, para dar explicaciones a la Conferencia
como hombre. "Pero no todo el mundo es capaz aquí
de comprender al hombre." Por eso dice, empleando el
lenguaje del poder: "Todo aquel que se atreva..."
Eso mismo se había oído ya en Moscú y,
sin embargo, Kornílov se había atrevido.
"Si la pena de muerte era necesaria -preguntaba Trotsky
en su discurso-, ¿por qué se decide Kerenski
a decir que no hará uso de ella? Y si considera posible
comprometerse ante la democracia a no aplicar la pena de muerte,
entonces... convierte el restablecimiento de la misma en un
acto de ligereza que excede de los límites del crimen."
Con esto se mostró conforme toda la sala, los unos
con su silencio, los otros ruidosamente. "Kerenski, con
su confesión, ha comprometido considerablemente al
gobierno provisional y a sí mismo" -dice el subsecretario
de Justicia, Demianov, su colega y admirador.
Ninguno de los ministros pudo explicar lo que había
hecho el gobierno, como no fuera dedicarse a resolver los
problemas de su propia existencia. ¿Medidas de orden
económico? No se podía citar ni una sola. ¿Política
de paz? "Ignoro -decía el ex ministro de Justicia
Zarudni, el más sincero de todos- si el gobierno provisional
ha hecho algo en este sentido, pero yo no lo he visto."
Zarudni se lamentaba, sin acertar a explicarse el hecho, de
que "todo el poder hubiera ido a parar a manos de un
solo hombre", a cuya indicación los ministros
entraban y salían. Tsereteli escogió imprudentemente
este tema: "Culpa de la misma democracia es si al presidente
que tiene en las alturas se le ha subido el poder a la cabeza."
Pero precisamente Tsereteli encarnaba de un modo más
completo que nadie aquellos rasgos de la democracia que engendraban
las tendencias bonapartistas del poder. "¿Por
qué ha ocupado Kerenski el sitio que actualmente ocupa?
-objetaba Trotsky-. Kerenski pudo ocupar la vacante gracias
a la debilidad y a la indecisión de la democracia...
Ni un solo orador he visto aquí que recabara el poco
envidiable honor de defender al Directorio o a su presidente"...
Tras una explosión de protestas, el orador continúa:
"Siento mucho que el punto de vista que halla ahora en
la sala esta expresión ruidosa no haya hallado su expresión
concreta en esta misma tribuna. Ni un solo orador ha venido
aquí a decirnos: ¿por qué discutís
sobre la coalición pasada, por qué os preocupáis
del futuro? Tenemos a Kerenski, y con esto basta..."
Pero la forma bolchevista de plantear la cuestión une
casi automáticamente a Tsereteli y a Zarudni, y a entrambos
con Kerenski. Miliukov escribía certeramente a propósito
de esto: Zarudni podía lamentarse del poder personal
de Kerenski. Tsereteli podía aludir el vértigo
que se había apoderado del jefe del gobierno; "todo
eso no eran más que palabras"; pero cuando Trotsky
hizo ver claramente que nadie se había decidido en
la conferencia a defender abiertamente a Kerenski, "la
Asamblea tuvo inmediatamente la sensación de que el
que hablaba era el enemigo común".
Los que representaban el poder sólo hablaban de éste
como de una carga pesada y de una desdicha. ¿La lucha
por el poder? El ministro Peschejonov decía: "El
poder representa actualmente una cosa a que todo el mundo
renuncia." ¿Era en realidad así? Kornílov
no renunciaba a él, pero la reciente lección
había sido ya punto menos que olvidada. Tsereteli se
indignaba con los bolcheviques, que no tomaban para sí
el poder, sino que empujaban al mismo a los soviets. La idea
de Tsereteli fue repetida por otros. ¡Sí, los
bolcheviques deben asumir el poder!, se decía a media
voz tras la mesa de la presidencia. Avkséntiev se dirigió
a Schliapnikov, que estaba sentado cerca de él, y le
dijo: "Haceos cargo del poder; las masas están
con vosotros." Schliapnikov, contestando a sus vecinos
en el tono que venía al caso, propuso que antes se
dejara el poder sobre la mesa de la presidencia. Las semiirónicas
exhortaciones dirigidas a los bolcheviques, proferidas en
los discursos de la tribuna y en las conversaciones de los
pasillos, eran en parte una burla, y en parte un tanteo. ¿Qué
piensa esa gente que está al frente del Soviet de Petrogrado,
del de Moscú y de otros muchos de provincias? ¿Es
posible que se atrevan realmente a tomar el poder? No lo creían:
dos días antes del retador discurso de Tsereteli, decía
el Riech que el mejor medio de librarse del bolchevismo por
muchos años sería confirmar los destinos del
país a sus jefes; pero "esos tristes héroes
del día no tienen la menor intención de adueñarse
del poder... Prácticamente, su posición no puede
ser tomada en cuenta desde ningún punto de vista":
Tan jactancioso conclusión pecaba, en todo caso, de
precipitada cuando menos.
La enorme ventaja de los bolcheviques, que acaso no haya sido
apreciada hasta ahora en todo su valor, estaba en que comprendían
perfectamente a sus adversarios, a los que veían, por
decirlo así, al trasluz. Ayudábanles en este
sentido el método materialista, la escuela leninista
de la claridad y de la sencillez y la aguda perspicacia de
unos hombres que estaban decididos a llevar las cosas hasta
sus últimas consecuencias. Los liberales y los conciliadores
se formaban de los bolcheviques, por el contrario, una idea
que respondía puramente a la necesidades del momento.
No podía ser de otro modo: unos partidos que por la
marcha de los acontecimientos históricos no tenían
salida, nunca se mostraron capaces de mirar frente a frente
a la realidad, del mismo modo que un enfermo desesperado es
incapaz de mirar frente a frente su enfermedad.
Pero los conciliadores, al mismo tiempo que no creían
en la insurrección n de los bolcheviques, la temían.
Esto lo expresó mejor que nadie Kerenski. "Estáis
equivocados -exclamó de repente en su discurso-; no
os imaginéis que si los bolcheviques me atacan no tengo
detrás de mí a las fuerzas de la democracia.
No creáis que floto en el aire. Tened en cuenta que
si organizáis algo, se paralizarán los ferrocarriles,
no se transmitirán telegramas..." Una parte de
la sala aplaude; otra, confusa, guarda silencia: los bolcheviques
se ríen francamente. ¡No es muy sólida
la dictadura que se ve obligada a demostrar que no flota en
el aire!
Los bolcheviques, en su declaración, contestaron en
los siguientes términos a los retos irónicos,
a las acusaciones de cobardía y a las amenazas absurdas:
"Nuestro partido, que lucha por el poder en nombre de
la realización de su programa, nunca ha aspirado ni
aspira a adueñarse de ese poder contra la voluntad
organizada de la mayoría de las masas trabajadoras
del país." Esto significaba: tomaremos el poder
como partido de la mayoría soviética. Las palabras
relativas a la "voluntad organizada de los trabajadores"
se referían al Congreso de los soviets que había
de celebrarse en breve. "Sólo serán realizables
las resoluciones y proposiciones de esta Conferencia... -decía
la declaración- que sean aceptadas por el Congreso
de los Soviets..."
Cuando Trotsky, al leer la declaración de los bolcheviques,
aludió a la necesidad de proceder inmediatamente a
armar a los obreros, de los bancos de la mayoría partieron
exclamaciones insistentes: "¿Para qué?,
¿para qué?" Era la misma nota de alarma
Ni provocación. ¿Para qué? "Para
crear un reducto efectivo contra la contrarrevolución",
contesta el orador. Pero no sólo para esto. "Os
digo, en nombre de nuestro partido y de las masas proletarias
que le siguen, que los obreros armados... defenderán
contra los ejércitos del imperialismo al país
de la revolución, con un heroísmo como aún
no ha conocido hasta ahora la historia rusa..." Tsereteli
caracterizó esta promesa de una frase huera. Ulteriormente,
la historia del ejército rojo se encargó de
darle un mentís.
Aquellas horas ardientes en que los caudillos conciliadores
rechazaron la coalición con los kadetes, quedaban lejos:
sin los kadetes, ahora, la coalición resultaba imposible.
¿Iban a tomar el poder ellos? "El poder, acaso
hubiéramos podido tomarlos el 27 de febrero -decía
Skobelev, pero... toda la fuerza de nuestra influencia la
hemos gastado en ayudar a los elementos burgueses a reponerse
de su confusión... y a llegar al poder." ¿Por
qué esos impedían a los kornilovianos, que ya
se habían repuesto, que se adueñasen del poder?
Un poder puramente burgués, explica Tsereteli, no es
posible aún, provocaría la guerra civil. Había
que aniquilar a Kornílov para que su aventura no impidiera
a la burguesía llegar al poder en unas cuantas etapas.
"Ahora que ha triunfado la democracia revolucionaria,
el momento es particularmente favorable para la coalición."
El jefe de la cooperación, Berkenheim, expresó
la filosofía política de las misma: "Querámoslo
o no, la burguesía es la clase a que ha de pertenecer
el poder." El viejo revolucionario populista Minor imploraba
de la Conferencia que se adoptase una resolución unánime
en favor de la coalición. De lo contrario "no
hay por que engañarnos, nos degollaremos mutuamente",
terminó Minor en medio de un silencio siniestro. Pero
¿acaso no hacía falta -como pensaban los kadetes-
el bloque gubernamental para la lucha contra la "golfería
anarquista" de los bolcheviques? "En eso consistía
precisamente el sentido de la idea de la coalición",
aclaraba Miliukov con toda franqueza. En tanto Minor confiaba
en que la coalición impedía el degüello
mutuo, Miliukov contaba firmemente con que la coalición
facilitase la posibilidad de degollar a los bolcheviques con
ayuda de todas las fuerzas mancomunadas.
En el curso de los debates sobre la coalición, leyó
Riaznov el artículo del fondo del Riech, del 29 de
agosto, que Miliukov había retirado en el último
momento, dejando un blanco en el periódico: "Sí,
no tenemos empacho en decir que el general Kornílov
perseguía los mismos fines que consideramos necesarios
para la salvación de la patria." La cita produjo
su efecto. "¡Oh, son ellos quienes van a salvarla!",
exclaman en los bancos de la izquierda. Pero los kadetes tienen
sus defensores: ¡No hay que olvidar que el artículo
río llegó a publicarse! Además, no todos
los kadetes estaban por Kornílov; hay que saber distinguir
a los pecadores de los justos.
"Se dice que no es posible acusar a todo el partido kadete
de complicidad en la sublevación de Kornílov
-contestó Trotsky-. Znamenski nos ha dicho ya aquí,
más de una vez, a los bolcheviques: "Vosotros
protestáis cuando hacíamos responsable a todo
vuestro partido del movimiento del 3 al 5 de julio; no incurráis
en el mismo error, no hagáis responsable a todos los
kadetes de la sublevación de Kornílov."
Pero esta comparación adolece, a mi ver, de un pequeño
vicio: Cuando se acusaba a los bolcheviques de haber provocado
el movimiento de julio, no se trataba de invitarles a que
formasen parte del ministerio, sino de llevarlos a la cárcel.
Confío en que el ministerio de Justicia, Zarudni, no
negará esa diferencia. También nosotros decimos:
Si queréis llevar a los kadetes a la cárcel
por la sublevación de Kornílov, no lo hagáis
a bulto y en masa; lejos de ello examinar antes a cada kadete
por separado, en todos los sentidos (Risas, voces ¡bravo!).
Si se trata de que el partido kadete entre a formar parte
del ministerio, lo que constituye una circunstancia decisiva,
no es que tal o cual kadete se pusiera de acuerdo con Kornílov
entre bastidores, ni que Maklakov estuviera al teléfono
cuando Savinkov sostenía negociaciones con el generalísimo,
ni que Rodichev se fuera al Don para entablar negociaciones
políticas con Kaledin. No se trata de eso, sino de
que toda la prensa burguesa, o bien se solidarizó francamente
con Kornílov, o bien calló prudentemente, esperando
su victoria. ¡Por eso digo que no tenéis contragentes
para la coalición!".
Al día siguiente el marino Chichkin, representante
de Helsingfors y de Sveaborg, hablaba sobre este tema de un
modo más conciso y convincente: "El gobierno de
coalición no contará con la confianza ni el
apoyo de los marinos de la escuadra del Báltico y de
la guarnición de Finlandia... Los marinos han izado
las banderas de combate contra la creación de un ministerio
de coalición." Los argumentos racionales no surtían
efecto. El marino Chichkin echó mano de otro: el de
los cañones de marina. Sus palabras obtuvieron la completa
aprobación de los demás marinos, que estaban
de centinelas en las puertas de entrada de la sala de sesiones.
Bujarin contó posteriormente que "los marinos
que habían sido apostados por Kerenski para proteger
contra nosotros, los bolcheviques a la Conferencia democrática,
se dirigieron a Trotsky y agitando las bayonetas, le apuntaron:
"¿Tendremos que esperar mucho todavía para
trabajar con esto?" Estas palabras eran simple repetición
de la pregunta que los marinos del Aurora habían formulado
durante una de las entrevistas celebradas en la cárcel
de "Krestiv". Pero ahora se acercaban los momentos
decisivos.
Si se prescinde de matices, es fácil delimitar tres
grupos en la Conferencia: un centro vasto, pero muy inconsistente,
que no se atreve a asumir el poder, se muestra de acuerdo
con la coalición, pero no quiere a los kadetes; un
ala derecha débil, que está por Kerenski y por
la coalición de la burguesía sin limitación
alguna; un ala izquierda, dos veces más fuerte, que
está por el poder de los soviets o por un gobierno
socialista. En la Asamblea de los delegados soviéticos
a la Conferencia democrática, Trotsky se pronunció
por la entrega del poder a los soviets; Mártov, por
un Ministerio socialista homogéneo. La primera fórmula
reunió 86 votos; la segunda, 97. Formalmente, sólo
la mitad, sobre poco más o menos, de los soviets de
obreros y soldados se hallaban dominados en aquel momento
por los bolcheviques, mientras que la otra mitad oscilaba
entre éstos y los conciliadores. Pero los bolcheviques
hablaban en nombre de los poderosos soviets de los centros
más industriales y cultos del país; en los soviets
eran incomparablemente más fuertes que en la Conferencia,
y entre el proletariado y el ejército, incomparablemente
más fuertes que en los soviets. Los soviets, atrasados,
iban siendo arrastrados, cada vez más poderosamente,
por los avanzados.
En la Conferencia votaron por la coalición 766 delegados,
y en contra 688, con 38 abstenciones. ¡Casi se equilibraron
los dos bandos! La enmienda que excluía de la coalición
a los kadetes obtuvo mayoría: 595 votos contra 493
y 72 abstenciones. Pero la eliminación de los kadetes
privaba de todo sentido a la coalición. De ahí
que la resolución general fuese rechazada por una mayoría
de 813 votos -esto es, por el bloque de los flancos extremos,
de los partidarios decididos y de los enemigos irreconciliables
de la coalición, contra el centro, que disminuyó
hasta contar solamente con 183 votos, con 80 abstenciones.
Era la más nutrida de todas las votaciones; pero era
tan vacía como la idea de la coalición sin kadetes,
que rechazaba. "Por lo que respecta a la cuestión
cardinal... -dice, con justicia Miliukov-, la Conferencia
se quedó, por consiguiente, sin opinión y sin
fórmula."
¿Qué podían hacer los caudillos? Pisotear
la voluntad de la "democracia", que rechazaba su
propia voluntad. Se convoca a la Mesa, con representantes
de los partidos y de los grupos, para ver de dar una solución
nueva a la cuestión decidida ya por el Pleno. Resultado:
50 votos en pro de la coalición y 60 en contra. Ahora,
la cosa, al parecer, está clara, ¿verdad? La
cuestión referente a la responsabilidad del gobierno
ante un órgano permanente de la Conferencia democrática
es aceptada unánimemente por esa reunión ampliada
de la Mesa. A favor de la inclusión en ese órgano
de representantes de la burguesía se alzan 56 brazos
contra 48, con 10 abstenciones. Aparece Kerenski para declarar
que se niega a formar parte de un gobierno homogéneo.
Después de esto, se reduce a dar por terminada la desdichada
Conferencia, sustituyéndola con una institución,
en la que estén en mayoría los partidos de la
coalición incondicional. Para conseguir el resultado
necesario no falta más que saber las cuatro reglas
de la aritmética. En nombre de la Mesa, Tsereteli presenta
una resolución a la Conferencia en el sentido de que
el órgano representativo está llamado a "cooperar
a la formación del gobierno" y que éste
debe "ejercer su sanción sobre dicho órgano";
la idea de poner un freno a Kerenski quedaba, por consiguiente,
archivada. Completado en la debida proporción con representantes
de la burguesía, el futuro Consejo de la República
o Preparlamento tendrá como misión sancionar
al gobierno de la coalición con los kadetes, La resolución
de Tsereteli significa exactamente lo contrario de lo que
quería la Conferencia y de lo que acababa de decidir
la Mesa. Pero el desorden, la descomposición y la desmoralización
son tan grandes, que la Conferencia acepta la capitulación,
ligeramente diminuida, que se le propone, por 829 votos contra
106 y 69 abstenciones. "Así, pues, señores
conciliadores y señores kadetes, por ahora habéis
vencido -decía el diario de los bolcheviques-. ¡Hagan
juego, señores! Haced el nuevo experimento. Será
el último, os respondemos de ello."
"La Conferencia democrática -dice Stankievich-
sorprendió a sus mismos iniciadores por el extraordinario
caos de las ideas." En los partidos conciliadores, "completa
discordia"; en la derecha, en los medios de la burguesía,
"el gruñido"; la insidia y la calumnia, cuchicheadas
al oído, la lenta contorsión de los últimos
restos de autoridad del poder... y sólo en la izquierda,
consolidación de las fuerzas y del estado de ánimo.
Esto lo dice un adversario; esto lo atestigua un enemigo,
que en octubre habrá de disparar aún contra
los bolcheviques. Para los conciliadores, la parada de la
democracia, celebrada en Petrogrado, vino a ser lo que para
Kerenski había sido la parada de la unidad nacional
en Moscú: una confesión pública de inconsistencia,
una demostración de marasmo político. Si la
Conferencia nacional dio un impulso a la sublevación
de Kornílov, la Conferencia democrática allanó
definitivamente el camino a la sublevación de los bolcheviques.
Antes de dar fin a sus tareas, la Conferencia eligió
de su mismo seno un órgano permanente, mediante la
representación en el mismo del 15 por 100 de la composición
de cada uno de los grupos: en total, unos 350 delegados. Las
instituciones de las clases poseedoras debían obtener,
además, 120 puestos. El gobierno añadió
20 para los cosacos. Todos juntos debían constituir
el Consejo de la República o Preparlamento, destinado
a representar a la nación hasta que se convocase la
Asamblea constituyente.
La actitud que habían de adoptar frente al Consejo
de la República se convirtió inmediatamente
en un agudo problema táctico para los bolcheviques:
¿acudirían o no? El boicot de las instituciones
parlamentarias por parte de los anarquistas y semianarquistas
está dictado por la tendencia a no someter su propia
impotencia a la prueba de las masas y conservar con ello el
derecho a la altivez pasiva, con la que ni los enemigos pierden
nada ni los amigos salen ganando nada tampoco. El partido
revolucionario puede volverse de espaldas al Parlamento únicamente
en caso de que se proponga como fin inmediato derrocar el
régimen existente. En los años transcurridos
entre las dos revoluciones, Lenin había venido trabajando
con gran hondura en los problemas del parlamentarismo revolucionario.
El Parlamento más censatario puede expresar fielmente
-y más de una vez lo ha expresado en la historia- la
correlación de fuerzas real: así ocurrió,
por ejemplo, con las Dumas después de la derrotada
revolución de 1905-1907. Boicotear parlamentos de ese
tipo significa boicotear la correlación de fuerzas
real, en vez de modificarla en beneficio de la revolución.
Pero el Preparlamento de Tsereteli-Kerenski no respondía
ni poco ni mucho a la correlación de fuerzas, sino
que había sido engendrado por la impotencia y la astucia
de los dirigentes, por la fe mística en las instituciones,
el fetichismo de la forma, la esperanza de subordinar al Parlamento
un enemigo incomparablemente más fuerte que él,
y disciplinario de ese modo.
Para obligar a la revolución a encorvarse y bajar la
cabeza con objeto de que pudiera pasar por el yugo del Preparlamento,
era menester previamente, si no aplastar la revolución,
sí infligirle, por lo menos, una seria derrota. Pero
en realidad, quien había sufrido la derrota era la
vanguardia de la burguesía, tres semanas antes. La
revolución, en cambio, estaba recibiendo una nueva
afluencia de fuerzas; lo que se proponía como fin no
era la república burguesa, sino la república
de los obreros y los campesinos, y no tenía por qué
poner el cuello al yugo del Preparlamento, cuando se iba desenvolviendo
cada vez más en los soviets.
El 20 de septiembre convocó el Comité central
de los bolcheviques a una Conferencia del partido, formada
por los delegados del mismo en la Conferencia democrática,
los miembros del Comité central y del Comité
local de Petrogrado. Trotsky, como ponente del Comité
central, propugnó el boicot del Preparlamento. La proposición
chocó con la resistencia decisiva de unos cuantos (Kamenev,
Ríkov, Riazanov) y fue acogida con simpatía
por otros (Sverdolov, Yofe, Stalin). El Comité central,
que se había dividido acerca de esta cuestión,
se vio obligado, en oposición a los estatutos y a la
tradición del partido, a someter la cuestión
a la Conferencia. Dos ponentes, Trotsky y Ríkov, hicieron
uso de la palabra como representantes de los opuestos puntos
de vista. Podía parecer, y así pareció
a la mayoría, que los ardientes debates que se desarrollaron
en torno a esta cuestión tenían un carácter
puramente táctico. En realidad, la discusión
sacaba a relucir de nuevo las divergencias de abril, y preparaba
las de octubre. Se trataba de que el partido adaptara su misión
al desarrollo de la República burguesa, o de que se
propusiera realmente como fin la conquista del poder. Por
una mayoría de 77 votos contra 50, la Conferencia del
partido rechazó la consigna del boicot. El 22 de septiembre
tuvo Riazanov ocasión de declarar en la Conferencia
democrática, en nombre del partido, que los bolcheviques
enviaban sus representantes al Preparlamento para "denunciar,
en esa nueva fortaleza de los conciliadores, toda tentativa
de coalición con la burguesía". Esto parecía
radical, pero en el fondo implicaba la sustitución
de la política de acción revolucionaria por
la política de oposición.
Las tesis de abril de Lenin habían sido aceptadas formalmente
por todo el partido; pero a propósito de cada gran
cuestión volvían a salir a la superficie las
concepciones de marzo, vigorosísimas todavía
en el sector dirigente, que en muchos puntos del país
no había empezado hasta entonces a separarse de los
mencheviques. Lenin no pudo intervenir en el debate hasta
más tarde. El 23 de septiembre escribía: "Hay
que boicotear el Preparlamento; hay que ir a los soviets de
diputados, obreros, soldados y campesinos; hay que ir a los
sindicatos; hay que ir, en general, a dondequiera que estén
las masas. Hay que incitarlas a la lucha. Hay que darles una
consigna justa y clara: disolver la banda bonapartista de
Kerenski con su Preparlamento amañado... Los mencheviques
y los socialrevolucionarios no han aceptado, ni aun después
de la sublevación de Kornílov, nuestro compromiso...
Hay que luchar implacablemente contra ellos. Hay que echarlos
sin piedad de todas las organizaciones revolucionarias...
Trotsky era partidario del boicot. ¡Bravo, compañero
Trotsky! El boicotismo ha sido vencido en la fracción
de los bolcheviques de la Conferencia democrática.
¡Viva el boicot!"
Cuanto más profundamente iba penetrando la cuestión
en el partido, más decididamente se modificaba la correlación
de las fuerzas en favor del boicot. En casi todas las organizaciones
locales se formó una mayoría y una minoría.
En el Comité de Kiev, por ejemplo, los partidarios
del boicot, capitaneados por Eugenia Bosch, formaban una débil
minoría, pero ya a la vuelta de pocos días se
adopta en la Conferencia local, por una mayoría aplastante
de votos, una resolución en favor del boicot del Preparlamento:
"No se puede perder el tiempo charlando y sembrando ilusiones."
El partido se apresuraba a enmendar la plana a sus dirigentes.
Entre tanto, Kerenski, deshaciéndose de las inconsistentes
pretensiones de la democracia, se esforzaba por hacer ver
a los kadetes que no era él hombre que se arredrase.
El 1 8 de septiembre- dio inesperadamente la orden de disolver
el Comité central de la Marina de guerra. Los marinos
contestaron resolviendo: "Considerar inaplicable, por
ilegal, el decreto de disolución del Comité
central de la Armada, y exigir su inmediata anulación."
Intervino en el asunto el Comité ejecutivo, que dio
a Kerenski un pretexto formal para anular su disposición
a los dos días.
En Taschkent, el Soviet, compuesto en su mayoría de
socialrevolucionarios, tomó el poder en sus manos y
destituyó a los antiguos funcionarios. Kerenski mandó
al general nombrado para someter Taschkent un telegrama, concebido
en los siguientes términos: "No entablar negociaciones
de ninguna clase con los revoltosos... Impónense las
medidas más resueltas." Las tropas ocuparon la
ciudad y detuvieron a los representantes del Soviet. Se declaró
inmediatamente una huelga general en la que tomaron parte
40 sindicatos; por espacio de una semana no se publicaron
periódicos, y la agitación empezó a extenderse
a la guarnición. De esta manera, el gobierno, en su
afán por instaurar un espectro de orden, lo que hacía
era sembrar la anarquía burocrática.
El mismo día en que la Conferencia adoptaba su resolución
contra la coalición con los kadetes, el Comité
central de este partido proponía a Konovalov y a Kischkin
que aceptaran la proposición de Kerenski, de entrar
a formar parte del Ministerio. Según se afirmaba, el
que en esta ocasión manejaba la batuta era Buchanan.
Acaso no convenga interpretar esta afirmación de un
modo excesivamente literal. Pero si no Buchanan, era su sombra
quien dirigía: había que formar un gobierno
que fuera aceptable para los aliados. Los industriales y bolsistas
de Moscú se mostraban reacios, hacíanse de rogar,
formulaban ultimátum. La Conferencia democrática
no hacía más que votar, imaginándose
que las votaciones tenían una significación
real. En realidad, la cuestión se resolvía en
el palacio de Invierno, en las reuniones comunes de lo que
quedaba de gobierno y los representantes de los partidos de
la coalición. Los kadetes mandaban a dichas reuniones
a sus kornilovianos más declarados. Todos trataban
de convencerse mutuamente de la necesidad de la unidad. Tsereteli,
depósito inagotable de lugares comunes, descubrió
que el obstáculo principal que se oponía al
acuerdo "había consistido hasta entonces en la
desconfianza mutua... Hay que poner término a esa desconfianza".
El ministro de Estado, Terechenko, calculó que de los
ciento noventa y siete días que llevaba de existencia
el gobierno revolucionario, las crisis habían consumido
cincuenta y seis. Lo que no explicó fue a qué
se habían destinado los días restantes.
Aun antes de que la Conferencia democrática se tragara
la resolución de Tsereteli, que se hallaba en oposición
radical con todos sus propósitos, los corresponsales
de los periódicos ingleses y norteamericanos comunicaban
telegráficamente a sus países que podía
darse por segura la coalición con los kadetes, y daban
sin vacilar los nombres de los nuevos ministros. Por su parte,
el Consejo de las "fuerzas vivas" de Moscú
decidía, bajo la presidencia de Rodzianko, enviar un
saludo a su compinche Tretiakov, invitado a formar parte del
gobierno. El 9 de agosto, estos señores transmitían
el siguiente telegrama a Kornílov: "En estos terribles
momentos de prueba, toda la Rusia que piensa vuelve los ojos
hacia usted con esperanza."
Kerenski aceptó generosamente la existencia del Preparlamento
a condición de que se reconociera que "sólo
al gobierno provisional corresponde organizar el poder y completar
el gobierno". Esta humillante condición había
sido dictada por los kadetes. La burguesía no podía,
como es natural, dejar de comprender que la composición
de la Asamblea constituyente había de ser mucho menos
favorable para ella que la del Preparlamento: "Las elecciones
a la Asamblea constituyente -decía Miliukov- deben
dar un resultado accidental y acaso ruinoso." Si, a pesar
de ello, el partido kadete, que, recientemente aún,
intentaba someter el gobierno a la Duma zarista, negaba toda
facultad legislativa al Preparlamento, era única y
exclusivamente porque no perdía las esperanzas de impedir
que llegara a convocarse la Asamblea constituyente.
"O Kornílov, o Lenin"; así definía
Miliukov la alternativa, Lenin, por su parte, escribía:
"O el poder de los soviets o Kornílov. No hay
término medio." Miliukov y Lenin coincidían,
y no de un modo casual, en la manera de apreciar la situación.
Ambos, contrariamente a los conciliadores; héroes de
la frase, eran dos representantes serios de las clases fundamentales
de la sociedad. La Conferencia nacional de Moscú había
puesto ya de manifiesto, según las palabras de Miliukov,
que "el país se divide en dos campos, entre los
cuales no puede haber, en el fondo, conciliación ni
acuerdo". Pero cuando no puede haber conciliación
entre dos campos sociales, la guerra civil se encarga de resolver
la cuestión.
Ni los kadetes ni los bolcheviques retiraban, sin embargo,
la consigna de la Asamblea constituyente. Los kadetes necesitaban
de ella como de una última instancia contra las reformas
sociales inmediatas, contra los soviets, contra la revolución.
La burguesía se aprovechaba de la sombra que la democracia
proyectaba ante sí en forma de Asamblea constituyente,
para obrar contra la democracia viva. La burguesía
sólo podía rechazar sin rebozo la Asamblea constituyente
después de haber aplastado a los bolcheviques. Pero
de momento no se podía pensar en semejante cosa. En
aquella etapa, los kadetes se esforzaban en garantizar la
independencia del gobierno respecto de las organizaciones
ligadas a las masas, con la mira de poder subordinar del todo
así al gobierno más adelante, con mayor seguridad.
Pero los bolcheviques, que no veían salida alguna por
la senda de la democracia formal, tampoco renunciaban todavía,
por su parte, a la idea de la Asamblea constituyente. No hubieran
podido hacerlo sin romper con el realismo revolucionario.
No era posible prever con absoluta certeza si el ulterior
desarrollo de los acontecimientos crearía condiciones
favorables para la victoria completa del proletariado. Pero
fuera de la dictadura de los soviets y antes de esta dictadura,
la Asamblea constituyente debía ser la conquista suprema
de la revolución. De la misma manera que los bolcheviques
habían defendido a los soviets conciliadores y a los
municipios democráticos contra Kornílov, estaban
dispuestos a defender a la Asamblea constituyente contra los
ataques de la burguesía.
Esta crisis de treinta días terminó, al fin,
con la constitución de un nuevo gobierno. A desempeñar
el principal papel en el mismo después de Kerenski
estaba llamado el riquísimo industrial de Moscú
Konovalov, que en los comienzos de la revolución había
ayudado económicamente al periódico de Gorki.
Konovalov fue luego miembro del primer gobierno de coalición;
dimitió, formulando públicamente su protesta,
después del primer Congreso de los soviets; entró
más tarde en el partido kadete, cuando éste
se hallaba ya maduro para el golpe de Estado de Kornílov,
y ahora volvía al gobierno como vicepresidente y de
ministro del Comercio y de la Industria. Ocuparon los puestos
ministeriales, con Konovalov, Tretiakov, presidente del Comité
bursátil de Moscú, y Smirnov, presidente del
Comité industrial de Guerra de Moscú. El azucarero
de Kiev, Terechenko, siguió siendo ministro de Estado.
Los demás ministros, los socialistas inclusive, no
presentaban ningún rasgo característico, pero
estaban completamente resueltos a no perturbar la armonía.
La Entente podía estar tanto más contenta del
gobierno cuanto que seguía de embajador en Londres
el viejo funcionario diplomático Nabokov, se mandaba
a París como embajador, al kadete Maklakov, aliado
de Kornílov y de Savinkov, y a Berna al "progresista"
Efremov. La lucha por la paz democrática se hallaba
en buenas manos.
La declaración del nuevo gobierno era una maliciosa
parodia de la declaración de la democracia formulada
en Moscú. El sentido de la coalición no radicaba,
sin embargo, en el programa de reformas, sino en la tentativa
de completar la obra de las jornadas de julio: decapitar la
revolución aplastando a los bolcheviques. Pero en este
punto, el Rabochi Put [El Camino Obrero], una de las reencarnaciones
de la Pravda, recordaba insolentemente a los aliados: "Os
habéis olvidado de que los bolcheviques son ahora los
soviets de obreros y soldados." Al refrescar así
la memoria a los aliados, el Rabochi Put daba en lo vivo.
"Surgía la pregunta fatal -confiesa Miliukov-:
¿No será tarde? ¿No será tarde
para declarar la guerra a los bolcheviques?..."
En efecto, acaso fuera tarde ya. El día en que se formó
el nuevo gobierno, compuesto de seis ministros burgueses y
diez semisocialistas, terminaba la formación del nuevo
Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, compuesto
de 13 bolcheviques, seis socialrevolucionarios y tres mencheviques.
El Soviet acogió la coalición gubernamental
con una resolución presentada por su nuevo presidente,
Trotsky: "El nuevo gobierno... entrará en la historia
de la revolución como el gobierno de la guerra civil...
La noticia de la formación del nuevo gobierno será
acogida por toda la democracia revolucionaria con una sola
respuesta: ¡la dimisión! Apoyándose en
este clamor unánime de la auténtica democracia,
el Congreso de los soviets creará un poder revolucionario
verdadero." Los adversarios no querían ver en
esta resolución más que uno de los acostumbrados
votos de desconfianza. En realidad, era el programa de la
revolución. Para llevarlo a la práctica iba
a hacer falta exactamente un mes.
La línea quebrada de la economía seguía
inclinándose bruscamente hacia abajo. El gobierno,
el Comité central ejecutivo y, poco después,
el Preparlamento recién creado, registraban los hechos
y los síntomas de crisis como argumentos contra la
anarquía, los bolcheviques y la revolución.
Pero ni por ensoñación contaban con un plan
económico. El órgano creado cerca del gobierno
para regular la economía no daba ni un solo paso serio.
Los industriales cerraban las fábricas. El tráfico
ferroviario se reducía, por la escasez de carbón.
En las ciudades, las centrales eléctricas languidecían,
la prensa denunciaba clamorosamente la catástrofe.
Subían los precios, los obreros se declaraban en huelga
unos tras otros, a pesar de las advertencias del partido,
de los soviets, de los sindicatos. Sólo se abstenían
de promover conflictos los sectores de la clase obrera que
se preparaban ya conscientemente para la revolución.
Acaso donde había más tranquilidad era en Petrogrado.
El gobierno se enajenaba las simpatías de todo el mundo
por su insensibilidad ante las masas, por su irreflexivo indiferencia
ante sus necesidades, y por su fraseología provocativa,
como respuesta a las protestas y a los gritos de desesperación.
Hubiérase dicho que buscaba deliberadamente los conflictos.
Casi desde los días de la revolución de Febrero,
venían los obreros y empleados ferroviarios exigiendo
el aumento de los salarios. Una Comisión sucedía
a otra; nadie les daba respuesta. La situación de los
ferroviarios se hacía insostenible. Los conciliadores
calmaban a la gente; el "Vikjel" la contenía.
Pero el 24 de septiembre se produjo la explosión. Hasta
entonces no se dio cuenta de la situación el gobierno;
se hicieron algunas concesiones a los ferroviarios, y la huelga,
que se había extendido a gran parte de las líneas,
terminó el 27.
Durante los meses de agosto y septiembre, la situación,
desde el punto de vista de las subsistencias empeora rápidamente.
En los días de la sublevación de Kornílov,
la ración de pan había sido ya reducida en Moscú
y Petrogrado hasta media libra por día. En el distrito
de Moscú se daban no más que dos libras semanales.
La región del Volga, el sur, el frente, todas las regiones
del país, atravesaban una aguda crisis de subsistencias.
En algunas fábricas de la región textil de las
cercanías de Moscú se empezaba ya a sufrir hambre
en el sentido literal de la palabra. Los obreros y las obreras
de la fábrica Smirnov -el patrono de la misma había
sido invitado precisamente aquellos días a desempeñar
el papel de inspector del Estado en la nueva coalición
ministerial- habían celebrado una manifestación
en la vecina ciudad de Orejovo-Zuyevo, con unos cartelones
en que se leía: "¡Tenemos hambre! ¡Nuestros
hijos están hambrientos! ¡Quién no está
con nosotros está contra nosotros!" Los obreros
de Orejovo y los soldados del hospital militar de la localidad
repartieron sus miserables raciones con los manifestantes:
era ésta otra coalición que se alzaba contra
la coalición gubernamental.
Los periódicos registraban a diario nuevos focos de
colisiones y revueltas; protestaban los obreros, los soldados,
las clases humildes de las ciudades. Las mujeres de los soldados
exigían el aumento de los subsidios, vivienda, leña
para el invierno. La agitación de los "cien negros"
buscaba un estímulo en el hambre de las masas. El periódico
kadete de Moscú, Ruskie Viedomosti [La Gaceta Rusa],
que en otro tiempo había combinado el liberalismo con
el propulismo, manifestaba ahora odio y repugnancia hacia
el auténtico pueblo. "Se ha extendido por toda
Rusia una ola de disturbios..., escribían los profesores
liberales. Lo que más dificulta la lucha contra esos
disturbios... es el carácter espontáneo e incoherente
de los mismos... Puede recurriese a las medidas de represión,
al auxilio de la fuerza armada..., pero precisamente esa fuerza
armada, personificada por los soldados de las guarniciones
locales, es la que desempeña el principal papel en
los disturbios... La muchedumbre... se echa a la calle y empieza
a sentirse dueña de la situación."
El fiscal de Saratov decía lo siguiente al ministro
de Justicia, Maliantovich, que en la época de la primera
revolución se consideraba bolchevique: "El mal
principal, contra el que no es posible luchar, son los soldados...
Los actos de justicia espontáneos, las detenciones
y registros arbitrarios, las requisas de todas clases, todo
ello, en la mayor parte de los casos, se realiza exclusivamente
por los soldados, o con su participación directa."
En el mismo Saratov, en las capitales de distrito, en las
aldeas, "nadie ayuda en lo más mínimo a
la justicia". El fiscal no consigue registrar -tan numerosos
son- todos los crímenes cometidos por el pueblo.
Los bolcheviques estaban muy lejos de forjarse ilusiones en
cuanto a las dificultades que habían de echarse encima
al asumir el poder. "Al propugnar la consigna "Todo
el poder a los soviets" -decía el nuevo presidente
del Soviet de Petrogrado-, sabernos que no restañará
todas las heridas en un instante. Necesitamos un poder análogo
a un Comité de sindicato, que da lo que puede a los
huelguistas, no oculta nada, y cuando no puede dar, lo reconoce
así francamente..."
Una de las primeras sesiones del gobierno fue consagrada a
la "anarquía" reinante en provincias, y particularísimamente,
en el campo. Se reconoció de nuevo la necesidad de
"no detenerse ante las medidas más extremadas".
El gobierno descubrió, al mismo tiempo, que la causa
de la ineficacia de la lucha contra los desórdenes
era la escasa popularidad de que gozaban entre las masas de
población campesina los comisarios gubernamentales.
Para hacer frente a la situación, se decidió
crear con urgencia "comités especiales del gobierno
provisional" en todas las provincias en que se produjeran
disturbios. En lo sucesivo, los campesinos debían recibir
con aclamaciones de entusiasmo a los destacamentos punitivos.
Las fuerzas históricas inexorables arrastraban a los
gobernantes al abismo. Nadie creía seriamente en el
éxito del nuevo gobierno. El aislamiento de Kerenski
era irremediable. Las clases pudientes no podían olvidar
su traición a Kornílov. "El que estaba
dispuesto a batirse contra los bolcheviques -escribe el oficial
cosaco Kakliugin-, no quería hacerlo en nombre y en
defensa del gobierno provisional." Kerenski, al mismo
tiempo que se aferraba al poder, temía hacer uso de
él. La fuerza creciente de la resistencia paralizaba
su voluntad. Eludía toda decisión, y evitaba
el palacio de Invierno, donde la situación le obligaba
a obrar. Casi inmediatamente después de la formación
del nuevo gobierno, cedió la presidencia a Konovalov
y se marchó al Cuartel general, donde ninguna necesidad
tenían de él, y volvió a Petrogrado con
el fin exclusivo de abrir el Preparlamento. A pesar de las
insistencias de los ministros, el 14 se dirigió de
nuevo al frente. Kerenski quería sustraerse al destino
que le seguía pisándole los talones.
Konovalov, colaborador inmediato y suplente de Kerenski, se
desesperaba, según Nabokov, ante la versatilidad del
jefe del gobierno y la absoluta imposibilidad de confiar en
su palabra. El espíritu de los restantes miembros del
gabinete no se diferenciaba gran cosa del de su presidente.
Los ministros se lanzaban recíprocamente miradas de
zozobra, esperaban, salían del paso oyendo informes
'y se ocupaban de nimiedades. Al ministro de Justicia, Maliantovich,
le preocupaba extraordinariamente, según cuenta Nabokov,
que los senadores no recibieran a su nuevo colega Sokolov
vestidos de levita. "¿Qué le parece a usted
que debe hacerse?", preguntaba desasosegado. Conforme
al protocolo introducido por Kerenski, se observaba rigurosamente
la prescripción de que los ministros no se llamaran
entre sí por el apellido, como simples mortales, sino
por el cargo que ocupaban: "Señor ministro tal",
como correspondía a los ministros de un poder fuerte.
Los recuerdos de los actores parecen una sátira. El
propio Kerenski escribía posteriormente, a propósito
de su ministro de la Guerra: "Fue aquél el nombramiento
más desacertado: en toda la actuación de Verjovski
había algo cómico." Pero lo peor es que
toda la actuación del gobierno provisional llevaba
un sello de comicidad involuntario. Aquella gente no sabía
qué hacer. No gobernaba, sino que jugaba a gobernar,
de la misma manera que los chicos de la escuela juegan a los
soldados, sólo que de un modo mucho menos divertido.
Miliukov ha caracterizado de una manera muy precisa el estado
de ánimo del jefe del gobierno en ese período:
"En Kerenski, a medida que el terreno vacilaba bajo sus
pies, se manifestaban cada vez más claramente los síntomas
de ese patológico estado del espíritu que pudiera
calificarse, en términos de medicina, de "neurastenia
síquica". Sus amigos íntimos sabían
desde hacía mucho tiempo que Kerenski, que por las
mañanas se hallaba en un estado de decaimiento extremo,
pasaba en la segunda mitad del día a un estado de sobrexcitación,
bajo la acción de los medicamentos que tomaba."
Miliukov explica la especial influencia ejercida sobre Kerenski
por el ministro kadete Kischkin, siquiatra de profesión,
a causa del acierto con que sabía tratar al paciente.
Dejamos la íntegra responsabilidad de estos datos al
historiador liberal, que, si bien tenía de su parte
todas las posibilidades de conocer la verdad, no siempre hacía
de ésta su criterio supremo.
La declaración de un hombre tan allegado a Kerenski
como Stankievich confirma, si no la característica
siquiátrica, sí la característica sicológica
apuntada por Miliukov. "Kerenski me producía la
impresión -dice Stankievich- de estar rodeado de vacío
y de una extraña tranquilidad como yo no había
visto nunca. En torno a él no había nadie más
que sus invariables ayudantes. En cambio, no se veía
ni la multitud que antes le rodeaba constantemente, ni las
Comisiones, ni los reflectores... Surgieron raros momentos
de asueto, y tuve ocasión -que pocas veces se daba-
de hablar con Kerenski horas enteras, durante las cuales daba
muestras de una calma sorprendente."
Toda nueva modificación del gobierno se efectuaba en
nombre de un poder fuerte, y todo nuevo Ministerio empezaba
en tono mayor para caer en la postración al cabo de
pocos días. Tras esto, esperaba el empellón
de fuera para hundirse. El empellón lo daba indefectiblemente
el movimiento de las masas. La modificación del gobierno,
si se deja aparte del engañoso aspecto exterior, se
producía siempre en sentido opuesto al movimiento de
las masas. El tránsito de un gobierno a otro era completado
por tina crisis que cobraba un carácter cada vez más
prolongado y doloroso. Cada nueva crisis desgastaba una parte
del poder estatal, debilitada la revolución, desmoralizaba
a los dirigentes. El Comité ejecutivo, en los dos primeros
meses, podía hacerlo uso, incluso llamar normalmente
al poder a la burguesía. En los dos meses siguientes,
el gobierno provisional, junto con el Comité ejecutivo,
aún podía hacer mucho, incluso iniciar la ofensiva
en el frente. El tercer gobierno, con un Comité ejecutivo
debilitado, era capaz de iniciar la destrucción del
Partido bolchevique, pero no de llevarla a cabo hasta sus
últimas consecuencias. El cuarto gobierno, surgido
tras la crisis más prolongada, ya no era capaz de nada.
Apenas nacido, entró en la agonía, esperando,
con los ojos abiertos, a su sepulturero.
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