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Alejandra Kollontai

 

Sobre la historia del movimiento de mujeres trabajadoras en Rusia

 


Escrito: En 1919.
Historial de publicación: Publicado por vez primera, según tenemos entendido, en K istorii dvizheniia rabotnits v rossii (Kharkov, 1920), p. 311.
Traducción al castellano: Por Camila Pérez, 2019; desde https://www.marxists.org/archive/kollonta/1919/history.htm
Esta edición: Marxists Internet Archive, abril 2019.


 

 

 

¿Qué año podríamos decir que fue el año en que comenzó a formarse el movimiento de mujeres en Rusia? En su esencia natural, el movimiento de mujeres trabajadoras se halla vinculado al movimiento obrero en su conjunto, como un todo inseparable. Las trabajadoras, como parte del proletariado, como parte de una clase que venden su fuerza de trabajo, se sumaron a la lucha obrera cada vez que debieron defenderse frente a la violación de sus derechos, participaron juntos y en igualdad de condiciones con los trabajadores en todos los levantamientos obreros, en todas las revueltas, tan odiadas por el zarismo, que se realizaban en las fábricas.

Por estas razones, el surgimiento del movimiento de mujeres en Rusia coincide con los primeros signos de la toma de conciencia de clase entre el proletariado ruso y con sus primeros intentos, por medio de la presión combinada que regía sobre ellos, con las primeras huelgas, que fueron para lograr condiciones de vida más tolerables, menos humillantes y miserables.

Las trabajadoras formaron parte activamente en las revueltas obreras en la fábrica de Krenholm en 1872 y en la textil de Lazeryev en Moscú en 1874. También participaron en la huelga de 1878 en la planta de nuevo hilado de algodón en Petrogrado y lideraron la huelga de tejedoras en la tan conocida manifestación obrera en Orekhovo-Zuyevo. Como resultado, el gobierno zarista se vio obligado a acelerar la legislación que prohibiría el trabajo nocturno para mujeres y niños, que entró en vigor el 3 de junio de 1885.

Es necesario señalar que la oleada de huelgas espontáneas que sacudieron al proletariado ruso en la década de 1870 y durante los primeros años de la década de 1880 se sintió fundamentalmente en la industria textil, de la cual la mayor parte de su fuerza de trabajo se compone por la mano de obra femenina. Las revueltas producidas durante estos años se basaron en razones puramente relacionadas a la necesidad económica, provocada por la desocupación y la crisis continua en la industria del algodón. Sin embargo, ¿no es llamativo que estas “chicas de fábrica”, oprimidas y sin derechos, políticamente ignorantes, despreciadas incluso por el sector femenino de la burguesía y retenidas por las campesinas que se aferraban a las viejas tradiciones, estuvieran al frente de la lucha por las reivindicaciones de la clase obrera, por la emancipación de las mujeres? La propia crueldad que atravesaba las condiciones de vida obligaba a las trabajadoras de las fábricas a oponerse abiertamente al poder de sus jefes y la esclavitud del capital. De todas formas, en la lucha por sus derechos y por los intereses de su clase, las trabajadoras estaban inconscientemente también preparando la batalla por la emancipación de las mujeres frente a las cadenas que las atan particularmente y que crean la desigualdad de condiciones entre hombres y mujeres, incluso entre la clase obrera.

Durante las intensas revueltas posteriores, en la mitad y el final de la década de 1890, las trabajadoras nuevamente participaron de manera muy activa. La lucha llevada adelante en Yaroslavl en abril de 1895 recibió un enorme apoyo de las tejedoras. No existieron mujeres trabajadoras que fueran menos activas que sus compañeros hombres durante las huelgas de 1894 y 1895 en San Petersburgo. Cuando en el verano de 1896 San Petersburgo se convirtió en el escenario de la histórica huelga de trabajadores textiles, las tejedoras sin dudarlo salieron de los talleres junto con sus compañeros. ¿Cuál es la diferencia si en sus hogares los niños están hambrientos y a la espera de sus madres? ¿Cuál es la diferencia si aquellas huelgas traen consigo amenazas de despido, de exilio o de prisión? ¡La causa común de nuestra clase es mucho más importante, mucho más sagrada que el instinto maternal, la preocupación por la familia, por el bienestar personal y familiar!

En el momento de los disturbios y las huelgas, las trabajadoras, oprimidas, calladas, sin derechos, se levantaron y se volvieron igual de luchadoras que sus compañeros. Esta transformación toma lugar inconscientemente, espontáneamente, pero es importante y significativa. Este es el camino a través del cual el movimiento de trabajadores está llevando a las mujeres trabajadoras hacia su liberación, no solo como quienes venden su fuerza de trabajo sino también como mujeres, esposas, madres y amas de casa.

Hacia el final de la década de 1890 y el comienzo del siglo XX hubo una cantidad de levantamientos y huelgas en fábricas en las que la mayor parte de su mano de obra eran mujeres: las fábricas de procesamiento de tabaco (Shanshai), las plantas de hilado y tejido (Maxwell) en Petrogrado, etc. La clase obrera en Rusia gana fuerza, se organiza, toma forma. Y también lo hace entre las mujeres proletarias.

No obstante, hasta el año crucial de la primera revolución en Rusia el movimiento era básicamente de naturaleza económica. Las consignas políticas debían elaborarse de una forma solapada. Un instinto de clase impulsaba a las trabajadoras a apoyar las huelgas y frecuentemente las mismas mujeres organizaban y llevaban adelante revueltas en las fábricas. Sin embargo, tan pronto pasó la ola de huelgas, tan pronto los trabajadores volvieron a sus lugares de trabajo, victoriosos o derrotados, que las obreras estaban otra vez alejadas unas de las otras, todavía sin conciencia de la necesidad de organizarse, del contacto constante de camaradería. La vasta cantidad de objetivos del partido de trabajadores socialistas no se habían apoderado todavía de la mujer trabajadora, y ella permaneció inmutable a las consignas políticas universales. La vida dirigida por seis millones de proletarias en Rusia a principios del siglo XX era aún muy oscura y su existencia yacía entre el hambre, la privación y la humillación. Una jornada laboral de doce horas, o en el mejor de los casos de once horas, un salario de hambre de 12 a 15 rublos por mes, el alojamiento en barracones abarrotados, la ausencia de cualquier tipo de asistencia por parte del Estado o la sociedad en caso de enfermedad, embarazo o desempleo, la imposibilidad de organizar formas de auto-ayuda dada la persecución del gobierno del zar hacia cualquier forma de organización de los trabajadores – esas eran las condiciones en las que se hallaban las mujeres trabajadoras. Sus espaldas se doblaban con el peso intolerable de la opresión y su alma, aterrorizada por el espectro de la pobreza y el hambre, rechazaba creer en un futuro mejor y en la posibilidad de luchar para terminar con el yugo del zarismo y el capital.

A principios del siglo XX, las trabajadoras evitaban la lucha política y revolucionaria. El movimiento socialista en Rusia puede, ciertamente, estar orgulloso de las heroicas mujeres que, por su enérgico trabajo, ayudaron a consolidar y preparar el camino para la explosión revolucionaria que se llevó a cabo en los años posteriores. Sin embargo, ninguna de estas mujeres, desde las primeras socialistas como Sofía Bardina o las hermanas Leshern, llenas de encanto y belleza interior, o como la férrea Sofía Perovskaya, eran representantes del proletariado femenino. En la mayoría de los casos, estas eran las jóvenes a las que Turgenev dedicó su poema “El umbral”, chicas de un sector adinerado, aristócrata, que dejaron sus hogares, rompieron con su pasado próspero y fueron con el pueblo para difundir la propaganda revolucionaria y luchar contra las injusticias sociales, redimiendo los “pecados de sus padres”. Mucho más tarde, hacia la década de 1890 y a comienzos del siglo XX, cuando el marxismo ya había echado raíces profundas en el movimiento de trabajadores de Rusia, el número de mujeres obreras involucradas en el mismo era muy pequeño. Las mujeres que eran miembros activas de las organizaciones clandestinas en esos años no eran mujeres trabajadoras sino de la intelligentisia – estudiantes, docentes, asistentes médicas y escritoras. No era común encontrar una “mujer de fábrica” en una reunión ilegal. Tampoco fueron las mujeres trabajadoras las que asistieron a las clases de domingo por la tarde celebradas en las afueras de Petrogrado, el único método legal en ese entonces para difundir, bajo el disfraz inocente de la geografía o aritmética, las ideas del marxismo y el socialismo científico entre las masas trabajadoras. Las obreras todavía peleaban por la vida, evadiendo el combate… aún creían que su lugar era con los hornos, los lavaderos y las cunas.

 

La revolución de 1905

La imagen cambió radicalmente desde el momento en que el fantasma rojo de la revolución por primera vez eclipsó a Rusia con sus alas ardientes. El año revolucionario de 1905 se sintió fuertemente en las masas obreras. Los trabajadores rusos sintieron su fuerza por primera vez, por primera vez notaron que llevaban en sus espaldas toda la riqueza de su nación. Las mujeres proletarias rusas, las indiscutidas colaboradoras en todas las demostraciones políticas del proletariado en los años revolucionarios de 1905 y 1906, también se habían despertado. Se las encontraba en todas partes. Si queremos relatar los hechos de la participación de las masas de mujeres en el movimiento de la época, debemos enumerar todas las manifestaciones activas de protesta y de lucha llevadas a cabo por las trabajadoras, recordar todas las acciones desinteresadas emprendidas por las proletarias, la lealtad hacia sus ideales del socialismo, y luego podremos reconstruir escena por escena la historia entera de la revolución rusa de 1905.

Muchos todavía recuerdan esos años llenos de romanticismo. La imagen de la mujer trabajadora, todavía "incompleta" pero que ya se adentraba en la vida, que con sus ojos llenos de esperanza encendió el megáfono en enormes reuniones, atestada de entusiasmo, vive nuevamente en la memoria. Las caras de esas mujeres, cargadas de energía y de una resolución inquebrantable, pueden verse entre las filas de trabajadores durante la procesión en memoria de ese 9 de enero inolvidable, el domingo sangriento. El sol, excepcionalmente brillante para San Petersburgo, ilumina este desfile solemne y silencioso, realzando las caras de estas mujeres, numerosas entre la multitud. La pena por las ilusiones ingenuas y una confianza aniñada golpea a las mujeres; la mujer obrera, la mujer joven, la esposa trabajadora, es una figura común entre la enorme cantidad de víctimas de aquel día de enero. La consigna “huelga general” que va de taller en taller es tomada por estas mujeres, ayer todavía sin conciencia de clase, y obliga a algunas a salir por primera vez.

Las mujeres trabajadoras de las provincias no se quedaron detrás de sus camaradas de la capital. En los días de octubre, exhaustas por el trabajo y su dura existencia al borde de la inanición, las mujeres dejaron las fábricas y en el nombre la causa común valientemente privan a sus hijos del último pedazo de pan… Con palabras simples y conmovedoras, las trabajadoras convencen a sus compañeros hombres para que ellos también abandonen sus lugares de trabajo; ella mantiene arriba el espíritu de aquellos que van a la huelga, llena de energía a aquellos que dudan... La mujer obrera luchó sin descanso, protestó, se sacrificó a si misma heroicamente por esa causa común, y cuanto más activa se volvió, más rápido se volvió el proceso que hizo despertar a su conciencia. La mujer trabajadora comenzó a tomar nota del mundo a su alrededor, de las injusticias producidas por el sistema capitalista. Se volvió más dolorosa y agudamente consciente de la amargura de sus sufrimientos y tristezas. Entre las demandas comunes del proletariado, uno puede oír más claramente las voces de las mujeres trabajadoras reclamando por sus reivindicaciones como tales. Al momento de las elecciones para la comisión de Shidlovsky en marzo de 1905, la negativa a la admisión de mujeres como delegadas obreras provocó murmullos de descontento: el sufrimiento y los sacrificios que ellas habían recientemente atravesado, habían acercado a los hombres y las mujeres de la clase obrera, poniéndolos en el mismo lugar. Parecía doblemente injusto, en ese momento, recurrir a la mujer luchadora y ciudadana y subrayar su falta de derechos. Cuando la comisión de Shidlovsky se rehusó a reconocer a la mujer que había sido elegida como una de los siete delegados de las textiles Shampsoniyevsky, las mujeres indignadas que representaban gran parte del trabajo textil decidieron presentar a la comisión la siguiente declaración: “Las diputadas representantes de las mujeres trabajadoras no tienen permiso para formar parte dentro de la comisión bajo su presidencia. Consideramos esa decisión una injusticia. Las mujeres trabajadoras somos mayoría en las fábricas de San Petersburgo. El número de mujeres que trabajan en hilanderías y fábricas de tejido aumenta cada año, porque los hombres se van a trabajar a fábricas que ofrecen mejores salarios. Nosotras, las mujeres trabajadoras, cargamos con lo más pesado del trabajo. Por nuestra impotencia y falta de derechos, somos menospreciadas por nuestros camaradas, y nos pagan menos. Cuando esta comisión fue anunciada, nuestros corazones se llenaron de esperanza; por fin llegará el momento – pensamos – en que la mujer trabajadora en San Petersburgo será capaz de hablar claro a todo Rusia en nombre de sus compañeras obreras sobre la opresión y la humillación de la que los hombres trabajadores no tienen conocimiento. Y luego, cuando ya habíamos elegido a nuestras delegadas, nos informaron que solo los hombres pueden ocupar dicho cargo. Sin embargo, esperamos que esta no sea su decisión final…”.

El rechazo a otorgar a las mujeres el derecho de ser representadas y su expulsión de la vida política constituyo una injusticia evidente para todo el sector de la población femenina que cargó en sus espaldas la lucha por la liberación. Las trabajadoras asistieron reiteradas veces a reuniones preelectorales durante las campañas para la Primera y Segunda Duma, y protestaron fervorosamente contra la ley que les privó de cualquier voz en un asunto tan importante como la elección de representantes en el parlamento ruso. Hubo instancias, por ejemplo, en Moscú, cuando las trabajadoras fueron a reuniones con votantes, en las que interrumpieron las mismas para protestar ante la forma en que las elecciones estaban siendo llevadas adelante.

Las obreras tampoco eran ya indiferentes a que la falta de este derecho también mostraba el hecho de que, de las 40.000 peticiones dirigidas a la Primera y Segunda Duma demandando que los derechos electorales fueran extendidos a las mujeres, la mayoría eran mujeres de la clase obrera. La colecta de peticiones fue organizada por la Liga por la Igualdad de las Mujeres y otras organizaciones de las mujeres de la burguesía, y fue realizada en diferentes fábricas. El hecho de que las mujeres de la clase obrera hayan firmado animosamente esas peticiones diseñadas por burguesas, revela que la conciencia política de las trabajadoras solo acababa de despertar, que ellas recién estaban dando sus primeros pasos, todavía frenando a mitad de camino. Las trabajadoras estaban despertando de los arrebatos y falta de sus derechos políticos, pero todavía se hallaban incapaces de relacionar este hecho con la lucha común de su propia clase, eran incapaces de encontrar el camino correcto que podía dirigir a las proletarias a su total emancipación. La mujer trabajadora aceptó ingenuamente la mano que le tendió el feminismo burgués. Las sufragistas recurrieron a las mujeres trabajadoras esperando llevar a las mismas hacia su lado, obteniendo su apoyo y organizando a las mismas en un movimiento exclusivamente femenino, supuestamente sin clase pero esencialmente burgués. Sin embargo, el instinto de clase y la desconfianza hacia las “finas damas” salvó a las trabajadoras de ser atraídas al feminismo e impidió cualquier alianza larga o estable con las sufragistas burguesas.

Los años de 1905 y 1906 estuvieron atravesados por un largo número de reuniones de mujeres a las que las trabajadoras asistieron con entusiasmo. Las obreras escucharon atentamente a las sufragistas burguesas pero lo que las mismas ofrecían no satisfacía sus necesidades más urgentes, ligadas a la esclavitud del capital, y no evocaban ninguna respuesta sincera. Las mujeres de la clase obrera estaban exhaustas por el peso de condiciones laborales intolerables, el hambre y la inseguridad material de sus familias; sus demandas inmediatas eran: jornadas laborales más cortas, mejores salarios, una actitud más humana de parte de las administraciones de las fábricas, menos control policial, más libertad de acción. Todo esto era ajeno al feminismo burgués. Las sufragistas acercaron a las mujeres con aspiraciones y causas exclusivamente femeninas. No entendían la naturaleza de clase que emergía del movimiento de mujeres trabajadoras que estaba emergiendo. Estaban particularmente decepcionadas con las empleadas domésticas. Por iniciativa del feminismo burgués, las primeras reuniones de empleadas domésticas se llevaron a cabo en San Petersburgo y Moscú en 1905. Las empleadas domésticas respondieron ansiosamente a este llamado para “organizarse” y asistieron a las primeras reuniones en gran cantidad. Sin embargo, cuando la Liga por la Igualdad de las Mujeres intentó organizarse a su gusto, buscando una alianza mixta entre las señoritas empleadoras y las empleadas domésticas, las empleadas domésticas se separaron de las sufragistas y, para decepción de las damas burguesas, “se apresuraron a unirse al partido de su propia clase, organizándose en los sindicatos”. Ese es el estado de las cosas en Moscú, Vladimir, Penza, Kharkov y un vasto número de otras ciudades. El mismo destino corrieron los intentos de otra organización política de mujeres, aún más de derecha, el Partido de las Mujeres Progresistas, que intentó organizar a las empleadas domésticas bajo el cuidado de sus jefas. El movimiento de empleadas domésticas fue más allá de los límites impuestos por las feministas. Mirando los periódicos de 1905 veremos que abundan en informes acerca de la acción directa de las empleadas domésticas, incluso en las regiones más recónditas de Rusia. Esta acción tomaba forma tanto de huelgas masivas como de manifestaciones callejeras. Las huelgas incluían cocineras, lavanderas y criadas; había huelgas de acuerdo a la profesión y otras que unificaban a todas las empleadas domésticas. Estas protestas se esparcieron de un lugar a otro. Los reclamos redactados por las mismas usualmente se limitaban a exigir jornadas laborales de 8 horas, salario mínimo, condiciones de vida más tolerables (una habitación separada) trato adecuado por parte de sus patrones, etc.

Este despertar político de las mujeres, además, no se limitó a las pobres de las ciudades. Desde el primer momento en Rusia, las campesinas rusas también alzaron su voz persistentemente. El final de 1904 y todo el año de 1905 es un período de continuas “rebeliones de enaguas”, provocadas por la guerra contra Japón. Todos los horrores, todos los males sociales y económicos que derivaron de esta guerra horrible, pesaron sobre cada campesina, esposa y madre. La confiscación de reservas colocó una doble carga de trabajo y preocupación sobre sus hombros ya sobrecargados, y las obligó a ellas, que eran todavía temerosas a todo lo que estaba por fuera del círculo de sus intereses domésticos, a encontrarse cara a cara con fuerzas hostiles previamente siquiera sospechadas, y a tomar conciencia de toda la humillación y a agotar hasta la última gota de la copa de todas las injusticias inmerecidas… Las campesinas analfabetas y oprimidas dejaron sus casas y pueblos por primera vez para ir a la ciudad a presionar a las oficinas del gobierno en un intento por obtener noticias sobre sus esposos, hijos, padres, para pedir asistencia social y defender sus intereses… La total falta de derechos, que era la suerte de los campesinos, las mentiras y las injusticias del orden social existente se hallaban a la vista las campesinas… Ellas volvieron de la ciudad endurecidas, cargando en ellas amargura, odio y enojo… En el verano de 1905 toda una serie de “rebeliones de enaguas” irrumpieron en el sur. Llenas de ira y con una audacia sorprendente, las campesinas atacaron los cuarteles militares y policiales donde se encontraban los reclutas del ejército y se llevaron a sus hombres a sus casas. Armadas con rastrillos, horcas y escobas, las campesinas echaron a los guardias armados de sus pueblos. Protestan a su manera contra la carga insoportable de la guerra. Están, por supuesto, detenidas y con castigos severos, pero las “rebeliones de enaguas” continúan. En sus protestas, la defensa de los intereses de los campesinos y de sus intereses puramente “femeninos” está tan entrelazada que no hay razones para dividirlos y clasificar a las “rebeliones de enaguas” como parte del “movimiento feminista”.

Después de las “demostraciones políticas” de las campesinas, viene una serie de “rebeliones de enaguas” en el terreno económico. Este es el período de agitación campesina y huelgas agrícolas. Las “enaguas” a veces iniciaban estos disturbios, llevando a los hombres detrás de ellas. Hubo casos en los que, al fallar el hecho de involucrar a los hombres, las mujeres marchaban solas a las casas solariegas para presentar sus demandas. Armándose con lo que tuvieran al alcance de sus manos, se adelantaron a los hombres para encontrarse con los destacamentos. Las campesinas oprimidas, oprimidas por siglos, de repente se volvieron figuras centrales en el drama político. Durante todo el período revolucionario las campesinas, que estaban siempre unidas a sus hombres, defendieron los intereses del campesinado, con un tacto sorprendente se refirieron a sus necesidades particulares, como mujeres, solo cuando eso ponía en peligro la causa del campesinado en su totalidad.

Esto no significa que las mujeres campesinas fueran indiferentes a sus necesidades como mujeres o que las ignoraran. Por el contrario, el emerger de las campesinas en la arena política, su participación masiva en la lucha, desarrolló y reforzó su conciencia como mujeres. Hacia noviembre, en 1905, las campesinas de la provincia de Voronezh enviaron a dos de sus delegadas al congreso de campesinos con instrucciones de la reunión de mujeres de demandar “derechos políticos” y “libertad” para las mujeres en cuanto a los hombres.[1]

La población campesina de mujeres de Caucasus defendió sus derechos con una firmeza particular. El campesinado femenino de Guria en las reuniones del pueblo en la provincia de Kutaisi adoptó resoluciones demandando igualdad política con los hombres. En las reuniones rurales y urbanas para discutir la introducción de Zemstvos en Transcaucasia, los diputados representantes de la población local incluyeron a mujeres georgianas, quienes insistieron en sus derechos como mujeres.

Mientras demandaban la igualdad política, las campesinas naturalmente siempre hicieron escuchar sus voces en defensa de sus intereses económicos; la cuestión del “reparto” de la tierra, concernía a las mujeres del campesinado tanto como a sus hombres. En algunas regiones, las campesinas que apoyaron de manera entusiasta la idea de expropiar tierras privadas, enfriaron su apoyo cuando nació la pregunta acerca de si las mismas debían ser incluidas en el recuento del tamaño de parcelas de tierra para el reparto. “Si la tierra es tomada de sus dueños y repartida solo entre los hombres”, las mujeres argumentaron, “entonces nos enfrentaremos a la esclavitud real. En el presente apenas podemos ganar unos pocos kopecks por nuestra cuenta, si de alguna forma esto sucediera, estaremos simplemente trabajando para los hombres". Como sea, quedó demostrado que el miedo de las campesinas estaba totalmente infundado; cálculos económicos obligaron al campesinado a insistir también por un reparto de tierras que incluyera a las mujeres. Los intereses agrarios de hombres y mujeres del campesinado estaban muy entrelazados a los de los hombres, en la lucha por abolir la esclavitud agrícola, inevitablemente también defendieron los intereses de las mujeres.

De cualquier manera, en la lucha por los intereses económicos y políticos del campesinado en su totalidad, las campesinas aprendieron cómo luchar por sus reivindicaciones específicas como mujeres. Lo mismo aplica a las mujeres obreras; con su participación en la lucha por la liberación en su totalidad ellas, más que las campesinas, prepararon a la opinión pública para aceptar el principio de la igualdad femenina. La idea de la igualdad civil para las mujeres, ahora implementada en la Rusia Soviética, se esparció en toda la sociedad no por los esfuerzos heroicos individuales de mujeres con personalidades contundentes, no por la lucha de las feministas de la burguesía, sino por la presión espontánea de las masas de mujeres obreras y campesinas, quienes despertaron con el trueno de la primera Revolución Rusa en 1905.

En 1909, en mi libro “Las Bases Sociales de la Cuestión de la Mujer”, dije, argumentando contra las feministas burguesas, contra quienes estuvo dedicado la totalidad de mi libro: “Si las mujeres campesinas tuvieron éxito al conseguir en su futuro inmediato una mejora de sus posición doméstica, económica y legal, es producto, naturalmente, de los esfuerzos de la democracia campesina dirigida a la obtención de aquellas demandas campesinas que, de una u otra forma, continúan siendo escuchadas allí. Los intentos de las feministas de “limpiar el camino para las mujeres” son irrelevantes aquí… Si las campesinas se liberan de la presente esclavitud agraria, ellas recibirán más que lo que todas las organizaciones feministas juntas pueden darles”.

Estas palabras, escritas hace diez años, pueden verificarse ahora con los hechos. La Gran Revolución de octubre no solo llevó adelante las demandas principales, urgentes y básicas del campesinado de que la tierra sea transferida a quienes trabajan sobre ella sino que también logró poner a las mujeres campesinas en la honorable posición de ciudadanas libres e iguales en todos los aspectos, y ahora solo esclavizadas por los métodos de trabajo agrícolas y por las tradiciones familiares aún persistentes.

Aquello sobre lo que las campesinas solo podían soñar en los días de la Revolución Rusa de 1905, se volvió realidad con la Gran Revolución de octubre de 1917.

Las mujeres en Rusia consiguieron la igualdad política. Sin embargo, ellas deben este logro no a la cooperación con las sufragistas burguesas, sino a la lucha de conjunto y unitaria con sus camaradas hombres de la clase obrera

 

 

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NOTAS

[1] Basta con recordar las peticiones históricas escritas y enviadas por las mujeres campesinas de las provincias de Voronezh y Tver a la Primera Duma, o el telegrama enviado por las campesinas del pueblo de Nogatkino al diputado Aladyin:

“En este momento de lucha entre lo correcto y lo incorrecto, nosotras, las campesinas del pueblo de Nogatkino, saludamos a los diputados electos del pueblo, que ha expresado su falta de confianza en el gobierno al demandar la renuncia del ministerio. Esperamos que los representantes que han recibido el apoyo del pueblo den al mismo tierra y libertad, que abran las puertas de las prisiones y liberen a aquellos que lucharon por la libertad y felicidad del pueblo y que consigan derechos civiles y políticos para ellos y para nosotros, las mujeres rusas, quieres no tenemos derechos incluso en nuestras familias. Recuerden que mujeres esclavas, no pueden ser madres de ciudadanos libres” (firmado por la portavoz de 75 mujeres de Nogatkino)