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La Conferencia
de Moscú empeoró la situación del gobierno,
poniendo de manifiesto, según las justas palabras de
Miliukov, que "el país se dividía en dos
bandos, entre los cuales no podía haber en el fondo
conciliación ni acuerdo". La conferencia animó
a la burguesía y acentuó su impaciencia. Por
otra parte, dio un nuevo impulso al movimiento de las masas.
La huelga de Moscú abre un período que se caracteriza
por la rápida evolución de los obreros y soldados
hacia la izquierda. A partir de ese momento, los bolcheviques
progresan de un modo irresistible. Sólo los socialrevolucionarios
de izquierda y, en parte, los mencheviques radicales, consiguen
conservar cierta influencia entre las masas. La organización
menchevista de Petrogrado señaló su viraje político
hacia la izquierda con la exclusión de Tsereteli de
las lista de candidatos a la Duma municipal. El 16 de agosto,
la Conferencia de los socialrevolucionarios de Petrogrado
exigió, por veintidós votos contra uno, la disolución
de la asociación de oficiales cerca del Cuartel general,
y la adopción de otras medidas decisivas para acabar
con la contrarrevolución. El 18 de agosto, el Soviet
de Petrogrado, no obstante la oposición de su presidente,
Cheidse, puso a la orden del día la abolición
de la pena de muerte. Al irse a proceder a la votación,
Tsereteli pregunta en tono provocativo: "Si una vez tomada
vuestra resolución, no es abolida la pena de muerte,
¿llamaréis a la multitud a la calle para exigir
el derrumbamiento del gobierno?" "Sí -le
gritan como contestación los bolcheviques-, sí;
incitaremos a la masa a lanzarse a la calle, y procuraremos
derrumbar al gobierno." "Levantáis mucho
el gallo ahora" -dice Tsereteli-. Los bolcheviques levantaban
el gallo en unión de las masas. Los conciliadores,
en cambio, lo bajaban cuando las masas lo levantaban. La demanda
de abolición de la pena de muerte es aceptada por todos
los votos, cerca de novecientos, contra cuatro. Estos cuatro
son: Tsereteli, Cheidse, Dan y Líber. Cuatro días
después, en el congreso de los mencheviques y grupos
afines, en el cual fueron aceptadas, con la oposición
de Mártov, las proposiciones de Tsereteli referentes
a todas las cuestiones fundamentales, se adoptó sin
discusión la demanda de abolición inmediata
de la pena de muerte: Tsereteli, impotente ya para resistir,
guardó silencio.
Los acontecimientos en el frente hicieron aún más
irrespirable la atmósfera política.
El 19 de agosto, los alemanes rompieron el frente ruso en
Ixkiul, y el 21 ocuparon Riga. La realización de la
profecía de Kornílov fue, como se había
convenido de antemano, la señal para la ofensiva política
de la burguesía. La prensa decuplicó la campaña
contra los "obreros que no trabajan" y los "soldados
que no combaten". Se hacía responsable de todo
a la revolución: ésta había cedido Riga
y se disponía a ceder Petrogrado. La campaña
contra el ejército, tan furiosa como la de mes y medio
o dos atrás, no tenía ahora la menor justificación.
En junio, los soldados se habían negado, efectivamente,
a atacar: no querían remover el frente, sacar a los
alemanes de su pasividad, reanudar el combate. Pero en las
inmediaciones de Riga, la iniciativa del ataque había
partido del enemigo, y la conducta de los soldados fue muy
distinta. Precisamente, las fuerzas del 10.º Ejército,
las que habían sufrido más los efectos de la
propaganda, fueron las que menos se dejaron llevar del pánico.
El general Parski, que mandaba el ejército, se vanagloriaba,
y no sin fundamento, de que la retirada se efectuara de un
modo "ejemplar", hasta tal punto, que ni siquiera
podía ser comparada con la de Galitzia y de la Prusia
oriental. El comisario Voitinski comunicó: "Nuestras
tropas realizan honradamente y sin rechistar la tarea que
les ha sido encomendada; pero no se hallan en estado de resistir
durante mucho tiempo el ataque del enemigo, y se retiran lentamente,
paso a paso, sufriendo pérdidas enormes. Considero
necesario señalar la bravura excepcional de los tiradores
letones, que, a pesar de su completo agotamiento, han sido
enviados de nuevo al combate..." En su comunicado, el
menchevique Kuchin, presidente del comité del ejército,
se expresa con más entusiasmo todavía: "El
estado de espíritu de los soldados es admirable. Según
el testimonio de los miembros del comise y de los oficiales,
una firmeza como la que han manifestado ahora, no se había
visto nunca." Otro representante de ese mismo ejército
decía unos días después en la reunión
de la mesa del Comité ejecutivo: "En el punto
más comprometido, no había más que la
brigada letona, compuesta casi exclusivamente de bolcheviques...
Al recibir la orden de avanzar, la brigada se puso en marcha
con las banderas rojas y las bandas de música, y se
batió con un valor extraordinario." Posteriormente,
Stankievich se expresaba en el mismo sentido, aunque de un
modo más reservado: "Incluso en el Cuartel general,
donde había personas que buscaban deliberadamente la
posibilidad de hacer recaer las culpas sobre los soldados,
nadie pudo comunicarme un solo caso concreto en el cual hubiera
dejado de ejecutarse una orden." Los marinos desembarcados
para tomar parte en las operaciones de Moondzund, dieron asimismo
pruebas, como lo atestiguan los documentos oficiales, de notable
firmeza.
Uno de los hechos que ejercieron una influencia en el estado
de ánimo de los soldados, sobre todo de los tiradores
letones y de los marinos del Báltico, era que en esa
ocasión se trataba directamente de la defensa de los
dos centros de la revolución: Riga y Petrogrado. Las
tropas más avanzadas se habían penetrado ya
de la idea bolchevista de que "clavar la bayoneta en
el suelo" no significaba resolver la cuestión
de la guerra, de que la lucha por la paz era inseparable de
la lucha por el poder, esto es, de una nueva revolución.
En el caso de que algunos comisarios, asustados por la presión
de los generales, exagerasen la firmeza del ejército,
queda el hecho incontestable de que los soldados y marinos
cumplían las órdenes y morían. No podían
hacer más. Así y todo, puede decirse, que en
el fondo, no hubo defensa. Por inverosímil que pueda
parecer, el duodécimo ejército fue cogido completamente
desprevenido. Había insuficiencia de todo, de hombres,
de cañones, de municiones, de contragases, el servicio
de comunicaciones estaba pésimamente organizado. Los
ataques no se podían efectuar, porque para los fusiles
rusos se habían mandado cartuchos de tipo japonés.
Sin embargo, no se trataba de un sector accidental del frente.
La importancia de la pérdida de Riga no era un secreto
para el alto mando. ¿Cómo explicar el estado
excepcionalmente lamentable de los medios de defensa y de
los recursos del duodécimo ejército?... "los
bolcheviques -dice Stankievich- empezaron ya a difundir el
rumor de que la ciudad había sido cedida a los alemanes
deliberadamente, porque el mando quería liberarse de
este nido y vivero de bolchevismo. Estos rumores no podían
dejar de merecer crédito al ejército, el cual
sabía que, en el fondo, no había habido defensa
ni resistencia." En efecto, ya en diciembre de 1916,
los generales Ruski y Brusílov se lamentaban de que
Riga fuera "la desdicha del frente septentrional",
un "nido trabajado por la propaganda", con el que
sólo era posible luchar con ayuda de los fusilamientos.
Entregar a los obreros y soldados rusos a la escuela alemana
de la ocupación militar debía ser el sueño
de muchos generales del frente septentrional. Nadie creía,
naturalmente, que el generalísimo en jefe hubiese dado
la orden de entregar Riga. Pero todos los jefes habían
leído el discurso de Kornílov y la interviú
del jefe de su Estado Mayor, Lukomski. Esto suplía
perfectamente la orden. El generalísimo de las tropas
de aquel frente, general Klembovski, pertenecía a la
pandilla de los conspiradores, y, por consiguiente, esperaba
la rendición de Riga como una señal para emprender
la acción salvadera. Aun en condiciones más
normales, los generales rusos preferían la rendición
y la retirada. Ahora, cuando el Cuartel general les libraba
de antemano de toda responsabilidad y el interés político
les empujaba al derrotismo, ni siquiera realizaban tentativas
de defensa. Es una cuestión secundaria, muy difícil
de aclarar, saber si alguno de los generales unió el
sabotaje activo al sabotaje pasivo de la defensa. Sería,
sin embargo, una candidez admitir que los generales renunciaran
a la ayuda que les prestaba la fatalidad en todos aquellos
casos en que sus traiciones podían quedar impunes.
El periodista norteamericano John Reed, que sabía ver
y oír y que nos ha dejado un libro inmortal sobre los
días de la revolución de Octubre, atestigua,
sin vacilar, que una parte considerable de las clases pudientes
de Rusia prefería la victoria de los alemanes al triunfo
de la revolución y que no se abstenía de decirlo
abiertamente. "En cierta ocasión -cuenta Reed,
entre otros ejemplos- pasé la velada en casa de un
comerciante de Moscú. Estaban sentadas, tomando té,
once personas. Se preguntó a los reunidos a quién
preferían, si a Guillermo o a los bolcheviques. Diez
contra uno se pronunciaron por Guillermo." Ese mismo
escritor norteamericano conversó en el frente septentrional
con oficiales que "preferían abiertamente la derrota
militar a la colaboración con los comités de
soldados".
Para la acusación política lanzada por los bolcheviques,
y no sólo por ellos, era más que suficiente
el hecho de que la rendición de Riga formara parte
del plan de los conspiradores y ocupara un lugar preciso en
el calendario del complot. Esto se dejaba traslucir de un
modo completamente claro en el discurso pronunciado por Kornílov
en Moscú. Los acontecimientos ulteriores confirmaron
plenamente este aspecto de la cuestión. Pero disponemos,
además, de un testimonio al que la personalidad del
testigo da una fidelidad absolutamente incontestable, en este
caso. Dice Miliukov en su Historia: "En Moscú,
Kornílov indicó en su discurso el momento más
allá del cual no quería aplazar los actos decisivos
para salvar al país de la ruina y al ejército
de la descomposición. Ese momento era la caída
de Riga, profetizada por él. A su juicio, ese hecho
debía provocar... un impulso de excitación patriótica...
Como me dijo personalmente Kornílov cuando me entrevisté
con él, en Moscú, el 13 de agosto, no quería
dejar pasar esa coyuntura, y el momento del conflicto surgido
con el gobierno de Kerenski se le aparecía de un modo
completamente decidido, hasta el punto de que fijaba una fecha,
el 27 de agosto." ¿Es posible hablar con más
claridad? Para llevar a cabo la marcha sobre Petrogrado, Kornílov
tenía necesidad de la rendición de Riga unos
días antes de la fecha previamente señalada.
Reforzar las posiciones de Riga, tomar medidas serias de defensa,
hubiera significado perturbar el plan de otra campaña
infinitamente más importante para Kornílov.
Si París vale una misa, bien vale Riga el poder.
Durante las semanas transcurridas entre la rendición
de Riga y la sublevación de Kornílov, el Cuartel
general se convirtió en el centro de que partían
las calumnias contra el ejército. Las informaciones
del Estado Mayor y la prensa rusos hallaban un eco inmediato
en los periódicos aliados. Por su parte, la prensa
patriótica rusa reproducía con entusiasmo los
insultos y los escarnios que el Times, el Temps o el Matin
lanzaban contra el ejército ruso. Los soldados, ofendidos,
se estremecieron de indignación y repugnancia. Los
comisarios y comités -compuestos casi en su totalidad,
estos últimos, de conciliadores y patriotas- se sintieron
heridos en los más vivo. Surgieron protestas por todas
partes. Era particularmente viva la carta del Comité
ejecutivo del frente rumano, de la región militar de
Odesa y de la escuadra del mar Negro, el cual exigió
del Comité ejecutivo central que "afirmara ante
toda Rusia la bravura de los soldados del frente rumano, que
pusiera fin a la campaña emprendida en la prensa contra
los soldados que mueren diariamente a millares en combates
encarnizados, defendiendo a la Rusia revolucionaria..."
Influidos por las protestas de abajo, los dirigentes soviéticos
salieron de su pasividad. "Parece que no haya inmundicia
que los periódicos dejen de arrojar contra el ejército
revolucionario", decías, las Izvestia, refiriéndose
a sus aliados. Pero nada producía efecto; la campaña
contra el ejército era una parte necesaria del complot,
cuya alma era el Cuartel general.
Inmediatamente después de la rendición de Riga,
Kornílov dio la orden telegráfica de fusilar,
para escarmiento, a algunos soldados en presencia de los demás.
El comisario Voitinski y el general Parski dijeron que, a
juicio suyo, semejantes medidas no respondían en lo
más mínimo a la conducta de los soldados. Kornílov,
fuera de sí, declaró en la asamblea de los representantes
de los comités, que se hallaban en el Cuartel general,
que entregaría a los tribunales a Voitinski y Parski,
porque no daban informes fidedignos sobre la situación
en el ejército; es decir, porque, como aclara Stankievich,
"no hacían recaer la culpa sobre los soldados".
Para completar el cuadro, hay que añadir que, aquel
mismo día, dio orden Kornílov a los Estados
Mayores de comunicar las listas de oficiales bolcheviques
al comité central de la asociación de oficiales,
es decir, a la organización contrarrevolucionaria,
a cuyo frente se hallaba el kadete Novosiltsiev, y que era
la palanca más importante del complot. ¡Tal era
ese generalísimo en jefe llamado el "primer soldado
de la revolución"!
Las Izvestia, decidiéndose a levantar un poco el telón,
decían: "Una pandilla sombría muy próxima
al mando supremo, está tramando una monstruosa pro
vocación..." Bajo el nombre de "pandilla
sombría", se aludía a Kornílov y
a su Estado Mayor. Los fulgores de la guerra civil que se
avecinaba iluminaban con una nueva luz, no sólo el
presente, sino también el pasado. Con objeto de defenderse
a sí mismos, -los conciliadores empezaron a poner de
manifiesto la sospechosa conducta del mando durante la ofensiva
de junio. En la prensa comenzaron a aparecer cada día
más detalles sobre las divisiones y los regimientos
maliciosamente calumniados por los Estados Mayores. "Rusia
tiene el derecho de exigir -decía las Izvestia- que
se le diga toda la verdad sobre nuestra retirada de julio."
Estas líneas eran leídas ávidamente por
los soldados, marinos y obreros, y, sobre todo, por aquellos
que, como supuestos culpables de la catástrofe en el
frente, seguían llenando las cárceles. Dos días
después, las Izvestia se vieron obligadas ya a declarar
de un modo más explícito que, "con sus
comunicados, el Cuartel general hace un juego político
determinado contra el gobierno provisional y la democracia
revolucionaria". En estas líneas se presentaba
al gobierno como una víctima inocente de los propósitos
del Cuartel general; pero, ¿acaso, no tenía
el gobierno todas las posibilidades de poner en su sitio a
los generales? Si no lo hacía así, era porque
no quería.
En la protesta, a que hemos aludido más arriba, provocada
por la pérfida campaña emprendida contra los
soldados, se indicaba con particular indignación que
"los comunicados del Cuartel general..., al mismo tiempo
que subrayan la bravura de los oficiales, amenguan, al parecer
deliberadamente, la fidelidad de los soldados a la causa de
la defensa de 1a revolución". La protesta apareció
en la prensa el 22 de agosto, y el día siguiente se
publicó un decreto especial de Kerenski dedicado a
ensalzar a la oficialidad, que "desde los primeros días
de la revolución había visto disminuidos sus
derechos" y sufrido insultos inmerecidos por parte de
los soldados, los "cuales cubrían su cobardía
con el manto de consignas ideales". Al mismo tiempo que
sus auxiliares inmediatos Stankievich, Voitinski y otros,
protestaban de la campaña emprendida contra los soldados,
Kerenski se asociaba demostrativamente a la misma, coronándola
con un decreto provocativo, firmando por él en calidad
de ministro de la Guerra y de jefe del gobierno. Posteriormente,
Kerenski ha confesado que ya, a fines de julio, tenía
en sus manos, "datos precisos" respecto al complot
tramado por la oficialidad que se agrupaba alrededor del Cuartel
general. "Los conspiradores activos eran miembros del
comité central de la asociación de oficiales
-según cuenta Kerenski-, lo mismo que los agentes de
la conspiración en provincias; esos mismos elementos
eran los que daban el tono que les convenía a las manifestaciones
legales de la asociación." Es absolutamente cierto.
Conviene únicamente añadir que el "tono
que les convenía" era el tono de la calumnia contra
el ejército, los comités y la revolución;
esto es, el mismo de que estaba impregnado el decreto de Kerenski
del 23 de agosto.
¿Cómo explicar este enigma? Es absolutamente
incontestable que Kerenski no realizaba una política
meditada y consecuente; pero hubiera sido preciso que estuviera
loco para que, caso de hallarse al corriente del complot de
los oficiales, pusiera la cabeza bajo el sable de los conspiradores
y les ayudara al mismo tiempo a disimular sus propósitos.
La solución de esta conducta, al parecer indescifrable,
de Kerenski, es en realidad muy sencilla: en aquel entonces,
él mismo era uno de los complicados en el complot contra
el impotente régimen de la revolución de Febrero.
Cuando llegó el momento de la sinceridad, el propio
Kerenski declaró que, elementos procedentes de los
medios cosacos, de la oficialidad y de la política
burguesa, le habían propuesto más de una vez
una dictadura personal. "Pero eso caía en un terreno
estéril..." En todo caso, la posición de
Kerenski era tal, que los jefes de la contrarrevolución
tenían la posibilidad de cambiar impresiones con él,
sin correr ningún riesgo, sobre un golpe de Estado.
"Las primeras conversaciones sobre la dictadura -cuenta
Denikin-, conversaciones que no tenían otro alcance
que sondear el terreno, empezaron a principios de junio, esto
es, cuando se estaba preparando la ofensiva en el frente.
En esas conversaciones participaba a menudo Kerenski, con
la particularidad de que, en tales casos, se daba como cosa
entendida, sobre todo por lo que al propio Kerenski se refería,
que él sería precisamente la figura central
de la dictadura." Sujánov dice certeramente, hablando
de Kerenski: "Era korniloviano, pero sólo con
una condición: la de que fuera él quien estuviera
al frente del movimiento." En los días del fracaso
de la ofensiva, Kerenski prometió a Kornílov
y a otros generales mucho más de lo que podía
cumplir. "En sus viajes al frente -cuenta el general
Lukomski-, Kerenski se armaba de valor y examinaba a menudo,
con sus acompañantes, la cuestión de la implantación
de un poder fuerte, de la constitución de un Directorio,
o de la cesión del poder a un dictador." En consonancia
con su carácter, Kerenski introducía en estas
conversaciones un elemento de imprecisión, de grosería,
de diletantismo. Los generales, por el contrario, se sentían
atraídos por soluciones más concretas, como
era la del Cuartel general.
La participación voluntaria de Kerenski en las conversaciones
de los generales venía a legalizar, por decirlo así,
la idea de la dictadura militar, a la cual, como medida de
prudencia respecto de la revolución, todavía
no estrangulada, se daba con frecuencia el nombre de Directorio.
Es difícil decir hasta qué punto desempeñaron
un papel en este sentido los recuerdos históricos relativos
al gobierno de Francia después de Thermidor. Pero,
dejando aparte la máscara puramente verbal, el Directorio
ofrecía para los comienzos la evidente comodidad de
permitir la subordinación del amor propio personal.
En el Directorio debía haber sitio, no sólo
para Kerenski y Kornílov, sino también para
Savinkov, y aun para Filonenko; en general, para los hombres
de "voluntad férrea", como se expresaban
los propios candidatos al Directorio, cada uno de los cuales
acariciaba en su fuero interno la idea de pasar de la dictadura
colectiva a la dictadura personal.
Para concertar el complot con el Cuartel general, Kerenski
no tenía necesidad, por consiguiente, de efectuar ningún
viraje brusco: le bastaba con desarrollar y prolongar el que
ya había iniciado. Suponía, al mismo tiempo,
que podría dar la orientación conveniente al
complot de los generales, dirigiéndolo, no sólo
contra los bolcheviques, sino también, hasta cierto
punto, contra los aliados y tutores enojosos pertenecientes
al campo de los conciliadores. Kerenski maniobraba de tal
modo que, sin desenmascarar a los conciliadores hasta el fin,
les asustaba como era debido y les hacía entrar en
sus propósitos. En este sentido, el jefe del gobierno
llegó hasta un límite más allá
del cual se convertía en un conspirador clandestino.
"Kerenski tenía necesidad de una presión
enérgica por parte de la derecha, de las pandillas
capitalistas, de las embajadas aliadas y, sobre todo, del
Cuartel general -escribía Trotsky a principios de septiembre-,
para que le ayudasen a tener decididamente libres las manos.
Kerenski quería aprovecharse de la sublevación
de los generales para consolidar su dictadura."
La Conferencia nacional fue un momento decisivo. Kerenski,
que se llevó de Moscú, a más de la ilusión
de posibilidades ilimitadas, el sentimiento humillante del
fracaso personal, decidió abandonar, al fin, toda duda
y hacerles ver quién era. ¿Hacerles ver? ¿A
quién? A todos; en primer lugar, a los bolcheviques,
que habían rebajado la pompa de la Conferencia nacional
mediante la huelga general. Con ello pondría para siempre
en su lugar a los Guchkov y Miliukov, que no le toman en serio,
se burlan de sus gestos y consideran su poder como una sombra
de poder. Al mismo tiempo, daría una severa lección
a los preceptores del campo conciliador, tales como el odiado
Tsereteli, que le enmendaba la plana y le daba lecciones a
él, el elegido de la nación, incluso en la Conferencia
nacional. Kerenski resolvió firme y decididamente hacer
ver a todo el mundo que no era un "histérico"
un "histrión" ni una "bailarina",
como le llamaban de un modo cada vez más insolente
los oficiales cosacos y la de Guardia, sino un hombre férreo,
que había cerrado su corazón a cal y canto y
arrojado la llave al mar, a pesar de las súplicas de
la bella desconocida del palco del teatro.
Stankievich observa en Kerenski, por aquellos días,
"la tendencia a decir algo nuevo que respondiera a la
zozobra y confusión del país. Kerenski... decidió
introducir en el ejército sanciones disciplinarias
y, seguramente, estaba dispuesto a proponer asimismo al gobierno
otras medidas decisivas". Stankievich sólo conocía
de los propósitos del jefe lo que éste había
juzgado oportuno comunicarle. En realidad, los propósitos
de Kerenski iban en aquel entonces mucho más lejos.
Había decidido arrancar de cuajo toda base a Kornílov,
realizando su programa y atrayéndose con ello a la
burguesía. Guchkov no podía mandar tropas al
ataque; Kerenski sí que podía hacerlo. Kornílov
no podía realizar el programa de Kornílov; Kerenski,
sí. Verdad es que la huelga de Moscú venía
a recordar que en este camino se tropezaría con obstáculos.
Pero las jornadas de julio habían demostrado que también
podían vencerse esos obstáculos. Lo único
que esta vez se imponía era llevar las cosas hasta
el fin, sin permitir que los amigos de la izquierda le estorbaran.
Ante todo, había que renovar completamente la guarnición
de Petrogrado, sustituyendo los regimientos revolucionarios
con tropas "sanas", que no tuvieran puestos los
ojos en los soviets. No era posible ni necesario ponerse de
acuerdo sobre este plan con el Comité ejecutivo: el
gobierno había sido reconocido como independiente y
coronado bajo esta enseña en Moscú. Verdad era
que los conciliadores interpretaban la independencia de un
modo formal, como un medio para apaciguar a los liberales.
Pero ya transformaría él, Kerenski, lo formal
en material: no en vano decía en Moscú que no
estaba ni con la derecha ni con la izquierda, y que en eso
consistía su fuerza. ¡Ahora lo demostraría
en la práctica!
Las líneas directivas del Comité ejecutivo y
de Kerenski, en los días que siguieron inmediatamente
a la Conferencia, siguieron divergiendo: los conciliadores
temían a las masas; Kerenski, a las clases pudientes.
Las masas populares exigían la abolición de
la pena de muerte en el frente. Kornílov, los kadetes,
las embajadas de la Entente, exigían su implantación
en el interior.
El 19 de agosto, Kornílov telegrafió al ministro
presidente: "Insisto en la necesidad de que la región
de Petrogrado me sea subordinada." El Cuartel general
ponía francamente su mano sobre la capital. El 24 de
agosto, el Comité ejecutivo se armó de valor
para exigir públicamente que el gobierno pusiera fin
a los "procedimientos contrarrevolucionarios" y
emprendiera, "sin pérdida de tiempo y con toda
energía", la realización de las transformaciones
democráticas. Era éste un nuevo lenguaje. Kerenski
tuvo que elegir entre la adaptación a la plataforma
democrática, que, a pesar de toda su mezquindad, podía
determinar la ruptura con los liberales y los generales, y
el programa de Kornílov, que conducía inevitablemente
al choque con los soviets. Kerenski decidió tender
mano a Kornílov, a los kadetes y a la Entente. Quería
a toda costa evitar la lucha declarada con la derecha.
Verdad es que el 21 de agosto se había sometido a arresto
domiciliario a los grandes duques Mijail Alexandrovich y Pável
Alexandrovich, y que otras personas habían sido detenidas.
Pero todo eso era muy poco serio, y no hubo más remedio
que poner inmediatamente en libertad a los detenidos... "Resultó
-dijo más tarde Kerenski en sus declaraciones sobre
el asunto Kornílov- que, conscientemente, se nos había
hecho emprender un falso camino." Debería añadirse:
con la cooperación del propio Kerenski, pues era evidente
de toda evidencia que, para los conspiradores serios -esto
es, para toda la derecha de la Conferencia de Moscú-,
se trataba de la restauración de la monarquía,
si es que no de la implantación de la dictadura de
la burguesía sobre el pueblo. En este sentido, Kornílov
y todos sus partidarios rechazaban, no sin indignación,
la imputación que se les hacía de tener intenciones
"contrarrevolucionarias", esto es, monárquicas.
Claro que entre bastidores cuchicheaban los antiguos altos
funcionarios, los ayudantes de campo, las damas de la corte,
los "cien negros" palatinos, los frailes, las bailarinas.
Pero esa gente constituía un grupo insignificante.
La victoria de la burguesía podía venir sólo
en forma de dictadura militar, La cuestión de la monarquía
hubiera podido surgir sólo en una de las etapas sucesivas,
pero a base de la contrarrevolución burguesa y no de
las damas rasputinianas. En aquel período concreto,
la realidad era la lucha de la burguesía contra el
pueblo, bajo la enseña de Kornílov. Kerenski,
que había buscado la alianza con este bando, estaba
tanto más dispuesto a ponerse a cubierto de las sospechas
de las izquierdas, sirviéndose de los grandes duques.
La mecánica era tan clara, que el periódico
de los bolcheviques en Moscú, escribió en aquellos
días: "Detener a dos monigotes sin seso, de la
familia de los Romanov y dejar en libertad... a la pandilla
militar de las alturas, capitaneada por Kornílov, es
engañar al pueblo..." Si los bolcheviques eran
odiados, era precisamente porque lo veían todo y de
todo hablaban en voz alta.
El inspirador y director de Kerenski, en estos días
críticos, es Savinkov, gran buscador de aventuras,
revolucionario de tipo deportivo, que había contraído
en la escuela del terror individual el desprecio hacia la
masa. Savinkov era un hombre apto y voluntarioso, lo cual,
sin embargo, no le había impedido ser durante una serie
de años un instrumento en manos del provocador Azev;
un hombre escéptico y cínico, que se consideraba
con derecho, y no sin fundamento, a mirar a Kerenski por encima
del hombro y, al mismo tiempo que se llevaba la mano derecha
a la visera, conducirlo por la nariz con la izquierda. A Kerenski,
Savinkov le imponía como hombre de acción; a
Kornílov, como revolucionario auténtico que
tenía un nombre histórico. Miliukov registra,
basándose en el relato del propio Savinkov, la primera
entrevista, extraordinariamente curiosa del comisario y el
general: "General -decía Savinkov-, ya sé
que si se presentan circunstancias, en virtud de las cuales
tenga usted que fusilarme, me fusilara." Y después
de una pausa, añadió: "Pero si se presentan
circunstancias en virtud de las cuales tenga yo que fusilarle
a usted, también lo haré." Savinkov era
aficionado a la literatura; conocía a Corneille y a
Víctor Hugo y sentía inclinación por
el género elevado. Kornílov se disponía
a liquidar la revolución, sin tener en cuenta ninguna
de las fórmulas del seudoclasicismo y del romanticismo;
pero tampoco el general era indiferente a los encantos de
un "estilo artístico vigoroso"; las palabras
del ex terrorista debían de hacer cosquillas agradables
en lo que hubiera de heroico en el fondo del ex "cien
negro".
En uno de los artículos posteriores, evidentemente
inspirado y acaso escrito por Savinkov, sus propios planes
eran explicados con una transparencia que no dejaba lugar
a dudas. "Cuando desempeñaba el cargo de comisario...
-decía el artículo-, Savinkov llegó a
la conclusión de que el gobierno provisional era impotente
para sacar al país de la grave situación en
que se hallaba. Otras fuerzas debían entrar en juego.
Sin embargo, toda la labor en este sentido podía realizarse
únicamente bajo la bandera del gobierno provisional
y, en particular, de Kerenski. Esto hubiera sido una dictadura
revolucionaria realizada por una mano férrea. Esta
mano férrea la veía Savinkov en... el general
Kornílov." Kerenski, como tapadera "revolucionaria",
Kornílov como mano férrea. El artículo
no dice una palabra sobre el papel de un tercero. Pero es
indudable que Savinkov conciliaba al generalísimo en
jefe con el jefe del gobierno, no sin el propósito
de eliminarlos a ambos. Hubo un momento en que este pensamiento
oculto transcendió hasta el punto, que Kerenski, con
la protesta de Kornílov, y precisamente en vísperas
de la conferencia, obligó a Savinkov a presentar la
dimisión. Sin embargo, como todo lo que sucedía
en este círculo, la dimisión no tuvo carácter
definitivo. "El 17 de agosto se supo -declaró
Filonenko- que Savinkov y yo continuábamos en nuestros
puestos, y que el presidente del Consejo de ministros había
aceptado, en principio, el programa expuesto en el informe
presentado por el general Kornílov, por Savinkov y
por mí." Savinkov, a quien Kerenski (el 17 de
agosto) "había encargado la preparación
de un proyecto de ley sobre las medidas que debían
aplicarse en el interior", creó con este fin una
comisión, que fue puesta bajo la presidencia del general
Apuschkin. Kerenski, si bien le tenía mucho miedo a
Savinkov, decidió, en fin de cuentas, utilizarlo para
su gran plan y, no sólo lo conservó en el ministerio
de la Guerra, sino que, como aditamento, le concedió
el de Marina. Esto significaba, según Miliukov, que
para el gobierno "había llegado el momento de
obrar, aun corriendo el riesgo de impulsar a los bolcheviques
a lanzarse a la calle". Savinkov decía abiertamente,
que con dos regimientos era fácil sofocar la sublevación
de los bolcheviques y disolver las organizaciones de los mismos.
Tanto Kerenski como Savinkov, comprendían perfectamente,
sobre todo después de la conferencia de Moscú,
que en ningún caso aceptarían el programa de
Kornílov los soviets conciliadores. El de Petrogrado,
que todavía la víspera exigía la abolición
de la pena de muerte en el frente, habrá de levantarse
con redoblado vigor, al día siguiente, contra la aplicación
de esa misma pena en el interior. El peligro consistía,
por tanto, en que el movimiento contra el golpe de Estado
proyectado por Kerenski, se viera capitaneado, no por los
bolcheviques, sino por los soviets; pero no era cosa de detenerse
ante esto: se trataba de salvar al país.
"El 22 de agosto -escribe Kerenski- fue Savinkov al Cuartel
general, para exigir, por encargo mío, del general
Kornílov, entre otras cosas [!], que se pusiera el
cuerpo de Caballería a disposición del gobierno."
El propio Savinkov definió del siguiente modo esta
misión, cuando tuvo que justificarse de ella ante la
opinión pública: "Se había pedido
al general Kornílov un cuerpo de Caballería,
para hacer efectivo el estado de guerra en Petrogrado y defender
al gobierno provisional contra todo atentado, particularmente
[!] de los bolcheviques, los cuales... según los informes
del contraespionaje extranjero, preparaban nuevamente un golpe
era relación con el desembarco alemán y la sublevación
en Finlandia." Los fantásticos datos del contraespionaje
debían encubrí sencillamente, el hecho de que
el propio gobierno, según la expresión de Miliukov,
se disponía a "impulsar a los bolcheviques a lanzarse
a la calle"; esto es, estaba dispuesto a provocar la
insurrección. Y como la publicación de los decretos
sobre la dictadura militar debía efectuarse en los
últimos días de agosto. Savinkov esperaba la
sublevación para esa fecha.
El 25 de agosto fue suspendido, sin ningún pretexto
aparente, el órgano de los bolcheviques, El Proletario
[Proletari]. El obrero [Rabochi], que apareció en su
lugar, decía que su antecesor había sido suspendido
"al día siguiente de haber incitado a los obreros
y soldados, con motivo de la ruptura del frente de Riga, a
la continencia y la calma. ¿Quién se preocupa,
hasta tal punto, de que los obreros ignoren que el partido
les pone en guardia contra la provocación?" Esta
pregunta daba en el blanco. El destino de la prensa bolchevista
se hallaba en manos de Savinkov. La suspensión de los
periódicos tenía dos ventajas: irritaba a las
masas e impedía al partido ponerlas en guardia contra
la provocación, que en esa ocasión partía
de las alturas gubernamentales.
Según las actas del Cuartel general, acaso un poco
estilizadas, pero que, en general, responden plenamente a
las circunstancias y a los personajes, Savinkov declaró
a Kornílov: "Sus peticiones, Lavr Georguievich,
serán satisfechas dentro de pocos días; pero
el gobierno provisional teme que puedan surgir en Petrogrado
serias complicaciones... La publicación de sus peticiones...
impulsaría a los bolcheviques a la acción...
Se ignora cuál será la acción de los
soviets ante la nueva ley. Estos últimos pueden, acaso,
ponerse también contra el gobierno... Por eso, le ruego
que dé orden para que a fines de agosto sea enviado
a Petrogrado y puesto a disposición del gobierno provisional
el tercer cuerpo de Caballería. Si además de
los bolcheviques, entran en acción los miembros de
los soviets, tendremos que proceder contra ellos." El
emisario de Kerenski añadió que las medidas
a adoptar debían ser decisivas e implacables, a lo
cual respondió Kornílov, que "él
no concebía otro modo de obrar". Posteriormente,
cuando tuvo que justificarse, Savinkov añadió:
"Si en el momento de la insurrección de los bolcheviques,
los soviets hubieran sido bolchevistas..." Pero éste
era un subterfugio demasiado grosero: los decretos que habían
de anunciar el golpe de Estado de Kerenski, debían
ser publicados tres o cuatro días después. Se
trataba, por tanto, no de los soviets futuros, sino de los
que existían a fines de agosto.
A fin de evitar todo equívoco y de no provocar "antes
de tiempo" la acción de los bolcheviques, se estableció
un acuerdo para actuar en la forma siguiente: concentrar previamente
en Petrogrado el cuerpo de Caballería, luego declarar
el estado de guerra en la capital y sólo después
de esto publicar las nuevas leyes que habían de provocar
el levantamiento de los bolcheviques. En las actas del Cuartel
general, este plan está consignado en todos sus puntos:
"Para que el gobierno provisional sepa con precisión
cuándo hay que declarar el estado de guerra en Petrogrado
y publicar la nueva ley, es preciso que el general Kornílov
comunique telegráficamente a Savinkov la fecha precisa
en que el cuerpo de Caballería estará a las
puertas de Petrogrado."
Los generales conjurados comprendieron, según Stankievich,
"que Savinkov y Kerenski... querían llevar a cabo
un golpe de Estado con auxilio del Cuartel general. No tenían
necesidad de nada más, y por esto accedieron apresuradamente
a todas las demandas y condiciones"... Stankievich, muy
adicto a Kerenski, hace la salvedad de que en el Cuartel general
"asociaban erróneamente" a Kerenski con Savinkov;
pero ¿cómo se les podía separar, si Savinkov
se había presentado con un encargo de Kerenski, formulado
con toda precisión? El propio Kerenski, escribe: "El
25 de agosto regresa Savinkov del Cuartel general y me informa
de que las tropas puestas al servicio del gobierno provisional
serán enviadas de acuerdo con lo convenido." Se
fija la fecha del 26, por la tarde, para la adopción
por el gobierno del proyecto de ley relativo a las medidas
en el interior, que debía servir de prólogo
a las acciones decisivas del cuerpo de Caballería.
Todo está preparado. No hay más que apretar
el botón.
Los acontecimientos, los documentos, las declaraciones de
los participantes y, finalmente, la confesión del propio
Kerenski, atestiguan que el presidente del gobierno, sin que
parte del propio gobierno lo supiera, a espaldas de los soviets
que le habían dado el poder y del partido de que se
consideraba miembro, se había puesto de acuerdo con
los generales que mandaban el ejército, para transformar
radicalmente el régimen del Estado con ayuda de la
fuerza armada. En el lenguaje del Código penal, este
modo de obrar tiene un nombre perfectamente definido, al menos
para aquellos casos en que la empresa no se ve coronada por
la victoria. La contradicción entre el carácter
"democrático" de la política de Kerenski
y el plan de salvación del país con ayuda del
sable, sólo puede parecer inconciliable a la mirada
superficial. En realidad, el plan se desprendía completamente
de la política conciliadora. Al poner al descubierto
esta lógica de los acontecimientos, puede hacerse abstracción,
en gran parte, no sólo de la persona de Kerenski, sino
también de las particularidades del medio nacional:
se trata de la lógica objetiva de la política
conciliadora en las condiciones de la revolución.
Friedrich Ebert, comisario del pueblo de Alemania, conciliador
y demócrata, no sólo obró bajo la dirección
de los generales de Hohenzollern a espaldas de su propio partido,
sino que, ya a principios de diciembre de 1918, participó
directamente en el complot militar que perseguía como
fin la detención del órgano soviético
supremo y la proclamación del propio Ebert como presidente
de la República. No es casual que más tarde
declarara Kerenski, que Ebert representaba a sus ojos el ideal
del hombre de Estado.
Cuando todos los planes de Kerenski, Savinkov y Kornílov
se hundieron, Kerenski, a quien correspondió la labor
nada fácil de borrar el rastro de los mismos, declaró:
"Después de la conferencia de Moscú, vi
claramente que el próximo golpe se intentaría
asestarlo, no desde la izquierda, sino desde la derecha."
Está absolutamente fuera de dudas, que a Kerenski le
infundía miedo el Cuartel general y la simpatía
con que la burguesía rodeaba a los conspiradores militares.
Pero lo que hay es que Kerenski consideraba necesario luchar
contra el Cuartel general, no con ayuda de un cuerpo de Caballería,
sino con la realización por cuenta propia del programa
de Kornílov. El cómplice equívoco del
primer ministro, no sólo cumplió el encargo,
para el cual hubiera bastado un telegrama cifrado puesto desde
él palacio de Invierno a Mohilev, sino que se presentó
como intermediario con el fin de conciliar a Kornílov
con Kerenski; es decir, de coordinar sus planes y dar de este
modo, en la medida de lo posible, un cauce legal al golpe
de Estado. Kerenski venía a decir a través de
Savinkov: "Obre usted, pero dentro de los límites
de mi propósito; de este modo evitará el riesgo
y obtendrá todo lo que desea." Savinkov, por su
parte, añadía: "No se salga usted antes
de tiempo de los límites del plan de Kerenski."
Tal era la original ecuación con tres incógnitas.
Sólo así puede comprenderse que Kerenski se
dirigiera al Cuartel general, por mediación de Savinkov,
en demanda de un cuerpo de Caballería. Se dirigía
a los conspiradores un cómplice que ocupaba un cargo
elevado, observaba su legalidad y aspiraba a subordinarse
el propio complot. Entre los encargos confiados a Savinkov,
no había más que uno que tuviera el aspecto
de una medida dirigida contra el complot de la derecha: se
refería al comité de oficiales, cuya disolución
había exigido la conferencia del partido de Kerenski,
celebrada en Petrogrado. Pero es notable la forma misma en
que el encargo estaba expresado: "liquidar la asociación
de oficiales en la medida de lo posible". Todavía
es más notable el hecho de que Savinkov, no sólo
no encontrara esta posibilidad, sino que ni aun la buscara.
La cuestión fue, sencillamente, enterrada como prematura.
El encargo se daba únicamente para que constara algo
en el papel, como justificación ante los elementos
de la izquierda: las palabras "en la medida de lo posible"
significaban que ni siquiera se exigía el cumplimiento.
Como para poner más de relieve el carácter decorativo
de la misión, se la hacía figurar en primer
término.
Kerenski, intentando atenuar en lo posible la significación
comprometedora del hecho de que, si bien esperaba un golpe
de la derecha, sacara de la capita a los regimientos revolucionarios
y se dirigiera simultáneamente a Kornílov en
demanda de tropas "de confianza", aludía
posteriormente a las tres condiciones sacramentales a que
subordinaba la venida del cuerpo de Caballería. Así,
Kerenski accedía a subordinar la zona militar de Petrogrado
a Kornílov, a condición de que fueran eliminados
de esa zona la capital y sus alrededores, a fin de que el
gobierno no se hallara por entero en las manos del Cuartel
general, pues, como decía Kerenski entre los suyos,
"en ese caso seríamos absorbidos". Esta condición
muestra únicamente que Kerenski, si bien soñaba
con subordinar a los generales a sus propias intenciones,
no disponía más que de sus subterfugios impotentes.
Sin necesidad de prueba alguna, puede creerse que Kerenski
no deseaba ser absorbido.
Las otras dos condiciones presentaban idéntico carácter:
Kornílov no debía incluir en el cuerpo de expedición
la división llamada "salvaje", compuesta
de montañeses caucasianos, ni poner al general Krimov
al frente de las fuerzas. Desde el punto de vista de la defensa
de los intereses de la democracia, esto significaba verdaderamente
tragarse un camello y sacudiese los mosquitos. Pero para disimular
el golpe que se iba a asestar a la revolución, las
condiciones de Kerenski eran incomparablemente más
importantes. Lanzar contra los obreros de Petrogrado a los
montañeses caucasianos que no hablaban el ruso, hubiera
sido de una imprudencia excesiva: ¡Era en sus tiempos,
y ni el mismo zar se decidía a hacerlo! En el Cuartel
general, Savinkov justificó circunstancialmente, alegando
los intereses de la causa común, el nombramiento, a
todas luces inconveniente, de Krimov, sobre el cual poseía
el Comité ejecutivo informes precisos suficientes.
"No es de desear -decía- que, en caso de que se
produzcan disturbios en Petrogrado, éstos sean sofocados
precisamente por el general Krimov. La opinión pública
asociaría acaso a su nombre móviles distintos
de los que le impulsan..." Finalmente, el mismo hecho
de que el jefe del gobierno, al reclamar el envío de
fuerzas a la capital se adelantara con la extraña demanda
de que no se mandara la división "salvaje"
ni se designara a Krimov, demuestra palmariamente que Kerenski,
no sólo conocía de antemano el esquema general
del complot, sino también las fuerzas que habían
de componer la expedición punitiva que se proyectaba
mandar y la candidatura de los principales ejecutores.
Sin embargo, fueran las que fueran estas circunstancias secundarias,
es por demás evidente que el cuerpo de Caballería
de Kornílov no era en ningún caso el más
apropiado para defender la "democracia". En cambio,
Kerenski podía tener la certeza completa de que, de
todas las unidades del ejército, ese cuerpo sería
el instrumento más seguro contra la revolución.
Claro está que hubiera sido más ventajoso tener
en Petrogrado a un regimiento personalmente adicto a Kerenski
y que no estuviera ni con las derechas ni con las izquierdas.
Pero, como demostrará el desarrollo ulterior de los
acontecimientos, semejantes tropas no existían en la
realidad. Para la lucha contra la revolución, no había
nadie, excepto la gente de Kornílov, y a ella recurrió
Kerenski.
Las medidas militares no eran más que un complemento
de la política. La orientación general tomada
por el gobierno provisional en el transcurso de las dos semanas
escasas que separan la conferencia de Moscú de la sublevación
de Kornílov, bastaba, en el fondo, para demostrar que
Kerenski se preparaba, no para la lucha contra los elementos
de la derecha, sino para el frente único con los mismos
contra el pueblo. El 26 de agosto, el gobierno, haciendo caso
omiso de las protestas del Comité ejecutivo contra
su política contrarrevolucionaria, dio un paso atrevido
en favor de los terratenientes, tomando inesperadamente el
acuerdo de doblar el precio del trigo. El carácter
odioso de esta medida, adoptada, por añadidura, a petición
de Rodzianko, públicamente formulada, la hacía
aparecer como algo que se hallaba muy cerca de una provocación
consciente a las masas hambrientas. Era evidente que Kerenski
intentaba conquistarse la extrema derecha de la conferencia
de Moscú, mediante un buen regalo. "¡Soy
de los vuestros!", decía a la asociación
de los oficiales, en el decreto adulador firmado el mismo
día en que Savinkov se ponía en camino para
ir a entablar negociaciones con el Cuartel general; "¡Soy
de los vuestros!", se apresuraba a gritar Kerenski a
los terratenientes en vísperas del proyectado ataque
de la Caballería contra lo que subsistía aún
de la revolución de Febrero.
Las declaraciones de Kerenski ante la comisión investigadora
nombrada por él mismo, no se distinguieron por su dignidad.
El jefe del gobierno, que comparecía ante dicha comisión
en calidad de testigo, en el fondo se sentía el principal
acusado y, por añadidura, sorprendido in fraganti.
Los funcionarios, gente llena de experiencia, que comprendía
perfectamente la mecánica de los acontecimientos, simulaban
dar crédito seriamente a las explicaciones del primer
ministro. Pero los demás mortales, entre ellos los
miembros del partido de Kerenski, no podían comprender,
y así lo manifestaban francamente, cómo era
posible que un mismo cuerpo de Caballería sirviera
para realizar un golpe de Estado y para luchar contra él.
Había sido una imprudencia excesiva, por parte de un
"socialistarevolucionario", hacer venir a la capital
tropas destinadas a estrangularla. Verdad es que en otros
tiempos los troyanos habían introducido a las fuerzas
enemigas en su propia ciudad; pero, por lo menos, no sabían
lo que había en el vientre del caballo de madera. Además,
hay un historiador antiguo que pone en tela de juicio la versión
del poeta; a juicio de Pausanias, sólo podría
darse crédito a Homero, en el caso de que se considerara
que los troyanos eran "unos imbéciles, sin pizca
de raciocinio". ¿Qué hubiera dicho el viejo
historiador a propósito de las declaraciones de Kerenski?.
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