|
La guerra
iba relajando de día en día el frente, debilitando
al gobierno, empeorando la situación internacional
del país. A principios de octubre, la flota alemana,
así marítima como aérea, entró
con gran actividad en operaciones en el golfo de Finlandia.
Los marinos del Báltico combatieron valerosamente,
esforzándose por cortar el paso del enemigo a Petrogrado.
Pero como se daban cuenta con mayor claridad que los restantes
sectores del frente de las hondas contradicciones de su situación
como vanguardia de la revolución y como participantes
forzados de la guerra imperialista, lanzaron desde las estaciones
de radio de sus buques un llamamiento a los cuatro puntos
cardinales, apelando a la ayuda revolucionaria internacional.
"Nuestra escuadra, atacada por fuerzas alemanas superiores,
sucumbe en una lucha desigual. Ninguno de nuestros buques
rehuirá el combate. Calumniada, anatematizado, nuestra
flota cumplirá con su deber.... mas no por orden de
cualquier despreciable Bonaparte ruso que siga gobernando
gracias a la excesiva paciencia de la revolución...
ni en aras de los tratados que nuestros gobernantes han concertado
con los aliados y que atan con cadenas a la libertad rusa.
No; combatirán por la conservación de Petrogrado,
hogar de la revolución. En el momento en que las olas
del Báltico se tiñen con la sangre de nuestros
hermanos, en que las aguas cubren sus cadáveres, alzamos
nuestra voz para decir: "¡Oprimidos de todo el
mundo, levantad la bandera de la insurrección!""
Las palabras alusivas a combates y víctimas no eran
una frase. La escuadra perdió el buque Slava, y después
del combate se retiró. Los alemanes se apoderaron del
archipiélago de Monzund. Acaba de volverse otra página
negra del libro de la guerra. El gobierno decidió aprovecharse
del nuevo revés para trasladar su capital. El antiguo
plan resurgía cada vez que se presentaba ocasión
favorable para ello. Los círculos dirigentes no sentían
la menor simpatía por Moscú, pero sí
odio a Petrogrado. La reacción monárquica, el
liberalismo, la democracia, aspiraban, uno tras otro, a degradar
a la capital, a hacerla postrarse de hinojos, a aplastarla.
Los patriotas más extremados sentían ahora un
odio mucho más ardiente por Petrogrado que por Berlín.
El problema de la evacuación fue planteado con extraordinaria
urgencia. Proyectábase llevar a cabo en dos semanas
el traslado del gobierno y del Preparlamento. Resolvióse
asimismo evacuar en un brevísimo lapso de tiempo las
fábricas que trabajaban para la defensa. El Comité
ejecutivo central, por su carácter de "institución
privada", tenía que cuidarse de su propia suerte.
Los kadetes inspiradores de la evacuación se daban
cuenta de que nada resolvía el simple traslado del
gobierno. Pero confiaban en que podrían acabar con
el foco del contagio revolucionario mediante el hambre y el
agotamiento. El bloqueo interior de Petrogrado se hallaba
ya en su apogeo. Retirábanse los pedidos a las fábricas;
se disminuía en cuatro veces el aprovisionamiento de
combustible, el Ministerio de Abastos retenía el ganado
que se mandaba a la capital; a los carros con víveres
no se les dejaba pasar del canal de Marinski.
El belicoso Rodzianko, presidente de la Duma de Estado, que
el gobierno se había decidido por fin a disolver a
principios de octubre, se pronunciaba con absoluta franqueza,
en el diario liberal de Moscú Utro Rosi [La Aurora
Rusa], respecto al peligro que amenazaba a la capital. "Creo
que hay que prescindir de Petrogrado. Se teme que en Piter
perezcan las instituciones centrales (esto es, los soviets
y demás). A esto he de objetar que la desaparición
de esas instituciones me produciría un gran contento,
pues sólo daño han causado a Rusia." Verdad
es que con la caída de Petrogrado perecerá también
la escuadra del Báltico. Pero tampoco es de lamentar
que tal ocurra: "Hay en esa escuadra buques que están
completamente corrompidos." Gracias a la circunstancia
de que el chambelán no tenía costumbre de morderse
la lengua, el pueblo se enteró de los pensamientos
más recónditos de la Rusia aristocrática
y burguesa.
El encargado de Negocios de Rusia comunicó desde Londres
que el alto mando de la Marina británica, a pesar de
todas las gestiones hechas con insistencia en ese sentido,
no consideraba posible aliviar la situación de su aliada
en el mar Báltico. No fueron sólo los bolcheviques
los que interpretaron esta respuesta en el sentido de que
los aliados, y con ellos los dirigentes patrióticos
de la propia Rusia, sólo ventajas para la causa común
esperaban del golpe que los alemanes se disponían a
asestar a Petrogrado. Los obreros y soldados no dudaban, en
especial después de las confesiones de Rodzianko, de
que el gobierno se disponía conscientemente a entregarlos
a Ludendorff y Hoffman.
El 6 de octubre, la sección de soldados del Soviet
adoptó, con unanimidad nunca vista hasta entonces,
una resolución presentada por Trotsky: "Si el
gobierno provisional es incapaz de defender Petrogrado, tiene
el deber de concertar la paz o dejar libre el puesto a otro
gobierno." No fue menos intransigente la actitud que
adoptaron los obreros. Consideraban a Petrogrado como a su
fortaleza, asociaban a ella sus esperanzas revolucionarias,
y no querían, en consecuencia, ceder la capital. Amedrantados
por el peligro militar, por la evacuación, por la indignación
de los soldados y obreros y por la excitación de toda
la población, los conciliadores, por su parte, dieron
la voz de alarma: no se puede dejar a Petrogrado abandonado
a su suerte. Persuadido de que la tentativa de evacuación
tropezaba con la resistencia general, el gobierno empezó
a ceder, diciendo que no le preocupaba tanto su propia seguridad
como el lugar en que habría de reunirse la futura Asamblea
constituyente. Pero tampoco le fue posible mantenerse en esta
postura. Antes de que transcurriera una semana, se vio obligado
a declarar que no sólo se disponía a quedarse
en el palacio de Invierno, sino que no había renunciado
a su propósito de convocar la Asamblea constituyente
en el palacio de Táurida. Semejante declaración
no modificaba en lo más, mínimo la situación
militar y política, pero una vez más ponía
de manifiesto la fuerza política de Petrogrado. Este
consideraba misión suya dar al traste con el gobierno
de Kerenski, y no le dejaba salir de sus muros. Sólo
los bolcheviques se atrevieron posteriormente a trasladar
la capital a Moscú. Este propósito lo llevaron
a cabo sin tropezar con dificultades de ningún género,
porque el traslado de la capital, para ellos, tenía
un carácter efectivamente estratégico: mal podía
haber ningún motivo político que les indujera
a salir de Petrogrado.
A instancias de la mayoría conciliadora de la Comisión
del Consejo de la República rusa, o Preparlamento,
hizo el gobierno una declaración en que cantaba la
palinodia a cuenta de la defensa de la capital. La singular
institución pudo por fin salir a luz. Plejánov,
que era amigo de gastar chanzas, y que sabía hacerlo,
denominaba irrespetuosamente a este impotente y fugaz Consejo
de la República "la choza sobre patas de gallina".
Políticamente, esta definición no dejaba de
ser certera. Unicamente hay que añadir que el Preparlamento,
en cuanto tal choza, tenía un aspecto más que
regular, ya que se le había cedido el magnífico
palacio de Marinski, que antes había servido de refugio
al Consejo de Estado. El contraste entre el lujoso palacio
y el Instituto Smolni, descuidado e impregnado de hedores
soldadescos, sorprendía a Sujánov: "Entre
toda esa magnificencia -confiesa- sentía uno deseos
de descansar, de olvidar las dificultades, y la lucha, el
hambre y la guerra, la ruina y la anarquía, el país
y la revolución." Pero quedaba muy poco tiempo
para el descanso y el olvido.
La llamada mayoría "democrática" del
Preparlamento estaba compuesta de 308 miembros: 120, socialistas
revolucionarios, 20 de los cuales pertenecían a la
izquierda; 60 mencheviques de distintos matices, y 66 bolcheviques;
después seguían los cooperadores, los delegados
del Comité ejecutivo campesino, etc. A las clases pudientes
se les habían concedido 156 puestos, de los cuales
ocupaban casi la mitad los kadetes. El ala derecha, junto
con los cooperadores, los cosacos y los miembros, harto conservadores,
del Comité ejecutivo campesino, se mostraba afín
a la mayoría en una serie de cuestiones. La distribución
de puestos en esa choza confortable se hallaba, por consiguiente,
en manifiesta contradicción con la voluntad decidida
de la ciudad y del campo. En cambio, como contrapeso a las
grises representaciones soviéticas y otras, el palacio
de Marinski reunía dentro de sus muros a la "flor
de la nación". Como los miembros del Preparlamento
no dependían de los accidentes de la competencia electoral,
de las influencias locales y de las preferencias provinciales,
cada grupo, cada partido mandaba a sus jefes más destacados.
Según el testimonio de Sujánov, el Preparlamento
se componía de una representación "excepcionalmente
brillante". Cuando se reunió por primera vez,
muchos escépticos, según Miliukov, se dijeron:
"Por contentos podremos darnos si la Asamblea constituyente
no es peor que esto." "La flor de la nación"
se contemplaba, satisfecha, en los espejos del palacio, sin
percatarse de que era una planta sin flor.
El 7 de octubre, al abrir la primera sesión del Consejo
de la República, no dejó pasar Kerenski la ocasión
de recordar que el gobierno, aunque conservaba "en toda
su integridad el poder", estaba dispuesto a atender "todas
las indicaciones verdaderamente valiosas": el gobierno,
aunque absoluto, no dejaba de ser ilustrado. Se había
cedido un puesto a los bolcheviques en la mesa del Consejo,
presidida por Avkséntiev y compuesta de cinco miembros;
pero nadie ocupó ese puesto. A los régiseurs
de aquella comedia lamentable y poco divertida se les conturbó
el alma. Todo el interés de la anodina inauguración
del Consejo en un día lluvioso no menos anodino, se
concentraba de antemano en la intervención de los bolcheviques.
En los pasillos del palacio de Marinski circuló, según
Sujánov, "un rumor sensacional: Trotsky ha vencido
por una mayoría de dos o tres votos... y los bolcheviques
abandonarán inmediatamente el Preparlamento".
En realidad, la decisión de abandonar demostrativamente
el palacio de Marinski había sido tomada el día
5, en la reunión de la fracción bolchevista
por totalidad de votos menos uno: ¡tan grande había
sido el impulso hacia la izquierda en el transcurso de las
dos semanas últimas! Sólo Kámenev se
mantuvo fiel a su posición primitiva, o para decirlo
con más exactitud, fue el único que se atrevió
a defenderla. En una declaración especial, dirigida
al comité central, Kámenev caracterizaba sin
ambages la orientación adoptada como "llena de
peligros para el partido". Los propósitos poco
claros de los bolcheviques produjeron cierta inquietud en
el Preparlamento: lo que, a decir verdad, se temía,
no era una sacudida del régimen, sino el "escándalo"
ante los diplomáticos aliados, a los cuales acababa
de recibir la mayoría, como era debido, con una salva
de aplausos patrióticos. Cuenta Sujánov que
se mandó un delegado oficial -el propio Avkséntiev-
a los bolcheviques, con encargo de preguntarles de antemano:
¿Qué va a pasar? "Nada -contestó
Trotsky-, nada; un pequeño pistoletazo."
Una vez abierta la sesión, basándose en el reglamento
heredado de la Duma de Estado, se concedieron diez minutos
a Trotsky para que hiciera una declaración en nombre
de la fracción bolchevista. Prodújose un denso
silencio en la sala. La declaración empezaba afirmando
que el poder era en aquellos momentos tan irresponsable como
antes de la Conferencia democrática, convocada, según
se decía, para poner a raya a Kerenski, y que los representantes
de las clases pudientes habían entrado en el Consejo
provisional en un número al que no tenían el
menor derecho. Si la burguesía se disponía a
convocar efectivamente la Asamblea constituyente dentro de
un mes y medio, sus jefes no tenían ahora fundamento
alguno para sostener con tanto encarnizamiento la irresponsabilidad
del poder, aun cuando se tratase de una representación
amañada. "Todo se explica por el hecho de que
las clases burguesas se han propuesto como fin hacer fracasar
la Asamblea constituyente." El golpe da en el clavo;
razón de más para que proteste el ala derecha.
Sin apartarse del texto de la declaración, el orador
ataca la política industrial, agraria y de abastos
del gobierno: de proponerse conscientemente como fin impulsar
a las masas a la insurrección, no hubiera sido posible
seguir otro derrotero. "La idea de entregar la capital
revolucionaria a las tropas alemanas se nos aparece como un
eslabón natural de la política general que ha
de facilitar... el complot contrarrevolucionario." Las
protestas se transforman en tormenta. Gritos en que se alude
a Berlín, el oro alemán, al vagón precintado,
y, sobre este fondo general, las inventivas callejeras más
soeces. Nunca se había dado nada parecido durante los
combates más apasionados sostenidos en aquel Instituto
Smolni, sucio, descuidado, lleno de escupitajos de soldado.
"Bastó que nos halláramos en medio de la
buena sociedad del palacio de Marinski... -dice Sujánov-,
para que se restableciera inmediatamente la atmósfera
de taberna que había predominado antes en la Duma de
Estado."
Abriéndose camino a través de las explosiones
de odio que alternaban con momentos de calma, el orador termina
así: "Nosotros, la fracción de los bolcheviques,
declaramos que no tenemos nada de común con este gobierno
de la traición al pueblo ni con este Consejo de la
tolerancia para con la contrarrevolución... al abandonar
el Consejo provisional, ponemos en guardia a los obreros,
soldados y campesinos de toda Rusia. ¡Petrogrado está
en peligro! ¡La revolución está en peligro!
¡El pueblo está en peligro!... Y dirigiéndonos
al pueblo, le decimos: ¡Todo el poder, a los soviets!"
El orador baja de la tribuna. Los bolcheviques abandonan la
sala entre imprecaciones. Tras estos momentos de alarma, la
mayoría se dispone a suspirar, aliviada. No se ha retirado
nadie más que los bolcheviques; la "flor de la
nación" permanece en su sitio. Sólo el
ala izquierda de los conciliadores se doblegó bajo
el golpe, que al parecer no iba dirigido contra ellos. "Nosotros,
los vecinos inmediatos de los bolcheviques -confiesa Sujánov-,
nos sentíamos completamente anonadados por lo ocurrido."
Los puros caballeros de la palabra se daban cuenta de que
la hora de las palabras había pasado.
El ministro de Estado, Terechenko, en un telegrama secreto
dirigido a los embajadores rusos, decía, hablando de
la inauguración del Preparlamento: "Si se exceptúa
el escándalo promovido por los bolcheviques, la primera
sesión se ha desarrollado de un modo muy desvaído."
La ruptura histórica del proletariado con la mecánica
estatal de la burguesía era considerada por esa gente
como un simple "escándalo". La prensa burguesa
no dejó pasar la ocasión de azuzar al gobierno,
tomando como pretexto la decisión mostrada por los
bolcheviques. "Los señores ministros sólo
podrán sacar al país de la anarquía "cuando
muestren tanta decisión y tanta voluntad de obrar como
la que muestra el compañero Trotsky"." ¡Como
si se tratara de la decisión y de la voluntad de ciertas
personas, y no del destino histórico de las clases!
¡Y como si la selección de los hombres y de los
caracteres se produjera con independencia de los fines históricos!
"Hablaban y obraban -escribía Miliukov, refiriéndose
a la retirada de los bolcheviques del Preparlamento- como
hombres que se sentían apoyados por la fuerza y sabían
que el día de mañana les pertenecía."
La pérdida de las islas de Monzund, el peligro creciente
que amenazaba a Petrogrado y la retirada de los bolcheviques
del Preparlamento para echarse a la calle, obligaban a los
conciliadores a reflexionar sobre el problema de su actitud
ulterior con respecto a la guerra. Al cabo de tres días
de discusión, en la que participaron los ministros
de Guerra y Marina y los comisarios y delegados de las organizaciones
del ejército, el Comité ejecutivo central encontró,
al fin, una solución salvadera: "Insistir en la
necesidad de que los representantes de la democracia rusa
tomen parte en la Conferencia de los aliados que debe celebrarse
en París." Después de nuevas dificultades,
se designó como representante a Skobelev y se elaboraron
instrucciones detalladas: paz sin anexiones ni contribuciones,
neutralización de los estrechos, así como de
los canales de Suez y de Panamá -el horizonte geográfico
de los conciliadores era más amplio que el político-,
abolición de la diplomacia secreta, desarme progresivo.
El Comité central ejecutivo manifestó que la
participación de su delegado en la Conferencia de París
perseguía como fin "ejercer presión sobre
los aliados". ¡La presión de los Estados
Unidos! El diario de los kadetes formuló una aviesa
pregunta: "¿Qué hará Skobelev si
los aliados rechazan sin cumplidos sus condiciones? ¿Amenazará
con dirigirse nuevamente a los pueblos de todo el mundo?"
Los conciliadores hacía ya mucho tiempo que se sentían
avergonzados del llamamiento que habían lanzado anteriormente.
El Comité ejecutivo central, que se disponía
a imponer a los Estados Unidos la neutralización del
canal de Panamá, mostróse, en realidad, incapaz
de ejercer presión ni siquiera sobre el palacio de
Invierno. El 12, Kerenski mandó a Lloyd George una
carta extensa, llena de tiernos reproches, lamentaciones amargas
y ardientes promesas. El frente se halla "en mejor estado
que durante la primavera pasada". Naturalmente, la propaganda
derrotista -el primer ministro ruso se lamentaba ante el primer
ministro británico de la actuación de los bolcheviques
rusos -ha impedido realizar todos los objetivos proyectados.
Pero de la paz ni siquiera puede hablarse. Al gobierno no
le preocupa más que una cuestión: "Cómo
continuar la guerra." Naturalmente, Kerenski, en prenda
de su patriotismo, solicitaba créditos.
Libre de los bolcheviques, el Preparlamento tampoco perdía
el tiempo: el 10 se iniciaba el debate sobre los medios de
elevar la capacidad combativo del ejército. El diálogo,
que ocupó tres fatigosas sesiones, se desarrolló
con sujeción a un esquema invariable -hay que persuadir
al ejército de que lucha por la paz y la democracia,
decía la izquierda-. No se puede persuadir, hay que
obligar, objetaba la derecha. No se puede obligar; para ello
es necesario persuadir antes, al menos en parte, contestaban
los conciliadores. Por lo que hace a la persuasión,
los bolcheviques son más fuertes que vosotros, objetaban
los kadetes. Todos ellos tenían razón. Pero
también tiene razón el que se ahoga cuando,
antes de irse al fondo, lanza gritos de angustia.
El 18 llegó el momento de la decisión, que nada
podía modificar ya. La fórmula de los socialistas
revolucionarios obtuvo 95 votos contra 127 y 50 abstenciones.
La fórmula de la derecha, 135 contra 139. ¡Cosa
sorprendente: no hubo mayoría! En la sala, según
las reseñas de los periódicos, se produjo un
movimiento general y una gran confusión. A pesar de
la unidad del fin perseguido, la "flor de la nación"
se mostró incapaz de tomar una resolución, aunque
fuera platónico, sobre el problema más agudo
de la vida nacional. La cosa no tenía nada de casual:
otro tanto ocurrió, día tras día, con
los demás puntos que se debatieron, así en las
Comisiones como en las sesiones plenarias. No se podían
sumar los fragmentos de opiniones. Todos los grupos vivían
unos matices imperceptibles de pensamiento político,
pero el pensamiento mismo no aparecía por ninguna parte.
¿Se habría ido a la calle junto con los bolcheviques?...
El callejón sin salida en que se hallaba el Preparlamento
era el callejón sin salida del régimen.
Persuadir al ejército era difícil, pero obligarlo
era imposible. A los gritos que Kerenski había lanzado
contra la escuadra del Báltico, que había soportado
el combate y tenido víctimas, respondió el Congreso
de los marinos dirigiéndose al Comité central
ejecutivo con la exigencia de que fuera eliminado del gobierno
provisional "el hombre que había cubierto de oprobio
a la gran revolución, y que conducía a esta
última a la ruina con su impúdico chantaje político".
Hasta entonces no había oído Kerenski ese lenguaje
de los marinos. El Comité regional del ejército,
de la flota y de los obreros rusos de Finlandia, que obraba
como si fuera un poder constituido, detuvo los transportes
gubernamentales. Kerenski amenazó con detener a los
comisarios soviéticos. La contestación estaba
concebida en los términos siguientes: "El Comité
regional acepta tranquilamente el reto del gobierno provisional."
Kerenski se calló. En realidad, la escuadra del Báltico
se hallaba ya en estado de sublevación.
En el frente terrestre aún no habían llegado
tan lejos las cosas, pero se desarrollaban en el mismo sentido.
En el transcurso del mes de octubre, la situación empeoró
rápidamente, desde el punto de vista de los víveres.
El generalísimo del frente del norte comunicaba que
el hambre era "la causa principal de la desmoralización
del ejército"..Al mismo tiempo que en las alturas
dirigentes del frente seguían insistiendo -los conciliadores,
bien que, a decir verdad, a espaldas de los soldados- sobre
la necesidad de elevar la capacidad combativo del ejército,
abajo, los regimientos exigían uno tras otro la publicación
inmediata de los tratados secretos, y que se hicieran inmediatamente
proposiciones de paz. En los primeros días de octubre,
Jdanov, comisario del frente occidental, comunicaba: "El
estado de espíritu de los soldados es muy alarmante,
con motivo de la proximidad de los fríos y el empeoramiento
del rancho... Los bolcheviques hacen progresos evidentes."
Las instituciones gubernamentales del frente estaban en el
aire. El comisario del segundo ejército comunica que
los Consejos de guerra no pueden funcionar, porque los soldados-testigos
se niegan a presentarse para prestar declaración. "Las
relaciones entre el mando y los soldados se han agriado. Los
oficiales son considerados como culpables de la prolongación
de la guerra." La hostilidad de los soldados respecto
del gobierno y del mando se había hecho extensiva,
desde hacía mucho tiempo, a los comités del
ejército, que no habían sido renovados desde
los comienzos de la revolución. Los regimientos, prescindiendo
de dichos Comités, mandan delegados a Petrogrado, al
Soviet, para lamentarse de la insoportable situación
en que se encuentran en las trincheras sin pan, ni equipos,
sin fe en la guerra. En el frente de Rumania, donde los bolcheviques
son muy débiles, regimientos enteros se niegan a disparar.
"Dentro de dos o tres semanas, los propios soldados declararán
el armisticio y depondrán las armas." Los delegados
de una de las divisiones comunican: "Los soldados han
decidido marcharse a sus casas tan pronto como aparezcan las
primeras nieves." En la reunión plenaria del Soviet
de Petrogrado, una delegación del 33 Cuerpo de ejército
formula la siguiente amenaza: "Si no se lleva a cabo
una verdadera lucha por la paz, "los soldados tomarán
el poder en sus manos y decretarán para sí y
ante sí el armisticio". "El comisario del
segundo Ejército comunica al ministro de la Guerra:
"Se habla no poco de que al llegar los fríos serán
abandonadas las posiciones."
La fraternización, que después de las jornadas
de julio había desaparecido casi por completo, se reanudó
y creció rápidamente. Tras el breve período
de calma volvieron a repetirse a menudo los casos, no sólo
de detención de oficiales por los soldados, sino de
asesinato de los más odiados de aquéllos. Las
represalias se llevaban a cabo poco menos que abiertamente,
a la vista de los demás soldados. Nadie salía
a la defensa de los oficiales: la mayoría no quería;
la minoría -muy reducida- no se atrevía a hacerlo.
El asesino conseguía escapar indefectiblemente, desapareciendo
entre la masa de soldados sin dejar rastro. Uno de los generales
escribía: "Nos agarramos convulsivamente a no
sabemos qué, imploramos un milagro, pero la mayoría
comprende que ya no hay salvación."
Los periódicos patrióticos, combinando la perfidia
con la estulticia, seguían hablando de la continuación
de la guerra, de la ofensiva y de la victoria. Los generales
movían la cabeza; algunos de ellos hacían equívocamente
el juego a la prensa. "Sólo los insensatos pueden
pensar ahora en la ofensiva", escribía el día
7 el barón Budberg, comandante del cuerpo de ejército
que se hallaba cerca de Dvisnk. Un día después
se veía ya obligado a consignar en su dietario: "Estoy
aturdido y estupefacto ante la orden recibida de emprender
la ofensiva no más tarde del 20 de octubre." Los
Estados Mayores, que ya no creían en nada, elaboraban
planes de nuevas operaciones. Había no pocos generales
que veían la última esperanza de salvación
en la repetición en gran escala de lo mismo que Kornílov
había hecho en Riga: arrastrar al ejército al
combate, e intentar echar la responsabilidad de la derrota
sobre la revolución.
Por iniciativa del ministro de la Guerra, Verjovski, se tomó
la decisión de hacer pasar a la reserva a las quintas
más antiguas. Los ferrocarriles crujían bajo
el peso de los soldados que regresaban a sus hogares. En los
vagones, atestados, se rompían los resortes y se hundía
el suelo. No por ello mejoraba el espíritu, de los
que quedaban en el frente. "Las trincheras se hunden
-escribe Budberg-. Las minas de comunicación están
obstruidas; por todas partes, basura y excrementos... Los
soldados se niegan categóricamente a limpiar las trincheras...
Es terrible pensar en lo que ocurrirá cuando llegue
la primavera, y todo esto empiece a pudrirse y descomponerse."
Los soldados, en su encarnizada pasividad, se negaban incluso
a someterse a la vacunación preventiva, negativa que
se convirtió asimismo en una forma de lucha contra
la guerra.
Después de vanas tentativas para elevar la capacidad
combativo del ejército mediante la. reducción
de sus efectivos, Verjovski llegó inesperadamente a
la conclusión de que sólo la paz podía
salvar el país. En una reunión privada con los
jefes kadetes, cuya adhesión esperaba granjearse el
joven e ingenuo ministro, Verjovski describió el espectáculo
que ofrecía el hundimiento material y espiritual del
ejército: "Toda tentativa de continuar la guerra
no puede hacer más que acelerar la catástrofe."
Los kadetes no podían dejar de comprender estas razones;
pero Miliukov, mientras los demás guardaban silencio,
se encogió despectivamente de hombros: "la dignidad
de Rusia", "la fidelidad a los aliados"...
El jefe de la burguesía, que no creía en una
sola de estas palabras, se esforzaba tenazmente en enterrar
la revolución bajo las ruinas y los cadáveres
de la guerra. Verjovski dio pruebas de valor político:
sin consultar con el gobierno ni advertirle, el día
20, en la Comisión del Preparlamento, reconoció
la necesidad de pactar inmediatamente la paz, estuviesen o
no conformes con ello los aliados. Todos aquellos que en las
conversaciones privadas se habían mostrado de acuerdo
con su punto de vista, se revolvieron furiosamente contra
él. La prensa patriotera decía que el ministro
de la Guerra había "saltado a la trasera del coche
del compañero Trotsky". Bursev hizo una alusión
al oro alemán. A Verjovski se le concedió una
licencia. Los patriotas, cuando se hallaban a solas afirmaban
que en el fondo tenía razón. Budberg se manifestó
prudente, incluso en su diario: "Desde el punto de vista
de la fidelidad a la palabra dada -escribía-, la proposición
es, naturalmente, pérfida; pero, desde el punto de
vista de los intereses egoístas de Rusia, es acaso
la única que puede ofrecer una esperanza salvadera."
Como de pasada, el barón confesaba la envidia que le
inspiraban los generales alemanes, a los que "el destino
otorga la felicidad de ser artífices de victorias".
No preveía Budberg que tampoco había de tardar
en llegarles su hora a los generales alemanes. Aquellos hombres,
aun los más inteligentes, no habían previsto
nada. Los bolcheviques, en cambio, habían previsto
mucho, y eso constituía su fuerza.
La retirada del Preparlamento hizo volar a la vista misma
del pueblo los últimos puentes que aún ligaban
al partido de la insurrección con la sociedad oficial.
Con nueva energía -la proximidad del fin redobla las
fuerzas- los bolcheviques llevaron a cabo una agitación
que los adversarios calificaban de demagogia, porque sacaba
a la plaza pública lo que ellos ocultaban en los despachos
y oficinas. El poder persuasorio de esta infatigable propaganda
debíase a que los bolcheviques comprendían la
marcha de los acontecimientos, subordinaban a ella su política,
no tenían miedo a las masas, y creían inquebrantablemente
en su razón y en su victoria. El pueblo no se cansaba
de escucharles. Las masas sentían la necesidad de hallarse
juntas; cada cual quería someter a prueba sus juicios
a través de los demás, y todos observaban, atenta
e intensamente, cómo una misma idea giraba en su conciencia,
con sus distintos rasgos y matices. Multitudes inmensas acudían
a los circos y demás grandes locales, donde hablaban
los bolcheviques más populares, con objeto de sacar
las últimas consecuencias y hacer los últimos
llamamientos.
En vísperas de octubre disminuyó considerablemente
el número de agitadores de primera fila. Faltaba, ante
todo, Lenin como agitador, y aún más como inspirador
directo y cotidiano. Faltaban sus conclusiones simples y profundas,
que se incrustaban sólidamente en la conciencia de
las masas, sus palabras vivas, que tomaba del pueblo y a él
volvían. Faltaba el agitador de primera categoría,
Zinóviev, el cual, escondido para escapar a las persecuciones
resultantes de la acusación lanzada contra él
como partícipe en la "insurrección"
de julio, se había vuelto decididamente contrario a
la insurrección de Octubre y había desaparecido,
por lo mismo, del campo de acción durante todo el período
crítico. Kámenev, propagandista insustituible,
experto instructor político del partido, condenaba
el curso de la insurrección, no creía en la
victoria, preveía una catástrofe y se ocultaba,
taciturno, en la sombra. Sverdlov, cuyo temperamento era más
de organizador que de agitador, hablaba a menudo en las grandes
asambleas, y su voz pausada, poderosa e incansable, sembraba
una tranquila confianza. Stalin no era agitador ni orador.
En más de una ocasión había figurado
como ponente en las conferencias del partido. Pero ¿habló
aunque no fuera más que una vez en los grandes mítines
de la revolución? En los documentos y memorias no ha
quedado rastro alguno de ello.
De la agitación más viva se encargaban Volodarski,
Laschevich, Kolontay, Chudnovski, a los que seguían
docenas de agitadores de menor cuantía. Se escuchaba
con interés y simpatía -a los que, para los
más conscientes, se mezclaba cierta condescendencia-
a Lunacharski, orador experto, que sabía presentar
los hechos y las conclusiones, servirse de la frase retórica
y de la chanza, pero que no aspiraba a arrastrar a nadie,
pues él mismo tenía necesidad de que le arrastraran.
A medida que se acercaba el momento de la acción decisiva,
Lunacharski perdía rápidamente el color y se
agotaba.
Respecto al presidente del Soviet de Petrogrado, dice Sujánov:
"Abandonando la labor que realizaba en el Estado Mayor
revolucionario, volaba de la fábrica de Obujov a la
Trubichnaya, de la de Putilov a la del Báltico, del
Picadero a los cuarteles, y parecía como si hablara
simultáneamente en todos los sitios. Cada soldado y
cada obrero de Petrogrado le conocía personalmente.
Su influencia, tanto entre las masas como en el Estado Mayor,
era aplastante. En esos días, era la figura central
y el héroe principal de esa notable página de
la historia." Pero, en este último período
que precedió al golpe decisivo, era incomparablemente
más efectiva la agitación molecular que llevaban
a cabo los obreros, marinos y soldados anónimos, haciendo
prosélitos mediante una labor de propaganda individual
destruyendo las últimas dudas, venciendo las postreras
vacilaciones. Aquellos meses de febril vida política,
habían creado numerosos cuadros de militantes de fila,
educando a centenares y miles de trabajadores que estaban
acostumbrados a observar la política desde abajo y
no desde arriba, y que precisamente por ello apreciaban los
hechos y los hombres con un acierto no siempre accesible a
los oradores de tipo académico. Ocupaban el primer
lugar, en este respecto, los obreros de Petrogrado, proletarios
de estirpe, de cuyo seno surgían agitadores y organizadores
de un temple revolucionario excepcional, de una elevada cultura
política, independientes en la idea, en la palabra
y en la acción. Los torneros, los cerrajeros, los herreros,
educadores de talleres y fábricas, tenían ya
en torno a sí sus escuelas, sus discípulos,
futuros organizadores de la República de los soviets.
Los marinos del Báltico, compañeros de armas
inmediatos de los obreros de Petrogrado y que, en gran parte,
habían salido de su propio medio, formaban brigadas
de agitadores, que conquistaban a pulso los regimientos atrasados,
las capitales de distrito, las comarcas agrarias. Una fórmula
general lanzada en el Circo Moderno por uno de los caudillos
revolucionarios tomaba cuerpo en centenares de mentes y daba
luego la vuelta a todo el país.
Miles de soldados y obreros revolucionarios, todos ellos agitadores,
enemigos jurados de la guerra y de sus responsables, habían
evacuado los países bálticos, Polonia y Lituania,
juntamente con los establecimientos industriales, o por separado,
al retirarse los ejércitos rusos. Los bolcheviques
letones que, arrancados a su tierra natal, se ponían
enteramente al lado de la revolución, convencidos,
tenaces, decididos, llevaban a cabo día tras día
una profunda labor de zapa en todos los ámbitos del
país. Sus rostros angulosos, su acento duro y sus frases
rudas, a menudo incorrectas, comunicaban una expresión
peculiarísima a sus indómitas incitaciones a
la insurrección.
La masa no toleraba ya en sus filas a los vacilantes, a los
neutrales; afanábase por atraer, por persuadir, por
conquistar a todo el mundo. Fábricas y regimientos
mandaban delegados al frente. Las trincheras se ponía
en relación con los obreros y campesinos del frente
interior inmediato. En las ciudades del frente se celebraban
innumerables mítines y conferencias en que soldados
y marinos coordinaban su acción con la de los obreros
y campesinos; así fue conquistada para el bolchevismo
la atrasada Rusia blanca.
Allí donde la dirección local del partido estaba
indecisa o se mantenía a la expectativa, como ocurría,
por ejemplo, en Kiev, Voronej y otros muchos sitios, las masas
caían a menudo en la pasividad. Para justificar su
política, los dirigentes citaban como pretexto el decaimiento
que ellos mismos provocaban. E inversamente: "Cuando
más decidido y audaz era el llamamiento a la insurrección
-dice Povoljski, uno de los agitadores de Kazán-, con
más confianza y afecto acogía al orador la masa
de los soldados."
Las fábricas y los regimientos de Petrogrado y de Moscú
llamaban cada vez con más insistencia a las puertas
de la aldea. Los obreros recogían fondos entre sí
y mandaban delegados a sus aldeas natales. Los regimientos
tomaban el acuerdo de incitar a los campesinos a apoyar a
los bolcheviques. Los obreros de las fábricas situadas
fuera de las ciudades recorrían las aldeas de los alrededores,
en las que distribuían periódicos y echaban
los cimientos de los grupos bolchevistas. De esas excursiones
se llevaban en las pupilas el resplandor de los incendios
de la guerra campesina.
El bolchevismo conquistaba el país. Los bolcheviques
se convertían en una fuerza irresistible. El pueblo
les seguía. Las dumas municipales de Cronstadt, Tsaritsin,
Kostroma, Schui, elegidas por sufragio universal, se hallaban
en manos de los bolcheviques. En las elecciones a las dumas
de barriada de Moscú, los bolcheviques obtuvieron el
52 por 100 de los votos. En el lejano y pacifico Tomsk, así
como en Samara, ciudad que no tenía nada de industrial,
pasaron a ocupar el primer lugar en la Duma. De los cuatro
miembros elegidos para el zemstvo del distrito de Schliselburg,
tres eran bolcheviques. En el zemstvo del distrito de Ligovsk,
los bolcheviques obtuvieron el 50 por 100 de los votos. No
en todas partes se presentaban de un modo tan favorable las
cosas. Pero por doquier se modificaban en un mismo sentido.
El peso específico del Partido bolchevique aumentaba
rápidamente.
Sin embargo, donde se manifestó de un modo más
elocuente la bolchevización de las masas fue en las
organizaciones de clase. En la capital, los sindicatos agrupaban
a más de medio millón de obreros. Los mismos
mencheviques, que conservaban aún en sus manos los
comités de algunos sindicatos, tenían la sensación
de no ser más que una supervivencia de tiempos pretéritos.
Cualquiera que fuese el sector de proletariado que se reuniera,
fuese la que fuese su misión inmediata, llegaba inevitablemente
a conclusiones bolchevistas. Y esto no era obra de la casualidad:
los sindicatos, los comités de fábrica, las
organizaciones económicas y culturales, permanentes
y temporales, de la clase obrera, cada vez que se les planteaba
un problema, se veían obligados a formular la misma
pregunta: ¿quién manda en la casa?
Los obreros de las fábricas de artillería, llamados
a una conferencia para regular las relaciones con la administración,
contestan cómo se puede conseguir esto-- través
del poder de los soviets. Ya no se trata de una fórmula
escueta, sino -le un programa de salvación económica.
A medida que se aproximan al poder, los obreros van enfocando
de un modo cada vez más concreto incluso un centro
especial, encargado de elaborar los métodos susceptibles
de efectuar la transformación de las fábricas
militares en centros de producción pacífica.
La Conferencia de los Comités de fábrica de
Moscú reconoció la necesidad de que el Soviet
local resolviera en lo sucesivo por decreto todos los conflictos
huelguísticos, abriera por propia iniciativa las fábricas
cerradas por los patronos que hubieran declarado el lockout
y, mediante el envío de sus delegados a Siberia y a
la cuenca del Donetz, garantizar el pan y el carbón
a las fábricas. La Conferencia de los comités
de fábrica de Petrogrado consagra su atención
al problema un manifiesto a los campesinos: el proletariado
se siente ya, no sólo como clase particular, sino como
caudillo del pueblo.
La Conferencia nacional de los comités de fábrica,
reunida en la segunda quincena de octubre, eleva la cuestión
del control obrero a la categoría de objetivo nacional.
"Los obreros están más interesados que
los patronos en el trabajo regular e ininterrumpido de los
establecimientos." El control obrero "responde a
los intereses de todo el país y debe ser sostenido
por los campesinos y el ejército revolucionarios".
La resolución que abría la puerta a un nuevo
orden de cosas económico es adoptada por los representases
de todos los establecimientos industriales de Rusia contra
cinco votos y nueve abstenciones. Los pocos delegados que
se abstienen son los viejos mencheviques, que no pueden ya
marchar con su partido, pero que todavía no se deciden
a lazar francamente el brazo en favor de la revolución
bolchevista. Mañana lo harán.
Los municipios democráticos, recién elegidos,
van pereciendo paralelamente a los órganos del poder
gubernamental. Su misión más importante, como
es el suministro de agua, luz, combustible y víveres
a las ciudades, van realizándola, cada vez en mayor
medida los soviets y otras organizaciones obreras. El Comité,
de fábrica de la Central del alumbrado público
de Petrogrado corría por la ciudad y los alrededores
en busca, ora de carbón, ora de aceite, para las turbinas,
y conseguía lo uno y lo otro por mediación de
los comités de otros establecimientos, en lucha con
los propietarios y la administración.
No, el poder de los soviets no era una quimera, una construcción
arbitraria, inventada por los teóricos del partido,
sino que surgía irresistiblemente desde abajo. Como
consecuencia del desmoronamiento de la economía, de
la impotencia de las clases pudientes y de las necesidades
de las masas, los soviets se convertían en un poder
efectivo. No les quedaba otro camino que seguir a los obreros,
soldados y campesinos. El poder de los soviets no era ya un
tema bueno para discutir y razonar sobre él: era preciso
llevarlo a la práctica.
En el primer Congreso de los soviets, celebrado en junio,
se había decidido convocar los Congresos cada tres
meses. El Comité central ejecutivo, sin embargo, no
sólo no convocó el II Congreso en el plazo fijado,
sino que puso de manifiesto su propósito de dejar de
convocarlo, para no hallarse frente a frente con una mayoría
hostil. La principal finalidad perseguida por la Conferencia
democrática era eliminar a los soviets, sustituyéndolos
por los órganos de la "democracia". Pero
la empresa no resultaba tan fácil de hacer como parecía.
Los soviets no estaban dispuestos a ceder el camino a nadie.
El 21 de septiembre, cuando la Conferencia democrática
tocaba a su fin, el Soviet de Petrogrado exigió que
se convocase con toda urgencia el Congreso de los soviets.
Adoptó una resolución en este sentido, como
resultado de los informes de Trotsky y de Bujarin, huésped
de Moscú, resolución que partía formalmente
de la necesidad de prepararse para hacer frente a "una
nueva oleada de la contrarrevolución". El programa
de defensa que trazaba el camino del ataque futuro se apoyaba
en los soviets como únicas organizaciones capaces de
sostener la lucha. La resolución exigía que
los soviets reforzaran sus posiciones entre las masas. Allí
donde el poder se hallaba efectivamente en sus manos, no debían
soltarlo en ningún caso. Los comités revolucionarios,
creados durante los días de la sublevación de
Kornílov, debían subsistir y estar dispuestos
a la lucha. "Es necesario convocar inmediatamente el
Congreso de los soviets, para unificar y cohesionar la acción
de todos ellos en su lucha con el peligro inminente, y para
discutir las cuestiones que atañen a la organización
del poder revolucionario." De esta manera, esa resolución
defensista se apoyaba en el derrumbamiento del gobierno. En
este mismo sentido político habrá de desarrollarse
en lo sucesivo la agitación hasta el momento mismo
del levantamiento.
Los delegados de los soviets que asistían a la Conferencia
plantearon el día siguiente, ante el Comité
central ejecutivo, la cuestión del Congreso. Los bolcheviques
exigían que fuese convocado este último en el
término de dos semanas, y proponían -o, mejor
dicho, amenazaban con hacerlo por su cuenta- crear con este
fin un órgano particular que se apoyara en los soviets
de Petrogrado y de Moscú. En realidad, preferían
que el Congreso fuera convocado por el antiguo Comité
central ejecutivo: con eso se eliminaría de antemano
toda discusión sobre las atribuciones del Congreso
y se podría derribar a los conciliadores con su propia
ayuda. La amenaza, embozada apenas, de los bolcheviques, produjo
su efecto: los jefes del Comité central ejecutivo,
que no querían correr el riesgo de romper por el momento
con la igualdad soviética, declararon que no resignarían
en nadie el cumplimiento de sus deberes. El Congreso fue convocado
para el 20 de octubre, es decir, en un plazo que no llegaba
a un mes.
Sin embargo, tan pronto como se marcharon los delegados de
provincias, los jefes del Comité central ejecutivo
se dieron cuenta inmediatamente de que el Congreso era inoportuno,
que distraería de la campaña electoral a los
militantes de cada localidad y perjudicaría a la Asamblea
constituyente. El temor efectivo consistía en que el
Congreso se convirtiera en un poderoso pretendiente al poder;
pero sobre esto se guardaba diplomáticamente silencio.
El 26 de septiembre, Dan, sin cuidarse de preparar la cosa
como era debido, propuso ya a la Mesa del Comité central
ejecutivo el aplazamiento del Congreso.
Aquellos demócratas, patentados trataban sin ningún
cumplido los principios más elementales de la democracia.
Acababan de anular la resolución que había adoptado
la Conferencia democrática por ellos convocada, resolución
rechazaba por la coalición y por los kadetes. Ahora
manifestaban su soberano desprecio respecto de los soviets,
empezando por el de Petrogrado, sobre cuyas espaldas se habían
encumbrado hasta el poder. Pero ¿es que podían
tomar en cuenta, en realidad, sin romper su alianza con la
burguesía, las esperanzas y peticiones de las docenas
de millones de obreros, soldados y campesinos que estaban
al lado de los soviets?
Trotsky contestó a la proposición de Dan en
el sentido de que, fuera como fuera, el Congreso sería
convocado, si no por vía constitucional, por la revolucionaria.
La Mesa, en general tan sumisa, se negó esta vez a
seguir el camino del coup d'Etat soviético. Pero el
pequeño revés sufrido no hizo deponer las armas
a los conspiradores; antes al contrario, dijérase que
les infundió nuevos bríos. Dan halló
un punto de apoyo influyente en la sección militar
del Comité central ejecutivo, la cual decidió
"consultar" con las organizaciones del frente si
se debía convocar el Congreso, esto es, decidió
llevar a la práctica las resoluciones que ya por dos
veces había adoptado el órgano soviético
supremo. Entre tanto, la prensa conciliadora inició
una campaña contra el Congreso. Los socialrevolucionarios
adoptaban un tono particularmente furioso. "La convocatoria
o no convocatoria del Congreso -decía Dielo Narodna
[La Causa del Pueblo]- no puede tener ninguna importancia
para la solución del problema del poder... El gobierno
de Kerenski no se someterá en ningún caso."
"¿A qué no se someterá?" -preguntaba
Lenin-. "Al poder de los soviets -aclaraba-, al poder
de los obreros y campesinos, el mismo que Dielo Narodna, para
no dejar atrás a los antisemitas e iniciadores de progromos,
a los monárquicos y kadetes, califica de poder de Trotsky
y Lenin.
Por su parte, el Comité ejecutivo de los campesinos
consideraba "peligroso y poco deseable" que se convocase
el Congreso. En los sectores dirigentes de los soviets se
produjo una confusión mal intencionada. Los delegados
de los partidos conciliadores, que recorrían el país,
movilizaban a las organizaciones locales contra el Congreso
convocado oficialmente por el órgano soviético
supremo. El órgano oficioso del Comité central
ejecutivo publicaba diariamente resoluciones contra el Congreso,
encargadas por la pandilla dirigente, y que partían
casi siempre de los espectros de marzo que, a decir verdad,
se ataviaban con títulos imponentes. Las Izvestia enterraban
a los soviets en un artículo de fondo, calificándolos
de barracas provisionales que deberían ser retiradas
tan pronto como la Asamblea constituyente coronara el "edificio
del nuevo régimen".
A quienes menos podía coger desprevenidos la agitación
contra el Congreso era a los bolcheviques. Ya el 24 de septiembre,
el Comité central del partido, sin confiar en la decisión
del Comité central ejecutivo, tomaba el acuerdo de
promover una campaña en favor del Congreso, desde abajo,
a través de los soviets, locales y de las organizaciones
del frente. Sverdlov fue delegado por los bolcheviques para
formar parte de la comisión oficial del Comité
central ejecutivo encargada de convocar, o, para decirlo con
más exactitud, de sabotear el Congreso. Bajo su dirección
fueron movilizadas todas las organizaciones locales del partido
y, a través de éstas, los soviets. El 27 todas
las instituciones revolucionarias de Reval exigían
la disolución inmediata del Preparlamento y que se
convocase a continuación el Congreso de los soviets
para constituir el poder, poder que se comprometían
solemnemente a sostener "con todos los recursos y fuerzas
de que disponía la fortaleza". Muchos soviets
locales, empezando por los de barriada de Moscú, propusieron
arrebatar la convocatoria del Congreso de las manos del desleal
Comité central ejecutivo. A las resoluciones de los
comités del ejército contra el Congreso se opuso
una avalancha de decisiones de los batallones, regimientos,
cuerpos de ejército y guarniciones locales, exigiendo
la convocación del mismo. "El Congreso de los
soviets debe tomar el poder, sin detenerse ante nada",
dice la reunión general de los soldados de Kichtim,
en los Urales. Los soldados de la provincia de Novgorod invitan
a los campesinos a participar en el Congreso, sin hacer caso
de la resolución de su Comité ejecutivo. Los
soviets de provincia, de distrito, los de los rincones más
apartados del país, las fábricas y las minas,
los regimientos, los dreagnouths, los torpederos, los hospitales
militares, los mítines, la Compañía de
automóviles de Petrogrado y los destacamentos sanitarios
de Moscú, todos exigen la deposición del gobierno
y la entrega del poder a los soviets. Los bolcheviques, que
no querían limitarse a la campaña de agitación,
se crearon una importante base de organización convocando
un Congreso de soviets de la región del norte, al que
asistieron 150 delegados de 23 localidades. ¡El golpe
estaba bien calculado! El Comité central ejecutivo,
dirigido por sus grandes maestros en malas artes, declaró
que el Congreso del norte tenía carácter privado.
Los delegados mencheviques, que no constituían más
que un puñado de hombres, no participaron en la labores
del Congreso, al que se quedaron "con fines puramente
informativos". ¡Como si ello hubiera podido aminorar
en lo más mínimo la importancia del Congreso,
en el que estaban representados los soviets de Petrogrado
y de la periferia, de Moscú, Cronstadt, Helsingfors
y Reval, esto es, de las dos capitales, de las fortalezas
marítimas, de la escuadra del Báltico y de las
guarniciones de los alrededores de Petrogrado! Abierto por
Antonov el Congreso, al cual se dio deliberadamente un matiz
militar, transcurrió bajo la presidencia del teniente
Krilenko, el mejor agitador del partido en el frente, y futuro
generalísimo bolchevique. El punto central del informe
político de Trotsky lo constituía la nueva tentativa
del gobierno de sacar de Petrogrado los regimientos revolucionarios:
el Congreso no permitirá "que se desarme a Petrogrado
y se estrangule al Soviet". La cuestión de la
guarnición de Petrogrado es un elemento del problema
fundamental del poder. "Todo el pueblo vota por los bolcheviques.
El pueblo nos otorga su confianza y nos manda que tomemos
el poder en nuestras manos." La resolución propuesta
por Trotsky dice: "Ha llegado la hora de resolver el
problema del poder central, con la acción decidida
y unánime de todos los soviets." Este llamamiento,
incitación directa, casi, a la insurrección,
fue aprobado por unanimidad de votos, con sólo tres
abstenciones.
Laschevich incitó a los soviets a seguir el ejemplo
de Petrogrado, concentrando en sus manos las guarniciones
locales. El delegado letón, Peterson, prometió
la cooperación de 40.000 fusilemos letones para la
defensa del Congreso de los soviets. La declaración
de Peterson, que no era una simple frase, fue acogida con
entusiasmo. Pocos días después, el Soviet de
los regimientos letones proclamaba que "sólo la
insurrección popular... hará posible el paso
el poder a manos de los soviets". El 13, las estaciones
de radio de los buques de guerra difundieron por todo el país
el llamamiento del Congreso del norte, incitando a prepararse
para el Congreso de los soviets. " ¡Soldados, marinos,
campesinos, obreros! Vuestro deber consiste en destruir todos
los obstáculos." El Comité central del
partido propuso a los delegados bolcheviques en el Congreso
del norte que, teniendo en cuenta la proximidad del Congreso
general de los soviets, no abandonasen Petrogrado. Por encargo
de la oficina elegida por el Congreso, algunos delegados se
marcharon con objeto de recorrer las organizaciones del ejército
y los comités locales o, en otros términos,
para preparar las provincias a la insurrección. El
Comité central ejecutivo vio surgir a su lado un poderoso
mecanismo que se apoyaba en Petrogrado y Moscú, que
hablaba en el país entero por medio de las estaciones
radiotelefónicas de los dreagnouths, y que estaba dispuesto
a sustituir en cualquier momento al caduco órgano soviético
supremo para la convocación del Congreso. De nada podían
servir ya las pequeñas argucias a los conciliadores.
La lucha por y contra el Congreso dio el último impulso
a la bolchevización de los soviets locales. En una
serie de provincias atrasadas -así, por ejemplo, en
la de Smolensk-, los bolcheviques, solos o unidos a los socialrevolucionarios
de izquierda, no obtuvieron por primera vez mayoría
hasta que se llevó a cabo la campaña en favor
del Congreso, o al efectuarse las elecciones de delegados.
Aún en el Congreso de los soviets de Siberia, a mediados
de octubre, consiguieron los bolcheviques, en unión
de los socialrevolucionarios de izquierda, reunir una mayoría
sólida que influyó fácilmente en todos
los Soviets locales. El 15, el Soviet de Kiev, por 159 votos
contra 28 y tres abstenciones, reconoció al futuro
Congreso de los soviets como "órgano soberano
del poder". El 16, el congreso de los soviets de la región
del noroeste, celebrado en Minsk -esto es, en el centro del
frente oriental-, afirmó que era inaplazable convocar
el Congreso. El 18, el Soviet de Petrogrado procedió
a la elección de delegados al Congreso: la candidatura
bolchevista (Trotsky, Kámenev, Volodarski, Yuréniev
y Laschevich) obtuvo 443 votos; la de los socialrevolucionarios,
162; eran éstos socialrevolucionarios de izquierda
que se inclinaban del lado de los bolcheviques. La candidatura
de los mencheviques obtuvo 44 votos. El Congreso de los soviets
de los Urales, presidido por Krestinski, y en el cual, de
los 110 delegados, 80 eran bolcheviques, exigió, en
nombre de 223.900 obreros y soldados organizados, que se procediese
a convocar el Congreso de los soviets en el plazo señalado.
Aquel mismo día, 19 de octubre, la Conferencia nacional
de los Comités de fábrica, la representación
más directa e indiscutible del proletariado de todo
el país, se pronunció por el pase inmediato
del poder a manos de los soviets. El 20, Ivanovo-Vosnesensk
proclamaba "el estado de lucha franca e impecable entre
el gobierno provisional" y todos los soviets de la provincia,
incitaba a los mismos a resolver por cuenta propia todos los
problemas económicos y administrativos planteados.
Sólo un voto y una abstención se pronunciaron
contra esa resolución, que implicaba el derrumbamiento
de los órganos gubernamentales locales. El 22, la prensa
bolchevista publicó una nueva lista de 56 organizaciones
que exigían el poder para los soviets: se trataba de
masas auténticas, en gran parte armadas.
Esta poderosa manifestación de los destacamentos de
la futura revolución no impidió a Dan informar,
ante la Mesa del Comité central ejecutivo, en el sentido
de que, de las 917 organizaciones soviéticas existentes,
sólo 50 se habían manifestado conformes con
mandar delegados, y eso "sin ningún entusiasmo".
Sin dificultad puede creerse que los pocos soviets que todavía
consideraban necesario manifestar su afecto al Comité
central ejecutivo, no sentían entusiasmo alguno por
el Congreso. Sin embargo, la mayoría aplastante de
los soviets locales y de los Comités del ejército
hacían caso omiso, sencillamente, del Comité
central ejecutivo.
A pesar de todo, los conciliadores, que se habían comprometido
y puesto en evidencia con su sabotaje del Congreso, no se
atrevieron a llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias.
Cuando se vio claramente que no se conseguiría evitar
el Congreso, hicieron un viraje en redondo, invitando a todas
las organizaciones locales a elegir delegados, con objeto
de no dar la mayoría a los bolcheviques. Pero como
habían despertado demasiado tarde, el Comité
central ejecutivo, tres días antes del plazo fijado,
se vio en la precisión de aplazar el Congreso hasta
el 25 de octubre.
Gracias a esta última maniobra de los conciliadores
el régimen de febrero, y con él la sociedad
burguesa, obtuvieron una dilación inesperada, de la
cual, sin embargo, nada sustancial podían sacar ya.
Los bolcheviques, en cambio, como más tarde hubieron
de reconocer sus mismos enemigos, se aprovecharon con gran
fruto de esos cinco días suplementarios. "Los
bolcheviques -dice Miliukov- aprovecharon el aplazamiento
de la acción, ante todo, para reforzar sus posiciones
entre los obreros y soldados de Petrogrado. Trotsky hacía
una aparición en los mítines que se celebraban
en los distintos regimientos de la guarnición de la
capital. Para formarse ideal del estado de ánimo creado
por esa agitación, bastará hacer notar, por
ejemplo, que en el regimiento de Semenov no se dejó
hablar a los miembros del Comité ejecutivo, Skobelev
y Gotz, que intentaron hacerlo a continuación de Trotsky."
El cambio de frente del regimiento de Semenov, cuyo nombre
había pasado a la historia de la revolución
como un recuerdo siniestro, tenía una significación
simbólica: en diciembre de 1905, los soldados de dicho
regimiento desempeñaron el papel principal en el aplastamiento
de la insurrección de Moscú. El general Min,
que mandaba el regimiento, había dado la orden de "no
hacer prisioneros". En la línea ferroviaria de
Moscú-Golutvin, los soldados del regimiento de Semenov
fusilaron a 150 obreros y empleados. El general Min, cuyas
hazañas merecieron elogios del zar, fue ejecutado en
el otoño de 1906 por la socialrevolucionaria Konoplianikova.
Prisionero de sus viejas tradiciones, el regimiento de Semenov
tardó mucho más que la mayoría de los
restantes regimientos de la Guardia en ser conquistado por
la revolución. La fama de su "fidelidad"
estaba tan arraigada, que, a pesar del lamentable fracaso
de Skobelev y Gotz, el gobierno siguió confiando tenazmente
en los soldados de dicho regimiento hasta el mismo día
de la revolución, y aun después de surgir ésta.
El Congreso de los soviets fue el problema político
central durante las cinco semanas que separaron a la Conferencia
democrática del levantamiento de octubre. La declaración
de los bolcheviques en la Conferencia mencionada proclamaba
ya al futuro Congreso de los soviets como el órgano
supremo del país. "Podrán llevarse a la
práctica únicamente aquellas decisiones y proposiciones
de esta conferencia... que sean adoptadas por el Congreso
general de los diputados obreros, campesinos y soldados."
La resolución en favor el boicot al Preparlamento,
sostenida por la mitad de los miembros del Comité central
contra la otra mitad, decía: "Para nosotros, la
participación de nuestro partido en el Preparlamento
depende directamente de las medidas que el Congreso general
de los soviets adopte para instituir un poder revolucionario."
La apelación al Congreso de los soviets constituye,
casi sin excepción, la nota dominante de todos los
documentos bolcheviques de ese período.
En la situación creada por la guerra campesina, cada
vez más encendida, por la recrudescencia del movimiento
nacional, por la ruina económica más y más
profunda de día en día, por la disgregación
del frente y la inestabilidad del gobierno, los soviets se
convierten en el único reducto de las fuerzas creadoras.
Todo problema se convierte en el problema del poder, y éste
conduce al Congreso de los soviets, el cual debe dar respuesta
a todas las cuestiones, la de la Asamblea constituyente inclusive.
Ningún partido, sin excluir a los bolcheviques, había
retirado aún la consigna de la Asamblea constituyente.
Pero, de un modo casi imperceptible, en el curso de los acontecimientos
de la revolución, la consigna democrática principal,
que por espacio de quince años había brillado
en la heroica lucha de las masas, palidecía, desvaneciase
como aplastada entre dos muelas, se convertía en una
forma huera, en una tradición, y no en una perspectiva.
Semejante proceso no tenía nada de extraño.
El desarrollo de la revolución se basaba en la lucha
directa por el poder entre las dos clases fundamentales de
la sociedad: la burguesía y el proletariado. Nada podía
dar ya a la primera ni al segundo la Asamblea constituyente.
En esta contienda, la pequeña burguesía urbana
y rural no podía desempeñar más que un
papel secundario y auxiliar. De todas maneras, como se habían
encargado de demostrarlo los meses precedentes, era incapaz
de tomar en sus manos el poder. Sin embargo, la pequeña
burguesía podía hacerse aún con la mayoría
en la Asamblea constituyente. Más tarde la obtuvo,
en efecto; mas ¿para qué? únicamente
para no saber qué uso había de hacer de ella.
En todo esto hallaba su expresión la inconsistencia
de la democracia formal, en un momento de honda transformación
histórica. La fuerza de la tradición se manifestó
en el hecho de que, en vísperas de la última
batalla en torno a la Asamblea constituyente, ninguno de los
bandos había abjurado todavía de la misma. Pero,
en realidad, la burguesía dejaba a un lado la Asamblea
constituyente para apelar a Kornílov, como los bolcheviques
al Congreso de los soviets.
Puede suponerse, con seguridad de acertar, que anchos sectores
del pueblo, e incluso determinados elementos del Partido bolchevique,
alimentaban algo que pudiéramos llamar ilusiones constitucionales,
respecto del Congreso de los soviets; esto es, que asociaban
al mismo la idea de una transmisión del poder, automática
y pacífica, de manos de la coalición a las de
los soviets. En realidad, el poder había que arrebatarlo
por la fuerza; con los simples votos no era posible hacer
nada; sólo el levantamiento armado podía resolver
la cuestión.
Sin embargo, de todas las ilusiones que en forma de aleación
inevitable acompañan a todo gran movimiento popular,
aun al más realista, la ilusión del "parlamentarismo"
soviético era, por el conjunto de condiciones creadas,
la menos peligrosa. Los soviets luchaban prácticamente
por el poder, se apoyaban cada vez más en la fuerza
militar, se convertían en poder en las distintas localidades,
convocaban su propio Congreso como resultado de un combate.
No quedaba mucho sitio, que digamos, para las ilusiones constitucionales,
y aun ese, resultaba barrido en el proceso de la lucha.
La consigna del Congreso de los soviets, al coordinar los
esfuerzos revolucionarios de los obreros y soldados de todo
el país, al darles la unidad del objetivo que había
de perseguirse, disimulaban al mismo tiempo la preparación,
semiconspirativa, semideclarada, de la insurrección,
apelando de continuo a la representación legal de los
obreros, soldados y campesinos. El Congreso de los soviets,
después de facilitar la unificación de las fuerzas
para la revolución, debía sancionar sus resultados
y constituir un nuevo poder indiscutible para el pueblo.
|