Graco Babeuf a Fouché de Nantes

PERMANECER FIRMES

 


Escrito: 1796.
Datos sobre la publicacion:
Publicado por primera vez: Le Tribun du Peuple, No. 43.
Fuente de esta edicion: El texto que sigue procede del libro “El tribuno del pueblo”, editado por Ediciones Roca, S.A, 1975, actualmente agotado
Fuente digital de la version al español: Omegalfa.es
Traduccion: Versión al español de Victoria Pujolar.
HTML: Rodrigo Cisterna, febrero de 2015


 

Ya todo está consumado. El terror contra el pueblo a la orden del día. Ya no está permitido hablarse; ya no está permitido leer; ya no se permite pensar.

No está ya permitido decir que se sufre; no está ya permitido re- petir que vivimos bajo el reino de los más horribles tiranos. No está ya permitido expresar el dolor cuando los verdugos nos desgarran con sus tenazas, cuando arrancan a trozos nuestros miembros aún palpitantes; no está permitido pedir a estos bárba- ros torturas menos feroces, menos refinamiento en el género de los suplicios, una muerte menos cruel y menos lenta.

No está ya permitido obedecer a la naturaleza que determina la crispación de los miembros, la alteración de los rasgos, cuando se sufre la prueba de las angustias promovidas por los más horribles tormentos.

No está permitido exclamar que la legislación de Constantinopla es moderada al extremo y popular al lado de las ordenanzas de nuestros soberanos senadores.

No está ya permitido obedecer a la naturaleza que Dracón venga a gobernarnos en lugar de nuestros absolutistas del día; no está ya permitido rendir justicia a este griego severo que, al menos, no impuso un código de sangre más que para espantar a gentes au- ténticamente malvadas; mientras que sus imitadores blanden la espada tan sólo para abatir todo lo que es puro y ha conservado virtud.

Se ordena dejar al gobierno matar de hambre, despojar, envilecer, encadenar, torturar, hacer perecer al pueblo sin impedimentos, obstáculos ni murmullos.

Se ordena alabar, admirar, bendecir esta opresión, y articular que en el mundo no hay nada tan bello y tan adorable. Se ordena hablar bien de lo que es monstruoso y asesino, y cargar de imprecaciones y blasfemias lo que merece el homenaje y el respeto de los hombres justos de todas las naciones y de todos los siglos; se ordena prosternarse ante el código atroz del 95, Y lla- marle ley santa y venerable; y se ha ordenado maldecir el pacto sagrado y sublime del 93, llamado por ellos atroz.

Se ordena inclinar servilmente la frente bajo las calumnias que al gobierno le plazca verter sobre el pueblo entero y contra sus más fieles y valerosos defensores; y se ordena que éstos no puedan contestar a estas odiosas calumnias, y que, si quisieran hacerlo, el pueblo mismo sería culpable por el solo hecho de atreverse a leer un escrito en donde se le disculpara, y se le vengara de sus pode- rosos calumniadores.

¿Cuándo nos hartaremos de tantas infames vejaciones? Puesto que no hay un término en el que se pueda concebir que nuestros do- minadores van a detenerse ellos mismos, nosotros preguntamos ¿cuál es el término que estimamos no deben rebasar?

¡Desgraciados opresores! ¿por qué distraerme otra vez de la obra esencial y útil en la que trabajo, vuestra acta general de acusa- ción? ¿Sabéis que esta tarea es colosal, que exige más de un vo- lumen? Pero, ¿por qué necesito juntar tantos hechos culpables? ¡Qué necesidad tengo! No os lo debo decir. Seguro que no es necesario para incoar vuestro proceso. Los actos de un día, toma- dos entre mil al azar, son cuatro veces suficientes para motivar una justa condena. Pueblo agotado por los sufrimientos que quie- ren que soportes; te ahorro en este momento un cansancio que no podrías soportar. El cansancio de escuchar la larga lista de fechorías con las que se han ensuciado desde que suspendí su nomenclatura. Pero la situación extraña en la que te han precipi- tado sus últimas negras acciones, hace indispensable dispongas de una justa exposición de sus crímenes y de sus consecuencias; seguida de algunas reglas de conducta que debemos observar, al encontramos en esta nueva situación.

¡Amigos! Todo esto no es insuperable.

La Libertad es inagotable en recursos. La Libertad ha creado pro- fundas raíces en gran número de corazones: la Libertad en Francia es inmortal.

El despotismo, con su impudicia y todos sus recursos de astucia y crueldad, luchará en vano contra las simples inspiraciones de la virtud. El despotismo se ahogará él mismo en sus propios exce- sos. Nosotros nos alzaremos a la altura del coraje que necesita- mos; con él haremos frente a los peligros; nosotros venceremos. Lo habéis visto. Mis predicciones no han tardado en cumplirse. Habéis visto el último resultado de los bajos halagos que los tira- nos os dirigían a través de sus hombres de mano. Hoy esconden las uñas, os decía en mi último número, mañana os devorarán. Así ha sucedido. Han decidido suprimiros hasta la libertad de de- teneros varios juntos, en el forum, la plaza pública; han decidido transformar en crimen la simple y tan legítima acción de ir allí a comentar vuestras terribles calamidades.

No se podía decir hasta ahora que querían quitamos hasta el aire que respiramos mientras nos dejaban en vida. Este crimen de la tiranía también está hoy cometido.

Es el monarquismo, se han atrevido a decir, lo que suscitaba nuestros murmullos y nuestra indignación contra la opresión cada vez más grande y más insoportable; es el monarquismo lo que dictaba nuestras quejas contra el hambre que nos siega cada vez con más espantoso progreso; es el monarquismo lo que nos hacía fulminar contra el terrible régimen qué no incrementa más que la población de los cementerios.

Tenían razón. Es el monarquismo del Luxemburgo y de las dos cámaras; es este monarquismo más atroz que todos los otros, lo que continúa inspirándonos estas enojosas disposiciones de esta- do de ánimo.

¿De qué pretendidos crímenes toma pretexto este monstruo odio- so para ahogar nuestros lamentos, para queremos privar hasta del último consuelo de los afligidos? Nos ha acusado de querer derro- car la constitución de la gente dorada, destruir el gobierno de las gentes honestas, poner en vigencia el código popular del 93, y procurar el bienestar a la multitud arruinada, hambrienta, agotada por el cansancio a causa de su sistema de rapiñas y bandidaje público.

En verdad, estos crímenes no tienen excusa ante la jurisprudencia de los desalmados. Cuando ataca a la minoría de los satisfechos y tiende a proteger a la mayoría de los miserables, es, a sus ojos, infernal y soberanamente criminal.

¡Cuánto charlatanismo, cuánta astucia, qué mentiras tan groseras, cuántos torpes sofismas, cuántas gastadas calumnias, cuántas fra- ses venales en esta proclama del directorio sobre los escritos, dis- cursos y reuniones pretendidamente sediciosos! Se ha querido hacer creer que nosotros pedimos el pillaje de las más modestas tiendas y los más sencillos hogares, como si no perteneciera al propio gobierno el haber sabido practicar hábilmente este pillaje, como si, con su régimen de hambre, no hubiera encontrado el secreto de hacer, transportar a las casas del agiotista y de todos los bribones dorados, por los mismos, desgraciados, todo cuanto existía en los hogares sencillos, en las más modestas tiendas. Co- mo si quedara algo que poder, saquear aún. Como si, contraria- mente a lo que el gobierno pretende, no hubiéramos proclamado siempre, bien claramente, que queremos reconstruir y fortalecer las modestas tiendas y los humildes hogares, haciendo que retor- ne a ellos, al menos, el equivalente de lo que el bandidaje legal les ha extraído. Como si las fortunas normales no se hubieran visto tranquilizadas por nuestras francas declaraciones. Como si no hubiéramos dicho que queremos destruir las fortunas colosales para mejorar todas las otras.

Se ha querido hacer creer, en la proclama del Directorio, que nos paga el extranjero. Como si fuera posible abusar más absurda- mente de los nombres de Pitt y de Coburgo. Como si el directorio que emplea al cabo de todas sus frases esta trivialidad, que nues- tros oídos están cansados de escuchar, no tuviera que temer les arroje a la cara una verdad que, aunque parezca no haber pasado por el pensamiento de nadie, no es más certera: quiero decir que es imposible que Coburgo y Pitt hayan tenido que pagar a alguien más, después de haber pagado a los fundadores de un gobierno tan capaz de complacer a todos los déspotas, y tan parecido al que se mantiene con los medios que proporciona la tiranía. Como si no hubiera constancia de que el directorio ha querido pagamos, él, para que fuéramos sus cómplices, y para vivir tranquilos y por él protegidos. Como si no hubiera constancia de que hemos pre- ferido, para arrancar al pueblo de su bárbara dominación, caminar cada día a través de la miseria y de los peligros y arrostrar la mu- chedumbre de sus satélites y los cadalsos.

Se ha querido hacer creer, en la proclama del directorio, que ha hecho las más bellas cosas del mundo (¡Oh! sin duda, para él ...), que es el amigo más ardiente de los patriotas y de la patria. Como si no fuera respuesta infinitamente justa a su afirmación el juego de palabras que dice: le sostiene como la soga sostiene al ahorca- do.

Se ha establecido, en la proclama del directorio, que las magnífi- cas promesas que hicieron tantas veces al pueblo los tiranos en- cubiertos con el manto popular, no han tenido jamás otro resulta- do que su fortuna particular y la miseria pública. Como si esta verdad pudiera tener otra aplicación que a los miembros del di- rectorio y sus amigos, los Merlín de Thioville, los Tallien, los Frerón, los Legendre y tantos otros.

Se ha hecho, en esta proclama del directorio, una llamada a los ricachones, a los famosos propietarios, a los poderosos ladrones. Como si pudiéramos temerles. Como si no pudiéramos, nosotros, hacer una llamada a la mayoría, compuesta ya no sólo de aque- llos que no tienen nada, sino también de todos aquellos a los que no les queda más que restos de sus mediocres fortunas, decima- das cada día como consecuencia del sistema abominable que existe.

Pasemos del análisis de esta obra del crimen, al de las otras obras provocadas por la primera, y consumadas por tiranos cómplices. Muerte a aquel que diga verbalmente que las dos cámaras se ha- llan compuestas de tiranos, de monárquicos y contrarrevoluciona- rios; y que, en consecuencia, estas cámaras merecen ser disueltas.

Muerte a aquel que enuncie la misma opinión sobre el directorio.

Muerte a aquel que escriba tal opinión.

Muerte a aquel que la imprima.

Muerte a aquel que pronuncie, escriba, o imprima que tal legisla- dor o director, por el número y la gravedad de sus crímenes reco- nocidos y probados, merece la muerte.

Muerte a aquel que articule que la constitución del 93 está basada sobre todas las virtudes, la humanidad, la justicia, etc.; y tal cosa será calificada de provocación con vistas a su restablecimiento. Muerte a quien se atreva a decir que la constitución del 95 es un código infame, basado sobre la perversidad y la más execrable tiranía; y ello será calificado de provocación a su derrocamiento.

Muerte también a aquel que provoque a la monarquía.

Detención, por cualquiera, de aquel que este cualquiera pretenda es autor de semejantes provocaciones; y nada impedirá a los atro- ces monárquicos hacer detener a los buenos patriotas en todas las ocasiones; y para inculparles les bastará decir que han hablado de la constitución del 93. Es verdad que estos últimos tendrán un medio de represalia acusando a los primeros de haber propuesto reentronizar a Luis XVIII; y no será sin duda fácil distinguir la ver- dad entre hombres que se disputarán cuáles de entre ellos son los arrestadores y los arrestados. De todos modos, lo que es cierto es que en virtud de una ley, los partidos pueden entrar en lucha los unos contra los otros. ¡Oh, sublimidad de nuestros legisladores! Fusilamiento de las personas que sean sorprendidas juntas y que no se separen a la primera intimación de un oficial de policía o de la fuerza armada. ¡Oh! que esta ley marcial es mucho más per- fecta que aquella que sirvió en el Champ de Mars, y sin embargo, verdad es que allí hallaron la muerte Bailly y algunos otros.

Cadenas para los pocos que se salven de las descargas, deporta- ción para otros, y otra vez la muerte para una tercera categoría. Estas tres penas para un mismo hecho; pero diferenciadas tan sólo en razón de la calidad de la persona. Derogación evidente de la declaración de los derechos del 95, que, por otro lado, se nos quiere obligar a respetar, y que dice formalmente que todos los ciudadanos son iguales ante la ley.

Cadenas también, o, en circunstancias atenuantes, la cárcel, para los vendedores de periódicos que no tengan la doble garantía del nombre del autor y la dirección de la imprenta, o para quienes los peguen en los muros.

Tales son los artículos de las dos cartas inquisitoriales y criminales del 27 y del 28 Germinal.

Según estos odiosos reglamentos, es una desgracia saber leer, es una desgracia saber hablar, es una desgracia saber escribir. Todos estos talentos no pueden ser más que funestos, pues se encuentra uno reducido a la alternativa o de prostituirlos a la tiranía o de exponerse a sus golpes si se infringen sus órdenes arbitrarias y criminales. No importan los peligros. Preferimos tomar este último partido. Es el único que conviene al hombre que conserva su dignidad. Un hombre fiel y protector celoso del pueblo nos ha trazado lo que en semejante caso se debe hacer: Cuando -dice- los que deben mantener las leyes son los primeros en violarlas, ¿qué les queda por hacer a los buenos ciudadanos? Despreciar a estos falsos conductores, agarrarse a los pilares del templo de la Libertad, y sucumbir bajo sus ruinas. ¿Quién no sabe en estos momentos que ley es aquello que favorece y protege, lo que fun- da y garantiza la felicidad y la libertad? Y que, por el contrario, todo lo que hiere y oprime no es ley, y no merece, al igual que sus autores, más que el profundo menosprecio de los hombres virtuosos. ¡Ciudadanos! he creído oportuno declarar que estos golpes de Estado, estas medidas liberticidas de la autoridad no nos intimidan, no nos desconciertan. ¿Podríais estar vosotros más desalentados que yo? No, no, los últimos excesos de la tiranía herida de muerte no pueden abatimos. Sus violaciones anuncian más bien su debilidad y sus temores que su audacia. En la deses- peración se llega a todo. El poder que se siente cubierto de crí- menes sabe que no puede prolongar su existencia más que con otros crímenes. Cuando se ha violado todo, ¿qué cuesta continuar? Pero sin embargo, se acerca el tiempo en que la medida de los atentados no puede ya ser rebasada. Anuncio a los tiranos que estoy en pie, que no me declaro vencido. ¡Plebeyos, hermanos míos! ¡Vuestra decisión es la misma! Nosotros pisotearemos imper- tinentes disposiciones, eludiremos sus amenazas de penalidades atroces. ¡Amigos! hay que ser firmes, perseverantes, invencibles; pero al mismo tiempo hay que añadir a todas estas virtudes la extrema prudencia. Los opresores han tramado horribles manio- bras para precipitamos en un último abismo. Actuaremos de for- ma que podáis evitarlo. Tengo hoy dos puntos esenciales que recomendaros. El primero es que, al mismo tiempo que permane- céis dispuestos a una acción constante, ninguno de vosotros, de manera alguna, debe dejarse detener: trabajemos ardientemente en el silencio; pero pongámonos todos fuera del alcance de los golpes de la opresión. El segundo punto consiste en desbaratar los planes de nuestros enemigos, poniéndonos en guardia contra el maquiavélico proyecto siguiente:

Unas cuarenta mujeres deben reunirse en un distrito designado. Gritarán mucho contra los acaparadores y los agiotistas; dirán que hace demasiado tiempo que estos hombres hambrean al pue- blo, que es justo que devuelvan algo de buen grado o a la fuerza.

Acalorarán y provocarán a aquellos que les escuchen, y, en fin, desencadenarán su indignación lanzándose con furia contra algunas tiendas. Individuos expresamente situados se extenderán por París, y dirán que los bribones Jacobinos han puesto finalmen- te en ejecución el horrible proyecto de saquear a las gentes hones- tas, a los buenos ciudadanos. Este rumor se extenderá considera- blemente. Las medidas represivas se pondrán en aplicación. Los periódicos difundirán por todo París, y la República entera, este nuevo crimen de los terroristas. La opinión se pondrá así en contra de ellos y la continuación y conclusión será la persecución moti- vada y la destrucción total de estos horribles hombres.

¡Pueblo! principalmente para que este infame plan no se te pudie- ra revelar han querido agarrotar la libertad de la prensa. ¡No te inquietes! Romperemos todas las cadenas para impedir que mue- ras víctima de quienes te torturan, te despojan y te envilecen des- de hace veinte meses.

(El Tribuno del Pueblo, No. 43).

 


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