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Si el
símbolo es una imagen concentrada, la revolución
es la gran maestra de los símbolos, ya que nos presenta
todos los hechos y relaciones en forma concentrada. Lo único
que hay es que el simbolismo de la revolución es demasiado
grandioso y entra difícilmente en el marco de la creación
individual. Por eso es tan pobre la reproducción artística
de los más grandes dramas de la humanidad.
La Conferencia nacional de Moscú fracasó, como
fácilmente podía preverse, sin haber creado
ni resuelto nada. En cambio, ha dejado al historiador una
huella inapreciable, aunque negativa, de la revolución,
en la que la luz aparece como sombra, la debilidad como fuerza,
la avidez corno desinterés, la perfidia como valor
supremo. El partido más poderoso de la revolución,
ese mismo partido que diez semanas después había
de asumir el poder, quedó fuera de la Conferencia,
como algo que no merecía ninguna atención. En
cambio, fue aceptado un "partido del socialismo evolutivo"
que nadie conocía. Kerenski se presentó como
la encarnación de la fuerza y de la voluntad. De la
coalición, que había dado ya todo lo que podía
dar de sí en el pasado, se hablaba como de un medio
de salvación para el futuro. Kornílov, odiado
por millones de soldados, fue saludado como el jefe amado
del ejército y del pueblo. Los monárquicos y
los "cien negros" se deshicieron en manifestaciones
de amor hacia la Asamblea constituyente. Diríase que
todos aquellos que estaban llamados a desaparecer en breve
de la escena política, se habían puesto de acuerdo
para desempeñar por última vez sus mejores papeles.
Con todas sus fuerzas se apresuraban a decir: he aquí
lo que quisiéramos ser, lo que podríamos ser
si nadie nos estorbara. Pero les estorbaban los obreros, los
soldados, los campesinos, las nacionalidades oprimidas. Docenas
de millones de "esclavos en rebeldía" no
les dejaban manifestar su fidelidad a la revolución.
En Moscú, donde habían buscado un refugio, la
huelga les pisaba los talones. Perseguidos por la "ignorancia"
y la "demagogia", los dos mil quinientos hombres
que llenaban el teatro se prometían mutuamente en silencio
no destruir la ilusión escénica. De la huelga
no hablaba nadie. Todo el mundo procuraba no nombrar a los
bolcheviques. Sólo Plejánov aludió de
pasada al "triste recuerdo de Lenin", como si se
tratara de un adversario definitivamente liquidado. El cliché
negativo fue, pues, mantenido hasta el fin: en el reino de
las sombras de ultratumba que se presentaban como las "fuerzas
vivas del país", el auténtico caudillo
popular no podía aparecer más que como un difunto
político.
"La brillante sala de espectáculos -dice Sujánov-
se dividía en-dos sectores bien delimitados: a la derecha
estaba la burguesía, a la izquierda la democracia.
A la derecha, en las plateas y en los palcos, se veían
no pocos uniformes de generales; a la izquierda, uniformes
de suboficial y grados inferiores. Frente al escenario, en
el palco del ex zar, estaban los representantes diplomáticos
de las potencias aliadas y amigas... Nuestro grupo de extrema
izquierda ocupaba un pequeño rincón en una platea."
La extrema izquierda, como resultado de la ausencia de los
bolcheviques, apareció representada por los amigos
de Mártov.
A las cuatro hizo su aparición en escena Kerenski,
acompañado de dos jóvenes oficiales, uno del
ejército y otro de la flota, que permanecieron en pie
todo el tiempo que duró la sesión, como encarnación
viva de la fuerza del poder revolucionario, a la espalda del
presidente, cual si les hubieran clavado allí. Para
no herir la susceptibilidad de los elementos de la derecha
con el nombre de la República -así se había
convenido de antemano-, Kerenski saludó a los "representantes
de la tierra rusa" en nombre del gobierno del "Estado
ruso". "Bajo la influencia de los últimos
días -dice el historiador liberal-, el tono fundamental
del discurso, en vez de ser el de la dignidad y de la confianza...
fue el de un miedo mal disimulado que hubiérase dicho
que el orador tendía a ahogar con tonantes palabras
de amenaza." Kerenski, sin nombrar directamente a los
bolcheviques, empezó, sin embargo, con palabras de
intimidación dirigidas a los mismos: toda nueva tentativa
de atentado al poder "será sofocada con el hierro
y la sangre". Las dos alas de la conferencia se fundieron
en una ovación estruendosa. Siguió después
una amenaza a Kornílov, que no había llegado
todavía: "Sean los que sean los ultimátums
que me presente, sabré someter su voluntad al poder
supremo y a mí, su jefe." Esta amenaza provocó
asimismo aplausos entusiastas, pero ya únicamente en
el ala izquierda de la conferencia. Kerenski habla sin cesar
de sí mismo como "jefe supremo", pues tiene
necesidad de recordarlo. "Yo, vuestro ministro de la
Guerra y vuestro jefe supremo, os digo a vosotros, a los que
habéis venido del frente.... que en el ejército
no hay voluntad ni poder superiores a la voluntad y el poder
del gobierno provisional." La democracia acoge con entusiasmo
estos disparos hechos con pólvora sola, creyendo que
de este modo no se verá en la necesidad de recurrir
al plomo.
"Todas las mejores fuerzas del pueblo y del ejército
-afirma el jefe del gobierno- asociaban la victoria de la
Revolución rusa a nuestra victoria en el frente. Pero
nuestras esperanzas fueron pisoteadas, nuestra fe ha sido
escarnecida." Tal es el balance lírico de la ofensiva
de junio. él, Kerenski, está dispuesto, de todos
modos, a combatir hasta alcanzar la victoria. Respecto al
peligro de una paz en perjuicio de los intereses de Rusia
-camino señalado por la proposición de paz del
Papa, de 4 de agosto-, Kerenski elogia la noble fidelidad
de los aliados. "Yo, en nombre del gran pueblo ruso,
no digo más que una cosa: que no esperábamos
ni podíamos esperar otra actitud." La ovación
tributada al palco de los diplomáticos aliados hace
que se ponga en pie todo el mundo, excepto algunos internacionalistas
y los pocos bolcheviques presentes en la conferencia como
representantes de los sindicatos. Del palco de los oficiales
parte un grito: "¡Mártov, a levantarse!"
Mártov, dicho sea en honor suyo, tuvo la suficiente
firmeza para no ponerse de hinojos ante el desinterés
de la Entente.
A los pueblos oprimidos de Rusia, que aspiraban a dar un nuevo
curso a sus destinos, dirigió Kerenski algunas reflexiones
morales, entreverados de amenazas: "Nosotros, que sufríamos
y padecíamos en las cadenas de la autocracia zarista
-decía, atribuyéndose cadenas ajenas-, no hemos
ahorrado nuestra sangre en aras de la felicidad de todos los
pueblos." A las nacionalidades oprimidas se les recomendaba
que, por gratitud, soportaran un régimen caracterizado
por la falta de todo derecho.
¿Dónde está la salida?... "¿Sentís
el ardor en vuestros pechos?... ¿Sentís en vosotros
la fuerza y la voluntad que os impulsan al orden, a los sacrificios
y al trabajo? ¿Daréis aquí el espectáculo
de una gran fuerza nacional estrechamente unida?" Estas
palabras se pronunciaban el día de la huelga de protesta
de Moscú, en las horas en que avanzaba enigmáticamente
la caballería de Kornílov. "Ahogaremos
nuestra alma, pero salvaremos al país." El gobierno
de la revolución no podía ofrecer nada más
al pueblo.
"Muchos representantes de provincias -dice Miliukov-
veían a Kerenski por primera vez, y se marcharon en
parte decepcionados y en parte indignados. Ante ellos se hallaba
un joven de rostro pálido y fatigado en una "pose"
de actor... Diríase que ese hombre quería intimidar
a alguien y producir una impresión de fuerza y poder
al estilo antiguo. En realidad, no provocaba más que
lástima."
Las intervenciones de los demás miembros del gobierno
pusieron de manifiesto no tanto su inconsistencia personal,
cuanto la bancarrota del sistema de conciliación. La
gran idea que el ministro de la Gobernación, Avksentiev,
sometió al juicio del país fue la creación
de un cuerpo de comisarios móviles. El ministro de
la Industria exhortó a los patronos a que se contentaran
con beneficios modestos. El ministro de Hacienda prometió
la rebaja de las contribuciones directas de las clases poseedoras
y el aumento de los impuestos indirectos. El ala derecha cometió
la imprudencia de cubrir estas palabras con ruidosos aplausos,
en los que observó Tsereteli, no sin timidez, una falta
de espíritu de sacrificio. Al ministro de Agricultura,
Chernov, se le había dado la orden de guardar silencio,
a fin de no excitar a los aliados de la derecha con el espectro
de la expropiación de la tierra. En interés
de la unidad nacional, se decidió fingir que la cuestión
agraria no existía. Los conciliadores no opusieron
a ello ningún obstáculo. La verdadera voz del
campesino no resonó en la tribuna. Sin embargo, precisamente
en aquellas semanas de agosto, el movimiento agrario se extendía
por todo el país para transformarse en el otoño
en una guerra campesina irresistible.
Después de un día de tregua, destinado a inspeccionar
y movilizar las fuerzas de los dos bandos, la sesión
del 14 se abrió en una atmósfera de extrema
tensión. Al aparecer Kornílov en el palco, la
derecha de la Conferencia le tributa una clamorosa acogida.
La izquierda permanece sentada casi en su totalidad. Del palco
de los oficiales surgen gritos de: "¡Levantarse!",
mezclados con insultos groseros.
Al aparecer el gobierno, la izquierda tributa a Kerenski una
prolongada ovación, en la cual, como atestigua Miliukov,
"esta vez no toma parte, de un modo igualmente demostrativo,
la derecha, que permanece sentada". En estas tempestades
de aplausos, que se cruzaban hostilmente, se presentían
las próximas contiendas de la guerra civil. Entretanto,
seguían en el estrado, bajo el nombre de gobierno,
los representantes de los dos bandos de la sala, y el presidente,
que cautelosamente había tomado medidas militares contra
el generalísimo, no se olvidó de presentar a
éste como la encarnación de la "unidad
del pueblo ruso". Fiel al papel que se había asignado,
Kerenski exclamó: "Os propongo a todos que saludéis,
en la persona del generalísimo en jefe aquí
presente, al ejército que ha perecido valerosamente
por la patria y la libertad." En la primera sesión
se había dicho respecto de ese mismo ejército:
"Nuestras esperanzas fueron pisoteadas, nuestra fe ha
sido escarnecida." Pero era igual, se había encontrado
la frase salvadera: la sala se pone en pie y aplaude ruidosamente
a Kornílov y a Kerenski... Una vez más se había
salvado la unidad de la nación.
Las clases dominantes, agotadas por una situación histórica
que las empujaba hacia un callejón sin salida, decidieron
recurrir a la mascarada histórica. Por lo visto se
imaginaban que, si se presentaban una vez más ante
el pueblo con una máscara, serían más
imponentes y vigorosas. Como expertos de la conciencia nacional,
se hizo aparecer en escena a los representantes de las cuatro
Dumas. Las disensiones internas, antes tan agudas, desaparecían;
todos los partidos de la burguesía se unían
sin dificultad a base del "programa ajeno a partidos
y clases" elaborado por los hombres públicos que
unos días antes habían mandado un telegrama
de salutación a Kornílov. En nombre de la primera
Duma -¡1906!-, el kadete Nabokov rechazó "la
idea misma de la posibilidad de una paz separada". Esto
no impidió al político liberal relatar en sus
Memorias que él, lo mismo que muchos directivos kadetes,
veía en la paz separada el único camino de salvación.
De la misma manera, los representantes de las demás
Dumas zaristas exigieron, ante todo de la revolución,
un tributo de sangre.
"¡Tiene usted la palabra, general!" La Conferencia
llega al momento crítico. ¿Qué dirá
el generalísimo en jefe, al que ha intentado Kerenski
persuadir con insistencia, pero inútilmente, de que
se limite a dar una idea de la situación militar? He
aquí cómo relata la escena Miliukov, testigo
presencial: "La figura baja, pero fuerte, de un hombre
de fisonomía calmuca, ojos pequeños, negros
y penetrantes, en que brillaban chispas de malignidad, apareció
en la escena. Los aplausos hacen estremecer la sala, todo
el mundo se pone en pie, excepto... los soldados." A
los delegados que permanecen sentados les dirigen desde la
derecha gritos de indignación, mezclados con insultos:
"¡Granujas!... ¡Levantaos!... " De los
bancos de los delegados que no se han levantado surge un grito:
" ¡Esclavos!" El griterío se convierte
en tormenta, Kerenski pide que se escuche tranquilamente al
"primer soldado del gobierno provisional". Kornílov,
con voz dura, áspera e imperiosa, como corresponde
a un general que se dispone a salvar al país, leyó
un discurso escrito para él por el aventurero Zavoiko,
bajo el dictado del aventurero Filonenko. El discurso, por
el programa que propugnaba, era mucho más moderado
que el propósito a que servía de introducción.
Kornílov no se recataba de presentar el estado del
ejército y la situación del frente con los colores
más sombríos, con la intención evidente
de asustar. Constituía el punto central del discurso
el pronóstico respecto a las operaciones militares:
"...El enemigo llama ya a las puertas de Riga, y si la
inconsistencia de nuestro ejército no nos da la posibilidad
de mantenernos en las orillas del golfo de Riga, quedará
abierto el camino de Petrogrado." Al llegar aquí,
Kornílov asesta un golpe al gobierno, sin andarse con
cumplidos: "Si este ejército se ha visto convertido
en una turba que ha perdido la cabeza y no piensa más
que en salvar la piel, ha sido gracias a una serie de medidas
legislativas adoptadas después de la revolución
por gente extraña al espíritu y a la mentalidad
del ejército." La cosa es clara: no hay salvación
para Riga, y el generalísimo habla de ello abiertamente,
en tono de reto, ante todo el mundo, como invitando a los
alemanes a tomar la ciudad indefensa. ¿Y Petrogrado?
La idea de Kornílov es ésta: si se me da la
posibilidad de realizar mi programa, es posible que Petrogrado
se salve; pero ¡apresuraos! El periódico de los
bolcheviques en Moscú decía: "¿Qué
es esto, una advertencia, o una amenaza? La derrota de Tarnopol
ha hecho generalísimo a Kornílov. La rendición
de Riga puede hacerle dictador." Esta idea respondía
a los propósitos de los conjurados mucho más
de lo que pudieran suponer los bolcheviques más suspicaces.
El Concilio eclesiástico, que participó en el
pomposo recibimiento de Kornílov, manda en auxilio
del generalísimo a uno de sus miembros más reaccionarios,
el arzobispo Platón: "Se os acaba de trazar el
cuadro desolador que ofrece el ejército -decía
este representante de las fuerzas vivas-. Pero yo he venido
para decir a Rusia desde este sitio: no te inquietes, querida,
no temas, adorada... Si es preciso un milagro para salvar
a Rusia, Dios lo hará, si la Iglesia lo implora..."
Los señores de la Iglesia ortodoxa preferían,
para guardar sus bienes, echar mano de los cosacos. La médula
del discurso no consistía, sin embargo, en esto. El
arzobispo se lamentaba de que en los discursos del gobierno
"no apareciera ni una sola vez el nombre de Dios",
ni tan siquiera para menospreciarlo. De la misma manera que
Kornílov acusaba al gobierno de la revolución
de desmoralizar al ejército, Platón acusaba
de impiedad criminal "a los que se hallan actualmente
al frente de nuestro devoto pueblo". Esos eclesiásticos
que se habían puesto de hinojos ante Rasputin, se atrevían
ahora a acusar públicamente al gobierno de la revolución.
El general Kaledin, cuyo nombre sonaba insistentemente en
aquel período como el de una de las figuras más
sólidas del partido militar, leyó una declaración
en nombre de la doce división cosaca. Kaledin, que,
según uno de sus panegiristas, "no deseaba ni
sabía adular a la multitud", "se separó
a causa de ello del general Brusílov y fue destituido
del mando del ejército como hombre que no respondía
al espíritu de los tiempos". Ese general de cosacos,
que regresó al Don a principios de mayo, no tardó
en ser elegido atamán de las fuerzas de aquella región.
Como jefe de las tropas cosacas más viejas y fuertes,
se le había encargado de presentar el programa de los
sectores cosacos privilegiados. La declaración, después
de rechazar la sospecha de contrarrevolución, recordaba
poco amablemente a los ministros socialistas que éstos,
en el momento de peligro, habían solicitado la ayuda
de los cosacos contra los bolcheviques. El sombrío
general conquistó inesperadamente el corazón
de los demócratas al pronunciar enfáticamente
la palabra que Kerenski no se atrevía a proferir en
voz alta: república. La mayoría de la sala,
y muy particularmente el ministro Chernov, aplaudió
al general cosaco, el cual exigía seriamente de la
República lo que no había podido dar ya la autocracia.
Napoleón había predicho que Europa sería
cosaca o republicana. Kaledin se mostraba conforme con ver
a Rusia republicana, a condición de que no dejara de
ser cosaca. Al leer las palabras: "en el gobierno no
debe haber sitio para los derrotistas", el desagradecido
general volvióse insolentemente hacia el desventurado
Chernov. La reseña de un periódico liberal señala:
"Todas las miradas se fijan en Chernov, inclinado sobre
la mesa." Kaledin, que no estaba atado por una situación
oficial, desarrolló hasta el fin el programa militar
de la reacción: suprimir los comités, restablecer
el poder de los jefes, poner en igualdad de condiciones el
interior y el frente, revisar los derechos de los soldados
-es decir, reducirlos a nada-. Los aplausos de la derecha
se fundieron con las protestas e incluso los silbidos de la
izquierda. "La Asamblea constituyente debe ser convocada
en Moscú para que pueda llevar a cabo "una labor
tranquila y sistemática"." El discurso, preparado
antes de la conferencia, fue leído por Kaledin al día
siguiente de la huelga general, cuando la frase relativa a
la "labor tranquila" en Moscú parecía
una burla. La intervención del republicano cosaco elevó
la temperatura de la sala hasta la ebullición, e incitó
a Kerenski a dar muestras de autoridad: "En esta asamblea
nadie puede dirigirse al gobierno con exigencias." Pero
entonces, ¿por qué había sido convocada
la conferencia? El popular "cien negro" Purischkievich
gritó desde su banco: "¡Desempeñamos
el papel de comparsas del gobierno!" Dos meses antes,
ese oscurantista aún no se atrevía a levantar
la cabeza.
La declaración oficial de la democracia, interminable
documento que intentaba dar respuesta a todas las cuestiones
sin responder a ninguna de ellas, fue leída por el
presidente del Comité ejecutivo central, Cheidse, acogido
con calurosos aplausos por la izquierda. Las aclamaciones
de "¡Viva el jefe de la revolución rusa!"
debían inmutar a este modesto caucasiano, que se sentía
cualquier cosa antes que jefe. Como para justificarse, la
democracia declaraba que "no aspiraba al poder, no deseaba
ejercer ningún monopolio y que estaba dispuesta a sostener
a todo gobierno que fuese capaz de salvaguardar los intereses
del país y de la revolución". Pero no se
podían suprimir los soviets, pues sólo ellos
habían salvado al país de la anarquía.
No se podían suprimir los comités del ejército,
pues eran los únicos capaces de asegurar la continuación
de la guerra. Las clases privilegiadas debían hacer
alguna concesión en interés de la causa común.
Sin embargo, los intereses de los terratenientes debían
ser protegidos contra los actos de expropiación espontánea.
La solución del problema de las nacionalidades debía
ser aplazada hasta la Asamblea constituyente. Sin embargo,
era necesario llevar a cabo las reformas más inaplazables.
La declaración no decía ni una palabra sobre
la política activa de paz. En general, el documento
parecía destinado a provocar la indignación
de las masas sin dar satisfacción a la burguesía.
En un discurso evasivo y gris, el representante del Comité
ejecutivo campesino hizo una alusión a la consigna
tierra y libertad, por la que han perecido nuestros mejores
combatientes. La reseña de la prensa de Moscú
señala un episodio que no figura en la reseña
taquigráfica oficial: "Toda la sala se levanta
y tributa una ruidosa ovación a los ex presos de Schliselburg,
sentados en un palco." ¡Asombrosa mueca de la revolución!
"Toda la sala" rinde homenaje a los ex presidiarios
políticos que la monarquía de Alexéiev,
Kornílov, Kaledin, el arzobispo Platón, Rodzianko,
Guchkov y, en el fondo, Miliukov, no había tenido tiempo
de estrangular en su cárcel. Los verdugos o sus cómplices
quieren adornarse con la aureola del martirio de sus propias
víctimas.
Quince años antes, los jefes de la derecha presentes
en la sala habían celebrado el segundo centenario de
la conquista de la fortaleza de Schliselburg por Pedro I.
La Iskra, periódico del ala revolucionaria de la socialdemocracia,
escribía en aquellos días: "¡Cuánta
indignación despertará en los pechos esta fiesta
patriótica en la isla maldita en que fueron ejecutados
Minakov, Michkin, Rogadchov, Stromberg, Ulianov, Gueneralov,
Osiparov, Andriuchin y Cheviriov; ante ese impace de piedra
en que Klimenko se ahorcó, Grachevski se roció
con petróleo y luego pegó fuego a su propio
cuerpo; donde Sofía Guinsburg se suicidó hundiéndose
unas tijeras en el corazón: bajo esos muros en que
Schedrin, Yuvachov, Konaschievich, Pojinotov, Ignati, Ivanov,
Aronchik y Tijonovich se sumieron en la noche sombría
de la locura y docenas de otros perecieron a consecuencia
del agotamiento, del escorbuto y de la tisis! ¡Entregaos
a las bacanales patrioteras, pues hoy todavía sois
los señores de Schliselburg!" El epígrafe
de la Iskra eran las palabras de una carta de los presidiarios
decembristas a Puschkin: "De la chispa surgirá
la llama." La llama surgió, y redujo a cenizas
la monarquía y su presidio de Schliselburg. Y he aquí
que hoy, en la sala de la Conferencia nacional, los carceleros
de ayer tributan una ovación a las víctimas
arrancadas a sus garras por la revolución. Pero así
y todo, lo más paradójico era el hecho de que
carceleros y detenidos se fundieran efectivamente en un sentimiento
de odio común hacia los bolcheviques, hacia Lenin,
ex inspirador de la Iskra; hacia Trotsky, autor de las líneas
citadas más arriba, hacia los obreros revoltosos y
los soldados insumisos que llenaban las cárceles de
la República.
El nacional-liberal Guchkov, presidente de la tercera Duma,
que en otro tiempo no había aceptado a los diputados
de izquierda en la Comisión de defensa, y que por este
motivo fue nombrado por los conciliadores primer ministro
de la Guerra de la revolución, pronunció el
discurso más interesante, en el cual, sin embargo,
la ironía luchaba en vano con la desesperación:
"Pero ¿por qué..., por qué -decía
aludiendo a unas palabras de Kerenski- los representantes
del poder se han dirigido a nosotros presas de una "inquietud",
de un "terror" mortales, con gritos dolorosos, histéricos,
de desesperación, y por qué esa inquietud, esos
gritos, hallan asimismo en nuestro espíritu el mismo
dolor ardiente, la misma angustia de la agonía?"
En nombre de los que antes dominaban, mandaban, perdonaban
y castigaban, este aplomado comerciante moscovita confesaba
públicamente la angustia mortal que le sobrecogía.
"Este poder -decía- es una sombra de poder."
Guchkov tenía razón: pero tampoco él,
antiguo compinche de Stolipin, era más que su propia
sombra.
Precisamente el mismo día en que se inauguró
la Conferencia, apareció en el periódico de
Gorki un artículo en que se hablaba de los pingües
beneficios que había producido a Rodzianko el suministro
de accesorios inservibles para los fusiles. Esta revelación
inoportuna, formulada por Karajan, futuro diplomático
soviético, a quien entonces nadie conocía aún,
no impidió que el chambelán pronunciara dignamente
en la Conferencia un discurso en defensa del programa patriótico
de los que negociaban con los aprovisionamientos de guerra.
Todo el mal provenía de que el gobierno provisional
no hubiera obrado de acuerdo con la Duma, "única
representación completamente legítima y realmente
popular". Esto pareció ya excesivo. En los bancos
de la izquierda, los delegados se reían. Resonaron
gritos de: "¡3 de junio!" En otro tiempo,
esta fecha -3 de junio de 1907, día en que fue pisoteada
la Constitución que había sido otorgada- ardía,
como el estigma del presidiario, en la frente de la monarquía
y de los partidos que la sostenían. Ahora se convertía
en un recuerdo desvaído. Y el propio Rodzianko, corpulento
e imponente, que tronaba con su voz de bajo en la tribuna,
parecía más bien un monumento vivo del pasado
que una figura política.
El gobierno opone a los ataques del interior los estímulos
del exterior, llegados con la mayor oportunidad. Kerenski
da lectura a un telegrama de salutación del presidente
de los Estados Unidos, Wilson, en el que se promete "el
apoyo moral y material al gobierno de Rusia para el éxito
de la causa que une a ambos pueblos y con lo cual no persiguen
ninguna finalidad egoísta". Los nuevos aplausos
ante el palco diplomático no pueden sofocar la inquietud
que el telegrama de Washington suscita en la derecha; el elogio
al desinterés significaba de un modo demasiado evidente
para los imperialistas rusos la receta de una dieta de hambre.
En nombre de la democracia conciliadora, Tsereteli, su jefe
reconocido, defendió a los soviets y a los comités
del ejército en la forma en que se defiende por honor
una causa perdida de antemano. "No puede retirarse el
andamio cuando no se ha terminado todavía el edificio
de la Rusia revolucionaria libre." Después de
la revolución, "las masas populares, en el fondo,
no tenían confianza en nadie más que en sí
mismas": sólo los esfuerzos de los soviets conciliadores
dieron a las clases poseedoras la posibilidad de mantenerse
en la superficie, aunque no fuera más que en los primeros
momentos y sin el confort habitual. Tsereteli señalaba
como un mérito particular de los soviets el haber "cedido
al gobierno de coalición todas las funciones estatales";
¿acaso este sacrificio "fue arrebatado a la democracia
por la fuerza"? El orador parecía el comandante
de una fortaleza que se vanagloriase públicamente de
haber entregado sin combate la posición que se le había
confiado... Y en los días de julio, "¿quién
hizo una muralla de su pecho, defendiendo al país contra
la anarquía?" De la derecha surgió una
voz: "¡Los cosacos y los junkers!" Estas palabras
estallaron como un latigazo en el torrente democrático
de lugares comunes. El ala burguesa de la Conferencia comprendía
perfectamente los servicios que habían prestado los
conciliadores para salvarla. Pero la gratitud no es un sentimiento
político. La burguesía se apresuraba a sacar
conclusiones de los servicios que le había prestado
la democracia: terminaba el capítulo de los socialrevolucionarios
y mencheviques, y se ponía a la orden del día
el capítulo de cosacos y junkers.
Tsereteli enfocó con particular prudencia el problema
del poder. En el transcurso de los últimos meses se
habían efectuado elecciones a las Dumas municipales
y, en parte, a los zemstvos, a base del sufragio universal.
¿Y qué había resultado de ello? En la
Conferencia nacional, la representación de los órganos
democráticos apareció en la izquierda, al lado
de los soviets y bajo la dirección de esos mismos partidos,
los socialrevolucionarios y los mencheviques. Si los kadetes
se proponían insistir en su exigencia de que se liquidara
toda dependencia del gobierno con respecto a la democracia,
¿que necesidad había entonces de la Asamblea
constituyente? Tsereteli no hizo más que señalar
los contornos de este razonamiento, pues, de haberío
llevado hasta las últimas consecuencias, hubiérase
visto obligado a condenar la coalición con los kadetes
como algo que se hallaba en contradicción incluso con
la democracia formal. Se acusaba a la revolución de
hablar excesivamente de paz. Pero ¿acaso no comprendían
las clases pudientes que la consigna de paz era el único
medio eficaz de continuar la guerra? Quien se hacía
cargo de esto era la burguesía; lo único que
quería era tomar asimismo en sus manos ese medio junto
con el poder. Tsereteli terminó su discurso entonando
un himno en honor de la coalición. En aquella sala
escindido y que no encontraba modo de salir del atolladero,
los lugares comunes de la tendencia conciliadora resonaron
por última vez con un matiz de esperanza. Pero ¿es
que acaso Tsereteli era ya también, en realidad, algo
más que su propio espectro?
En nombre del ala derecha de la democracia contestó
Miliukov, representante sereno y desesperanzado de unas clases
a las que la historia atajaba el camino de una política
serena. En su Historia, el jefe del liberalismo refiere, en
forma suficientemente expresiva, su propio discurso en la
Conferencia nacional. "Miliukov hizo... un resumen conciso,
basándose en los hechos, de los errores de la "democracia
revolucionaria", y trazó el balance de los mismos...
Capitulación en lo que se refiere a la "democratización
del Ejército", acompañada de la retirada
de Guchkov; capitulación en la cuestión de la
política exterior "zimmerwaldiana", acompañada
de la retirada del ministro de Estado (Miliukov); capitulación
ante las exigencias utópicas de la clase obrera, acompañada
de la retirada del ministro de Comercio y de la Industria,
Konovalov; capitulación ante las exigencias extremas
de las nacionalidades, acompañada de la retirada de
los demás kadetes. La quinta capitulación, ante
las tendencias expropiadoras de las masas en la cuestión
agraria... provocó la retirada de¡ primer presidente
del gobierno provisional, príncipe Lvov." Era
un cuadro clínico que no estaba del todo mal. Por lo
que a los remedios se refiere, Miliukov no fue más
allá de las medidas policíacas: había
que estrangular a los bolcheviques. "Ante la evidencia
de los hechos -decía señalando a los conciliadores-,
estos grupos más moderados se han visto obligados a
admitir que entre los bolcheviques hay criminales y traidores.
Pero hasta ahora no admiten que la idea fundamental que une
a esos partidarios de las acciones anarcosindicalistas, sea
criminal." (Aplausos.)
El mansísimo Chernov seguía apareciendo como
el eslabón que unía a la coalición con
la revolución. Casi todos los oradores del ala derecha,
Kaledin, los kadetes, Maklakov y Astrov, atacaron a Chernov,
al que se había dado previamente orden de callar, y
al que nadie defendió. Niliukov, por su parte, recordó
que el ministro de Agricultura "había estado personalmente
en Zimmerwald y en Kienthal, donde presentó las resoluciones
más violentas". Era éste un tiro certero:
antes de ser ministro de la Guerra imperialista, Chernov había
puesto su firma al pie de algunos documentos de la izquierda
de Zimmerwald, esto es, de la fracción de Lenin.
Miliukov no ocultó a la Conferencia que desde el principio
había sido adversario de la coalición, por considerar
que sería "no más fuerte, sino más
débil que el gobierno salido de la revolución",
esto es, que el gobierno Guchkov-Miliukov. Y ahora mismo tiene
mucho miedo de que la composición del gobierno... no
dé garantías de seguridad a las personas y a
la propiedad. Pero, de todas maneras, Miliukov prometía
su apoyo al gobierno, "voluntariamente y sin discusión".
La perfidia de esta generosa promesa se pone completamente
de manifiesto dos semanas después. En el momento en
que fue pronunciado, el discurso no provocó el entusiasmo
de nadie, pero tampoco originó protestas ruidosas.
Al empezar y al terminar, el orador escuchó unos cuantos
aplausos, más bien fríos.
En su segundo discurso, Tsereteli se redujo a persuadir, a
jurar, a gemir: "¿No veis que todo esto se hace
por vosotros? ¿No veis que los soviets, los comités,
los programas democráticos, las consignas del pacifismo,
todo esto os protege? ¿A quién le era más
fácil movilizar las tropas del Estado revolucionario
ruso: al ministro de la Guerra, Guchkov, o al ministro de
la Guerra, Kerenski?" Tsereteli repetía casi literalmente
las palabras de Lenin, con la diferencia de que el jefe de
los conciliadores veía un mérito allí
donde el jefe de la revolución señalaba la traición.
El orador justifica luego el exceso de tolerancia respecto
a los bolcheviques: "No tengo inconveniente en decir
que la revolución era inexperta en la lucha contra
la anarquía procedente de la izquierda." (Aplausos
ruidosos de la derecha.) Pero después de "recibir
las primeras lecciones" ha corregido su error: "Se
ha aprobado ya una ley de excepción." En aquellos
mismos momentos, Moscú estaba dirigido secretamente
por un comité compuesto de dos mencheviques, dos socialrevolucionarios
y dos bolcheviques, que preservaron a la ciudad del peligro
de un golpe de Estado por parte de aquellos ante quienes se
comprometían los conciliadores a acabar con los bolcheviques.
La nota más característica del último
día fue la intervención del general Alexéiev,
en cuya autoridad estaba encarnada la inepcia de la antigua
administración militar. El ex jefe del Estado Mayor
de Nicolás II y organizador de la derrota del ejército
ruso hablaba, entre las desenfrenadas demostraciones de aprobación
de la derecha, de los agentes de destrucción "en
cuyos bolsillos sonaban melódicamente los marcos alemanes".
Para reconstituir el ejército era necesaria la disciplina;
para que hubiera disciplina, hacía falta la autoridad
de los jefes, para lo cual era preciso asimismo la disciplina.
"Aplicad a la disciplina el calificativo de férrea,
aplicadle el de consciente, llamadla auténtica... La
base de esa disciplina es siempre la misma." Para Alexéiev,
la historia quedaba reducida a los límites de la ordenanza.
"¿Acaso es tan difícil, señores,
sacrificar una ventaja ilusoria a la existencia de una organización
(risas en la izquierda) por algún tiempo? (risas y
gritos en la izquierda)." El general trataba de persuadir
a la Conferencia de que le entregara una revolución
desarmada, pero no para siempre, no; Dios nos guarde de ello,
sino solamente "por algún tiempo". El objeto
promete devolverlo en toda su integridad en cuanto termine
la guerra. Pero Alexéiev coronó su discurso
con un aforismo que no estaba de¡ todo mal: "Es
necesario tomar medidas cabales, no medias medidas."
Estas palabras iban dirigidas a la declaración de Cheidse,
al gobierno provisional, a la coalición, a todo el
régimen de febrero. ¡Medidas cabales, no medias
medidas! Con esto estaban asimismo de acuerdo los bolcheviques.
Al general Alexéiev se opusieron inmediatamente los
delegados de la oficialidad de izquierda de Petrogrado y Moscú,
que defendieron a "nuestro jefe supremo, el ministro
de la Guerra". Les sucedió el teniente Kuchin,
viejo menchevique, orador del "grupo del frente en la
Conferencia nacional", el cual habló en nombre
de esos millones de soldados, que apenas se reconocían
en el espejo de la política conciliadora. "Todos
hemos leído la interviú del general Lukomski
en los periódicos, en la cual se dice: Si los aliados
no nos ayudan, Riga se rendirá ... " ¿Por
qué ese mando supremo que disimulaba siempre los fracasos
y las derrotas sentía la necesidad de recargar la nota
negra? Los gritos de "¡Es una vergüenza!",
proferidos por la izquierda, se dirigían a Kornílov,
que el día anterior había desarrollado la misma
idea en la Conferencia. Kuchin había tocado en lo vivo
a las clases poseedoras: los elementos dirigentes de la burguesía,
el mando, toda la derecha representada en la sala, estaban
impregnados hasta la médula de tendencias derrotistas
en el terreno económico, político y militar.
La divisa de esos patriotas sólidos y equilibrados
era: Cuanto peor vayan las cosas, mejor. Pero el orador conciliador
se apresuró a pasar por alto el tema que le minaba
el terreno bajo sus propios pies. "No sabemos si podremos
salvar al ejército -decía Kuchin-, pero si no
lo salvamos nosotros, no lo salvará tampoco el mando..."
"¡Lo salvará!" -se grita desde los
bancos de los oficiales-. Kuchin: "¡No! No lo salvará."
(Explosión de aplausos en la izquierda.) Así
se retaban hostilmente los unos a los otros, comandantes y
comités, sobre cuya solidaridad ficticia se había
elaborado el programa del saneamiento del ejército.
Así se hostilizaban las dos mitades de la Conferencia
que constituían la base en que se asentaba la "coalición
honrada". Estos choques eran sólo un eco débil,
ahogado, parlamentarizado, de las contradicciones que estremecían
al país.
Para mantenerse fieles a la representación bonapartista,
los oradores de la derecha y de la izquierda se sucedían
por turno, equilibrándose mutuamente en la medida de
lo posible. Si las jerarquías del Concilio ortodoxo
apoyaban a Kornílov, los preceptores del cristianismo
evangélico se ponían al lado del gobierno provisional.
De los zemstvos y de las Dumas municipales hablaron dos delegados:
uno, en nombre de la mayoría, adhirióse a la
declaración de Cheidse; otro, en nombre de la minoría,
a la declaración de la Duma.
Los representantes de las nacionalidades oprimidas protestaron
uno tras otro, ante el gobierno, de su patriotismo, pero suplicaron
que no se les engañara más; en provincias habían
los mismos funcionarios, las mismas leyes, la misma opresión
que antes. "No se puede seguir perdiendo el tiempo. El
pueblo no puede vivir exclusivamente de promesas." La
Rusia revolucionaria debe demostrar que es "madre y no
madrastra de los pueblos". Las reconvenciones tímidas
y las exhortaciones humildes no hallaron casi ningún
eco de simpatía ni siquiera en la izquierda de la sala.
El espíritu de la guerra imperialista es el menos compatible
con una política nacionalista honrada.
"Hasta ahora, las nacionalidades del Cáucaso no
han emprendido ninguna acción por separado -declaró
el menchevique Chenkeli, en nombre de Georgia- ni la emprenderán
en lo sucesivo." La inconsistencia de esta promesa, acogida
con aplausos, no tarda en ponerse de manifiesto: a partir
de la revolución de Octubre, Chenkeli se convierte
en uno de los jefes del separatismo. No hay en esto, sin embargo,
contradicción alguna: el patriotismo de la democracia
no excede de los límites del régimen burgués.
Entretanto, aparecen en escena nuevos espectros, los más
trágicos, del pasado. Los inválidos de la guerra
hacen oír su voz. Tampoco ellos se muestran unánimes.
Los mancos, los cojos, los ciegos, tienen su aristocracia
y su plebe. Un oficial, ofendido en su patriotismo, apoya
a Kornílov en nombre de la "grandiosa, de la potente
Asociación de Caballeros de San Jorge y de sus 128
secciones de toda Rusia". (Muestras de aprobación
en la derecha.) La asociación de inválidos de
la guerra se adhiere, por mediación de su delegado,
a la declaración de Cheidse. (Muestras de aprobación
en la izquierda.)
El comité ejecutivo del sindicato de ferroviarios,
recientemente organizado y que en los meses próximos
debía desempeñar, bajo el nombre abreviado de
"Vikjel", un papel considerable, unió su
voz a la declaración de los conciliadores. El presidente
del "Vikjel", demócrata moderado y extremadamente
patriotero, trazó un cuadro elocuente de las maquinaciones
contrarrevolucionarias en los servicios de ferrocarriles;
ofensiva furiosa contra los obreros, despidos en masa, abolición
arbitraria de la jornada de ocho horas, etc. Las fuerzas subterráneas,
dirigidas desde centros ocultos, pero influyentes, se esfuerzan
a todas luces en lanzar al combate a los ferroviarios hambrientos.
No hay modo de echar mano al enemigo. "El contraespionaje
dormita y la vigilancia fiscal duerme." Y este moderado
de los moderados termina con una amenaza: "Si la hidra
de la contrarrevolución levanta cabeza, la estrangularemos
con nuestras manos."
Inmediatamente, uno de los magnates ferroviarios formula una
contraacusación: "El manantial puro de la revolución
ha resultado envenenado." ¿Por qué? "Porque
los fines idealistas de la revolución han sido sustituidos
por fines materiales." (Aplausos en la derecha.) El kadete
y terrateniente Rodichev acusa, movido del mismo espíritu,
a los obreros de haberse asimilado la "vergonzosa consigna
del "¡enriqueceos!"", procedente de Francia.
Los bolcheviques asegurarán pronto a la fórmula
de Rodichev un éxito excepcional, aunque no el que
calculaba su orador. El profesor Ozerov, hombre consagrado
a la ciencia pura, pero al mismo tiempo, delegado de los bancos
agrarios, exclama: "El soldado, en las trincheras, debe
pensar en la guerra, y no en el reparto de las tierras."
Se comprende: la confiscación de las tierras hubiera
significado la de los capitales bancarios; el primero de enero
de 1915, las deudas de la propiedad agraria ascendían
a más de 3.500 millones de rublos.
En nombre de la derecha hablaron representantes del mando,
de las asociaciones industriales, de las cámaras de
comercio y de los bancos, de la sociedad de ganaderos y de
otras organizaciones, que agrupaban a centenares de nombres
conocidos. En nombre de la izquierda hablaron representantes
de los soviets, de los comités del ejército,
de los sindicatos, de los municipios democráticos,
de las cooperativas, tras los cuales aparecían docenas
de millones de hombres anónimos. En tiempos normales,
el predominio se hallaba invariablemente de parte del brazo
más corto de la palanca. "No puede negarse -dogmatizaba
Tsereteli-, sobre todo en un momento como el actual, el peso
específico y la importancia del que es fuerte por sus
bienes." Pero lo que había era que ese peso era
cada vez más... imponderable. Del mismo modo que el
peso no es una propiedad inherente a los distintos objetos,
sino una relación entre ellos, el peso social no es
una propiedad ingénita a la persona, sino únicamente
la cualidad de clase que se ven obligadas a reconocerle las
otras clases. Con todo, la revolución se acercaba de
lleno a aquel límite en que empieza el no reconocimiento
de las "cualidades" más fundamentales de
las clases dominantes. Por ello iba resultando tan incómoda
la situación de la minoría notoria en el brazo
corto de la palanca. Los conciliadores procuraban mantener
el equilibrio con todas sus fuerzas. Pero eran ya impotentes:
las masas ejercían una presión demasiado irresistible
sobre el brazo largo de la palanca. ¡Con qué
prudencia defendían sus intereses los grandes agrarios,
banqueros e industriales! Por lo demás, ¿es
que, en general, los defendían? Apenas, en rigor. Defendían
los derechos del idealismo, los intereses de la cultura, las
prerrogativas de la futura Asamblea constituyente. El jefe
de la industria pesada, Von Ditmar, terminó incluso
su discurso con un himno en honor de la "igualdad, la
libertad y la fraternidad". ¿Dónde estaban
los barítonos metálicos del beneficio, los bajos
de la renta agraria? En la escena aparecían sólo
los dulzones tenores del desinterés. Pero, un minuto
de atención: " ¡Cuánta hiel y vinagre
hay bajo el jarabe! ¡En qué forma más
inesperada se quiebran los trinos líricos en un falsete
rencoroso!" El representante de la cámara agrícola,
Kapatsinski, que era con toda el alma partidario de la futura
reforma agraria, no se olvida de dar las gracias a "nuestro
puro Tsereteli" por su circular en defensa del derecho
contra la anarquía. Pero, ¿y los comités
agrarios? No hay que olvidar que son ellos quienes dan el
poder directo al campesino. A ese "hombre ignorante,
que ha perdido la cabeza pensando en que al fin se le va a
entregar la tierra, a ese hombre al que se le dan todos los
derechos en el país". Si, en su lucha con el campesino
ignorante, los grandes hacendados defienden la propiedad,
no es por ellos, no, sino únicamente para ofrecerla,
para sacrificarla en el altar de la libertad.
Diríase que el simbolismo social ha dado ya todo lo
que podía dar de sí. Pero a Kerenski se le ocurre
una feliz inspiración: propone que se conceda la palabra
a otro grupo, al "grupo representante de la historia
rusa: Breschko-Breschkovskaya, Kropotkin y Plejánov".
El populismo, el anarquismo y la socialdemocracia rusos hablan,
respectivamente, por la persona de la vieja generación;
el anarquismo y el marxismo, por la de sus fundadores más
destacados. Kropotkin pide se una su voz "a la de los
que han exhortado al pueblo ruso a romper una vez para siempre
con el "zimmerwaldismo"". El apóstol
de la abolición del poder se asocia inmediatamente
al ala derecha de la Conferencia. La derrota significa no
sólo la pérdida de grandes territorios y el
pago de tributos: "Hay algo peor que todo esto, compañeros:
es la psicología del país vencido." El
viejo internacionalista se siente preferentemente atraído
por la psicología del país vencido... al otro
lado de la frontera. Al recordar cómo se humillaba
ante los zares rusos la Francia vencida -sin prever se humillaría
ante los banqueros norteamericanos como la Francia victoriosa-,
Kropotkin exclama: "¿Es que habremos de pasar
por este trance? ¡Por nada del mundo!" La sala
le contesta con un aplauso cerrado. En cambio, ¡qué
lisonjeras perspectivas abre la guerra!: "todo el mundo
empieza a comprender que es necesario organizar una nueva
vida basada en los principios socialistas... Lloyd George
pronuncia discursos impregnados de espíritu socialista...
En Inglaterra, en Francia y en Italia se está formando
una nueva concepción de la vida, preñada de
socialismo, aunque, desgraciadamente, estatal". Sí,
"desgraciadamente", Lloyd George y Poincaré
no han renunciado aún al principio estatal. Kropotkin
se acerca al mismo de un modo suficientemente franco. "No
creo -dice- que nos adelantemos a los derechos de la Asamblea
constituyente. Reconozco plenamente que a ella corresponde
la decisión soberana en esta cuestión, si, reunidos
en esta Asamblea de la tierra rusa, expresamos en alta voz
nuestro deseo de que en Rusia se proclame la República."
Kropotkin insiste en la necesidad de una República
federal: "Tenemos necesidad de una federación
como la que existe en los Estados Unidos." ¡A eso
quedaba reducida la "Federación de comunas libres"
de Bakunin! "Comprometámonos, en fin -termina
Kropotkin-, a no reunirnos más en esta sala divididos
en derechas e izquierdas... No tenemos más que una
patria, que todos, tanto los de la derecha como los de la
izquierda, hemos de defender, y por la cual, si es preciso,
hemos de morir." Los terratenientes, industriales, generales,
Caballeros de San Jorge, todos los que no estaban de acuerdo
con Zimmerwald, tributaron una merecida ovación al
apóstol del anarquismo.
Los principios del liberalismo no viven en la realidad más
que combinados con la policía. El anarquismo es una
tentativa para depurar el liberalismo mediante la eliminación
de la policía. Pero del mismo modo que el oxígeno
puro es irrespirable, el liberalismo sin la policía
significa la muerte de la sociedad. En su calidad de sombra
caricaturesca del liberalismo, el anarquismo ha compartido,
en general, el destino de aquél. El desarrollo de las
contradicciones de clase, al matar al liberalismo, ha matado
asimismo el anarquismo. Como toda secta que no funda su doctrina
en el desarrollo real de la sociedad humana, sino en uno de
los rasgos de la misma llevado hasta el absurdo, el anarquismo
estalla como una burbuja de jabón en el mismo momento
en que las contradicciones sociales llegan hasta la guerra
o la revolución. El anarquismo representado por Kropotkin
resultó acaso ser el más espectral de todos
los espectros de la Conferencia de Moscú.
En España, país clásico de bakuninismo,
los anarcosindicalistas y los llamados anarquistas puros,
al renunciar a la política, reproducen prácticamente
la política de los mencheviques rusos. Negadores pomposos
del Estado, se inclinan respetuosamente ante el mismo tan
pronto renueva un poco su piel. Al mismo tiempo que ponen
en guardia al proletariado contra la tentación del
poder, apoyan abnegadamente el poder de la burguesía
"de izquierda". Y sin dejar de maldecir de la gangrena
del parlamentarismo, deslizan subrepticiamente a sus partidarios
la papeleta electoral de los republicanos vulgares. Sea cual
fuere el desenlace de la revolución española,
en todo caso acabará para siempre con el anarquismo.
Por boca de Plejánov, acogido con ruidosos aplausos
de toda la sala -la izquierda homenajeaba a su viejo maestro;
la derecha, a su nuevo aliado-, habló el marxismo ruso
de los primeros tiempos, cuya perspectiva se apoyó
durante décadas enteras en la libertad política.
Allí donde la revolución no hacía más
que empezar para los bolcheviques, había terminado
ya para Plejánov. Este, al mismo tiempo que aconsejaba
a los industriales que "buscaran el modo de acercarse
a la clase obrera", decía a los demócratas:
"Necesitáis absolutamente poneros de acuerdo con
los representantes de la clase comercial e industrial."
Como ejemplo de lo que era preciso guardarse, aludió
Plejánov al "triste recuerdo de Lenin", el
cual había descendido hasta tal punto, que incitaba
al proletariado a "tomar inmediatamente el poder político
en sus manos". La presencia de Plejánov, que había
dejado sus últimas armas de revolucionario en el umbral
de la revolución, era necesaria en la Conferencia precisamente
para poner en guardia contra la lucha por el poder.
En la misma sesión en que hablaron los delegados "de
la historia rusa", concedió Kerenski la palabra
a otro Kropotkin, representante de la cámara agrícola
y de la asociación de ganaderos, y miembro, asimismo,
de una antigua familia aristocrática que, de dar crédito
a los anales históricos, tenía más derechos
al trono ruso que los Romanov. "Yo no soy socialista
-decía el aristócrata feudal-, pero respeto
el verdadero socialismo. Y cuando veo las expropiaciones,
los saqueos, la violencia, debo decir que... el gobierno tiene
el deber de obligar a los hombres que se cubren con la etiqueta
del socialismo a apartarse de la obra de organización
del país." Ese segundo Kropotkin, que dirigía
visiblemente su flecha contra Chernov, no tenía nada
que objetar a socialistas tales como Lloyd George o Poincaré.
Junto con el antípoda de su familia, anarquista, el
Kropotkin-monárquico condenaba a Zimmerwald, la lucha
de clases, las expropiaciones de tierras -lo cual calificaba
¡ay! de "anarquía"- y exigía
asimismo la unión y la victoria. Las actas no consignan,
por desgracia, si los dos Kropotkin se aplaudieron mutuamente.
En esta Conferencia, corroída por el odio, se habló
tanto de unión, que ésta no podía dejar
de materializarse, aunque no fuera más que por un instante,
en un inevitable apretón de manos simbólico.
El periódico de los mencheviques hablaba de este acontecimiento
en términos inspirados: "Durante el discurso de
Bublikov tiene lugar un incidente que produce una profunda
impresión entre los participantes de la Conferencia...
Si ayer -declaró Bublikov-, Tsereteli, el noble jefe
de la revolución, tendió la mano al mundo industrial,
que sepa que esa mano no quedará en el vacío..."
Cuando Bublikov termina, se le acerca Tsereteli y le estrecha
la mano. Ruidosa ovación.
¡Cuántas ovaciones! ¡Demasiadas ovaciones!
Una semana antes de la escena que se acaba de describir, ese
mismo Bublikov, una de las figuras ferroviarias más
importantes, gritaba en el congreso de los industriales, refiriéndose
a los caudillos soviéticos: " ¡Fuera esos
hombres faltos de honor, esos ignorantes, que han empujado
el país a la ruina!" Y sus palabras resonaban
aún en la atmósfera de Moscú. El viejo
marxista Riazanov, que asistía a la Conferencia como
miembro de la delegación sindical, recordó muy
oportunamente el beso del obispo de Lyon, Lamourette; "aquel
beso que se dieron las dos fracciones de la Asamblea nacional
-no los obreros y la burguesía, sino dos fracciones
de esta última-, y ya sabéis que nunca fue tan
encarnizada la lucha como después de ese beso".
Con una franqueza desacostumbrada, Miliukov reconoce también
que, por parte de los industriales, la unidad no era sentida,
pero sí "prácticamente necesaria para una
clase que tenía demasiado que perder". El famoso
apretón de manos de Bublikov no fue más que
una reconciliación con segundas intenciones.
¿Creían los hombres que componían la
mayoría de la Asamblea en la fuerza de los apretones
de manos y de los besos políticos? ¿Creían
en sí mismos? Sus sentimientos eran contradictorios
como sus planes. Verdad es que en algunos discursos, sobre
todo en los de los delegados de las regiones lejanas, se percibía
aún la emoción de los primeros entusiasmos,
esperanzas e ilusiones. Pero en aquella asamblea en que la
izquierda estaba decepcionada y desmoralizada y la derecha
irritada, los ecos de las jornadas de marzo resonaban como
las cartas de novios leídas en un proceso de divorcio.
Los políticos sumidos en el reino de los espectros,
salvaban con procedimientos espectrales un régimen
espectral. Un frío mortal de desesperanza reinaba en
esa "asamblea de fuerzas vivas", en esa reunión
de condenados a muerte.
Cuando la Conferencia tocaba a su fin, sobrevino un incidente
que puso de manifiesto la existencia de una profunda escisión,
aun en el grupo que era considerado como un modelo de unidad
y de sentido de gobierno: los cosacos. Nagayev, joven oficial
cosaco que formaba parte de la delegación soviética,
declaró que los trabajadores cosacos no estaban con
Kaledin: los cosacos del frente no tenían confianza
en sus jefes. Esto era verdad, y su declaración daba
en el blanco. Las reseñas periodísticas describen
la escena más tormentosa de la Conferencia. La izquierda
aplaude con entusiasmo a Nagayev. Resuenan aclamaciones de:
"¡Vivan los cosacos revolucionarios!" Protestas
indignadas de la derecha: "¡Tendréis que
responder de esto!" Una voz, desde el palco de los oficiales:
"¡Son los marcos alemanes!" A pesar del carácter
inevitable de estas palabras en calidad de último argumento
patriótico, producen el efecto de una bomba. En la
sala se arma un escándalo infernal. Los delegados soviéticos
se levantan bruscamente de sus asientos y muestran el puño
amenazador al palco de los oficiales. Gritos: "¡Provocadores!"
La campanilla del presidente vibra sin cesar. "Parece
que de un momento a otro van a llegar a la manos los delegados."
Después de todo lo sucedido, Kerenski, en su discurso
de clausura, dice: "Creo e incluso sé... que hemos
llegado a comprendernos los unos a los otros, que hemos aprendido
a respetarnos..." Nunca la duplicidad del régimen
de febrero se había manifestado con una falsedad tan
repugnante. El orador, no pudiendo resistir él mismo
este tono, en sus últimas frases estalla inesperadamente
en un grito de desesperación y de amenaza. "Con
voz quebrada, que pasaba del grito histérico al susurro
trágico, Kerenski amenazaba -nos cuenta Miliukov- a
un enemigo imaginario, al cual buscaba inquisitivamente en
la sala con mirada encendida." En realidad, Miliukov
sabía mejor que nadie que el tal enemigo no tenía
nada de imaginario. "Hoy, ciudadanos de la tierra rusa,
no soñaré más... Que los corazones se
vuelvan piedras... -decía Kerenski lleno de furor-;
que se marchiten todas las flores y los sueños (una
voz de mujer, desde arriba: "¡No, no; que no se
marchiten!"), ¡que hoy han sido pisoteados en esta
tribuna. Yo mismo lo haré. (Una voz de mujer desde
arriba: "No; eso no puede hacerlo usted; no se lo permitirá
su corazón".) ¡Arrojaré lejos de
mí la llave del corazón que ama a los hombres,
y pensaré sólo en el Estado!"
En la sala se produjo una impresión de estupor, que
esta vez sobrecogió a ambos bandos. El simbolismo social
de la Conferencia nacional hallaba su coronamiento en un insoportable
monólogo de melodrama. La voz femenina que se levantaba
en defensa de las flores del corazón resonaba como
un grito de auxilio, como un SOS de la revolución incruenta,
luminosa y pacífica de febrero. Finalmente, bajó
el telón, y se dieron por terminadas las representaciones
de la Conferencia nacional.
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