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Se ha
escrito no poco sobre el tema de que las sucesivas calamidades
e incluso el advenimiento de los bolcheviques se hubieran
evitado de haberse hallado al frente del gobierno, en vez
de Kerenski, un hombre de pensamiento claro y carácter
firme. Es indiscutible que a Kerenski le faltaba lo uno y
lo otro. Pero, ¿por qué determinadas clases
sociales se vieron obligadas a levantar sobre sus espaldas
precisamente a Kerenski?
Como para remozar la memoria histórica, los acontecimientos
españoles han venido a mostrarnos nuevamente cómo
en los primeros momentos la revolución, borrando las
demarcaciones políticas habituales, lo envuelve todo
en una niebla rosada. En esta etapa, hasta sus enemigos se
esfuerzan en teñirse de su color; en este mimetismo
se expresa la tendencia semiinstintiva de las clases conservadoras
a adaptarse a las transformaciones que les amenazan, con miras
a sufrir lo menos posible las consecuencias de esas mismas
transformaciones. La solidaridad de la nación, basada
en unas cuantas frases hueras, convierte la tendencia conciliadora
en una función política necesaria. En esa fase,
los idealistas pequeñoburgueses, que se elevan por
encima de las clases, piensan con frases de cajón,
no saben lo que quieren y desean que todo el mundo vaya bien:
son los únicos caudillos posibles de la mayoría.
Si Kerenski hubiera tenido un pensamiento claro y una voluntad
firme, habría resultado completamente inservible para
desempeñar su papel histórico. Esto no es una
apreciación retrospectiva. En el momento en que los
acontecimientos se hallaban en su apogeo, los bolcheviques
lo estimaban ya así. "Defensor de los procesos
políticos, socialista revolucionario que se hallaba
al frente de los trudoviki, radical sin ninguna escuela socialista,
Kerenski era el que mejor reflejaba la primera época
de la revolución, su incoherencia "nacional",
el idealismo inflamado de sus esperanzas y anhelos."
Así escribía, a propósito de Kerenski,
el autor de estas líneas, hallándose en la cárcel,
después de las jornadas de julio. "Kerenski hablaba
de la tierra y de la libertad, del orden, de la paz de los
pueblos, de la defensa de la patria, del heroísmo de
Liebknecht; decía que la revolución rusa había
de asombrar al mundo con su generosidad, y al decir esto agitaba
su pañuelo de seda. El ciudadano neutral, que empezaba
apenas a despertar, escuchaba con entusiasmo estos discursos
y le parecía que era él mismo quien hablaba
desde la tribuna. El ejército acogió a Kerenski
como a quien venía a librarle de Guchkov. Los campesinos
habían oído hablar de él como de un trudovik,
de un diputado de los suyos. A los liberales les atraía
la moderación extremada de sus ideas, envuelta en el
radicalismo indefinido de sus frases"...
Pero el período en que todo el mundo se abrazaba no
duró mucho tiempo. La lucha de clases decrece en los
comienzos de la revolución únicamente para resucitar
luego bajo la forma de guerra civil. La causa del inevitable
fracaso de la izquierda conciliadora radicaba ya en sus mismos
progresos, rápidos y fabulosos. El periodista oficioso
francés Claude Anet atribuía la rapidez con
que Kerenski perdió su popularidad al hecho de que
la falta de tacto impulsara al político socialista
a actos "que armonizaban poco" con su papel. "Frecuenta
los palcos imperiales, vive en el palacio de Invierno o en
el de Tsarskoie-Selo. Se acuesta en la cama de los emperadores
rusos. Un exceso de vanidad y, encima, demasiado ostensible:
esto choca en un país que es el más sencillo
del mundo." Tanto en las cosas grandes como en las pequeñas,
el tacto presupone comprender la situación y el lugar
que se ocupa en la misma. Esto es lo que le faltaba completamente
a Kerenski. Elevado a las alturas por la crédula confianza
de las masas, no tenía nada de común con ellas,
no las comprendía y no se interesaba en lo más
mínimo por saber cuál era la actitud de esas
masas ante la revolución y las conclusiones que sacaban
de la misma. Las masas exigían de él actos audaces,
y él exigía de las masas que no opusieran obstáculos
a su generosidad y a su elocuencia. Mientras Kerenski hacía
una visita teatral a la familia del zar, detenida, los soldados
de centinela en palacio decían al comandante: "Nosotros
dormimos en camastros, la comida que nos dan es mala; en cambio,
Nicolás, a pesar de ser un prisionero, echa a la basura
la carne sobrante." Estas palabras no eran "generosas",
pero expresaban el sentir de los soldados.
El pueblo, que había roto las cadenas seculares, rebasaba
a cada instante el límite que le señalaban sus
ilustrados jefes. A propósito de esto, decía
Kerenski a fines de abril: "¿Es posible que el
libre país ruso no sea más que un país
de esclavos en rebeldía?... Siento no haber muerto
hace dos meses: entonces me habría llevado a la tumba
un gran sueño", etc. Gracias a esta retórica
adocenado contaba con influir sobre los obreros, soldados,
marinos y campesinos. El almirante Kolchak relataba posteriormente
ante el tribunal soviético que el ministro de la Guerra
radical había recorrido en mayo los buques de la flota
del mar Negro, con el fin de reconciliar a los marinos con
los oficiales. Después de cada discurso el orador se
imaginaba haber conseguido el objeto que perseguía:
"¿Lo ve usted, almirante? Todo está arreglado..."
Pero no se había arreglado nada. El desmoronamiento
de la escuadra no hacía más que empezar.
Kerenski indignaba cada vez más a las masas con su
afectación, su vanidad, su orgullo. Durante la visita
que hizo al frente, decía con voz irritada a su ayudante,
acaso con el propósito de que le oyeran los generales:
" ¡Duro y a la cabeza contra esos malditos comités!"
Al llegar a la armada del Báltico, Kerenski dio al
comité central de los marinos orden de que fuera a
verle al buque almirante.
El "Tsentrobalt" (*), que, como órgano soviético
que era, no estaba subordinado al ministro, consideró
ofensiva la orden. El marino Dibenko, presidente del comité,
contestó: "Si Kerenski desea hablar con el "Tsentrobalt",
que venga a vernos." ¿Acaso no era esto una insolencia
intolerable? En los buques en que Kerenski entabló
conversación con los marinos sobre tema políticos,
las cosas no fueron mejor, sobre todo en el República.
En ese buque, en el que reinaba un estado de espíritu
bolchevista, el ministro fue sometido a un interrogatorio
en regla: ¿Por qué en la Duma de Estado había
votado a favor de la guerra? ¿Por qué había
puesto su firma el 21 de abril al pie de la nota imperialista
de Miliukov? ¿Por qué había asignado
una pensión de 6.000 rubios anuales a los senadores
zaristas? Kerenski se negó a contestar a estas preguntas
pérfidas, formuladas por sus "enemigos"...
La tripulación del buque consideró "insatisfactoria"
la explicación del ministro... Kerenski abandonó
el buque en medio del silencio sepulcral de los marinos...
"Son unos esclavos en rebeldía", decía
el abogado radical, rechinando los dientes. Pero los marinos
decían con sentimiento de orgullo: "Sí.
éramos unos esclavos y nos hemos rebelado."
Con su desprecio de la opinión democrática,
Kerenski provocaba a cada paso conflictos con los líderes
soviéticos, que, aunque seguían el mismo camino
que él, no apartaban tanto la vista de las masas. Ya
el 8 de marzo, el Comité ejecutivo, asustado por las
protestas de abajo, declaró a Kerenski que era intolerable
que hubiera puesto en libertad a los agentes de policía.
Unos días después los conciliadores viéronse
obligados a protestar contra el propósito del ministro
de Justicia de llevar la familia zarista a Inglaterra. Dos
o tres semanas más tarde el Comité ejecutivo
planteó la cuestión general de la "normalización
de las relaciones" con Kerenski. Pero esta normalización
no fue conseguida, ni podía conseguirse.
Las cosas no ofrecían mejor aspecto por lo que al partido
se refería. En el congreso de los socialrevolucionarios,
celebrado a principios de junio, Kerenski, en las elecciones
del Comité central, obtuvo sólo 135 votos de
los 270. Los líderes se esforzaban en explicar a diestro
y siniestro que "muchos no había votado por Kerenski
en vista de las múltiples ocupaciones que pesaban sobre
él". En realidad, si los socialrevolucionarios
de arriba adoraban a Kerenski como fuente de todos los bienes,
los viejos socialrevolucionarios, ligados con las masas, no
sentían por él ni confianza ni respeto. Pero
ni el Comité ejecutivo ni el partido socialrevolucionario
podían prescindir de Kerenski, toda vez que éste
era necesario como uno de los eslabones de la coalición.
En el bloque soviético, el papel dirigente pertenecía
a los mencheviques, que habían inventado los procedimientos
más adecuados para eludir la acción. Pero, en
el aparato del Estado, los populistas tenían un predominio
evidente sobre los mencheviques, predominio que hallaba su
expresión más elocuente en la situación
dominante de Kerenski. El semikadete y semisocialrevolucionario
Kerenski no era, en el gobierno, el representante de los soviets,
como Tsereteli o Chernov, sino el lazo que unía a la
burguesía y la democracia. Tsereteli-Chernov representaban
uno de los aspectos de la coalición. Kerenski era la
encarnación personal de la coalición misma.
Tsereteli se lamentaba del "carácter personal"
de la actuación de Kerenski, sin comprender que esto
era inseparable de su función política. El propio
Tsereteli, en calidad de ministro de la Gobernación,
publicó una circular en la cual decía que el
comisario provincia¡ debía apoyarse en todas
las "fuerzas vivas" locales, es decir, en la burguesía
y en los soviets, y practicar la política del gobierno
provisional, sin dejarse impresionar por las "influencias
de los partidos". Este comisario ideal, que debía
elevarse por encima de las clases, y de los partidos adversos
para cumplir su misión, sin más guía
que él mismo y la circular, no era más que un
Kerenski provincial o de distrito. Como coronamiento del sistema,
hacía falta un comisario nacional independiente, alojado
en el palacio de Invierno. Sin Kerenski, la política
de conciliación hubiera sido lo mismo que la cúpula
de una iglesia sin cruz.
La historia de la elevación de Kerenski es muy instructiva.
Fue designado ministro de Justicia gracias a la insurrección
de Febrero, que tanto miedo le causara. La manifestación
celebrada en abril por los "esclavos en rebeldía"
le hizo ministro de la Guerra y Marina. Los combates de julio,
provocados por los "agentes alemanes", le pusieron
al frente del gobierno. A principios de septiembre, el movimiento
de las masas le hace generalísimo. Obedeciendo a la
dialéctica, y al mismo tiempo a la maliciosa ironía
del régimen conciliador, las masas, con su presión,
debían elevar a Kerenski hasta el punto más
alto antes de derribarlo.
Kerenski, que se apartaba despectivamente del pueblo que le
había dado el poder, recogía con avidez las
muestras de aprobación de la sociedad ilustrada. Ya
en los primeros días de la revolución, el doctor
Kischkin, jefe de los kadetes de Moscú, decía
a su regreso de Petrogrado: "A no ser por Kerenski, no
tendríamos lo que tenemos. Su nombre será inscrito
con letras de oro en los anales de la Historia." Los
elogios de los liberales fueron uno de los criterios políticos
más importantes de Kerenski. Pero éste no podía
-y, además, no quería- poner simplemente su
popularidad a los pies de la burguesía. Por el contrario,
cada vez sentía mayores deseos de ver a todas las clases
a sus propios pies. "Desde los comienzos mismos de la
revolución -dice Miliukov-, Kerenski había acariciado
la idea de equilibrar la representación de la burguesía
y de la democracia." Esta actitud era una consecuencia
natural de toda su vida, cuya senda había pasado entre
el ejercicio de la abogacía liberal y los grupos clandestinos.
Al mismo tiempo que aseguraba respetuosamente a Buchanan que
el "Soviet moriría de muerte natural", Kerenski
intimidaba a cada paso a sus colegas burgueses con la cólera
del Soviet. Y en los casos, bastante frecuentes, en que los
líderes del Comité ejecutivo disentían
de Kerenski, los asustaba con la más terrible de las
catástrofes: la dimisión de los liberales.
Cuando Kerenski decía que no quería ser el Marat
de la revolución rusa, esto significaba que se negaba
a aplicar medidas severas contra la reacción, pero
estaba muy lejos de negarse a usar de esos mismos procedimientos
contra la "anarquía". Así suele ser,
por lo común, dicho sea de paso, la moral de los adversarios
de la violencia en política: la rechazan cuando se
trata de modificar lo que existe, pero para la defensa del
orden no se detienen ante las medidas más implacables.
En el período de la preparación de la ofensiva
en el frente, Kerenski se convirtió en una figura particularmente
querida de las clases poseyentes. Tereschenko hablaba a diestro
y siniestro de la alta estima en que tenían los aliados
"los esfuerzos de Kerenski". El Riech, el órgano
de los kadetes, que tan severamente trataba a los conciliadores,
subrayaba invariablemente su buena disposición respecto
del ministro de la Guerra. El propio Rodzianko reconocía
que "este joven... renace cada día con redoblada
fuerza para bien de la patria y de la labor creadora".
Los liberales se proponían con ello adular a Kerenski.
Pero, en el fondo, no podían dejar de ver que trabajaba
por ellos. "...Imaginaos -preguntaba Lenin- lo que sucedería
si Guchkov diera orden de emprender la ofensiva, de licenciar
los regimientos, de detener a los soldados, de prohibir los
congresos, de tutear a los soldados, de llamarles "cobardes",
etc. En cambio, Kerenski puede permitirse todavía este
"lujo", mientras no se disipe la confianza que el
pueblo le ha otorgado, y que, a decir verdad, va disipándose
con una rapidez vertiginosa..."
La ofensiva acrecentó la reputación de Kerenski
en las filas de la burguesía, pero quebrantó
completamente su popularidad entre el pueblo. El fracaso de
la ofensiva fue, en el fondo, el fracaso de Kerenski en ambos
campos. Pero, ¡cosa sorprendente!: esta circunstancia
fue la que le hizo precisamente "insustituible".
Miliukov se expresa en los términos siguientes a propósito
del papel desempeñado por Kerenski en la formación
de la segunda coalición: "Era el único
hombre posible", pero, ¡ay!, "no el que era
necesario"... Hay que decir que los políticos
liberales dirigentes nunca habían tomado a Kerenski
muy en serio. En los amplios sectores de la burguesía
se hacía recaer cada vez más sobre él
la responsabilidad de todos los reveses sufridos. "La
impaciencia de los grupos de espíritus patrióticos"
impulsaba, según el testimonio de Miliukov, a buscar
un hombre fuerte. Durante cierto tiempo se indicaba para desempeñar
este papel al almirante Kolchak. La aparición de un
hombre fuerte en el timón no se concebía como
resultado de negociaciones y acuerdos. No es difícil
creerlo. "Habían sido ya abandonadas las esperanzas
en la democracia, en la voluntad popular, en la Asamblea constituyente
-escribe Stankievich, refiriéndose al partido kadete-;
las elecciones municipales habían dado a los socialistas
una mayoría aplastante en todo el país... Y
se empieza a buscar convulsivamente un poder que tuviera corno
misión no persuadir, sino únicamente mandar."
Para decirlo con más propiedad, un poder que estrangulara
la revolución.
En la biografía de Kornílov y en sus características
personales no es fácil discernir los rasgos que pudieran
justificar su candidatura como salvador. El general Martínov,
que en tiempo de paz había sido jefe de Kornílov,
en el servicio y durante la guerra había compartido
con él el cautiverio en un castillo austríaco,
caracteriza a su antiguo subordinado en los siguientes términos:
"Kornílov, que se distinguía por una obstinada
laboriosidad y una gran confianza en sí mismo, era
por sus aptitudes intelectuales un hombre de nivel vulgar
y de horizonte estrecho." Martínov consigna en
el activo de Kornílov dos rasgos: valor personal y
desinterés. En un medio en que la gente se preocupaba
ante todo de la seguridad personal y robaba sin piedad, estas
cualidades saltaban a la vista. Kornílov carecía
por completo de dotes estratégicas, sobre todo de capacidad
para apreciar en conjunto una situación determinada,
en sus elementos materiales y morales. "Además,
no tenía talento organizador -dice Martínov-,
y, por su carácter impulsivo y desequilibrado, era,
en general, poco apto para las acciones sistemáticas."
Brusílov, que había observado la actividad de
su subordinado durante la guerra mundial, hablaba de él
con un desdén absoluto: "Es un mal jefe de un
destacamento de guerrilleros, y nada más..." La
leyenda oficial creada alrededor de la división de
Kornílov se hallaba dictada por la necesidad de la
opinión pública patriótica de hallar
una nota clara en el fondo tenebroso de los acontecimientos.
"La división 48 -dice Martínov- pereció
exclusivamente a consecuencia de la desastrosa dirección...
del propio Kornílov, el cual... no supo organizar un
movimiento de retirada y, sobre todo, modificaba constantemente
sus decisiones y perdía el tiempo..." En el último
momento, Kornílov dejó abandonada a su propia
suerte, con el fin de buscar el modo de evitar él mismo
el cautiverio, a la división que había conducido
a la ratonera. Sin embargo, después de cuatro días
de andar errante, el fracasado general se entregó a
los austríacos, y sólo más tarde consiguió
evadirse "Al regresar a Rusia, en las conversaciones
que sostuvo con los periodistas, Kornílov adornó
la historia de su evasión con las flores de la fantasía."
No tenemos por qué detenernos en las enmiendas prosaicas
que introducen en la leyenda los testigos enterados. Por lo
visto, a partir de ese momento, aparece en Kornílov
el gusto por la publicidad periodística.
Antes de la revolución, Kornílov era un monárquico
oscurantista. En el cautiverio, cuando leía los periódicos,
decía repetidamente que "ahorcaría con
placer a todos esos Guchkov y Miliukov". Pero, como sucede
generalmente con la gente de su mentalidad, las ideas políticas
le interesaban únicamente en la medida en que se referían
a él mismo. Después de la revolución
de Febrero, Kornílov se declaró sin dificultad
republicano. "Se orientaba muy mal -según atestigua
el citado Martínov- en el tejido de los intereses de
los distintos sectores de la sociedad rusa; no conocía
los partidos ni a sus hombres." Los mencheviques, los
socialrevolucionarios y los bolcheviques se fundían,
para él, en una masa hostil, que impedía a los
comandantes ejercer el mando, a los fabricantes dirigir la
producción, a los terratenientes gozar de sus tierras
y hacer sus negocios a los comerciantes.
Ya el 2 de marzo, el Comité de la Duma de Estado se
aferró al general Kornílov, y, con la firma
de Rodzianko, insistió ante el Cuartel general para
que "el aguerrido héroe conocido de toda Rusia",
fuera nombrado jefe supremo de las tropas de la región
militar de Petrogrado. El zar, que ya había dejado
de serlo, hizo la siguiente acotación al telegrama
de Rodzianko: "Hacerlo." Así fue como tuvo
su primer general rojo la capital revolucionaria. En las actas
del Comité ejecutivo del 10 de marzo aparece la siguiente
frase relativa a Kornílov: "Un general de viejo
cuño que quiere dar cima a la revolución."
En los primeros días, el general procuró hacerse
agradable y ejecutó, no sin cierta pompa, el ritual
de la detención de la zarina: fue éste un servicio
que se le tuvo en cuenta. Sin embargo, por las Memorias del
coronel Kobilinski, nombrado por él comandante de Tsarskoie-Selo,
puede advertirse que jugaba con dos naipes. Después
de presentarle a la zarina -cuenta Kobilinski-, Kornílov
me dijo: "Coronel, déjenos usted solos y quédese
detrás de la puerta." Salí. A los cinco
minutos, Kornílov me llamó. Entré. La
emperatriz me dio la mano... La cosa está clara: Kornílov
había recomendado al coronel como a un amigo. Más
adelante, nos enteraremos de los abrazos entre el zar y su
"carcelero", Kobilinski. Como administrador, Kornílov
se portó desastrosamente en su nuevo cargo. "Sus
colaboradores inmediatos en Petrogrado -dice Stankievich-
se lamentaban constantemente de su incapacidad para trabajar
y dirigir las cosas." Sin embargo, Kornílov no
estuvo mucho tiempo en la capital. En los días de abril
intentó, no sin intervención de Miliukov, hacer
la primera sangría a la revolución; pero chocó
con la resistencia del Comité ejecutivo, presentó
la dimisión, se le confió el mando de un ejército
y, luego, el del frente sudoccidental. Sin esperar la instauración
legal de la pena de muerte, Kornílov dio la orden de
fusilar a los desertores y dejar sus cadáveres en los
caminos, con un letrero; amenazó con adoptar severas
medidas contra los campesinos, en caso de que violaran los
derechos de los propietarios agrarios; formó batallones
de choque y aprovechó todas las ocasiones para mostrar
el puño a Petrogrado. Esto rodeó inmediatamente
su nombre de una aureola a los ojos de los oficiales y de
las clases poseedoras. Pero también hubo muchos comisarios
de Kerenski que se dijeron: ya no queda otra esperanza que
Kornílov. Unas cuantas semanas después, este
general, que contaba con la triste experiencia de su mando
al frente de una división, fue nombrado generalísimo
de un ejército en descomposición, formado por
millones de hombres, al cual quería obligar la Entente
a combatir hasta la victoria completa.
Kornílov se sintió presa de vértigo.
Su ignorancia política y su limitada mentalidad hacían
de él un fácil instrumento de los buscadores
de aventuras. Al mismo tiempo que defendía sus prerrogativas
personales, ese "hombre de corazón de león
y cerebro de carnero" --como caracterizaba a Kornílov
el general Alexéiev- se entregaba fácilmente
a las influencias ajenas, si éstas coincidían
con la voz de su ambición. Miliukov, que siente cierta
inclinación por Kornílov, nota en él
"una confianza infantil en aquellos que saben adularle".
El inspirador inmediato del generalísimo resultó
ser un tal Zavoiko, que ostentaba el modesto título
de oficial de ordenanza y que era una figura turbia, procedente
de una familia de terratenientes; un especulador en petróleo
y un aventurero que imponía particularmente a Kornílov
por la destreza de su pluma; en efecto, Zavoiko tenía
el estilo vivo del bribón que no se detiene ante nada.
El oficial de ordenanza era el dictador del reclamo, el autor
de la biografía "popular" de Kornílov,
de las notas informativas, de los ultimátums y, en
general, de los documentos para los que, según la expresión
del general, hacía falta "un estilo fuerte y artístico".
Unióse a Zavoiko otro buscador de aventuras, llamado
Aladlin, ex diputado de la primera Duma, que había
pasado unos cuantos años en la emigración; nunca
se quitaba de la boca la pipa inglesa, y por esto, se consideraba
un especialista en problemas internacionales. Estos dos sujetos
eran la mano derecha de Kornílov, al cual ponían
en contacto con los focos de la contrarrevolución.
Su flanco izquierdo lo cubrían Savinkov y Filonenko,
los cuales, al mismo tiempo que alimentaban la exagerada opinión
que el general tenía de sí mismo, se preocupaban
de que no se inutilizara prematuramente a los ojos de la democracia.
"Se dirigían a él hombres honrados y poco
escrupulosos, sinceros e intrigantes, líderes políticos,
militares y aventureros -dice patéticamente el general
Denikin- y decían todos unánimemente: "¡Sálvenos
usted!"" No es cosa fácil determinar en qué
proporción estaban los honrados y los poco escrupulosos.
En todo caso, Kornílov se consideraba seriamente llamado
a "salvar el país", y, por este motivo, resultó
un competidor directo de Kerenski.
Estos dos rivales se odiaban mutuamente de un modo completamente
sincero. "Kerenski -dice Martínov- adoptaba un
tono altanero en sus relaciones con el viejo general. El modesto
Alexéiev y el diplomático Brusílov se
dejaban maltratar; pero esta táctica no era aplicable
al orgulloso y susceptible Kornílov, el cual... miraba,
a su vez, con menosprecio al abogado Kerenski." El más
débil de los dos estaba dispuesto a ceder y hacía
serias concesiones. En todo caso, a fines de julio, Kornílov
decía a Denikin que en los círculos gubernamentales
se le proponía que entrase a formar parte del Ministerio.
" ¡Pero, no, no aceptaré! Esos señores
están demasiado ligados a los soviets... Lo que yo
les digo es lo siguiente: dadme el poder, y llevaré
la lucha hasta el fin."
A Kerenski, el terreno le vacilaba bajo los pies, como un
pantano de turba. La salida la buscaba, como siempre, en las
improvisaciones verbales, reunir, proclamar, declarar. El
éxito personal del 21 de julio, cuando se elevó
por encima de los bandos contrincantes de la democracia y
de la burguesía, en calidad insustituible, dio a Kerenski
la idea de la "Conferencia nacional" en Moscú.
Lo que había pasado a puertas cerradas en el palacio
de Invierno, debía ser trasladado a la escena pública.
¡Que el país mismo vea con sus propios ojos que
todo se desmoronará, si Kerenski no toma en sus manos
las riendas y el látigo!
Se invitó a participar en la Conferencia nacional,
según la lista oficial, a los "delegados de las
organizaciones políticas, sociales, democráticas,
nacionales, comerciales, industriales y cooperativas; a los
dirigentes de los órganos de la democracia, a los representantes
superiores del ejército, de las instituciones científicas,
de las universidades, a los diputados de las cuatro Dumas".
El número de participantes debía ser, según
los proyectos, de 1.500, pero se reunieron cerca de 2.500,
con la particularidad de que esta ampliación se efectuó
enteramente en interés del ala derecha. El órgano
de los socialrevolucionarios en la prensa de Moscú,
decía en tono de reproche a su gobierno: "Habrá
150 representantes del trabajo, frente a 100 de la clase comercial
industrial. Contra 100 diputados campesinos, se invita a 100
representantes de los terratenientes. Contra 100 delegados
del Soviet, habrá 300 miembros de la Duma ... "El
periódico del partido de Kerenski expresaba la duda
de que semejante asamblea pudiera dar al gobierno "el
punto de apoyo que busca".
Los conciliadores acudieron de mala gana a la conferencia:
hay que hacer una tentativa honrosa para llegar a un acuerdo,
se decían unos a otros. Pero, ¿qué actitud
adoptar con respecto a los bolcheviques? Había que
impedir a toda costa que se inmiscuyeran en el diálogo
de la democracia con las clases poseedoras. El Comité
ejecutivo publicó una resolución especial, privando
del derecho de hacer manifestación alguna a las fracciones
de los partidos, sin el consentimiento de la Mesa. Los bolcheviques
decidieron leer una declaración en nombre del partido
y retirarse de la conferencia. La Mesa, que seguía
celosamente todos sus movimientos, exigió que renunciaran
a su criminal propósito. Entonces los bolcheviques
devolvieron, sin vacilar, sus tarjetas de entrada. Preparaban
una respuesta más imponente: tenía la palabra
el Moscú proletario.
Casi desde los primeros días de la revolución,
los partidarios del orden oponían, en cada ocasión
que se presentaba, el país tranquilo al Petrogrado
turbulento. La convocatoria de la Asamblea constituyente en
Moscú era una de las divisas de la burguesía.
El "marxista" nacional-liberal Petrosov maldecía
a Petrogrado, que se imaginaba ser "un nuevo París"
¡Como si los girondinos no hubieran amenazado con el
rayo y con el trueno al viejo París, ni le hubieran
propuesto reducir su papel a 1/83! Un menchevique de provincias
decía en junio en el congreso de los soviets: "Cualquier
Novocherkask refleja mucho más fielmente las condiciones
de la vida en toda Rusia que Petrogrado." En realidad,
los conciliadores, lo mismo que la burguesía, buscaban
un punto de apoyo, no en el verdadero estado de espíritu
del "país", sino en la ilusión consoladora
que se habían creado ellos mismos. Ahora, cuando se
iba a tomar el pulso político en Moscú, a los
organizadores de la conferencia les esperaba un cruel desengaño.
Las asambleas contrarrevolucionarias que se sucedieron en
los primeros días de agosto, empezando por el congreso
de los terratenientes y terminando por el Concilio eclesiástico,
no sólo movilizaron a los círculos poseedores
de Moscú, sino que pusieron asimismo en pie a los obreros
y soldados. Las amenazas de Riabuschinski, las exhortaciones
de Rodzianko, la fraternización de los kadetes con
los generales cosacos, todo ello tenía lugar a la vista
de las masas de Moscú, todo ello era utilizado por
los agitadores bolchevistas, siguiendo las huellas frescas
de las informaciones periodísticas. El peligro de la
contrarrevolución tomaba de esta vez formas tangibles,
personales incluso. Una ola de indignación recorrió
fábricas y talleres. "Si los soviets son impotentes
-decía el periódico de los bolcheviques de Moscú-,
el proletariado debe estrechar sus filas en torno a sus organizaciones
vitales." Poníanse en primer lugar los sindicatos,
que se hallaban ya en su mayoría dirigidos por los
bolcheviques. El estado de espíritu en las fábricas
era tan hostil a la Conferencia nacional, que la idea de huelga
general, propugnada desde abajo, fue aceptada sin resistencia
casi en la asamblea de los representantes de todas las células
de la organización moscovita de los bolcheviques. Los
sindicatos recogieron la iniciativa. El Soviet de Moscú
se pronunció contra la huelga, por 364 votos contra
304. Pero como en las reuniones de fracción los obreros
mencheviques y socialrevolucionarios votaron por la huelga
y no hicieron otra cosa que someterse a la disciplina de partido,
la decisión del Soviet, cuya renovación no se
había efectuado desde hacía mucho tiempo, y
que además había sido tomada contra la voluntad
de su mayoría real, no podía contener a los
obreros de Moscú. Una asamblea de los comités
de 41 sindicatos decidió invitar a los obreros a una
huelga de protesta de veinticuatro horas. Los soviets de barrio
se pusieron en su mayoría al lado del partido y de
los sindicatos. Las fábricas exigieron inmediatamente
la renovación del Soviet, el cual, no sólo se
hallaba rezagado respecto de las masas, sino que adoptaba
una actitud francamente antagónica a la de estas últimas.
En el Soviet del barrio de Zamoskvorrech, reunido con los
comités de fábrica, la demanda de que fueran
sustituidos por otros los diputados que habían obrado
"contra la voluntad de la clase obrera", recogió
175 votos contra 4 y 19 abstenciones.
Sin embargo, la noche que precedió a la huelga, lo
fue de inquietud para los bolcheviques de Moscú. El
país seguía el mismo camino que Petrogrado,
pero con retraso. La manifestación de julio había
fracasado en Moscú: la mayoría, no sólo
de la guarnición, sino también de los obreros,
no se había atrevido a salir a la calle, contra el
parecer del Soviet. ¿Qué sucedería ahora?
La mañana trajo la respuesta. La oposición de
los conciliadores no impidió que la huelga fuera una
poderosa manifestación de hostilidad a la coalición
y al gobierno. Dos días antes, el periódico
de los industriales de Moscú decía con todo
aplomo: "Que el gobierno de Petrogrado venga pronto a
Moscú, que oiga la voz de los santuarios, de las campanas
de las sagradas torres del Kremlin."
Hoy, la voz de los santuarios ha quedado sofocada por la calma
anunciadora de la tormenta.
Piatnitski, miembro del comité moscovita de los bolcheviques,
escribía más tarde: "La huelga fue algo
magnífico. No había luz ni tranvías,
no trabajaban las fábricas, los talleres y depósitos
ferroviarios. Hasta los camareros de los restaurantes fueron
a la huelga." Miliukov añadió una nota
de color a este cuadro: "Los delegados a la conferencia...
no pudieron tomar el tranvía ni almorzar en el restaurante."
Esto les permitió, según reconoce el historiador
liberal, apreciar mejor la fuerza de los bolcheviques, que
no habían sido admitidos a la conferencia. Las Izvestia
del Soviet de Moscú consignaban de un modo contundente
la importancia de la manifestación del 12 de agosto:
"A pesar de la resolución de los soviets..., las
masas han seguido a los bolcheviques." Cuatrocientos
mil obreros fueron a la huelga en Moscú y sus alrededores,
respondiendo al llamamiento del partido, el cual recibía
golpe tras golpe desde hacía cinco semanas, y cuyos
caudillos se refugiaban aún en la clandestinidad o
se hallaban en la cárcel. El nuevo órgano del
partido en Petrogrado, El Proletario, pudo, antes de ser suspendido,
formular la siguiente pregunta a los conciliadores: "De
Petrogrado habéis ido a Moscú; pero de Moscú,
¿adónde iréis?"
Los propios amos de la situación debían hacerse
esta misma pregunta. En Kiev, Kostroma, Tsaritsin, habían
tenido lugar huelgas de protesta, generales o parciales, de
veinticuatro horas. La agitación se extendió
por todo el país. Por doquier, en los sitios más
recónditos, los bolcheviques advertían que la
Conferencia nacional tenía el "carácter
evidente de un complot contrarrevolucionario". A fines
de agosto, el contenido de esta fórmula se manifestó
en toda su integridad a los ojos del pueblo.
Los delegados a la conferencia, lo mismo que el Moscú
burgués, esperaban una acción de las masas con
armas, colisiones, combates; unas "jornadas de agosto".
Pero la salida de los obreros a la calle hubiera significado
dar gusto a los Caballeros de San Jorge, a las bandas de oficiales,
a los kadetes de las academias militares, a algunos regimientos
de Caballería que ardían en deseos de tomarse
el desquite de la huelga. Echar la guarnición a la
calle hubiera significado producir la escisión en la
misma y facilitar la obra de la contrarrevolución,
la cual esperaba con el gatillo levantado. El partido no invitó
a salir a la calle, y los propios obreros, guiados por un
instinto certero, evitaron el choque. La huelga de veinticuatro
horas era lo que mejor respondía a la situación:
era imposible ocultarla, como se había hecho en la
Conferencia con la declaración de los bolcheviques.
Cuando la ciudad se hundió en las tinieblas, toda Rusia
vio la mano bolchevista en el interruptor. ¡No, Petrogrado
no estaba aislado! "En Moscú, en cuya humildad
y en cuyo carácter patriarcal cifraban muchos sus esperanzas,
los barrios obreros mostraron inesperadamente los dientes."
Así fue cómo definió Sujánov la
significación de ese día. La Conferencia de
coalición, si bien celebró sus sesiones con
la ausencia de los bolcheviques, se vio obligada a reunirse
bajo el signo de la revolución proletaria, mostrando
sus dientes.
Los moscovitas decían, bromeando, que Kerenski había
ido a Moscú para ser "coronado". Pero al
día siguiente llegó del Cuartel general con
el mismo fin Kornílov, el cual fue recibido por numerosas
delegaciones, entre ellas las del Concilio eclesiástico.
Al llegar el tren, saltaron de éste al andén
los tekintsi, con sus túnicas rojas y los sables desenvainados,
y formaron en dos filas. Las damas, entusiasmadas, arrojaban
flores al héroe, por entre los centinelas y delegados.
El kadete Rodichev terminó su discurso de bienvenida
con la siguiente exclamación: "¡Salve usted
a Rusia, y el pueblo, agradecido, le coronará!"
Resonaron exclamaciones patrióticas. Morosova, una
comerciante millonaria, cayó de hinojos. Los oficiales
se llevaron en hombros a Kornílov. Al mismo tiempo
que el generalísimo pasaba revista a los Caballeros
de San Jorge, a la Escuela de abanderados, a las centurias
de cosacos, formados en la plaza de la estación, Kerenski,
como ministro de la Guerra y rival de Kornílov, pasaba
revista a la parada de las tropas de la guarnición
de Moscú. Desde la estación, Kornílov,
siguiendo el trayecto habitual de los zares, se dirigió
hacia la imagen de la Virgen de Iberia, donde se celebró
un Tedéum en presencia de una escolta de musulmanes
-tekintsi-, envueltos en capas gigantescas. "Esta circunstancia
-dice el oficial de cosacos Grekov- conquistó aún
más a Kornílov las simpatías de todo
el Moscú creyente." Entretanto, la contrarrevolución
procuraba conquistar la calle. Circulaban automóviles
por la ciudad, arrojando al público copiosamente la
biografía de Kornílov, con su retrato. Las paredes
estaban llenas de carteles que exhortaban al pueblo a ayudar
al héroe. Como representante del poder de los poseedores,
Kornílov recibía en su vagón a políticos,
industrial es y financieros. Los representantes de los Bancos
le hicieron un informe sobre la situación financiera
del país. "De todos los miembros de la Duma -dice
el octubrista Schildovski- sólo fue a ver a Kornílov
en su vagón Miliukov, el cual sostuvo una conversación,
cuyo contenido desconozco, con el general." Posteriormente,
Miliukov nos ha referido, a propósito de esta conversación,
lo que ha considerado necesario contar.
Con todo esto, la preparación del golpe de Estado militar
se hallaba ya en su apogeo. Unos días antes de la Conferencia,
Kornílov dio orden, so pretexto de llevar auxilio a
Riga, para que se prepararan cuatro divisiones de caballería
para mandarlas sobre Petrogrado. El regimiento de cosacos
de Orenburg fue enviado por el Cuartel general a Moscú
"para mantener el orden"; pero, por disposición
de Kerenski, se quedó en el camino. En sus declaraciones
ante la comisión investigadora de la aventura de Kornílov,
Kerenski dijo: "Teníamos noticias de que, durante
la Conferencia de Moscú, se proclamaría la dictadura."
Por tanto, en los días solemnes de la unidad nacional,
el ministro de la Guerra y el generalísimo del ejército
se dedicaban a hacer desplazamientos estratégicos de
fuerzas del uno contra el otro. Pero, en lo posible, se observaba
el decoro. Las relaciones entre los dos campos oscilaban entre
las promesas de fidelidad, oficialmente amistosas, y la guerra
civil.
En Petrogrado, a pesar de la continencia de las masas -no
había sido en balde la experiencia de julio-, desde
arriba, desde los Estados Mayores y las redacciones, se difundían,
con furiosa insistencia, rumores sobre un inminente alzamiento
de los bolcheviques. Las organizaciones petrogradenses del
partido lanzaron un manifiesto poniendo en guardia a las masas
contra las posibles provocaciones de los enemigos. Entre tanto,
el Soviet de Moscú tomaba sus medidas. Se constituyó
un comité revolucionario secreto, compuesto de seis
miembros, a razón de dos delegados por cada uno de
los partidos soviéticos, los bolcheviques inclusive.
Se dio la orden secreta de que los Caballeros de San Jorge,
los oficiales y kadetes, no cubrieran la carrera en el trayecto
que debía seguir Kornílov. A los bolcheviques,
a los que había sido cerrado oficialmente el acceso
a los cuarteles desde las jornadas de julio, se les daban
ahora de buena gana los salvoconductos necesarios: sin los
bolcheviques, no era posible contar con los soldados. Mientras
en la escena pública los mencheviques y los socialrevolucionarios
sostenían negociaciones con la burguesía, en
torno a la creación de un poder fuerte contra las masas
dirigidas por los bolcheviques, entre bastidores, esos mismos
mencheviques y socialrevolucionarios preparaban a las masas,
junto con los bolcheviques, que no habían sido admitidos
por ellos en la Conferencia, para la lucha contra el complot
de la burguesía. Los conciliadores que, no más
lejos que la víspera, se oponían a la huelga
demostrativa, incitaban ahora a los obreros y soldados a prepararse
para la lucha. La despectiva indignación de las masas
no les impedía responder al llamamiento con un espíritu
combativo que asustaba más que regocijaba a los conciliadores.
Esta escandalosa duplicidad, que tomaba el carácter
de perfidia declarada respecto de los dos bandos, habría
sido incomprensible si los conciliadores hubieran seguido
practicando conscientemente su política: en realidad,
no hacían más que sufrir las consecuencias de
esa misma política.
Hacía tiempo ya que se respiraba en el ambiente la
proximidad de grandes acontecimientos. Pero, por las trazas,
nadie preparaba el golpe de Estado para los días de
la Conferencia. En todo caso, ni en los documentos, ni en
las publicaciones de los conciliadores, ni en las memorias
del ala derecha, se confirman los rumores a que posteriormente
ha aludido Kerenski. De momento, no se trataba más
que de la preparación. Según Miliukov -y su
declaración coincide con el desarrollo ulterior de
los acontecimientos-, el propio Kornílov había
señalado ya, antes de la Conferencia, la fecha para
"dar el golpe": el 27 de agosto. Esta fecha, ni
que decir tiene, era conocida sólo de unos cuantos.
Como ocurre siempre en esos casos, los semiiniciados adelantaban
el día del gran acontecimiento, y los rumores que circulaban
por todas partes llegaban a las alturas: parecía que
el golpe iba a descargarse de un momento a otro.
Pero precisamente el estado de agitación de los círculos
y de la oficialidad, era lo que podía conducir en Moscú,
si no a una tentativa de golpe de Estado, sí a manifestaciones
contrarrevolucionarias encaminadas a probar las fuerzas. Más
verosímil aún era la tentativa de formar en
la Conferencia un centro de salvación de la patria,
que compitiera con los soviets: la prensa de la derecha hablaba
de esto abiertamente. Pero tampoco llegaron hasta ahí
las cosas: las masas lo impidieron. Si a alguien se le había
ocurrido precipitar el momento de las acciones decisivas,
la huelga le haría decir: no es posible coger desprevenida
a la revolución: los obreros y soldados están
alertas, hay que aplazar la cosa. Hasta las procesiones a
la Virgen de Iberia, proyectadas por los curas y los liberales,
de acuerdo con Kornílov, fueron suspendidas.
Tan pronto se puso de manifiesto que no había ningún
peligro inmediato, los socialrevolucionarios y mencheviques
se apresuraron a hacer ver que no había ocurrido nada.
Incluso se negaron a renovar a los bolcheviques los salvoconductos
para entrar en los cuarteles, a pesar de que en éstos
seguía pidiéndose con insistencia que se les
mandaran oradores bolcheviques. "El moro ha hecho su
obra", debían decirse con aire astuto Tsereteli,
Dan y Jinchuk, que en aquel entonces era presidente del Soviet
de Moscú. Pero los bolcheviques no se disponían,
ni mucho menos, a desempeñar el papel de moro. No hacían
más que prepararse para realizar su obra.
Toda sociedad de clase necesita de una voluntad gubernamental
única. La dualidad de poderes en, por esencia, un régimen
de crisis social: al mismo tiempo que señalar el punto
álgido a que ha llegado la escisión en el país,
contiene potencial o abiertamente la guerra civil. Nadie quería
ya el poder dual. Por el contrario, todo el mundo ansiaba
el poder fuerte, unánime, "férreo".
Se habían otorgado atribuciones ilimitadas al gobierno
de Kerenski, creado en julio. El propósito consistía
en colocar, de mutuo acuerdo, un poder "verdadero",
por encima de la democracia y de la burguesía, que
se paralizaban mutuamente. La idea de un árbitro de
los destinos que se eleve por encima de las distintas clases,
no es otra cosa que la idea del bonapartismo.
Si se clavan simétricamente dos tenedores en un tapón
de corcho, éste, aunque con oscilaciones pronunciadas
hacia uno y otro lado, se sostendrá aunque sea sobre
la cabeza de un alfiler: éste es el modelo mecánico
del superárbitro bonapartista. El grado de solidez
de un poder tal, si se hace abstracción de las condiciones
internacionales, queda determinado por la consistencia del
equilibrio de las clases antagónicas en el interior
del país. A mediados de mayo, Trotsky definió
a Kerenski, en la reunión del Soviet de Petersburgo,
como "el punto matemático del bonapartismo ruso".
La incorporeidad de esta característica muestra que
no se trataba de la persona, sino de la función. Como
sabemos, a principios de junio, todos los ministros, por indicación
de sus respectivos partidos, presentaron la dimisión,
otorgando a Kerenski la facultad de constituir un nuevo gobierno.
El 21 de julio se repitió este experimento en una forma
más demostrativa. Los contrincantes imploraban el auxilio
de Kerenski; cada uno de ellos veía en él una
parte de sí mismo; ambos le juraban fidelidad. Trotsky
escribía desde la cárcel: "El Soviet, dirigido
por unos políticos que lo temen todo, no se atrevió
a asumir el poder. El partido kadete, representante de todos
los grupos de defensores de la propiedad aún no podía
asumirlo. No quedaba más recurso que buscar un gran
conciliador, un intermediario, un árbitro."
En el manifiesto dirigido al pueblo por Kerenski, éste,
hablando en primera persona, decía: "Yo, como
jefe del gobierno..., no me considero con derecho a detenerme
ante la circunstancia de que las modificaciones [en la estructura
del poder]... acrecienten mi responsabilidad, por lo que a
la dirección suprema del país se refiere."
Es ésta la fraseología sin aliños del
bonapartismo. Y, sin embargo, a pesar del sostén de
la derecha y de la izquierda, las cosas no fueron más
allá de la fraseología. ¿Por qué?
Para que el pequeño corso pudiera levantarse por encima
de la joven nación burguesa, era preciso que la revolución
hubiera cumplido previamente su misión fundamental:
que se diera la tierra a los campesinos y que se formara un
ejército victorioso sobre la nueva base social. En
el siglo XVIII, la revolución no podía ir más
allá: lo único que podía hacer era retroceder.
En este retroceso se venían abajo, sin embargo, sus
conquistas fundamentales. Pero había que conservarlas
a toda costa. El antagonismo, cada día más hondo,
pero sin madurar todavía, entre la burguesía
y el proletariado, mantenía en un estado de extrema
tensión a un país sacudido hasta los cimientos.
En estas condiciones, precisábase un "juez nacional".
Napoleón dio al gran burgués la posibilidad
de reunir pingües beneficios, garantizó a los
campesinos sus parcelas, dio la posibilidad a los hijos de
los campesinos y a los desheredados de robar en la guerra.
El juez tenía el sable en la mano y desempeñaba
personalmente la misión del alguacil. El bonapartismo
del primer Bonaparte estaba sólidamente fundamentado.
El levantamiento de 1848 no dio ni podía dar la tierra
a los campesinos: se trataba no de una gran revolución
que venía a reemplazar a un régimen con otro,
signo de una transformación política sobre la
base del mismo régimen social. Napoleón III
no tenía tras de sí un ejército victorioso.
Los dos elementos principales del bonapartismo clásico
no existían, pero había otras condiciones favorables
no menos eficaces. El proletariado, que en medio siglo había
crecido, mostró en junio su fuerza amenazadora; sin
embargo, resultó aún incapaz de tomar el poder.
La burguesía temía al proletariado y su victoria
sangrienta sobre él. El campesino propietario se asustó
de la insurrección de junio, y quería que el
Estado le protegiera contra los que podían llevar a
cabo el reparto. Por último, la gran prosperidad industrial
que, con pequeñas interrupciones, duraba desde hacía
dos décadas, abría a la burguesía fuentes
de enriquecimiento inauditas. Estas condiciones resultaron
suficientes para el bonapartismo epigónico.
En la política de Bismarck, que se elevaba a sí
mismo "por encima de las clases", había,
como se ha indicado más de una vez, elementos indudables
de bonapartismo, aunque bajo la cubierta del legitimismo.
La consistencia del régimen de Bismarck se hallaba
garantizada por el hecho de que, surgido después, de
una revolución impotente, realizaba, en su totalidad
o a medias, un objetivo nacional tan magno como la unidad
alemana, había llevado a cabo tres guerras victoriosas,
aportaba el producto de contribuciones onerosas y un poderoso
florecimiento capitalista. Con esto había bastante
para decenas de años.
La desdicha de los candidatos rusos al papel de Bonaparte
no consistía, ni mucho menos, en que aquellos no se
parecieran, no ya al primer Napoleón, pero ni siquiera
a Bismarck (la historia sabe servirse de los sucedáneos),
sino en que tenían frente a sí una gran revolución
que aún no había cumplido sus fines ni agotado
sus fuerzas. Al campesino, que no había obtenido aún
la tierra, la burguesía le obligaba a ir a la guerra,
para defender la tierra de los grandes propietarios. La guerra
no daba más que derrotas. De prosperidad industrial
no podía hablarse siquiera; lejos de ello, cada vez
era mayor la ruina. Sí el proletariado retrocedía,
era solamente para apretar más sus filas. Los campesinos
no habían hecho más que iniciar su último
ataque contra los señores. Las nacionalidades oprimidas
pasaban a la ofensiva contra el despotismo rusificador. El
ejército, que anhelaba la paz, iba acercándose
cada vez más estrechamente a los obreros y a sus partidos.
Abajo se cohesionaban las fuerzas; arriba se relajaban. No
había equilibrio. La revolución estaba llena
de vida. No tiene nada de particular que el bonapartismo se
manifestara endeble.
Marx y Engels comparaban el papel del régimen bonapartista
en la lucha entre la burguesía y el proletariado, con
el papel de la monarquía absoluta antigua en la lucha
entre los feudales y la burguesía. Los rasgos de analogía
son indudables, pero desaparecen precisamente cuando se manifiesta
el contenido social del poder. El papel de árbitro
entre los elementos de la vieja y de la nueva sociedad era
posible, en un cierto período, en cuanto ambos regímenes
de explotación tenían necesidad de defenderse
contra los explotados. Pero ya entre los feudales y los siervos
campesinos no podía haber un intermediario "imparcial".
Al conciliar los intereses de la gran propiedad agraria con
el joven capitalismo, la autocracia zarista obraba, respecto
de los campesinos, no como un intermediario, sino como un
apoderado de las clases explotadoras.
El bonapartismo no era tampoco un juez arbitral entre el proletariado
y la burguesía: en realidad, era el poder más
concentrado de la burguesía sobre el proletariado.
El Bonaparte de turno, al poner sus botas sobre las espaldas
de la nación, no puede dejar de llevar a cabo una política
de protección de la propiedad, de la renta, de los
beneficios. Las particularidades del régimen no van
más allá de los procedimientos de protección.
El guardia no está en la puerta, sino en el tejado
de la casa; pero la función es la misma. La independencia
del bonapartismo es, en un grado extraordinario, exterior,
demostrativa, decorativa: su símbolo es el manto imperial.
Bismarck, al mismo tiempo que explotaba hábilmente
el miedo del burgués ante los obreros, era invariablemente
en todas sus formas políticas y sociales el representante
de las clases poseedoras, a las que nunca traicionó.
Pero la presión creciente del proletariado le permitía,
indudablemente, elevarse por encima de los junkers y de los
capitalistas, en calidad de sólido árbitro burocrático:
en esto consistía su función.
El régimen soviético permite una independencia
considerable del poder con respecto al proletariado y a los
campesinos: por consiguiente, la "mediación"
entre ellos, por cuanto los intereses de los mismos, aunque
originen roces y conflictos, no son, sin embargo, irreconciliables
en su base. Pero no sería fácil encontrar un
árbitro "imparcial" entre el Estado soviético
y la burguesía, por lo menos en la esfera de los intereses
fundamentales de ambas partes. Lo que impide a la Unión
Soviética adherirse a la Sociedad de Naciones en la
palestra internacional son las mismas causas sociales que
en el marco nacional excluyen la posibilidad de "imparcialidad"
real, no decorativa, del poder en la lucha entre la burguesía
y el proletariado.
El kerensquismo carecía de la fuerza del bonapartismo,
pero tenía todos sus vicios. Si se elevaba por encima
de la nación, era para desmoralizaría con su
propia impotencia. Si verbalmente los jefes de la burguesía
y de la democracia prometían "obedecer" a
Kerenski, en la práctica, el árbitro todopoderoso
obedecía a Miliukov y, sobre todo, a Buchanan. Kerenski
continuó la guerra imperialista, defendió la
propiedad de los grandes terratenientes contra todo atentado,
aplazó las reformas sociales hasta mejores tiempos.
Si su gobierno era débil, ello obedecía a las
mismas causas por las que la burguesía no podía
poner en el poder a sus hombres. Sin embargo, a pesar de toda
insignificancia del "gobierno de salvación",
su carácter conservador capitalista crecía,
paralelamente con el acrecentamiento de su "independencia".
El hecho de que comprendieran que el régimen de Kerenski
era una forma de dominación burguesa inevitable para
aquel período, no excluía, por parte de los
políticos burgueses, ni un descontento extremo con
respecto a Kerenski, ni su decisión de librarse de
él lo más pronto posible. Entre las clases poseedoras
no había divergencias, por lo que se refería
a la necesidad de oponer una figura del propio medio al árbitro
nacional propugnado por la democracia pequeñoburguesa.
¿Por qué precisamente Kornílov, y no
otro? El candidato a Bonaparte debía responder al carácter
de la burguesía rusa, rezagada, divorciada del pueblo,
decadente, inepta. En el ejército, que casi no conocía
más que derrotas humillantes, no era fácil encontrar
un general popular. Si apareció Kornílov, fue
mediante la exclusión de los candidatos restantes,
aún más inservibles.
Los conciliadores y los liberales no podían unirse
seriamente en una coalición ni coincidir en un candidato
a salvador de la patria: se lo impedían los fines no
realizados de la revolución. Los liberales no tenían
confianza en los demócratas. Los demócratas
no tenían confianza en los liberales. Kerenski, verdad
es, abría sus brazos a la burguesía; pero Kornílov
daba a entender de un modo inequívoco que aprovecharía
la primera ocasión para retorcer el pescuezo a la democracia.
El choque entre Kornílov y Kerenski, que se desprendía
inexorablemente de todos los acontecimientos precedentes,
era la traducción de las contradicciones del poder
dual al lenguaje de la ambición personal.
De la misma manera que en el seno del proletariado petrogradés
y de la guarnición se había formado a principios
de junio un flanco impaciente, descontento de la política
excesivamente prudente de los bolcheviques, entre las clases
poseedoras se acumuló a principios de agosto una actitud
de impaciencia ante la política expectativa de los
dirigentes kadetes. Este estado de espíritu halló
su expresión, por ejemplo, en el congreso kadete, en
el que resonaron voces en favor del derrumbamiento de Kerenski.
La impaciencia política se manifestó de un modo
más acentuado fuera de las filas del partido kadete,
en los estados mayores -donde se vivía con el miedo
constante a los soldados-, en los bancos, que se ahogaban
en las olas de la inflación; en las haciendas señoriales,
donde los tejados ardían sobre las cabezas de la nobleza.
"¡Viva Kornílov!" se convirtió
en la consigna de la esperanza, de la desesperación,
de la sed de venganza.
Kerenski, si bien estaba conforme en un todo con el programa
de Kornílov, discutía únicamente los
plazos: "No se debe hacer todo de una vez." Miliukov,
que reconocía la necesidad de separarse de Kerenski,
objetaba a los impacientes: "Ahora, todavía es
pronto." De la misma manera que de la explosión
de las masas de Petrogrado surgió la semiinsurrección
de julio, de la impaciencia de los propietarios surgió
la sublevación de Kornílov, en agosto. Y de
igual suerte que los bolcheviques se vieron precisados a colocarse
en el terreno de la manifestación armada para garantizar
su éxito, si era posible, y preservarla en todo caso
del desastre, los kadetes se vieron obligados, con los mismos
fines, a colocarse en el terreno de la sublevación
de Kornílov. En estos límites se observa una
sorprendente simetría. Pero, en el marco de esta simetría,
los fines, los métodos y los resultados son completamente
opuestos. La marcha de los acontecimientos nos mostrará
esta oposición en toda su amplitud.
* Abreviación
del "Comité central de los marinos del Báltico".
[NDT.]
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