Fuente: Periodico El Socialista,
14 de octubre de 1930 (Año XLV, Núm. 6765; Madrid).
Esta Edición: Marxists Internet Archive, 14 de febrero
de 2026.
Es ya en sí la «fiesta de los toros» una fiesta bárbara, embrutecedora de la conciencia popular. Es la fiesta que preside la Muerte, que va segando con su guadaña vida tras vida de toreros, de varilargueros, de toros, de caballos. Es la fiesta de la sangre, la fiesta de la crueldad.
En el último número de «Estampa» venía una página central dedicada a los picadores. Sólo así en las fotografías producía verdadero horror el ver las figuras de los caballos volteadas, arrojadas sobre la arena, con sus ojos vidriosos en alto, en una súplica muda y dolorosa, mientras los toreros ayudan a lamentarse al picador caído. Dicen que sin los varilargueros no se atreverían los de a pie a hacer paseíllo. ¿Dónde está, pues, ese valor de que hacen gala, ese verdadero dominio y maestría del hombre sobre la fiera? Radica en que el toro haya destrozado uno tras otro los vientres de los caballos. Pero, en realidad, la suerte de varas no se sostiene por esto, sino para satisfacer más altos y vergonzosos intereses.
Es la «suerte» uno de los atractivos primordiales de la fiesta. Y es también su aspecto más doloroso, más repugnante, más embrutecedor. A esas fiestas, para presidirlas y para realzarlas con su presencia, van las mujeres, esas mujeres españolas, de cuya sensibilidad y ternura se han hecho tantas veces eco poetas e historiadores. En las mismas fotografías que se hacen de las «presidentas» de esas corridas o novilladas se advierte en sus rostros un sentimiento inconsciente de dolor y de desagrado.
Ellas, mujeres españolas, que tantas veces ban dado prueba de exquisita sensibilidad ; ellas, que aplican hoy su actividad en innúmeras empresas; ellas, las nuevas, las que salen ahora de la Universidad y van a las oficinas, y a las tiendas, y a los talleres en caravana de feminismo renovador y conciliador a su vez, tienen aquí un campo magnífico para hacer una labor por la cultura de España y por reivindicar su propia ternura y sensibilidad, tantas voces alabada con hipérbole y hoy también, hiperbólicamente, en decadencia.
Y vosotros, los hombres, los que vais a la fiesta a poner a prueba la hombría o la majeza de un to¬rero; los que seguís inconscientes esta ruta de dolor, pensad en la tragedia de esa Muerte que se cierne escalofriante en el ambiente de las plazas de toros; pensad en que los «toros» adquieren hoy por encima del significado que antes tenían de fiesta nacional el de expresión libre y legítima de la «conciencia popular». Con motivo de los últimos conflictos en Bilbao, los alcaldes, en su parte de tranquilidad, se han basado en que «el público había asistido a los toros normalmente».
Un tiempo, el pueblo envilecido pidió en Roma: «Panem et Circenses» (Pan y espectáculos). El pueblo español está dando constantemente pruebas de su serenidad y su civismo para que pensemos que, como en aquellos años remotos, si¬gan hoy clamando por «Pan y toros».
¡Mujeres! ¡Hombres! Los que asistís a las corridas no os dais cuenta en vuestra inconsciencia del propio espectáculo que presenciáis. Vedlo reproducido en una serie de instantáneas. Mirad el número de «Estampa». Pensad en el dolor de esas dos víctimas, caballo y caballero. ¡Vedlos rodando confundidos, empitonados derribados, heridos, muertos! Y todo ello, no por necesidad, no por justicia, sino por proporcionar a una masa insensata y frenética un sentimiento que no puede ser de placer, sino de locura.
Hace falta acabar con las corri¬das. Pero antes que nada, primero que nada, con ese espectáculo bochornoso, repulsivo, de la suerte de varas. No hay en los varilargueros arte ni majeza, ni en los pobres caballos famélicos, ciegos y maltrechos, donosura y ligereza. No hay más que dolor. Imposible parece que un pueblo como el español haya visto hasta aquí sin una protesta seria y firme este vergonzoso espectáculo. Lacras sociales, el picador y el jamelgo van a la arena a caer y a perecer. Ni aun los que defienden la «fiesta de toros» por una razón de estética pueden ballarla en la «suerte de varas». Ni por valor, ni por humanidad, ni por arte.
A todos, hombres y mujeres, sirvan estas líneas de llamamiento pa¬ra una campaña contra una fiesta de dolor y de sangre, en que se glorifica la muerte y en que se exalta la insensibilidad.
HILDEGART