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Al igual
que la guerra, la gente no hace por gusto la revolución.
Sin embargo, la diferencia radica en que, en una guerra, el
papel decisivo es el de la coacción; en una revolución
no hay otra coacción que la de las circunstancias.
La revolución se produce cuando no queda ya otro camino.
La insurrección, elevándose por encima de la
revolución como una cresta en la cadena montañosa
de los acontecimientos, no puede ser provocada artificialmente,
lo mismo que la revolución en su conjunto. Las masas
atacan y retroceden antes de decidirse a dar el último
asalto.
De ordinario se opone la conspiración a la insurrección,
como la acción concertada de una minoría ante
el movimiento elemental de la mayoría. En efecto: una
insurrección victoriosa que sólo puede ser la
obra de una clase destinada a colocarse a la cabeza de la
nación; es profundamente distinta, tanto por la significación
histórica como por sus métodos, de un golpe
de Estado realizado por conspiradores que actúan a
espaldas de las masas.
De hecho, en toda sociedad de clases existen suficientes contradicciones
como para que entre las fisuras se pueda urdir un complot.
La experiencia histórica prueba, sin embargo, que también
es necesario cierto grado de enfermedad social -como en España,
en Portugal y en América del Sur- para que la política
de las conspiraciones pueda alimentarse constantemente. En
estado puro, la conspiración, incluso en caso de victoria,
sólo puede reemplazar en el poder camarillas de la
misma clase dirigente o, menos aún, sustituir hombres
de Estado La victoria de un régimen social sobre otro
sólo se ha dado en la historia a través de insurrecciones
de masas. Mientras que, frecuentemente, los complots periódicos
son la expresión del marasmo y la descomposición
de la sociedad, la insurrección popular, en cambio,
surge de ordinario como resultado de una rápida evolución
anterior que rompe el viejo equilibrio de la nación.
Las "revoluciones" crónicas de las repúblicas
sudamericanas no tienen nada en común con la revolución
permanente, sino que, al contrario, son en cierto sentido
su antítesis.
Lo que acabamos de decir no significa en absoluto que la insurrección
popular y la conspiración se excluyan mutuamente en
todas las circunstancias. Un elemento de conspiración
entra casi siempre en la insurrección en mayor o menor
medida. Etapa históricamente condicionada de la revolución,
la insurrección de las masas no es nunca exclusivamente
elemental. Aunque estalle de improviso para la mayoría
de sus participantes, es fecundada por aquellas ideas en las
que los insurrectos vean una salida para los dolores de su
existencia. Pero una insurrección de masas puede ser
prevista y preparada. Puede ser organizada de antemano. En
este caso, el complot se subordina a la insurrección,
la sirve, facilita su marcha, acelera su victoria. Cuanto
más elevado es el nivel político de un movimiento
revolucionario y más seria su dirección, mayor
es el lugar que ocupa la conspiración en la insurrección
popular.
Es indispensable comprender exactamente la relación
entre la insurrección y la conspiración, tanto
en lo que las opone como en lo que se completan recíprocamente,
y con mayor razón dado que el empleo mismo de la palabra
"conspiración" tiene un aspecto contradictorio
en la literatura marxista según designe a la actividad
independiente de una minoría que toma la iniciativa
o a la preparación por la minoría del levantamiento
de la mayoría.
Es cierto que la historia demuestra que una insurrección
popular puede vencer en ciertas condiciones sin complot. Al
surgir por el ímpetu "elemental" de una revuelta
general, en diversas protestas, manifestaciones, huelgas,
escaramuzas callejeras, la insurrección puede arrastrar
a una parte del ejército, paralizar las fuerzas del
enemigo y derribar el viejo poder. Esto es -hasta cierto punto-
lo que sucedió en febrero de 1917 en Rusia. Un cuadro
análogo presenta el desarrollo de las revoluciones
alemana y austrohúngara durante el otoño de
1918. En la medida en que en estos dos casos no estaban a
la cabeza de los insurrectos partidos profundamente penetrados
de los intereses y designios de la insurrección, la
victoria de ésta debía transmitir inevitablemente
el poder a las manos de los partidos que se habían
opuesto a la insurrección hasta el último momento.
Derribar el antiguo poder es una cosa. Otra diferente es adueñarse
de él. En una revolución, la burguesía
puede tomar el poder, no porque sea revolucionaria, sino porque
es la burguesía: tiene en sus manos la propiedad, la
instrucción, la prensa, una red de puntos de apoyo,
una jerarquía de instituciones. En muy diferente situación
se encuentra el proletariado: desprovisto de los privilegios
sociales que existen en su exterior, el proletariado insurrecto
sólo puede contar con su propio número, su cohesión,
sus cuadros, su Estado Mayor.
Del mismo modo que un herrero no puede tomar con su mano desnuda
un hierro candente, el proletariado tampoco puede conquistar
el poder con las manos vacías: le es necesaria una
organización apropiada para esta tarea. En la combinación
de la insurrección de masas con la conspiración,
en la subordinación del complot a la insurrección,
en la organización de la insurrección a través
de la conspiración, radica el terreno complicado y
lleno de responsabilidades de la política revolucionaria
que Marx y Engels denominaban "el arte de la insurrección".
Ello supone una justa dirección general de las masas,
una orientación flexible ante cualquier cambio de las
circunstancias, un plan meditado de ofensiva, prudencia en
la preparación técnica y audacia para dar el
golpe.
Los historiadores y los hombres políticos designan
habitualmente insurrección de las fuerzas elementales
a un movimiento de masas que, ligado por su hostilidad al
antiguo régimen, no tiene perspectivas claras ni métodos
de lucha elaborados, ni dirección que conduzca conscientemente
a la victoria. Los historiadores oficiales, por lo menos los
demócratas, presentan a la insurrección de las
fuerzas elementales como una calamidad histórica inevitable
cuya responsabilidad recae sobre el antiguo régimen.
La verdadera causa de esta indulgencia consiste en que la
insurrección de las fuerzas elementales no puede salir
de los límites del régimen burgués.
Por el mismo camino marcha también la socialdemocracia:
no niega la revolución en general, en tanto que catástrofe
social, del mismo modo que no niega los terremotos, las erupciones
de los volcanes, los eclipses de sol y las epidemias de peste.
Lo que niega como "blanquismo" o, peor aún,
como bolchevismo, es la preparación consciente de la
insurrección, el plan, la conspiración. En otros
términos, la socialdemocracia está dispuesta
a sancionar, aunque ciertamente con retraso, los golpes de
Estado que transmiten el poder a la burguesía, condenando
al mismo tiempo con intransigencia los únicos métodos
que pueden transmitir el poder al proletariado. Tras una falsa
objetividad se esconde una política de defensa de la
sociedad capitalista.
De sus observaciones y reflexiones sobre los fracasos de numerosos
levantamientos en los que participó o fue testigo,
Augusto Blanqui dedujo un cierto número de reglas tácticas,
sin las cuales la victoria de la revolución se hace
extremadamente difícil si no imposible. Blanqui recomendaba
la creación con tiempo suficiente de destacamentos
revolucionarios regulares con dirección centralizada,
un buen aprovisionamiento de municiones, un reparto bien calculado
de las barricadas, cuya construcción sería prevista
y que se defenderían sistemáticamente. Por supuesto,
todas estas reglas, concernientes a los problemas militares
de la insurrección, deben ser inevitablemente modificadas
al mismo tiempo que las condiciones sociales y la técnica
militar cambien; pero de ningún modo son "blanquismo"
en sí mismas, en el sentido que los alemanes puedan
hablar de "putchismo" o de "aventurismo"
revolucionario.
La insurrección es un arte y como todo arte tiene sus
leyes. Las reglas de Blanqui respondían a las exigencias
del realismo en la guerra revolucionaria. El error de Blanqui
consistía no en su teorema directo, sino en el recíproco.
Del hecho que la incapacidad táctica condenaba al fracaso
a la revolución, Blanqui deducía que la observación
de las reglas de la táctica insurreccionar era capaz
por sí misma de asegurar la victoria. Solamente a partir
de esto es legítimo oponer el blanquismo al marxismo.
La conspiración no sustituye a la insurrección.
La minoría activa del proletariado, por bien organizada
que esté, no puede conquistar el poder independientemente
de la situación general del país: en esto el
blanquismo es condenado por la historia. Pero únicamente
en esto. El teorema directo conserva toda su fuerza. Al proletariado
no le basta con la insurrección de las fuerzas elementales
para la conquista del poder. Necesita la organización
correspondiente, el plan, la conspiración. Es así
como Lenin plantea la cuestión.
La crítica de Engels, dirigida contra el fetichismo
de la barricada, se apoyaba en la evolución de la técnica
en general y de la técnica militar. La técnica
insurreccional del blanquismo correspondía al carácter
del viejo París, a su proletariado, compuesto a medias
de artesanos; a las calles estrechas y al sistema militar
de Luis Felipe. En principio, el error del blanquismo consistía
en la identificación de revolución con insurrección.
El error técnico del blanquismo consistía en
identificar la insurrección con la barricada. La crítica
marxista fue dirigida contra los dos errores. Considerando,
de acuerdo con el blanquismo, que la insurrección es
un arte, Engels descubrió no sólo el lugar secundario
de la insurrección en la revolución, sino también
el papel declinante de la barricada en la insurrección.
La crítica de Engels no tenía nada en común
con una renuncia a los métodos revolucionarios en provecho
del parlamentarismo puro, como intentaron demostrar en su
tiempo los filisteos de la socialdemocracia alemana, con el
concurso de la censura de los Hohenzollern. Para Engels, la
cuestión de las barricadas seguía siendo uno
de los elementos técnicos de la insurrección.
Los reformistas, en cambio, intentaban concluir de la negación
del papel decisivo de la barricada la negación de la
violencia revolucionaria en general. Es más o menos
como si, razonando sobre la disminución probable de
la trinchera en la próxima guerra, se dedujese el hundimiento
del militarismo.
La organización con la que el proletariado pudo no
sólo derribar el antiguo régimen, sino también
sustituirlo, es el soviet. Lo que más adelante se convirtió
en el resultado de la experiencia histórica, hasta
la insurrección de Octubre, no era más que un
pronóstico teórico, aunque se apoyaba, es cierto,
sobre la experiencia previa de 1905. Los soviets son los órganos
de preparación de las masas para la insurrección,
los órganos de la insurrección y, después
de la victoria, los órganos del poder.
Sin embargo, los soviets no resuelven por sí mismos
la cuestión. Según su programa y dirección,
pueden servir para diversos fines. El partido es quien da
a los soviets el programa. Si en una situación revolucionaria
-y fuera de ella son generalmente imposibles- los soviets
engloban a toda la clase, a excepción de las capas
completamente atrasadas, pasivas o desmoralizadas, el partido
revolucionario está a la cabeza de la clase. El problema
de la conquista del poder sólo puede ser resuelto por
la combinación del partido con los soviets, o con otras
organizaciones de masas más o menos equivalentes a
los soviets.
Cuando el soviet tiene a su cabeza un partido revolucionario,
tenderá conscientemente y a tiempo a adueñarse
del poder. Adaptándose a las variaciones de la situación
política y al estado de espíritu de las masas,
preparará los puntos de apoyo de la insurrección,
ligará los destacamentos de choque a un único
objetivo y elaborará de antemano el plan de ofensiva
y del último asalto: esto precisamente significa introducir
la conspiración organizada en la insurrección
de masas.
Más de una vez, y mucho antes de la insurrección
de Octubre, los bolcheviques habían tenido que refutar
más de una vez las acusaciones que les dirigían
sus adversarios, quienes les imputaban maquinaciones conspirativas
y blanquismo. Y sin embargo nadie como Lenin llevó
una lucha tan intransigente contra el sistema de pura conspiración.
Los oportunistas de la socialdemocracia internacional tomaron
más de una vez bajo su protección la vieja táctica
socialista revolucionaria del terror individual contra los
agentes del zarismo, resistiéndose a la crítica
implacable de los bolcheviques, que oponían al individualismo
aventurero de la intelligentsia el camino de la insurrección
de masas. Pero al rechazar todas las variantes del blanquismo
y del anarquismo, Lenin no se postraba ni un minuto ante la
fuerza elemental "sagrada" de las masas. Había
reflexionado antes, y con más profundidad que cualquier
otro, sobre la relación entre los factores objetivos
y subjetivos de la revolución, entre el movimiento
de las fuerzas elementales y la política del partido,
entre las masas populares y la clase avanzada, entre el proletariado
y su vanguardia, entre los soviets y el partido, entre la
insurrección y la conspiración.
Pero el hecho de que no se pueda provocar cuando se quiere
un levantamiento y que para la victoria sea necesario organizar
oportunamente la insurrección, plantea a la dirección
revolucionaria el problema de dar un diagnóstico exacto:
es preciso sorprender a tiempo la insurrección que
asciende para completarla con una conspiración. Aunque
se haya abusado mucho de la imagen, la intervención
obstétrica en un parto sigue siendo la ilustración
más viva de esta intromisión consciente en un
proceso elemental. Herzen acusaba hace tiempo a su amigo Bakunin
de que, en todas sus empresas revolucionarias, invariablemente
tomaba el segundo mes del embarazo por el noveno. En cuanto
a Herzen, estaba más bien dispuesto a negar el embarazo
incluso en el noveno mes. En febrero, casi no se planteó
la cuestión de la fecha del parto en la medida en que
la insurrección había estallado de "manera
inesperada", sin dirección centralizada. Pero
precisamente por eso el poder pasó no a los que habían
realizado la insurrección, sino a los que la habían
frenado. Ocurría de una forma muy distinta en la nueva
insurrección: estaba conscientemente preparada por
el partido bolchevique. El problema de elegir el buen momento
para dar la señal de ofensiva recayó, por ello
mismo, en el Estado Mayor bolchevique.
La palabra "momento" no ha de entenderse literalmente,
como un día y una hora determinados: incluso para los
alumbramientos, la naturaleza concede un margen de tiempo
considerable cuyos límites no sólo interesan
a la obstetricia, sino también a la casuística
del derecho de sucesión. Entre el momento en que la
tentativa de provocar un levantamiento, por ser aún
inevitablemente prematura, conduciría a un aborto revolucionario,
y el otro momento en que la situación favorable debe
ser considerada ya como irremediablemente perdida, transcurre
un cierto período de la revolución -puede medirse
en semanas y, algunas veces, en meses- durante el cual la
insurrección puede realizarse con más o menos
probabilidades de triunfo. Discernir este período relativamente
corto y escoger después un momento determinado, en
el sentido preciso del día y de la hora, para dar el
último golpe, constituye la tarea más llena
de responsabilidades para la dirección revolucionaria.
Se puede justamente considerarlo como el problema clave, puesto
que relaciona la política revolucionaria con la técnica
de la insurrección: ¿habrá que recordar
que la insurrección, lo mismo que la guerra, es, la
prolongación de la política, sólo que
por otros medios?
La intuición y la experiencia son necesarias para una
dirección revolucionaria, así como para los
otros aspectos del arte creador. Pero eso no basta. También
el arte del curandero puede reposar, y no sin éxito,
sobre la intuición y la experiencia. El arte del curandero
político sólo basta para las épocas y
períodos en los que predomina la rutina. Una época
de grandes cambios históricos ya no tolera las obras
de los curanderos. La experiencia, incluso inspirada por la
intuición, no es suficiente. Es necesario un método
materialista que permita descubrir, tras las sombras chinescas
de los programas y las consignas, el movimiento real de los
cuerpos sociales.
Las premisas esenciales de una revolución consisten
en que el régimen social existente se encuentra incapaz
de resolver los problemas fundamentales del desarrollo de
la nación. La revolución no se hace, sin embargo,
posible más que en el caso en que entre los diversos
componentes de la sociedad aparece una nueva clase capaz de
ponerse a la cabeza de la nación para resolver los
problemas planteados por la historia. El proceso de preparación
de la revolución consiste en que las tareas objetivas,
producto de las contradicciones económicas y de clase,
logran abrirse un camino en la conciencia de las masas humanas,
modifican aspectos y crean nuevas relaciones entre las fuerzas
políticas.
Como resultado de su incapacidad manifiesta para sacar al
país del callejón, las clases dirigentes pierden
fe en sí mismas, los viejos partidos se descomponen,
se produce una lucha encarnizada entre grupos y camarillas
y se centran todas las esperanzas en un milagro o en un taumaturgo.
Todo esto constituye una de las premisas políticas
de la insurrección, extremadamente importante aunque
pasiva.
La nueva conciencia política de la clase revolucionaria,
que constituye la principal premisa táctica de la insurrección,
se manifiesta por una furiosa hostilidad al orden establecido
y por la intención de realizar los esfuerzos más
heroicos y estar dispuesta a tener víctimas para arrastrar
al país a un camino de rehabilitación.
Los dos campos principales, los grandes propietarios y el
proletariado, no representan, sin embargo, la totalidad de
la nación. Entre ellos se insertan las amplias capas
de la pequeña burguesía, que recorren toda la
gama del prisma económico y político. El descontento
de las capas intermedias, sus desilusiones ante la política
de la clase dirigente, su impaciencia y su rebeldía,
su disposición a apoyar la iniciativa audazmente revolucionaria
del proletariado, constituyen la tercera condición
política de la insurrección, en parte pasiva
en la medida que neutralice a los estratos superiores de la
pequeña burguesía, y en parte activa en la medida
que empuje a los sectores más pobres a luchar directamente
codo a codo con los obreros.
La reciprocidad condicional de esas premisas es evidente:
cuanto más resuelta y firmemente actúe el proletariado
y, por tanto, mayores sean sus posibilidades de arrastrar
a las capas intermedias, tanto más aislada quedará
la clase dominante y más se acentuará su desmoralización.
Y, en cambio, la disgregación de los grupos dirigentes
lleva agua al molino de la clase revolucionaria.
El proletariado sólo puede adquirir esa confianza en
sus propias fuerzas -indispensable para la revolución-
cuando descubre ante él una clara perspectiva, cuando
tiene la posibilidad de verificar activamente la relación
de fuerzas que cambia a su favor y cuando se siente dirigido
por una dirección perspicaz, firme y audaz. Esto nos
conduce a la condición, última en su enumeración
pero no en su importancia, de la conquista del poder: al partido
revolucionario como vanguardia estrechamente única
y templada de la clase.
Gracias a una combinación favorable de las condiciones
históricas, tanto internas como internacionales, el
proletariado ruso tuvo a su cabeza un partido excepcionalmente
dotado de una claridad política y de un temple revolucionario
sin igual: únicamente esto permitió a una clase
joven y poco numerosa cumplir una tarea histórica de
gran envergadura. En general, como lo atestigua la historia
-la Comuna de París, las revoluciones alemana y austríaca
de 1918, los soviets de Hungría y de Baviera, la revolución
italiana de 1919, la crisis alemana de 1923, la revolución
china de los años 1925-1927, la revolución española
de 1931-, el eslabón más débil en la
cadena de las condiciones ha sido hasta ahora el del partido:
lo más difícil para la clase obrera consiste
en crear una organización revolucionaria que esté
a la altura de sus tareas históricas. En los países
más antiguos y más civilizados, hay fuerzas
considerables que trabajan para debilitar y descomponer la
vanguardia revolucionaria. Una importante parte de este trabajo
se ve en la lucha de la socialdemocracia contra el "blanquismo",
denominación bajo la cual se hace figurar la esencia
revolucionaria del marxismo.
Por numerosas que hayan sido las grandes crisis sociales y
políticas, la coincidencia de todas las condiciones
indispensables para una insurrección proletaria victoriosa
y estable no se ha visto hasta ahora en la historia más
que una sola vez: en octubre de 1917, en Rusia. Una situación
revolucionaria no es eterna. De todas las premisas de una
insurrección, la más inestable es el estado
de ánimo de la pequeña burguesía. En
los momentos de crisis nacionales, la pequeña burguesía
sigue a la clase que, no sólo por la palabra sino por
la acción, le inspira confianza. Capaz de fuertes impulsos,
e incluso de delirios revolucionarios, la pequeña burguesía
no tiene resistencia, pierde fácilmente el valor en
caso de fracaso y sus ardientes esperanzas se transforman
en desilusiones. Son precisamente los violentos y rápidos
cambios de su estado de ánimo los que dan esa inestabilidad
a cada situación revolucionaria. Si el partido proletario
no es lo suficientemente resuelto como para transformar a
tiempo la expectativa y las esperanzas de las masas populares
en una acción revolucionaria, el flujo será
pronto reemplazado por un reflujo: las capas intermedias apartarán
su mirada de la revolución y buscarán su salvación
en el campo opuesto. Así como en la marea ascendente
el proletariado arrastra con él a la pequeña
burguesía, en el momento del reflujo la pequeña
burguesía arrastra consigo a importantes capas del
proletariado. Tal es la dialéctica de las olas comunistas
y fascistas en la evolución política de la Europa
de posguerra.
Intentando apoyarse en el aforismo de Marx -ningún
régimen desaparece de la escena antes de haber agotado
todas sus posibilidades-, los mencheviques negaban que fuese
admisible luchar por la dictadura del proletariado en la Rusia
atrasada donde el capitalismo estaba todavía muy lejos
del desgaste completo. En este razonamiento había dos
errores, y cada uno era fatal. El capitalismo no es un sistema
nacional sino mundial. La guerra imperialista y sus consecuencias
han probado que el régimen capitalista se ha agotado
a escala mundial. La revolución en Rusia fue la ruptura
del eslabón más débil en el sistema capitalista
mundial.
Pero la falsedad de la concepción menchevique se revela
también desde el punto de vista nacional. Admitamos
que, ateniéndonos a una abstracción económica,
pueda afirmarse que el capitalismo en Rusia no había
agotado sus posibilidades. Pero los procesos económicos
no tienen lugar en las esferas celestes, sino que se producen
en un medio histórico concreto. El capitalismo no es
una abstracción: es un sistema vivo de relaciones de
clase que, ante todo, tienen necesidad del poder estatal.
Los mencheviques no negaban que la monarquía, bajo
cuya protección se había formado el capitalismo
ruso, había agotado sus posibilidades. La revolución
de Febrero intentó establecer un régimen estatal
intermedio. Hemos seguido paso a paso su historia: en unos
ocho meses este régimen estaba completamente agotado.
En tales condiciones, ¿qué orden gubernamental
podía asegurar el desarrollo ulterior del capitalismo
ruso?
"La república burguesa, defendida únicamente
por los socialistas de tendencias moderadas, que no encontraban
apoyo en las masas..., no podía mantenerse. Lo esencial
de ella estaba corroído y sólo quedaba la cáscara."
Esta justa apreciación pertenece a Miliukov. Según
el mismo, la suerte del sistema corroído debía
ser la misma que la de la monarquía zarista: "Ambos
habían preparado el terreno para la revolución
y el día de ésta ninguno de ellos encontró
un solo apoyo."
Miliukov caracterizaba la situación de julio y agosto
por una alternativa entre dos nombres: Kornílov o Lenin.
Pero Kornílov había hecho ya su juego, que terminó
con un lamentable fracaso. En todo caso no había lugar
ya para el régimen de Kerenski. Por diversos que fuesen
los ánimos, testimonia Sujánov, "no había
unidad más que en el odio al kerensquismo". Así
como la monarquía zarista se había hecho imposible
para las esferas dirigentes de la nobleza, incluidos los grandes
duques, el gobierno de Kerenski se hizo odioso para los mismos
inspiradores del régimen, los "grandes duques"
de los círculos conciliadores. En ese descontento general,
en ese agudo malestar político de todas las clases,
reside uno de los síntomas más importantes de
una situación revolucionaria ya madura. Es así
como cada músculo, cada nervio, cada fibra del organismo
están intolerablemente tensos cuando un grueso abceso
está a punto de abrirse.
La resolución del Congreso bolchevique de julio, que
prevenía a los obreros de los conflictos prematuros,
indicaba al mismo tiempo que se haría necesario aceptar
la batalla "cuando la crisis de toda la nación
y el profundo levantamiento de las masas creasen las condiciones
favorables para que los elementos pobres de las ciudades y
del campo hagan suya la causa de los obreros". Este momento
llegó en septiembre y octubre.
La insurrección podía contar en adelante con
el éxito, puesto que podía apoyarse en una auténtica
mayoría popular. Por supuesto, esto no ha de comprenderse
formalmente. Si se hubiera abierto previamente un referéndum
sobre la cuestión de la insurrección, habría
dado resultados extremadamente contradictorios e indecisos.
La disponibilidad íntima a apoyar la insurrección
no es en absoluto identificable con la facultad de ser consciente
de antemano de su necesidad. Además, las repuestas
dependerían en gran medida de la forma misma de plantear
la cuestión, del órgano que dirijiese la encuesta
o, hablando más simplemente, de la clase que se encontrase
en el poder.
Los métodos de la democracia tienen sus límites.
Se puede interrogar a todos los viajeros de un tren para saber
cuál es el tipo de vagón que mejor conviene,
pero no se puede ir a preguntarles a todos para saber si hay
que frenar en plena marcha el tren que va a descarrilar. No
obstante, si la operación se efectúa con destreza
y a tiempo, se podrá contar con seguridad con la aprobación
de los viajeros.
Las consultas parlamentarias al pueblo tienen lugar todas
al mismo tiempo; sin embargo, en tiempos de revolución,
las diversas capas populares llegan a las mismas conclusiones
con un retraso inevitable, a veces muy pequeño. Mientras
que la vanguardia arde de impaciencia revolucionaria, las
capas atrasadas comienzan únicamente a despertar. En
Petrogrado y en Moscú, todas las organizaciones de
masas estaban bajo la dirección de los bolcheviques;
en la provincia de Tambov, que contaba con más de tres
millones de habitantes, es decir, un poco menos que las dos
capitales juntas, sólo surgió por primera vez
una fracción bolchevique en el soviet poco antes de
la revolución de Octubre.
Los silogismos del desarrollo objetivo no coinciden nunca
día a día con los silogismos de la reflexión
de las masas. Y cuando, por la marcha de los acontecimientos,
se hace urgente una gran decisión práctica,
lo último que se podrá hacer es recurrir a un
referéndum. Las diferencias de nivel y de consciencia
de las diversas capas populares se reducen a través
de la acción: los elementos de vanguardia arrastran
a los vacilantes y aíslan a los que se resisten. La
mayoría no se cuenta, se conquista. La insurrección
asciende precisamente cuando no se ve más salida a
las contradicciones que la acción directa.
Aunque incapaz de sacar por sí mismo las deducciones
políticas necesarias de su guerra contra los propietarios
nobles, el campesinado, por el hecho mismo de su levantamiento
agrario, se unía de antemano a la insurrección
de las ciudades, la llamaba y la exigía. Expresaba
su voluntad, no por una papeleta en blanco, sino por el "gallo
rojo" (el incendio): éste era un referéndum
más serio. El campesinado ofrecía su apoyo en
los límites indispensables para el establecimiento
de la dictadura soviética. "Esta dictadura -replicaba
Lenin a los indecisos- dará tierra a los campesinos
y todos los poderes a los comités campesinos locales:
¿cómo se puede dudar, a menos de volverse loco,
de que los campesinos sostendrán esta dictadura?"
Para que los soldados, los campesinos, las nacionalidades
oprimidas, errando en la tormenta de nieve de las papeletas
electorales, conociesen a los bolcheviques en la práctica,
era necesario que los bolcheviques tomasen el poder.
¿Cuál debía ser la relación de
fuerzas que permitiese al proletariado conquistar el poder?
"En un momento decisivo, sobre un punto decisivo, hay
que tener una aplastante superioridad de fuerzas", escribía
Lenin más tarde, explicando la insurrección
de Octubre; esta ley de los éxitos militares es también
la ley del éxito político, sobre todo en esta
encarnizada e hirviente guerra de clases que es la revolución.
Las capitales y en general los grandes centros comerciales
e industriales... deciden en gran parte los destinos políticos
del pueblo, por supuesto a condición de que los centros
sean apoyados por las fuerzas locales, rurales, aunque este
apoyo no llegue inmediatamente." En este sentido dinámico,
Lenin hablaba de la mayoría del pueblo e indicaba el
único significado real del concepto de mayoría.
Los adversarios demócratas se consolaban pensando que
el pueblo que seguía a los bolcheviques no era más
que la materia prima, arcilla moldeable de la historia: el
molde serían los demócratas en colaboración
con los burgueses instruidos. "¿No comprende esta
gente -preguntaba el periódico de los mencheviques-
que nunca el proletariado y la guarnición de Petrogrado
habían estado tan aislados de las otras capas sociales?"
La desgracia del proletariado y de la guarnición consistía
en que estaban "aislados" de las clases a las que
se disponían a arrebatar el poder.
En realidad, ¿podía contarse seriamente con
la simpatía y el apoyo de las masas ignorantes de la
provincia y del frente? Su bolchevismo, escribía desdeñosamente
Sujánov, "no era otra cosa que odio a la coalición
y ansia por obtener la tierra y la paz". ¡Como
si eso no bastase! El odio a la coalición significaba
un esfuerzo para arrebatar el poder a la burguesía.
El ansia de la tierra y la paz era un programa grandioso que
los campesinos y soldados se disponían a realizar bajo
la dirección de los obreros. La nulidad de los demócratas,
incluso de los que estaban más a la izquierda, procedía
de la falta de confianza de los escépticos "instruidos"
respecto a esas masas oscuras que captan los fenómenos
globalmente, sin entrar en los detalles y los matices . Una
actitud intelectual, tan falsamente aristocrática y
desdeñosa del pueblo, era extraña al bolchevismo,
contraria a su misma naturaleza. Los bolcheviques no eran
hombres de manos blancas, amigos del pueblo trabajando en
su gabinete, pedantes. No tenían miedo de las capas
atrasadas que por primera vez se elevaban de las profundidades.
Los bolcheviques tomaban al pueblo tal como lo había
hecho la historia, tal como estaba destinado a realizar la
revolución. Los bolcheviques consideraban que su misión
era colocarse a la cabeza de ese pueblo. Contra la insurrección
se pronunciaban "todos" excepto los bolcheviques.
Pero los bolcheviques eran el pueblo.
La fuerza política esencial de la insurrección
de Octubre residía en el proletariado, en cuya composición
ocupaban el primer lugar los obreros de Petrogrado. A la vanguardia
de la capital estaba, por otro lado, el distrito de Viborg.
El plan de insurrección había escogido este
barrio esencialmente proletario como punto de partida para
el desarrollo de la ofensiva.
Los conciliadores de todos los tipos, comenzando por Mártov,
intentaron, después de la insurrección, presentar
al bolchevismo como una tendencia de simples soldados. La
socialdemocracia europea se apoderó alegremente de
esa teoría. Se cerraban los ojos ante los hechos históricos
fundamentales, a saber: que el proletariado había sido
el primero en pasar al bando de los bolcheviques; que los
obreros de Petrogrado señalaban el camino a los obreros
de todo el país; que las guarniciones y el frente continuaron
mucho tiempo apoyando a los conciliadores; que los socialistas
revolucionarios y los mencheviques introdujeron en el sistema
soviético toda clase de privilegios para los soldados
en detrimento de los obreros, lucharon contra el armamento
de éstos y excitaron contra ellos a los soldados; que
sólo bajo la influencia de los obreros se produjo el
cambio en las tropas: que la dirección de los soldados
se encontró en manos de los obreros en el momento decisivo
y, en fin, que un año más tarde la socialdemocracia
alemana, siguiendo el ejemplo de sus correligionarios rusos,
se apoyó en los soldados para la lucha contra los obreros.
Hacia el otoño, los conciliadores de derecha habían
perdido ya definitivamente la posibilidad de hablar en las
fábricas y en los cuarteles. Pero los de izquierda
intentaban todavía persuadir a las masas de que la
insurrección era una locura. Mártov, que, al
combatir la ofensiva de la contrarrevolución en julio,
había encontrado un sendero hacia la conciencia de
las masas, volvía ahora a una tarea sin esperanzas.
"No podemos estar seguros -reconocía el 14 de
octubre en la sesión del Comité ejecutivo central-
de que los bolcheviques nos escucharán." Sin embargo,
consideraba que su deber era advertir a "las masas".
Pero las masas querían acción y no lecciones
de moral. Aun en los casos en que escuchaban con relativa
paciencia al advertidor conocido, continuaban, como reconoce
Mstislavski, "pensando a su manera, como antes".
Sujánov cuenta que, bajo un cielo lluvioso, intentó
convencer a los obreros de los talleres Putilov de que era
posible arreglar todo sin insurrección. Fue interrumpido
por voces impacientes. Le escucharon dos o tres minutos y
le interrumpieron de nuevo. "Después de varias
tentativas, abandoné. Esto no iba bien... y la lluvia
nos mojaba cada vez más." Bajo el cielo poco clemente
de octubre, los pobres demócratas de izquierda, según
sus propias descripciones, parecían polluelos mojados.
El motivo político favorito de los adversarios "de
izquierda" de la insurrección -y se encontraban
igualmente en los medios bolcheviques- consistía en
señalar la ausencia de combatividad en la base. "El
estado de ánimo de los trabajadores y de las masas
de soldados -escribían Zinóviev y Kámenev
el 11 de octubre- no recuerda en absoluto al que existía
antes del 3 de julio." Esto no estaba desprovisto de
fundamento; la larga espera había producido una cierta
fatiga en el proletariado de Petrogrado. Comenzaba a desesperar
hasta de los bolcheviques: ¿también ellos iban
a decepcionarlos? El 16 de octubre, Rajia, uno de los bolcheviques
más combativos de Petrogrado, de origen finés,
decía en la conferencia del Comité central:
"Evidentemente, nuestra consigna empieza a retrasarse,
ya que dudan que hagamos lo que hemos llamado a hacer."
Pero la fatiga de la espera, que daba la impresión
de decaimiento, sólo duró hasta la primera señal
de combate.
Atraerse a las tropas es la primera tarea de toda insurrección.
Esto se logra principalmente por medio de la huelga general,
las demostraciones de masas, las escaramuzas callejeras, los
combates de barricadas. La exclusiva originalidad de la insurrección
de Octubre, en ninguna parte y nunca alcanzada en un grado
tan acabado, consiste en el hecho de que, gracias a un concurso
feliz de circunstancias, la vanguardia proletaria consiguió
arrastrar a su lado a la guarnición de la capital antes
de que comenzase el levantamiento; no solamente a arrastrar,
sino a consolidar organizativamente su conquista mediante
el mecanismo de la insurrección de Octubre, sin ser
completamente consciente de que el problema más importante,
que se prestaba más difícilmente a un cálculo
previo, había sido resuelto en lo esencial en Petrogrado,
antes del comienzo de la lucha armada.
Eso no significa que la insurrección se hizo superflua.
Aunque la aplastante mayoría de la guarnición
se colocase al lado de los obreros, la minoría estaba
contra los obreros, contra la insurrección, contra
los bolcheviques. Esa pequeña minoría se componía
de los elementos más cualificados del ejército:
el cuerpo de oficiales, los junkers, los batallones de choque
y quizá también los cosacos. No se puede conquistar
políticamente a estos elementos: había que vencerlos.
En su última parte, el problema de la insurrección,
que ha entrado en la historia bajo el signo de Octubre, tenía
un carácter puramente militar. La solución debía
venir, en su última etapa, de los fusiles, de las bayonetas,
de las ametralladoras y quizá incluso de los cañones.
El partido bolchevique trabajó en este sentido.
¿Cuáles eran las fuerzas militares del conflicto
que se preparaba? Boris Sokolov, que dirigía el trabajo
militar del partido socialista revolucionario, cuenta que,
en el período que precedió a la insurrección,
"todas las organizaciones de partido en los regimientos
se habían desintegrado, con la excepción de
las bolcheviques, y las circunstancias no eran las mejores
para formar otras nuevas. La opinión de los soldados
era manifestamente bolchevique, pero su bolchevismo era pasivo
y carecían de toda propensión a actuar activamente
por las armas". Sokolov no olvida añadir: "Hubieran
bastado uno o dos regimientos totalmente fieles y capaces
de combatir para tener en jaque a toda la guarnición."
Decididamente, todos, desde los generales monárquicos
a los intelectuales "socialistas", carecían
"de uno o dos regimientos" contra la revolución
proletaria. Pero lo que es cierto es que la guarnición,
en su inmensa mayoría hostil al gobierno, ni era capaz
de batirse, ni se alineó junto a los bolcheviques.
La causa de esto residía en la ruptura entre la antigua
estructura militar de las tropas y su nueva estructura política.
La espina dorsal de una formación combativo de tropas
está constituida por el mando. Este estaba contra los
bolcheviques. Desde el punto de vista político, la
espina dorsal de la tropa eran los bolcheviques. Sin embargo,
no solamente no sabían mandar, sino que en la mayor
parte de los casos casi no sabían servirse de las armas.
La masa de los soldados no era homogénea. Los elementos
activos, combativos, formaban -como siempre- una minoría.
La mayoría de los soldados simpatizaba con los bolcheviques,
votaba por ellos, los elegía, pero no esperaba de ellos
una solución. Los elementos hostiles a los bolcheviques
entre las tropas eran demasiado insignificantes para atreverse
a alguna iniciativa. La opinión política de
la guarnición era así excepcionalmente favorable
a una insurrección. Pero, desde el punto de vista combativo,
estaba claro de antemano que no tenía un peso importante.
Sin embargo, hubiera sido erróneo no contar con la
guarnición en los cálculos de las operaciones
militares. Millares de soldados dispuestos a luchar al lado
de la revolución estaban diseminados en una masa más
pasiva, y precisamente por eso la arrastraban en mayor o menor
medida. Diversos contingentes, de composición más
escogida, guardaban la disciplina y su capacidad de combate.
Existían sólidos núcleos revolucionarios
en todas las formaciones. En el 6.º Batallón de
reserva, que contaba aproximadamente con diez mil hombres,
de cinco compañías, la primera se distinguía
siempre, habiendo adquirido casi desde el comienzo de la revolución
reputación de bolchevique y se mostró digna
de ello en las jornadas de Octubre. En término medio,
los regimientos de la guarnición, en realidad, no existían
en tanto que tales, ya que, dislocado el mecanismo de su dirección,
eran incapaces de un gran esfuerzo militar; pero a pesar de
ello eran aglomeraciones de hombres armados, la mayoría
de los cuales estaban ya fogueados. Todos los contingentes
estaban ligados por un único y mismo estado de ánimo:
derribar cuanto antes a Kerenski, volver a los hogares y proceder
a la reforma agraria. Así, la guarnición, completamente
disgregada, estrechó filas una vez más durante
las jornadas de Octubre para llevar a cabo un impresionante
estrépito de armas antes de disolverse definitivamente.
¿Qué fuerza constituían, desde el punto
de vista militar, los obreros de Petrogrado? Esta cuestión
concierne a la Guardia roja. Ha llegado el momento de hablar
de esto con más detalle: en las próximas jornadas
está destinada a comprometerse en la gran arena de
la historia.
La guardia obrera, cuyas tradiciones se remontan al año
1905, renació con la revolución de Febrero y
compartió después las vicisitudes de esta última.
Kornílov, entonces comandante en jefe de la región
militar de Petrogrado, afirmaba que los depósitos de
artillería habían dejado escapar, durante las
jornadas del derrocamiento de la monarquía, treinta
mil revólveres y cuarenta mil fusiles. Además,
una considerable cantidad de armas cayó en las manos
del pueblo a consecuencia del desarme de la policía
y gracias a los regimientos simpatizantes. Nadie respondió
cuando se exigió la restitución de las armas.
La revolución enseña que hay que hacer caso
de un fusil. Los obreros organizados sólo pudieron
procurarse una parte muy pequeña de esta ganga.
El problema de la insurrección no se planteó
a los obreros durante los cuatro primeros meses. El régimen
democrático de la dualidad de poderes abría
a los bolcheviques la posibilidad de conquistar la mayoría
en los soviets. Las compañías [drujini] obreras
de francotiradores constituían uno de los elementos
de la milicia democrática. Pero todo esto era más
bien en la forma que en el fondo. Un fusil en manos de un
obrero significa un principio histórico bien distinto
que en las manos de un estudiante.
El hecho de que los obreros poseyesen armas inquietó
desde un principio a las clases dominantes, ya que de esta
forma se desplazaban bruscamente la relación de fuerzas
en las fábricas. En Petrogrado, donde el aparato estatal,
apoyado por el Comité ejecutivo central, representaba
al comienzo una fuerza indiscutible, la milicia obrera no
parecía aún tan amenazadora. Pero en las regiones
industriales de provincia, el reforzamiento de la guardia
obrera indicaba la subversión de todas las relaciones,
no sólo en el interior de la empresa, sino también
mucho más en sus alrededores. Los obreros armados destituían
a los contramaestres, a los ingenieros e incluso los detenían.
Por decisión de las asambleas de fábrica, los
guardias rojos eran frecuentemente pagados con los fondos
de las empresas. En el Ural, con ricas tradiciones de lucha
guerrillera en 1905, las compañías de francotiradores
obreros imponían el orden bajo la dirección
de los antiguos militantes. Los obreros armados liquidaron
casi imperceptiblemente el poder oficial, sustituyéndolo
por los órganos soviéticos. El sabotaje practicado
por los propietarios y los administradores imponía
a los obreros la necesidad de proteger las empresas: máquinas,
depósitos, reservas de carbón y materias primas.
Los papeles estaban invertidos. El obrero estrechaba sólidamente
los puños sobre su fusil para defender la fábrica,
en la cual veía la fuente misma de su poder. De este
modo, los elementos de la dictadura obrera se constituían
en las empresas y los distritos, aun antes de que el proletariado
en su totalidad se hubiese apoderado del poder estatal.
Los conciliadores, que reflejan como siempre las aprehensiones
de los propietarios, se oponían con todas sus fuerzas
al armamento de los obreros de la capital, reduciéndolo
al mínimo. Según Minichev, todo el armamento
del distrito de Narva se componía "de una quincena
de fusiles y de algunos revólveres". Durante este
tiempo se multiplicaban los asaltos y los actos de violencia
en la ciudad. De todas partes llegaban rumores alarmantes
que anunciaban nuevas sacudidas. En vísperas de la
manifestación de julio se esperaba ver el distrito
incendiado. Los obreros buscaban armas golpeando en todas
las puertas, y a veces las derribaban.
De la manifestación del 3 de julio, los obreros de
Putilov volvieron con un trofeo: una ametralladora con cinco
cajas de cartuchos. "Estábamos contentos como
niños" -cuenta Minichev. Según Lichkov,
los obreros de su fábrica poseían ochenta fusiles
y veinte grandes revólveres. ¡Toda una riqueza!
Del Estado Mayor de la Guardia roja obtuvieron dos ametralladoras;
una fue establecida en el refectorio y otra en el desván.
"Nuestro jefe -cuenta Lichkov- era Kocherovski, y sus
adjuntos más próximos eran Tomchak, asesinado
por los guardias blancos durante las jornadas de Octubre en
Tsarkoie Selo, y Yefímov, fusilado por las bandas de
blancos en Yamburg." Estas líneas parsimoniosas
permiten echar un vistazo al interior del laboratorio de las
fábricas donde se formaban los cuadros de la insurrección
de Octubre y del futuro Ejército rojo, donde se seleccionaban,
se habituaban a mandar y se forjaban los Tomchak, los Yefímov,
cientos y miles de obreros anónimos que, tras conquistar
el poder, lo defendieron intrépidamente contra el enemigo
y cayeron, después, en todos los campos de batalla.
Los acontecimientos de Julio modifican inmediatamente la situación
de la Guardia roja. El desarme de los obreros se efectúa
ya abiertamente y no por la persuasión, sino por el
empleo de la fuerza. Bajo la apariencia de entregar las armas,
los obreros sólo entregan los desechos. Todo lo que
vale algo es cuidadosamente escondido. Los fusiles son repartidos
entre los miembros seguros del partido. Las ametralladoras
se entierran cubiertas de grasa. Los destacamentos de la guardia
se repliegan y pasan a la clandestinidad, uniéndose
más estrechamente a los bolcheviques.
La tarea del armamento de los obreros estaba concentrada en
un principio en los comités de fábrica y los
comités de distrito del partido. Restablecida después
del aplastamiento de Julio, la Organización militar
de los bolcheviques, que hasta entonces sólo había
trabajado entre la guarnición y en el frente, se ocupó
por primera vez de instruir a la Guardia roja procurando instructores
a los obreros y, en algunos casos, armas. La perspectiva de
la insurrección armada indicada por el partido inclina
imperceptiblemente a los obreros avanzados a dar otro sentido
a la Guardia roja. Ya no es la milicia de las fábricas
y de los barrios obreros, sino que son los cuadros del futuro
ejército de la insurrección.
Durante el mes de agosto se hicieron más frecuentes
los incendios en los talleres y las fábricas. Cada
una de las crisis que se suceden va precedida de una convulsión
en la conciencia colectiva, que envía delante de ella
una onda alarmante. Los comités de fábrica trabajan
intensamente para proteger a las empresas contra los atentados.
Se sacan los fusiles escondidos. El levantamiento de Kornílov
legaliza definitivamente a la Guardia roja. En las compañías
obreras se inscriben alrededor de veinticinco mil hombres,
pero en realidad ni remotamente se les puede armar de fusiles,
ni tan siquiera de ametralladoras. De la fábrica de
pólvora de Schluselburg, los obreros conducen por el
Neva una barca llena de granadas y explosivos: ¡contra
Kornílov! El Comité ejecutivo central de los
conciliadores rechaza este don de los "griegos".
Los hombres de la Guardia roja del distrito de Viborg distribuyeron
durante la noche, en los barrios, esos peligrosos regalos.
"La instrucción referente al arte del manejo del
fusil, que antes se hacía en habitaciones y tugurios
-cuenta el obrero Skorinko-, se hacía ahora al aire
libre, en los jardines y en las avenidas." "El taller
se transforma en plaza de armas -afirma en sus recuerdos el
obrero Rakitov. Ante los tornos, los fresadores tienen la
mochila en la bandolera y el fusil sobre la máquina."
Pronto todos los del taller donde se fabrican bombas se inscribían
en la guardia, salvo los viejos socialistas revolucionarios
y los mencheviques. Después de la señal de la
sirena, se reúnen todos para hacer ejercicio. "Se
codean el obrero barbudo y el pequeño aprendiz, mientras
que ambos escuchan atentamente a su instructor." Mientras
que se dislocaban definitivamente las antiguas tropas del
zar, en las fábricas se asentaban las bases del futuro
Ejército rojo.
Una vez sobrepasado el peligro de Kornílov, los conciliadores
obstaculizaron la ejecución de sus compromisos: sólo
entregaron trescientos fusiles a los treinta mil obreros de
Putilov. Pronto cesó completamente el suministro de
armas: el peligro no provenía ahora de la derecha,
sino de la izquierda; había que buscar protección
no en los proletarios, sino en los junkers.
La ausencia de un fin práctico inmediato y la insuficiencia
del armamento dieron lugar a un reflujo de obreros que abandonaron
la Guardia roja. Pero esto sólo fue un corto decaimiento.
En cada acometida se había formado el suficiente número
de cuadros esenciales. Se establecieron sólidos lazos
entre las diferentes compañías obreras. Los
cuadros saben por experiencia que existen considerables reservas
y que en el momento de peligro deben ser puestas en pie.
El paso del Soviet a manos de los bolcheviques modifica radicalmente
la situación de la Guardia roja. Perseguida o tolerada
hasta entonces, se transforma en un órgano oficial
del Soviet, que ya extiende su brazo hasta el poder. Frecuentemente
los obreros pueden procurarse armas y sólo piden al
Soviet una autorización. Desde finales de septiembre,
y sobre todo después del 10 de octubre, los preparativos
de la insurrección se plantean abiertamente en el orden
del día. Un mes antes del levantamiento, se realizan
intensivamente ejercicios militares, especialmente de tiro,
en decenas de fábricas de Petrogrado. Hacia mediados
de octubre aumenta todavía más el interés
por el manejo de las armas. En algunas empresas se inscriben
casi todos en las compañías.
Los obreros reclaman cada vez más impacientemente las
armas del Soviet, pero hay infinitamente menos fusiles que
manos tendidas para recibirlos. "Yo iba diariamente al
Smolni -cuenta el ingeniero Kozmin- y veía a los obreros
y marineros acercarse a Trotsky, ofreciéndole o pidiéndole
armas para los obreros, informándole de la distribución
de esas armas y preguntándole: ¿Cuándo
comenzará esto? La impaciencia era grande..."
Formalmente, la Guardia roja sigue siendo independiente de
los partidos. Pero cuanto más próximo está
el desenlace, tanto más los bolcheviques están
en primer plano: constituyen el núcleo de cada compañía,
tienen en sus manos el aparato de mando y el enlace con las
otras empresas y distritos. Los obreros sin partido y los
socialistas revolucionarios de izquierda siguen a los bolcheviques.
Sin embargo, aun en vísperas de la insurrección,
las filas de la Guardia roja son poco numerosas. El 16, Uritski,
miembro del Comité central bolchevique, estimaba que
el ejército obrero de Petrogrado se componía
de cuarenta mil bayonetas. La cifra es más bien exagerada.
Los recursos en armamento seguían siendo muy limitados:
por débil que fuese el gobierno, no se podían
ocupar los arsenales sin lanzarse por el camino de la insurrección.
El 22 tuvo lugar la conferencia de la Guardia roja de toda
la ciudad: un centenar de delegados representaban aproximadamente
a veinte mil combatientes. La cifra no debe ser tomada muy
a la letra: no todos los inscritos se mostraron activos; en
cambio, numerosos voluntarios acudieron a los destacamentos
en los momentos de peligro. Los estatutos adoptados al día
siguiente por la conferencia definen a la Guardia roja como
"la organización de las fuerzas armadas del proletariado
para combatir a la contrarrevolución y defender las
conquistas de la revolución". Notemos esto: veinticuatro
horas antes de la insurrección, el problema se define
en términos defensivos y no ofensivos.
La formación de base es una decuria; cuatro decurias
constituyen una sección; tres secciones forman una
compañía; tres compañías, un batallón.
Con el mando y los contingentes especiales, el batallón
cuenta con más de quinientos hombres. Los batallones
de distrito constituyen un destacamento. En las grandes fábricas
como Putilov organizan destacamentos autónomos. Los
equipos especiales de técnicos -zapadores, automovilistas,
telegrafistas, ametralladoristas, artilleros- unas veces están
encolados en sus empresas respectivas como adjuntos a los
destacamentos de infantería y otras veces operan independientemente,
según el tipo de tarea a realizar. Todos los mandos
son electivos. Esto no supone ningún riesgo: todos
son voluntarios y se conocen bien entre ellos.
Las obreras crean destacamentos de ambulancias. En la fábrica
de material para los hospitales militares se anuncian cursos
para enfermeras. "En casi todas las fábricas -escribe
Tatiana Graf- hay ya servicios regulares de obreras que trabajan
como ambulancistas, provistas del material sanitario indispensable."
La organización es extremadamente pobre en recursos
pecuniarios y técnicos. Poco a poco, los comités
de fábrica envían material para las ambulancias
y los cuerpos francos. Durante las horas de la insurrección,
estas débiles células se desarrollaron rápidamente;
pronto tuvieron a su disposición considerables recursos
técnicos. El 4, el Soviet del barrio de Viborg prescribe
lo siguiente: "Requisar inmediatamente todos los automóviles...
Inventariar todo el material sanitario para ambulancias y
establecer servicios de guardia en estas últimas."
Un número creciente de obreros sin partido se incorporaban
a los ejercicios de tiro y de maniobra. Aumentaba el número
de los cuerpos de la guardia. En las fábricas, la guardia
era asegurada día y noche. Los Estados Mayores de la
Guardia roja se instalaban en locales más espaciosos.
El 23 se procedió al examen de conocimientos de los
guardias rojos de la fábrica de cartuchos. Un menchevique
intentó hablar contra el levantamiento, pero su tentativa
fue ahogada bajo una tempestad de indignación: "¡Basta,
ya ha pasado el tiempo de las discusiones!" Es tan irresistible
el movimiento, que se apodera incluso de los mencheviques.
"Se enrolan en la Guardia roja -cuenta Tatiana Graf-,
participan en todos los servicios de mando y hasta muestran
iniciativa." Skorinko describe el modo en que, el día
23, socialistas revolucionarios y mencheviques, jóvenes
y viejos, fraternizaron con los bolcheviques dentro del destacamento,
y cómo él mismo abrazó con alegría
a su padre, obrero de la misma fábrica. El obrero Peskovoy
cuenta: en el destacamento armado "había jóvenes
obreros, de dieciséis años aproximadamente,
y viejos de hasta la cincuentena". La mezcla de edades
añadía "ímpetu y espíritu
combativo". El barrio de Viborg se preparaba a la batalla
con un ardor muy particular. Se toman las llaves de los puentes
móviles que pasan por el arrabal, se estudian los puntos
vulnerables del barrio, se elige un Comité militar
revolucionario, y los comités de fábrica restablecen
sus permanencias. Kaiurov escribe con legítimo orgullo
sobre los obreros de Viborg: "Han sido los primeros en
entrar en lucha contra la autocracia, los primeros en establecer
en su distrito la jornada de ocho horas, los primeros en salir
en armas para protestar contra los diez ministros capitalistas,
los primeros en protestar, el 7 de julio, contra las persecuciones
infligidas a nuestro partido, y no han sido ,los últimos
en la jornada decisiva del 25 de octubre." ¡La
verdad es la verdad!
La historia de la Guardia roja es en gran medida la historia
de la dualidad de poderes: ésta, por sus contradicciones
internas y sus conflictos, facilitaba a los obreros la creación
de una importante fuerza armada desde antes de la insurrección.
Es una tarea prácticamente irrealizable, al menos por
el momento, calcular el número de destacamentos obreros
que existían en todo el país en el momento de
la insurrección. En todo caso, decenas y decenas de
miles de obreros armados constituían los cuadros de
la insurrección. Las reservas eran casi inagotables.
Evidentemente, la organización de la Guardia roja estaba
muy lejos de ser perfecta. Todo se hacía apresuradamente,
en bloque, no siempre con destreza. La mayor parte de los
guardias rojos estaban mal preparados, los servicios de enlace
marchaban mal, los avituallamientos no eran muchos, el cuerpo
de ambulancias no estaba todavía dispuesto. Pero, completada
con los obreros más capaces de sacrificio, la Guardia
roja ardía de deseos de llevar esta vez la lucha hasta
final. Y esto es lo que decidió el asunto.
La diferencia entre los destacamentos obreros y los regimientos
campesinos no estaba únicamente determinada por la
composición social de unos y otros. Un gran número
de soldados campesinos, habiendo regresado de nuevo a sus
aldeas y habiéndose repartido la tierra de los propietarios,
combatirán desesperadamente contra los guardias blancos,
primero en los destacamentos de guerrilleros y después
en el Ejército rojo. Independientemente de la diferencia
social, existe otra, que es más inmediata: mientras
que la guarnición es un conglomerado coactivo de viejos
soldados refractarios a la guerra, los destacamentos de la
Guardia roja son de reciente formación, por selección
individual, sobre nuevas bases y con nuevos objetivos.
El Comité militar revolucionario dispone todavía
de una tercer arma: los marinos del Báltico. Por su
composición social, su medio, es mucho más próximo
a los obreros que la Infantería. Entre ellos hay un
gran número de obreros de Petrogrado. El nivel político
de los marinos es infinitamente más elevado que el
de los soldados. A diferencia de los reservistas, poco combativos
y que habían olvidado el uso del fusil, los marinos
no habían interrumpido el servicio efectivo.
Para las operaciones activas, se podía confiar firmemente
en los comunistas armados, en los destacamentos de la Guardia
roja, en la vanguardia de los marinos y en los regimientos
mejor conservados. Los elementos de este conglomerado militar
se completaban entre sí. La numerosa guarnición
no tenía mucha voluntad de lucha. Los destacamentos
de marinos no eran muy numerosos. A la Guardia roja le faltaba
experiencia. Los obreros, con los marinos, aportaban energía,
audacia, ímpetu. Los regimientos de la guarnición
constituían una reserva poco móvil que imponía
por su número y aplastaba por la masa.
En el contacto cotidiano con los obreros, los soldados y los
marinos, los bolcheviques se daban cuenta claramente de las
profundas diferencias cualitativas entre los elementos del
ejército que debían conducir al combate. Sobre
el cálculo de esas diferencias se basó en buena
parte la elaboración del plan mismo de la insurrección.
La fuerza social del otro campo estaba constituida por las
clases dominantes. Ello determinaba su debilidad militar.
¿Cuánto y dónde se habían batido
los importantes personajes del capital, de la prensa, de las
cátedras universitarias? Tenían la costumbre
de informarse por teléfono o telégrafo del resultado
de los combates en los que se decidió su propia suerte.
¿La joven generación, los hijos, los estudiantes?
Casi todos eran hostiles a la insurrección de Octubre.
Pero la mayor parte de ellos, como sus padres, esperaban a
distancia el resultado de los combates. Una parte se adhirió
más tarde a los oficiales y a los junkers, que ya antes
eran reclutados en gran parte entre los estudiantes. Los propietarios
no tenían al pueblo con ellos, Los obreros, soldados
y campesinos se habían vuelto contra ellos. El derrumbe
de los partidos conciliadores mostraba que las clases dominantes
se habían quedado sin ejército.
La importancia de los raíles en la vida de los Estados
modernos hacía que la cuestión de los ferroviarios
ocupase un lugar dominante en los cálculos políticos
de ambos campos. La composición jerárquica del
personal ferroviario abría posibilidades de una extrema
heterogeneidad política, creando así condiciones
favorables para los diplomáticos conciliadores. El
"Vikjel" (comité ejecutivo panruso de los
ferroviarios), que se había formado tardíamente,
tenía raíces mucho más sólidas
entre los empleados e incluso entre los obreros que, por ejemplo,
los comités del ejército en el frente. Sólo
una minoría de los ferroviarios seguía a los
bolcheviques, principalmente en los depósitos y talleres.
Según el informe de Schmidt, uno de los dirigentes
bolcheviques del movimiento sindical, los ferroviarios más
próximos al partido eran los de las redes de Petrogrado
y Moscú.
Pero también en la masa de empleados y obreros conciliadores,
la huelga ferroviaria de septiembre produjo un brusco viraje
hacia la izquierda. El descontento provocado por el "Vikjel",
que se había comprometido con sus zig-zags, era cada
vez más resuelto. Lenin señalaba que "los
ejércitos de ferroviarios y de empleados de Correos
continúan en agudo conflicto con el gobierno".
Esto era casi suficiente ya desde el punto de vista de los
problemas inmediatos de la insurrección.
La situación era menos favorable en la administración
de Correos y Telégrafos. Según el bolchevique
Boki, "los aparatos telegráficos están
custodiados, sobre todo por kadetes". Pero aun aquí,
el personal inferior se oponía con hostilidad a la
jerarquía. Entre los carteros había un grupo
dispuesto a apoderarse del correo en el momento favorable.
Era inútil soñar en convencer a todos los ferroviarios
y empleados de Correos únicamente con palabras. Si
hubiesen vacilados los bolcheviques, habrían dominado
los kadetes y los dirigentes conciliadores. Si la dirección
revolucionaria actuaba resueltamente, la base debía
arrastrar tras ella a las capas intermedias, aislando a los
dirigentes del "Vikjel". La estadística no
es suficiente en los cálculos de la revolución:
es necesario el coeficiente de la acción viva.
Los adversarios de la insurrección, incluso en las
mismas filas del partido bolchevique, encontraban sin embargo
bastantes motivos para sus deducciones pesimistas. Zinóviev
y Kámenev advertían que no había que
subestimar las fuerzas del adversario. "Petrogrado decide,
pero en Petrogrado los enemigos disponen de fuerzas importantes:
cinco mil junkers perfectamente armados y que saben batirse;
un Estado Mayor; batallones de choque, cosacos; y una parte
importante de la guarnición, más una muy considerable
artillería dispuesta en abanico alrededor de Piter.
Además, es casi seguro que los adversarios intentarán
traer tropas del frente con la ayuda del Comité ejecutivo
central..." Esta enumeración es imponente, pero
sólo es una enumeración. Si en su conjunto el
ejército es una aglomeración social, cuando
se escinde abiertamente, los dos ejércitos son conglomerados
de campos opuestos. El ejército de los poseedores llevaba
adentro el gusano del aislamiento y de la disgregación.
Después de la ruptura de Kerenski con Kornílov,
los hoteles, los restaurantes y los garitos estaban repletos
de oficiales hostiles al gobierno. Sin embargo, su odio contra
los bolcheviques era infinitamente más vivo. Según
la regla general, Inactividad más intensa en favor
del gobierno se manifestaba por parte de los oficiales monárquicos.
"Queridos Kornílov y Krímov, lo que no
habéis podido hacer quizá lo consigamos nosotros
si Dios nos ayuda..." Tal es la invocación del
oficial Sinegub, uno de los más valerosos defensores
del Palacio de Invierno el día de la insurrección.
Pero no hubo más que raras unidades que se mostraron
realmente dispuestas a la lucha, aunque el cuerpo de oficiales
era muy numeroso. Ya el complot de Kornílov había
mostrado que el cuerpo de oficiales, profundamente desmoralizado,
no constituía una fuerza combativa.
La composición social de los junkers es heterogénea
y no hay unanimidad entre ellos. Junto a los militares por
herencia, hijos y nietos de oficiales, hay buen número
de elementos adventicios, reclutados por las necesidades de
la guerra ya en tiempos de la monarquía. El jefe de
la escuela de ingeniería dice a un oficial, "Tú
y yo estamos condenados... ¿Acaso no somos nobles?
¿Podemos razonar de otra forma?" A los junkers
de origen democrático, estos señores vanidosos,
que habían esquivado con éxito una muerte noble,
los consideran palurdos, mujiks, "de rasgos groseros
y obtusos". En el interior de las escuelas de los junkers
hay una línea profundamente trazada que separa a los
hombres de sangre roja de los de sangre azul, y los más
celosos en la defensa del poder republicano son precisamente
los que más añoran la monarquía. Los
junkers demócratas declaran que no están con
Kerenski ni con el Comité ejecutivo central. La revolución
había abierto por primera vez las puertas de las escuelas
de los junkers a los judíos. Al esforzarse para estar
a la altura de los privilegiados, los hijos de familia de
la burguesía judía manifestaban un espíritu
extremadamente belicoso contra los bolcheviques. Desgraciadamente,
esto no bastó para salvar al régimen y ni siquiera
para defender el Palacio de Invierno. La composición
heterogénea de las escuelas militares y su completo
aislamiento del ejército daban como resultado que en
las horas críticas también los junkers comenzasen
a tener sus mítines: ¿qué harán
los cosacos? ¿Se moverán otras fuerzas aparte
de nosotros? Y en general, ¿valía la pena batirse
por el gobierno provisional?
Según el informe de Podvoiski, a principios de octubre
había unos ciento veinte junkers socialistas en las
escuelas militares de Petrogrado, de los cuales cuarenta y
dos o cuarenta y tres eran bolcheviques. "Los junkers
dicen que todo el mundo de las escuelas es contrarrevolucionario.
Se les prepara ostensiblemente para aplastar el levantamiento
en caso de manifestaciones..." Como puede verse, el número
de socialistas, y sobre todo de bolcheviques, es completamente
insignificante. Pero da la posibilidad al Smolni de conocer
lo esencial de lo que ocurre dentro de los junkers. Por lo
demás, toda la topografía de las escuelas militares
es sumamente desventajosa: los junkers están diseminados
por los cuarteles y, aunque hablen con desdén de los
soldados, los consideran con suma aprehensión.
Sus temores están muy suficientemente motivados. Miles
de miradas hostiles observan a los junkers desde los cuarteles
vecinos y los barrios obreros. La vigilancia es tanto más
efectiva cuanto que en cada escuela hay un destacamento de
soldados que en palabras conservan la neutralidad, pero que
de hecho se inclinan a favor de los insurrectos. Los arsenales
de las escuelas están en manos de los soldados rasos.
"Estos tunantes -escribe un oficial de la escuela de
ingeniería- no sólo han perdido las llaves del
depósito, de tal forma que me he visto obligado a derribar
la puerta, sino que además habían quitado los
cerrojos a las metralletas y los habían escondido vaya
a saberse dónde." En semejantes circunstancias,
es difícil esperar de los junkers milagros de heroísmo.
¿Estaba amenazada la insurrección de Petrogrado
de un golpe desde fuera, de las guarniciones vecinas? Durante
los últimos días de su existencia, la monarquía
no había cesado de confiar en el pequeño anillo
de tropas que rodeaba a la capital. La monarquía había
calculado mal. Pero, ¿qué sucedería esta
vez? Asegurarse de condiciones que excluyesen todo peligro,
era hacer inútil la insurrección: su función
es precisamente romper los obstáculos que no se pueden
eliminar por la política. No sé puede calcular
todo de antemano. Pero todo lo que se podía prever
fue calculado.
A principios de octubre tuvo lugar en Cronstadt la Conferencia
de los soviets de la provincia de Petrogrado. Los delegados
de las guarniciones de las afueras -de Gachina, de Tsarkoie-Selo,
de Krasnoie-Selo, de Oranienbaum, de Cronstadt mismo- dieron
la nota más alta, según el diapasón de
los marinos del Báltico. Su resolución fue apoyada
por el Soviet de los diputados campesinos de la provincia
de Petrogrado: los mujiks, sobrepasando a los socialistas
revolucionarios de izquierda, se inclinaban vivamente hacia
los bolcheviques.
En la conferencia del Comité central del día
16, el obrero Stepanov trazó un cuadro bastante abigarrado
del estado de fuerzas en la provincia, pero en el que dominaban
netamente los tonos del bolchevismo. En Sestroretsk y en Kolpino,
los obreros se arman y el ánimo es de batalla. En Novi-Peterhof
ha cesado el trabajo en el regimiento, está desorganizado.
En Krasnoie-Selo, el regimiento número 176 (el mismo
que había montado la guardia ante el palacio de Táurida
el 4 de julio) y el número 172 están del lado
del bolchevismo; "pero, además, está la
Caballería". En Luga, la guarnición, de
treinta mil hombres, se ha pasado al banco del bolchevismo,
una parte todavía duda; el Soviet es partidario aún
de la defensa nacional. En Gdova, el regimiento es bolchevique.
En Cronstadt había decaído el ánimo;
la ebullición de las guarniciones había sido
demasiado fuerte en los meses precedentes y los mejores elementos
de la marinería se encontraban en la flota para las
operaciones de guerra. En Schluselburg, a sesenta verstas
de Petrogrado, el soviet se había transformado desde
hacía tiempo en el único poder; los obreros
de la fábrica de pólvora estaban dispuestos
a apoyar a la capital en cualquier momento.
Si se combinan con los resultados de la Conferencia de los
soviets de Cronstadt, los datos sobre las reservas de primera
línea pueden ser considerados muy alentadores. Las
ondas que emanaban de la insurrección de Febrero fueron
suficientes para disolver la disciplina en una esfera muy
amplia. Ahora se puede tener, por tanto, más confianza
en las guarniciones más próximas a la capital,
ya que sus tendencias son suficientemente conocidas de antemano.
A las reservas de segunda línea pertenecen las tropas
de los frentes de Finlandia y del norte. Allí el asunto
se presenta de forma aun más favorable. El trabajo
de Smilga, de Antónov, de Dibenko dio frutos inapreciables.
Con la guarnición de Helsingfors, la flota se transformó,
sobre el territorio de Finlandia, en un poder soberano. El
gobierno no tenía allí ninguna autoridad. Dos
divisiones de cosacos llevadas a Helsingfors -Kornílov
las había destinado a dar un golpe sobre Petrogrado-
habían tenido tiempo de ligarse estrechamente a los
marinos y apoyaban a los bolcheviques o a los socialistas
revolucionarios de izquierda, que en la flota del Báltico
se distinguían muy poco de los bolcheviques.
Helsingfors tendió la mano a los marinos de la base
de Reval, menos decididos hasta entonces. El Congreso regional
de los soviets del norte, cuya iniciativa, al parecer, pertenecía
también a la flota del Báltico, agrupó
a los soviets de las guarniciones más próximas
a Petrogrado en un círculo tan amplio que englobó
por una parte a Moscú y por otra a Arjangelsk. "De
este modo -escribe Antónov- se realizaba la idea de
blindar a la capital de la revolución contra los posibles
ataques de las tropas de Kerenski." Smilga volvió
del congreso a Helsingfors para preparar un destacamento especial
de marinos, de infantería y artillería, destinado
a ser enviado a Petrogrado a la primera señal. El ala
finlandesa era una de las mejores garantías de la insurrección
de Petrogrado. De ahí podía esperarse no un
golpe sino una ayuda seria.
Pero también en otros sectores del frente las cosas
iban muy bien, y en todo caso mucho mejor que lo que se imaginaban
los bolcheviques más optimistas. Durante el mes de
octubre hubo nuevas elecciones de comités en el ejército
y en todas partes con un notable cambio a favor de los bolcheviques.
En el cuerpo acantonado en Dvinsk, "los viejos soldados
razonables" fueron todos totalmente marginados en las
elecciones para comités de regimiento y compañía;
sus puestos fueron ocupados por "oscuros e ignorantes
sujetos... de ojos irritados, centelleantes y gargantas de
lobo". En otros sectores ocurrió lo mismo. "Por
todas partes se realizan nuevas elecciones para los comités
y en todas partes son elegidos únicamente bolcheviques
y derrotistas." Los comisarios del gobierno empezaban
a evitar las misiones en los regimientos: "En estos momentos,
su situación no es mejor que la nuestra." Citamos
aquí al barón Budberg. Dos regimientos de caballería
de su cuerpo, húsares y cosacos del Ural, que habían
permanecido durante más tiempo que otros en manos de
sus jefes y no se habían negado a aplastar los motines,
cedieron súbitamente y exigieron "que se dispensase
de toda función punitiva o de gendarme". El sentido
amenazador de esta advertencia era más claro para el
barón que para cualquier otro. "No se puede tener
a raya a una jauría de hienas, de chacales y de carneros
tocando el violín -escribía-... la única
solución está en la aplicación a gran
escala del hierro candente." Y aquí, con una confesión
trágica: "Este hierro falta y no se sabe dónde
encontrarlo."
Si no mencionamos testimonios análogos de otros cuerpos
y divisiones, únicamente es porque sus jefes no eran
tan observadores como Budberg o porque no redactaban diarios
íntimos, o porque esos diarios no han salido aún
a la superficie. Pero el Cuerpo del ejército acantonado
en Dvinsk no se distinguía en nada especial, si no
es por el coloreado estilo de su jefe, de otros cuerpos del
V Ejército, el cual, por otra parte, sólo llevaba
una escasa ventaja a los otros contingentes.
El Comité conciliador del V Ejército, que había
quedado en suspenso desde hacía tiempo, continuaba
expidiendo telegramas a Petrogrado, en los que amenazaba con
restablecer el orden en la retaguardia por la bayoneta. "Todo
esto no son más que fanfarronadas, viento", escribe
Budberg. El Comité vivía, sus últimos
días. El día 23 fue reelegido. El presidente
del nuevo comité bolchevique fue Sklianski, joven y
excelente organizador, que pronto dio toda la magnitud de
su talento en el terreno de la formación del Ejército
rojo.
El 22 de octubre, el adjunto del comisario gubernamental del
frente norte comunicaba al comisario de Guerra que las ideas
del bolchevismo tenían un éxito cada vez más
creciente en el ejército, que las masas querían
la paz y que hasta la Artillería, que había
resistido hasta el último momento, se había
hecho "accesible" a la propaganda derrotista. Este
era también un síntoma importante. "El
gobierno provisional no goza de ninguna autoridad", así
se expresa en un informe al gobierno uno de sus agentes directos
en el ejército, tres días antes de la insurrección.
Es cierto que el Comité militar revolucionario no conocía
entonces todos estos documentos. Pero lo que sabía
era más que suficiente. El 23, los representantes de
los diversos contingentes del frente desfilaron ante el Soviet
de Petrogrado reclamando la paz: en caso contrario, las tropas
se lanzarían contra la retaguardia y "exterminarían
a todos los parásitos que se disponen a guerrear otros
diez años más". Tomad el poder, decían
al Soviet las gentes del frente: "las trincheras os apoyarán".
En los frentes más alejados y atrasados, sudoeste y
rumano, los bolcheviques eran todavía raros, seres
extraños. Pero también allí eran las
mismas las tendencias que se manifestaban entre los soldados.
Eugenia Boch cuenta que en el segundo cuerpo de la Guardia,
acantonado en los alrededores de Jmerinka, de sesenta mil
soldados, apenas si había un joven comunista y dos
simpatizantes; lo cual no impidió que el cuerpo partiese
para defender a la insurrección en las jornadas de
Octubre.
Hasta el último momento, los círculos gubernamentales
depositaron su confianza en las tropas cosacas, pero, menos
ciegos, los políticos burgueses de derechas comprendían
que también allí se presentaban muy mal las
cosas. Los oficiales cosacos eran casi todos kornilovianos.
Los cosacos rasos tendían siempre más hacia
la izquierda. Esto no se comprendió durante mucho tiempo
en el gobierno, que estimaba que la frialdad de los regimientos
cosacos ante el Palacio de Invierno provenía del agravio
infligido a Kaledin. Pero, finalmente, resultó claro,
incluso para el ministro de Justicia, Maliantovich, que Kaledin
"sólo tenía con él a los oficiales
cosacos, mientras que los cosacos rasos, como los demás
soldados, se inclinaban simplemente hacia el bolchevismo".
De aquel frente que, en los primeros días de marzo
besaba manos y pies al sacrificador liberal, que llevaba en
triunfo a los ministros kadetes, se embriagaba con los discursos
de Kerenski y creía que los bolcheviques eran agentes
de Alemania, no quedaba nada. Las rosadas ilusiones quedaban
pisoteadas en el fango de las trincheras que los soldados
se negaban a seguir midiendo con sus botas agujereadas. "El
desenlace se acerca -escribía el mismo día de
la insurrección de Petrogrado Budberg- y no puede haber
ninguna duda sobre su desenlace; en nuestro frente no hay
ya un solo contingente... que no esté en poder de los
bolcheviques."
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