Toda la situación mundial, y por consecuencia también la vida política interior de los diversos países, se hallan bajo la amenaza de la guerra mundial. La catástrofe que se aproxima penetra de angustia, desde ya a las masas más profundas de la humanidad.
La II Internacional repite su política de traición de 1914 con tanta mayor convicción en cuanto la Internacional comunista desempeña ahora el papel del primer violín del patrioterismo. Desde que el peligro de guerra ha tomado un aspecto concreto, los stalinistas, superando con mucho a los pacifistas burgueses y pequeño burgueses, se han convertido en los campeones de la pretendida “defensa nacional”. La lucha revolucionaria contra la guerra recae así enteramente sobre los hombros de la IV Internacional.
La política de los Bolcheviques Leninistas en esta cuestión ha sido formulada en las tesis programáticas del Secretariado Internacional, que todavía ahora conservan todo su valor ( La IV Internacional y la Guerra, mayo de 1934). El éxito del partido revolucionario en el próximo período dependerá ante todo de su política en la cuestión de la guerra y el arte de apoyarse en la experiencia propia de las masas.
En el problema de la guerra más que en todo otro problema, la burguesía y sus agentes engañan al pueblo con abstracciones, fórmulas generales y frases patéticas: “neutralidad”, ”seguridad colectiva”, “armamentos para la defensa de la paz”, “defensa nacional”, “lucha contra el fascismo”, etc... Todas estas fórmulas se reducen, en resumidas cuentas, a que la cuestión de la guerra, vale decir, la suerte de los pueblos, debe quedar en manos de los imperialistas, de sus gobiernos, de su diplomacia, de sus Estados Mayores con todas sus intrigas y complots contra los pueblos.
La IV Internacional rechaza con indignación todas estas abstracciones que juegan entre los demócratas el mismo rol que entre los fascistas: “honor”, “sangre”, “raza”. Pero la indignación no es suficiente. Es preciso ayudar a las masas con criterios, consignas y reivindicaciones transitorias apropiadas para descubrir la realidad para distinguir lo que hay de concreto en el fondo de las abstracciones fraudulentas.
¿”Desarme”? Pero toda la cuestión del desarme consiste en saber quien desarmará y quien será desarmado. El único desarme que puede prevenir o detener la guerra es el desarme de la burguesía por los obreros. Pero para desarmar a la burguesía, es necesario que los obreros, ellos mismos, se armen.
¿“Neutralidad”? Pero el proletariado no es absolutamente neutral en la guerra entre Japón y China, o entre Alemania y la U.R.S.S. ¿Significa esto la defensa de la China y de la U.R.S.S.? Evidentemente, pero no por intermedio de los imperialistas que estrangularon a la China y a la U.R.S.S.
¿Defensa de la patria? Pero bajo esta abstracción la burguesía entiende la defensa de sus ganancias y de su pillaje. Estamos dispuestos a defender la patria de los ataques de los capitalistas extranjeros, una vez que hayamos atado de pies y manos e impedido a nuestros propios capitalistas atacar las patrias de los demás, una vez que los obreros y los campesinos sean los verdaderos amos de nuestro país; una vez que las riquezas del país pasen de manos de una ínfima minoría a las manos del pueblo; una vez que el ejército, de un instrumento de los explotadores se convierta en un instrumento de los explotados.
Es necesario saber traducir estas ideas fundamentales en ideas más particulares y más concretas, según la marcha de los acontecimientos y la orientación y estado de espíritu de las masas. Es necesario por otra parte, distinguir estrictamente del pacifismo del diplomático, del profesor, del periodista, del pacifismo del carpintero, del obrero agrícola, de la lavandera. En el primer caso, el pacifismo es la máscara del imperialismo. En el segundo es la expresión confusa de la desconfianza hacia el imperialismo.
Cuando el pequeño campesino o el obrero hablan de la defensa de la patria, se representan la defensa de su casa, de su familia y de las otras familias contra la invasión del enemigo, contra las bombas y contra los gases. El capitalismo y su periodista entienden por defensa de la patria la conquista de colonias y de mercados y la extensión, por el pillaje, de la parte “nacional” en los beneficios mundiales. El patriotismo y el pacifismo burgués son completas mentiras. En el pacifismo, lo mismo que en el patriotismo de los oprimidos, hay elementos que reflejan, de una parte el odio contra la guerra destructora y de otra parte su apego a lo que ellos creen que es su interés. Es necesario utilizar estos elementos para extraer las conclusiones revolucionarias necesarias. Es necesario saber oponer honestamente estas dos formas de pacifismo y de patriotismo.
Partiendo de estas consideraciones, la IV Internacional apoya toda reivindicación, aún insuficiente, si es capaz de llevar a las masas, aunque sea en un débil grado, a una política más activa a despertar su crítica y a reforzar su control sobre las maquinaciones de la burguesía.
Es desde este punto de vista que nuestra sección americana, sostiene, criticándola, la proposición de la institución de un referéndum sobre la cuestión de la declaración de guerra. Ninguna reforma democrática puede impedir, por ella misma, a los dirigentes provocar la guerra cuando ellos lo quieran. Es necesario hacer abiertamente esta advertencia. Pero cualesquiera que sean las ilusiones de las masas respecto al referéndum, esta reivindicación refleja la desconfianza de los obreros y los campesinos por el gobierno y el parlamento de la burguesía. Sin sostener ni desarrollar las ilusiones de las masas, es necesario apoyar con todas las fuerzas la desconfianza progresiva de los oprimidos hacia los opresores. Mientras más crezca el movimiento por el referéndum, más pronto los pacifistas burgueses se aislarán, más se desacreditaran los traidores de la Internacional Comunista y más viva se hará la desconfianza de los trabajadores hacia los imperialistas.
Es desde este punto de vista que debe ser sostenida, en adelante, la reivindicación del derecho de voto a los dieciocho años para los hombres y mujeres. Aquel que mañana será llamado a morir por la “patria” debe tener el derecho de hacer oír su voz ahora. La lucha contra la guerra debe consistir, ante todo, en la movilización revolucionaria de la juventud.
Es necesario hacer plena luz sobre el problema de la guerra en todos sus aspectos, principalmente sobre aquel bajo el cual se presenta a las masas en un momento dado.
La guerra es una gigantesca empresa comercial, sobre todo para la industria de guerra. Es por eso que las “doscientas familias” son los primeros patriotas y los principales provocadores de la guerra. El control obrero sobre la industria de guerra es el primer paso sobre “los fabricantes” de la guerra.
A la consigna de los reformistas: impuesto sobre los beneficios de la industria de guerra, nosotros oponemos la consigna de: confiscación de las ganancias y expropiación de las empresas que trabajan para la guerra. Donde la industria de la guerra está “nacionalizada”, como en Francia, la consigna del control obrero conserva todo su valor; el proletariado tiene hacia el estado burgués la misma desconfianza que hacia el burgués individual.
¡Ni un hombre, ni un centavo para el gobierno burgués!
¡Nada de programas de armamento sino un programa de trabajos de utilidad pública!
¡Completa independencia de las organizaciones obreras del control militar-policíaco!
Es necesario arrancar de una vez por todas el destino de los pueblos de las manos de las camarillas imperialistas ávidas y despiadadas que conspiran a sus espaldas. De acuerdo con esto reivindicamos: abolición completa de la diplomacia secreta; todos los tratados y acuerdos deben ser accesibles a cada obrero y campesino. Creación de escuelas militares para la formación de oficiales salidos de las filas de los trabajadores y escogidos por las organizaciones obreras, instrucción militar de los obreros y campesinos bajo el control inmediato de comités obreros y campesinos.
Sustitución del ejército permanente, es decir del cuartel, por una milicia popular en ligazón indisoluble con las fábricas, las minas y los campos.
La guerra imperialista es la continuación y la exacerbación de la política de pillaje de la burguesía. La lucha del proletariado contra la guerra imperialista es la continuación y la exacerbación de la lucha de clase. El comienzo de la guerra cambia la situación y parcialmente los procedimientos de la lucha de clases, pero no cambia ni los objetivos ni la dirección fundamental de la misma.
La burguesía imperialista domina el mundo, es por eso que la próxima guerra, en su carácter fundamental, será una guerra imperialista. El contenido fundamental de la política del proletariado será, en consecuencia, la lucha contra el imperialismo y su guerra. El principio fundamental de esta lucha será: “El enemigo principal está en el país” o “La derrota de nuestro propio gobierno (imperialista) es el menor mal”.
Pero todos los países del mundo no son países imperialistas. Al contrario la mayoría de los países son víctimas del imperialismo. Algunos países coloniales o semi-coloniales intentarán, sin duda, utilizar la guerra para sacudir el yugo de la esclavitud. De su parte la guerra no será imperialista sino emancipadora. El deber del proletariado internacional será el de ayudar a los países oprimidos en guerra contra los opresores, este mismo deber se extiende también a la U.R.S.S y a todo el estado obrero que pueda surgir antes de la guerra. La derrota de todo gobierno imperialista en la lucha contra un estado obrero o un país colonial es el menor mal.
Los obreros de un país imperialista no pueden ayudar a un país anti-imperialista por medio de su gobierno, cualesquiera que sean, en un momento dado, las relaciones diplomáticas entre los dos países. Si los gobiernos se encuentran en alianza temporaria que por la propia naturaleza debe ser incierta, el proletariado del país imperialista debe permanecer en su posición de clase frente a su gobierno y aportar el apoyo a su aliado no imperialista por sus métodos, es decir, por los métodos de la lucha de clases internacional (agitación en favor del estado obrero y del país colonial, no solamente contra sus enemigos, sino también contra sus aliados pérfidos; boicot y huelga en ciertos casos, renuncia al boicot y la huelga en otros, etc...).
Sin dejar de sostener al país colonial y a la U.R.S.S. en la guerra, el proletariado no se solidariza, en ninguna forma, con el gobierno burgués del país colonial ni con la burocracia termidoriana de la U.R.S.S. Al contrario, mantiene su propia independencia política tanto frente a uno como frente a la otra. Ayudando a una guerra justa y progresiva el proletariado revolucionario conquista las simpatías de los trabajadores de las colonias y de la U.R.S.S. Afirma así la autoridad de la IV internacional y puede ayudar por lo tanto, mejor, a la caída del gobierno burgués en el país colonial y de la burocracia reaccionaria de la U.R.S.S.
Al principio de la guerra las secciones de la IV internacional se sentirán inevitablemente aisladas: cada guerra toma de improviso a las masas populares y las empuja del lado del aparato gubernamental. Los internacionalistas deberán marchar contra la corriente. No obstante, las devastaciones y los males de la nueva guerra, que desde los primeros meses dejarán muy atrás los sangrientos horrores de 1914-18 desilusionarán pronto a las masas. Su descontento y su rebelión crecerán por saltos. Las secciones de la IV internacional se encontrarán a la cabeza del flujo revolucionario. El programa de reivindicaciones transitorias adquirirá una ardiente actualidad. El problema de la conquista del poder por el proletariado se planteará con toda su amplitud.
Antes de agotar, o ahogar en sangre a la humanidad, el capitalismo envenena la atmósfera mundial con los vapores deletéreos del odio nacional y racial. El antisemitismo es ahora una de las convulsiones más malignas de la agonía capitalista.
La divulgación tenaz en contra de todos los prejuicios de raza y de todas las formas y matices de la arrogancia nacional del chauvinismo, en particular del antisemitismo, debe entrar en el trabajo cotidiano de todas las secciones de la IV Internacional, como el principal trabajo de educación en la lucha contra el imperialismo y la guerra. Nuestra consigna fundamental sigue siendo:
¡Proletarios de todos los países, uníos!
La fórmula de “gobierno obrero y campesino” aparecida por primera vez en 1917 en la agitación de los bolcheviques fue definitivamente admitida después de la insurrección de Octubre. No representaba en este caso más que una denominación popular de la dictadura del proletariado, ya establecida. La importancia de esta denominación consiste sobre todo en que ponía en primer plano la idea de la alianza del proletariado y de la clase campesina colocada en la base del poder soviético.
Cuando la Internacional Comunista de los epígonos trató de hacer revivir la fórmula de “dictadura democrática de los obreros y campesinos”, enterrada por la historia, dio a la fórmula de “gobierno obrero y campesino” un contenido completamente diferente, puramente “democrático”, vale decir, burgués, oponiéndola a la dictadura del proletariado. Los bolcheviques leninistas rechazaron resueltamente la consigna de “gobierno obrero y campesino” en su interpretación democrático burguesa. Afirmaban entonces y afirman ahora que cuando el partido del proletariado renuncia a salir de los cuadros de la democracia burguesa, su alianza con la clase media no es otra cosa que un apoyo al capital, como ocurrió con los menchevique y los socialistas revolucionarios en 1917, como ocurrió con el partido comunista chino en 1925-1927 y como pasa ahora con los “frentes populares” de España, de Francia y de otros países.
En Abril-Septiembre de 1917, los bolcheviques exigían que los socialistas revolucionarios y los mencheviques rompieran su ligazón con la burguesía liberal y tomaran el poder en sus propias manos. Con esta condición los bolcheviques prometían a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios representantes pequeño burgueses de obreros y campesinos, su ayuda revolucionaria contra la burguesía renunciando, no obstante categóricamente a entrar en el gobierno y a tomar ninguna responsabilidad política por ellos. Si los mencheviques y socialistas revolucionarios habían realmente roto con los cadetes liberales y con el imperialismo extranjero, “el gobierno obrero y campesino” creado por ellos, no hubiera hecho más que acelerar y facilitar la instauración de la dictadura del proletariado. Pero es precisamente por esto que la dirección de la democracia pequeño burguesa se opuso con todas sus fuerzas a la instauración de su propio poder. La experiencia de Rusia demuestra, la experiencia de España y de Francia confirma de nuevo, que aún en las condiciones más favorables los partidos de la democracia pequeño burguesa (socialistas revolucionarios, social demócratas, stalinistas, anarquistas) son incapaces de crear un gobierno obrero y campesino, vale decir un gobierno independiente de la burguesía.
No obstante la reivindicación de los bolcheviques dirigidas a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios: "¡Romped con la burguesía, tomad en vuestras manos el poder!" tiene para las masas un enorme valor educativo. La negación obstinada de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios a tomar el poder, que apareció tan trágicamente en las jornadas de julio, los perdió definitivamente en el espíritu del pueblo y preparó la victoria de los bolcheviques.
La tarea central de la Cuarta Internacional consiste en liberar al proletariado de la vieja dirección, cuyo espíritu conservador está en completa contradicción con la situación catastrófica del capitalismo en su decadencia y es el principal freno del progreso histórico. La acusación capital que la IV Internacional lanza contra las organizaciones tradicionales del proletariado es la de que ellas no quieren separarse del semi-cadáver de la burguesía.
En estas condiciones la reivindicación dirigida sistemáticamente a la vieja dirección: "¡Romped con la burguesía, tomad el poder!" es un instrumento extremadamente importante para descubrir el carácter traidor de los partidos y organizaciones de las II y III Internacional es así como también de la Internacional de Amsterdam.
La consigna de “gobierno obrero y campesino” es empleada por nosotros, únicamente, en el sentido que tenía en 1917 en boca de los bolcheviques, es decir, como una consigna anti-burguesa y anti-capitalista, pero en ningún caso en el sentido “democrático” que posteriormente le han dado los epígonos haciendo, de ella, que era un puente a la revolución, la principal barrera en su camino.
Nosotros exigimos de todos los partidos y organizaciones que se apoyan en los obreros y campesinos, que rompan políticamente con la burguesía y tomen el carro campesino. En este camino de la lucha por el poder obrero prometemos un completo apoyo contra la reacción capitalista. Al mismo tiempo desarrollamos una agitación incansable alrededor de las reivindicaciones que deben constituir, en nuestra opinión, el programa del “gobierno obrero y campesino”.
¿Es posible la creación del gobierno obrero y campesino por las organizaciones obreras tradicionales? La experiencia del pasado demuestra, como ya lo hemos dicho, que esto es por lo menos, poco probable. No obstante no es posible negar categóricamente a priori la posibilidad teórica de que bajo la influencia de una combinación muy excepcional (guerra, derrota, crack financiero, ofensiva revolucionaria de las masas, etc...)Los partidos pequeño burgueses sin excepción a los stalinistas, pueden llegar más lejos de lo que ellos quisieran en el camino de una ruptura con la burguesía. En cualquier caso una cosa está fuera de dudas: aún en el caso de que esa variante poco probable llegara a realizarse en alguna parte y un “gobierno obrero y campesino” - en el sentido indicado más arriba- llegara a constituirse, no representaría más que un corto episodio en el camino de la verdadera dictadura del proletariado.
Pero es inútil perderse en conjeturas. La agitación bajo la consigna de gobierno obrero y campesino tiene en todos los casos un enorme valor educativo. Y no es por azar: esta consigna, completamente general sigue la línea del desarrollo político de nuestra época (bancarrota, disgregación de los viejos partidos burgueses, quiebre de la democracia, auge del fascismo, aspiración creciente de los trabajadores a una política más activa y más ofensiva). Es por eso que cada una de nuestras reivindicaciones transitorias debe conducir a una sola y misma conclusión política: los obreros deben romper con todos los partidos tradicionales de la burguesía para establecer en común con los campesinos su propio poder.
Es imposible prever cuáles serán las etapas concretas de la movilización revolucionaria de las masas. Las secciones de la IV Internacional deben orientarse en forma crítica a cada nueva etapa y lanzar las consignas que apoyen las tendencias de los obreros a una política independiente, profundicen el carácter de clase de esta política, destruyan las ilusiones pacifistas y reformistas, refuercen la ligazón de la envergadura con las masas y preparen la toma revolucionaría del poder.
Los comités de fábrica son como se ha dicho un elemento de la dualidad del poder en la fábrica. Es por eso que su existencia sólo es posible bajo las condiciones de una creciente presión de las masas. Esto también es cierto para las agrupaciones de masa para la lucha contra la guerra; para los comités de control de precios y para los otros centros de movimiento cuya acción testifica, por sí misma que la lucha de clases ha rebasado el cuadro de las organizaciones tradicionales del proletariado.
No obstante estos nuevos organismos y centros sentirán su falta de cohesión y su insuficiencia. Ninguna de las reivindicaciones transitorias puede ser completamente realizada con el mantenimiento del régimen burgués. Además de la agudización de la crisis social aumentará no sólo el sufrimiento de las masas sino que también su impaciencia, su firmeza y su espíritu de ofensiva. Capas siempre nuevas de oprimidos levantarán la cabeza y lanzarán sus reivindicaciones millones de necesitados, en que los jefes reformistas nunca pensaron, comenzarán a golpear a las puertas de las organizaciones obreras. Los desocupados entrarán en el movimiento. Los obreros agrícolas, los campesinos arruinados o semi-arruinados, las capas proletarizadas de la intelectualidad, todos buscarán un reagrupamiento y una dirección. ¿Cómo armonizar las diversas reivindicaciones y formas de lucha aunque sólo sea en los limites de una ciudad? La historia ya ha respondido a este problema: por medio de los soviets (Consejos) que reúnen los representantes de todos los grupos de lucha. Nadie ha propuesto hasta ahora ninguna forma de organización y es dudoso que se pueda inventar otra. Los soviets no están ligados a ningún programa a priori. Abren sus puertas a todos los explotados. Por esta puerta pasan los representantes de las capas que son arrastradas por el torrente general de la lucha. La organización se extiende con el movimiento y se renueva constantemente y profundamente. Todas las tendencias políticas del proletariado pueden luchar por la democracia del soviets sobre la base de la más amplia democracia. Es por eso que la consigna de los soviets es el coronamiento del programa de reivindicaciones transitorias.
Los soviets no pueden nacer sino donde el movimiento de las masas entra en una etapa abiertamente revolucionaria. En tanto que eje alrededor del cual se unifican decenas de millones de trabajadores, los soviets desde el momento de su aparición se constituyen en rivales adversarios de las autoridades locales y, en seguida, del mismo gobierno central. Si el comité de fábrica crea los elementos de la dualidad del poder en la fábrica, los soviets abren un período de dualidad del poder en el país.
La dualidad del poder es a su vez el punto culminante del período de transición. Dos regímenes, el burgués y el proletario, se oponen, hostilmente uno al otro. El choque entre ambos es inevitable. De la salida de éste depende la suerte de la sociedad. En caso de derrota de la revolución, la dictadura fascista de la burguesía. En caso de victoria, el poder de los soviets, es decir, la dictadura del proletariado y la reconstrucción socialista de la sociedad.
Los países coloniales y semi-coloniales son por su misma naturaleza países atrasados. Pero estos países atrasados viven en las condiciones de la dominación mundial del imperialismo. Es por eso que su desarrollo tiene un carácter combinado: reúnen al mismo tiempo las formas económicas más primitivas y la última palabra de la técnica y de la civilización capitalista. Esto es lo que determina la política del proletariado de los países atrasados: está obligado a combinar la lucha por las tareas más elementales de la independencia nacional y la democracia burguesa con la lucha socialista contra el imperialismo mundial. Las reivindicaciones democráticas, las reivindicaciones transitorias y las tareas de la revolución socialista no están separadas en la lucha por etapas históricas sino que surgen inmediatamente las unas de las otras. Habiendo apenas comenzado a edificar sindicatos el proletariado chino se vio ya obligado a pensar en los soviets. En este sentido, el presente programa es plenamente aplicable a los países coloniales y semi-coloniales, al menos en aquellos que el proletariado es ya capaz de tener una política independiente.
Los problemas centrales de los países coloniales y semi-coloniales son: la revolución agraria, es decir, la liquidación de la herencia feudal y la independencia nacional, es decir, el sacudimiento del yugo imperialista. Estas dos tareas están estrechamente ligadas la una a la otra.
Es imposible rechazar pura y simplemente el programa democrático; es necesario que las masas por sí mismo sobrepasen este programa en la lucha. La consigna de la Asamblea Nacional (o Constituyente) conserva todo su valor en países como la China o la India. Es necesario ante todo armar a los obreros de este programa democrático. Sólo ellos pueden levantar y unir a los campesinos. Sobre la base del programa democrático revolucionario es necesario oponer los obreros a la burguesía "nacional". A una cierta etapa de la movilización de las masas bajo las consignas de la democracia revolucionaria, los soviets pueden y deben surgir. Su rol histórico en cada período dado, en particular su relación con la Asamblea Nacional, está determinado por el nivel político del proletariado, por la ligazón entre éste y la clase campesina, por el carácter de la política del proletariado. Tarde o temprano los soviets deben derribar a la democracia burguesa. Sólo ellos son capaces de llevar hasta el final la revolución democrática y abrir así la etapa de la revolución socialista.
El peso específico de las diversas reivindicaciones democráticas y transitorias en la lucha del proletariado, su ligazón recíproca, su orden de sucesión, está determinado por las particularidades y condiciones propias de cada país atrasado, en una parte considerable, por su grado de atraso. No obstante la dirección general del desarrollo revolucionario puede ser determinada por la fórmula de la revolución permanente en el sentido que definitivamente han dado a esta fórmula las tres revoluciones de Rusia (1905, febrero de 1917 y octubre de 1917).
La Internacional "Comunista" ha dado a los países atrasados el ejemplo clásico de la manera cómo se puede causar la ruina de una revolución llena de fuerza y de promesas cuando en la impetuosa alza del movimiento de masas en China en 1925-1927. la I.C. no lanzó la consigna de la Asamblea nacional y al mismo tiempo prohibió la formación de los soviets. El partido burgués del Kuo-Min-Tang debía según el plan de Stalin "reemplazar" a la vez a la Asamblea Nacional y a los Soviets. Después del hundimiento inevitable de la insurrección de Cantón. la I.C. tomó el camino de la guerra de guerrillas y de los soviets campesinos con una completa pasividad del proletariado industrial. Conducida por este camino a una impasse la I.C. aprovechó la guerra Chino-Japonesa para liquidar de un plumazo la "China Soviética" subordinando no solamente el "Ejercito Rojo" campesino sino también el llamado partido Comunista al Kuo-Min-Tang mismo, es decir de la burguesía.
Después de haber traicionado a la revolución proletaria internacional en nombre de la amistad con los esclavistas democráticos, el KOMINTERN no podía dejar de traicionar igualmente la lucha emancipadora de los pueblos coloniales con un cinismo mucho mayor que con el que lo hiciera antes la II Internacional. La política de los “Frentes Populares” y de la "Defensa Nacional " tiene como uno de sus objetivos hacer con las centenas de millones de hombres de la población colonial, carne de cañón para el imperialismo democrático. La bandera de la lucha de la emancipación de los pueblos coloniales, es decir, de más de la mitad de la humanidad, pasa definitivamente a manos de la IV Internacional
Ha pasado bastante tiempo desde que los estrategas de la I.C. proclamaron que la victoria de Hitler no era más que un paso hacia la victoria de Thaelman. Más de 5 años lleva pasados Thaelman en las prisiones de Hitler. Mussohni mantiene a Italia bajo el fascismo desde hace más de 16 años. Mientras tanto, todos los partidos de la Segunda y Tercera Internacionales se han mostrado impotentes no solamente para provocar un movimiento de masas sino también para crear una organización ilegal seria que pueda compararse, aunque sólo sea en cierta medida a los partidos revolucionarios rusos de la época del zarismo.
No hay ninguna razón para ver la causa de estos fracasos en la potencia de la ideología fascista. Mussolini no tuvo jamás ideología alguna y la ideología de Hitler nunca ha sido tomada en serio por los obreros. Las capas de la población a las que el fascismo, en un momento dado, había seducido, es decir, las clases medias, sobre todo, han tenido tiempo de desilucionarse. El hecho de que la pequeña oposición existente se limite a los medios clericales protestantes y católicos, no se explica por la potencia de las teorías semi-delirantes, semi-charlatanescas de la "raza', y de la "sangre" sino ideologías de la democracia y del KOMINTERN.
Después del hundimiento de la Comuna de Paris, una reacción aplastante se prolongó cerca de 8 años. Después de la derrota de la revolución rusa en 1905 las masas obreras quedaron abatidas por casi el mismo tiempo. No obstante en los dos casos no se trató más que de derrotas físicas determinadas por la correlación de fuerzas. En Rusia se trataba, por otra parte, de un proletariado casi virgen. La fracción de los Bolcheviques no contaba entonces más de tres años. La situación era completamente diferente en Alemania donde la dirección pertenecía a potentes partidos los cuales uno tenía 70 años de existencia y el otro cerca de 15. Estos dos partidos que tenían millones de electores se encontraron moralmente paralizados ante la lucha y se rindieron sin combate. No ha habido jamás catástrofe parecida en la historia el proletariado alemán no ha sido batido por el enemigo en un combate; ha sido destruido por la cobardía, la abyección, la traición de sus propios partidos. Nada de extraño tiene que haya perdido la fe en todo lo que estaba habituado a creer desde hace casi tres generaciones. La victoria de Hitler a su vez ha reforzado a Mussolini.
La falta de éxito real del trabajo revolucionario en Italia y en Alemania no tiene otra razón que la política criminal de la social democracia y del Comintern. Para realizar un trabajo ilegal es necesario no solamente la simpatía de las masas, sino también el entusiasmo consciente de sus capas más avanzadas. ¿Pero puede esperarse el entusiasmo en organizaciones que históricamente están en quiebra? Los jefes emigrados son sobre todo agentes del Kremlin o de la G.P.U., desmoralizados hasta la médula de los huesos, o antiguos ministros social-demócratas de la burguesía, que esperan que el milagro los obreros le devolverán sus puestos perdidos. ¿Es posible imaginar, aunque sólo sea por un momento a estos señores en el papel de futuros líderes de la revolución antifascista?
Los acontecimientos sobre la arena mundial tampoco han favorecido una conmoción revolucionaria en Italia y Alemania: aplastamiento de los obreros austriacos, derrota de la revolución española, degeneración del Estado Soviético. En la medida en que los obreros italianos y alemanes dependen de la radio para su información política, se puede decir con seguridad que las emisiones de Moscú, que combinan la mentira termidoriana a la estupidez y la impotencia, constituyen un potente factor de desmoralización para los obreros de los países totalitarios. En este aspecto como en otros Stalin no es más que un auxiliar de Goebbels.
No obstante, los antagonismos de clase que han conducido a la victoria del fascismo, continúan su trabajo aún bajo su dominación y lo roen poco a poco. El descontento de las masas crece. Centenares de miles de obreros abnegados continúan, a pesar de todo, un trabajo prudente de topos revolucionarios. Jóvenes generaciones que no han sufrido directamente el hundimiento de las grandes tradiciones y de las grandes esperanzas, se levantan. La preparación molecular de la revolución está en marcha bajo la pesada loza del régimen totalitario. Pero para que la energía escondida se transforme en movimiento, es necesario que la vanguardia del proletariado haya encontrado una nueva perspectiva, un nuevo régimen, un nuevo programa, una nueva bandera sin tacha.
Es esta la principal dificultad. Es extremadamente difícil para los obreros de los países fascistas orientarse en los nuevos programas. La verificación de un programa se hace por la experiencia. Es precisamente la experiencia del movimiento de masas lo que falta en los países de despotismo totalitario. Es muy probable que sea necesario un gran éxito del proletariado en uno de los países "democráticos" para dar un impulso al movimiento revolucionario en los países dominados por el fascismo.
Una catástrofe financiera o militar puede tener el mismo efecto. Es necesario realizar actualmente un trabajo preparatorio, sobre todo de propaganda, que no dará frutos abundantes sino en el porvenir.
Desde ya se puede afirmar con plena certeza: una vez que haya alumbrado el gran día, el movimiento revolucionario en los países fascistas tomará de golpe una extensión grandiosa y no se detendrá para resucitar cadáveres como el de Weimar.
Es sobre este punto que comienza la divergencia irreductible entre la IV Internacional y los viejos partidos que sobreviven físicamente a su bancarrota. El "Frente Popular" en la emigración es una de las variedades más nefastas y más traidoras de todos los frentes populares posibles. Significa en el fondo la nostalgia impotente de una coalición con una burguesía liberal inexistente. Si tuviera algún éxito, no habría más que preparar una serie de nuevas derrotas del proletariado a la manera española. Es por eso que la propaganda despiadada contra la teoría y la práctica del Frente Popular es la primera condición de la lucha revolucionaria contra el fascismo.
Esto no significa que la IV Internacional rechace las consignas democráticas. Al contrario, y en todas partes bajo su propia bandera. Propone abiertamente su programa al proletariado de los países fascistas. Desde ahora los obreros avanzados del mundo entero están firmemente convencidos que el derrumbamiento de Mussolini y de Hitler y de sus agentes e imitadores, se producirá bajo la dirección de la IV Internacional.
La Unión Soviética ha salido de la revolución de Octubre como un Estado obrero. La propiedad estatal de los medios de producción, condición necesaria del desarrollo socialista, ha abierto la posibilidad de un crecimiento rápido de las fuerzas productivas. El aparato del Estado obrero, aislado, sufrió mientras tanto una completa degeneración, transformándose de instrumento de la clase obrera, en instrumento de violencia burocrática contra la clase obrera y en forma creciente, en instrumento de sabotaje de la economía. La burocratización de un Estado obrero, atrasado y aislado, y la transformación de la burocracia en casta privilegiada omnipotente, es la refutación más convincente -no solamente teórica sino práctica- de la teoría del socialismo en un solo país.
Así, el régimen de la URSS encierra contradicciones amenazantes. Pero continúa siendo un régimen de Estado Obrero degenerado. Tal es el diagnóstico social.
El pronóstico político tiene un carecer alternativo: o la burocracia se transforma cada vez más en órgano de la burguesía mundial dentro del Estado Obrero, derriba las nuevas formas de propiedad y vuelve el país al capitalismo; o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre el camino hacia el socialismo.
Para las secciones de la IV Internacional los procesos de Moscú no son una sorpresa, ni el resultado de la demencia personal del dictador del Kremlin, sino los productos legítimos del Termidor. Han nacido de fricciones intolerables que existen en el interior de la burocracia soviética, fricciones que a su vez reflejan las contradicciones entre la burocracia y el pueblo y también los antagonismos que se profundizan en el seno del mismo "pueblo". La naturaleza sangrienta y fantástica de los juicios dan el grado de intensidad de esas contradicciones y predicen la proximidad del desenlace.
Las declaraciones públicas de ex agentes del Kremlin en el extranjero que se han negado a regresar a Moscú, han confirmado irrefutablemente, de su parte, que en el seno de la burocracia existen todos los matices del pensamiento político: desde el verdadero bolchevismo (I. Reiss) hasta el fascismo acabado (Th. Butenko). Los elementos revolucionarios de la burocracia, que constituyen una ínfima minoría, reflejan, pasivamente, es cierto, los intereses socialistas del proletariado. Los elementos fascistas contrarrevolucionarios, cuyo número aumenta sin cesar, expresan en forma cada vez más consecuente los intereses del imperialismo mundial. Estos candidatos al rol de "compradores" piensan, no sin razón, que la nueva capa dirigente no puede asegurar su posición privilegiada sin renunciar a la nacionalización, a la colectivización y al monopolio del comercio exterior en nombre de la asimilación de la "civilización occidental", vale decir, del capitalismo. Entre estos dos polos se reparten las tendencias intermedias, más o menos vagas, de carácter menchevique, socialista-revolucionario o liberal, que gravitan hacia la democracia burguesa.
En la llamada sociedad "sin clases" existen, sin ninguna duda, los mismos agrupamientos que en la burocracia, pero con una expresión menos clara y expresados en proporción inversa: son las tendencias capitalistas concientes, predominantes sobre todo, en las capas más prósperas de los kolkoses, pero que representan una pequeña minoría de la población. Pero encuentran una amplia base en las tendencias pequeño burguesas a la acumulación que nacen de la miseria general y que la burocracia alienta concientemente.
Sobre este sistema de antagonismo crecientes que destruyen, cada vez más, el equilibrio social, se mantiene, por métodos de terror, una oligarquía termidoriana, que por ahora se reduce sobre todo a la camarilla bonapartista de Stalin.
Los últimos procesos han sido un golpe contra la izquierda. Esto es cierto también respecto a la represión contra los jefes de la oposición de derecha, porque desde el punto de vista de los intereses y de las tendencias de la burocracia, el grupo de derecha del viejo partido bolchevique, representa un peligro de izquierda. El hecho de que la camarilla bonapartista, temerosa también de sus aliados de derecha, del género de Butenko, se haya visto obligada, para asegurar su mantenimiento, a recurrir a la exterminación, casi general de la vieja generación de bolcheviques es la prueba indiscutible de la vitalidad de las tradiciones revolucionarias en las masas y del descontento creciente de las mismas.
Los demócratas pequeño-burgueses de Occidente, que aceptaban todavía ayer los procesos de Moscú como moneda corriente, repiten ahora con insistencia que “en la U.R.S.S. no hay trotskismo ni trotskistas”. Pero no explican por qué, toda la depuración se hace bajo el signo de la lucha contra este peligro. Si se toma el “trotskismo” como un programa acabado y con más razón como una organización, “el trotskismo” es sin duda, en la U.R.S.S., extremadamente débil. No obstante, su fuerza invencible reside en ser la representación, no solamente de la tradición revolucionaria, sino también de la oposición actual de la clase obrera. El odio social de los obreros por la burocracia, es precisamente lo que a los ojos de la camarilla staliniana es el trotskismo. Teme mortalmente, y con mucha razón, la vinculación de la sorda indignación de los trabajadores con la organización de la IV Internacional.
La exterminación de la vieja generación de bolcheviques y de representantes revolucionarios de la generación media y joven ha destruido todavía más el equilibrio político en favor a la derecha, burguesa, de la burocracia, en todo el país. Es de ahí, es decir, de la derecha, que se puede esperar en el próximo periodo, tentativas cada vez más resueltas de reconstruir el régimen social de la U.R.S.S. aproximándolo a la “civilización occidental”, ante todo en su forma fascista.
Esta perspectiva da un carácter muy concreto a la cuestión de la "defensa de la U.R.S.S.". Si mañana el grupo burgués-fascista o, por así decir, la "fracción Butenko" entra en la lucha por la conquista del poder, la "fracción Reiss" tomará inevitablemente su lugar del otro lado de la barricada. Siendo momentáneamente el aliado de Stalin, esta última defendería, no a la camarilla bonapartista de éste, sino la base social de la U.R.S.S., es decir, la propiedad arrancada a los capitalistas y transformada en propiedad del Estado. Si la "fracción Butenko" se encuentra en alianza militar con Hitler, la "fracción Reiss" defenderá a la U.R.S.S. contra la intervención militar, en el interior de la U.R.S.S. como sobre la arena mundial. Cualquier otra conducta sería una traición.
No es posible negar por adelantado la posibilidad, en casos estrictamente determinados, de un "frente único" con la parte termidoriana de la burocracia contra la ofensiva abierta de la contra revolución capitalista, pero la tarea política principal en la U.R.S.S. sigue siendo, a pesar de todo, el derrocamiento de la burocracia termidoriana. Cada día añadido a su dominación contribuye a socavar los cimientos de los elementos socialistas de la economía y aumentar las posibilidades de la restauración capitalista. En el mismo sentido gravita la Internacional "Comunista" agente y cómplice de camarilla stalinista en el sofocamiento de la revolución española y la desmoralización del proletariado internacional.
Al igual que en los países fascistas, la principal fuerza de la burocracia no está en ella misma, sino en el desaliento de las masas, en la falta de una perspectiva nueva. Al igual que en los países fascistas, de los cuales el aparato político de Stalin difiere sólo en ser de una crudeza más desenfrenada, sólo un trabajo preparatorio de propaganda es actualmente posible en la U.R.S.S. Al igual que en los países fascistas, la impulsión para el movimiento revolucionario de los obreros soviéticos será dada, muy probablemente, por acontecimientos exteriores. La lucha contra el KOMINTERN sobre la arena mundial es actualmente la parte más importante de la lucha contra la dictadura stalinista. Muchos indicios permiten creer que la disgregación del KOMINTERN, que no tiene apoyo directo en la G.P.U., precederá la caída de la camarilla bonapartista y de toda la burocracia termidoriana en general.
El nuevo auge de la revolución en la U.R.S.S. comenzará sin ninguna duda, bajo la bandera de la lucha contra la desigualdad social y la opresión política.
¡ Abajo los privilegios de la burocracia!
¡ Abajo el stajanovismo!
¡ Abajo la aristocracia soviética con sus grados y decoraciones!
¡Más igualdad en el salario de todas las formas de trabajo!
La lucha por la libertad de los sindicatos y los comités de fábrica, por la libertad de reunión y de prensa, se desarrollará en lucha por el renacimiento y regeneración de la democracia soviética.
La burocracia ha reemplazado a los soviets, en sus funciones de órgano de clase, por la ficción del sufragio universal, al estilo de Hitler-Goebbels. Es necesario devolver a los soviets no solamente su libre forma, democrática, sino también su contenido de clase. De la misma manera que antes la burguesía y los Kulaks no eran admitidos en los soviets, ahora la burocracia y la nueva aristocracia deben ser arrojada de los soviets. En los soviets no hay lugar más que para los obreros, para los miembros de base de los Koljoses, los campesinos y los soldados rojos.
La democratización de los soviets es inconcebible sin la legalización de los partidos soviéticos. Los obreros y los campesinos, por sí mismos y por su libre sufragio decidirán qué partidos serán considerados como partidos soviéticos.
¡Revisión completa de la economía planificada en interés de los productores y consumidores! Se debe devolver el derecho de control de la producción a los Comités de fábrica. La cooperativa de consumos, democráticamente organizada, debe controlar la calidad de los productos y sus precios.
¡Reorganización de los Koljoses de acuerdo con la voluntad e interés de los trabajadores que los integran!
La política internacional conservadora de la burocracia debe ser reemplazada por la política del internacionalismo proletario. Toda la correspondencia diplomática del Kremlin debe ser publicada. ¡Abajo la diplomacia secreta!
Todos los procesos políticos montados por la burocracia termidoriana deben ser revisados, bajo una publicidad completa y un libre examen. Los organizadores de las falsificaciones deben sufrir el merecido castigo.
Es imposible realizar este programa sin el derrocamiento de la burocracia que se mantiene por la violencia y la falsificación. Sólo el levantamiento revolucionario victorioso de las masas oprimidas puede regenerar el régimen soviético y asegurar la marcha adelante hacia el socialismo. Sólo el partido de la IV Internacional es capaz de dirigir a las masas soviéticas a la insurrección.
¡Abajo la camarilla bonapartista del Caín-Stalin!
¡Viva la democracia soviética!
¡Viva la revolución socialista internacional!
La política del partido de León Blum en Francia demuestra nuevamente que los reformistas son incapaces de aprender nada de las lecciones de la historia. La social democracia francesa copia servilmente la política de la social democracia alemana y marcha hacia la misma catástrofe. En las últimas décadas, la Segunda Internacional ha ligado estrechamente su destino al régimen democrático burgués y está pudriéndose a la par de él.
La Tercera Internacional ha entrado en el camino del reformismo precisamente ahora que la crisis del capitalismo ha puesto definitivamente en el orden del día a la revolución proletaria. La política actual de la II Internacional en España y en China, que consiste en arrastrarse ante la burguesía "nacional" y "democrática", revela que ésta tampoco es capaz de cambiar ni de aprender nada. La burocracia, que en la U.R.S.S. se ha convertido en una fuerza reaccionaria, no puede desempeñar un papel revolucionario en el orden internacional.
En su conjunto, el anarcosindicalismo ha experimentado una evolución del mismo género. En Francia, la burocracia sindical de León Jouhaux desde hace mucho tiempo se ha convertido en una agencia de la burguesía en el seno de la clase obrera. En España, el anarcosindicalismo se desprendió de su revolucionarismo de fachada, desde que apareció la revolución, y se convirtió en la quinta rueda del carro de la democracia burguesa.
Las organizaciones intermedias centristas, que se agrupan en torno al Bureau de Londres, no son más que apéndices "izquierdistas", poniendo en evidencia su absoluta incapacidad para orientarse en una situación histórica y deducir conclusiones revolucionarias. Su punto culminante fue alcanzado por el P.O.U.M. español que frente a una situación revolucionaria resultó ser completamente incapaz de tener una política revolucionaria. Las trágicas derrotas que el proletariado mundial viene sufriendo desde hace una larga serie de años han llevado a las organizaciones oficiales a un conservadurismo todavía más acentuado y, al mismo tiempo, a los "revolucionarios" pequeño-burgueses decepcionados, a buscar "nuevos" caminos. Como siempre en las épocas de reacción y decadencia, por todas partes aparecen magos y charlatanes que quieren revisar todo el desenvolvimiento del pensamiento revolucionario. En lugar de aprender del pasado, lo "corrigen". Unos descubren la inconsistencia del marxismo, otros proclaman la quiebra del bolchevismo. Unos adjudican a la doctrina revolucionaria la responsabilidad de los crímenes y errores de quienes lo traicionan. Otros maldicen a la medicina porque no asegura una curación inmediata y milagrosa. Los más audaces prometen descubrir una panacea y mientras tanto recomiendan que se detenga la lucha de clases. Numerosos profetas de la nueva moral se disponen a regenerar al movimiento obrero con ayuda de una homeopatía ética. La mayoría de estos apóstoles se han convertido en inválidos morales sin batalla. Así, con el ropaje de revelaciones deslumbradoras no se ofrecen al proletariado más que viejas recetas enterradas desde hace mucho tiempo en los archivos del socialismo anterior a Marx.
La IV Internacional declara una guerra implacable a las burocracias de la II y de la III Internacionales, de la Internacional de Amsterdam y de la Internacional anarcosindicalista, lo mismo que a sus satélites centristas; al reformismo sin reformas, al democratismo aliado a la G.P.U., al pacifismo sin paz, al anarquismo al servicio de la burguesía, a los "revolucionarios" que temen mortalmente a la revolución. Todas estas organizaciones no son promesas del porvenir sino supervivencias podridas del pasado. La época de las guerras y de las revoluciones no dejará ni rastros de ellas.
La IV Internacional no busca ni inventa ninguna panacea. Se mantiene enteramente en el terreno del marxismo, única doctrina revolucionaria que permite comprender la realidad, descubrir las causas de las derrotas y preparar conscientemente la victoria. La IV Internacional continúa la tradición del bolchevismo que por primera vez mostró al proletariado cómo conquistar el poder. La Cuarta Internacional desecha a los magos, charlatanes y profesores de moral. En una sociedad basada en la explotación, la moral suprema es la de la revolución socialista. Buenos son los métodos que elevan la conciencia de clase de los obreros, la confianza en sus fuerzas y su espíritu de sacrificio en la lucha. Inadmisibles son los métodos que inspiran el miedo y la docilidad de los oprimidos contra los opresores, que ahogan el espíritu de rebeldía y de protesta, o que reemplazan la voluntad de las masas por la de los jefes, la persuasión por la coacción y el análisis de la realidad por la demagogia y la falsificación. He aquí por qué la social democracia, que ha prostituido el marxismo tanto como el stalinismo, antítesis del bolchevismo, son los enemigos mortales de la revolución proletaria y de la moral de la misma.
Mirar la realidad cara a cara, no buscar la línea de la menor resistencia, llamar a las cosas por su nombre, decir la verdad a las masas por amarga que ella sea, no temer los obstáculos, ser fiel en las pequeñas y en las grandes cosas, ser audaz cuando llegue la hora de la acción, tales son las reglas de la IV Internacional. Ella ha mostrado que sabe marchar contra la corriente. La próxima ola histórica la pondrá sobre su cresta.
Bajo la influencia de la traición y de la degeneración de las organizaciones históricas del proletariado, en la periferia de la IV Internacional han nacido o han degenerado grupos y formaciones sectarias de diferentes géneros. En su base estos núcleos se niegan a luchar por los intereses y las necesidades elementales de las masas, tal como ellas son. La preparación de la revolución significa para los sectarios convencerse a sí mismos de las ventajas del socialismo. Proponen volver la espalda a los viejos sindicatos, esto es, a decenas de millones de obreros. ¡Como si las masas pudieran vivir fuera de las condiciones reales de la lucha de clases! Permanecen indiferentes ante la lucha interna de las organizaciones reformistas. ¡Como si se pudiera conquistar a las masas sin intervenir en esa lucha! Se rehúsan a hacer en la práctica una diferencia entre la democracia burguesa y el fascismo. ¡Cómo si las masas no sintieran esa diferencia a cada paso!
Los sectarios sólo son capaces de distinguir dos colores: el blanco, y el negro. Para no exponerse a la tentación, simplifican la realidad. Rehúsan establecer diferencias entre los campos en lucha en España por la razón de que los dos campos tienen un carácter burgués. Y piensan, por la misma razón, que es necesario permanecer neutral en la guerra de Japón contra China. Niegan la diferencia de principios entre U.R.S.S. y los países burgueses y se rehúsan, vista la política reaccionaria de la burocracia soviética, a defender contra el imperialismo las formas de propiedad creadas por la revolución de Octubre.
Incapaces de encontrar acceso a las masas las acusan de incapacidad para elevarse hasta las ideas revolucionarias. Estos profetas estériles no ven la necesidad de tender el puente de las reivindicaciones transitorias, porque tampoco tienen el propósito de llegar a la otra orilla. Como mula de noria, repiten, constantemente las mismas abstracciones vacías. Los acontecimientos políticos no son para ello la ocasión de lanzarse a la acción, sino de hacer comentarios. Los sectarios del mismo modo que los conlusionistas y los magos, al ser constantemente desmentidos por la realidad, viven en un estado de continua irritación, se lamentan incesantemente del "régimen" y de los "métodos" y se dedican a mezquinas intrigas. Dentro de su propio círculo, estos señores comúnmente ejercen un régimen despótico. La postración política del sectarismo no hace más que seguir como una sombra a la postración del oportunismo, sin abrir perspectivas revolucionarias. En la política práctica los sectarios se unen a cada paso a los oportunistas, sobre todo a los centristas, para luchar contra el marxismo.
La mayoría de los grupos y camarillas sectarias de esta índole, que se nutren de las migajas caídas de la mesa de la IV Internacional, llevan una existencia organizativa "Independiente" con grandes pretensiones, pero sin la menor posibilidad de éxito. Sin perder su tiempo, los bolcheviques leninistas pueden abandonarlos tranquilamente a su propia suerte.
No obstante, también en nuestras propias filas se encuentran tendencias que ejercen una influencia funesta sobre el trabajo de algunas secciones. Es algo que no debe tolerarse un solo días más. La condición fundamental para pertenecer a la IV Internacional es una política justa respecto de los sindicatos. El que no busca ni encuentra el camino del movimiento de masas no es combatiente sino un peso muerto para el partido. Un programa no se crea para las redacciones, las salas de lectura o los centros de discusión, sino para la acción revolucionaria de millones de hombres. La premisa necesaria de los éxitos revolucionarios es la depuración de la IV Internacional del sectarismo y de los sectarios incorregibles.
La derrota de la revolución española, provocada por sus “jefes”, la bancarrota vergonzosa del frente popular en Francia y la divulgación de los actos de bandidaje judicial de Moscú, son hechos que en su conjunto asestan a la III Internacional un golpe irreparable y, de paso, causan graves heridas a sus aliados, los socialdemócratas y los anarcosindicalistas. Desde luego, esto no significa que los integrantes de esas organizaciones se orientarán bruscamente hacia la IV Internacional. La generación más vieja, que ha sufrido un terrible descalabro, en su mayor parte abandonará el frente de batalla. De otra parte, la IV Internacional, de ningún modo aspira a transformarse en un refugio de inválidos revolucionarios, burócratas y arribistas decepcionados. Por el contrario, contra la afluencia a nuestras filas de los elementos pequeño-burgueses que dominan en los aparatos dirigentes de las viejas organizaciones, es preciso adoptar las más estrictas medidas preventivas; un largo periodo de prueba para los candidatos que no son obreros, sobre todo, si se trata de ex-burócratas; prohibición de que ocupen puestos responsables en el partido durante los tres primeros años, etc... En la IV Internacional no hay lugar para el arribismo, cáncer de las viejas internacionales. Sólo encontrarán cabida en nuestras filas aquellos que quieran vivir para el movimiento y no a expensas del mismo.
Las puertas de la organización están completamente abiertas para los obreros revolucionarios, que son quienes deben sentirse dueños de la misma. Claro está que aún entre los obreros que en un tiempo ocuparon las primeras filas, actualmente hay no pocos fatigados y decepcionados. Por lo menos en su próximo periodo se mantendrán apartados. Con el desgaste del programa y de la organización manteniendo sobre sus hombros. El movimiento se renueva con la juventud, libre de toda responsabilidad del pasado.
La IV Internacional presta una atención y un interés particularísimo a la joven generación del proletariado. Toda su política se esfuerza por inspirar a la juventud confianza en sus propias fuerzas y en su porvenir. Sólo el entusiasmo fresco y el espíritu beligerante de la juventud pueden asegurar los primeros triunfos de la lucha y sólo éstos devolverán al camino revolucionario a los mejores elementos de la vieja generación. Siempre fue así y siempre será así.
La marcha de las cosas lleva a todas las organizaciones oportunistas a concentrar su interés en las capas superiores de la clase obrera, y, en consecuencia, ignoran tanto a la juventud como a las mujeres trabajadoras. Ahora bien, la época de la declinación del capitalismo asesta a la mujer sus más duros golpes tanto en su condición de trabajadora como de ama de casa. Las secciones de la IV Internacional deben buscar apoyo en los sectores más oprimidos de la clase trabajadora, y por tanto, entre las mujeres que trabajan. En ellas encontrarán fuentes inagotables de devoción, abnegación y espíritu de sacrificio.
¡Abajo el burocratismo y el arribismo!
¡Paso a la juventud!
¡Paso a la mujer trabajadora!
Tales son las consignas inscritas en la bandera de la Cuarta Internacional.
Los escépticos preguntan: ¿Pero ha llegado el momento de crear una nueva Internacional? Es imposible, dicen, crear "artificialmente" una Internacional. Sólo pueden hacerla surgir los grandes acontecimientos, etc. Lo único que demuestran todas estas expresiones es que los escépticos no sirven para crear una nueva Internacional. Por lo general, los escépticos no sirven para nada.
La Cuarta Internacional ya ha surgido de grandes acontecimientos; de las más grandes derrotas que el proletariado registra en la historia. La causa de estas derrotas es la degeneración y la traición de la vieja dirección. La lucha de clases no tolera interrupciones. La Tercera Internacional, después de la Segunda, ha muerto para la revolución.
¡Viva la Cuarta Internacional!
Pero los escépticos no se callan ¿Pero ha llegado ya el momento de proclamarla? La Cuarta Internacional- respondemos- no necesita ser "proclamada". Existe y lucha. ¿Es débil? Sí, sus filas son todavía poco numerosas porque todavía es joven. Hasta ahora se compone sobre todo de cuadros dirigentes. Pero estos cuadros son la única esperanza del porvenir revolucionario, son los únicos realmente dignos de este nombre. Si nuestra Internacional es todavía numéricamente débil, es fuerte por su doctrina, por su tradición, y el temple incomparable de sus cuadros dirigentes. Que esto no se vea hoy, no tiene mayor importancia. Mañana será más evidente.
La Cuarta Internacional goza ya desde ahora del justo odio de los stalinistas, de los social-demócratas, de las liberales burgueses y de los fascistas. No tiene ni puede tener lugar alguno en ningún frente popular. Combate irreductiblemente a todos los grupos políticos ligados a la burguesía. Su misión consiste en aniquilar la dominación del capital, su objetivo es el socialismo. Su método, la revolución proletaria. Sin democracia interna no hay educación revolucionaria. Sin disciplina no hay acción revolucionaria. El régimen interior de la Cuarta Internacional se rige conforme a los principios del centralismo democrático: completa libertad en la discusión, absoluta unidad en la acción.
La crisis actual de la civilización humana es la crisis de la dirección proletaria. Los obreros revolucionarios agrupados en torno a la Cuarta Internacional señalan a su clase el camino para salir de la crisis. Le proponen un programa basado en la experiencia internacional del proletariado y de todos los oprimidos en general, le proponen una bandera sin mácula.
Obreros y Obreras de todos los países, agrupados bajo la bandera de la Cuarta Internacional.
¡Es
la bandera de vuestra próxima victoria!