Derechos 2005 Aleida March, Centro de Estudios Che Guevara y Ocean Press.  Reproducido con su permiso. Este material no se debe reproducir sin el permiso de Ocean Press. Para mayor información contactar a Ocean Press a: info@oceanbooks.com.au o a través de su sitio web en www.oceanbooks.com.au

 

 

SORPRESA EN ALTOS DE ESPINOSA

Después de la sorpresa aérea narrada anteriormente, abandonamos la loma de Caracas tratando de volver sobre nuestros pasos a zonas conocidas, de donde pudiéramos establecer contacto directo con Manzanillo, recibir más ayuda del exterior y comprender un poco mejor la situación existente en el resto del país.

Por ello volvimos, cruzando el Ají, por territorios ya conocidos de todos, hasta llegar a la casa del viejo Mendoza. Los senderos había que abrirlos a machete en el fi lo de las lomas, desde hacía mucho tiempo no caminadas por el hombre, y era muy lento el avance. La noche la pasamos en una de esas alturas, prácticamente sin comer. Recuerdo todavía, como uno de los grandes banquetes de mi vida, el momento en que el guajiro Crespo se presentó con una lata conteniendo cuatro butifarras, producto de sus ahorros anteriores, diciendo que era para los amigos; el guajiro, Fidel, yo y algún otro, disfrutamos de esa magra ración como de un banquete opíparo. La marcha siguió hasta llegar a la casa, situada a la derecha de Caracas, donde el viejo Mendoza nos prepararía algo de comer; con todo su miedo, pero con lealtad campesina, nos acogía cada vez que pasábamos por allí, respondiendo a las exigencias de amistad de Crescencio Pérez o de algunos otros campesinos amigos que estaban en la tropa.

Para mí fue muy penosa la marcha, pues tuve un ataque de paludismo y fueron el guajiro Crespo y el inolvidable compañero Julio Zenón Acosta los que me ayudaron a recorrer una jornada angustiosa. Al llegar a esos lugares nunca se dormía en las casas; pero mi estado y el del famoso gallego Morán, que siempre encontraba oportunidad de enfermarse, hicieron que nos enviaran a dormir bajo techo mientras la tropa vigilaba en las cercanías, llegando a la casa sólo para comer.

Era necesario depurar la guerrilla, pues había un grupo de personas con la moral muy baja y alguno que otro seriamente lesionado; en este último caso estaban el hoy Ministro del Interior Ramiro Valdés, e Ignacio Pérez, un hijo de Crescencio muerto luego gloriosamente con el grado de capitán. Ramirito había sufrido un fuerte golpe en la rodilla, rodilla que a su vez tenía resentida a consecuencia de las heridas recibidas en el Cuartel Moncada, de tal forma que tuvimos que dejarlo. Se fueron algunos otros muchachos cuya retirada fue más bien una ganancia para la tropa. Recuerdo uno al que le dio un ataque de nervios y empezó a gritar, en medio de aquella soledad de monte y guerrilla, que le habían hablado de un campamento con abundante comida y defensa antiaérea y que en vez de eso, los aviones lo acosaban y no tenían lugar fi jo, ni comida, ni siquiera agua para tomar. Más o menos, era la impresión de los combatientes los primeros días de vida en campaña. Después, los que quedaran y resistieran las primeras pruebas se acostumbrarían a la suciedad, a la falta de agua, de comida, de techo, de seguridad y a vivir continuamente confi ando sólo en el fusil y amparados en la cohesión y resistencia del pequeño núcleo guerrillero.

Ciro Frías llegó con algunos compañeros recién incorporados a la guerrilla, trayendo una serie de noticias que hoy nos hacen sonreír, pero que en aquella época nos llenaban de confusas impresiones. Que Díaz Tamayo estaba a punto de dar la voltereta y "tallando" con las fuerzas revolucionarias; que Faustino había podido colectar miles y miles de pesos; en fi n, el sabotaje ardía en todo el país y se acercaba el caos para el gobierno. Además, una noticia triste pero aleccionadora: Sergio Acuña, el desertor de días atrás, fue a la casa de unos parientes, allí se puso a relatar a sus primas sus hazañas como guerrillero, lo escuchó un tal Pedro Herrera, lo delató a la guardia, vino el cabo Roselló,[1] lo torturó, le dio cuatro tiros y, al parecer, lo colgó. Esto enseñaba a la tropa el valor de la cohesión y la inutilidad de intentar huir individualmente del destino colectivo; pero, además, nos colocaba ante la necesidad de cambiar de lugar pues, presumiblemente, el muchacho hablaría antes de ser asesinado y él conocía la casa de Florentino, donde estábamos. Hubo un hecho curioso en aquel momento, que sólo después atando cabos, hizo la luz en nuestro entendimiento: Eutimio Guerra había manifestado que en un sueño se había enterado de la muerte de Sergio Acuña, y, todavía más, dijo que el cabo Roselló lo había muerto. Esto suscitó una larga discussion filosófica de si era posible la predicción de los acontecimientos por medio de los sueños o no. Era parte de mi tarea diaria hacer explicaciones de tipo cultural o político a la tropa por lo que traté de explicar que eso no era posible, que podía deberse a alguna casualidad muy grande, que todos pensábamos que era posible ese desenlace para Sergio Acuña, que Roselló era el hombre que estaba asolando la zona, etc. Universo Sánchez dio la clave diciendo que Eutimio era un "paquetero", que alguien se lo había dicho, pues éste había salido el día antes y había traído cincuenta latas de leche y una linterna militar. Uno de los que más insistían en la teoría de la iluminación era un guajiro analfabeto de 45 años a quien ya me he referido: Julio Zenón Acosta. Fue mi primer alumno en la Sierra; hacía esfuerzos por alfabetizarse y, en los lugares donde nos deteníamos, le iba enseñando las primeras letras; estábamos en la etapa de identifi car la A y la O, la E y la I. Con mucho empeño, sin considerar los años pasados sino lo que quedaba por hacer, Julio Zenón se había dado a la tarea. Quizás su ejemplo en este año pudiera servir a muchos campesinos, compañeros de él de aquella zona en la época de la guerra o a aquéllos que conozcan su historia. Porque Julio Zenón Acosta fue uno de los grandes compañeros de aquel momento. Era el hombre incansable, conocedor de la zona, el que siempre ayudaba al combatiente en desgracia, al de la ciudad, que todavía no tenía la sufi ciente fuerza para salir de un atolladero; era el que traía el agua de la lejana aguada, el que hacía el fuego rápidamente, el que encontraba la cuaba necesaria para encenderlo, un día de lluvia; era, en fin, el hombre orquesta de aquellos tiempos.

Una noche Eutimio manifestó que él no tenía manta, que si Fidel le podía prestar una. En la punta de las lomas, en aquel mes de febrero, hacía frío. Fidel le contestó que en esa forma iban a pasar frío los dos, que durmiera él tapándose con las mismas mantas y así los dos abrigos servirían mejor para tapar a ambos. Así fue: Eutimio Guerra pasó toda la noche con Fidel, con una pistola 45, con la cual Casillas le había encomendado matarlo, y un par de granadas con las que tenía que proteger su retirada de lo alto de la loma. Allí nos preguntó a Universo Sánchez y a mí, que en aquella época estábamos siempre cerca de Fidel, por las postas. Nos dijo: "me interesa mucho eso de las guardias; hay que tomar precauciones siempre." Le explicamos que allí cerca había tres hombres de posta; nosotros mismos, los veteranos del Granma y hombres de confi anza de Fidel, nos turnábamos toda la noche para protegerlo personalmente. Eutimio pasó esa noche al lado del Jefe de la Revolución, teniendo su vida en la punta de una pistola, esperando la ocasión para asesinarlo, y no se animó a ello; toda la noche, una buena parte de la Revolución de Cuba estuvo pendiente de los vericuetos mentales, de las sumas y restas de valor y miedo, de terror y, tal vez, de escrúpulos de conciencia, de ambiciones de poder y de dinero, de un traidor; pero por suerte para nosotros, la suma de factores de inhibición fue mayor y llegó el día siguiente sin que ocurriera nada.

Ya habíamos salido de casa de Florentino y estábamos en el cañón seco de un arroyo, acampados. Había ido Ciro Frías a su casa, que estaba relativamente cerca, de recorrido, y había traído unas gallinas y alguna comida. Una larga noche de lluvia, soportada casi sin impermeables, se veía compensada a la mañana por un caldo caliente y algunos otros comestibles. Trajeron la noticia de que Eutimio había andado por allí también. Eutimio salía y entraba, era el hombre de confi anza, él nos había encontrado en la casa de Florentino y había explicado que, después de su salida para ver a la madre enferma, había visto todo lo que sucedió en Caracas y que había seguido nuestras huellas para ver lo que pasaba, explicó que su mamá estaba bien. Tenía rasgos de audacia extraordinarios; nosotros estábamos en un lugar llamado Altos de Espinosa, muy cerca de una serie de lomas, El Lomón, Loma del Burro, Caracas, que los aviones ametrallaban constantemente. Decía Eutimio con cara de quien predice el futuro: "hoy les dije que ametrallarán la Loma del Burro." Los aviones ametrallaban la Loma del Burro y él saltaba de alegría, festejando su acierto.

El día 9 de febrero de 1957, Ciro Frías y Luis Crespo salieron a las habituales exploraciones en busca de alimentos y todo estaba tranquilo, cuando, a las diez de la mañana, un muchacho campesino llamado Labrada, recientemente incorporado, capturó a una persona que estaba cerca del lugar; resultó ser pariente de Crescencio y dependiente de la tienda de Celestino donde estaba la tropa de Casillas. Nos informó que había ciento cuarenta soldados en esa casa, y efectivamente, desde Nuestra posición se les podía ver en un alto pelado, a lo lejos. Además, el prisionero indicó que había hablado con Eutimio y que éste le había dicho que al día siguiente sería bombardeada la zona. Las tropas de Casillas se movían sin que pudiera precisarse el rumbo en que lo hacían. Fidel entró en sospechas; ya la rara conducta de Eutimio había, por fi n, llegado a nuestra conciencia y empezaron las especulaciones; a la 1:30 p.m. Fidel decidió dejar ese lugar y subimos a la punta de la loma, donde esperamos a los compañeros que habían ido de exploración. Al poco rato llegaron Ciro Frías y Luis Crespo; no habían visto nada extraño, todo era normal. Estábamos en esa conversación cuando Ciro Redondo creyó ver alguna sombra moviéndose, pidió silencio y montó su fusil. En ese momento sonó un disparo y luego una descarga. Inmediatamente se llenó el aire de descargas y explosiones provocadas por el ataque concentrado sobre el lugar donde habíamos acampado anteriormente. El campo quedó rápidamente vacío; después me enteré que Julio Zenón Acosta había quedado para siempre en lo alto de la loma. El guajiro inculto, el guajiro analfabeto que había sabido comprender las tareas enormes que tendría la Revolución después del triunfo y que se estaba preparando desde las primeras letras para ello, no podría acabar su labor. Los demás salimos corriendo dispersos; la mochila que era mi orgullo llena de medicamentos, de alguna comida de reserva, de libros y mantas, quedó en el lugar. Alcancé a sacar una manta del Ejército batistiano, trofeo de La Plata, y salí corriendo con ella.

Me reuní al poco rato con un grupo; allí estaban Almeida, Julito Díaz, Universo Sánchez, Camilo Cienfuegos, Guillermo García, Ciro Frías, Motolá, Pesant, Emilio Labrada, Yayo y yo.[2] Tomamos un camino oblicuo tratando de escapar a los disparos y desconociendo la suerte de los otros compañeros. Detonaciones aisladas se escuchaban tras nuestras huellas, fáciles de seguir, pues la velocidad de la carrera impedía borrarlas. A las 5:15 p.m. en mi reloj llegamos a un lugar abrupto en que acababa el monte; tras algunas vacilaciones resolvimos que era mejor esperar la noche allí, pues si cruzábamos de día nos verían; si llegaban tras nuestras huellas la posición permitía la defensa. Sin embargo, no aparecieron y pudimos seguir nuestra ruta con la imprecisa guía de Ciro Frías que conocía algo la región. Se había propuesto la división en dos patrullas para aligerar la marcha y dejar menos rastro, pero Almeida y yo nos opusimos para conservar la integridad de aquel grupo. Reconocimos el lugar, llamado Limones y, después de algunos titubeos, pues algunos compañeros querían alejarse, Almeida, jefe del grupo en razón de su grado de capitán, ordenó seguir hasta El Lomón, que era el lugar de reunión dado por Fidel. Algunos compañeros argumentaban que El Lomón era un lugar conocido por Eutimio y, por tanto, que allí estaría el ejército. Ya no nos cabía, la menor duda de que Eutimio era el traidor, pero la decisión de Almeida fue cumplir la orden de Fidel.

Tras tres días de separación, el 12 de febrero, nos reunimos con Fidel cerca de El Lomón, en un lugar denominado Derecha de la Caridad. Allí ya se tuvo la confi rmación de que el traidor era Eutimio Guerra y se nos hizo toda la historia; ella empezaba cuando después de La Plata fuera apresado por Casillas y, este en vez de matarlo, le ofreciera una cantidad de dinero por la vida de Fidel; nos enteramos de que había sido él el que delatara nuestra posición en Caracas, y que, precisamente, él había dado la orden de atacar con la aviación la Loma del Burro porque ese era nuestro itinerario (lo habíamos cambiado a última hora), y también él había organizado el ataque concentrado sobre el pequeño hueco que teníamos de refugio en el cañón del arroyo, del que nos salvamos con una sola baja por la oportuna retirada que ordenara Fidel. Además, se tenía confi rmación de la muerte de Julio Acosta y de que un guardia, por lo menos, había muerto y se decía de algunos heridos. Tengo que confesar que ni el muerto ni los heridos pueden cargarse a mi fusil, porque no hice nada más que una "retirada estratégica" a toda velocidad en aquel encuentro. Ahora estábamos de nuevo reunidos, nosotros doce menos Labrada, extraviado un día antes, con el resto del grupo: Raúl, Ameijeiras, Ciro Redondo, Manuel Fajardo, Echevarría, el gallego Morán y Fidel, en total 18 personas; era el "Ejército Revolucionario Reunifi cado" del día 12 de febrero de 1957.

Algunos compañeros se habían desperdigado, algunos bisoños abandonaron en ese momento la guerrilla y tuvimos la baja de un veterano del Granma; se llamaba Armando Rodríguez y llevaba una ametralladora Thompson; en los últimos días presentaba tal cara de espanto cada vez que oía tiros, en lugares distantes, pero en círculo alrededor de nuestra posición, que luego nosotros bautizamos esa expresión como cara de cerco. Cada vez que en un hombre aparecía la cara de animal poseído por el terror que presentó aquel ex compañero en los días anteriores a Altos de Espinosa, pronosticábamos algún desenlace desagradable; la cara de cerco era incompatible con la vida guerrillera. Cara de cerco puso la tercera, como decíamos en nuestro nuevo lenguaje guerrillero, y apareció su ametralladora en una casa campesina, mucho tiempo después y a mucha distancia de allí; sus piernas eran privilegiadas.

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1. No hay certeza de la veracidad de la noticia sobre la identidad del asesino (N. del Autor).

2. Falta en esta relación un nombre que no recuerdo (N. del Autor).


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