INDICE

 

John Reed

Diez días que estremecieron al mundo

 

 

CAPÍTULO I
LOS ORÍGENES

Hacia finales de septiembre de 1917, vino a verme en Petrogrado un profesor de sociología extranjero que visitaba Rusia. Algunos intelectuales y hombres de negocios le habían dicho que la revolución estaba declinando. Después de expresar esta opinión en un artículo, se dedicó a recorrer el país, visitando algunas ciudades industriales y «comunas» campesinas, donde, con gran asombro suyo, creyó percibir que la revolución iba desarrollándose. Corrientemente, escuchaba entre los trabajadores de las ciudades y del campo la consigna de reivindicar «la tierra para los campesinos, las fábricas para los obreros». Si el profesor hubiese visitado el frente, habría comprobado que el ejército entero no hablaba más que de paz.

El profesor sentía gran desconcierto: se había equivocado. Las dos observaciones eran exactas: las clases poseedoras se hacían cada vez más conservadoras; las masas populares, cada vez más radicales.

Para los intelectuales y los hombres de negocios, la revolución había ido ya bastante lejos y comenzaba a durar demasiado; era tiempo de que todo volviese al orden. Compartían este sentimiento los grupos socialistas «moderados», los oborontsi[1], los mencheviques recalcitrantes y los socialrevolucionarios, que sostenían al Gobierno provisional de Kerenski.

El 14 de octubre, el órgano oficial de los socialistas «moderados»[2] decía lo siguiente:

El drama de la revolución tiene dos actos: la destrucción del antiguo régimen y la instauración del nuevo. El primer acto ha durado ya bastante. Es hora ya de pasar al segundo y de representarlo también lo más rápidamente posible. Como ha dicho un gran revolucionario: «Apresurémonos, amigos, a terminar la revolución; aquel que la prolongue demasiado no cosechará los frutos...»

Pero las masas obreras y los campesinos se resistían obstinados a creer que el primer acto hubiese terminado. En el frente, los Comités del Ejército tenían que luchar constantemente con los oficiales, los cuales no podían habituarse a tratar a sus hombres como a seres humanos. En la retaguardia se perseguía a los comités agrarios elegidos por los campesinos, porque trataban de aplicar los reglamentos oficiales concernientes a la tierra. En las fábricas, los obreros se veían obligados a luchar contra las listas negras y el lock-out.[3] Más aún: a los exiliados políticos, que acababan de regresar, se les desterraba de nuevo como «indeseables», y se llegó incluso a perseguir y encarcelar, en sus aldeas, a hombres que habían regresado del extranjero, por actos revolucionarios cometidos en 1905.

Para todas las manifestaciones de descontento del pueblo, los socialistas «moderados» sólo tenían una respuesta: «Esperad a la Asamblea Constituyente, que se reunirá en diciembre.» Esto no satisfacía a las masas. Lo de la Constituyente estaba bien, pero ¿olvidábanse los fines concretos por los cuales se había hecho la revolución y se pudrían sus mártíres en el Campo de Marte? Con Asamblea Constituyente o sin ella, lo que se necesitaba era la paz, la tierra y el control obrero de la industria. Muchas veces se había diferido la convocatoria de la Constituyente y acaso se la aplazaría una o dos más: se esperaba que el pueblo acabara por calmarse y modificar sus exigencias. En todo caso, después de ocho meses de revolución, apenas si se vislumbraba tal cosa...

Sin embargo, los soldados trataban de resolver por sí mismos, desertando, la cuestión de la paz. Los campesinos quemaban las casas señoriales y se apoderaban de las grandes propiedades, los obreros saboteaban la industria y se declaraban en huelga... No hay que decir que los industriales, los grandes terratenientes y los oficiales empleaban toda su influencia para impedir cualquier compromiso democrático...

La política del Gobierno provisional oscilaba entre unas reformas ineficaces y una despiadada represión. Un decreto del ministro socialista del Trabajo prohibió reunirse a los comités obreros durante las horas de labor.[4] En el frente se detenía a los «agitadores» de la oposición, se suspendían los periódicos de izquierda y se castigaba con la pena de muerte a los propagandistas revolucionarios. Se hicieron algunos intentos para desarmar a las guardias rojas. Se envió a los cosacos a las provincias para mantener el orden...

Estas medidas contaban con la aprobación de los socialistas «moderados» y de sus jefes, que formaban parte del gobierno y que estimaban necesaria la colaboración con las clases poseedoras. El pueblo los abandonó pronto, para pasarse al lado de los bolcheviques, cuyo programa era la paz, la tierra, el control de la industria y un gobierno obrero. El conflicto se agravó en septiembre de 1917. Contra el sentimiento de la inmensa mayoría del país, Kerenski y los socialistas «moderados» consiguieron formar un gobierno de coalición con las clases poseedoras: el resultado fue que los mencheviques y los socialrevolucionarios perdieron para siempre la confianza del pueblo.

Un artículo del Rabotcbi Put («El Camino Obrero»), aparecido hacia mediados de octubre y titulado «Los ministros socialistas», expresaba claramente el sentimiento de las masas populares respecto de ios socialistas «moderados»:

He aquí la lista de sus servicios:[5]

Tseretelli: Desarmó a los obreros con la ayuda del general Polovsev, degolló a los soldados revolucionarios e introdujo la pena de muerte en el ejército.

Skobelev: Comenzó con una veleidad, tasando en el 100 por ciento los beneficios de los capitalistas, y acabó... por un intento de disolución de los comités obreros de las fábricas y de los talleres.

Avxentiev: Encarceló a muchos centenares de campesinos, miembros de los comités agrarios, y suprimió docenas de periódicos de los obreros y los soldados.

Tchernov: Firmó el manifiesto zarista ordenando la disolución de la Dieta finlandesa.

Savinkov: Se alió con el general Kornilov y, si no entró en Petrogrado como «salvador de la patria», fue sólo por una serie de circunstancias ajenas a su voluntad.

Zarudni: Encarceló, con la aprobación de Alexinski y Kerenski, a millares de obreros, soldados y marineros revolucionarios, y ayudó a fraguar el «asunto» de los bolcheviques, tan infamante para la justicia rusa como el asunto Beilis.

Nikitin: Se comportó, frente a los ferroviarios, como un vulgar polizonte.

Kerenski: Mejor es no hablar de él; la lista de sus servicios es demasiado larga...

Un congreso de los delegados de la Flota del Báltico, celebrado en Helsingfors, votó una resolución que comenzaba así:

Exigimos que se expulse inmediatamente del gobierno al «socialista» Kerenski, aventurero político, que, con sus vergonzosos chantajes en beneficio de la burguesía, desacredita y hunde la gran revolución y, con ella, a las masas revolucionarias…

Todo esto no podía sino acrecentar la popularidad de los bolcheviques.

Desde febrero de 1917, en que la multitud de obreros y soldados que venía como un mar embravecido a azotar contra los muros del Palacio de Táuride había obligado a la Duma imperial a asumir contra su gusto el poder supremo, fueron las masas populares, obreros, soldados y campesinos, las que imprimieron todos estos cambios .i la dirección de la revolución. Fueron también ellas quienes derribaron al ministro Miliukov, y fue su Soviet quien lanzó al mundo los términos de la paz rusa: ni anexiones ni indemnizaciones: derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Y en julio, fue el proletariado quien, en una sublevación espontánea, tomó el Palacio de Táuride y exigió que los Soviets asumieran el gobierno de Rusia.

Los bolcheviques[6] que entonces no eran más que un pequeño grupo político, se pusieron a la cabeza del movimiento. Fracasó éste, de manera desastrosa, y la opinión pública se volvió contra ellos. Sus tropas, desprovistas de jefes, se acogieron al barrio de Vyborg, el Fa^lbourg Saint-Antoine petersburgués. Comenzó entonces la caza despiadada de bolcheviques. Se encarceló a varios centenares, entre ellos, Trostki, Alejandra Kollontai y Kaménev. Lenin y Zinoviev tuvieron que esconderse para escapar a la justicia. Quedaron suspendidos los periódicos del partido. Provocadores y reaccionarios acusaron a los bolcheviques de ser agentes de Alemania, y tanto insistieron en ello, que el mundo entero acabó por creerlos.

Pero el Gobierno provisional se vio en la imposibilidad de fundamentar sus acusaciones. Se reveló que los documentos que habían de probar la inteligencia con Alemania eran falsos.[7] Los bolcheviques, uno por uno, fueron puestos en libertad sin sentencia, bajo fianza ficticia o simplemente sin fianza, con excepción de seis de ellos.

La impotencia y, la indecisión de este gobierno en perpetuo reajuste proporcionaba a los bolcheviques un argumento irrefutable. No tardaron, pues, de nuevo, en hacer resonar entre las masas su grito de guerra: «¡Todo el poder a los Soviets!» Y realmente no era la ambición personal la que los impulsaba, ya que, por entonces, la mayoría de los Soviets pertenecía a los socialistas «moderados», enemigos suyos encarnizados.

En seguida lanzaron su programa de acción: satisfacer las reivindicaciones más elementales y evidentes de los obreros, soldados y campesinos. De esta manera, mientras los mencheviques recalcitrantes y los socialrevolucionarios se enredaban en compromisos con la burguesía, los bolcheviques conquistaron rápidamente las masas. Acosados y despreciados en julio, habían ganado en septiembre, casi completamente, para su causa, a los obreros de la capital, los marinos del Báltico y los soldados. En las grandes ciudades,[8] las elecciones municipales de septiembre fueron, a este respecto, muy significativas: los mencheviques y los socialrevolucionarios sólo consiguieron el 18 por ciento de los puestos, contra más del 70 por ciento en junio...

Un hecho ha preocupado a los observadores extranjeros: la oposición extremadamente violenta que el Comité Central Ejecutivo de los Soviets, los Comités Centrales del Ejército y de la Flota[9] y algunos Comités Centrales de Sindicatos, concretamente el de Comunicaciones y el de los Ferroviarios, hacían a los bolcheviques. Ahora bien, estos Comités Centrales habían sido elegidos hacia mediados del verano o incluso antes, cuando los mencheviques y los S. R. contaban con innumerables partidarios, y retardaron o impidieron nuevas elecciones, que habrían modificado su constitución. Según los estatutos de los Soviets de Diputados obreros y soldados, el Congreso debería reunirse en septiembre, pero el Tsik no quiso convocarlo, pretextando que la Constituyente iba a reunirse dos meses más tarde y que en esa época los Soviets deberían entregar sus poderes. Mientras tanto, los bolcheviques ganaban cada día terreno en todo el país, en los Soviets locales, en los sindicatos y entre los soldados y marineros. Los Soviets campesinos seguían siendo todavía conservadores porque en los distritos rurales atrasados, la conciencia política se desarrollaba lentamente y, durante toda una generación, sólo el partido S.R. había hecho propaganda en el campo. Pero, incluso entre los campesinos, se estaba formando una fracción revolucionaria. Tal cosa se hizo visible en octubre, cuando el ala izquierda de los S.R. se separó para formar un nuevo grupo: los socialrevolucionarios de izquierda.

Paralelamente, podían observarse no pocos síntomas de que la reacción iba recobrando su confianza.[10] Así por ejemplo, en el teatro estaba Trotzki, de Petrogrado, cuando un grupo de monárquicos interrumpió la representación de una comedia titulada Los crímenes del zar y amenazó con linchar a los actores por «insulto al soberano». Ciertos periódicos pedían a voces un «Napoleón ruso». Los intelectuales burgueses jamás llamaban a los diputados de los Soviets obreros (robotchie deputaty) otra cosa que «perros diputados» (sobatchie depuiaty).

El 15 de octubre me entrevisté con el gran capitalista Stepan Gueorguievitch Lianosov, el «Rockefeller» ruso, kadete por sus opiniones políticas.

—La revolución —me dijo— es una enfermedad. Más pronto o más tarde, tendrán que intervenir las potencias extranjeras, como se interviene a un niño enfermo para curarlo o ayudarlo a caminar. Evidentemente, no será éste el mejor remedio quizá, pero hay que comprender que las naciones no pueden permanecer indiferentes ante el peligro bolchevique y la propagación de ideas tan contagiosas como la de la «dictadura del proletariado» o la de la «revolución mundial»... Hay una sola posibilidad de que esta intervención no se haga inevitable. En lo« transportes reina la desorganización, cierran las fábricas y los alemanes avanzan: acaso el hambre y la derrota devuelvan al pueblo ruso la razón...

Con particular energía me expresó el señor Lianosov su convicción de que jamás los comerciantes e industriales, ocurriera lo que ocurriese, transigirían con la existencia de los Comités de fábricas ni concederían a los obreros participación en la dirección de las industrias.

—En cuanto a los bolcheviques, no hay más que dos maneras de salir adelante: evacuar Petrogrado y declarar el estado de sitio, para que el mando militar pueda desembarazarnos de estos señores, sin necesidad de inquietarse por la legalidad... o bien, segunda alternativa, dispersar por la fuerza armada la Asamblea Constituyente si manifiesta las menores tendencias utópicas.

El invierno, el terrible invierno ruso, se aproximaba. Yo había oído decir a los hombres de negocios: «El invierno ha sido siempre el mejor amigo de Rusia. Acaso sea él quien nos libre de la revolución». En el frente, helado, los miserables ejércitos seguían padeciendo hambre y muriendo sin entusiasmo. El material rodante se deterioraba, disminuían los víveres, cerraban las fábricas. Las masas, desesperadas, proclamaban que la burguesía estaba a punto de sabotear la causa del pueblo, provocando la derrota en el frente. Riga había sido abandonada después de que Kornilov hubo declarado públicamente: «¿Deberemos sacrificar Riga para que el país retorne el sentido del deber?»[11]

Para los norteamericanos, es inconcebible que la guerra de clases alcance tales extremismos. Sin embargo, en el frente Norte he conocido oficiales que preferían abiertamente el desastre militar a la colaboración con los comités de soldados. El secretario de la sección de Petrogrado del partido kadete me declaró que el hundimiento económico formaba parte de una campaña destinada a desacreditar la revolución. Un diplomático aliado, cuyo nombre he prometido callar, me confirmó el hecho. Sé también que cerca de Jarkov, los propietarios de unas minas las incendiaron e inundaron; que en Moscú, ingenieros textiles, antes de abandonar las fábricas, inutilizaron las máquinas, y que unos obreros sorprendieron a ciertos funcionarios de los ferrocarriles en flagrante delito de sabotaje a las locomotoras.

Una gran parte de las clases ricas preferían los alemanes a la revolución —incluso 'al Gobierno provisional— y no ocultaba estas preferencias. En la familia rusa con quien yo vivía, a la hora de cenar se conversaba invariablemente sobre la llegada de los alemanes, que traerían «la ley y el orden». Una noche, en casa de un comerciante de Moscú, a la hora del té, pregunté a once personas si preferían a Guillermo o a los bolcheviques. Ganó Guillermo por diez contra uno.

Los especuladores se aprovechaban del desorden general para amasar fortunas que dilapidaban en orgías fantásticas o en pagar a los funcionarios. Acaparaban stocks de víveres o de combustibles y los exportaban clandestinamente a Suecia. Durante los cuatro primeros meses de la revolución, las reservas de víveres de los grandes almacenes municipales de Petrogrado fueron saqueadas casi a la vista de todos, hasta el punto de que la reserva de trigo para dos años resultó casi insuficiente a las necesidades de un mes. Según el informe oficial del último rriinistro de Abastecimientos del Gobierno provisional, el café se compraba al por mayor en Vladivostok a dos rublos la libra, y el consumidor lo pagaba a trece en Petrogrado. En todos los almacenes de las grandes ciudades había toneladas de víveres y de ropas; pero sólo los /icos podían comprarlos.

En una ciudad de provincia conocí a una familia de comerciantes, cuyos miembros se habían hecho especuladores merodeadores, como los llaman los rusos—. Los tres hijos habían logrado rehuir el servicio militar, mediante el soborno. Uno especulaba con víveres, otro vendía ilícitamente a misteriosos clientes de Finlandia el oro de las minas del Lena, y el tercero, que había adquirido'grandes interesas en una fábrica de chocolate que aprovisionaba a las cooperativas locales, no las abastecía sino con la condición de que le entregasen todo lo que necesitara. De este modo, en tanto el pueblo sólo recibía, con la cartilla, un cuarto de libra de pan negro, él disponía en abundancia de pan blanco, azúcar, té, pasteles y manteca. Y cuando los soldados, consumidos por el frío y el hambre, no podían sostenerse en el frente, había que escuchar con qué indignación vociferaba esta familia contra los «cobardes», asegurando que sentía «vergüenza de ser rusa» y llamando «bandidos» a los bolcheviques porque le requisaban grandes stocks de provisiones acaparados por ella.

Bajo esta podredumbre exterior, las fuerzas secretas del antiguo régimen, que habían sobrevivido a la caída de Nicolás II, proseguían su intenso y misterioso trabajo. Los agentes de la famosa Ojranat seguían funcionando, por o contra el zar, por o contra Kerenski, a sueldo de quien les pagase. En la sombra, diferentes clases de organizaciones subterráneas, como las «Centurias Negras», se dedicaban activamente a preparar el triunfo de la reacción, de una u otra forma.

En esta atmósfera de corrupción y de monstruosas verdades a medias, sólo se oía una nota clara, el llamamiento de los bolcheviques, más penetrante cada día: «¡Todo el poder a los Soviets! ¡Todo el poder a los representantes directos de millones de obreros, soldados y campesinos! ¡Tierra y pan! ¡Que acabe la guerra insensata! ¡Abajo la diplomacia secreta, la especulación y la traición! ¡La revolución está en peligro, y con ella la causa de todos los pueblos!»

La lucha entre .el proletariado y la burguesía, entre los Soviets y el gobierno, comenzada en los primeros días de febrero, iba a alcanzar su punto culminante. Rusia, que acababa de pasar, de un salto, de la Edad Media al siglo xx, ofrecía al mundo estremecido el espectáculo de dos revoluciones: la revolución política y la revolución social, trabadas en una lucha a muerte.

¡Qué vitalidad la de esta revolución rusa, después de tantos meses de hambre y de decepciones! La burguesía debería haber conocido mejor a su Rusia: sopeñas se veía por ninguna parte aquella «lasitud de la revolución», de la cual se complacía en hablar.

Cuando se echa una mirada atrás, la Rusia anterior a octubre parece pertenecer a otra edad, se la ve increíblemente conservadora. ¡Nos hemos adaptado tan pronto al nuevo y más rápido curso de la vida! Toda la política rusa se inclinó tan violentamente a la izquierda, que a los kadetes se les puso fuera de la ley, como «enemigos del pueblo», a Kerenski se le consideró como «n «contrarrevolucionario»; los jefes socialistas moderados, Tseretelli, Dan, Lieber, Gotz y Avxentiev, parecieron demasiado reaccionarios a los ojos de sus mismos partidarios, y hombres como Tchernov o incluso Máximo Gorki se vieron empujados al ala derecha.

Hacia mediados de diciembre de 1917, algunos jefes socialrevolucionarios visitaron en grupo al embajador británico, sir George Buchanan, al cual le suplicaron que no hiciese declaraciones sobre esta visita, por estar considerados como muy derechistas.

—¡Cuando pienso —comentó sir George— que hace un año m¡ gobierno me ordenaba no recibir a Miliukov, porque era peligrosamente izquierdista!

Septiembre y octubre son los dos peores meses del año, sobre todo en Petrogrado. Durante sus cortos días, bajo un cielo gris y pesado, la lluvia chorreaba interminablemente, empapándolo todo. Había que caminar sobre un lodo espeso, resbaladizo, viscoso, con huellas de pesadas botas, peor aún que el que se formaba de ordinario, por el mal estado de los servicios municipales. Del golfo de Finlandia soplaba un viento húmedo y cortante, y por las calles rodaban masas de niebla helada. De noche, por economía y por temor a los zepelines, sólo a grandes trechos se encendían los faroles públicos. En las casas particulares no había electricidad más que desde las seis a las doce de la noche. Cada bujía costaba casi un dólar, y el petróleo escaseaba mucho. La noche duraba desde las tres de la tarde a las diez de la mañana. Los robos y asaltos se multiplicaban. Los hombres, armados de fusiles, hacían guardia, por turno, en las casas, durante la noche. Así se desarrollaba la vida bajo el Gobierno provisional.

Los víveres iban escaseando de semana en semana. La ración diaria de pan descendió sucesivamente de una libra y media a una libra, dspués a tres cuartos de libra, y finalmente a 250 y 125 gramos. Al final, hubo una semana entera sin pan. Se tenía derecho a dos libras de azúcar mensuales, pero era casi imposible encontrarla. Una tableta de chocolate o una libra de caramelos insípidos costaban de siete a diez rublos, más o menos un dólar. Sólo había leche para menos de la mitad de los niños de la ciudad; la mayor parte de los hoteles y de las casas particulares no la veían desde hacía meses. En plena temporada de frutas, las manzanas y las peras se vendían en las esquinas de las calles a poco menos de un rublo cada una.

Para conseguir leche, pan, azúcar o tabaco era preciso hacer cola durante horas bajo la lluvia glacial. Al salir de las reuniones nocturnas, yo he visto formarse estas colas, antes del alba, compuestas, sobre todo, de mujeres, algunas de las cuales llevaban a sus hijos en los

brazos. Carlyle, en su French Revolution, pinta al pueblo francés como dotado de una particular aptitud para hacer cola. Rusia se había iniciado en esta práctica bajo el reinado de Nicolás el Bendito, desde 1915, y continuó entrenándose en ella, con intermitencias, hasta el estío de 1917. A partir de entonces, la cola fue uno de los actos normales de su vida. Hay que imaginarse a estas gentes mal vestidas, de pie sobre el helado suelo de las calles de Petrogrado, durante jornadas enteras y en medio del invierno ruso. Yo he escuchado en las «colas del pan» la nota áspera y amarga del descontento, brotando a veces de la milagrosa dulzura de estas multitudes rusas.

Naturalmente, los teatros se abrían todas las noches incluso los domingos. Karsavina trabajaba en un nuevo ballet en el teatro María: toda Rusia, que enloquece por la danza, corría a verla. Chaliapin cantaba. En el teatro Alejandro se representaba la Muerte de Iván el Terrible, con la puesta en escena de Meyerhold. Recuerdo haber visto, en una de estas representaciones, a un alumno de la Escuela de Pajes Imperiales que, después de cada acto, se cuadraba correctamente ante el palco imperial, desierto y despojado de sus águilas... El Krivoie Zerkalo había montado suntuosamente Reigen, de Schnitzler.

Las colecciones del Ermitage y de otras galerías habían sido evacuadas a Moscú, pero cada semana se inauguraban exposiciones de pintura. Las mujeres «intelectuales» se apretujaban en las conferencias sobre arte, literatura y filosofía mundana. La temporada fue particularmente rica en teósofos. El Ejército de Salvación, permitido en Rusia por vez primera, cubría los muros con los anuncios de sus reuniones evangélicas, que entretenían y asombraban a los auditorios rusos.

Como ocurre siempre en semejantes períodos, la pequeña vida convencional continuaba su curso, ignorando lo más posible la revolución. Los poetas componían versos, pero no a la revolución. Los pintores realistas pintaban escenas de la Rusia medieval, todo menos la revolución. Seguían llegando a la capital señoritas de provincias para aprender francés y educar su voz. Jóvenes y elegantes oficiales paseaban en el hall de los hoteles sus bachlyks carmesí bordados de oro y sus sables caucasianos ricamente nielados. Las mujeres de los funcionarios se reunían por las tardes a tomar el té, llevando cada una en su manguito una cajita con azúcar, de oro o plata, ornada de brillantes, y media hogaza de pan. Estas damas suspiraban por la vuelta del zar, por la llegada de los alemanes y, en fin, por todo aquello que pudiera resolver la crisis del servicio doméstico. La hija de un amigo mío sufrió un día un ataque.de histeria, porque la cobradora de un tranvía la había llamado «camarada».

La gran Rusia daba a luz, con dolor, un mundo nuevo. Las criadas, a quienes antes se trataba como a bestias y apenas se les pagaba, estaban emancipándose. Como entonces un par de zapatos costaba cien rublos y los sueldos eran "alrededor de treinta y cinco mensuales, se negaban a llevar zapatos cuando tenían que ir a la cola. En esta nueva Rusia, todos los hombres y todas las mujeres tenían voto; la clase obrera poseía sus diarios, en los cuales se publicaban cosas desusadas y sorprendentes; y además existían los Soviets y los sindicatos. Los mismos izvoztchiks (cocheros) tenían su sindicato y estaban representados en el Soviet de Petrogrado. Los camareros de los hoteles y restaurantes estaban también organizados y se negaban a recibir propinas. En las paredes de los restaurantes había inscripciones como ésta: «No se admiten propinas». Como esta otra: «Porque un hombre esté obligado a ganarse la vida sirviendo a otros en la mesa, no es necesario insultarlo ofreciéndole una propina.»

En el frente, los soldados continuaban su lucha contra los oficiales y aprendían en los comités a gobernarse a sí mismos. En los talleres, esas incomparables organizaciones que son los Comités de fábrica adquirían experiencia y fuerza y tomaban conciencia de su misión histórica de lucha contra el antiguo orden de cosas.[12] Rusia entera aprendía a leer: leía asuntos de política, de economía, de historia, porque el pueblo tenía necesidad de saber. En cada ciudad, casi en cada aldea, en el frente, cada fracción política tenía su periódico y, a veces, muchos. Millares de organizaciones distribuían centenares de miles de folletos, inundando los ejércitos, las aldeas, las fábricas, las calles. La sed de instrucción, tan largo tiempo refrenada, convirtióse con la revolución en un verdadero delirio. Sólo del Instituto Smolny salieron cada día, durante los seis primeros meses, toneladas de literatura, que, ya en carros, ya en vagones, iban a saturar el país. Rusia absorbía, insaciable, como la arena caliente absorbe el agua. Y no grotescas novelas, historia falsificada, religión diluida o esa literatura barata que pervierte, sino teorías económicas y sociales, filosofía, las obras de Tolstoi, de Gogol, de Gorki.

¡Y qué papel jugaba la palabra! Los «torrentes de elocuencia» de que habla Carlyle a propósito de Francia eran una bagatela al lado de las conferencias, de los debates, de los discursos que se pronunciaban en los teatros, en los circos, en las escuelas, en los; clubs, en las salas de reunión de los Soviets, en los locales de los sindicatos, en los cuarteles. Se celebraban mítines en las 'trincheras, en las plazas de las aldeas, en las fábricas. ¡Qué admirable espectáculo el de los cuarenta mil obreros de Putilov acudiendo a escuchar a oradores socialdemócratas, socialrevolucionarios, anarquistas y otros, igualmente atentos a todos ellos e indifesentes a la duración de los discursos! En Petrogrado y en toda Rusia, la esquina de cada calle fue, durante meses, una tribuna pública. En los trenes, en los tranvías, en todas partes brotaba de improviso la discusión.

En innumerables congresos y conferencias se mezclaban y confundían hombres de dos continentes: los congresos de los Soviets, de las cooperativas, de los zemtvos, de las nacionalidades; los congresos de los sacerdotes, de los campesinos, de los partidos políticos; la Conferencia democrática de Petrogrado, ¡a Conferencia nacional de Moscú, el Consejo de la República rusa. En Petrogrado tenían lugar siempre tres o cuatro congresos a la vez. En todas las reuniones se rechazaba, por lo regular, la proposición de limitar el tiempo a los oradores; cada uno podía expresar libremente su pensamiento...

Visitamos el freríte del 12o ejército, detrás de Riga. Pálidos, descalzos, los hombres se consumían sobre el lodo eterno de las trincheras. Enderezándose a nuestro lado, los rostros contraídos, la piel azulada por el frío asomando por entre los desgarrones de la ropa, nos preguntaron ávidamente: «¿Ha traído usted alguna cosa para leer?»

Miles de signos aparentes denunciaban el cambio: la estatua de Catalina la Grande, delante del teatro Alejandro, llevaba en la mano una banderita roja; otras banderas rojas, desgarradas, flotaban en todos los edificios públicos, y el monograma imperial y las águilas habían sido arrancados o tapados. Se sustituyó al terrible gorodovoi (guardia de orden público) por una milicia benévola, que patrullaba sin armas por las calles. Sin embargo, aún subsistían muchos anacronismos.

Por ejemplo, el Tabel o rangakh —el cuadro de las jerarquías y de las clases— que con mano de hierro había impuesto a Rusia, Pedro el Grande, continuaba en vigor. Casi todo el mundo, desde el colegio, vestía el uniforme reglamentario, con las insignias del emperador en los botones y las charreteras. Hacia las cinco de la tarde, se llenaban las calles de viejos señores de uniforme, la cartera bajo el brazo, el aire sumiso, que volvían de trabajar en aquellos inmensos ministerios y edificios públicos con apariencia de cuarteles, calculando cuántas defunciones entre sus superiores tendrían aún que producirse para alcanzar el tchin (el grado) codiciado de asesor de colegio o de consejero privado, con una confortable jubilación y acaso la cruz de Santa Ana.

Se cuenta que al senador Sokolov, que, vistiendo de civil, trataba de asistir a una sesión del Senado, en plena revolución, no se le permitió la entrada por no llevar la casaca reglamentaria de los servidores del zar.

Tal era el fondo —un país en estado de descomposición y en plena fermentación— sobre el que iba a desarrollarse la gran insurrección de las masas rusas...

 

Notas

1. Partidarios de la guerra hasta el fin: oborontsi; literalmente, defensores. Nombre dado a todos los grupos socialistas «moderados», porque consentían continuar la guerra hasta el fin bajo la dirección de los Aliados, bajo el pretexto de que se trataba de una guerra de defensa nacional.

2. J. Reed alude al periódico Izvestia del Tsík («Las Noticias del Tsík»), que estaba entonces en manos de los mencheviques y de los S.R.(Nota de la Edit.)

3. Las siguientes cifras fueron compiladas en octubre de 1917 por una comisión compuesta por representantes de la Cámara de Comercio de Moscú y de la sección moscovita del ministerio del Trabajo, y se publicaron el 26 de octubre de 1917 en la Novaia Jizn:

Salario por días en Rublos y Kopecs

Julio 1914 Julio 1916 Agosto 1917
 
Carpintero, ebanista.... 
Peón ...............
Albañil, yesero ....
Pintor, tapicero ....
Forjador ............
Deshollinador ........
Cerrajero ............
Jornalero ............

1,60 – 2
1,30 – 1,50
1,70 – 2,35
1,80 – 2,20
1 – 2,25
1,50 – 2
1 – 1,50

4 – 6
3 – 3,50
4 – 6
3 – 5,50
5 – 5
4 – 5,50
3,50 – 6
2,50 – 4,50

8,50
8
8
8,50
7,50
9
8

Contrariamente a muchas afirmaciones, según las cuales los salarios fueron aumentados en enorme proporciones inmediatamente después de la revolución de febrero de 1917, se ve por estas cifras, publicadas por el ministerio del Trabajo como válidas para toda Rusia, que los salarios no aumentaron bruscamente después de la revolución, sino que lo hicieron gradualmente. Por término medio, el aumento escasamente llegó a rebasar el 500%.

Paralelamente el rublo descendió a menos de una tercera parte de su valor y el costo de la vida aumentó considerablemente.

El siguiente cuadro fue establecido por la Duma municipal de Moscú, donde los víveres eran más baratos y abundaban más que en Petrogrado:

 

Precio en Rublos y Kopecs

Agosto 1914 Agosto 1917 % Aumento
Pan negro (libra de 410 g.)0,020,12330
Pan blanco (libra de 410 g.)0,050,20300
Carne de res (libra de 410 g.)0,221,10400
Carne de ternera (libra de 410 g.)0,262,15727
Carne de cerdo (libra de 410 g.)0,232770
Arenque (libra de 410 g.)0,060,52767
Queso  (libra de 410 g.)0,403,50754
Mantequilla (libra de 410 g.)0,483,20557
Huevos (docena)0,301,60443
Leche (botella de 1 l. 229 el.)0,070,40471

Por término medio, el aumento de precios de los géneros alimenticios alcanzó el 556%, o sea el 51% más que el de los salarios.

En cuanto al precio de los otros artículos, experimentó un alza tremenda.

He aquí una estadística levantada por la sección económica del, Soviet de los Diputados obreros de Moscú y aceptada como exacta por el ministerio de Suministros del Gobierno provisional:

Precio en Rublos y Kopecs

Agosto 1914 Agosto 1917 % Aumento
Indiana  (la arshina, 0,711 mt.)0,111,401173
Tela de algodón (la arshina)0,1521233
Telas para vestido (la arshina)2401900
Paño (la arshina)6801233
Calzado para hombre (par)121441097
Cuero para suelas204001900
Zapatos de goma (par)2,5015500
Ropa de hombre (traje)40400 –455900–1109
(la libra)4,5018300
Cerillos (la caja)0,100,50400
Jabón (el pud, 16 kg. 375)4,5040780
Gasolina (el cubo, 12 l. 13)1,7011547
Velas (el pud)8,501001076
Caramelos (la libra)0,304,501400
Leña (la carga)101201100
Carbón  vegetal0,80131525
Objetos metálicos diversos1201900

 

Por término medio, el alza de estos productos alcanzó 1.109% aproximadamente, o sea más del doble del aumento de los salarios.

La diferencia, naturalmente, iba a parar a los bolsillos de los especuladores y traficantes.

En septiembre de 1917, el salario medio por día de un obrero industrial especializado, por ejemplo, en el trabajo metalúrgico de la factoría Putilov, era de 8 rublos aproximadamente. Por los mismos días, los beneficios eran enormes. Uno de los propietarios de la fábrica de lanas «Thornton», establecimiento inglés de los suburbios de Ptrogrado, me contó que sus beneficios habían aumentado al 900% en tanto que los salarios en sus fábricas no habían subido más que el 300%.

4. Una de las circulares «limitadoras» de Skobelev, del 28 de agosto de 1917.

5. La historia de los esfuerzos hechos por los miembros socialistas del Gobierno provisional de julio para llevar a cabo su programa en colaboración can los ministros burgueses, es un ejemplo ilustrado de la lucha de clases en el terreno político. Lenin escribió, a este propósito:

«Los capitahstas... viendo que la situación del gobierno era insostenible, recurrieron a un procedimiento del que han venido haciendo uso durante decenas de años, desde 1848, los capitalistas de otros países, con el fin de desconcertar dividir y debilitar a los obreros. Este procedimiento consiste en formar un ministerio llamado de 'coalición', es decir, que reúna a representantes de la burguesía y tránsfugas del socialismo.

«En los países donde la libertad y la democracia han coexistido durante más tiempo que en ninguna otra parte con el movimiento obrero revolucionario, en Inglaterra y Francia, los capitalistas han empleado muchas veces este método con gran éxito. Los jefes 'socialistas' integrantes de un ministerio burgués no tardaron en revelarse como hombres de paja, marionetas, que hacían de escudo para los capitalistas y de instrumento de engaño para los trabajadores. Los capitalistas 'demócratas y republicanos' de Rusia han recurrido al mismo procedimiento. Socialrevolucionarios y mencheviques se dejan engañar 'en seguida y, el 6 de mayo, era un hecho consumado el ministerio de 'coalición' formado por Chernov, Tseretelli y Cía.»

6. J. Reed emplea aquí la palabra «secta» para subrayar que inmediatamente después de la revolución democrático-burguesa de febrero de 1917 el partido de los bolcheviques, que acababa de salir de la clandestinidad, era relativamente poco numeroso.

7. Una parte de los famosos Documentos Sisson (J. Reed).    Sisson: Periodista norteamericano reaccionario; publicó en los Estados Unidos una serie de falsedades para desacreditar a los dirigentes bolcheviques. (N. de la Edit.)

8. En la primera semana de octubre de 1917, la Novaia Jizn publicó el siguiente cuadro comparativo de los resultados de las elecciones, señalando que significaban la bancarrota de la política de coalición con las clases poseedoras. «Si aún es posible evitar la guerra civil, lo será solamente mediante el frente único de toda la democracia revolucionaria...»

Elecciones a las Dumas (central y distrital) de Moscú

junio 1917 septiembre 1917
Socialrevolucionarios5814 
Kadetes1730
Mencheviques124
Bolcheviques1147

9. Ver las «Notas preliminares» (J. Reed).

10. Crece la insolencia de los reaccionarios.  18 de septiembre.—El kadete Shulguin escribe en un periódico de Kiev que el Gobierno provisional, al declarar a Rusia una república, cometió un grave abuso de poder: «Nosotros no podemos admitir una república, ni el presente gobierno republicano... No estamos del todo seguros de que Rusia quiera la república...»

23 de octubre.—Durante un mitin del partido kadete en Riazán, el señor Dujorñn declaró: «El I9 de marzo debemos instaurar una monarquía constitucional. No tenemos derecho a rechazar al heredero legítimo del trono, Mijail Alexandrovich.»

27 (14) de octubre.—Resolución adoptada por la conferencia de «Fuerzas vivas» en Moscú:

«La conferencia de Fuerzas vivas de Moscú encarga a sus miembros representantes en el Consejo provisional del Estado ruso que insistan cerca del Gobierno provisional para la inmediata aplicación de los siguientes principios dentro del ejército:

«Prohibicióa de toda propaganda política en el ejército y proclama en la que se mantenga que el ejército es ajeno a los partidos y a las influencias políticas.

«La propaganda de las ideas antiestatales y antinacionales, así como las doctrinas que nieguen la necesidad del propio ejército y de la disciplina militar, debe ser prohibida y severamente reprimida.

«Reconociendo que la existencia de los comités es, por principio, contraria a los reglamentos militares, lo que está confirmado por la experiencia de todos los ejércitos del mundo, se debe tolerar provisionalmente su^xistencia a condición de que limiten su actividad a los asuntos exclusivamente económicos y alimenticios, debiendo someterse todas las decisiones al mando de la unidad a la que pertenezca este comité y no aplicarse antes de esta ratificación. En caso de desacuerdo del comandante de la unidad con las decisiones, la discrepancia será zanjada definitivamente por el superior jerárquico directo.

«En caso de violación manifiesta por el comité de sus derechos y deberes, el jefe inmediato, que goce de derechos equivalentes a los del comandante de la unidad, tendrá derecho a disolver el comité y convocar a nuevas elecciones.

«Restablecimiento inmediato del saludo militar, tanto del saludo recíproco entre oficiales de la misma graduación como del de los oficiales de graduación inferior a los oficiales de rango superior.

«Restablecimiento del poder disciplinario de los oficiales en todos los grados dentro de límites determinados con precisión y estableciendo una rigurosa responsabilidad. En caso de abuso de poder, garantizar a los subalternos todas las posibilidades de presentar quejas por violación de sus derechos por parte de un superior.

«Protección efectiva de todos los derechos civiles de los oficiales y organizaciones de oficiales contra todo ataque.

«Considerar inadmisible cualquier vigilancia, control e investigación política, practicada en la actualidad por los comisarios y las organizaciones militares.

«Institución de un ascenso progresivo para los oficiales, según sus méritos militares y hojas de servicio y las apreciaciones que emanen exclusivamente de tribunales de oficiales del grado superior inmediato.

«Deberán ser expulsados del cuerpo de oficiales los elementos que lo deshonran y que participan, en estos últimos tiempos, en los movimientos de masas de los soldados tendientes a la desobediencia y al incumplimiento de su deber, cosa que sólo podrá lograrse mediante el restablecimiento de los tribunales de honor.

«Restablecimiento de la unión de los oficiales del ejército y la flota en toda su integridad, como institución absolutamente necesaria para el restablecimiento de la capacidad combativa de las fuerzas armadas de Rusia, confiriéndole los derechos de una institución de Estado.

«Ejecución por el Gobierno provisional de medidas que hagan posible la reintegración al ejército de todos los generales y oficiales injustamente licenciados por la presión de organizaciones irresponsables.»

11. Ver John Reed: Kornilov to Brest-Litowsk, Boni and Liveright, Nueva York, 1919 (J. Reed).

12. Ver las «Notas preliminares» (J. Reed).     La conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado que.se celebró del 12 al 16 de junio, apoyó, por aplastante mayoría (las tres cuartas partes de los delegados) a los bolcheviques.(N. de la Edit.)