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En el
desarrollo de la revolución rusa, precisamente porque
es una verdadera revolución popular que ha puesto en
movimiento a decenas de millones de hombres, se observa una
notable continuidad de etapas. Los acontecimientos se suceden
como si obedecieran a las leyes de la gravedad. La relación
de fuerzas se verifica en cada etapa de dos maneras: primero,
las masas muestran la fuerza de su impulso; luego, las clases
poseedoras, esforzándose por tomar su revancha, no
hacen más que revelar más claramente su aislamiento.
En Febrero, los obreros y soldados de Petrogrado se habían
sublevado no sólo a pesar de la voluntad patriótica
de todas las clases cultas sino también a despecho
de los cálculos de las organizaciones revolucionarias.
Las masas se mostraron irresistibles. Si ellas mismas se hubieran
dado cuenta de ello, se habrían hecho con el poder.
Pero todavía no había a su cabeza un partido
revolucionario fuerte y consagrado. El poder cayó en
manos de la democracia pequeño burguesa, camuflada
bajo los colores del socialismo. Los mencheviques y los socialistas
revolucionarios no podían hacer uso de la confianza
de las masas más que llamando al timón a la
burguesía liberal, la cual, por su parte, no podía
dejar de poner al servicio de los intereses de la Entente
el poder recibido de los conciliadores.
Durante las jornadas de Abril, los regimientos y las fábricas
sublevadas -sin que hayan sido llamadas por ningún
partido- salen a las calles de Petrogrado pala oponer resistencia
a la política imperialista del gobierno que los conciliadores
les han impuesto. La manifestación armada tiene mucho
éxito. Miliukov, líder del imperialismo ruso,
es excluido del poder. Los conciliadores entran en el gobierno,
bajo la apariencia de mandatarios del pueblo, pero, en realidad,
como agentes de la burguesía.
Sin haber resuelto ninguno de los problemas que han provocado
la revolución, el gobierno de coalición viola
en junio la tregua establecida de hecho en el frente y desencadena
una ofensiva de las tropas. Con este acto, el régimen
de Febrero, caracterizado ya por una decreciente confianza
de las masas hacia los conciliadores, se da a sí mismo
un golpe fatal. Se inicia entonces el período de la
preparación inmediata de una segunda revolución.
A comienzos de julio, el gobierno, sostenido por todas las
clases poseedoras e instruidas, denunciaba toda manifestación
revolucionaria como una traición a la patria y una
ayuda aportada al enemigo. Las organizaciones oficiales de
masas -soviets, partidos socialpatriotas- luchaban contra
la ofensiva obrera con todas sus fuerzas. Los bolcheviques,
por razones tácticas, contenían a los obreros
y soldados que querían salir a la calle. Sin embargo,
las masas se pusieron en movimiento. El movimiento se mostró
irresistible y general. No se veía al gobierno. Los
conciliadores se escondían. Los obreros y soldados
se hicieron dueños de la situación en la capital.
La ofensiva falló, sin embargo, dada la insuficiente
preparación de la provincia y del frente.
A fines de agosto, todos los órganos e instituciones
de las clases poseedoras estaban a favor de un golpe de Estado
contrarrevolucionario: la diplomacia de la Entente, los bancos,
las uniones de propietarios agrícolas e industrias,
el partido kadete, los Estados Mayores, el cuerpo de oficiales,
la gran prensa. El organizador del golpe de Estado no fue
otro sino el generalísimo que se apoyaba en el alto
mando de un ejército que contaba con muchos millones
de hombres. Se trasladaban efectivos especialmente seleccionados
de todos los frentes, según un acuerdo secreto con
el jefe de gobierno, en dirección a Petrogrado y con
el pretexto de consideraciones estratégicas.
Todo en la capital parecía preparado para el éxito
de la empresa: los obreros son desarmados por las autoridades
con la ayuda de los conciliadores; los bolcheviques reciben
golpes continuamente: los regimientos más revolucionarios
son alejados de la ciudad; centenares de oficiales seleccionados
son concentrados para formar una tropa de choque; con las
escuelas de junkers y los cosacos, constituyen una fuerza
imponente. ¿Y qué pasó? La conspiración
que los mismos dioses parecían proteger se hizo polvo
inmediatamente apenas hubo chocado con el pueblo revolucionario.
Esos dos movimientos, a comienzos de julio y a fines de agosto,
tenían entre ellos la misma relación que puede
tener un teorema con su corolario. Las jornadas de Julio habían
demostrado la fuerza de un movimiento espontáneo de
las masas. Las jornadas de Agosto descubrieron la completa
impotencia de los dirigentes. Esa relación de fuerzas
indicaba que era inevitable un nuevo conflicto. La provincia
y el frente, mientras tanto, se iban uniendo más estrechamente
a la capital. Esto predeterminaba la victoria de Octubre.
"La facilidad con la cual Lenin y Trotsky consiguieron
derrocar al último gobierno de coalición de
Kerenski -escribía el kadete Nabokov- demostró
la impotencia interna de este último. El grado de esta
impotencia sorprendió incluso a las personas mejor
informadas." Nabokov mismo parece no adivinar que se
trataba de su propia impotencia, de la impotencia de su clase,
de su régimen social.
Así como, desde la manifestación armada de Julio,
la curva sube hacia la insurrección de Octubre, el
mismo modo el movimiento de Kornílov parece un ensayo
de la campaña contrarrevolucionaria emprendida por
Kerenski en los últimos días de octubre. El
huir bajo la protección del banderín americano
y refugiarse en el frente para escapar de los bolcheviques,
el generalísimo de la democracia no encontró
más fuerza militar que ese mismo tercer cuerpo de caballería
que, dos meses antes, estaba destinado por Kornílov
a derribar al propio Kerenski. A la cabeza de ese cuerpo seguía
encontrándose el general cosaco Krasnov, monárquico
militante, que había sido designado en ese puesto por
Kornílov: no fue posible encontrar un hombre de guerra
más apto para la defensa de la democracia.
Apenas si quedaba ya el nombre de ese cuerpo: se había
quedado reducido a unas sotnias de cosacos que, después
de un intento frustrado de ofensiva contra los rojos en Petrogrado,
fraternizaron con los marineros revolucionarios y entregaron
Krasnov a los bolcheviques. Kerenski se vio obligado a huir
a la vez de los cosacos y de los marineros. Así es
como, ocho meses después del derrocamiento de la monarquía,
los obreros se hallaron a la cabeza del país. Y se
mantuvieron allí sólidamente.
"¿Quién podría creer -escribirá
a este respecto, con tono indignado, el general ruso Zaleski-
que un empleado de tribunales o un guardián del Palacio
de Justicia hayan podido convertirse de repente en presidentes
del Congreso de los jueces de paz? ¿O un enfermero
pasando a ser director de ambulancias? ¿O un peluquero,
alto funcionario? ¿O un alférez ayer, a generalísimo?
¡Un lacayo de ayer o un peón pasando a ser prefecto!
El que todavía ayer engrasaba las ruedas de los vagones
convirtiéndose en jefe de una sección de la
red o en jefe de estación... ¡Un cerrajero designado
a la cabeza de un taller!"
"¿Quién podría creerlo?" Había
que creerlo. No se podía dejar de creer en ello, ya
que los alféreces habían derrotado a los generales;
el prefecto, antiguo peón, había puesto en razón
a los amos de la víspera; los engrasadores de ruedas
de vagones habían organizado los transportes; los cerrajeros,
en calidad de directores, habían puesto en pie a la
industria.
La tarea principal del régimen político, según
el aforismo inglés, consiste en poner the right man
in the right place. Desde ese punto de vista, ¿cómo
se presenta la experiencia de 1917? En los dos primeros meses,
Rusia seguía gobernada, según el derecho de
la monarquía hereditaria, por un hombre poco dotado
por la naturaleza, que creía en las reliquias y obedecía
a Rasputin. Durante los ocho meses que siguieron, los liberales
y los demócratas intentaron, desde lo alto de sus posiciones
gubernamentales, demostrar al pueblo que las revoluciones
se realizan para que todo quede como antes. No es extraño
que esta gente haya pasado por el país como sombras
flotantes, sin dejar rastro. A partir del 25 de octubre se
puso a la cabeza de la nación Lenin, la más
grande figura de la historia política de este país.
Estaba rodeado de un estado mayor de colaboradores que, según
la confesión de sus peores enemigos, sabían
lo que querían y eran capaces de combatir para conseguir
sus fines. ¿Cuál de esos tres sistemas se mostró
capaz, en las condiciones concretas dadas, de colocar the
right man in the right place?
El ascenso histórico de la humanidad, tomado en su
conjunto, puede resumirse como un encadenamiento de victorias
de la conciencia sobre las fuerzas ciegas, en la naturaleza,
en la sociedad, en el hombre mismo. El pensamiento crítico
y creador ha podido jactarse, hasta ahora, de los mayores
éxitos en la lucha contra la naturaleza. Las ciencias
fisicoquímicas han llegado ya a un punto en que el
hombre se dispone evidentemente a convertirse en el amo de
la materia. Pero las relaciones sociales siguen desarrollándose
a un nivel elemental. Comparada a la monarquía y a
otras herencias del canibalismo y del salvajismo de las cavernas,
la democracia representa, por supuesto, una gran conquista.
Pero no cambia en nada el juego ciego de las fuerzas en las
relaciones mutuas de la sociedad. Precisamente en este dominio
más profundo del inconsciente, la insurrección
de Octubre ha sido la primera en intervenir. El sistema soviético
quiere introducir un fin y un plan en los fundamentos mismos
de una sociedad donde no reinaban hasta ahora más que
simples consecuencias acumuladas.
Los adversarios se ríen burlonamente al señalar
que el país de los soviets, quince años después
de la insurrección, apenas se parece todavía
a un paraíso de bienestar universal. Esta argumentación
podría reflejar una excesiva diferencia hacia el poder
mágico de los métodos socialistas si no se explicase,
en realidad, por la ceguera del odio. El capitalismo necesitó
siglos enteros para, elevando la ciencia y la técnica,
llegar a lanzar a la humanidad al infierno de la guerra y
de las crisis. Los adversarios no conceden al socialismo más
que quince años para edificar e instalar el paraíso
en la tierra. Nosotros no hemos asumido esos compromisos.
No hemos fijado nunca esos plazos. El proceso de las grandes
transformaciones debe evaluarse según unas medidas
adecuadas.
Pero ¿las calamidades que se han abatido sobre los
vivos? ¿Y el fuego y la sangre de la guerra civil?
Las consecuencias de la revolución, ¿justifican
finalmente las víctimas que ha causado? La cuestión
es teleológica y, por consiguiente, estéril.
Con el mismo derecho se podría decir, ante las dificultades
y aflicciones de una existencia personal: ¿vale la
pena venir al mundo? Las meditaciones melancólicas
no han impedido, sin embargo, hasta ahora a la gente ni engendrar
ni nacer. Aun en la época actual de intolerables calamidades,
sólo un muy abajo porcentaje de la población
de nuestro planeta recurre al suicidio. Pero los pueblos buscan
en la revolución una salida a sus intolerables tormentos.
¿No es sorprendente que los que se indignan más
frecuentemente de las víctimas de las revoluciones
sociales, sean esos mismos que, si no han sido directamente
los causantes de la guerra mundial, han preparado y glorificado
a sus víctimas, o incluso se han resignado a verlas
morir? Nos toca preguntarles ahora: ¿se ha justificado
la guerra? ¿Qué nos ha dado? ¿Qué
nos ha enseñado?
Apenas si es necesario detenerse ahora ante las afirmaciones
de propietarios rusos afectados, según los cuales la
revolución habría provocado un envilecimiento
cultural del país. Derribada por la insurrección
de Octubre, la cultura de la nobleza no representaba, en suma,
más que una imitación superficial de los modelos
más elevados de la cultura occidental. Al mismo tiempo
que era inaccesible al pueblo ruso, no aportaba nada esencial
al tesoro de la humanidad.
El lenguaje de las naciones civilizadas ha marcado distintamente
dos épocas en el desarrollo de Rusia. Si la cultura
establecida por la nobleza ha introducido en el lenguaje universal
barbarismos tales como zar, pogromo, nagaika, Octubre ha internacionalizado
palabras como bolchevique, soviet y piatiletka. Esto basta
ya para justificar la revolución proletaria, si es
que acaso se considera que necesita justificación.
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