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La lengua
es el instrumento más importante de contacto entre
los hombres y, por tanto, de vinculación de la economía.
Se convierte en lengua nacional con la victoria de la circulación
mercantil que unifica una nación. Sobre esta base se
establece el Estado nacional, que es el terreno más
cómodo, ventajoso y normal para las relaciones capitalistas.
Si dejamos a un lado la lucha de los Países Bajos por
la independencia y el destino de la Inglaterra insular, la
época de la formación de las naciones burguesas
en Europa occidental ha comenzado con la gran Revolución
francesa, y en lo esencial termina aproximadamente un siglo
después con la constitución del Imperio alemán.
Pero ya en el período en que el Estado nacional en
Europa había dejado de absorber las fuerzas de producción
y se desarrollaba como Estado imperialista, en Oriente -Persia,
los Balcanes, China e India- se estaba en el comienzo de la
era de las revoluciones nacional democráticas, cuyo
impulso inicial fue dado por la Revolución rusa de
1905. La guerra de los Balcanes de 1912 representa el fin
de la formación de los Estados nacionales en el sudeste
de Europa. La guerra imperialista que siguió completó
de pasada la obra incompleta de las revoluciones nacionales
europeas, al producir el desmembramiento de Austria-Hungría,
la creación de una Polonia independiente y de Estados
limítrofes que se desprendieron del Imperio de los
zares.
Rusia no estaba constituida como un Estado nacional, sino
como un Estado de nacionalidades. Ello correspondía
a su carácter atrasado. Sobre la base de una agricultura
extensiva y un artesonado de aldea, el capital comercial,
en vez de desarrollarse en profundidad, transformando la producción,
lo hacía en extensión, acrecentando el radio
de sus operaciones. El comerciante, el propietario y el funcionario
se desplazaban del centro a la periferia, acompañando
la dispersión de los campesinos, y buscando nuevas
tierras y exenciones fiscales, penetraban en nuevos territorios,
donde se encontraban poblaciones todavía más
atrasadas. La expansión del Estado era fundamentalmente
la expansión de una economía agrícola,
la cual, pese a su primitivismo, revelaba una superioridad
sobre los nómadas del sur y de Oriente. El Estado de
castas y de burocracia que se forma sobre esa base inmensa
y ampliada constantemente llegó a ser lo suficientemente
poderoso como para someter a ciertas naciones de Occidente
que, aunque de cultura más avanzada, eran incapaces,
por su reducida población o sus crisis internas, de
defender su independencia (Polonia, Lituania, provincias bálticas,
Finlandia).
A los setenta millones de gran rusos que constituían
el macizo central del país se añadieron gradualmente
unos noventa millones de "alógenos", que
se dividían claramente en dos grupos: los occidentales,
superiores a los gran rusos por su cultura, y los orientales,
de un nivel inferior. Así se constituyó un Imperio
en el que la nacionalidad dominante no representaba más
que el 43 por 100 de la población, mientras que el
57 por 100 (de los cuales el 17 por 100 de ucranianos, 6 por
100 de polacos, 4,5 por 100 de rusos blancos) correspondían
a nacionalidades diversas tanto por su nivel cultural como
por su desigualdad de derechos.
Las ávidas exigencias del Estado y la indigencia de
la clase campesina bajo las clases dominantes engendraron
las formas más feroces de explotación. La opresión
nacional en Rusia era infinitamente más brutal que
en los Estados vecinos, no sólo en la frontera occidental,
sino incluso en la frontera oriental. El gran número
de naciones lesionadas en sus derechos y la gravedad de su
situación jurídica daban una fuerza explosiva
enorme al problema nacional en la Rusia zarista.
Mientras que en los Estados de nacionalidad homogénea,
la revolución burguesa desarrollaba poderosas tendencias
centrípetas, representadas bajo el signo de una lucha
contra el particularismo como en Francia, o contra la fragmentación
nacional como en Italia y Alemania, en los Estados heterogéneos
tales como Turquía, Rusia, Austria-Hungría,
la revolución retrasada de la burguesía desencadenaba,
al contrario, las fuerzas centrífugas. A pesar de la
evidente oposición de estos procesos, expresados en
términos de mecánica, su función histórica
es la misma en la media en que los casos se trata de utilizar
la unidad nacional como un importante receptáculo económico:
esto exigía realizar la unidad de Alemania y por el
contrario el desmembramiento de Austria-Hungría.
Lenin había calculado con suficiente anticipación
el carácter inevitable de los movimientos nacionales
centrífugos en Rusia, y durante años había
luchado obstinadamente, especialmente contra Rosa Luxemburgo,
por el famoso párrafo 9 del viejo programa del partido,
que formulaba el derecho de las naciones a disponer de sí
mismas, es decir, a separarse completamente del Estado. Con
ello, el partido bolchevique no se comprometía de ningún
modo a hacer propaganda separatista. A lo único que
se comprometía era a luchar con intransigencia contra
todo tipo de opresión nacional, incluyendo la retención
por la fuerza de cualquier nacionalidad en los límites
de un Estado común. Sólo por este camino el
proletariado ruso pudo conquistar gradualmente la confianza
de las nacionalidades oprimidas.
Pero esto es sólo uno de los aspectos del problema.
La política de bolchevismo en la cuestión nacional
tenía otro aspecto, que, aunque aparentemente estaba
en contradicción con el primero, lo completaba en realidad.
En el marco del partido, y en general de las organizaciones
obreras, el bolchevismo aplicaba el más riguroso centralismo,
luchando implacablemente contra todo contagio nacionalista
susceptible de enfrentar o dividir a los obreros.
Negando rotundamente el derecho al Estado burgués de
imponer a una minoría nacional una residencia forzosa
o incluso una lengua oficial, el bolchevismo estimaba al mismo
tiempo como una tarea sagrada ligar, lo más estrechamente
posible, en un gran todo a los trabajadores de diferentes
nacionalidades mediante una disciplina de clase voluntaria.
Así se rechazaba pura y simplemente el principio nacional
federativo de la estructura del partido. Una organización
revolucionaria no es el prototipo del Estado futuro, es únicamente
el instrumento para crearlo. La herramienta debe ser adecuada
para la fabricación del producto, pero de ningún
modo debe asimilarse a él. únicamente una organización
centralista puede asegurar el éxito de la-lucha revolucionaria
incluso cuando se trata de destruir la opresión centralista
sobre las naciones.
Para las naciones oprimidas de Rusia, derribar a la monarquía
significaba necesariamente realizar una revolución
nacional. Sin embargo, también aquí se manifestó
lo mismo que se había producido en todos los aspectos
del régimen de Febrero: la democracia oficial, ligada
por su dependencia política a la burguesía imperialista,
fue absolutamente incapaz de destruir las trabas del pasado.
Estimando incontestable su derecho a regir a las demás
naciones, continuaba defendiendo con obstinación las
fuentes de riqueza, de fuerza e influencia que aseguraban
a la burguesía gran rusa su situación dominante.
La democracia conciliadora se limitó a interpretar
las tradiciones de la política nacional del zarismo
con el lenguaje de una retórica emancipadora: se trataba
ahora de defender la unidad de la revolución. Pero
la coalición dirigente tenía otro argumento
más fuerte: las consideraciones derivadas de su situación
de guerra. Esto significaba que los esfuerzos de emancipación
de las diversas nacionalidades eran presentados como la obra
del Estado Mayor austroalemán. También aquí
los kadetes eran los primeros violines y los conciliadores
el acompañamiento.
Por supuesto, el nuevo poder no podía dejar intacta
la abominable procesión de ultrajes medievales infringidos
a los alógenos. Pero esperaban limitarse -y trataban
de conseguirlo- simplemente a la abolición de las leyes
de excepción contra las diversas naciones, es decir:
al establecimiento de una igualdad aparente entre los diversos
sectores de la población frente a la burocracia del
Estado gran ruso.
La igualdad formal de derechos jurídicos favorecía
sobre todo a los israelitas: el número de leyes que
limitaban sus derechos alcanzaba la cifra de seiscientas cincuenta
leyes. Además, como nacionalidad exclusivamente urbana
y una de las más dispersas, los judíos no podían
pretender una independencia en el Estado, ni tan siquiera
una autonomía territorial. En cuanto a la proyectada
"autonomía nacional cultural" que debía
unir a los judíos de todo el país en torno a
sus escuelas y otras instituciones, esta utopía reaccionaria,
que diversos grupos judíos habían recogido del
teórico austríaco Otto Bauer, se derritió
desde el primer día de la libertad como la cera bajo
los rayos del sol.
Pero la revolución es precisamente una revolución
porque no se contenta con limosnas ni con pagos a plazos.
La anulación de las restricciones más vergonzosas
establecía en la forma la igualdad de los ciudadanos,
independientemente de la nacionalidad; pero con ello se manifestaba
más vivamente la desigualdad de los derechos jurídicos
entre las mismas naciones, dejándolas a la mayor parte
en situación de hijas legítimas o adoptivas
del Estado gran ruso.
La igualdad de derechos civiles no significaba nada para los
fineses, que no buscaban la igualdad con los rusos, sino su
independencia de Rusia. No aportaba nada a los ucranianos,
que anteriormente no habían conocido ninguna restricción,
pues se les había declarado rusos a la fuerza. No cambiaba
nada la situación de los letones y de los estonianos,
aplastados por la gran propiedad alemana y por la ciudad rusoalemana.
No aliviaba lo más mínimo la suerte de las tribus
y de los pueblos atrasados de Asia, mantenidos en el abismo
de la carencia total de derechos jurídicos, no por
restricciones, sino por las cadenas de una servidumbre económica
y cultural. La coalición liberal conciliadora no quería
ni plantearse estas cuestiones. El Estado democrático
seguía siendo el mismo Estado del funcionario gran
ruso que no estaba dispuesto a ceder su puesto a nadie.
A medida que la revolución ganaba más ampliamente
a las masas en la periferia, aparecía más claramente
que la lengua oficial era allí la de las clases dominantes.
El régimen de la democracia formal, debido a su libertad
de prensa y reunión, daba lugar a que las nacionalidades
oprimidas y atrasadas sintieran todavía más
profundamente hasta qué punto estaban privadas de los
medios más elementales de desarrollo cultural: escuelas,
tribunales y funcionarios propios. La postergación
de los problemas a la futura Asamblea constituyente no hacía
más que exacerbar los ánimos; en definitiva,
la Asamblea estaría dominada por los mismos partidos
que había creado el gobierno provisional, que seguían
manteniendo las tradiciones de los rusificadores, y marcando
de forma tajante hasta qué límite las clases
dominantes estaban dispuestas a llegar.
Finlandia se transformó rápidamente en una espina
clavada en el cuerpo del régimen de Febrero. Debido
a la gravedad del problema agrario, que afectaba en Finlandia
a los torpari, es decir a los pequeños arrendatarios
oprimidos, los obreros industriales que sólo representaban
el 14 por 100 de la población arrastraron tras sí
a la aldea. El Seim finés [la Dieta] llegó a
ser el único parlamento en el que los socialdemócratas
obtuvieron la mayoría: 103 sobre 200 escaños
de diputados. Después de haber proclamado por la ley
del 5 de junio la soberanía de Seim, excepto en las
cuestiones concernientes al ejército y a la política
exterior, la socialdemocracia finesa se dirigió "a
los partidos hermanos de Rusia" para obtener su apoyo.
Pronto descubrió que el recurso estaba mal destinado.
El gobierno se puso al margen, dejando libertad de acción
"a los partidos hermanos". Una delegación
dirigida por Cheidse, enviada para sermonear, volvió'
de Helsingfors sin haber obtenido el menor resultado. Entonces,
los ministros socialistas de Petrogrado, Kerenski, Chernov,
Skobelev, Tsereteli, decidieron liquidar al régimen
socialista de Helsingfors por la violencia. El jefe de Estado
Mayor del Gran Cuartel general, el monárquico Lukomski,
advirtió a las autoridades civiles y a la población
que si se producía alguna manifestación contra
el ejército ruso, "sus ciudades, empezando por
Helsingfors, serían devastadas". Después
de haber preparado el terreno de este modo, el gobierno proclamó
la disolución del Seim en un solemne manifiesto, cuyo
estilo parecía plagiado de la monarquía y puso
a las puertas del parlamento finés a soldados rusos
traídos del frente el mismo día en que comenzaba
una ofensiva. Así, en su camino hacia octubre, las
masas rusas recibieron una buena lección que les enseñaba
el lugar convencional que ocupaban los principios democráticos
en la lucha de clases.
Las tropas revolucionarias de Finlandia adoptaron una postura
digna ante el desenfreno nacionalista de los dirigentes. El
Congreso regional de los soviets que se celebró en
Helsingfors en la primera quincena de septiembre declaró:
"Si la democracia finesa juzga necesario reanudar las
sesiones del Seim, el Congreso considerará actos contrarrevolucionarios
todas las tentativas que se opongan a esta medida." Era
un ofrecimiento directo de asistencia militar. Pero la socialdemocracia
finesa, en la que predominaban las tendencias conciliadoras,
no estaba dispuesta a emprender la vía insurreccionar.
Las nuevas elecciones, que tuvieron lugar bajo la amenaza
de una nueva disolución, aseguraron a los partidos
burgueses, con cuyo asentimiento el gobierno había
disuelto el Seim, una pequeña mayoría: 108 votos
sobre 200.
Pero en esta Suiza del norte, en este país de montañas
de granito y propietarios avaros, empiezan a plantearse en
primera línea problemas internos que llevan inevitablemente
a la guerra civil. La burguesía finesa prepara semipúblicamente
a sus cuadros militares. Al mismo tiempo se constituyen las
células secretas de la Guardia roja. La burguesía
se dirige a Suecia y Alemania para conseguir armas e instructores.
Los obreros encuentran apoyo en los soldados rusos. Al mismo
tiempo, en los círculos burgueses, que la víspera
estaban dispuestos a entenderse con Petrogrado, se refuerza
el movimiento por una completa separación de Rusia.
El periódico dirigente Huvudstatbladet escribía:
"El pueblo ruso se acerca a un desenlace anárquico...
En estas condiciones, ¿no deberíamos desligarnos
en lo posible de este caos?" El gobierno provisional
se vio obligado a hacer concesiones sin esperar a la Asamblea
constituyente: el 23 de octubre fue adoptada una ordenanza
"de principio" sobre la independencia de Finlandia,
excepción hecha de los asuntos militares y de las relaciones
exteriores. Pero "la independencia" otorgada por
Kerenski no valía ya gran cosa: sólo faltaban
dos días para su caída.
Ucrania fue otra espina, pero mucho más profundamente
clavada. A principios de junio, Kerenski había prohibido
el Congreso de las tropas de Ucrania convocado por la Rada.
Pero los ucranianos no cedieron. Para salvar la posición
del gobierno, Kerenski legalizó el Congreso con retraso
enviando un pomposo telegrama que los congresistas escucharon
con risas poco respetuosas. La amarga lección no le
impidió a Kerenski prohibir tres semanas más
tarde el Congreso de los militares musulmanes en Moscú.
Parecía como si el gobierno democrático se diese
prisa en sugerir a las naciones descontentas: sólo
recibiréis aquello que arranquéis con vuestras
manos.
En el primer número del Universal, aparecido el 10
de junio, acusando a Petrogrado de oponerse a la autonomía
nacional, la Rada proclamaba: "En adelante nosotros mismos
regiremos nuestra propia vida." Los kadetes trataban
a los dirigentes ucranianos de agentes alemanes. Los conciliadores
les enviaban exhortaciones sentimentales. El gobierno provisional
envió a Kiev una delegación. En la atmósfera
sobrecargada de Ucrania, Kerenski, Tsereteli y Terechenko
se vieron obligados a dar algunos pasos hacia la Rada. Pero
después del aplastamiento de julio de los obreros y
soldados, el gobierno dio viraje a la derecha en la cuestión
ucraniana. El 5 de agosto, por mayoría aplastante,
la Rada acusó al gobierno, "impregnado de las
tendencias imperialistas de la burguesía rusa",
de haber violado la convención del 3 de julio. "¡Cuando
tuvo que cumplir el tratado -escribía el jefe del poder
en Ucrania, Vinichenko-, el gobierno provisional... procedió
como un pequeño estafador que pretendía arreglar
con trampas un gran problema histórico." Este
lenguaje inequívoco muestra cuál era la autoridad
del gobierno incluso en los círculos que políticamente
debería tener más próximos, ya que, a
fin de cuentas, el conciliador Vinichenko no se distinguía
de Kerenski más de lo que un mal novelista pueda diferenciarse
de un abogado mediocre.
A decir verdad, en septiembre el gobierno publicó por
fin un acta que reconocía a las nacionalidades de Rusia
-dentro de los marcos que fijase la Asamblea constituyente-
el derecho de "disponer de sí mismas". Pero
esta letra de cambio girada sin ninguna garantía para
el futuro, contradictoria en sí misma, extremadamente
imprecisa en todo, salvo en las reservas que hacía,
no inspiraba confianza a nadie: los actos del gobierno provisional
gritaban ya demasiado alto contra él.
El 2 de septiembre el mismo Senado que se había negado
a recibir en sus sesiones a los nuevos miembros no revestidos
del antiguo uniforme decidió rechazar la promulgación
de una instrucción confirmada por el gobierno, dirigida
al secretario general de Ucrania, es decir, al gabinete de
los ministros de Kiev. Motivo: no existe ninguna ley sobre
el secretariado y no es posible enviar instrucciones a una
institución ilegal. Los eminentes juristas no ocultaban
que el acuerdo del gobierno con la Rada constituía
una usurpación de los derechos de la Asamblea constituyente:
los partidarios más acérrimos de la democracia
pura se hallaban ahora junto a los senadores del zar. Mostrando
tanta valentía, la oposición de derechas no
arriesgaba absolutamente nada: sabían que su postura
sería completamente del gusto de los dirigentes. Si
la burguesía rusa podía resignarse a reconocer
una cierta independencia a Finlandia, que tenía con
Rusia débiles lazos económicos, no podía
de ningún modo consentir la "autonomía"
de los trigos de Ucrania, del carbón de Donetz y del
mineral de Krivoi Rog.
El 19 de octubre, Kerenski ordenó telegráficamente
a los secretarios generales de Ucrania "venir urgentemente
a Petrogrado para darle explicaciones personales" sobre
su agitación criminal en favor de una Asamblea constituyente
ucraniana. Al mismo tiempo, el ministerio fiscal de Kiev era
invitado a abrir una instrucción contra la Rada. Pero
los rayos lanzados contra Ucrania espantaban tan poco como
divertían las gentilezas hacia Finlandia.
Los conciliadores ucranianos se sentía en esta época
infinitamente más estables que sus primos mayores de
Petrogrado. Independientemente de la atmósfera favorable
que rodeaba su lucha por los derechos nacionales, la estabilidad
relativa de los partidos pequeño burgueses de Ucrania,
así como de otras naciones oprimidas, tenía
raíces económicas y sociales que se pueden calificar
con una palabra: atraso. A pesar del rápido desarrollo
industrial de las cuencas de Donetz y de Krivoi Rog, Ucrania
seguía yendo a remolque de la Gran Rusia, el proletariado
ucraniano era menos homogéneo y templado, el partido
bolchevique seguía siendo, en cantidad y en calidad,
débil, se separaba lentamente de los mencheviques,
discernía mal los problemas políticos, sobre
todo en la cuestión nacional. Incluso en Ucrania oriental,
industrial, la conferencia regional de los soviets, a mediados
de octubre, daba una pequeña mayoría a los conciliadores.
La burguesía ucraniana era relativamente aún
más débil. Una de las causas de la inestabilidad
social de la burguesía rusa en su conjunto era, como
se recordará, que su sector más poderoso se
componía de extranjeros que ni siquiera vivían
en Rusia. En la periferia, este hecho se complicaba con otro
que no tenía menor importancia: la burguesía
del país, del interior, pertenecía a otra nación
diferente de la masa principal de pueblo.
La población urbana de la periferia se distinguía
totalmente en su composición nacional de la población
de las aldeas. En Ucrania y en Rusia blanca, el propietario
terrateniente, el capitalista, el abogado eran gran rusos,
polacos, judíos, extranjeros, mientras que, por el
contrario, la población del campo era totalmente ucraniana
y rusa blanca. En las provincias del Báltico las ciudades
eran centros de la burguesía alemana, rusa y judía:
la aldea era letona y estoniana en su totalidad. En las ciudades
de Georgia predominaba la población rusa y armenia,
y también en el Azerbaidján turcomano. Separados
de la masa esencial del pueblo, no sólo por el nivel
de vida y costumbres, sino también por la lengua, exactamente
como los ingleses en la India; obligados a depender del aparato
burocrático para la defensa de sus haciendas y de sus
ingresos; ligados inseparablemente a las clases dominantes
de todo el país, los propietarios nobles, los industriales
y los comerciantes de la periferia agrupaban en torno suyo
a un estrecho círculo de funcionarios, empleados, maestros
de escuela, médicos, abogados, periodistas y en parte
también obreros, todos ellos rusos, que transformaban
las ciudades en focos de rusificación y de colonización.
La aldea podía pasar inadvertida mientras estuviera
callada. Pero cuando empezó a elevar la voz con impaciencia
creciente, la ciudad resistió obstinadamente para defender
su situación privilegiada.
El funcionario, el comerciante, el abogado, aprendieron rápidamente
a camuflar su lucha por la conservación de las posiciones
estratégicas en la economía y en la cultura
bajo una altanera condenación del chovinismo renaciente.
El esfuerzo de la nación dominante por mantener el
statu quo se colorea frecuentemente de un supranacionalismo,
así como el esfuerzo de un país vencedor toma
la forma de pacifismo para conservar lo que ha robado. Es
así como MacDonald se siente internacionalista ante
Gandhi. Así es también como el acercamiento
de los austríacos hacia Alemania le parece a Poincaré
un insulto para el pacifismo francés.
"La gente que vive en las ciudades de Ucrania -escribía
en mayo la delegación de la Rada de Kiev al gobierno
provisional- ven las calles rusificadas de estas ciudades...
y olvidan completamente que estas ciudades no son más
que islotes en el mar del pueblo ucraniano." Cuando Rosa
Luxemburgo, en su polémica póstuma sobre el
programa de la revolución de Octubre, afirmaba que
el nacionalismo ucraniano, que había sido hasta entonces
la simple "diversión" de una decena de intelectuales
pequeños burgueses, había sido inflado artificialmente
por la consigna bolchevique del derecho de las naciones a
disponer de sí mismas; pese a su claridad de espíritu,
incurría en un error histórico muy grave: el
campesinado de Ucrania no había formulado en el pasado
reivindicaciones nacionales porque en general no se había
elevado hasta la política. El principal mérito
de la insurrección de Febrero -el único, digamos,
pero completamente suficiente- consistió precisamente
en que dio al fin la posibilidad de que las clases y naciones
más oprimidas de Rusia pudiesen expresarse en alta
voz. El despertar político del campesinado no podía
producirse más que con la vuelta al idioma natal y
con todas las consecuencias que se desprendían de ello
en materia de escuelas, tribunales y administraciones autónomas.
Oponerse a ello hubiese sido una tentativa para hacer volver
a los campesinos a la nada.
La heterogeneidad nacional entre la ciudad y la aldea se hacía
sentir dolorosamente también en los soviets dado su
carácter de organizaciones fundamentalmente urbanas.
Bajo la dirección de los partidos conciliadores, los
soviets fingían ignorar continuamente los intereses
nacionales de la población autóctono. Esta era
una de las causas de la debilidad de los soviets en Ucrania.
Los Soviets de Riga y de Reval olvidaban los intereses de
los letones y de los estonianos. El Soviet conciliador de
Bakú no tenía en cuenta los intereses de la
población principalmente turca. Bajo la bandera de
un falso internacionalismo, los soviets dirigían frecuentemente
la lucha contra la ofensiva nacionalista ucraniana y musulmana,
disimulando la rusificación opresiva ejercida por las
ciudades. Pasará todavía mucho tiempo, incluso
bajo la dominación de los bolcheviques, antes que los
soviets de la periferia hayan aprendido a hablar el lenguaje
de la aldea.
A los alógenos siberianos, aplastados por las condiciones
naturales y la explotación, su primitivismo económico
y cultural les impedía, en general, elevarse hasta
el nivel donde comienzan las reivindicaciones nacionales.
La vodka, el fisco y la ortodoxia obligatoria eran desde siglos
las principales palancas del poder del Estado. La enfermedad
que los italianos llamaban "enfermedad francesa"
y que los franceses llaman "el mal napolitano",
se llamaba "mal ruso" entre los siberianos: ello
indica de qué fuentes provenían las semillas
de la civilización. La revolución de Febrero
no había llegado hasta allí. Habrá que
esperar todavía mucho tiempo la aurora para los cazadores
y los conductores de renos de las inmensidades polares.
Para los pueblos y tribus del Volga en el Cáucaso septentrional
y en el Asia central, que despertaron de su existencia prehistórica
-por primera vez gracias a la revolución de Febrero,
ni la burguesía nacional ni el proletariado existían.
Por encima de la masa campesina o pastoril, los estratos superiores
desprendían una delgada capa de intelectuales. Antes
de llegar hasta un programa de administración autónoma,
la lucha se centraba en la obtención de un alfabeto
propio, de un maestro propio y a veces... de un sacerdote
propio... Estos seres, los más oprimidos, constatarían
bien pronto con amargura que los instruidos patrones del Estado
no les permitirían educarse. Sobrepasando a todos en
atraso, se encontraban obligados a buscar un aliado en la
clase más revolucionaria. De este modo, a través
de los elementos de izquierda de su joven intelectualidad,
los votiacos, los chuvaches, los zirianos, las poblaciones
de Dagestán y del Turquestán comenzaron a abrirse
camino hacia los bolcheviques.
La evolución económica del centro modificó
la suerte de las posesiones coloniales, principalmente en
Asia central, cuando después del saqueo directo y declarado,
sobre todo el saqueo comercial, se utilizaron métodos
más disimulados y los campesinos de Asia se convirtieron
en suministradores de materias primas industriales, sobre
todo de algodón. La explotación organizada jerárquicamente,
y que combinaba la barbarie del capitalismo con la de las
costumbres patriarcales, conseguía mantener a los pueblos
de Asia en un estado de extrema sumisión nacional.
El régimen de febrero había dejado en esto todas
las cosas en su antiguo estado.
Las mejores tierras de que habían sido despojados bajo
el régimen zarista los baskires, buriatos, kirguises
y otros nómadas, continuaban en manos de los propietarios
nobles y de los campesinos rusos acomodados, dispersos en
los oasis de colonización entre la población
indígena. El despertar del espíritu de independencia
nacional significaba aquí, ante todo, la lucha contra
los colonizadores, que habían creado una fragmentación
oficial y habían condenado a los nómadas al
hambre y a la muerte. Por su parte, los intrusos defendían
encanecidamente la unidad de Rusia, es decir la inmunidad
de sus saqueos, contra el "separatismo" de los asiáticos.
El odio de los colonos al movimiento de los indígenas
adoptaba formas zoológicas. En la Transbaikalia se
preparaban apresuradamente pogromos de buriatos, bajo la dirección
de los socialistas revolucionarios de Marzo, representados
por secretarios de cantón y suboficiales venidos del
frente. En su esfuerzo por mantener el mayor tiempo posible
el viejo orden establecido, todos los explotadores y promotores
de violencias en las regiones colonizadas invocaban, sin embargo,
los derechos ciudadanos de la Asamblea constituyente: esta
fraseología les era comunicada por el gobierno provisional,
que encontraba en ellos su mejor apoyo. Por otra parte, los
estratos más privilegiados de los pueblos oprimidos
invocaban cada vez más a menudo el nombre de la Asamblea
constituyente. Incluso los imanes de la religión musulmana,
que habían levantado el estandarte verde del Corán
sobre las poblaciones de las montañas y las tribus
recién movilizadas del Cáucaso septentrional,
insistían en la necesidad de aguardar "hasta la
Asamblea constituyente" en todos los casos en que la
presión de abajo les colocaba en situaciones difíciles.
Ello se convirtió en la consigna de los conservadores,
de la reacción, de los intereses y privilegios codiciosos
en todos los rincones del país. El llamamiento a la
Asamblea constituyente significaba esperar y contemporizar.
Contemporizar significaba: unir fuerzas y ahogar la revolución.
Sin embargo, la dirección caía en manos de las
autoridades religiosas o de la nobleza feudal, sólo
en los primeros tiempos, en los pueblos atrasados y casi exclusivamente
entre los musulmanes. En líneas generales, el movimiento
nacional en el campo tenía como cabeza natural a los
maestros y oficiales y parcialmente los comerciantes. Junto
a la intelligentsia rusa o rusificada, en las ciudades de
la periferia se constituyó entre los elementos más
ricos y acomodados una capa más joven, ligada estrechamente
a la aldea por sus orígenes, que no había encontrado
acceso a la mesa del capital, y que tomó naturalmente
a su cargo la representación política de los
intereses nacionales, también parcialmente los sociales,
de las amplias masas del campesinado.
Oponiéndose a los conciliadores con hostilidad en lo
que se refiere a las reivindicaciones nacionales, sin embargo
los conciliadores de la periferia eran esencialmente del mismo
tipo y a menudo llevaban incluso las mismas denominaciones.
Los socialistas revolucionarios y los socialdemócratas
de Ucrania, los mencheviques de Georgia y Letonia, los "laboristas"
de Lituania, se esforzaban -igual que sus homónimos
gran rusos- por mantener la revolución en el marco
del régimen burgués. Pero la extrema debilidad
de la burguesía indígena obligaba aquí
a los mencheviques y socialistas revolucionarios a rechazar
la coalición y a tomar en sus manos el poder. Forzados
a ir más allá que el poder central en las cuestiones
agraria y obrera, los conciliadores de la periferia ganaban
mucho prestigio mostrándose ante el ejército
y el país como adversarios del gobierno provisional
de coalición. Aunque esto no bastase para engendrar
destinos diferentes entre los conciliadores gran rusos y los
de la periferia, servía al menos para determinar la
diferencia de ritmos en su ascenso y declive.
La socialdemocracia georgiana no sólo arrastraba tras
ella al campesinado indigente de la pequeña Georgia,
sino que pretendía -no sin cierto éxito- dirigir
el movimiento de la "democracia revolucionaria"
de toda Rusia. En los primeros meses de la revolución,
las altas esferas de la intelligentsia georgiana consideraban
a Georgia no como una patria nacional, sino como una Gironda,
una provincia escogida del sur llamada a suministrar jefes
para el país entero. En la Conferencia de Estado de
Moscú, uno de los mencheviques georgianos más
de moda, Chenkeli, se jactó diciendo que los georgianos
incluso bajo el régimen zarista, tanto en la prosperidad
como en los reveses habían proclamado "la única
patria es Rusia". "¿Qué decir de la
nación georgiana? -preguntaba el mismo Chenkeli un
mes después, en la Conferencia democrática-.
Está integralmente al servicio de la gran Revolución
rusa". Y, efectivamente, tanto georgianos como judíos
estaban siempre "al servicio" de la burocracia gran
rusa cuando había que moderar o frenar las reivindicaciones
nacionales de las diferentes regiones.
Esto continuó, sin embargo, sólo mientras los
socialdemócratas georgianos conservaron la esperanza
de mantener la revolución en el marco de la democracia
burguesa. A medida que aparecía el peligro de una victoria
de las masas dirigidas por los bolcheviques, la socialdemocracia
georgiana aflojaba sus lazos con los conciliadores rusos,
relacionándose más estrechamente con los elementos
reaccionarios de la misma Georgia. Con la victoria de los
soviets, los partidarios georgianos de Rusia una e indivisible
se convierten en los oráculos del separatismo y enseñan
los amarillos colmillos del chovinismo a los otros pueblos
de la Transcaucasia.
El inevitable disfraz nacional de los antagonismos sociales,
menos desarrollados por otra parte en la periferia, explica
suficientemente por qué la revolución de Octubre
debía encontrar más resistencia en la mayoría
de las naciones oprimidas que en Rusia central. Pero en cambio,
la lucha nacional por sí misma quebrantaba violentamente
al régimen de Febrero, creando para la revolución
en el centro una periferia política suficientemente
favorable.
Los antagonismos nacionales adquirían una particular
gravedad allí donde coincidían con los antagonismo
de clase. La lucha secular entre el campesinado letón
y los barones alemanes lanzó, al comenzar la guerra,
a miles de trabajadores letones a alistarse voluntariamente
en el ejército. Los regimientos de cazadores, compuesto
de jornaleros y campesinos letones, figuraban entre los mejores
del frente. Sin embargo, en mayo ya se pronunciaban por el
poder de los soviets. El nacionalismo resultó ser la
envoltura de un bolchevismo poco maduro. Un proceso análogo
tenía lugar también en Estonia.
En Rusia blanca -donde había propietarios polacos o
polonizados, una población judía en las ciudades
y localidades junto a funcionarios rusos- el campesinado,
doble y triplemente oprimido, bajo la influencia del frente
cercano, dirigió ya desde antes de Octubre su revuelta
nacional y social en la corriente bolchevique. Una mayoría
aplastante de ellos votará por los bolcheviques en
las elecciones para la Asamblea constituyente.
Todos estos procesos en los que el despertar de la dignidad
nacional se combinaba con una indignación social, unas
veces reteniéndola otras empujándola hacia adelante,
tenían su expresión más viva en el ejército,
donde se creaban febrilmente regimientos nacionales, patronizados,
tolerados o perseguidos por el poder central, según
su actitud hacia la guerra y hacia los bolcheviques, pero
que en su conjunto se volvían con hostilidad creciente
contra Petrogrado.
Lenin tomaba certeramente el pulso "nacional" de
la revolución. En su famoso artículo "La
crisis ha madurado", de finales de septiembre, afirmaba
con insistencia que la curia nacional de la conferencia democrática
"por su radicalismo ocupaba el segundo lugar, superado
únicamente por los sindicatos y con mayor porcentaje
de votos que los soviets contra la coalición (40 sobre
55)". Esto quería decir que las naciones oprimidas
ya no esperaban nada de la burguesía gran rusa. Cada
vez con más frecuencia ejercían directamente
sus derechos, por partes, según los métodos
de las expropiaciones revolucionarias.
En el Congreso de los buriatos en octubre, en el lejano Verjneudinsk,
un informante testimonia que "la revolución de
Febrero no ha aportado nada nuevo a la situación de
los alógenos". Un balance semejante obligaba,
si no a alinearse con los bolcheviques, sí al menos
a observar una neutralidad más amistosa hacia ellos.
El Congreso de las tropas de Ucrania, que residía en
Petrogrado durante las jornadas de la revolución, decidió
combatir la reivindicación de la entrega del poder
a los soviets en Ucrania, pero al mismo tiempo se negó
a considerar la insurrección de los bolcheviques gran
rusos como "una acción antidemocrática"
y prometió emplear todos los medios necesarios para
que las tropas no fuesen enviadas a aplastar la insurrección.
Esta ambigüedad, que caracteriza tan claramente la fase
pequeño burguesa de la lucha nacional, facilitaba la
revolución del proletariado, decidida a terminar con
todos los equívocos.
Por otro lado, los círculos burgueses de la periferia
que estaban siempre invariablemente inclinados hacia el poder
central, se lanzaban ahora a un separatismo que en muchos
casos no tenía ni sombra ni fundamentos nacionales.
La burguesía ultrapatriota de las provincias bálticas,
que aún la víspera misma era todavía
el mejor apoyo de los Romanov después de los barones
alemanes, enarbolaba ahora la bandera del separatismo entrando
en lucha contra la Rusia bolchevique y las masas de su propio
país. En este orden de cosas se produjeron fenómenos
aún más extraños. El 20 de octubre surgió
una nueva formación gubernamental, denominada "Unión
sudoriental de las tropas cosacas, de los montañeses
del Cáusaco y de los pueblos libres de las estepas".
Los altos dirigentes de los cosacos del Don, del Kuban, del
Ter y de Astrakán, el más poderoso sostén
del centralismo imperial, se habían transformado en
unos meses en partidarios apasionados de la federación
y sobre esta base se habían fusionado con los jefes
musulmanes, montañeses y los hombres de las estepas.
Las vallas del régimen federativo servirían
de barrera contra el peligro bolchevique procedente del norte.
A pesar de ello, antes de crear los principales reductos de
la guerra civil contra los bolcheviques, el separatismo contrarrevolucionario
apuntaba directamente contra la coalición dirigente,
desmoralizándola y debilitándola.
Y de este modo el problema nacional, al igual que los otros,
mostraba al gobierno provisional una cabeza de medusa, cuya
cabellera, las esperanzas de marzo y abril, estaba hecha de
las serpientes del odio y de la revuelta.
Al producirse la insurrección, el partido bolchevique
distó mucho de adoptar inmediatamente la posición
ante la cuestión nacional que le aseguró finalmente
la victoria. Esto no se refiere únicamente a la periferia,
con sus organizaciones del partido débiles e inexpertas,
sino también al centro de Petrogrado. El partido estuvo
tan debilitado durante los años de guerra, tan bajo
cayó el nivel teórico y político de los
cuadros que la dirección oficial adoptó también
ante la cuestión nacional -hasta la llegada de Lenin-
una posición muy embrollada y vacilante.
Cierto es que los bolcheviques ' de acuerdo con la tradición,
seguían defendiendo el derecho de las naciones a disponer
de sí mismas. Pero también los mencheviques
admitían de palabra esta fórmula: el texto del
programa seguía siendo común. Sin embargo, la
cuestión del poder tenía una importancia decisiva,
a pesar de lo cual los dirigentes temporales del partido se
mostraban absolutamente incapaces de comprender el irreductible
antagonismo entre las consignas bolcheviques de las cuestiones
nacional y agraria, por una parte, y el mantenimiento del
régimen burgués imperialista, incluso camuflado
bajo formas democráticas, por otra.
La posición democrática encontró su expresión
más vulgar en la pluma de Stalin. En su artículo
del 25 de marzo sobre el decreto gubernamental que abolía
las restricciones de los derechos nacionales, Stalin intentó
plantear la cuestión nacional en su dimensión
histórica. "La base social de la opresión
nacional -escribe-, la fuerza que la inspira es la aristocracia
terrateniente n su decadencia." En cuanto al hecho importante
de que la opresión nacional se haya desarrollado de
manera inaudita en la época del capitalismo y haya
encontrado su expresión más bárbara en
la política colonial, el autor no parece sospechar
nada en absoluto. "En Inglaterra -sigue diciendo-, donde
la aristocracia agraria comparte el poder con la burguesía,
donde no existe desde hace mucho tiempo la dominación
ilimitada de la aristocracia, la opresión nacional
es más suave, menos inhumana, siempre y cuando no tomemos
en consideración (?) la circunstancia de que, durante
la guerra, cuando el poder pasó a manos de los terratenientes,
(!), la opresión nacional se vio reforzada considerablemente
(persecuciones contra los irlandeses y los hindúes).
De este modo, los terratenientes aparecen como culpables de
la opresión de Irlanda y de la India, habiendo conseguido
el poder gracias a la guerra, a través de la persona
de Lloyd George"... "En Suiza y en América
del Norte -prosigue Stalin-, donde no hay terratenientes ni
lo hubo nunca (?), donde el poder pertenece indivisiblemente
a la burguesía, las nacionalidades se desarrollan libremente,
no hay lugar en general para la opresión nacional..."
El autor olvida completamente la cuestión de los negros
y la cuestión colonial en los Estados Unidos.
De este análisis completamente provinciano, que consiste
únicamente en establecer un vago contraste entre el
feudalismo y la democracia, se desprenden conclusiones políticas
simplemente liberales. "Hacer desaparecer de la escena
política a la aristocracia feudal, arrebatarle el poder,
significa precisamente liquidar la opresión nacional,
crear las condiciones materiales necesarias para la libertad
nacional. En la medida en que la revolución rusa ha
vencido -escribe Stalin-, ha creado ya esas condiciones materiales..."
Tenemos aquí, según parece, una apología
de la "democracia" imperialista más categórica
que todo lo que ha sido escrito sobre el mismo tema, en los
mismos días, por los mencheviques. Igual que en política
exterior, Stalin, a la zaga de Kámenev, esperaba llegar
a una paz democrática mediante la división del
trabajo con el gobierno provisional, también en política
interior, encontraba en la democracia del príncipe
Lvov "las condiciones materiales" de la liberación
nacional.
En realidad, la caída de la monarquía ponía
por primera vez completamente de manifiesto que no sólo
los propietarios reaccionarios, sino también toda la
burguesía liberal y, tras ella, toda la democracia
pequeño burguesa, con algunos líderes patriotas
de la clase obrera, se manifestaban adversarios irreductibles
de una verdadera igualdad de derechos nacionales, es decir,
de la supresión de los privilegios de la nación
dominante: todo su programa se reducía a una atenuación,
a una refinamiento cultural y a un camuflaje democrático
de la gran dominación rusa.
Durante la Conferencia de abril, al defender la resolución
de Lenin sobre la cuestión nacional, Stalin parte ya
formalmente de que "la opresión nacional es el
sistema... son las medidas... aplicadas por los círculos
imperialistas", pero pronto vuelve a caer inevitablemente
en su posición de marzo. "Cuanto más democrático
es el país, más débil es la opresión
nacional e inversamente", tal es el concepto abstracto
del ponente, propio de él y no tomado de Lenin. El
hecho de que la Inglaterra democrática oprima a la
India feudal con sus castas sigue escapando a su limitado
campo visual. A diferencia de Rusia, donde dominaba "una
vieja aristocracia terrateniente -prosigue Stalin-, en Inglaterra
y Austria-Hungría la opresión nacional no ha
adquirido formas de pogromo". ¡Como si no hubiera
existido en Inglaterra "nunca" aristocracia terrateniente,
o como si en Hungría esta aristocracia no siguiese
dominando! El carácter del desarrollo histórico,
combinando la "democracia" con la opresión
de las naciones débiles, seguía siendo para
Stalin un libro cerrado con siete llaves.
Que Rusia se haya constituido como un Estado de nacionalidades,
es el resultado de su retraso histórico. Pero el retraso
es un concepto complejo inevitablemente contradictorio. Un
país atrasado no camina tras las huellas de otro avanzado,
guardando siempre la misma distancia. En la época de
la economía mundial las naciones atrasadas se insertan
bajo la presión de las naciones avanzadas en la cadena
general del desarrollo y saltan algunos escalones intermedios.
Más aún, la ausencia de formas sociales y de
tradiciones estabilizadas hace que un país atrasado
-al menos hasta ciertos límites- sea extremadamente
accesible a la última palabra de la técnica
y el pensamiento mundiales. Pero el retraso no deja de ser
retraso. El desarrollo del conjunto asume un carácter
contradictorio y combinado. Lo que caracteriza a la estructura
de una nación atrasada es el predominio de los polos
históricos extremos, de los campesinos atrasados y
de los proletarios avanzados sobre las formaciones medias,
sobre la burguesía. Las tareas de una clase pasan a
los hombros de la otra. La eliminación de las supervivencias
medievales en la cuestión es también una tarea
del proletariado.
Nada caracteriza tan claramente el retraso histórico
de Rusia, si se le considera como un país europeo,
como el hecho de que en el siglo XX tuvo que liquidar el arriendo
forzoso y las zonas de residencia de los judíos, es
decir, la barbarie de la servidumbre y del ghetto. Pero para
resolver estas tareas, Rusia poseía precisamente, por
su desarrollo atrasado, nuevas claves, nuevos partidos y programas
modernos en el grado más alto. Para terminar con las
ideas y los métodos de Rasputin, Rusia tuvo necesidad
de las ideas y métodos de Marx.
Ciertamente, la práctica política seguía
siendo más primitiva que la teoría, porque las
cosas se modifican más lentamente que las ideas. Sin
embargo, la teoría estaba allí para empujar
hasta las últimas deducciones las necesidades de la
práctica. Para obtener la emancipación y el
florecimiento cultural, las nacionalidades oprimidas estaban
obligadas a ligar su suerte con la de la clase obrera. Y para
esto les era indispensable desembarazarse de la dirección
de sus partidos burgueses y pequeño burgueses, es decir,
precipitar la marcha de su evolución histórica.
La subordinación de los movimientos nacionales al proceso
esencial de la revolución, a la lucha del proletariado
por el poder, no se realiza de golpe, sino en varias fases
y en formas diferentes según las diversas regiones
del país. Los obreros, los campesinos y los soldados
ucranianos, los rusos blancos y tártaros, por su misma
hostilidad a Kerenski, a la guerra y a la rusificación,
se convertían por esa razón -a pesar de la dirección
de los conciliadores- en los aliados de la revolución
proletaria. Después de haber apoyado objetivamente
a los bolcheviques, se vieron obligados en la etapa siguiente
a lanzarse subjetivamente por la vía del bolchevismo.
En Finlandia, en Letonia, en Estonia, y menos en Ucrania,
la disociación del movimiento nacional adquiere ya
tal importancia que sólo la intervención de
las tropas extranjeras puede impedir el éxito de la
revolución proletaria. En el Oriente asiático,
donde el despertar nacional adoptaba las formas más
primitivas, sólo gradualmente y con considerable retraso
llegaría a ser dirigido por el proletariado, después
de la toma del poder. Si consideramos en su totalidad ese
proceso complejo y contradictorio, la conclusión es
evidente: el torrente nacional, al igual que el torrente agrario,
se vertía en el lecho de la revolución de Octubre.
El tránsito ineluctable e irresistible de las masas
de los problemas elementales a la emancipación política,
agraria, nacional, hacia la dominación del proletariado,
procedía no de una agitación "demagógica",
ni de esquemas preconcebidos, ni de la teoría de la
revolución permanente, como lo creían los liberales
y conciliadores, sino de la estructura social de Rusia y de
las circunstancias de la situación mundial. La teoría
de la revolución permanente únicamente formulaba
el proceso combinado del desarrollo.
Esto no es sólo particular de Rusia. La subordinación
de las revoluciones nacionales atrasadas a la revolución
del proletariado tiene su determinismo a escala mundial. Mientras
que en el siglo XIX la tarea esencial de las guerras y de
las revoluciones consistía aún en asegurar a
las fuerzas productivas un mercado nacional, la tarea de nuestro
siglo consiste en liberar a las fuerzas productivas de las
fronteras nacionales, que se han convertido en trabas para
su desarrollo. En un amplio sentido histórico, las
revoluciones nacionales de Oriente no son más que el
peldaño de la revolución mundial del proletariado,
de igual manera que los movimientos nacionales de Rusia se
han transformado en peldaños hacia la dictadura soviética.
Lenin había apreciado con notable profundidad la fuerza
revolucionaria inherente a las nacionalidades oprimidas, tanto
en la Rusia zarista como en el mundo entero. A sus ojos, sólo
merecía desprecio ese "pacifismo" hipócrita
que "condena" igualmente la guerra del Japón
contra China para esclavizaría, que la guerra de China
contra Japón para emanciparse. Para Lenin, una guerra
de emancipación nacional opuesta a una guerra imperialista
era únicamente otra forma de revolución nacional
que a su vez se insertaba como un eslabón indispensable
en la lucha emancipadora de la clase obrera mundial.
De este juicio sobre las revoluciones y las guerras nacionales
no se desprende en ningún caso el reconocimiento de
alguna misión revolucionaria de la burguesía
de las naciones coloniales y semicoloniales. Al contrario,
precisamente desde que tuvo dientes de leche, la burguesía
de los países atrasados se desarrolló como una
agencia del capital extranjero, y aunque le manifieste una
envidiosa hostilidad, se encuentra y se encontrará
en todos los momentos decisivos unida a él a un mismo
campo. El sistema chino de los compradores es la forma clásica
de la burguesía colonial, así como el Kuomintang
es el partido clásico de los compradores. Las cimas
de la pequeña burguesía, incluyendo a los intelectuales,
pueden desempeñar un papel muy activo y a veces ruidoso
en la lucha nacional, pero no son capaces de desempeñar
un papel independiente. Sólo la clase obrera, poniéndose
al frente de la nación, puede llevar hasta el fin una
revolución nacional o agraria.
El error falta de los epígonos, principalmente de Stalin
en que de la doctrina de Lenin sobre la significación
histórica progresista de la lucha de las naciones oprimidas
han deducido una misión revolucionaria de la burguesía
de los países coloniales. La incomprensión del
carácter permanente de la revolución en la época
imperialista; la esquematización pedante del desarrollo;
la desarticulación del vivo proceso combinado en frases
vacías, separadas inevitablemente en el tiempo unas
de otras, todo esto condujo a Stalin a una idealización
vulgar de la democracia, o de la "dictadura democrática"
que en realidad puede ser o una dictadura imperialista o una
dictadura del proletariado. Paso a paso, el grupo de Stalin,
acaba rompiendo en este camino con la posición de Lenin
sobre la cuestión nacional y aplicando una política
catastrófica en China.
En agosto de 1927, en su lucha contra la Oposición
(Trotsky, Rakovski y otros), Stalin afirmaba ante el pleno
del Comité central de los bolcheviques: "La Revolución
en los países imperialistas es una cosa: en ellos la
burguesía... es contrarrevolucionaria en todas las
fases de la revolución... Y la revolución en
los países coloniales y dependientes es otra cosa...
En ellos, en una cierta fase y por cierto tiempo, la burguesía
nacional puede apoyar al movimiento revolucionario de su país
contra el imperialismo." Con retinencias y atenuaciones
que únicamente caracterizan una falta de confianza
en sí mismo, Stalin atribuye aquí a la burguesía
nacional los mismos rasgos que atribuía en marzo a
la burguesía rusa. De acuerdo con su propia naturaleza,
el oportunismo estalinista, como bajo la acción de
las leyes de gravedad, se abre camino por diversos canales.
La selección de los argumentos teóricos es en
este caso meramente fortuita.
Transferido al gobierno "nacional" en China, el
juicio de marzo concerniente al régimen condujo a una
colaboración de Stalin con el Kuomintang durante tres
años y constituye uno de los hechos más sorprendentes
de la historia moderna: en calidad de fiel escudero, el bolchevismo
de los epígonos acompañó a la burguesía
china hasta el 11 de abril de 1927, es decir, hasta la represión
sangrienta que se abatió el proletariado de Changai.
"El error esencial de la Oposición -decía
Stalin para justificar su fraternidad de armas con Chang-Kai
Chek- consiste en identificar la revolución rusa de
1905, en un país imperialista que ha oprimido a otras
pueblos, con la revolución en China, en un país
oprimido"... Es sorprendente que Stalin mismo no haya
tenido la idea de considerar la revolución en Rusia,
no desde el punto de vista de una nación "que
oprime a otros pueblos", sino desde el punto de vista
de la experiencia "de los otros pueblos" de esta
misma Rusia que había sufrido una opresión no
menor que la impuesta a los chinos.
En el inmenso campo de experiencia que Rusia ha representado
en el curso de tres revoluciones, se pueden encontrar todas
las variantes de las luchas de las nacionalidades y de las
clases, salvo una: no se ha visto nunca que la burguesía
de una nación oprimida haya desempeñado un papel
emancipador respecto a su propio pueblo. En todas las etapas
de su desarrollo, la burguesía de la periferia, cualesquiera
que fuesen los colores con que se envolvía, dependía
invariablemente de los Bancos centrales, de los trustes, de
las firmas comerciales, siendo en suma la agencia del capital
de toda Rusia, sometiéndose a sus tendencias rusificadoras,
y arrastrando a estas tendencias incluso a amplias capas de
la intelligentsia liberal y democrática. Cuanto más
"madura" se mostraba la burguesía de la periferia,
más estrechamente se ligaba al aparato general del
Estado. Analizada en su conjunto, la burguesía de las
naciones oprimidas desempeñaba el mismo papel de compradores
respecto al capital financiero mundial. La compleja jerarquía
de las dependencias y los antagonismos no impedía un
sólo día la solidaridad fundamental en la lucha
contra las masas insurrectas.
En el período de la contrarrevolución (de 1907
a 1917), cuando la dirección del movimiento nacional
estaba concentrada en manos de la burguesía alógena,
ésta buscó el entendimiento con la monarquía
aún mucho más francamente que los liberales
rusos. Los burgueses polacos, bálticos, tártaros,
ucranianos, judíos, rivalizaban en la carrera del pacifismo
imperialista. Después de la insurrección de
Febrero, todos se escondieron detrás de los kadetes
o, siguiendo el ejemplo de éstos, detrás de
los conciliadores nacionales. Cuando hacia el otoño
de 1917, la burguesía de las naciones de la periferia
se torna hacia el separatismo, no lucha contra la opresión
nacional, sino contra la revolución proletaria que
se acerca. En definitiva, la burguesía de las naciones
oprimidas demostró tanta hostilidad a la revolución
como la gran burguesía rusa.
La formidable lección histórica de tres revoluciones
no había dejado huella, sin embargo, sobre muchos actores
de los acontecimientos, Stalin en primer lugar. La concepción
conciliadora, es decir, pequeño burguesa, sobre las
relaciones entre las clases en el interior de las naciones
coloniales, que ha llevado a la derrota de la revolución
China de 1925-1927, ha sido inscrita por los epígonos
hasta en el programa de la Internacional Comunista, transformándolo,
en ese punto, en una trampa para los pueblos oprimidos de
Oriente.
Para comprender el verdadero carácter de la política
nacional de Lenin, lo mejor es, según el método
de los contrastes, confrontarla con la política de
la socialdemocracia austriaca. Mientras que el bolchevismo
se orientaba hacia una explosión de las revoluciones
nacionales desde varios decenios de años y educaba
en esta perspectiva a los obreros avanzados, la socialdemocracia
se adaptó dócilmente a la política de
las clases dominantes, fue abogada de la cohabitación
forzosa de diez naciones en la monarquía austro-húngara
y al mismo tiempo fue absolutamente incapaz de realizar la
unidad revolucionaria de los obreros de las diferentes nacionalidades,
aislándoles verticalmente en el partido y en el sindicato.
Karl Renner, funcionario instruido de los Habsburgo, buscaba
incansablemente en el tintero del austro-marxismo los medios
de rejuvenecer el Estado de los Habsburgo hasta el momento
en que se vio desempeñando el papel de teórico
viudo de la monarquía austro-húngara. Cuando
los Imperios de Europa central fueron derrotados, la dinastía
de los Habsburgo intentó levantar bajo su cetro la
bandera de una federación de naciones autónomas:
el programa oficial de la socialdemocracia austriaca, calculado
para una evolución pacífica en el marco de la
monarquía, llegó a ser en unos instantes el
programa de la monarquía misma, cubierta por la sangre
y el barro de cuatro años de guerra.
El círculo de hierro carcomido que soldaba en una sola
pieza a diez naciones estalló en trozos. Austria-Hungría
se derrumbó, dislocada por profundas tendencias centrífugas,
corroboradas por la cirugía en Versalles. Se formaron
nuevos Estados y otros antiguos renacieron. Los alemanes de
Austria se encontraron al borde de un precipicio. Para ellos
el problema no era ya conservar su soberanía sobre
otras naciones, sino evitar el peligro de caer en otro poder.
Otto Bauer, representante del ala "izquierda" de
la socialdemocracia austriaca, estimó que el momento
era favorable para plantear la fórmula del derecho
de las nacionalidades a disponer de sí mismas. El programa
que había debido inspirar en los decenios anteriores
la lucha del proletariado contra los Habsburgo y la burguesía
dirigente, se convirtió en un instrumento de la misma
nación que todavía la víspera era opresora
y que hoy estaba amenazada por los pueblos esclavos emancipados.
Así como el programa reformista de la socialdemocracia
austriaca fue por un instante el asidero al que intentó
agarrarse la monarquía que se hundía, la desgastada
fórmula del austro-marxismo llegaría a ser el
ancla salvadora de la burguesía alemana.
El 3 de octubre de 1918, cuando la cuestión no dependía
en absoluto de esos, los diputados socialdemócratas
del Reichstag "reconocieron" generosamente el derecho
de los antiguos pueblos del Imperio a la independencia. El
4 de octubre, el programa del derecho de la naciones a disponer
de sí mismas fue adoptado también por los partidos
burgueses. Habiéndose adelantado un día a los
imperialistas austro-alemanes, la socialdemocracia continuó,
sin embargo, a la expectativa: no se sabía cómo
evolucionarían las cosas y qué diría
Wilson. Sólo el 13 de octubre, cuando el derrumbamiento
definitivo del ejército y de la monarquía creó
"la situación revolucionaria para la que -pretendía
Bauer- había sido concebido nuestro programa nacional",
los austro-marxistas, plantearon prácticamente la cuestión
del derecho de las naciones a disponer de sí mismas:
ciertamente ya no tenían nada que perder. "Con
el hundimiento de su poder sobre otras naciones -explica Bauer
con toda franqueza- la burguesía de nacionalidad alemana
consideró como terminada la misión en nombre
de la cual había aceptado voluntariamente estar separada
de la patria alemana." El nuevo programa fue puesto en
circulación no porque fuese necesario para los oprimidos,
sino porque había dejado de ser peligroso para los
opresores. Las clases poseedoras acorraladas por la fisura
histórica se vieron obligadas a reconocer de iure la
revolución nacional; el austro-marxismo juzgó
oportuno legalizarla teóricamente. Es una revolución
madura, oportuna, históricamente preparada: y además
¡está ya paralizada! ¡Aquí tenemos
el alma de la socialdemocracia, a la vista, como en la palma
de la mano!
Muy diferente era el caso de la revolución social,
que no podía de ninguna forma contar con el reconocimiento
de las clases poseedoras. Había que alejarla, descabezarla,
comprometerla. Como el Imperio se desgarraba naturalmente
por las costuras más débiles, las costuras nacionales,
Otto Bauer hace esta deducción sobre el carácter
de la revolución: "no fue de ningún modo
una revolución social, sino una revolución nacional".
En realidad, el movimiento tenía desde el comienzo
un profundo contenido social, revolucionario. El carácter
"puramente" nacional de la revolución no
está mal ilustrado por el hecho de que las clases dominantes
de Austria proponían abiertamente a la Entente detener
a todo el ejército. ¡La burguesía alemana
suplicaba a un general italiano que ocupase Viena con sus
tropas!
Una disociación tan vulgarmente pedante de la forma
nacional y del contenido social de un proceso revolucionario,
considerados como dos supuestas fases históricamente
independientes -¡aquí vemos hasta qué
punto Otto Bauer se acerca en esto a Stalin!- tenía
una finalidad práctica de gran importancia: debía
justificar la colaboración de la socialdemocracia con
la burguesía en la lucha contra los peligros de una
revolución social.
Si se admite, como Marx, que la revolución es la locomotora
de la historia, el austro-marxismo debe ser el freno. Llamada
a participar en el poder, después del derrocamiento
de hecho de la monarquía, la socialdemocracia no se
decidía aún a separarse de los viejos ministros
de los Habsburgo: la revolución "nacional"
se limitó a consolidarlos añadiéndoles
los secretarios de Estado. Sólo después del
9 de noviembre, cuando la revolución alemana derrotó
a los Hohenzollern, la socialdemocracia alemana propuso al
Consejo de Estado [Staatstrat] la proclamación de la
república, aterrorizando a sus asociados burgueses
con un movimiento de masas al que temía tanto como
ellos. "Los cristiano-sociales -dice Otto Bauer con imprudente
ironía-, que el 9 y el 10 de noviembre aún apoyaban
a la monarquía, se decidieron el 11 de noviembre a
cesar su resistencia..." ¡La socialdemocracia se
había adelantado dos días enteros al partido
de las centurias negras monárquicas! Todas las leyendas
de la humanidad, aun las más heroicas, palidecen ante
tal grandeza revolucionaria.
A pesar suyo, la socialdemocracia se encontró automáticamente,
desde el comienzo de la revolución, a la cabeza de
la nación, como ya les había ocurrido a los
mencheviques y a los socialistas revolucionarios rusos. Lo
mismo que éstos, tuvo sobre todo miedo de su propia
fuerza. El gobierno de coalición se esforzó
por ocupar el rincón más pequeño posible.
Otto Bauer lo explica: "Debido al carácter puramente
nacional de la revolución, los socialdemócratas
sólo reclamaban una participación muy modesta
en el gobierno." Para esta gente, el problema del poder
no se resolvía por la real correlación de fuerzas,
ni por el empuje del movimiento revolucionario, ni por la
influencia política del partido, ni por la bancarrota
de las clases dominantes, sino por la etiqueta pedante de
una "revolución nacional" pegada a los acontecimientos
por sabios clasificadores.
Karl Renner esperó que pasase la tempestad en calidad
de jefe de la cancillería del Consejo de Estado. Los
otros líderes socialdemócratas se transformaron
en adjuntos de los ministros burgueses. En otros términos,
los socialdemócratas se escondieron debajo de las mesas
de sus despachos. Pero las masas no se contentaban con alimentarse
de la cáscara nacional, mientras los socialdemócratas
guardaban la almendra social para la burguesía. Los
obreros y soldados obligaron a los socialdemócratas
a salir de sus escondrijos. El irremplazable teórico
Otto Bauer explica: "Sólo los acontecimientos
de las jornadas siguientes, al impulsar la revolución
nacional en el sentido de una revolución social, aumentaron
nuestro peso en el gobierno." Traducido en el lenguaje
claro: bajo la presión de las masas, los socialdemócratas
se vieron obligados a salir de debajo de sus mesas.
Pero siendo fieles en todo momento a su vocación, sólo
tomaron el poder para hacer la guerra contra el romanticismo
y el espíritu de aventura: con estos términos
designan los calumniadores la misma revolución social
que ha aumentado "su" peso en el gobierno. Si los
austro-marxistas cumplieron con éxito en 1918 su misión
histórica de ángeles guardianes de la Kreditanstalt
de Viena, contra el romanticismo revolucionario del proletariado,
se debe únicamente a que no encontraron ningún
impedimento por parte de un verdadero partido revolucionario.
Dos Estados, compuestos de diversas nacionalidades, Rusia
y Austria-Hungría, manifiestan en su historia reciente
la oposición entre el bolchevismo y el austromarxismo.
Durante quince años aproximadamente, Lenin proclamó
-en una lucha implacable contra todos los matices del gran
chovinismo ruso- el derecho de todas las naciones oprimidas
a separarse del Imperio de los zares. Se acusaba a los bolcheviques
de querer el desmembramiento de Rusia. Así, esta osada
definición revolucionaria de la cuestión nacional
creó una confianza inquebrantable de los pueblos oprimidos,
pequeños y atrasados de la Rusia zarista hacia el partido
bolchevique. En abril de 1917, Lenin decía: "Si
los ucranianos ven que tenemos una república soviética,
no se separarán; pero si tenemos una república
Miliukov, se separarán." Una vez más tenía
razón. La historia ofreció una verificación
incomparable de os políticas en la cuestión
nacional. Mientras que Austria-Hungría, cuyo proletariado
había sido educado en un espíritu de tergiversaciones
cobardes, caía en pedazos bajo una sacudida terrible,
al mismo tiempo que la iniciativa del hundimiento era tomada
por los elementos nacionales de la socialdemocracia, sobre
las ruinas de la Rusia zarista se creaba un nuevo Estado formado
por nacionalidades, ligadas en lo económico y en lo
político estrechamente al partido bolchevique.
Cualesquiera que sean los destinos ulteriores de la. Rusia
soviética -y está lejos aún del puerto-,
la política nacional de Lenin entrará para siempre
en el patrimonio de la humanidad.
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