Isaac Deutscher

Réplica a unas críticas


Escrito: Original para la revista mensual francesa Esprit, marzo de 1954.
Traducción (del inglés): Juan Carlos García Borrón (1970)
Esta edición: Marxists Internet Archive, abril de 2013.
Digitalización: Martin Fahlgren, 2013.



Mi libro Rusia después de Stalin, que escribí y concluí pocas semanas después de la muerte de Stalin, aparece en traducción francesa poco antes de que se cumpla el primer aniversario de aquel acontecimiento. Es un breve intervalo, que, sin embargo, ha estado lleno de acontecimientos sorprendentes, y durante el cual Rusia ha hecho un largo recorrido desde donde se encontraba el 6 de marzo de 1953. Basta recordar lo que algunos de los más conocidos comentaristas y expertos predijeron en aquel momento para reconocer hasta qué punto se ha alejado Rusia de su punto de partida de entonces. Algunos de los expertos dijeron, por ejemplo, no sin una lógica superficial, que en un estado-policía la policía era el factor decisivo del poder, y que, en consecuencia, Beria, su cabeza, era por definición el verdadero sucesor de Stalin, y desahuciaría con seguridad a Malenkov y Molotov. Otros reputados analistas nos aseguraron estólidamente que no había ni podía haber ”nada nuevo en el Este”, porque Stalin había dejado bien atada y bien asegurada la cuestión de la sucesión, y porque sus herederos, ligados por los más firmes lazos de solidaridad, estaban completamente de acuerdo en todos los temas políticos de importancia.

Los más obtusos de los stalinistas y los más encarnizados anticomunistas expresaron dicha opinión con la misma confianza en sí mismos. De modo bastante curioso, ésa fue también la opinión sostenida, incluso más tarde, por un escritor tan inteligente como George Kennan, que la ha expresado en su crítica a mi libro. Sé también de otro hombre muy inteligente y despierto, el embajador en Moscú de una gran potencia occidental, que pasó toda la velada del 9 de julio de 1953 argumentando que mi análisis de la situación rusa, en Rusia después de Stalin, era completamente equivocado, porque presuponía una división en el seno del grupo dominante ruso. Él, el embajador, sabía, por observación atenta y largo estudio, que no existía tal división: que Malenkov, Beria, Molotov y Jruschov pensaban y actuaban al unísono, al saber como sabían que sus posibilidades de supervivencia dependían de su absoluta unida. Habiendo así destruido, de una vez por todas, mis análisis e hipótesis, su excelencia se fue a la cama para despertar a la mañana siguiente con las dramáticas noticias de la caída de Beria...

Sé bien en qué puntos podría ganar mi obra con alguna corrección, y qué revisiones serían aconsejables a la luz de los últimos acontecimientos. Pero tales correcciones y revisiones no tendrían que ir más allá de retocar un párrafo en tal punto y cambiar ligeramente el énfasis de mi argumentación en tal otro. Lejos de refutar mi pronóstico, los acontecimientos lo han confirmado; y lo han hecho del único modo en que pueden confirmar una fórmula teorética, a saber, presentando un esquema de hechos que, aunque en básica armonía con la predicción, es naturalmente más complicado y dinámico que cualquier fórmula teorética.

Mi pronóstico no ha sido básicamente refutado por los acontecimientos, quizá porque desde el principio abordé mi tarea algo más modestamente que otros muchos escritores sobre el tema. No pretendí saber cuál sería el destino de tal o cual personalidad del grupo gobernante soviético. No esbocé un horóscopo personal para Malenkov, o Beria, o Jruschov. Lo que hice fue concentrar mi atención en abocetar, resumir y proyectar hacia el futuro las grandes tendencias sociales operantes en la Rusia contemporánea. Eso me llevó a la conclusión de que la Unión Soviética estaba acercándose a un punto crucial de su historia, en el que se vería obligada a empezar a moverse en una nueva dirección, y que la muerte de Stalin, lejos de ser la causa principal del cambio, no haría más que acelerarlo y subrayar su inevitabilidad.

Mi análisis y mis conclusiones han pasado a ser tema de una animada controversia a ambos lados del Atlántico. Apenas me sorprende que algunos de mis más furibundos críticos sean precisamente aquellos desafortunados adivinos que ya habían visto a Beria ocupando el lugar de Stalin, o habían asegurado sin vacilación la ”absoluta solidaridad ideológica” de los herederos de Stalin. También he atraído la ira de los propagandistas profesionales de la guerra fría, y muy especialmente de los cruzados anticomunistas que combaten bajo las altivas banderas del ”Congreso por la libertad de la cultura”. Por el contrario, muchos escritores serios y capaces han defendido mi modo de ver, con gran convicción. Esa controversia ya ha encontrado también sus ecos, amistosos y hostiles, en la prensa francesa; y mi propósito es ocuparme aquí especialmente de la extensa crítica que de mis opiniones ha hecho M. Raymond Aron, y que ha aparecido en el número de octubre de Preuves...

Todo análisis realista de la era de Stalin y de su conclusión tiene que hacer un balance de la revolución industrial soviética de los últimos veinticinco años; esa revolución por obra de la cual ha pasado de ser una de las naciones industrialmente más atrasadas a ocupar el segundo lugar como potencia industrial en el mundo. Ese proceso ha sido acompañado por un vasto progreso educativo del grueso de la sociedad soviética. El terrorismo y despotismo stalinistas empujaron al pueblo soviético a llevar adelante su revolución industrial, en parte a contrapelo, a una velocidad sin precedentes, y entre dificultades también sin precedentes. La ”magia primitiva del stalinismo” fue un reflejo del atraso cultural de la sociedad soviética en los años de formación y a mitad de carrera del stalinismo. De ahí concluí que, con el progreso alcanzado en la década de 1950, el terrorismo y la magia primitiva del stalinismo se habían convertido en anacrónicos y estaban entrando en conflicto con las nuevas necesidades de la sociedad soviética. El más alto nivel de civilización, industrial y general, favorecía una democratización gradual de la vida política soviética, aunque también era posible que se produjese una dictadura militar, de tipo bonapartista, entre crecientes tensiones internacionales. Una y otra perspectiva significaban el final del stalinismo. Un intento de galvanizar la ortodoxia y el régimen stalinista era todavía posible, e incluso probable; pero difícilmente podría lograr más que un éxito episódico.

El propagandista de la guerra fría basa todos sus argumentos y eslóganes en el supuesto de un mal inmutable e irredimible en el stalinismo, o en el comunismo en general. Si se excluye ese mal, todas sus estocadas ideológicas se clavan en el vacío. En consecuencia, el propagandista de la guerra fría se niega obstinadamente a ver que ese ”mal” ha estado históricamente determinado, y que la profunda transformación de la estructura y del concepto de la vida de la sociedad soviética no puede por menos de tener consecuencias políticas de largo alcance.

En ese punto, mis críticos, y especialmente Raymond Aron, me acusan de todos los pecados mortales del determinismo marxista. Se dice que yo niego la importancia de la voluntad humana en la historia; que elimino el papel del individuo, especialmente el del grand homme y jefe; y que atribuyo unilateralmente a la estructura económica de la sociedad esa influencia determinante en los asuntos humanos que no posee ni puede poseer.

Nunca he negado, desde luego, mis convicciones marxistas, pero trato de apoyarme sobre mis propios pies, sin apoyarme en la autoridad de Marx, de la que tanto se ha abusado. Como una cuestión de principio, me he esforzado siempre en desarrollar mi argumentación de tal modo que la validez de ésta no dependiera de supuestos específicamente marxistas. No es necesario ser marxista para convenir conmigo en el impacto de la revolución industrial soviética en la política soviética. A ningún historiador del siglo XIX, fuese conservador o liberal, se le ocurrió ignorar el impacto de la revolución industrial inglesa en la política de la Inglaterra victoriana. Ningún historiador puede ignorar la conexión entre aquella revolución y la gradual extensión del sufragio, es decir, la gradual democratización de Inglaterra. Es una verdad trillada que las formas modernas de vida democrática se han desarrollado principalmente en naciones industrializadas, y, por regla general, no han logrado desarrollarse en naciones que se han mantenido a un nivel de civilización semifeudal o pre-industrial. Pero lo que se acepta como una verdad trillada en la historia moderna y contemporánea del mundo no-comunista es, a ojos de nuestros críticos, totalmente inaplicable a la Unión Soviética; en ésta, es sencillamente ridículo esperar que la más amplia y masiva industrialización, urbanización y mejora educativa puedan fomentar clase alguna de tendencias democráticas.

Algunos de los críticos han propuesto un argumento que no me siento inclinado a pasar por alto. ¿Qué hay de Alemania?, preguntan. ¿Es que un alto nivel de industrialización y de educación popular ha impedido que Alemania produjera el peor autoritarismo y totalitarismo? ¿No tenía el nazismo su ”magia primitiva”? ¿Cómo se puede hablar de que Rusia ”deje atrás” el stalinismo, cuando Alemania nunca ha ”dejado atrás” realmente el nazismo, que sólo pudo ser destruido desde fuera, por la guerra?

Quizá debo observar que nunca y en ninguna parte he dicho ni sugerido que la industrialización y el progreso educativo garanticen automáticamente una evolución democrática. Todo lo que he dicho es que la industrialización tiende a despertar aspiraciones democráticas en las masas. Esas aspiraciones pueden, sin duda, ser frustradas o derrotadas por otros factores. Pero ni en el caso de la industrialización alemana puede decirse que ésta no fomentase la tendencia democrática. Las cuatro décadas que separan la Ausnahmegesetz de Bismarck y la ascensión de Hitler contemplaron una muy considerable expansión de las formas de vida política democrática, primero en el imperio de los Hohenzollern y luego en la república de Weimar. La clase obrera alemana fue el principal factor de esa democratización, arrancando de la clase gobernante una concesión democrática tras otra. El hecho de que no fuese persistente, y abdicase en el momento decisivo, en 1933, no invalida la conexión histórica, evidente también en Alemania, entre industrialización y política democrática.

Lo que prueba la historia de Alemania es esto: la tendencia democrática fue fuerte mientras la sociedad alemana estuvo en crecimiento y expansión sobre una base capitalista. Se redujo, y dio paso a la tendencia totalitaria, en una sociedad en decadencia, basada en una economía capitalista en contracción, como era la economía alemana en los años de la aparición de Hitler. Millones de trabajadores en paro, un sentimiento general de inestabilidad social, miedo e histeria de masas, fueron los elementos básicos que entraron en la génesis del nazismo. Estaba además la envidia, el odio y el desprecio de la Kleinbürgertum por el movimiento obrero; la ilusión de esa pequeña burguesía de que podría hacerse fuerte a la vez frente a la Grossbürgertum y frente al proletariado; la determinación de los ”barones” de la industria y las finanzas alemanas de utilizar contra el proletariado el miedo y el odio de la clase media más baja; la división interna y la impotencia de los trabajadores alemanes; y, finalmente, aun cuando en modo alguno fuese lo menos importante, el orgullo nacional alemán, herido desde la derrota de 1918, y el agudo deseo de venganza. Esa fue la específica y muy compleja combinación de factores que produjo la particular variedad alemana de régimen totalitario, sobre la base de una economía capitalista.

Aunque sea una verdad evidente que una civilización muy industrial no imposibilita el desarrollo del totalitarismo, debería ser aún más evidente que no es esa civilización, per se, la responsable de ese desarrollo. Las causas específicas del totalitarismo tienen que ser examinadas en cada caso. Yo he tratado de exponer las fuentes específicas del stalinismo en el estado de la sociedad soviética de 1920, y también de mostrar que aquellas fuentes han ido secándose en la década de 1950. No viene a cuento, pues, el decir que de otras fuentes muy distintas, a saber, los fermentos de la sociedad alemana de las décadas de 1920 y 1930, brotó algo que exteriormente, y sólo exteriormente, era muy similar al stalinismo. Insisto en el análisis de las causas y consecuencias específicas, mientras que mis críticos razonan al modo de aquel viejo campesino polaco que decía a su hijo que era inútil curar la tuberculosis en la familia, porque, una vez curada, morirían más pronto o más tarde de alguna otra epidemia. Mantengo que la urbanización y la modernización están ”curando” a la Unión Soviética del stalinismo. ”Pero pensemos en la epidemia del nazismo — replican algunos profundos pensadores — a la que sucumbió Alemania, y, en vista de ésta, ¿cómo podemos hablar de que Rusia se cure del stalinismo?”

Ciertamente, si en la Unión Soviética aparecieran condiciones semejantes a las que dieron origen al nazismo — paro generalizado, una economía en contracción, sentimiento de inseguridad social, humillación nacional, miedo e histeria de masas — el resultado sería probablemente similar. Pero ni siquiera mis críticos esperan que tales condiciones se produzcan en la Unión Soviética en un futuro previsible. (Podrían aparecer a consecuencia de la derrota de Rusia en una tercera guerra mundial, y su resultado sería ciertamente no una democracia, sino alguna forma de totalitarismo fascista, si es que esos términos políticos pudieran conservar algún significado después de una guerra atómica.)

Nunca puede llegar a ser subrayado con fuerza suficiente que la sociedad soviética, tanto si se la mira con ojos amistosos como hostiles, no puede ser entendida en absoluto si se ignora una de sus características básicas, a saber, el hecho de que es una sociedad en expansión, y que se expansiona sobre la base de una economía dirigida que la hace inmune a esa extrema inestabilidad económica y moral que en la sociedad burguesa tiende a producir neurosis de masa fascistas. La Unión Soviética está saliendo del stalinismo con todas las condiciones necesarias para que continúe su expansión, y no meramente durante ciertas fases del ciclo industrial o durante la carrera de armamentos. La expansión continua es en efecto inherente a la economía dirigida de tipo socialista, o incluso del actual tipo soviético, como la forma básica de su movimiento, del mismo modo que los altibajos del ciclo comercial representan la forma de movimiento peculiar al capitalismo ”normal”. (Este es el sólido núcleo de verdad en toda propaganda comunista; y es fácil pasarlo por alto o rechazarlo temerariamente porque muchas veces se presenta arropado en espesas capas de tosca ficción.) El totalitarismo stalinista y la magia primitiva, que pertenecen esencialmente a un período transicional anterior, se hacen improcedentes, anacrónicos e insostenibles, en esta sociedad en expansión en su actual nivel de fuerzas productivas. Tanto más improcedente es referir a los problemas de esta sociedad los fenómenos del nazismo o del fascismo, nacidos de la decadencia y de la desintegración social.

Uno de mis críticos franceses pretende que al exponer ese modo de ver determinista reduzco ”le rôle de la volonté humaine” y el papel ”des grands hommes” en la historia. Quizá me sea permitido preguntar: reducir, ¿en relación a qué? ¿A su papel real en el proceso histórico?, ¿o a la idea groseramente exagerada que el crítico tiene de ese papel? Yo tengo ciertamente la opinión de que la voluntad humana es ”libre” sólo en la medida en que actúa como promotora de ”necesidad”, es decir, dentro de los límites que circunscriben las condiciones externas. La voluntad de los grands hommes representa solamente un caso particular del problema general de la voluntad humana: le grand homme ”hace” historia dentro de los límites en que le permiten hacerla su medio y el equilibrio existente de fuerzas sociales, nacionales e internacionales. Mi crítico francés parece pasmado ante mi sugerencia de que la revolución bolchevique de 1917 podría quizás haber tenido lugar incluso sin Lenin. El, por el contrario, ve a Lenin como el soberano hacedor de la revolución, y considera que el papel personal de Lenin es más importante que todas las ”tendencias objetivas”, que el ”espíritu del tiempo” y las ”leyes de objetivas”,  historia y abstracciones similares” (el empleo de alguna de las cuales me atribuye de un modo completamente fortuito). Mi crítico francés — Raymond Aran — es, pues, enteramente consecuente consigo mismo cuando escribe: ”Peut-étre aurait-il suffi que le train plombé qui transportait Lénine a travers l'Allemagne [en 1917] sautât ou que Trotsky fût retenu aux Etats-Unís ou en Angleterre, pour que l'Esprit du temps s'exprimât autrement”.[1] De ese modo mi crítico regresa a la tosca creencia en el decisivo papel del accidente en la historia, a la vieja ocurrencia de que la historia del Imperio romano habría sido enteramente diferente si la forma de la nariz de Cleopatra no hubiera sido la que fue; a la idea de Carlyle del ”héroe en la historia”, ”una idea quizás indispensable al fascismo, al stalinismo... y al gaullismo. Al llegar a ese punto, me reconozco culpable: en relación con ese modo de entender la historia, yo sí reduzco el papel de la volonté humaine y de le grand homme: yo no rindo culto en sus templos.[2]

La perspectiva extremadamente subjetivista y voluntarista de la mayoría de mis críticos les permite, desde luego, ”reducir el papel” de todas las circunstancias objetivas, y, más específicamente, ignorar el impacto de los procesos económicos, sin precedentes en alcance y en vigor, sobre el futuro político, cultural y moral de la Unión Soviética. Esos críticos ven toda la revolución rusa como en términos de la mala fe o mala ambición, o la conformación ”more manicheo” de unos cuantos líderes bolcheviques. Esas malas intenciones o ambiciones existían, desde luego, con anterioridad a los cinco planes quinquenales, y continúan operando hacia un futuro indefinido. Le permiten a uno ”explicar” todo el desarrollo de la Unión Soviética y del comunismo mundial como una simple secuencia de complots y conspiraciones. ¿Cómo fue que Stalin impuso primeramente al partido, a hierro y fuego, la doctrina del ”socialismo en un solo país”, que obligó a todo el comunismo internacional a aceptar esa doctrina, y que entonces hizo más que otro hombre alguno por contribuir a la expansión del comunismo a una docena de países? ¿Fue eso tal vez una contradicción profunda, y en cierto sentido trágica, del stalinismo, como yo he tratado de probar?

Nada de eso, contestan mis críticos. La fanática predicación staliniana del ”socialismo en un solo país” era o una impertinencia o un fraude destinado a desorientar al mundo, más probablemente un fraude y una conspiración. Como un cierto tipo de antisemitas, que se inspiran en los ”protocolos de los sabios de Sión”, el propagandista de la guerra fría cree de corazón en la existencia de unos ”protocolos de los sabios del comunismo” que, indudablemente, algún día serán desenterrados y revelados al mundo. Y entonces quedará probado que todas las doctrinas del stalinismo y las luchas sangrientas correspondientes fueron solamente otros tantos artificios ideados para encubrir la conspiración comunista contra el mundo.

Algunos críticos, especialmente veteranos mencheviques rusos, y sus discípulos norteamericanos, descartan la idea de una evolución democrática en la Unión Soviética o en el partido comunista, porque toda idea de esa naturaleza deja de tener en cuenta lo inseparable que la perspectiva totalitaria ha sido del partido bolchevique: se supone que el totalitarismo bolchevique se remonta a la lucha de Lenin a propósito de los estatutos del partido en 1903, el año en que los socialistas rusos se escindieron en bolcheviques y mencheviques. Lenin pidió entonces que solamente los participantes activos en la labor clandestina del partido fueran reconocidos como miembros del mismo, mientras que los mencheviques deseaban que se concediese también la calidad de miembros a los ”simpatizantes”. Entonces fue, se nos dice, cuando quedó decidido de antemano el tema que resuena por detrás de todas las grandes catástrofes de este siglo, por detrás de la secuencia de revolución y contrarrevolución, por detrás de la masiva realidad del totalitarismo stalinista, por detrás de la guerra fría y de todos los peligros que ahora amenazan al mundo. El origen de todo eso es la idea sobre la organización del partido que Lenin incorporó al último párrafo de los estatutos del partido hace unos cincuenta años. Así, medio siglo de historia de Rusia, incluso del mundo, se ve como saliendo de la cabeza de Lenin, de una sola idea de su cerebro. ¿Podría llevarse más lejos el desprecio por el ”determinismo materialista”?

El propagandista de la guerra fría oculta, con más o menos inteligencia, su embarazo o su situación de impotencia intelectual con los términos ”totalitarismo” y ”totalitario”. Siempre que es incapaz, o demasiado perezoso mentalmente para explicar un fenómeno, recurre a esta etiqueta:

Denn eben wo Begriffe fehlen
Da stellt zur rechten Zeit ein Wort sich ein.
Mit Worten lässt sich trefflich streiten,
Mit Worten ein System bereiten.

Quizá debo explicar el que yo mismo haya empleado ocasionalmente dicho término para describir ciertos aspectos del stalinismo; al menos, lo he hecho así a partir de 1932. Pero es un término que conviene usar con parquedad y precaución. Nada hay más confusionista y dañino que el hábito de apelotonar regímenes y fenómenos sociales diversos bajo una misma etiqueta. Los stalinistas han agrupado muchas veces a sus oponentes bajo el rótulo indistinto de ”fascistas”. Los antistalinistas agrupan a nazis, fascistas, stalinistas, leninistas, y simplemente marxistas, como ”totalitarios”, y luego nos aseguran que el totalitarismo, que es un fenómeno completamente nuevo, excluye hasta la posibilidad de cualquier cambio o evolución, para no hablar ya de una reforma cuasi-liberal. Un régimen totalitario, proclaman los antistalinistas, nunca puede ser reformado ni derrocado desde dentro; solamente puede ser destruido desde el exterior, por la fuerza de las armas, como lo fue el régimen de Hitler.

El hecho es que casi todas las revoluciones modernas (la Comuna de París, las revoluciones rusas en 1905 y 1917, las revoluciones de 1918 en la Europa central, la revolución china de 1948-49) e incluso las reformas más democráticas, han aparecido en la estela de una derrota militar en la guerra, no como resultado de desarrollos puramente internos; y así ha sido también en los regímenes no totalitarios. No obstante, sería un error impresionante tratar metafísicamente el totalitarismo como un estado de completa inmovilidad de la sociedad o de absoluta congelación de la historia, que excluye todo movimiento político en la forma de la acción desde abajo o de la reforma desde arriba. Es, sin duda, verdad que, bajo Stalin, las posibilidades de tales acciones o reformas eran insignificantes. Pero han crecido enormemente desde el momento crítico, al final de la era de Stalin, en que la crisis en la dirección personal coincidió con una acumulación de cambios en el seno de la sociedad. Al negar esto, mis críticos abandonan inadvertidamente su extrema oposición al determinismo, y adoptan a su vez una especie de determinismo completamente irrealista. También ellos dicen ahora que el futuro político de Rusia está predeterminado, sólo que, en su propia opinión, no son los datos económicos y culturales — el hecho de que las estepas rusas y los yermos de Siberia se hayan cubierto de millares de nuevas fábricas, que la población urbana rusa haya crecido en unos cuarenta millones de almas en poco más de veinte años, o que en Rusia asistan a la escuela proporcionalmente mayor número de jóvenes que en cualquier otra parte del mundo —, no son esos hechos los que pueden predeterminar el futuro político de Rusia. Es la política de la era de Stalin, y sólo ella — el sistema de partido único, la ausencia de discusión libre, el culto a la personalidad, el terror de la policía política, etc. —, lo que va a decidir la forma de las cosas por venir. Su determinismo se resume así: la política está determinada por la política sola, es autosuficiente e independiente de otros campos de la vida social. En mi opinión, los procesos económicos son de importancia primordial, pero están íntimamente conexionados con los desarrollos culturales y con el clima moral; dependen de las circunstancias políticas, y causan a su vez un poderoso impacto en esas circunstancias. El pseudodeterminismo de mis críticos es unidimensional, mientras que el ”anticuado” determinismo marxista tiene al menos la ventaja de que trata de captar la realidad como es: multidimensional en todos sus aspectos, y dinámica.

Un cierto tipo de propagandista de la guerra fría ”de izquierdas”, que no ha tenido todavía tiempo de desprenderse de la enfermedad infantil del ex-comunismo, aborda el tema desde un punto de vista ”marxista”, y dirige contra mi análisis el ”arma” del determinismo económico. Una ruptura con la era de Stalin y una evolución democrática, argumenta ese crítico, están excluidas, porque irían contra el interés de clase o grupo de la minoría gobernante y privilegiada de la sociedad soviética. Tal argumento, debe recordarse, fue propuesto primeramente de un modo parcial por Trotski, aunque no podemos hacer a éste responsable de las excesivas simplificaciones de los trotskistas.

La clase de los directores y los burócratas, se dice, tiene intereses creados que la llevan a mantener la desigualdad económica y social de la era de Stalin. Tiene, pues, que conservar a salvo todo el aparato de coacción y terror que impone a la fuerza esa desigualdad.

Esa argumentación supone:

a) que existe un alto grado de algo así como solidaridad de clase en los grupos de directores y burócratas soviéticos; y

b) que el grupo gobernante está guiado en su política por una clara consciencia del interés de clase privilegiada, y por una fuerte preocupación por el mismo.

Esos presupuestos pueden ser o no ser correctos; en mi opinión, las pruebas son hasta ahora poco concluyentes. Un poderoso argumento en contra es que repetidamente hemos visto a la minoría privilegiada y dirigente de la sociedad soviética profundamente dividida y envuelta en una lucha feroz hasta la exterminación de amplios sectores de la burocracia. Las víctimas de las grandes purgas de 1936-38 procedían principalmente de los cuadros del partido, de los grupos directoriales y de los cuerpos de oficiales militares, y, sólo en último lugar, de las masas no privilegiadas. Admito, no obstante, que para mí es una cuestión aún no resuelta la de si aquellas purgas aceleraron la integración social de la nueva minoría privilegiada o, al contrario, impidieron que dicha minoría se constituyese como un sólido estrato social.

En cualquier caso, no podemos decir de antemano hasta qué punto los grupos privilegiados pueden resistir una tendencia democrática e igualitaria surgida en la sociedad soviética. Puede ser que defiendan sus privilegios con uñas y dientes, y que combatan toda tendencia de esa naturaleza con obstinada crueldad. Pero es, al menos, perfectamente posible que la ”solidaridad de clase” de la minoría privilegiada resulte débil, que su resistencia a la tendencia socialista-democrática resulte falta de ánimo e ineficaz y que el primer impulso en favor de reformas cuasi-liberales provenga, como ya ha provenido, de las filas de la misma burocracia. Eso no quiere decir que haya que esperar que la democratización tenga efecto exclusivamente por medio de una reforma desde arriba: puede ser necesaria una combinación de presión desde abajo y reforma desde arriba. Pero, en una cierta etapa del desarrollo, es la reforma cuasi-liberal desde arriba lo que puede espolear del modo más efectivo una reanimación de la acción política espontánea de abajo, o crear las condiciones en las cuales tal acción puede hacerse posible después de toda una época de sopor totalitario.

Pero aunque supongamos, en favor de la argumentación, que la burocracia soviética representa un interés social y político particular, no se seguiría sin más que ese interés tuviera que ponerse en la perpetuación de la extrema desigualdad y opresión de la era de Stalin. Esa desigualdad fue el resultado directo de una pobreza de recursos disponibles, que no permitía no ya una distribución igualitaria, sino ni siquiera una remota aproximación al igualitarismo. Como ya he indicado, con mayor extensión, en Rusia después de Stalin, una fuerte diferenciación en los ingresos era el único medio para que Rusia pudiese desarrollar sus recursos de un modo suficiente para superar aquella pobreza inicial. En otras palabras, los privilegios de los grupos de directores y burócratas coincidían con un más amplio interés nacional. Pero, con los progresos de las fuerzas productivas, que hacen posible el alivio de la pobreza aún existente en materia de bienes de consumo, una reducción de la desigualdad se hace posible, deseable e incluso necesaria para el ulterior desarrollo de la riqueza y civilización de la nación. No es necesario que tal reducción tenga lugar primordial o principalmente por medio de una baja en el nivel de vida de la minoría privilegiada; puede lograrse por medio de la elevación del nivel de la mayoría. En una sociedad estancada, que vive con una renta nacional cuyo volumen permanece estacionario durante años, el nivel de vida de las masas no puede ser mejorado como no sea a expensas de los grupos privilegiados, que, en consecuencia, se resisten a todo intento de se- mejante mejora. Pero en una sociedad que vive con una renta nacional rápidamente creciente, los grupos privilegiados no necesitan pagar, o no necesitan pagar a alto precio, la mejora en el bienestar de las masas trabajadoras; y, en consecuencia, no están necesariamente forzados a oponerse a dicha mejora.

La minoría privilegiada de la URSS no tiene un interés absoluto, aunque pueda tener un interés relativo y temporal, en perpetuar las discrepancias económicas y los antagonismos sociales que fueron inevitables a un nivel más bajo del desarrollo económico. Ni necesita adherirse a un régimen político ideado para suprimir y ocultar aquellos antagonismos tras una fachada ”monolítica”. El stalinismo, no su ortodoxia, su telón de acero y su elaborada mitología política, mantuvo al pueblo soviético más o menos a oscuras en cuanto al alcance y profundidad de sus propias divisiones sociales. Pero con el fenomenal crecimiento de la riqueza soviética esas divisiones tienden a suavizarse; y la ortodoxia, el telón de acero y la elaborada mitología del stalinismo tienden a convertirse en socialmente inútiles. Solamente la inercia puede mantenerlos en su ser todavía durante algún tiempo, pero la inercia se desgasta a sí misma; y es difícil que quien observa con los ojos abiertos la escena soviética no vea que ya está empezando a desgastarse.

Más que en cualquier otro tiempo histórico anterior, la evolución política de las naciones depende ahora tanto de factores internacionales como de factores internos. El peligro de guerra y el miedo a la misma no fortalecen las instituciones democráticas en ninguna parte del mundo. Sería necio esperar que una tendencia democrática en la URSS, que, en todo caso, tendría que luchar con tanta resistencia, pudiera fortalecerse mientras prevalezca un talante guerrero dentro y fuera de la Unión Soviética. Todo nuevo aumento de tensión internacional refrenará, con la mayor probabilidad, la tendencia democrática y estimulará una nueva forma de autoritarismo o totalitarismo. Dado que la forma stalinista ha perdido su relativa justificación histórica, y dado que el peligro de guerra realza la ya fuerte posición de las fuerzas armadas, es probable que ese nuevo autoritarismo o totalitarismo asumiera una forma bonapartista. Una versión soviética del bonapartismo incrementaría a su vez el peligro de guerra, o quizás hiciese la guerra inevitable.

Esa tendencia de pensamiento parece haber chocado a mi crítico. Raymond Aron, al que ya he citado anteriormente, hace esta pregunta: ”Pourquoi un régime bonapartiste signifierait-il la guerre? Un général, qui s'efforcerait de liquider le terrorisme du parti, serait normalement enclin a un accord avec l'Occident”.[3] Releo esas frases y me froto los ojos: ¿es posible que hayan sido escritas por un francés, y por un francés que es ”filósofo político”? Pourquoi un régime bonapartiste signifierait-il la guerre? ¿Por qué la significó en realidad? Y ¿por qué la suposición de que un régimen similar en Rusia significaría también la guerra parece tan violenta? Porque un general ”que se esforzase en liquidar el terrorismo del partido” debería tener una mentalidad pacífica. Pero, podemos preguntar, ¿no fue el terrorismo interno del partido jacobino liquidado bajo Napoleón? Y ¿no proyectó Napoleón, en cierto sentido, ese terrorismo al campo internacional?

Independientemente de la escuela histórica a que podamos pertenecer, bonapartista o antibonapartista, jacobina o antijacobina, no podemos negar la aparente paradoja de que, con todo su terrorismo interno, los jacobinos condujeron su política internacional de un modo mucho más pacífico que Napoleón, el cual, en los asuntos interiores, impuso el orden y el derecho. ¿No procedió de Danton y Robespierre, los terroristas revolucionarios, la advertencia contra la idea de llevar la revolución fuera del país, a punta de bayoneta? Los jacobinos suprimieron por medio de la guillotina las tensiones internas que la revolución había puesto al descubierto o había producido, mientras que Napoleón solamente podía hacer frente a aquellas tensiones buscándoles salida hacia el exterior de la nación. Desde luego que ése no fue sino un aspecto del problema — el otro fue la actitud de Inglaterra y de la Europa contrarrevolucionaria —, pero fue un aspecto muy esencial.

Quizás ahora se pueda ver por qué no es del todo irreal una analogía en el caso de Rusia. Un mariscal o general puede instalarse en el Kremlin, ”liquidar el terrorismo del partido” y tener las más pacíficas intenciones hacia el mundo exterior. Pero sus intenciones pueden pesar poco en comparación con las circunstancias de su acceso al poder. Tendría que heredar las más graves tensiones del régimen stalinista o post-stalinista. Las tensiones entre la ciudad y el campo, entre el colectivismo y el individualismo campesino y entre la Rusia propiamente dicha, por un lado, y Ucrania, Georgia y las restantes repúblicas periféricas, por el otro. El stalinismo ha suprimido casi continuamente esas tensiones mediante métodos terroristas. Por eso precisamente es por lo que fue, en general, pacífico en sus relaciones exteriores; Stalin estaba preocupado por sus problemas domésticos, y su manera de tratarlos era tal que, sin verse nunca libre de tales preocupaciones, tenía que mantener una actitud esencialmente defensiva hacia el mundo exterior. En 1948-52, cuando Rusia tenía en Europa un predominio militar inmediato innegable, un Bonaparte ruso podría haber cursado órdenes de avance al ejército rojo; Stalin, a pesar de su ”actitud maniquea” y su ”fervor mesiánico”, no lo hizo. Cualesquiera que sean los clichés de las historias y la propaganda al uso, el terrorismo interno y la política exterior prudente y”amante de la paz” de Stalin no fueron sino las dos caras de una misma medalla.

Si un mariscal soviético tomase el poder, lo haría en condiciones de desorden interno y aguda tensión internacional; en una situación más normal, difícilmente encontraría facilidades para su ascenso al poder. O encontraría destruido el aparato de terrorismo staliniano, o tendría que destruirlo él mismo para justificarse. De ese modo, se vería privado de los viejos medios para controlar y suprimir las tensiones domésticas. La peligrosa situación internacional apenas le permitiría enfrentarse con esas tensiones de una manera paciente, lenta, reformista. La inestabilidad e inseguridad internas comunicarían un carácter explosivo a su política extranjera: se vería obligado a buscar a las tensiones domésticas un ”salida al exterior de la nación”. Luego de comenzar por el establecimiento de la ley y el orden en casa, y por las más pacíficas intenciones en relación con el mundo exterior, el Bonaparte ruso, como su prototipo francés, se vería empujado a una aventura militar impredecible, en parte a causa de que no podría ejercer un buen control interno mediante un terrorismo intenso. Probablemente resultaría mucho más belicoso que Stalin y Molotov y Malenkov, en la misma medida en que Napoleón resultó ser más belicoso que Robespierre y Danton.

Admito que sigo siendo determinista en este punto: la última singladura en que se embarcaría un Bonaparte soviético no dependería gran cosa de su presunta inclinación personal a llegar a un acuerdo con el Occidente. Podría estar inspirado por la más pacífica de las intenciones; podría incluso llegar a su paz de Amiens (acerca de cuyo significado discutirían más tarde generaciones de historiadores); y aun así, con toda probabilidad se vería impulsado a la guerra, incluso a una guerra ”agresiva”, por una combinación de factores internacionales e internos.

La mayoría de las veces la perspectiva de mis críticos está condicionada por su prejuicio contra el bolchevismo en todas sus fases, pre-stalinista, stalinista y post-stalinista. Ese prejuicio les lleva a la más ridícula e intempestiva apología del zarismo, y a hablar extensamente de los rasgos progresivos del régimen zarista, que, si hubiese durado hasta nuestros días, habría llevado a Rusia mucho más adelante, por el camino del progreso industrial y cultural, de lo que lo ha hecho el régimen bolchevique. Ese mismo prejuicio es el que les predispone a saludar con alegría el advenimiento de un Bonaparte soviético. ”i Cualquiera, cualquiera es preferible a los bolcheviques!”, parece ser la máxima. Todo cuanto se diga sobre el elemento democrático proletario del bolchevismo — un elemento muy soterrado, pero genuino — les parece irreal. Y no obstante, la visión del ángel de la paz vestido con el uniforme de Bonaparte ruso no les parece extraña.

La alternativa sigue siendo entre una revolución democrática del comunismo y algún tipo de dictadura militar. Esa es, a mi parecer, la alternativa básica, la alternativa a largo plazo. Nunca se me ha ocurrido que la decisión histórica tuviese lugar a poco de la muerte de Stalin. En cualquier caso, la plena ”liberalización” del régimen, o el pleno resurgir de la tradición democrática proletaria del comunismo, no podrían ser cuestión de unos pocos meses, ni siquiera de unos pocos años. Lo que podían poner, y han puesto, de manifiesto los acontecimientos que siguieron inmediatamente a la muerte de Stalin, es que la alternativa anteriormente esbozada es real, y que los impulsos que pueden llevar a la Unión Soviética en una dirección u otra están ya operando, y en conflicto mutuo. El carácter de largo plazo que doy al pronóstico me exime de la necesidad de llevar más adelante la réplica a mis críticos que apuntan a los acontecimientos de unos pocos meses para concluir que mi predicción ha sido refutada. Solamente puedo expresar una cierta sorpresa ante esa ingenua falta de consideración del factor tiempo.

Eso no quiere decir que podamos ignorar la conexión entre la evolución a corto plazo o a largo plazo, ni que hayamos fijado nuestra mirada en esta última de un modo tan exclusivista que no hayamos sabido apreciar la primera. Mi pronóstico tenía también en cuenta las perspectivas a corto plazo. En Rusia después de Stalin escribí que, aparte de la alternativa básica — dictadura militar o democracia socialista —, había también la posibilidad de ”una recaída en la forma stalinista de dictadura”. Y añadía: ”Una recaída prolongada en el stalinismo es muy improbable” (p. 159 de la edición inglesa, Russia After Stalin). El adjetivo ”prolongada”, subrayado en el original, apuntaba directamente, aunque quizá demasiado lacónicamente, a la probabilidad de una recaída breve. Algo parecido a eso ha ocurrido mientras tanto y se encuentra todavía en progreso; pero esa recaída ha sido sólo parcial, vaga y débil, y está siendo cuidadosamente disimulada.

La historia de Rusia no ha hecho más que abrir un nuevo capítulo; observemos pacientemente cómo se van llenando sus páginas.


Notas:

[1] “Quizás habría sido suficiente que el vagón sellado que llevaba a Lenin a través de Alemania hubiese saltado, o que Trotski hubiese sido retenido en los Estados Unidos o Inglaterra, para que el espíritu del tiempo se hubiese expresado de otra manera.”

[2] Es bastante curioso que un crítico de The Times Literary Supplement (28 de agosto de 1953) piense que yo tiendo ”a exagerar los elementos personales inherentes al stalinismo”.

[3] ”¿Por qué un régimen bonapartista significaría la guerra? Un general que se esforzase en liquidar el terrorismo del partido tendería normalmente a un acuerdo con Occidente.”