|
La magnitud
de la manifestación prohibida por el Comité
ejecutivo era enorme; el segundo día participaron en
la misma no menos de quinientas mil personas. Sujánov,
que no encuentra bastantes palabras con que calificar las
jornadas "sangrientas e ignominiosas" de julio,
dice sin embargo: "Si se prescinde de los resultados
políticos, hay que reconocer que era imposible contemplar
sin embeleso aquel admirable movimiento de las masas populares.
Era imposible, aun considerándolo ruinoso, dejar de
entusiasmarse ante sus gigantescas proporciones." Según
los cálculos de la Comisión investigadora hubo
29 muertos y 114 heridos, distribuidos aproximadamente por
partes iguales entre los dos bandos.
En los primeros momentos, los conciliadores reconocían
todavía que el movimiento había surgido desde
abajo, sin intervención de los bolcheviques y hasta
cierto punto contra su voluntad. Pero ya en la noche del 3
de julio, y sobre todo el día siguiente, la apreciación
oficial se modifica. El movimiento es calificado de insurrección
y se presenta a los bolcheviques como organizadores de ésta.
"Bajo la divisa de "Todo el poder a los soviets"
-decía posteriormente Stankievich, afín a Kerenski-
se desarrolló una verdadera insurrección de
los bolcheviques contra la mayoría de los soviets de
aquel entonces, formada por los partidos adeptos de la defensa
nacional." La acusación de insurrección
no era sólo un procedimiento de lucha política:
esa gente había podido persuadirse con creces en el
mes de julio de la fuerza de la influencia de los bolcheviques
entre las masas, y ahora no se resignaba sencillamente a creer
que el movimiento de los obreros y soldados hubiera podido
desbordar a los bolcheviques. En la reunión del Comité
ejecutivo, Trotsky intentó aclarar la situación:
"Se nos acusa de haber creado el estado de espíritu
de masas; no es cierto; lo único que nosotros hacemos
es intentar formularlo." En los libros publicados por
los adversarios después de la revolución de
Octubre y, en particular, en el de Sujánov, se puede
tropezar con la afirmación de que los bolcheviques
sólo ocultaron los verdaderos fines que perseguían
después de derrotada la insurrección de Julio,
escudándose en el movimiento espontáneo de las
masas. Pero ¿es que puede ocultarse, como si fuera
un tesoro, un plan de levantamiento llamado a arrastrar en
su torbellino a centenares de miles de hombres? ¿Acaso
en vísperas de Octubre los bolcheviques no se vieron
obligados a incitar abiertamente a la insurrección
y prepararse para la misma a los ojos de todo el mundo? Si
en julio nadie descubrió ese plan fue sencillamente
porque no existía. La entrada de los soldados de ametralladoras
y de la gente de Cronstadt en la fortaleza de Pedro y Pablo,
con el consentimiento de la guarnición permanente de
la misma -los conciliadores insistían especialmente
en este acto de "violencia"- no era, ni mucho menos,
un acto de insurrección. El edificio situado en la
isla y que tenía más de cárcel que de
posición militar, podía acaso servir de refugio
para los que se retiraran, pero no ofrecía ventaja
alguna a los atacantes. Los manifestantes, que no perseguían
otro fin que el de llegar al palacio de Táurida, pasaban
indiferentes ante las instituciones gubernamentales más
importante, para cuya ocupación hubiera bastado con
un destacamento de la guardia roja de Putilov. La fortaleza
de Pedro y Pablo la ocuparon como habían ocupado las
calles y plazas. A ello coadyuvaba la proximidad del palacio
de la Kchesinskaya, en cuyo auxilio se hubiera podido acudir
desde la fortaleza en caso de peligro.
Los bolcheviques hicieron todo lo posible para reducir el
movimiento de julio a una manifestación. Pero ¿no
rebasó estos límites, a pesar de todo, por la
lógica de las cosas? Es más difícil contestar
a esta pregunta política que a la acusación
criminal. Lenin, juzgando las jornadas de Julio inmediatamente
después de ocurrir, decía: "Los acontecimientos
podrían ser calificados formalmente de manifestación
contra el gobierno. Pero, en realidad, no ha sido una manifestación
ordinaria, sino algo mucho más importante que una manifestación
y menos que una revolución." Las masas, cuando
se asimila una idea cualquiera, quieren llevarla a la práctica.
Los obreros, y aún más los soldados, si bien
tenían confianza en los bolcheviques, no habían
podido llegar todavía a formarse la convicción
de que sólo respondiendo al llamamiento del partido,
y bajo su dirección, debían lanzarse a la calle.
Las enseñanzas que se desprendían de la experiencia
de febrero y abril eran más bien otras. Cuando Lenin
decía en mayo que los obreros y campesinos eran cien
veces más revolucionarios que nuestro partido, sacaba
indudablemente una conclusión general de la experiencia
de febrero y abril. Pero las masas, que, a modo, sacaban asimismo
una conclusión de esta experiencia, se decían:
"Hasta los bolcheviques dan largas al asunto y nos contienen."
En julio, los manifestantes estaban completamente resueltos
-si preciso era- a barrer el poder oficial. En caso de resistencia
por parte de la burguesía, estaban dispuestos a hacer
uso de las armas. En este sentido, puede decirse que había
un elemento de insurrección armada. Si ésta
no llegó, no sólo hasta el fin, sino ni tan
siquiera hasta la mitad, fue porque los conciliadores enredaron
las cosas.
En el primer tomo de esta obra hemos caracterizado detalladamente
la paradoja de la revolución de Febrero. Los demócratas
pequeñoburgueses, los mencheviques y los socialrevolucionarios
recibieron el poder de manos del pueblo revolucionario. Pero
no perseguían este fin; habían conquistado el
poder, y si lo ocupaban era contra su voluntad y faltando
a la de las masas se esforzaron en transmitirlo a la burguesía
imperialista. El pueblo no tenía confianza en los liberales,
pero sí en los conciliadores, los cuales, por su parte,
no tenían confianza en sí mismos. Y, a su manera,
tenían razón. Aun cediendo enteramente el poder
a la burguesía, los demócratas se quedaban con
algo. Si hubieran tomado el poder en sus manos, habrían
quedado reducidos a la nada. De los demócratas, el
poder se hubiera deslizado casi automáticamente a manos
de los bolcheviques. Esto era inevitable, porque radicaba
en la insignificancia orgánica de la democracia rusa.
Los manifestantes de julio querían entregar el poder
a los soviets. Mas, para ello, era preciso que éstos
accedieran a tomarlo. Ahora bien, aun en la capital, donde
la mayoría de los obreros y los elementos activos de
la guarnición estaban con los bolcheviques, la mayoría
del Soviet, en virtud de la ley de la inercia propia de toda
presentación, seguía perteneciendo a los partidos
pequeñoburgueses, los cuales consideraban que todo
atentado al poder de la burguesía era un ataque contra
ellos. Los obreros y soldados tenían la sensación
viva de la contradicción existente entre su estado
de espíritu y la política de los soviets, esto
es, entre el presente y el pasado. A levantarse en favor del
poder a los soviets, no manifiestan, ni mucho menos, su confianza
en la mayoría conciliadora. Pero no sabían cómo
librarse de ella. Derribarla por la fuerza hubiera significado
disolver los soviets en vez de entregarles el poder. Los obreros
y, soldados, antes de encontrar el camino que había
de conducir a la renovación de los soviets, intentaban
someterlos a su voluntad mediante el método de la acción
directa.
En la proclama lanzada por ambos Comités ejecutivos
con ocasión de las jornadas de julio, los conciliadores
apelaban, indignados, a los obreros y soldados contra los
manifestantes que, "por la fuerza de las armas, intentan
imponer su voluntad a los representantes elegidos por vosotros".
¡Como si manifestantes y electores no fueran la denominación
de los mismos obreros y soldados! ¡Como si los electores
no tuvieran el derecho de imponer su voluntad a los elegidos!
¡Y como si esta voluntad expresara otra cosa que la
exigencia de que se cumpliera con el deber de adueñarse
del poder en interés del pueblo! Las masas concentradas
alrededor del palacio de Táurida gritaban en los oídos
del Comité ejecutivo aquella misma frase que un obrero
anónimo había lanzado al rostro de Chernov,
enseñándole su puño calloso: "¡Toma
el poder, puesto que te lo dan!" Como respuesta, los
conciliadores llamaron a los cosacos. Los señores demócratas
preferían la guerra civil con el pueblo a hacerse cargo
incruentamente del poder. Los primeros que dispararon fueron
los guardias blancos; pero la atmósfera política
de la guerra civil la crearon los mencheviques y los socialrevolucionarios.
Los obreros y soldados, al tropezar con la resistencia armada
precisamente del órgano al cual querían dar
el poder, quedaron desorientados con respecto al fin que perseguían.
El potente movimiento de las masas se vio privado de su eje
político. El ataque de julio quedó reducido
a una manifestación realizada, en parte, con los recursos
propios del levantamiento armado. Con el mismo derecho se
puede decir que fue una semiinsurrección por un fin
que no permitía otros métodos que la manifestación.
Los conciliadores, al mismo tiempo que renunciaban al poder,
no lo cedían enteramente a los liberales, y un ministerio
puramente kadete hubiera sido derribado inmediatamente por
las masas, porque aquellos les temían -el pequeño
burgués teme al gran burgués- y porque temían
por ellos. Es más: como dice acertadamente Miliukov:
"En la lucha contra las acciones armadas, el Comité
ejecutivo del Soviet se reserva el derecho, proclamado durante
los días agitados del 20 y del 21 de abril, de disponer,
según su criterio, de las fuerzas armadas de la guarnición
de Petrogrado." Los conciliadores siguen robándose
el poder de debajo la almohada. Para resistir con las armas
contra los que inscriban en sus cartelones la divisa "Todo
el poder a los soviets", el soviet se ve obligado a concentrar
de hecho el poder en sus manos.
El Comité ejecutivo va aún más allá;
en esos días proclama formalmente su soberanía.
"Si la democracia revolucionaria considerase necesario
que todo el poder pasara a manos de los soviets -decía
la resolución del 4 de julio-, sólo a la reunión
plenaria de los Comités ejecutivos correspondía
resolver esta cuestión." El Comité ejecutivo,
al mismo tiempo que calificaba de levantamiento contrarrevolucionario
la manifestación, se constituía en poder supremo
y decidía la suerte del gobierno.
Cuando en la madrugada del 5 de julio las tropas "leales"
entraron en el palacio de Táurida, el jefe que las
mandaba declaró que sus fuerzas se ponían enteramente
a las órdenes del Comité ejecutivo. ¡Ni
una palabra sobre el gobierno! Pero el caso es que los rebeldes
accedían asimismo a someterse al Comité ejecutivo
en calidad de poder. Al rendirse la fortaleza de Pedro y Pablo,
bastó con que la guarnición de la misma se declarara
dispuesta a someterse al Comité ejecutivo. Nadie exigió
la sumisión al poder oficial. Las propias tropas llamadas
del frente se pusieron asimismo enteramente a disposición
del Comité ejecutivo. ¿Por qué, entonces,
se vertió la sangre?
Si la lucha hubiera tenido lugar en las postrimerías
de la Edad Media, ambos bandos, al matarse mutuamente, habrían
citado los mismos versículos de la Biblia. Los historiadores
formalistas habrían llegado más tarde a la conclusión
de que la lucha se desarrollaba alrededor de la interpretación
de los textos: como es sabido, los artesanos y los campesinos
analfabetos de la Edad Media tenían una afición
especial a dejarse matar por ciertas sutilezas filológicas
de las revelaciones de San Juan, de la misma manera que los
raskolniki rusos se dejaban exterminar por la cuestión
de saber si había que persignarse con dos dedos o con
tres. En realidad, en la Edad Media no menos que ahora, bajo
las fórmulas simbólicas se ocultaba la lucha
de unos intereses vitales que hay que saber descubrir. El
mismo versículo evangélico significaba para
unos la servidumbre y para otros la libertad.
Pero hay analogías mucho más recientes y próximas.
Durante las jornadas de junio de 1848, en Francia, en ambos
lados de la barricada resonaba un mismo grito: "¡Viva
la República!" A los idealistas pequeñoburgueses,
los combates de junio les parecían, por este motivo,
un equívoco provocado por la negligencia de unos y
el acaloramiento de otros. En realidad, los burgueses querían
la República para sí, los obreros querían
la República para todos. A menudo, las consignas políticas
sirven más bien para disimular intereses que para designarlos
por su nombre.
A pesar de todo, lo que tenía de paradójico
el régimen de Febrero, cubierto, por añadidura,
con jeroglíficos marxistas y populistas por los conciliadores,
la correlación real de las clases era harto diáfana.
Lo único que no hay que perder de vista es la doble
naturaleza de los partidos conciliadores. Los pequeños
burgueses ilustrados se apoyaban en los obreros y campesinos,
pero fraternizaban con los terratenientes y azucareros de
alcurnia. El Comité ejecutivo, que formaba parte del
sistema soviético, a través del cual las exigencias
de abajo llegaban hasta el Estado oficial, servía,
al mismo tiempo, de mampara política para la burguesía.
Las clases poseedoras se "sometían" al Comité
ejecutivo en la medida en que éste ponía el
poder de su parte. Las masas se sometían al Comité
ejecutivo en la medida en que confiaban que éste se
convertiría en el órgano de dominación
de los obreros y campesinos. En el palacio de Táurida
se entrecruzaban las tendencias antagónicas de clase,
con la particularidad de que la una y la otra se cubrían
con el nombre del Comité ejecutivo: la una, por inconsciencia
y credulidad, la otra, por cálculo frío. La
lucha se desarrollaba nada menos que en torno a la cuestión
de quién había de dirigir el país: la
burguesía o el proletariado.
Pero si los conciliadores no querían adueñarse
del poder y la burguesía no tenía fuerza suficiente
para ello, ¿es que acaso en julio los bolcheviques
hubieran podido coger el timón? Durante dos días
críticos, en Petrogrado el poder se les iba completamente
de las manos a las instituciones gubernamentales. El Comité
ejecutivo tuvo por primera vez la sensación de su completa
impotencia. En estas ocasiones, no les hubiera costado ningún
trabajo a los bolcheviques tomar el poder. Era asimismo posible
adueñarse del mismo en algunos puntos de provincias.
¿Tenía razón, en este caso, el partido
bolchevique al renunciar a la insurrección? ¿No
podía, haciéndose fuerte en la capital y en
algunas regiones industriales, extender luego su dominio a
todo el país? Es ésta una cuestión importante.
Nada contribuyó tanto en las postrimerías de
la guerra, al triunfo del imperialismo y de la reacción
en Europa, como aquellos pocos meses de régimen de
Kerenski, que dejaron exhausta a la Rusia revolucionaria y
ocasionaron un prejuicio incalculable a su prestigio moral
a los ojos de los ejércitos beligerantes y de las masas
trabajadoras europeas, que esperaban confiadas una nueva palabra
de la revolución. Al reducir en cuatro meses -¡un
plazo enorme!- los dolores del parto de la revolución
proletaria, los bolcheviques se hubieran encontrado con un
país menos exhausto y con el prestigio de la revolución
en Europa menos quebrantado. Esto no sólo habría
dado a los soviets enormes ventajas en las negociaciones de
paz con Alemania, sino que hubiera ejercido una influencia
inmensa sobre el curso de la guerra y de la paz en Europa.
La perspectiva era demasiado seductora. Y, sin embargo, la
dirección del partido tenía completa razón
al no adoptar el camino de la insurrección. No basta
con tomar el poder. Hay que sostenerlo. Cuando en Octubre
los bolcheviques juzgaron que había llegado su hora,
los peores tiempos para ellos empezaron después de
la toma del poder. Fue necesario someter las fuerzas de la
clase obrera a la máxima tensión para soportar
los innumerables ataques de los enemigos. En julio, ni siquiera
los obreros de Petrogrado estaban dispuestos a sostener esa
lucha abnegada. Tenían la posibilidad de tomar el poder
y, sin embargo, lo ofrecieron al Comité ejecutivo.
El proletariado de la capital, cuya aplastante mayoría
se inclinaba ya del lado de los bolcheviques, no había
roto todavía el cordón umbilical de Febrero,
que le unía con los conciliadores. Existían
todavía no pocas ilusiones en el sentido de que con
la palabra y la manifestación se podía obtener
todo; de que, intimidando un poco a los mencheviques y a los
socialrevolucionarios, se les podía incitar a una política
común con los bolcheviques. Incluso la parte avanzada
de la clase no tenía una idea clara de cómo
se podía llegar al poder. Lenin decía poco después
de aquellos días: "El verdadero error de nuestro
partido en los días 3 y 4 de julio, puesto ahora de
manifiesto por los acontecimientos, consistió en que...
consideraba aún posibles las transformaciones políticas
por la vía pacífica, mediante la modificación
de los soviets, cuando, en realidad, los mencheviques y los
socialrevolucionarios, gracias a su espíritu de conciliación,
se hallaban ya tan atados con la burguesía y ésta
se había convertido, hasta tal punto, en contrarrevolucionaria,
que no se podía ni siquiera pensar en una solución
pacífica.
Si el proletariado era políticamente heterogéneo
y poco decidido, el ejército campesino lo era aún
más. Con su conducta en los días 3 y 4 de julio,
la guarnición daba a los bolcheviques la posibilidad
completa de tomar el poder. Sin embargo, en la guarnición
había también unidades neutrales, las cuales
ya al atardecer del 4 de julio se inclinaban decididamente
hacia los partidos patrióticos. El 5 de julio, los
regimientos neutrales se colocaron al lado del Comité
ejecutivo, y los que se inclinaban hacia los bolcheviques
tendieron a tomar un barniz de neutralidad. Esto dejó
las manos del poder mucho más libres que la llegada,
con retraso, de las tropas del frente. Si los bolcheviques
se hubieran decidido a tomar el poder el 4 de julio, la guarnición
de Petrogrado, no sólo no lo hubiera sostenido, sino
que habría impedido que los obreros lo defendieran
al ser atacado inevitablemente desde el exterior.
Menos favorable se presentaba aún la situación
en el ejército de operaciones. La lucha por la paz
y la tierra, sobre todo después de la ofensiva de junio,
hacía que dicho ejército estuviera muy preparado
para asimilarse las consignas de los bolcheviques. Pero, en
general, el llamado bolchevismo "espontáneo"
no se identificaba en su conciencia con ni partido determinado,
con su Comité central y sus jefes. Las cartas de soldados
de esa época expresan, con mucho relieve, este estado
de espíritu del ejército. "Acordaos, señores
ministros y todos los dirigentes principales -escribe desde
el frente la mano torpe de un soldado-, de que no entendemos
gran cosa de partidos, pero no está lejos el futuro
y el pasado: el zar os desterraba a Siberia y os metía
en la cárcel, nosotros os ensartaremos en las bayonetas."
La exasperación extrema contra los dirigentes se combina
en estas líneas con la confesión de la propia
impotencia: "No entendemos gran cosa de partidos."
El ejército se rebelaba constantemente contra la guerra
y la oficialidad utilizando, para ello, consignas del vocabulario
bolchevista. Pero no estaba preparado, ni mucho menos, para
sublevarse con el fin de entregar el poder al partido bolchevique.
Las fuerzas de confianza para sofocar el movimiento de Petrogrado,
el gobierno las sacó de las tropas más próximas
a la capital, sin que los otros regimientos ofrecieran resistencia,
y las transportó a la capital sin que se opusieran
a ello los ferroviarios. El ejército, descontento,
revoltoso, fácilmente inflamable, seguirá siendo
políticamente indefinido; los núcleos bolcheviques
compactos, capaces de dar una dirección homogénea
a los pensamientos y a las acciones de aquella masa inconsistente
de soldados, eran excesivamente escasos.
Por otra parte, los conciliadores, para oponer el frente a
Petrogrado y a los campesinos del interior, utilizaban, no
sin éxito, un arma envenenada, que la reacción
había intentado inútilmente emplear en marzo
contra los soviets. Los socialrevolucionarios y los mencheviques
decían a los soldados en el frente: "La guarnición
de Petrogrado, bajo la influencia de los bolcheviques, no
quiere relevaros; los obreros se niegan a trabajar para satisfacer
las necesidades del frente; si los campesinos escuchan a los
bolcheviques y se apoderan ahora de la tierra, no quedará
nada para los que están en el frente. Los soldados
tenían todavía necesidad de una experiencia
complementaria para comprender a quién reservaba la
tierra el gobierno: si a los combatientes del frente o a los
grandes propietarios.
Entre Petrogrado y el ejército de operaciones había
la provincia. La repercusión que tuvieron en ella los
acontecimientos de julio puede servir a posteriori de criterio
muy importante para resolver la cuestión de saber si
los bolcheviques obraron o no bien en julio al eludir la lucha
inmediata por el poder.
En Moscú, el pulso de la revolución era ya incomparablemente
más débil que en Petrogrado. En las reuniones
del Comité local de los bolcheviques se desarrollaron
discusiones vivísimas. Algunos militantes pertenecientes
a la extrema izquierda, tales, por ejemplo, como Bubnov, proponían
ocupar los edificios de Correos, Telégrafos, Teléfonos,
la redacción de la Ruskoye-Slovo, esto es, lanzarse
a la insurrección. El Comité, que, por su espíritu
general, era muy moderado, rechazaba decididamente estas proposiciones,
por considerar que las masas de Moscú se hallaban lejos
de estar preparadas para semejantes acciones. Sin embargo,
a pesar de la prohibición del Soviet, decidióse
organizar una manifestación. Masas considerables de
obreros afluyeron a la plaza de Skobelev con las mismas consignas
que en Petrogrado, pero no con el mismo entusiasmo, ni mucho
menos. La guarnición distó mucho de responder
de un modo unánime, adhiriéndose a la manifestación
unidades aisladas, y sólo una de ellas completamente
armada y equipada. El soldado de artillería Davidovski,
llamado a tener una participación importante en los
combates de Octubre, atestigua en sus Memorias que en las
jornadas de julio Moscú no estaba preparado y que el
fracaso de la manifestación dejó "una mala
impresión en sus organizadores".
En Ivanovo-Vosnesensk, la capital textil, donde el Soviet
se hallaba ya bajo la dirección de los bolcheviques,
la noticia de los acontecimientos de Petrogrado llegó
a la vez que el rumor de que el gobierno provisional había
caído. En la sesión nocturna del Comité
ejecutivo se acordó, como medida preparatoria, instaurar
el control sobre el telégrafo y el teléfono.
El 6 de julio se paralizó el trabajo en las fábricas;
en las manifestaciones tomaron parte hasta 40.000 obreros
y obreras, muchos de ellos armados. Cuando se supo que la
manifestación de Petrogrado no había conducido
a la victoria, el Soviet de Ivanovo-Vosnesensk ordenó
apresuradamente la retirada.
En Riga, bajo la influencia de las noticias relativas a los
acontecimientos de Petrogrado, en la noche del 6 de julio
se produjo una colisión entre la infantería
letona, cuyo estado de espíritu era bolchevista, y
el "batallón de la muerte", con la particularidad
de que el batallón patriótico se vio obligado
a batirse en retirada. Aquella misma noche el Soviet adoptó
una resolución en favor del poder a los soviets.
Dos días después fue adoptada una resolución
idéntica en la capital de los Urales, Yekaterinburg.
El hecho de que la consigna del Poder soviético, que
en los primeros meses se propugnaba sólo en nombre
del partido, se convertiera ahora en el programa de distintos
soviets locales, significaba, incontestablemente, un gran
paso hacia adelante. Pero entre las resoluciones en favor
del poder a los soviets y la insurrección bajo la bandera
de los bolcheviques quedaba todavía un camino considerable
por recorrer.
En algunos puntos del país los acontecimientos de Petrogrado
dieron impulso a agudos conflictos de carácter parcial.
En Nijni-Novgorod, donde los soldados evacuados se habían
resistido tenazmente a ir al frente, los "junkers"
enviados de Petrogrado provocaron, con sus violencias, la
indignación de dos regimientos locales. Después
de un tiroteo, durante el cual hubo muertos y heridos, los
"junkers" se rindieron y fueron desarmados. Las
autoridades desaparecieron. De Moscú fue enviada una
expedición punitiva, formada por tropas de todas las
armas. Iban al frente de la misma el impulsivo coronel Verjovski,
jefe de las fuerzas militares de la región de Moscú
y futuro ministro de la Guerra de Kerenski, y el presidente
del Soviet de Moscú, el viejo menchevique Jinchuk,
hombre de espíritu poco bélico, futuro dirigente
de la cooperación y después embajador soviético
en Berlín. Sin embargo, su acción represiva
no tuvo objeto, pues el Comité elegido por los soldados
sublevados había ya restablecido completamente el orden.
A la misma hora aproximadamente, e impulsados asimismo por
la negativa a ir al frente, se sublevaban en Kiev, en número
de 5.000, los soldados del regimiento que llevaba el nombre
del atamán Polubotko, se apoderaban de los depósitos
de armas, ocupaban el fuerte, adueñábanse del
mando militar de la región, detenían al comandante
y al jefe de la milicia. El pánico en la ciudad duró
algunas horas, hasta que, gracias a los esfuerzos mancomunados
de las autoridades militares, del Comité de las distintas
asociaciones y de los órganos de la Rada central ucraniana,
se puso en libertad a los detenidos y una buena parte de los
sublevados fue desarmada.
En el lejano Krasnoyarsk, los bolcheviques se sentían
tan firmes, gracias al estado de espíritu de la guarnición,
que, a pesar de la ola de reacción que se habla iniciado
ya en el país, el 9 de julio organizaron una manifestación
en la cual participaron de ocho a diez mil personas, en su
mayoría soldados. Desde Irkutsk fue mandado contra
Krasnoyarsk un destacamento de 400 hombres con artillería,
bajo la dirección del socialrevolucionario Kraskovetski,
comisario militar de la región. En el transcurso de
dos días de conferencias y negociaciones, trámites
indispensables en el régimen de poder dual, el destacamento
punitivo quedó tan desmoralizado a consecuencia de
la agitación realizada por los soldados, que el comisario
se apresuró a hacerle volver a Irkutsk. Pero Krasnoyarsk
constituía más bien una excepción.
En la mayoría de las poblaciones provinciales la situación
era incomparablemente menos favorable. En Samara, por ejemplo,
la organización bolchevista ,de la localidad, al recibir
la noticia de los combates de la capital, decidió "esperar
la señal, aunque no se podía contar casi con
nadie". Uno de los miembros del partido cuenta: "Los
obreros empezaban a simpatizar con los bolcheviques, pero
no se podía confiar en que se lanzaran al combate;
todavía se podía contar menos con los soldados;
por lo que a la organización de los bolcheviques se
refiere, las fuerzas eran completamente débiles, no
éramos más que un puñado; en el Soviet
de diputados obreros no había más que unos pocos
bolcheviques, y en el de soldados, si no ando equivocado,
no había ninguno, lo que, por otra parte, no tiene
nada de sorprendente si se considera que estaba compuesto
casi exclusivamente de oficiales."
La causa principal de la débil repercusión que
los acontecimientos de Petrogrado tuvieron en el país
consistía en que la provincia, que había recibido
sin combate la revolución de Febrero de las manos de
la capital, se asimilaba mucho más lentamente que ésta
los nuevos hechos e ideas. Era preciso un plazo suplementario
para que la vanguardia pudiera arrastrar tras de sí
a las reservas pesadas.
Por tanto, el estado de la conciencia de las masas populares,
que eran la instancia inapelable de la política revolucionaria,
excluía la posibilidad de la toma del poder por los
bolcheviques en julio. Al mismo tiempo, la ofensiva en el
frente incitaba al partido a oponerse a las manifestaciones.
El fracaso de la ofensiva era completamente inevitable. De
hecho, se había iniciado ya. Pero el país lo
ignoraba. El peligro consistía en que si el partido
no obraba prudentemente, el gobierno hiciera recaer sobre
los bolcheviques la responsabilidad por las consecuencias
de la propia insensatez. Había que dar a la ofensiva
el tiempo necesario para que sus resultados aparecieran claros.
Los bolcheviques no dudaban que el cambio que se operaría
en el estado de espíritu de las masas sería
muy radical. Entonces, se vería lo que era preciso
hacer. El cálculo era completamente acertado. Sin embargo,
los acontecimientos tienen su lógica, que no toma en
cuenta los cálculos políticos, y. en esta ocasión,
la lógica de los acontecimientos cayó duramente
sobre la cabeza de los bolcheviques.
El fracaso de la ofensiva en el frente tomó un carácter
catastrófico el 6 de julio, día en que las tropas
alemanas rompieron el frente ruso en una extensión
de 12 verstas de ancho y 10 de profundidad. La noticia llegó
a la capital el 7, cuando las acciones represivas se hallaban
en su apogeo.
Muchos meses después, cuando las pasiones debían
ya de haberse apaciguado o, por lo menos, tomado un carácter
más razonado, Stankievich, que no era de los adversarios
más rencorosos del bolchevismo, hablaba aún
de la "enigmática sucesión lógica
de los acontecimientos", bajo la forma de derrota militar
en Tarnopol, después de las jornadas de julio en Petrogrado.
Esa gente no veía, o no quería ver, la sucesión
lógica real de los acontecimientos, que consistía
en que la ofensiva iniciada por imposición de la Entente
y condenada de antemano al fracaso no podía dejar de
conducir a una catástrofe ni de provocar al mismo tiempo
una explosión de cólera de las masas engañadas
por la revolución. Pero ¿qué importaba
la realidad de los hechos? El establecer una conexión
entre los acontecimientos de Petrogrado y el fracaso en el
frente, era demasiado seductor. La prensa patriótica
no sólo no ocultó la derrota, sino que, al contrario,
la exageró con todas sus fuerzas. Sin detenerse ante
la revelación de los secretos militares, se nombraban
las divisiones y los regimientos y se indicaba la disposición
de los mismos. "A partir del 8 de julio -confiesa Miliukov-,
los periódicos empezaron a publicar telegramas del
frente en los cuales no se ocultaba la verdad, y estos telegramas
cayeron como una bomba sobre la opinión pública
rusa." Este era precisamente el fin que se perseguía:
conmover, asustar, aturdir, para que fuera más fácil
acusar a los bolcheviques de estar en relación con
los alemanes.
Es indudable que, tanto en los acontecimientos del frente
como en los de las calles de Petrogrado, la provocación
desempeñó su papel. Después de la revolución
de Febrero, el gobierno había mandado al Ejército
de operaciones a un gran número de ex gendarmes y policías.
Ninguno de ellos, naturalmente, quería combatir. Temían
más a los soldados rusos que a los alemanes. Para hacer
olvidar su pasado, se presentaban como los elementos más
extremos del ejército, azuzaban a los soldados contra
los oficiales, gritaban más que nadie contra la disciplina
y la ofensiva y, con frecuencia, se proclamaban incluso bolcheviques.
Apoyándose recíprocamente por el lazo natural
de la complicidad, crearon una especie de orden, muy original,
de la cobardía y de la abyección. Por su mediación,
penetraban entre las tropas y se difundían rápidamente
los rumores más fantásticos, en los cuales el
ultrarrevolucionarismo se daba la mano con el reaccionarismo
más oscurantista. En los momentos críticos,
estos sujetos eran los primeros que daban la señal
de pánico. La prensa había hablado repetidas
veces de la labor desmoralizadora de policías y gendarmes.
En los documentos secretos del propio ejército se alude
a ello con no menos frecuencia. Pero el mando superior se
hacía el sordo, y prefería identificar a los
provocadores reaccionarios con los bolcheviques. Después
del fracaso de la ofensiva, se legalizaba este procedimiento,
y el periódico de los mencheviques hacía lo
imposible por no quedarse atrás con respecto a las
hojas chauvinistas más indecentes. Con sus vociferaciones
sobre los "anarcobolcheviques", los agentes alemanes
y los ex gendarmes, los patriotas ahogaron por algún
tiempo la cuestión detestado general del Ejército
y de la política de paz. "El profundo descalabro
que hemos infligido al frente de Lenin -se jactaba abiertamente
el príncipe Lvov- tiene, estoy firmemente convencido
de ello, una importancia incomparablemente mayor para Rusia
que un descalabro de los alemanes en el frente sudoccidental..."
El honorable jefe del gobierno se parecía al chambelán
Rodzianko en el sentido de que no sabía distinguir
el momento en que era preciso callar.
Si el 3 y el 4 de julio se hubiera conseguido evitar la manifestación,
la acción habríase inevitablemente desarrollado
como consecuencia del descalabro de Tarnopol. Sin embargo,
este aplazamiento de algunos días habría determinado
modificaciones importantes en la situación política.
El movimiento hubiera tomado inmediatamente proporciones más
vastas, extendiéndose no sólo a las provincias,
sino también, en gran parte, al frente. El gobierno
hubiera quedado al desnudo políticamente, y le habría
sido infinitamente más difícil hacer recaer
la culpa sobre los "traidores" del interior. La
situación del partido bolchevique hubiera sido más
ventajosa desde todos los puntos de vista. Sin embargo, aun
en este caso, no se hubiera podido ir a la conquista inmediata
del poder. Lo único que se puede afirmar sin vacilación
es que si el movimiento se hubiera desencadenado una semana
más tarde, la reacción no habría podido
desenvolverse en julio de un modo tan victorioso. Era precisamente
la "enigmática sucesión lógica"
de las fechas de la manifestación y del descalabro
en el frente lo que se volvía por completo contra los
bolcheviques. La ola de indignación y de desesperación
que llegaba del frente, choca con la ola de esperanzas frustradas
que partía de Petrogrado. La lección recibida
por las masas en la capital había sido demasiado dura
para que se pudiera pensar en la reanudación inmediata
de la lucha. Con todo ello, el sentimiento agudo provocado
por la absurda derrota reclamaba una salida. Y los patriotas
consiguieron hasta cierto punto dirigirlo contra los bolcheviques.
En abril, en junio y en julio, los actores fundamentales del
drama eran los mismos: los liberales, los conciliadores, los
bolcheviques... En todas estas etapas, las masas tendían
a arrojar a la burguesía del poder. Pero la diferencia
en las consecuencias políticas de la intervención
de las masas en los acontecimientos era inmensa. El resultado
de las "jornadas de Abril" fue malo para la burguesía:
la política anexionista fue condenada, al menos, verbalmente;
el partido kadete fue humillado, se le quitó la cartera
de Estado. En junio, el movimiento no condujo a nada: se amenazó
a los bolcheviques, pero no se asestó el golpe decidido.
En julio, el partido de los bolcheviques fue acusado de traición,
destruido, privado del agua y el fuego. Si en abril, Miliukov
tuvo que salir del gobierno, en julio, Lenin hubo de pasar
a la clandestinidad.
¿Qué fue lo que determinó un cambio tan
brusco en el transcurso de diez semanas? Es de una evidencia
absoluta que en los círculos dirigentes se produjo
un cambio serio en el sentido de la orientación hacia
la burguesía liberal. Ahora bien, fue precisamente
en este período de abril a julio cuando el estado de
espíritu de las masas se modificó reciamente
en favor de los bolcheviques. Estos dos procesos antagónicos
se desarrollaron en una estrecha dependencia mutua. Cuando
más íntimamente se unían los obreros
y soldados alrededor de los bolcheviques, más decididamente
tenían los conciliadores que apoyar a la burguesía.
En abril, los jefes del Comité ejecutivo, preocupados
de conservar su influencia, podían aún dar un
paso para ir al encuentro de las masas y arrojar por la borda
a Miliukov, es verdad, provisto de un salvavidas sólido.
En julio, los conciliadores, unidos a la burguesía
y a la oficialidad, se dedicaron a atacar a los bolcheviques.
Por consiguiente, en esa ocasión la modificación
de la correlación de fuerzas fue determinada por el
cambio de frente efectuado por la fuerza política menos
consistente, la democracia pequeñoburguesa, gracias
a su brusco viraje hacia la contrarrevolución burguesa.
Pero si es así, ¿obraron acertadamente los bolcheviques
al adherirse a la manifestación y tomar sobre sí
la responsabilidad de la misma? El 3 de julio, Tomski comentaba
del siguiente modo el pensamiento de Lenin: "En el momento
actual, no se puede hablar de acción si no se desea
una nueva revolución." ¿Cómo se
explica, en este caso, que el partido, ya unas horas después,
se pusiera al frente de la manifestación armada sin
incitar por ello a una nueva revolución? El doctrinario
verá en esto una inconsecuencia o algo peor aún:
una prueba de ligereza política. Así enfoca
la cosa, por ejemplo, Sujánov en sus Memorias, en las
cuales dedica no pocas líneas irónicas a las
vacilaciones de la dirección bolchevista. Pero las
masas no intervienen en los acontecimientos por las órdenes
doctrinarias que se les den desde arriba, sino cuando estas
órdenes encajan en su propio desarrollo político.
La dirección bolchevique comprendía que sólo
una nueva revolución podía modificar la situación
todavía. La dirección bolchevista veía
claramente que era preciso dar a las reservas pesadas el tiempo
necesario para sacar conclusiones de su acción aventurada.
Pero los sectores avanzados sentían el impulso de lanzarse
a la calle precisamente bajo la acción de dicha aventura.
Al mismo tiempo, el profundo radicalismo de sus fines se combinaba
en ellos con ilusiones respecto a los métodos. Las
advertencias de los bolcheviques no surtían efecto
alguno. Los obreros y soldados de Petrogrado podían
sólo contrastar la situación con ayuda de la,
propia experiencia. La manifestación armada sirvió
de prueba. Pero ésta, contra la voluntad de las masas,
podía convertirse en combate general, y por ello mismo,
en combate decisivo. En esas circunstancias, el partido no
se atrevió a quedarse al margen. Lavarse las manos
en el agua de las reflexiones estratégicas hubiera
equivalido a entregar a los obreros y soldados a merced de
sus enemigos. El partido de las masas debía colocarse
en el mismo terreno en que se colocaban las masas, para, sin
compartir en lo más mínimo sus ilusiones, ayudarlas
con el mínimo de pérdidas a asimilarse las conclusiones
necesarias. Trotsky contestaba en la prensa a las críticas
innumerables de aquellos días: "No juzgamos necesario
justificarnos ante nadie de no haber permanecido al margen
en actitud expectante, cediendo al general Polovsiev la misión
de "hablar" con los manifestantes; en todo caso,
nuestra intervención no podía, en ningún
modo, aumentar el número de víctimas ni convertir
la manifestación armada caótica en insurrección
política."
En todas las antiguas revoluciones se halla el prototipo de
las "jornadas de julio", por regla general, con
un resultado distinto, desfavorable, muchas veces catastrófico.
Esta etapa reside en la mecánica inferior de la revolución
burguesa, por cuanto la clase que más se sacrifica
por el éxito en esa última y más esperanzas
cifra en ella, es la que menos obtiene de la misma. La regularidad
del proceso es completamente clara. La clase poseedora que
ha llegado al poder mediante una revolución se inclina
a considerar que con ello la revolución ha cumplido
ya su misión, y de lo que más se preocupa es
de demostrar su buena fe a las fuerzas de la reacción.
La burguesía "revolucionaria" provoca la
indignación de las masas populares con las mismas medidas
con cuya ayuda aspira a granjearse la buena disposición
de las clases destronadas. El desengaño de las masas
se produce muy pronto, antes aun de que la vanguardia de las
mismas haya tenido tiempo de enfriarse de los combates revolucionarios.
El pueblo cree que con un nuevo golpe puede completar o corregir
los que ha hecho antes con insuficiente decisión. De
aquí el impulso hacia una nueva revolución,
sin preparación, sin programa, sin tener en cuenta
las reservas, sin pensar en las consecuencias. De otra parte,
el sector de la burguesía que ha llegado al poder,
parece no esperar más que el impetuoso impulso de abajo
para intentar acabar con el pueblo. Tal es la base social
y psicológica de esa semirrevolución complementaria,
que más de una vez en la historia se ha convertido
en el punto de partida de la contrarrevolución triunfante.
El 17 de julio de 1791 Lafayette ametralló en el campo
de Marte a una manifestación pacífica de republicanos
que intentaba dirigirse con una petición a la Asamblea
nacional que amparaba la perfidia del poder real, del mismo
modo que, ciento veintiséis años después,
los conciliadores rusos amparaban la perfidia de los liberales.
La burguesía realista confiaba liquidar, mediante una
oportuna represión sangrienta, al partido de la revolución
para siempre. Los republicanos, que no se sentían aún
suficientemente fuertes para la victoria, eludieron la lucha,
lo cual era muy razonable, y se apresuraron incluso a afirmar
que nada tenían que ver con los que habían participado
en la petición, lo cual era, desde luego, indigno y
equivocado. El régimen de terrorismo burgués
obligó a los jacobinos a mantenerse quietos durante
algunos meses. Robespierre buscó refugio en casa del
carpintero Duplay, Desmoulins se ocultó, Dantón
pasó algunas semanas en Inglaterra. Pero, a pesar de
todo, la provocación realista fracasó: las matanzas
del campo de Marte no impidieron al movimiento republicano
llegar al poder. Así, pues, la Revolución francesa
tuvo sus "jornadas de julio" tanto en el sentido
político de la palabra como desde el punto de vista
del calendario.
Cincuenta y siete años después, las "jornadas
de julio" tuvieron lugar en Francia en junio y tuvieron
un carácter incomparablemente más grandioso
y trágico. Las llamadas "jornadas de junio"
de 1848 surgieron de la revolución de Febrero con una
fuerza irresistible. La burguesía francesa proclamó
en las horas de su victoria el "derecho al trabajo",
de la misma manera que a partir de 1789 proclamara muchas
cosas excelentes y que en 1914 juró que la guerra desencadenada
aquel año era su última guerra. Del rimbombante
"derecho al trabajo" surgieron los míseros
talleres nacionales, donde 100.000 obreros, que habían
conquistado el poder para sus patronos, percibían 23
sueldos diarios. Pocas semanas después, la burguesía
republicana, generosa en frases pero avara en dinero, no encontraba
ya palabras suficientemente ofensivas para los "holgazanes"
que vivían de la ración de hambre que les suministraba
la nación. En la abundancia de las promesas de febrero
y en el carácter consciente de las provocaciones que
precedieron a las jornadas de julio, aparecen los rasgos nacionales
característicos de la burguesía francesa. Pero
aun sin esto, los obreros de París, que se hallaban
con el fusil al brazo desde febrero, no podían dejar
de reaccionar ante las contradicciones existentes entre el
programa pomposo y la mísera realidad, ante aquel contraste
insoportable que repercutía diariamente en su ago y
en su conciencia. Con frío cálculo, que casi
no se preocupaba de disimular, Cavaignac dejaba que la insurrección
creciera a los ojos de los dirigentes, a fin de poderla ahogar
en sangre de un modo más decidido. La burguesía
republicana mató a más de doce mil obreros y
metió en la cárcel a no menos de veinte mil,
para que los demás perdieran la fe en el "derecho
al trabajo" que se les había prometido. Sin plan,
sin programa, sin dirección, las jornadas de junio
de 1848 se parecen a una poderosa e inevitable acción
refleja del proletariado, cohibido en sus necesidades más
elementales y ofendido en sus elevadas esperanzas. Los obreros
insurreccionados no sólo fueron aplastados, sino calumniados.
El demócrata de izquierda Flocon, correligionario de
Ledru-Rollin, predecesores ambos de Tsereteli, aseguraba a
la Asamblea nacional que los sublevados habían sido
comprados por los monárquicos y los gobiernos extranjeros.
Los conciliadores de 1848 no tenían ni tan siquiera
necesidad de la atmósfera de la guerra para descubrir
el oro inglés y ruso en los bolsillos de los revolucionarios.
Era así como los demócratas preparaban el camino
al bonapartismo.
La gigantesca explosión de la Comuna era al golpe de
Estado de septiembre de 1870 lo que las jornadas de junio
a la revolución de febrero de 1848. La insurrección
del proletariado de París en marzo no obedeció,
ni mucho menos, a un cálculo estratégico. Dicha
insurrección fue el resultado de una trágica
combinación de circunstancias, completada por una de
esas provocaciones en las cuales es maestra la burguesía
francesa cuando el miedo estimula su malignidad. Contra los
planes de la camarilla dirigente, que aspiraba ante todo a
desarmar al pueblo, los obreros querían defender París,
intentando convertirlo por primera vez en "su" París.
La Guardia Nacional les daba una organización armada,
muy afín al tipo soviético, y una dirección
política, personificada en su Comité central.
Como consecuencia de condiciones objetivas desfavorables y
de errores políticos, París se vio divorciado
de Francia, incomprendido, no apoyado, en parte directamente
traicionado por las provincias, y cayó en manos de
los versalleses desmandados que tenían tras de sus
espaldas a Bismarck y Moltke. Los oficiales depravados y derrotados
de Napoleón III resultaron unos verdugos insustituibles
al servicio de la tierna Mariana, a quien la bota de los prusianos
acababa de librar de las caricias del falso Bonaparte. En
la Comuna de París, la protesta refleja del proletariado
contra el engaño de la revolución burguesa elevóse
por primera vez hasta el nivel de la revolución proletaria,
pero para caer en seguida.
En el momento en que se escriben estas líneas -principios
de mayo de 1931-, la revolución "incruenta, pacífica,
gloriosa" (la lista de estos adjetivos es siempre la
misma) de España prepara ante nuestros ojos sus "jornadas
de junio", si contamos por el calendario revolucionario
de Francia, o las de "julio", si nos fijamos en
el de Rusia. El gobierno provisional de Madrid, bañándose
en frases que muy a menudo parecen una traducción del
ruso, promete amplias medidas contra el paso forzoso y la
carencia de tierras, pero no se atreve a tocar ni una sola
de las viejas llagas sociales. Los socialistas del bloque
gubernamental ayudan a los republicanos a sabotear los objetivos
de la revolución. El jefe del gobierno de Cataluña,
la parte más industrial y revolucionaria de España,
predica un reino milenario sin naciones ni clases oprimidas,
pero sin decidirse a mover ni un dedo para ayudar al pueblo
a librarse, aunque no sea más que de una parte de sus
odiadas cadenas. Maciá se esconde detrás del
gobierno de Madrid, el cual, a su vez, se esconde detrás
de las Cortes constituyentes. ¡Como si la vida se hubiera
detenido para esperarlos! ¡Y como si no fuera claro
ya de antemano que las próximas Cortes no serán
más que una reproducción ampliada del bloque
republicanosocialista, preocupado principalmente de que todo
quede como antes! ¿Es difícil prever un incremento
febril de la indignación de los obreros y campesinos?
La desproporción entre la marcha de la revolución
de las masas y la política de las nuevas clases dirigentes
es la fuente del conflicto irreconciliable que, en su desarrollo,
o enterrará la primera revolución, la de abril,
o conducirá a la segunda.
Si bien la masa fundamental de los bolcheviques rusos comprendía,
en julio de 1917, que no se podía ir más allá
de un determinado límite, el estado de espíritu
no era homogéneo. Muchos obreros y soldados se inclinaban
a considerar la acción que se desarrollaba como el
desenlace decisivo. En sus Memorias, escritas cinco años
después, Metelev se expresa del modo siguiente con
respecto al sentido de los acontecimientos: "En esa insurrección,
nuestro error principal consistió en haber propuesto
al Comité ejecutivo conciliador que tomara el poder.
Lo que había que hacer no era proponer el poder, sino
tomarlo. El segundo error consistió en que durante
casi dos días enteros desfilamos por las calles, en
vez de ocupar inmediatamente todas las instituciones, los
palacios, los Bancos, las estaciones, el telégrafo,
de detener al gobierno provisional", etc. Con respecto
a la insurrección, esto es incontestable, pero convertir
el movimiento de julio en insurrección, hubiera significado,
de un modo casi seguro, enterrar la insurrección.
Los anarquistas, que incitaban a la lucha, argüían
que "la revolución de Febrero se había
producido sin la dirección del partido". Pero
el lanzamiento de Febrero contaba con objetivos claros, precisos,
elaborados por una lucha de varias generaciones, y sobre la
revolución se elevaba la sociedad liberal de oposición
y la democracia revolucionaria, dispuestas a hacerse cargo
de la herencia del poder. Por el contrario, el movimiento
de julio pretendía abrir un cauce histórico
muy distinto. Toda la sociedad burguesa, la democracia soviética
inclusive, le era irreconciliablemente adversa. Los anarquistas
no veían 0 no comprendían esta diferencia radical
entre las condiciones de la revolución burguesa y las
de la revolución obrera.
Si el partido bolchevique, obstinándose en apreciar
de un modo doctrinario el movimiento de julio como "inoportuno",
hubiera vuelto la espalda a las masas, la semiinsurrección
habría caído bajo la dirección dispersa
e inorgánico de los anarquistas, de los aventureros
que expresaban accidentalmente la indignación de las
masas, y se hubiera desangrado en convulsiones estériles.
Y, al contrario, si el partido, al frente de los ametralladoras
y de los obreros de Putilov, hubiera renunciado a su apreciación
de la situación y se hubiera deslizado hacia la senda
de los combates decisivos, la insurrección hubiera
tomado indudablemente un vuelo audaz, los obreros y soldados,
bajo la dirección de los bolcheviques, se hubieran
adueñado del poder para preparar luego,, sin embargo,
el hundimiento de la revolución. A diferencia de Febrero,
la cuestión del poder en el terreno nacional no habría
sido resuelta por la victoria en Petrogrado. La provincia
no hubiera seguido a la capital. Los ferrocarriles y los teléfonos
se hubieran puesto al servicio de los conciliadores contra
los bolcheviques. Kerenski y el cuartel general habrían
creado un poder para el frente y las provincias. Petrogrado
se habría visto bloqueado. En la capital se hubiera
iniciado la desmoralización. El gobierno habría
tenido la posibilidad de lanzar a masas considerables de soldados
contra Petrogrado. En estas condiciones, el coronamiento de
la insurrección hubiera significado la tragedia de
la Comuna petrogradesa.
Cuando en el mes de julio se cruzaron los caminos históricos,
sólo la intervención del partido de los bolcheviques
evitó que se produjeran las dos variantes que extrañaban
el peligro fatal, tanto en el espíritu de las jornadas
de julio de 1848 como en el de la Comuna de París de
1871. El partido, al ponerse audazmente al frente del movimiento,
tuvo la posibilidad de detener a las masas en el momento en
que la manifestación empezaba a convertirse en colisión
en la cual los contrincantes iban a medir sus fuerzas con
las armas. El golpe asestado en julio a las masas y al partido
fue muy considerable. Pero no fue un golpe decisivo. Las víctimas
se contaron por docenas, y no por docenas de miles. La clase
obrera no salió decapitada y exagüe de esa prueba,
sino que conservó completamente sus cuadros de combate,
los cuales aprendieron mucho en esa lección.
En los días de la revolución de Febrero se puso
de manifiesto toda la labor realizada anteriormente por los
bolcheviques, durante muchos años, y hallaron un sitio
en la lucha los obreros avanzados educados por el partido;
pero no hubo aún una dirección inmediata por
parte de este último. En los acontecimientos de abril,
las consignas del partido pusieron de manifiesto su fuerza
dinámica, pero el movimiento se desarrolló espontáneamente.
En junio se exteriorizó la inmensa influencia del partido,
pero las masas entraban en acción todavía dentro
del marco de una manifestación organizada oficialmente
por los adversarios. Hasta julio, el partido bolchevique,
impulsado por la fuerza de presión de las masas, no
se lanza a la calle contra todos los demás partidos
y define el carácter fundamental del movimiento, no
sólo con sus consignas, sino también con su
dirección organizada. La importancia de una vanguardia
compacta aparece por primera vez con toda su fuerza durante
las jornadas de julio, cuando el partido evita, a un precio
muy elevado, la derrota del proletariado y garantiza el porvenir
de la revolución y el propio.
"Como prueba técnica -decía Miliukov, refiriéndose
a la importancia de las jornadas de julio para los bolcheviques-
la experiencia fue sin ningún género de duda
extraordinariamente útil para ellos. Les mostró
con qué elementos había que tratar; cómo
había que organizar a estos últimos y, finalmente,
qué resistencia podían oponerles el gobierno,
el Soviet y las tropas... Era evidente que cuando se presentara
la ocasión de repetir el experimento, la realizarían
de un modo más sistemático y consciente."
Estas palabras valoran acertadamente la importancia del experimento
de julio para el desarrollo ulterior de la política
de los bolcheviques. Pero antes de poder utilizar las lecciones
de julio, el partido hubo de pasar por unas cuantas semanas
duras, durante las cuales los miopes enemigos se imaginaban
que habían quebrantado definitivamente la fuerza del
bolchevismo.
|