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José Carlos Mariátegui

La escena contemporánea


HECHOS E IDEAS DE LA REVOLUCION RUSA

 

TROTSKY

TROTSKY no es sólo un protagonista sino también un filósofo, un historiador y un crítico de la Revolución. Ningún líder de la Revolución puede carecer, naturalmente, de una visión panorámica y certera de sus raíces y de su génesis. Lenin, verbigracia, se distinguió por una singular facultad para percibir y entender la dirección de la historia contemporánea y el sentido de sus acontecimientos. Pero los penetrantes estudios de Lenin no abarcaron sino las cuestiones políticas y económicas. Trotsky, en cambio, se ha interesado además por las consecuencias de la Revolución en la filosofía y en el arte.

Polemiza Trotsky con los escritores y artistas que anuncian el advenimiento de un arte nuevo, la aparición de un arte proletario. ¿Posee ya la Revolución un arte propio? Trotsky mueve la cabeza. "La cultura -escribe- no es la primera fase de un bienestar: es un resultado final". El proletariado gasta actualmente sus energías en la lucha por abatir a la burguesía y en el trabajo de resolver sus problemas económicos, políticos, educacionales. El orden nuevo es todavía demasiado embrionario e incipiente. Se encuentra en un periodo de formación. Un arte del proletariado no puede aparecer aún. Trotsky define el desarrollo del arte como el más alto testimonio de la vitalidad y del valor de una época. El arte del proletariado no será aquél que describa los episodios de la lucha revolucionaria; será, más bien, aquél que describa la vida emanada de la revolución, de sus creaciones y de sus frutos. No es, pues, el caso de hablar de un arte nuevo. El arte, como el nuevo orden social, atraviesa un período de tanteos y de ensayos. "La revolución encontrará en el arte su imagen cuando cese de ser para el artista un cataclismo extraño a él". El arte nuevo será producido por hombres de una nueva especie. El conflicto entre la realidad moribunda y la realidad naciente durará largos años. Estos años serán de combate y de malestar. Sólo después que estos años transcurran, cuando la nueva orga-nización humana esté cimentada y asegurada, existirán las condiciones necesarias para el desenvolvimiento de un arte del proletariado. ¿Cuáles serán los rasgos esenciales de este arte futuro? Trotsky formula algunas previsiones. El arte futuro será, a su juicio, "inconciliable con el pesimismo, con el escepticismo y con todas las otras formas de postración intelectual. Estará lleno de fe creadora, lleno de una fe sin límites en el porvenir". No es ésta, ciertamente, una tesis arbitraria. La desesperanza, el nihilismo, la morbosidad que en diversas dosis contiene la literatura contemporánea son señales características de una sociedad fatigada, agotada, decadente. La juventud es optimista, afirmativa, jocunda; la vejez es escéptica, negativa y regañona. La filosofía y el arte de una sociedad joven tendrán, por consiguiente, un acento distinto de la filosofía y del arte de una sociedad senil.

El pensamiento de Trotsky se interna, por estos caminos, en otras conjeturas y en otras interpretaciones. Los esfuerzos de la cultura y de la inteligencia burguesas están dirigidos principalmente al progreso de la técnica y del mecanismo de la producción. La ciencia es aplicada, sobre todo, a la creación de un maquinismo cada día más perfecto. Los intereses de la clase dominante son adversos a la racionalización de la producción; y son adversos, por ende, a la racionalización de las costumbres. Las preocupaciones de la humanidad resultan, sobre todo, utilitarias.

El ideal de nuestra época es la ganancia y el ahorro. La acumulación de riquezas aparece como la mayor finalidad de la vida humana. Y bien. El orden nuevo, el orden revolucionario, racionalizará y humanizará las costumbres. Resolverá los problemas que, a causa de su estructura y de su función, el orden burgués es impotente para solucionar. Consentirá la liberación de la mujer de la servidumbre doméstica, asegurará la educación social de los niños, libertará al matrimonio de las preocupaciones económicas. El socialismo, tan motejado y acusado de materialista, resulta, en suma, desde este punto de vista, una reivindicación, un renacimiento de valores espirituales y morales, oprimidos por la organización y los métodos capitalistas. Si en la época capitalista prevalecieron ambiciones e intereses materiales, la época proletaria, sus modalidades y sus instituciones se inspirarán en intereses e ideales éticos.

La dialéctica de Trotsky nos conduce a una previsión optimista del porvenir del Occidente y de la Humanidad. Spengler anuncia la decadencia total de Occidente. El socialismo, según su teoría, no es sino una etapa de la trayectoria de una civilización. Trotsky constata únicamente la crisis de la cultura burguesa, el tramonto de la sociedad capitalista. Esta cultura, esta sociedad, envejecidas, hastiadas, desaparecen; una nueva cultura, una nueva sociedad emergen de su entraña. La ascensión de una nueva clase dominante, mucho más extensa en sus raíces, más vital en su contenido que la anterior, renovará y aumentará las energías mentales y morales de la humanidad. El progreso de la humanidad aparecerá entonces dividido en las siguientes etapas principales: antigüedad (régimen esclavista); edad media (régimen de servidumbre); capitalismo (régimen del salario); socialismo (régimen de igualdad social). Los veinte, los treinta, los cincuenta años que durará la revolución proletaria, dice Trotsky, marcarán una época de transición.

¿El hombre que tan sutil y tan hondamente teoriza, es el mismo que arengaba y revistaba al ejército rojo? Algunas personas no conocen, tal vez, sino al Trotsky de traza marcial de tantos retratos y tantas caricaturas. Al Trotsky del tren blindado, al Trotsky Ministro de Guerra y Generalísimo, al Trotsky que amenaza a Europa con una invasión napoleónica. Y este Trotsky en verdad no existe. Es casi únicamente una invención de la prensa. El Trotsky real, el Trotsky verdadero es aquél que nos revelan sus escritos. Un libro da siempre de un hombre una imagen más exacta y más verídica que un uniforme. Un generalísimo, sobre todo, no puede filosofar tan humana y tan humanitariamente. ¿Os imagináis a Foch, a Ludendorf, a Douglas Haig en la actitud mental de Trotsky?

La ficción del Trotsky marcial, del Trotsky napoleónico, procede de un solo aspecto del rol del célebre revolucionario en la Rusia de los Soviets: el comando del ejército rojo. Trotsky, como es notorio, ocupó primeramente el Comisariato de Negocios Extranjeros. Pero el sesgo final de las negociaciones de Brest Litowsk lo obligó a abandonar ese ministerio. Trotsky quiso que Rusia opusiera al militarismo alemán una actitud tolstoyana: que rechazase la paz que se le imponía y que se cruzase de brazos, indefensa, ante el adversario. Lenin, con mayor sentido político, prefirió la capitulación. Trasladado al Comisariato de Guerra, Trotsky recibió el encargo de organizar el ejército rojo. En esta obra mostró Trotsky su capacidad de organizador y de realizador. El ejército ruso estaba disuelto. La caída del zarismo, el proceso de la revolución, la liquidación de la guerra, produjeron su aniquilamiento. Los Soviets carecían de elementos para reconstituirlo. Apenas si quedaban, dispersos, algunos materiales bélicos. Los jefes y oficiales monarquistas, a causa de su evidente humor reaccionario, no podían ser utilizados. Momentáneamente, Trotsky trató de servirse del auxilio técnico de las misiones militares aliadas, explotando el interés de la Entente de recuperar la ayuda de Rusia contra Alemania. Mas las misiones aliadas deseaban, ante todo, la caída de los bolcheviques. Si fingían pactar con ellos era para socavarlos mejor. En las misiones aliadas Trotsky no encontró sino un colaborador leal: el capitán Jacques Sadoul,* miembro de la embajada francesa, que acabó adhiriéndose a la Revolución, seducido por su ideario y por sus hombres. Los Soviets, finalmente, tuvieron que echar de Rusia a los diplomáticos y militares de la Entente. Y, dominando todas las dificultades, Trotsky llegó a crear un poderoso ejército que defendió victoriosamente a la Revolución de los ataques de todos sus enemigos externos e internos. El núcleo inicial de este ejército fueron doscientos mil voluntarios de la vanguardia y de la juventud comunistas. Pero, en el periodo de mayor riesgo para los Soviets, Trotsky comandó un ejército de más de cinco millones de soldados.

Y, como su ex-generalísimo, el ejército rojo es un caso nuevo en la historia militar del mundo. Es un ejército que siente su papel de ejército revolucio-nario y que no olvida que su fin es la defensa de la revolución. De su ánimo está excluido, por ende, todo sentimiento específica y marcialmente impe-rialista. Su disciplina, su organización y su estructura son revolucionarias. Acaso, mientras el generalísimo escribía un artículo sobre Romain Rolland, los soldados evocaban a Tolstoy o leían a Kropotkin.

 

LUNATCHARSKY

La figura y la obra del Comisario de Instrucción Pública de los Soviets se han impuesto, en todo el mundo occidental, a la consideración de la propia burguesía. La revolución rusa fue declarada, en su primera hora, una amenaza para la Civilización. El bolchevismo, descrito como una horda bárbara y asiática, creaba fatalmente, según el coro innumerable de sus detractores, una atmósfera irrespirable para el Arte y la Ciencia. Se formulaban los más lúgubres augurios sobre el porvenir de la cultura rusa. Todas estas conjeturas, todas estas aprehensiones, están ya liquidadas. La obra más sólida, tal vez, de la revolución rusa, es precisamente la obra realizada en el terreno de la instrucción pública. Muchos hombres de estudio europeos y americanos, que han visitado Rusia, han reconocido la realidad de esta obra. La revolución rusa, dice Herriot en su libro La Russie Nouvelle, tiene el culto de la ciencia. Otros testimonios de intelectuales igualmente distantes del comunismo coinciden con el del estadista francés. Wells clasifica a Lunatcharsky entre los mayores espíritus constructivos de la Rusia nueva. Lunatcharsky, ignorado por el mundo hasta hace siete años, es actualmente un personaje de relieve mundial.

La cultura rusa, en los tiempos del zarismo, estaba acaparada por una pequeña elite. El pueblo sufría no sólo una gran miseria física sino también una gran miseria intelectual. Las proporciones del analfabetismo eran aterradoras. En Petrogrado el censo de 1910 acusaba un 31% de analfabetos y un 49 por ciento de semianalfabetos. Poco importaba que la nobleza se regalase con todos los refinamientos de la moda y el arte occidentales, ni que en la uni-versidad se debatiese todas las grandes ideas contemporáneas. El mujik, el obrero, la muchedumbre, eran extraños a esta cultura.

La revolución dio a Lunatcharsky el encargo de echar las bases de una cultura proletaria. Los materiales disponibles para esta obra gigantesca, no podían ser más exiguos. Los soviets tenían que gastar la mayor parte de sus energías materiales y espirituales en la defensa de la revolución, atacada en todos los frentes por las fuerzas reaccionarias. Los problemas de la reorganización económica de Rusia debían ocupar la acción de del bolchevismo. Lunatcharsky contaba con pocos auxiliares. Los hombres de ciencia y de letras casi todos los elementos técnicos e intelectuales de la burguesía saboteaban los esfuerzos de la revolución. Faltaban maestros para las nuevas y antiguas escuelas. Finalmente, los episodios de violencia y de terror de la lucha revolucionaria mantenían en Rusia una tensión guerrera hostil a todo trabajo de reconstrucción cultural. Lunatcharsky asumió, sin embargo, la ardua faena. Las primeras jornadas fueron demasiado duras y desalentadoras. Parecía imposible salvar todas las reliquias del arte ruso. Este peligro desesperaba a Lunatcharsky. Y, cuando circuló en Petrogrado la noticia de que las iglesias del Kremlin y la catedral de San Basilio habían sido bombardeadas y destruidas por las tropas de la revolución, Lunatcharsky se sintió sin fuerzas para continuar luchando en medio de la tormenta. Descorazonado, renunció a su cargo. Pero, afortunadamente, la noticia resultó falsa. Lunatcharsky obtuvo la seguridad de que los hombres de la revolución lo ayudarían con toda su autoridad en su empresa. La fe no volvió a abandonarlo.

El patrimonio artístico de Rusia ha sido íntegramente salvado. No se ha perdido ninguna obra de arte. Los museos públicos se han enriquecido con los cuadros, las estatuas y reliquias de colecciones privadas. Las obras de arte, monopolizadas antes por la aristocracia y la burguesía rusas, en sus palacios y en sus mansiones, se exhiben ahora en las galerías del Estado. Antes eran un lujo egoísta de la casta dominante; ahora son un elemento de educación artística del pueblo.

Lunatcharsky, en éste como en otros campos, trabaja por aproximar el arte a la muchedumbre. Con este fin ha fundado, por ejemplo, el Proletcult, comité de cultura proletaria, que organiza el teatro del pueblo. El Proletcult, vastamente difundido en Rusia, tiene en las principales ciudades una actividad fecunda. Colaboran en el Proletcult, obreros, artistas y estudiantes, fuertemente poseídos del afán de crear un arte revolucionario. En las salas de la sede de Moscú se discuten todos los tópicos de esta cuestión. Se teoriza ahí bizarra y arbitrariamente sobre el arte y la revolución. Los estadistas de la Rusia nueva no comparten las ilusiones de los artistas de vanguardia. No creen, que la sociedad o la cultura proletarias puedan producir ya un arte propio. El arte, piensan, es un síntoma de plenitud de un orden social. Mas este concepto no disminuye su interés por ayudar y estimular el trabajo impaciente de los artistas jóvenes. Los ensayos, las búsquedas de los cubistas, los expresionistas y los futuristas de todos los matices, han encontrado en el gobierno de los soviets una acogida benévola. No significa, sin embargo, este favor, una adhesión a la tesis de la inspiración revolucionaria del futurismo. Trotsky y Lunatcharsky, autores de autorizadas y penetrantes criticas sobre las relaciones del arte y la revolución, se han guardado mucho de amparar esa tesis. "El futurismo -escribe Lunatcharsky- es la continuación del arte burgués con ciertas actitudes revolucionarias. El proletariado cultivará también el arte del pasado, partiendo tal vez directamente del Renacimiento, y lo llevará adelante más lejos y más alto que todos los futuristas y en una dirección absolutamente diferente". Pero las mani-festaciones del arte de vanguardia, en sus máximos estilos, no son en ninguna parte tan estimadas y valorizadas como en Rusia. El sumo poeta de la Revolución, Mayavskovsky, procede de la escuela futurista.

Más fecunda, más creadora aún es la labor de Lunatcharsky en la escuela. Esta labor se abre paso a través de obstáculos a primera vista insuperables: la insuficiencia del presupuesto de instrucción pública, la pobreza del material escolar, la falta de maestros. Los soviets, a pesar de todo, sostienen un número de escuelas varias veces mayor del que sostenía el régimen zarista. En 1917 las escuelas llegaban a 38,000. En 1919 pasaban de 62,000. Posteriormente, muchas nuevas escuelas han sido abiertas. El Estado comunista se proponía dar a sus escolares alojamiento, alimentación y vestido. La limitación de sus recursos no le ha consentido cumplir íntegramente esta parte de su programa. Setecientos mil niños habitan, sin embargo, a sus expensas, las escuelas asilos. Muchos lujosos hoteles, muchas mansiones solariegas, están transformadas en colegios o en casas de salud para niños. El niño, según una exacta observación del economista francés Charles Gide, es en Rusia el usufructuario, el profiteur* de la revolución. Para los revolucionarios rusos el niño representa realmente la humanidad nueva.

En una conversación con Herriot, Lunatcharsky ha trazado así los rasgos esenciales de su política educacional: "Ante todo, hemos creado la escuela única. Todos nuestros niños deben pasar por la escuela elemental donde la enseñanza dura cuatro años. Los mejores, reclutados según el mérito, en la proporción de uno sobre seis, siguen luego el segundo ciclo durante cinco años. Después de estos nueve años de estudios, entrarán en la Universidad. Esta es la vía normal. Pero, para conformarnos a nuestro programa proletario, hemos querido conducir directamente a los obreros a la enseñanza superior. Para arribar a este resultado, hacemos una selección en las usinas entre trabajadores de 18 a 30 años. El Estado aloja y alimenta a estos grandes alumnos. Cada Universidad posee su facultad obrera. Treinta mil estudiantes de esta clase han seguido ya una enseñanza que les permite estudiar para ingenieros o médicos. Queremos reclutar ocho mil por año, mantener durante tres años a estos hombres en la facultad obrera, enviarlos después a la Universidad misma". Herriot declara que este optimismo es justificado. Un investigador alemán ha visitado las facultades obreras y ha constatado que sus estudiantes se mostraban hostiles a la vez al diletantismo y al dogmatismo. "Nuestras escuelas -continúa Lunatcharsky- son mixtas. Al principio la coexistencia de los dos sexos ha asustado a los maestros y provocado incidentes, Hemos tenido algunas novelas molestas. Hoy, todo ha entrado en orden. Si se habitúa a los niños de ambos sexos a vivir juntos desde la infancia, no hay que temer nada inconveniente cuando son adolescentes. Mixta, nuestra escuela es también laica. La disciplina misma ha sido cambiada: queremos que los niños sean educados en una atmósfera de amor. Hemos ensayado además algunas creaciones de un orden más especial. La primera es la universidad destinada a formar funcionarios de los jóvenes que nos son designados por los soviets de provincia. Los cursos duran uno o tres años. De otra parte, hemos creado la Universidad de los pueblos de Oriente que tendrá, a nuestro juicio, una enorme influencia política. Esta Universidad ha recibido ya un millar de jóvenes venidos de la India, de la China, del Japón, de Persia. Preparamos así nuestros misioneros".

El Comisario de Instrucción Pública de los Soviets es un brillante tipo de hombre de letras. Moderno, inquieto, humano, todos los aspectos de la vida lo apasionan y lo interesan. Nutrido de cultura occidental, conoce profunda-mente las diversas literaturas europeas. Pasa de un ensayo sobre Shakespeare a otro sobre Maiakovski. Su cultura literaria es, al mismo tiempo, muy antigua y muy moderna. Tiene Lunatcharsky una comprensión ágil del pasado, del presente y del futuro. Y no es un revolucionario de la última sino de la primera hora. Sabe que la creación de nuevas formas sociales es una obra política y no una obra literaria. Se siente, por eso, político antes que literato. Hombre de su tiempo, no quiere ser un espectador de la revolución; quiere ser uno de sus actores, uno de sus protagonistas. No se contenta con sentir o comentar la historia; aspira a hacerla. Su biografía acusa en él una contextura espiritual de personaje histórico.

Se enroló Lunatcharsky, desde su juventud, en las filas del socialismo. El cisma del socialismo ruso lo encontró entre los bolcheviques, contra los mencheviques.  Como a otros revolucionarios rusos, le tocó hacer vida de emigrado. En 1907 se vio forzado a dejar Rusia. Durante el proceso de definición del bolchevismo, su adhesión a una fracción secesionista, lo alejó temporalmente de su partido; pero su recta orientación revolucionaria lo condujo pronto al lado de sus camaradas. Dividió su tiempo, equitativamente, entre la política y las letras. Una página de Romain Rolland nos lo señala en Ginebra, en enero de 1917, dando una conferencia sobre la vida y la obra de Máximo Gorki. Poco después, debía empezar el más interesante capítulo de su biografía: su labor de Comisario de Instrucción Pública de los Soviets.

Anatolio Lunatcharsky, en este capítulo de su biografía, aparece como uno de los más altos animadores y conductores de la revolución rusa. Quien más profunda y definitivamente está revolucionando a Rusia es Lunatcharsky. La coerción de las necesidades económicas puede modificar o debilitar, en el terreno de la economía o de la política, la aplicación de la doctrina comunista. Pero la supervivencia o la resurrección de algunas formas capitalistas no comprometerá, en ningún caso, mientras sus gestores conserven en Rusia el poder político, el porvenir de la revolución. La escuela, la universidad de Lunatcharsky están modelando, poco a poco, una humanidad nueva. En la escuela, en la universidad de Lunatcharsky se está incubando el porvenir.

 

DOS TESTIMONIOS

Se predecía que Francia sería la última en reconocer de jure a los Soviets. La historia no ha querido conformarse a esta predicción. Después de seis años de ausencia, Francia ha retornado, finalmente, a Moscú. Una embajada bolchevique funciona en París en el antiguo palacio de la Embajada zarista que, casi hasta la víspera de la llegada de los representantes de la Rusia nueva, alojaba a algunos emigrados y diplomáticos de la Rusia de los zares.

Francia ha liquidado y cancelado en pocos meses la política agresivamente antirusa de los gobiernos del Bloque Nacional. Estos gobiernos habían colocado a Francia a la cabeza de la reacción antisovietista. Clemenceau definió la posición de la burguesía francesa frente a los Soviets en una frase histórica: "La cuestión entre los bolcheviques y nosotros es una cuestión de fuerza". El gobierno francés reafirmó, en diciembre de 1919, en un debate parlamentario, su intransigencia rígida, absoluta, categórica. Francia no quería ni podía tratar ni discutir con los Soviets. Trabajaba, con todas sus fuerzas, por aplastarlo. Millerand continuó esta política. Polonia fue armada y dirigida por Francia en su guerra con Rusia. El sedicente gobierno del general Wrangel, aventurero asalariado que depredaba Crimea con sus turbias mesnadas, fue reconocido por Francia como gobierno de hecho de Rusia. Briand intentó en Cannes, en 1921, una mesurada rectificación de la política del Bloque Nacional respecto a los Soviets y a Alemania. Esta tentativa le costó la pérdida del poder. Poincaré, sucesor de Briand, saboteó en las conferencias de Génova y de La Haya toda inteligencia con el gobierno ruso. Y hasta el último día de su ministerio se negó a modificar su actitud. La posición teórica y práctica de Francia había, sin embargo, mudado poco a poco. El gobierno de Poincaré no pretendía ya que Rusia abjurase su comunismo para obtener su readmisión en la sociedad europea. Convenía en que los rusos tenían derecho para darse el gobierno que mejor les pareciese. Sólo se mostraba intransigente en cuanto a las deudas rusas. Exigía, a este respecto, una capitulación plena de los Soviets. Mientras esta capitulación no viniese, Rusia debía seguir exclui-da, ignorada, segregada de Europa y de la civilización occidental. Pero Europa no podía prescindir indefinidamente de la cooperación de un pueblo de ciento treinta millones de habitantes, dueño de un territorio de inmensos recursos agrícolas y mineros. Los peritos de la política de reconstrucción europea demostraban cuotidianamente la necesidad de reincorporar a Rusia en Europa. Y los estadistas europeos, menos sospechosos de rusofilia, aceptaban, gradualmente, esta tesis. Eduardo Benes, Ministro de Negocios Extranjeros de Checoeslovaquia, notoriamente situado bajo la influencia francesa, declaraba, a la Cámara checa: "Sin Rusia, una política y una paz europeas no son posibles". Inglaterra, Italia y otras potencias concluían por reconocer de jure el gobierno de los Soviets. Y el móvil de esta actitud no era, por cierto, un sentimiento filobolchevista. Coincidían en la misma actitud el laborismo inglés y el fascismo italiano. Y si los laboristas tienen parentesco ideológico con los bolcheviques, los fascistas, en cambio, aparecen en la historia contemporánea como los representantes característicos del antibolchevismo. A Europa no la empujaba hacia Rusia sino la urgencia de readquirir mercados indispensables para el funcionamiento normal de la economía europea. A Francia sus intereses le aconsejaban no sustraerse a este movimiento. Todas las razones de la política de bloqueo de Rusia habían prescrito. Esta política no podía ya conducir al aislamiento de Rusia sino, más bien, al aislamiento de Francia.

Propugnadores eficaces de esta tesis han sido Herriot y De Monzie. Herriot desde 1922 y de Monzie desde 1923 emprendieron una enérgica y vigorosa campaña por modificar la opinión de la burguesía y la pequeña burguesía francesas respecto a la cuestión rusa. Ambos visitaron Rusia, interrogaron a sus hombres, estudiaron su régimen. Vieron con sus propios ojos la nueva vida rusa. Constataron, personalmente, la estabilidad y la fuerza del régimen emergido de la revolución. Herriot ha reunido en un libro, La Rusia Nueva, las impresiones de su visita. De Monzie ha juntado en otro libro, Del Kremlin al Luxemburgo, con las notas de su viaje, todas las piezas de su campaña por un acuerdo francoruso.

Estos libros son dos documentos sustantivos de la nueva política de Francia frente a los Soviets. Y son también dos testimonios burgueses de la rectitud y la grandeza de los hombres y las ideas de la difamada revolución. Ni Herriot ni De Monzie aceptan, por supuesto, la doctrina comunista. La juzgan desde sus puntos de vista burgueses y franceses. Ortodoxamente fieles a la democracia burguesa, se guardan de incurrir en la más leve herejía. Pero, honestamente, reconocen la vitalidad de los Soviets y la capacidad de los líderes soviéticos. No proponen todavía en sus libros, a pesar de estas constataciones, el reconocimiento inmediato y completo de los Soviets. Herriot, cuando escribía las conclusiones de su libro, no pedía sino que Francia se hiciese representar en Moscú. "No se trata absolutamente -decía- de abordar el famoso problema del reconocimiento de jure que seguirá reservado". De Monzie, más prudente y mesurado aún, en su discurso de abril en el senado francés, declaraba, pocos días antes de las elecciones destinadas a arrojar del poder a Poincaré, que el reconocimiento de jure de los Soviets no debía preceder al arreglo de la cuestión de las deudas rusas. Proposiciones que, en poco tiempo, resultaron demasiado tímidas e insuficientes. Herriot, en el poder, no sólo abordó el famoso problema del reconocimiento de jure: lo resolvió. A De Monzie le tocó ser uno de los colaboradores de esta solución.

Hay en el libro de Herriot mayor comprensión histórica que en el libro de De Monzie. Herriot considera el fenómeno ruso con un espíritu más liberal. En las observaciones de De Monzie se constata, a cada rato, la técnica y la mentalidad del abogado que no puede proscribir de sus hábitos el gusto de chicanear un poco. Revelan, además, una exagerada aprehensión de llegar a conclusiones demasiado optimistas. De Monzie confiesa su "temor exas-perado de que se le impute haber visto de color de rosa la Rusia roja". Y, ocupándose de la justicia bolchevique, hace constar que describiéndola "no ha omitido ningún trazo de sombra". El lenguaje de De Monzie es el de un jurista; el lenguaje de Herriot es, más bien, el de un rector de la democracia, saturado de la ideología de la Revolución Francesa.

Herriot explora, rápidamente, la historia rusa. Encuentra imposible com-prender la Revolución Bolchevique sin conocer previamente sus raíces espirituales e ideológicas. "Un hecho tan violento como la revolución rusa -escribe- supone una larga serie de acciones anteriores. No es, a los ojos del historiador, sino una consecuencia". En la historia de Rusia, sobre todo en la historia del pensamiento ruso, descubre Herriot claramente las causas de la revolución. Nada de arbitrario, nada de antihistórico, nada de romántico ni artificial de este acontecimiento. La Revolución Rusa, según Herriot ha sido "una conclusión y una resultante". ¡Qué lejos está el pensamiento de Herriot de la tesis grosera y estúpidamente simplista que calificaba el bolchevismo como una trágica y siniestra empresa semita, conducida por una banda de asalariados de Alemania, nutrida de rencores y pasiones disolventes, sostenida por una guardia mercenaria de lansquenetes chinos! "Todos los servicios de la administración rusa -afirma Herriot- funcionan, en cuanto a los jefes, honestamente" ¿Se puede decir lo mismo de muchas democracias occidentales?

No cree Herriot, como es natural en su caso, que la revolución pueda seguir una vía marxista. "Fijo todavía en su forma política, el régimen sovietista ha evolucionado ya ampliamente en el orden económico bajo la presión de esta fuerza invencible y permanente: la vida". Busca Herriot las pruebas de su aserción en las modalidades y consecuencias de la nueva política económica rusa. Las concesiones hechas por los Soviets a la iniciativa y al capital privados, en el comercio, la industria y la agricultura, son anotadas por Herriot con complacencia. La justicia bolchevique en cambio le disgusta. No repara Herriot en que se trata de una justicia revolucionaria. A una revolución no se le puede pedir tribunales ni códigos modelos. La revolución formula los principios de un nuevo derecho; pero no codifica la técnica de su aplicación. Herriot además no puede explicarse ni éste ni otros aspectos del bolchevismo. Como él mismo agudamente lo comprende, la lógica francesa pierde en Rusia sus derechos. Más interesantes son las páginas en que su objetividad no encalla en tal escollo. En estas páginas Herriot cuenta sus conversaciones con Kamenef, Trotsky, Krassin, Rykoff, Dzerjinski, etc. En Dzerjinski reconoce un Saint Just eslavo. No tiene inconveniente en comparar al jefe de la Checa,* al Ministro del Interior de la Revolución Rusa, con el célebre personaje de la Convención francesa. En este hombre, de quien la burguesía occidental nos ha ofrecido tantas veces la más sombría imagen, Herriot encuentra un aire de asceta, una figura de icono. Trabaja en un gabinete austero, sin calefacción, cuyo acceso no defiende ningún soldado.

El ejército rojo impresiona favorablemente a Herriot. No es ya un ejército de seis millones de soldados como en los días críticos de la contrarrevolución. Es un ejército de menos de ochocientos mil soldados, número modesto para un país tan vasto y tan acechado. Y nada más extraño a su ánimo que el sentimiento imperialista y conquistador que frecuentemente se le atribuye. Remarca Herriot una disciplina perfecta, una moral excelente. Y observa, sobre todo, un gran en tusiasmo por la instrucción, una gran sed de cultura. La revolución afirma en el cuartel su culto por la ciencia. En el cuartel, Herriot advierte profusión de libros y periódicos; ve un pequeño museo de historia natural, cuadros de anatomía; halla a los soldados inclinados sobre sus libros. "Malgrado la distancia jerárquica en todo observada -agrega- se siente circular una sincera fraternidad. Así concebido el cuartel se convierte en un medio social de primera importancia. El ejército rojo es precisamente una de las creaciones más originales y más fuertes de la joven revolución".

Estudia el libro de Herriot las fuerzas económicas de Rusia. Luego se ocupa de sus fuerzas morales. Expone, sumariamente, la obra de Lunatcharsky. "En su modesto gabinete de trabajo del Kremlin, más desnudo que la celda de un monje, Lunatcharsky, gran maestro de la universidad sovietista", explica a Herriot el estado actual de la enseñanza y de la cultura en la Rusia nueva. Herriot describe su visita a una pinacoteca. "Ningún cuadro, ningún mueble de arte ha sufrido a causa de la Revolución. Esta colección de pintura moderna rusa se ha enriquecido notablemente en los últimos años". Constata Herriot los éxitos de la política de los Soviets en el Asia, que "presenta a Rusia como la gran libertadora de los pueblos del Oriente". La conclusión esencial del libro es ésta: "La vieja Rusia ha muerto, muerto para siempre. Brutal pero lógica, violenta, mas consciente de su fin, se ha producido una Revolución hecha de rencores, de sufrimientos, de cóleras desde hacía largo tiempo acumuladas".

De Monzie empieza por demostrar que Rusia no es ya el país bloqueado, ignorado, aislado, de hace algunos años. Rusia recibe todos los días ilustres visitas. Norte América es una de las naciones que demuestra más interés por explorarla y estudiarla. El elenco de huéspedes norteamericanos de los últimos tiempos es interesante: el profesor Johnson, el ex-gobernador Goodrich, Meyer Blomfield, los senadores Wheeler, Brookhart, William King, Edwin Ladde, los obispos Blake y Nuelsen, el ex-Ministro del Interior Sécy Fall, el diputado Frear, John Sinclair, el hijo de Roosevelt, Irving Bush, Dodge y Dellin de la Standard Oil. El cuerpo diplomático residente en Moscú es numeroso. La posición de Rusia en el Oriente se consolida día a día. De Monzie entra, en seguida, a examinar las manifestaciones del resurgimiento ruso. Teme a veces engafíarse; pero, confrontando sus impresiones con las de los otros visitantes, se ratifica en su juicio. El representante de la Compañía General Transatlántica, Maurice Longe, piensa como De Monzie: "La resurrección nacional de Rusia es un hecho, su renacimiento económico es otro hecho y su deseo de reintegrarse en la civilización occidental es innegable". De Monzie reconoce también a Lunatcharsky el mérito de haber salvado los tesoros del arte ruso, en particular del arte religioso. "Jamás una revolución -declara- fue tan respetuosa de los monumentos". La leyenda de la dictadura le parece a De Monzie muy exagerada. "Si no hay en Moscú control parlamentario, ni libre opinión para suplir este control, ni sufragio universal, ni nada equivalente al referendum suizo, no es menos cierto que el sistema no inviste absolutamente de plenos poderes a los comisarios del pueblo u otros dignatarios de la república". Lenin, ciertamente, hizo figura de dictador; pero "nunca un dictador se manifestó más preocupado de no serlo, de no hablar en su propio nombre, de sugerir en vez de ordenar". El senador francés equipara a Lenin con Cromwell. "¡Semejanza entre los dos jefes -exclama-, parentesco entre las dos revoluciones!" Su crítica de la política francesa frente a Rusia es robusta. La confronta y compara con la política inglesa. Halla en la historia un antecedente de ambas políticas. Recuerda la actitud de Inglaterra y de Francia ante la revolución americana. Canning interpretó entonces el tradicional buen sentido político de los ingleses. Inglaterra se apresuró a reconocer las repúblicas revolucionarias de América y a comerciar con ellas. El gobierno francés, en tanto, miró hostilmente a las nuevas repúblicas hispano-americanas y usó este lenguaje: "Si Europa es obligada a reconocer los gobiernos de hecho de América, toda su política debe tender a hacer nacer monarquías en el nuevo mundo en lugar de esas repúblicas revolucionarias que nos enviarán sus principios con los productos de su suelo". La reacción francesa soñaba con mandarnos uno o dos príncipes desocupados. Inglaterra se preocupaba de trocar sus mercaderías con nuestros productos y nuestro oro. La Francia republicana de Clemenceau y Poincaré había heredado, indudable-mente, la política de la Francia monárquica del vizconde Chateaubriand.

Los libros de De Monzie y Herriot son dos sólidas e implacables requisitorias contra esa política francesa, obstinada en renacer, no obstante su derrota de mayo. Y son, al mismo tiempo, dos documentados y sagaces testimonios de la burguesía intelectual sobre la Revolución Bolchevique.

 

ZINOVIEV Y LA TERCERA INTERNACIONAL

Periódicamente, un discurso o una carta de Gregorio Zinoviev saca de quicio a la burguesía. Cuando Zinoviev no escribe ninguna proclama, los burgueses, nostálgicos de su prosa, se encargan de inventarle una o dos. Las proclamas de Zinoviev recorren el mundo dejando tras de sí una estela de terror y de pavura. Tan seguro es el poder explosivo de estos documentos que su empleo ha sido ensayado en la última campaña electoral británica. Los adversarios del laborismo descubrieron, en vísperas de las elecciones, una espeluznante comunicación de Zinoviev. Y la usaron, sensacionalmente, como un esti-mulante de la voluntad combativa de la burguesía. ¿Qué honesto y apacible burgués no iba a horrorizarse de la posibilidad de que Mac Donald continuara en el poder? Mac Donald pretendía que la Gran Bretaña prestara dinero a Zinoviev y a los demás comunistas rusos. Y, entre tanto, ¿qué hacía Zinoviev? Zinoviev excitaba al proletariado británico a la revolución. Para la gente bien informada, el descubrimiento carecía de importancia. Desde hace muchos años Zinoviev no se ocupa de otra cosa que de predicar la revolución. A veces se ocupa de algo más audaz todavía: de organizarla. El oficio de Zinoviev consiste, precisamente, en eso. ¿Y cómo se puede honradamente querer que un hombre no cumpla su oficio?

Una parte del público no conoce, por ende, a Zinoviev sino como un formidable fabricante de panfletos revolucionarios. Es probable hasta que compare la producción de panfletos de Zinoviev con la producción de automóviles de Ford, por ejemplo. La Tercera Internacional debe ser, para esa parte del público, algo así como una denominación de la Zinoviev Co. Ltd., fabricante de manifiestos contra la burguesía.

Efectivamente, Zinoviev es un gran panfletista. Mas el panfleto no es sino un instrumento político. La política en estos tiempos es, necesariamente, panfletaria. Mussolini, Poincaré, Lloyd George son también panfletistas a su modo. Amenazan y detractan a los revolucionarios, más o menos como Zinoviev amenaza y detracta a los capitalistas. Son primeros ministros de la burguesía como Zinoviev podría serlo de la revolución. Zinoviev cree que un agitador vale casi siempre más que un ministro.

Por pensar de este modo, preside la Tercera Internacional, en vez de desempeñar un comisariato del pueblo. A la presidencia de la Tercera Internacional lo han llevado su historia y su calidad revolucionarias y su condición de discípulo y colaborador de Lenin.

Zinoviev es un polemista orgánico. Su pensamiento y su estilo son esencial-mente polémicos Su testa dantoniana y tribunicia tiene una perenne actitud beligerante. Su dialéctica es ágil, agresiva, cálida, nerviosa. Tiene matices de ironía y de humour. Trata, despiadada y acérrimamente, al adversario, al contradictor.

Pero es Zinoviev, sobre todo, un depositario, de la doctrina de Lenin, un continuador de su obra. Su teoría y su práctica son, invariablemente, la teoría y la práctica de Lenin. Posee una historia absolutamente bolchevique. Pertenece a la vieja guardia del comunismo ruso. Trabajó con Lenin, en el extranjero, antes de la revolución Fue uno de los maestros de la escuela marxista rusa dirigida por Lenin en París.

Estuvo siempre al lado de Lenin. En el comienzo de la revolución hubo, sin embargo, un instante en que su opinión discrepó de la de su maestro. Cuando Lenin decidió el asalto del poder, Zinoviev juzgó prematura su resolución. La historia dio la razón a Lenin. Los bolcheviques conquistaron y conservaron el poder. Zinoviev recibió el encargo de organizar la Tercera Inte:nacional.

Exploremos rápidamente la historia de esta Tercera Internacional desde sus orígenes.

La Primera Internacional fundada por Marx y Engels en Londres, no fue sino un bosquejo, un germen, un programa. La realidad internacional no estaba aún definida. El socialismo era una fuerza en formación. Marx acababa de darle concreción histórica. Cumplida su función de trazar las orientaciones de una acción internacional de los trabajadores, la Primera Internacional se sumergió en la confusa nebulosa de la cual había emergido. Pero la voluntad de articular internacionalmente el movimiento socialista quedó formulada. Algunos años después, la Internacional reapareció vigorosamente. El crecimiento de los partidos y sindicatos socialistas requería una coordinación y una articulación internacionales. La función de la Segunda Internacional fue casi únicamente una función organizadora. Los partidos socialistas de esa época efectuaban una labor de reclutamiento. Sentían que la fecha de la revolución social se hallaba lejana. Se propusieron, por consi-guiente, la conquista de algunas reformas interinas. El movimiento obrero adquirió así un ánima y una mentalidad reformistas. El pensamiento de la socialdemocracia lassalliana* dirigió a la Segunda Internacional. A conse-cuenciá de este orientamiento, el socialismo resultó insertado en la demo-cracia. Y la Segunda Internacional, por esto, no pudo nada contra la guerra. Sus líderes y secciones se habían habituado a una actitud reformista y democrática. Y la resistencia a la guerra reclamaba una actitud revolucionaria. El pacifismo de la Segunda Internacional era un pacifismo extático, platónico, abstracto. La Segunda Internacional no se encontraba espiritual ni material-mente preparada para una acción revolucionaria. Las minorías socialistas y sindicalistas trabajaron en vano por empujarla en esa dirección. La guerra fracturó y disolvió la Segunda Internacional. Únicamente algunas minorías continuaron representando su tradición y su ideario. Estas minorías se reunieron en los congresos de Khiental y Zimmerwald, donde se bosquejaron las bases de una nueva organización internacional. La revolución rusa impulsó este movimiento. En marzo de 1919 quedó fundada la Tercera Internacional. Bajo sus banderas se han agrupado los elementos revolucionarios del socialismo y del sindicalismo.

La Segunda Internacional ha reaparecido con la misma mentalidad, los mismos hombres y el mismo pacifismo platónico de los tiempos prebélicos. En su estado mayor se concentran los líderes clásicos del socialismo: Vandervelde, Kautsky, Bernstein, Turati, etc. Malgrado la guerra, estos hombres no han perdido su antigua fe en el método reformista. Nacidos de la democracia, no pueden renegarla. No perciben los efectos históricos de la guerra. Obran como si la guerra no hubiese roto nada, no hubiese fracturado nada, no hubiese interrumpido nada. No admiten ni comprenden la existencia de una realidad nueva. Los adherentes a la Segunda Internacional son, en su mayoría, viejos socialistas. La Tercera Internacional, en cambio, recluta el grueso de sus adeptos entre la juventud. Este dato indica, mejor que ningún otro, la diferencia histórica de ambas agrupaciones.

Las raíces de la decadencia de la Segunda Internacional se confunden con las raíces de la decadencia de la democracia. La Segunda Internacioanl está totalmente saturada de preocupaciones democráticas. Corresponde, a una época de apogeo del parlamento y del sufragio universal. El método revolu-cionario le es absolutamente extraño. Los nuevos tiempos se ven obligados, por tanto, a tratarla irrespetuosa y rudamente. La juventud revolucionaria suele olvidar hasta las benemerencias de la Segunda Internacional como organizadora del movimiento socialista. Pero a la juventud no se le puede, razonablemente, exigir que sea justiciera. Ortega y Gasset, dice, que la juventud "pocas veces tiene razón en lo que niega, pero siempre tiene razón en lo que afirma". A esto se podría agregar que la fuerza impulsora de la historia son las afirmaciones y no las negaciones. La juventud revolucionaria no niega, además, a la Segunda Internacional sus derechos en el presente. Si la Segunda Internacional no se obstinara en sobrevivir, la juventud revolucio-naria se complacería en venerar su memoria. Constataría, honradamente, que la Segunda Internacional fue una máquina de organización y que la Tercera Internacional es una máquina de combate.

Este conflicto entre dos mentalidades, entre dos épocas y entre dos métodos del socialismo, tiene en Zinoviev una de sus dramatis personae.  Más que con la burguesía, Zinoviev polemiza con los socialistas reformistas. Es el crítico más acre y más tundente de la Segunda Internacional. Su crítica define nítidamente la diferencia histórica de las dos internacionales. La guerra, según Zinoviev, ha anticipado, ha precipitado mejor dicho, la era socialista. Existen las premisas económicas de la revolución proletaria. Pero falta el orientamien-to espiritual de la clase trabajadora. Ese orientamiento no puede darlo la Segunda Internacional, cuyos líderes continúan creyendo, como hace veinte años, en la posibilidad de una dulce transición del capitalismo al socialismo. Por eso, se ha formado la Tercera Internacional. Zinoviev remarca cómo la Tercera Internacional no actúa sólo sobre los pueblos de Occidente. La revolución -dice- no debe ser europea sino mundial. "La Segunda Interna-cional estaba limitada a los hombres de color blanco; la Tercera no subdivide a los hombres según su raza". Le interesa el despertar de las masas oprimidas del Asia. "No es todavía -observa- una insurrección de masas proletarias; pero debe serlo. La corriente que nosotros dirigimos libertará todo el mundo".

Zinoviev polemiza también con los comunistas que disienten eventualmente de la teoría y la práctica leninistas. Su diálogo con Trotsky, en el partido comunista ruso, ha tenido, no hace mucho, una resonancia mundial. Trotsky y Preobrajenski, etc., atacaban a la vieja guardia del partido y soliviantaban contra ella a los estudiantes de Moscú. Zinoviev acusó a Trotsky y a Preobrajensky de usar procedimientos demagógicos, a falta de argumentos serios. Y trató con un poco de ironía a aquellos estudiantes impacientes que "a pesar de estudiar El Capital de Marx desde hacía seis meses, no gobernaban todavía el país". El debate entre Zinoviev y Trotsky se resolvió favorablemente a la tesis de Zinoviev. Sostenido por la vieja y la nueva guardia leninista, Zinoviev ganó este duelo. Ahora dialoga con sus adversarios de los otros campos. Toda la vida de este gran agitador es una vida polémica.