OBRAS COMPLETAS DE JOSE CARLOS MARIATEGUI

FIGURAS Y ASPECTOS DE LA VIDA MUNDIAL III

 

       

GUIA ELEMENTAL DE BORGES CLEMENCEAU*

 

Entre los retratos que del Primer Ministro de la "unión sagrada" nos ofrecen sus biógrafos y críticos, ninguno retorna a mi recuerdo con la insistencia de este esquema de León Blum: "Lo que hay de más apasionante y de más patético en aquel que se ha apodado el Tigre, es el dra­ma interior, el conflicto que sostienen en él dos seres. El uno, moral, está animado por un pesi­mismo absoluto, por la misantropía más aguda, más cínica, por la repugnancia de los hombres, de la acción, de todo. Lo habita un escepticismo espantoso. Lo obsede la vanidad de las cosas y del esfuerzo. Y su filosofía íntima es la del Nir­vana. El otro ser, físico, tiene, por el contrario, una necesidad desmesurada de acción, una devo­rante fiebre de energía, un temperamento de ím­petu, de ardor y de brutalidad. Así Clemenceau, desesperando de lo que hace a causa de la nada terrible que percibe al cabo de todo, es empujado por su actividad demoníaca a luchar por aquello de que duda, a defender aquello que se­cretamente desprecia y a desgarrar a quienes se oponen a aquello que él congenitalmente estima inútil. Creo, sin embargo, que, en el fondo de este abismo de escepticismo, hay en él un refugio sólido y firme como una roca: su amor por la Francia".

Este retrato atribuye a Clemenceau el mismo rasgo fijado en la célebre frase: "Ama a la Fran­cia y odia a los franceses". La oposición entre los dos seres que se agitaban en Clemenceau, entre su razón pesimista y su vida operante y combativa, está sagazmente expresado, de acuer­do con el gusto stendhaliano de León Blum por lo psicológico e íntimo. Clemenceau era, sin du­da, un caso de escepticismo y . desesperanza en una vocación y un destino de hombre de lucha y de presa. Ministro de la Tercera República, le tocó gobernar con una burguesía financiera y urbana que se sentía seguramente más a gusto con Caillaux, el hombre a quien Clemenceau, implacable y ultrancista, hizo condenar. Las ideas, las instituciones por las que combatió, le eran, en último análisis, indiferentes. No asignó nunca a las grandes palabras que escribió en sus banderas de polemista más valor que el de santos y señas de combate. Libertad, Justicia, Democracia, abstracciones que no estorbaban, con escrúpulos incómodos, su estrategia de con­ductor.

Pero no se explica uno suficientemente el con­flicto interior, el drama personal de Clemen­ceau, si no lo relaciona con su época, si no lo si­túa en la historia. La fuerza, la pasión de Cle­menceau, estaba en contraste con los hechos y las ideas de la realidad sobre la cual actuaban. Este aldeano de la Vandée, este espécimen de una Francia anticlerical, campesina y frondeuse, era un jacobino supérstite, un convencional ex­traviado en el parlamento y la prensa de la Tercera República. No entendió jamás, por esto, verdadera y profundamente, los intereses ni la psicología de la clase que en dos oportunidades lo elevó al gobierno. Tenía el ímpetu demoledor de los tribunos de la Revolución Francesa. En una Francia parlamentaria, industrial y bursá­til este ímpetu no podía hacer de él sino un polemista violento, un adversario inexorable de ministerios de los que nada sustancial lo sepa­raba ideológica y prácticamente. Pequeño-burgués de la Vandée. humanista, asaz voltairiano, Clemenceau no podía poner su fuerza al servicio del socialismo o del proletariado. El humanita­rismo y el pacifismo de los elocuentes parlamen­tarios de la escuela de Jaurés, se avenían poco, sin duda, con su humor jacobino. Pero lo que alejaba sobre todo a Clemenceau del socialismo, más que su recalcitrante individualismo de pequeño-burgués de provincia, era su incompren­sión radical de la economía moderna. Esto lo condenaba a los impasses del radicalismo. Clemenceau, no podía ser sino un "hombre de iz­quierda", pronto a emplear su violencia, como Ministro del Interior, en la represión de las ma­sas revolucionarias izquierdistas.

La guerra dio a este temperamento la opor­tunidad de usar plenamente su energía, su rabia, su pasión. Clemenceau era en el elenco de la po­lítica francesa, el más perfecto ejemplar de hombre de presa. La guerra no podía ser dirigi­da en Francia con las hesitaciones y compromi­sos de los parlamentarios, de los estadistas de tiempos normales. Reclamaba un jefe como Cle­menceau, perpetuo viento de fronda ansioso de transformarse en huracán. Otro hombre, en el gobierno de Francia, habría negociado con menos rudeza la unidad de comando, habrían plan­teado y resuelto con menos agresividad las cues­tiones del frente interno. Otro hombre no habría sometido a Caillaux a la Corte de Justicia. La guerra bárbara, la guerra a muerte, exige jefes como Clemenceau. Sin la guerra, Clemenceau no habría jugado el rol histórico que avalora hoy mundialmente su biografía. Se le recordaría como una figura singular, potente, de la política francesa. Nada más.

Pero si la guerra sirvió para conocer la fuer­za destructora y ofensiva de Clemenceau, sirvió también para señalar sus límites de estadista. La actuación de Clemenceau en la paz de Versalles, es la de un político clausurada en sus hori­zontes nacionales. El "Tigre" siguió comportán­dose en las negociaciones de la paz como en las operaciones de la guerra. El castigo de Alemania, la seguridad de Francia: estas dos preocu­paciones inspiraban toda su conducta, impidiéndole proceder con una ancha visión internacio­nal. Keynes, en su versión de la conferencia de la paz, presenta a Clemenceau desdeñoso, indife­rente a todo lo que no importaba a la revancha francesa contra Alemania. "Pensaba de la Fran­cia —escribe Keynes— lo que Pericles pensaba, de Atenas—; todo lo importante residía en ella, pero su teoría política era la de Bismark. Tenía una ilusión: la Francia; y una desilusión: la hu­manidad; a comenzar por los franceses y por sus colegas". Esta actitud permitió a Francia obte­ner del tratado de Versalles el máximo recono­cimiento de los derechos de la victoria; pero per­mitió a la política imperial de Inglaterra, al mis­mo tiempo, vencer en la reglamentación de los problemas internacionales y coloniales con el vo­to de Francia. Francia llevó a Versalles un espí­ritu nacionalista; Inglaterra un espíritu imperia­lista. No es necesario aludir a otras diferencias para establecer la superioridad de la política bri­tánica.

El patriotismo, el nacionalismo exacerbado de Clemenceau —sentido con exaltación de jacobi­no— era una fuerza decisiva, poderosa, en la guerra. En una paz, que no podía sustraerse al influjo de la independencia de las naciones y de sus intereses, cesaba de operar con la misma efi­cacia. Hacía falta, en esta nueva etapa política, una noción cosmopolita, moderna, de la econo­mía mundial, a cuyas sugestiones el genio algo provincial y huraño de Clemenceau, era íntimamente hostil.

El amigo de Georges Brandes y de Claudio Monet, consecuente con el sentimiento de que se nutrían en parte estas dos devociones, aplicaba a la política, por recónditas razones de temperamento, los principios del individualismo y del impresionismo. Era un individualista casi misántropo que no tenía fe sino en sí mismo. Despreciaba la sociedad en que vivía, aunque luchaba por imponerle su ley con exasperada voluntad de dominio. Y era también un impresionista. No deja teorías, sistemas, programas, sino impresiones, manchas, en que el color sacrifica y desborda al dibujo.

La fuerza de su personalidad está en su beligerancia. Su perenne ademán de desafío y de combate, es lo que perdurará de él. No lo sentimos moderno sino cuando constatamos que, sin profesarla, practicaba la filosofía de la actividad absoluta. En contraste con una demo-burguesía de compromisos y transacciones infinitas, de poltronería refinada, Clemenceau se mantuvo obstinada, agresivamente, en un puesto de combate. Tal vez en el trato del pioneer norteamericano, del puritano industrial o colonizador, se acrecentó, excitada por el dinamismo de la vida yanqui, su voluntad de potencia. En la política, obedeció siempre su instinto violento de hombre de presa. "Entre los bolcheviques y nosotros —decía este jacobino tardío— no hay sino una cuestion de fuerza". Contra todo lo que pueda sugerir la obra de su primer gobierno, Clemenceau no podía plantearse el problema de la lucha contra la revolución en términos de diplomacia y compro miso. Pero le sobraban años, desilusión, adversiones para acaudillar a la burguesía de su patria en esta batalla. Y, por esto, el congreso del bloque nacional y de las elecciones de 1919, después de glorificarlo como caudillo de la victoria; votó, —eligiendo presidente a un adversario a quien despreciaba—, su jubilación y su ostracismo del poder.

 

 


 

NOTA:

 

* Publicado en Variedades, Lima, 27 de Noviembre de 1929.