Derechos 2005 Aleida March, Centro de Estudios Che Guevara y Ocean Press. Reproducido con su permiso. Este material no se debe reproducir sin el permiso de Ocean Press. Para mayor información contactar a Ocean Press a: info@oceanbooks.com.au o a través de su sitio web en www.oceanbooks.com.au

 

 

 

san martín de los andes

 

El camino serpentea entre los cerros bajos que apenas señalan el comienzo de la gran cordillera y va bajando pronunciadamente hasta desembocar en el pueblo, tristón y feúcho, pero rodeado de magníficos cerros poblados de una vegetación frondosa. Sobre la estrecha lengua de quinientos metros de ancho por treinta y cinco kilómetros de largo que es el lago Lacar, con sus azules profundos y los verdes amarillentos de las laderas que allí mueren, se tiende el pueblo, vencedor de todas las dificultades climáticas y de medios de transporte, el día que fue “descubierto” como lugar de turismo y quedara asegurada su subsistencia.

El primer ataque contra un dispensario de Salud Pública falló completamente, pero se nos indicó que podíamos hacer parecida tentativa en las dependencias de Parques Nacionales, cuyo intendente acertó a pasar por allí y nos dio enseguida alojamiento en uno de los galpones de herramientas de la citada dependencia. Por la noche llegó el sereno, un gordo de ciento cuarenta kilos bien medidos y una cara a prueba de balas, que nos trató con mucha amabilidad, dándonos permiso para cocinar en su cuchitril. Esa primera noche la pasamos perfectamente, durmiendo entre la paja de que estaba provisto el galpón, bien abrigados, lo que se hace necesario en estas comarcas donde las noches son bastante frías.

Compramos un asado de vaca y emprendimos la caminata por las orillas del lago. Bajo la sombra de los inmensos árboles, en que lo agreste no había cedido al empuje de la civilización invasora de jurisdicciones, hacíamos proyectos de poner allí un laboratorio, a la vuelta de la gira. Pensábamos en los grandes ventanales asomados al lago, mientras el invierno blanqueaba el suelo; en el autogiro, necesario para trasladarse de un lado a otro; en la pesca en un bote; en excursiones interminables por los montes casi vírgenes.

Después, sentimos muchas ganas de quedarnos en algunos parajes formidables, pero sólo la selva amazónica llamó tanto y tan fuerte a las puertas de nuestro yo sedentario. Ahora sé, casi con una fatalista conformidad en el hecho, que mi sino es viajar, que nuestro sino, mejor dicho, porque Alberto en eso es igual a mí; sin embargo hay momentos en que pienso con profundo anhelo en las maravillosas comarcas de nuestro sur. Quizás algún día cansado de rodar por el mundo vuelva a instalarme en esta tierra argentina y entonces, si no como morada definitiva, al menos como lugar de tránsito hacia otra concepción del mundo, visitaré nuevamente y habitaré la zona de los lagos cordilleranos.

Oscureciendo ya emprendimos el regreso que finalizó entrada la noche, encontrándonos con la agradable sorpresa de que don Pedro Olate, el sereno, había traído un buen asado para agasajarnos, compramos vino, para responder al envite y devoramos como leones, para variar. Cuando estábamos hablando de lo bueno que estaba el asado y de lo pronto que dejaríamos de comerlo en la forma indiscriminada en que lo hacíamos en la Argentina, nos dijo don Pedro que a él le habían ofrecido hacer la parrillada con que se agasajaría a los corredores de automóviles que vendrían el próximo domingo a disputar una carrera en el circuito de la localidad. Necesitaría dos ayudantes y nos ofreció el puesto.

“A lo mejor no les pagan nada, pero pueden ir juntando ‘asau’ para después.”

Nos pareció buena la idea y aceptamos los cargos de ayudante primero y segundo del “Taita de los asadores del sur argentino”.

El domingo fue esperado con una unción religiosa por ambos ayudantes. A las seis de la mañana de ese día iniciamos nuestra tarea ayudando a cargar la leña en el camión que la llevaría al lugar del asado y no paramos de trabajar hasta las once, en que se dio la señal definitiva y todos se lanzaron vorazmente sobre los apetitosos costillares.

Mandaba la batuta un personaje rarísimo a quien yo daba con todo respeto el título de señora cada vez que le dirigía la palabra, hasta que uno de los comensales me dijo:

—Che pibe, no cargues tan fuerte a don Pendón que se puede cabrear.

—¿Quién es don Pendón? —dije haciendo con los dedos ese interrogante del que dicen que es de mala educación.

La respuesta: don Pendón era “la señora”, me dejó frío, pero por poco tiempo. El asado, como siempre ocurre, sobraba para el número de invitados, de manera que teníamos carta blanca para seguir con nuestra vocación de camellos.

Seguíamos además un plan cuidadosamente calculado. A cada rato mostraba que aumentaban los síntomas de mi borrachera sui generis y en cada ataque me iba bamboleante hasta el arroyo con una botella de tinto bajo la campera de cuero. Cinco ataques de este tipo me dieron y otros tantos litros de tintillo quedaron bajo la fronda de un mimbre, refrescándose en el arroyito cercano. Cuando todo se acabó y llegó el momento de cargar las cosas en el camión para volver al pueblo, consecuente en mi papel, trabajé a regañadientes, me peleé con don Pendón y al final, quedé tirado sobre el pasto, incapaz de dar un paso más. Alberto, buen amigo, me disculpó ante el jefe y se quedó a cuidarme mientras el camión partía. Cuando el ruido del motor se perdió a lo lejos, salimos como potros a buscar el vinacho que garantizaría unos días de oligárquica comida regada. Alberto llegó primero y se lanzó sobre el mimbre: su cara era de película cómica, ni una sola botella quedaba en su sitio. Mi borrachera no había engañado a alguno de los participantes, o me habría visto escamotear el vino, lo cierto es que estábamos tan pelados como siempre, repasando mentalmente las sonrisas con que se acogían mis morisquetas de borracho para encontrar en alguna la ironía sobreadora del ladrón, pero sin resultado. Cargando un poco de pan y queso que nos habían regalado y unos kilogramos de carne para la noche tuvimos que llegar a pie al pueblo, bien comidos, bien bebidos, pero con una enorme depresión interna, más que por el vino, por la cachada que nos habían hecho; ¡palabra!

A la mañana siguiente, lluviosa y fría, nos pareció que la carrera no se “realizaría” y esperábamos que cediera un poco la lluvia para ir a churrasquear a la orilla del lago, cuando oímos los altoparlantes de un auto que anunciaba la no suspensión de la carrera. Validos de nuestra condición de “asadores”, pasamos gratis las puertas de la pista y vimos, cómodamente instalados, una carrera de coches de la mecánica nacional, bastante agradable.

Pensábamos ya levantar vuelo algún día de esos y conversábamos sobre la conveniencia de cuál camino elegir mientras mateábamos en la puerta del galpón que nos alojaba, cuando llegó un jeep, del que bajaron unos amigos de Alberto, de la lejana y casi fantástica Villa Concepción

del Tío, con los que se trenzó en abrazos de enorme cordialidad. Inmediatamente fuimos a festejar dignamente el acontecimiento llenando la barriga de líquidos espumosos, como es de práctica en tales ocasiones.

Quedó hecha la invitación para visitarlos en el pueblo donde trabajaban, Junín de los Andes, y allí nos encaminamos, aligerando la moto, cuyo equipo quedó en el galpón de Parques Nacionales.

 


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