Pronunciado: El 4 de abril de 1967 en la Iglesia
Riverside, en Nueva York, EE.UU.
Traducción: Juan Fajardo, para marxists.org,
septiembre de 2026.
Esta edición: Marxists Internet Archive, septiembre de
2026.
Señor Presidente, señoras y señores, no necesito hacer una pausa para decir cuánto me complace estar aquí esta noche, y cuán estoy encantado de verlos expresar su preocupación por las cuestiones que se debatirán esta noche con acudir en número tan grande. También quiero decir que considero que es un gran honor compartir este programa con el Dr. Bennett, el Dr. Commager, y el rabino Heschel, algunos de los distinguidos líderes y personalidades de nuestra nación. Y por supuesto que siempre es bueno volver a la Iglesia Riverside. En los últimos ocho años, he tenido el privilegio de predicar aquí casi todos los años en ese período, y siempre es una experiencia rica y gratificante para llegar a esta gran iglesia y esta gran púlpito.
Vengo a esta magnífica casa de culto esta noche porque mi conciencia no me deja otra opción. Me uno a ustedes en esta reunión porque estoy de acuerdo en lo mas profundo con los objetivos y el trabajo de la organización que nos ha reunido, el Clero y Laicos Preocupados por Vietnam. Las recientes declaraciones de su comité ejecutivo son los sentimientos de mi corazón, y me encontré totalmente de acuerdo cuando leí sus primeras líneas: "Llega un momento en que el silencio es traición". Ese momento ha llegado para nosotros en relación a Vietnam.
La verdad de estas palabras es fuera de toda duda, pero la misión a la que nos llaman es muy difícil. Incluso cuando presionados por las exigencias de la verdad interior, los hombres no fácilmente asumen la tarea de oponerse a la política de su gobierno, especialmente en tiempos de guerra. Tampoco se mueve el espíritu humano sin gran dificultad contra toda la apatía del pensamiento conformista dentro de seno propio y en el mundo que lo rodea. Por otra parte, cuando las cuestiones parecen tan desconcertantes, como sucede con frecuencia, en el caso de este conflicto terrible, siempre estamos a punto de ser hipnotizados por la incertidumbre. Pero tenemos que seguir adelante.
Algunos de nosotros que ya han comenzado a romper el silencio de la noche han encontrado que el llamando a hablar es a menudo una vocación de agonía, pero debemos hablar. Debemos hablar con toda la humildad apropiadad a nuestra visión limitada, pero debemos hablar. Y debemos alegrarnos también, porque sin duda esta es la primera vez en la historia de nuestro país que un número importante de sus líderes religiosos han decidido ir más allá de la profecía de patriotismo sin problemas a las tierras altas de un fime disenso basado en los mandatos de la conciencia y la lectura de la historia. Tal vez un nuevo espíritu está surgiendo entre nosotros. Si es así, trazemos sus movimientos, y rezemos por que nuestro propio ser interior puede ser sensible a su orientación, ya que estamos profundamente en la necesidad de una nuevo sendero más allá de la oscuridad que parece rodearnos tan de cerca.
En los últimos dos años, a medida que he obrado por romper la traición de mis propios silencios y hablar desde el ardor de mi propio corazón, a medida que he llamado por salidas radicales a la destrucción de Vietnam, muchas personas me han cuestionado acerca de la sabiduría de mi camino. En el seno de sus preocupaciones a menudo se ha erguido con fuerza esta pregunta: "¿Por qué hablar de la guerra, el Dr. King?" "¿Por qué unirse a las voces de la disidencia?" "La paz y los derechos civiles no se mezclan", dicen. "¿No esta dañando la causa de su pueblo?" me preguntan. Y cuando los oigo, aunque a menudo comprendo el origen de sus preocupaciónes, estoy, sin embargo, muy apenado, porque tales preguntas significan que los que las hacen no me conocen realmente, ni mi compromiso ni mi vocación. De hecho, sus preguntas indican que no saben del mundo en que viven.
A la luz de tan trágico malentendido, yo lo considero de notable importancia el expresar de forma clara y, confío, concisa por qué creo que el camino de Dexter Avenue Baptist Church --la iglesia en Montgomery, Alabama, donde empecé mi pastorado-- conduce claramente a este santuario esta noche.
Vengo a esta plataforma esta noche para hacer una súplica apasionada a mi querida nación. Este discurso no se dirige a Hanoi o al Frente de Liberación Nacional. No se dirige a China o Rusia. Tampoco es un intento de pasar por alto la ambigüedad de la situación total y la necesidad de una solución colectiva a la tragedia de Vietnam. Tampoco es un intento de hacer de Vietnam del Norte o del Frente de Liberación Nacional modelos de virtud, ni pasar por alto el papel que deben desempeñar en la solución efectiva del problema. Aunque ambos pueden tener razones suficientes para sospechar de la buena fe de los Estados Unidos, la vida y la historia dan testimonio elocuente del hecho de que los conflictos no se resuelven sin reciprocidad con confianza por ambos bandos.
Pero esta noche no deseo hablar ni con Hanoi y ni con el Frente de Liberación Nacional, sino más bien con mis compatriotas estadounidenses.
Dado que soy un predicador por vocación, supongo que no es sorprendente que tengo siete razones importantes por introducir Vietnam en el campo de mi visión moral. Hay, en primer lugar, una muy obvia y fácil conexión entre la guerra en Vietnam y la lucha que yo y otros hemos estado llevando a cabo en los Estados Unidos. Hace unos años hubo un momento brillante en esa lucha. Parecía como si hubiera una verdadera promesa de esperanza para los pobres, tanto blancos como negros, a través del programa contra la pobreza. Hubo experimentos, esperanzas, nuevos comienzos. Luego vino la acumulación en Vietnam, y he visto este programa quebrado y eviscerado, como si se tratara de un juguete político de una sociedad que se ha vuelto loca por la guerra, y supe que América nunca invertiría los fondos o energías necesarias en la rehabilitación de sus pobres mientras aventuras como Vietnam siguieran atrayendo hombres y habilidades y dinero como un tubo de demoníaco tubo de succión. Así que estuve cada vez más obligado a ver la guerra como un enemigo de los pobres y a atacarlo como tal.
Quizás un aún más trágico reconocimiento de la realidad ocurrió cuando se me hizo claro que la guerra estaba haciendo mucho más que devastar de las esperanzas de los pobres en el país. Envíaba a sus hijos y a sus hermanos y a sus maridos a luchar y morir en una proporción extraordinariamente alta en relación al resto de la población. Estábamos tomando a los jovenes hombres negros que había sido lisiado por nuestra sociedad y enviáandolos a ocho mil millas de distancia para garantizar las libertades en el Sudeste de Asia, que no habían encontrado en el suroeste de Georgia ni en East Harlem. Entonces, hemos estado en varias ocasiones ante la cruel ironía de ver en las pantallas de TV a chicos negros y blancos mientras matan y mueren juntos por una nación que ha sido incapaz de sentarlos juntos en las mismas escuelas. Así, los vemos en brutal solidaridad quemando las chozas de una aldea pobre, pero nos damos cuenta de que ni vivirían en la misma cuadra en Chicago. Yo no podía callar ante la manipulación de tan cruel de los pobres.
Mi tercera razón se translada a un nivel aún más profundo de la conciencia, ya que surge de mi experiencia en los ghettos del Norte en los últimos tres años, especialmente en los últimos tres veranos. Mientras he caminado entre los hombres jóvenes desesperados, rechazados y enojados, les he dicho que los cócteles molotov y fusiles no resolverían sus problemas. He tratado de ofrecerles mi más profunda compasión, manteniendo al mismo tiempo mi convicción de que el cambio social viene más significativamente a través de la acción no-violenta. Pero, preguntan, y con buena razón, "¿Qué pasa con Vietnam?" Me preguntan si nuestra propia nación no estaba usando dosis masivas de la violencia para resolver sus problemas, para lograr los cambios que quería. Sus preguntas se hicieron sentir, y yo sabía que nunca más podría elevar mi voz contra la violencia de los oprimidos en los ghettos sin primero haber hablado claramente al mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy: mi propio gobierno. Por el bien de esos chicos, por el bien de este gobierno, por el bien de los cientos de miles temblando bajo nuestra violencia, no puedo permanecer callado.
Para los preguntan, "¿No es usted un líder de derechos civiles?" y por ende pretended excluirme del movimiento por la paz, tengo esta respuesta más. En 1957, cuando un grupo de nosotros formó la Southern Christian Leadership Conference, elegimos como nuestro lema: "Para salvar el alma de América". Estábamos convencidos de que no podíamos limitar nuestra visión a ciertos derechos para el pueblo negro, sino que afirmamos la convicción de que Estados Unidos nunca sería libre o salvado de sí mismo hasta que los descendientes de sus esclavos fueron librados por completo de las cadenas que aún llevan. En cierto modo estábamos de acuerdo con Langston Hughes, ese bardo negro de Harlem, quien había escrito previamente:
Oh, sí,
Lo digo simplemente,
América nunca fue América para mí,
Y sin embargo hago este juramento --
¡América será!
Ahora bien, debe ser incandescentemente claro que nadie que tenga alguna preocupación por la integridad y la vida de América hoy puede pasar por alto la guerra actual. Si el alma de Estados Unidos llega a ser totalmente envenenada, parte de la autopsia debe leer "Vietnam". Nunca se podrá salvar mientras que destruye las más profundas esperanzas de los hombres de todo el mundo. Así es que aquellos de nosotros quienes aún estamos determinados que "Estados Unidos será" estaramos --estamos-- llevados por el camino de la protesta y la disidencia, trabajando por la salud de nuestra tierra.
Como si el peso de ese compromiso a la vida y la salud de los Estados Unidos no fuera suficiente, otra carga de responsabilidad recayó sobre mí en 1954; y no puedo olvidar que el Premio Nobel de la Paz fue también un cometido, un cometido a trabajar más duro de lo que he trabajado jamás por "la hermandad del hombre". Esto es un llamado que me lleva más allá de las lealtades nacionales, pero incluso si no estuviera presente, yo todavía tendría que vivir con el significado de mi compromiso con el ministerio de Jesucristo. Para mí, la relación de este ministerio a la realización de la paz es tan obvio que a veces me maravillo por los que me preguntan por qué estoy hablando en contra de la guerra. ¿Podría ser que ellos no saben que la Buena Nueva era para todos los hombres --para comunista y capitalista, para sus hijos y los nuestros, para el negro y el blanco, para los revolucionarios y conservadores? ¿Han olvidado que mi ministerio es en la obediencia a Él que amó a sus enemigos tan plenamente que murió por ellos? Entonces, como fiel ministro de Él, ¿qué puedo decirle al Vietcong o Castro o Mao? ¿Puedo amenazarlos con la muerte o debo no compartir con ellos mi vida?
Por último, mientras intento explicarles a ustedes y a mí mismo el camino que conduce de Montgomery a este lugar, habría ofrecido todo aquello que era más válida si hubiese dicho simplemente que debo ser fiel a mi convicción de que comparto con todos los hombres el llamado a ser un hijo del Dios viviente. Por encima de la convocatoria de raza, nación o credo está esta vocación de filiación y fraternidad, y porque yo creo que el Padre está profundamente preocupado, sobre todo por sus hijos sufrientes, indefensos y marginados, vengo esta noche para hablar por ellos.
Creo que este es el privilegio y la carga de todos los que nos consideramos obligados por lealtades y fidelidades que son más amplios y más profundos que el nacionalismo y que van más allá de las metas y posiciones autodefinidas de nuestra nación. Estamos llamados a hablar a favor los débiles, de los sin voz, de las víctimas de nuestra nación y de ellos a los que llama "enemigos", pues ningún documento proveniente de manos humanas puede de manera alguna hacer de estos seres humanos sean menos nuestros hermanos.
A medida que reflexiono sobre la locura de Vietnam y busco en mí maneras de entender y responder con compasión, mi mente va constantemente a la gente de esa península. No hablo ahora de los soldados de cada lado, ni de las ideologías del Frente de Liberación, ni de la junta en Saigón, sino simplemente de las personas que han estado viviendo bajo la maldición de la guerra durante casi tres décadas contínuas. Pienso en ellos, también, porque me es claro que no habrá solución significativa allí hasta que se haga algún intento de conocerlos y escuchar sus quebrantados gritos.
Deben ver a los estadounidenses como libertadores extraños. El pueblo vietnamita proclamó su independencia en 1954 --en 1945, más bien-- después de una ocupación franco-japonés y antes de la revolución comunista en China. Estuvieron dirigidos por Ho Chi Minh. A pesar de que citaron la Declaración de Independencia americana en su propio documento de la libertad, nos negamos a reconocerlos. En su lugar, decidimos apoyar a Francia en su reconquista de su antigua colonia. Nuestro gobierno sentía entonces que el pueblo vietnamita no estaba preparado para la independencia, y nuevamente fue víctima de la mortal arrogancia occidental que ha envenenado el ambiente internacional durante tanto tiempo. Con esa decisión trágica hemos rechazado un gobierno revolucionario que buscaba la autodeterminación y un gobierno que no fue creado por China --para la cual los vietnamitas no tienen gran aprecio-- pero por fuerzas claramente indígenas que incluían a algunos comunistas. Para los campesinos este nuevo gobierno significaba una verdadera reforma agraria, una de las necesidades más importantes en sus vidas.
Durante nueve años, a partir de 1945, se le negó al pueblo de Vietnam el derecho a la independencia. Durante nueve años apoyamos decididamente a los franceses en su esfuerzo fallido para recolonizar Vietnam. Antes del final de la guerra estábamos cubriendo el ochenta por ciento de los gastos de guerra franceses. Incluso antes de que los franceses fueran derrotados en Dien Bien Phu, empezaron a desesperarse de su acción temeraria, pero nosotros no. Los animamos con nuestros grandes suministros económicos y militares para continuar la guerra, incluso después de haber perdido la voluntad. Pronto estaríamos pagando casi la totalidad de los costes de este trágico intento de recolonización.
Después de la derrota de los franceses parecía que la independencia y la reforma agraria llegarían nuevamente a través del Acuerdo de Ginebra. Pero, en cambio, llegó los Estados Unidos, decidido de que Ho habría de unificar a la temporalmente dividida nación, y los campesinos vieron de nuevo como hemos apoyado uno de los dictadores actuales más crueles, nuestro hombre elegido, el Premier Diem. Los campesinos observaron y se encogieron mientras Diem despiadadamente extirpaba toda oposición, apoyaba a los terratenientes extorsionistas, y se negaba incluso a discutir la reunificación con el Norte. Los campesinos vieron como todo esto ha estado presidido por influencia de Estados Unidos y luego por el número cada vez mayor de tropas estadounidenses que llegaban para ayudar a sofocar la insurgencia que los métodos de Diem había despertado. Cuando Diem fue derrocado pueden que hayan sido felices, pero la larga lista de dictadores militares no parecía ofrecer ningún cambio real, especialmente en términos de su necesidad de tierras y paz.
El único cambio vino desde América, a medida que incrementamos nuestros compromisos de tropas en apoyo a gobiernos que eran particularmente corruptos, ineptos y sin apoyo popular. En tanto, la gente leía nuestros pamfletos y recibía regularmente las promesas paz y democracia y reforma agraria. Ahora languidecen bajo nuestras bombas y nos consideran a nosotros --no a su colega vietnamita-- el verdadero enemigo. Se mueven tristes y apatéticos mientras los movemos de las tierras de sus ancestros a campos de concentración donde las mínimas necesidades sociales raramente se satisfacen. Ellos saben que deben mudarse o ser destruidos por nuestras bombas.
Así que van, principalmente las mujeres y los niños y los ancianos. Ven como envenamos su agua, como matamos un millón de acres de sus cultivos. Seguro lloran cuando las excavadoras rugen por sus áreas, preparándose para destruir los árboles preciados. Llegan a los hospitales con por lo menos veinte víctimas del poderío bélico estadounidense por cada lesión infligida a un Vietcong. Hasta aquí podemos haber matado a un millón de ellos, la mayoría niños. Llegan a las ciudades y ven a miles de niños, sin hogar, deharapados, corriendo por las calles como si fueran animales. Ven a los niños degradados por nuestros soldados mientras mendigan por alimento. Ven a los niños vendiendo sus hermanas a nuestros soldados, ofreciéndolas a nombre de sus madres.
¿Qué pensarán los campesinos cuando nos aliamos con los terratenientes y nos negamos a poner en acción cualquiera de nuestras muchas palabras sobre la reforma agraria? ¿Qué piensan cuando probamos nuestras últimas armas en ellos, al igual que los alemanes probaron nuevas medicinas y nuevas torturas en los campos de concentración de Europa? ¿Dónde están las raíces de la Vietnam independiente que decimos estar construyendo? ¿Entre estos sin voz?
Hemos destruido sus dos instituciones más preciadas: la familia y la aldea. Hemos destruido sus tierras y sus cultivos. Hemos cooperado en la debelación --la debelación de la única fuerza política revolucionaria no-comunista de la nación, la iglesia budista unificada. Hemos apoyado a los enemigos de los campesinos de Saigón. Hemos corrompido sus a mujeres y niños y matado a sus hombres.
Ahora no queda casi nada sobre lo cual construir, salvo el rencor. Pronto los únicos cimientos físicos sólidos restantes se encontrarán en nuestras bases militares y en el concreto de los campos de concentración que llamamos "aldeas fortificadas." Los campesinos se preguntarán si planteamos construir nuestra nueva Vietnam sobre bases como éstas. ¿Podemos culparlos por tales pensamientos? Tenemos que hablar por ellos y plantear las preguntas que ellos no puede levantar. Estos también son nuestros hermanos.
Una tarea, tal vez más difícil pero no menos necesaria, es la de hablar por los que han sido designados como nuestros enemigos. ¿Qué pasa con el Frente de Liberación Nacional, aquel grupo extrañamente anónimo al que llamamos "VC" [Viet Cong] o "comunistas"? ¿Qué deben pensar de los Estados Unidos de América cuando se dan cuenta que permitimos la represión y la crueldad de Diem, que ayudamos a llevar a cabo su propia existencia como grupo de resistencia en el Sur? ¿Qué piensan de nuestra apología de la violencia que los condujo a ellos mismos a tomar las armas? ¿Cómo pueden confiar en nuestra integridad cuando ahora hablamos de la "la agresión del Norte", como si no hubiera nada más esencial para la guerra? ¿Cómo pueden confiar en nosotros cuando ahora los acusamos de violencia luego del reinado de Diem y los acusamos de violencia mientras vertimos todas las nuevas las armas de la muerte sobre su tierra? Sin duda debemos entender sus sentimientos, incluso si no aprobamos sus actos. Sin duda hay que ver que los hombres a los que hemos apoyado los empujaron a su violencia. Sin duda, debemos ver que nuestros propios planes computarizados de destrucción simplemente sobrepasan a sus más grandes actos.
¿Cómo nos juzgarán cuando nuestros funcionarios saben que su afiliación es menos de veinticinco por ciento de comunistas, y sin embargo insisten en llamarlos así a todos? ¿Qué deben de estar pensando cuando saben que somos conscientes de su control de grandes sectores de Vietnam, y sin embargo, parecemos dispuestos a permitir que las elecciones nacionales en las que ese gobierno político paralelo muy bien organizado no tendrá cabida? Se preguntan cómo podemos hablar de elecciones libres cuando la prensa de Saigón está censurada y controlada por la junta militar. Y sin sin duda tienen razón en preguntarse qué clase de nuevo gobierno pretendemos ayudar a formar sin ellos, el único partido en verdadero contacto con los campesinos. Cuestionan nuestros objetivos políticos y niegan la realidad de un acuerdo de paz del que quedarán excluidos. Sus preguntas son terriblemente relevantes. Esta nuetra nación planificacando construir nuevamente sobre mito político, y luego apuntalarlo con el poderío de una nueva violencia?
Aquí está el verdadero sentido y valor de la compasión y la no-violencia, cuando nos ayuda a ver el punto de vista del enemigo, escuchar sus preguntas, conocer su valoración de nosotros mismos. Porque desde su punto de vista podremos ver las debilidades básicas de nuestra propia condición, y si somos maduros, podemos aprender y crecer y beneficiarnos de la sabiduría de los hermanos que se les llama la oposición.
Así, también, con Hanoi. En el norte, donde nuestras bombas golpean la tierra y nuestras minas ponen en peligro la vías fluviales, somos recibidos con una profunda, pero comprensible, desconfianza. Hablar por ellos es explicar esta falta de confianza en las palabras de Occidente, y especialmente su desconfianza de las actuales intenciones norteamericanas. En Hanoi estan los hombres quienes condujeron la nación a la independencia contra los japoneses y los franceses, los hombres que buscaron pertencer a la Comunidad Francesa y fueron traicionados por la debilidad de París y la terquedad de los ejércitos coloniales. Fueron ellos quienes lideraron una segunda lucha contra la dominación francesa, a un costo tremendo, y luego, en Ginebra, fueron persuadidos a abandonar el territorio que controlaban entre el paralelo 16to y el 17mo como una medida temporal. Después de 1954 no vieron conspirar con Diem para impedir elecciones que ciertamente habrían llevado a Ho Chi Minh al poder sobre un Vietnam unificado, y se dieron cuenta que habían sido nuevamente traicionados. Cuando nos preguntamos por qué no se aprestan a negociar, se debe recordar estas coas.
También debe quedar claro que los dirigentes de Hanoi consideraron la presencia de tropas estadounidenses en apoyo del régimen de Diem como la brecha militar inicial del Acuerdo de Ginebra en cuanto a tropas extranjeras. Nos recuerdan que ellos no comenzaron a enviar tropas en gran número, y ni siquiera suministros, al sur hasta que las fuerzas estadounidenses llegaron a ser decenas de miles.
Hanoi recuerda cómo nuestros líderes se negaron a decirnos la verdad acerca de las gestiones anteriores de Vietnam del Norte para la paz, cómo el presidente afirmó que no existían cuando evidentemente sí se hicieron. Ho Chi Minh ha visto como Estados Unidos ha hablado de paz e incrementado sus fuerzas, y ahora él seguramente ha oído los crecientes rumores internacionales de planes estadounidenses para una invasión del Norte. Él sabe que los bombardeos y fuego de artillería y tendido de minas que estamos haciendo son parte de la estrategia tradicional previas a una invasión. Tal vez sólo su sentido del humor y de ironía puede salvarlo cuando oye a la nación más poderosa del mundo hablar de agresión mientras arroja miles de bombas sobre una pobre, débil nación a más de ochocientos -- o más bien, ocho mil-- millas de distancia de sus costas.
Aquí debo aclarar que, aunque he intentado en estos últimos minutos darles una voz a los sin voz en Vietnam y de entender los argumentos de aquellos que son llamados "enemigos", estoy igualmente de preocupado por nuestras propias tropas allí como de por cualquier otro asunto. Pues se me ocurre que lo aquello a qué los estamos sometiendo en Vietnam no es simplemente el proceso de brutalización que se produce en cualquier guerra donde los ejércitos se enfrentan y buscan destruirse entre sí. Estamos agregando el cinismo al proceso de la muerte, porque ellos deben saber, después de un corto período de tiempo allí, que ninguna de las cosas por las que decimos estar luchando está realmente en juego. Al poco tiempo ellos deben saber que su gobierno los ha enviado a una lucha entre vietnamitas, y los más sofisticados seguramente se dan cuenta de que estamos en el lado de los ricos y seguros, mientras creamos un infierno para los pobres.
De alguna manera esta locura debe cesar. Debemos parar ahora. Hablo como un hijo de Dios y hermano de los que sufren en Vietnam. Hablo por todos aquellos cuya tierra está siendo devastada, cuyas casas están siendo destruidas, cuya cultura está siendo subvertida. Hablo de --en nombre de-- los pobres de América que están pagando el doble precio de esperanzas quebradas en casa, y de muerte y corrupción en Vietnam. Hablo como un ciudadano del mundo, por el mundo que se horroriza ante el camino que hemos asumiddo. Hablo como alguien que ama a América, a los líderes de nuestra nación: La gran iniciativa en esta guerra es nuestra, la iniciativa para detenerla debe ser nuestra.
Este es el mensaje de los grandes líderes budistas de Vietnam. Hace poco uno de ellos escribió estas palabras, y cito:
Cada día que la guerra continúa aumenta el odio en los corazones de los vietnamitas y en los corazones de aquellos de instinto humanitario. Los americanos están obligando incluso a sus amigos a convertirse en sus enemigos. Es curioso que los americanos, que calculan tan cuidadosamente sobre las posibilidades de una victoria militar, no se dan cuenta que en el proceso en que incurren una profunda derrota psicológica y política. La imagen de Estados Unidos nunca volverá a ser una imagen de la revolución, libertad y democracia, sino una imagen de violencia y militarismo.
Si continuamos, no habrá ninguna duda en mi mente y en las mentes del mundo que no tenemos intenciones honorables en Vietnam. Si no paramos de inmediato nuestra guerra contra el pueblo de Vietnam el mundo se quedará sin otra alternativa que ver esto como un juego horrible, torpe, y mortal que hemos decidido jugar. Ahora el mundo exige de América una madurez que tal vez no seamos capaces de lograr. Exige que admitamos que nos hemos equivocado desde el principio de nuestra aventura en Vietnam, que hemos sido perjudiciales a la vida del pueblo vietnamita. La situación es una en la que debemos estar preparados a virar claramente de nuestras maneras actuales. Con el fin de expiar nuestros pecados y errores en Vietnam, debemos tomar la iniciativa para poner fin a esta trágica guerra.
Quisiera proponer cinco cosas concretas que nuestro gobierno debe hacer para comenzar el largo y difícil proceso de librarnos de esta pesadilla de conflicto:
Número uno: Poner fin de los bombardeos en el Norte y Vietnam del Sur.
Número dos: Declarar un alto el fuego unilateral en la esperanza de que dicha medidavan cree un ambiente para la negociación.
Tres: Tomar medidas inmediatas para evitar otros campos de batalla en el sudeste asiático con frenar la nuestra acumulación militar en Tailandia y nuestra interferencia en Laos.
Cuatro: Aceptar realiticamente el hecho de que el Frente de Liberación Nacional tiene un apoyo sustancial en Vietnam del Sur y por lo tanto debe desempeñar un papel significativo en las negociaciones y en cualquier futuro gobierno de Vietnam.
Quinto: Establecer una fecha en sacaremos todas las tropas extranjeras de Vietnam, de conformidad con el Acuerdo de Ginebra de 1954.
Parte de nuestro ... parte de nuestro compromiso continua bien podría expresarse en una oferta para dar asilo a todo vietnamita que teme por su vida bajo un nuevo régimen que incluya al Frente de Liberación. Entonces debemos que dar reparaciones por el daño que hemos causado. Debemos proporcionar la ayuda médica que tanto se necesira, poniéndola a disposición en este país si fuera necesario. Mientras tanto, nosotros en las iglesias y sinagogas tenemos una tarea continua mientras que instamos a nuestro gobierno para desvincularse de un compromiso vergonzoso. Tenemos que seguir levantando nuestras voces y nuestras vidas si nuestra nación persiste en sus formas perversas en Vietnam. Debemos estar dispuestos a emparejar las acciones con las palabras con buscar todo los posibles métodos creativos de protesta .
A medida que aconsejamos a jóvenes sobre el servicio militar debemos dejar en claro el papel de nuestra nación en Vietnam y retarlos con la alternativa de la objeción de conciencia. Me complace decir que hoy este es un camino elegido por más de setenta estudiantes de mi propia alma mater, Morehouse College, y se lo recomiendo a todos los que hallan el curso estadounidense en Vietnam deshonrosa e injusta. Es más, yo animaría a todos los ministros en edad de reclutamiento a renunciar a sus exenciones pastorales y solicitar la condición de objetores de conciencia. Estos son los tiempos para las opciones reales y no falsas. Estamos en el momento en que nuestras vidas deben ser colocadas en la línea si nuestra nación ha de sobrevivir a su propia locura. Cada hombre de convicciones humanas debe decidir sobre la protesta que mejor se adapte a sus convicciones, pero todos debemos protestar.
Bien, hay cierta seductora tentación de parar allí y envíarnos a todos a lo que en algunos círculos se ha convertido en una popular cruzada contra la guerra en Vietnam. Digo que debe entrar en esa lucha, pero quiero pasar, a continuación, a decir algo más inquietante aún.
La guerra en Vietnam no es sino un síntoma de una enfermedad mucho más profunda dentro del espíritu americano, y si ignoramos esta realidad preocupante, ... y si ignoramos esta realidad preocupante, nos encontraremos organizando comités del "Clero y Laicos Preocupados" por la siguiente generación. Ellos estarán preocupados por Guatemala ... Guatemala y Perú. Ellos estarán preocupados por Tailandia y Camboya. Ellos estarán preocupados por Mozambique y Sudáfrica. Estaremos marchando para estos y de una docena de otros nombres y asistiendo a mítines y sin fin, a menos que haya un cambio significativo y profundo en la vida y la política estadounidense.
Así que esos pensamientos nos llevan más allá de Vietnam, pero no más allá de nuestra vocación como hijos del Dios viviente.
En 1957, un sensible funcionario estadounidense en el extranjero dijo que le parecía que nuestra nación etaba del lado equivocado de la revolución mundial. Durante los últimos diez años hemos visto surgir un patrón de supresión que ahora ha justificado la presencia de asesores militares de EE.UU. en Venezuela. Esta necesidad de mantener la estabilidad social para nuestras inversiones es la razón por la acción contrarrevolucionaria de las fuerzas estadounidenses en Guatemala. Explica por qué los helicópteros norteamericanos están siendo utilizados contra las guerrillas en Camboya y por qué el napalm estadounidense y las fuerzas de los Boinas Verdes ya ha actuado contra rebeldes en Perú.
Es con ese tipo de actividad en mente que las palabras del fallecido John F. Kennedy vuelven para perseguirnos. Hace cinco años dijo: "Los que hacen imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta." Cada vez más, por elección o por accidente, éste es el papel que nuestra nación adopta: el papel de los que hacen imposible la revolución pacífica, al negarse a renunciar a los privilegios y los placeres que provienen de las inmensas ganancias de las inversiones en el extranjero. Estoy convencido de que si queremos ponernos del lado correcto de la revolución mundial, debemos, como nación, pasar por una revolución radical de valores. Debemos comezar rápidamente ... debemos comezar rápidamente el cambio desde una sociedad orientada a las cosas hacia una sociedad orientada a la persona. Cuando las máquinas y las computadoras, el afán de lucro y los derechos de propiedad, se consideran más importantes que las personas, los trillizos gigantescos del racismo, el materialismo extremo y el militarismo son incapaces de ser derrotados.
Una verdadera revolución de valores pronto nos hará cuestionar la equidad y la justicia de muchas de nuestras políticas pasadas y presentes. Por un lado estamos llamados a jugar al Buen Samaritano en el camino de la vida, pero eso será sólo un acto inicial. Un día tenemos que venir a ver que todo el camino a Jericó debe ser transformado para que los hombres y mujeres no sean constantemente golpeados y robados mientras hacen su viaje en la carretera de la vida. La verdadera compasión es más que arrojar una moneda a un mendigo. Se trata de ver que un edificio que produce mendigos necesita una reestructuración.
Una verdadera revolución de valores en breve verá con inquietud en el enorme contraste entre la pobreza y la riqueza. Con justa indignación, mirará desde el otro lado de los mares y vera a capitalistas individuales de Occidente invertiendo inmensas sumas de dinero en Asia, África y América del Sur, sólo para obtener ganancias sin ninguna preocupación por el mejoramiento social de los países, y dirá : "Esto no es justo." Verá nuestra alianza con los terratenientes de América del Sur y dirá: "Esto no es justo." La arrogancia occidental de sentir que tiene mucho que enseñar a otros y nada que aprender de ellos no es justa.
Una verdadera revolución de valores pondrá sus mano sobre el orden mundial y dirá de la guerra: "Esta forma de solucionar las diferencias no es justa." Este asunto de quenar de seres humanos con napalm, de llenar los hogares de nuestro país con huérfanos y viudas, de inyectar venenosas drogas de odio en las venas de pueblos normalmente humanos, de devolver hombres a casa, desde campos de batalla oscuros y sangrientos, físicamente discapacitados y trastornados psicológicamente, no puede ser reconciliarse con la sabiduría, la justicia y el amor. Una nación que, año tras año, continúa gastando más dinero en defensa militar que en programas de mejora social se está acercando a la muerte espiritual.
América, la nación más rica y poderosa del mundo, bien puede abrir el camino en esta revolución de valores. No hay nada más que un trágico deseo de morir que nos impida reordenar nuestras prioridades, de modo que la búsqueda de la paz tenga prioridad sobre la búsqueda de la guerra. No hay nada que nos impida moldear un recalcitrante status quo con las manos magulladas hasta haberlo transformado en una hermandad.
Esta especie de revolución positiva de los valores es nuestra mejor defensa contra el comunismo. ... La guerra no es la respuesta. El comunismo jamás será vencido por el uso de bombas atómicas o armas nucleares. No nos sumemos a los que gritan de guerra y, a través de sus pasiones equivocadas, instan a los Estados Unidos a renunciar a su participación en las Naciones Unidas. Estos son días que exigen sabia moderación y calma racionalidad. No debemos participar en un negativo a anti-comunismo, sino en un impulso positivo por la democracia, ... dándonos cuenta de que nuestra mayor defensa contra el comunismo es tomar acción ofensiva en favor de la justicia. Debemos, con acción positiva, buscar eliminar las condiciones de pobreza, de inseguridad y de injusticia que son terreno fértil en el cual la semilla del comunismo crece y se desarrolla.
Estos son tiempos revolucionarios. En todo el mundo los hombres se están rebelando contra los viejos sistemas de explotación y opresión, y de las heridas un mundo frágil, nuevos sistemas de justicia e igualdad están naciendo. Los descamizados y descalzos de la tierra se están levantando como nunca antes. "El pueblo asentado en tinieblas ha visto una gran luz." Nosotros, los occidentales debemos apoyar estas revoluciones.
Es un hecho lamentable que debido a la comodidad, la complacencia, un temor mórbido del comunismo, y de nuestra propensión a adaptarnos a la injusticia, las naciones occidentales que dieron inicio a gran parte del espíritu revolucionario del mundo moderno se han convertido en el archi-antirrevolucionarios. Esto ha llevado a muchos a pensar que sólo el marxismo tiene un espíritu revolucionario. Por lo tanto, el comunismo es un fallo en contra de nuestra incapacidad para hacer realidad la democracia y seguir adelante con las revoluciones que hemos iniciado. Nuestra única esperanza hoy reside en nuestra capacidad de recuperar el espíritu revolucionario y salir al mundo a veces hostil, proclamando hostilidad eterna a la pobreza, al racismo y al militarismo. Con este poderoso compromiso valientemente desafiaremos al statu quo y a las costumbres injustas, y por consiguiente apresurar el día en que "cada valle será exaltado, y todo monte y colina será rebajada; lo torcido se hará recto, y los lugares escabrosos lisos."
Una verdadera revolución de valores significa en definitiva que nuestra lealtad debe ser ecuménica en lugar de sectaria. Cada nación debe ahora desarrollar una lealtad primordial a la humanidad en su conjunto a fin de preservar lo mejor en su propia sociedad.
La presente convocatoria a un compañerismo mundial que eleve la preocupación vecinal más allá de por la propia tribu, raza, clase y nación es en realidad un llamado de un alcance global y con amor incondicional para toda la humanidad. Este concepto, a menudo mal entendido, a menudo mal interpretado, tan fácilmente desestimado por los Nietzsches del mundo como una fuerza débil y cobarde, se ha convertido en una necesidad absoluta para la supervivencia del hombre. Cuando hablo de amor no estoy hablando de algún tipo de respuesta sentimental y débil. No estoy hablando de esa fuerza que es sólo tontería emocional. Estoy hablando de esa fuerza que todas las grandes religiones han visto como el principio supremo unificador de la vida. El amor es de alguna manera la llave que abre la puerta que conduce a la realidad final. Esta creencia hindú-musulmána-cristiana-judía-budista sobre la realidad final se resume bellamente en la primera epístola de san Juan: "amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor". "Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros". Esperemos que este espíritu se convierta en el orden del día.
Ya no podemos darnos el lujo de adorar al dios del odio o de inclinarnos ante el altar de la venganza. Los mares de la historia se hacen turbulentos por las cada vez más altas mareas de odio. La historia está repleta de los restos de naciones e individuos que siguieron ese autodestrctivo camino de odio. Como dice Arnold Toynbee:
El amor es la fuerza suprema que conduce a la elección salvadora de la vida y el bien, frente a la elección condenatoria de la muerte y el mal. Por tanto, la primera esperanza en nuestro haber debe ser la esperanza de que el amor tendrá la última palabra.
Ahora nos enfrentamos con el hecho, amigos mios, que mañana es hoy. Nos enfrentamos a la urgencia impetuosa del ahora. En este enigma de la vida y la historia, hay tal cosa como ser demasiado tarde. La dilación es todavía el ladrón de tiempo. La vida a menudo nos deja parados descubiertos, desnudos, y abatidos con una oportunidad perdida. La marea en los asuntos humanos no permanece en alto -- refluye. Podemos gritar desesperadamente por tiempo para hacer una pausa en su paso, pero el tiempo se mantiene firme ante cada plagaria y continúa su avance. A través de los huesos calcinados y mezclados residuos de numerosas civilizaciones se escriben las palabras patéticas: "Demasiado tarde". Hay un libro invisible de la vida que reproduce fielmente las actas de nuestra vigilancia o nuestra negligencia. Omar Khayyam tiene razón: "El dedo móvil escribe, y habiendo escrito sigue su curso."
Aún tenemos una opción: la coexistencia no-violenta o la coaniquilación violenta. Debemos pasar de la indecisión pasado a la acción. Tenemos que encontrar nuevas formas de hablar en nombre de la paz en Vietnam y de la justicia en todo el mundo en desarrollo, un mundo que llega hasta nuestras puertas. Si no actuamos, seguramente seremos arrastrados por los pasillos largos, oscuros y vergonzosos del tiempo reservados para aquellos que poseen poder sin compasión, poderío sin moral, y fuerza sin visión.
Empezemos ya. Renovemos ahora nuestro compromiso con la lucha larga y amarga, pero hermosa, por un mundo nuevo. Este es el llamado de los hijos de Dios y nuestros hermanos esperan ansiosamente la respuesta. ¿Diremos que las probabilidades están demasiado en contra? ¿Les diremos que la lucha es demasiado dura? ¿Será nuestro mensaje sea que las fuerzas de la vida estadounidense se oponen a su arribo como hombres completos, y que les enviamos nuestro más profundo pesame? ¿O habrá otro mensaje de anhelo, de esperanza, de solidaridad con sus anhelos, de compromiso con su causa, a cualquier precio? La elección es nuestra, y aunque podríamos preferir lo contrario, tenemos que elegir en este momento crucial de la historia humana.
Como ese noble bardo de ayer, James Russell Lowell, dijo de forma elocuente:
Para todo hombre y nación llega un momento de decidir,
En la lucha entre verdad y falsedad, por el bien o por el mal;
Una gran causa —el nuevo Mesías de Dios— ofrece a cada cual la flor o la
ruina,
Y la elección pasa para siempre entre esa oscuridad y esa luz.
Aunque prospere la causa del mal, solo la verdad es fuerte;
Aunque su suerte sea el cadalso y el trono pertenezca a la injusticia,
Ese cadalso determina el futuro, y tras lo incierto y desconocido
Permanece Dios en la sombra, velando por los suyos.
Y si sólo hiciéramos la elección correcta, seríamos capaces de transformar esta elegía cósmica en un salmo de paz. Si tomamos la decisión correcta, podremos transformar el sonido discordante de nuestro mundo en una hermosa sinfonía de hermandad. Si sólo tomáramos la decisión correcta, podremos acelerar el día, en toda América y en todo el mundo, cuando "la justicia fluya como el agua, y la rectitud como una poderosa corriente."