OBRAS COMPLETAS DE JOSE CARLOS MARIATEGUI

FIGURAS Y ASPECTOS DE LA VIDA MUNDIAL I

   

  

EL DIRECTORIO ESPAÑOL*

 

La dictadura del general Primo de Rivera es un episodio, un capítulo, un trance de la revo­lución española. En España existe desde hace varios años un estado revolucionario. Desde hace varios años se constata la descomposición del viejo régimen y se advierte el anquilosamiento de la burocrática y exangüe democracia nacional. El parlamento, que en pueblos de más arraigada y honda democracia conserva todavía residuos de vitalidad, hacía tiempo que en España era un órgano entorpecido, atrofiado, impo­tente. El proletariado, que en otros pueblos europeos no vive ausente del parlamento, en España tendía a recogerse y concentrarse agriamente bajo las banderas de un sindicalismo abstencio­nista y sorelliano. España era el país de la acción directa. (Un libro muy actual, aunque un poco retórico, de Ortega Gasset, España Invertebrada, retrata nítidamente este aspecto de la crisis española). Los partidos españoles, a cau­sa de su superada ideología y su antigua arqui­tectura, creían estar situados por encima de los intereses en contraste y de las clases en guerra. Consiguientemente, sus rangos se vaciaban, se reducían. La lucha política se transformaba de lucha de partidos en lucha de categorías, de corporaciones, de sindicatos. A causa de la escisión mundial del socialismo, el partido socialista español no podía atraer a sus filas a toda la clase trabajadora. Una parte de sus adherentes lo abandonaba para constituir un partido comunista. Los sindicatos barceloneses seguían ligados a sus viejos mitos libertarios. El panorama político de España era un confuso y caótico pano­rama de escaramuzas entre las clases y las ca­tegorías sociales. Las asociaciones patronales de Barcelona oponían su acción directa a la acción directa de los sindicatos obreros. 

Como era lógico dentro de este ambiente, en la oficialidad española se desarrolló también una acentuada consciencia gremial. Los oficiales se organizaron en sindicatos, cual los patrones y cual los obreros, para defender sus intereses de corporación y de casta. Nacieron las juntas mi­litares. La aparición de estas juntas fue una de las expresiones históricas más peculiares de la decadencia y de la debilidad del régimen español. Esas juntas no habrían germinado nun­ca frente a un Estado vigoroso. Pero en un pe­ríodo en que todas las categorías sociales libra­ban sus combates y pactaban sus treguas, al margen del Estado, era fatal que la oficialidad se colocase igualmente sobre el terreno de la acción directa. Acontecía, además, que en Espa­ña la oficialidad tenía típicos intereses gremia­les. España es un país de industrialismo limi­tado, de agricultura feudal, de economía un tan­to rezagada. El ejército absorbe, por esto, a un número crecido de nobles y burgueses. Esta razón económica engendra una hipertrofia de la burocracia militar. El número de oficiales espa­ñoles es de veinticinco mil. Se calcula que existe un oficial por cada trece soldados. El sosteni­miento de la numerosa burocracia militar, ocu­pada principalmente en la guerra marroquí, es una pesada carga fiscal. Los estadistas miraban en este pliego del presupuesto, un gasto excesi­vo y desproporcionado a la capacidad económi­ca del Estado español. Y esto estimulaba e inci­taba a los oficiales a sindicarse y mancomunarse vigilante y estrechamente. 

La historia de las juntas militares es la historia de la dictadura de Primo de Rivera. Las juntas militares no brotaron de la aspiración de conquistar el poder; pero sí de la intención de rebelarse contra él si un acto suyo atacaba un interés corporativo de la oficialidad. Las juntas trajeron abajo varios ministerios. El gobierno español, desprovisto de autoridad para disolverlas, tenía que capitular ante ellas. Más de un decreto gubernamental, amparado por la regia firma, fue vetado y repudiado por las juntas que insurgían así contra el Estado y la dinastía. La continua capitulación del Estado, cada vez más flaco y anémico, generó en las juntas la voluntad de enseñorearse de él. El poder civil o las juntas militares debían, por tanto, sucumbir. Contra el poder civil conspiraba su falta de vitalidad que se traducía en falta de sugestión y de ascendiente sobre la muchedumbre. En favor de las juntas militares obraba: en cambió, la desorientación mental de la clase media, invenciblemente propensa a simpatizar con una insurrección que barriese del gobierno a la desacreditada y desvalorizada burocracia política. Las viejas y arterioesclerosas facciones liberales y conservadoras se alternaban en el gobierno cada vez más acosadas y presionadas por la ofensiva sorda o clamorosa de las juntas. 

Así llegó España al gobierno liberal de García Prieto. Ese gobierno representaba toda la gama liberal. Se apoyaba sobre una coalición parlamentaria en la cual se aglutinaban íntegramente las izquierdas dinásticas: García Prieto y Romanones, Alba y Melquiades Alvarez. Significaba una tentativa solidaria del liberalismo y del reformismo por revalorizar el parlamento y el régimen. Era, históricamente, la última carta de la democracia hispana. El régimen parlamentario, mal aclimatado en tierra española, había llegado a una etapa decisiva de su crisis, a un instante agudo de su descomposición. El pronunciamiento militar, en incuba­ción desde el nacimiento de las juntas, encon­tró en esta situación sus estímulos y su motor. 

¿Cuál es la semejanza, cuál es el parentesco entre la marcha a Roma del fascismo y la marcha .a Madrid del general Primo de Rivera? Externamente, ambos movimientos son disímiles. Los fascistas se apoderaron del poder después de cuatro años de tundentes campañas de prensa, de alalás y de aceite de ricino. Las juntas militares han arribado al gobierno repentinamente, en virtud de un pronunciamiento. Su actividad no estaba públicamente dirigida a la a la asunción del poder. Pero toda esta diferencia es formal y adjetiva. Está en la superficie; no en la entraña. Está en el cómo; no en el por qué. Sustancialmente, espiritualmente, el fenómeno es el mismo. Uno y otro son regímenes de fuerza que desgarran la democracia para resistir más ágilmente el ataque de la revolución. Son la contraofensiva violenta y marcial de la idea conservadora que responde a la ofensiva tempestuosa de la idea revolucionaria. La democracia no se halla en crisis únicamente en España. Se halla en crisis en Europa y en el mundo. La clase dominante no se siente ya sufi­cientemente defendida por sus instituciones. El parlamento y el sufragio universal le estorban. Clemenceau ha definido así la posición de la clase conservadora ante la clase revolucionaria: "Entre ellos y nosotros es una cuestión de fuerza". 

Algunos cronistas localizan la revolución es­pañola en la inauguración de la dictadura militar de Primo de Rivera. Ahora bien. Este régi­men representa una insurrección, un pronunciamiento, un putsch. Es un fenómeno reaccionario. No es la revolución sino su antítesis. Es la contrarrevolución. Es la reacción, que, en todos los pueblos, se organiza al son de una música demagógica y subversiva. (Los fascistas báva­ros se titulan "socialistas nacionales". El fascis­mo usó abundantemente, durante el training tumultuario, una prosa anticapitalista, anticleri­cal y aún antidinástica). 

La buena fe de las muchedumbres reaccio­narias es indiscutible. Los propios condotieros de la contrarrevolución no son siempre protagonis­tas conscientes de ella. Sus fautores, sus pro­sélitos, creen honestamente que su gesta es re­novadora, revolucionaria. No perciben que la clase conservadora se adueña de su movimien­to. En España es un dato histórico muy claro la adhesión dada al directorio por la extrema derecha. La insurrección de noviembre ha reflo­tado a las más olvidadas y arcaicas figuras de la política española; a los polvorientos y medio­evales hierofantes del jaimismo. En los somatenes se han enrolado entusiastas los marqueses y los condes y otros desocupados de la aristocracia. Toda la extrema derecha siente su consanguineidad con el directorio. Otras facciones conservadoras se irán fusionando poco a poco con la facción militar. Maura, La Cierva no tardarán tal vez en aprovechar la coyuntura de exhumar su ideología arqueológica. 

Pasemos a otro tópico. Examinemos la capa­cidad del directorio para reorganizar la política y la economía españolas. Primo de Rivera ha pedido modestamente tres meses para encarri­lar a España hacia la felicidad. Los tres meses van a vencerse. El directorio no ha anotado hasta ahora en su activo sino algunas medidas dis­ciplinarias y correccionales. Ha mandado a la cárcel a varios alcaldes deshonestos; ha podado ligeramente algunas ramas del árbol burocráti­co; ha reclamado implacable la observancia pun­tual de los horarios de los ministerios. Pero los grandes problemas de España están intactos. Veamos, por ejemplo, la posición del directorio ante dos cuestiones urgentes: la guerra marroquí y el déficit fiscal. 

España quiere la liquidación de la aventura bélica de Marruecos. Pero el ejército español, naturalmente, no es de la misma opinión. El abandono de Marruecos traería una crisis de desocupación militar. El directorio, que es una emanación de las juntas militares, no puede, pues, renunciar a la guerra de Marruecos. La psicología de todo gobierno militar es, de otro lado, una psicología conquistadora y guerrera. España e Italia acaban de tener un diálogo sintomáticamente imperialista. Han considerado la necesidad de desenvolver juntas una política que acreciente su influencia moral y económica en América. Esta tendencia, discreta y moderada hoy, crecerá mañana en otras direcciones. España sentirá la nostalgia de su antiguo rango en la política europea. Y entonces consideraciones de prestigio internacional se opondrán más que nunca al abandono de Marruecos. 

El problema financiero es solidario del problema de Marruecos. El déficit español ascendió en el último ejercicio a mil millones de pesetas. Ese déficit proviene principalmente de los gastos bélicos. Por consiguiente, si la guerra continúa, continuará el déficit. ¿De dónde va a extraer el directorio recursos extraordinarios? La industria española, malgrado el proteccionismo de las tarifas, es una industria embrionaria y lánguida. La balanza comercial de España está gravemente desequilibrada. Las importaciones, son exorbitantemente superiores a las exportaciones. La peseta anda mal cotizada. ¿Cómo van a resolver estos problemas complejamente técnicos los generales del directorio y sus oráculos jaimistas? La puntualidad en las oficinas y la punición de los funcionarios prevaricadores no bastan para conferir autoridad y capacidad a un gobierno. 

El insulso y sandio José María Salaverría anuncia que la insurrección de setiembre ha si-do festejada por toda la prensa de Londres, de París, de Berlín, etc. Salaverría, probablemente, no está enterado sino de la existencia de la pren­sa reaccionaria. Y la prensa reaccionaria, lógi­camente, se ha regocijado del putsch de Pri­mo de Rivera. No en vano la reacción es un fe­nómeno mundial. Pero aún se edita en Londres, París, Berlín, etc., prensa revolucionaria y pren­sa democrática. Y así, ante la dictadura de Pri­mo de Rivera, mientras "L'Action Française" exulta, el "Berliner Tageblatt" se consterna. Un órgano sagaz de la plutocracia italiana "Il Co­rriere della Sera", ha publicado varios artículos de Filippo Saschi tan adversos al directorio que ha sido advertido por los fascistas milaneses con la colocación de un petardo en su imprenta de que no debe perseverar en esa actitud. 

El fascismo saluda con, sus alalás a los so­matenes, León Daudet, Charles Maurras, Hitler, Luddendorff, Horthy miran con ternura la reac­ción española. Pero Lloyd George, Nitti, Paul Boncour, Teodoro Wolf, los políticos y los fau­tores de la democracia y del reformismo, la con­sideran una escena, un sector, un episodio de la tragedia de Europa.

 


NOTA:

* Publicado en Variedades, Lima, 8 de Diciembre de 1923.