Pierre Broué
El Partido Bolchevique


Primera edición: En francés, en 1962; En castellano, en 1973 por Editorial Ayuso, Madrid.
Traducción: Ramón García Fernández
Esta edición: Marxists Internet Archive, marzo 2012.
Digitalización: Martin Fahlgren, 2012.


Índice

 

 

 

 



Léxico somero

Agitprop: Agitación y propaganda
Apparatchik: funcionario perteneciente al aparato del partido
Artel: asociación cooperativa de trabajadores
Barine: señor, amo
Boiar, boyardo: noble
Boievik, boieviki: partisano bolchevique clandestino
B. P., Politburó: buró político del Comité Central del partido. En 1952 cambia su nombre por el de Presidium.
Bund: Partido socialista judío
Cadete, partido (K. D.): partido constitucional-demócrata, liberal
C. C.: Comité central del partido
C. C. C.: Comisión central de control del partido
Congreso pan-ruso: Congreso de los diputados de los soviets de toda Rusia. Sustituido en 1936 por una asamblea elegida por sufragio universal y directo: el Soviet Supremo.
Datcha: casa de campo
Duma: parlamento
Ejecutivo: Comité ejecutivo del congreso pan-ruso. Posteriormente Presidium del soviet supremo.
Estajanovista: obrero que obtiene extraordinarios rendimientos
Gepeu: (G. P. U. son las iniciales de ”administración política del Estado”): Policía política. Organismo que sucedió a la Cheka y que más tarde se convirtió en la O. G. P. U. desde 1923 hasta 1934; en ese momento se une al comisariado para el interior (N. K. V. D.) y posteriormente a la seguridad del Estado (N. K. G. B.) en 1943 y a la M. G. B. en 1946. En la actualidad es una dependencia de la comisión para la seguridad del Estado.
Internacional Comunista: (I. C.), III Internacional o también Komintern
Iskra (La Chispa): periódico de los primeros marxistas rusos
J. C.: véase Komsomol
Koljos: explotación agrícola colectiva
Komintern: véase Internacional Comunista
Komitetchik: hombre del comité, ”comitero”
Komsomol: joven comunista. (El Komsomol: las Juventudes Comunistas o J. C.)
Kulak: campesino acomodado
M. G. B.: véase G. P. U.
Mir: comunidad campesina de tierras
M. T. S.: estación de maquinaria y tractores
Mujik: campesino
Nachalnik: jefe
Narodnik: populista
N. K. V. D.: véase Gepeu
Nomenklatura: derecho al nombramiento de funcionarios
Ojrana: policía zarista
Otzovistas: en 1907 nombre que se daba a los partidarios del boicot de las elecciones
Piatitletka: plan quinquenal
Pomiechtchik: gran propietario
Pravda (Verdad): órgano fundado por Trotsky en Viena. Este título fue adoptado más adelante por el órgano del partido.
Presidium: véase Ejecutivo
Proletkult: Cultura proletaria
Rabkrin: Comisariado del pueblo para la Inspección obrera y campesina
Soviet: Consejo espontáneo formado por los trabajadores a partir de la revolución de 1905
Soviet Supremo: véase Congreso pan-ruso
Sovjos: explotación agrícola estatal
Sovnarjos: Consejo económico regional
S. R.: social-revolucionario
Tchinovnik: funcionario, burócrata
Ukaze: decreto del zar
Ve-che-ka: nombre dado a la Cheka de los primeros momentos de la revolución. Comisión extraordinaria para la represión de la agitación contrarrevolucionaria; véase Gepeu.
Vpériod (Adelante): primer órgano de los bolcheviques y posteriormente de la fracción ultra-izquierdista conocida con el nombre de ”vperiodista” y más tarde órgano de los mencheviques
Zemstvos: asamblea de distrito

Institutos y Universidades del partido:

El Instituto de profesores rojos existió desde 1921 hasta 1930; formaba a los profesores de filosofía marxista, de economía política, de historia del partido que se destinaban al aparato y a la formación de los altos funcionarios. Durante el primer período de la historia de la U.R.S.S. funcionaron diversas universidades comunistas, entre otras la Universidad Svérdlov de Moscú, la Universidad Zinóviev de Leningrado, la Universidad Sun Yat-sen de los pueblos de Oriente y la Universidad Marchlewski de los pueblos de Occidente, para los comunistas extranjeros, ambas suprimidas en 1936.

Los cuadros técnicos superiores del ejército eran formados en la Academia Frunze y sus cuadros políticos en la Academia Lenin.



Prefacio a la edición española

Los diez años transcurridos desde la publicación de la edición francesa de este trabajo no parecen haber desvirtuado sus conclusiones ni el método seguido en su elaboración. Permítasenos incluso afirmar lo contrario. La historia del partido comunista (bolchevique) de la Unión Soviética constituye sin lugar a dudas uno de los datos clave para la comprensión del mundo contemporáneo pero muchas de las explicaciones ofrecidas a este respecto desde hace medio siglo chocan contra una serie de puertas cerradas a piedra y lodo, y ello cuando no se pierden en los tortuosos laberintos de la razón de estado, caminos estos igualmente cerrados por barreras no menos infranqueables.

El pasado debe servirnos para comprender e interpretar el presente y esta convicción es la que nos ha sugerido la necesidad de lleva a cabo un balance para nuestros lectores españoles con ocasión de esta nuestra primera edición de El Partido Bolchevique en lengua castellana.

Los acontecimientos que, desde hace diez años han venido desarrollándose en la Unión Soviética y en los demás países del Este, constituyen una especie reveladora de la validez de los análisis que con anterioridad han sido llevados a cabo a su respecto. El estallido a plena luz del día del conflicto entre los partidos comunistas de China y Rusia, las consecuencias de lo que en China ha dado en llamarse la ”revolución cultural”, las polémicas e incluso las crisis que se producen en el seno de los partidos comunistas de todo el mundo grandes o pequeños, legales o clandestinos, ya ocupen el poder o se encuentren en la oposición, resultaban hasta cierto punto previsibles para todo aquel que en su análisis histórico hubiese empleado un método científico. Probablemente el lector de la primera edición de nuestra obra no se habrá visto sorprendido ni por la crisis interna del partido comunista checo, y su decisión de enero de 1968 de inaugurar una etapa de reformas en profundidad ni por el movimiento de los estudiantes, los obreros y los intelectuales, que se lanzaban a la brecha abierta desde la cúspide del partido, ni tampoco por la intervención armada del 21 de agosto de 1968 que sancionó, en contra de la manifiesta voluntad del pueblo, la vuelta a un cierto orden que en honor de la ocasión recibió el apelativo de ”normalización”. Igualmente previsible era la espontánea revuelta de los obreros de los astilleros de Gdansk y de Szczecin en diciembre de 1970, y el papel asumido en ella por los comités de huelga transformados en verdaderos soviets que trataron de igual a igual a los organismos oficiales del partido y el Estado. Y es que el conocimiento y la comprensión de los mecanismos de la historia pretérita iluminan las fuerzas que se enfrentan hoy, pone de relieve la continuidad o bien la resurrección de unas tradiciones profundas o de unas corrientes reprimidas durante largos años, disimuladas tal vez por la utilización de un mismo léxico o por las continuas referencias a una ideología común al menos en lo que a los principios se refiere.

En resumen, en nuestra opinión, este trabajo, publicado en 1962, constituye un instrumento que permite comprender la crisis por la que atraviesan en nuestros días los partidos y Estados que se autodenominan socialistas y usufructúan de un modo u otro la experiencia de la Unión Soviética, y opinamos así porque continuamente se hace referencia en sus páginas a la acción de unas fuerzas y de unas presiones sociales que nunca ha n desaparecido por completo y que siguen constituyendo la estructura, contradictoria a veces, de tales partidos y Estados. Cualquier tipo de explicación global, ya se refiera al “marxismo-leninismo” concebido como un dogma o bien a su naturaleza ”totalitaria” o ”dictatorial”, resulta de todo punto inoperante a este respecto, es decir, en cuanto concierne a las realidades contemporáneas de crisis, desgarramiento, antagonismos y conflictos en el propio seno del sistema. Incluso la versión que durante varios años defendió el llorado Isaac Deustcher, aquella que se refería a la posibilidad de una ”reforma desde arriba”, avalada durante cierto tiempo por la experiencia jrushoviana, revela plenamente en la actualidad su impotencia, a la hora de interpretar una crisis que se traduce en una serie de conflictos de carácter puramente revolucionario. De hecho, el tema que aquí se aborda es tal vez el más difícil que puede plantearse la Historia contemporánea. En efecto, sobre esta cuestión, nadie puede alardear de neutralidad – y el historiador puede hacerlo tan poco como el político o el periodista –, todo autor, todo lector, expresan, consciente o inconscientemente, una serie de apriorismos hostiles o favorables que no son sino los reflejos de una concepción del mundo que no se siente obligada a tener en cuenta el imperio de los datos objetivos o la constelación de rigurosas exigencias que se imponen al trabajo del historiador. Por otra parte, los acontecimientos cotidianos y lo que éstos ponen en juego, contribuyen, en tales cuestiones, a falsear los datos básicos de la propia labor historiadora, aunque sólo fuese por su contribución, directa o indirectamente, a la deformación, falsificación, sustracción o supresión de los documentos que integran su insustituible materia prima.

A este respecto resulta además altamente significativo el hecho de que la trama básica de condiciones de investigación acerca de la Unión Soviética, desde la revolución de octubre de 1917 hasta nuestros días, tanto desde el punto de vista de la ubicación de documentos como desde el de la mera historiografía, se articule de forma perfectamente natural en torno a las fechas que suponen decisivos virajes en la historia política del país. Así, 1924 supone la muerte de Lenin pero también el enunciado de las premisas de lo que sería dictadura estaliniana y 1956 marca el principio de la denuncia del ”culto a la personalidad” de Stalin a cargo de sus lugartenientes de ayer convertidos en sus sucesores.

Después de la revolución, los primeros años del nuevo régimen presenciaron un enorme esfuerzo dirigido hacia la publicación de los materiales de la historia para la Historia, panfletos y artículos, actas y documentos oficiales, memorias y recuerdos, encuestas, antologías de artículos o de discursos fueron así dados a la luz en una actividad cuya única limitación fue la mediocridad de los medios materiales disponibles y las imperiosas presiones primero de la guerra civil y más tarde de la reconstrucción económica. No obstante esta abundancia, de incalculable valor para la investigación histórica y la reflexión política –, fue tristemente efímera. A partir de 1924, la política cotidiana de los dirigentes domina directamente no sólo la elaboración del propio proceso histórico sino también la mera publicación o al menos la disponibilidad de los documentos más elementales. A partir de su tercera edición, las obras completas de Lenin aparecen mutiladas de todas aquellas frases que podían ser interpretadas como una premonitoria condena de la política de sus sucesores, mientras que la mayor parte de su correspondencia es ocultada a los investigadores y, naturalmente, al público en general. Las obras de los autores que han sido anatemizados en el terreno político como Trotsky, Bujarin, Zinóviev y muchos más son retiradas de la circulación y su impresión queda terminantemente prohibida, mas no se detiene en este punto la represión cultural contra los vencidos, también las obras menos importantes, aquellas que se limitan a mencionar a estos hombres, dando una visión justa del papel desempeñado realmente por ellos en la fundación del nuevo régimen, son objeto de idéntico tratamiento. La conclusión para el estudio es que todo documento proveniente de la Unión Soviética debe ser objeto de un examen cuidadoso no ya en función de su contenido sino con vistas a la fecha de su publicación, resultante en casi todos los casos de un cálculo político basado en los intereses del momento y desprovisto de todo tipo de interés para la historia política.

En tales condiciones, este documento, al que es necesario aplicar la duda metódica por principio, pierde toda significación por sí mismo convirtiéndose en un mero indicio de un trasfondo que permanece inaccesible. El trabajo de investigación se torna entonces punto menos que imposible. La situación se hace todavía más grave a partir de 1930; durante todo el periodo posterior a esta fecha los documentos oficiales de la U.R.S.S. son prácticamente inutilizables en su totalidad. Por esta época se produce, como buena prueba de lo dicho, la somera condena de que Stalin hace objeto al historiador Slutsky, que se suicidó tras de su expulsión del partido, con el siguiente somero veredicto que convierte de paso a la historia en un menester impracticable: ”¡Sólo los burócratas incurables y las ratas de biblioteca pueden fiarse de unos documentos que no son más que papel!” Esta es la tónica general hasta 1956.

Sin embargo, el historiador dispone de algunas fuentes documentales. Para el periodo que va de 1917 hasta 1939 cuenta con los importantes archivos de León Trotsky que fueron depositados en Amsterdam y Harvard tras su expulsión de la Unión Soviética; se trata de una serie de documentos, densos y continuos hasta 1928, que empiezan a serlo menos posteriormente; no obstante, la mayor parte de la correspondencia está vedada a la investigación hasta 1980. Los documentos más esenciales de estos archivos han sido reproducidos en las principales obras de Trotsky y en la prensa ”trotskista” internacional. Hasta 1939, el historiador podía contar además con otros datos de valor: los aportados en los escritos de Victor Serge, si bien estas informaciones debían ser contrastadas cuidadosamente pues el escritor había reproducido sus informaciones de memoria al haberle sido incautados sus archivos en Moscú, y las memorias del veterano comunista yugoslavo Anton Ciliga, que consiguió escapar de un campo de concentración donde tuvo ocasión de recoger un sinnúmero de confidencias personales y de interpretaciones de los grandes acontecimientos de la historia de la U.R..S.S.. Asimismo, el estudioso puede contar con las informaciones vertidas en las publicaciones mencheviques como Courrier Socialiste del historiador Boris Nikolayevsky, al que debemos la publicación de la misteriosa ”Carta de un viejo bolchevique”, repleta de informaciones inéditas sobre el período anterior e inmediatamente posterior al asesinato de Kirov.

A partir de 1945 el investigador ya no dispone de fuentes como estas, perfectamente utilizables a pesar del compromiso político de sus detentadores o autores. El lugar ocupado por estos testimonios de los grandes protagonistas queda ocupado por un verdadera avalancha de relatos, memorias, e informes que emanan en general de ”personas desplazadas”, es decir de una serie de ciudadanos soviéticos que se negaron a ser repatriados a su país de origen al finalizar la guerra. La materia de análisis es pues abundante, excesiva incluso puesto que su origen la hace sospechosa en la generalidad de los casos. En efecto, los testimonios directos son elaborados a posteriori y las encuestas son realizadas por una serie de especialistas de la acción psicológica, cuya preocupación fundamental no es, sin duda, la consecución de la verdad histórica. Al propio tiempo se crea una verdadera ”industria” de supuestas memorias susceptibles de convertirse, merced a la acción de unos falsificadores habilidosos, en una pingüe fuente de ingresos: a este respecto podríamos evocar la aventura de un gran especialista anglosajón en historia soviética que sin duda no habrá olvidado todavía la confusión que le hizo tomar por auténticas ciertas falsas memorias del comisario del pueblo Maxim Litvinov. Por otra parte, de todo el conjunto de materiales recogido de esta forma, sólo se publican los documentos que se consideran rentables, es decir, vendibles, ya sea en el plano puramente comercial – lo sensacional – como en el político – el más burdo esquematismo. De todo el alud documental de la posguerra sólo puede citarse una excepción de gran importancia: los archivos de la organización del partido de la región de Smolensk, recogidos primero por el ejército alemán en 1941 y pasados en 1945 a las manos del ejército americano; en base a ellos, el historiador americano Merle Fainsod ha escrito un estudio que constituye una ventana abierta sobre los mecanismos del poder y de la vida cotidiana en la Unión Soviética sin precedentes para ningún otro país.

En cuanto a la historiografía, su destino parece coincidir de forma natural con el de los documentos. Hasta 1956 – a partir la muerte de Lenin –, la historiografía soviética no es sino la versión, manipulada por añadidura, de la historia del país conforme a lo que en todo momento quieren hacer creer sobre ella los dirigentes, se trata de una justificación de su política, la pasada o la actual, es decir, de una especie de artificio político–policíaco opuesto objetivamente a la realidad. Sin duda, el investigador puede, con algún fruto, estudiar las diferentes versiones y comparar las sucesivas ediciones para tomar nota de las contradicciones y supresiones con el fin de ofrecer una interpretación política de la situación durante el período de la publicación,, pero eso es todo... Semejante quehacer sólo puede engendrar una serie de mitos, efímeros algunos y duraderos los más, carentes todos ellos de una verdadera ligazón con la realidad histórica y válidos únicamente a la hora de conocer las necesidades políticas de los hombres que detentaban el poder en la coyuntura de su elaboración.

Comparada con la historiografía soviética, la anglo–sajona ilumina ampliamente la etapa que nos ocupa. Ciertamente dispone de muchos menos materiales de primera mano pero en cambio se beneficia de una gran flexibilidad en la organización de sus tareas. Durante los últimos años algunas universidades han comprado, pagando su peso en oro, todos los documentos a los que podían acceder, han alquilado los servicios de los más eminentes investigadores emigrados y formado valiosos equipo de trabajo. En general la información básica que sustentan las obras de estos historiadores es de una solidez a toda prueba y aun en nuestros días es considerada como un caudal enormemente valioso por el propio investigador o estudiante soviético que no ha tenido este material a su disposición. No obstante, su interpretación de los hechos suele a menudo ser discutible, y ello en primer lugar porque los emigrados tienen una tendencia inevitable a escribir la historia dejándose guiar por su rencor, pero también porque dan prueba en ciertas ocasiones de una cierta sensibilidad a las exigencias de la competencia en el mercado, que les suele llevar a ciertos excesos de audacia en la interpretación y a una serie de afirmaciones perentorias en lo referente a algunas cuestiones susceptibles tal vez de una mayor prudencia y circunspección. Además, esta historiografía, como la anterior, responde casi siempre a una serie de objetivos que perturban su rigor científico en la medida misma en que se trata no ya de analizar una realidad histórica de difícil aprehensión, compleja y contradictoria, sino de justificar la superioridad de un sistema sobre otro o de sancionar la victoria de una ideología o de un bando; es esta pues, en definitiva, una concepción tan dogmática como la precedente y a manera de reverso de la misma medalla, tan estéril como ella, incluso cuando llega a unas conclusiones perfectamente utilizables cuando la honradez de ciertos historiadores les permite ofrecer, a falta de una autentica interpretación, los materiales fundamentales sobre los que tal interpretación debería basarse. Este es el caso sobre todo de la obra de Edward Hallett Carr, su monumental Historia de la Rusia Soviética, cuyos siete primeros volúmenes han sido publicados. ¿Qué decir de la historiografía francesa sobre este tema durante los últimos años? En general destaca por su mediocridad como consecuencia de una prudente tradición en materia de investigación histórica que ha venido prescindiendo sistemáticamente de los temas demasiado recientes o excesivamente polémicos; pero no es esta la única razón de estas limitaciones, pues también tiene una considerable influencia la prudencia comercial necesaria donde existe un poderoso partido comunista mantenedor de una determinada versión de la historia de la U. R. S. S. y del partido bolchevique.

Hasta aquí la tónica general de hace no demasiados años, pero los datos básicos del trabajo histórico se han visto brutalmente influidos por lo que ha dado en llamarse la ”desestalinización”. Y ello no sólo por el número y la importancia de las ”revelaciones” de Nikíta Jruschov y sus lugartenientes como se apresuró a vocear en sus titulares la prensa de todo el mundo. De hecho no hubo entonces ninguna verdadera revelación en el sentido estricto sino una serie de confirmaciones de gran importan cia ciertamente. A favor de este proceso se publicaron las Cartas de Lenin cuya existencia habla ya sido afirmada por Trotsky cuando el régimen de Stalin negaba que hubieran sido siquiera redactadas. De esta forma el texto de la ”Carta al Congreso”, conocida con el nombre de Testamento de Lenin, divulgada años antes en Occidente por el americano Max Eastman y confirmado en su autenticidad por Trotsky, en la actualidad ha sido sacado a la luz por los epígonos de Stalin. Asimismo las ”rehabilitaciones” que empiezan a producirse a partir de 1956 ofrecen, por medio de las biografías de los personajes históricos a los que se refieren, un valioso cúmulo de datos a la historia económica, social y política e incluso a la puramente fáctica. Los discursos de Jruschov ante el XX y el XXII Congresos confirman y dan peso y consistencia a los análisis de Trotsky acerca de los orígenes del terror de la década de los treinta así como a la hipótesis, formulada desde 1935 por él, de que la pista dejada por los asesinos de Kirov conducía directamente a Stalin y a su camarilla cuando este crimen había sido ya imputado a los ”trotskistas”, desencadenando una tremenda ola de persecuciones. A su vez, un articulo de Iván Shumián, publicado con ocasión del XXX aniversario del XVII Congreso, ha confirmado rotundamente que por entonces se produjo en la cúspide del partido una conspiración cuyo objetivo era instalar a Kirov en el lugar de Stalin, corroborando pues, en lo más esencial, lo que ya habla afirmado la famosa ”Carta de un viejo bolchevique” muchos años antes. El fin de las represalias contra las familias ha permitido que se desvelasen igualmente algunos secretos: por ejemplo, Nikolayevsky, sin poner en peligro a los supervivientes de la familia de Bujarin, ha podido revelar en las páginas del Courrier Socíaliste que había sido él mismo quien había redactado la ”Carta” basándose para ello en las informaciones que le había dado Bujarin personalmente durante una estancia en París.

No obstante, esta revolución en materia documental apenas si ha tenido fruto en la propia U.R.S.S. quedando tan limitada la ”revolución historiográfica” como la propia ”desestalinización”, tras algunos efímeros intentos – prohibidos casi inmediatamente – como el del historiador Burázhalov que intentó precisar el papel verdaderamente desempeñado por Stalin en 1917. El balance de esta escaramuza resalta en sus grandes líneas la pobreza persistente: sustitución de nuevas versiones que siguen siendo parciales y carecen de una reelaboración del contexto histórico en su conjunto, nuevas supresiones de hombres y de hechos que hacen de la trama general algo incomprensible – pues la ”eliminación” de Stalin es tan absurda como la de Trotsky –; desprecio de unos documentos que se consideran ”desfasados” por el mero hecho de ser antiguos, persistencia de mutilaciones, cortes y falsificaciones inclusive, una vez más, en las propias obras de Lenin, mantenimiento de archivos cerrados, negativa a la publicación de todo tipo de memorias o trabajos históricos que se consideren susceptibles de adquirir nuevas resonancias en el momento presente o de nutrir intelectualmente a una oposición al régimen. El resultado de todas estas restricciones es la circulación bajo cuerda, en forma de samizdat, de abundante literatura histórica que, al traspasar las fronteras resulta en definitiva mejor conocida por los extranjeros que por los propios soviéticos, como lo prueba, por no dar más que un ejemplo, el éxito obtenido en Occidente por la obra de Roy Medvedev, auténtica ”summa” acerca de El Estalinismo, que todavía no ha sido publicada en el país donde fue escrita.

En consecuencia, ha sido la historiografía occidental la que ha recogido todos los beneficios de la ”desestalinización” es decir, de la relativa apertura de las fuentes documentales y de la fehaciente contrastación de unas fuentes que hasta la fecha han sido discutibles. Isaac Deutscher, al que apenas se conocía por su Stalin, obra en la que se esforzaba en justificar la presencia del dictador por la existencia de un ”principio de necesidad” y en la que llegaba a sostener la tesis del ”complot de los generales” de 1937, se hace sensible a las nuevas corrientes, y se convierte en el insigne biógrafo de... Trotsky. Los autores anglo-sajones como Schapiro, Robert V. Daniels y los franceses como Pierre Sorlin, Jean-Jacques Marie, F. X. Coquin y Marc Ferro, en lo sucesivo dejan de vacilar en la consideración de determinados documentos de dudosa autenticidad hasta la fecha y pasan a utilizar todos aquellos de los que disponen, basando sobre ellos diferentes interpretaciones acordes con su s respectivas ideas políticas o filosóficas; es indiscutible que todos ellos han llevado a cabo una enorme aportación al fondo de nuestro conocimiento histórico precisamente en el momento en el que una moda novísima volvía a poner a disposición de los lectores los escritos protagonistas de la historia rusa del último medio siglo que durante mucho tiempo habían sido prácticamente inaccesibles.

Fue en el seno de estas nuevas condiciones decididamente favorables cuando decidimos emprender la tarea de escribir la historia del partido bolchevique: un estudio que considerase los hechos en todo su espesor, sus contradicciones, su luz y sus sombras, sus hechos ciertos y sus incertidumbres, la vida y la muerte de hombres y cosas y no ya una historia en blanco y negro de buenos y malos, con ”hijos del pueblo” y ”víboras lúbricas”. Salvo en forma de alusión o de ilustración, nadie debe esperar encontrar aquí ese cliché que presenta a los bolcheviques como unos hombres-con-el-cuchillo-entre-los-dientes o con la no menos proverbial máscara de asesinos de niños, pero tampoco hallará el lector de estas páginas la versión que les presenta como un ejército de arcángeles infalibles e hiperlúcidos que todo lo habían previsto, que todo lo habían preparado, que eran capaces de realizarlo todo. No pensamos que ni el movimiento comunista, ni su organización ni sus partidos constituyen, dentro de la Historia, una privilegiada categoría que pueda escapar a sus leyes. No creemos que exista una esencia del ”comunismo” y menos aún que ésta pueda ser ”buena” o ”mala”. Muy al contrario, opinamos que el comunismo – su partido y su Estado – no son más que fenómenos humanos, nacidos en un contexto preciso que, a su vez les ha influido y modificado y que, como contrapartida, han recibido su influencia, modificándose a su vez ellos mismos por su influjo de manera profunda. De los partidos pensamos – al igual que Valéry opinaba respecto de las civilizaciones – que son mortales, que el partido de Lenin murió bajo Stalin y que tras la muerte de éste, no ha resucitado si bien aún puede renacer y erguirse ante la caricatura que lleva su nombre y, por último, que tendrá que luchar duramente si quiere sobrevivir...Tales afirmaciones parecen corroborarse con la crisis generalizada de los partidos comunistas, con el desconcierto que se trasluce tras los enfrentamientos ideológicos entre los diferentes partidos y en su propio seno, y con la serie de conflictos que se producen en el ámbito socialista con una ferocidad creciente: los ”partidos” – incluidos los partidos comunistas – no son omnipotentes instrumentos de la Historia sino meros fenómenos históricos y, como tales, contingentes.

Así pues, al apartar cualquier tipo de prejuicio exterior al tema de nuestra investigación, lo que inevitablemente nos habría obligado a suprimir algunos hechos para hacer hincapié sobre otros, hemos tratado ante todo de reconstruir un movimiento histórico adoptando como punto de vista general la única hipótesis metodológica verdaderamente fecunda para un trabajo histórico, a saber, la de considerar el hecho tan obvio y tan olvidado de que nada estaba realmente ”escrito” de antemano, que sin embargo, tal movimiento resultaba históricamente necesario y que el nacimiento del partido bolchevique no era ni un accidente ni un mero fruto del azar, pero también que su victoria o su derrota en 1917, su pleno y fecundo desarrollo o su posterior degeneración estaban en ambos casos hondamente arraigados en las realidades de la época. En otras palabras, hemos trabajado guiados por la certidumbre de que, tanto antes como después de 1917, en la Unión Soviética se enfrentaron una serie de fuerzas sociales, económicas y políticas, antagónicas y contradictorias –, en un escenario común y casi siempre bajo un pabellón idéntico, dando como resultado una serie de conflictos cuya solución no estaba determinada de antemano.

A estas alturas resulta tal vez innecesario precisar que tal actitud por parte del historiador implica una gran dosis de simpatía por su tema, la comprensión, e incluso a veces el amor, por todos aquellos que intentan hacer o rehacer la historia, cambiando el mundo y la vida, llegando a compartir a posteriori su convicción de combatientes de que todo es posible y de que son los hombres los dueños de su propia historia a condición de que se dé en ellos la consciencia de que bien pudiera ocurrir que resultase una historia diferente de la que ellos habían querido.

Esta fue, esta es aún nuestra postura y, por ello queremos advertir a nuestros lectores: el historiador no es ni un censor ni un juez, simplemente trata de devolverle un hálito de vida al pasado humano y no de reconstruir unos mecanismos inhumanos. Mutilará la vida todo aquel que, en sus páginas, no deje arder la pasión, que consumió a otros hombres, florecer la esperanza o llorar la decepción, todo aquel que no siga creyendo, como el viejo bolchevique Preobrazhensky, hace tiempo asesinado por los suyos, que poco importa que perezca el sembrador con tal de que algún día la cosecha madure.

P. B.

Grenoble, 27 de noviembre de 1972

I. Rusia antes de la revolución

Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, para el pequeño burgués francés, Rusia era el paraíso de los capitales ”los empréstitos rusos”, garantizados por el poder del autócrata, parecían inversiones tan seguras para los pequeños ahorradores como para los bancos de negocios. En la actualidad, sabemos hasta qué punto se incurría con ello en un grave error de apreciación, que sólo disimulaba parcialmente la posterior denuncia de la ”mala fe” de los bolcheviques que, ciertamente, resultaron unos malos pagadores. Por otra parte la historia conformista y la gran prensa se han complacido desde entonces en subrayar episódicamente los vicios y las debilidades de la monarquía zarista: la evocación de la sombra de Rasputin, el pope curandero, el borracho tarado, la ”bestia sensual y astuta”, sirve así para explicar el derrumbamiento del ”coloso de pies de barro” al que siempre suelen referirse los manuales de historia. Estos puntos de vista tan tradicionalistas como rutinarios reflejan, no obstante, a su manera, el verdadero estado en que se encontraba Rusia antes de la Revolución, así como los rasgos profundamente contradictorios que la caracterizaban: Era un país inmenso, poblado por campesinos primitivos – esos mújiks tan parecidos a los villanos de nuestra Edad Media – pero era también el campo de expansión de un capitalismo moderno y americanizado, que utilizaba un proletariado muy concentrado en las grandes fábricas. En el espacio ruso, las grandes fincas de la nobleza y las comunidades campesinas coexistían con los monopolios industriales y financieros, A este país de analfabetos pertenecía también una intelligentsia abierta a todas las corrientes del pensamiento y que ha dado al mundo algunos de sus más grandes escritores. A principios del siglo XX, Rusia era, por otra parte, el último reducto de la autocracia, convirtiéndose posteriormente en el primer campo de batalla victorioso de una revolución obrera.

Otro lugar común lo constituye la afirmación de que Rusia, intermediaria entre Europa y Asia en el mapa, lo es también por el carácter de todas sus estructuras. De hecho, su doble naturaleza europea y asiática se trasluce no sólo en la historia sino en la propia vida social rusa. La civilización rusa, nacida en las lindes del bosque de la zona templada, ha visto extenderse ante ella tiempos y espacios casi infinitos. Hasta, el siglo XX la clave de su historia parecía ser la lentitud de su evolución: se explica así lo atrasado de su economía, su primitiva estructura social y la mediocridad de su nivel cultural. En el siglo XIX es un mundo inmenso, tan rico en recursos como detenido en el tiempo, el que, durante la guerra de Crimea, se plantea por primera vez el parangón con la civilización occidental: el zar Alejandro II puede entonces, evaluar las debilidades de su imperio y comprender que la mera inercia es incapaz ya de depararle las gloriosas victorias con las que sueña. En este sentido, la evolución de Rusia durante el último siglo apenas difiere de la de los países atrasados, coloniales y semicoloniales o ”subdesarrollados”, como suele llamárseles en la actualidad. A principios de nuestro siglo, se enfrenta al mismo problema que preocupa en nuestros días a la mayoría de los estados africanos, asiáticos o sudamericanos; a saber, que la asimilación por sociedades más avanzadas provoca el desarrollo simultáneo de fenómenos cuya sucesión ha sido constatada anteriormente en diferentes circunstancias históricas y que, por una serie de combinaciones múltiples, suscita un ritmo de desarrollo e interrelaciones altamente originales. Esta es la ley que los marxistas – los únicos en haber dado una explicación científica a este proceso – llamaron del ”desarrollo combinado”, que Trotsky definió como ”la combinación de las diferentes etapas del camino, la confusión de distintas fases, la amalgama de las estructuras arcaicas con las más modernas”[1] y que, en definitiva, constituye la única explicación seria de la Revolución rusa. El antiguo régimen cedió así en pocos meses su lugar a un partido obrero y socialista; este último había sabido encabezar una revolución que, como lo afirma de nuevo Trotsky, asociaba ”la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa”.[2]

Una economía atrasada

Rusia, hacia el final del siglo XIX – su primer censo data de 1897 – cuenta con 129 millones de habitantes. En 1914, tiene más de 160. La tasa de natalidad es de 48 por mil: durante dicho periodo su población aumenta en más de dos millones por año.

Ahora bien, el 87 % de los rusos vive en el campo y el 81,5 %, está compuesto por agricultores. Cuando la población aumenta, las parcelas se hacen cada vez más pequeñas: en 1900 su superficie media es inferior en un 55% a la de 1861. El espacio cultivable es, pues, tan exiguo como en Europa. Por añadidura, dicho espacio se cultiva tan extensivamente como en América del Norte y con unos métodos mucho más rudimentarios. El campesino ruso utiliza unas técnicas agrícolas primitivas, en ninguna parte ha superado la rotación trienal de cultivos, privándose de esta forma de un espacio del que podría disponer; además, la presión demográfica le obliga gradualmente a practicar un cultivo continuo que, incluso a corto plazo, resulta completamente devastador. Su pobreza y la urgencia de las necesidades que le han inducido, por lo general, a renunciar a la ganadería, le privan al mismo tiempo del estiércol y de la fuerza de trabajo animal. Sus aperos, sobre todo el arado, son de madera. Los rendimientos agrícolas son bajísimos, equivalen a la cuarta parte de los rendimientos ingleses y a la mitad de los franceses; son sensiblemente comparables a los de la agricultura india. Entre 1861 y 1900, disminuyen una vez más entre un 60 y un 80 acrecentándose ininterrumpidamente el número de campesinos que no poseen caballerías. Durante el invierno de 1891-92, treinta millones de individuos se ven afectados por el hambre, sucumbiendo 100.000 personas en un área de 500.000 kilómetros cuadrados. Rusia tendría que haber importado entonces el trigo necesario para alimentar a una población cada vez mayor. Sin embargo, la voluntad de sus gobernantes pretende hacer de ella un país exportador. Los cereales, la mitad de cuya producción está constituida por el trigo, representan, junto con los productos alimenticios, el 50 % de sus exportaciones, y la mayor parte del resto, el 36 %, está constituido por materias primas. Las mismas razones que hacen de Rusia un país de economía agrícola atrasada, la someten a una fuerte dependencia del mercado mundial.

En el campo industrial, este fenómeno se presenta con idéntica nitidez. La tercera parte de las importaciones rusas está integrada por productos manufacturados que provienen de la industria occidental. La industria rusa, que nació en el siglo XVIII del empeño de ”occidentalización” de los zares, empezó en seguida a estancarse como consecuencia del origen servil de la mano de obra. La ”razón de estado” le dio un nuevo impulso en el siglo XIX. Las reformas sociales de Alejandro II le abrieron camino: liberada de la cadena de la servidumbre, la mano de obra campesina pudo, a partir de entonces, afluir a las empresas industriales, en las que el rendimiento del trabajo ”libre” es infinitamente superior al del trabajo ”servil”. A pesar de la debilidad del mercado interior, que no consigue compensar un fuerte proteccionismo, se beneficia de la aportación de técnicos y capitales extranjeros, que exige, durante la última mitad del siglo, la construcción de vías de comunicación. Después de 1910, se beneficia de los pedidos masivos de armamento y, hasta cierto punto, de la extensión del mercado interior que suscita el desarrollo de las ciudades y de la vida urbana. En 1912, la industria rusa produce cuatro millones de toneladas de fundición, nueve millones de toneladas de petróleo, veinte mil toneladas de cobre y las nueve décimas partes del total mundial de platino. De hecho, esta industria, deseada, alentada, e incluso, en algunos aspectos, creada por el estado zarista, escapa por completo a su control: son sociedades inglesas las que manejan la extracción del platino y capitales franceses y belgas los que dominan (con más del 50%) el conjunto de las inversiones efectuadas en la industria del Donetz; por otra parte, la electrotecnia se encuentra en manos de capitales alemanes En tales condiciones, el comercio exterior se halla forzosamente subordinado al mercado mundial, dependiendo en alto grado y directamente de los capitalistas e intermediarios extranjeros. Como lo afirma el profesor Porta ”el capitalismo internacional en conjunto convertía a Rusia, forzando un poco los términos, en una especie de colonia económica”.[3]

Una estructura social primitiva

La sociedad rusa anterior a la revolución está constituida fundamentalmente por los mujiks. Alejandro II los ha liberado de la servidumbre asignándoles parte de las tierras que cultivaban y que ahora deben comprar: la comunidad campesina, o mir, debe supervisar la periódica redistribución de ellas para que quede garantizada su igualdad. Sin embargo –, la presión demográfica disminuye su extensión. El impuesto que debe pagarse al zar y la anualidad necesaria para comprar la parcela pesan intensamente sobre la explotación agraria. En estas condiciones se encuentran aproximadamente cien millones de campesinos, que se reparten el 60 % de la superficie cultivable, perteneciendo el resto a la corona, a un pequeño sector de la burguesía urbana y, en su mayor parte, a la nobleza campesina. Tras haber defendido el mir como institución tradicional que garantiza el conservadurismo del mujik, el gobierno zarista decide ”fragmentarlo” con las reformas de Stolypin: tres millones y medio de campesinos eran propietarios en 1906, en 1913 son ya cinco millones y sus tierras ocupan un sexto de la superficie total. Como la población no ha dejado de aumentar, el hambre de tierra no ha disminuido. Dada la situación de la técnica, se necesitan de seis a doce hectáreas para la estricta manutención de una familia campesina. Sin embargo, el 15% de los campesinos carecen por completo de tierra, el 20% posee menos de doce hectáreas y solo el 35 % posee terreno suficiente para asegurar su subsistencia. Teniendo en cuenta el pago debido a los usureros y las malas cosechas, de un 40 a un 50 % de las familias campesinas tienen ingresos inferiores a lo que puede entenderse como ”mínimo vital”. Por añadidura, suelen endeudarse por años al verse obligadas a vender su cosecha a los recios más bajos, dada su falta de reservas y dependen continuamente de un mal año o de un acreedor exigente. La minoría de campesinos acomodados, o kulaks, no representa más del 12 % del total. Por último 140.000 familias nobles poseen la cuarta parte de las tierras. En los inicios del siglo XX, se observa una clara tendencia a la disminución de las propiedades nobiliarias, que, en la mayoría de los casos, redunda así siempre en beneficio del kulak, intermediario entre el propietario noble y los aparceros o braceros que contrata.

La inmensa mayoría, por lo menos un 80% de los campesinos son analfabetos, y la influencia de los sacerdotes rurales, de los popes mediocres, ignorantes y a veces deshonestos, se hace notar en la supervivencia del oscurantismo. Desde hace siglos, el mujik vive al borde mismo del hambre, sumido en una resignación supersticiosa: inclina su espalda humildemente y se siente infinitamente pequeño ante la omnipotencia de Dios y del Zar. No obstante, en ocasiones, el miedo y la humillación se transforman en cólera, de forma que la historia agraria rusa constituye una sucesión de alzamientos campesinos breves pero salvajes, todos ellos reprimidos ferozmente. A principios de siglo, la necesidad de tierra crece al mismo ritmo que el número de bocas que hay que alimentar. El mujik puede ignorar las propiedades de la aristocracia tanto menos cuanto que, a menudo, se ve obligado a trabajar en ellas: su lucha por la tierra será, por tanto, uno de los más poderosos motores de la revolución de 1917.

Las estadísticas que permiten evaluar el número de obreros son muy ambiguas, dado que una gran masa de hombres, tal vez de tres millones, oscila permanentemente entre el trabajo industrial y las labores campesinas. Se trata de una verdadera mano de obra flotante, que pasa años, o a veces solamente meses o semanas, trabajando en la ciudad, sin abandonar por ello el ámbito familiar y social campesino. Los obreros propiamente dichos son aproximadamente un millón y medio en 1900 y tres millones en 1912. Salvo, tal vez, en San Petersburgo, son muy escasos los que no son hijos de campesinos o no tienen ya parientes cercanos en el campo a los que deban ayudar o de los que recibir algún socorro cuando están parados. Por lo general se asemejan mucho a ellos por su nivel cultural y por su mentalidad; son analfabetos y supersticiosos y están sometidos a condiciones laborales sumamente duras. En la práctica, no se aplican las leyes que limitan la duración de la jornada de trabajo a once horas y media en 1897 y a diez horas en 1906. Los salarios son bajísimos, muy inferiores a los que se pagan en. Europa o en América. Suelen abonarse a menudo en especie, al menos en parte, proporcionando este sistema al patrón unos beneficios sustanciales y lo mismo ocurre con la generalización de las gravosas multas que castigan las faltas a la disciplina laboral y disminuyen los salarios como media en un 30 o 40 por 100. Sin embargo, tales proporciones varían mucho de una región a otra, e incluso de una ciudad a otra.

Los obreros forman, no obstante, una fuerza mucho más peligrosa que la infinitamente más numerosa masa campesina. Están muy unidos, ya que los salarios son uniformemente bajos y, escasean los privilegiados; se agrupan en grandes fábricas: en 1911, el 54 por 100 de los obreros rusos trabajan en fábricas que utilizan más de 500 asalariados, mientras que la cifra correspondiente en los Estados Unidos es de un 31 por 100; el 40 por 100 se encuentra en fábricas que utilizan de 50 a 500 asalariados; sólo un porcentaje inferior al 12 por 100 trabaja en fábricas de menos de 50 obreros. Por oposición al campesino, encerrado en un ámbito limitado, los obreros tienen movilidad, pasan de una fábrica, de una ciudad o de un oficio a otro y cuentan con un horizonte más amplio. Por su concentración, sus condiciones de trabajo y de vida, por lo moderno de las máquinas que utiliza y por su actividad social, la clase obrera constituye un proletariado moderno cuya espontaneidad le conduce más fácilmente a la revuelta y a la lucha violenta que a la negociación o al regateo, mucho más frustrado pero también mucho más combativo que el de los países de Europa Occidental, fuertemente vinculado al mundo rural y muy solidario aún, por carecer de una auténtica ”aristocracia obrera” de especialistas.

La oligarquía financiera está constituida, por unas cuantas familias que controlan la actividad industrial. La crisis de 1901-1903 ha acelerado el proceso de concentración, poniendo a la industria en manos de los monopolios. Por ejemplo, en la metalurgia, la sociedad comercial Prodamet, fundada en 1903 y que se ha convertido en un verdadero trust del acero,que controla las treinta empresas más importantes, el 70 por 100 del capital y más del 80 por 100 de la producción, utilizando el 33 por 100 de la mano de obra. En los últimos años de la preguerra, dicha sociedad está presidida por Putilov, que se halla igualmente al frente del consejo de administración del Banco Ruso-Asiático, dominado por capitales franceses (60 por 100); se trata de una personalidad fuertemente vinculada al grupo Schneider y que mantiene estrechas relaciones comerciales con los Krupp. En las empresas textiles, los capitalistas rusos cuentan por lo general con la mayoría; sin embargo, en la generalidad de los casos, las empresas industriales están controladas por los bancos y estos, a su vez, por los capitales extranjeros. Estos últimos constituyen el 42,6 por 100 de los dieciocho mayores bancos: el ”Credit Lyonnais”, el Banco alemán del comercio de la industria y la ”Societé Genérale” belga son los verdaderos directores del crédito y, por ende, de la industria rusa.[4]

No existe, por tanto, una verdadera burguesía rusa, sino – y es esta una característica común a todos los países atrasados – una oligarquía que integra, en idéntica dependencia del imperialismo extranjero, a la vez a capitalistas y propietarios; estos mismos, se encuentran a su vez, en la cúspide del aparato estatal. En 1906, veinte dignatarios del Consejo del Imperio poseen 176.000 hectáreas de tierras cultivables, es decir, una media de 8.000 por familia. Como afirma el profesor Portal, ”la alta administración se reclutaba, en conjunto, entre la aristocracia campesina”.[5] Asimismo, los trabajos de Liáschenko han mostrado la compenetración existente entre las más altas esferas de la burocracia y aristocracia, por una parte, y de las sociedades industriales y bancarias por otra: los grandes duques son accionistas de los ferrocarriles y los ministros y altos dignatarios pasan al servicio de los bancos cuando abandonan las tareas estatales si es que no se dedican a trabajar para ellos desde sus cargos oficiales. Los rasgos más característicos de la burguesía rusa son, por tanto, su pequeñez, su conexión con la aristocracia campesina y su debilidad económica respecto de la burguesía mundial de que depende. Entre la oligarquía y la masa de obreros y campesinos se intercala un verdadero mosaico de clases medias; pequeño-burgueses de las ciudades, kulaks campesinos, la intelligentsia de las profesiones liberales, de la enseñanza y, hasta cierto punto, de las capas inferiores de la burocracia. Estos sectores sociales, privilegiados respecto a la masa por sus posibilidades de acceso a la cultura, pero apartados de la decisión política por la autocracia, sienten la influencia de diversas corrientes y se hallan a merced de influjos contradictorios sin poder aspirar, por falta de base, a un papel independiente, ante el que, por añadidura, suelen retroceder, dadas sus contradicciones.

La autocracia

El Estado zarista es también producto del desarrollo combinado, y resultado de la lenta evolución rusa. Se ha mantenido, frente a una Europa en plena expansión económica, a base de monopolizar la mayor parte del patrimonio público, vigilando atentamente a las clases poseedoras, cuya formación la ha reglamentado y a las que gobierna mediante una especie de despotismo oriental. En el siglo XVII, doblega a la nobleza ofreciéndole en contrapartida a la clase campesina encadenada por la institución servil. El estado es el primero en fomentar la industria, iniciando la modernización con las reformas de 1861 y abriendo camino, con la abolición de la servidumbre, a las nuevas transformaciones económicas y sociales. Al disponer de una rígida jerarquía de funcionarios tan sumisos como arrogantes y tan serviles como corruptos así como de una moderna policía muy al tanto de los métodos de vigilancia, soborno y provocación parece ostentar una solidez a toda prueba y constituir una muralla inexpugnable contra toda subversión, e incluso contra toda liberalización. Sin embargo, hacia el final del siglo XIX se acentúa la contradicción entre las necesidades del desarrollo económico, la expansión industrial, la libre concurrencia y las exigencias que plantea el crecimiento del mercado interior, por una parte, y las formas políticas que obstaculizan cualquier control sobre el gobierno por arte de aquellos que podían considerarlo indispensable para su actividad económica. La autocracia zarista ejerce una verdadera tutela sobre la vida económica y social del país, justificando sus métodos de coerción con una ideología paternalista basada en la gracia de Dios. Por ejemplo, una circular de 1897 a propósito de la inspección laboral amenazaba con sanciones a aquellos directores de fábrica que satisficieran las reivindicaciones de los huelguistas. Convencido del carácter sagrado, no sólo de sus funciones, sino del conjunto de la estructura social, el zar Nicolás II cree realizar su misión divina al prohibir a sus súbditos todo tipo de iniciativa, sin esperar de ellos otra cosa que no sea la sumisión al orden establecido; frente al estallido revolucionario, se revelará impotente e indeciso. Tras establecer un brillante paralelismo entre 1917 y 1789, y entre Luis XVI y Nicolás II, Trotsky dice refiriéndose a este último: ”Sus infortunios provenían de una contradicción entre los viejos puntos de vista que había heredado de sus antepasados y las nuevas condiciones históricas en que se hallaba colocado”.[6]

Las fuerzas políticas

De hecho, el zar y sus partidarios, la Centuria Negra, que organizaba las matanzas de judíos, así como su policía y sus funcionarios, podían, en el peor de los casos, ganar tiempo con la represión, con el sistemático recurso a la diversión de las fuerzas hostiles, con la ”rusificación” de las poblaciones no rusas y con la utilización del chovinismo ruso. La necesidad de tierra de los campesinos los empujaba inexorablemente hacia las fincas de la nobleza, aunque ni siquiera éstas hubieran bastado para satisfacerla. La acción obrera chocaba en sus reivindicaciones, incluso en las más insignificantes, con el poder del zar autócrata, bastión de los capitalistas y guardián del orden. Una ”modernización” que hubiese colocado a la sociedad rusa en la misma línea del modelo occidental habría requerido largos decenios de diferenciación social en el medio rural así como la creación, de un amplio mercado interior, que, para su realización habría exigido cuando menos la desaparición de las propiedades nobiliarias y la supresión de las cargas que pesaban sobre los campesinos; tal modernización habría supuesto además un ritmo de industrialización que la propia debilidad del mercado interior hubiera hecho insostenible y que, por otra parte, no interesaba a los capitales extranjeros predominantes. A pesar del ejemplo prusiano, la modernización de la agricultura parecía imposible si no se acompañaba de la industrialización. El imperialismo y la búsqueda de salidas exteriores hubieran podido representar a la vez el papel de diversión y de válvula de seguridad que algunos le asignaban; sin embargo, en un mundo desigualmente, desarrollado, tales ambiciones chocaban con fuertes competencias exteriores –y así lo demostró la absurda guerra contra el Japón –, que, en definitiva, acrecentaban los peligros e conmoción en el interior.

Sólo así puede comprenderse la extrema debilidad de los liberales rusos. El movimiento liberal, nacido en el seno de los zemstvos o asambleas de distrito a las que acudían los personajes notables, no tenía ni podía tener sino un programa político de limitación del absolutismo monárquico y de adaptación a las nuevas condiciones económicas merced a la asociación a las responsabilidades políticas de sectores más amplios de propietarios. El partido constitucional-demócrata K. D., llamado ”cadete”, nacido oficialmente en 1905 y cuyo portavoz y teórico es el historiador Miliukov, cuenta con una evolución pacifica al estilo occidental como consecuencia de la liberalización del régimen. Permanece ajeno y en gran medida hostil a las reivindicaciones más concretas e inmediatas de las masas campesinas y de los obreros, a quienes sólo preocupa la lucha cotidiana contra una patronal respaldada por el estado. Seriamente amenazado por el ”Cuarto estamento”, este ”Estado Llano” renunciará a la lucha, a partir de las primeras concesiones de la autocracia en 1905, para no desempeñar el papel de aprendiz de brujo; quiera o no, se ve obligado a aliarse con la oligarquía para hacer frente a la amenaza común que supone la acción obrera y campesina. Los populistas o narodniki, esperaron pacientemente, intentando preparar el alzamiento campesino que parecían presagiar las luchas que se llevaban a cabo desde hacia siglos, así como la propia masa de los mujiks. Los populistas eran conscientes tanto de las particularidades nacionales como de las tradiciones y, deseosos de permanecer fieles al espíritu popular en su intento de crear un mundo más justo y mas fraternal, creyeron ver en el mir y en las prácticas comunales un signo de predestinación del pueblo ruso, el punto de partida y la base posible de un socialismo de tipo agrario. Sin embargo, la campaña con la que se dirigieron al pueblo les decepcionó hondamente: en su esfuerzo propagandístico tomaron conciencia del inmenso obstáculo que constituía la ignorancia y la apatía de las masas campesinas, así como su diseminación, que les hizo emprender el camino del terrorismo, forma de acción similar, por otra parte, a las que, espontáneamente, utiliza la masa rural empobrecida y esclavi zada. Su impotencia para movilizar a los millones de mujiks con su propaganda, unida a su impaciente deseo de destruir el yugo intolerable de la autocracia, les llevaron por último, a la exaltación de la acción individual, del valor del ejemplo y del gesto generoso y del sacrificio de los héroes.

Ellos son los que, a principios del siglo XX, inspiran la creación del partido socialista-revolucionario, continuador del populismo por su fe en el papel revolucionario deparado al campesinado en su conjunto y en el terrorismo político considerado como forma de acción. Los que pronto han de ser social-revolucionarios – conocidos familiarmente como S.R. – matizan sus tesis bajo el influjo del desarrollo económico, aceptando incluir al proletariado industrial entre las fuerzas revolucionarias, y admitiendo que la diferenciación que se opera en las filas del campesinado provoca el surgimiento de reflejos políticos divergentes. El ”socialismo constructivo” que, a principios de siglo, defiende Victor Chernov, personaje familiarizado con el socialismo occidental, prevé dos fases necesariamente sucesivas de la revolución. El programa de los S. R., al distinguir entre reivindicaciones mínimas y reivindicaciones máximas, facilitará por ello la aproximación de éstos al ”socialismo populista” de los sectores pequeño-burgueses. Sólo una segunda etapa revolucionaria podrá realizar el socialismo agrario con el mír como base. La tarea inmediata es la construcción de una república democrática. La inmensa mayoría de la intelligenisia y un importante sector de la pequeña burguesía integran los cuadros de este partido cuya base es campesina. No puede por tanto extrañarnos que, en sus filas, se encuentren codo con codo nacionalistas exaltados, demócratas avanzados, revolucionarios campesinos próximos a los libertarios y liberales en busca de apoyo popular.

Sin embargo, la misma evolución que contribuye a modernizar las tesis populistas, sirve al propio tiempo para fortalecer la oposición de sus adversarios en el seno del movimiento revolucionario. El marxismo se extiende por toda Rusia en la época del desarrollo de la gran industria y del crecimiento del proletariado. Su más importante exponente será Jorge Pléjanov, antiguo populista que, en 1881 y con el nombre de ”La emancipación del trabajo”, funda el primer grupo marxista ruso. El mismo traduce y difunde en lengua rusa las principales obras de Marx y Engels y, sobre todo, inicia la lucha ideológica contra los populistas, sentando así las bases de la victoria posterior de los social-demócratas sobre los S. R.. Al refutar la convicción populista de que la economía y la sociedad rusas se benefician de un desarrollo tan original como privilegiado que les daría acceso al socialismo sin necesidad de pasar por una fase de capitalismo industrial, Pléjanov se empeña en demostrar que, por el contrario, el desarrollo capitalista es una etapa insoslayable, que, gracias a la generación del proletariado, permitirá en un último estadio derrocar al sistema y asegurar la victoria del socialismo por el desarrollo de las fuerzas productivas. La idea fundamental de los social-demócratas será que el proletariado, por su concentración, sus condiciones de trabajo que favorecen la conciencia de clase y la organización, habrá de desempeñar, a pesar de su poca importancia numérica, el papel de vanguardia que se niegan a atribuir a la informe masa campesina atomizada por el incipiente desarrollo capitalista. Pléjanov, en su polémica, ataca con especial vehemencia la concepción de los populistas sobre la función de los individuos en la historia: afirma que sólo pueden desempeñar un papel decisivo cuando su acción se ejerce en el mismo sentido del desarrollo objetivo de las fuerzas económicas y sociales, condenando por ende cualquier práctica terrorista que se apoye en la idea de despertar a una masa campesina históricamente condenada a no ser sino una retaguardia revolucionaria.

De esta forma y frente al populismo, se define en gran medida el pensamiento marxista ruso. En muchos aspectos podía parecer, a los ojos de un observador de su época, más moderado éste que aquél: acepta la inminencia de un desarrollo capitalista al que algunos de sus componentes, los ”marxistas legales”, llegarán a apoyar en la práctica, a pesar de las resistencias obreras que suscita; así mismo condena el terrorismo individual que parecía ser la más extremista de las formas de acción revolucionarias. Sus perspectivas fundamentalmente parecen abarcar un plazo mucho más largo. Los S. R. partiendo del estado presente del país y de una determinada concepción de su pasado, preconizan la acción directa, revolucionaria e inmediata. Por su parte, los social-demócratas plantean sus principios de acción en virtud de un análisis histórico: la revolución que preparan se sitúa en un futuro más alejado, más allá de una etapa burguesa y capitalista de paso obligado para la sociedad rusa. En definitiva, estos últimos parecen constituir por muchos aspectos una amenaza menos inmediata para el régimen.

En realidad, por encima del radicalismo de sus consignas y de sus formas de lucha, los S. R. no tienen más objetivo que el de una democracia política que a todas luces carece de bases objetivas. Los social-demócratas, por una parte, preconizan y preparan una revolución social, es decir que, a corto plazo, apelan a la organización y a la acción obreras, a la movilización por la tierra de los campesinos pobres: al comportarse de esta forma, desde un principio, ponen en cuestión el equilibrio de la sociedad del mañana, contribuyendo a aumentar as contradicciones reales. Por otra parte, sus perspectivas no son estrictamente rusas, sino internacionales, lo cual aumenta su influencia en un imperio que oprime a numerosas nacionalidades diferentes: sus planteamientos no se basan en la supuesta predestinación de un ”pueblo”, sino en el lugar ocupado en el proceso productivo por una clase que, en todos los países occidentales, crece con la revolución industrial. La Historia mostrará en seguida que su aparente moderación no hace sino disimular unos objetivos revolucionarios infinitamente más radicales: en la situación actual, por encima de las apariencias y de las tradiciones, distinguen perfectamente lo que ha quedado desfasado de lo que está naciendo. En el seno de las contradicciones del presente, los marxistas analizan el sistema de fuerzas que se está creando con el fin de preparar el porvenir.

Sin embargo, a principios de siglo, el movimiento social-demócrata ruso es el único que no ha conseguido fundar un auténtico partido obrero. Tras las brillantes polémicas que encabezó Pléjanov, sus discípulos y sus compañeros se plantean el problema práctico de la siguiente forma: por la importancia misma de los obstáculos que la autocracia opone a cualquier organización incluso a niveles mínimos, los social-demócratas de Rusia, más aún que sus correligionarios de Occidente, van a dedicar, como marxistas consecuentes, toda su atención a crear el instrumento que les servirá para transformar un mundo al que, siguiendo a Marx, no se trata ya de interpretar. El joven Uliánov – Lenin – es el que mejor define esta búsqueda cuando, tras de una corta experiencia de organización, escribe en la emigración su folleto sobre Las tareas de los social-demócratas. ”No perdamos un tiempo valiosisímo, afirma en su conclusión. Los social-demócratas rusos deben aportar un esfuerzo inmenso para satisfacer las necesidades del proletariado que está despertando, para organizar el movimiento obrero, fortalecer los grupos revolucionarios, su vinculación recíproca, suministrar a los obreros literatura de propaganda y de agitación, unir a los círculos obreros y a los grupos social-demócratas dispersos por todos los rincones de Rusia en un solo partido obrero social-demócrata”.[7] En la búsqueda de su instrumento histórico, en la construcción de su partido será donde, por primera vez, pondrán a prueba los marxistas rusos tanto sus fuerzas como sus métodos.

II. El bolchevismo antes de la revolución

Las referencias que, con anterioridad a la revolución de 1917, se hacen al ”Partido Bolchevique” suelen ser, por su oscuridad, responsables de que se incurra en la confusión de las tres organizaciones distintas a las que la historia ha unido íntimamente: el partido obrero social-demócrata ruso cuya dirección se disputan varias fracciones entre 1903 y 1911 ; la fracción bolchevique de este partido y el partido obrero social-demócrata ruso (bolchevique), que se fundó en 1912. En realidad, el bolchevismo no fue originariamente sino una determinada concepción, formulada por Lenin, acerca de la forma de constituir en Rusia el partido obrero social-demócrata (podríamos decir revolucionario) que, para todos los socialistas de aquella época constituía el instrumento necesario para el derrocamiento del capitalismo por la clase obrera y para la instauración de un orden socialista.

Los comienzos del partido social-demócrata ruso

El movimiento obrero ruso, que surgía de un tardío desarrollo del capitalismo, no presenció la coronación de los esfuerzos tendentes a la creación de un partido obrero sino muchos años después que el de Europa occidental, si bien es cierto que sus circunstancias eran completamente diferentes.

Las ciudades proletarias son islas en medio del océano campesino. La represión hace punto menos que imposible que cualquier organización supere el restringido ámbito local. Los pequeños círculos socialistas que surgen durante los últimos años del siglo XIX en los centros obreros, son aplastados en cuanto intentan ir más allá de las meras discusiones académicas. La liga de Moscú, en 1896, y la de Kiev, en 1897, consideran diversas medidas para reunir a las organizaciones dispersas en un partido organizado a escala nacional, pero fracasan en su intento. Los primeros que consiguen constituir una organización extendida a todo el país son los trabajadores judíos, más cultos en general, más coherentes también, dada su situación minoritaria, y que suelen estar empleados en empresas de pequeñas dimensiones; su organización es el Bund, que cuenta con varios millares de miembros. En 1898 se reúnen en Minsk nueve de sus delegados, entre los que se cuentan un obrero de las organizaciones social-demócratas del Imperio, y los representantes de las ligas de Moscú, San Petersburgo, Kiev y Ekaterinoslav. Esta asamblea se autodenomina ”primer congreso del partido obrero social-demócrata ruso”, redacta sus estatutos y un manifiesto, y elige un comité central de tres miembros. Pero el hecho de que el partido haya sido fundado no indica que haya cobrado existencia real: tanto el comité central como los congresistas son detenidos casi inmediatamente. La apelación de ”partido” subsiste como etiqueta común a un conjunto de círculos y organizaciones de límites más o menos claros que prácticamente permanecen independientes unos de otros.

Un grupo de intelectuales emigrados renuncia entonces a construir el partido obrero desde abajo, a partir de los círculos locales, intentando constituirle desde arriba, a partir de un centro situado en el extranjero, es decir, a salvo de la policía, y publicando para toda Rusia un periódico político que, mediante una red clandestina, habría de constituir el centro, y el instrumento de la unificación en un partido de las distintas organizaciones.

La ”Iskra” y ”¿Qué hacer?”

Los primeros marxistas rusos del ”Grupo para la liberación del trabajo”, fundado en el exilio en 1883, Jorge Pléjanov, Vera Zasúlich y Pavel Axelrod, constituyen el núcleo de tal empresa junto con los pertenecientes a la segunda generación marxista, que componen el grupo ”Liga de Emancipación de la Clase Obrera”, y son más jóvenes que aquellos; estos últimos, Vladimir Illich Ulianov, al que pronto se llamará Lenin, y Yuri Mártov, salieron de Siberia en 1998. El 24 de diciembre de 1901 aparece en Stuttgart el primer ejemplar de su periódico Iskra (La Chispa), cuyo ambicioso lema rezaba: “de la chispa surgirá la llama”, anunciando así sus intenciones. El objetivo que se plantea es ”contribuir al desarrollo y organización de la clase obrera”. Ofrece a las organizaciones clandestinas de Rusia un programa y un plan de acción, consignas políticas y directrices prácticas para la constitución de una organización clandestina, que, en un principio y bajo el control de la compañera de Lenin, Nadezhda Krupskaya, habrá de limitarse a la difusión del periódico. Los obreros rusos parecen estar despertando entonces a la lucha reivindicativa: las huelgas y los diferentes movimientos se multiplican, y los emisarios de Iskra – que originariamente no son más de diez, y en 1903 no pasan de treinta – recorren el país, toman contacto con los grupos locales, recogen información, suministran publicaciones y seleccionan, además, a aquellos militantes de envergadura que han de pasar a la clandestinidad. Los iskristas, ”miembros de una orden errante que se elevaba por encima de las organizaciones locales, a las que consideraban como su campo de acción”,[8] intentan constituir un aparato central, un estado mayor de las luchas obreras a escala nacional, rompiendo con los particularismos locales y con el aislamiento tradicional y formando cuadros que sirvan a un enfoque global de la lucha.

Tal actividad va a justificarse, en el plano teórico, con la primera obra de Lenin sobre el problema del partido, titulada ”¿Qué Hacer?”, y publicada en Stuttgart en 1902. Toda la pasión del joven polemista se dirige contra aquellos socialistas, a los que llama ”economistas”, que invocando ”un marxismo adaptado a las particularidades rusas”, niegan la necesidad de construir un partido obrero social-demócrata en un país en que el capitalismo no se ha asentado aún. Lenin refuta la tesis ”economista” de que ”para el marxista ruso no hay más que una solución: sostener la lucha económica del proletariado y participar en la actividad de la oposición liberal”, afirmando que la mera acción espontánea de los obreros, limitada únicamente a las reivindicaciones económicas, no puede llevarles automáticamente a la conciencia socialista, y que las teorías ”economistas” sólo sirven para poner el naciente movimiento obrero a expensas de la burguesía. Según él, es preciso – y esa es precisamente la tarea que se plantea Iskra – introducir en la clase obrera las ideas socialistas mediante la construcción de un partido obrero que habrá de convertirse en el campeón de sus intereses, y en su educador al tiempo que en su dirección. Dadas las condiciones en que se halla la Rusia de los albores del siglo XX, el partido obrero debe estar integrado por revolucionarios profesionales: cara a la policía del Estado zarista, el arma principal del proletariado ha de ser la organización rigurosamente centralizada, sólida, disciplinada, y lo más secreta posible, de una serie de militantes clandestinos; el partido se concibe así como ”la punta de lanza de la revolución”, como el estado mayor y la vanguardia de la clase obrera.

Nacimiento de la fracción bolchevique

El segundo congreso del partido se celebra durante los meses de julio y agosto de 1903, primero en Bruselas y después en Londres. Entre cerca de cincuenta delegados, sólo hay cuatro obreros. Los iskristas cuentan con la mayoría y el partido adopta sin mayores dificultades un programa que ha sido redactado por Pléjanov y Lenin, en el que, por primera vez en la historia de los partidos social-demócratas, figura la consigna de ”dictadura del proletariado”, que se define como ”la conquista del poder político por el proletariado, condición indispensable de la revolución social”.

Sin embargo, los miembros del equipo de Iskra se dividen en la cuestión del voto de los estatutos, donde se enfrentan dos textos. Lenin, en nombre de los ”duros”, propone otorgar la condición de miembro del partido sólo a aquellos ”que participen personalmente en una de las organizaciones”, mientras que Mártov, portavoz de los ”blandos”, se inclina por una fórmula que la confiera a todos aquellos que ”colaboran regular y personalmente bajo la dirección de alguna de las organizaciones”. Comienza así a esbozarse una profunda divergencia entre los mantenedores de un partido ampliamente abierto y vinculado con la intelligentsia, que apoyan a Mártov, y los partidarios de Lenin, defensores de un partido restringido, vanguardia disciplinada integrada por revolucionarios profesionales. El texto de Lenin obtiene 22 votos mientras que el de Mártov, apoyado por los delegados del Bund y por los dos ”economistas” que asisten al congreso, consigue 28 y es aprobado.

Sin embargo, tanto los ”duros” como los ”blandos” de Mártov coinciden en negarle al Bund la autonomía que exige dentro del partido ruso y en condenar las tesis de los ”economistas”. Los delegados del Bund y los ”economistas” abandonan entonces el congreso: los ”duros” que, de repente, han conseguido la mayoría, tienen las manos libres para nombrar un comité de redacción y un comité central, compuestos ambos en su mayoría por partidarios de Lenin. Estos últimos serán llamados en adelante los bolcheviques o mayoritarios, y los ”blandos” se convertirán en los mencheviques o minoritarios.

Tal es el inicio de la gran querella. De este enfrentamiento, al que todos parecen estar de acuerdo en no dar ninguna importancia, va a surgir la primera escisión del partido. Lenin, que controla los organismos dirigentes, apela a la disciplina y a la ley de la mayoría. Los mencheviques que consideran tal mayoría puramente accidental, le acusan de querer infligir al partido lo que ellos llaman un ”estado de sitio”. Mártov ha reagrupado tras de él a la mayoría de los social-demócratas de la emigración y su consigna es el restablecimiento del antiguo comité de redacción de Iskra, en el que Lenin se encontraba en minoría. Pléjanov, que en el congreso había expresado su conformidad con los puntos de vista de Lenin, se inclina por la conciliación con los mencheviques, terminando por aceptar la designación directa de algunos de ellos para entrar a formar parte del comité de redacción, pudiendo así recobrar el control del periódico. El comité central que, en el congreso, había quedado constituido por una mayoría de bolcheviques, parece ser igualmente partidario de la conciliación.

Pero este intento fracasa. Después del congreso, Lenin, fue afectado intensamente por la crisis y por una oposición que no esperaba. La sorpresa y la decepción revistieron tales caracteres que sufrió una depresión nerviosa. En unas pocas semanas, se encuentra prácticamente aislado y excluido del equipo de Iskra sin haberlo previsto ni deseado. Sin embargo, se rehace rápidamente, sobre todo a partir del momento en que sus antiguos compañeros parecen abandonar sus posturas comunes, emprendiendo el contra–ataque. Gracias a Krúpskaya, ha seguido controlando la organización clandestina en Rusia, se lanza entonces a la reconquista de los comités y, en agosto de 1904, consigue organizar una auténtica dirección de los grupos bolcheviques, el primer esbozo de lo que será la fracción bolchevique, el ”buró de los comités de la mayoría”, que, desde enero de 1905, publica su propio órgano Vpériod (¡Adelante!). Tales éxitos le permiten conseguir que el indeciso comité central convoque un congreso del partido que habrá de celebrarse en Londres a comienzos de 1905.

Primera escisión de hecho

La garantía del comité central permitirá que tal asamblea se denomine ”tercer congreso del partido”, aun a pesar de estar exclusivamente compuesta por bolcheviques. La mayoría de los 38 delegados asistentes son militantes profesionales enviados por los comités rusos y que, ante la inminencia de un estallido de acontecimientos revolucionarios en Rusia, apoyan las posturas de Lenin en su polémica contra los mencheviques, así como su concepción del partido centralizado, que sus antiguos aliados de Iskra acaban de abandonar, y de su organización. Sin embargo, la fracción bolchevique dista mucho, en aquella fecha, de constituir un bloque monolítico: Lenin ya ha tenido que luchar para convencer al ingeniero Krasin, la más destacada figura del comité central. En pleno congreso surge un conflicto que le enfrenta a un grupo de militantes de Rusia a los que en adelante llamará los komitetchiki (”comiteros”). Lenin es derrotado en dos ocasiones, primero, al negarse el comité a incluir en los estatutos la obligación de que los comités del partido comprendan una mayoría de obreros y, posteriormente, al exigir que el control político del periódico lo ejerza el comité central clandestino que reside en Rusia. El joven Alexis Ríkov, portavoz de los komitetchiki, es elegido miembro del comité central, del que entran también a formar parte Lenin y sus dos lugartenientes Krasin y el médico Bogdanov.

La escisión parece consolidarse: el congreso descarga toda la responsabilidad sobre los mencheviques de la emigración, quienes, en su opinión, se han negado a someterse a la disciplina de los organismos elegidos en el II Congreso y hace un llamamiento a los mencheviques de las organizaciones clandestinas para que acepten la disciplina de la mayoría. De hecho, existe una resolución secreta que encarga al comité central la tarea de conseguir la reunificación. Al mismo tiempo, los mencheviques han reunido en una asamblea a los delegados de los grupos en el exilio; sin embargo, aunque se niegan a reconocer el congreso de Londres, éstos toman el titulo de conferencia. A pesar de las apariencias, la puerta parece seguir abierta.

Como era de esperar, la polémica ha cundido en las filas de la Internacional: algunos social-demócratas alemanes, sobre todo los del ala izquierda capitaneada por Rosa Luxemburgo, atacan violentamente la concepción centralista de Lenin, denunciando el ”absolutismo ruso” y el ”peligro burocrático que supone el ultra-centralismo”.[9] No obstante, Lenin se ha apuntado en la propia Rusia, unos tantos valiosísimos. Indudablemente, la forma de organización clandestina y centralizada es la más eficaz; permite la protección de los militantes, al poderlos desplazar cuando están en peligro, así como la creación de nuevos centros mediante el envío de emisarios; por otra parte, ofrece a los obreros amplias garantías de seriedad por lo estricto de las condiciones de encuadramiento en sus filas. Pero el factor más importante radica en que la organización revolucionaria aprovecha de esta forma todo el auge del movimiento obrero: a ella acuden los jóvenes que despiertan a la inquietud política y a quienes no asustan las perspectivas de, represión ni el trabajo y la educación revolucionarios, etapas necesarias de una lucha que la clase en su totalidad considera con creciente confianza.

En 1905, hay unos 8.000, insertos en la mayoría de los centros industriales, que militan en organizaciones clandestinas. Lenin espera de la revolución que se está gestando que confirme sus tesis, aportando a su movimiento la pujante fuerza de las nuevas generaciones y de la iniciativa de las masas obreras en acción.

La revolución de 1905 y la reunificación

Efectivamente, la revolución estalla en 1905 y precipita la acción política abierta a centenares de miles de obreros. La manifestación pacifica, cuajada de iconos y estandartes, d e los obreros de San Petersburgo, es acogida el 5 de enero con descargas de fusilería: resultan centenares de muertos y millares de heridos. Sin embargo, el ”domingo rojo” se convierte en una fecha decisiva: en lo sucesivo, el proletariado se revela ante todos, incluso ante sí mismo, como una fuerza con la que habrá que contar. Durante los meses siguientes, primero la agitación económica y, más adelante, la política, van a arrastrar a centenares de miles de obreros que, hasta aquel momento, estaban resignados o se mantenían en completa pasividad, a todo tipo de huelgas. Tras los motines del ejército y la marina – entre los que destaca la célebre odisea del Potemkin, la agitación culmina, en el mes de octubre, con una huelga general. Ante tal amenaza, el zar intenta romper el frente único de las fuerzas sociales que se enfrentan a él; publica entonces un Manifiesto que satisface las reivindicaciones políticas esenciales de la burguesía, que pasa inmediatamente a su bando y abandona a sus inquietantes aliados del momento. Los obreros de Moscú luchan solos desde el 7 al 17 de diciembre, pero nada pueden contra un ejército del que ya se ha eliminado todo brote revolucionario; el campesino que viste uniforme realiza sin desmayo la misión represiva que le asigna la autocracia. El movimiento revolucionario va a ser liquidado sector tras sector, siendo objeto las organizaciones obreras de una severa represión. Sin embargo, la derrota rebosa de enseñanzas, ya que el desarrollo de los acontecimientos ha servido para revitalizar todos aquellos problemas que los socialistas deben resolver y, en lugar destacado, el del partido.

En realidad, los bolcheviques se han adaptado con bastante lentitud a las nuevas condiciones revolucionarias: los conspiradores no saben de un día para otro convertirse en oradores y en guías de la multitud. Por encima de todo les sorprende la aparición de los primeros consejos obreros o soviets, elegidos primero en las fábricas y más adelante en los barrios, que se extienden durante el verano a todas las grandes ciudades dirigiendo desde allí el movimiento revolucionario en conjunto. Comprenden demasiado tarde el papel que pueden desempeñar en ellos y el interés que poseen a la hora de aumentar su influencia y luchar desde ellos para conseguir la dirección de masas. Por su parte, los mencheviques se dejan arrastrar más fácilmente por una corriente con la que se funden. El único social-demócrata destacado que desempeña un papel en la primera revolución soviética es el joven Bronstein, llamado Trotsky, que anteriormente fue designado, gracias a la insistencia de Lenin, para formar parte del comité de redacción de Iskra, pero que, en el II Congreso, se puso de parte de los mencheviques, criticando duramente las concepciones ”jacobinas” de Lenin acerca de lo que él llama ”la dictadura sobre el proletariado”.[10] En desacuerdo con los mencheviques emigrados y gracias a su influencia sobre el grupo menchevique de San Petersburgo y a sus excepcionales aptitudes personales, se convierte en vice–presidente y más adelante en presidente del soviet de la ciudad con el nombre de Yanovsky: su comportamiento durante la revolución y su actitud ante los jueces que lo condenan le confieren un incalculable prestigio. A su lado, los bolcheviques de San Petersburgo, dirigidos por Krasin, quedan eclipsados.

Durante este período, la organización bolchevique inicia una rápida transformación; el aparato clandestino permanece, pero la propaganda se intensifica y las adhesiones van siendo cada vez más numerosas. La estructura se modifica; se inicia la elección de responsables. Por otra parte, los nuevos miembros no comprenden la importancia de los desacuerdos anteriores. Numerosos comités bolcheviques y mencheviques se unifican sin esperar la decisión del centro que todo el mundo exige. Hacia finales de diciembre de 1905, se celebra una conferencia bolchevique en Finlandia. Los delegados – entre los que se encuentra el futuro Stalin con el nombre de Ivanovitch – deciden, en oposición a Lenin, boicotear las elecciones que ha prometido el gobierno zarista. Las huelgas y los levantamientos están a la orden del día y, siguiendo esa línea, los delegados adoptan en principio una reunificación cuyas bases habrán de ser discutidas días más tarde por Lenin y Mártov. Mártov acepta incluir en los estatutos la fórmula propuesta por Lenin en el II Congreso y que constituyó el origen de la escisión. Las organizaciones locales de ambas fracciones eligen a sus delegados en el congreso de unificación, sobre la base de dos plataformas y con representación proporcional al número de votos obtenidos por cada una de ellas.

La fracción bolchevique en el partido unificado

Cuando se reúne en Estocolmo el congreso de unificación durante el mes de abril de 1906, se ha iniciado ya el reflujo en toda Rusia. Los dirigentes del soviet de San Petersburgo están en la cárcel y acaba de reprimirse la insurrección de los obreros de Moscú. Surgen nuevas divergencias acerca del análisis del pasado y de las tareas presentes. Los bolcheviques quieren boicotear las elecciones a la III Duma. Muchos mencheviques están de acuerdo con Pléjanov, que opina que ”no había que tomar las armas”, y desean orientar el partido hacia una acción parlamentaria. Sin embargo, ni unos ni otros piensan volver atrás y perpetuar la escisión. Según el testimonio de Krúpskaya, Lenin opina, por aquellas fechas, que los mencheviques van a admitir en seguida sus errores; según ella, daba por descontado que ”un nuevo impulso de la revolución terminaría por arrastrarles, reconciliándoles con la política bolchevique”.[11] Por fin la reunificación se decide formalmente: 62 delegados mencheviques que representan a 34.000 militantes y 46 bolcheviques en representación de otros 14.000, deciden reconstruir el partido en cuyo seno admiten al Bund y a los partidos social-demócratas letón y polaco. El comité central elegido comprende dos polacos, un letón, siete mencheviques y tres bolcheviques: Krasin, Rikov y Desnitsky. Veintiséis ”delegados de la antigua fracción bolchevique”, entre los que se cuenta Lenin, declaran que, a pesar de sus divergencias con la mayoría del congreso, se oponen a cualquier escisión y que continuarán defendiendo sus puntos de vista con el fin de imponerlos dentro del partido. Posteriormente, la fracción bolchevique será dirigida por un ”centro” clandestino respecto al partido. Poseerá además un medio de expresión propio, Proletari (El Proletario), órgano del comité de San Petersburgo, dirigido por un militante de veinticinco años, Radomylsky, llamado Zinóviev.

Durante los meses siguientes la fracción hace rápidos progresos en el seno del partido. La repulsa de ciertos mencheviques a la insurrección de 1905, la decadencia de los soviets, que permite a numerosos cuadros obreros dedicarse a un trabajo de partido y, por último, la tenacidad de los bolcheviques y la cohesión de la organización de su fracción, consiguen invertir la relación de fuerzas. El congreso de Londres, que se reúne en mayo de 1907, es elegido por 77.000 militantes del partido ruso; además de 44 delegados del Bund, comprende 26 letones, 45 polacos y 175 delegados rusos que se dividen a su vez en 90 bolcheviques y 85 mencheviques. Con el apoyo de los social-demócratas letones y polacos, los bolcheviques se aseguran el control de la mayoría frente a la coalición de mencheviques y bundistas. Entre los bolcheviques elegidos como miembros del comité central figuran: Lenin, Noguín, Krasin, Bogdanov, Rikov y Zinóviev. El congreso introduce en sus estatutos el principio del ”centralismo democrático”: las decisiones tomadas tras amplia discusión, habrán de aplicarse estrictamente, debiendo la minoría someterse a las decisiones de la mayoría. Se decide igualmente, como garantía de la libertad de las decisiones y del control democrático del centro, la celebración de un congreso anual y de conferencias trimestrales a las que habrán de acudir los delegados específicamente designados en cada ocasión. A pesar de su victoria, Lenin, que presiente la inminencia de ”tiempos difíciles”, en los que se necesitará ”la fuerza de voluntad, la resistencia y la firmeza de un partido revolucionarlo templado que puede enfrentarse a la duda, a la debilidad, a la indiferencia y al deseo de abandonar la lucha”.[12] mantiene la fracción y la refuerza; después del congreso, los delegados bolcheviques eligen un centro de 15 miembros; este último tiene como objeto la dirección de la fracción que, por otra parte, no constituye para Lenin el embrión de un nuevo partido sino ”un bloque cuya finalidad es la de forzar la aplicación de una táctica determinada dentro del partido obrero”.[13]

La reacción

El curso de los acontecimientos va a justificar enseguida el pesimismo de Lenin. El movimiento obrero se debilita; en 1905 habla más de 2.750.000 huelguistas, en 1906, 1.750.000, en 1907, sólo quedan 750.0000, en 1908, 174.000, en 1909, 64.000 y en 1910, 50.000. En pleno 1907, el gobierno de Stolypin toma la decisión de acabar con el movimiento socialista. La coyuntura es favorable: las repercusiones de la crisis mundial en Rusia, el paro y la miseria permiten al zarismo utilizar el retroceso para intentar liquidar los elementos de organización. La represión se pone en marcha, las detenciones desmantelan los diferentes comités. La moral de los obreros se viene abajo, muchos militantes abandonan su actividad. En Moscú, en 1907, son varios millares, hacía el final de 1908 sólo quedan 500 y 150 al final de 1909: en 1910 la organización ya no existe. En el conjunto del país los efectivos pasan de casi 100.000 a menos de 10.000. Por otra parte, se intensifican los desacuerdos entre las fracciones que, a su vez, se encuentran en plena desintegración. Sólo el grado que alcanza la descomposición del partido puede impedir el surgimiento de nuevas escisiones de hecho: el ferviente deseo de reunificación a cualquier precio surge de la impotencia general y parece prevalecer por encima de la decrepitud de todas las fracciones.

Entre los mencheviques empieza a desarrollarse una tendencia que Lenin denominará ”liquidadora”: la acción clandestina parece carecer de perspectivas, es preciso limitarla o incluso abandonarla, buscar, antes que nada, la alianza con la burguesía liberal, ganar posiciones parlamentarias con ella, reducir las pérdidas al mínimo. Según el punto de vista de los liquidadores, la acción revolucionaria del 1905 no ha sido nada realista. Axelrod escribe: ”El impulso de la historia lleva a los obreros y a los revolucionarios hacia el revolucionarismo burgués con mucha más fuerza”.[14] Martínov opina que el partido ”debe impulsar a la democracia burguesa”.[15] Potrésov afirma que el partido no existe y que todo está por hacer. Mártov, por su parte, considera la idea de un ”partido secta” como una ”utopía reaccionaria”. De hecho, los mencheviques, en esta nueva situación, se replantean la propia finalidad de su acción, partido obrero o no, acción clandestina o no.

A pesar de la desilusión de muchos de ellos y de las no menos numerosas deserciones, los bolcheviques vuelven a emprender las tareas que habían iniciado clandestinamente antes de 1905. Sin embargo tampoco ellos se ven libres de divergencias internas. La mayoría querría volver a boicotear las elecciones, esta vez porque la ley electoral de Stolypin hace imposible que la clase obrera esté representada equitativamente. Sobre esta cuestión, Lenin opina que tal consigna, lanzada en un momento de apatía e indiferencia obreras, corre el riesgo de aislar a los revolucionarios que, en lugar de ello, deberían aferrarse a todas las ocasiones que se les ofreciesen de desarrollar públicamente su programa. Tanto las elecciones corno la III Duma, deben ser utilizadas como tribuna de los socialistas que, a pesar de no hacerse ninguna ilusión sobre su verdadera naturaleza, no pueden despreciar esta forma de publicidad. A pesar del aislamiento en que se encuentra dentro de su propia fracción, Lenin no vacila en votar solo, junto con los mencheviques, contra el boicot de las elecciones en la conferencia de Kotka del mes de julio de 1907. Sin embargo, los partidarios del boicot vuelven a tomar la iniciativa después de las elecciones, pidiendo la dimisión de los socialistas que han resultado elegidos. Estos partidarios de la ”retirada”, conocidos por el nombre de ”otzovistas”, encabezados por Krasin y Bogdanov, ven aumentar sus efectivos por el apoyo del grupo de los ”ultimatistas” del comité de San Petersburgo, que se manifiestan contra toda participación en las actividades legales, incluso en los sindicatos, intensamente vigilados por la policía. Por último, Lenin se une a la mayoría de los bolcheviques, sin poder impedir la separación de los miembros de la oposición que, a su vez, se constituyen en fracción y publican su propio periódico, Vpériod, segundo de este nombre.

De hecho, el partido entero parece descomponerse entre violentos espasmos. Cunde la polémica en torno a la actividad de los boiéviki, grupos armados que se dedican al terrorismo y asaltan bancos y cajas de fondos públicos, con el fin de conseguir, mediante tales ”expropiaciones” los fondos que el partido necesita para financiar su actividad. Bolcheviques y mencheviques se disputan violentamente el dinero de los simpatizantes que sostienen al partido, se pelean a propósito de una herencia exigiendo ambos bandos el arbitraje de los dirigentes alemanes en cada ocasión. Hacia el final de 1908. Pléjanov repudia la línea de los liquidadores, rompe con la mayor parte de los mencheviques y funda su propia fracción conocida como de los ”mencheviques del partido”, que funciona en frente único con los bolcheviques. El anhelo de unidad aumenta con estas escisiones sucesivas. Los mencheviques proponen que se celebre una conferencia que agrupe a los delegados de todas las organizaciones legales o ilegales y a los de todas las fracciones, lo que tal vez serviría para reconstruir la unidad rota. Lenin ve en tal actitud una operación inspirada por los ”liquidadores”, pero otros bolcheviques a los que se conoce como ”conciliadores”, Dubrovinsky, Rikov, Sokólnikov y Noguín, se unen a esta política de unidad. Trotsky, que había sido condenado a la deportación, se ha evadido. A partir de 1908, empieza a publicar en Viena la Pravda (Verdad), organizando al mismo tiempo su difusión en toda Rusia; su propósito es convertirla en una nueva Iskra. Desde sus páginas, mantiene la tesis de que hay que construir un partido abierto a todos los socialistas, que comprenda desde los liquidadores hasta los bolcheviques. Afirma igualmente su independencia respecto a todas las fracciones, sin embargo, de hecho pronto se encuentra unido a los conciliadores que, con el nombre de ”bolcheviques del partido” integran la mayoría de la fracción bolchevique.

En enero de 1910, una sesión plenaria del comité central que se prolonga durante tres semanas, parece confirmar el éxito de la reunificación reclamada por Trotsky y por sus aliados. La alianza de todos los conciliadores termina por imponerse a los recalcitrantes de todas las fracciones: los periódicos bolchevique y menchevique, Proletario y la Voz social-demócrata respectivamente, desaparecen para dejar su puesto al social-demócrata, órgano conjunto que dirigirán Lenin y Zinóviev junto con Dan y Mártov. El bolchevique Kámenev es designado para formar parte del comité de redacción de la Pravda de Trotsky. Lenin, en el ínterin, ha aceptado todas estas decisiones. En su correspondencia con Gorki afirma que ha obrado así por poderosos motivos, sobre todo por ”la difícil situación, del partido” y por ”la maduración de un nuevo tipo de obreros social-demócratas en el campo práctico”. Sin embargo, tal aceptación por su parte no está desprovista de inquietud: en el comité central se ponen de relieve peligrosas tendencias, ”un estado de ánimo general de conciliación, sin ideas claras, sin saber con quién, por qué, de qué forma” y, por añadidura el ”odio que inspira el centro bolchevique por la implacable lucha ideológica que lleva a cabo”, el ”deseo de los mencheviques de organizar escándalos”.[16]

El acuerdo será efímero. A partir del 11 de abril, Lenin escribe a Gorki: ”Tenemos un niño cubierto de abscesos. O bien los reventamos, curamos al niño y le educamos o bien, si la situación empeora, el niño morirá”. Constante en su propósito añade: ”En este último caso, viviremos algún tiempo sin el niño (es decir: reconstituiremos la fracción) y, más adelante, daremos a luz un bebé más sano”.[17] La conferencia social-demócrata de Copenhague revela, en agosto, un nuevo agrupamiento de fuerzas; los bolcheviques y los ”mencheviques del partido” acaban de decidir, en Rusia, la publicación de dos periódicos, la Rabotchaia Gazeta (Gaceta Obrera), ilegal y la Zvezda (La Estrella), legal, cuyo primer número aparece el 16 de diciembre de 1910: el apoyo de Pléjanov cobra un enorme valor para Lenin que, de esta forma, combate a los liquidadores en estrecha alianza con aquel que, para muchos, sigue siendo el padre de la socialdemocracia rusa.

La nueva escisión: 1912

A partir de 1910, toda Rusia da señales de un despertar del movimiento obrero. Los estudiantes han sido los primeros en volver a las manifestaciones. Los obreros, cuyas condiciones de vida se han hecho más soportables con el final de la crisis y la absorción del paro, recobran su valor y el gusto por la lucha. En 1911, 100.000 obreros provocan huelgas parciales y su número aumenta hasta 400.000 el primero de mayo. Las descargas de fusilería del Lena, en el mes de abril de 1912, que arrojaron un saldo de 150 muertos y 250 heridos, marcan un nuevo hito en la lucha obrera.

Hasta este momento, Lenin ha aceptado, aunque a veces lo haya hecho contra su voluntad, la unidad y la conciliación. Sin embargo el nuevo ascenso obrero hace ineludible, en su opinión, un giro radical. De hecho, en el partido nadie respeta las resoluciones del comité central de 1910 que no ha vuelto a reunirse, la Pravda, el Vpériod y la Voz social-demócrata siguen apareciendo, al mismo tiempo, y, gracias al apoyo del polaco Tychko, Lenin y Zinóviev consiguen convertir al social-demócrata en un órgano bolchevique. Lenin piensa que se avecinan acontecimientos revolucionarios a los que sólo un partido fuertemente estructurado podrá hacer frente. Los bolcheviques, bajo la dirección de Zinóviev, organizan en Longjumeau una escuela de cuadros: los militantes formados allí pasan luego ilegalmente a Rusia para intensificar los contactos y preparar una conferencia nacional. Sin embargo, la policía acecha: primero detiene a Rikov, luego a Noguín; por último ”Sergo”, el georgiano Ordzhonikidze, consigue poner en funcionamiento en Rusia un comité de organización con la ayuda del clandestino Serebriakov. Dan y Mártov protestan contra tales preparativos y abandonan el comité de redacción del Social-demócrata.

El 18 de enero de 1912, se reúne en Praga la conferencia prevista. De entre los exiliados sólo participan los bolcheviques y algunos ”mencheviques del partido”; sin embargo, acuden más de veinte representantes de organizaciones clandestinas rusas. La conferencia de Praga declara que actúa en nombre del partido entero, expulsa a los liquidadores y recomienda la creación de ”núcleos social-demócratas ilegales rodeados de un red tan extensa como sea posible de asociaciones obreras legales”. Se elige entonces un comité central en el que figuran fundamentalmente Lenin, Zinóviev, Ordzhonikidze, Svérdlov y el obrero metalúrgico Malinovsky, Se cancela el acuerdo con la Pravda de Trotsky. Rabotchaia Gazeta se convierte en el órgano del comité central. Inmediatamente después será designado para su dirección el militante georgiano José Dzhugashvíli, que después de haber sido ”Ivanovitch”, se llama ”Koba”, antes de convertirse en ”Stalin”. Los militantes de Rusia, al aplicar la resolución de la conferencia, se vuelven hacia las actividades legales, El partido acepta la propuesta formulada por Voronsky de publicar un diario legal.

Tras de varios meses de campaña y una suscripción llevada a cabo en las principales fábricas de las grandes ciudades el 22 de abril–5 de mayo de 1912, aparece el primer número de Pravda: se trata de una publicación bolchevique, aunque durante más de un año siga contando entre sus colaboradores a Jorge Pléjanov. Al cabo de cuarenta días es prohibida por primera vez, volviendo a aparecer entonces con el título de Rabotchaia Pravda que sólo llevarán 17 números, de nuevo es prohibida y vuelta a reeditar llamándose sucesivamente Severnaïa Pravda, durante 31 números, Pravda Truda Por un lapso de 20, Za Pravku durante 51, Proletarskaia Pravda otros 16, Put Pravdy en 91 apariciones; llegada a este punto se convertirá en revista, llamándose Rabotchii y más adelante Trudovskaia Pravda, quedando definitivamente prohibida el 8 de julio de 1914.

Aun a pesar de lo delicado de la apreciación en tales circunstancias, todo indica que los bolcheviques que conservaron el nombre del partido fueron, en Rusia, los grandes beneficiarios de la escisión. Esta es, al menos, la opinión del jefe de la policía zarista que, en 1913, declara: ”En la actualidad existen círculos, células y organizaciones bolcheviques en todas las ciudades. Se ha establecido correspondencia y contactos permanentes con casi todos los centros industriales (...). No puede por tanto extrañarnos que la reagrupación de todo el partido clandestino se lleve a cabo en torno a las organizaciones bolcheviques y que estas últimas hayan terminado de hecho por representar al partido social – demócrata ruso en su totalidad”.[18]

La situación inmediatamente anterior a la guerra

Los mencheviques han sido sorprendidos. Hasta el mes de septiembre de 1912 no lanzan, a su vez, un diario en Rusia, Luch (La Antorcha), que nunca igualará la audiencia que Pravda tiene en el mundo obrero. Durante el mes de agosto, Trotsky ha reunido en Viena una conferencia de la que pretendía conseguir la reunificación; sin embargo fracasa por completo en su intento pues, tanto los bolcheviques como los ”mencheviques del partido”, se han negado a participar en ella. Los partidarios del llamado ”bloque de agosto” crean un comité de organización cuyo único vínculo es un sentimiento de común hostilidad hacia Lenin y los bolcheviques. De nuevo se intensifica la polémica. Lenin organiza la escisión de la fracción social-demócrata de los diputados de la Duma, tomando enérgicamente la defensa del portavoz de la fracción bolchevique, Malinovsky, al que los mencheviques acusan de ser un provocador. Pléjanov rompe con los bolcheviques, en agosto de 1913, deja de colaborar en Pravda, intenta organizar su propia fracción mediante el periódico Edinstvo (Unidad) y termina por sumarse al bloque de agosto. Al mismo tiempo, Trotsky abandona este reagrupamiento parcial que no responde a sus deseos de reunificación general; toma entonces contacto con un grupo de obreros de San Petersburgo, igualmente partidarios de la unidad de todas las fracciones. Lenin, que se ha instalado en Cracovia, dirige desde allí la actividad de los bolcheviques, apoyando a Svérdlov para que este asuma la dirección de Pravda en lugar de Stalin. Mas, tanto Svérdlov como Stalin son detenidos, denunciados por Malinovsky que, en definitiva, resulta ser un agente de la Policía. Los bolcheviques intentan organizar un congreso cuando sus adversarios, en su campaña contra los ”escisionistas”, apelan a la Internacional.

El secretariado de la Internacional Socialista ofrece sus servicios con vistas a una mediación y, el 16 y 17 de julio de 1914, reúne en Bruselas una conferencia que se plantea la reunificación del partido ruso. En dicha conferencia están representados todos los grupos y fracciones. Inés Armand, portavoz de los bolcheviques, defiende la posición expresada por Lenin en un memorándum: la unidad es posible en un partido social-demócrata que comprenda un ala revolucionaria y una ala reformista, como lo prueba el ejemplo de los partidos occidentales. Sin embargo, en Rusia, los que han roto la unidad han sido los liquidadores, con su negativa a someterse a la mayoría: la reunificación sólo es posible si aceptan la disciplina. Después de un debate muy agitado, en el que resalta Pléjanov por la violencia de sus diatribas contra Lenin, la conferencia aprueba una resolución que afirma que las divergencias tácticas puestas de relieve no justifican una escisión. Plantea igualmente cinco condiciones previas al restablecimiento de la unidad: que todos acepten el programa del partido; que la minoría respete las decisiones de la mayoría; una organización que, dadas las circunstancias, debe ser clandestina; la prohibición de todo pacto con los partidos burgueses; la participación general en un congreso de unificación. Inés Armand y el delegado letón son los únicos en no otorgar su voto a este texto que pronto va a convertirse en un arma contra los bolcheviques y, sobre todo contra Lenin, al que se espera aislar de aquellos compañeros suyos de bien conocidas tendencias ”conciliadoras”. La guerra ha de abortar por completo esta maniobra, en primer lugar por la prohibición del congreso internacional previsto para el mes de agosto de 1914 en Viena.

Por estas fechas, la situación en Rusia es enormemente confusa. En general, los bolcheviques ocupan las mejores posiciones; sin embargo, sigue existiendo un ferviente deseo de unidad. En determinadas ciudades, coexisten grupos bolcheviques y mencheviques que despliegan, tanto unos como otros, actividades legales e ilegales, en directa dependencia del comité central o bien unidos con unos vínculos menos fuertes al comité de organización. No obstante, en la práctica, todo se encuentra en plena evolución. En algunos lugares se avecina la escisión y en otros la unificación. La guerra pondrá fin a este cuadro de conjunto. Muchos grupos locales subsistirán como grupos social-demócratas, sin unirse a ninguna de las dos grandes fracciones y contando, entre sus miembros, a partidarios de ambas. Además y, a pesar de la escisión de 1913, los diputados bolcheviques y mencheviques de la Duma se unirán, con el nombre de fracción socialdemócrata, para votar contra los créditos de guerra.

Los bolcheviques permanecen dieciséis meses sin dirección efectiva. Centenares de militantes son detenidos, encarcelados o deportados, otros se encuentran en el ejército (este es el caso de los obreros a los que se moviliza en sus propias fábricas). Se inicia un nuevo período de reacción en el que el militante queda reducido a la calidad de individuo aislado. Cuando, a partir de 1916, los obreros empiezan a integrarse de nuevo en la lucha, la fracción bolchevique cuenta, como máximo, con 5.000 miembros dentro de una organización que poco a poco se ha reconstruido. Sólo posee un puñado de cuadros; esos pocos hombres que, durante los años de la ante-guerra han aprendido a organizar y agrupar a los obreros, a dirigir sus luchas y a eludir las fuerzas represivas, constituyen, en definitiva, los elementos de la vanguardia revolucionaria que Lenin había tratado de formar a lo largo de toda la complicada historia del partido obrero social-demócrata ruso y de su fracción bolchevique.

III. El bolchevismo: el partido y los hombres

En las manos de Lenin, el partido se convirtió en un instrumento histórico insuperable. Las decenas de miles de militantes ilegales que, tras las jornadas revolucionarias de febrero de 1917, volvían a tomar contacto, estaban a punto de constituir una organización que las amplias masas obreras y, en menor medida, las campesinas, considerarían como propia. Tal organización iba a dirigir su lucha contra el gobierno provisional, conquistar el poder y conservarlo. Por tanto, a pesar de la lucha entre fracciones y de la represión, Lenin y sus compañeros triunfaron allí donde otros marxistas que, en un principio, gozaban de condiciones más favorables, habían fracasado: por primera vez en toda la existencia de los partidos socialistas, uno de ellos iba a vencer.

Un partido obrero social-demócrata

Existe toda una historiografía cuyos sentimientos hacia el bolchevismo oscilan entre la ciega admiración y la calumnia sistemática, que se obstina en presentarlo como una nueva ideología, surgida de una pieza, de la inteligencia de Lenin: el comunismo, revolucionario o estalinista y, en el propio partido bolchevique, como una organización de tipo completamente nuevo, una especie de precoz III Internacional que, desde su origen, se enfrenta con el reformismo de la II, encarnado en Rusia por los mencheviques y, en Alemania, por el partido social – demócrata de Bebel y Kautsky. No obstante, tal concepción no es sino una reconstrucción artificial de la historia de la organización y de las ideas, un montaje realizado a posteriori Para todos los mantenedores de dicha tesis, ¿Qué hacer? constituye la Biblia de un bolchevismo que tiene todas las características de una nueva corriente, cuando nada permite suponer que haya revestido tal importancia para los bolcheviques o para el propio discurso intelectual y teórico de Lenin. Esta obra examina las condiciones rusas, las tendencias de la clase obrera rusa; de hecho, preconiza una solución específicamente rusa, sin que sus análisis o conclusiones tengan la pretensión, en aquella época, de extender su validez a otros países. En el prefacio que, para una colección de sus artículos y ensayos, redactó Lenin en septiembre de 1907, afirma: ”El error fundamental de los que hoy polemizan contra ¿Qué hacer?, estriba en la absoluta disociación que establecen entre este trabajo y un determinado contexto, superado hace tiempo, del desarrollo de nuestro partido. ¿Qué hacer? no es sino un resumen de la táctica y de la política de organización del grupo de Iskra entre 1901 y 1902. Nada más que un resumen; ni más ni menos. Solo la organización que promovió Iskra podía haber creado un partido social-demócrata como el existente en la actualidad, en las circunstancias históricas que atravesó Rusia de 1900 a 1905. El revolucionario profesional ha cumplido su misión en la historia del socialismo proletario ruso”.[19] Desde el mes de noviembre de 1905, Lenin había arrojado ya, este anatema definitivo sobre todos aquellos que reducían su pensamiento a un esquema mecanicista y abstracto, pretendiendo oponer esquemáticamente la espontaneidad y la conciencia en los mismos términos del ¿Qué hacer?, como si esta obra tuviese un valor universal y un alcance eterno: ”La clase obrera rusa es instintiva y espontáneamente socialdemócrata [es decir revolucionaria, P. B.] y más de diez años de trabajo de los social-demócratas han contribuido a transformar dicha espontaneidad en conciencia de clase.[20]

¿Qué hacer? insiste igualmente en la absoluta necesidad de organizar el partido de forma clandestina, haciendo de ello condición indispensable de su existencia. Sin embargo, tales planteamientos no excluyen la posibilidad de una acción y de una propaganda legales si las circunstancias históricas así lo permiten.. Por tanto, una vez que la revolución de 1905 ha aportado a los obreros la libertad de organización y de expresión para los partidos políticos, incluidos los socialistas, los bolcheviques no vacilarán en aprovecharse de ello. No obstante, Lenin considera ”liquidadora” la concepción del sector de mencheviques que aceptan los límites impuestos por el enemigo de clase para limitar su acción, resignándose a no desarrollarla sino a través de los cauces legales. En efecto, la nueva ley acota la actividad de los partidos y no concede a los revolucionarios una libertad de acción y de expresión relativas sino como contrapartida a la conservación de su absoluto control sobre ellos: el régimen zarista se limita a tolerar, coaccionado por los acontecimientos, una serie de libertades que constituyen antes que nada una válvula de seguridad. ”Hacer el juego” y limitarse a lo estrictamente legal, supone aceptar los controles que el propio régimen ha fijado, proscribiendo a aquel sector de crítica revolucionaria que considera ”subversiva”. Sin embargo, no es cuestión de renunciar, con este pretexto, a la utilización de las facilidades que otorga la ley, ya que, únicamente la propaganda legal, puede alcanzar a amplios sectores de obreros. Debe, por tanto ser utilizada al máximo y, esta es la razón por la que más adelante, Lenin hará del periódico primero y del diario legal, después la primera preocupación de su grupo en todas las ocasiones en que tal instrumento resulte viable.

A este respecto, resulta significativo el ejemplo de la Pravda, ya que este diario ”obrero”, se constituye, poco antes de la guerra de 1914, en pieza clave del desarrollo del partido bolchevique. El periódico se lanza después de una campaña de agitación en las fábricas destinada a conseguir una suscripción pública. La Pravda asume entonces la función que desempeñó originariamente Iskra para unos cuantos centenares de lectores, al difundir informaciones y consignas, que, esta vez, se dirigen a decenas de miles de obreros de vanguardia. Los corresponsales obreros de la Pravda son, a la vez, los enlaces del partido y las antenas de que éste dispone para conocer el estado de ánimo del proletariado: gracias a sus informaciones se produce una homogeneización de la experiencia obrera que sienta las bases indispensables de una conciencia colectiva. En un solo año, publica 11.114 ”informes de corresponsales”, es decir, una media de 41 por número. La Pravda, es, por definición, un diario obrero y, al estar en gran medida redactado por los propios trabajadores, ellos sienten que les pertenece: ellos son los que aportan la mayor parte de las contribuciones que constituyen ”el fondo de hierro”, creado para hacer frente a toda las multas y secuestros con que la represión puede golpear al periódico.

El diario debe indicar, como la propia ley lo exige, una dirección y unos responsables: no puede escapar a las demandas y quejas a las que el Estado y los enemigos de clase no dejan de recurrir en el intento de acabar precisamente con su existencia legal. De un total de 2.770 números, 110 son objeto de demanda judicial. Las multas que le fueron impuestas suman unos 7.800 rublos, es decir, una cantidad doble de la recogida como fondo inicial; se celebran 26 juicios contra el periódico, y sus redactores son condenados a un total de 472 meses de cárcel.[21] Ciertamente es éste un balance adverso para un periódico que, a pesar de todo, se esfuerza en no atraer sobre sí la represión, aunque la policía llegue al extremo de introducir en su comité de redacción a uno de sus agentes, encargado de crear, con sus artículos, excusas para sancionar a la publicación.

En tales condiciones, la libertad de expresión del periódico se ve seriamente entorpecida; al someterse a la ley, le resulta imposible lanzar las consignas que considera correctas, sobre todo cuando éstas se refieren a los obreros y campesinos que se encuentran en el ejército. El periódico debe mantenerse contra viento y marea dentro de los estrictos limites fijados por la ley si no quiere correr el riesgo de verse silenciado definitivamente por los secuestros, condenas y múltiples sanciones económicas que pueden abatirse sobre él. Los panfletos, folletos y periódicos ilegales sirven para difundir el resto de las consignas y para dar las explicaciones necesarias, pero prohibidas, que, por atentar contra la ”seguridad” del Estado, no pueden publicarse sino en medios de expresión ilegales. En las condiciones políticas de la Rusia zarista, tanto más que en el ámbito liberal de las democracias occidentales, resulta absurdo mezclar ambas opciones. Un periódico legal puede ser prohibido, secuestrado, perseguido y sancionado. Un militante ”legal”, es siempre un individuo conocido por la policía y ésta puede detenerle y poner fin a su actividad con cualquier pretexto. Si toda la organización fuera pública y legal, la policía conocería tanto a sus militantes como sus principales mecanismos, y el Estado podría así, en cualquier momento, poner fuera de la ley algunas de sus actividades o incluso el conjunto de su funcionamiento. Por ello, resulta de todo punto imprescindible que el partido obrero disponga de militantes, recursos, imprentas, periódicos y locales clandestinos que, eventualmente, puedan tomar el relevo del ”sector legal” durante un periodo de reacción, al tiempo que su propio carácter ilegal les permite zafarse de las limitaciones que exigiría la actividad pública. El carácter autocrático del Estado ruso y la arbitraria omnipotencia de la policía fueron pues, los auténticos responsables de que los social-demócratas rusos construyesen su partido en torno a un núcleo clandestino; las ”libertades democráticas” no tienen aun tradición suficiente, en 1912, como para parecer normales y eternas, haciendo olvidar a los revolucionarios a qué precio tuvieron que conquistarlas y cuan fácilmente podían perderlas.

Sin embargo, la ilegalidad no es un fin en sí. El verdadero problema estriba en la construcción, utilizando al máximo todas las posibilidades, de un partido obrero social-demócrata, es decir, de una porción consciente de la vanguardia que, armada con el conocimiento de las leyes del desarrollo social, haga progresar entre los obreros la conciencia de clase, los organice y los conduzca a la batalla, cualesquiera sean las condiciones generales que va a revestir la lucha. Tales planeamientos son los que mantienen los bolcheviques, tras el período de boicot, cuando se disponen a participar regularmente en las elecciones, a pesar de que el trucaje de las leyes electorales sea escandaloso. Su objetivo no es en modo alguno una victoria parlamentaria sino – y los recuerdos de Badaiev nos lo confirman – la utilización de la publicidad que, cara la propagación de las ideas socialistas y a la construcción el partido, proporciona la tribuna parlamentaria.

Llegados a este punto, resulta indispensable establecer la comparación entre el partido social-demócrata ruso y el alemán, aferrado a su legalidad, a sus importantes conquistas, a sus cuarenta y tres diarios, a sus revistas, a sus escuelas, a sus universidades, a sus fondos de solidaridad, a sus ”casas del pueblo” y a sus diputados, aunque, en definitiva, todas esas realizaciones contribuyen a aprisionarlo. En efecto, el miedo a una represión que podría poner en peligro las mejoras conseguidas convierte el partido social-demócrata alemán en el rehén voluntario de las clases poseedoras; él mismo limita la acción de sus juventudes y prohibe a Karl Liebknecht que lleve a cabo cualquier tipo de propaganda antimilitarista ”ilegal”, aunque ningún socialista se atreva a negar la necesidad de tal propaganda en la Alemania de Guillermo II, pues ello podría encolerizar a la burguesía y desatar una nueva ola de represión policíaca.

Sin embargo, la crisis de 1914 revelará de forma inequívoca el abismo que separa a ambas organizaciones en cuanto a las actitudes que adoptan hacia sus respectivos gobiernos, enfrentados por la guerra. Con anterioridad a esta fecha, Lenin ha manifestado su acuerdo, en determinados puntos, con la crítica que lleva a cabo la izquierda alemana y sobre todo Rosa Luxemburgo; sin embargo, existen entre ellos diferencias suficientemente numerosas e importantes como para demostrar que, en aquella época, no existía una fracción coherente de la izquierda en la social–democracia internacional: sólo el análisis histórico de aquella época puede enfrentar una tendencia revolucionaria Lenin–Luxemburgo al reformismo de Bebel y Kautsky. El partido social-demócrata alemán, antes de 1914, constituye a los ojos de Lenin y de los bolcheviques, el partido obrero por excelencia, el modelo que pretenden construir en Rusia, habida cuenta de las condiciones especificas del país. Lenin, tras desmentir de forma clara y categórica la interpretación inversa de sus intenciones, repetirá en diferentes ocasiones: ”¿Dónde y cuándo he pretendido yo haber creado una nueva tendencia en la socialdemocracia internacional distinta de la línea de Bebel y Kautsky? ¿Dónde y cuándo se han manifestado diferencias entre Bebel y Kaustky, por una parte, y yo por otra?”.[22] El viejo bolchevique Shliapnikov afirma que, en la propaganda llevada a cabo en el campo obrero, los bolcheviques se referían continuamente a los social-demócratas alemanes como modelos. Piatnitsky ha descrito su admiración de bolchevique emigrado ante el funcionamiento de la organización socialdemócrata alemana y narra su asombro ante las críticas que, en privado, se formulaban delante de él, sobre determinados aspectos de su política. Tanto mayor fue el rencor de los bolcheviques después del mes de agosto de 1914, cuando se vieron obligados a reconsiderar su apreciación de la línea Bebel-Kautsky y a admitir que Rosa Luxemburgo, a la que Lenin consideró desde entonces como ”la representante del marxismo más auténtico”, había sido más lúcida que ellos sobre este punto. No obstante, Lenin llegó a dudar de la autenticidad del número de Vorwärts que publicaba la declaración emitida por la fracción social-demócrata del Reichstag al votar los créditos de guerra y consideró incluso la hipótesis de que se tratase de una falsificación llevada a cabo por el estado mayor alemán...

Tras su vuelta, en abril de 1917, durante la conferencia del partido bolchevique, Lenin será el único en votar a favor de su moción de abandono del término ”social-demócrata” en el nombre del partido: ciertamente, tal actitud es la prueba de que no temía quedarse aislado en su propia organización, pero también de que, antes de 1914, no había deseado ni preparado una ruptura con la II Internacional y los grandes partidos que la integraban. Su actitud demuestra igualmente hasta qué punto, tres años después de agosto de 1914, se encontraba muy por delante de sus propios camaradas respecto a esta cuestión.

Un partido no monolítico

Asimismo y cualesquiera hayan sido las responsabilidades de Lenin y de su fracción en la escisión de 1903, hemos visto que no la habían deseado, ni preparado, ni previsto, que les había sorprendido intensamente y que, sin ceder en sus principios, no por ello dejaron de trabajar para conseguir una reunificación, que, ciertamente, esperaban colocar bajo su pabellón, pero que, sin lugar a dudas, no podía dar origen sino a un partido más amplio y menos homogéneo, que el constituido durante todos aquellos años por la fracción ”dura” de los bolcheviques,

Desde 1894, Lenin afirmaba en su polémica con el populista Mijailovsky: ”Es rigurosamente cierto que no existe entre los marxistas completa unanimidad. Esta falta de unanimidad no revela la debilidad sino la fuerza de los social-demócratas rusos. El consenso de aquellos que se satisfacen con la unánime aceptación de ”verdades reconfortantes”, esa tierna y conmovedora unanimidad, ha sido sustituida por las divergencias entre personas que necesitan una explicación de la organización económica real, de la organización económica actual de Rusia, un análisis de su verdadera evolución económica, de su evolución política y de la del resto le sus superestructuras”.[23] La voluntad de reunificación de que hace gala inmediatamente antes de 1905, se explica tanto por la confianza que deposita en sus propias tesis, como por la convicción de que los inevitables conflictos que surgen entre social-demócratas pueden solucionarse en el seno de un partido que sea como la sede de todos ellos: ”Las divergencias de opinión en el interior de los partidos políticos o entre ellos, escribe Lenin en julio de 1905, se solucionan por lo general, no solamente con las polémicas, sino también con el desarrollo de la propia vida política. En particular, las divergencias a propósito de la táctica de un partido, suelen liquidarse de facto por la adhesión de los mantenedores de tesis erróneas a la línea correcta, ya que el propio curso de los acontecimientos quita a dichas tesis su contenido su interés”.[24]

A este respecto, manifiesta una gran confianza en cuanto a la ulterior evolución de los mencheviques, al escribir a finales de 1906: ”Los camaradas mencheviques pasarán por el purgatorio de las alianzas con los oportunistas burgueses, pero terminarán por volver a la socialdemocracia revolucionaria”.[25] Según afirma Krúpskaya, en 1910, ”Vladimir Illich no dudaba en absoluto de que los bolcheviques se harían con la mayoría en el seno del partido y que este terminaría por adoptar la línea trazada por ellos, sin embargo, era necesario que tal decisión afectase al partido entero y no solamente a su fracción”.[26] La conferencia de Praga de 1912 condenará únicamente a los liquidadores, enemigos del trabajo ilegal. La colaboración con los ”mencheviques del partido”, se explica por tanto, no sólo como una maniobra táctica, sino también como reflejo de la convicción, expresada desde 1906, de que ”hasta la revolución social, la social-democracia presentará inevitablemente un ala oportunista y un ala revolucionaria”.[27] Esta es la postura que defiende Inés Armand en Bruselas: con la única salvedad de los liquidadores, todo social-demócrata tiene lugar en un partido donde, en Rusia como en Occidente, deben coexistir elementos revolucionarios y reformistas, pues sólo la revolución, en su calidad de expresión definitiva del ”desarrollo de la vida política”, podrá separarles nítidamente.

El régimen del partido

Desde la época de Stalin, la mayoría de los historiadores y comentaristas, insisten sobre el régimen autoritario y fuertemente centralizado del partido bolchevique, y suelen ver en ello la clave de la evolución de Rusia durante más de 30 años. En lo referente a la fuerte centralización del partido, ciertamente no faltan citas con que poder cimentar sus tesis. No obstante, las referencias de sentido opuesto son igualmente abundantes: en boca de Lenin, como en la de muchos otros personajes, pueden ponerse muchas concepciones insólitas, sin más que utilizar frases separadas de su contexto. En realidad, el propósito fundamental de Lenin fue construir un partido de acción y, desde este punto de vista, ni su organización, ni su naturaleza, ni su desarrollo, ni su propio régimen interno podían ser concebidos con independencia de las condiciones políticas generales, del grado de libertades públicas existente y de la relación de fuerzas entre la clase obrera, el Estado y las clases poseedoras.

Entre 1904 y 1905, en su polémica con los mencheviques, cuando todos los socialistas se encuentran aún en la clandestinidad, Lenin afirma: ”Nosotros también estamos a favor de la democracia cuando ésta es verdaderamente posible. En la actualidad no sería más que una farsa, y eso, no lo deseamos, pues queremos un, partido serio, capaz de vencer al zarismo y a la burguesía. Forzados a la acción clandestina, nos es imposible realizar la democracia formal dentro del Partido. (...) Todos los obreros conscientes de la necesidad de acabar con la autocracia y de luchar contra la burguesía, saben perfectamente que, para vencer al zarismo, necesitamos en este momento un partido clandestino, centralizado, revolucionario y fundido en un solo bloque. Bajo la autocracia, con sus salvajes represiones, adoptar el sistema de elecciones, es decir, la democracia, significaría, sencillamente ayudar al zarismo a acabar con nuestra organización”.[28] Asimismo en La bonita jaula no alimenta al pájaro, precisa: ”El obrero consciente comprende que la democracia no es un fin en sí, sino un instrumento para la liberación de la clase obrera. Damos al partido la estructura que mejor responde a las necesidades de la lucha en este momento. Lo que necesitamos hoy es una jerarquía y un riguroso centralismo”.[29] En el III Congreso, cuando el movimiento revolucionario crece a ojos vistas, insiste: ”En condiciones de libertad política, nuestro partido podrá basarse por completo en el principio de elección y de hecho así lo haremos. (... ). Incluso bajo el absolutismo, el principio de elección habría podido aplicarse mucho más ampliamente”.[30] La conferencia de Tammerfors decide aplicar íntegramente a la organización del partido los principios del ”centralismo democrático” y ”los más amplios cauces de electividad, confiriendo a los organismos electos plenos pode es para la dirección ideológica y práctica; también aprueba la aplicación del principio de revocabilidad de los mandatos así como el que les exige absoluta publicidad y rigurosa información de su actividad”. En el prefacio de Doce años, Lenin, a propósito de la polémica sobre ¿Qué hacer? recuerda que ”a pesar de la escisión, el partido ha utilizado el momentáneo fulgor de libertad para introducir en su organización pública una estructura democrática, dotada de un sistema de elección así como una representación en el congreso proporcional al número de militantes organizados”.[31]

Según los bolcheviques, el ”régimen interno” es un reflejo, en el partido, de las condiciones generales de la lucha de clases; sin embargo, también constituye un factor autónomo. Lenin se plantea este problema en su propia fracción, al enfrentarse con los Komitetchiki, que, según el testimonio de Krúpskaya, no admiten ningún tipo de democracia interna y se niegan a cualquier innovación, por su impotencia para adaptarse a unas condiciones nuevas: son hostiles a introducirse en los comités de obreros pues creen que en su seno no van a poder trabajar, pretenden controlar minuciosamente toda la actividad y mantener una centralización y jerarquía rígidas. Lenin les recuerda que ”no es el partido el que existe en función del comité, sino éste en función del partido”. ”A menudo pienso que las nueve décimas partes de los bolcheviques son profundamente formalistas. Es preciso reclutar sin miedo jóvenes con mayor amplitud de criterio y olvidar todas las prácticas embarazosas, el respeto por los grados, etcétera. (...) Hay que dar a cada comité de base, sin poner demasiadas condiciones, derecho a redactar octavillas y a repartirlas. Si cometieron algún error, no tendría demasiada importancia, lo corregiríamos ‘amablemente’ en Vpériod. El propio curso de los acontecimientos enseña con nuestro mismo espíritu”.[32] Krúpskaya refiere que Lenin no se inquietó demasiado por no haber sido escuchado por los komitetchiki: ”Sabía que la revolución estaba en marcha y que obligaría al partido a admitir a los obreros en sus comités”.[33]

La clandestinidad es evidentemente favorable al centralismo autoritario en la medida que la elección no tiene sentido más que entre hombres que se conocen y pueden controlarse mutuamente. No obstante, sus efectos se amortiguan pues contribuye a hacer menos tensas las relaciones entre los diferentes grados de la jerarquía, dejando a los comités locales un importante margen de iniciativa. Los grupos que distribuyen panfletos llamando a la huelga y convocando una manifestación el 15 de noviembre de 1912 en San Petersburgo, están integrados por social-demócratas vinculados a la fracción bolchevique; pero, si nos atenemos al testimonio de Badaiev, en esta ocasión no se advirtió a ningún organismo responsable del centro o de la capital ni a ningún miembro del grupo parlamentario.[34] Los dirigentes bolcheviques tardaron varios días en saber quién había asumido la responsabilidad de tales consignas; sin embargo, apoyaron la huelga, a pesar de que, en su opinión, estaba muy mal preparada, dada la popularidad que había alcanzado entre los obreros. Tales incidentes se dan con harta frecuencia. Piatnitsky, por ejemplo, que desempeña desde hace años importantes funciones en el aparato clandestino, no puede, en 1914, conseguir la dirección de un responsable bolchevique en Samara, ciudad en la que ha encontrado trabajo. De hecho, allí bolcheviques y mencheviques se han fusionado; entonces, tras conseguir el contacto por sus propios medios, Piatnitsky tomará la iniciativa de reorganizarles de forma independiente, convenciéndoles con la mera utilización de sus informaciones personales y sin ninguna clase de ”mandato”.[35]

Una de las críticas que más a menudo se han hecho al sistema de organización de los bolcheviques, era que favorecía la acción devastadora de los agentes provocadores de la policía que conseguían introducirse en la organización. Algunos ejemplos son claro exponente de dicha tesis: el médico Jitomirsky es agente de la Ojrana cuando, en 1907, se le encarga de establecer el enlace entre Rusia y la emigración. En 1910, los periódicos impresos en Suiza o Alemania, llegan con toda regularidad a las manos de la policía: el responsable de su transporte, Matvéi, lleva años al servicio de la policía secreta. No obstante, es preciso admitir que los provocadores de la policía conocían perfectamente la forma de entrar en el partido y que el sistema represivo ruso era responsable, en mayor medida que el funcionamiento del partido, de la utilización por parte de la policía de unos militantes que gozaban de la confianza de sus camaradas y que, por lo general, habían aceptado en la cárcel desempeñar el papel de confidentes.

El ejemplo más significativo lo constituye sin duda Malinovsky. Se trata de un militante obrero, secretario del sindicato de los metalúrgicos de San Petersburgo desde 1906 hasta 1909, buen orador y buen organizador, que entra al servicio de la policía en 1910, tal vez para evitar el cumplimiento de una sentencia que le había sido impuesta anteriormente por un delito común. Se une a los bolcheviques en 1911, su actividad como militante le hace tan popular que se presenta a las elecciones de diputados para la Duma y resulta elegido, contribuyendo además, desde este cargo, a organizar la escisión de la fracción social-demócrata. Durante todo este tiempo continúa informando regularmente al jefe de la policía, revelando los seudónimos, los locales y las reuniones previstas. Malinovsky es el responsable de la detención de Ríkov y Noguin, antes de la conferencia de Praga, y de la de Svérdlov y Stalin en 1914. Lenin le ha propuesto como miembro del comité central en 1912 y, hasta el final, le defiende de las acusaciones de los mencheviques, incluso después de su inexplicable dimisión como diputado en mayo de 1914. Sólo los archivos de la Ojrana darán, tras de la victoria revolucionaria de 1917, una completa información de su actividad. Después de haber sido hecho prisionero en la guerra, volvió a Rusia por su propia voluntad. Una vez allí fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado.

Con independencia del aspecto espectacular de la aventura, hay que reconocer que las estructuras, los métodos y los principios de acción de la organización la protegían, hasta cierto punto, de la actividad de un agente de tal envergadura. Lenin, con su testimonio en el juicio, contribuirá no poco a llevar el asunto a sus justos límites al declarar: ”Desde el punto de vista de la Ojrana, valía la pena no escatimar ningún medio para introducir a Malinovsky en la Duma y en el comité central. Cuando lo consiguió, Malinovsky se transformó en uno de los eslabones de la larga cadena que unía nuestra base legal con los dos grandes órganos representativos de las masas del partido, la Pravda y la fracción social-demócrata de la Duma. El provocador debía mantener esos dos organismos para conservar nuestra confianza. Malinovsky podía provocar la caída y, de hecho así lo hizo, de numerosos camaradas. Sin embargo, no fue capaz ni de detener, ni de controlar, ni de dirigir la actividad del partido, cuya importancia crecía sin cesar, extendiendo su influencia sobre las masas, sobre decenas y centenas de miles de individuos”. Lenin concluye entonces: ”No me sorprendería en absoluto que uno de los motivos del abandono de Malinovsky, hubiese sido que de hecho, estaba más vinculado a la Pravda legal y a la fracción parlamentaria, que llevaban a cabo un trabajo revolucionario, de lo que la Ojrana estaba dispuesta a tolerarle”.[36]

La originalidad del partido bolchevique

La originalidad del partido bolchevique no reside ni en una determinada concepción ideológica, ni en un régimen particularmente centralizado. La social–democracia alemana en aquellas fechas está tan centralizada y tiene una organización tan estricta como la del partido ruso; Piatnitsky, especialista en organización del aparato ruso, describe admirativamente la organización socialista de Leipzig y el funcionamiento semi-clandestino de los núcleos dirigentes a los que los militantes llaman, en su ”argot”, ”carbonerías”. La ”disciplina de fracción” – la Fraktionzwang – se aplica, con el máximo rigor, a todos los niveles de actividad del partido alemán, más severamente, si cabe, que en el partido ruso, con consecuencia de la legalidad y del poder financiero del aparato que no deja lugar alguno a la iniciativa personal. La crisis de 1914 servirá para desvelar la raíz de las diferencias entre los dos partidos: la social–democracia alemana vota los créditos militares y apoya a su gobierno en la guerra, mientras los bolcheviques hacen llamamientos tendentes a transformar la guerra imperialista en guerra civil. La social–democracia alemana, al adaptarse al régimen político y social, se ha convertido en un partido reformista, mientras que el partido bolchevique, al permanecer irremisiblemente hostil a él, ha mantenido sus perspectivas y su política revolucionarias.

La primera razón de que exista tal diferencia es, en primer lugar, que los social-demócratas rusos vivían y militaban en un contexto social infinitamente más explosivo que el de Europa Occidental: el desarrollo combinado de la sociedad rusa había convertido al proletariado industrial en una clase social fundamentalmente revolucionaria; a esta característica se refiere Deutscher al afirmar acertadamente: ”La clase obrera rusa de 1917 era una de las maravillas de la historia. Pequeña en número, joven, inexperta y carente de toda educación, era, no obstante, rica en pasión política, en generosidad, en idealismo y ostentaba singulares aptitudes para el heroísmo. Poseía el don de soñar con el futuro y de morir heroicamente en la lucha”.[37]

El bolchevique Preobrazhensky llevó a cabo igualmente un penetrante análisis de este fenómeno: ”La vanguardia de nuestra clase obrera, escribió, es el producto del capitalismo europeo que, al aparecer en un país nuevo, ha construido en él centenares de empresas formidables, organizadas según los últimos perfeccionamientos de la técnica occidental”.

Bajo los zares, no hay posibilidad alguna de que los militantes obreros lleven una existencia tranquila en la sociedad rusa. Los sindicatos son disueltos en cuanto cobran una existencia real y los mencheviques más ”legalistas”, incluso los liquidadores, reciben de la policía golpes tan duros como los bolcheviques más extremistas. En el sistema, no hay lugar para los burócratas, ni siquiera para los honrados desertores, ya que, el militante que deseara abandonar la lucha, no tendría para ganarse la vida otra solución que la de convertirse en soplón de la policía. La integración es imposible sin capitulación abierta: el reformismo, que, en Occidente, había surgido como estado de ánimo antes de materializarse como tendencia en el seno de las organizaciones obreras y, más adelante, como sector privilegiado, no tiene en Rusia ningún arraigo. Las condiciones en que se da la lucha política y social convierten a los militantes en una élite generosa, valiente y pura. Deben multiplicarse los ardides e iniciativas para salvaguardar a la organización y conservar el contacto con los obreros. Ninguna rutina puede consolidarse y resulta de todo punto imprescindible saber aprovechar las oportunidades.

La acción obrera

Todas las memorias de los militantes bolcheviques, al referirse al período anterior a 1914, dan mucha importancia a la llamada ”campaña de los seguros” que se inició a raíz e la promulgación de la ley de 23 de julio de 1912 sobre el seguro de enfermedad. El partido pone de relieve todos los puntos débiles del texto legal, con el fin de movilizar a los obreros que, en primer lugar, conseguirán el derecho a tener asambleas sobre las cuestiones de seguridad social, más adelante el de elegir delegados que los representen en la administración de los fondos y, por último, la enmienda del texto en lo concerniente a las condiciones que deben reunir los beneficiarios. Esta será la única ocasión que tuvieron los militantes de intervenir legalmente en las asambleas obreras, llevando a cabo, en todas las fábricas, una acción concertada.

Para una agitación de tipo sindicalista, en la que el bolchevique pueda dirigirse al conjunto de los obreros, se necesita toda una serie de circunstancias favorables que, a veces, él mismo se esfuerza en crear. Shliapníkov, obrero de una fábrica de San Petersburgo, lleva a cabo en su taller una campaña a favor de la ”igualdad en la retribución de los obreros de la misma profesión o que ejecuten idéntico trabajo, medido por el número de piezas”.[38] Aún a pesar de que la amplitud de la gama de salarios no sea demasiado grande, esta consigna unificadora suele convertirse en el punto de partida de la agitación bolchevique dentro de la empresa. En una etapa posterior, se trata de extender la agitación y de intentar poner en marcha determinados movimientos. Pero, llevar a cabo esta política sin cuadros, sin sede fija de la sección sindical y sin posibilidad alguna de organizar una asamblea general, es imposible dentro del marco legal. Sin embargo, hay que dirigirse a los obreros y esto no es posible más que después de una preparación minuciosa para la que los bolcheviques cuentan con una técnica muy depurada: salvo excepciones, como la constituida por la campaña de los seguros, sólo pueden hacerse oír en mítines relámpago; estos últimos deben ser preparados con todo cuidado; en el momento preciso, debe atrancarse una puerta durante un descanso, en el comedor, o una escalera, durante la salida. Los oradores, por cuya seguridad se vela con estas medidas, deben, sin embargo, estar atentos al aviso de peligro para poder emprender la huida. La ”toma de palabra” suele ser breve, el orador, por lo general, viene de fuera y, a veces, debe enmascararse con una gorra o un pañuelo para no ser identificado y denunciado. Los militantes de la fábrica tienen la misión de preparar el agrupamiento del auditorio y de velar por la seguridad de su camarada: en estos preparativos, deben multiplicar las precauciones por temor a los chivatos y tratar en lo posible de no hacerse notar durante la alocución, al tiempo que mantienen la vigilancia.

Cuando el militante se encuentra con obreros simpatizantes, es preciso llevar la discusión, que ya resulta peligrosa, al campo de las ideas. Para ello, deben evitarse los lugares públicos, demasiado concurridos y generalmente plagados de soplones. Igualmente peligrosa es la reunión que se realiza en un domicilio privado, pues, cuanto menos conocidas sean las direcciones de los militantes, menos información tendrá la policía. Esta es la razón de que las llamadas ”reuniones volantes” se hagan en barca los días festivos, en una obra abandonada o en un almacén a la hora en que permanece desierto. Si se precisan reuniones con mayor asistencia, se organizan excursiones al bosque los domingos mientras una serie de vigilantes protegen a la asamblea de los paseantes indiscretos.

La organización clandestina

El obrero que ingresa en el partido está ya familiarizado con los métodos clandestinos. En lo sucesivo, va a sumergirse un poco más en ellos. Su nombre y su dirección sólo los conoce un responsable, tanto él como sus camaradas, utilizan un nombre de guerra que ha de cambiarse tantas veces como sea necesario para despistar a la policía. En la base, en el taller o la fábrica, se encuentra la célula, a la que también suele llamarse ”comité” o ”núcleo”. Sus efectivos se amplían sólo por el sistema de consenso unánime a la designación de cada candidato, que debe ser examinado por todos los miembros antes de ser admitido en la organización.

Piatnitsky ha descrito minuciosamente la pirámide del partido en Odesa, antes de 1905: por encima de los comités de base, existen subradios, radios y por último el comité de ciudad, cuyos componentes han sido reclutados en su totalidad por el sistema antes descrito. Cada comité comprende una serie de militantes responsables a los que se asignan funciones específicas y que no mantienen contacto más que con sus homólogos del nivel inferior o superior: de esta forma se reducen los contactos verticales al mínimo con el fin de acrecentar la autonomía y de evitar que la caída de un individuo aislado provoque una cadena de detenciones en toda la organización. Mientras ello sea posible, los militantes no deben verse fuera de las reuniones: sin embargo existen unos días y horas, fijados en secreto, mediante los cuales y sólo en casos de absoluta necesidad, los militantes pueden tomar contacto, generalmente en un café, con la apariencia de un encuentro casual. El comité de Odesa se reúne en domicilios particulares: es el encargado de controlar a toda la organización y a sus miembros por intermedio de los radios y subradios, designando además a los oradores que habrán de tomar la palabra en los mítines de la fábrica y a los responsables de los grupos de estudio que los militantes deben formar en su entorno.[39]

La organización de Moscú en 1908 es, a la vez, más compleja y más democrática: en la base, se encuentran las asambleas de fábrica, dirigidas por una comisión electa, en el nivel superior funcionan algunas subradios y, sobre todo, ocho radios, dirigidos por un comité elegido por las asambleas de fábrica. Dicho comité está asesorado por comisiones especializadas: la organización militar comprende un departamento técnico cuyo responsable sólo es conocido en todo el partido por el secretario; existe además una sección especial que se encarga de la propaganda antimilitarista, dirigida a los futuros reclutas, y del contacto con los obreros movilizados, un departamento para los estudiantes, otro para conferenciantes y periodistas que se dedica a utilizar sus respectivas competencias e incluso a crearlas, distribuyendo a unos y otros, según las necesidades, en los diferentes radios o en determinada comisión de fábrica; por último el comité cuenta con una comisión financiera.[40]

El centro mismo del partido está constituido por el aparato técnico, cuyas numerosas y delicadas funciones exigen especialización, competencia y secreto. Es necesario conseguir pasaportes, elemento fundamental de toda actividad ilegal: los mejores, naturalmente, son los auténticos, es decir aquellos que corresponden a una persona viva y honorable; estos son los llamados ”de hierro”, Sin embargo la inmensa mayoría de los utilizados por el partido son pasaportes falsos, fabricados por los propios militantes. Durante la guerra, Shliapníkov posee un pasaporte a nombre de un ciudadano francés que, de vez en cuando, le hace merecedor de las atenciones de la policía, deseosa de halagar al súbdito de un país aliado. Kirilenko ingresa en el ejército con identidad falsa y llega a ser oficial. Una de las más importantes tareas encomendadas al aparato técnico, cuyos responsables son Piatnitsky y el georgiano Avelú Enukidze, la constituye el transporte y la difusión de la literatura que viene del extranjero: los envíos pasan la aduana en maletas de doble fondo pero también se utilizan redes de contrabando; los encargados de este trabajo son, o bien contrabandistas profesionales que reciben una remuneración, o bien militantes o simpatizantes que han organizado, por su cuenta, una vía de paso, utilizada, si llega el caso, por diferentes organizaciones políticas clandestinas.

Las imprentas ilegales son, tal vez, los instrumentos más problemáticos. Hay que instalarlas en un lugar aislado o bien en uno muy concurrido, generalmente se aprovecha para ello un sótano, a veces la cueva de una tienda, de forma que las obligadas idas y venidas no atraigan excesivamente la atención. Es necesario comprar la máquina y, para ello, aceptar condiciones de pago muy duras, ya que la venta ilegal es peligrosa también para el comerciante. A veces la máquina debe ser transportada, pieza por pieza, al lugar indicado. Los impresores miembros del partido son los encargados de proveer el material barato y los tipos de imprenta que, durante largos meses, han ido robando por pequeñas cantidades. El problema del papel, de su compra y de su transporte, suscita enormes dificultades tanto a la ida como a la vuelta – en tales ocasiones, utilizar una panadería o una frutería como pantalla, facilita no poco la operación. La circulación del material, impreso en el país o en el extranjero, constituye una operación de envergadura: suele dejarse la maleta en consigna; se contrata entonces a un transportista y se le da una dirección falsa, que se cambia por el camino, para llevarle a un almacén o a un garaje desocupados; pocos minutos después de haber sido efectuado el porte, todo ha desaparecido.

La actividad de los partisanos o boiéviki, uno de cuyos líderes parece haber sido Stalin, había suscitado vivas polémicas en el partido. De hecho, las ”expropiaciones” parecían constituir la parte más esencial de su actividad, implicando el peligro de una degeneración que desmoralizaría sin duda a importantes sectores de militantes, amenazando con desacreditar al partido entero.

En realidad, la financiación de las actividades del partido planteaba un grave problema pues las cotizaciones en ningún momento fueron suficientes. Un informe del comité de Bakú indica que, en determinados períodos, las aportaciones de los militantes no cubrieron ni el 3 por 100 de los ingresos. Sin embargo, Yaroslavsky[41] se refiere a comités locales como el de Ivanovo–Voznessensk y el de Lodz, donde las cuotas constituían el 50 por 100 de los ingresos. La mayor parte, por lo general, proviene de las periódicas suscripciones llevadas a cabo entre los intelectuales y las profesiones liberales y fiscalizadas por una comisión financiera especial. De esta forma y, por intermediario de Máximo Gorki, los bolcheviques percibieron las importantes donaciones de un rico simpatizante y, gracias a la mediación de Krasin, las ofrecidas, por el industrial Morozov. Uno de los más violentos conflictos entre mencheviques y bolcheviques surgió, precisamente, de la disputa que se originó acerca de la donación al partido de una suma enorme, legada por un estudiante simpatizante que se había suicidado y, una de cuyas hermanas, albacea testamentario, había contraído matrimonio con el bolchevique Taratuta.[42] Schapiro cita entre los más importantes apoyos financieros al estudiante Tijormikov, compañero de Mólotov en la Universidad de Kazán.[43] Por último, algunas expropiaciones contribuyeron notablemente a llenar las arcas del partido. No obstante, en la generalidad de los casos, escaseaba el dinero y los revolucionarios profesionales pasaban a veces varios meses a la espera de un salario que, según Yaroslavsky, podía oscilar entre 3 y 30 rublos al mes como máximo.[44]

A pesar de la insistencia con que los bolcheviques subrayaban en su propaganda la necesidad de la alianza entre obreros y campesinos, el trabajo de organización de los mujiks apenas si fue iniciado antes de la revolución, salvo en el caso de algunos núcleos aislados de obreros agrícolas. Ciertos grupos de obreros se limitaron a difundir de vez en cuando folletos y panfletos en el campo.

El trabajo dirigido a los estudiantes revistió más amplias proporciones en las ciudades universitarias pues, en ellas, existían secciones social-demócratas estudiantiles y grupos socialistas donde se enfrentaban los estudiantes pertenecientes a las diferentes fracciones: los bolcheviques estaban introducidos dentro de estos grupos, que les servían para aumentar sus efectivos, procediendo, siempre que esto era posible, en la misma forma dentro de los círculos de estudiantes de enseñanza media. En 1907, un grupo de jóvenes bolcheviques, encabezados por Bujarin y Sokólnikov, convoca un congreso pan–ruso de estudiantes social-demócratas. Sin embargo, dicha organización desaparece al año siguiente; hasta 1917 no habrá nuevos intentos de constitución de una organización de juventudes vinculada a la línea bolchevique. Por entonces, parece imponerse el punto de vista de Krúpskaya: la compañera de Lenin deseaba que se constituyese una organización de jóvenes revolucionarios, dirigida por ellos mismos, a pesar del riesgo que podrían suponer sus errores, lo que, en su opinión, era preferible a ver a tal organización ahogarse bajo la tutela de una serie de ”adultos” cargados de buenas intenciones. Pero, dada la situación de la juventud rusa, tal concepción excluía la posibilidad de construir una organización de jóvenes puramente bolchevique.

Los hombres

No obstante, el núcleo de la organización bolchevique, la ”cohorte de hierro” compuesta por militantes profesionales, se ha reclutado entre gente muy joven, obreros o estudiantes, en una época y unas condiciones sociales que, ciertamente, no permiten una excesiva prolongación de la infancia, sobre todo, en las familias obreras. Los que renuncian a toda carrera y a toda ambición que no sea política y colectiva, son jóvenes de menos de veinte años que, de forma definitiva, emprenden una completa fusión con la lucha obrera. Mijail Tomsky, litógrafo, que ingresa en el partido a los veinticinco años, es una excepción en el conjunto, a pesar de los años que ha pasado luchando como independiente, pues, en efecto, a su edad, la mayoría de sus compañeros llevan bastantes años de militancia en el partido. El estudiante Piatakov, perteneciente a una gran familia de la burguesía ucraniana, se hace bolchevique a los veinte años, después de haber militado durante cierto tiempo en las filas de los anarquistas. El estudiante Rosenfeld, llamado Kamenev, tiene diecinueve años cuando ingresa en el partido, este es el caso igualmente del metalúrgico Schmidt y del mecánico de precisión Iván Nikitich Smirnov. A los dieciocho años se adhieren el metalúrgico Bakáiev, los estudiantes Bujarin y Krestinsky y el zapatero Kaganóvich. El empleado Zinóviev y los metalúrgicos Serebriakov y Lutovínov son bolcheviques desde los diecisiete años. Svérdlov trabaja de mancebo de una farmacia cuando empieza a militar a los dieciséis años, como el estudiante Kuibyschev. El zapatero Drobnis y el estudiante Smilgá ingresan en el partido a los quince años, Piatnitsky lo hace a los catorce. Todos estos jóvenes, cuando todavía no han pasado de la adolescencia son ya viejos militantes y cuadros del partido. Svérdlov, a los diecisiete años, dirige la organización social-demócrata de Sormovo: la policía zarista, al tratar de identificarle, le ha puesto el sobrenombre de ”El chaval”. Sokólnikov, a los dieciocho años, es ya secretario de uno de los radios de Moscú. Rikov solo tiene veinticuatro años cuando se convierte, en Londres, en portavoz de los komitetchiki e ingresa en el comité central. Cuando Zinóviev entra, a su vez, a formar parte del comité central, a los veinticuatro años, ya es conocido como responsable de los bolcheviques de San Petersburgo y redactor de Proletario. Kámenev tiene veintidós años cuando es enviado como delegado a Londres; Svérdlov sólo tiene veinte cuando acude a la conferencia de Tammerfors. Serebriakov es el organizador y uno de los veinte delegados de las organizaciones clandestinas rusas que en 1912 acuden a Praga, tiene entonces veinticuatro años.

Estos jóvenes han acudido en olas sucesivas, siguiendo el ritmo de las huelgas y de los momentos culminantes del movimiento revolucionario. – Los más antiguos empezaron a militar alrededor de 1898 y se hicieron bolcheviques a partir de 1903; tras ellos vino la generación de 1905 y años consecutivos; por último, una tercera avalancha se integra a partir de 1911 y 1912. La vida de estos hombres se mide por años de presidio, de acción clandestina, de condenas, de deportaciones y de exilios. Piatnitsky que nació en 1882, milita desde 1896. Tras ser detenido en 1902, se fuga, se une a la organización ”iskrista” y más adelante emigra. Trabaja en el extranjero hasta 1905. Vuelve a Rusia en este mismo año, se integra en la organización de Odesa hasta 1906, más adelante en la de Moscú de 1906 a 1908. Es detenido, consigue de nuevo evadirse, pasa a Alemania y asume allí un importante cargo en el aparato técnico hasta 1913. Durante este tiempo aprende el oficio de electricista. Vuelve clandestinamente a Rusia en 1913., encuentra trabajo en una fábrica y es detenido y deportado de nuevo hasta 1914. Sin embargo, hay otras biografías todavía más impresionantes: Sergio Mrachkovsky nace en la cárcel donde se encuentran sus padres, presos políticos, pasa allí su infancia antes de volver ya adulto y, esta vez, por propia voluntad; Tomsky, en 1917, tiene treinta y siete años y cuenta en su haber con diez años de prisión o deportación. Vladimir Miliutin ha sido detenido ocho veces, en cinco ocasiones ha sido condenado a prisión pasando por dos deportaciones; Drobnis ha purgado seis años de cárcel y ha sido condenado a muerte tres veces.

La moral de estos hombres es de una solidez a toda prueba: ofrecen lo mejor de ellos mismos, con el convencimiento de que sólo de esta forma, pueden expresar todas las posibilidades que hierven en sus jóvenes inteligencias. Sverdlov, clandestino desde los diecinueve años y enviado por el partido para organizar a los obreros de Kostroma en el Norte, escribe a un amigo: ”A veces añoro Nijni–Novgorod, pero, en definitiva, estoy contento de haber partido, porque allí no hubiese podido abrir las alas que creo poseer. En Novgorod he aprendido a trabajar y he llegado aquí en posesión de una experiencia: cuento con un amplio campo de acción donde emplear mis fuerzas”.[45] Preobrazhensky, principal líder del partido ilegal del Ural durante el periodo de reacción, es detenido y juzgado. Cuando Kerensky, su abogado, intenta negar los cargos que se le imputan, se pone en pie de un salto, le desautoriza, afirma sus convicciones y reivindica la responsabilidad de su acción revolucionaria. Naturalmente resulta condenado: sólo después de la victoria de la revolución, descubrirá el partido que este hombre, revolucionario profesional desde los dieciocho años, es un economista de enorme valía.

Los revolucionarios estudian: algunos, como Piatakov, que escribe un ensayo sobre Spengler, durante el periodo en que la policía le acosa en Ucrania, en 1918, o como Bujarin, son relevantes intelectuales. Los otros, aunque menos brillantes, estudian también siempre que pueden, ya que el partido es una escuela, y esto no sólo en sentido figurado. En sus filas se suele aprender a leer y, cada militante, se convierte en jefe de estudios de un grupo en el que se educa y se discute. Los adversarios del bolchevismo suelen burlarse de este gusto por los libros que, en determinados momentos, convierte al partido en una especie de ”club de sociología”; sin embargo, a la preparación de la conferencia de Praga contribuye con toda clase de garantías de efectividad la escuela de cuadros de Longjumeau, integrada por varias decenas de militantes que escuchan y discuten cuarenta y cinco lecciones de Lenin, treinta de las cuales versan sobre economía política y diez sobre la cuestión agraria, además, se imparten clases de historia del partido ruso, de historia del movimiento obrero occidental, de derecho, de literatura y de técnica periodística. Naturalmente, no todos los bolcheviques son pozos de ciencia, pero su cultura los eleva muy por encima del nivel medio de las masas; en sus filas se cuentan algunos de los intelectuales más brillantes de nuestra época. Sin duda alguna, el partido educa y, de todas formas, el revolucionario profesional dista mucho de ser el precoz burócrata descrito por los detractores del bolchevismo.

Trotsky, que conocía bien a estos hombres y llevó su mismo tipo de vida, a pesar de no ser bolchevique aún, escribió respecto a ellos: ”La juventud de la generación revolucionaria coincidía con la del movimiento obrero. Era el momento de los hombres de 18 a 30 años. Los revolucionarios de mayor edad eran contados con los dedos de la mano y parecían ancianos. El movimiento desconocía por completo el arribismo, se nutría de su fe en el futuro y su espíritu de sacrificio. No existía rutina alguna, ni fórmulas convencionales, ni gestos teatrales, ni procedimientos retóricos. El patetismo que empezaba a surgir era tímido y torpe. Incluso palabras como ”comité” y ”partido”, resultaban nuevas aún, conservando su aureola y despertando en los jóvenes unas resonancias vibrantes y conmovedoras. El que ingresaba en la organización sabía que la prisión y la deportación le esperaban, dentro de unos meses. El pundonor del militante se cifraba en resistir el mayor tiempo posible sin ser detenido, en comportarse dignamente ante la policía, en secundar cuanto se pudiese a los camaradas detenidos, en leer el mayor número de libros en la cárcel, en evadirse cuanto antes de la deportación para ir al extranjero y hacer allí provisión de conocimientos, con el fin de volver y reanudar el trabajo revolucionario. Los revolucionarios creían en aquello que enseñaban, ninguna otra razón podría haberles llevado, de no ser así, a emprender su vía crucis”.[46]

Ciertamente, nada puede explicar mejor las victorias del bolchevismo y, sobre todo, su conquista, lenta al principio, más tarde fulminante, de aquellos a los que Bujarin denomina el ”segundo círculo concéntrico del partido”, los obreros revolucionarios, que constituyen sus antenas y sus palancas, como organizadores de los sindicatos y comités del partido, como focos de resistencia y centro de iniciativas; son líderes y educadores infatigables, merced a cuya acción pudo integrarse el partido con la clase y dirigirla. La historia ha olvidado los nombres de casi todos ellos: Lenin los llama cuadros ”a la Kayúrov”, por el nombre del obrero que le esconde en 1917 durante unos días y en el que siempre depositará su confianza. Sin la existencia de estos hombres, resulta imposible comprender el ”milagro” bolchevique.

Lenin

Cualquier estudio del partido bolchevique resultaría incompleto si no incluyese la descripción de aquel que lo fundó y encabezó hasta su muerte. Ciertamente, Lenin se identifica en cierto modo con el partido: pero, sin embargo, sus características personales rompen tal analogía. En primer lugar, él es prácticamente el único representante de su generación, pues sus primeros compañeros en la lucha, Pléjanov, mayor que él y Mártov, de su misma edad, dirigen a los mencheviques. Sus lugartenientes de la primera época, Krasin y Bogdanov, se han distanciado. En el momento de la conferencia de Praga, los más antiguos de sus colaboradores inmediatos, Zinóviev, Kamenev, Svérdlov y Noguín, tienen todos ellos menos de treinta años. Lenin cuenta entonces cuarenta y dos años; entre los bolcheviques, es el único en pertenecer a la generación anterior a Iskra, es decir a la de los pioneros del marxismo ruso. Los hombres jóvenes de la dirección bolchevique son, ante todo, sus discípulos.

No es este el lugar adecuado para abordar un análisis de la capacidad intelectual de Lenin, de su cultura, de su enorme potencial de trabajo, de la agilidad de sus razonamientos, de la lucidez de su análisis y de la hondura de sus perspectivas. Limitémonos a subrayar que, convencido como estaba de la necesidad del partido como instrumento de la historia, emprendió apasionadamente su construcción y consolidación durante todo el período que precedió al estallido de 1917 apoyándose para ello, en las perspectivas y datos que ofrecía el propio movimiento de masas, al tiempo que hacía gala de una excepcional confianza en la solidez de su propio análisis e intuición. Completamente convencido de que los conflictos ideológicos resultan inevitables, Lenin afirma, en una carta dirigida a Krasin, que ”constituye una completa utopía, esperar una solidaridad absoluta dentro del comité central o entre sus miembros”. Lucha para convencer, tan seguro e estar en lo cierto como de que el propio desarrollo político de los acontecimientos será la mejor confirmación de sus tesis. Esta es la razón de que termine por aceptar, sin demasiado resentimiento, una derrota que considera puramente provisional, como la sufrida frente a los komitetchiki en el congreso de 1905, en vísperas de una revolución de la que espera la destrucción de todas las rutinas. Hacia el final del mismo año, cede, ante el impulso de los militantes que desean una reunificación, prematura en su opinión, limitando de antemano las posibles pérdidas por la concentración de su esfuerzo en conseguir, dentro del partido unificado, que la elección de miembros del comité central se haga según el principio de representación proporcional de las tendencias. Entre 1906 y 1910, redobla su acción para convencer a los disidentes de su fracción, dejando, por último, que ellos mismos tomen la iniciativa de la ruptura. En 1910, se inclina ante la política de los ”conciliadores”, defendida por Dubrovinsky –, al que considera como elemento de gran valía y al que espera convencer rápidamente por la experiencia.

No obstante, sobre las cuestiones que considera fundamentales, se mantiene en la más absoluta intransigencia – a su ver, el trabajo ilegal constituye una de las piedras de toque que confirman la naturaleza revolucionaria de la acción emprendida –, de vez en cuando, llega a un acuerdo o se retracta, y no sólo cuando, por encontrarse en minoría, debe dar ejemplo de la disciplina que exige cuando cuenta con la mayoría. Su objetivo no es tener razón solo, sino fabricar el instrumento que le permitirá intervenir en la lucha de clases y tener razón a escala histórica, ”a escala de millones”, como gusta repetir: para conservar su fracción, compuesta por esos hombres cuidadosamente elegidos durante años, sabe esperar e incluso doblegarse; sin embargo, jamás oculta que no vacilaría ni un momento en empezar de nuevo si sus adversarios insistiesen en poner lo esencial en tela de juicio. En la polémica ideológica o táctica, parece interesarse particularmente por la exacerbación de las diferencias, forzando las contradicciones hasta el límite, revelando los contrastes y esquematizando e incluso caricaturizando el punto de vista de su oponente. Son estos los métodos de un luchador que busca la victoria y no el compromiso, que quiere llegar a desmontar el mecanismo del pensamiento de su antagonista para reducir los problemas a unos elementos que sean comprendidos con facilidad por todo el mundo. Sin embargo, nunca pierde de vista la necesidad de conservar la colaboración, en la empresa común, de aquel con quien está manteniendo el duelo dialéctico. Durante la guerra, Bujarin y él no llegaban a un acuerdo respecto al problema del estado; Lenin le pide entonces que no publique ningún trabajo sobre esta cuestión para no acentuar los desacuerdos sobre unos extremos que, en su opinión, ni uno ni otro han estudiado suficientemente. Lenin argumenta siempre, cediendo a veces, pero jamás renuncia a convencer al final, pues sólo así – a pesar de lo que hayan podido alegar sus detractores – obtuvo sus victorias y se convirtió en jefe indiscutible de la fracción, construida con sus propias manos y cuyos hombres escogió y educó personalmente. Por otra parte, tal actitud le parece perfectamente normal, como lo demuestran las palabras que dirige a los que se preocupan por los conflictos surgidos entre compañeros de armas: ”Que los sentimentales se lamenten y giman: ¡Más conflictos! ¡Más diferencias internas! ¡Aun más polémicas! Nosotros respondemos: jamás se ha formado una social–democracia revolucionaria sin continuo surgimiento de nuevas luchas”.[47] Por ello, la inmensa autoridad que posee sobre sus compañeros, no es la del sacerdote ni la del oficial, sino la del pedagogo y la del camarada, la del maestro y la del veterano – familiarmente se le suele llamar ”El viejo” – cuya integridad y perspicacia se admira y cuyos conocimientos y experiencia son muy estimados; por otra parte, es evidente su huella en la historia reciente y todo el mundo ve en él al constructor de la fracción y del partido. Su influencia se basa en la vigorosa fuerza de sus ideas, de su temple de luchador de su genio polémico, antes que en el conformismo o en e acatamiento de una severa disciplina. Todos sus compañeros, de Krasin a Bujarin, manifestarán hasta que punto supone para ellos un verdadero problema de conciencia enfrentarse con él. Sin embargo, no reparan en hacerlo pues se trata de un deber, él mismo lo afirma, ”el primero de los deberes de un revolucionario” es criticar a sus dirigentes: los discípulos no serían por tanto dignos de su maestro si no se atreviesen a combatir su punto de vista cuando piensan que está equivocado. Además, un partido revolucionario no se construye con robots. Esta es la opinión de Lenin cuando escribe a Bujarin que, si prescindiesen de las personas inteligentes pero poco disciplinadas y no conservasen más que a los imbéciles disciplinados, el partido se iría a pique. He aquí el motivo de que, tanto la historia del partido, como la de la fracción, no sean, desde 1903, sino una larga sucesión de conflictos ideológicos que Lenin supera sucesivamente merced a un prolongado alarde de paciencia. A este respecto, resulta extremadamente difícil separar el estudio de la personalidad de Lenin del de su fracción, cuya unidad de criterio surge de la discusión, casi permanente, que se opera, tanto sobre las cuestiones fundamentales como a propósito de la táctica a seguir en cada momento.

Por otra parte, el éxito en la empresa de organización, se explica por la capacidad de Lenin para agrupar, mediante la lucha en el campo de las ideas, a elementos tan dispares, a caracteres tan opuestos y a personalidades tan contradictorias como Zinóviev, Stalin, Kámenev, Svérdlov, Preobrazhensky y Bujarin: ”el ejército de hierro” que pretendía ser – y de hecho fue – el partido bolchevique, surgía, no sólo de aquel ”maravilloso proletariado” al que se refería Deutscher, sino también de la mente del hombre que había escogido este medio para construirlo.

Mas esto explica igualmente la soledad de Lenin. En última instancia ningún militante del partido se encuentra a la altura de las capacidades de su líder: sin duda Lenin cuenta con auxiliares y discípulos, colaboradores y compañeros a la vez, pero, salvo la excepción de Trotsky – cuya propia personalidad es tal vez suficientemente aclaratoria del hecho de no haber sido bolchevique y del de no haber aceptado la hegemonía de Lenin hasta 1917 – no establecerá con nadie una camaradería de igual a igual. Esta es una de las razones de que, más adelante, los viejos bolcheviques le consideren insustituible, y esto, a pesar de que, como dijo Preobrazensky, no era tanto ”timonel como cemento de la masa”. Si, como Bujarin, admitimos que las victorias del partido se debían tanto a su ”solidez marxista” como a su ”flexibilidad táctica” – esta era la opinión de los viejos bolcheviques –, tendremos que reconocer asimismo que, bajo esta doble faceta, Lenin era el único motor y que, con el tiempo, escarmentados por sus sucesivas derrotas, sus adversarios bolcheviques habían aprendido a ceder ante él. Este es el momento en que la etapa revolucionaria, al sumergirle en esa historia en la que son protagonistas ”millones y millones”, le priva definitivamente de la posibilidad de formar la generación de los que tal vez hubieran podido medirse con él victoriosamente. En cualquier caso, esta es la hipótesis que sugiere la historia del partido hasta la muerte de Lenin, muerte que hizo posible que, de su pensamiento antidogmático por excelencia, naciese el dogma del ”leninismo”, que terminará por suplantar al propio espíritu ”bolchevique” que había sabido crear.

IV. El partido y la revolución

El partido que, en octubre de 1917, tomó el poder en Petrogrado, surgía directamente de la organización que Lenin construyó a principios de siglo. Sin embargo, el partido ha cambiado sustancialmente, transformándose por el influjo de la ola revolucionaria que ha llevado a sus filas a decenas de miles de obreros y soldados, lanzando a millones de hombres a la acción política. La que fue pequeña organización de revolucionarios profesionales, se ha convertido en un gran partido revolucionario de masas; este es el sentido que hay que dar a la gran polémica acerca de la organización que tuvo lugar entre bolcheviques y mencheviques, resolviéndose a favor de los primeros. En realidad, el partido bolchevique, al tomar el poder, dio una solución definitiva a la cuestión teórica de la naturaleza de la revolución en Rusia que, desde 1905, subyacía en los conflictos organizativos entre socialdemócratas.

Los problemas de la revolución antes de 1905

En 1903, los bolcheviques y los mencheviques no parecen mostrar divergencias más que en cuanto concierne a la cuestión de los medios que permitiesen alcanzar el fin supremo, es decir, la conquista del poder por la clase obrera y la instauración el socialismo. No obstante, la polémica que se origino en el II Congreso, revela, en definitiva, divergencias más profundas. Karl Marx esperaba que la revolución se llevase a cabo con anterioridad en los países más avanzados donde una revolución burguesa, como la francesa de 1789, habría sentado ya las condiciones de desarrollo del capitalismo al destruir el poder de la aristocracia rural y del absolutismo. Los primeros discípulos rusos de Marx consideraron que la tarea revolucionaria inmediata en Rusia era el derrocamiento de la autocracia zarista y la consiguiente transformación de la sociedad desde una óptica burguesa y capitalista con la instauración de una democracia política. Los ”marxistas legales”, discípulos de Pedro Struve, llevaron esta tesis hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose entonces el propio Struve en el apóstol del desarrollo capitalista ruso y uniéndose al partido cadete y al liberalismo político. Si bien los pertenecientes al equipo de Iskra aceptaron construir un partido obrero, las discusiones que siguieron a la escisión constituyeron un claro exponente de su falta de armonía en cuanto a los objetivos inmediatos que tal partido debería asignarse. Los mencheviques acusan a los bolcheviques de abandono de las perspectivas de Marx, de intentar organizar artificialmente una revolución proletaria por medio de conspiraciones a pesar de que, en una primera fase, las condiciones objetivas sólo permitan una revolución burguesa. Los bolcheviques, por su parte, arguyen que los mencheviques se niegan a organizar y preparar una revolución proletaria, postergándola a un futuro bastante lejano; esta actitud termina por hacer de ellos los defensores de una especie de desarrollo histórico espontáneo que habría de conducir automáticamente al socialismo a través de una serie de ”etapas” revolucionarias diferentes, burguesa-democrática la primera y proletario-socialista la segunda, y, por último, que este fatalismo les hace limitar, en lo inmediato, la acción de los obreros y de los socialistas en general, al papel de fuerza de apoyo para la burguesía en su lucha contra la autocracia y en favor de las libertades democráticas.

De hecho, los argumentos que desarrollan los mencheviques a partir de la escisión se asemejan cada vez más a los utilizados en Occidente por los mantenedores del socialismo reformista, habida cuenta de que, paradójicamente, no existe en Rusia una aristocracia obrera similar a la que, en los países avanzados, da una base social al reformismo.

La discusión a la luz de la revolución de 1905

Para todos los social-demócratas rusos, la revolución de 1905 ha sido una revolución burguesa en cuanto a sus principales objetivos, a saber, la elección de una asamblea constituyente y la instauración de libertades democráticas. Pero resulta no menos claro que tal revolución burguesa fue llevada a cabo íntegramente por la clase obrera, con sus instrumentos de clase, sus manifestaciones callejeras y sus huelgas, fue el resultado de la insurrección de los obreros de Moscú. A pesar de haberse dado algunos motines de soldados y de campesinos encuadrados en el ejército, así como de los breves destellos de algunas revueltas campesinas, en general el campo no se movilizó. El zarismo conservó, en definitiva, el control del ejército y los campesinos que lo integraban terminaron por aplastar al movimiento obrero. En cuanto a la burguesía, desde el momento en que la autocracia hizo las primeras concesiones, se echó atrás, abandonando la lucha a pesar de que sus aspiraciones distasen mucho de estar completamente satisfechas. Tanto los mencheviques como los bolcheviques se lanzaron a la acción revolucionaria con idéntica resolución y sin ningún tipo de reserva; el líder de uno de los motines más importantes fue el joven oficial menchevique Antónov–Ovseienko que encabezó la insurrección en su propia unidad. Tras de la derrota, unos y otros vuelven a ponerse de acuerdo en cuanto al análisis básico y a la explicación del fracaso: la burguesía ha retrocedido por miedo a las masas obreras y la pasividad de los campesinos ha resultado ser el principal obstáculo y el arma más importante de la contrarrevolución. Sin embargo, difieren en cuanto a las conclusiones que se pueden extraer de esta primera experiencia revolucionaria.

Los mencheviques, por su parte, no parecen excesivamente sorprendidos por el fracaso. Posteriormente, Pléjanov ha sancionado como erróneo el recurso a las armas que tuvo lugar en Moscú. El desarrollo de los acontecimientos, en definitiva, confirma su conocida opinión de que una revolución socialista cuyo peso repose únicamente sobre la clase obrera –, exige previamente un crecimiento de las fuerzas productivas a lo largo de una fase de desarrollo capitalista que sólo puede darse después de una revolución burguesa. Por tanto, es preciso distinguir las dos etapas por las que habrá de pasar Rusia desde su situación semi-feudal a la victoria del socialismo: en primer lugar una revolución burguesa y democrática que realizará una labor equivalente a la revolución francesa de 1789 y posteriormente, con vistas a la transformación capitalista de la sociedad, una revolución socialista encabezada por el proletariado que, de esta forma, se convertirá en la clase dominante desde el punto de vista numérico antes de serlo también desde el político. Estas dos fases históricas, estas dos etapas revolucionarias, estarán forzosamente separadas por un lapso de tiempo mas o menos largo. Este es el análisis que conduce a un cierto número de mencheviques a defender la idea de una alianza de los socialistas con la burguesía liberal en una primera etapa; así se justifica la tendencia que Lenin llamará ”liquidacionista”, dado su abandono del intento de construir un partido obrero al que ya no se considera instrumento indispensable de la victoria ni siquiera en la primera fase.

Para los bolcheviques la revolución de 1905 ha demostrado que el proletariado era capaz de acabar simultáneamente con sus dos enemigos, la autocracia y la burguesía, a condición de contar con el apoyo del campesinado que le faltó en 1905. Lenin manifiesta su acuerdo con los mencheviques al reconocer la necesidad para Rusia de pasar por la etapa de la revolución democrático burguesa antes que por la de revolución socialista proletaria; sin embargo, la experiencia de 1905, en su opinión, demuestra que, por temor a la clase obrera, la burguesía es incapaz de llevarla a cabo y que esto sólo puede hacerlo un proletariado que consiga aliarse con el campesinado hambriento de tierra. La revolución democrático–burguesa en Rusia no se hará pues, bajo la dirección de la burguesía como ocurrió en los países adelantados; sólo podrá llevarse a cabo si es dirigida por una ”dictadura revolucionaria y democrática el proletariado y del campesinado” que ”tal vez ofrecería la posibilidad de levantar a Europa”, ”ayudándonos en la empresa de completar la revolución mundial el proletariado socialista europeo al desembarazarse del yugo que le impone la burguesía”.[48] De esta forma Lenin, al tiempo que mantiene la distinción entre las dos etapas, introduce en su esquema dos elementos de transición que le permiten situar su análisis en concordancia con las célebres frases de Marx a propósito de la ”revolución ininterrumpida”[49]: en determinadas circunstancias, la revolución socialista podría surgir simultáneamente en Rusia y en Europa, como consecuencia de la revolución democrático-burguesa rusa, lo que convierte la construcción de un partido obrero social-demócrata ruso en una necesidad insoslayable.

Trotsky es el único dirigente social-demócrata destacado que desempeña un papel importante en la revolución de 1905. A pesar de sus vínculos organizativos con los mencheviques, se opone de forma radical a sus concepciones teóricas; a esta época pertenecen los elementos esenciales de su teoría de la ”revolución permanente”. Para él, el rasgo más característico de la estructura social rusa es el desarrollo de una industria capitalista patrocinada por el estado y basada en los capitales extranjeros. Por tanto existe un proletariado, cuando todavía no se puede afirmar la existencia de una auténtica burguesía, lo que supone que, ”en un país atrasado económicamente, el proletariado puede hacerse con el poder antes que en un país capitalista avanzado”.[50] Ahora bien, el desarrollo de la revolución de 1905 ha demostrado, a su vez, ”que, una vez instalado en el poder, el proletariado, por la propia lógica de la situación, se verá impulsado a administrar la economía como un asunto de estado”,[51] lo cual supone que la completa realización de la revolución democrático – burguesa por el proletariado implica automáticamente el paso simultáneo a la realización de la revolución socialista. Las condiciones exigidas por Lenin para la transición de la primera a la segunda etapa, a saber, el apoyo de los campesinos en su lucha por la propiedad de la tierra y el desarrollo de la revolución en los países avanzados, no son ya, para Trotsky, sino meros apéndices de la victoria final, rechazando así la fórmula de la ”dictadura democrática encabezada por el proletariado y apoyada por el campesinado”. La posibilidad de victoria del socialismo en un solo país le parece tan remota como al propio Lenin: ”Sin el apoyo directo desde el estado, del proletariado europeo, la clase obrera rusa será incapaz de mantenerse en el poder y de transformar la transitoria supremacía del proletariado en dictadura duradera”.[52]

Los socialistas y los soviets

Desde el punto de vista de los historiadores, el hecho capital de la historia de la revolución de 1905 es, sin duda alguna, el surgimiento de los soviets, gracias a los cuales triunfaron en 1917 tanto la revolución proletaria como el partido bolchevique. Tanto más interesante resulta constatar que los soviets no fueron organizados por una de las tendencias del movimiento obrero y que la polémica entre socialistas, después de 1905, parece no reparar en este punto.

El primer soviet apareció en Ivanovo-Voznessensk, llamado el ”Manchester ruso”; tuvo su origen en un comité de huelga y en las asambleas que celebraban diariamente los obreros durante los 72 días que duró el conflicto.[53] La forma de consejo electo de delegados, sometidos al control directo de sus electores y a la revocabilidad de sus cargos, hizo así su aparición en Rusia; en adelante iba a ser adoptada en todos los centros obreros. Parece ser que el soviet de San Petersburgo surgió de la iniciativa de los impresores, empezando en seguida a ampliar su campo, captándose a los delegados de fábrica que representan a todos los obreros de la capital, a los representantes de los sindicatos no obreros y a la diferentes fracciones de la social–democracia. Este es el centro que dirige la huelga general, asumiendo, al mismo tiempo, la responsabilidad de asegurar el orden, regulando lo transportes y otros servicios públicos cuyo funcionamiento es imprescindible para su propio éxito; después de la vuelta al trabajo, el soviet impone igualmente la jornada de ocho horas en las fábricas. También toma la iniciativa de publicar un periódico diario, Izvestia (Las Noticias), organiza la lucha contra el impuesto, publica el célebre manifiesto en el que se advierte a los prestamistas extranjeros que la revolución no pagará los réditos de los préstamos rusos y, por último, impone, para hacer frente a la inflación creciente, el pago de los salarios en moneda convertible en oro. Por otra parte, el soviet de San Petersburgo impulsa y fomenta la organización de sindicatos y organiza unos grupos obreros de auto–defensa que reprimen el intento de pogrom que pretende llevar a cabo los ”Cien Negros”.[54] El ejemplo que ofrece y la publicidad que adquiere su actividad originan la formación de soviets en todas las grandes capitales: sea cual fuere la ocasión que permite su creación o su punto de partida local, ya se trate de un comité de huelga, de un comité de acción o de una asamblea, los soviets de 1905 son consejos formados por delegados de los trabajadores que se agrupan en torno a los delegados de fábricas, elegidos por el conjunto de obreros organizados o independientes y que se componen de representantes cuyos electores pueden invocar en cualquier momento la revocabilidad de sus mandatos. A corto plazo, todos ellos acaban funcionando como autoridades revolucionarias que ejercen un poder antagónico al del Estado, un doble poder de hecho, que se apoya en el ejercicio de la autoridad de los trabajadores, generalmente represiva para las otras clases de la sociedad.

Los mencheviques, cuya propaganda no tuvo inconveniente en lanzar consignas como ”Estado popular”, ”autoadministración” o ”comuna”, sostuvieron la creación de soviets, desempeñando en ellos un papel nada despreciable. Desde su perspectiva de revolución burguesa, sin embargo, no pueden considerarlos como órganos de un poder cuyo ejercicio duradero sea posible. Los mencheviques de San Petersburgo, influidos por Trotsky, actúan en contradicción con los dirigentes de la emigración. De hecho, la mayoría de los mencheviques considera a los soviets como el punto de arranque del partido de masas o de los sindicatos a la alemana que aspiran a construir y desarrollar según su esquema que supone que la sociedad rusa habrá de alinearse, según las pautas de la sociedad capitalista y democrática de Europa occidental.

Hemos visto hasta qué punto los bolcheviques desconfían de los soviets: algunos no ven en ellos sino el intento de construcción de un organismo informe e irresponsable que se enfrenta con la autoridad del partido. Los bolcheviques de San Petersburgo, comienzan por negarse a participar como tales en el soviet de delegados obreros y para decidirlos será preciso que se ejerzan el prestigio y la influencia de Trotsky sobre Krasin, representante del comité central. En general, los que más simpatizan con los soviets los consideran, en el mejor de los casos, como meros instrumentos auxiliares del partido, Ni siquiera el propio Lenin parece haberles dado la importancia y el significado que, en 1917, se verá obligado a reconocerles. De esta forma, tras la disolución del soviet de San Petersburgo, da la razón a los bolcheviques que se oponen a la admisión en ellos de los anarquistas: en su opinión, el soviet no es ”ni un parlamento obrero ni un órgano de autogobierno proletario”, se trata sencillamente de una ”organización de lucha que se plantea unos objetivos determinados”.[55] En 1907 admite que sería necesario un estudio científico de la cuestión para tratar de averiguar si los soviets constituyen en realidad ”un poder revolucionario”.[56] En el mes de enero de 1917, en una conferencia sobre la revolución de 1905 sólo menciona a los soviets de pasada, definiéndolos como ”órganos de lucha”.[57] Tendrán que pasar algunas semanas antes de que su análisis se modifique por la influencia de Bujarin, del holandés Pannekoek y sobre todo, del papel desempeñado por los nuevos soviets rusos.

También respecto a esta cuestión, Trotsky aparece como una figura aislada y precursora. Desde el corazón mismo de la experiencia del soviet de San Petersburgo extrae sus conclusiones, hace balance de su acción y, por último, afirma: ”Si duda alguna, en la próxima explosión revolucionaria, se formarán consejos obreros como este en todo el país. Un soviet pan–ruso de obreros, organizado por un consejo nacional (...) asumirá la dirección (...). El futuro soviet, deducirá de estos cincuenta días todo su programa de acción (...) –, cooperación revolucionaria con el ejército, el campesinado y los sectores más humildes de las clases medias, abolición del absolutismo y destrucción de su aparato militar, abolición de la policía y del aparato burocrático, jornada de ocho horas, distribución de armas al pueblo y sobre todo a los obreros; transformación de los soviets en órganos revolucionarios de gobierno en las ciudades, formación de soviets campesinos para dirigir, desde el campo, la realización de la reforma agraria; elecciones para la Asamblea Constituyente”.[58] En otra ocasión afirma; ”Este plan es más fácil de formular que de aplicar, mas, sí la revolución debe imponerse, el proletariado no puede menos que asumir tal papel. Cumplirá con esta tarea revolucionaria sin parangón en la historia universal”.[59]

Tras de haber sido prácticamente el único en afirmar, como lo hizo ante sus jueces, que el soviet, ”organización típica de la revolución”, considerada como ”organización del propio proletariado” se convertiría en el ”órgano de poder de la clase obrera”,[60] Trotsky permanecería apartado de la polémica fundamental de los social-demócratas a propósito de la participación en el gobierno provisional que habría de surgir de una nueva revolución. Los mencheviques se pronuncian en contra de tal participación, argumentando que es la burguesía la encargada de dirigir la revolución burguesa y que el papel de los socialistas debe ser permanecer en la oposición y rehusar cualquier participación en el poder puesto que a ellos corresponde el fortalecimiento de las posiciones de la clase obrera impidiendo al mismo tiempo un prematuro compromiso en la lucha por el socialismo. Por su parte, los bolcheviques afirmaban que, al renunciar a participar en un gobierno provisional, los social-demócratas renunciarían al mismo tiempo a la realización de la revolución democrática. Ciertamente, la Historia parece burlarse de ellos cuando, en 1917 –, son precisamente los mencheviques los que aceptan la participación en el gobierno provisional, mientras que los bolcheviques les reprochan tal actitud, como si de una traición se tratara, ello se debía a, que, en aquella época, la construcción de los soviets se había convertido en la tarea de obreros y campesinos y este desarrollo revolucionario espontáneo y tumultuoso, había superado de manera definitiva las viejas polémicas, con idéntico efecto al que, algunos años antes, había tenido la guerra.

La guerra: nuevas posiciones

La guerra de 1914 va a trazar nuevas líneas de demarcación en las posiciones de los social-demócratas. Los grandes partidos de la II Internacional, los socialistas franceses y los social-demócratas alemanes – salvo el pequeño grupo internacionalista de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht –, participan en la santa alianza; en ambos bandos, sostienen la defensa nacional, supeditan la lucha por el socialismo e incluso cualquier lucha obrera inmediata, a la necesidad de someter previamente por la fuerza de las armas al militarismo imperialista del enemigo. De hecho, en los países occidentales, los partidos socialistas optan por la preservación de los vínculos que les unen a sus respectivas burguesías, solidarizándose con ellas en el conflicto bélico: la Internacional, como organización obrera ha entrado en quiebra, puesto que sus dirigentes, sea cual fuere el país o el sistema de alianzas en el que se hallen incluidos, colocan su solidaridad nacional con el Estado por encima de la solidaridad internacional con los obreros de los demás países. En términos leninistas, durante este proceso, el reformismo se convierte en ”social–chovinismo”. En tales condiciones, no puede por tanto sorprendernos que la corriente patriótica haya sido menos vigorosa en Rusia que en Occidente: el reformismo no contaba allí con una base social propia y la declaración de guerra es utilizada de inmediato y sin ningún pudor por el gobierno zarista para justificar la prohibición de la prensa obrera de todas las tendencias. Los diputados bolcheviques y mencheviques de la Duma llegarán a un acuerdo a la hora de votar contra los créditos militares que sus correligionarios franceses y alemanes han aceptado de inmediato, por temor a perder en la represión todo aquello que todavía consideran como sus ”conquistas”.

La social–democracia rusa, sin embargo, va a sentir en su propia carne, todas las divisiones de la social–democracia internacional, si bien es distinta la relación de fuerzas, dadas las características específicas de la sociedad y el movimiento obrero rusos. Pléjanov condena, como si de una ”traición” se tratase, el boicot socialista a los créditos militares, sosteniendo al propio tiempo el punto de vista de la defensa nacional: al igual que los socialistas franceses, opina que la derrota del imperialismo alemán, muralla del capitalismo y del militarismo europeos, propiciará, en definitiva, una victoria del socialismo, conciliando de esta forma una contradicción que es sólo aparente y e incidiendo con los socialistas alemanes que, por su parte, ven en la derrota zarista, bastión de la reacción, una muestra de la posible victoria del socialismo, conseguida en el país donde el partido es más fuerte... Junto a él se alinean la mayoría de los mencheviques emigrados, así como el secretariado extranjero; sin embargo, no consigue arrastrar a la totalidad de los militantes, pues numerosos mencheviques, que hasta entonces se encontraban a su derecha, se niegan a adoptar tal actitud patriótica.

Por su parte Lenin, que se ha refugiado en Suiza tras los problemas surgidos durante su residencia en Austria, redacta un manifiesto del comité central del partido en el que afirma: ”No hay duda alguna de que el mal menor, desde el punto de vista de la clase obrera y de las masas trabajadoras de todos los pueblos de Rusia, sería la derrota de la monarquía zarista que es el más bárbaro y reaccionario de los gobiernos, el que oprime al mayor número de nacionalidades y a la mayor proporción de la población de Europa y Asia”.[61] Al reparar en el hundimiento de la II Internacional, el comité central bolchevique, retomando los principios que le han servido para construir su organización y con el fin de proponérselos a todos los socialistas, declara: ”Que los oportunistas preserven las organizaciones legales al precio de traicionar sus convicciones; los social-demócratas, en cambio, utilizarán su espíritu organizativo y sus vínculos con la clase obrera para crear las formas de lucha legales, tendentes al socialismo y a la mayor cohesión proletaria –, que corresponden a la crisis. Crearán tales formas de lucha ilegal no ya para combatir junto con la burguesía patriotera de su país, sino para luchar codo con codo con la clase obrera de todos los países. La Internacional proletaria no ha sucumbido ni lo hará. Las masas obreras crearán una nueva Internacional pese a todas las dificultades”.[62] En el mes de febrero de 1915, se celebra en Berna una conferencia de grupos bolcheviques emigrados en la que participan algunos recién llegados de Rusia como Bujarin y Piatakov, dicha conferencia se inclina por ”la conversión de la guerra imperialista en guerra civil”.

De esta forma y por iniciativa de los bolcheviques que se oponen al ”defensismo” de los partidos de la II Internacional, surge una corriente ”derrotista”, partidaria de la construcción de una III Internacional. La capitulación de la II Internacional frente a la guerra ha creado las condiciones de una escisión definitiva del movimiento obrero mundial. Sin embargo, serán necesarios algunos meses aún para que los nuevos principios y tomas de postura triunfen, dentro de la nueva relación tanto de las fuerzas como de los prejuicios y de los antiguos puntos de vista.

En primer lugar, dentro de la emigración rusa, se escalonan múltiples posiciones, entre el defensismo de Pléjanov y el derrotismo de Lenin. Tanto Mártov como muchos otros mencheviques se niegan a admitir que la victoria de los Habsburgos o de los Hohenzollern constituya un factor más o menos favorable para la causa del socialismo que la de los Romanov. Denuncian el carácter imperialista de la guerra, el terrible séquito de atroces sufrimientos que supone para los trabajadores de todos los países y afirman que los socialistas deben acabar con la guerra mediante la lucha por una paz democrática y sin anexiones; sobre esta base, prosiguen, puede reconstruirse la unidad de los socialistas de todos los países, cuya condición previa ha de ser la negativa a apoyar los créditos de guerra en los países beligerantes.

Por entonces, Trotsky está muy cerca de Mártov. Desde el verano de 1914, comienza a atacar violentamente a los social-demócratas alemanes y franceses con un folleto que lleva por título ”La Internacional y la guerra”.En él afirma. ”En las presentes condiciones históricas, el proletariado no tiene interés alguno en defender una “patria” nacional anacrónica que se ha convertido en el principal obstáculo al desarrollo económico. Por el contrario, desea crear una nueva patria más poderosa y estable, los Estados Unidos republicanos de Europa, como base de los Estados Unidos del mundo. En la práctica, al callejón sin salida imperialista del capitalismo, el proletariado sólo puede enfrentar, como programa del momento, la organización socialista de la economía mundial”.[63] Los mencheviques internacionalistas de Mártov y los amigos de Trotsky van a encontrarse, junto con algunos antiguos bolcheviques, en Nashe Slovo, el periódico ruso que se edita en París bajo la dirección de Antónov-Ovseienko.

Las posturas se definen a través de las polémicas. Desde noviembre de 1914, Trotsky afirma: ”El socialismo reformista no tiene ningún futuro porque se ha convertido en parte integrante del antiguo orden y en cómplice de sus crímenes. Aquellos que esperen reconstruir la antigua Internacional, suponiendo que sus dirigentes pudieran hacer olvidar su traición al internacionalismo con una mutua amnistía, están obstaculizando de hecho el resurgimiento del movimiento obrero”.[64] En su opinión, la tarea inmediata es ”reunir las fuerzas de la III Internacional”. Por su parte, Rosa Luxemburgo acaba de adoptar una postura análoga: el ala revolucionaria de la social-democracia alemana se organiza en la ilegalidad. No obstante, Mártov está preocupado por la evolución de Trotsky y no cree que la nueva Internacional pueda aspirar a un papel, que no sea el de secta impotente. En el mes de febrero de 1915, Trotsky narra, en las páginas de Nashe Slovo, sus desacuerdos con los mencheviques y su ruptura, en 1913, con el bloque de Agosto. Nashe Slovo, se convierte en el núcleo mismo del internacionalismo socialista, situado en la encrucijada de todas las corrientes internacionalistas rusas: en torno de Antónov–Ovseienko, de Trotsky y de Mártov se encuentran antiguos bolcheviques otzovistas como Manuilsky, antiguos conciliadores como Sokólnikov, militantes que han roto con el menchevismo como Chicherin y Alejandra Kolontai., amigos de Trotsky cómo Yoffe, internacionalistas cosmopolitas entre los que se cuentan el búlgaro–rumano de educación francesa Christian Rakovsky, Sobelsöhn, llamado Karl Rádek, oriundo de la Galitzia, medio polaco, medio alemán – y también la italo-rumana Angélica Balabanova.

Trotsky presiona a Mártov para que rompa con los ”social–chovinistas”. Lenin acusa a Trotsky de querer preservar los vínculos que le unen a ellos. En el mes de julio, Trotsky escribe que los bolcheviques constituyen el núcleo del internacionalismo ruso. Mártov rompe entonces con él y abandona el periódico. En el mes de septiembre, treinta y ocho delegados de doce países, incluidos los de las naciones beligerantes., se reúnen en la localidad suiza de Zimmerwald. En esta ocasión, Lenin defiende la tesis derrotista: transformación de la guerra imperialista en guerra civil y constitución de una nueva Internacional. La mayoría, que es más pacifista que revolucionaria, no le sigue; se adopta empero, por unanimidad, un manifiesto redactado por Trotsky, en el que se lleva a cabo un llamamiento a todos los trabajadores para poner fin a la guerra. En 1915, cuando los diputados bolcheviques se encuentran encarcelados, los mencheviques aceptan participar en la Santa Alianza y su líder Chjeidze parece retractarse de los acuerdos tomados en Zimmerwald. Vera Zasúlich y Potrésov, los viejos jefes mencheviques, apoyan a Pléjanov. Trotsky sigue titubeando y se pregunta, en mayo de 1916, si los revolucionarios ”que no cuentan con el apoyo de las masas” no se ven, por ello, ”obligados a constituir durante un cierto período el ala izquierda de su Internacional”.[65]

Lenin y Trotsky siguen polemizando en torno al ”derrotismo ”, en el que Trotsky no encuentra ninguna ventaja decisiva, aparte de las acusaciones de sabotaje que se hacen aquellos que están firmemente dispuestos a proseguir la lucha revolucionaria sin preocuparse del resultado de la guerra; también discuten a propósito de los ”Estados Unidos de Europa”, consigna que Lenin considera contemporizadora, y que corre el riesgo de frenar la lucha revolucionaria que se lleva a cabo en cada país, al implicar, aparentemente, que la revolución no puede triunfar más que simultáneamente en todos los países de Europa. Como ha demostrado Isaac Deutscher, las diferencias entre los dos hombres son mínimas y se alimentan fundamentalmente de la desconfianza surgida de las antiguas querellas. El diario ruso de Nueva York Novy Mir, en el que, junto con Trotsky, colaboran la ex menchevique Kolontai, el bolchevique Bujarin y el revolucionario ruso–americano Volodarsky, constituye, a principios de 1917, un fiel exponente de esta fusión de todos los internacionalistas rusos –incluidos los bolcheviques –, que los ”periodistas” van a convertir en consigna fundamental, y que Bujarin, en oposición a Lenin, quiere transformar en primera piedra para la edificación de una nueva Internacional.

Las fuerzas socialistas en Rusia

Durante cierto tiempo, todas las organizaciones socialdemócratas parecieron desaparecer. La tendencia patriótica parece arrastrar incluso a revolucionarios profesionales como el obrero Voroshilov, que se enrola en el ejército zarista llegando a, ser suboficial. Los bolcheviques y los mencheviques internacionalistas son perseguidos con dureza. Los defensistas evitan poner en peligro con su actividad la Unión Sagrada que preconizan. En el mes de noviembre de 1914, el partido bolchevique es decapitado por la detención, en una conferencia, de sus delegados y del buró ruso del comité central. Todos ellos son juzgados, condenados y deportados. Kámenev, ante el tribunal, mantiene una actitud firmemente internacionalista, mas no abandona su solidaridad con el derrotismo tal como lo define el manifiesto del comité central.

Hasta la primavera de 1916, Lenin y Zinóviev no consiguen desde Suiza, restablecer el contacto con lo poco que ha quedado de la organización. En torno a Shliapnikov se ha reconstruido un ”buró ruso” y éste, a su vez, ha restablecido personalmente el enlace con el obrero Zalutsky y con el estudiante Skriabin, alías Mólotov. Empiezan a publicarse algunos periódicos ilegalmente en Petrogrado, Moscú y Jarkov. El metalúrgico Lutovinov consigue, en enero de 1917, reagrupar a los militantes de la región del Donetz y organizar una conferencia regional. Las condiciones de trabajo son extremadamente precarias: cada vez que en Moscú se consigue reconstruir una dirección ésta es inmediatamente desarticulada y detenidos sus miembros. Cuando el movimiento obrero empieza a rehacerse a partir de 1916, los grupos proletarios que se constituyen suelen ser autónomos: así ocurre en Moscú con el de la Tverskaia, con el comité del partido del radio de Pressnia y, en Petrogrado, con la organización inter–radios que sostiene el principio de la reconstrucción de un partido abierto a todos los internacionalistas. Esta última organización, resueltamente adversa al defensismo menchevique pero enemiga igualmente de los principios organizativos de los bolcheviques, ha conseguido establecer, durante unos meses un precario contacto con Trotsky y la redacción de Nashe Slovo. En conjunto siguen siendo muy escasas las posibilidades de acción; serán precisos tres años de matanzas en las trincheras, de sufrimientos en la retaguardia y de irrefrenable ira popular para que con la revolución de febrero y la irrupción de las masas, hasta entonces pasivas, en la calle, los reagrupamientos que se habían estado gestando en la emigración tomen cuerpo en Rusia.

La revolución de febrero

Con el año 1917 se inicia una nueva era. La guerra ha agudizado en todos los países las contradicciones, afectando profundamente a la estructura política y a la económica. La prolongación de la matanza suscita sentimientos de rebeldía. Los jóvenes se sublevan contra la guerra, azote de su generación, que todos los días engulle a centenares de ellos, y éste es, asimismo el sentimiento de las familias a las que mutila. En Alemania, en Francia, en Rusia, en todos los países beligerantes, aparecen los primeros síntomas de una agitación revolucionaria: como el propio Lenin había previsto, el séquito de sufrimientos que acompaña a la guerra imperialista parece poner al orden del día su transformación en guerra civil, incluso cuando la lucha se inicia bajo el pabellón del pacifismo.

El imperio zarista, como se ha repetido en numerosas ocasiones, constituye ”el más débil de los eslabones de la cadena del imperialismo”. Desde 1916 empieza a dar indicios de debilidad. El zar, desacreditado por el favor con que la zarina distingue al canallesco Rasputín, pero convencido, no obstante, de su autoridad, se convierte en un personaje discutido hasta en las más altas esferas de la burocracia y del ejército. Durante los dos primero años de la guerra, ésta no ha reportado más que desastres militares: a partir de 1916, sus exigencias contribuyen a desorganizar toda la actividad económica. Los transportes, que operan con un material utilizado muy por encima de su resistencia, son cada vez más inseguros. Escasean los víveres, tanto para la población urbana como para los ejércitos. Los precios emprenden un ascenso vertiginoso. El invierno de 1916-17 asesta de hecho al régimen un golpe mortal. La disciplina se relaja entre la tropa desmoralizada cuyas bajas se distribuyen por igual entre las causadas por el frío y el hambre las que provoca el fuego enemigo. El descontento cunde en las fábricas y barrios obreros de las grandes ciudades. Por último, en el mes de febrero, estalla la crisis: el día 13, 20.000 obreros paran el trabajo en celebración del segundo aniversario del proceso de los diputados bolcheviques; el día 16 se raciona el pan; se agotan los ”stocks” de carbón y el día 18 se despide a los obreros de la fábrica Putilov; el día 19 varias panaderías son asaltadas. El día 23 las obreras textiles de Petrogrado inician las primeras manifestaciones callejeras para conmemorar el día internacional de la mujer. La huelga se generaliza espontáneamente el día 24, imponiéndose, en las algaradas, los gritos antigubernamentales y pacifistas junto con las reivindicaciones referentes al abastecimiento de víveres. Suenan los primeros disparos.. El día 25 aparecen, entre los soldados, que ese día disparan al aire, los primeros indicios de simpatía por los manifestantes. Durante toda la jornada del 26 se producen motines en los diferentes regimientos de guarnición en la capital. Por último, el día 27 la insurrección obrera y la sublevación de los soldados se unen: la bandera roja ondea sobre el Palacio de Invierno.

Mientras se organizan las elecciones en el soviet de Petrogrado, los diputados pertenecientes a la oposición liberal constituyen, urgentemente un ”gobierno provisional”. El zar abdica. Durante los días siguientes, el movimiento revolucionario se extiende. Mientras tanto, los decretos del gobierno provisional confieren una base legal al desmantelamiento del antiguo régimen, liberando a los presos políticos, otorgando la amnistía, concediendo la igualdad de derechos, incluidos los de las nacionalidades, y la libertad sindical, anunciando igualmente la Próxima convocatoria de una Asamblea Constituyente. Por su parte, el soviet de Petrogrado, que ha organizado sus propias comisiones de barrio, una, comisión de abastecimientos y otra militar, lanza, presionado por los obreros y por los soldados, el famoso Prikaz n.º 1, que ha de constituir el instrumento de la desintegración del ejército y la debacle final de toda disciplina; de esta forma, durante las semanas siguientes, el gobierno provisional pierde la única fuerza de la que habría podido disponer. Los problemas decisivos, inclusive el de la atribución del poder, se plantean con posterioridad a aquél que ha originado la insurrección, la guerra.

Los bolcheviques y el doble poder

La revolución de febrero de 1917, la llamada ”insurrección anónima”, ha sido un levantamiento espontáneo de las masas, sorprendiendo a todos los socialistas, incluso a los bolcheviques, cuyo papel, como organización, fue nulo durante su puesta en funcionamiento, a pesar de que sus militantes desempeñasen individualmente una importante labor en las fábricas y las calles como agitadores y organizadores. El 26 de febrero, el buró ruso, encabezado por Shliapníkov, recomendaba todavía a los obreros actuar con prudencia: sin embargo, algunos días después, se crea de hecho una situación de doble poder. Por un lado, se encuentra el gobierno provisional, integrado por parlamentarios representantes de la burguesía, cuyo empeño es reparar los daños sufridos por el aparato de estado zarista, al tiempo que se esfuerzan en construir uno nuevo y en encauzar la revolución; frente a ellos, se hallan los soviets, auténticos parlamentos de diputados obreros que han sido elegidos en las fábricas y en los barrios de las ciudades, depositarios de la voluntad de los trabajadores que los nombran y renuevan sus cargos. Desde estos dos órganos de poder se afrontan dos concepciones de la democracia, la representativa y la directa, y detrás de ellas, dos clases, la burguesía y el proletariado a los que la caída del zarismo dejaba de pronto frente a frente.

Sin embargo, el choque aún va a tardar en producirse. Los mencheviques y los S. R. ostentan la mayoría en los primeros soviets y en el primer congreso pan–ruso. En conformidad con sus análisis, no intentan luchar por el poder. En su opinión, sólo un poder burgués puede ocupar el lugar del zarismo, convocar elecciones para una Asamblea Constituyente y negociar una paz democrática sin anexiones. A su ver, los soviets han sido el instrumento obrero de la revolución democrático – burguesa y, en la república burguesa deben seguir constituyendo posiciones de la clase obrera. Sin embargo, no consideran en absoluto la posibilidad de exigir un poder que la clase obrera aún no está capacitada para ejercer y que, según ellos, deberá exigir posteriormente para sí, conforme al planteamiento de una revolución espontánea que los socialistas deben cuidarse mucho de ”forzar”. Lenin resumirá tajantemente tal actitud al afirmar que equivale de hecho a una ”entrega voluntaria del poder de estado a la burguesía y a su gobierno provisional”.

Los bolcheviques, el poder y la conciliación

Las primeras tomas de posición de los bolcheviques son bastante indecisas. Su primer manifiesto público del 26 de febrero, redactado por Shliapníkov, Zalutsky y Mólotov, al igual que los primeros números de la Pravda, denuncian al gobierno provisional, constituido por ”capitalistas y grandes terratenientes ”, reclaman un ”gobierno provisional revolucionario”, la convocatoria por parte del soviet de una Constituyente, elegida por sufragio universal y cuya misión sería sentar las bases de una ”república democrática”. No obstante, Mólotov se encuentra en minoría en el comité de Petrogrado cuando presenta una moción en la que se pide que se califique de ”contra–revolucionario” al gobierno provisional: por el contrario, el comité propone apoyar al gobierno ”mientras sus actos correspondan a los intereses del proletariado y de las amplias masas democráticas del pueblo”. La Pravda ha vuelto a aparecer el día 5 de marzo, exigiendo que se entablen ”negociaciones con los proletarios de los países extranjeros para poner fin a la matanza”, se trata obviamente, de un punto de vista inequívocamente ”internacionalista” y sensiblemente diferente de la tesis derrotista desarrollada por Lenin desde 1914, y adoptada por el comité central emigrado.

El día 13 de marzo, los dirigentes deportados, liberados por el gobierno provisional, llegan a Petrogrado: Muránov, Kámenev y Stalin vuelven a tomar la dirección de la organización bolchevique. En la línea de Pravda se produce un giro radical a partir del momento en que Stalin se hace cargo de su dirección. Los bolcheviques adoptan en lo sucesivo la tesis de los mencheviques según la cual es preciso que los revolucionarios rusos prosigan la guerra para defender sus recientes conquistas democráticas de la agresión del imperialismo alemán. Kámenev redacta varios artículos abiertamente defensistas, en los que puede leerse que ”un pueblo libre responde con balas a las balas”. Hacia el final del mes, una conferencia bolchevique adopta esta línea a pesar de algunas resistencias, aceptando la propuesta de Stalin que afirma que la función de los soviets es ”sostener al gobierno provisional en su política durante todo el tiempo en que siga su camino de satisfacción de las reivindicaciones obreras”.[66] De hecho, tales posturas sólo difieren de las sustentadas por los mencheviques en cuestiones de matiz, pues estos son igualmente partidarios de un ”apoyo condicional”. En tales condiciones, no puede extrañarnos que la propia conferencia del 1 de abril, a propuesta de Kámenev y Stalin, acepte considerar la reunificación de todos los social-demócratas que les propone, en nombre del comité de organización, el menchevique Tsereteli. La vieja tesis conciliadora parece imponerse.

De hecho, esta actitud de los bolcheviques está dictada obviamente por su antiguo análisis de las tareas que una revolución debe realizar: Febrero ha marcado el comienzo de la revolución burguesa y, como explica Stalin, es el momento de ”consolidar las conquistas democrático–burguesas”, objetivo que sólo puede alcanzar un gobierno burgués al que se preste ayuda condicional, controlado por tanto por el mismo proletariado que se ha agrupado en los soviets. Con este proceder dan la razón a Trotsky que, después de 1905, había pronosticado que su concepción de una revolución por etapas diferenciadas acarrearía ”en el proletariado una autolimitación burguesa–democrática”.[67] Sin embargo, hay una minoría de metalúrgicos, encabezada por Shliapníkov, que pronto será secundado por Kolontai, que se resiste a adoptar esta postura. Su tesis de que los soviets constituyen ya un embrión de poder revolucionario, converge en esté punto con las posturas que mantiene la organización inter–radios.

Las tesis de abril

El retorno de Lenin, el día 3 de abril, va a alterar profundamente la situación en las filas bolcheviques y, más adelante, en el propio proceso revolucionario. Desde que recibió las primeras noticias de Rusia, Lenin estuvo muy alarmado por los indicios de conciliación que observaba en la política bolchevique. Desde Zurich dirige cuatro cartas a la Pravda – las llamadas ”Cartas desde lejos” – en las que afirma que es preciso constituir una milicia obrera cuya misión habrá de ser la de convertirse en el órgano ejecutivo del soviet, además hay que preparar de inmediato la revolución proletaria, denunciar los tratados de alianza con los imperialistas, negarse en rotundo a caer en la trampa del ”patriotismo” y tratar de conseguir la metamorfosis de la guerra imperialista en guerra civil. Sólo la primera de las cuatro cartas será publicada, pues los dirigentes bolcheviques, asustados por el carácter radical de este punto de vista prefieren suponer que Lenin está mal informado. La única solución que le resta es tratar de volver a Rusia por cualquier medio para convencer a sus compañeros. Los Aliados le niegan todo tipo de visado de tránsito, recurre entonces a la negociación con la embajada alemana, por medio del socialista suizo Platten: Lenin y sus compañeros atravesarán Alemania en un vagón ”extraterritorializado”, comprometiéndose a intentar obtener, en contrapartida, la entrega de un número igual de prisioneros alemanes. Con esta concesión, el Estado Mayor alemán cree introducir en Rusia un nuevo elemento de desorganización de la defensa que terminará por facilitar su victoria militar, cuando en realidad lo que hace es permitir involuntariamente el retorno y el triunfo de un hombre que ha dirigido todos sus esfuerzos a la destrucción de los imperialistas.

El marinero bolchevique Raskólnikov ha relatado en sus memorias, como Lenin, cuando acababa de entrar en el vagón de ferrocarril que le esperaba en la frontera rusa, emprendió una acalorada diatriba contra Kámenev y las tesis defensistas de sus artículos en Pravda. El día 3, en la estación de Petrogrado, vuelve a fijar su postura, esta vez en público. Le recibe una delegación del soviet de Petrogrado presidida por Chjeidze, que pronuncia un discurso de bienvenida en el que afirma que hay que ”defender a la revolución de todo ataque que pudiera producirse tanto en el interior como en el exterior”. Volviendo la espalda a los dignatarios oficiales, Lenin se dirige entonces a la muchedumbre, compuesta por obreros y soldados, que ha acudido a esperarle y saluda en ella a los representantes de ”la revolución rusa victoriosa, vanguardia de la revolución proletaria mundial”.[68] Luego se une a sus amigos bolcheviques y comienza a desarrollar su feroz critica de la política menchevique que pretende defender las conquistas de febrero al tiempo que mantiene una lucha supuestamente patriótica en alianza con los rapaces imperialistas. Dichas tesis abruman al equipo dirigente, cuyo análisis y orientación contradicen punto por punto. Este análisis aparecerá el día 7 del abril en la Pravda, firmado por Lenin y con el título: ”De las tareas del proletariado en la presente revolución.”

Adoptando tácitamente la tesis de la revolución permanente afirma: ”El rasgo más característico de la situación actual en Rusia consiste en la transición de la primera etapa de la revolución, que entregó el poder a la burguesía, dada la insuficiencia tanto de la organización como de la conciencia proletarias, a su segunda etapa, que ha de poner el poder en manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado”.[69] Califica de ”ineptitud” y de ”evidente irrisión” las exigencias de la Pravda que pide a un gobierno capitalista que renuncie a las anexiones, cuando resulta ”imposible terminar la guerra con una paz verdaderamente democrática si antes no se vence al capitalismo”. El propósito del partido bolchevique, minoritario en el seno de la clase obrera y de los soviets, debe ser explicar a las masas que ”el soviet de diputados obreros es la única forma posible de gobierno revolucionario” y que el objetivo de su lucha es construir ”no una república parlamentaria sino una república de soviets de obreros, de campesinos pobres y de campesinos, de todo el país, desde la base a la cima”.[70] Los bolcheviques no se ganarán a las masas, afirma, sino ”explicando pacientemente, con perseverancia, sistemáticamente” su política: ”No queremos que las masas nos crean sin más garantía que nuestra palabra. No somos charlatanes, queremos que sea la experiencia la que consiga que las masas salgan de su error”.[71] La misión de los bolcheviques es ”estimular de forma real tanto la conciencia de las masas como su iniciativa local, audaz y decidida, – estimular la realización espontánea, el desarrollo y consolidación de las libertades democráticas, del principio de posesión de todas las tierras por todo el pueblo”.[72] De esta iniciativa revolucionaria habrá de surgir la experiencia que dará a los bolcheviques la mayoría en los soviets: entonces habrá llegado el momento en que los soviets podrán tomar el poder y aplicar las primeras medidas recomendadas por el programa bolchevique, nacionalización de la tierra, y los bancos, control soviético de la producción y, de la distribución. La última de las tesis de Lenin se refiere al partido cuyo nombre y programa propone cambiar; ”ya es tiempo de quitarse la camisa sucia”, afirma al sugerir cambiar la etiqueta de ”social-demócrata” por la de ”comunista”, ya que, según él, en el momento presente se trata de ”crear un partido comunista proletario ” ”cuyas bases han sido sentadas ya por los mejores elementos del bolchevismo”.[73]

De esta forma, sobre todos los puntos decisivos, a saber, la línea a seguir respecto a la guerra, al gobierno provisional y a la propia concepción del partido, Lenin se opone a la política aplicada por los bolcheviques hasta su llegada. Esto es lo que obliga a Kámenev a escribir en Pravda que ”tales tesis no representan sino la opinión personal de Lenin”. Al recordar las decisiones adoptadas anteriormente, afirma: ”Aquellas resoluciones siguen siendo la plataforma en que nos basamos y las defenderemos tanto contra la desintegradora del “hasta el final revolucionario” como contra la crítica del camarada Lenin. El esquema general de Lenin nos parece inadmisible porque considera que la revolución democrático–burguesa ha terminado ya y plantea la necesidad de transformarla inmediatamente en revolución socialista”.

La discusión que se inicia de esta forma brutal va a proseguir durante algunos días. De un lado se encuentran Kámenev, Ríkov y Noguin, a los que Lenin llama ”viejos bolcheviques” no sin cáustica ironía, que le acusan de haber adoptado las tesis de la revolución permanente. En el otro bando se agrupan Lenin, Zinóviev y Bujarin. Stalin, al parecer, adoptó inmediatamente las tesis de Lenin. La conferencia nacional que se reúne el 24 de abril, agrupa 149 delegados elegidos por 79.000 miembros de los que 15.000 son de Petrogrado. Contra Lenin, Kámenev afirma: ”Es prematuro afirmar que la democracia burguesa ha agotado todas sus posibilidades” cuando ”las tareas democrático–burguesas siguen inconclusas”. Al mismo tiempo sostiene que los soviets de obreros y soldados constituyen ”un bloque de fuerzas pequeño–burguesas y proletarias”, también opina que ”si la revolución democrático–burguesa hubiera terminado, dicho bloque (...) no tendría ya un objetivo cierto y entonces el proletariado tendría que luchar contra el bloque pequeño–burgués”. Su conclusión es: ”Si adoptáramos el punto de vista de Lenin, nos veríamos desprovistos de tareas políticas, nos convertiríamos en teóricos, en propagandistas, publicaríamos, sin duda, excelentes estudios sobre la futura revolución socialista, pero permaneceríamos al margen de la realidad viva como militantes políticos y como partido político definido”.[74] En consecuencia, Kámenev propone conservar la línea adoptada en el mes de marzo y ”vigilar atentamente, desde los soviets, al gobierno provisional”. Ríkov consagra su intervención al problema de la, revolución socialista: ”¿De dónde, se pregunta, surgirá el sol de la revolución socialista?” y responde: ”A juzgar por la situación en conjunto y por el nivel pequeño–burgués de Rusia, la iniciativa de la revolución socialista no nos pertenece. No contamos con fuerza suficiente ni con las necesarias condiciones objetivas. Se nos plantea el problema de la revolución proletaria mas no debemos sobrestimar nuestras fuerzas. Ante nosotros se alzan gigantescas tareas revolucionarias, pero su realización no nos llevará más allá del ámbito del sistema burgués”.[75]

En el ínterin, la situación política ha experimentado una rápida evolución. Unos días antes de la conferencia del partido, una declaración del ”cadete” Miliukov, Ministro de Asuntos Exteriores, afirma que el gobierno provisional está decidido a respetar todos los compromisos contraídos con los aliados, asegurando que ”todo el pueblo aspira a proseguir la guerra mundial hasta la victoria final”, tal declaración provoca manifestaciones populares los días 20 y 21 de abril y origina una crisis ministerial que no será resuelta hasta el día 5 de mayo. La radicalización de las masas y la resuelta actitud de los soldados que, en parte, se niegan a cargar contra los manifestantes corroboran los argumentos de Lenin en tan gran medida como la declaración defensista del ministro cadete. Desarrolla entonces sus argumentos contra los ”viejos bolcheviques”, afirmando que ”la revolución burguesa ha concluido en Rusia y la burguesía conserva el poder en sus manos”, pero la lucha por la tierra, el pan y la paz no podrá ser llevada a cabo mas que con el acceso de los soviets al poder, estos sabrán ”mucho mejor, de forma más práctica y más segura como encaminarse hacia el socialismo”. La dictadura democrática del proletariado y del campesinado es una antigua fórmula que los ”viejos–bolcheviques” han ”aprendido ineptamente en lugar de analizar la originalidad de la nueva y apasionante realidad”. Asimismo, recuerda a Kámenev la frase de Goethe: ”Gris es la teoría, amigo mío, y verde el árbol de la vida”.[76] Lenin se burla ferozmente de las propuestas de control de los soviets sobre el gobierno, exclamando: ”Para controlar hay que tener el poder. Nada supone el control cuando son los controlados los que poseen los cañones. Controladnos, dicen los capitalistas, que saben que, en la actualidad, nada puede negarse al pueblo. Mas, sin el poder, el control no es más que un concepto pequeño–burgués que dificulta la marcha y el desarrollo de la revolución rusa”.[77]

Por último, Lenin parece triunfar en cuanto se refiere a los puntos fundamentales, oponiéndose alternativamente a mayorías de diferente importancia: sobre la cuestión de la guerra consigue, salvo 7 abstenciones, la unanimidad de la conferencia, en la resolución de ”iniciar un trabajo prolongado” con el fin de ”transferir a los soviets el poder del estado” consigue 122 votos a favor, 3 en contra y 8 abstenciones; sin embargo, en la resolución en que se afirma la, necesidad de emprender la vía de la revolución socialista, sólo reúne 71 de un quórum de 118. En las resoluciones que se refieren al partido es vencido, siendo el único en votar a favor de su moción de abandono del nombre de ”social-demócratas”; a pesar de su advertencia de que la ”unidad con los defensistas supondría una traición”, la conferencia acepta la constitución de una comisión mixta de bolcheviques y mencheviques para el estudio de las condiciones de unificación en los términos en que, hacia un mes, había sido defendida por Stalin. A pesar de los viejos bolcheviques, aferrados a antiguos análisis, Lenin ha conseguido ”enderezar” al partido; su victoria, empero, dista mucho de ser total, ya que, de los ocho camaradas que, como él, han sido elegidos para formar parte del comité central, uno de ellos, Stalin, ha adoptado sus tesis a última hora, cuatro más, Kámenev, Noguín, Miliutin y Fedorov, son miembros de la oposición de viejos bolcheviques y sólo Zinóviev, Svérdlov y el jovencísimo Smilgá han apoyado a Lenin desde la apertura de la discusión.

Sin embargo, bastarán algunas semanas para que el desarrollo del movimiento revolucionario y la lucha por la mayoría que llevan a cabo los bolcheviques dentro de los soviets, arrastren al partido en su totalidad a aceptar sin reservas las tesis que Lenin desarrollará, semanas más tarde en El Estado y la revolución, obra en la que considera a los soviets como un ”poder del mismo tipo que la Comuna de París”, originada no ya por ”una ley discutida y votada previamente en un Parlamento, sino por una iniciativa de las masas que surge desde abajo, por una ”usurpación directa”,[78] constituyéndose así una teoría que será la base misma de la acción de los bolcheviques durante los meses siguientes así como del triunfo de la revolución.

El partido de Lenin y de Trotsky

La conferencia de abril provoca la partida de la extrema derecha constituida por los defensistas Voitinsky y Goldenberg, acelerando el proceso de unificación con los mencheviques internacionalistas. Numerosas organizaciones social-democratas autónomas se habían integrado ya con anterioridad a esta fecha, en el partido bolchevique. Sin embargo, en Petrogrado, la organización inter–radios había permanecido apartada. Este grupo, vinculado con Trotsky, había tomado postura a favor del poder soviético, mas el giro de la Pravda, tras de la vuelta de Kámenev y Stalin, le había disuadido de emprender la fusión de manera inmediata a pesar de estar resuelto a ella desde principios del mes de marzo.[79] No obstante, el problema vuelve a plantearse tras de la victoria de las tesis de Lenin en el partido bolchevique. Después de un largo periplo desde el Canadá a Escandinavia, Trotsky ha regresado a Rusia el 5 de mayo. De inmediato se integra en la organización inter–radios, donde militan numerosos mencheviques internacionalistas, Yureniev y Karajan, antiguos bolcheviques y, en general, los militantes que se han visto vinculados a él desde hace varios años: Joffe, Manuilsky, Uritsky, de la Pravda y Pokrovsky, Riazánov y Lunacharsky de Nashe Slovo.

Al día siguiente de su llegada, toma postura ante el soviet de Petrogrado tan inequívocamente como lo había hecho Lenin y en el mismo sentido que él, anunciando que la revolución ”ha abierto una nueva era, una era de sangre y fuego, una lucha que no es ya de nación contra nación, sino de clases sufrientes y oprimidas contra sus gobernantes”. Afirmando que los socialistas deben luchar para dar ”todo el poder a los soviets”, concluye, ”¡Viva la revolución rusa, prologo de la revolución mundial!”.[80] El día 7 de mayo, en una recepción organizada por la organización ínter–radios y los bolcheviques en su honor, afirma haber abandonado definitivamente su viejo sueño de unificación de todos los socialistas, declarando que la nueva Internacional no puede construirse sino a partir de una ruptura total con el social–chovinismo. A partir del día 10 vuelve a encontrarse con Lenin.

En lo sucesivo los dos hombres se ven separados por muy pocas diferencias y lo saben. Lenin tiene prisa en integrar a Trotsky y a sus compañeros en el partido. De hecho ya ha propuesto a Trotsky como redactor jefe de la Pravda pero su iniciativa no ha sido secundada. No obstante, le pide que se integre en el partido y ofrece, sin condiciones, cargos de responsabilidad en la dirección de la organización y en la redacción de la Pravda a Trotsky y a sus amigos. El amor propio y algunas reticencias, que tal vez pesan más en sus compañeros que en él mismo, retienen a Trotsky. Sin duda el recuerdo de las viejas querellas está más grabado en su memoria que en la de Lenin, a pesar de que éstas estén ampliamente superadas. Subraya que el partido bolchevique se ha ”desbolchevizado” que ha adquirido un punto de vista internacional y que ya nada les separa, mas ésta es precisamente la razón que le lleva a desear el cambio de etiqueta. ”No puedo considerarme como un bolchevique” afirma. Desearía que se celebrase un congreso fundacional y que se diese un nuevo nombre a un nuevo partido, que se enterrase el pasado de forma definitiva. Lenin no puede aceptar hacer tamaña concesión al amor propio de Trotsky: él está orgulloso del partido y de su tradición, tiende a salvaguardar también el amor propio de los bolcheviques veteranos que ya ha sido considerablemente vejado durante las discusiones de abril y que le reprochan su alianza con Trotsky al que siguen considerando como un enemigo personal. Tras de haber impuesto sus tesis, resultaría excesivo querer imponer un hombre: los bolcheviques seguirán siendo bolcheviques y Trotsky acudirá por si mismo ya que sus reservas son un tanto derisorias.

Durante las semanas siguientes, efectivamente, Trotsky se convierte sin proponérselo, frente a las masas de las que es el orador preferido, en un auténtico bolchevique. Tras las manifestaciones armadas de julio es detenido y encarcelado junto con buena parte de los bolcheviques, antiguos y modernos, a los que el segundo gobierno provisional, en el que participan los mencheviques, ha acusado a la vez de ser agentes alemanes y de haber preparado una insurrección armada. Ni él, ni Lenin, que ha pasado a la clandestinidad, participan en el VI Congreso que comienza el 26 de julio y se autodenomina ”Congreso de Unificación”. Los delegados participantes han sido elegidos por 170.000 militantes de los que 40.000 pertenecen a la ciudad de Petrogrado. El partido bolchevique de 1917, el partido revolucionario cuya constitución pedía Lenin en abril, en torno a los ”mejores elementos del bolchevismo”, ha nacido de la confluencia, en el seno de la corriente bolchevique, de las pequeñas corrientes revolucionarias independientes que integran tanto la organización inter–radios como las numerosas organizaciones social-demócratas internacionalistas que, hasta entonces, habían permanecido al margen del partido de Lenin.

De esta forma cristaliza la concepción del partido que Lenin defiende desde hace años: la fracción bolchevique, como él lo esperaba, ha conseguido imponer su concepción del partido obrero y atraer a ella a los demás revolucionarios. Esta es la historia tal como la han visto y vivido los contemporáneos. Más de diez años habrán de transcurrir para que empiece a ser deformada sistemáticamente. En 1931, al explicar lo que para los bolcheviques había supuesto la constitución del partido en 1917, Karl Radek recordaba que había ”acogido a lo mejor del movimiento obrero” y que, como si hubiese surgido directamente de la fracción de 1903, no debían olvidarse las corrientes y arroyos” que, en 1917 se habían vertido en él. Sin embargo, como esta realidad histórica era inadmisible para el pequeño grupo de hombres que, con Stalin, se habían adueñado del poder, no se escatimó, desde entonces ningún medio para borrarla. Al volver a escribir la historia en nombre de las exigencias de la política estalinista, Kaganóvich exclamó: ”Es preciso que Rádek comprenda que la teoría de los arroyuelos sienta las bases de la libertad de grupos y facciones. Si se tolera un “arroyuelo” habrá que ofrecerle la posibilidad de contar con una “corriente” (...) Nuestro partido no es un depósito de aguas turbias, sino un río tan poderoso que no puede admitir arroyuelo alguno, pues cuenta con todas las posibilidades para arrastrar cuantos obstáculos se encuentren en su cauce”.[81]

En realidad, los acontecimientos posteriores al VI Congreso, constituyen una prueba fehaciente de la bondad de aquella teoría: la fuerza del partido unificado viene de la fusión total de las diferentes corrientes, al menos en tan gran medida como la diversidad de itinerarios que les han llevado, a través de una serie de años de lucha ideológica, a la lucha común en pro de la revolución proletaria. La dirección elegida en agosto es fiel reflejo de la relación de fuerzas. Lenin es elegido miembro del comité central con 133 votos sobre 134 votantes, le sigue Zinóviev con 132 y Trotsky y Kámenev con 131. De los 21 miembros 16 pertenecen a la fracción bolchevique, que incluye al letón Reizin y al polaco Dzerzhínsky. Miliutin, Ríkov, Stalin, Svérdlov, Bubnov, Muránov y Shaumián son los típicos komitetchíki que han estado tantos años encarcelados o deportados como en la clandestinidad y que sólo han pasado breves temporadas en el extranjero. Kámenev, Zinóviev, Noguín, Bujarin, Sokólnikov y Artem-Sergueiev han pasado períodos en el extranjero, compartiendo a veces con Lenin, las responsabilidades de la emigración. La mayoría de ellos ha chocado en algún momento con él: Ríkov cuando en 1905 se erigió en portavoz de los komitetchiki, Noguín y Sokólnikov, junto con Ríkov una vez más, en 1910 como conciliadores, Bujarin y Dzerzhínsky, durante la guerra en lo referente a la cuestión nacional, Muránov, Kámenev, Ríkov, Stalin y Miliutin en el período de marzo–abril. Otros han tenido más complejos itinerarios personales en la fracción o al margen de ella: Krestinsky, viejo–bolchevique, trabajó durante la guerra con los mencheviques de izquierda de Máximo Gorki, Sokólnikov, también veterano, ha sido conciliador y, posteriormente, durante la guerra, colaborador de Nashe Slovo, antes de volver a Suiza con Lenin. Kolontai, vieja militante, fue menchevique a partir de 1903, empezó a aproximarse a los bolcheviques en 1914 y se unió a ellos en 1915. Por último Trotsky, al igual que Uritsky y el miembro suplente Yoffe, los veteranos de la Pravda vienesa, nunca han sido bolcheviques. El partido bolchevique protagonista de octubre, que para el mundo entero habrá de ser ”el partido de Lenin y Trotsky”, acaba de nacer: como lo afirma Robert V. Daniels, ”la nueva dirección lo era todo salvo un grupo de disciplinados papanatas”.[82] Tal y como aparece entonces, representa ya perfectamente la imagen del joven pero ya curtido partido: Lenin, con 47 años, es el decano del comité central del que once miembros cuentan entre 30 y 40 años y tres menos de 30 años. Su benjamín Iván Smilgá, tiene 25 años, es militante bolchevique desde 1907.

De julio a octubre

Las jornadas de julio han supuesto un giro decisivo. Los obreros de Petrogrado, contra la voluntad de los dirigentes bolcheviques, han iniciado una serie de manifestaciones armadas que el partido consideraba prematuras. No obstante, la influencia de los militantes ha evitado la derrota al permitir una retirada ordenada: las manifestaciones no se han convertido en una insurrección que habría condenado al aislamiento a una posible ”Comuna” petrogradense. Sin embargo, el gobierno no de a de explotar la situación y golpea duramente a los bolcheviques: por todas partes, los locales del partido son asaltados, su prensa es prohibida, las detenciones prosiguen. Los bolcheviques no corren el riesgo de ser sorprendidos, cuentan con locales, con material y con el hábito del funcionamiento en la clandestinidad. La Pravda desaparece pero es sustituida por una gran cantidad de hojas clandestinas y, enseguida, por un periódico ”legal”, de distinto nombre. Trotsky, Kámenev y otros son detenidos, mas numerosos militantes, provistos de documentación falsa, pasan a la clandestinidad, zafándose de la detención merced a la utilización de redes clandestinas que han sido preservadas desde febrero y a las nuevas posibilidades de acción ilegal que han abierto las responsabilidades que muchos de los militantes ostentan en los soviets. El comité central decide preservar a Lenin de la represión: pasará a Finlandia, en donde se esconderá, bajo una falsa identidad, hasta el mes de octubre. Mientras tanto, la prensa burguesa intenta abrumar de calumnias a los bolcheviques; con falsos documentos les acusa de haber recibido oro de los alemanes, insiste acerca de la leyenda del ”vagón blindado”, pidiendo la cabeza de los traidores. El partido sufre una serie de golpes graves pero la organización sobrevive y continúa su actividad como deslumbradora confirmación de las tesis de Lenin sobre la necesidad en todas las circunstancias, de estar preparados para las tareas del trabajo ilegal.

Los ministros burgueses han suscitado una crisis ministerial. El día 23 de julio, el laborista Kerensky – Compañero de viaje burgués de los S. R. – forma un nuevo gobierno provisional en el que los ministros ”socialistas” se encuentran en mayoría. En su opinión, el objetivo es consolidar el nuevo régimen en primer lugar manteniéndose en la guerra. Al mismo tiempo es preciso reforzar el Estado; se restablece la pena de muerte como prerrogativa de los tribunales militares, vuelve a funcionar la censura, el ministro del Interior tiene de nuevo autoridad para prohibir periódicos, y para efectuar detenciones sin orden judicial.

Sin embargo, la propaganda de los conciliadores no seduce ni a los obreros, que han sido testigos de la represión de los bolcheviques, ni a los burgueses que desearían una acción más seria. La crisis económica empeora: los industriales llevan a cabo un verdadero sabotaje, tanto para preservar sus propiedades como para mostrar las consecuencias de la ”anarquía revolucionaria”, a la que desean endosar la responsabilidad de la miseria reinante. La caída del rublo continúa y se acelera: en octubre su valor se reduce al 10 por 100 del de 1914. Las empresas cierran, siguen produciéndose lock–outs, que dejan sin trabajo a centenares de miles de obreros hambrientos que, inevitablemente, adoptan las consignas de ”control obrero” y nacionalización, difundidas a partir de julio por los bolcheviques.

Lo fundamental, no obstante, es el movimiento que, con algunos meses de retraso, comienza a conmover el campo. Desde el mes de febrero, los gobiernos provisionales en los que se encontraban los ministros S. R., tradicionales defensores de los intereses del campesino, habían multiplicado las promesas de reforma agraria, manifestándose incapaces de todo punto de llevarlas a la práctica. Los bolcheviques que, gracias al ejército, han multiplicado sus contactos con los campesinos, llaman a la acción directa, a la ocupación de las tierras: a partir de la cosecha se inicia una auténtica revolución agraria, el pueblo quema las mansiones, las cosechas son incautadas y las tierras ocupadas, primero bajo la dirección de los comités agrarios y, más adelante, bajo la de los soviets campesinos. El gobierno primero exhorta a la paciencia, al respeto del orden y de la propiedad, más adelante recurre a los odiados cosacos para reprimir a los campesinos rebeldes; a partir de entonces, los bolcheviques carecen de verdaderos impedimentos para demostrar a los campesinos que ellos son sus únicos amigos.

A primeros de agosto, Kerensky convoca una Conferencia de Estado, es decir, una especie de sucedáneo del Parlamento que agrupa a los representantes de organizaciones políticas, sociales, económicas y culturales de todo el país: de ella espera conseguir un nuevo compromiso, el ”armisticio entre el capital y el trabajo”. Los bolcheviques la boicotean y las fuerzas contrarrevolucionarias, que consideran que la misión de los conciliadores ha concluido, aprovechan para agruparse. Los industriales y los generales llegan a un acuerdo: ha llegado el momento de asestar un golpe definitivo al movimiento revolucionario. El encargado de darlo es Kornilov, el generalísimo de Kerensky, ”supremo salvador”: el día 25 de agosto envía contra la capital a una división de cosacos con mandos de su confianza. La impotencia de Kerensky, al que abandonan los ministros burgueses en cuanto habla de destituir al generalísimo, unida a la complicidad de los aliados, salta de esta forma a la vista de todos. No obstante, el golpe de estado sólo tarda unos días en venirse abajo. Los ferroviarios se niegan a hacer circular los trenes. Los propios soldados, en cuanto se enteran de la tarea que se les va a encargar, se amotinan y los oficiales se encuentran solos, bastante satisfechos empero de no haber sido ejecutados por sus propios hombres. En el momento decisivo, los bolcheviques han salido de su semi-clandestinidad, pronunciando un llamamiento a la resistencia dentro de los soviets, que son los únicos organismos que logran capear el temporal de aquella semana, en que los últimos restos del aparato estatal parecían estar desvaneciéndose. Los marineros de Kronstadt acuden en auxilio de la capital y empiezan por abrir las puertas de las prisiones para liberar a los militantes bolcheviques detenidos durante el mes de julio, encabezados por Trotsky. Por doquier se constituyen destacamentos de guardias rojos, organizados por los bolcheviques; en los regimientos proliferan los soviets de soldados que dan caza a los kornilovistas e infieren a la oficialidad una serie de golpes mortales.

Por tanto, el golpe de estado, sirve fundamentalmente para invertir por completo la situación a favor de los bolcheviques que, en lo sucesivo, se beneficiarán de la aureola de prestigio que les da su victoria sobre Kornilov. El día 31 de agosto, el soviet de Petrogrado vota una resolución, presentada por su fracción bolchevique, que reclama todo el poder para los soviets. El espíritu de esta votación se ve solemnemente confirmado el día 9 de septiembre por una condena terminante de la política de coalición con los representantes de la burguesía en el seno de los gobiernos provisionales; los mencheviques, a partir de entonces, navegan contra la corriente pues, uno tras otro, los soviets de las grandes ciudades – el de Moscú el día 5 de septiembre y más tarde los de Kiev, Saratov e Ivanovo-Voznessensk – alinean su postura con la del soviet de la capital que, el día 23 de septiembre, eleva a Trotsky a la presidencia. A partir de entonces estaba claro que el II Congreso de los soviets, cuya inauguración estaba prevista para el día 20 de octubre, había de exigir el poder, condenando al mismo tiempo, la alianza de mencheviques y S. R. con los ministros burgueses. Frente a esta perspectiva, el comité ejecutivo pan–ruso de los soviets, presidido por el menchevique Tsereteli, trata de ensanchar la base de la coalición a la que apoya, mediante la convocatoria, en base al modelo de la Conferencia de Estado, de una Conferencia Democrática que, a su vez, designa un Parlamento provisional.

El problema de la insurrección

Desde su retiro en Finlandia, Lenin ha tardado poco en comprender hasta qué punto la situación ha cambiado radicalmente: el día 3 de septiembre, en un proyecto de resolución, se refiere a ”la rapidez de huracán, tan increíble” con que se desarrollan los acontecimientos. Todos los esfuerzos de los bolcheviques, escribe, deben ”tender a no demorarse en el curso de los acontecimientos, para poder guiar lo mejor posible a obreros y trabajadores”. Asimismo opina que tal ”fase crítica conduce inevitablemente a la clase obrera – tal vez a una velocidad peligrosa – a una situación en la que, como consecuencia de una serie de acontecimientos que no dependen de ella, se verá obligada a afrontar, en un combate decisivo, a la burguesía contrarrevolucionaria, para conquistar el poder”.[83] El día 13 de septiembre, considera que el momento decisivo ha llegado y dirige al comité central dos cartas que deben ser discutidas en su reunión del día 15. ”Tras de haber conseguido la mayoría en los soviets de las dos capitales, los bolcheviques pueden y deben tomar el poder.” Presiona al comité central para que someta la cuestión al órgano que, de hecho, constituye su congreso, es decir, el conjunto de sus delegados en la Conferencia Democrática, ”voz unánime de aquellos que se encuentran en contacto con los obreros y soldados, con las masas”.[84] Lenin afirma igualmente: ”La Historia jamás nos perdonará si no tomamos el poder ahora”.[85] Los bolcheviques deben presentar su programa, el de los obreros y campesinos rusos, en la Conferencia Democrática y después, ”lanzar a toda la fracción en las fábricas y cuarteles”. Una vez concentrada en ellos, ”seremos capaces de decidir cual es el momento en el que, hay que desencadenar la insurrección”.[86]

Ahora bien, Lenin está separado de la mayoría de los dirigentes bolcheviques por una distancia igual a la que mediaba entre ellos durante el mes de abril. El día 30 de agosto la Pravda, dirigida por Stalin, ha publicado un articulo de Zinóviev que: lleva por titulo ”Lo que no hay que hacer”, en él recuerda la suerte de la Comuna de París y pone en guardia contra todo intento prematuro de tomar el poder por la fuerza. Esta es la opinión que el partido ostentaba en julio, pero Lenin consideraba que la situación se había modificado considerablemente. Sin embargo, sus cartas no lograron convencer al comité central. Kámenev se pronuncia en contra de las propuestas de Lenin y exige que el partido tome medidas contra cualquier intento de insurrección. Trotsky es partidario de la insurrección, pero piensa que esta debe ser decidida por el congreso pan–ruso de los soviets. Por ultimo, la mayoría de los miembros del comité central se inclina por la postura de Kámenev que propone que sean quemadas las cartas de Lenin, dejándolas sin contestación.

A partir de entonces Lenin inicia la batalla. Sabe que ha convencido plenamente a Smilgá, presidente del soviet regional del ejército, de la armada y de los obreros de Finlandia: empieza a conspirar con él contra la mayoría del comité central, le utiliza para ”hacer propaganda dentro del partido ”en Petrogrado y en Moscú, examina con él los más diversos planes para poner en marcha la insurrección y bombardea al comité central con una serie de cartas vehementes que denuncian los ”titubeos” y ”vacilaciones” de los dirigentes. El comité central decide, entre tanto, por la mayoría mínima de 9 votos contra 8, seguir a Trotsky y Stalin que han propuesto boicotear el Parlamento provisional que ha de surgir de la Conferencia Democrática, pero la fracción bolchevique en ésta acepta la postura de Ríkov y Kámenev que se oponen a la insurrección y son partidarios de la participación en el Parlamento provisional. El día 23, Lenin escribe al Comité Central: ”Trotsky era partidario del boicot. ¡Bravo, camarada Trotsky! La moción de boicot ha sido rechazada por la fracción bolchevique, de la Conferencia Democrática ¡Viva el boicot!”. Exige la convocatoria de un congreso extraordinario del partido que discuta la cuestión del boicot y afirma que en ningún caso puede aceptar el partido la participación: ”Hay que conseguir que las masas discutan la cuestión. Es necesario que los obreros conscientes se hagan cargo del asunto, provoquen el debate y presionen a los ”medios dirigentes”.[87] El día 29 de septiembre, en una carta dirigida al comité central, afirma que considera inadmisible que no se haya respondido a sus cartas y mas aun, que la Pravda censure sus artículos, pues ello reviste toda la apariencia de ”una delicada alusión al amordazamiento y una invitación a retirarse”. También escribe: ”Debo presentar mi dimisión del comité central y así lo hago, reservándome el derecho de hacer propaganda en las filas del partido y en el congreso, pues mi más profunda convicción es que, si esperamos al congreso de los soviets y dejamos escapar la ocasión ahora, provocaremos la derrota de la revolución”.[88] Vuelve a la carga el 1 de octubre: ”esperar es un crimen”.[89]

La mayoría del comité central duda, conmovido por la discusión y, por fin, decide pedir a Lenin que haga un viaje clandestino a Petrogrado para discutir con él el problema de la insurrección. Por otra parte, durante los días siguientes, la situación se modifica dentro del propio partido: Trotsky logra convencer a los delegados bolcheviques del Parlamento provisional de que deben boicotearlo tras una abierta declaración de beligerancia en la sesión inaugural: abandonarán la sala una vez que él, en nombre de todos, haya exclamado ”¡La revolución está en peligro! ¡Todo el poder a los soviets!”. Los bolcheviques de Moscú, representados por Lómov, exigen que se decida la insurrección. El día 9, Trotsky consigue que el soviet de Petrogrado resuelva la formación del comité militar revolucionario, llamado a constituirse en estado mayor de la insurrección. El 10 de octubre, Lenin, disfrazado y afeitado, llega a Petrogrado, discute apasionadamente y consigue por fin que, por 10 votos contra 2, se acepte una resolución en favor de la insurrección que está ya ”indefectible y completamente madura”, invitando a ”todas las organizaciones del partido a estudiar y discutir todas las cuestiones de carácter práctico en función de dicha directiva”.

Los dos adversarios de esta resolución son Zinóviev y Kámenev que, desde el día siguiente apelan contra la decisión del comité central en su ”Carta acerca del momento actual”, dirigida a las principales organizaciones del partido. ”Estamos firmemente convencidos, escriben en ella, que en la actualidad convocar una insurrección armada supone jugarse a una sola carta no solamente la suerte de nuestro partido sino también la de la revolución rusa e internacional. No hay duda alguna de que existen situaciones históricas en las que una clase oprimida debe reconocer que vale más dirigirse hacia la derrota que rendirse sin lucha. ¿Acaso se encuentra la clase obrera rusa hoy en una situación similar? ¡No, cien mil veces no. (...) En tanto en cuanto dependa de nosotros la elección, podemos y debemos limitarnos en la actualidad a una postura defensiva. Las masas no desean luchar (...) Las masas de soldados nos apoyan (...) por nuestra consigna de paz (...) Si nos viéramos obligados a iniciar una guerra revolucionaria (...) nos abandonarían de inmediato”.[90] A su ver el mayor peligro lo constituye la sobreestimación de las fuerzas proletarias ya que el proletariado internacional no está dispuesto para apoyar la revolución rusa.

Sin embargo los preparativos continúan: el día 11 los delegados bolcheviques que acuden al congreso desde la zona norte son convocados en Petrogrado: a partir del día 13, los navíos de la armada, controlados por Smilgá, ponen su radio a disposición de la propaganda bolchevique, haciendo un llamamiento a los delegados para que se reúnan antes de la fecha prevista. El día 16 de octubre, se reúne un comité central ampliado que ratifica por 19 votos contra 2 y 4 abstenciones, la decisión del día 10, rechazando, después una moción de Zinóviev que propone la suspensión de los preparativos de la insurrección hasta que se celebre la reunión del Congreso de los Soviets. Esa misma tarde Kámenev presenta su dimisión como miembro del comité central.

El día 17 de octubre, el periódico menchevique Nóvaya Zhizn, dirigido por Máximo Gorki, publica una información referente a la ”Carta acerca del momento actual”. Al día siguiente, cuando en el cuartel general del soviet de Petrogrado, el Instituto Smolny, se celebra una conferencia ilegal de delegados de regimientos, destinada a conocer exactamente el estado de las fuerzas militares con que cuenta la insurrección, Zinóviev y Kámenev responden al periódico de Gorki, aprovechando para desarrollar, públicamente en esta ocasión, sus argumentos contra la insurrección, dejando no obstante entrever, con una frase de doble sentido, que el partido no se ha pronunciado aún de forma definitiva. Se trata de una grave indisciplina: Trotsky acaba de ser nombrado delegado ante la guarnición de la fortaleza de Pedro y Pablo, cuya actitud es vacilante, con el fin de convencerla para que se una al bando de los insurrectos, su intento se ve coronado por el éxito. Lenin, en dos cartas, una dirigida a todos los miembros del partido y otra al comité, central, reacciona muy violentamente; en ellas llama a Zinóviev y Kamenev ”esquiroles”, y exige su expulsión del partido. Más adelante, envía a Rabotchii Put – la nueva Pravda – un artículo encendidamente polémico contra los adversarios de la insurrección, sin nombrar a Zinóviev y Kamenev. Al haberse visto Trotsky obligado a desmentir que se hubiera decidido la insurrección, Zinóviev y Kámenev utilizan tal declaración para encubrir su comportamiento.

El día 20 de octubre, Rabotchii Put publica simultáneamente la continuación del articulo de Lenin, la declaración de Zinóviev en la que se refiere al mentís de Trotsky y una nota de la redacción, escrita por Stalin en términos conciliadores, que parece implicar un cierto rechazo de la actitud de Lenin: ”La aspereza del tono del camarada Lenin no altera el hecho de que permanecemos todos de acuerdo en cuanto a los puntos fundamentales ”. Esa misma tarde, en la, sesión del comité central en la que Svérdlov lee la carta de Lenin, Trotsky ataca violentamente a Stalin por su nota conciliadora. Stalin ofrece entonces su dimisión y, más adelante, aboga por la conciliación, pidiendo al comité central que se niegue a aceptar la dimisión presentada por Kámenev. En definitiva la dimisión de Kámenev se acepta por 5 votos contra 4: Zinóviev y él son conminados, por resolución del comité, a no volver a tomar posición públicamente contra, las decisiones del partido.

La insurrección

La decisión sobre la insurrección, se desarrolla por tanto prácticamente a la vista de todos, en un ambiente ultrademocrático, que desmiente eficazmente la pertinaz leyenda de un partido bolchevique de robots. A pesar de la designación por parte del comité central de un buró político que ha de encargarse de supervisar los preparativos, éstos se llevan a cabo bajo la dirección del comité militar revolucionario. El 22 de octubre, la tripulación bolchevique del crucero Aurora, recibe la orden de permanecer en el mismo lugar, cuando el gobierno provisional, por su parte ha ordenado que leve anclas. El día 23, el comité envía sus delegados a todas las unidades militares, cuyos representantes acaban de publicar un comunicado en el que afirman no reconocer la autoridad del gobierno provisional. Durante la noche, el gobierno se decide a actuar, prohibe la prensa bolchevique, clausura sus imprentas y llama a Petrogrado a todos los cadetes de la academia. El comité militar revolucionario envía entonces un destacamento que abre de nuevo la imprenta de la Pravda. Durante la jornada del 24, en los cuarteles, se distribuyen armas a todos los destacamentos obreros; durante la tarde, los marineros de Kronstadt acuden a Petrogrado; de Smolny, sede del comité, parten los destacamentos que van a ocupar todos los puntos estratégicos de la capital. Veinticuatro horas más tarde caerá el Palacio de Invierno, tras de algunas salvas, disparadas por el Aurora. La insurrección ha triunfado.

En el seno del partido bolchevique, la polémica parece haberse extinguido con el comienzo de la acción: Kamenev que ha dimitido el día 20 del comité central, participa no obstante en su reunión del 24; pasa la noche del 24 al 25 en Smolny, al lado de Trotsky, encargado de dirigir la insurrección: Lenin ha de unirse enseguida a ellos. Cuando, en la tarde del 25 de octubre se inaugura el congreso de los soviets, Kamenev es propuesto para ocupar la presidencia en representación del partido bolchevique.

En realidad, antes incluso de que el congreso proceda a efectuar la votación, que ha de dar a la insurrección el refrendo revolucionario esperado por los dirigentes bolcheviques, el desarrollo del movimiento de masas es, una vez más, el encargado de eliminar las divergencias. En todo el país se discute en asambleas de obreros, de campesinos y de soldados, en ellas se argumenta, se ataca o se defiende la decisión de la insurrección. John Reed ha escrito uno de estos debates, celebrado en el regimiento motorizado de ametralladoras. En él, el bolchevique Kirilenko, acaba de dar fin a un violento duelo oratorio, que le ha enfrentado con los adversarios mencheviques y S. R. de la insurrección. Los soldados asistentes votan: unos cincuenta se sitúan a la derecha de la tribuna, lo que equivale a condenar la insurrección, pero varios centenares de ellos se aglomeran a la izquierda aprobándola. El periodista americano concluye: ”Imaginémonos esta lucha repetida en cada uno de los cuarteles de la ciudad, de toda la región, en todo el frente, en toda Rusia. Imaginémonos a todos los Krilenko faltos de sueño que vigilan cada regimiento, que saltan de un lugar a otro, discutiendo, amenazando, suplicando. Imaginemos esta misma escena repetida en todos los locales sindicales, en las fábrica, en las aldeas, a bordo de los barcos; pensemos en los cientos de miles de rusos, obreros, campesinos, soldados y marineros que contemplan a los oradores, esforzándose intensamente por comprender, y tomar luego una decisión reflexionando con agudeza y decidiendo por fin con tan pasmosa unanimidad. Así era la Revolución rusa”.[91]

El II Congreso y el problema de la coalición.

De los 650 diputados del congreso pan–ruso de los soviets, 390 son bolcheviques, 150 S. R. aproximadamente votarán con ellos. El presidium del nuevo comité ejecutivo comprende 14 bolcheviques de un total de 25 miembros. Al lado de los dirigentes del partido, los miembros del comité central Lenin, Trotsky, Zinóviev, Kámenev, Rikov, Noguin y Kolontai, figuran veteranos militantes como Riazánov, Lunacharsky, Murálov, al que Trotsky llama Muránov, el letón Stutchka, y los dirigentes de la insurrección como Antónov-Ovseienko, del comité militar revolucionario, Krilenko y el jovencísimo Skliansky. Durante la discusión llegan noticias exaltantes: la caída del Palacio de Invierno, el paso al bando revolucionario de las tropas enviadas por Kerensky precisamente para destruirlo. La minoría, compuesta por mencheviques del ala derecha y S. R., abandona la sala. El congreso aprueba la insurrección, vota los célebres decretos que inician el régimen soviético y ratifica por aclamación al nuevo gobierno de ”comisarios del pueblo” – apelación que ha sido propuesta a última hora por Trotsky y que ha sido adoptada entusiásticamente por Lenin – que ha presentado el comité central bolchevique: está compuesto por 15 miembros, todos ellos bolcheviques, de los cuales 4 son obreros. Posteriormente designa un comité ejecutivo que comprende 71 bolcheviques y 29 S. R. disidentes, partidarios de colaborar en el poder con los bolcheviques y pertenecientes al ala izquierda de su partido. La sesión se levanta después de quince horas de debate en dos días. La hoja parece haber sido vuelta definitivamente.

No obstante, la polémica que se ha desarrollado en el partido antes de la insurrección vuelve a suscitarse inmediatamente después de la victoria. Los delegados asistentes al II Congreso han votado al favor de una resolución, presentada por el menchevique internacionalista Mártov y apoyada por el bolchevique Lunacharsky, que solicita que el consejo de comisarios del pueblo comprenda representantes de otros partidos socialistas.. En opinión de muchos militantes, incluidos los bolcheviques, el consejo de comisarios netamente bolchevique no puede ser sino una solución provisional, la única solución es un gobierno de coalición de los partidos socialistas. El comité ejecutivo del Vikhjel, sindicato de los ferroviarios, retoma, algunos días más tarde, la consigna de coalición y, para dar más peso a su aserto, amenaza con cortar las comunicaciones del gobierno si éste no emprende de inmediato la formación de un gobierno socialista de coalición.

El día 29 de octubre, el comité central, del que están ausentes Lenin, Trotsky y Stalin y, más tarde, el comité ejecutivo del congreso de los soviets, acepta negociar. Una delegación, encabezada por Kámenev, acepta la invitación de los ferroviarios tomando contacto con los representantes de los mencheviques y de los S. R.. Estos últimos, alentados entre bastidores por los diplomáticos aliados, si se da crédito al testimonio de Jacques Sadoul, exigen que los guardias rojos sean desarmados, que se constituya un gobierno de coalición que no incluya ni a Lenin ni a Trotsky y que, en principio respondería no ante los soviets sino ante ”las amplias masas de la democracia revolucionaria”, fórmula esta que ciertamente resulta demasiado omnicomprensiva para no caer en la ambigüedad. Los parlamentarios del ejecutivo de los soviets, inclusive los bolcheviques Riazánov y Kámenev aceptan que la discusión se inicie con estas bases, firmando con sus interlocutores un llamamiento en pro del alto–el–fuego, cuando ya se están enfrentando los cosacos del general Krasnov, en su avance hacia Petrogrado, con los guardias rojos de Trotsky. A su vuelta, Trotsky les acusa ante el comité central de haber considerado e incluso preparado una condena de la insurrección así como de haber sido burlados por sus adversarios. Lenin llega aún más lejos y propone la inmediata ruptura de las negociaciones. Riazánov y Lunacharsky declaran estar conformes con la eliminación de Lenin y Trotsky del gobierno si dicha condición es indispensable para la constitución de una coalición de todos los socialistas. El comité central rechaza esta postura y vota a favor de Trotsky que propone proseguir las negociaciones en base a la búsqueda de condiciones que habrán de garantizar al partido bolchevique, una cierta preponderancia en el seno de la coalición con los partidos socialistas que se han opuesto al poder ostentado por los soviets a condición de que acepten reconocer éste como un hecho consumado, asumiendo sus responsabilidades al respecto.

No obstante la minoría bolchevique no se resigna, pues cree que la resolución del comité central impedirá de hecho cualquier tipo de coalición. Kamenev, que sigue presidiendo el comité ejecutivo de los soviets, propone la dimisión del consejo de comisarios del pueblo exclusivamente bolchevique presidido por Lenin y la oportuna constitución, en su lugar, de un gobierno de coalición. Volodarsky opone a esta moción la que ha sido adoptada por el comité central. Durante la votación, numerosos comisarios del pueblo como Rikov, Noguín, Lunacharsky, Miliutin, Teodorovich, así como algunos responsables del partido como Zinóviev, Lozovsky y Riazánov votan en contra de la resolución presentada por su propio partido. Al día siguiente, otro bolchevique, Larin, presenta al ejecutivo una moción acerca de la libertad de prensa, censurando la represión gubernamental contra la prensa derechista y la prohibición de los periódicos que llaman a la insurrección armada contra el gobierno bolchevique. La moción es rechazada con una mayoría de sólo dos votos. Lozovsky y Riazánov han votado una vez más contra el gobierno. Conminados para que se sometan a la disciplina, parte de los miembros de la oposición dimiten aparatosamente de sus responsabilidades para protestar contra la ”catastrófica política del comité central” y contra ”el mantenimiento de un gobierno puramente bolchevique por medio del terror político”.[92] Lenin, en una proclama que se difunde por todo el país, les da el nombre de desertores. En su opinión no puede haber ningún tipo de vacilación: si la oposición no acepta las decisiones de la mayoría debe abandonar el partido. Afirma: ”La escisión será un hecho enormemente lamentable. No obstante, una escisión honrada y franca es, en la actualidad, preferible con mucho al sabotaje interior y al no cumplimiento de nuestras propias resoluciones”.[93]

No habrá escisión en definitiva, La oposición es condenada por el conjunto de los militantes y por los mismos mítines de obreros y soldados que aprobaron la insurrección. Por otra parte, enseguida aparece con extrema claridad la evidencia de que los mencheviques y los dirigentes S. R. nunca han pensado sino en plantear a los bolcheviques la alternativa entre el suicidio político que supondría la eliminación de Lenin y Trotsky, y la negativa a constituir una coalición que justificaría entonces una lucha contra ellos con todos los medios a su alcance. Parte de los S. R. se niegan a seguir a la mayoría de sus dirigentes por el camino que conduce a la lucha armada contra el régimen soviético: el nuevo partido que integran los S. R. de izquierda, al darse cuenta de que los mencheviques y S. R. se niegan en realidad a formar parte de la coalición, acepta compartir el poder con los bolcheviques delegando a algunos de sus miembros en el consejo de comisarios del pueblo. De los miembros de la oposición, Zinóviev es el primero en volver, y reconsiderar su dimisión. El día 21 de noviembre escribe: ”Nuestro derecho y nuestro deber es advertir al partido de sus propios errores. Sin embargo permanecemos con el partido. Preferimos cometer errores con millones de obreros y de soldados y morir con ellos antes que separarnos de ellos en esta hora decisiva de la historia. No habrá, no puede haber, una escisión en el partido”.[94] Kámenev, Miliutín, Ríkov y Noguin siguen su ejemplo el 12 de diciembre, esperando un poco más de tiempo antes de asumir sus responsabilidades. Kámenev, sustituido por Svérdlov en la presidencia del ejecutivo de los soviets, será enviado a Europa Occidental. El único en mantener su postura será Lozovsky, que será finalmente expulsado, fundando un efímero ”Partido Socialista Obrero”.

No habrá crisis en las filas del partido bolchevique cuando se plantee el problema de la Asamblea Constituyente cuya mayoría pertenece a los S. R. de derechas, por haber sido designados los candidatos antes de la escisión. Bujarin propone entonces una desautorización de los diputados derechistas y la proclamación de una convención revolucionaria, ante esta postura el politburó bolchevique manifiesta cierta vacilación. No obstante Lenin conseguirá imponer fácilmente su punto de vista: al haber rechazado la Constituyente una ”declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado” que retomaba en lo esencial las decisiones del II Congreso de los soviets, probando así su deseo de poner en cuestión tanto la propia revolución como el nuevo poder soviético, es disuelta por los guardias rojos el 19 de enero. Ningún bolchevique ha de protestar contra la disolución de una asamblea cuya elección, en su momento, había sido una de las principales consignas de agitación empleadas por el partido. Las tesis de abril habían triunfado por tanto de forma, definitiva.

La fisonomía del partido victorioso

En lo sucesivo, el partido bolchevique ha de soportar la parte más esencial de las responsabilidades del nuevo régimen. En todo el mundo, los especialistas se preguntan ¿Acaso van a perdurar estos energúmenos? Lenin responde: ”La burguesía sólo reconoce que un estado es fuerte cuando, haciendo uso de todo el poder del aparato gubernamental, consigue movilizar a las masas en el sentido deseado por los gobiernos burgueses. Nuestra concepción de la fuerza es diferente. Para nosotros lo que da su fuerza a un estado es la conciencia de las masas. El estado es fuerte cuando las masas saben todo, pueden juzgar sobre cualquier cosa y actúan siempre con perfecta conciencia”.[95] Los bolcheviques tienen fe en el futuro porque creen ser una mera vanguardia de la revolución mundial, pero también porque saben que su fusión con los elementos activos de la clase obrera es tan absoluta que resulta imposible discernir si ha sido el partido el que los ha integrado o si han sido ellos los que se han adueñado del partido para convertirle en su organización. Esta es la opinión que ya en el mes de julio ha sido expresada por Volodarsky en los siguientes términos: ”En las fábricas disfrutamos de una influencia formidable, ilimitada. El trabajo del partido es realizado principalmente por los propios obreros. La organización ha surgido de la base y esta es la razón de que pensemos que no se dislocará”.[96]

En efecto, ningún argumento es más eficaz a la hora de desmentir abiertamente la tenaz leyenda del partido bolchevique monolítico y burocratizado, que el relato de estas luchas políticas, de estos conflictos ideológicos, de estas indisciplinas públicas y reiteradas que, en definitiva nunca son sancionadas. Son las masas revolucionarias las que sancionan las decisiones que, por otra parte, habían sugerido con sus iniciativas: Lenin, que ha sido el primero en estigmatizar a Kámenev y Zinóviev, llamándolos ”cobardes” y ”desertores”, en el calor de la acción, una vez superada esta etapa, es igualmente el primero en manifestar su vehemente anhelo de conservarlos en el partido, donde se les necesita pues ocupan un lugar que haría difícil su inmediata sustitución. A finales de 1917, el partido tolera más que nunca los desacuerdos e incluso la indisciplina, en la medida que la pasión y la tensión de las jornadas revolucionarias los justifican y en cuanto que, cuando el acuerdo sobre el objetivo de revolución socialista resulta fundamental, aquel que se refiera a los medios a emplear no puede resultar más que de la discusión y de la convicción.

En realidad, la postura de los conciliadores tenía su fundamento en la antigua teoría de las distintas etapas de la revolución que sólo fue abandonada después del triunfo de las tesis de abril; la ruptura con ella no podía llevarse a cabo en sólo unas pocas semanas, al menos en la mente de aquellos que la habían desarrollado y esta es la explicación de la actitud de Zinóviev y Kámenev. Ciertamente, basándose en sus escritos de noviembre de 1917, resulta fácil sugerir, como hace Robert Daniels, que los adversarios bolcheviques del monopolio bolchevique del poder, habían presentido el peligro de degeneración implícito en un partido que se identificase con el Estado. De hecho resulta imposible ir más allá de la aseveración de Deutscher: ”La historia habría de justificar tal presentimiento a pesar de que, cuando sobrevino, careciese aparentemente de base”.[97]

En realidad, ni Lenin ni Trotsky ni los otros dirigentes bolcheviques preveían ni deseaban, en aquella fecha, un monopolio bolchevique del poder. Lenin había efectuado un llamamiento para que se intentase ”la última oportunidad de garantizar un desarrollo pacífico de la revolución, la pacifica elección de los diputados del pueblo, la lucha pacífica de los partidos en el seno de los soviets, la puesta a prueba en la práctica del programa de los diferentes partidos y la pacífica transición del poder de un partido a otro ”.[98] Inmediatamente después de la revolución, el comité central declaraba aún: ”En Rusia ha sido conquistado el. Poder soviético y el paso del gobierno de un partido soviético a otro queda asegurado sin ninguna revolución por la simple renovación de los diputados en los soviets”.[99] No obstante, en aquel momento, los mencheviques habían abandonado la sala de sesiones del II Congreso de los soviets donde se encontraban en completa minoría; los S. R. y ellos se negaban a aceptar la oferta bolchevique de gestión mancomunada en los soviets: unos consideraban la lucha armada al lado de los jefes militares de la oligarquía y de los Aliados, mientras que los otros se preparaban a tomar posiciones por encima de la confusión imperante.

Si, años más tarde, los soviets han de verse reducidos a una mera concha vacía frente al todopoderoso aparato bolchevique, será porque, fundamentalmente, en la época en que los soviets aun eran organismos vivos, el partido bolchevique había sido el único en defender su poder mientras que los mencheviques y social–revolucionarios, leales oponentes o colaboradores de la república burguesa, se habían negado a desempeñar este papel en la república soviética de consejos de obreros, campesinos y soldados.

V. Los primeros pasos del régimen soviético y la paz de Brest-Litovsk

El aislamiento respecto a las restantes tendencias socialistas en que quedan, tras la toma del poder, los bolcheviques, no es en modo alguno un hecho fortuito. Los dirigentes del partido S. R. que, durante su paso por el poder, se han mostrado incapaces de satisfacer las reivindicaciones de las masas que figuraban en su programa, así como de romper con la burguesía y con los aliados, no están dispuestos a secundar a los que pretenden emprender tales tareas después de su fracaso. Los mencheviques, por su parte, consideran entonces – y seguirán haciéndolo más tarde – como una locura sanguinaria la toma del poder por un partido obrero, cuando, según ellos, Rusia sólo está madura para una revolución burguesa y una república democrática. Ni por un momento han pensado unos y otros que ante el régimen nacido de octubre pudiera abrirse un futuro esperanzador. Al igual que los partidos burgueses y los elementos oligárquicos, esperan un derrumbe que consideran inevitable. Todos ellos son de la opinión de que conviene acelerarlo, buscando el mal menor, aislando al máximo a los dirigentes bolcheviques. Los mencheviques más cercanos a la revolución e incluso el historiador Sujánov, bolchevique ”en una cuarta parte”, opinan que la idea de construir un estado socialista en un país atrasado es una verdadera utopía, pero, por encima de todo, piensan que lo verdaderamente catastrófico es la destrucción del antiguo aparato de Estado, que, en las condiciones de guerra y total hundimiento económico en que se encuentra Rusia, no puede conducir más que a la destrucción de las fuerzas productivas esenciales del país. No obstante, si bien Sujánov no desea aislarse ”de las masas y de la propia revolución” con el abandono de los soviets, en cambio, la mayoría de los dirigentes S. R. y mencheviques, al mismo tiempo que proclaman su resolución de luchar contra los bolcheviques ”sin la burguesía, en nombre de la democracia” prefieren romper estos vínculos antes que aquellos que les unen a la burguesía internacional ya que, por supuesto, no comparten las esperanzas de revolución mundial de los bolcheviques y piensan que el apoyo de los Aliados ha de ser indispensable para construir una Rusia burguesa y democrática cuando sobrevenga el final de las hostilidades. Este es el origen de su fidelidad a la alianza militar durante su paso por el gobierno provisional, así como de las disposiciones favorables de muchos de ellos a los avances de los Aliados que quieren mantener, a Rusia en la guerra cueste lo que cueste, sosteniendo, desde el día siguiente a la insurrección, los esfuerzos que, en primer lugar, tienen por objeto eliminar a Lenin y a Trotsky durante la discusión sobre la coalición, y, más tarde, apoyar la legitimidad de la Asamblea Constituyente que ha sido disuelta en enero de 1918.

De hecho, los bolcheviques, a partir del mes de febrero, se habían limitado a encabezar una ola revolucionaria que ellos no habían provocado, orientándola ya que no dominándola. Los mencheviques y los S. R., al romper con ellos, rompían también con este movimiento y corrían el riesgo inmediato de quedar aprisionados por las fuerzas burguesas cuyo apoyo aceptaban. Por su parte, los bolcheviques se encontraban en la necesidad imperiosa de concretar la victoria revolucionaria satisfaciendo las principales reivindicaciones de las masas. Este será el objetivo de los grandes decretos del II Congreso de los soviets. El decreto sobre la tierra, abole la propiedad privada de los predios. ”La tierra no puede ser vendida, ni comprada, ni alquilada, ni utilizada como garantía ni alienada en modo alguno. La tierra pasa a ser propiedad de la nación y sus productos revertirán sobre aquellos que la trabajen”. La socialización de la tierra no figuraba en el programa del partido bolchevique, no obstante fue implantada porque este era el deseo de la inmensa mayoría del campesinado. Tal medida figuraba en el programa de los S. R. y había sido retomada por los miembros de su ala izquierda, aliados de los bolcheviques entre el campesinado, concretando de esta forma la alianza de los aldeanos con el poder soviético, único capaz de llevar a la práctica su programa. De la misma forma, el decreto sobre control obrero responde al deseo de los obreros de tomar a su cargo la dirección de las fábricas, evitando así que la insuficiencia de conocimientos técnicos provoque el caos en la producción industrial.

Sin embargo, la realización de la parte más sustancial del programa de la revolución, de la reivindicación primordial de las masas, a saber la paz, resultaba infinitamente más ardua. En realidad, de todos modos era preciso introducir esta formidable insurrección en un nuevo marco, organizar la energía revolucionaria que emana de millones de hombres, mantener el funcionamiento de una economía gravemente deprimida y hacer frente al peligro de una contrarrevolución armada o no; no obstante, la guerra obligaba a los bolcheviques a emprender esta tarea inmensa bajo la amenaza de los ejércitos alemanes a lo largo de un frente de varios millares de kilómetros: ahora bien, al no producirse un levantamiento revolucionario en los países beligerantes, y sobre todo en Alemania, la paz no podía constituir más que una capitulación sobre la que pesarían sin duda las peores condiciones de inferioridad.

El aislamiento político de los bolcheviques acarreaba igualmente el endurecimiento de su autoridad respecto a todos aquellos que no consideraban aún la insurrección como un hecho consumado. Trotsky había confiado a Sadoul su deseo de conseguir una coalición auténtica: en caso contrario, precisaba, ”para evitar nuevos intentos antibolcheviques, será preciso ejercer una despiadada represión y el abismo se ahondará todavía más”.[100] Los bolcheviques, con plena conciencia de todos estos peligros, se esforzaron en resistir, a la espera del socorro que habría de llegarles de la Europa industrial y, sobre todo, de la Alemania obrera. ”No ha sido nuestra voluntad, dirá Lenin, sino las circunstancias históricas, la herencia del régimen zarista y la debilidad de la burguesía rusa las causas de que (nuestro) destacamento se haya anticipado a los otros destacamentos del proletariado internacional: no lo hemos querido, han sido las circunstancias las que lo han impuesto. Pero debemos permanecer en nuestro puesto hasta que acuda nuestro aliado el proletariado internacional”.[101] Para ”permanecer en su puesto”, los bolcheviques no veían otro medio que el de proseguir e intensificar la actividad de las masas que les había llevado al poder. ”Recordad, decía Lenin a los obreros y campesinos rusos, que, en la actualidad, sois vosotros mismos los que dirigís el Estado: nadie os ayudará si no permanecéis unidos, haciéndoos cargo de todos los asuntos del Estado”.[102]

El sistema soviético

El único sistema que, según Lenin, permite ”dirigir el estado a una cocinera”, es el sistema de los soviets. En vísperas de la insurrección de octubre, se encuentran por doquier, ejerciendo la totalidad o una parte importante del poder. La insurrección se lleva a cabo en su nombre y el 11 Congreso pan–ruso así lo ratificará entregando, a todos los niveles ”el poder a los soviets”. El verdadero sentido de dicha medida viene definido por el llamamiento del comité ejecutivo del 4 (17) de noviembre de 1917, que ha sido redactado por Lenin: ”Los soviets locales pueden, según las condiciones de lugar y de tiempo, modificar, ensanchar y completar los principios básicos establecidos por el gobierno. La iniciativa creadora de las masas, éste es el factor fundamental de la nueva sociedad (...) El socialismo no es el resultado de los decretos venidos desde arriba. El automatismo administrativo y burocrático es extraño a su espíritu, el socialismo vivo, creador, es la obra de las propias masas populares”.[103]

La estructura de la organización, así como los principios en que habrá de basarse su funcionamiento, serán enunciados en las circulares del consejo de comisarios del pueblo, y del comisariado del interior. La del 5 de enero de 1918 estipula: ”Los soviets son, en todas partes, los órganos de la administración del poder local, debiendo ejercer su control sobre todas las instituciones de carácter administrativo, económico, financiero y cultural. (...) Todo el territorio debe ser cubierto por una red de soviets, estrechamente conectados unos con otros. Cada una de estas organizaciones hasta la más pequeña, es plenamente autónoma en cuanto a los cuestiones de carácter local, pero debe adaptar su actividad a los decretos generales y a las resoluciones del poder central y de las organizaciones soviéticas más elevadas. De esta forma, se establece una organización coherente de la República Soviética, uniforme en todas sus partes”.[104] La constitución soviética de 1918 retomará este esquema en su artículo 10, al afirmar que ”toda la autoridad en el territorio de la. R. S. F. S. R.,[105] se encuentra en manos de la población trabajadora organizada en los soviets urbanos y rurales”, y en el artículo 11: ”la autoridad suprema (...) se encuentra en manos del Congreso Pan–Ruso de los Soviets y, en los intervalos entre congresos, en las de su Comité Ejecutivo”.[106]

Los soviets son congresos que, en la medida de lo posible, agrupan a los trabajadores en sus propios lugares de trabajo, en el marco de su vida social. De hecho, sólo los soviets campesinos suponen una democracia directa basada en unas asambleas generales en las que los asistentes pueden prescindir de los delegados, discutir entre ellos y tomar decisiones respecto a sus problemas. Durante cierto tiempo, serán los únicos en recibir la apelación de soviets, pues a los consejos de diputados se los conocerá como sovdepi. Los representantes de los soviets campesinos integran el soviet de distrito, los delegados del distrito, a su vez, forman parte del soviet comarcal, de la misma forma que los soviets de fábrica y de barrio integran los soviets de las ciudades. En este nivel, se encuentran los soviets obreros y campesinos: el congreso comarcal rural y el congreso de ciudad, urbano, se integran en un congreso provincial, por encima del cual se hallan los diferentes congresos regionales que nombran a sus representantes en el congreso pan–ruso de los soviets y al que los soviets de las grandes ciudades delegan directamente sus representantes.

El derecho de voto para los soviets no es ni ”universal” ni ”igualitario”: la dictadura del proletariado es ejercida únicamente por los proletarios; no tienen derecho a voto los hombres y mujeres que emplean asalariados, ni aquellos que no viven de su trabajo, es decir, los hombres de negocios, los curas, y los monjes. (No obstante, respecto a la concepción llamada ”leninista” de la dictadura del proletariado que fue ampliamente difundida en años posteriores, resulta interesante recordar la postura que mantuvo Lenin en 1918: ”Hoy, todavía, conviene afirmar que la restricción del derecho electoral es un problema particular de cada nación [...] Sería un error afirmar de antemano que todas o la mayoría de las futuras revoluciones proletarias en Europa, habrán de restringir forzosamente los derechos electorales de la burguesía”.[107] La representación de los obreros es más importante que la de los campesinos. Los soviets rurales tienen un diputado por cada 100 habitantes con un mínimo de tres y un máximo de cincuenta, los soviets comarcales tienen un diputado por cada 1.000 habitantes o diez miembros del soviet local y los provinciales uno por cada 10.000 electores o cien diputados. Sin embargo, en el congreso regional, hay un diputado por cada 25.000 electores rurales y uno por cada 5.000 electores urbanos. En los congresos pan–rusos se da la misma proporción: los obreros cuentan con un diputado por cada 25.000 electores, mientras que los campesinos sólo tienen uno por cada 125.000. Este es el resultado práctico de las condiciones de la fusión entre el congreso de los soviets obreros y el de los soviets campesinos: los bolcheviques defenderán esta desigualdad con el argumento de la necesidad de que la clase obrera disfrute, dadas las condiciones rusas de aquella época, de la hegemonía, negándose al mismo tiempo a elevar esta práctica a la calidad de principio universal.

Aparte de ésta, existen pocas normas generales salvo el principio fundamental de la revocabilidad de los mandatos; a este respecto Lenin declara: ”Toda formalidad burocrática así como cualquier tipo de limitación desaparecen de las elecciones, las propias masas determinan la forma y el ritmo de las elecciones con pleno derecho a revocar a sus representantes”.[108] No obstante, se fija la duración del mandato de los soviets locales en tres meses, estableciéndose al mismo tiempo como principio la reunión del Congreso pan–ruso de los soviets al menos dos veces al año.

El funcionamiento

No existe ningún estudio acerca del funcionamiento de los primeros soviets si se exceptúa el excelente esbozo de Hugo Anweiler. No obstante, puede afirmarse que, en los meses que siguieron a la insurrección de octubre, los soviets extendieron rápidamente su autoridad al conjunto del territorio sustituyendo a los consejos municipales de los cuales se disuelve el 8,1 por 100 en diciembre, el 45,2 por 100 en enero de 1918, el 32,2 por 100 en febrero y el resto entre marzo y mayo del mismo año.[109] En la mayor parte de las ciudades, sobre todo en las más grandes, una parte del aparato administrativo municipal continúa funcionando bajo el control del soviet. Los soviets de los tramos intermedios, distrito y comarca o zona, que han desempeñado un importante papel en la extensión de la red soviética, deben interrumpir enseguida su actividad. Numerosos soviets locales se comportarán como verdaderos gobiernos independientes, proclamando minúsculas repúblicas soviéticas que cuentan con su propio consejo de comisarios del pueblo. Ya sea ésta la realización del Estado–comuna o, por el contrario, la demostración de la insuficiencia del nuevo Estado proletario, en cualquier caso, Lenin, tras el inicio de la guerra civil, insistirá en afirmar que esta diseminación era necesaria: ”En esta aspiración al separatismo, escribe, existía algo sano y provechoso en la medida que se trataba de una aspiración creadora”.[110]

El establecimiento del poder central y su funcionamiento habrán de chocar más adelante con otro tipo de dificultades y conocerán nuevos ensayos. Los comisarios del pueblo se encuentran con ministerios desiertos o revolucionados, se enfrentan con toda clase de obstáculos, desde la falta de llave para entrar en el despacho hasta la huelga del personal. Los primeros servicios de la mayoría de los comisariados son improvisados manu militari por destacamentos revolucionarios de militantes obreros o soldados: de esta forma organizan para Trotsky el Comisariado de Asuntos Exteriores los marineros de Markin mientras que el de trabajo es puesto en funcionamiento para Schliapnikov por los metalúrgicos del sindicato. Cuando las bandas de pillaje penetran en las bodegas de las mansiones y aristocráticos hoteles para adueñarse de los vinos y de la vodka, son los grupos de intervención integrados por obreros o por marineros bolcheviques o anarquistas los que les dan caza, vuelan las cavas y destruyen los ”stocks” del ”vodka que adormece al pueblo”. Los primeros intentos contrarrevolucionarios en Petrogrado chocaron con partidas armadas de este tipo; los responsables, vencidos, serán acusados ante asambleas reunidas espontáneamente, auténticos tribunales integrados por obreros voluntarios o elegidos.

Esta vanguardia obrera, constituye, durante algunos días, la única fuerza verdaderamente organizada al servicio de un gobierno cuya entidad se va definiendo muy gradualmente. El Congreso pan–ruso habrá de reunirse tres veces en seis meses y, en el ínterin, su autoridad es ejercida por el comité ejecutivo que elige. No obstante este último cuenta con más de doscientos miembros lo que le convierte en un organismo demasiado embarazoso para el poder ejecutivo, que se le asigna: esta es la razón de que designe a los comisarios del pueblo cuyo consejo formará el verdadero gobierno. Cada comisario cuenta con un ”colegio” de cinco miembros del comité ejecutivo que tienen derecho a apelar contra las decisiones ante el consejo o bien ante el comité ejecutivo. Los conflictos abundan en este período ya que los comisarios del pueblo tienen una cierta tendencia, urgidos por la necesidad, a actuar sin esperar el consenso del comité ejecutivo y, terminarán por dictar leyes, conservando posteriormente este derecho que, en un principio, no les había sido atribuido pero tampoco prohibido.

Los partidos y la democracia soviética

Los soviets, a todos los niveles, comprenden evidentemente miembros de los diferentes partidos. El hecho de que las elecciones se lleven a cabo casi siempre mediante la votación pública, excluye, hasta cierto punto a los representantes de las organizaciones derechistas en un principio, y más adelante a todos los pertenecientes a aquellos que reivindican la autoridad de la Asamblea Constituyente. No obstante, el comité ejecutivo elegido por el III Congreso comprende aún siete S. R. de derecha, junto a los 125 S. R. de izquierda y a los 160 bolcheviques.

Los S. R. de izquierda provenían de la tendencia del viejo partido encabezada por Natanson y Spiridovna, que, durante la guerra, había rechazado la política de unión sagrada. En el congreso de mayo de 1917, habían presentado su propia plataforma, pronunciándose a favor de la ruptura de todo tipo de alianza con los partidos burgueses, de la creación de un gobierno netamente socialista, de la paz inmediata, y de la socialización de la tierra. Habían sido expulsados por la dirección de su partido al haberse negado a obedecer a los dirigentes que, en señal de protesta, habían abandonado la sala en que se celebraba la sesión plenaria del II Congreso (que acababa de aprobar la insurrección de octubre), constituyéndose en esta fecha como partido independiente y consiguiendo, como hemos visto, una representación en el gobierno. Pertenecen a la mayoría y cuentan con 284 delegados en el IV Congreso y con 470 en el V sobre un total de 1.425 diputados. Incluso después de su abandono del gobierno, ocupan puestos importantes en el nuevo Estado, en el ejército y en la Cheka o policía especial destinada a la represión de actividades contrarrevolucionarias. Sus portavoces son Katz, alias Kaníkov, Karelin y, sobre todo, la prestigiosa María Spiridovna, legendaria terrorista y apóstol de la revolución campesina; su actividad consiste en asaetear a los dirigentes bolcheviques con críticas y ataques a veces muy violentos. Desde la insurrección de octubre hasta el comienzo de la guerra civil su prensa aparece con entera libertad.

Los mencheviques subsisten igualmente. Una fracción de los internacionalistas ha permanecido en el congreso de los soviets a pesar de la dimisión de la mayor parte de los diputados del partido. La reunificación entre los internacionalistas de Mártov y el partido de Dan se lleva a cabo en marzo de 1918 y a ella sigue un congreso que se celebra en mayo. Hasta el mes de mayo de 1918 aparece un órgano central de los mencheviques, Novy Luch, también aparecen Vpériod, que es el periódico del grupo de Mártov, y una decena más de publicaciones diarias o periódicas. No obstante, los mencheviques han de lamentarse de sufrir secuestros, prohibiciones y detenciones arbitrarias. Estas deben atribuirse más a circunstancias e iniciativas locales que a una política represiva de conjunto, aun cuando una importante fracción de los mencheviques continúa declarándose partidaria de una intervención extranjera y la mayoría insiste en su fidelidad a la Asamblea Constituyente.

Tanto antes como después de octubre, los anarquistas han desempeñado un importante papel. Su influencia es considerable entre los marineros de la flota del Báltico y ciertos regimientos, moscovitas sobre todo, han sido ganados a su causa. Se subdividen en un gran número de grupos, algunos de ellos, al tiempo que condenan la insurrección por haber dado origen a un nuevo ”poder”, aceptan defender la autoridad de los soviets mientras que otros la impugnan rotundamente. En general, están de acuerdo con los bolcheviques en el momento de la disolución de la Constituyente, cuya liquidación expresa será llevada a cabo precisamente por uno de ellos, el marinero Selezniak. A principios del año 1918, cuentan con sus propios locales, su organización, su prensa, su milicia o guardia negra y sus incontrolados a los que se acusa a menudo de bandidaje y pillaje. En el ejecutivo, su portavoz es Alejandro Gay, que confía a Sadoul su propósito de ”cavar la tumba de los bolcheviques”.[111] En abril, la Cheka inicia una vasta operación contra ellos, rodea sus locales y lleva a cabo centenares de detenciones. La guardia negra es disuelta. Oficialmente esta depuración tiene por objeto desembarazarse de los elementos dudosos que se han infiltrado en sus filas; otro motivo ha sido la queja emitida por el coronel Robins, representante oficioso de los EE. UU.. No obstante, la mayoría de los arrestos no son definitivos, los militantes conocidos son liberados y, a falta de armas, conservan su prensa y sus locales. De hecho, numerosos militantes anarquistas son atraídos fuertemente por el bolchevismo en los inicios de la revolución, reconciliándose con la concepción que Lenin ostenta del Estado y con la imagen que de él dan los soviets: el ruso–americano Krasnotchekov y el franco–ruso Kibálchich, alias Víctor Serge, se unen al partido bolchevique; otros, sin llegar a afiliarse, colaboran asiduamente. Este es el caso de el ex presidiario Sandomirsky y de su compañero Novomirsky, del anarco–sindicalista Alejandro Schapiro y, sobre todo, del antiguo líder de los sindicatos revolucionarios americanos I. W. W., el ruso–americano Bill Chatov, que será uno de los fundadores de la república soviética de Extremo–Oriente y del Ejército Rojo. El propio Gay participará en la guerra civil en el bando rojo, siendo fusilado por los Blancos en 1919.

Así, penosamente a veces, funciona en el marco de los soviets un régimen pluripartidista que lleva aparejados, como consecuencia inevitable, los conflictos ideológicos y las pugnas retóricas y polémicas de la prensa. El lector ruso puede incluso seguir las actas de los debates del ejecutivo en donde se enfrentan los lideres de los diferentes partidos: León Sosnovsky, portavoz de la fracción bolchevique y Bujarin que es uno de los oradores gubernamentales con más audiencia, Gay, Mártov, Karelin y Spiridovna, bajo la autoritaria férula de Svérdlov, presidente de estentórea voz cuyo apodo es ”cierra–bocas”. Para los bolcheviques, esto supone un éxito indiscutible pues, de esta forma, su aislamiento deja de ser total y constituye la prueba de que su influencia no disminuye puesto que, después de la victoria, es posible descartar las medidas represivas que su precaria situación tal vez habría hecho aconsejable.

No obstante, en este cuadro de conjunto van a surgir innumerables dificultades, en particular en lo referente a la libertad de prensa. Los bolcheviques no tienen a este respecto una postura abstracta. Así lo expone claramente Trotsky ante el soviet de Petrogrado: ”Todo hombre que cuente con un capital tiene derecho, al contar con medios suficiente., a abrir una fábrica, una tienda, un burdel o un periódico de su gusto (...) ¿Pero acaso los millones de campesinos obreros y soldados disfrutan de la libertad de prensa? Ellos no cuentan con la condición esencial de la libertad, es decir, con los medios reales y auténticos necesarios para la publicación de un periódico”.[112] Propone entonces la nacionalización de las imprentas y de las fábricas de papel, así como la atribución de facilidades de impresión a los partidos y grupos obreros con arreglo a su influencia real. En este sentido, Lenin redacta un proyecto en el que se reconoce a toda agrupación que represente por lo menos a diez mil obreros el derecho de editar un periódico, habilitándose incluso un fondo para su financiación.[113] Ninguno de estos proyectos llegará a realizarse y, de hecho, las únicas medidas que se tomaron fueron represivas. No obstante, las prohibiciones que siguieron a la amenaza de defender con las armas la causa de la Asamblea Constituyente, suscitaron encendidísimas protestas en las filas revolucionarias. El gobierno se encuentra, de hecho, presionado por dos necesidades contradictorias: la de tener que autorizar la manifestación de una oposición que considera legítima e incluso necesaria y, por otra parte, la de impedir que el adversario, utilice la prensa como un arma a la que teme, no sin razón, dada la situación rusa en la que los bulos, pánicos y rumores alarmistas pueden dar a la provocación un terreno abonado. Nada refleja esta doble preocupación mejor que el llamamiento emitido por Volodarsky, comisario de información, en la Krásnaya Gazeta de Petrogrado: ”La libertad de criticar los actos de poder de los soviets, la libertad de agitación en beneficio de otro tipo de poder, se la daremos a nuestros adversarios. Si lo entendéis así os garantizamos la libertad de prensa. Pero renunciad a las noticias falsas, a la mentira y a la calumnia”.[114] El propio Volodarsky caería el 21 de junio, víctima de las balas de los terroristas S. R., aquellos mismos a los que había ofrecido la libertad de expresión a condición de que renunciasen a la violencia verbal...

En esta fecha, la situación empeoró gravemente. Desde el mes de marzo aumenta la escasez de alimentos, los efectos del hambre surgen por doquier dejando, según la expresión de Kayúrov ”a las ciudades hambrientas cara a cara con cien millones de campesinos hostiles”[115] que empiezan a rebelarse contra las requisas. Los agentes de los Aliados, es decir, los generales zaristas preparan el contraataque empuñando las armas. Por añadidura, el problema de la paz divide profundamente a la mayoría soviética, alzando a los S. R. de izquierda contra los bolcheviques y fraccionando a los propios bolcheviques: el tratado de Brest–Litovsk va a sancionar de un momento a otro la amputación de una parte importante del territorio ruso. Tanto la guerra como el fundamental imperativo de ponerla fin, rápidamente, sirvieron pues, para trastocar intensamente los elementos básicos del problema de la democracia soviética.

El Comité Central y el problema de la paz

Las tesis de abril habían planteado el problema conforme a las perspectivas de Lenin y Trotsky acerca de la revolución europea: la guerra sólo concluiría con una paz democrática en el caso de que el poder de Estado pasara, en otros países beligerantes, a manos del proletariado. Lenin y Trotsky afirman en diferentes ocasiones que la revolución rusa no podría sobrevivir sin la victoria de la revolución europea. Este es, pues, el enfoque desde el que hay que comprender las ofertas de paz que se hicieron a todos los beligerantes y que se acompañan de un inmenso esfuerzo para llegar a las masas mediante la propaganda revolucionaria y la confraternización. No obstante, durante las semanas que siguen a la victoria de Octubre, no se produce ningún movimiento revolucionario en Europa. Para el gobierno bolchevique, la paz se convierte en una necesidad absoluta, tanto para satisfacer al ejército y al campesinado como para ganar tiempo con vistas a la revolución europea.

La maniobra es delicada: es preciso, simultáneamente, negociar con los gobiernos burgueses y luchar políticamente contra ellos, es decir, utilizar las negociaciones como una plataforma de la propaganda revolucionaria. Hay que evitar cualquier apariencia de compromiso con uno u otro de los clanes imperialistas, tratando no obstante de evitar que la Rusia revolucionaria cargue con las consecuencias de una paz política entre imperialistas, que, por añadidura, atajaría la revolución que les amenaza en el interior. Las negociaciones del armisticio se inician en Brest–Litovsk en noviembre de 1917 entre una delegación alemana y una delegación rusa pues los aliados se han negado a participar en unas negociaciones generales. El armisticio, que se firma el día 2 de diciembre, establece un statu quo territorial (permaneciendo los ejércitos ruso y alemán en sus respectivas posiciones) y proporciona a la delegación rusa importantes satisfacciones morales: las tropas alemanas del frente ruso no serán transferidas al frente occidental, se organizan ”relaciones” entre los soldados rusos y alemanes, es decir, se ofrecen unas condiciones optimas para la confraternización y el desarrollo de la propaganda revolucionaria de los rusos.

En las conversaciones de paz que comienzan el día 22 de diciembre, Trotsky encabeza la delegación rusa, convirtiéndose, con dicho cargo, en el fiscal de todos los pueblos al enfrentarse con la diplomacia imperialista, y utilizándolo igualmente para ganar tiempo y desenmascarar la política alemana. Sin embargo, el día 5 de enero, el general Hoffmann juega su carta: Polonia, Lituania, Rusia Blanca y la mitad de Letonia deben permanecer ocupadas por el ejército alemán. Los rusos tienen un plazo de diez días para contestar sí o no. ¿Deben pues ceder al cuchillo que amenaza con decapitarles? ¿Pueden oponer resistencia, como siempre habían afirmado que harían en semejantes circunstancias, declarando la ”guerra revolucionaria”? Ni Lenin, que defiende la primera de estas posturas, ni Bujarin, partidario de la segunda, consiguen la mayoría en el comité central que, por último, resuelve seguir a Trotsky por 9 votos contra 7, la resolución adoptada es poner fin a la guerra sin firmar la paz. Trotsky informará a la delegación alemana de que ”Rusia, al mismo tiempo que se niega a firmar una paz con anexiones, declara el fin de la guerra”. Los delegados rusos abandonan Brest-Litovsk. Por su parte, Alemania, que acaba de firmar un tratado de paz con un gobierno fantoche de Ucrania, comunica que considera la actitud rusa como una ruptura del armisticio. El día 17, los alemanes lanzan una ofensiva en todo el frente. Lenin propone al comité central volver a emprender las conversaciones de paz. Su moción es derrotada por 6 votos contra 5. Frente a él, Bujarin y Trotsky han impuesto la decisión de ”retrasar el comienzo de nuevas negociaciones de paz hasta que la ofensiva alemana sea suficientemente clara y se revele su influencia sobre el movimiento obrero”.[116] Pero Lenin considera que estas son frases huecas y que, de hecho, la mayoría del comité central rehuye sus responsabilidades. Plantea entonces la cuestión de qué se hará si el ejército alemán sigue avanzando y la revolución no estalla en Alemania: esta vez, el comité central parece opinar, por 6 votos contra l, el de Joffe, y 4 abstenciones, que efectivamente habría que volver a emprender las negociaciones. En esta votación Trotsky se ha unido a Lenin. El día 18, el comité central debe reunirse de nuevo pues el avance alemán progresa muy rápidamente en Ucrania. Lenin propone reemprender las negociaciones partiendo de las propuestas que la delegación rusa se ha negado a firmar con anterioridad: de nuevo le sigue Trotsky y la moción se acepta por 7 votos contra 5. El gobierno, por consiguiente, tomará de nuevo contacto con el Estado Mayor alemán cuya respuesta llega el día 23 de febrero. Las condiciones han empeorado: esta vez se exige la evacuación de Ucrania, Livonia y Estonia. Rusia va a ser privada del 27 por 100 de su superficie cultivable, del 26 por 100 de sus vías férreas y del 75 por 100 de su producción de acero y de hierro.[117]

En el comité central vuelve a iniciarse la discusión: Bujarin exige que se rechacen las condiciones alemanas y que se emprenda la resistencia a ultranza, es decir, la ”guerra revolucionaria”. Lenin solicita que se ponga fin a la ”palabrería revolucionaria” y amenaza una vez más con dimitir si el comité central no adopta su postura. Stalin propone, como termino medio, que se vuelvan a emprender negociaciones. Lenin exige entonces que el comité central se pronuncie de una forma definitiva sobre la aceptación o el rechazo inmediatos de las condiciones alemanas, apoyando, por su parte, la aceptación que será adoptada por 7 votos contra 4. Trotsky no está convencido pero se niega a correr el riesgo de iniciar una guerra revolucionaria sin Lenin a la cabeza del gobierno. El mismo día, el comité ejecutivo de los soviets aprueba la resolución del comité central que defienden los bolcheviques por 116 votos contra 84, absteniéndose un gran número de diputados mencheviques. El tratado que mutila a Rusia es firmado el día 3 de marzo de 1918 en Brest-Litovsk.

Hasta el último momento se han considerado todas las eventualidades, inclusive las ofertas de ayuda material y militar comunicadas por los embajadores de los países aliados: por otra parte, sobre este punto se dan idénticos agrupamientos en el comité central, pues los partidarios de la “guerra revolucionaria” votan por el rechazo de la ayuda aliada. Frente a ellos se encuentra Trotsky, que es partidario de aceptarla, si llega el caso, y que cuenta con el apoyo de Lenin cuyo voto es a favor de ”recibir patatas y municiones de los bandidos imperialistas”.[118]

El partido al borde de la escisión

La polémica que se ha entablado con ocasión del tratado de Brest–Litovsk ha estado a punto de provocar una escisión en el partido. A partir de la decisión del comité central, un grupo de responsables entre los cuales se encuentran Bujarin, Bubnov, Uritsky, Piatakov y Vladimir Smirnov dimiten de todas sus funciones y recobran su libertad de agitación dentro y fuera del partido. El buró regional de Moscú declara que deja de reconocer la autoridad del comité central hasta que se lleve a cabo la reunión de un congreso extraordinario y la convocatoria de nuevas elecciones. En base a la propuesta de Trotsky, el comité central vota una resolución que garantiza a la Oposición el derecho de expresarse libremente en el seno del partido. El órgano moscovita del partido, el Social Demócrata, emprende una campaña contra la aceptación del tratado el día 2 de febrero. La República soviética de Siberia se niega a reconocerle validez y permanece en estado de guerra con Alemania.

El día 4 de marzo, el comité del partido en Petrogrado publica el primer número de un diario, el Kommunist, cuyo comité de redacción está formado por Bujarin, Karl Rádek y Uritsky, y que será en lo sucesivo el órgano público de la oposición que integran aquellos a los que ya se conoce como ”comunistas de izquierda”. La coincidencia de esta iniciativa con la celebración del congreso que había exigido la oposición y en el que sus tesis habían sido derrotadas, parece revelar su determinación a emprender el camino de la escisión, con la correspondiente creación de un partido rival de aquel que, esta vez por unanimidad, acaba de adoptar el nombre de ”partido comunista”.

De hecho los ”comunistas de izquierda” enfrentan una línea completa a la propuesta por Lenin. La, brutal caída de la producción industrial ha obligado al consejo de comisarios del pueblo a restringir el alcance de las iniciativas desplegadas por los obreros en las factorías en que ondea la enseña del ”control obrero”. Primero en el comité central y más tarde en el congreso, Lenin ha promovido la adopción de toda una serie de enérgicas medidas para detener la desorganización de la industria, tales como el mantenimiento, durante todo el tiempo en que ello sea posible, de la antigua administración capitalista de las empresas, concesiones que aseguren los servicios de los especialistas y técnicos burgueses, restablecimiento del cargo de director y administrador y, por último, estímulo de la productividad obrera mediante un sistema de primas controlado por los sindicatos. Lenin no disimula que, en su opinión, el control obrero no es más que un mal menor que habrá que tolerar hasta tanto no pueda organizarse un control estatal. En estas medidas, los comunistas de izquierda sólo ven un retroceso de la revolución. Según Bujarin, el partido se encuentra en una fase decisiva de su historia: o bien la revolución rusa emprende la lucha, sin compromisos de ninguna especie, contra el mundo capitalista mediante la ”guerra revolucionaria”, al tiempo que perfecciona su obra en el interior con una nacionalización total y la delegación de la dirección de la economía a un organismo cuyo origen podría estar en los comités de control, o bien firma la paz con Alemania y emprende la vía del compromiso con el exterior y de la subsiguiente degeneración interior.

Lenin ha afirmado la necesidad de un período de ”capitalismo de estado” que restablezca la economía; los comunistas de izquierda denuncian la aparición de relaciones ”pequeño–burguesas” en las empresas y condenan la concepción ”centralista burocrática” que las inspira, así como el abandono, en la práctica, de la tesis del ”Estado–comuna administrado desde abajo” que debería constituir la base del Estado obrero. Bujarin se explaya entonces irónicamente acerca de la presencia, que en lo sucesivo será obligatoria al parecer, de un ”comisario” al lado de cada una de aquellas cocineras llamadas a dirigir el Estado.

Lenin replica a esta acusación con un análisis de la situación ”extraordinariamente penosa, difícil y peligrosa desde el punto de vista internacional; es necesario describir rodeos, retroceder; se trata de un compás de espera de nuevas explosiones revolucionarias en Occidente que se gestan laboriosamente, en el interior del país, es un período de lenta edificación, de inflexibles llamada al orden, una larga y encarnizada contienda que enfrenta al riguroso espíritu de disciplina proletario con el amenazante elemento que constituyen la abulia y el anarquismo pequeño–burgués”.[119]

¿Puede verse, como afirma Robert V. Daniels,, en esta polémica el germen de los futuros conflictos, el enfrentamiento entre el aspecto realista y el utópico del bolchevismo? Subrayemos más bien, de acuerdo con E. H. Carr, que la discusión no concluye con la victoria de un principio sobre otro, pues no son principios los que se discuten. Ciertamente, Bujarin y sus compañeros temen que la aceptación de la paz con la amenaza de un cuchillo en la garganta, signifique el abandono de la política de revolución internacional y constituya en cierto modo, el prólogo de una especie de línea de coexistencia pacífica que sólo podría desembocar en la degeneración de la revolución. Sin embargo, Lenin no abandona la perspectiva de la revolución europea: ”Es rigurosamente cierta la afirmación de que sin revolución alemana pereceremos”, proclama.[120] Se niega a admitir el análisis de Riazanov que afirma que el partido se enfrenta al dilema de estar ”con las masas campesinas o con el proletariado de Europa Occidental”. Desea una paz inmediata que sería a la vez condición indispensable del apoyo campesino y tregua a la espera de refuerzos: ”Sería un error basar la táctica del gobierno socialista de Rusia en el intento de determinar si la revolución socialista ha de estallar o no en Europa, y sobre todo en Alemania, durante los seis próximos meses”.[121] Mantiene también que ”la revolución socialista debe sobrevenir y sobrevendrá de hecho en Europa”, afirmando de nuevo: ”Todas nuestras esperanzas en la victoria definitiva del socialismo están basadas en esta certidumbre, en esta previsión científica”.[122]

El restablecimiento de la cohesión

El partido ha de restablecer su cohesión durante los meses siguientes. A este respecto, la actitud de Trotsky es decisiva. ”En la actualidad, no habría golpe más grave para la causa del socialismo que el que le infligiría el hundimiento del poder soviético en Rusia”,[123] ha declarado el comité central. Este afán suyo de preservar las oportunidades de la revolución europea y el hondo respeto que siente por Lenin, son las principales motivaciones de su actitud en el comité central y en el Congreso de marzo de 1918; en ambos organismos mantiene sus reservas y sus críticas pero multiplica igualmente sus esfuerzos para impedir las cristalización de las divergencias. Él es el que convence a Joffe y a Dzherzhinsky para que no sigan a Bujarin en su oposición pública y él es también el que, para conservarle, ofrece a Bujarin la total libertad de expresión dentro del partido. En este esfuerzo de síntesis que lleva a cabo para preservar la democracia interna, dentro de una perspectiva de revolución internacional, él es, tras de haber impedido el estallido, el agente de la nueva cohesión.

Bujarin, que durante bastante tiempo parecía estar dispuesto a todo, vacila. Crear un nuevo partido comunista y emprender la lucha contra el que dirige Lenin, con la perspectiva de sustituirle en la dirección revolucionaria no es ninguna nimiedad. También los comunistas de izquierda temen una escisión, preñada de riesgos considerables y, en lo que a ellos concierne, de aplastantes responsabilidades. Kommunist, que ha sido transferido a Moscú, interrumpe su aparición diaria y se convierte en semanario. En el partido, la discusión no parece ser favorable a la oposición. Desde el mes de mayo, ha perdido la mayoría en Moscú y en la región del Ural, dirigida por Preobrazhensky. ¿Acaso los comunistas de izquierda han considerado una posible alianza ”parlamentaria” con los S. R. de izquierda, enemigos como ellos de la firma del tratado, en el comité ejecutivo de los soviets? Parece ser que esta alianza les fue efectivamente propuesta: un pacífico cambio de mayoría dentro del ejecutivo habría, de esta forma, provocado la sustitución del gobierno de Lenin por un gobierno Piatakov, partidario de la guerra revolucionaria. Bujarin que más adelante revelará estas conversaciones, precisa no obstante que los comunistas de izquierda rechazaron las ofertas de los S. R. de izquierda.

Precisamente la actitud de estos últimos será la que decida la vuelta de la oposición al partido. En el mes de junio, los S. R. deciden emprender una campaña terrorista con el fin de que se reanuden las hostilidades contra Alemania. Por orden de su comité central, un grupo de S. R. de izquierda del que forma parte el joven Blumkin, miembro de la Cheka, atenta con éxito contra la vida del embajador de Alemania, el conde Von Mirbach. Otros S.R. de izquierda, que también pertenecen a la Cheka, detienen a los responsables comunistas e intentan provocar un levantamiento en Moscú. Los comunistas de izquierda, con Bujarin a la cabeza, han de participar en la represión. Sin embargo, los debates del congreso de los soviets han mostrado el abismo que se abría entre los S. R. de izquierda y los bolcheviques. Los comunistas de izquierda deciden permanecer en el partido pues, en el momento de peligro, no tienen otra alternativa. En definitiva, la crisis interna ha servido para reforzar su cohesión. Lenin ha ratificado una vez más el derecho que tienen sus detractores a abandonar el partido escribiendo en la Pravda del 28 de febrero: ”Es perfectamente natural que unos camaradas que se han opuesto con fuerza al comité central le condenen no menos enérgicamente y expresen su convicción de que la escisión es inevitable. Este es el más elemental de los derechos de los miembros del partido”.[124]

Un año más tarde, el día 13 de marzo de 1919, dirá: ”La lucha que se originó en nuestro partido en el curso del pasado año ha sido extraordinariamente fecunda; ha suscitado innumerables choques serios pero no hay lucha que no los tenga”.[125] Y es que, en esta fecha, hace ya diez meses que los oponentes se han reintegrado a sus funciones dentro del partido y luchan en todos los frentes. La guerra civil que se ha iniciado el 25 de mayo de 1918 con el alzamiento de la Legión Checoslovaca, va a durar treinta meses, agotando al país y absorbiendo todas las fuerzas de los revolucionarios. El mundo capitalista sostiene a los ejércitos blancos; para él como para los bolcheviques, el frente de la guerra civil es el de una lucha internacional en la que se afrontan el viejo mundo y la vanguardia de esos Estados Unidos Socialistas de Europa, que Trotsky, según le refirió a John Reed, consideraba el objetivo del mañana y que figuraban en el programa de la Internacional Comunista.

VI. La guerra civil y el comunismo de guerra

La guerra civil se inicia con el levantamiento de la Legión Checoslovaca en mayo de 1918 y se propaga como un reguero de pólvora. Los 50.000 checos con mandos franceses que integran la Legión constituyen una fuerza temible a la que se añaden además un cierto número de voluntarios rusos. Marchan hacia el oeste, ocupando sucesivamente Cheliabinsk y Omsk, hasta alcanzar el Volga en Rusia. El éxito de su incursión parece decidir a los aliados a intervenir de forma concertada: las tropas franco–inglesas desembarcan en Murmansk a principios de junio y, más adelante lo hacen en Arkángel, donde se encuentran 12.000 soldados que tienen la misión oficial de ”proteger” la región de un ataque alemán. Sin embargo, mientras los partisanos ucranianos, organizados por los bolcheviques Piatakov, Eugenia Bosch y Kotziubinsky, hostigan a las tropas alemanas de Ucrania, los Aliados, con el pretexto de apoyar a los checos, desembarcan en el mes de agosto a cien mil hombres en Vladívostok. En el sur, el general monárquico Denikin, pone en pie de guerra un ejército de voluntarios, equipado con armas y municiones por el gobierno británico que envía igualmente una misión militar. En el mes de septiembre tiene lugar el primer éxito soviético: Trotsky, a la cabeza del 5º Ejército Rojo, derrota a los checos y reconquista Kazán.

A partir del mes de noviembre de 1918, los alemanes son, en principio, eliminados; no obstante, los Aliados entran a sustituirlos por las puertas abiertas del Báltico y los Dardanelos. En el ínterin, en el bando de los Blancos, los elementos monárquicos y reaccionarios han prescindido de los mencheviques y S. R.; el día 18 de noviembre, el almirante Kolchak asume el mando del conjunto de fuerzas anti–bolcheviques. El año 1919 será pues el de mayor peligro para los bolcheviques. Las tropas francesas desembarcadas en Odesa suman aproximadamente 12.000 hombres y ocupan el sur de Ucrania y Crimea, los soldados ingleses ocupan Batum y Bakú, controlan el Cáucaso, el Kubán y el este del Don, desembarcan en Revel, sosteniendo a los gobiernos blancos de la región, al tiempo que los aliados solicitan oficialmente a los alemanes que mantengan las tropas del general Von der Goltz en pie de guerra contra los rusos en Letonia y en Lituania.

A principios de 1919, el proyecto de Clemenceau de rodear a los bolcheviques, está consumado. Louis Físcher resume así la situación: ”Al oeste, Rusia estaba separada del mundo exterior por el Báltico, los alemanes, la flota inglesa y Polonia; al norte por las tropas inglesas, francesas, americanas y serbias; al sur por los franceses en Ucrania, por Denikin en el Kubán y por los ingleses en Caucasia y Transcaspia; por último, al este de Siberia se encuentran los japoneses y sus fieles jefes cosacos y al oeste los checos y Kolchak”.[126] No obstante, entre los Aliados no reina la armonía: el premier inglés Lloyd George, teme el surgimiento de motines y desórdenes sociales y declara: ”Si se iniciase una empresa militar contra los bolcheviques, ésta terminaría por bolchevizar Inglaterra y por crear un soviet en Londres”. Clemenceau, el mariscal Foch y Winston Churchill, por el contrario, defienden la idea de la intervención.

Por último, se impone la solución mas prudente: los Aliados deciden ayudar a los Blancos suministrándoles armas y equipo. En mayo, Kolchak, el ”jefe supremo”, alcanza el Ural, Denikin se apodera del sur, Yudénich, que ha salido de Estonia, amenaza a Petrogrado, azotada en aquellos días por una epidemia de tifus y por una intensa ola de hambre. El día 19 de octubre, su vanguardia se encuentra a 15 kilómetros de la ciudad. La llegada del tren blindado de Trotsky, que galvaniza a los defensores, así como el esfuerzo postrero de los obreros agotados, consiguen salvar la situación y el día 21 Yudénich se repliega. En el mismo momento la caballería roja inflige una derrota a las tropas de Denikín cerca de Voronej y un poco más tarde, el 5º Ejército Rojo expulsa a Kolchak de Omsk.

El régimen soviético ha estado a punto de ser derrotado militarmente pero emerge victorioso. Kolchak ha sido rechazado hasta detrás del Ural y los últimos restos de su ejército son destruidos en enero de 1920. El propio Kolchak será hecho prisionero y fusilado. Iván Smirnov, comisario del 5º Ejército, dirige la sovietización de Siberia, lo que le hará merecedor del sobrenombre de ”Lenin de Siberia”. El peligro vuelve a aparecer al oeste con la intervención polaca que tiene lugar en el mes de marzo: la contra–ofensiva del Ejército Rojo, victoriosa en un principio, fracasa ante Varsovia donde los Aliados han delegado como ”consejero” al general Weygand. El armisticio se firma en septiembre. Durante la guerra contra Polonia, el barón Wrangel, general zarista, apoyado por consejeros, capitales y material francés, ha reunido los restos del ejército de Denikín, atacando a la Ucrania roja, pero su ejército, rechazado en Crimea será derrotado en noviembre de 1920, concluyendo de esta forma la guerra civil.

La huella de la guerra civil

Estos treinta meses de lucha despiadada han cambiado profundamente la atmósfera del país. En su Historia Socialista, Jean Jaurés[127] había escrito unas frases acerca de la revolución francesa que Boris Souvarine ha recordado oportunamente al referirse a la guerra civil rusa: ”Cuando un país revolucionario lucha a la vez contra las facciones interiores y contra el mundo, cuando la menor vacilación o el más pequeño error pueden comprometer, durante siglos tal vez, el destino de un orden nuevo., los que dirigen esta colosal empresa no tienen tiempo para captar a los disidentes o para convencer a sus adversarios. No pueden otorgar demasiada importancia al espíritu de disputa o al de combinación. Deben matar, deben actuar y, para conservar intacta su fuerza de acción, para no diluirla, le piden a la muerte que cree a su alrededor la unanimidad inmediata que necesitan”.[128] En octubre, los vencedores se mostraban generosos: uno de los primeros actos del congreso de los soviets tras la insurrección había sido abolir la pena de muerte que ya había sido suprimida por primera vez en febrero y vuelta a restablecer, por el gobierno Kerensky, a petición de los jefes del ejército. Los ministros del gobierno provisional derrocado, son detenidos y casi inmediatamente puestos en libertad. El general Krasnov que se ha alzado inmediatamente después de octubre, es puesto en libertad, junto con otros oficiales, tras de haber dado su palabra de no volver a tomar las armas contra el régimen soviético. Semejante generosidad habrán de pagarla en definitiva, bastante cara pues estos hombres integrarán los cuadros de los ejércitos blancos durante los meses siguientes.

Esta es la razón de que, tras la revuelta de los cadetes, Trotsky adopte una actitud amenazadora: ”No entraremos en el reino del socialismo de guante blanco y sobre parquet encerado”.[129] La Cheka, organizada por el comité militar revolucionario del soviet de Petrogrado y dirigida por Dzerzhinsky, se transforma, en el mes de diciembre, en una ”comisión extraordinaria para combatir la contrarrevolución y el sabotaje”; desarrolla su actividad y, a partir del mes de marzo, empieza a golpear durante la ofensiva alemana; la represión que ejerce se agrava de julio en adelante: los S. R. han asesinado a Volodarsky y los Aliados han desembarcado en el norte. El antiguo S. R. Savinkov, que probablemente actuaba por cuenta del ”2.º bureau” francés, organiza un alzamiento en Yaroslav. El avance de los checos obliga a los dirigentes del soviet del Ural, aconsejados por el bolchevique Beloborodov, a ejecutar, durante la noche del 16 al 17 de julio de 1918, al zar y a su familia. La insurrección de los S.R. de izquierda en Moscú y la serie de atentados que se llevaron a cabo contra los dirigentes bolcheviques van a provocar un giro radical. El día 30 de agosto, Uritsky muere y Lenin es gravemente herido, a la salida de un mitin, por la terrorista S.R. Dora Kaplan. El comité ejecutivo central decide responder al ”Terror Blanco” con el ”Terror Rojo”. Rusia conocerá también las ”matanzas de septiembre”.[130]

El ”Terror Rojo” es un terror de clase. ”La Cheka, declara el chekista Latsis, no juzga, golpea... ya no luchamos contra unos cuantos enemigos aislados, exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis en el expediente de los acusados pruebas de si se oponen o no al gobierno soviético con palabras o con actos. Lo que nos interesa es saber a qué clase social pertenecen, su extracción, su instrucción y su profesión. Estos son los datos que deciden su suerte”.[131] El carácter extraordinario de la misión de la Cheka es subrayado por Peters, otro de sus dirigentes, que precisa: ”en su actividad, la Cheka es completamente independiente, al efectuar registros, arrestos y ejecuciones no rinde cuentas sino al consejo de comisarios del pueblo y al ejecutivo de los soviets”.[132]

Evidentemente resulta imposible dar cifras precisas en cuanto a lo que concierne a la amplitud de la represión. Las cifras oficiales son ciertamente muy inferiores a la realidad pero reflejan la importancia del giro de julio: Peters apunta 22 ejecuciones en los seis primeros meses de 1918 y 6.000 en los seis últimos. El historiador Chamberlin considera que un total de 50.000 víctimas resultaría bastante verosímil. No obstante, este es indudablemente inferior al total de víctimas de los Blancos. Sobre todo, como subraya Victor Serge, hay que considerar que, en conjunto, el Terror Rojo será responsable de menos víctimas que algunas de las más cruentas jornadas de la batalla de Verdún.

Sea como fuere, los bolcheviques tienen conciencia de que debe pagarse tan alto precio si, en el futuro, quieren evitar facturas aun más altas en vidas humanas. Los dirigentes, fieles a sus principios, no disimulan su política terrorista ni reniegan de ella. En el soviet de Kazán, Trotsky declara: ”En este momento, en el que se acusa a los obreros de crueldad en la guerra civil, afirmamos, instruidos por la experiencia, que la indulgencia hacia las clases enemigas sería, en la actualidad, la única falta imperdonable que podría cometer la clase obrera rusa. Combatimos en nombre del mayor bien de la Humanidad, en nombre de su regeneración, para sacarla de las tinieblas y de la esclavitud”.[133] Al dirigirse a los obreros americanos que ya han sido informados de todas las atrocidades del Terror Rojo, Lenin dice: ”Nuestros errores no nos dan miedo. Los hombres no se han convertido en santos por el hecho de que la revolución haya comenzado. Las clases laboriosas oprimidas, embrutecidas y mantenidas por fuerza en el potro de la miseria, de la ignorancia y de la barbarie durante siglos, no pueden llevar a cabo la revolución sin cometer errores (...). No se puede guardar en un féretro el cadáver de la sociedad burguesa y enterrarlo. El capitalismo muerto se pudre, se descompone entre nosotros, infectando el aire con sus miasmas y envenenando nuestra vida: lo que es antiguo, podrido y muerto se aferra con millares de vínculos y de ligaduras a todo lo nuevo, fresco y vivo”.[134]

No obstante, el Ejército Rojo deja mayor huella sobre los hombres que la Cheka. Trotsky, nombrado en el mes de marzo de 1918 Comisario del Pueblo para la Guerra, está convencido de que la revolución no vencerá mas que si dispone de un verdadero ejército moderno, disciplinado instruido y dirigido por un verdadero estado mayor de especialistas. El antimilitarismo no debe paralizar a los revolucionarios en sus iniciativas sino inspirarles en su voluntad de lucha constituyendo el precio de su victoria. Por ello, el decreto sobre instrucción militar redactado por Trotsky, recuerda que uno de los fines esenciales del socialismo es ”liberar a la humanidad del militarismo y de la barbarie que suponen los conflictos sangrientos entre los pueblos”.[135] En opinión de Trotsky ”el trabajo, la disciplina y el orden salvarán a la república de los soviets”.[136] El comisario de la guerra emprende esta tarea con la ayuda de un reducido estado mayor de militantes, en cuya primera línea se encuentra un hombre muy joven, el estudiante Skliansky que se revela como un gran organizador. Es preciso movilizar, instruir, encuadrar y proveer de mandos a varios millones de hombres. Hay que aprovisionar, armar y equipar al Ejército Rojo. Pero un ejército moderno necesita técnicos. Estos existen: son los antiguos oficiales zaristas, en su mayoría hostiles al régimen soviético. A pesar de las resistencias de numerosos bolcheviques, Trotsky va a utilizarlos – son más de 30.000 –, resolviendo el problema que plantea su control mediante la creación de los comisarios políticos que, al mismo tiempo, tienen la misión de mantener la moral revolucionaria de los soldados, obreros y campesinos.

Lenin exhorta a los Obreros de Petrogrado a dedicarse a esta tarea: ”Permanecer en Petrogrado muriendo de hambre y deambulando por las fábricas vacías, complacerse en el fútil sueño de restaurar la industria de Petrogrado o defender la ciudad, es estúpido y criminal. Los obreros de Petrogrado deben partir por decenas de miles al Ural, al Volga, al Sur (...) allí es donde el obrero de Petrogrado resulta indispensable como organizador, como guía y como jefe”.[137] Antiguos oficiales como Tujachevsky o Chapochnikov habrán de codearse en la jefatura del Ejército Rojo con militantes bolcheviques como los obreros Voroshilov y Schmidt o con antiguos suboficiales como Budiony, Blücher y Frunze o como el marinero Muklevich y el estudiante Yakir. Los marineros de Kronstadt y los obreros de Petrogrado se encuentran en todos los frentes de la guerra civil, asumiendo las más altas responsabilidades políticas e incluso militares. Así pueden Bujarin y Preobrazhensky escribir: ”La República es un campamento fortificado. Vivimos bajo el régimen de la dictadura militar del proletariado”.[138]

El ”comunismo de guerra nace pues de las propias necesidades de la guerra. Para movilizar a los obreros es preciso controlar todas las disponibilidades del país, será la necesidad imperiosa la que obligue a nacionalizar la industria sin que los obreros hayan tenido tiempo de pasar antes por la escuela del control. Tanto el aprovisionamiento como la provisión de equipo y armamento constituyen imperativos insoslayables. El comercio privado desaparece por completo; para poder alimentar a los soldados y a los habitantes de las ciudades, los destacamentos obreros armados registran en las aldeas y requisan los cereales. Los campesinos pobres son organizados contra el kulak, sirviendo así de defensa al régimen. Los ingresos fiscales son nulos y el gobierno no dispone del aparato administrativo necesario para llevar a cabo la imposición; resultado de ello es que la imprenta oficial emite billetes ininterrumpidamente. Las dificultades aumentan con una inflación gigantesca que sólo un control creciente puede dominar. Los salarios que están ya muy por debajo del mínimo alimenticio estricto, habrán de ser pagados en especie. Como apunta Isaac Deutscher, esta situación refleja una amarga ironía: el control gubernamental total, la supresión del mercado, la desaparición de la moneda y la igualdad en las condiciones de vida se asemejan a la realización de un programa comunista cuando en realidad no se trata sino de su triste caricatura; en efecto, este comunismo no ha surgido del desarrollo de las fuerzas productivas sino de su desplome. No es más que la igualdad en una miseria que se aproxima mucho a una vuelta a la barbarie. Se necesita toda la energía revolucionaria de los bolcheviques para vislumbrar, tras de las crueles llamas de tan inmensa hoguera, lo que Trotsky, al dirigirse a los jóvenes comunistas, llama ”la lucha del hombre para adueñarse de su propia vida”.[139]

El partido de los soviets

La insurrección de los S. R. de izquierda, en el mes de julio de 1918, marca el fin del periodo multipartidista en el sistema soviético. En el IV Congreso pan–ruso, de un total de 1164 diputados, había, frente a los 773 bolcheviques, 353 S. R. de izquierda, 17 maximalistas, 10 sin partido, 4 anarquistas y 4 mencheviques internacionalistas.[140] En lo sucesivo, nunca volverá a haber una minoría tan importante en el Congreso pan–ruso. En los otros soviets, la composición política se modifica radicalmente a partir de julio de 1918. Desde entonces, los bolcheviques gozan de un predominio aplastante ya que los no–bolcheviques aparecen como gentes ”sin partido”, única etiqueta compatible con la prudencia para un menchevique o un S. R., A finales de 1919, el soviet de Petrogrado cuenta 1.800 diputados, de los cuales 1.500 son bolcheviques, es decir el 82 por 100, 300 ”sin partido”, 3 mencheviques y 10 S. R. El soviet de Saratov tiene 472 bolcheviques de un total de 644 diputados, es decir el 72,9 por 100, 172 ”sin partido” y 4 ”varios” Los congresos provinciales en la primera mitad de 1918 contaban con un 48,4 por 100 de diputados bolcheviques, 19,5 por 100 de diputados de otros partidos y un 32,1 por 100 de ”sin partido”. En los seis últimos meses del mismo año cuentan con un 72,8 por 100 de bolcheviques, un 18,3 por 100 de ”sin partido” y un 8.9 por 100 pertenecientes a otros partidos. La evolución es aún más significativa en los congresos regionales que, en los seis primeros meses de 1918, cuentan con un 52,4 por 100 de diputados bolcheviques, un 24,5 por 100 de diputados de otros partidos, de los cuales un 16,8% son S.R. de izquierda y un 23,1% de ”sin partido”. Tras de los acontecimientos del verano hay un 90,3 por 100 de bolcheviques, un 5,7 por 100 de ”sin partido” y un 4 por 100 de diputados de otras organizaciones. El proceso no dejará de acentuarse hasta 1921, año en el que los bolcheviques serán representados por el 90 por 100 de los diputados asistentes a los congresos regionales.[141]

No obstante el predominio casi exclusivo de los bolcheviques en los organismos soviéticos dista mucho de ser la única característica distintiva del aparato estatal durante la guerra civil. De hecho, los soviets poco a poco han ido perdiendo su actividad y sus componentes el mismo tiempo que la movilización de los militantes iba llegando a los sectores clave. Tanto el Ejército Rojo como la Cheka escapan por completo a su influencia, pues tales organismos, directamente vinculados con la autoridad central, cubren una parte muy importante de la actividad política y administrativa, limitando a los soviets a una competencia puramente local y ejercida en general por su Presidium, sus comités ejecutivos y su aparato técnico de funcionarios, heredado en general del antiguo estado zarista. En el VII Congreso pan–ruso, durante el mes de diciembre de 1919, Kámenev ha descrito así su funcionamiento: ”Sabemos que durante la guerra los mejores trabajadores han abandonado las ciudades en masa y que muchas veces de ello resulta una situación que exige crear un soviet en determinada provincia o ciudad, dándole base para un funcionamiento regular. Muy a menudo, las asambleas del soviet considerado como organización política, languidecen pues la gente se ocupa de tareas puramente técnicas. Las asambleas generales de los soviets se celebran en escasas ocasiones y, cuando se reúnen los diputados, su única misión consiste en ser informados de una circular, escuchar un discurso, etc.”.[142] Seguidamente resume la nueva situación que se plantea en los soviets, declarando al IX Congreso del partido: ”Nosotros administramos Rusia y sólo podemos hacerlo si utilizamos comunistas”.[143] Pues, en efecto, todos los cargos de responsabilidad del Estado, a todos los niveles del poder soviético, están ocupados por comunistas, al igual que los de la Cheka y los del Ejército Rojo.

Esta es la razón de que los dirigentes presenten la situación sin disimulo. ”El poder soviético, afirma Zinóviev, no habría durado tres años, ni siquiera tres semanas si no fuera por la férrea dictadura del partido comunista. El control del partido sobre los órganos soviéticos y sobre los sindicatos es la única garantía sólida de que ninguna camarilla ni grupo de presión podrá imponerse y de que sólo prevalecerán los intereses del proletariado en su totalidad”.[144] Por otra parte, Trotsky, gran parte de cuya obra Defensa del Terrorismo está dedicada a la justificación de la ”dictadura del partido”, escribe: ”El partido ha asegurado a los soviets la posibilidad de transformarse, de convertir los Parlamentos obreros, que constituían, de hecho, un instrumento de poder para los trabajadores. En tal sustitución del poder del partido por el de la clase obrera no hay nada fortuito y, en el fondo, tampoco existe ”sustitución” alguna. Los comunistas, expresan los intereses fundamentales de la clase obrera. Es perfectamente natural que, en una época en que la Historia pone de actualidad la discusión de tales intereses en toda su extensión, los comunistas se conviertan en representantes legítimos de la clase obrera en su totalidad”.[145]

No obstante, esta transformación de las relaciones entre el soviet y el partido durante el primer año de la guerra civil, ha afectado de forma no menos profunda al propio partido. Antes de 1917 los ”revolucionarios profesionales” constituían en cierta medida el aparato del partido cuya estructura había desempeñado un papel fundamental entre Febrero y Octubre de 1917. Pero, desde la toma del poder y, sobre todo, desde el comienzo de la guerra civil, los antiguos ”revolucionarios profesionales” dejan de ser militantes cuyo campo de acción es el partido y la clase en cuyo seno se trata de hacerlo progresar. Como afirma Bujarin, se han transformado en ”jefes del ejército, soldados, administradores, gobernantes de obreros”.[146] En 1919 ya no quedan ”permanentes” en las organizaciones locales del partido, ni tan siquiera un embrión de aparato central. Svérdlov, secretario del comité central está asistido sólo por un estado mayor integrado por unos quince camaradas; ello se debe a que al mismo tiempo es presidente del comité ejecutivo de los soviets. Por otra parte, los organismos regulares sólo se reúnen en contadas ocasiones; las decisiones importantes referentes a la orientación general, se toman en el comité central y los organismos soviéticos se limitan a ratificarlas, a través de los miembros del partido, desde el comité ejecutivo basta los soviets locales. Las directivas políticas referentes a aspectos más específicos elaborados directamente por Svérdlov y Lenin, que son los únicos en mantener contacto con los responsables que la guerra ha dispersado por toda la geografía del país, son transmitidas, preferentemente por Svérdlov a través de la red de soviets o, en realidad, a través de la red de miembros del partido que trabajan en los soviets.

El acceso de los comunistas al poder omnímodo se patentiza paralelamente a una especie de eclipse de su partido pues, éste no tiene autonomía financiera y por lo tanto a este respecto depende por completo de los soviets. De hecho, Svérdlov puede afirmar que las organizaciones bolcheviques locales no son más que las ”secciones de agitación de los soviets locales”.[147] El partido, como organización, parece haberse fundido con los soviets que son el único canal de transmisión de las consignas. Por otra parte, el propio vocabulario corriente demuestra hasta qué punto los propios dirigentes conciben el partido en términos de hombres más que en términos de aparato. Buena prueba de ello es la dedicatoria del ABC del comunismo de Bujarin y Preobrazhensky dirigida ”al partido que manda a un millón de hombres y duerme en las trincheras, al partido que gobierna un país inmenso y acarrea leña en su sábado de trabajo voluntario”.[148]

Preobrazhensky no escandaliza a nadie al sugerir que se decida la desaparición de un partido que, en su opinión, resulta inútil, pues los comunistas son los dirigentes reconocidos del Estado. Osinsky propone que se legalice la situación existente de hecho sugiriendo para ello la fusión del Consejo de Comisarios del Pueblo con el Comité Ejecutivo en un único órgano colegiado que habrán de incluir a todos los miembros del comité central del partido: este plan se llevó a la práctica en la Letonia soviética bajo la dirección de Stutchka. Pero la urgencia en la solución de este problema no parece sentirse en aquel momento: la capacidad de Svérdlov – un hombre cuya autoridad se basaba en su sentido de la lealtad – permite al partido atravesar esta etapa ”sin un solo conflicto digno de mención”.[149] Por el contrario su muerte, acaecida el día 17 de marzo de 1919, va a obligar al partido a repasar los principios en que se basa su funcionamiento e igualmente, al revisar las relaciones entre el partido y los soviets, a devolver a aquél su ”independencia”.

La construcción del aparato del partido

El VIII Congreso es el encargado de emprender esta tarea. Todo el mundo parece estar de acuerdo en lo referente al principio básico: el partido debe dirigir a los soviets y no ocupar su lugar. Es preciso garantizar su funcionamiento normal devolviendo a estos una entidad diferenciada y paralela. Los soviets funcionan mal, el propio Congreso pan–ruso no se ha reunido más que una sola vez en un año. No obstante, no volverán a entrar en funcionamiento hasta que su motor, el partido, haya sido revisado, pudiendo volver a funcionar a todos los niveles. En primer lugar, los miembros del partido deben dejar simple y llanamente de ejecutar las directivas o bien, por el contrario, interrumpir ya sea en los organismos soviéticos o en cualquier otra parte, la discusión con los sin partido: los comunistas, dondequiera que se encuentren, deben organizarse en ”fracciones del partido sometidos a una disciplina estricta” conforme a la tradición bolchevique que lo es igualmente de la social – democracia alemana. El comité central deberá funcionar normalmente, es decir que habrá de reunirse al menos dos veces al mes. En los intervalos entre sus reuniones, un Buró Político tendrá la misión de tomar las decisiones urgentes, facultad que hasta cierto punto será atribuida a su ejecutivo, una especie de sub–comité responsable ante él y compuesto en principio por cinco miembros: Lenin, Trotsky, Stalin, Kámenev y Bujarin.

Las bases del aparato se afirman con la creación del Buró de Organización del comité central, encargado de la distribución de los responsables del partido en los diferentes puestos, labor que hasta ese momento se había llevado a cabo anárquicamente, y asimismo con la fundación de un secretario del comité central, encargado del funcionamiento general de la organización y de la puesta en vigor de las decisiones del Congreso. Krestinsky que ha sido elegido secretario y miembro del Buró de Organización así como Stalin, miembro a la vez del Buró político y del Buró de Organización, se encargaran del necesario enlace y coordinación entre ambos organismos. En el siguiente Congreso, al tiempo que muestra su aprobación y su preocupación porque la burocracia del aparato no se adueñe del partido y de sus delegados, Lenin dirá: ”En el curso de este año, el trabajo corriente del comité central ha sido dirigido por los dos organismos electos del comité central, el Buró de Organización y el Politburó. Para permitir la coordinación y la unidad de criterio entre ellos, el secretario era miembro de ambos. La práctica ha demostrado que la función principal y característica del Buró de Organización era la de repartir las fuerzas del partido, al tiempo que el Politburó se ocupaba de las cuestiones políticas, no obstante, se ha consagrado la costumbre de que la demanda de un solo miembro del comité central baste para que una cuestión, sea cual fuere, se considere como política”.[150]

En 1919, Krestinsky es asistido por cinco ”adjuntos técnicos”, a partir de 1920, será respaldado por otros dos secretarios, miembros a su vez del comité central, Serebriakov y Preobrazhensky que, como lo revelarían los hechos, va a resultar el más activo de los tres. El secretariado dirige los Burós Centrales del partido que están divididos en nueve departamentos. En un principio el personal con que cuentan es de 80 empleados que pasan a ser 150 en marzo de 1920 y 600 en marzo de 1921. En lo sucesivo, el partido dispone de recursos propios y el secretariado se plantea la tarea de darle una estructura que ahora puede mantener al existir ”permanentes” retribuidos que se consagran exclusivamente a la actividad del partido. Poco a poco vuelven a establecerse los anteriores vínculos con las organizaciones locales y regionales: el comité central, que, en mayo de 1919, había recibido 470 informes de las organizaciones de base recibe una media de 4.000 por mes en 1920. En lugar de las 71 circulares mensuales de 1919, envía 253 en 1921. En 1922, cuando Stalin asciende al cargo de secretario general, el secretariado ha conseguido ”fichar” a todos los miembros del partido, pudiendo así extender su actividad y su control directo al exterior, a las organizaciones soviéticas y sindicales.

El nuevo aspecto del partido

Los archivos de los primeros años del poder del partido bolchevique desaparecieron con Svérdlov, cuya extraordinaria memoria permitía suplir la ausencia de ficheros. Por tanto, resulta difícil evaluar con precisión las modificaciones introducidas, pues el alud de nuevos miembros plantea problemas que no habían sido previstos.

Ciertamente, los reclutas de los tristes momentos de la guerra civil no tienen por qué recibir lecciones de abnegación ni de espíritu de sacrificio. El joven comunista Barmín cuenta como llevaba a cabo en 1919 el reclutamiento en las fábricas y escuelas con las siguientes palabras: ”Venid al partido que no os promete ni privilegios ni ventajas. Si alcanzamos la victoria construiremos un mundo nuevo. Si somos derrotados lucharemos hasta el último hombre”.[151] Los que acudieron a esta llamada tienen el mismo temple moral que los que, bajo el zarismo, militaban en la clandestinidad.

Distan mucho, empero, de tener su cultura y Yaroslavsky puede así escribir en 1921 que ”entre los camaradas del partido, resulta extraordinariamente difícil encontrar alguno que haya leído por lo menos El Capital de Marx o alguna otra obra básica de la teoría marxista”[152]: en el frente de la guerra civil, obviamente, no se lee. De hecho el final de este período ha de garantizar el éxito de los oportunistas que se hayan unido al partido. El aumento numérico es rápido: 250.000 miembros en marzo de 1919 que se convierten en 610.000 en marzo de 1920 y en 730.000 en marzo de 1921. En 1919, el 50 por 100 de los militantes tienen menos de 30 años y sólo un 10 por 100 más de 40. La vieja guardia se ve completamente rebasada en número: en 1919 sólo un 8 por ciento de los miembros del partido han ingresado antes de febrero de 1917 y un 20 por 100 antes de octubre. El nivel cultural es muy bajo: un 5 por 100 ha recibido instrucción superior, y sólo un 8 por 100 enseñanza secundaria.

Las estadísticas del mes de octubre de 1919 nos suministran por otra parte, valiosísimas informaciones acerca del origen social y del oficio de los miembros del partido: un 52 por 100 es clasificado como ”obreros”, un 15 por 100 como ”campesinos”, un 18 por 100 como ”empleados” y un 14 por 100 como ”intelectuales”. Estas mismas estadísticas precisan que sólo un 11 por 100 de ellos está efectivamente empleado en la industria y, posiblemente una pequeña parte en trabajos artesanos; el 53 por 100, es decir, más de la mitad de los miembros, trabajan en los diferentes órganos del Estado soviético y, de estos, un 8 por 100 en el aparato de ”permanentes” del partido y los sindicatos; por último, el 27 por 100, más de la cuarta parte, sirven en el Ejército Rojo, la mayoría en calidad de oficiales y sobre todo de comisarios. De hecho, la inmensa mayoría de los miembros del partido ejercen funciones de autoridad, son ”gobernantes”.[153] Las necesidades de la guerra civil les ha impuesto un régimen de partido que, para el 70 por 100 de ellos es el único que han conocido, aquel en que, según la frase de Karl Rádek, el partido era ”ante todo, un ejército, una fuerza de choque y sólo después un partido político”.[154]

¿Puede aceptarse la opinión de Víctor Serge que afirma que el partido obrero, por aquellas fechas, se había transformado en un ”partido de obreros convertidos en funcionarios”?[155] Por una parte, durante la guerra civil las funciones de los comunistas en modo alguno son tareas de burócratas. Por otra parte, de la época del partido obrero han conservado la fe y la vinculación a un igualitarismo que hace que se fije el salario de todos los militantes, inclusive el de los comisarios del pueblo, con referencia a un ”máximo comunista” equivalente al sueldo de un obrero cualificado. De hecho, los miembros del partido no disfrutan de ningún privilegio, se imponen más obligaciones que los demás. Una de ellas –penosa por añadidura, es el trabajo voluntario de los ”sábados comunistas” – y viven en la misma miseria. Un pedazo de azúcar, una lata de conserva extranjera supone un regalo extraordinariamente apreciado en la mesa familiar de Lenin o en la de Trotsky. En la familia de Yonov, cuñado de Zinóviev, miembro del Ejecutivo y director de la Librería Estatal, un recién nacido muere de inanición. No menos indiscutible es que los militantes obreros que, según la expresión de Bujarin se han convertido en ”gobernantes” de obreros, pierden, al modificarse poco a poco su psicología con la función que desempeñan, su estado de ánimo originario: de forma imperceptible aún, se inicia un proceso que Christian Rakovsky denomina ”diferenciación funcional” y que habrá de conducir a un buen número de comunistas a abandonar por completo toda vinculación con la clase obrera a la que pertenecían.

Los partidos socialistas

Los métodos del comunismo de guerra y las exigencias de una coyuntura peligrosa, la desaparición del partido como grupo frente al aparato de un Estado controlado por sus militantes y gobernado por sus dirigentes, sirven, al menos tanto como la situación de guerra civil, para explicar la contradictoria actitud en que., durante este período, se encuentran los otros partidos socialistas. En diversas ocasiones, los dirigentes bolcheviques reafirman su lealtad al principio de la democracia proletaria: la dictadura no se dirige más que contra el enemigo de clase y los partidos obreros deben disfrutar de las libertades esenciales. Pero al mismo tiempo los golpean o persiguen, hostigándoles suficientemente como para ponerlos de hecho fuera de la ley, incluso cuando no disponen del argumento inmediato que supone su participación en actos armados en contra del régimen soviético.

En su Consejo Nacional de mayo de 1918, los S. R. toman posición a favor de la intervención extranjera ”con fines puramente estratégicos”. Mientras Semenov organiza en Petrogrado a los grupos terroristas que habrán de asesinar primero a Volodarsky y más tarde a Uritsky, preparando atentados contra Lenin y Trotsky que están a punto de tener éxito, otros dirigentes participan en los gobiernos blancos, como en Samara, bajo la protección de los checos en Arkangel y bajo la de los ingleses en Omsk. El S. R. Avkséntiev preside la Conferencia de Unificación de los Blancos en Ufa, que se celebra en el mes de septiembre de 1918, formando parte del gobierno provisional que derrocará en noviembre el almirante Kolchak. Los S. R. de izquierda han intentado llevar a cabo, en el mes de julio, una revolución en Moscú: algunos días más tarde, uno de ellos, el coronel Muraiev, intenta lanzar a sus tropas contra los bolcheviques.

El partido menchevique está comprometido menos directamente en todos estos actos: sin embargo, el dirigente sindicalista Romanov figura entre los consejeros de Denikin y Maisky, miembro del comité central, es ministro del citado gobierno de Samara mientras que otros miembros más modestos sirven a los Blancos desde diferentes cargos. No obstante – y de forma tardía ciertamente – el partido desautoriza tales iniciativas: Maisky es expulsado en septiembre de 1918. La conferencia celebrada en mayo de 1918 se ha pronunciado a favor de una nueva convocatoria de la Asamblea Constituyente, consigna que adoptan por aquellas fechas todos los conatos de contra–revolución armada, conservando el partido en sus filas, a pesar de su hostilidad de principio a la intervención extranjera, a los partidarios de Lieber que exigen públicamente una alianza militar con los Aliados. El gobierno bolchevique podía opinar que los mencheviques no habían dado, hasta el mes de junio de 1918, una prueba tangible de su vinculación a la legalidad soviética y de su ruptura con todas las partidas armadas de los Blancos y, con arreglo a ello, considerarlos como sospechosos.

Esta es la razón de que, el 14 de junio, los diputados del comité ejecutivo voten una resolución, defendida por Sosnovsky con la cual excluyen de su seno a los S. R. derechistas y centristas, así como a los mencheviques, por su alianza con los contra–revolucionarios e ”invitan asimismo a todos los soviets de obreros, campesinos y soldados a privar de su escaño a los representantes de dichos partidos”. El diario menchevique Vpériod continúa apareciendo no obstante, en Petrogrado donde, según Víctor Serge, cuenta con amplia audiencia en 1 918. Los S. R. de izquierda se han desintegrado tras de la insurrección del mes de julio: algunos militantes que la desaprueban, organizados en los grupos ”Comunistas–revolucionarios” y ”comunistas–populistas”,, intentan mantener la alianza de los S. R. de izquierda con los bolcheviques. Los dirigentes S. R. de izquierda son juzgados en noviembre y condenados a penas leves – tres años de cárcel en la mayoría de los casos –, un año para Spiridovna que sería liberada de inmediato y para Blumkin, el asesino de Mírbach, que se afilia al partido bolchevique y parte hacia el frente. La Cheka reprime a determinados grupos anarquistas, permitiendo a otros que se desarrollen, publiquen periódicos y discutan violentamente entre ellos. Serge, que los conoce bien, afirma que prepararon una insurrección para el mes de noviembre de 1918 pero que renunciaron a ella por no saber, en caso de victoria, qué medidas tomar contra la ola de hambre. El líder campesino de Ucrania Majnó acude a Moscú durante el verano para entrevistarse con sus correligionarios siendo recibido por Lenin y Svérdlov que le ayudan a volver a Ucrania – ocupada a la sazón por los austro–húngaros y por los Blancos, encabezados por el cosaco Skoropadsky –, donde organizará sus famosas guerrillas campesinas.

Durante el otoño, la presión exterior se relaja con el principio de la debacle alemana y, más tarde, con la revolución de noviembre. El VI Congreso, integrado exclusivamente por delegados bolcheviques, solicita la vuelta a la ”legalidad revolucionaria” y la limitación de los poderes de la Cheka. A pesar del decreto de exclusión de que son objeto, Lenin invita a Dan y Mártov porque, según él mismo afirma, ”necesita de su crítica”. A finales de octubre de 1918, el comité central menchevique, reunido en Moscú, resuelve abandonar la consigna decididamente contrarrevolucionaria de reunión de la Constituyente, reconoce la revolución de Octubre como ”históricamente necesaria” y, al tiempo que reclama ”el fin del terror económico y político” y ”unas elecciones libres en los soviets”, se compromete a sostener las operaciones militares del gobierno soviético contra la intervención extranjera”. El ejecutivo de los soviets anula el día 30 de noviembre, su medida de exclusión dictado el 14 de junio: los mencheviques son admitidos de nuevo en los soviets. En un gran discurso ante la Conferencia Obrera, Lenin justifica esta política de mano tendida: ”En el momento actual, cuando la revolución ha estallado en Alemania, se ha operado un giro en los mencheviques y en los socialistas–revolucionarios. Los mejores elementos de entre ellos aspiran al socialismo. Ellos pensaban que los bolcheviques corrían en pos de un fantasma, de un cuento de hadas. Sin embargo, hoy han llegado a convencerse de que lo que esperaban los bolcheviques no era fruto de la imaginación sino una realidad de carne y hueso, de que la revolución mundial ha llegado y se extiende por el mundo entero; los mejores de los mencheviques y de los social-revolucionarios empiezan a arrepentirse de su error, empiezan a comprender que el poder de los soviets no es sólo ruso sino que simboliza el poder de los obreros a escala mundial (...) Cuando alguien comprende su error hay que acogerle (...) Nuestro único enemigo es aquel que vive del trabajo ajeno. Los otros no son nuestros enemigos simplemente están vacilando pero por el hecho de vacilar no son nuestros enemigos”.[156]

Los socialistas–revolucionarios van a entrar por esta puerta que se les abre. Su experiencia con los Blancos les ha reportado un fruto: tanto en Samara como en Omsk y más tarde en Siberia, se han visto desbordados por los generales zaristas. En el mes de febrero de 1919 se celebra en Petrogrado una conferencia S. R. que condena la lucha armada contra el Poder Soviético. Los antiguos dirigentes del levantamiento de Samara que se rinden son indultados inmediatamente. Lenin defenderá en marzo, ante el VIII Congreso del Partido, la legalización de los mencheviques y de los S. R., cuyo periódico Délo Naroda vuelve a aparecer durante un cierto periodo. En el mes de julio de 1919, en un manifiesto que lleva por titulo ¿Qué hacer?, los mencheviques exigen el retorno al funcionamiento normal del régimen soviético, elecciones libres con escrutinio secreto y libertad de agitación y propaganda para los partidos socialistas. En el mes de octubre, el soviet de Petrogrado vuelve a distribuir armas a los grupos anarquistas que dirige Kolabuchkin y que habrán de participar con gran efectividad en la defensa de la capital. En el mes de diciembre, durante el VIII Congreso pan–ruso, Trotsky, con ”verdadera alegría, sin doble intención ni ironía”, agradece a Mártov su ataque a las violaciones de la Constitución en el que reclama la restauración de las libertades: ”Ha hablado de nuestro ejército y de nuestra lucha internacional y, al obrar así, ha reforzado políticamente y moralmente nuestra causa”.[157]

En el mes de enero de 1920, el levantamiento del bloqueo de la ”Entente” parece presagiar el fin de la guerra civil: se reducen los poderes de la Cheka, se vuelve a abolir la pena de muerte. Los mencheviques disponen en Moscú de un club y de un cierto número de locales: algunos laboristas británicos asistirán en mayo a una reunión de su comité central. En agosto, celebran una reunión que es recogida por la prensa. Dirigen sindicatos como el de impresores e intervienen como tendencia organizada en los congresos. Tienen delegados en la mayoría de los soviets locales: son sólo 46 en Moscú pero en Jarkov llegan a 250. A principios de 1920, los socialistas revolucionarios, agrupados en torno a Steinberg, publican un nuevo periódico que se pronuncia ”contra el monopolio bolchevique del poder” y exige el retorno a una ”verdadera democracia obrera”.[158]

Los anarquistas

Las relaciones con los anarquistas son más complejas, aunque sólo sea por la multiplicidad de grupos en que se encuadran. Uno de ellos, en el mes de julio de 1919, coloca una bomba en los locales que el partido posee en Petrogrado resultando herido Bujarin. A pesar de ello Lenin escribe: ”Numerosos obreros anarquistas pasan ahora a ser los más sinceros partidarios del poder de los soviets y, por tanto, nos dan la prueba de ser nuestros mejores camaradas y amigos, los mejores revolucionarios, que no eran enemigos del marxismo sino como consecuencia de un malentendido,, o mejor dicho, no como consecuencia de un malentendido sino de la traición del socialismo oficial de la II Internacional al marxismo, de su caída en el oportunismo y de su falsificación de la doctrina de Marx en general y de las lecciones de la Comuna de París de 1871 en particular”.[159] En septiembre, el anarquista alemán Milhsam escribe, expresando el punto de vista de numerosos libertarios, desde la fortaleza de Augsbach: ”Las tesis teóricas y prácticas de Lenin: acerca de la realización de la revolución y de las tareas comunistas del proletariado han dado una nueva base a nuestra acción. (...) Ya no existen obstáculos insuperables para una unificación de la totalidad del proletariado revolucionario”.[160] El II Congreso de la Internacional comunista será testigo de las negociaciones que, entre bastidores, llevan a cabo Lenin,,y el anarquista Aleynikov acerca de las condiciones de una colaboración entre libertarios y bolcheviques.

El hecho más importante del movimiento anarquista en Rusia lo constituye la epopeya del movimiento campesino de Majnó,[161] que cobra un gran auge en Ucrania a partir del otoño de 1918. De vuelta a su provincia, tras del viaje efectuado a Moscú durante el verano de 1918, el joven militante organiza sus primeras partidas armadas y lleva a cabo las primeras incursiones contra el jefe cosaco Skoropadsky, fantoche de las potencias centro–europeas. Hacia el final de 1918 tiene a 1.500 hombres bajo su mando y, a principios de 1919, organiza, en el territorio que, controla un congreso que designa una especie de gobierno regional: el Soviet Militar Revolucionario de los Obreros y Campesinos Insurgentes. A finales de febrero, Majnó toma contacto con el Ejército Rojo que reconoce su autoridad y se compromete a aprovisionarle: sus unidades reciben comisarios políticos hasta el nivel de regimiento pero conservan su titulo de Ejército Insurgente y su bandera negra. Mientras se prepara la acción militar común contra el ejército de Denikin, la capital de Majnó, Gulai–Polé, se convierte en el centro político del anarquismo ruso con la llegada de Volín, antiguo redactor jefe del Nabat (toque de rebato) de Kiev que los bolcheviques acaban de poner fuera de la ley, y del teórico moscovita Arschinoff, desempeñando ambos en lo sucesivo un importante papel en el movimiento majnovista.

La convocatoria de un nuevo Congreso de los Insurgentes, aumenta notablemente la tensión en las relaciones con las autoridades soviéticas, tanto más cuanto las unidades del ejército ruso son invitadas a enviar delegados. Como estas diferencias se producen en plena ofensiva blanca, Majnó dimite de sus funciones. Durante el verano, se alía con un aventurero, el jefe de partida Grigoriev, al que elimina algún tiempo después en una emboscada, tomando su sucesión en el mando de los hombres. En el mes de septiembre, consigue una gran victoria sobre Denikín y a finales de este mismo año llega al punto culminante de su poder.

Sin duda se discutirá aún durante mucho tiempo sobre el papel desempeñado por este personaje abigarrado, brutal y borracho, de inteligencia tosca pero de enorme capacidad de trabajo y, sobre todo, dotado de un extraordinario talento para el mando. Su Ejército Negro es dueño de toda Ucrania durante algunos meses. Su influencia, se basa en la adhesión de las masas campesinas, tan hostiles a los deseos de restauración de los Blancos como a las requisas de los Rojos, en los grupos partisanos extraordinariamente entrenados y combativos integrados por los aldeanos y, sobre todo, en una ”Seguridad militar”, la Razvedka que no tiene nada que envidiar a la Cheka. No obstante, sus relaciones con los habitantes de las ciudades y sobre todo con los obreros son difíciles, estallando en Ekaterinoslav violentos altercados entre los majnovistas y los sindicatos. La política financiera de Majnó provoca una inflación intensísima que los campesinos, carentes de problemas de aprovisionamiento, logran soportar pero que hunde en la miseria al obrero. Según Victor Serge, Majnó respondió a los ferroviarios que reclamaban su paga con las siguientes palabras: ”Organizáos vosotros mismos para explotar los ferrocarriles. Yo no los necesito”.[162] En lo económico, las realizaciones de su régimen son bastante exiguas: su fuerza militar basada en la caballería y en su capacidad de desplazamiento rápido y en su infantería que va montada en carricoches, termina por resentirse de la disminución del número de caballos y de la incapacidad de los dirigentes para organizar, incluso cuando dominan una ciudad, la producción de armas y municiones.

Cuando vuelve a tomar contacto con el Ejército Rojo a finales de 1919, las relaciones son buenas a pesar de los pasados incidentes. Majnó ha autorizado la publicación de un periódico bolchevique llamado Zvezda, pero prohíbe prácticamente todo tipo de actividad al partido con el pretexto de que esta tendería a ”establecerse sobre las masas una autoridad que atentaría contra su libertad plena”, también ordena que se fusile al comandante de su división de hierro y a otros bolcheviques que han organizado células clandestinas. A principios de enero se comunica al Ejército Insurgente la orden de tomar posiciones en la frontera polaca y Majnó se niega a acatarla. Estalla entonces, entre el Ejército Negro y el Ejército Rojo una feroz guerra civil que va a durar ocho meses y en la cual cada uno de los bandos se dedica a denunciar exhaustivamente las atrocidades cometidas por el otro.

Sin embargo, durante este período existen en Moscú dos grupos anarquistas, los ”universalistas” y los ”sindicalistas” que poseen locales y permanencias y que editan folletos de Pelloutier y Bakunin. El segundo de estos grupos, encabezado por Alejandro Schapiro, se niega a entablar las negociaciones con objeto de reconocer oficialmente a su grupo y garantizar su prensa, que le ofrecen Rosmer y Trotsky.[163] Victor Serge ha referido que también habían rechazado las proposiciones de Kámenev que les había ofrecido la completa legalización de todo su movimiento a condición de que depurasen sus filas, concluyendo tras el relato de su airada negativa: ”Preferían desaparecer, perder su prensa y sus locales”.[164] Volin que ha sido hecho prisionero durante una retirada del Ejército Negro, es conducido a Moscú donde Lenin y Kámenev se oponen a su ejecución salvándole al parecer en el último momento.

Sin embargo, hacia la mitad de 1920, la amenaza del ejército de Wrangel suscita una nueva tregua en Ucrania. Bela Kun, Frunze y Gúsev firman con Majnó, en nombre del Ejército Rojo un nuevo acuerdo en el mes de octubre. El Ejército Insurgente vuelve a subordinarse al Ejército Rojo, poniéndose en libertad, en ambos a los presos políticos y acordándose la mutua concesión de la libertad de expresión. Volin es puesto en libertad, vuelve a Jarkov, inicia de nuevo la publicación de Nabat y prepara una Conferencia Anarquista pan–rusa. Tras la victoria común sobre Wrangel cuyas últimas fuerzas son aplastadas en Crimea, el Ejército Rojo asume la iniciativa de una ruptura que ya ha sido prevista por ambos partidos. Tras de un ultimatum que exige la integración del Ejército Insurgente y que es rechazado, el Ejército Rojo ataca: Karetnik, jefe del Ejercito Insurgente en Crimea es hecho prisionero por sorpresa y fusilado. Majnó que cuenta con 2.000 hombres, resiste, consiguiendo zafarse del cerco que se le ha tendido. Va a controlar el campo durante cerca de un año. Volín, que ha sido detenido de nuevo, rechaza todos los ofrecimientos de los bolcheviques y permanece irreductible en su oposición.

Las discusiones internas en el partido

No es extraño que el periodo, de la guerra civil haya sido testigo de la desaparición de las grandes polémicas internas. Los peligros exteriores exigen una cohesión a toda prueba, mas no eliminan los conflictos. De esta forma, en cada período de distensión, se da un estallido de controversias que no acaban de agotarse. El final de esta etapa presenciará el resurgimiento de unas discusiones entre los bolcheviques que recuerdan las mantenidas durante los años 17 y 18.

Una de las cuestiones principales ha sido la planteada por la llamada ”Oposición Militar”. La construcción del Ejército Rojo choca con unos sentimientos muy arraigados entre los bolcheviques. La organización de un estado mayor, de un ejército regular y de un mando único implican el abandono de los métodos de partisanos, de guardias rojos y de milicias obreras que, de forma bastante caótica, habían constituido la parte esencial de las originarias fuerzas armadas revolucionarias. La disciplina de primera línea se restablece, aplicándose la pena de muerte a cualquier desobediencia; pero todas estas medidas entran en conflicto con los sentimientos antimilitaristas de los comunistas. La utilización de oficiales de carrera, que constituyen la mitad del nuevo cuerpo y el abandono del principio de elección que, según Trotsky, ”políticamente carece de objeto y técnicamente resulta inadecuado”, provoca reacciones muy violentas. Los adversarios de la política militar oficial preconizan una organización proletaria del ejército del tipo de las “milicias” o de las formaciones de campesinos. Algunos comunistas de izquierda como Vladimir Smirnov se codean, en esta oposición, con el grupo de Tsaritsin, cuyo mentor es Stalin, y con los ”militares rojos” descontentos entre los que se cuentan Frunze y Voroshilov. La Oposición, antimilitarista por principio, se inclina con bastante facilidad ante los resultados obtenidos; bastante más difícil de superar serán los rencores que suscita entre los suboficiales revolucionarios la masiva utilización, en calidad de técnicos, de los antiguos oficiales zaristas. Este, al menos, es el ángulo desde el cual Trotsky analiza la oposición denominada ”de Tsaritsin”, en la cual cree ver la primera manifestación organizada de un grupo burocrático,[165] la reacción de unos advenedizos mediocres e incapaces de instruirse que, no obstante, se aferran a unos privilegios y puestos de mando que, según ellos, les son debidos como recompensa de sus antiguos méritos revolucionarios. Sea como fuere, el VIII Congreso aprueba la política militar de Trotsky, defendida por Sokólnikov y criticada por Vladimir Smirnov, por 174 votos contra 95.

En el IX Congreso surge una nueva oposición. El grupo del ”Centralismo Democrático” que cuenta con Vladimir Smirnov, Osinsky y Saprónov, denuncia la centralización excesiva y el abuso de los métodos autoritarios. Sus protestas suscitan la creación de una Comisión de Control que invita a que todos los abusos le sean denunciados ”sea cual fuere la posición o cargo de las personas incriminadas”. Durante el otoño de 1920, se agrupan en torno a Schliapnikov y de Alejandra Kolontai la ”Oposición Obrera” cuyo programa de control de la producción por los sindicatos, de depuración del partido de todos los elementos que no sean obreros y de vuelta al principio de elección de los responsables, será difundido ampliamente, incluso en la prensa, antes de ser publicados en forma de folleto que se distribuye en el partido en vísperas del X Congreso.

La discusión sindical

La ”Oposición Obrera” se verá obligada, de esta forma, a desempeñar un destacado papel en la controversia acerca de los sindicatos, la más importante desde Brest-Litovsk, inaugurada por Trotsky de acuerdo con Lenin pero que se clausurará con un serio conflicto entre ambos. Las más lejanas fuentes de tal polémica se remontan a 1919. Trotsky, preocupado por el total desplome de la economía rusa y persuadido igualmente de que debe emprenderse su reconstrucción urgentemente, redacta un proyecto de tesis para el comité central en el que propone la aplicación de los métodos de guerra en el frente económico, así como la atribución de la autoridad económica al comisariado de la guerra. En su opinion, la ”militarización del trabajo” debe ser el mismo tipo que la que ha sido puesta en vigor en la formación del Ejército Rojo. Esta exige ”los mismos heroicos esfuerzos, el mismo espíritu de sacrificio”. En su opinión, lejos de enfrentarse tal procedimiento con la democracia obrera, ”consiste en el hecho de que las masas determinen por sí mismas una organización y una actividad productivas tales que se ejerza de forma imperiosa, sobre todos aquellos que las obstaculicen, una presión de la opinión pública obrera”.[166]

La idea es atractiva y contará con la aprobación de Lenin. No obstante, exige ser estudiada muy detenidamente, pues, en definitiva, la tarea es infinitamente más compleja que la que supone construir un ejército. En primer lugar, amenaza con levantar enormes protestas entre los trabajadores y los responsables sindicales, que, a pesar de ser comunistas, se muestran sensibles a la presión de su base, hostil a una militarización que entiende únicamente como una introducción de métodos autoritarios y anti–democráticos. En este punto, Bujarin, redactor–jefe de la Pravda, publica por error el proyecto de Trotsky el día 17 de diciembre de 1919. El impacto es enorme entre los dirigentes sindicales a pesar de la advertencia de Trotsky que afirma: ”Nuestra situación económica es cien veces peor de lo que nunca ha llegado a ser nuestra situación militar”,[167] el día 12 de enero de 1920, la fracción sindical bolchevique rechaza el proyecto por una mayoría aplastante.

Convencido de que no queda otra salida para evitar la inminente catástrofe económica en el ámbito de la política, Trotsky considera incluso la posibilidad de renunciar a la línea que propone. En la sesión del comité central de febrero de 1920, se propone restablecer un mercado sustituyendo las requisas por un impuesto progresivo en especie y realizar un esfuerzo para suministrar a los campesinos productos industriales en una cantidad correspondiente. Esta es, en esencia, la política que, con el nombre de NEP, habrá de adoptarse un año más tarde: no obstante Lenin no está convencido del todo y la propuesta resulta derrotada por once votos contra cuatro.[168]

Trotsky vuelve a hacer sus propuestas anteriores: es preciso impulsar el comunismo de guerra hasta sus últimas consecuencias. Bajo su égida, el Ejército Rojo emprende tareas económicas en Ucrania, en el Cáucaso y en el Ural. Acepta volver a hacerse cargo de la reconstrucción de los transportes, reclama amplios poderes, trata con despiadada severidad a los ”desertores del trabajo” y comienza a introducir una ”emulación socialista”. Ahora bien, al tiempo que consigue poner los trenes en funcionamiento, lo que supone ya un verdadero milagro, provoca la irreductible oposición del sindicato de ferroviarios. El comité de organización de los transportes (Tsektran) que él ha construido sustituyendo a la dirección sindical, se convierte en la obsesión de los responsables sindicales, incluidos los bolcheviques, que lo denuncian como un organismo dictatorial y burocrático. Zinóviev, dirigente del partido en Petrogrado, ataca también al Tsektran en sus artículos y discursos, por lo que él llama sus ”métodos policiacos”; se trata de un viejo bolchevique celoso del prestigio de Trotsky y que, aparentemente, pretende restaurar su popularidad en un conflicto con él, aprovechando la corriente de opinión.

Por otra parte también choca con Preobrazhensky, secretario del partido que no aprueba tales métodos.

Durante unos meses, tanto Lenin como la mayoría del comité central sostienen a Trotsky, asignándole, con plena conciencia de sus métodos, otras tareas urgentes como las de puesta en funcionamiento de la industria del Donetz y del Ural Pero choca allí con otros sindicatos a los que amenaza con la disolución. Tomsky, presidente de los sindicatos plantea la cuestión al comité central del partido el día 8 de noviembre: ¿Acaso Trotsky tiene derecho a revocar a dirigentes electos?

En esta ocasión Lenin deja de respaldar a Trotsky. El comité central adopta por 8 votos contra 6, un texto que, al tiempo que defiende ”las formas sanas de militarización del trabajo”, condena ”la degeneración que convierte al centralismo y al trabajo militarizado en burocracia, prepotencia, mezquino funcionarismo y perturbadora intromisión en los sindicatos”. Encarga igualmente a una comisión que estudie las relaciones entre el partido y los sindicatos, autorizando únicamente a su responsable Zinóviev para que se exprese en público sobre este tema.

Trotsky cree ver en esta decisión una condena de su actitud y se niega a entrevistarse con una comisión a la que considera parcial. El día 7 de diciembre, Zinóviev informa al comité central y propone la inmediata eliminación del Tsektran. No se llega a ningún acuerdo pero se forman dos bandos. La discusión va a salir a la luz pública: Trotsky ha sido el primero en proponérsela a Lenin como una medida necesaria a la salubridad del partido que, de esta forma, podrá conocer las tesis, según él muy peligrosas, de la Oposición Obrera, de la que piensa que están muy próximos los dirigentes sindicales bolcheviques. Zinóviev desea también que se lleve a cabo esta discusión; para ello organiza una campaña en la que anuncia ”una nueva era” en la que se podrá ”respirar libremente”, prometiendo el restablecimiento de la democracia obrera y campesina de 1917 mediante la puesta en vigor del principio de elección y afirmando: ”Si nosotros mismos hemos confiscado los derechos democráticos más elementales a los obreros y campesinos, es tiempo ya de acabar con tal estado de cosas. Estableceremos contactos más íntimos con la clase obrera. Tendremos reuniones en los cuarteles, en los campamentos y en las fábricas. Las masas trabajadoras comprenderán entonces que, cuando proclamamos el inicio de una nueva era, no estamos hablando en broma y que, en cuanto podamos volver a respirar libremente, llevaremos a las propias fábricas nuestras reuniones políticas. (...) Se nos pregunta lo que entendemos por democracia obrera y campesina. Yo respondo: ni más ni menos que lo que entendíamos por ello en 1917”.[169] Estas diatribas le hacen acreedor a una reprimenda del secretariado. Por ello, en la reunión de la fracción bolchevique del Congreso de los soviets, ataca violentamente al Buró de Organización. Surge un nuevo conflicto con Preobrazhensky que, en la sesión del comité central del día 30 de diciembre exige que se condene lo que califica de ”agresión” por parte de Zinóviev. Su demanda es satisfecha. Lenin está ausente y no toma parte en la votación pero Stalin, Tomsky, Kalinin, Rudzutak y Petrovsky votan con Zinóviev a favor de la ”supresión del Buró de Organización” es decir, en contra de la persona de Preobrazhensky: éste es el inicio de unas alianzas llamadas a perdurar.

El debate ocupa por completo los turnos de discusión durante centenares de reuniones desde el 30 de diciembre hasta principios de marzo. De las siete plataformas que han concurrido inicialmente, sólo tres se afrontarán definitivamente. Trotsky, apoyado por Bujarin, propone integrar los organismos sindicales en el aparato de Estado encargándoles de la producción y por ende de la productividad y de la disciplina laboral. Hostil a unos responsables sindicales a los que considera ”tradeunionistas”, Trotsky se pronuncia a favor de la promoción de nuevos elementos obreros, más vinculados a las tareas productivas que a la defensa de unos intereses particulares, capaces de llevar a la práctica lo que él denomina ”democracia productiva” ya que, como él mismo subraya, sólo con tal estatización podrán los trabajadores participar en la discusión y en la dirección de la economía. El punto débil de esta postura es su silencio respecto a la función de defensa de los intereses obreros por los sindicatos. A pesar de que esta idea, no sea formulada explícitamente en su tesis, parece bastante verosímil que ni Trotsky ni Bujarin conciben la necesidad de defender a los obreros en un Estado obrero.

En el otro extremo del espectro de tendencias, la Oposición Obrera denuncia violentamente la militarización y la burocratización a las que opone el concepto de ”control obrero” sobre la producción, que habrá de ser ejercido por los sindicatos en las empresas y por un congreso de productores a escala nacional. Como medidas inmediatas exige la igualación de salarios, la distribución gratuita de alimentos y productos de primera necesidad a los obreros de fábrica y la progresiva sustitución de salarios en dinero por salarios en especie. Preobrazhensky, que es el más severo de sus críticos, demostrará posteriormente sin grandes dificultades la insuficiencia de dichas tesis que, de hecho, obligan a los campesinos a soportar solos el peso de la industria y de los privilegios obreros. En su crítica de la concepción anarquista de los amigos de Kolontai que propone una ”economía sin cabeza”, refuta su igualitarismo con argumentos económicos: ”Somos demasiado pobres, afirma, para permitirnos el lujo de la igualdad: cada pud (16,38 kilos) de pan que se dé a los mineros en el período de reconstrucción de la economía, cuando todo el progreso depende del carbón, ofrece mejores resultados que cinco puds repartidos en otras ramas de la industria”.[170]

Las tesis de Lenin, apoyadas por Zinóviev, Stalin y la mayoría del comité central, se asemejan más a las de Troysky que a las de la Oposición Obrera. Según ellos, los sindicatos deben ”educar” a los ”obreros, desarrollando sobre todo su sentido de la responsabilidad respecto de la producción; por otra parte el partido debe mantener su control sobre ellos; pero no deben ser tutelados, deben continuar expresando las aspiraciones de los trabajadores y asegurando su defensa, incluso frente al Estado si llega el caso. En efecto, desde el punto de vista de Lenin el ”Estado Obrero” sigue siendo una abstracción y el Estado soviético es más bien un ”Estado obrero y campesino con deformaciones burocráticas”.

Las tesis de Lenin se imponen en el Congreso por 336 votos contra los 50 de Trotsky y Bujarin y los 18 de la Oposición Obrera. Lenin, al referirse a la discusión en conjunto, afirma con severidad: ”Este lujo era de todo punto inadmisible y, al permitir semejante discusión, ciertamente hemos cometido un error. Hemos colocado en primer lugar una cuestión que, por razones objetivas, no podía ocupar este lugar y nos hemos lanzado a la discusión sin darnos cuenta de que desviábamos nuestra atención de problemas reales y amenazadores que estaban cerca de nosotros”.[171]

El fracaso de la revolución europea

De esta forma, hacia el final de la guerra civil, son conscientes de las inmensas dificultades con que tropieza el régimen y, sobre todo, de la existencia de una cierta oposición obrera que se añade a la manifiesta hostilidad de las masas campesinas. No obstante, todos siguen queriendo identificar la dictadura del partido con la dictadura del proletariado, considerándola como la única forma de regreso a la democracia obrera de 1917-1918. Trotsky quiere reconstruir el aparato económico y devolver su cohesión al proletariado, condiciones indispensables para la restauración de la democracia obrera, mediante unos métodos administrativos y autoritarios. La oposición obrera hace de las necesidades virtudes, admite la posibilidad de construir directamente el socialismo en un país atrasado, carente tanto de medios como de técnicos y exige el inmediato retorno a la democracia obrera como si el proletariado fuese aún la combativa cohorte de 1917, aceptando deliberadamente que se está abriendo un abismo entre obreros y campesinos que convierte a los primeros en privilegiados alimentados por el trabajo de los segundos. Lenin se niega tanto a ahondar la separación entre el partido y los obreros, en cuyo caso habría de aplicarse la política preconizada por Trotsky, como a admitir el hundimiento económico que se derivaría del programa de la oposición obrera. Tratando de evitar la catástrofe que presiente al final de estos dos caminos, se esfuerza en no romper nada, en mantener la cohesión entre los miembros del partido y entre el partido y los sindicatos, en habilitar para todos un margen de maniobra y sobre todo en ganar tiempo, tiempo para reconstruir y subvenir a lo más urgente, para la producción y el trabajo, con confianza a falta de entusiasmo. Los acontecimientos van a justificar de inmediato tanto sus alarmas como su prudencia.

Durante estos años en que los dirigentes bolcheviques se han visto inmersos en la lucha cotidiana por la supervivencia de su revolucion, la revolución europea, en la que tantas esperanzas habían depositado, ha fracasado. En el mes de agosto de 1918, Kámenev ha regresado de un largo y difícil viaje por Europa y, ante el soviet de Petrogrado, ha lanzado su dramática exclamación: ”¡Estamos solos, camaradas!”.[172] Más tarde sobrevino la revolución alemana de 1918, la red de consejos de obreros y soldados que cubrían todo el país, la fuga del Kaiser: la revolución europea se convertía en realidad, el aislamiento de los rusos había tocado a su fin. Pero la burguesía alemana era mucho más consistente que la rusa y había sabido sacar conclusiones de la Revolución de Octubre mejor que los propios revolucionarios. El gran estado mayor alemán, bastión de las fuerzas contrarrevolucionarias, utiliza al partido social-demócrata para frenar el empuje de los consejos obreros; la burguesía alemana multiplica sus concesiones para preservar, con ayuda de los Aliados, una fuerza militar segura, dirigiendo el social-demócrata – Nóske la organización de los cuerpos francos, contrarrevolucionarios. Los revolucionarios alemanes de la liga Espartaco, formada durante la lucha contra el centralismo burocrático de la vieja sede social-demócrata, constituyen – demasiado temprano o demasiado tarde – un partido comunista que no tiene la cohesión ni la paciencia del partido bolchevique: la mayoría de sus militantes se niegan a participar en las elecciones a militar en los sindicatos; renuncia a la explicación paciente, a la conquista de las masas, no retiene de la experiencia rusa, que tan mal conoce, mas que la última fase de insurrección armada. Apenas ha sido constituido el joven partido cuando cae en la trampa que le ha sido tendida desde Berlín, lanzándose, contra la voluntad de Rosa Luxemburgo, su única cabeza política, a un combate prematuro en el que la vanguardia obrera, aislada de las masas proletarias, es aplastada por los cuerpos francos de Noske. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, sus prestigiosos abanderados, son asesinados; esta será también la suerte de Leo Jogisches que, bajo el pseudónimo de Tychko, había desempeñado un importante papel en la social–democracia polaca y en la rusa. Una tras otra, las repúblicas ”soviéticas”alemanas son aplastadas por los cuerpos francos. Del Ruhr al Báltico, de Sajonia a Baviera, los consejos obreros desaparecen.

No obstante, en marzo de 1919, los bolcheviques han puesto en juego toda su autoridad ante los revolucionarios extranjeros para convencerles de la necesidad de proclamar la III Internacional, la Internacional Comunista que ha de contar con la inminencia de las próximas victorias revolucionarias en numerosos países avanzados. El trágico final de la revolución húngara de los consejos, víctima tanto de la inexperiencia de sus dirigentes como de la coalición formada contra ella, no parece invalidar este pronóstico. En Italia se produce una ola de huelgas revolucionarias: el movimiento turinés de los consejos de fábrica revela la misma tendencia subyacente que los soviets rusos y los consejos alemanes.

El partido comunista alemán se ha hundido tras el fracaso de 1919 pero pronto vuelve a renacer: la clase obrera destroza como un muñeco el intento de ”putsch” que lleva a cabo el general von Lüttwitz en marzo de 1920, con la ayuda del alto funcionario imperial Kapp. Centenares de miles de obreros avanzados se apartan de la social–democracia reformista; la fusión entre el minúsculo partido comunista y el partido socialdemócrata independiente en diciembre de 1920, da origen a un nuevo partido de masas – el primero y el único aparte del partido ruso –, un instrumento revolucionario incomparable que reúne a la élite de los intelectuales y militantes obreros de vanguardia y que constituye la dirección revolucionaria que faltó en 1919. Por tanto, después de 1918, la marea revolucionaria no dejó de asaltar a Europa. El movimiento huelguista de los obreros británicos es la causa de que el gobierno renuncie a intervenir en apoyo de los Blancos, como hubiera querido Winston Churchill. Los motines de los marineros de la flota francesa que se halla emplazada en el mar Negro, encabezados por André Marty, impiden asimismo al gobierno francés una acción en el sur. No obstante, en ningún país ha triunfado la revolución. La mayoría de los socialistas franceses han aceptado las veintiuna condiciones draconianas fijadas por la Internacional para regular la admisión de nuevos partidos, mas no por ello se han convertido en bolcheviques, de hecho han conservado su estructura y su vieja dirección social-demócrata y oportunista.

Tras el derrumbe de las esperanzas de levantamiento obrero en Polonia, durante el otoño de 1920, la ola revolucionaria parece retroceder. Lenin y Trotsky, absortos en las tareas urgentes de la guerra civil, han confiado al tribuno Zinóviev la responsabilidad práctica de una Internacional Comunista en la que ningún dirigente extranjero podría discutir de igual a igual con los rusos. Ahora bien, Zinóviev parece haber subestimado las tareas de explicación y educación que tendría que asumir la nueva dirección internacional. En Halle obtiene un éxito enorme al arrastrar a la mayoría de los independientes, pero aplica en la Internacional métodos de dirección excesivamente expeditivos. Son sus enviados y especialmente el malogrado Bela Kun, los que encabezan un débil e improvisado intento de insurrección en Alemania central. Tras de este fracaso rotundo el partido alemán se estremece bajo los efectos de una crisis violenta. El episodio del mes de marzo de 1921 es la prueba de que la marea revolucionaria de posguerra se extingue. El aislamiento de la revolución rusa tiene todos los visos de ser duradero.

Esto es lo que confiere a la situación de los bolcheviques sus características trágicas y hace que las contradicciones sean difícilmente superables. La revolución rusa debe sobrevivir e intentar conservar el terreno conquistado en las mismas condiciones que sus dirigentes habían considerado de todo punto incompatibles con su supervivencia.

VII. La crisis de 1921: Los comienzos de la NEP y el auge del aparato

El país en el que la revolución proletaria ha alcanzado su primera victoria y en el que se ha iniciado la construcción del primer Estado obrero parece llegar, tres años después de estos triunfos, al borde mismo de la desintegración. Regiones enteras viven en un estado de anarquía rayando en la barbarie bajo la amenaza de las partidas de bandidos. Toda la estructura económica parece haberse derrumbado. La industria fabrica, en cantidad, sólo un 20 por 100 – un 13 por 100 en valor – de su producción de anteguerra. La producción de hierro supone un 1,6 por 100, la de acero un 2,4 por 100. Las producciones de petróleo y de carbón, que son los sectores menos afectados, no representan más que el 41 por 100 y el 27 por 100 respectivamente de las cifras de anteguerra: en los otros sectores el porcentaje oscila entre un 0 y un 20 por 100. El equipo está prácticamente destruido: el 60 por 100 de las locomotoras están fuera de uso y el 63 por 100 de las vías férreas son inutilizables. La producción agrícola ha sufrido un descenso tanto en cantidad como en valor. La superficie cultivada se reduce en un 16 por 100. En las regiones más ricas los cultivos especializados, destinados al comercio o a la ganadería, han desaparecido dejando su lugar a unos cultivos de subsistencias de ínfimo valor. Los intercambios entre las ciudades y el campo se han visto reducidos al mínimo, a la requisa y al trueque entre individuos.

No obstante, existe un mercado negro en el que los precios son entre cuarenta y cincuenta veces más elevados que los precios legales. El nivel de vida de las poblaciones urbanas es, con mucho, inferior al mínimo vital estricto. En 1920, los sindicatos opinan que los gastos absolutamente indispensables representan sumas de dos veces y media a tres veces superiores a los salarios. Los trabajadores más favorecidos reciben de 1.200 a 1.900 calorías en lugar de las 3.000 que los especialistas consideran necesarias. Por esta razón las ciudades hambrientas se vacían. En el otoño de 1920, la población de cuarenta capitales de provincia ha disminuido en un 33 por 100 desde 1917, pasando de 6.400.000 a 4.300.000. En tres años Petrogrado ha perdido un 57,5 por 100 y Moscú un 44,5 por 100 de su población. Respecto al número de habitantes de antes de la guerra, la primera ha perdido la mitad y la segunda la tercera parte de sus habitantes.

De esta forma,, cuatro años después de la revolución, Rusia representa la paradoja de un Estado obrero, basado en una revolución proletaria, en el que se asiste, en palabras de Bujarin, a una verdadera ”desintegración del proletariado”. Mientras que en 1919, existían tres millones de obreros industriales, en 1920 ya no hay más de 1.500.000 y en 1921 no sobrepasan 1.250.000. Además la mayoría dé ellos no están verdaderamente empleados: el absentismo ”normal.” en las empresas se eleva a un 50 por 100, el obrero percibe un salario que constituye casi un subsidio de paro y los sindicatos estiman que la mitad de los productos fabricados en determinadas empresas son inmediatamente vendidos por aquellos mismos que los han producido: lo mismo ocurre y esto ya es más grave, con las herramientas, el carbón, los clavos y los bienes de equipo.

La clase obrera, considerablemente reducida en número, ha sufrido alteraciones más hondas aun en cuanto a la conciencia. Su vanguardia, constituida por los militantes de la época clandestina, por los combatientes de la revolución, por los organizadores de soviets, por la generación de los cuadros expertos y de los jóvenes entusiastas, ha abandonado en masa las fábricas al comienzo de la guerra civil: los obreros revolucionarios ocupan puestos de mando en el Ejército Rojo y en el aparato estatal, en todos los frentes, de punta a punta del inmenso país. Entre los que han permanecido, los más activos forman los cuadros sindicales, los más hábiles han buscado en la miseria general, la solución individual que habría de permitirles sobrevivir, a ellos y a los suyos: por centenares de miles los proletarios de las ciudades han restablecido con el campo unos vínculos que nunca habían dejado de ser fuertes. No existe ya una vanguardia, ni siquiera un proletariado, en el sentido marxista de la palabra, sino una masa de obreros desclasados, un subproletariado miserable y semiocioso. La regresión es tan honda y tan real la recaída en la barbarie que, el año de 1921 habrá de contemplar la reaparición de una ola de hambre que, si se da crédito a las informaciones oficiales, afecta a 36 millones de campesinos llegando incluso a provocar casos de canibalismo.

La crisis de 1921: Kronstadt

 La explosión se produce al principio de 1921. En realidad la crisis se venía incubando desde el final de la guerra civil. Si bien es cierto que, entre los dos males, el Ejército. Blanco y el Ejército Rojo, los campesinos habían considerado el segundo como menor, las requisas, después de la derrota de los Blancos, se les hacen tanto más intolerables cuanto ya no temen una restauración que podría quitarles las tierras; por tanto, el descontento campesino no deja de crecer a partir del mes de septiembre de 1920: se producen levantamientos, en Siberia durante el invierno, viéndose con ello el aprovisionamiento de las ciudades decisivamente amenazado. Majnó y los suyos deben al apoyo de los campesinos ucranianos su capacidad de resistencia en pie de guerra. La crisis del campo se transmite a las ciudades. En Petrogrado, durante largas semanas, el jornal del obrero se reduce a media libra de pan diaria: en febrero se multiplican las huelgas y las manifestaciones.

Esta agitación será el telón de fondo de la rebelión de Kronstadt. La discusión sobre los sindicatos y la campaña, de Zinóviev a favor de la ”democracia obrera” avivan las brasas. El comité del partido en Petrogrado, intentando explotar el descontento de los marinos ante la centralización que imponen los comisarios políticos, exige que le sea confiada la dirección política de la flota: Zinóviev respalda a los que denuncian la ”dictadura de los comisarios” y, en Kronstadt, todos estos elementos de agitación encuentran el terreno abonado.

En 1917, la base naval había sido el bastión de los marineros revolucionarios pero ya no es así. Aquí también la vanguardia ha sido aspirada por nuevas tareas. Los dirigentes de 1917 ya no se encuentran allí. El bolchevique Rochal ha sido eliminado por los Blancos en Rumanía, el anarquista Yarchuk está en la cárcel, Markin ha muerto en el frente del Volga, Raskólnikov, Dingelstedt y Pankratov están dispersos por todo el país como comisarios o jefes militares o directores de Chekas. Entre los marineros, privados de sus cabezas políticas, hay muchos nuevos reclutas. No obstante, aún cuentan con una tradición, un prestigio y una fuerza. Probablemente sienten la influencia de las corrientes de oposición. El influjo de los mencheviques, notable en las fábricas de Petrogrado, no aparece en la flota. Por el contrario, tanto los anarquistas como los social–revolucionarios han acrecentado, sin lugar a dudas, un auditorio que nunca había llegado a desaparecer por completo y cuya adhesión habrá de reflejarse cuando menos, en las consignas de los insurgentes. No obstante, resulta imposible atribuir a cualquier grupo, ni siquiera a una iniciativa deliberada, las primeras manifestaciones de la oposición política de los marineros, surgidas directamente de la agitación obrera del mes de febrero.

Los días 24, 25 y 26 de febrero, las fábricas de Petrogrado se declaran en huelga unas tras otras; las asambleas de huelguistas exigen que se ponga fin a las requisas, la mejora del aprovisionamiento y la supresión de las milicias de trabajo, una de las consignas mencheviques. Algunos oradores solicitan con bastante frecuencia que se limiten los poderes de la Cheka. El día 24, el soviet constituye un comité de defensa de tres miembros, dirigido por Lashévich, que proclama el estado de sitio, da en cada fábrica, plenos poderes a otros comités de tres, los troiki, y emite un llamamiento dirigido a los cadetes en pro del mantenimiento del orden en las calles. Algunos delegados de los marineros de Kronstadt han participado en todas las reuniones de las principales fábricas, informando posteriormente de ellas a sus compañeros de la ciudadela. Probablemente es una de estas reuniones la que se celebra, el día 28 de febrero a bordo del acorazado Petropavlosk, con la asistencia de los comisarios de la flota. Esta adopta una resolución de quince puntos, que exige la reelección de los soviets por escrutinio secreto tras de una campaña electoral libre, libertad de prensa y de reunión para los partidos anarquistas y socialistas y para los sindicatos obreros y campesinos, así como la convocatoria de una conferencia independiente – el día 10 de marzo como límite –, de los obreros, soldados y marinos de Petrogrado, Kronstadt y toda la región; la liberación de todos los presos políticos pertenecientes a partidos socialistas y de todas aquellas personas que han sido detenidas por su participación en movimientos obreros o campesinos, la elección de una comisión que se encargue de la revisión de los expedientes de todos los detenidos, la abolición de las secciones políticas de educación y agitación, la igualdad en las raciones alimenticias de todos los trabajadores, la disolución de los destacamentos encargados de los registros y de la requisa de los cereales y asimismo la de todas las unidades comunistas, el derecho para todos los campesinos a disponer de sus tierras y de su ganado y, por último, la libertad de producción para todos aquellos artesanos que no utilicen asalariados.[173] En esta fecha, nada permite aún considerar este programa como revolucionario. En cualquier caso, el Comité de Defensa de Petrogrado no lo hace así y envía a Kronstadt dos oradores, el presidente del ejecutivo Kalinin, que ya ha sabido controlar varias huelgas en Petrogrado, y el comisario de la flota, Kuzmín.

El día 1 de marzo, los dos dirigentes se dirigen, en la plaza del Ancora, a un auditorio integrado por unos seis mil marineros, soldados y campesinos, bajo la presidencia del comunista Vassiliev, dirigente del soviet de Kronstadt. Son interrumpidos con mucha frecuencia y no logran convencer a la asamblea que, por una mayoría aplastante, adopta la resolución del Petropavlosk y, más adelante, decide, por unanimidad, reunir una conferencia de delegados encargados de presidir unas nuevas elecciones en el soviet.[174]

Es en esta conferencia celebrada el día siguiente donde estallan los primeros incidentes serios: a Kuzmin, que ha proclamado la voluntad del partido comunista de no dejarse expulsar del poder en el momento de mayor peligro, se le acusa de haber amenazado a los revolucionarios de Kronstadt. Por aclamación se decide su arresto y el de Vassiliev. Al correr el rumor de que los comunistas de la escuela del partido se dirigen a la sala de reuniones, la conferencia termina en plena confusión no sin designar antes, por aclamación también, un comité de cinco miembros que más adelante será ampliado mediante la cooptación de diez más, constituyéndose en Comité Militar Revolucionario dirigido por el marinero Petrichenko. En lo sucesivo la rebelión se lleva a cabo contra aquellos a los que los de Kronstadt llaman los ”usurpadores comunistas” y la ”comisariocracia”: al parecer este movimiento arrastra tras sí a la mayoría de los comunistas de Kronstadt.[175]

La situación se hace extraordinariamente grave para el gobierno bolchevique. A pesar de que ningún dirigente parece haber creído en la influencia de los guardias blancos en los comienzos del motín, la propaganda describe inmediatamente el movimiento como una rebelión de los oficiales blancos, dirigida por uno de ellos, el general Kozlovsky. Este último, antiguo oficial del ejército zarista que en la actualidad sirve al Ejército Rojo, es el jefe de la artillería de Kronstadt, desempeñando después del 4 de marzo un puesto en el Comité de Defensa de la ciudad, mas en modo alguno parece haber sido inspirador del movimiento. No obstante, la experiencia de la guerra civil ha mostrado que los levantamientos populares espontáneos contra el régimen soviético han terminado siempre, a pesar del carácter democrático de sus reivindicaciones iniciales, por caer en manos de los reaccionarios y de los monárquicos. Desde el día 3 de marzo, los delegados de Kronstadt intentan alcanzar Oranienbaum y ganarse a la V Escuadrilla aérea: si lo hubiesen conseguido Petrogrado habría caído en pocas horas.[176] El secretario del partido de Petrogrado, Sergio Zorin, descubre los preparativos de un jefe de regimiento que está a punto de pasarse al bando de los rebeldes y que, antes de su fusilamiento, declara: ”Esperaba esta hora desde hace años. Os detesto, asesinos de Rusia”.[177] A pesar de los llamamientos de los facciosos a una ”tercera revolución”, lo que evidentemente les distancia de los mantenedores de la Constituyente, los emigrantes blancos multiplican sus avances y sus ofrecimientos de servicios que, por otra parte serán rechazados. Petrichenko se niega a recibir a Chernov hasta tanto la situación sea aclarada.[178] Miliukov, el líder de los ”cadetes”, escribe que los rebeldes han hallado el camino justo para acabar con el régimen al lanzar – lo que no es cierto – la consigna de ”soviets sin comunistas”.

Lenin asegura: ”No quieren guardias blancos pero tampoco quieren nuestro régimen”.[179] Al parecer lo que más teme es que los marinos puedan desempeñar el papel de caballo de Troya. Kronstadt es una posición estratégica vital y dispone de una importante artillería pesada. La isla está bloqueada por el hielo pero, si la insurrección se prolonga, después del deshielo puede constituir la cabeza de puente de una intervención extranjera en las puertas mismas de Petrogrado. Son los rebeldes los primeros en iniciar las hostilidades los días 2 y 3 de marzo. El primer propósito del gobierno parece haber sido el de negociar pero, tras de algunos días de combate y de intensa propaganda impresa y radiofónica, se decide a emplear la fuerza.

Las noticias del país no son nada alentadoras. Víctor Serge afirma que por aquellas fechas existen más de cincuenta focos de alzamientos campesinos. El social–revolucionario Antónov ha reunido en la región de Tambov un ejército campesino de 50.000 hombres que el Ejército Rojo tardará varios meses en reducir. Majnó sigue controlando Ucrania. Todos estos movimientos podrían extenderse con fulgurante rapidez si Kronstadt resistiese durante algún tiempo; por doquier, este es el caso de Saratov, los campesinos atacan las ciudades para acabar con los comunistas. En el horizonte se perfila para los bolcheviques el Terror Blanco y el enemigo puede aprovechar el descontento popular para volver a poner el pie en Rusia. En consecuencia toman la decisión de ”cortar por lo sano”.

En el X Congreso, Lenin afirma: ”Aquí tenemos una manifestación del democratismo pequeño–burgués que reclama la libertad de comercio y clama contra la dictadura del proletariado. Pero los elementos sin partido han servido de estribo, de escalón, de pasarela a los guardias blancos”.[180] Las proclamas de los bolcheviques acentúan el carácter de ”conjuración contrarrevolucionaria de signo monárquico inspirada por el jefe de la artillería Kozlovsky”, ”del que los marinos no se han apercibido”, como dice Radek.[181] El día 5 de marzo, como jefe del Ejército Rojo, Trotsky exige a los amotinados que se rindan incondicionalmente y estos se niegan a hacerlo. Tujachevsky prepara entonces el asalto con tropas selectas: chekistas y alumnos de la escuela de oficiales del Ejército Rojo. Las operaciones se llevan a cabo con la mayor rapidez pues el tiempo apremia ya que el deshielo inminente podría aislar a la fortaleza de la tierra firme. El precio en vidas humanas va a ser elevado pues los asaltantes inician el ataque por el hielo, bajo el fuego de los cañones de Kronstadt. El ataque se inicia el día 7 de marzo y concluye el día 17. Un cierto número de dirigentes rebeldes consigue escapar – entre ellos Petrichenko que huye al extranjero –, pero la represión es dura. De los insurrectos de Kronstadt unos serán fusilados en las calles y los restantes, cuyo número se eleva a centenares, serán ejecutados, según Serge, meses más tarde ”en pequeñas tandas”.[182]

La insurrección es aplastada. El Thermidor que Lenin temía ha tenido lugar efectivamente pero los bolcheviques han vencido a los thermidorianos. Las huellas, empero, siguen siendo profundas. El programa de los rebeldes despertaba no pocos ecos del programa de la revolución de 1917 cuya punta de lanza había sido Kronstadt, y las reivindicaciones que incluía correspondían a las aspiraciones de buen número de obreros y campesinos, cansados del sacrificio, exhaustos, destrozados y hambrientos. ”Hemos llegado demasiado lejos” dirá Lenin. Sin embargo el partido ha respaldado la acción: los militantes delegados al X Congreso, incluso los pertenecientes a la oposición obrera, han intervenido en el ataque y en la represión. Lutovínov, lugarteniente de Schliapnikov, que se encontraba en Berlín, ha condenado categóricamente la insurrección, aprobando la intervención del ejército ruso. No obstante, resulta claro que se han creado nuevas relaciones entre el partido y los obreros: ”¿Acaso debemos ceder ante unos trabajadores cuyas fuerzas físicas y su paciencia están agotadas y que están menos informados que nosotros respecto a sus propios intereses generales?” se preguntaba Rádek unos días antes en una alocución a los alumnos de la Academia militar del Ejercito Rojo, concluyendo así: ”El partido opina que no puede ceder, que debe imponer su voluntad de victoria a los traba adores fatigados dispuestos a abandonar”.[183] Por primera vez, en nombre de ”su mayor conciencia”, el partido que hasta entonces los dirigía, sabiéndoles convencer, había combatido, con las armas en la mano, contra unos trabajadores que se habían expresado libremente, de un modo reaccionario en su opinión. La lírica armonía de 1917 pertenecía ya al pasado.

La insurrección y la represión de Kronstadt pondrían fin igualmente al sueño de Mühsam y otros sobre la unificación de marxistas y libertarios. Tras el fracaso de los intentos de mediación de los anarquistas americanos Emma Goldman y Alejandro Berkman, Kronstadt se convertirá en el símbolo de la hostilidad irreductible que, en lo sucesivo, existirá siempre entre estas dos corrientes del movimiento obrero.

La NEP

Ciertamente el azar no es la razón de que la insurrección de Kronstadt coincida con la adopción, en el X Congreso del partido, de un giro radical en materia de política económica que recibe la apelación de Nueva Política Económica o, más familiarmente, de NEP. Contrariamente a las afirmaciones superficiales que se han prodigado con cierta frecuencia, no es Kronstadt el factor determinante en la adopción de la NEP, antes bien, han sido las mismas dificultades las que han originado a la vez los desórdenes y el giro. Las raíces de los acontecimientos de marzo de 1921 deben situarse a la vez entre las consecuencias de la guerra civil y en el final de las luchas. En el peor de los casos, se puede considerar que el giro de la NEP ha sido iniciado demasiado tarde y que la insurrección de Kronstadt ha supuesto la sanción de ese retraso inútil: la mayoría de las reivindicaciones económicas de los amotinados figuraban en el proyecto elaborado por el comité central comunista durante los primeros meses de 1921 como medidas inevitables dada la nueva situación.

La NEP se caracteriza por la supresión de las medidas de requisa, sustituidas por un impuesto progresivo en especie, por el restablecimiento de la libertad de comercio y la reaparición de un mercado, por la vuelta a la economía monetaria, por la tolerancia de la pequeña y mediana industria privada por la petición, bajo control estatal, de inversiones extranjeras. Se trata de un esfuerzo para salir del círculo vicioso que supone el comunismo de guerra y, en cierto modo, constituye la inversa de éste puesto que, en lugar de partir de la necesidad de tomar del campo cuanto se requiera para alimentar a las ciudades, arranca de la necesidad de alentar al campesino para que suministre los productos de su trabajo con el fin de promover una política de productividad industrial necesaria para el sostenimiento del mercado. Los historiadores se han complacido en subrayar las dos tendencias, contradictorias que adoptan las explicaciones de los dirigentes comunistas, considerando unos la NEP como un refugio temporal mientras que otras la conciben como reactivación, tras el rodeo impuesto por la guerra, de la política económica esbozada en 1917. Pues, en efecto, tenía el doble objetivo de aglutinar a las masas campesinas y de desarrollar, junto con la industria, las bases económicas y sociales del, nuevo régimen. La NEP se imponía también como consecuencia del fracaso de la revolución europea. En el X Congreso, Lenin lo explica así: ”Una revolución socialista puede vencer definitivamente en un país como el nuestro si se dan dos condiciones. En primer lugar si, en el momento oportuno, es apoyada por una revolución socialista en uno o varios países avanzados. Hemos trabajado mucho para que se cumpliera esa primera condición.(...). Mas todavía estamos lejos de su realización. La otra (...) es un compromiso entre el proletariado que ejerce su dictadura o tiene entre sus manos el poder de Estado y la mayoría de la población campesina”.[184]

Efectivamente es el aislamiento de la revolución rusa el factor que conduce a los dirigentes bolcheviques a promover la NEP y no la adopción de la NEP la que los aparta del objetivo de la revolución europea. En efecto, el mes de marzo de 1921 no es únicamente el mes de Kronstadt y del X Congreso si no también el del fracaso de la huelga revolucionaria en Alemania. Preparada apresuradamente, pobremente organizada, impuesta al comité central del partido alemán por el húngaro Bela Kun, emisario de Zinóviev, al que se utiliza tal vez con la esperanza de que un éxito revolucionario ahorraría el giro que supuso la NEP, el fracaso de esta iniciativa constituye la obvia demostración de que es preciso abandonar tanto la táctica ofensiva como las perspectivas revolucionarias a corto plazo. El capitalismo europeo ha conseguido estabilizarse y los comunistas deben ajustar su táctica a esta situación. Lenin y Trotsky, que en un principio se enfrentan prácticamente solos a una mayoría hostil, consiguen por último convencer a los delegados del III Congreso de la Internacional. El informe de Trotsky concluye así: ”La Historia ha otorgado a la burguesía una tregua durante la cual podrá respirar (...). El triunfo del proletariado al día siguiente de la guerra había constituido una posibilidad histórica pero, de hecho, no se ha realizado Debemos aprovechar este período de estabilización relativa para extender nuestra influencia sobre la clase obrera y ganar a su mayoría antes de que se produzcan acontecimientos decisivos”.[185] Los partidos comunistas, antes de tomar el poder, deben ”conquistar a las masas”: esta es la tarea a la que los llama la Internacional Comunista a partir de 1921.

El monopolio del partido

A pesar de suponer una liberación en el campo económico, el giro de la NEP constituye una importante etapa en el monopolio político del partido bolchevique. La dictadura, que hasta entonces ha podido justificarse con las necesidades de la lucha militar, permanece e incluso se refuerza en nombre de otros peligros. El final del comunismo de guerra y la disminución del control sirven efectivamente para devolver vigor a unas fuerzas locales que hasta ahora habían estado sujetas e incluso suprimidas: el campesinado acomodado integrado por los kulaks, la nueva burguesía que constituyen los nepistas enriquecidos por la reactivación de los negocios y los especialistas y técnicos burgueses que trabajan en la industria.

Los dirigentes bolcheviques temen ver a estas fuerzas temibles aliarse contra el régimen. El partido está cansado y Zinóviev así lo afirma sin rodeos: ”Muchos militantes están mortalmente fatigados, se les exige una enorme tensión espiritual; sus familias viven en lastimosas condiciones: el partido y el azar les llevan de un lugar a otro. Naturalmente de ello resulta un desgaste fisiológica”.[186] Los archivos de Smolensk revelan que, en aquella época, un 17 por 100 de los miembros del partido padecen de tuberculosis.[187] Decenas de miles de los mejores militantes han muerto: por el contrario, el final de la guerra civil provoca el flujo de los arribistas y de los ambiciosos, de todos aquellos para los cuales el carnet supone una especie de seguro social. La fuerza del partido en 1917 provenía de su vieja guardia y, en la actualidad, esta élite está diezmada y exhausta, pero también se originaba en sus vínculos con una clase obrera ardiente y combativa, generosa y entusiasta. Ya no hay un verdadero proletariado revolucionario y los proletarios que quedan se apartan del partido y de sus perspectivas históricas para aferrarse a la búsqueda de una salvación tan individualista como problemática. ¿Cómo iban los bolcheviques a aceptar la libre confrontación de ideas y la libre elección en los soviets si sabían que las nueve décimas partes de la población les eran hostiles, cuando pensaban que su derrocamiento conduciría, en un caos sangriento, a una recaída, aún mayor que la precedente, en la barbarie y a la vuelta al reino reaccionario de los organizadores de ”pogroms”?

Desde 1917 nunca habían tenido los mencheviques tanta influencia en las fábricas y en los sindicatos. Por primera vez, representan, al igual que los anarquistas, una fuerza real entre los obreros. Por ellos no se cumplirán las premisas de legalización: las organizaciones antagónicas al partido son prohibidas de hecho ya que no de derecho. El periódico social–revolucionario de izquierda desaparece en mayo de 1921: Steinberg consigue escapar pero Kamkov y Karelin desaparecen en las cárceles, como ya había ocurrido con Spiridovna en octubre de 1920. En febrero de 1921 todavía existían suficientes anarquistas en libertad como para asistir al entierro de Kropotkin pero, después de Kronstadt, son detenidos en masa. Majnó consigue huir a Rumania, Volín, tras una huelga de hambre, es autorizado para salir al extranjero. A pesar de las promesas de Kámenev, el viejo Aaron Baron permanece en prisión mientras su mujer es fusilada en Odessa. En el otoño de 1920, Mártov recibe un pasaporte para Alemania y se instalará allí. Dan que ha sido detenido después de la rebelión de Kronstadt será autorizado a emigrar posteriormente. A partir del mes de febrero de 1921, la revista menchevique Sotsialistícheskii Véstnik (Correo socialista) aparece en Alemania, a pesar de que durante varios años aún será distribuida casi libremente en Rusia.

Numerosos antiguos adversarios acuden a las filas bolcheviques y a menudo son acogidos entusiásticamente: Semenov, tras los pasos de Blumkin, se une a los servicios secretos donde este antiguo terrorista ostentaba un cargo. Los mencheviques Martínov, antiguo ”economista”, Maisky, Vishinsky y Troyanovsky se integran también. El partido, en virtud de su monopolio político, se convierte en el único organismo en el que se pueden expresar las presiones divergentes de las clases y los desacuerdos políticos.

El X Congreso

Estas nuevas condiciones pesan sobre el partido que debe hacer frente a dos tipos de imperativos contradictorios. Por una parte, si no quiere perder su carácter de partido comunista, debe admitir su conversión en campo de batalla de fuerzas sociales antagónicas, como parece exigir su posición de partido único. Como partido en el poder tampoco puede volver la espalda a sus propios objetivos y continuar dirigiendo al país sin ningún tipo de democracia interna como si de un destacamento militar se tratase. Se ve, por añadidura, obligado a pasar por el tamiz las adhesiones de que es objeto, pero, al obrar de esta forma también debe precaverse contra el aislamiento que podría convertirle en una especie de masonería de veteranos, distanciada de las jóvenes generaciones que, desde hace unos años, se educan en el nuevo régimen. Por el hecho de enfrentarse con necesidades antagónicas, el partido ha adoptado soluciones que posteriormente habrán de revelarse como contradictorias e incluso irreconciliables, en un momento en que la casi totalidad de los militantes y los dirigentes las han considerado complementarias. Ello explica que el X Congreso, que fue, antes que nada, para sus contemporáneos el de la democracia obrera que se trataba de restaurar, se convirtiese durante los años siguientes en aquel que, con su prohibición de las facciones dentro del partido anunciaba y preparaba el monolitismo.

Resulta poco probable que la influencia de Zinóviev en el X Congreso se debiera a los esfuerzos que había desplegado anteriormente en su campaña tendente a la restauración de la democracia obrera. Por el contrario, disfrutaba de una sólida reputación de hombre decidido que, precisamente, nunca se veía obstaculizado por escrúpulos democráticos y diversos autores refieren que una de las mejores recetas para obtener un buen éxito de hilaridad ante un auditorio obrero consistía, por entonces, en seleccionar un cierto número de citas de Zinóviev acerca de la democracia. No obstante, resulta significativo que un hombre de estas características haya escogido precisamente este tema como caballo de batalla. Los incidentes en torno al Tsektran y el desarrollo de la discusión acerca del papel de los sindicatos, habían demostrado ampliamente que eran muy numerosos los militantes y responsables que, como Preobrazhensky, opinaban que ”la extensión de las posibilidades de crítica era precisamente una de las conquistas de la revolución”.[188] Esta era la perspectiva desde la que Trotsky había solicitado también que se iniciase ”un debate libre” en el ámbito del partido sobre la cuestión sindical.

El X Congreso tuvo su sesión inaugural el día 8 de marzo. Todavía tronaban los cañones en Kronstadt. Más de doscientos delegados abandonarán la sala para participar en el asalto. No puede por tanto extrañarnos, en tales condiciones, que la segunda jornada haya estado marcada por una muy seria advertencia de Lenin que declara al referirse a la oposición obrera: ”una desviación ligeramente sindicalista o semianarquista no habría sido muy grave porque el partido la habría reconocido a tiempo y se habría preocupado de eliminarla. Pero, cuando tal desviación se produce en el cuadro de una aplastante mayoría campesina en el país, cuando crece el descontento del campesinado ante la dictadura proletaria, cuando la crisis de la agricultura alcanza su límite, cuando la desmovilización del ejército campesino está liberado a centenares y millares de hombres deshechos que no pueden encontrar trabajo y no conocen más actividad que la guerra, pasando a alimentar el bandidaje, ya no es tiempo de discusiones acerca de las desviaciones teóricas. Debemos decir claramente al Congreso: no permitiremos más discusiones sobre las desviaciones, es preciso detenerlas (...). El ambiente de controversia se está haciendo extraordinariamente peligroso, se está convirtiendo en una auténtica amenaza para la dictadura del proletariado”.[189] Más que nadie, Lenin parece haber comprendido el carácter peligroso de la situación: intentando justificar la condena de la oposición obrera, emplea unos argumentos en los que se revela una apreciación extremadamente pesimista: ”Si perecemos, tiene la mayor importancia preservar nuestra línea ideológica y dar una lección a nuestros sucesores. Nunca debemos olvidarlo, ni siquiera en circunstancias desesperadas”.[190]

No obstante, el peligro también viene indudablemente del régimen militarizado del partido. Bujarin presenta, en nombre del comité central, el informe sobre democracia obrera.[191] Empieza por recordar que una de las contradicciones del comunismo de guerra ha sido, con la introducción en la organización de una ”militarización” y de un ”extremo centralismo” – absolutamente necesarios por otra parte –, la necesidad de ”adoptar un aparato extraordinariamente centralizado basado en el bajísimo nivel cultural de las masas”. Tal régimen no es ya ni deseable ni aplicable. ”Es preciso, prosigue, hacer que nuestras fuerzas tiendan a la democracia obrera, realizándola con la misma energía desplegada durante el período anterior en militarizar al partido Debe comprenderse por democracia obrera en el interior del partido una forma de organización que asegure a todos los miembros una participación activa en la vida del partido, en la discusión de todas las cuestiones que se plantean en él y en su resolución, así como, una participación activa en la construcción del partido”. Respecto a la espinosa cuestión de los nombramientos se muestra categórico: ”La democracia obrera hace imposible el sistema de nombramiento pues su principal característica es la electividad de todos los organismos desde arriba hasta abajo, por su responsabilidad y por el control al que se los somete”. Los métodos de trabajo en la democracia obrera deben basarse en ”amplias discusiones acerca de todas las cuestiones importantes, en la absoluta libertad de crítica dentro del partido y en la elaboración colectiva de sus decisiones”.

La solución que propone recuerda la definición que del centralismo democrático daban los estatutos de 1919: ”Las decisiones de los organismos dirigentes deben ser aplicadas con rapidez y exactitud. Al mismo tiempo, la discusión en el partido de todas las cuestiones controvertidas dentro de la vida de éste, es enteramente libre hasta que una decisión sea tomada”. Esta discusión debe precisar su significado en el ámbito de la democracia obrera mediante la búsqueda de un ”constante control de la opinión pública del partido sobre el trabajo de sus órganos dirigentes, así como, de una constante interacción en la práctica entre estos últimos y la totalidad del partido y, al mismo tiempo, de una intensificación de la responsabilidad estricta de los comités apropiados del partido respecto no sólo a los organismos superiores sino también a los inferiores”. El texto que presenta Bujarin parece merecer el consenso de todos los congresistas pues, en el fondo, responde a una aspiración general, manifestada no sólo por el ponente y sus aliados sino por Zinóviev y los suyos y por Schliapníkov y los otros miembros de la oposición.

Se trata de una resolución que se refiere a los principios, pero que también lleva la marca de la más candente actualidad. En nombre de la democracia obrera debe impedirse el acceso a los arribistas, a los intrigantes y a los enemigos de clase: en lo sucesivo se impondrá a los aspirantes que no sean de extracción obrera un período de prueba de un año durante el cual no tendrán derecho a voto. Recogiendo una resolución del VIII Congreso y mostrando que los dirigentes bolcheviques son conscientes del peligro de degeneración que implica la perpetuación de los permanentes y la diferenciación funcional entre obreros y gobernantes de obreros, esta resolución prevé la sistemática ejecución de la decisión según la cual ”los obreros que han permanecido mucho tiempo al servicio de los soviets o del partido deben ser empleados en la industria o en la agricultura, en las mismas condiciones de vida que los otros obreros”.[192] De esta forma el partido demuestra su firme propósito de seguir siendo un partido obrero a pesar de su carácter dirigente.

No obstante, para los dirigentes bolcheviques resultaba importante fijar, en función de los peligros inmediatos, los límites de esta democracia que reclamaban unánimemente. El día 11, Bujarin anuncia su intención de presentar una moción acerca de la ”unidad del partido”, que evidentemente se dirige contra los miembros de la oposición obrera. Por Último, Lenin se encarga de presentar, el 16 de marzo, Último día del Congreso, dos mociones especiales. Una de ellas condena el programa de la oposición obrera como una desviación anarcosindicalista, revelando las tesis que figuran en él acerca del papel de los sindicatos en la dirección de la industria que resultan ”incompatibles con la pertenencia al partido”. La otra atrae la atención sobre lo que llama ”indicios de faccionalismo”, ”aparición de grupos con sus propios programas y una cierta tendencia a replegarse sobre sí mismos y a introducir su propia disciplina de grupo”. Pero tal situación debilita al partido y da fuerza a sus enemigos: la moción recuerda a los militantes que ”aquel que lleva a cabo una crítica” debe ”tener en cuenta, en lo que a la forma se refiere, la situación del partido que está rodeado de enemigos”.[193] Una vez más sobre este punto se refiere al grupo de Shliapníkov y Kolontai, tanto más claramente cuanto la resolución ordena, bajo pena de expulsión, la disolución de los grupos constituidos en torno a plataformas particulares. El artículo 4 precisa que, en todas las discusiones sobre la política del partido, se prohíbe llevar a cabo ”faccionalmente” el debate pues, todas estas discusiones cuentan con un cauce constituido por la reunión de los organismos regulares del partido, precisando: ”Con este fin, el congreso decide publicar un boletín de discusión periódico, así como, una serie de publicaciones especiales”. El artículo 7 prevé que, con la aplicación de esta resolución, el comité central dispondrá del poder de expulsión, incluso de uno de sus miembros, con tal de que la decisión sea aceptada por una mayoría de al menos dos tercios; este artículo no será publicado.

Esta resolución estaba abocada a desempeñar un papel fundamental en la posterior transformación del partido y desaparición definitiva de la democracia obrera a la que, en un principio, sólo se trataba de fijar un marco. Sólo veinticinco delegados votaron contra ella. Algunos, como Karl Rádek, han formulado algunas reservas, mostrando su inquietud respecto al nuevo poder de expulsión del comité central pero votan a favor de la resolución, habida cuenta de las amenazas de que es objeto el régimen: ”Al votar a favor de esta resolución, opino que podría volverse contra nosotros no obstante, la apoyo (...). Que en un momento de peligro el comité central tome las medidas más severas contra los mejores camaradas (...). ¡Que se equivoque incluso! Ello es menos peligroso que la indecisión que se observa en este momento”.[194] Por otra parte, la actitud de Lenin resulta tranquilizadora: todo el mundo sabe que propone una medida puramente circunstancial, justificada por la gravedad de la situación, se sabe que él opina ”que la acción faccional más vigorosa está justificada (... ) si los desacuerdos son verdaderamente muy profundos y si la corrección de la política errónea del partido o de la clase obrera no puede conseguirse de otra forma”.[195] Así, cuando Riazánov propone adoptar una enmienda que impida en lo sucesivo que la elección de miembros del comité central se haga en base a listas de candidatos partidarios de diferentes plataformas, Lenin le ataca apasionadamente: ”No podemos privar al partido y a los miembros del comité central del derecho de dirigirse a los militantes si una cuestión fundamental suscita los desacuerdos (...).No tenemos autoridad para suprimirlo”.[196]

 Antes de votar estas dos resoluciones, el Congreso había votado ya la composición del comité central, en base precisamente a las plataformas que se presentaban a los militantes con ocasiones de la discusión acerca de los sindicatos. La iniciativa de este procedimiento había llegado a Petrogrado el día 3 de enero, inspirada a todas luces por Zinóviev que la había considerado como una forma cómoda de eliminar a algunos de sus antagonistas y, sobre todo, a los tres secretarios que habían votado en favor de la plataforma Trotsky–Bujarin. Trotsky había protestado contra aquel proceder que, desde su punto de vista, adulteraba la autenticidad del ”debate libre” que se había iniciado, obligando a todos los candidatos y a todos los participantes en la polémica a comprometerse y, de hecho, a agruparse respecto a un punto en particular. No obstante, en el comité central del día 12 de enero, había sido vencido por 8 votos contra 7. De esta forma, en la composición del comité central se operan cambios importantes. Este no incluye más que cuatro partidarios de las tesis de Trotsky y Bujarin, Krestínsky, Preobrazhensky y Serebriakov: ninguno de los tres secretarios es reelegido, pagando así a todas luces, el liberalismo de que habían hecho gala respecto a la oposición obrera, condenada actualmente, y su firmeza en la oposición a los ataques demagógicos de Zinóviev. Andreiev e Iván N. Smirnov, partidarios de la plataforma Trotsky–Bujarin, desaparecen también. Todos ellos son viejos militantes, pilares del comité central durante la guerra civil y conocidos también por su espíritu independiente. Los que los sustituyen son también viejos–bolcheviques; el hecho de que casi todos ellos hayan tenido anteriormente choques con Trotsky y de que estén vinculados con Stalin en esta época carece de significación: Mólotov, Yaroslavsky, Ordzhonikidze, Frunze y, Voroshílov pasan a ser titulares, Kirov y Kuibyshev suplentes. Zinóviev ocupa el lugar de Bujarin en el Politburó y éste, a su vez, pasa a ser tercer suplente. Mólotov es elegido ”secretario responsable” del comité central y, en su nuevo cargo, será asistido por Yaroslavsky y Mijailov. A pesar de sus protestas, Schliapnikov y Kutuzov, miembros de la oposición obrera, son elegidos a instancias de Lenin.

El auge del aparato después del X Congreso

En el período de crisis que determinaron los dificultosos inicios de la NEP, los días siguientes al X Congreso no presenciaron la realización práctica de la resolución acerca de la democracia obrera: el nuevo secretariado es más duro que el antiguo. El Tsektran – ¡Oh paradoja! – se restablece con todas sus prerrogativas y el secretariado crea además un departamento especial para la ”dirección y control de los transportes”. Una conferencia de la fracción en el Congreso de los sindicatos había aprobado, el día 17 de mayo, una resolución en la que se precisaba que el partido ”debía acometer un esfuerzo especial para aplicar los métodos normales de la democracia proletaria, particularmente en los sindicatos, donde la elección de los dirigentes, debía ser encomendada a las propias masas sindicadas”.[197] A Riazanov, autor de la propuesta se le prohibe ocupar cualquier tipo de cargo en los sindicatos y Tomsky, que la ha tolerado, es relevado de su cargo en el Consejo Central de los sindicatos, a propuesta de una comisión especial encabezada por Stalin. La mayoría de los círculos de estudios que se fundan a lo largo del año son disueltos de forma casi inmediata con diferentes pretextos. Las reacciones son airadas, incluso en los organismos dirigentes; Sosnovsky, en la Pravda, critica la forma en que el aparato se esfuerza en suprimir las divergencias: ”Cuando los mejores elementos de una organización se dan cuenta de que los pillos no son molestados mientras que los camaradas que los han atacado son desplazados de Vologda a Kerch o viceversa, entonces es cuando, entre los mejores comienzan a extenderse aquellos sentimientos de desesperanza y de apatía, incluso de cólera, que constituyen la base misma de todos los grupos ”ideológicos” de oposición (...). Sólo cuando aparece un grupo así empieza el centro a interesarse por la cuestión”. Con la afirmación de que militante comunista es aquel que aporta a su tarea ”la fecundidad del espíritu de creación y sabe, con su ejemplo, arrastrar a las masas”, resalta que este tipo de militante está mal visto, en el momento presente, por las autoridades del partido dado su ”insuficiente respeto por los papeleos burocráticos”. Y acusa: ”Al trasponer mecánica y superficialmente la ”liquidación de las intrigas”, hemos ahogado el verdadero espíritu comunista, educando solamente a ”hombres–que–poseen–el–carnet–del–partido”.[198]

La reacción de este viejo bolchevique en el órgano central del partido demuestra que la tradición democrática sigue siendo vigorosa. Cuando el obrero Miasnikov, bolchevique desde 1906, reclama públicamente la libertad de prensa para todos, incluidos, los monárquicos, Lenin intenta convencerle en una correspondencia privada. Miasnikov, tras sucesivos actos de indisciplina, será expulsado pudiendo volver a reintegrarse al cabo de un año si respeta la disciplina del partido. En el mes de agosto, Schliapnikov había criticado en una célula, utilizando términos considerados como inadmisibles, un decreto del Presidium de Economía Nacional y el comité central le niega a Lenin los dos tercios de votos necesarios para la expulsión que exige, en aplicación del artículo 7.

La Oposición Obrera, que ha impugnado las decisiones del partido en la Internacional mediante una carta conocida como la ”declaración de los 22”, es acusada de indisciplina grave. Una comisión integrada por Dzherzhinsky, Stalin y Zinoviev va a exigir, en una moción presentada al XI Congreso, la expulsión de Schliapnikov, Medvediev y Kolontai pero la propuesta será rechazada.

No obstante, estas mismas resistencias traslucen una presión mayor sobre los militantes y una centralización creciente en el partido cuyo aparato se consolida y crece, a pesar de las resoluciones del X Congreso, de su peso y de su autoridad. Si el comité central se niega a valerse del desorbitado privilegio que le permite amputar una minoría, esto se debe posiblemente y entre otras razones, a que sus miembros sienten disminuir poco a poco la autoridad no compartida de la que disfrutaban en un principio. El comité central ya no se reúne más que cada dos meses y sus poderes, en la practica, son ejercidos por el politburó que, desde 1921, cuenta con siete miembros.

En el seno de este último organismo aumenta la influencia de aquellos que controlan el aparato del partido. Esta no deja de crecer numéricamente, justificándose la multiplicación de los permanentes por la movilización de los militantes, el control de las organizaciones y la vigorización de la agitación y de la propaganda. En el mes de agosto de 1922, existen 15.325 responsables permanentes del partido, de los cuales 5.000 operan a niveles de distrito y fábrica. El secretariado del comité central termina, en este año, el fichero de los militantes a los que, en adelante, puede controlar y movilizar. Bajo su égida funciona un departamento de destinos, el Uchraspred, fundado en 1920 para asegurar, durante la guerra civil las transferencias de comunistas a los sectores neurálgicos y posibilitar su ”movilización”. Como hemos visto, las necesidades de una acción rápida le obligan enseguida a intervenir en los nombramientos de los responsables del partido y a buscar un sustituto para el responsable al que se ha decidido trasladar. Si bien, cuando se trata de cargos más elevados, se requiere la intervención del buró de organización, en los niveles más bajos el Uchraspred efectúa de hecho nombramientos oficiosos por medio de las ”recomendaciones” del secretariado del comité central cuya autoridad, de esta forma, se extiende a todas las regiones: en 1922–23, procederá a más de diez mil nombramientos y traslados de este tipo, entre los que se cuentan los correspondientes a cuarenta y dos secretarios de comités provinciales y las asignaciones a importantes cargos del aparato administrativo o económico, llevadas a cabo al margen de los electores o de los responsables de los comités competentes. Bajo el secretariado de Krestinsky y de Preobrazhensky han sido creados departamentos regionales del partido que funcionan como correa de transmisión entre el secretariado y las organizaciones locales y cuya autoridad no deja de crecer.

En 1922 se crea, lateralmente al secretariado, la sección de organización y de instrucción que está abocada a constituirse en uno de sus más eficaces instrumentos. Esta dispone de un cuerpo de ”instructores responsables” que desempeñan el papel de auténticos directores generales, visitan las organizaciones locales, elaboran informes, controlan la actividad general y seleccionan a los cuadros dirigentes. La sección puede igualmente delegar poderes importantes a unos responsables a los que se conoce como ”plenipotenciarios del comité central” y que, en su nombre, disponen de un derecho de veto sobre cualquier decisión emitida por un organismo del partido, instrumento eficaz si lo hay para disciplinar a un comité provincial o local excesivamente díscolo.

Ciertamente, la creación de comisiones de control ha sido exigida por los diferentes grupos de oposición, precisamente con el objeto de luchar contra los abusos de autoridad de los responsables del aparato, pues la oposición obrera ve en ellas una defensa contra la burocracia. Sus miembros se eligen por un sistema complicado en el que participan las comisiones provinciales en las organizaciones locales y mediante la comisión central en el congreso provincial. No obstante, los elegidos carecen de hecho de autoridad suficiente frente a los representantes del aparato normal. La tarea de depuración evidentemente les obliga a mantener una intensa colaboración con los servicios del secretariado que centraliza los datos, acabando la Comisión Central de Control por dominar a las restantes.

Con posterioridad al X Congreso, la ”purga” será particularmente severa: 136.836 miembros del partido son expulsados, de los cuales un 11 por 100 es acusado de ”indisciplina”, un 34 por 100 de ”pasividad”, un 25 por 100 de ”delitos leves” – entre los que se cuentan la embriaguez y el ”carrerismo” – y un 9 por 100 de ”faltas graves” como chantaje, corrupción y prevaricación. De esta forma es depurado un gran número de elementos dudosos, no obstante, como han de afirmar Chliapnikov y sus compañeros, resulta plausible la suposición de que un cierto número de miembros de la oposición hayan sido afectados igualmente, o al menos amenazados con la expulsión, merced a una interpretación, por lo general demasiado estricta, de la resolución que condena a la oposición obrera. Durante el año 1922 resulta evidente que el aparato del partido está cobrando un enorme ascendiente sobre el conjunto de la organización y, por ende, sobre toda la vida del país y que, en definitiva, se halla en vías de sustituir al propio partido, de la misma forma que el partido sustituyó a los soviets. Esto resulta particularmente evidente en la evolución de las comisiones de control que se convierten en un apéndice de aquella burocracia a la que, en principio debían eliminar. Todavía más escandaloso resulta el caso de la Inspección Obrera (Rabkrin), en la que Lenin parece haber depositado una gran confianza. Tal organismo, integrado por una serie de comisiones y destinado en un principio a garantizar el control de los trabajadores sobre el funcionamiento del aparato estatal, bajo la dirección de Stalin, comisario de la Inspección Obrera y Campesina, se ha convertido en un anexo de la Comisión de Control, que mantiene a su vez una estrecha vinculación no solo con el secretariado sino también con la antigua Cheka a la que se ha dado el nuevo nombre de GPU.

Se opera así en el partido una transferencia de autoridad a todos los niveles: de los congresos o conferencias a los comités, electos o no, y de los comités a sus secretarios permanentes. La persistencia y agravamiento de la práctica del nombramiento, contrariamente a las resoluciones del X Congreso, hace a los secretarios responsables no ya ante la base sino ante el aparato y el secretariado. Se genera una auténtica jerarquía de secretarios autónoma que hace gala de un acentuado espíritu de corporación. Sosnovsky describe de esta forma a aquellos a los que se empieza a llamar apparatchiki, hombres del aparato: ”No son ni fríos ni calientes. Conocen todas las circulares de los comités (...) realizan todos sus cálculos numéricos con vistas a la acción recomendada, obligan a toda la actividad del partido a insertarse en el marco matemático de los informes que han redactado minuciosamente, se muestran satisfechos cuando todos los puntos se cumplen y pueden poner en conocimiento del centro la reglamentaria realización de sus prescripciones. En torno a este tipo de operarios del partido llueve toda una serie de planes, programas, instrucciones, tesis, encuestas e informes. Sólo están contentos cuando en su organización reina la calma, cuando no hay ”intrigas”, cuando nadie les ataca”.[199] Por encima de los miembros ordinarios, que son simples trabajadores, en el partido existían ya los responsables en los soviets, en el ejército y en los sindicatos: ahora existe una capa superior puesto que son los apparatchiki los que abren el acceso a todas las responsabilidades, las de los departamentos y las de la pirámide de secretarios.

El partido empero, protesta con ocasión del XI Congreso, celebrado en ausencia de Lenin que sólo asiste al informe de apertura. El informe de Zinóviev está plagado de alusiones a las ”camarillas” y a los ”grupos” lo cual revela una conciencia del fenómeno oposicionista muy extendido. Una moción que pide la supresión de las comisiones locales de control, fuertemente ovacionada, sólo consigue empero 89 votos contra 223. Una de las resoluciones propuesta a votación parece poner el dedo en la llaga al afirmar: ”Las organizaciones del partido han comenzado a verse recubiertas por un aparato inmenso (...) que, con su desarrollo progresivo, ha empezado a realizar incursiones burocráticas y a absorber una parte excesiva de las fuerzas del partido”.[200] No obstante, este aparato aún parece anónimo y no presenta ningún rostro conocido. El mismo Congreso aprueba las palabras del presidente de la Comisión Central de Control que afirma: ”Ahora, más que nunca, necesitamos una disciplina y ello es necesario porque el enemigo no es tan visible como antes. En cuanto se concede una tregua aparece entre nosotros el deseo de ser liberados del yugo del partido. Empezamos, a pensar que tal momento ha llegado pero no es así”.[201]

Para el que pronuncia estas palabras nunca llegaría tal momento pues pertenece al grupo de hombres del aparato cuya influencia está abocada a crecer incesantemente y que ocupa, ya en 1922, casi todos los puestos decisivos. Sus nombres son aún poco conocidos: por un lado se encuentra la pléyade de secretarios de los burós regionales como Yaroslavsky, secretario general de Siberia en 1921, secretario del partido en 1922 y más tarde miembro de la Comisión Central de Control, Lázaro Kaganóvich, secretario del Turquestán que, en 1922, asciende a responsable de la sección de organización e instrucción del secretariado, Sergio Kirov, secretario del Azerbaiyán y, más tarde, suplente, en 1921, del comité central. Estanislao Kossior, sucesor de Yaroslavsky en Siberia, Mikoyán, secretario del Cáucaso–Norte que ingresa en el comité central en 1922. Ordzhonikidze, secretario de Transcaucasia que se encuentra allí desde 1921, Kuibyshev, secretario del Turquestán, secretario del partido en 1922 y presidente de la Comisión Central de Control en 1923. Sus jefes destacados son Mólotov, secretario responsable del partido en 1921, Solz, presidente en este mismo año de la Comisión Central de Control y, sobre todo, Stalin, miembro del politburó, comisario de la Inspección Obrera y Campesina y miembro influyente del buró de organización.

Todos estos responsables son bolcheviques veteranos pero forman un grupo característico. Les unen numerosos vínculos personales. Kaganóvich, Mólotov y Mikoyán han ejercido en el mismo momento cargos importantes en Nijni–Novgorod, destino en el que han sido sustituidos por un joven apparatchik, Andrés Zhdánov. Ordzhonikidze y Stalin, ambos georgianos, son amigos desde los tiempos de la clandestinidad y Kuibyshev ha intimado con Stalin durante la guerra civil. Stalin, Mólotov y Solz estaban juntos en el comité de redacción de la Pravda antes de la guerra. Todos ellos tienen además en común un mismo estado de ánimo, así como una determinada concepción de la existencia y de la acción que los distinguen de los otros bolcheviques: entre ellos no hay ningún teórico, ningún tribuno, ni siquiera un dirigente de masas de origen obrero; todos ellos son hombres hábiles, eficaces y pacientes, organizadores discretos, personajes de despacho y de aparato, prudentes, rutinarios, trabajadores, obstinados y conscientes de su importancia, gentes de orden en definitiva. Stalin es el que los aglutina y los integra; a su alrededor comienza a constituirse una facción que no proclama su nombre pero que actúa y extiende su influencia.

En 1922 todo está ya preparado para que se inicie el reino de los administradores: lo único que falta es ”the right man in the right place”, Stalin en el cargo de secretario general, desde donde, en lo sucesivo, podrá reunir todos los hilos tejidos durante los años precedentes, encarnando el nuevo poder del aparato. Esto ocurrirá después del XI Congreso. ¿Puede darse crédito a la versión, referida en las memorias de uno de los delegados, según la cual la candidatura de Iván Smirnov contaba con la unanimidad pero Lenin se opuso a su nombramiento por considerarle insustituible en Siberia? ¿Puede creerse la afirmación de que Lenin se tomó veinticuatro horas de reflexión antes de proponer a Stalin? [202] ¿Resulta plausible una intervención en este sentido de Zinóviev que, por aquel entonces, se aproximaba al georgiano, como consecuencia de la hostilidad que ambos sentían hacia Trotsky, viendo en Smirnov un amigo personal de éste? Estas son puras conjeturas. El hecho es que el pequeño recuadro de la Pravda del 4 de abril de 1922 que anuncia el nombramiento de Stalin como secretario general, abría un nuevo período en la historia de los bolcheviques y de todo el pueblo ruso. No obstante, este hecho pasó casi desapercibido: en el XI Congreso sólo Preobrazhensky había preguntado cómo un solo hombre, en un régimen soviético y en el seno de un partido obrero, podía acumular en sus manos funciones y poderes de tal envergadura.

Con la NEP acababa de iniciarse una nueva era de la revolución rusa; en ella se abandonaba para siempre el heroico entusiasmo de los años apocalípticos. En el lento restablecimiento económico, paciente reconstrucción que había de permitir el giro de 1921, sonaban aún unas palabras de Lenin que, ciertamente, cerraban un capítulo: ”Transportados por la ola de entusiasmo, nosotros, los que habíamos despertado el fervor popular – primero político y luego militar –, contábamos con poder realizar directamente, a favor de este entusiasmo, tareas económicas tan grandiosas como las tareas políticas generales o como las empresas militares. Contábamos – o tal vez fuera más exacto decir que opinábamos sin suficiente reflexión – con poder organizar a la manera comunista, mediante las órdenes expresas del Estado proletario, en un país de campesinos pobres, la completa producción y repartición de los productos por el Estado. La vida nos ha mostrado nuestro error No es apoyándonos directamente sobre el entusiasmo, sino mediante el entusiasmo provocado por la gran revolución, jugando con el interés y el beneficio individual, aplicando el principio del rendimiento comercial, como debemos construir, en un país de campesinos pobres, sólidas pasarelas que conduzcan al socialismo pasando por el capitalismo de Estado”.[203]

Algunos años más tarde el afectivo y apasionado Bujarin, definiría, a su vez, los nuevos sentimientos que le había inspirado el giro: ”En el ardor de la autocrítica, las ilusiones del período infantil se destruyen, desvaneciéndose sin dejar huellas; las relaciones reales emergen en toda su sobria desnudez y la política proletaria adquiere el carácter – tal vez menos emocional pero más seguro – de una política que se ciñe de cerca a la realidad y que la modifica también. Desde este punto de vista, el paso a la NEP supone el hundimiento de nuestras ilusiones”.[204]

En estas condiciones, completamente diferentes, se inicia un nuevo período que resulta más gris y rutinario, que contiene menos heroísmo y menos poesía. Los apparatchiki ciertamente surgen en el buen momento. No obstante, ninguno de los que les han visto medrar, chocando con ellos, cree que su victoria sea posible. ¿Acaso podrían quitarle a Lenin unos burócratas la dirección de su partido?

VIII. La crisis de 1923: Debate sobre el Nuevo curso

El día 26 de mayo de 1922, Lenin sufre un ataque. Su convalecencia se extiende a lo largo de todo el verano y hasta el mes de octubre no vuelve a emprender su actividad normal. Por tanto resulta difícil saber lo que aceptó y respaldó durante este período de semirretiro. Sin embargo, el último período de su vida política, desde el final de 1922 hasta los dos primeros meses de 1923, está marcado por su ruptura personal con Stalin y por el inicio de una lucha contra el aparato, que sólo habrá de interrumpir la recaída definitiva. Durante mucho tiempo, los únicos elementos de información de que ha dispuesto el historiador han sido los aportados por el testimonio de Trotsky acerca de algunos detalles que debían confirmarse por alguna alusión en los congresos o por el contenido de alguna declaración. Por supuesto la historiografía estalinista negaba esta versión que fue empero, definitivamente revalidada por las revelaciones de Jruschov al menos en sus rasgos generales.

Lenin y la burocracia

Habría resultado asombroso que un hombre de la envergadura intelectual de Lenin no se hubiese apercibido del peligro de degeneración que para el régimen soviético y el partido entrañaba el aislamiento de una revolución victoriosa en un país atrasado. En el período de marzo–abril de 1918 había escrito: ”El elemento de desorganización pequeño–burguesa (que habrá de manifestarse en mayor o menor medida en toda revolución proletaria y que en nuestra propia revolución debe surgir con gran vigor dado el carácter pequeño–burgués del país, su atraso y las consecuencias de la guerra reaccionaria) también debe marcar a los soviets con su huella (...). Existe una tendencia pequeño–burguesa que se propone convertir a los miembros de los soviets en “parlamentarios”, es decir, en burócratas. Hay que combatir dicha tendencia haciendo participar a todos los miembros de los soviets en la dirección de los asuntos”.[205] Consciente de que el principal obstáculo para la aplicación de este remedio estribaba en la incultura de las masas, desde el día siguiente a la toma del poder había redactado el decreto de reorganización de las bibliotecas públicas en el que se preveían los intercambios de libros, su circulación gratuita y la apertura diaria de salas de lectura que deberían permanecer abiertas, incluso los sábados y domingos, hasta las once de la noche. Sin embargo, los efectos de tales medidas no podían ser inmediatos. En 1919, ante el VIII Congreso, afirmaba: ”Sabemos perfectamente lo que significa la incultura en Rusia, lo que supone para el poder soviético que, en principio, ha creado una democracia proletaria infinitamente superior a las demás democracias conocidas (...), sabemos que esta incultura envilece el poder de los soviets y facilita el resurgimiento de la burocracia. Si se cree en las palabras, el Estado Soviético está al alcance de todos los trabajadores; en realidad – ninguno de nosotros lo ignora – no se halla al alcance de todos ellos y falta mucho para que así sea”.[206]

Sus discursos de 1920, 1921 y 1922 están llenos de referencias a la burocracia del aparato estatal y a la herencia del zarismo. Pero el reflujo de las masas y el aletargamiento o asfixia de los soviets no permiten utilizar los remedios propuestos en un principio. Lenin parece haber profundizado en el problema, comprendiendo que la creciente confusión entre el partido y el Estado constituiría el origen de muchos males. Así lo declara sin rodeos en el XI Congreso: ”Se han establecido relaciones erróneas entre el partido y las organizaciones soviéticas: en cuanto a ello estamos todos de acuerdo (... ). Formalmente resulta muy difícil poner remedio a esto pues nos gobierna un partido único En muchos aspectos la culpa también ha sido mía”.[207]

¿Llevó su análisis más lejos, considerando el posible final, del sistema de partido único? También esto parece probable pues una de sus notas manuscritas, destinada a un articulo que redactó durante la celebración del Congreso, menciona en distintas ocasiones la ”legalización” de los mencheviques. No obstante, sigue estando convencido de la necesidad de obrar con prudencia para no comprometer unos resultados frágiles aún, con plena conciencia de la inmensidad de las dificultades. En un informe dirigido al comité central, después de hacer hincapié en la mala calidad del aparato estatal, añade: ”La primera máquina de vapor era inutilizable ¡No importa! (...) Ahora tenemos la locomotora. Nuestro aparato estatal es francamente malo. ¡No importa! Ha sido creado, es un inmenso hallazgo histórico; un Estado de carácter proletario ha sido creado.” Su conclusión es fiel reflejo de su conciencia de los limites que existen para una acción que intente mejorar la situación. ”Toda la cuestión consiste en separar firme, clara y saludablemente lo que constituye un mérito histórico mundial de la revolución rusa, de nuestro intento, desastroso tal vez, de construir aquello que nunca ha sido creado y que en numerosas ocasiones, deberá volverse a empezar”.[208] Las siguientes líneas, referentes a las huelgas de principios de 1922, reflejan, tal vez en mayor medida aún, el carácter pragmático de su pensamiento en lo referente a estos problemas fundamentales: ”En un Estado proletario de tipo transitorio como el nuestro, el objetivo final de cualquier acción de la clase obrera no puede ser sino el fortalecimiento del Estado proletario que ha de llevar a cabo el propio proletariado mediante la lucha contra las deformaciones burocráticas de dicho Estado”. El partido, los soviets y los sindicatos no deben pues disimular que ”el recurso a la lucha huelguística en un Estado en que el poder político pertenece en exclusiva al proletariado, puede explicarse y justificarse únicamente por cierto número de deformaciones burocráticas del Estado proletario así como por toda una serie de supervivencias capitalistas en sus instituciones por una parte, y por la falta de desarrollo político y el retraso cultural de las masas trabajadoras por otra”.[209]

De hecho Lenin entiende que debe consagrar todos sus esfuerzos, con preferencia a cualquier otra finalidad, a la salvaguarda y perfeccionamiento de la herramienta que, en su opinión, resulta absolutamente esencial: el partido. Incluso un historiador tan hostil a Lenin como Schapiro advierte que ”parece como si Lenin hubiese conservado la creencia de que se podía elevar el nivel de sus miembros y poner un freno a la expansión del arribismo y de la burocracia, desarrollando las aptitudes del proletariado y su confianza en sí mismo”.[210]

A este respecto, las medidas de 1922, al fijar la duración del período de prueba previo al ingreso en el partido, en seis meses para los obreros y soldados del Ejército Rojo de origen obrero y campesino, en doce meses para los campesinos y en dos años para los restantes estratos sociales, parecen haber sido, en opinión de Lenin, completamente insuficientes puesto que su propuesta exigía seis meses únicamente para aquellos obreros que hubiesen trabajado al menos diez meses en la industria pesada, dieciocho meses para los otros Obreros, dos años para los ex combatientes y tres años para las restantes categorías sociales. Su gran preocupación por preservar el capital constituido por la ”vieja guardia” bolchevique, nos permite suponer que las condiciones mínimas que se exigían para el ejercicio de responsabilidades dentro del partido – un año para ser secretario de célula y tres años para convertirse en secretario de distrito, pertenecer al partido con anterioridad a la revolución de octubre para ser secretario regional – han contado al menos con su plena aprobación. En cualquier caso, sus últimos escritos demuestran que en 1923 había permanecido fiel a los principios que había mantenido durante la construcción del partido, basados en el desarrollo de la conciencia obrera; asimismo, aconseja apartar de las tareas de dirección a ”los obreros que han desempeñado desde hace tiempo trabajos soviéticos” porque ”tienen una determinada tradición y una determinada mentalidad contra las que sería conveniente luchar”; también recomienda apoyarse en ”los mejores elementos de nuestro régimen social, es decir, sobre todo en los obreros avanzados y, en segundo término, en los elementos verdaderamente instruidos de los que se puede asegurar que nunca creerán en algo que se base en meras promesas y que nunca pronunciarán ni una sola palabra contraria a su conciencia”.[211]

Estos artículos y discursos dedicados al tema de la burocracia y del aparato son aprobados por todos, incluidos los burócratas. No obstante, en la Pravda del 3 de enero de 1923, Sosnovsky describe cómo aquellos mismos que los ovacionan, no cambian por ello ni un ápice de su práctica: ”Lenin ha subrayado en numerosas ocasiones en qué forma, nos sojuzga el aparato integrado por los funcionarios de las oficinas cuándo deberíamos ser nosotros los que deberíamos someterle a él. Y he aquí que todos aplauden a Lenin, los comisarios, los jefes y los responsables también aplauden de todo corazón pues están completamente de acuerdo con Lenin. Pero coged a uno de ellos por los botones de la chaqueta y preguntadle: '¿Acaso el aparato de tu oficina también se ha adueñado de su jefe? Adoptará sin duda un ademán de persona ofendida: No es lo mismo. Todo eso es absolutamente cierto pero solamente para el prójimo, para el vecino. Yo controlo perfectamente mi aparato.'”

Lenin ante el auge del aparato

Desde su vuelta a la actividad política, después de su primer ataque, Lenin concentra su atención en el problema de la creciente influencia de la burocracia, fenómeno que le ha sorprendido durante su progresiva toma de contacto. Al tiempo que se lamenta de las ”mentiras y fanfarronadas comunistas” que ”le dan asco”, busca entre sus compañeros de lucha, al aliado y confidente que necesita para emprender cualquier tipo de ofensiva. Según Trotsky es a él a quien propone, en el mes de noviembre, la creación de ”un bloque contra la burocracia en general y contra el buró de organización en particular”.[212] El día 14 de diciembre sufre un segundo ataque que le deja semiparalizado. El día 15 dicta la nota que será como su ”testamento”: el texto, publicado en 1925 gracias a los buenos oficios de Max Eastman, será denunciado durante largo tiempo como falso por los dirigentes rusos antes de que su autenticidad sea sensacionalmente confirmada en 1956 por Jruschov.

En él, Lenin comenta las cualidades y defectos de los principales dirigentes bolcheviques, prevé la posibilidad de un conflicto entre Stalin y Trotsky y recomienda que se intente evitarlo sin sugerir empero solución alguna.

Durante los días siguientes va a sufrir un verdadero shock al conocer los acontecimientos que se han producido en Georgia. En 1921 el Ejército Rojo entró en Georgia para sostener una ”insurrección” bolchevique. La resistencia a la dominación rusa siempre había sido intensa en dicha región, y en esta ocasión se traduce en un fuerte sentimiento nacionalista entre los comunistas georgianos. Durante el verano de 1922 –, estos se alzan contra el proyecto de Stalin, comisario para las Nacionalidades, que se propone constituir una República Federal que comprenda Georgia, Armenia y Azerbaiyán, destinada a adherirse a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con el mismo titulo que la RSFSR, Bielorusia y Ucrania. El día 15 de septiembre, el comité central del partido comunista georgiano toma postura contra el proyecto sostenido por Ordzhonikidze, secretario del buró regional de Transcaucasia. La protesta que Budu Mdivani, dirigente del partido comunista georgiano, eleva ante Lenin suscita un primer choque entre Stalin y Lenin, acusando éste a aquel de haberse mostrado ”demasiado apresurado”.

A mediados de octubre, sin embargo, cuando el comité central del partido ruso aprueba el plan de Stalin, los comunistas georgianos, haciendo caso omiso del llamamiento a la disciplina que les ha dirigido Lenin, se niegan a someterse. Ordzhónikidze, instalado en Tiflis, emprende entonces la tarea de romper su resistencia con los métodos característicos del aparato, obligando al comité central georgiano a dimitir. La operación, inspirada posiblemente por Stalin, de quien Ordzhonikidze es una mera prolongación, se lleva a cabo sin mayores problemas por el recurso a la represión policíaca y a la violencia. Los llamamientos de los comunistas georgianos suscitan la constitución de una comisión de investigación presidida por Dzherzhinsky que dará el visto bueno a la acción desencadenada por Ordzhonikidze. Desplazados por el buró de organización y separados de su partido, los dirigentes georgianos consiguen no obstante tomar contacto con Lenin y presentarle un abrumador informe de la actividad desplegada contra ellos en Georgia por Stalin y Ordzhonikidze.

Lenin descubre entonces súbitamente la verdadera importancia de los daños y se lo reprocha a sí mismo en unos términos nada habituales en él: ”Creo que soy enormemente culpable ante los trabajadores de Rusia, por no haber intervenido lo bastante radicalmente, lo bastante vigorosamente en este asunto”. Las ”fuerzas poderosas que desvían al Estado soviético de su camino deben ser denunciadas: surgen de un aparato que nos es completamente extraño y que representa una mescolanza de supervivencias burguesas y zaristas” al que ”sólo recubre un cierto barniz soviético” y que hunde de nuevo al país en un ”lodazal de opresión”. Contra Stalin, al que se refiere de forma inequívoca en la discusión de la cuestión georgiana, emplea palabras muy duras: ”El georgiano que contempla con desdén este aspecto del asunto, que profiere despreciativas acusaciones de ”social–nacionalismo” (cuando él mismo no sólo es un verdadero y auténtico ”social–nacionalista” sino, por añadidura, un brutal polizonte gran–ruso), ese georgiano, en realidad lo que hace es atacar a la solidaridad de clase proletaria”.[213]

Estas líneas son dictadas el día 30 de diciembre. El 4 de enero, añade a su testamento la posdata acerca de Stalin, en la que denuncia su brutalidad, recomendando su alejamiento del secretariado. Más adelante saca este debate a la luz pública tratando, en un artículo aparecido en la Pravda del 23 de enero, las ”deficiencias de la Inspección Obrera y Campesina”, el departamento de Stalin, al que ya había reprochado, en una carta escrita en septiembre de 1921, su política de intentar ”coger” o ”desenmascarar” a las personas en lugar de ”mejorarlas”. El día 6 de febrero aparecerá un nuevo artículo sobre la cuestión – el último artículo de Lenin – que lleva por título: ”Más vale menos pero mejor”. En él descarga un alud de críticas sobre Stalin al que sigue sin nombrar: ”Cuando interviene el aparato de Estado las cosas se vuelven repugnantes”, ”no hay peor institución que la Inspección”. Hay que acabar con ”la burocracia, no sólo en las instituciones soviéticas, sino también en las pertenecientes al partido”. Para todos los lectores informados de la Pravda, esto supone una verdadera bomba: Lenin denuncia públicamente a Stalin. Trotsky es el único que ha suministrado un relato de las muy lógicas vacilaciones del Politburó a la hora de publicar este articulo. Al parecer Kuíbyshev llegó incluso a proponer que no se imprimiese más que un solo ejemplar con el fin de engañar al enfermo.[214] Pero, para ello, no cuenta con la complicidad de sus próximos, y el artículo sale a la luz. Entretanto, Lenin prosigue sus ataques: el relato de Jruschov ha confirmado y precisado el relato, que dos años más tarde había de referir Kámenev a Trotsky, del incidente ocurrido entre Stalin y Krupskaya que obliga a Lenin a enviar, en la noche del 5 al 6 de marzo, una carta de ruptura a Stalin. El día 9 sufre un tercer ataque que le priva por completo del uso de la palabra. El partido bolchevique se ve así privado de su cabeza en el momento en que más iba a necesitarla: el país está quebrantado por una grave crisis económica, Alemania está a punto de presenciar el estallido de su tan esperada revolución. Lenin agoniza.

La crisis económica: las tijeras

Los primeros resultados de la NEP han sido positivos. El organismo económico ha vuelto a ponerse en marcha. La agricultura, liberada de la esclavitud de las requisas, se desarrolla. Si bien el campesino pobre vive mal, el kulak dispone ahora de importantes excedentes, alcanzando la cosecha de trigo de 1922 las tres cuartas partes de la obtenida antes de la guerra. Las ciudades vuelven a la vida. Petrogrado, cuya población había disminuido hasta alcanzar 740.000 habitantes en 1920, llega a los 860.000 habitantes en 1923 y, muy pronto al millón. También la industria se recupera: las naves industriales abandonadas cuyos cristales estaban rotos, cuya maquinaria había sido robada pieza por pieza y cuyas chimeneas permanecían apagadas, recobran vida. En 1922, la producción sólo representa la cuarta parte de la de antes de la guerra pero aumenta en un 46 por 100 respecto al año anterior. Este resurgir supone un gran estímulo, una prueba de la vitalidad y del dinamismo del sistema en opinión de muchos rusos; al presentarse después de los años negros, para muchos representa una conquista de incalculable valor, la aurora de una nueva era. No obstante, el cuadro no carece de sombras.

Los progresos de la industria estatal son mucho menos notorios que los del pequeño artesano y la industria privada. Los avances de la industria pesada son lentos si se comparan con los de la industria ligera. El alza de precios en esta última rama parece tender a privar al consumidor campesino de una parte sustancial de su beneficio. Además, y por encima de los otros efectos, este crecimiento tiene importantes consecuencias sociales. En primer lugar la NEP ocasiona una nueva depresión relativa del nivel de vida del proletariado industrial que inicialmente se ha beneficiado de ella como consumidor. Por otra parte, los cuadros técnicos de la pujante industria, administradores e ingenieros, reclutados entre los especialistas de extracción burguesa y preocupados tan sólo por el rendimiento y la productividad, cobran una importancia que inquieta a los sindicatos. A partir del otoño de 1922, la subida de los precios industriales suscita la extensión del paro; los 500.000 parados de entonces aumentan hasta alcanzar la cifra de 1.250.000 en el verano de 1923. La libertad económica provoca una creciente diferenciación de los salarios que son más elevados en la industria de bienes de consumo que en el sector estatal. Los ”industriales rojos” padecen la presión del partido que se opera en el sentido de disminuir sus gastos generales y aumentar la productividad, siendo sus primeros efectos concretos precisamente la extensión del paro y el estancamiento de los salarios.

En la primavera y el verano de 1923 la crisis se agrava continuamente. Trotsky, en la presentación de un diagrama al XII Congreso, la denominará ”crisis de las tijeras” pues, en efecto, las curvas representativas de los precios industriales y agrícolas, tras su intersección en el otoño de 1922, no dejan de separarse. Hacia el final del verano de 1923, los precios industriales alcanzan cotas de hasta el 180 por 100 y el 190 por 100 del nivel de anteguerra mientras que los precios agrícolas se estabilizan en torno a un 50 por 100. El incremento de la productividad, único medio para disminuir los precios industriales, implica la concentración de empresas y el aumento del paro: en el esquema de la NEP, los intereses a largo plazo de la economía infligen a los obreros nuevos padecimientos. El problema que se plantea es el de saber si debe ser mantenida íntegramente – lo que supone la postergación del restablecimiento de la industria pesada, la acción sobre los precios para presionarlos a la baja y la prosecución de la política de conciliación con los campesinos mediante el desarrollo de la exportación y de las exenciones fiscales – o bien si, por el contrario, debe ser conseguida mediante una ayuda a la industria. En el Politburó, la mayoría opta por la primera solución, la del statu quo, en tanto Trotsky se pronuncia a favor del inicio de una planificación que ante todo atienda al desarrollo de la industria pesada. Esta discordancia que se hallaba en estado latente desde el mes de marzo en el XII Congreso, no verá la luz pública hasta el otoño de 1923.

El fracaso de la revolución alemana

El año 1923 presencia en Alemania la aparición de una situación revolucionaria sin precedentes en un país avanzado. La crisis se debe a las ”reparaciones” que Alemania debe a los Aliados, la ocupación del Ruhr por las tropas francesas y la política de las altas esferas del capitalismo alemán, que provocan una catastrófica inflación. El marco se hunde: la libra esterlina se cotiza a 50.000 marcos en enero, a 250.000 en febrero, a 500.000 en junio y a más de 5 millones en agosto. Todo el edificio social se conmueve hasta sus últimos cimientos: los perceptores de rentas fijas se arruinan irremisiblemente, la pequeña burguesía se hunde en la miseria, los obreros, que pueden defenderse mejor, ven no obstante, como desciende ininterrumpidamente su nivel de vida.

Esta catástrofe económica origina una importante marea política. El poder financiero del partido social-demócrata y de los sindicatos se desvanece con la inflación. Su influencia, basada en la ”aristocracia” que integran los obreros mejor pagados, se volatiliza. El Estado se derrumba: ya no tiene con qué pagar a sus funcionarios, ni siquiera a sus fuerzas represivas. En el ínterin, los poseedores de capitales invertidos en maquinaria o en divisas extranjeras perciben unos beneficios fabulosos, los campesinos almacenan sus productos y las ciudades están hambrientas. En la, calle proliferan los motines, las peleas y las manifestaciones como expresión del odio general hacia los imperialistas extranjeros y hacia los capitalistas que se benefician de la crisis. Las altas finanzas y el ejército subvencionan a los grupos de extrema derecha cuyo programa e ideología son, aparentemente, anticapitalistas, entre ellos al partido nazi de Adolf Hitler. La revolución se yergue amenazante, con mayor intensidad aún que la de 1918-19.

La situación, empero, ha sufrido un cambio radical. Los pequeños grupos de oposición de 1918-19, divididos y sin cohesión, han dado paso a un poderoso partido comunista que, a principios del año, cuenta con más de 200.000 miembros localizados en los centros obreros y cuya influencia se traduce por un número de electores veinte veces superior al de sus militantes. Cuenta también con un sólido aparato y con el apoyo técnico y financiero de la Internacional Comunista. A partir de la crisis de 1921, ha adoptado una nueva línea en el sentido de la ”conquista de las masas”. A partir del inicio de la crisis, sus progresos son fulgurantes: en el sindicato metalúrgico de Berlín, los candidatos comunistas recibirán el doble de votos que los social-demócratas, frente a la décima parte conseguida el año anterior. No obstante, la dirección, profundamente dividida, vacila.

En primavera, la mayoría del partido adopta una línea prudente, inspirada por Rádek, cuyo mayor interés es romper el bloqueo diplomático de la U. R. S. S. y cuya fe en la victoria revolucionaria es bastante débil: los comunistas tienden la mano a los nazis para llevar a cabo un frente anti–imperialista. La izquierda del partido, de gran influencia en el Ruhr, presiona en favor de la acción revolucionaria mientras la dirección se muestra contemporizadora.

El día 10 de julio la huelga de los impresores del Banco Nacional desencadena una huelga general espontánea que barre al gobierno Cuno. La burguesía alemana Se vuelve hacia los Aliados en petición de ayuda.

La Komintern y los dirigentes bolcheviques empiezan a interesarse por la situación alemana. Se convoca a la dirección del partido comunista alemán en Moscú. Durante todo el verano se llevan a cabo preparativos febriles de la ”toma del poder” cuya posibilidad real ha terminado por aceptar el secretario Brandler. Los alemanes solicitan la presencia de Trotsky para dirigir la insurrección, pero Zinóviev se opone a ello. Piatakov y Rádek salen para Alemania con todo un equipo de técnicos. Se organizan destacamentos de ”guardias rojos” a los que se conoce como ”centurias proletarias”, comienza el acopio de armas. Los responsables cuentan con que los comités de fábrica y los comités de acción de parados y mujeres desempeñen el papel de soviets. En Sajonia y Turingia, los comunistas entran a formar parte de gobiernos encabezados por socialdemócratas de izquierda con el fin de transformar aquellos laender en bastiones de la revolución: Brandler pasa así a convertirse en ministro del gobierno sajón del doctor Zeigner. Entre tanto, y por temor a acciones prematuras, los militantes frenan la impaciencia de las masas alemanas, suspendiendo todo tipo de acción que no sea la mera conspiración. Este plan minucioso fracasa: al no haberse podido convencer a los comités de fábrica en la conferencia celebrada en Chemnitz, la dirección renuncia a la insurrección el día 21 de octubre. El momento idóneo ya ha pasado. Como ha de escribir Trotsky, ”las esperanzas de las masas se convierten en desilusión como resultado de la pasividad del partido, en el momento preciso en que el enemigo supera su pánico y se aprovecha de tal desilusión”.[215]

La Reichswehr restablece el orden en Sajonia y aplasta la insurrección de Hamburgo. Merced a la ayuda americana, la Alemania capitalista va a recobrarse: toda posibilidad de éxito revolucionario próximo se desvanece definitivamente. La dirección rusa y, sobre todo Zinóviev, son altamente responsables de esta derrota, pues Brandler no ha dado ni un paso sin consultar previamente con ella. No obstante, la dirección de la Internacional descarga la responsabilidad sobre él, denunciándole y apoyando su eliminación de la dirección del partido comunista alemán. Ni Stalin que recomendaba ”frenar a los alemanes” en lugar de ”impulsarlos”,[216] ni Zinóviev, presidente de la Komintern, aceptan asumir la responsabilidad de sus errores.

Las consecuencias de estos acontecimientos sobre la evolución política en Rusia son extraordinariamente dramáticas: durante el verano de 1923, el partido se estremece con un gran fervor internacionalista y revolucionario. La victoria del Octubre alemán es festejada de antemano en múltiples pancartas, carteles y artículos. La joven generación saborea el entusiasmo revolucionario y se apasiona por él.[217] El partido parece renacer con el empuje de las jóvenes fuerzas que así se movilizan, y la conmoción resultante habrá de traducirse en el fervor con que se llevarán a cabo las discusiones del invierno siguiente. Por otra parte, la derrota sin lucha de los comunistas alemanes condena – y esta vez por mucho tiempo – a la revolución rusa al aislamiento. La desilusión que se produce, tras de la presentación de la victoria revolucionaria como cierta e inmediata por parte de los dirigentes rusos, supondrá en lo sucesivo un grave lastre para la moral, la confianza y la actividad de los militantes. Este sentimiento general va a constituir un factor determinante en el conflicto cuya explosión a la vista de todos habla sido demorada por la anhelante espera de los acontecimientos.

La maduración de la crisis

La postración de Lenin ha aplazado un enfrentamiento entre él y Stalin, encarnación del aparato, que en abril parecía inevitable. Trotsky que, el día 6 de marzo, ha recibido de manos de Fotieva, la secretaria de Lenin, la carta acerca de la cuestión nacional que éste último había dictado los días 30 y 31 de diciembre de 1922, no ha iniciado la lucha que pensaba entablar junto con Lenin. A Kámenev le dice en marzo que se opone a iniciar en el Congreso cualquier tipo de lucha cuyo objeto sea promover cambios en la organización. Está a favor del mantenimiento del statu quo, contra la sustitución de Stalin, contra la expulsión de Ordzhonikidze y, en general., contra cualquier tipo de sanción, Espera que Stalin se excuse, que cambie de actitud como manifestación de su buena voluntad, que abandone sus intrigas y que inicie una ”honrada cooperación”.[218]

Se puede especular indefinidamente sobre esta sorprendente actitud que supone a la vez un retroceso y un abandono del bloque acordado con Lenin. ¿Se trata tal vez de un cierto temor a aparecer descaradamente como delfín? ¿Es acaso un deseo de contar con todas las bazas con vistas a un próximo restablecimiento de Lenin? ¿De un prurito, de no enconar aún más unas relaciones que, desde hace cierto tiempo, resultan bastante poco cordiales con algunos viejos–bolcheviques que le consideran como un intruso, envidian su popularidad y su prestigio y temen tanto su poder como jefe del Ejército Rojo como los sarcasmos de su talante cáustico? ¿Complejo de inferioridad, vacilación propia de su carácter? Sin duda nunca conoceremos la respuesta ya que, desde luego, las explicaciones que ofrece en su autobiografía no resultan nada convincentes. Sólo hay un hecho cierto: la retirada no le servirá de nada pues parece haber subestimado a su adversario.

Stalin, que acaba de salir de una situación embarazosa gracias a la abstención de Trotsky sobre el asunto georgiano durante el XII Congreso, volverá a restaurar el equilibrio sometiendo al partido a una presión que probablemente sólo podría haber aliviado Trotsky durante la primavera de 1923. Efectivamente, en esta fecha, Bujarin parece haber dado pruebas de una honda preocupación por los riesgos de degeneración interna de la revolución victoriosa. En un discurso que pronuncia en Petrogrado, sobre el tema ”Revolución proletaria y cultura”, subraya que la incultura del proletariado (considerablemente inferior en este campo a la burguesía, mientras que ésta, durante su propia revolución, era infinitamente superior a las clases feudales a las que derrotaba), hace que los fallos de la revolución proletaria sean inevitables y superiores en importancia a los de la anterior revolución burguesa. Por ello, la degeneración, a su vez, constituye un peligro muy real. En primer lugar, puede originarse en la inevitable utilización de los elementos, políticamente hostiles pero técnicamente capacitados, que ocupan puestos de responsabilidad, su acción amenaza con ”llenar poco a poco las formas soviéticas con un contenido burgués y liquidacionista fatal para la revolución”. Por otra parte, la composición proletaria del aparato no parece constituir una garantía suficiente contra tal evolución: ”Ni siquiera un origen proletario, ni las manos mas callosas, ni otras cualidades tan significativas como éstas, constituyen una garantía suficiente contra la transformación de los elementos proletarios privilegiados en una nueva clase”.[219] Sin embargo, de estas reflexiones comunes a los dos dirigentes no va a surgir una alianza Trotsky–Bujarin.

Las diferencias han cristalizado en el Politburó en lo referente a la discusión de la política inmediata, durante la discusión de la crisis de las tijeras. Stalin, Zinóviev y Kamenev.se manifiestan a favor del statu quo, oponiéndose a los proyectos de industrialización y planificación que propone Trotsky. Esta alianza, a la que pronto empezará a llamarse la troika, va a sellarse en torno a la defensa del aparato que ha sido atacado vehementemente en el congreso por varios delegados y a la común hostilidad hacia Trotsky, que no conseguirá desarmarles dada su negativa a poner en cuestión una situación que muchos de sus amigos consideran intolerable.

Preobrazhensky denuncia la no aplicación de las principales resoluciones del X Congreso, inclusive de aquella que se refiere a la democracia interna, al agravamiento de las prácticas autoritarias y a la suplantación a todos los niveles, del sistema de elección por el de recomendación. Vladimir Kossior ataca a la ”pandilla” del secretario general, a la metódica persecución (que se realiza mediante el expediente de los cambios de destino) de todos aquellos militantes que se atreven a expresar críticas y a la sistemática opción por la docilidad en lugar de la capacidad, en la elección de responsables. Lutovínov comenta irónicamente la pontifical infalibilidad de que hace gala la dirección, con su ”pretensión de salvar al partido sin contar con sus militantes”. Budu Mdivani y Majaradze, que han sido derrotados en el Congreso Georgiano celebrado en marzo, denuncian el chovinismo gran–ruso del aparato manipulado por Stalin y Ordzhonikidzé. Bujarin califica de chovinista, en lo referente a las nacionalidades, la política de Stalin y subraya el prejuicio manifestado respecto a los georgianos, a los que acusan de desviacionismo todos aquellos delegados cuya única fuente de información está constituida por el aparato. En nombre de la delegación ucraniana, Rakovsky se refiere a una cierta política de ”rusificación” de las minorías y afirma que Stalin, sobre este punto, reinicia la tradición zarista. También invoca la autoridad de Lenin y su carta – que aún no ha sido publicada – sobre la cuestión nacional, para estigmatizar la concepción centralizadora que Stalin ha impuesto en la Constitución de la U.R.S.S.

Por su parte, Trotsky abandona la sala durante la discusión de la cuestión georgiana, guarda silencio durante las denuncias contra el aparato y aporta su apoyo a la troika al afirmar la inquebrantable solidaridad del Politburó y del comité central, respondiendo indirectamente a las críticas con un llamamiento a la disciplina y a la vigilancia que se asemeja considerablemente al llevado a cabo por Zinóviev. Una especie de concepto muy particular de la ”solidaridad ministerial” del Politburó le obliga a patrocinar públicamente una política que él ha combatido, a aceptar su retractación de las propias posturas de Lenin ya que no se opone ni a la reelección de Stalin como secretario general, ni a la elección de Kuíbyshev para la presidencia de la Comisión de Control. Con su renuncia a utilizar las armas de que dispone en una lucha a favor de una política que considera justa, desarma deliberadamente a aquellos que podrían apoyarlo, convirtiéndose de esta forma en un rehén en manos de sus adversarios; por su parte, Bujarin, que en el Congreso se ha alzado contra la troika cuando Trotsky se ha abstenido, está llamado a convertirse en uno de los más eficaces aliados de ésta durante los meses siguientes.

Sin lugar a dudas, Trotsky no tuvo que esperar mucho tiempo para comprender lo vano de su sacrificio. Repuesto en sus funciones, Stalin vuelve a intensificar su influencia sobre el aparato secretarial, afirmando de esta forma su autoridad en un comité central de cuarenta miembros cuya mayoría aplastante apoya a la troika. Con el pretexto de una supuesta conspiración, ordena la detención del líder comunista tártaro Sultán–Galíev, inspirador de un proyecto de federación soviética de las minorías musulmanas, acusándole de ”destruir la confianza de las nacionalidades, otrora oprimidas, en el proletariado revolucionario ”. Durante el verano la situación económica empeora: ya no se paga a los asalariados, estalla una serie de huelgas salvajes, tratando asimismo un pequeño grupo de oposicionistas que se autodenomina Grupo Obrero de intervenir en este movimiento para asumir su dirección. Sin embargo, la GPU cae inmediatamente sobre él, bajo la acusación de haber preparado una manifestación callejera. Miasnikov es detenido en junio y Kuznetsov y veintiocho comunistas más lo son en septiembre. La GPU reprime igualmente al grupo ”Verdad Obrera” encabezado por el viejo Bogdanov. Todos estos militantes son expulsados del partido. La gravedad de la situación es tal que Dzherzhinsky declarará en septiembre ante una subcomisión del comité central: ”El debilitamiento de nuestro partido, la extinción de nuestra vida interior y la sustitución de la elección por el nombramiento se están convirtiendo en un peligro político”.[220]

No obstante, será este mismo hombre, encargado de la represión contra los grupos obreros de oposición, el que provocará la abierta ruptura y la entrada de Trotsky en la lucha, al solicitar al Politburó que se notifique a todos los miembros del partido su obligación de denunciar a la GPU cualquier actividad oposicionista de la que entren en conocimiento. Al parece, esta iniciativa fue la que convenció a Trotsky de la gravedad de la situación. En el mismo momento consigue, amenazando con su dimisión, evitar el ingreso de Stalin en el Comité Revolucionario de la Guerra, pero debe aceptar en contrapartida, el apartamiento de su fiel lugarteniente de la guerra civil Skliansky, llamado el ”Carnot de la revolución rusa”[221] y su sustitución por dos de los hombres de la troika, Voroshílov y Lashévich. De esta forma, tras de haber sufrido los primeros ataques del triunvirato, se decide a entablar un combate que, hasta el momento, sólo había iniciado a regañadientes y entre bastidores.

Conflicto en el comité central

El día 8 de octubre, Trotsky dirige al comité central una carta que le constituirá en jefe de la oposición. Al analizar la moción de Dzherzhinsky, pone de relieve hasta qué punto ésta revela ”un extraordinario deterioro de la situación en el seno del partido después del XII Congreso”. Al tiempo que admite que los argumentos desarrollados a la sazón en favor de la democracia obrera le han parecido un tanto exagerados e incluso demagógicos ”dada la incompatibilidad entre una democracia obrera total y el régimen de la dictadura”, afirma que, a partir del Congreso, ”la burocratización del aparato del partido se ha desarrollado en unas proporciones inauditas merced a la utilización del método de selección que lleva a cabo el secretariado. Se ha creado una amplia capa de militantes que al introducirse en el aparato gubernamental del partido, renuncian por completo a sus propias opiniones dentro de la organización o, al menos, a su manifestación pública, como si la jerarquía burocrática fuera el ente encargado de fabricar la opinión del partido y sus decisiones”. Una de las características de este autoritarismo ”diez veces superior al de los peores momentos de la guerra civil”, es el papel que desempeña en él ”la psicología del secretario cuya principal característica es su convicción de que él puede decidirlo todo”. El descontento de los militantes que ven frustrados sus derechos amenaza con provocar ”una crisis de gravedad extraordinaria en la medida en que pueden confundir “viejos–bolcheviques” con secretariado”. Trotsky concluye con la amenaza de recurrir al partido entero si el comité central se negase a normalizar la situación.[222]

El día 15 de octubre, cuarenta y seis militantes – de los que, al menos algunos, conocían la iniciativa de Trotsky pero cuya acción era completamente independiente de éste último – dirigen al comité central una declaración. Entre ellos se encuentran algunos de los más eminentes bolcheviques y héroes de la guerra civil: Preobrazhensky, Alsky, Serebriakov, Antónov–Ovseienko, Iván N. Smirnov, Vladimir Smirnov, Piatakov, Murálov, Saprónov, Osinsky, Sosnovsky y Vladimir Kossior. A pesar de su carácter secreto, el texto constituye un claro exponente de la profundidad de la crisis interna que conduce a un agrupamiento tan extenso de militantes responsables con vista a una plataforma de lucha por la democracia interna. Las dificultades económicas provienen del empirismo de la dirección del comité central: los éxitos han sido obtenidos ”en ausencia de la dirección” pero, dada la carencia de medidas apropiadas y, fundamentalmente, de una política activa de planificación, se vislumbra una grave crisis económica. Ahora bien, el fracaso de la dirección se manifiesta en la situación del partido, sometido a un régimen de dictadura, que ya no constituye un organismo vivo que actúe por sí mismo. ”Asistimos a una progresiva división, prácticamente pública en la actualidad, del partido, sometido a un régimen dictatorial, entre la jerarquía del secretariado y el ”pueblo apacible”, entre los funcionarios y profesionales del partido nombrados y seleccionados desde arriba, y la masa del partido que no participa en su vida de grupo”. Los congresos y las conferencias se transforman gradualmente en ”asambleas ejecutivas de la jerarquía”. ”El régimen que se ha instaurado en el partido es absolutamente intolerable; acaba con cualquier iniciativa que se de en su seno, la cumbre del aparato cuenta con una serie de funcionarios asalariados que, en períodos de normalidad, funcionan sin duda pero que no pueden enfrentarse con una crisis que amenace con provocar una bancarrota total durante los serios acontecimientos que se avecinan”.[223]

La primera respuesta del Politburó, dirigida a Trotsky, muestra que la dirección se niega a aceptar la discusión en los términos en que éste la plantea. Al recordar la negativa de Trotsky a aceptar la vicepresidencia del consejo, el Politburó le acusa de ser partidario del ”todo o nada”, atribuyendo su actitud oposicionista a una ambición sin límites.

La segunda contestación será dada en la sesión plenaria del comité central y de la Comisión Central de Control del 25 al 27 de octubre. Trotsky, aquejado de la extraña enfermedad que ha de apartarle de todos los conflictos decisivos en esta época, está ausente. Preobrazhensky es el encargado, en nombre de la oposición, de proponer medidas inmediatas: discusión a todos los niveles de los más importantes problemas políticos, total libertad de expresión dentro del partido, discusión en la prensa, retorno a la regla de elección de los responsables, examen de la situación de los militantes ”transferidos” a causa de sus opiniones y de sus críticas. El comité central responde en términos de disciplina, con la acusación de fraccionalismo: ”El gesto del camarada Trotsky, en un momento crucial de la experiencia del partido y de la revolución mundial”, constituye ”un grave error político, sobre todo porque el ataque dirigido por el camarada Trotsky al Politburó, ha tomado el carácter objetivo de un acto fraccional que amenaza con inferir un duro golpe a la unidad del partido y con suscitar una crisis en su seno”. Por añadidura, ”ha servido de señal a un grupo fraccionalista”: la Declaración de los 46 es condenada como un acto de división ”que amenaza con poner al partido en los meses próximos en una situación de lucha interna, debilitándole precisamente en un momento crucial para la revolución internacional”;[224] por ello la declaración no será publicada. No obstante, la situación reviste gravedad suficiente como para que se inicie una discusión en el partido y en su prensa: una vez más ésta ha de servir de válvula de seguridad.

El debate

La controversia va a desarrollarse desde noviembre de 1923 a marzo de 1924. Zinóviev es el encargado de iniciar el debate el día 7 de noviembre en la Pravda. ”Desgraciadamente, escribe, la mayoría de las cuestiones esenciales se arreglan de antemano desde arriba”, esta es la razón de que ”resulte necesario en el partido que esa democracia obrera, de la que tanto hemos hablado, tome más realidad”. Ciertamente la centralización es inevitable pero también sería deseable que se intensificasen las discusiones. No hay nada decisivo ni tampoco un ápice de agresividad en esta forma apacible de abrir la polémica.

Las primeras discusiones giran en torno a las graves críticas que se hacen al funcionamiento del aparato. Bujarin declara: ”Si hiciésemos una encuesta para averiguar cuántas veces los electores se limitan a responder a estas dos fórmulas que se pronuncian desde lo alto de una tribuna: ”¿Quién está a favor?” y ”¿Quién está en contra?”, pronto descubriríamos que, en su mayor parte, las elecciones se han transformado en un puro formalismo; no sólo las votaciones se llevan a cabo sin ninguna discusión previa, sino que, a menudo, sólo se responde en ellas a la pregunta ”¿Quién está en contra?”. Como generalmente suele uno colocarse en una postura embarazosa al pronunciarse ”contra” las autoridades, no resulta difícil prever cual es el resultado habitual. Esta es la forma en que se llevan a cabo las elecciones en todas nuestras organizaciones de base Tales métodos suscitan como es de suponer una gran corriente de descontento. Lo mismo ocurre, aproximadamente con los mismos matices, en todos los grados de la jerarquía del partido”.[225]

La mayoría de las restantes contribuciones publicadas en la tribuna de discusión de la Pravda están en un primer momento muy por debajo de esta posición y se limitan a la crítica, sin generalizaciones, de determinados aspectos o manifestaciones del burocratismo. No obstante, con la intervención de Preobrazhensky del día 28 de noviembre el tono cambia; en su articulo, ataca a aquellos de los ”camaradas, incluso entre los más responsables, que se ríen con sorna de la democracia en el seno del partido según fue definida en el X Congreso”. En su opinión, ”el partido que, en el X Congreso, decidió sustituir los métodos militares por los métodos democráticos, ha iniciado de hecho un camino diametralmente opuesto (...), lo que tal vez resultaba inevitable en la primera fase de la NEP (...), la aplicación de la resolución del X Congreso no sólo es posible sino indispensable. Este paso a la democracia no se ha efectuado a su debido tiempo. El automatismo de la rutina, adquirida al parecer de forma irrevocable, domina por completo la vida del partido: ha sido legitimado” invocando los recuerdos del partido en la época en que Lenin lo dirigía, afirma: ”Resulta característico que, en la época en que estábamos rodeados de frentes, la vida del partido revelase mucha más vitalidad y la independencia de las organizaciones fuera mucho mayor. En el momento en que han aparecido no sólo las condiciones objetivas para la reanimación de la vida del partido y su adaptación a las nuevas tareas sino que, por añadidura, existe una verdadera necesidad para él de obrar de esta forma, resulta que no sólo no hemos avanzado ni un paso respecto al período del comunismo de guerra sino que, por el contrario, hemos intensificado el burocratismo, la petrificación y el número de cuestiones que se deciden a priori desde arriba; hemos acentuado la división del partido que se había iniciado durante el período de guerra, entre aquellos que toman las decisiones y cargan con la responsabilidad y las masas que aplican estas decisiones del partido en cuya elaboración no han tomado parte”.

Esta intervención nos permite situar mejor los límites de la discusión. El día 1 de diciembre, Zinóviev, al referirse a la privación del derecho de voto para aquellos militantes que se hallen en el período de prueba de dos años, declara: ”Desde el punto de vista de la democracia obrera en abstracto, es esta una parodia de democracia. Más, desde el punto de vista de los intereses fundamentales de la revolución, desde el punto de vista del mayor bien de la revolución,, a nuestro parecer resultaba indispensable reservar el derecho de voto sólo a aquellos que puedan ser los genuinos guardianes del partido (...). El bien de la revolución es la ley suprema. Todo revolucionario dice: ¡Al diablo con los principios de la democracia “pura””! El día 2 de diciembre Stalin, a su vez, precisa: ”Es necesario poner límites a la discusión, impedir que el partido, que constituye una unidad combatiente del proletariado, se convierta en un club de discusiones.”

Al mismo tiempo que se desarrolla esta discusión, el Politburó se esfuerza en encontrar un terreno de entendimiento con Trotsky con vistas a una toma de postura unánime de la dirección. El día 5 de diciembre, adopta una resolución que es el fruto de unas discusiones celebradas en régimen de subcomisión entre Stalin, Kámenev y Trotsky y que parece anunciar un nuevo curso. En ella se reconoce que las contradicciones objetivas de la fase de transición se manifiestan en un cierto número de tendencias negativas que es preciso combatir. Así ”las profundas diferencias en la situación material de los miembros del partido en relación con sus diferentes funciones y los fenómenos que reciben la calificación de “excesos”, como el auge de las relaciones con los elementos burgueses y su influencia ideológica, la estrechez de miras que debe distinguirse de la necesaria especialización y la aparición, por ende, del debilitamiento de los vínculos entre los comunistas de los diferentes sectores laborales; un cierto peligro de perder de vista la perspectiva de la construcción socialista en su conjunto y la de la revolución mundial (...); la burocratización de los aparatos del partido y el desarrollo de una amenaza de divorcio entre el partido y las masas”. ”El partido, afirma la resolución, debe emprender una seria modificación de su política en el sentido de una aplicación metódica y estricta de la democracia obrera”, lo que ”implica para todos los camaradas la libertad de examinar y discutir públicamente los principales problemas del partido, así como, la elección de los funcionarios y órganos colegiados desde abajo”. En el capítulo de medidas prácticas recomienda ”la aplicación integral de la elección a los funcionarios y, en particular, a los secretarios de célula”, la decisión ”de someter – a menos que lo impidan circunstancias excepcionales – todas las decisiones esenciales de la política del partido al examen de las células”, un esfuerzo para formar cuadros, la obligación, extensiva a todos los organismos, de informar detalladamente y, por último, el reclutamiento de ”un flujo de nuevos obreros de la industria”.[226]

Tal vez con menos precisión, estos principios recogen los enunciados en la resolución del X Congreso, no obstante, a las medidas recomendadas van aparejadas numerosas restricciones: resulta evidente que la resolución no es mas que una concesión a un descontento demasiado evidente. El recordatorio de la prohibición de las facciones que sobrevino tras el rechazo por el comité central de las propuestas de Preobrazhensky y la condena de la Declaración de los 46, considerada como fraccionalista, constituye un fiel exponente de las intenciones de los autores.

No obstante, Trotsky vota a favor de esta ambigua resolución que no aporta más que una cobertura a la dirección. Más tarde habrá de justificar su voto afirmando que, desde su punto de vista, el texto ”desplaza el centro de gravedad hacia la faceta de la actividad, de la independencia crítica y de la auto–administración del partido”.[227] En realidad, él sabe perfectamente que su interpretación y que la aplicación que desearía dar a la resolución difieren profundamente de la concepción que de ella tiene la troika: el día 2 de diciembre, ante los comunistas de Krássnaya Pressnia, Stalin ha reconocido la existencia de un cierto malestar cuyo origen se encuentra, en su opinión, en las ”supervivencias del comunismo de guerra”, bajo la forma de ”secuelas militaristas en la mente de los trabajadores”.[228]

En una carta dirigida a la organización del partido de Krássnaya Pressnia, publicada el día 10 de diciembre, Trotsky ofrece su propia interpretación de la resolución del 5 de diciembre. Al tiempo que recuerda que el peligro de burocratización emana del aparato ”constituido inevitablemente por los camaradas más expertos y más meritorios”, expresa sus temores de que la ”vieja guardia” pueda ”inmovilizarse, convirtiéndose insensiblemente en la más acabada manifestación de burocratismo”. Recordando el precedente, constituido por la degeneración de los dirigentes de la II Internacional, a pesar de ser estos ”discípulos directos de Marx y de Engels”, afirma que este peligro existe para la vieja generación de bolcheviques rusos. ”Es la juventud la que más vigorosamente reacciona contra el burocratismo” y, en su nombre, exige confianza y un cambio de métodos. ”Nuestra juventud no debe limitarse a repetir nuestras fórmulas. Debe conquistarlas, asimilarlas, formarse su propia opinión, su propia fisonomía, y, asimismo, ser capaz de luchar por sus objetivos con el valor que confiere una profunda convicción y una gran independencia de criterio. ¡Fuera del partido la pasiva obediencia que obliga a seguir mecánicamente el paso que marcan los jefes! ¡Fuera del partido la impersonalidad, el servilismo y el carrerismo! El bolchevique no sólo es un hombre disciplinado sino también un hombre que, en cada caso y sobre cualquier cuestión, se forma una opinión sólida y la defiende valerosamente, no solamente frente a sus enemigos sino en el propio seno de su partido”.

La carta de Trotsky contiene una franca llamada a la lucha: ”Antes de la publicación de la decisión del comité central acerca del “nuevo curso”, el mero hecho de apuntar la necesidad de una modificación del régimen interior del partido era considerado por los funcionarios instalados en el aparato como una herejía, una manifestación del espíritu escisionista y una lesión a la disciplina; en la actualidad, los burócratas están dispuestos formalmente a levantar acta del “nuevo curso”, es decir, prácticamente a enterrarlo (...). Ante todo, es preciso apartar de los cargos dirigentes a aquellos que desde la primera expresión de protesta o de objeción, blanden contra los críticos el rayo de las sanciones. El “nuevo curso” debe tener como primer resultado el de convencer a todos de que, en lo sucesivo, nadie se atreverá a someter al terror al partido”.[229]

Esta vez el conflicto se plantea entre el aparato por una parte y Trotsky y los 46 por otra. No obstante, la situación es compleja, ya que la oposición, en su enfrentamiento con el aparato, se apoya en los argumentos de Trotsky, alegando que la resolución del día 5 de diciembre que ha votado de acuerdo con la troika sólo es una maniobra de diversión. Preobrazhensky y sus camaradas elaboran una resolución en la que proponen la elección de responsables a todos los niveles, una nueva formulación de la prohibición de las facciones que permita una auténtica democracia interna y el restablecimiento de la antigua regla según la cual es la célula la que, en primer lugar, debe pronunciarse en lo referente a las sanciones disciplinarias.

La asamblea de los militantes de Moscú tiene lugar el día 11 de diciembre. Kámenev no hace en ella gala de excesiva combatividad. Subraya la necesidad de la democracia obrera en la que sólo la elección de los responsables puede garantizar la libertad de discusión. Al mismo tiempo que admite que la democracia obrera ilimitada comprende el ”derecho de grupo”, justifica la oposición del comité central al ejercicio de este derecho por el hecho de que el partido es el que ejercita el poder: en los partidos comunistas extranjeros existen los grupos porque ”no consiguen eliminar ciertas supervivencias social-demócratas en su lucha contra el poder”. No menciona a Trotsky pero ataca a Preobrazhensky, que ha denunciado la existencia de la troika, desafiándole a que cite un sólo documento que emane de ella. Finaliza su intervención solicitando a los militantes que ”voten por la confianza en el comité central”.[230]

Las intervenciones posteriores son más interesantes. Krilenko analiza el concepto de facción que no es sino un ”grupo diferenciado ligado por una disciplina especial”. A su ver, la concepción defendida por Kámenev confunde ”facción y grupo”, ”reduce toda democracia en el partido al derecho de intervención individual de camaradas aislados”, lo que conduce a ”suprimir la democracia obrera en el partido”. Afirma además: ”El derecho de unirse en torno a determinadas plataformas supone una prerrogativa intangible de la democracia interna del partido, sin la cual ésta se convierte en una frase hueca”.[231] Kalinin, presidente del ejecutivo, admite sin ambages que el aparato no desea la democracia: ”En la situación actual, ningún comunista puede admitir la democracia completa (...). ¿Quién sufre de la ausencia de democracia? No es la clase obrera sino el propio partido, ahora bien, en el seno del partido existe muy poca gente que no tenga nada que ver con el aparato, que no participe de su compleja labor (...).. ¿Quién va a beneficiarse más de nuestra democracia? En mi opinión todos aquellos a los que no abruma el trabajo. Los que estén libres de obligaciones podrán aprovecharse enteramente de la democracia, mas aquellos sobrecargados de trabajo no podrán hacerlo”.[232] De los restantes oradores que han pedido la palabra sólo Yaroslavsky emprende un vivo ataque contra Trotsky. Saprónov y Preobrazhensky sostienen los puntos de vista de la oposición, reclamando expresamente la libertad de grupos en cuyo apoyo Rádek invoca la autoridad de Lenin.

La resolución propuesta por Preobrazhensky no es aceptada por un pequeño margen pero el ambiente de la reunión parece indicar que la oposición se encuentra en una situación muy favorable. El día 15 de diciembre, Stalin lanza desde la Pravda la primera ofensiva ad hominem: cuando se incluye entre los viejos bolcheviques Trostky parece hacer gala de una memoria particularmente corta; la degeneración amenaza con sobrevenir pero su origen no ha de buscarse en la ”vieja guardia” sino, entre los ”mencheviques infiltrados en nuestro partido que no han podido desembarazarse de sus costumbres oportunistas”. Acusa a Trotsky de ”duplicidad” pues su carta del día 10 constituía un apoyo a la oposición de los 46 al comité central, cuya resolución había votado él mismo. Frente a los jóvenes practica una ”baja demagogia”.

El tono de la polémica aumenta de grado con la asamblea organizada el día 15 por los militantes de Petrogrado. Zinóviev vuelve a citar la revelación que ha hecho Bujarin durante un mitin en Moscú, acerca de los contactos que se habían entablado en 1918 entre los comunistas de izquierda y los socialrevolucionarios de izquierda, para discutir una posible victoria sobre la mayoría a la que había de seguir un gobierno encabezado por Piatakov. La mención de este hecho tiene un doble objetivo: por una parte el de demostrar que ”la lucha de dos facciones en un partido que ostenta el poder contiene el germen de dos gobiernos” y, por otra, el de subrayar que un gran número de los 46 fueron en 1918 ”comunistas de izquierda” y adversarios de Lenin. Tocando el fondo del problema afirma: ”El burocratismo debe ser desplazado, pero aquellos que quieren restarle importancia al aparato del partido deben ser firmemente llamados a la reintegración en sus deberes pues nuestro aparato es el brazo derecho del partido”. Al analizar la actitud de Trotsky afirma agresivamente: ”El trotskismo constituye una tendencia bien definida en el movimiento obrero”, pero añade ”cualesquiera sean nuestras actuales divergencias respecto a estas cuestiones, Trotsky es Trotsky y sigue siendo uno de nuestros dirigentes más autorizados. En cualquier caso, su colaboración en el Politburó del comité central y en otros organismos resulta indispensable”.[233]

En el ínterin, la discusión prosigue en las columnas de Pravda y el tono sigue subiendo, su responsable, Konstantinov, es destituido por haber protestado el día 16 de diciembre al escribir: ”la calumnia y las acusaciones infundadas se han convertido en las armas de discusión de numerosos camaradas; es preciso evitar esto”. Su sucesor no resulta más dócil a las directivas del comité central y será, a su vez, destituido. El día 21, Zinóviev ataca un texto de Trotsky que lleva por título Nuevo Curso y que circula ampliamente entre las filas del partido: en su opinión Trotsky sostiene al comité central como ”la cuerda puede sostener al ahorcado” y manifiesta, en realidad, ”una resistencia a la línea (...). El error fundamental del camarada Trotsky consiste en que manifiesta un cierto resurgir de antiguas ideas al admitir la legitimidad de tendencias divergentes”. Posteriormente concluye una larga descripción del ”trotskismo” con la afirmación: ”Todo el comité central, tan unido – o tal vez más aún – como en los tiempos de Vladímir Ilich, opina que el camarada Trotsky comete, en la actualidad, un error político radical. ”

El nuevo curso[234]

El texto que ha dado origen a la diatriba de Zinóviev aparece por fin en la Pravda de los días 28 y 29 de diciembre. Se trata de un trabajo poco polémico a pesar de algunas feroces puntadas; contiene un análisis minucioso y muy matizado de la situación política dentro del aparato de Estado y en el partido, un estudio de los orígenes del burocratismo y un esbozo del ”nuevo curso” que debe tomar el partido. En efecto, para Trotsky la discusión que se desarrolla marca una etapa del desarrollo del partido, su transición a ”una fase histórica superior”. En su opinión, todo transcurre como si ”la masa de los comunistas” dijese a los dirigentes: ”Camaradas, contáis con la experiencia anterior a Octubre que a la mayoría de nosotros nos falta, mas, bajo vuestra dirección, hemos adquirido después de Octubre, una gran experiencia cuya importancia es cada vez mayor y deseamos, no sólo ser dirigidos por vosotros sino también participar con vosotros en la dirección del proletariado. Y lo deseamos no solamente porque este es un derecho que nos pertenece sino, porque resulta de todo punto necesario para el progreso de la clase obrera”.[235] El estallido de descontento que conmueve al partido proviene de una larga evolución anterior, acelerada por la crisis económica y por la espera de la revolución alemana, factores ambos que han hecho aparecer ”con particular nitidez el hecho de que desde determinado punto de vista, el partido vive en dos niveles: el nivel superior en el que se toman las decisiones y el inferior en el que se limitan a conocer las decisiones”.[236] El ”burocratismo” que la resolución del comité central acaba de reconocer no es un rasgo fortuito sino un ”fenómeno general” de mayor importancia que una simple secuela: ”el burocratismo del período de guerra era ínfimo en comparación con el que se ha desarrollado en tiempos de paz, cuando el aparato (...) seguía obstinado en pensar y decidir por el partido”.[237] De esta situación se deduce un doble peligro de degeneración, entre los jóvenes, a los que se excluye de la participación en la actividad general y entre la ”vieja guardia”. ”Para ver en esta advertencia que se basa en la previsión marxista objetiva, un “ultraje” o un “atentado”, verdaderamente hay que hacer gala de toda la irritable susceptibilidad y de toda la altivez de unos consumados burócratas”.[238]

Trotsky sigue analizando la composición social del partido en donde los militantes que trabajan en una fábrica no llegan a integrar ni una sexta parte de sus miembros pues la mayoría de ellos está localizada en los diferentes aparatos de dirección. Ahora bien, ”los presidentes de los comités regionales o los comisarios de división, sea cual fuere su origen, representan a un determinado tipo social”.[239] Dicho de otra forma, ”el origen del burocratismo reside en la creciente concentración de la atención y de las fuerzas del partido en las instituciones y aparatos gubernamentales y en la lentitud del desarrollo de la industria”[240] lo cual no permite considerar, en un plazo breve, una alteración de la composición social del partido. Por tanto, el burocratismo constituye ”un fenómeno esencialmente nuevo, que se deduce de las nuevas tareas, de las nuevas funciones y de las nuevas dificultades del partido”.[241] Al prevalecer los ”métodos del aparato”, la administración sustituye a la dirección, ”reviste un carácter de organización pura y, con frecuencia, degenera en el dirigismo”. El ”secretario” vive de las diarias preocupaciones del aparato de Estado, ”pierde de vista las líneas maestras” y, ”cuando cree mover a los demás resulta él mismo accionado por su propio aparato”.[242]

No obstante, en el Estado soviético ruso, donde ”el partido comunista se ve obligado a monopolizar la dirección de la vida política”, resulta por supuesto deseable evitar en el partido los ”agrupamientos estables (...) que puedan revestir la forma de facciones organizadas”, pero, al mismo tiempo, resulta imposible evitar ”las divergencias de enfoque en un partido que integra a medio millón de hombres” [243] y la experiencia demuestra que ”en modo alguno basta con declarar que los grupos y facciones son un mal para evitar su aparición”.[244] Las diversas oposiciones de 1917, resueltas con la toma del poder, las de 1918, que se extinguieron con la firma del tratado de paz, y las de 1921, que finalizaron con el giro que imprimió la NEP, demuestran que las facciones se superan con una política justa: la resolución del X Congreso que las pone fuera de la ley, a este respecto, sólo puede tener un ”carácter auxiliar” en el ámbito de una verdadera democracia obrera. Efectivamente, existen facciones en el partido y la más peligrosa de ellas es la que nutre a las restantes, es decir, la ”facción burocrática conservadora” de cuyas filas se elevan ”voces provocadoras” y en la que se ”registra el pasado” para buscar en él ”todo aquello que pueda enconar más la discusión”,[245] aquella en la que se pone en peligro la unidad del partido con la pretensión de oponer ésta a la necesidad de democracia.

Respondiendo a Zinóviev, Trotsky afirma que ”sería monstruoso creer que el partido romperá por sí mismo o permitirá a cualquiera romper su aparato”. Sin embargo, ”desea renovarlo y le recuerda que se trata de su aparato., elegido por él y del que no debe separarse”.[246] Como ya lo apuntó Lenin, el burocratismo constituye un fenómeno social cuya causa remota, en Rusia, estriba en ”la necesidad de crear y sostener un aparato estatal que aúne los intereses del proletariado y del campesinado en perfecta armonía económica” y de esa armonía aún se encuentra el régimen muy lejos; este proceso se complica además con el hecho de que las amplias masas carecen de cultura. ”Evidentemente, el partido no puede evadirse de las condiciones sociales y culturales” existentes, pero, como ”organización voluntaria”, puede salvaguardarse mejor si sabe adelantarse al peligro. Los llamamientos a la tradición no consiguen conjurarlo: ”Cuanto más se encierra en sí mismo el aparato del partido tanto más se impregna del sentimiento de su importancia intrínseca, menos rápidamente reacciona a las necesidades que emanan de la base y tanto más se inclina a enfrentar la tradición formal con las nuevas necesidades y tareas; y, si existe algo capaz de dar un golpe mortal a la vida espiritual del partido y a la formación doctrinal de la juventud, esto es la transformación del leninismo, método que exige en su aplicación, iniciativa, pensamiento crítico y coraje ideológico, en un dogma que para su interpretación necesite intérpretes designados irrevocablemente”.[247]

La batalla de la XIII Conferencía

La publicación de Nuevo Curso señala el punto álgido de la controversia que coincide con el final de la libre discusión.: en lo sucesivo, el secretario general controla de cerca la Pravda que Bujarin ha utilizado para responder inmediatamente a Trotsky, acusándole de ”desviaciones” y de ”oposición al leninismo”. Ya no volverán a intervenir los oposicionistas salvo en contadas ocasiones y ello, rodeados por toda una serie de artículos de los que son autores los partidarios de la línea del comité central. El Nuevo Curso tendrá como única réplica la suspensión de la recepción de opiniones referentes a la polémica. De hecho, el éxito de Trotsky y de los 46 ha parecido tan enorme en Moscú que el propio Trotsky, el día 10 de diciembre, escribía que la capital ”había tomado la iniciativa de la revisión de la línea del partido”. El peligro también ha sido tenido en cuenta por el aparato y, en adelante, va a asegurarse el éxito en la discusión con sus métodos característicos, con el uso de los poderes de que dispone y de los que precisamente se le quiere privar.

El derecho de nombramiento le permite aislar a Trotsky y decapitar a la oposición. La designación de muchos de sus amigos para altos cargos diplomáticos no es efecto del azar: el traslado de Yoffe a China y, más tarde el de Krestinsky a Alemania no despiertan sospechas. Mas, cuando Christian Rakovsky es nombrado embajador en París en el verano de 1923, resulta evidente que esta es la forma que utiliza el aparato para deshacerse de uno de los portavoces de las resistencias nacionales al XII Congreso, de un íntimo amigo de Trotsky, de un adversario de Stalin y de uno de los más destacados líderes de una oposición que busca la forma de agruparse. Dado su alejamiento de Rusia, Rakovsky no ha firmado la declaración de los 46, pero, merced a la influencia que en él ejercen sus amigos, el partido ucraniano se convierte a finales del año en un bastión de la oposición. Chubar, sucesor de Rakovsky en la presidencia del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania y Kaganóvich, encargado del secretariado, se encargan de su ”reorganización”; Kotziubinsky, combatiente clandestino de 1918 y portavoz de la oposición, es trasladado a Viena. Las células del Ejército Rojo, en su mayoría, votan a favor de las tesis de la oposición. El responsable político del ejército, Antónov–Ovseienko, es destituido por haber lanzado una circular acerca de la democracia obrera, acorde con las decisiones del Congreso, sin haberla sometido previamente a la aprobación del comité central. Bubnov, su sustituto, ha firmado también la Declaración de los 46 pero, en esta ocasión, reniega de ella; de esta forma Stalin consigue matar dos pájaros de un tiro.

A pesar de que las Juventudes Comunistas no participan en la discusión, la mayoría de sus militantes, miembros del partido, se encuentran en el bando de la oposición y, por ello, quince miembros electos de su comité central son, no solamente relevados de sus funciones en la organización por el secretariado del partido con absoluto desprecio de los estatutos sino que, por añadidura, son enviados a desempeñar ”misiones” a una serie de localidades apartadas, con lo cual los partidarios de la troika se alzan con la mayoría. Trotsky publica como apéndice al Nuevo Curso, una carta de los dirigentes de las juventudes, simpatizantes todos ellos de la oposición: Fedorov y Dalin, miembros del comité central, Andrés Chojín, Alejandro Bezimensky y Dugashev, tres de los seis miembros del primer Presidium de las Juventudes en 1918 y dos antiguos secretarios de Moscú, mantienen sus posturas.

El caso de estos últimos es excepcional; tanto en Moscú como en Petrogrado, responsables y militantes son desplazados y destinados a lugares que distan centenares y millares de kilómetros, la simple amenaza hace que más de un oposicionista se doblegue y precipita la decisión de muchos vacilantes. Dado que la oposición, de la que Trotsky oficialmente no forma parte, no se organiza como facción para evitar incurrir en la acusación de indisciplina, el aparato consigue aislar con facilidad a los delegados que la representan, eliminándolos posteriormente con el sistema de elecciones a distintos niveles: de esta forma, en Moscú, los partidarios de la oposición cuentan con la mayoría en las células, pero ésta se reduce a un 36 por 100 en las conferencias de distrito y a un 18 por 100 en la conferencia provincial donde Preobrazhensky sólo consigue 61 votos frente a los 325 de Kámenev. A pesar de que la oposición haya sido mayoritaria – tal vez por la diáspora que se inflige a sus cuadros – en localidades como Riazan–Penza, Kaluga, Simbirsk y Cheliabinsk, a pesar de contar con la mayoría al menos en un tercio de las células del Ejército Rojo y en la casi totalidad de las células estudiantiles, la Conferencia Nacional sólo acogerá a tres de sus delegados.

Naturalmente, semejante reducción en la representación de la oposición sólo ha podido operarse merced a las manipulaciones del aparato. La lucha concluye, para ella, con un grave fracaso respecto a sus esperanzas iniciales. Ciertamente ha conseguido imponerse entre los jóvenes y, especialmente, entre los estudiantes – que a la sazón representaban una élite intelectual y militante de directa ascendencia obrera –, confirmando el pronóstico de Trotsky, mas ha fracasado en su esfuerzo principal, dirigido a los obreros del partido ya que, en Moscú, que es donde cuenta con más votos, sólo obtiene la mayoría en 67 células de fábrica de un total de 346. Para explicar este fracaso se han propuesto diferentes interpretaciones, poniendo de relieve la ausencia, en la plataforma de los 46, de todo tipo de referencias al interés inmediato de los obreros, a la que se añade una muy probable impopularidad de Trotsky en ciertos sectores del proletariado desde que tuvo lugar la discusión acerca de los sindicatos. No puede dejarse de lado ninguno de estos elementos – Stalin sabía lo que hacía cuando llamaba a Trotsky ”patriarca de los burócratas” –, no obstante, ninguno de ellos resulta más satisfactorio que las explicaciones simplistas que se limitan a acentuar la habilidad de Stalin en la maniobra política o los métodos demagógicos de Zinóviev. Parece que E. H. Carr se aproxima considerablemente a la verdad al escribir: ”La incapacidad de la oposición para basarse en el proletariado era un síntoma, no sólo de la debilidad de aquélla sino también de la de la clase obrera”.[248]

Posiblemente en este sentimiento de la indefectibilidad de la derrota a corto plazo la mejor explicación de la abstención de Trotsky durante la última fase de la batalla. Postrado por la misteriosa enfermedad que no deja de aquejarle durante estos años, no participa en ninguna de las discusiones del partido, aparte de las del Politburó, dejando a Preobrazhensky, Piatakov y otros hombres capacitados y brillantes pero carentes de su envergadura, la misión de defender unas tesis que son tan suyas como de los 46. El día 21 de diciembre acata el dictamen de los médicos del Kremlin que le recomiendan un alejamiento de Moscú y una cura de reposo de dos meses a orillas del mar Negro. Indudablemente esta actitud por su parte contribuye a debilitar a la oposición pero, en cualquier caso, resulta difícil explicarla y las hipótesis que se sugieren a dicho efecto resultan poco convincentes, habida cuenta del temple de luchador de Trotsky, cuando sugieren cierta vacilación por su parte acerca de la necesidad de la lucha o bien un retroceso ante sus posibles consecuencias. Resulta más verosímil considerar como posible explicación de su comportamiento, un cierto descorazonamiento ante los imprevistos desarrollos políticos que se inician, una especie de sentimiento de impotencia frente a un aparato cuyas ambiciones y eficacia eran imprevisibles y, asimismo, una necesidad de tregua, de tiempo muerto, para llevar a cabo un nuevo análisis de la situación.

La XIII Conferencia

No puede asegurarse que la intervención de Trotsky, con toda su fuerza, hubiera podido modificar el curso de los acontecimientos durante las semanas de intensa discusión que se iniciaron a mediados de diciembre puesto que su semiparálisis política no es, en el fondo, sino la lógica consecuencia de su negativa a luchar, tomada a raíz de la enfermedad de Lenin, de su casi involuntaria intervención de octubre y de su táctica de compromiso con el Politburó al votarse la resolución del día 5 de diciembre. En todo caso, algunas semanas antes de la conferencia, la suerte está echada: en lo sucesivo, la prensa no volverá a publicar más artículos de la oposición, los responsables, sin embargo, toman una y otra vez la palabra desde sus columnas, afirmando su resolución de imprimir al partido un ”nuevo curso”, a pesar de las maniobras de los ”desviacionistas”, de los ”antileninistas”, de los ”mencheviques” y de los ”pequeño–burgueses”, enmascarados con el disfraz del ”trotskismo”. El folleto Nuevo Curso, que recopila las principales intervenciones de Trotsky, será publicado demasiado tarde para poder ser útil a la discusión y constituirá, más que un instrumento de la oposición, una manifestación de la solidaridad ideológica de Trotsky con ella. Los más destacados miembros del grupo de los 46 serán, pues, los que continuarán, desde dentro del partido, la lucha que se ha iniciado simultáneamente pero que hasta la fecha no ha sido llevada en común.

Los debates de la conferencia se desarrollarán normalmente. En la discusión acerca de los problemas económicos, Preobrazhensky interviene para hacer hincapié en el crecimiento alarmante del capital comercial e industrial privado. Piatakov, con gran brillantez, retoma las tesis comunes a Trotsky y a los cuarenta y seis: el desarrollo de la industria plantea problemas que resultaría absurdo limitar a una discusión acerca de la tasa de crecimiento ya que el verdadero problema es cómo dirigirlo. El instrumento existe: es el plan estatal (Gosplan) que, en principio, debe permitir la eliminación del empirismo en materia económica y, basándose en una concepción global, perfeccionar y precisar los objetivos conforme a las condiciones y a los recursos. Sería un error creer que la industria estatal debe adaptarse al mercado de manera espontánea, con el pretexto de que éste último se desarrolla así. Sólo la planificación permitirá adaptar la industria a la conquista del mercado: sin ella, la nacionalización se convertiría en un obstáculo para el desarrollo económico. Mólotov, Kámenev y Mikoyán califican irónicamente de utopías estos proyectos de planificación de la industria con una perspectiva de varios años, acusando a la oposición de querer imponer en materia económica concepciones centralizadoras y burocráticas y – eterna acusación contra Trotsky y sus correligionarios – de sacrificar al campesino para desarrollar la industria. El resultado de la votación es obvio.

La discusión acerca de los problemas del partido es introducida por Stalin que admite la existencia de un cierto burocratismo, reflejo, según él, de la presión ejercida por la burocracia del Estado sobre el partido, acrecentada por el ínfimo nivel cultural del país y por las supervivencias psicológicas del comunismo de guerra. Al recordar las discusiones, llevadas a cabo por una subcomisión, acerca de la resolución sobre la democracia obrera declara: ”Recuerdo cómo chocamos con Trotsky en lo referente a grupos y fracciones. Trotsky no se oponía a la prohibición de las fracciones pero defendía resueltamente la tesis de la admisión de grupos en el partido. Esta es la postura de la oposición. Estas personas no parecen comprender que, si se admite la libertad de grupos se abre la puerta a gentes como Miasnikov, permitiéndoles engañar al partido al presentar a una fracción como si fuese un grupo, ya que: ¿Cuál es la diferencia entre un grupo y una fracción? Se trata sólo de una diferencia de aspecto Si admitiésemos los grupos, acabaríamos con el partido, transformaríamos una organización monolítica y compacta en una alianza de, grupos y fracciones que negociarían entre ellos alianzas y coaliciones temporales. Esto no sería ya un partido sino el fin del partido”.[249] En su opinión, la burocratización real ha servido a Trotsky de pretexto para intervenir, violando la disciplina, con un punto de vista ”anarco–menchevique” y para intentar alzar al partido contra su aparato, a los jóvenes contra los viejos y a los estudiantes contra los obreros. Es preciso consolidar la unidad del partido, fortificarla contra cualquier amenaza y, para demostrar la determinación de los bolcheviques, incluir en la resolución final el punto 7 de la del X Congreso que prohibe las fracciones y confiere al comité central los ya citados poderes de expulsión.

Preobrazhensky interviene en nombre de la oposición, vuelve a esgrimir todos los argumentos que ya han sido presentados, recuerda la intensa vida del partido en los tiempos de la democracia obrera, protesta contra la sistemática exhumación de antiguas querellas y contra la identificación del ”leninismo” con las tesis de los burócratas.

La réplica de Stalin es más contundente que su informe: el X Congreso ha aprobado por votación la prohibición de las fracciones, en la época en que Lenin se encontraba aún a la cabeza del partido, el período de prueba mínimo que se exige a los responsables y que, de hecho, impide su elección, ha sido fijado en el XI Congreso, cuando Lenin ostentaba aún la dirección. Lo que Preobrazhensky y sus compañeros piden en realidad es la ”modificación de una línea de conducta del partido íntimamente vinculada con el leninismo”. Al responder a Preobrazhensky, manifiesta con toda claridad el verdadero trasfondo de su pensamiento en el tratamiento de un punto determinado, lo que en aquella época resulta suficientemente extraño, como para merecer ser mencionado. ”De hecho, exclama: ¿Cuál es la conclusión para Preobrazhensky? No pide ni más ni menos que devolver a la vida del partido el carácter que tenía en 1917 y 1918. En aquella época, el partido, dividido en grupos y fracciones, era presa de las luchas intestinas en un momento crítico de su historia en el que se encontraba emplazado ante un problema de vida o muerte (...). Preobrazhensky nos presenta la vida del partido en 1917 y 1918 con unos colores ideales. Pero demasiado conocemos este período de la vida del partido en el que las dificultades llegaban incluso a provocar graves crisis ¿Acaso Preobrazhensky está pensando en restablecer esta ‘situación ideal’ de nuestro partido?”.[250] En realidad el partido está amenazado por una coalición heterogénea que comprende desde Trotsky ”el patriarca de los burócratas” hasta los ”antileninistas de siempre”, es decir, los Preobrazhensky y los Saprónov.

La resolución final apunta que el partido ha sufrido el asalto de un reagrupamiento de pequeños círculos, nacidos de las antiguas oposiciones y que se apoya en la actividad ”fraccionalista” de Trotsky. La oposición se ha ”dado la consigna de destruir el aparato del partido intentando desplazar a su seno el centro de gravedad que constituye la lucha contra la burocracia del Estado”. Sus tesis son condenadas por constituir un ”abandono del leninismo” que ”refleja objetivamente la presión ejercida por la pequeña burguesía”. Fija como remedios a la burocratización, que se acepta como problema real, el rápido reclutamiento de cien mil obreros de fábrica, la reducción del número de estudiantes miembros del partido y la mejora de la educación de los militantes mediante la sistemática enseñanza del ”leninismo”, el aumento de la disciplina y una mayor severidad en la represión de las ”actividades fraccionalistas”.[251]

En definitiva, la troika ha conseguido una total victoria política; por otra parte el aparato ha resistido el primer embate serio. ¿Cuál es la opinión al respecto de los militantes del partido? Sin duda para un gran número de ellos, no existe problema alguno: el partido subsiste después de superar una crisis pasajera. Algunos de ellos están confusos ante los ataques que han lanzado algunos viejos–bolcheviques contra Trotsky, encarnación, junto con Lenin, del partido desde 1917. Los más cínicos y los más desmoralizados han tomado nota de los tantos marcados en la lucha por el poder que se ha desarrollado ante sus ojos. Muchos apparatchiki como Kalinin, tienen la conciencia tranquila, han pensado que Trotsky había herido al partido por la espalda y que el partido había sabido defenderse.

Entre los partidarios de la oposición corren vientos de desmoralización. Algunos militantes se suicidan como Lutovinov, viejo–bolchevique que fue líder de la Oposición Obrera, o Eugenia Bosch, militante desde antes de la guerra y organizadora del partido ucraniano en la clandestinidad durante la guerra civil; como Glazman, uno de los secretarios de Trotsky y como otros militantes menos conocidos. Otros pagan con el empeoramiento de su situación material su compromiso que les hace objeto de destitución o traslado; algunos se prometen a sí mismos ser más prudentes en lo sucesivo. Para el núcleo de los que siguen persuadidos de haber tenido razón frente al partido, ya no es cuestión de resistir después de la votación llevada a cabo por la conferencia, pues son militantes disciplinados. Sin embargo, la batalla política que acaba de desarrollarse ha iluminado plenamente los progresos y el verdadero alcance de la degeneración cuyos primeros síntomas habían señalado. Por primera vez en toda la historia del partido, la lucha no ha tenido como centro principal, ideas o problemas tácticos sino cuestiones personales. Asimismo, por primera vez, el aparato ha intervenido abiertamente imponiendo con la amenaza e incluso con la fuerza su disciplina de voto. No obstante, a todos los oposicionistas les resta una esperanza: el restablecimiento de Lenin cuya personalidad y autoridad pueden invertir la aún precaria situación de un partido que todavía se estremece, después de los conflictos sobrevenidos entre los protagonistas de la polémica acerca del ”nuevo curso”.

IX. El interregno y la nueva oposicion

Lenin muere el 21 de enero de 1924. El problema formal de su sucesión ya está resuelto. El difuso Ríkov se convierte en el nuevo presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Trotsky, que todavía está ausente, será avisado demasiado tarde para poder volver a tiempo. Son los hombres de la troika los encargados de presidir los funerales donde pronuncian discursos en memoria del desaparecido. Stalin, que es el último orador, entona, con cadencia de letanía, los ”mandamientos” del difunto. Tal exaltación casi mística, preñada de reminiscencias bíblicas y más próxima a la doctrina impartida por los popes que a las enseñanzas de Marx, reverbera curiosamente en el gran salón donde se celebra el Congreso de los Soviets: de forma definitiva la página se ha vuelto.

Transformación del partido

La campaña de reclutamiento de obreros industriales decidida por la XIII Conferencia se llevará a cabo bajo la advocación del jefe muerto. La promoción ”Llamada de Lenin” aporta más de doscientos mil nuevos afiliados que engrosan los efectivos del partido en más de un 50 por 100. A pesar de su etiqueta, la campaña confirma una profunda ruptura con los métodos empleados en vida de Lenin. Por una parte ya no se trata de la ardiente y entusiástica convicción de una serie de obreros ganados por otros militantes, ni siquiera de la que podrían ostentar los ambiciosos obligados por la necesidad a probar sus méritos, demostrando su capacidad y su entrega a la causa, sino de una leva casi oficial que se lleva a cabo en el ámbito de las fábricas, bajo la presión de los secretarios que, a este nivel, constituyen la autoridad oficial y no carecen de medios con que conseguir la afiliación al partido de unos obreros que se preocupan sobre todo de sus problemas cotidianos y de la necesidad de conservar su trabajo. Por otra parte, los recién incorporados carecen por completo de instrucción o bien la poseen en un grado ínfimo – ellos son los que integran ese 57 por 100 de analfabetos al que se refiere Stalin en mayo de 1924 – por consiguiente, se encuentran muy apartados de los problemas políticos y son tan inexpertos como manejables.

En manos del aparato se convierten en una dócil masa de maniobra que siempre sigue a los dirigentes, considerablemente alejada del espíritu revolucionario del obrero bolchevique y que va a aplastar con su número a los militantes rebeldes. Las restricciones erigidas en los Congresos anteriores son derogadas en su beneficio: los recién llegados ejercerán plenamente sus derechos de militante, votarán y ocuparán cargos responsables pudiendo incluso acudir como delegados a los Congresos, sin tener en cuenta los periodos de prueba que se exigían anteriormente. Cuando se repara en que el reclutamiento que se opera con la promoción Lenin se lleva a cabo paralelamente a una depuración que, en esta ocasión, tiene como objeto a los militantes vinculados con la oposición de los 46, puede apreciarse mucho mejor la función desempeñada por este alud de nuevos miembros en la manipulación de las células y organismos responsables por parte del aparato y del Secretario General. En tales condiciones se comprende perfectamente que Mólotov asegure: ”El futuro desarrollo del partido se basará sin lugar a dudas en la Llamada de Lenin”.[252]

Comienzo del culto de Lenin y supresión de su testamento

Los discursos luctuosos y los artículos necrológicos imprimen un nuevo carácter a la etapa que se inicia. El Congreso de los Soviets, que se convoca con posterioridad a la muerte de Lenin, cambia el nombre de Petrogrado por el de Leningrado, declara el 21 de enero día de luctuoso aniversario, decide erigir monumentos a su memoria en todas las ciudades y asimismo embalsamar su cadáver y situarlo en un mausoleo, al pie de los muros del Kremlin, con el fin de permitir que se lleven a cabo peregrinaciones para visitar su momia. Sólo ha de elevarse contra estas decisiones – sorprendentes para unos revolucionarios dada su inspiración casi religiosa – la voz de Krupskaya: ”No permitáis que vuestro luto por Ilich adopte formas de reverencia externa por su persona. No construyáis monumentos, no deis su nombre a los palacios, no celebréis ceremonia alguna en su memoria. ¡El daba tan poca importancia a todo ello, le pesaba tanto!. Recordad la pobreza (...) que aún subsiste en el país. Si queréis honrar la memoria de Vladimir Ilich, construid guarderías, jardines de infancia, viviendas, escuelas, bibliotecas, centros médicos, hospitales, asilos para los mutilados; pero, sobre todo, pongamos todos en práctica sus principios”.[253]

 Entretanto Zinóviev, que ha adoptado las funciones de sumo sacerdote, declara: ”Lenin ha muerto, el leninismo vive”,[254] mientras el comité central dispone la creación de un nuevo órgano, el Bolshevik, cuyo objeto es el sistemático resumen del ”leninismo” en unos términos simples y accesibles a la mayoría, se plantea crudamente el problema del testamento que Krúpskaya considera debe ser puesto en conocimiento del partido cumpliendo así con la voluntad del difunto. El testamento será leído efectivamente el día 22 de mayo en una sesión del comité central ampliado para incluir a los militantes más veteranos, produciendo el efecto de una verdadera bomba. Zinóviev, acto seguido, corre en auxilio de Stalin al que el documento, dado el clímax de adoración por el muerto, parece condenar irremisiblemente: ”La última voluntad de Ilich constituye una ley suprema para nosotros (...) mas, al menos sobre un punto concreto, los temores de Lenin parecen carecer de fundamento. Me refiero a aquél en el que se refiere a nuestro Secretario General. Todos vosotros habéis sido testigos de nuestro trabajo en común durante los últimos años, y como yo mismo, habéis podido comprobar felizmente que los temores de Ilich no se han confirmado”.[255] Con el apoyo de Kámenev, propone mantener a Stalin en el puesto del que Lenin quería apartarle. No surge ningún tipo de oposición: a pesar de Krupskaya que deseaba que se llevase a cabo la lectura del testamento ante el Congreso – consiguiendo tal propuesta unos 30 votos contra 10 –, el comité central decide conservar en secreto el ”testamento”, no comunicando su contenido sino a los jefes de delegación asistentes al Congreso. Desde el principio hasta el fin de la sesión Trotsky ha guardado silencio y esta actitud va a convertirle durante años en cómplice de los falsificadores. Por segunda vez, su abstención salva a Stalin y a todos aquellos que, al deificar a Lenin y tergiversar sus últimas voluntades, demuestran inequívocamente que su único propósito es mantenerse en el poder. De cualquier forma esta actitud aclara su posterior abstención: desde el punto de vista de Trotsky, el partido sigue siendo el partido y aquellos que lo dirigen cualesquiera sean sus errores, deben ser tratados con respeto por el propio interés de la organización.

El XIII Congreso

Una vez alejado el peligro que supone el testamento, el XIII Congreso, que se inaugura el 23 de mayo, constituye para los triunfadores del momento una repetición en mayor escala y con mayor brillantez de la XIII Conferencia. Zinóviev es el primero en abordar la cuestión del conflicto sobre el nuevo curso durante su largo discurso inaugural en el que también emprende una nueva arremetida contra la oposición y una autoglorificación de los dirigentes que han superado la crisis y desenmascarado la maniobra que tendía a debilitar al partido apuntando al comité central. Alentado sin duda por el silencio de Trotsky en lo referente al testamento, afirma rotundamente que la controversia ha demostrado hasta qué punto ”ahora mil veces más que nunca es necesario el monolitismo del partido”. Vuelve a emprender la requisitoria contra Trotsky y llega incluso a exigir a la oposición que se retracte públicamente y reconozca sus errores: ”El paso más decoroso y digno de un bolchevique que podría dar la oposición, exclama, seria acudir a la tribuna del Congreso y decir: he cometido un error; el partido tenía razón”.[256]

Tal pretensión, inédita en la historia del bolchevismo, provoca una cierta desazón entre los delegados. Krúpskaya, que cuenta con una gran autoridad moral dada su calidad de viuda y colaboradora de Lenin, subirá posteriormente a la tribuna para calificarla como ”psicológicamente inadmisible”. Este último aserto dará pie a Trotsky para llevar a cabo una réplica simple y digna, generalmente mal interpretada por los historiadores que creen ver en ella algo más que la afirmación de un militante disciplinado: ”Nada resultaría más fácil que decir ante el partido: “Todas mis críticas, todas mis declaraciones, todas mis advertencias y todas mis protestas, todo ello, en fin, no ha sido más que un puro error”. Pero, camaradas, yo no pienso que así sea. Los ingleses suelen decir “Right or wrong, my country”[257] Con mucha mayor razón nosotros podemos decir: que esté equivocado o en lo cierto, sobre ciertas cuestiones y en determinados momentos, es mi partido” y, acto seguido, repite el principio del que ya estaban impregnadas las páginas de Nuevo Curso: ”En última instancia, el partido siempre tiene razón porque es el único instrumento que posee la clase obrera para solucionar sus problemas (...). No se puede tener razón más que dentro del propio partido y mediante él porque la historia no ha acuñado aún otro instrumento con que tener razón”.[258] Convencido de su fracaso, se inclina pero no desespera de llegar a convencer. En realidad insiste en que tiene razón y, retornando todos los argumentos que han sido desarrollados con anterioridad a la XIII Conferencia, vuelve a subrayar su independencia respecto a los 46, precisando su hostilidad a la existencia de grupos en el partido ya que resultaría extremadamente difícil, en su opinión, no asimilarlos a las fracciones. Preobrazhensky subirá igualmente a la tribuna para protestar contra el hecho de que la depuración haya tenido como blanco principal a los oposicionistas y para poner en tela de juicio – Trotsky no lo ha hecho – la utilización que el comité central hace de la promoción ”Llamada de Lenin”, pues ”la pretensión de que tal entrada de obreros en el partido confirmase y aprobase enteramente nuestra actividad en materia de política interior, inclusive las perversiones burocráticas, supondría, cuando menos, la prueba de un optimismo inadmisible”.[259]

En diversas resoluciones el Congreso ratifica las decisiones de la XIII Conferencia y la línea del comité central, renueva la condena de la oposición a la que, algunos días más tarde, Bolshevik calificará como ”cuasi–menchevismo interior, un cuarto de menchevismo mil veces más peligroso que el menchevismo cien por cien” y que se da precisamente en un momento en el que se necesita una ”unidad bolchevique al cien por cien”.[260]

La ”bolchevización” de la Internacional

Según la historia oficial, el año 1924 marca la ”bolchevización” de la Internacional. Esta se constituyó entre 1919 y 1921, con la perspectiva de unas luchas revolucionarias inmediatas que, en un breve lapso, pudieran abocar en la toma del poder en diferentes países. Así se explican las veintiuna condiciones impuestas a los partidos como previas a su adhesión e igualmente los estatutos que tienden a constituirla como partido mundial centralizado, como un ”partido bolchevique internacional”. Sólo Lenin pareció mostrar entonces cierta inquietud ante tal rusificación pues esta organización, impuesta artificialmente a unos partidos que no tenían ni la experiencia ni la tradición de los revolucionarios rusos, amenazaba con frenar su desarrollo. Los delegados del III Congreso de la Internacional Comunista no participan de este temor; de hecho tampoco siguieron a Lenin en el II Congreso cuando, al recordar la enorme influencia de los socialistas alemanes en la II Internacional, había propuesto que se ubicase la sede de su ejecutivo en Berlín para disminuir de esta forma la influencia de los dirigentes rusos.

En realidad, aún en vida de Lenin, se inicia el proceso contrario. Los partidos comunistas, ya sean diminutas sectas como el inglés o grandes partidos de tipo social-demócrata como el francés o el italiano, no cuentan ni con la experiencia de lucha, ni con los dirigentes capaces de compararse con los líderes rusos. Tras el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, el partido comunista alemán se divide en diferentes tendencias que se enfrentan violentamente. Su antiguo secretario, Paul Levi, es expulsado por haber condenado públicamente la insurrección de marzo. Con el fin de conservarle en el partido y evitar la escisión, Lenin lleva a cabo toda suerte de esfuerzos e incluso después de su expulsión, al dirigirse a los comunistas alemanes, escribe que en realidad, ”sólo ha perdido la cabeza”.[261]

Empero, con Lenin desaparece de la Internacional la preocupación por educar y asociar a sus miembros. Zinóviev, con el pretexto de ”bolchevizar” a los partidos comunistas se dispone a convertirlos en organizaciones serviles que dependen totalmente del Ejecutivo. Alfred Rossmer que fue a la vez testigo y protagonista, escribe acerca de él: ”Suprimía de antemano todo tipo de oposición en el Congreso mediante los emisarios delegados en las diferentes secciones. En todas partes se empleaban los más diversos métodos para eliminar las diferencias que podían surgir; se trataba de una guerra de desgaste en la que los obreros eran derrotados de antemano por unos funcionarios que, al no dedicarse a otros menesteres, imponían debates interminables; todos aquellos que habían osado emitir una crítica y a los que se abrumaba con el peso de la Internacional, terminaban agotados, por ceder provisionalmente o bien simplemente por irse”.[262]

Después de la derrota de Trotsky, la represión se abate sobre todos aquellos que le han defendido. Boris Souvarine, uno de los fundadores del movimiento comunista francés, es expulsado primero de la dirección y más tarde del partido por haber traducido y publicado Nuevo Curso. Brandler, al que se ha convertido en único responsable de la derrota alemana, es apartado de la dirección del partido comunista germano. Los dirigentes comunistas polacos Warski, Walecki y Vera Kostrzewa son igualmente depurados por haber protestado contra los ataques de que Trotsky había sido objeto. Durante el V Congreso, Zinóviev amenaza con ”deslomarles”. En su respuesta a Stalin del día 3 de julio de 1924 Vera Kostrzewa acusa: ”Nos oponemos a la creación en el seno del partido de una atmósfera de lucha permanente, de tensión y de encarnizado enfrentamiento de unos contra otros (...). Estoy firmemente convencida de que, con vuestro sistema, vais a desacreditar sucesivamente a todos los dirigentes del partido y temo que, una vez llegado el momento decisivo, el proletariado no cuente ya con hombres de temple. De esta forma, la dirección de la revolución podría caer en manos de arribistas, de ”jefes de un día” y de ”aventureros”.[263]

No obstante, la tónica del V Congreso viene dada por la intervención de la joven militante alemana Ruth Fischer. Se trata de una mujer elocuente y apasionada pero carente de cualquier tipo de experiencia de la lucha de clases; es la compañera de Maslow, militante alemán de origen ruso que ha sido portavoz de la izquierda en 1923; Zinóviev la ha impuesto como dirigente del partido comunista alemán, en lugar de la vieja guardia de militantes de la Liga Espartaco que a la sazón han sido acusados de ”derechismo”. Ruth Fischer, encarnación de la tendencia ”bolchevizante”, denuncia a Trotsky, Rádek y Brandler como ”liquidadores mencheviques” y exige la conversión de la Internacional en un ”partido bolchevique mundial” monolítico de cuyo seno deberían ser descartados todo tipo de conflictos entre tendencias. En realidad este programa está ya realizado en sus tres cuartas partes. La definitiva subordinación a Moscú de los partidos comunistas sólo ha podido llevarse a cabo porque el partido bolchevique, desde el punto de vista de los obreros de vanguardia, conserva el aura revolucionaria que le confiere la victoria de Octubre. Vera Kostrzewa refleja los sentimientos de un gran número de comunistas cuando, hacia el final de su intervención, afirma refiriéndose a Zinóviev y Stalin: ”Sabéis que nos es imposible luchar contra vosotros. Si el día de mañana pidieseis a los obreros polacos que eligiesen entre nosotros y la Internacional Comunista, de sobra sabéis que seriamos los primeros en aconsejarles que os siguieran a vosotros”.[264] De esta forma la pseudo–bolchevización, al aniquilar todo espíritu crítico y todo pensamiento comunista independiente, elimina también cualquier posibilidad de convertir a los partidos de la Internacional en organizaciones capaces de desempeñar la función que en Rusia tuvo el partido bolchevique.

Las ”lecciones de Octubre” y la segunda campaña contra Trotsky

A pesar de su actitud de militante disciplinado que, de momento, se resigna a doblegarse y guardar silencio, Trotsky sigue suponiendo un problema para la troika. El Bolshevik del día 5 de junio no oculta su indignación ante el ”discurso elástico” pronunciado por aquél en el XIII Congreso. No obstante, los triunviros tampoco tienen interés alguno en provocarle y, dado que se resigna a permanecer en silencio ante los problemas políticos esenciales, persisten en esta línea de conducta. Sin embargo, Trotsky no está dispuesto a dejarse enterrar bajo un cúmulo de calumnias. La publicación, prevista desde hace tiempo a cargo de las Ediciones del Estado, del tercer volumen de sus escritos y discursos que precisamente está dedicado al año 1917, le ofrece una ocasión para explayarse. Por supuesto, tales textos son irrefutables por si mismos y colocan a Trotsky en el verdadero lugar que ocupó durante la revolución, el de primera figura después de Lenin, como él consentía en ser llamado, ya que no primera junto con la de aquél. Pero, para el militante y luchador infatigable, la Historia sólo tiene valor si es explicada y comprendida, es decir, sólo cuando sirve como instrumento de transformación del mundo. Para el tercer volumen de sus obras Trotsky elabora un estudio, una especie de denso folleto en el cual, a propósito de Octubre, retoma las ”lecciones” que le parecen esenciales, reagrupando en este trabajo las ideas principales defendidas por él en lo referente al papel del partido en la revolución en diversas ocasiones y, fundamentalmente, en el transcurso del año 1923. Trata así de convertir el terreno sólido e irrefutable, constituido por el pasado y los textos cuya edición emprenden las Ediciones del Estado, en un trampolín que sirva a todo el partido para comprender la etapa que acaba de iniciarse, para enfocar el porvenir.

 Las densas páginas del prefacio que lleva por titulo ”Lecciones de Octubre” describen en primer lugar una panorámica de la historia del partido bolchevique. En ella Trotsky distingue tres períodos: la fase preparatoria, anterior a 1917, la etapa revolucionaria de 1917 y la era post–revolucionaria. Evidentemente considera que la segunda es la época decisiva – y ello no solamente porque Trotsky fue en ella la viva encarnación del bolchevismo como lo prueba la expresión, que por entonces era de uso corriente, ”el partido de Lenin y Trotsky”–; para el partido supuso la prueba por excelencia, su justificación histórica. Ahora bien, la Historia, tal y como aparece en los documentos, escritos y discursos de Trotsky y los demás dirigentes, revela dos crisis en el seno del partido: una de ellas en abril, cuando la mayoría de los cuadros dirigentes del bolchevismo que tendían a la conciliación con los mencheviques y a la integración en la república democrática se rebelan ante las diatribas con que los fustiga Lenin al dictar, apoyándose en la vanguardia obrera, una nueva orientación, y la de Octubre, en la que Zinóviev, Kámenev y parte del estado mayor bolchevique sólo han de ceder ante Lenin cuando éste consigue el consenso de las amplias masas, y demuestra con la práctica y la victoria la justeza de su enfoque. Tal ”lección” es a todas luces importante: la autoridad de Lenin y su conocimiento de los más profundos movimientos sociales han sido los únicos factores que han podido convencer, llegada la prueba decisiva, a la vieja guardia bolchevique que, en la actualidad, se considera a sí misma la conservadora de la tradición. Trotsky subraya que ni Zinóvíev ni Kámenev ostentan la menor autoridad para escudarse en el ”leninismo”, en la medida que, en el curso de una serie de circunstancias decisivas, sobre todo en vísperas de la toma del poder – ese muro en el que se distingue al albañil de la revolución –, tomaron posición en contra de Lenin mientras que él, Trotsky, cuyo pasado no era bolchevique, le sostenía decididamente.

De octubre del 17 pasa a octubre del 23; recuerda a grandes rasgos la situación en que se encontraba Alemania durante el año anterior y las vacilaciones del partido comunista alemán que deja pasar el momento idóneo y se rinde sin combatir. Aquello mismo que el Octubre ruso ha demostrado positivamente, lo confirma el Octubre alemán de forma negativa; sin embargo, son los mismos dirigentes del partido los que tienen la responsabilidad de dirigir la Internacional, presidida por Zinóviev y deben asumir la del fracaso de la revolución alemana: cuando se trataba de funcionar a la perfección y marchar con audacia hacia la toma del poder han manifestado el mismo reflejo conservador que habían mostrado seis años antes en Rusia. En unas condiciones objetivas favorables, la clase obrera alemana, contaba con un partido comunista; sin embargo, ni a nivel nacional ni a escala de la Internacional tenía una dirección comparable a la de Lenin: ésta y no otra fue la causa de su derrota.

Tal ataque es devastador; se apoya con firmeza en la historia y en la realidad contemporáneas y ello le confiere una consistencia a toda prueba. No obstante, al subrayar el papel de la dirección a su más alto nivel, minimiza, según muchos militantes, el propio papel del partido. Por último, al servir de réplica contundente a las ”revelaciones” de la troika acerca del pasado menchevique de Trotsky constituyéndose a su vez en ”revelación” sobre el pasado ”conciliador” de Zinóviev y Kámenev, se asemeja a la liquidación de una querella personal, a la apertura de todo un paquete de trapos sucios que, en definitiva, terminará por desacreditar a todos los que de esta forma se empeñan en demoler mutuamente sus respectivas leyendas de bolcheviques de hierro y fieles lugartenientes de Lenin.

La aparición del libro con su prefacio inédito es anunciada por la Pravda a partir del día 12 de octubre. Como lo subrayan Pierre e Iréne Sorlin en su minucioso análisis de la prensa, será preciso esperar hasta el día 2 de noviembre la aparición de un artículo que lleva por título ”Cómo no hay que escribir la historia de Octubre” [265] en el que se vuelve a hablar de un libro conocido ya por todos los militantes. A partir del día 12 de noviembre, los periódicos están repletos de cartas y mociones de protesta de las organizaciones locales, orquestadas a todas luces por el aparato, lo que explica perfectamente su cantidad, su simultaneidad y el período de latencia de la reacción que de otra forma resultarían incomprensibles.

En cualquier caso, la campaña que se origina revestirá una violencia inusitada. Nos limitaremos a enumerar someramente los artículos que los dirigentes dedican al prefacio en cuestión: el 18 de noviembre aparece ”Leninismo o Trotskismo” de Kámenev,[266] el 19 de noviembre ”Trotskismo o Leninismo” de Stalin[267], el 30 de noviembre ”Bolchevismo o Trotskismo” cuyo autor es Zinóviev[268] Todos estos artículos acusan a Trotsky de ”revisionismo” y de intento de ”liquidación del leninismo”. Más, adelante aparecen los artículos contra la teoría de la ”revolución permanente”. Kámenev toma la iniciativa de nuevo el día 10 de diciembre, Bujarin, el 12 y, por último, Stalin el día 20, en una de sus primeras incursiones en la teoría concluye con su particularísimo estilo: ”El abismo que separa al leninismo de la teoría de la “revolución permanente” desde luego no podrá ser ocultado con ningún tipo de almibarados discursos o de podrida diplomacia.”

Estas son las grandes bombas. Pero Trotsky es batido desde todos los flancos, con toda la potencia de fuego que le confiere al aparato el control de la prensa, la sistemática utilización de todos los documentos que existen en los archivos y la exhumación y exhibición, fuera de su contexto, de las fórmulas más agresivas utilizadas en las numerosas polémicas del pasado; así el lector de Pravda puede informarse simultáneamente de que Lenin llamaba ”cerdo” a Trotsky y de que este último confiaba sus críticas de Lenin al menchevique Chjeidze. Una serie de textos bien seleccionados y de citas convenientemente recortadas, siempre pueden conseguir dar la impresión de que Trotsky nunca fue más que un antibolchevique, adversario irreductible de Lenin. Incluso aquél que no ha olvidado los acontecimientos de 1917 pude ser convencido por estas tergiversaciones: poco importa que también Zinóviev y Kámenev hayan sido calificados de ”amarillos” y Stalin de ”polizonte” si no se repite la primera afirmación y se ignora la segunda. El afiliado medio del partido para el que, en el mejor de los casos, 1917 no es sino una gloriosa leyenda, admite, no sin amargura, el papel desempeñado por, el malvado Trotsky, sin creer verdaderamente en los métodos del bueno de Zinóviev. El discreto Stalin, resulta en definitiva el menos ensuciado de la troika pues el papel secundario que desempeñó antes y durante 1917 le permite zafarse del descrédito general que parece abatirse sobre los protagonistas.

Hacia el final de la guerra civil, Lenin había rehabilitado definitivamente – o al menos eso creía él a Zinóviev y Kámenev al escribir en La Internacional Comunista: ”Justo antes de la revolución de Octubre e inmediatamente después, cierto número de excelentes comunistas rusos cometieron un error que sería de todo punto innecesario recordar en la actualidad ¿Por qué? Porque, a menos que ello resulte absolutamente indispensable, es absurdo recordar unos errores que han sido rectificados por completo”.[269] En este momento sólo se eleva una voz cuyo propósito es conservar a todos aquellos dirigentes valiosos, como hizo Lenin tanto al acoger al ”cerdo” de Trotsky como al conservar a su lado a los ”amarillos” Zinóviev y Kámenev. El día 16 de diciembre, Krúpskaya afirma que ”no sabe si el camarada Trotsky es culpable de todos los pecados mortales de los que se le acusa con obvio propósito polémico”, recuerda su verdadera participación en 1917 y todo cuanto le debe el partido, no obstante su conclusión es que ”cuando un camarada como Trotsky emprende, de forma inconsciente tal vez, la senda de la revisión del leninismo, el partido tiene mucho que decir”.[270] Una carta de Trotsky que aparece en la Pravda del día 20 puntualiza que su libro constituye sencillamente el desarrollo de unas ideas que ya habían sido manifestadas por él anteriormente y que nunca habían levantado tamaña ola de ataques.[271]

El Secretariado, en cientos de columnas de prensa, por medio de todos los órganos, escuelas, instructores, oradores y propagandistas, forja el concepto de ”trotskismo”. Desde siempre, Trotsky ha subestimado el papel del partido, defendiendo, a partir de 1903, unas concepciones que minan sus cimientos y le convierten en el ”portavoz de las influencias pequeño–burguesas”. Al propio tiempo, siempre ha despreciado el papel del campesinado defendiendo una política que amenaza con romper la alianza de obreros y campesinos. Todos sus desacuerdos con Lenin en el pasado, en lo referente al partido durante la anteguerra, a Brest–Litovsk y a los sindicatos, pueden deducirse de estos dos errores. Basándose en tales desviaciones recomienda la planificación, procedimiento digno de la autocracia, y la industrialización a costa de los campesinos, esforzándose asimismo por eliminar, desde dentro, a la dirección que ha conseguido desenmascararle. Así expuesto, el ”leninismo” se reduce a una coartada que sirve para justificar la política actual, el uso de mano de hierro en el partido y las concesiones de que son objeto los campesinos.

Es preciso educar al partido. Una resolución del comité central del 17 de enero de 1925 decide ”continuar con la empresa de desvelar el carácter antibolchevique del trotskismo” e ”introducir en los programas de enseñanza política la explicación de sus características pequeño–burguesas”.[272] Se adivina incluso la revisión de la historia. A la sazón se le recuerda a Trotsky que, con sus ataques, ha dado a los ”elementos vacilantes y antisoviéticos” la ”señal de reagrupamiento contra la política del partido” y se le advierte que ”la afiliación al partido bolchevique exige una subordinación efectiva y no meramente verbal a la disciplina, así como una renuncia total y sin reservas a todo tipo de lucha contra el leninismo”, o lo que es lo mismo, a todo tipo de oposición. Su permanencia en el Comisariado para la Guerra y en el Comité Revolucionario de la Guerra ya no tiene objeto; a instancias suyas es liberado de sus responsabilidades. Solamente la oposición de Stalin, que hace gala de una gran circunspección frente a sus aliados, puede impedir que Zinoviev y Kámenev consigan su expulsión exigida ya por los jóvenes comunistas de Leningrado.

Los problemas de la NEP

En realidad la expulsión de Trotsky del gobierno en 1925 no es más que la última consecuencia de la derrota de la oposición en 1923. No obstante, las nuevas dificultades van a originar nuevos conflictos. En 1923 y 1924 la dirección ha apoyado la NEP: las nuevas oposiciones van a nutrirse del desarrollo de sus efectos.

La Rusia de 1925 ha salido efectivamente del, período de crisis que habla culminado en el verano de 1923. El país ha vuelto al trabajo, los campos son cultivados, las fábricas funcionan, los trenes circulan y el comercio es bastante activo. Sin embargo no es posible hacerse ilusiones. La agricultura sigue estando tan atrasada como siempre. No se ha creado ningún tipo de industria pesada. La prosperidad del comercio privado no consigue disimular la mediocridad del nivel de vida general, a la que contribuye de hecho, puesto que los 900 millones de rublos de capitales invertidos en el comercio privado producen unos 400 millones de intereses. La lucha de clases prosigue: ciertamente, el campesino consigue subsistir junto con su familia pero, en contrapartida, se ve privado de todo tipo de productos industriales, cuyo precio asciende al doble del de antes de la guerra, manteniéndose su propia producción al mismo valor mientras disminuyen también el salario y la ración alimenticia del obrero respecto a los valores anteriores a la guerra.

 Si surgen enfrentamientos en las ciudades, entre, por una parte los comerciantes y nepistas enriquecidos, los administradores y especialistas rojos y los obreros, por otra, estás contradicciones se reproducen con igual intensidad en el campo. Los verdaderos beneficiarios de la NEP y de la reaparición del mercado integran aproximadamente un 3 o un 4 por 100 del censo campesino, es decir son los kulaks y agricultores acomodados; estos poseen la mitad de las tierras sembradas y el 60 por 100 de la maquinaria, son prácticamente los únicos que se benefician de la venta de los excedentes de sus cosechas: un 2 por 100 de los kulaks, los más pudientes, producen el 60 por 100 de las mercancías presentes en el mercado. Se ahondan las diferencias entre ellos y los campesinos medios y pequeños que de ellos dependen: los kulaks poseen el 75 por 100 de los 7,7 millones de hectáreas de tierras que han sido alquiladas ilegalmente a los campesinos pobres o medios en busca de nuevas fuentes de ingresos; ellos son también los patronos de los 3.500.000 asalariados agrícolas y de 1.600.000 de jornaleros que perciben salarios inferiores en casi un 40 por 100 a los pagados antes de la guerra por los grandes propietarios.[273] El campesino pobre que sigue siendo víctima de la usura – ya que paga unas cifras de intereses por préstamos cuatro veces superior al monto de sus impuestos – depende por completo de ellos, tanto más cuanto que el partido, por temor a las reacciones de los kulaks, frena u obstaculiza la formación de los sindicatos de campesinos pobres que habían constituido precisamente uno de los ejes centrales de la política del comunismo de guerra. La más grave consecuencia del aumento del poder del kulak es su capacidad para interferir en el mercado, amenazando la totalidad del equilibrio económico, según la lenta o acelerada liquidación de sus excedentes. Sus intereses inmediatos o, si se prefiere, sus tendencias capitalistas, amenazan a cada paso con suscitar un choque con el régimen o, al menos, un nuevo retroceso. En 1925, el descenso de los suministros provoca una crisis de subsistencia, obliga al gobierno a suspender la exportación de granos y los pedidos de maquinaria y de materias primas para la industria que ya no puede pagar. De esta forma, el kulak contribuye a frenar el proceso de industrialización al subordinarlo a sus propias exigencias. Nadie piensa ya en volver a los métodos utilizados durante la fase del comunismo de guerra. Sin embargo el problema se plantea con absoluta nitidez: ¿Debe depender la industrialización de la satisfacción de las reivindicaciones del campesino acomodado?

Entre otros temas, éste será el objeto central de un debate de alto nivel teórico que va a enfrentar a dos de las mentes más preclaras del partido, a sus dos economistas más brillantes, Bujarin y Preobrazhensky, coautores del ABC del comunismo y antiguos comunistas de izquierda, cuyos puntos de vista divergen extraordinariamente a partir de 1923.

Las tesis de Preobrazhensky

La obra de Eugenio Preobrazhensky es todavía hoy prácticamente desconocida: sólo llegó a aparecer el primer volumen de su trabajo La Nueva Economía antes de que cayese sobre él el anatema de las autoridades soviéticas.[274] No obstante, se trata de un ensayo de enorme interés cuyos análisis y conclusiones suministran los fundamentos indispensables para el estudio del desarrollo en una economía socialista dentro de un país subdesarrollado. En general, su tesis afirma que la victoria de la revolución en un país tan atrasado como aislado, o incluso en un grupo de países que no hayan alcanzado el desarrollo económico máximo, como podrían ser los Estados Unidos, crea una situación extremadamente crítica por el hecho de que tal país, después de la revolución, pierde las ventajas que ofrece el sistema capitalista a la hora del desarrollo, sin contar, como contrapartida, con la inmediata posibilidad, por falta de base, de beneficiarse de las ventajas del sistema socialista. De esta forma, el campesino medio y sobre todo el kulak, liberado de las cargas fiscales del antiguo régimen, puede permitirse el lujo de disminuir sus suministros y aumentar sus préstamos al campesino pobre o su propio consumo, ya que la industria no le ofrece (o sólo lo hace a unos precios prohibitivos) aquellas mercancías que podían incitarle a vender. Este ”periodo de transición” es muy peligroso dada la inferioridad manifiesta en que se encuentra el país que ha llevado a término una revolución en competencia con el ”capitalismo monopolista”. Esta es la razón de que el mercado ruso permanezca vinculado a una industria tecnológicamente atrasada pues vende los productos agrícolas al precio del mercado mundial, pagando por ellos el doble de lo que acumula para invertir. Para Preobrazhensky este es pues ”el periodo más critico del desarrollo del Estado Socialista” y añade: ”Constituye para nosotros una cuestión de vida o muerte atravesar este período de transición tan rápidamente como sea posible para alcanzar el punto en que el sistema socialista ofrece todas sus ventajas” [275]: frente a la amenaza de una alianza entre el kulak ruso y el capitalismo internacional, señala, los bolcheviques están construyendo el socialismo ”durante una tregua entre dos batallas”.

Por tanto, la tarea del economista consiste en analizar las leyes del desarrollo económico del periodo de transición, verdaderas ”fuerzas objetivas” comparables a las leyes económicas que rigen el desarrollo capitalista y que pueden operar, como expresión del sistema, de forma independiente a la conciencia que los hombres tengan de ellas. La primera es la necesidad que experimenta el sistema socialista, en su lucha contra el capitalismo de los monopolios, de practicar a su vez el ”monopolismo socialista”, es decir, una extraordinaria concentración del control económico estatal sobre la industria y el comercio exterior; en el caso ruso, tal política viene impuesta por la necesidad insoslayable de detener el aumento de la población rural que, de hecho, facilita el chantaje de los kulaks al Estado al boicotear la industria, y asimismo por la exigencia de crear con el equipo actual del país, la ”nueva base tecnológica”, como condición sine qua non del desarrollo de la industria en su totalidad. Este principio exige ”la concentración de todas las grandes empresas del país en manos de un solo trust, es decir, del Estado Obrero”,[276] con el objeto de llevar a cabo una política de precios, basándose en el monopolio, que permita convertirlo en ”otra forma de gravamen sobre la producción privada”. Este monopolismo tenderá a imponerse inevitablemente cualesquiera sean las reticencias de los dirigentes a este respecto: ”La actual estructura de nuestra economía nacionalizada suele revelarse más progresiva que nuestro sistema de dirección económica”.[277] A pesar de las resistencias, el desarrollo de las fuerzas productivas, promovido por la industria monopolista de Estado se llevará a cabo según las pautas de lo que Preobrazhensky conoce como ”ley de la acumulación socialista originaria”: ”Vivimos bajo el talón de hierro de la ley de la acumulación socialista originaria”.[278]

Este término – que Preobrazhensky toma de Saprónov y que ya ha sido utilizado por Trotsky en 1922 – se ha convertido, hasta, cierto punto, en la piedra angular del sistema que se atribuye a Preobrazhensky y que no siempre ha sido bien interpretado. El autor lo utiliza como analogía con el de acumulación capitalista primitiva” cuyo desenvolvimiento, en las primeras etapas del sistema capitalista, había sido descrito por Marx en la sección octava del libro primero de ”El Capital”; este término viene a reflejar que un país atrasado no puede industrializarse rápidamente si se basa únicamente en las fuerzas de una industria estatal, sino que, por añadidura, debe recurrir a una acumulación obtenida a partir de los fondos que generalmente se destinan a los salarios y rentas del sector privado. Por tanto, la ley de la acumulación socialista originaria obliga al Estado a ”explotar” – en el pleno sentido económico de la palabra, es decir, a abonar un salario inferior al valor producido – al campesinado, dando prioridad a la industria pesada en los planes y, siguiendo un proceso inverso al del futuro período socialista, dirigir la economía no ya desde el punto de vista del consumidor sino desde el del productor.

Naturalmente el funcionamiento de la ley durante el período de transición – estimado por Preobrazhensky en unos veinte años en caso de victoria revolucionaria en Europa Occidental – arrastra unas consecuencias que entran en contradicción con la tendencia general del desarrollo. La ”explotación” del campesinado supone que las rentas de los campesinos han de crecer indefectiblemente con menor rapidez que las de los demás asalariados y este proceso no puede abocar más que en una oposición política que será necesario reducir mediante el desarrollo de explotaciones en régimen de cooperativa y de una política fiscal equilibrada. La centralización de la economía arrastrará la creación de un enorme aparato ”monopolista” lleno de tendencias parasitarias que, a su vez, podría frenar el desarrollo general al dar origen a un sector de privilegiados, constituido por administradores y técnicos, que se elevase por encima de los trabajadores. En líneas generales, la economía de transición es fuente de desigualdades sociales ya que los privilegios no pueden desaparecer totalmente más que en el caso de que las fuerzas productivas alcancen su máximo desarrollo y de que se derrumben las distinciones entre trabajo manual e intelectual. El marxista consciente de las ”leyes objetivas” tiene pues la obligación de activar este desarrollo mediante la acción política del partido como organización de la clase obrera. Llegado a este punto, Preobrazhensky abandonaba el papel de economista científico para adoptar el de político, militante y líder de la oposición, subrayando que las tendencias parasitarias del aparato monopolista y el predominio del enfoque del productor, dados por su propia lógica interna, deben ser rectificados por una acción obrera que se ejerza desde el punto de vista del consumidor, lo que exige indefectiblemente la existencia de una verdadera democracia obrera y la garantía para el trabajador de disponer de un cierto número de instrumentos de defensa contra el Estado. De manera más general, el conjunto de contradicciones globales conduce a Preobrazhensky a la conclusión: ”Nuestro desarrollo hacia el socialismo se enfrenta con la exigencia de acabar precisamente con nuestro aislamiento socialista por una serie de razones que no pertenecen solamente al ámbito político sino al económico, eliminando asimismo la necesidad de buscar en el futuro un apoyo en los recursos materiales de los demás países socialistas”.[279]

El enfoque de Bujarin

Bujarin va a erigirse en adversario principal de la tesis de Preobrazhensky a la que, de entrada, califica de ”monstruosa”. La supuesta ley de la acumulación socialista originaria que sirve para justificar la explotación del campesinado, amenaza, según él, con provocar la ruptura de la alianza entre obreros y campesinos y, en definitiva, sólo conseguiría fomentar, a partir del proletariado, la aparición de una nueva clase de explotadores originada en la centralización del aparato económico del Estado. Tal actitud por parte del antiguo profeta de la revolución europea se debe, como él mismo afirma, a la quiebra de la mayor parte de sus ilusiones durante el fracaso del comunismo de guerra. Deutscher dice que Bujarin descubrió súbitamente que ”el bolchevismo permanecía sólo frente al campesinado ruso” y ello le hizo volverse hacia los campesinos ”con el mismo fervor, las mismas esperanzas e idéntica capacidad de idealización de que había hecho gala al volverse hacia el proletariado europeo”.[280] Esta sugerente explicación se adapta mucho sin duda al temperamento de Bujarin, pero sus más hondas motivaciones se originan, probablemente, en un análisis que se oponía sistemáticamente – y esta postura fue compartida por los dos antagonistas – al elaborado por Preobrazbensky.

La quiebra del comunismo de guerra supone para él una dura lección; como afirma Erlich, resumiendo su pensamiento, es preferible ”alimentar a las gallinas de los huevos de oro que matarlas”. ”Al utilizar la iniciativa económica de los campesinos pequeño–burgueses e incluso burgueses, es decir, al tolerar la acumulación privada, los ponemos objetivamente al servicio de la industria socialista de Estado y de la economía en su conjunto; este es el significado de la NEP”.[281] Durante la etapa del comunismo de guerra ya ha sido condenada la concepción totalitaria de la planificación. En lo sucesivo, afirma de nuevo Bujarin, ”ocuparnos los puestos de mando y controlamos resueltamente las posiciones claves; nuestra economía estatal se sigue reforzando por diversos caminos, entre los que se cuenta también la competencia con las secuelas del capital privado, absorbiendo progresivamente a las unidades económicas atrasadas: se trata, pues, de un proceso que en sus rasgos esenciales se lleva a cabo a través del mercado”.[282]

Para desarrollar la industria lo primero que hay que hacer es bajar los precios industriales, lo que ofrece la doble ventaja de impedir que se operen ”beneficios monopolísticos” y de obligar a los industriales rojos a aumentar la productividad en sus empresas al mismo tiempo que se reactiva la acción del mercado. El motor de esta revitalización debe ser una creciente demanda campesina, mas ésta no podrá darse más que si ellos mismos consiguen aumentar sus ingresos e invertir, operaciones que les son prohibidas al formar parte de las limitaciones que les impone el Estado soviético: ”El sector acomodado del campesinado y los campesinos medios que aspiran a formar parte de él, tienen en la actualidad miedo de acumular. Se produce una situación en la que el campesino no se atreve a utilizar un entramado metálico en el techo de su vivienda por temor de ser llamado kulak; si, compra una máquina, se las arregla para ocultársela a los comunistas (...). El campesino acomodado está descontento porque no le permitimos acumular ni contratar los servicios de braceros asalariados; por otra parte, los campesinos pobres que padecen del exceso de población se lamentan de no poder vender su fuerza de trabajo”.[283] Para Bujarin la conclusión lógica es esta: es preciso eliminar todas las limitaciones de que es objeto el campesino porque el socialismo le atraerá solamente si le ofrece un incentivo y éste le parece económicamente ventajoso. El cooperativismo habrá de ser el puente que enlace con las granjas colectivas y con el socialismo agrario, mas debe ser introducido con gran prudencia, reduciéndose en primer lugar a la ”esfera de la circulación”.

El enriquecimiento del campesino, como condición previa a la reactivación de la industria y al desarrollo económico, implica evidentemente el riesgo de desarrollo de una clase social que, en Rusia, representa el último vestigio del capitalismo. Pero el Estado Obrero podrá, con los instrumentos de que dispone, armonizar el desarrollo gradual, regularizándolo mediante un impuesto directo y progresivo y, sobre todo, integrar paso a paso incluso al kulak en el desarrollo de conjunto, ya que, según Bujarin, ”mientras nos vistamos con andrajos el kulak podrá vencernos en el terreno económico. Mas ello no sucederá si le permitimos que deposite sus ahorros en nuestros bancos. Le ayudaremos ciertamente, pero él también nos ayudará”.[284] En una perspectiva a largo plazo, – Bujarin se remite a la futura legitimación de los ”nietos del kulak” –, al nivelarse socialmente al ámbito campesino desde arriba y pasar la economía a un grado de tecnología superior, a la explotación colectiva, el kulak terminara por morir de ”eutanasia” según la expresión de Erlich.

Al basarse en unas premisas opuestas a las de Preobrazhensky, a saber, prioridad de los problemas de consumo y mercado y baja de los precios industriales, Bujarin llegaba a una conclusión completamente diferente, la ”construcción del socialismo, incluso sobre una base tecnológica mediocre”: ”Debemos avanzar a pasos pequeños, pequeñísimos, arrastrando a nuestra zaga el pesado carro campesino”.[285] Este brillante epígono de Marx, en el análisis del período de transición, retomaba, por una extraña ironía, la tradición populista. Renunciando a todas sus ilusiones juveniles argüía, frente a Preobrazhensky, que incluso el triunfo de la revolución a escala mundial plantearla el problema en términos ”rusos” y que su perspectiva a plazo más o menos largo no debía influir en la política del partido. Sobre todo en lo referente al antagonismo entre las ciudades y el campo, que se volvía a suscitar violentamente en el verano de 1925, afirmaba su posición de defensor y, hasta cierto punto, de portavoz de los campesinos, por el temor de que se destruyesen las condiciones que, en su opinión, resultaban necesarias para el equilibrio social en que había de basarse el desarrollo económico.

 Todos estos puntos serán explicados más tarde con toda claridad en su célebre discurso, pronunciado el día 17. de abril en el teatro Bolchoi de Moscú. En tal ocasión, y después de haber repetido sus mejores argumentos en favor de la acumulación campesina, afirma: ”Debemos decir a los campesinos, a todos los campesinos: Enriqueceos, ampliad y desarrollad vuestras granjas y no temáis que se ejerza limitación alguna sobre vuestra actividad. A pesar de que ello puede parecer paradójico, debemos fomentar la explotación acomodada para ayudar a los campesinos pobres y medios”.[286] Tal afirmación originaría posteriormente un verdadero escándalo y Bujarin terminará por retractarse formalmente de ella, aunque, en definitiva, tal paso no alteraba en nada el verdadero fondo de sus convicciones. Sus discípulos del grupo del Instituto de profesores rojos son igualmente llamados al orden; entre ellos se cuentan Stetsky que, con idénticos argumentos, ha sugerido la supresión del monopolio del comercio exterior, Bugushevsky, que a la sazón afirma que el kulak es ya ”un tipo social decrépito del que sólo sobreviven algunos especímenes” y Slepkov que especula en torno a la extensión de la NEP en una ”neo–NEP”. Pero, al mismo tiempo que critica el extremismo de sus asertos, la XIV Conferencia emprende la vía que ellos han trazado autorizando,el alquiler de tierras y la utilización de mano de obra asalariada, incluyendo en su programa créditos para la provisión de equipo agrícola, una política de presión de los precios industriales y de liberación de los agrícolas y una disminución del impuesto sobre la propiedad rústica.. El campo y los campesinos acomodados han conseguido aparentemente un gran triunfo. La repulsa de esta política se originará en una ciudad importante: Leningrado.

Nacimiento de la ”Nueva Oposición”

Leningrado, la antigua San Petersburgo, era desde el zarismo el centro más importante del moderno proletariado industrial: de ella salieron la mayoría de los militantes que formaron el núcleo del partido en 1917 y que más tarde dieron vida a los soviets a lo largo y ancho de todo el país, alimentando igualmente los cuadros del Ejército Rojo. Ciertamente, dadas las condiciones de esta promoción, de esta verdadera sangría de hombres, la organización del partido en Leningrado no tiene ni punto de comparación con la que contaba Petrogrado de los años 1917 y 1918. Ha conservado no obstante, unos rasgos originales que, en parte, justifican su intervención en 1925. Por estas fechas, en toda la provincia y sobre un total de 50.000 afiliados y 40.000 elementos más sometidos al periodo de prueba, hay un 72 por 100 de obreros frente a solamente un 11 por 100 de funcionarios. En ninguna otra organización local existe una proporción tan alta de obreros, además un 36,4 por 100 de ellos pertenece a la rama del metal, es decir al sector que se muestra tradicionalmente más avanzado. Por tanto, no es extraño que las teorías de Bujarin hayan suscitado allí una viva oposición. En aquellos días están cerrados los talleres de construcción y los astilleros navales, existen varias decenas de miles de parados para los cuales el concepto de industrialización, de rápida industrialización, constituye una cuestión de vital interés y no están dispuestos a tolerar, según la breve y excelente fórmula de Isaac Deutscher, la tesis según la cual había de ser el mujik el encargado de determinar el ritmo de reconstrucción que se convertiría entonces en una especie de ”paso de tortuga”.

Ciertamente el partido es el feudo de Zinoviev, cuya dureza es de todos conocida y que no chocó en su liquidación de la oposición de 1923 con grandes dificultades. No obstante, los propios ”activistas” leningradenses se dan cuenta del descontento que reina entre los obreros a los que dirigen: han sido mitificados por la propaganda oficial, están orgullosos de ser los sucesores de la punta de lanza del partido bolchevique y la vanguardia de la Comuna del Norte, su confianza en si mismos alcanza el punto máximo con la derrota de la oposición y, naturalmente, no pueden resignarse a aceptar sin objeciones una línea que reduce al mínimo su papel presente y futuro, abandonándoles ante el descontento de la base a la que encuadran, es decir, hundiendo el propio fundamento de su autoridad. Durante el mes de septiembre, el viejo–bolchevique Zalutsky, secretario del comité del partido en la provincia de Leningrado pronuncia un discurso, editado inmediatamente después en forma de folleto, en el que manifiesta el descontento de los obreros que se preguntan hasta que punto Octubre ha supuesto el triunfo de una revolución proletaria, se refiere también al Thermidor de la Revolución francesa y a la ”degeneración” que ha surgido del interior, del propio seno del partido y por último, compara a Stalin con Bebel, el papa de la social–democracia alemana, encarnación, como él, del aparato y árbitro de los conflictos entre izquierdistas y revisionistas. Frente a la nueva tendencia derechista, encarnada por Bujarin y sus epígonos del Instituto de profesores rojos, aparece una nueva izquierda, diferente de la oposición de 1923, poco al tanto de las posiciones teóricas y los estudios científicos de Preobrazhensky pero fuertemente ligada con una capa proletaria del partido.

En realidad Zalutsky por sí mismo es insignificante: se trata de una mera prolongación de Zinóviev y no ha actuado por iniciativa propia. Ciertamente se ve presionado por la base de su organización pero también cuenta con el apoyo de su ”jefe”; su discurso es el primer síntoma público de la ruptura que lleva varios meses gestándose entre los triunviros.

A finales de 1924, el Secretario General ya había intentado reducir la influencia excluyente que sus colaboradores Zinóviev y Kámenev ejercían sobre las respectivas organizaciones de sus feudos en Leningrado y Moscú. El secretario de Moscú, Zelensky, ha sido destinado al Asia Central y sustituido por Uglanov que viene de Nijni–Novgorod. La mayor parte de los historiadores parecen estar de acuerdo en afirmar que sólo el ataque que supuso Lecciones de Octubre de Trotsky, pudo restablecer la cohesión en el triunvirato, que estaba por aquel entonces a punto de disolverse, al obligar a Zinóviev y Kámenev a diferir la contra–ofensiva que preparaban como réplica a una evidente transgresión de su coto cerrado. En cualquier caso, Uglanov pudo aprovechar tácitamente esta tregua forzosa para ”reorganizar” el aparato regional, colocando a hombres seguros en los diferentes niveles: la, supervivencia de los violentos rencores contra los burócratas que habían aplastado a la oposición en Moscú durante la discusión sobre el Nuevo Curso, facilitó su labor; de esta forma la depuración de los depuradores fue observada, con sorna por los oposicionistas que vieron en ella una especie de restablecimiento del orden.

El primer conflicto serio surge en 1923, cuando Stalin, apoyado por la mayoría, niega a Zinóviev y Kámenev la expulsión de Trotsky del Politburó. En esta ocasión Zinóviev llega a acusar a Stalin de ser ”medio trotskista”, desencadenando simultáneamente la organización de juventudes de Leningrado una campaña contra Trotsky y contra la dirección nacional que concluye con la expulsión de su responsable adulto Safárov. En la Internacional, feudo de Zinóviev, se gestan nuevos enfrentamientos. Stalin sostiene a Thälmann en Alemania, partidario de la presentación de una candidatura únicamente comunista en las elecciones para la presidencia del Reich, contra la postura de Maslow y Ruth Fischer, protegidos de Zinóviev, que desearían enfrentar al mariscal Hinderiburg una alianza electoral con los social-demócratas. Maslow y Ruth Fischer son vencidos y eliminados de la dirección. El control de la Komintern parece con, ello escapársele de las manos a Zinóviev.

Las situaciones conflictivas se multiplican a partir de la primavera de 1925: en el Politburó, Zinóviev y Kámenev se oponen a la presentación en la XIV Conferencia de una resolución, elaborada por Stalin, en la que se afirma la posibilidad de ”construcción del socialismo en un sólo país”, en franca oposición a la teoría de la ”revolución permanente” de Trotsky. Se concluye entonces un compromiso. No obstante, la crisis económica origina nuevas fricciones: Zinóviev y Kámenev critican abiertamente la línea defendida por Bujarin y a su presión se deben seguramente las sucesivas condenas de sus tesis más escandalosamente derechistas.

Cuando el debate todavía no ha salido a la luz pública ni ha sido reconocido oficialmente, Zinóviev lo inicia con una serie de discursos y folletos. Durante el mes de septiembre de 1925, publica una voluminosa antología que lleva por titulo El leninismo. Tras dedicar algunos centenares de páginas al ”trotskismo” y a las ya tópicas acusaciones, examina los problemas planteados por la NEP. Se introduce hábilmente en su análisis partiendo de la obra reciente del emigrado blanco Ustríalov, del que Lenin solía decir que, al clamar su ”verdad de clase”, desvelaba a los bolcheviques los peligros que les amenazaban. En un libro Bajo el signo de la revolución, editado en Manchuria, Ustrialov, tras haber analizado la situación en Rusia ”donde, en todo el pueblo, renovado pero fatigado igualmente por la tempestad, se despierta una voluntad de paz, de trabajo y de sumisión”, escribía: ”¡Propietarios, enriquecéos! Consigna de vida, consigna de salud, genial grito interior”, concluyendo: ”La consigna de desarrollo e individualismo es tan sana como el campo laborioso, inevitable como la propia vida, imperiosa como la Historia”.[287] De esta forma los argumentos de este hábil ”enemigo de clase” le permiten a Zinóviev afirmar que el peligro principal puede venir ”del debilitamiento de la dictadura del proletariado como consecuencia de las influencias pequeño-burguesas y antiproletarias que se ejercen sobre el aparato estatal, sobre la economía e incluso sobre el propio partido” en un país en el que la población pequeño–burguesa predomina y el capitalismo renace parcialmente dado que ”los pequeño–burgueses y la nueva burguesía siguen vinculados por miles de ligaduras a la burguesía internacional”,[288] donde el Estado está fuertemente impregnado de burocratismo y la gran industria no ha recuperado aún el nivel de 1913, flotando, además, por encima de todo este panorama de conjunto el bloqueo capitalista.

Más adelante, apoyándose en numerosas citas de Lenin y analizando la NEP como una retirada estratégica en la cual la marcha hacia el socialismo se lleva acabo mediante la construcción de un capitalismo de Estado, Zinóviev hace hincapié en el hecho de que la ”lucha de clases prosigue durante la dictadura del proletariado y sobre todo durante la NEP fundamentalmente en el campo. Ahora bien, existe una certeza: ”Los kulaks son enemigos del poder soviético”, infinitamente más peligrosos que los nepistas puesto que ”el 3 por 100 de kulaks del campo constituye una fuerza enorme”. En este punto, el ataque contra Bujarin y sus discípulos se vuelve más directo aún: ”En el momento actual intentar hacer creer que el kulak no existe, acuñar frases como ”el kulak no es peligroso”, significa sugerir que (...) ¡no consideramos al kulak como un enemigo!” ”En lo referente al kulak no se puede tolerar ni el menor vestigio de duda”.[289] Un capítulo, construido enteramente con citas de Lenin, demuestra por último la irreductible hostilidad del fundador del bolchevismo hacia la idea de que el socialismo pudiera realizarse en un solo país: es preciso luchar contra la ”ideología política burguesa y pequeño–burguesa vinculada a la época de la NEP y a la necesidad de aumentar el bienestar en el país” porque ésta es contraria a la empresa de los comunistas que consiste en consolidar la victoria en su propio país, abriendo, al mismo tiempo, camino a los obreros de los restantes países.[290]

Los días 19 y 20 de septiembre aparece en Pravda un artículo más claro aún, a pesar de los cortes impuestos por el Politburó, donde, bajo el, título ”La Filosofía de una época” y siguiendo la misma línea de polémica con Ustrialov, afirma: ”El desarrollo de la NEP, al mismo tiempo que el retraso de la revolución, implica, entre otros peligros, el de degeneración”. Al evocar la lucha obrera revolucionaria escribe: ”¿En nombre de qué se levantaron durante las trascendentales jornadas de Octubre la clase obrera y en su pos las amplias masas populares? ¿En nombre de que siguieron a Lenin en la línea de fuego? ¿En nombre de qué fueron arrastradas por nuestra bandera durante los primeros años? Fue en nombre de la igualdad.(...) El pueblo en su totalidad sueña hoy con la igualdad (...) Esta es la piedra angular de la filosofía de nuestra época”. Afirmando ”para ser los auténticos portavoces del pueblo debemos encabezar su lucha en pro de la igualdad”,[291] Zinóviev dejaba claro, frente a Bujarin, erigido en representante de los kulaks, que él estaba dispuesto a ser el de los obreros.

La batalla anterior al Congreso

 El conflicto que, en un principio se vio limitado a los cenáculos del partido, al ser llevado al terreno teórico por Zinóviev, va a seguir el habitual proceso de gestación entre bastidores antes de estallar ante la opinión pública. Tras la toma de postura de Zalutsky, el secretariado le releva de sus funciones obteniendo, inesperadamente la aprobación del comité regional. En su lugar, Stalin sitúa a Kómarov, uno de sus leales. El grupo de Zinóviev reacciona al verse así amenazado en su propio bastión: el comité regional rechaza el candidato enviado por el secretariado y el propio Kómarov solicita la anulación del nombramiento ante la oposición que éste suscita. Para precaverse contra nuevas sorpresas, Zinóviev inicia una severa depuración del aparato en Leningrado, eliminando sin ningún tipo de vacilaciones a todo aquél que le parece partidario del secretariado. Los protagonistas se vigilan: al morir Frunze, comisario para la Guerra, será reemplazado por Voroshílov, uno de los hombres de Stalin, dándosele por adjunto a Lashévich, leal a Zinóviev. En la sesión de octubre del comité central, la lucha se encona considerablemente: ambos clanes se acusan mutuamente de intentar transgredir las decisiones tomadas en la Conferencia de abril. Zinóviev, Kámenev, Sokólnikov y Krúpskaya exigen que se celebre una discusión acerca del problema campesino: la mayoría se niega a ello violando una larga tradición, pero de conformidad con el precedente introducido en el enfrentamiento con Trotsky. El conflicto es casi público, ya que la Pravda de Leningrado multiplica sus ataques en lo referente a la cuestión campesina, al tiempo que las Juventudes publican un Libro azul en el que se recogen una serie de artículos comentados de Bujarin, Stetsky, Bugushevsky y otros que sirven para ilustrar lo que llaman la ”desviación kulak”.

 De hecho, los miembros de la troika luchan valiéndose de intermediarios, la prensa y las asambleas de Leningrado y Moscú se intercambian acusaciones mutuas y emiten mociones de censura mientras cada uno de los secretariados regionales se apresura a eliminar de los cargos responsables a todo sospechoso de tibieza respecto a sus propias tesis: Leningrado afirma que el partido debe preservar ”el máximo de democracia interna”. Moscú se pregunta irónicamente sobre lo que Leningrado puede entender por ello y Leningrado responde que bien lo sabe Moscú. Leningrado – ¿Puede decirse que se trata de un intento serio de disminuir el poder del aparato? – propone que se recluten masivamente proletarios hasta que estos lleguen a integrar el 90 por 100 del partido. Moscú clama entonces que es ésta una desviación del leninismo y una pretensión de debilitar a la vanguardia. Las afirmaciones de Leningrado acerca del ”peligro kulak” y el capitalismo de Estado, atribuidas a Zinóviev, son calificadas por Moscú de ”alienación, separatismo, alaridos histéricos y falta de confianza propia de intelectuales”: Leningrado replica defendiendo firmemente su carácter proletario y, cuando Leningrado protesta contra los increíbles métodos que se emplean para aplastarle, Moscú le acusa a su vez de querer acabar con el aparato, de haberse aliado con Trotsky que, por su parte, permanece en silencio, burlándose en privado del triste espectáculo que ofrecen estas dos organizaciones del mismo partido obrero votando una contra otra una serie de resoluciones, siempre unánimes, incapaces por completo de aportar ni un solo oposicionista, aunque fuera aislado, como prueba del carácter democrático de sus debates. En efecto, los vencedores de ayer, dispuestos a luchar entre ellos, tienen en común idéntica eficacia en cuanto a la ”organización” y el mismo ”realismo”. Esta es la razón por la que se puede dar crédito a la versión de Stalin que afirma que, en vísperas del congreso, ofreció un compromiso concretado en la concesión de sendos cargos en el secretariado y en el comité de redacción de Pravda a dos leningradenses. No obstante, Zinóviev se niega a aceptarlo, convencido sin duda de que bastante ha perdido ya en este juego desde la muerte de Lenin.

El XIV Congreso

No obstante, éste es un error estratégico, si se tiene en cuenta el bando en que se encuentra Zinóviev desde 1922 y que constituye también el terreno en el que Stalin piensa afrontarlo. En el Congreso no puede sobrevenir sorpresa alguna. Exceptuando a los delegados de Leningrado, cuidadosamente seleccionados por el aparato de Zinóviev, todos los demás han sido escogidos de la misma forma entre los leales al secretariado: todo está ya decidido de antemano. No obstante, Stalin no desea que se produzca la ruptura. Es preciso que la opinión pública, los ”tranquilos patriarcas” del partido atribuyan la ruptura de la unidad y la iniciativa del ataque a sus adversarios. Es necesario que sean Zinóviev y Kámenev los que abandonen; de esta forma el equipo que constituye la dirección será el que continúe sin ellos muy a su pesar. Desde la propia inauguración, en su informe político, se refiere a toda una serie de cuestiones polémicas sin mencionar ni un solo nombre, expresando al mismo tiempo su anhelo de que se llegue a un acuerdo. En su intento de conciliación llega incluso a evitar referirse al comportamiento de los leningradenses. Pero tal vez Zinóviev creía aún en el valor de los programas y de los manifiestos y se disponía a entablar la polémica cuando ni siquiera había sido abierta la discusión. Para ello solicita y obtiene del Congreso la presentación, como miembro del comité central y del Politburó de un contra–informe político: tal uso, que antaño había sido habitual en el partido, no había sido utilizado ni una sola vez desde 1918.

Minoritario en lo sucesivo, se ve obligado a referirse a esa ”democracia obrera” que pretende reivindicar. Denuncia el hecho de que ”todo sea mascado previamente por el comité central, listo para ser llevado a la boca del partido”, afirma también que no es lícito hablar de democracia cuando no todos los camaradas tienen la posibilidad de pronunciarse. Mas, para él, este terreno está completamente plagado de trampas y, cuando declara que el partido se encuentra en un estado de ”semi-sitio”, el Congreso se alborota y pregunta: ”¿Y Trotsky?”. Responde a ello que, en 1923, las condiciones aún no habían madurado: ”1926 no es ni 1921 ni 1923: contamos en la actualidad con un tipo de trabajadores completamente diferente, con mayor actividad entre las masas, con otras consignas”. Es preciso liquidar este pasado: ”Sin permitir la existencia de fracciones y manteniendo nuestra antigua postura a este respecto, deberíamos delegar en el comité central para que incluya en el trabajo del partido a todos los grupos que se formaron anteriormente en él, dándoles la posibilidad de trabajar bajo la dirección del comité central”. El comité central debe ser reorganizado ”desde el mismo punto de vista que un buró político con plenos poderes y de un secretariado de funcionarios que esté subordinado a él”.[292] Inmediatamente después de estas afirmaciones se desencadena la tormenta.

La discusión que tiene lugar durante el XIV Congreso, resulta muy interesante para la comprensión de los problemas del partido en esta época. No se dice nada nuevo respecto al problema kulak y el Congreso mantendrá la ”línea”, a pesar de que el rechazo de una resolución Chanin–Sokólnikov, en la que subraya que el factor decisivo del desarrollo económico reside en la capacidad de mejora agrícola y en la integración en el mercado mundial, haya permitido que más tarde los historiadores oficiales le hayan llamado ”Congreso de la Industrialización”. Lo más importante es que muchos de los que han contribuido al aplastamiento de la Oposición son precisamente los encargados de plantear algunos de los problemas que aquella había desvelado, que sean criticados, precisamente por aquellos que los habían iniciado, los métodos empleados en la lucha contra Trotsky, Preobrazhensky y sus compañeros y, por último, que se plantee por vez primera el problema de la autoridad y de la función de Stalin.

Zinóviev confirma la existencia del testamento de Lenin y las circunstancias que han rodeado su ocultación. Recuerda la advertencia contra Stalin para demostrar que, en la actualidad, el peligro se concreta en la alianza del kulak, del nepista y del burócrata. Reconoce su participación junto con Stalin en el ”golpe de Estado” que ha provocado en las Juventudes la destitución y el exilio de los dirigentes electos. Refiere igualmente en qué forma los miembros de Politburó, incluyéndose él mismo, han constituido una verdadera fracción por medio de la sistemática convocatoria de unas reuniones de las que Trotsky, regularmente reelegido, estaba ausente y que se celebraban con el fin de aplicar la ”disciplina” de grupo en las reuniones oficiales, lo que de hecho constituía un caso de expulsión dentro del partido.[293] Yaroslavsky replicará más adelante a esta acusación que habría sido estúpido reprocharle a la mayoría que se constituyese en fracción pues, por el hecho de serlo, no lo necesitaba. Otros delegados se refieren a las condiciones que impone el aparato a los militantes: los oposicionistas, dice Avilov-Globov, guardan silencio ”por temor a ser enviados a Murmansk o al Turquestán”. ”Estos traslados, declara Krupskaya, suscitan en el partido la imposibilidad de hablar sincera y abiertamente. Si redactamos resoluciones a propósito de la democracia interna y al mismo tiempo creamos unas condiciones tales que todo miembro del partido pueda ser transferido a otro cargo por haber expresado abiertamente su opinión, todas las buenas intenciones acerca de la democracia interna se convertirán en meras frases sobre el papel”.

La intervención de la viuda de Lenin contribuye a elevar considerablemente el nivel del debate: ésta es una de las últimas ocasiones en las que un Congreso bolchevique aceptará oír a alguien que le recuerde cual era el verdadero ideario de Lenin. Esta vez, Krupskaya protesta enardecidamente contra el abuso de llamamientos a la autoridad del ”leninismo”: ”Pienso que carece de objeto clamar aquí que esto o aquello es el verdadero leninismo. He vuelto a leer hace poco los primeros capítulos de El Estado y la Revolución (...) El escribía: “Ha habido casos en la Historia en los que las enseñanzas de los grandes revolucionarios han sido adulteradas tras de su muerte. Han sido convertidos en iconos inofensivos, pero al honrar su nombre, se ha achatado también la punta revolucionaria de su doctrina”. En mi opinión, esta cita llena de amargura nos obliga a no esconder tal o cual concepción personal con la etiqueta del leninismo pero también considero que todas estas cuestiones deben ser examinadas en su verdadera esencia. (...) Para nosotros, como marxistas, la verdad es aquello que se adapta a la realidad. Vladimir Ilich solia decir: “la doctrina de Marx es invencible porque es verdadera. (...) La misión de nuestro Congreso debe ser buscar y hallar la línea justa”. (...) Bujarin ha dicho aquí mismo y con mucho énfasis que lo que decida el Congreso será lo justo. Todo bolchevique considera las decisiones del Congreso vinculantes mas no debemos adoptar el punto de vista de aquel jurista inglés que solía tomar al pie de la letra el proverbio que afirma que el Parlamento puede decidir cualquier cosa, incluso convertir a un hombre en mujer”. El Congreso, que hasta entonces escuchaba impresionado, rugirá de indignación ante el crimen de lesa–majestad contra su concepción de la historia del bolchevismo que comete la que, desde los tiempos de Iskra, había sido una pieza clave de la organización, al afirmar: ”De nada sirve consolarse pensando que la mayoría siempre tiene razón. En la historia de nuestro partido ha habido Congresos en los que la mayoría estaba equivocada. Recordemos por ejemplo el Congreso de Estocolmo”.[294] Además, a las acusaciones que se acumulan contra ella, Krúpskaya añade el mayor delito, recordar los méritos de Trotsky y la amistad que le profesaba Lenin, denunciando los inadmisibles métodos empleados en la polémica contra él.

Resulta significativo que una parte de la discusión – precisamente la más violenta – haya girado en torno a la figura de Stalin, al que por primera vez se denuncia como el deus ex machina del aparato, como la encarnación de las fuerzas que conducen a la degeneración. Sokólnikov denuncia la situación que, con independencia de la personalidad de Stalin, suscita (a partir del momento en que un mismo hombre es miembro del Politburó y jefe del Secretariado) que ”las divergencias políticas puedan traducirse de un modo u otro en medidas organizativas”. Lanza entonces el reto: ”Si el camarada Stalin quiere ser tan digno de confianza como Lenin, que la merezca”.[295] Kámenev, a pesar del tumulto que se ha originado, afirma clara y valerosamente: ”Porque se lo he dicho en más de una ocasión y personalmente a Stalin y porque en más de una ocasión lo he repetido ante los delegados del partido, lo afirmo ante el Congreso: he llegado a convencerme de que el camarada Stalin no puede cumplir la función de unificar al estado mayor bolchevique (...) Nos oponemos resueltamente a la teoría del jefe único en la dirección ¡Nos oponemos a la creación de un ‘caudillo!’”.[296] Si bien Tomsky, el amigo de Bujarin, replica inmediatamente con la afirmación de que no existe ni existirá nunca un ”sistema de jefes”, los hombres de Stalin se apresuran a salir al paso de tal afirmación y Kuibyshev afirma en una declaración de capital importancia: ”En nombre de la Comisión Central de Control yo declaro que el camarada Stalin, como Secretario general de nuestro partido, es precisamente el tipo de persona que, junto con la mayoría del comité central y con el apoyo de éste, ha sido capaz de reunir a su alrededor a las mejores fuerzas del partido y de ponerlas a trabajar. (...) Basándose en la experiencia real, el exacto conocimiento de nuestra dirección yo declaro, en nombre de la Comisión Central de Control, que esta dirección y este Secretario General son precisamente los que el partido necesita para ir de victoria en victoria”.[297]

Stalin y los suyos entendían, que la consecución de tales victorias debía llevarse a cabo bajo el lema de la construcción del socialismo en un solo país. Zinóviev aportaba a la discusión un compacto haz de citas de Lenin y un análisis de conjunto que concluía con las siguientes palabras: ”La victoria final del socialismo es imposible en un solo país. (...) Habrá de decidirse a escala internacional”. Por su parte Stalin sólo puede echar mano a una sola cita, susceptible de ser utilizada en cualquier contexto, pero también tiene una imperturbable confianza en las generalizaciones y en la influencia del razonamiento de corte escolástico sobre las asambleas de funcionarios: ”Resulta imposible saber lo que se está construyendo. No puede darse ni un solo paso sin saber la orientación general del movimiento (... ) ¿Estamos construyendo el socialismo dando por descontada la victoria de la revolución socialista o bien estamos trabajando al azar, a ciegas, ”preparándole el terreno a la democracia burguesa” mientras esperamos la consumación de la revolución socialista internacional?”.[298] Por otra parte, Bujarin, con mayor agudeza intelectual, haciendo uso de la aborrecida alternativa que constituye la revolución permanente, acosa a Zinóviev, que termina por aceptar que el socialismo puede ser construido en un solo país a pesar de que sólo la acción a escala mundial pueda perfeccionarle.

El Congreso se clausura con la adopción de los informes de Stalin y Mólotov que son aprobados por 559 votos contra 65. Se altera la composición del comité central: de los partidarios de Zinóviev, cuatro, entre los cuales se encuentra Zalustsky, no son reelegidos; Lashévich pasa a ser suplente, once suplentes desaparecen. Entre los titulares surgen dieciséis hombres nuevos y veintitrés apparatchiki desconocidos entre los suplentes, muchos de ellos inician entonces una brillante carrera: Gamárnik, Postishev, Unslicht, Lominadze y Andrés Zhdánov.

El aplastamiento del aparato de Leningrado

A pesar de su abrumadora derrota, ya que a lo largo de todo el Congreso permanecieron con las mismas fuerzas con las que contaban en un principio, los leningradenses no habían llegado aún a su total desarticulación. Al recordar las disensiones con Trotsky, Stalin, en su discurso de clausura, se atribuía el papel de campeón de la unidad: ”No estuvimos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kámenev porque sabíamos perfectamente que el sistema de amputación supone un buen número de riesgos para el partido, que la mutilación y la efusión de sangre – porque ellos pedían sangre – es peligrosa y contagiosa. Un día se expulsa a uno, al día siguiente a otro, dos días después a un tercero. ¿Quiénes permanecerían entonces en el partido?” Asimismo, al interpelar a los dirigentes de Leningrado, preguntaba: ”¿Pedís acaso la sangre de Bujarin? Pues no os la daremos ¡Sabedlo!”.[299] Pero también adoptaba un tono amenazante: ”No debemos distraernos con las discusiones. Somos un partido que está gobernando, no lo olvidéis”. Ciertamente es este un lenguaje que entienden a la perfección los funcionarios que se enfrentan con las dificultades cotidianas.

Stalin había hablado de represalias y éstas no tardan en llegar. Al día siguiente del Congreso, llega a Leningrado una delegación del secretariado, encabezada por Mólotov, y en la que se cuentan Voroshílov, Kírov, Kalinin, Stetsky y otros responsables de la más alta categoría: el comité provincial es acusado de haber falseado la elección al eliminar los votos del radio de Viborg, de bien sabida hostilidad por Zinóviev; la delegación es acusada igualmente de no haber respetado el voto de la conferencia provincial acerca de la unidad del partido. Así, mediante la multiplicación de las reuniones de los comités a todos los niveles, el asedio a los secretarios y el manejo alternativo del ”látigo” y las promesas, es decir, la promoción dentro del aparato o el traslado al Turquestán, y haciendo gravitar sobre los obreros la amenaza de despido, los hombres del Secretario General liquidan en pocos días el aparato construido por Zinóviev; sus elementos, desorientados – Zinóviev estaba persuadido de que se trataba de una posición inatacable – se limitan en lo inmediato a tratar de reducir los daños a escala personal. Por añadidura, muchos de estos responsables son verdaderos caciques cuya caída o humillación es contemplada por los obreros con mal disimulada satisfacción. Las airadas protestas de Zinóviev por la violación de la democracia que tal incursión supone sólo despiertan hilaridad; ya en los días del Congreso Mikoyan le había atacado duramente: ”Cuando Zinóviev cuenta con la mayoría se manifiesta a favor de una disciplina férrea y de la obediencia, mas cuando no la tiene se manifiesta en contra de ellas”.

 Víctor Serge asistió al desarrollo de esta operación cuya duración fue de quince días, llevando a cabo posteriormente una amarga descripción del ambiente que la rodeó y de los argumentos de los emisarios, basados todos ellos en la violencia, el miedo y el respeto fetichista: ”Su éxito estaba asegurado de antemano por el bajísimo nivel cultural del auditorio y por la dependencia material de los comités”.[300] Las Juventudes Comunistas resisten más tenazmente que los comités locales: su comité regional consigue rechazar una resolución en la que se aprobaban las decisiones del Congreso y emitir un llamamiento en favor de la convocatoria de un Congreso extraordinario antes de ser disuelto por los enviados del secretariado. En el Congreso de marzo, seis de los miembros del comité central del Komsomol siguen defendiendo las tesis de la oposición y Katalinov, utiliza la expresión de lucha del ”estalinismo” contra el ”leninismo”.[301] Según la confesión del propio historiador oficial Yaroslavsky, también resultó extraordinariamente difícil conquistar a las células de fábrica. No obstante, se consiguió este objetivo y Mólotov pudo anunciar el día 20 de enero al comité central que, de los 72.907 miembros del partido – el 85 por 100 del total – que habían sido consultados personalmente, 70.389 – un 96,3 por 100 –, se hablan mostrado en desacuerdo con la oposición y sólo 2.244 – un 3,2 por 100 – a favor. El reino de Zinóviev, que a la sazón perdía incluso su cargo de presidente del soviet de Leningrado, había tocado a su fin. Sergio Kirov, apparatchik que venia del Azerbaiyán, tomaba por aquel entonces las riendas del aparato de la Comuna del norte en cuyo secretariado iba a permanecer hasta su muerte.

El ”socialismo en un solo país”

Vencedor gracias a, su aparato, Stalin puede en lo sucesivo jugar a ser un teórico. Su nuevo libro sobre Las cuestiones del leninismo retoma la afirmación acerca de la posibilidad de construcción del socialismo en un solo país definida como ”la posibilidad de resolver las contradicciones entre proletariado y los campesinos con las fuerzas interiores de nuestro país, la posibilidad de que el proletariado tome el poder y lo utilice para edificar la sociedad socialista completa en nuestro país, contando con la simpatía y el apoyo de los proletarios de los demás países, pero sin que previamente triunfe en estos países la revolución proletaria”.[302]

Rechazando como ”anti–leninista” la afirmación según la cual el estado atrasado de la sociedad rusa podría constituir un obstáculo insalvable para la construcción del socialismo solamente en la U.R.S.S., Stalin termina por reducir las dificultades a una sola, a saber, la amenaza del mundo capitalista que pesa sobre el país.

De esta forma, en 1926, basándose en el aislamiento de la Rusia revolucionaria como consecuencia del fracaso de la revolución mundial, aparecen, en forma de teoría, las justificaciones de lo que durante años habrá de ser la Rusia de Stalin. No obstante, por estas fechas aún militaban en el partido todos los bolcheviques de derecha y de izquierda a los que se trataba de convencer de que el régimen instituido era de hecho el ”socialismo” y la ”dictadura del proletariado”, como todos ellos lo habían deseado, como Lenin los había explicado y por los cuales habían hecho la revolución.

X. La lucha de la oposicion conjunta

En realidad, los enfrentamientos del XIV Congreso sólo fueron el prólogo de la más importante de las luchas que habían de entablarse en el seno del partido, que precisamente acababa de decidir por aquellas fechas su segundo cambio de nombre, adoptando esta vez el de Partido Comunista (bolchevique) de la U. R. S. S. Con la coalición de la oposición de 1923 y la de 1925 un agrupamiento de la élite del partido y de la vieja guardia se disponía a enfrentarse con la dirección ejercida por el Secretario General. Tal vez la alianza de Trotsky con Zinóviev y Kámenev resultaba inevitable – ésta es la opinión de la mayoría de los historiadores – tras haber presenciado unos y otros en qué forma sus esfuerzos se estrellaban contra el omnímodo poder del aparato. No obstante, esto resultó menos evidente para los propios actores del drama. En efecto, habían sido Zinóviev y Kámenev, considerados por Trotsky como sus peores enemigos, los que habían infligido a éste los golpes más serios pues, si de ellos hubiese dependido, su alejamiento habría sido definitivo al expulsarle del Politburó. Por otra parte, la pérdida del aura de prestigio que rodeaba a Zinóviev y Kámenev, lugartenientes y sucesores de Lenin, en primerísimo plano dentro de la troika, se debía fundamentalmente a los ataques y revelaciones de Trotsky.

Parece suficientemente probado que, durante el XIV Congreso, ninguna de las dos facciones hostiles despreció el peso decisivo que podría tener la intervención de Trotsky en el conflicto que desgarraba a sus vencedores. Zinóviev había denunciado los golpes bajos que Stalin había propinado a aquél y Stalin, a su vez, refirió en qué forma se había negado a expulsarle como lo exigían los otros triunviros. Mikoyán había comparado ante los leningradenses la actitud de éstos con el disciplinado comportamiento de Trotsky, y Tomsky había contrastado la nitidez de su postura con la ambigüedad de Zinóviev y Kámenev. Yaroslavsky y Kalinin les habían reprochado los métodos que habían utilizado contra Trotsky. Krúpskaya había hecho un largo panegírico a su respecto mientras que Lashévich admitía que había tenido razón en lo concerniente a un buen número de cuestiones durante la discusión de 1923. No obstante, Trotsky, había permanecido en silencio y no intervino sino brevemente en dos ocasiones; la primera, para dar la razón a Zinóviev que había justificado su actitud hostil del año anterior afirmando que no se podía elegir para desempeñar un cargo en el Politburó a un hombre al que se le reprochaban tantos errores, y la segunda, para protestar contra las ”represalias” que Stalin acababa de anunciar contra la organización de Leningrado..

Como hacen la mayoría de los historiadores, puede opinarse que tal abstención en la batalla de 1925 constituyó sin duda el mayor error táctico de su carrera política. En realidad, para todo aquel que conozca la continuación de la historia, resulta más fácil opinar de esta forma. La opinión personal de Trotsky parece ser la de que los protagonistas son tal para cual; el día 8 de enero de 1926 escribe a Bujarin para recordarle cómo había merecido en 1924, el calificativo de demagogo al afirmar – no sin cierta exageración, como él mismo lo reconoce – que los obreros comunistas de Leningrado estaban literalmente ”amordazados” por el aparato. No obstante, se da cuenta de que, en la actualidad, existe la misma unanimidad, si bien se da en un sentido diametralmente opuesto, en Leningrado y en las otras organizaciones del país: lo que supone que tanto unas como otras se encuentran en manos de los respectivos aparatos.[303] En general esta postura parece haber merecido la aprobación de los amigos de Trotsky y del núcleo de los oposicionistas de 1923: al fin y al cabo Zinóviev y Kámenev habían sido los inventores del ”trotskismo” y los ”trotskistas” de Leningrado no se reprimían en la expresión de su escepticismo ante la demoledora defensa e ilustración de la democracia obrera llevada a cabo por los dirigentes de la Comuna del Norte.

Trotsky declararía más tarde: ”Esta explosión me resultaba de todo punto inesperada. Durante el Congreso permanecí vacilante porque la situación se hallaba en plena evolución. Para mí no estaba clara en absoluto”.[304] Algunas notas personales, citadas por Deutscher, aportan nuevas precisiones: según él hay algo más que una ”brizna de verdad” en la tesis de que la oposición de 1925 es la sucesora de la de 1923, pues la manifiesta hostilidad de los congresistas respecto a los leningradenses es un fiel reflejo de la hostilidad del campo respecto a las ciudades. Trotsky acaricia la hipótesis de un súbito despertar del proletariado, reflejado a su manera por el tribuno obrero, pero, en el caso de que así fuese, espera de aquel la adopción de unas formas diferentes a las conferidas por los ”vulgares alaridos” de unos hombres que, en su opinión, se hallan ”justamente desacreditados”.[305]

La unificación de la oposición

En realidad, la aproximación entre la antigua y la nueva oposición resulta inevitable en la medida que ambos grupos pretendían apoyarse en una plataforma obrera e internacionalista y denunciaban idéntico peligro: la alianza de los kulaks, nepistas y burócratas y la degeneración del partido bajo la dirección de Stalin y su camarilla. Bujarin, que sentimentalmente permanece ligado con Trotsky pero que se siente también muy alarmado por la posición de los leningradenses, intenta durante cierto tiempo impedir una alianza que está ya en el ánimo de todos. Trotsky acepta discutir con él. El día 8 de enero le escribe: ”Sé que algunos camaradas, entre los cuales tal vez se encuentra usted., han desarrollado en estos últimos tiempos un programa cuyos puntos fundamentales son: dar a los obreros la posibilidad de criticar en sus células la actividad de la fábrica, de los sindicatos y de la región, eliminando simultáneamente todo tipo de ”oposición” que emane de la cúspide del partido”. También previene a Bujarin: ”De esta forma el régimen del aparato en su conjunto se vería preservado por un ensanchamiento de su base”.[306] Le propone también la creación de un bloque contra Stalin a favor de una verdadera democracia interna, pero Bujarin no se decide.

Por su parte Zinóviev y Kámenev están dispuestos a hacer cuantas concesiones sean necesarias. Como se lo confiesa Zinóviev a Ruth Fischer, han emprendido una lucha por el poder para la cual necesitan a Trotsky, con su prestigio, su autoridad y sus facultades; después de la victoria deberán contar también con ”su mano firme y dura para orientar de nuevo al partido y a la Internacional por la vía del socialismo”.[307] Los amigos de Trotsky estan divididos: Rádek se declara partidario de una alianza con el grupo de Stalin contra la derecha, Mrachkovsky se opone a cualquier tipo de bloque. Serebriakov se inclina por la unificación y hace el papel de intermediario entre Trotsky y los dos antiguos miembros de la troika. Primero Kámenev y luego Zinóviev llevan a cabo los primeros intentos de acercamiento, ofrecen explicaciones, reconocen sus errores y se comprometen a adoptar la misma actitud ante todo el partido. En el comité central Zinóviev reconocerá: ”He cometido muchos errores. Creo que son dos los más importantes El primero, en 1917, es conocido por todos. No obstante, considero que el segundo es más grave aún porque el de 1917, lo cometí cuando Lenin todavía estaba entre nosotros, porque fue corregido por, él, y por nosotros mismos también, algunos días más tarde. (...) Sin duda alguna el núcleo fundamental de la oposición de 1923, como lo ha probado la posterior evolución de la facción dirigente, tenía razón al ponerse en guardia contra los peligros que comportaba la desviación de la línea proletaria, y el desarrollo amenazador del régimen del aparato. Si, en lo concerniente a la opresión burocrática ejercida por el aparato, Trotsky tenía razón frente a nosotros.”.[308]

Desde sus primeras entrevistas, Zinóviev y Kámenev confían al incrédulo Trotsky el temor que les inspira Stalin al que creen movido exclusivamente por el ansia de poder y capaz de cometer todo tipo de crímenes: ”Se puede esperar cualquier cosa”, afirma Kámenev.[309] En la sesión del comité central del mes de abril de 1925, Kámenev y Trotsky coinciden en la votación de enmiendas acerca de las resoluciones de política económica, terminando por llegar a un acuerdo y redactar conjuntamente las siguientes; una vez dado el primer paso la alianza no puede tardar. Esta vez todos recorren un trecho de la distancia que les separa. La oposición conjunta no defenderá las tesis de la ”revolución permanente” mas Zinóviev y Kámenev reconocerán no sólo que Trotsky tenía razón en 1923, sino también que son ellos los que han fabricado el ”trotskismo” para deshacerse de un obstáculo en su lucha por el poder. En tales condiciones, Trotsky no puede menos que aceptar un acuerdo que viene a añadir a sus tesis fundamentales el apoyo de aquellos que, según él, representan a ”millares de obreros revolucionarios de Leningrado”, sea cual fuere la desconfianza con que los mira todavía. Más adelante escribirá: ”En la lucha para ganarse a las masas, cuando la línea política es justa, puede formarse un bloque, no sólo con el diablo sino también con un Sancho Panza bicefálo”.[310] En ambos bandos quedan aún por convencer los vacilantes y los desconfiados; como era de esperar, Leningrado es el centro que ofrece mayores dificultades. Zinóviev y Lashévich por una parte y Preobrazhensky por la otra se encargan de limar las asperezas.[311] Por fin se constituye la oposición conjunta.

Hay que admitir que su aspecto no puede ser más imponente y que, en el pasado nunca había conseguido la oposición reunir tan gran número de prestigiosos dirigentes y de brillantes personalidades. Sus filas no sólo cuentan a Zinóviev, Trotsky y Kámenev, cuya calidad de primeros lugartenientes de Lenin resulta indiscutible, sino también a Preobrazhensky, Serebriakov y Krestinsky, los sucesores de Svérdlov en el secretariado y a diez de los dieciocho supervivientes del comité central de marzo de 1919, elegido en plena guerra civil. Krúpskaya, la viuda de Lenin y Bakáiev, el antiguo diputado de la Duma zarista, son los más ilustres supervivientes del período prerrevolucionario. Entre ellos se hallan igualmente los más conocidos jefes militares de la guerra civil, los bolcheviques Antónov–Ovseienko, Lashévich, Murálov y los grandes comisarios como Iván Nikitich Smirnov, vencedor de Kolchak, o las destacadísimas figuras de Mrachkovsky y Smilgá, organizador del partido en la flota del Báltico, y ”cómplice” de Lenin en su ”complot” contra el comité central inmediatamente antes de la insurrección. El equipo que integra la oposición supera en toda la línea al de sus adversarios desde el punto de vista del talento y la capacidad intelectual: Sosnovsky es una figura muy popular por sus sátiras de la burocracia y se le considera, junto con Karl Rádek, especialista en cuestiones internacionales, la mejor pluma del país. Aparte de Bujarin, no hay economistas cuya reputación iguale siquiera la de Preobrazhensky, Piatakov y Smilgá. Todo el mundo parece estar de acuerdo en admitir que Rakovsky y Joffe son los dos diplomáticos más hábiles el país. De estos hombres, flor y nata de la vieja guardia, algunos ocupan todavía puestos importantes y prestigiosos: Zinóviev es presidente de la Komintern, el antiguo marinero Evdokimov, su brazo derecho, se encuentra en el Buró de Organización, Beloborodov es Comisario para el Interior de la RSFSR, Lashévich es vicecomisario para la guerra, Murálov es Inspector general del Ejército Rojo. Por supuesto, estos responsables son poco numerosos si se los compara con las decenas de miles de funcionarios del partido en los que estriba la fuerza de Stalin. Pero, para Zinóviev y Kámenev o, al menos, para sus amigos, de los que Victor Serge dice que ”parecían haber cambiado de alma en una noche”,[312] no parece caber la menor duda de que la élite que de esta forma se agrupa, será legitimada inmediatamente: ”Bastará, dice Kámenev a Trotsky, con que Zinóviev y Vd. aparezcan en la misma plataforma para que el partido reconozca a su verdadero comité central”.[313]

Esta es la principal divergencia que subsiste entre los nuevos aliados ya que, por su parte, Trotsky opina que la lucha será larga y cruenta. Ciertamente la situación ha cambiado desde 1923, fecha en la que un proletariado desintegrado ha asistido con completa pasividad a su derrota; en la actualidad existe un verdadero proletariado en las fábricas, así como una importante capa obrera dentro del partido. Trotsky no puede apoyar a Bujarin que intenta justificar el régimen autoritario por la completa desaparición de la conciencia de clase obrera y determina en decenios el plazo necesario para su renacimiento en unos obreros generalmente iletrados recién llegados del campo. No obstante, sabe medir mejor que sus nuevos aliados la inmensidad de la tarea que consiste en volver a crear, en el partido y gracias a él, una vanguardia lúcida y combativa en el seno de la clase obrera. En su opinión, la ola revolucionaria que llevó al poder al partido bolchevique en 1917 ha experimentado un irreversible reflujo. Rusia conoce un nuevo período de reacción y en él se originan la descomposición del partido y el inicio de su degeneración cuyo exponente más claro es precisamente la omnipotencia adquirida por el aparato. El repliegue sobre sí mismos, la pérdida de la confianza y de la iniciativa colectiva, del gusto por la lucha y de la conciencia, el cansancio y el escepticismo desvían de la actividad política a los millones de hombres que, con sus propias manos, habían escrito la epopeya revolucionaria de 1917 y de la guerra civil: el ”gran debate” interesará como máximo a un núcleo de 20.000 personas de los 150 millones de habitantes con que cuenta la U. R. S. S. y las informaciones a este respecto no se filtrarán en la prensa controlada sino de forma suficientemente unilateral y deformada como para no poder despertar un eco serio.

De hecho, la oposición, que se autodenomina ”Oposición de izquierda” y pretende constituirse en el ala proletaria y bolchevique del partido, se mueve contra la corriente. Los llamamientos a la energía revolucionaria, a la responsabilidad, a la entrega y a la lucha por la verdad dejan indiferentes a toda una serie de hombres cansados y poco escrupulosos que aspiran a alcanzar una seguridad o incluso un cierto bienestar. Nadie quiere oír hablar de la ”revolución permanente” si ello significa revolución continua e ininterrumpida, pues la guerra y la revolución han dejado el recuerdo de una infinidad de sufrimientos atroces, de decenas de millares de muertos, agotamiento, hambre y desolación. Alejandro Barmín, militante comunista desde los dieciocho años, antiguo soldado –, comisario del Ejército Rojo, ha confesado de qué forma, al convertirse primero en diplomático y más adelante en alto funcionario, se informó con un suspiro de alivio de los artículos de Stalin contra la teoría de la revolución permanente que le decidieron a rechazarla definitivamente por ser demasiado peligrosa.[314] El ”socialismo en un solo país” ofrece a hombres como él una perspectiva ciertamente menos épica y aventurada pero más concreta e inmediata. El relativo restablecimiento de la NEP ha conferido un valor mucho más elevado a las ínfimas satisfacciones materiales de las que todos habían estado privados durante tanto tiempo: no es lo suficientemente vieja como para haber creado nuevos hábitos, pero el anhelo de aferrarse a la pequeña mejora del nivel de vida aparece en toda su plenitud frente a aquellos cuyas tesis parecen implicar la posibilidad de volver a poner todo en cuestión.

Stalin conoce perfectamente la eficacia de sus palabras al reprochar a Trotsky sus ”posturas heroicas” y afirmar que no se dirige a ”hombres de carne y hueso, sino a una especie de criaturas ideales, de ensueño, revolucionarias de la cabeza a los pies”.[315] Es cierto que, en 1926 y 1927, tanto los militantes del partido como los demás se asemejan más al ”hombre de carne y hueso” al que se refiere Stalin y cuya encarnación viene a ser él mismo, que a las ”criaturas revolucionarias de la cabeza a los pies” de las que Trotsky viene a ser el prototipo, las mismas que él llevaba a la lucha en 1917 y en los años siguientes. Desde este punto de vista, si el aparato ha triunfado como consecuencia de una desmovilización de las masas, pasa a su vez a convertirse en factor activo de este mismo proceso, encontrando en él su justificación: las trágicas derrotas de la revolución china en 1927 aportan una aplastante confirmación a los pronósticos de la oposición que denunciaba la política que las engendraba, pero, al mismo tiempo, la debilitan terriblemente precisamente por el golpe que infieren a la confianza, al empuje y a la moral de los militantes. Por último, refuerzan considerablemente el bando de aquellos que han asumido la responsabilidad de tales medidas contribuyendo a hacer irrealizables las perspectivas de todos los que habían indicado la forma de evitarlas.

Idéntica contradicción pesa sobre los métodos de lucha de la oposición; sus componentes están persuadidos de que la política de la dirección debilita tanto al régimen como a la Internacional y pasan a denunciar el peligro, para ellos inmediato, de una restauración capitalista. Ahora bien, el abismo que se abre entre el partido y las masas y entre el aparato y los militantes es un factor que contribuye al debilitamiento del régimen frente a este peligro. Por tanto, la oposición se abstiene de cualquier tipo de críticas desmoralizantes y asimismo de las manifestaciones públicas susceptibles de ensanchar las grietas existentes en el interior de un partido que sigue siendo para ellos el instrumento histórico necesario a la revolución mundial y al que no reprochan su existencia sino, precisamente el hecho de no constituir, dados sus métodos burocráticos y su cortedad de miras, un instrumento suficientemente eficaz. Mientras la oposición tenga existencia legal dentro del partido tales contradicciones no pueden impedirle manifestarse unida, pero a partir del momento en que se inicia la presión del aparato sobre ella, pierde su fuerza al desgarrarse entre los que ya no pretenden permanecer en el ámbito del partido y los que no consideran siquiera la posibilidad de salirse de él, dividiéndose a su vez estos últimos entre los que quieren permanecer en él para luchar y los que para poder permanecer en sus filas están dispuestos a renunciar a la lucha.

Tales condiciones explican igualmente el lenguaje esotérico utilizado en las controversias para el puñado de privilegiados que tiene la posibilidad de seguirlas. Más de la mitad de los miembros del partido son analfabetos y las discusiones se llevan a cabo con el característico idioma convencional: en ambos bandos se cita a Marx, a Engels y a Lenin, unos y otros se golpean mutuamente con pesados montajes de citas-maza, apelan a la tradición, a las autoridades doctrinales, a una serie de fórmulas que, para la mayoría de los militantes, no son mas que un lenguaje hueco.

Los dirigentes de la oposición son distinguidos marxistas que suelen plantear los problemas desde las mayores alturas teóricas: ¿Cómo podría la ”base” comprender los análisis acerca de la tasa de acumulación? Cuando Bujarin se aferra a la frase en la que se habla de ”explotación” del campesinado ¿puede acaso un militante normal comprender que tal vocablo no tiene en el léxico del economista marxista el sentido vulgar e inmoral que él le presta? A este respecto, la mediocridad de los silogismos a los que tan propenso es Stalin, la tosquedad de las comparaciones y la grosería de que están cargadas las injurias que se repiten tantas veces, tienen un peso infinitamente mayor que los más certeros análisis de la oposición que nunca se publican y que además, son deformados sistemáticamente. Cuando la oposición expone el proyecto de la presa de Dnieprostgroi, Stalin argumenta que sería tan absurdo construirla como regalarle un fonógrafo a un campesino que no tiene ni vaca ni carreta. Por supuesto el proyecto era absurdo en aquel momento pero el Dnieprostroi se convertirá más adelante en una ”inmensa realización de Stalin”; no obstante pocos hombres se hallaban en condiciones de comprender el sistema de datos económicos que exigía este tipo de proyectos. El plan de industrialización y planificación que elaboran conjuntamente Trotsky, Piatakov y Preobrazhensky es una conquista del pensamiento socialista y sus adversarios habrán de utilizarlo a su manera no sin afirmar, tras haber eliminado a sus autores, que tal ”programa superindustrial” y ”superproletario” ”no es sino la utópica superestructura de unas ilusiones socialdemócratas, una mascarada demagógica que sirve para disimular la verdadera esencia derechista de la plataforma de la oposición”.[316]

Con este proceder la oposición se siente continuamente acosada. Tras ser denunciada como ”fraccionalista” cada vez que intenta hacerse oír dentro del partido, es perseguida, condenada a replegarse en los órganos dirigentes donde no tiene posibilidad alguna de convencer y de donde no puede aspirar a salir si no es expulsada ignominiosamente bajo la acusación del mayor de los crímenes: escisionismo. No obstante, todavía ha de luchar durante cerca de dos años contra el cerco que se cierra a su alrededor y que terminará por hacerla estallar dadas las presiones divergentes que se acentúan gradualmente a medida que disminuyen sus posibilidades de acción.

La política derechista de Stalin–Bujarin

El tipo de línea contra el que se alza la oposición conjunta no tiene nada de original. En realidad es aquella misma definida por la troika en el XII Congreso y cuyo inspirador teórico ha sido Bujarin en 1924 y 1925. Lo que ocurre es que sus consecuencias son cada vez más evidentes. La diferenciación social no deja de aumentar en los campos donde se manifiesta el poderío del kulak con un proceso ininterrumpido de concentración de tierras. En el periodo 1925–26 se alquilan 15 millones de hectáreas frente a los 7,7 del periodo 1924–25; casi todas estas tierras son arrendadas por kulaks. El campesino pobre se contrata como jornalero o como aparcero y sigue pagando a los usureros cantidades que llegan a ser hasta cuatro veces superiores a las que debe al fisco. En algunas regiones el proceso adquiere proporciones verdaderamente alarmantes: en Ucrania, el 45 por 100 de los campesinos no tiene caballerías y el 35 por 100 no posee ganado vacuno. La dirección de las cooperativas se les va escapando a los campesinos pobres para caer progresivamente en manos de los kulaks que representan el 6 por 100 de sus elementos dirigentes. Las 22.000 explotaciones colectivas no son más que una gota de agua en comparación con los 30 o 40 millones de explotaciones individuales y con la masa de 2.160.000 proletarios agrícolas que hablan sido contratados en agosto de 1926 en granjas pertenecientes a kulaks que utilizaban más de diez asalariados.[317]

 Esta pequeña–burguesía rural en pleno auge no limita sus ambiciones a la esfera inmediata de sus intereses personales. Por el contrario ejerce su presión en los soviets e incluso en el partido para defenderse contra las uniones de campesinos pobres o contra los sindicatos a pesar de que estos no integren a más de un 20 por 100 de obreros agrícolas; demuestra también su oposición a la nueva legislación soviética; exige que se de un trato de favor al matrimonio registrado frente a la unión libre; protesta contra los derechos que el código civil otorga a las mujeres; exige que sea salvaguardada su propiedad mediante una serie de medidas draconianas cuyo mejor exponente es la pena de muerte en que incurren los cuatreros, aplicada a veces de forma harto sumaria. En definitiva, este sector social constituye a la vez la base y la vanguardia de todas las fuerzas que podrían apoyar eventualmente una restauración del capitalismo.

No obstante, el ritmo de la industrialización dista mucho de sentar las bases necesarias para la absorción de tales tendencias. Ciertamente la industria rusa ha recobrado su nivel de antes de la guerra, si bien con arreglo a unas nuevas condiciones, ya que no se ha beneficiado en absoluto de los capitales extranjeros que sirvieron de fundamento a la industrialización de la Rusia zarista. La población, empero, ha sufrido un incremento de más de diez millones de habitantes durante este lapso y el retraso industrial es más considerable que nunca, ya que la restauración se viene realizando basándose en el nivel técnico de antes de la guerra, y mientras tanto, los países capitalistas aprovechan para mejorar su equipo: cuando los precios rusos de anteguerra se encontraban a un nivel similar a los del mercado mundial, los de 1926 son dos veces y media más altos. En este mismo año la Academia Comunista estima la ”prima de carestía” que debe pagar el consumidor ruso por este concepto en más de mil millones de rublos. El raquitismo de la industria se patentiza en el fenómeno que se conoce como ”penuria de productos”: las mismas fuentes consideran que asciende a más de 400 millones el importe de los productos industriales que el mercado podría llegar a absorber si se mantuviesen constantes los restantes parámetros. Este fenómeno sirve de explicación a la supervivencia y a los progresos del capital privado cuya proporción en la producción estimada varía, según las fuentes, entre un 4 y un 10 por 100. En el propio Moscú, la industria privada utiliza 20.000 obreros y en Ucrania su número se eleva a 620.000. El capital privado domina por completo el mercado interior y, como es natural, obtiene un beneficio sustancial. Su volumen de negocios en Moscú iguala al total de las cooperativas. A escala nacional asciende a más de 7.000 millones y medio al año sobre un volumen global de 31.000 millones; por otra parte resulta imposible evaluar sus considerables beneficios que constituyen en realidad capitales sustraídos a la acumulación y, por ende, al fondo de industrialización.

De esta forma han vuelto a aparecer dentro de la sociedad rusa los elementos característicos de una burguesía tan vigorosa como temible. Resultan tanto más peligrosos cuanto que la administración y los organismos económicos pesan sobre la economía de una forma cada vez más gravosa, dado su enorme aparato burocrático, frenando con su funcionamiento parasitario el desarrollo industrial. En 1927 las estadísticas revelan que frente a los 2.766.136 obreros y empleados del sector industrial, existen 2.076.977 empleados de la administración. Una circular del día 16 de agosto de 1926 firmada por Ríkov y Stalin evalúa en dos mil millones de rublos los gastos de administración y gestión, y, al ahorro potencial con base a ellos en unos 300 o 400 millones. Un informe de Ordzhonikidze que apareció en la Pravda del 15 de diciembre de 1926, aprecia un incremento de 43.199 personas entre los cuadros del Estado, precisamente después de haber sido llevada a cabo durante el último año una campaña en el sentido de disminuir la plantilla de los funcionarios. En dicho informe se citan asimismo los ejemplos más escandalosos de incumplimiento de tales normas: por ejemplo, el balance anual de un trust moscovita ocupa 13 volúmenes de 745 páginas y su mera elaboración importa ya 1.306.000 rublos. Mientras tanto, entre 1926 y 1927, el salario real del obrero no deja de descender hasta estabilizarse alrededor de la última de estas fechas.

La conjunción de nepistas, kulaks, y burócratas que denuncia la oposición conjunta tiene un claro exponente en la política de inmovilismo y de laissez.faire latente en las teorías de Bujarin sobre la estabilización del capitalismo en un largo período y en las de Stalin sobre la construcción del socialismo en un solo país, apoyándose también en ellas. En la Internacional se reflejan en una nueva política que rompe definitivamente con las concepciones afirmadas durante los cuatro primeros Congresos; a saber, la línea de ”frente único” con las organizaciones reformistas, partidos y sindicatos sin perspectivas revolucionarias. Como afirma Deutscher ”Suponer de antemano que la Unión Soviética tendría que construir sola el socialismo del principio al fin era abandonar la perspectiva de la revolución internacional; y abandonar esa perspectiva era negarse a participar en ella e incluso obstaculizarla”.[318] La voluntad de afirmarse como ”leninistas”, el deseo de delimitar inequívocamente las distancias respecto al ”trotskismo”, la confusión, inicialmente involuntaria pero repetida y afirmada cada vez con mayor frecuencia, de los intereses del Estado soviético con su política extranjera y sus necesidades diplomáticas por una parte, y el interés de la revolución mundial, de los partidos comunistas y las exigencias de la lucha obrera en determinado país por otra, explican el resto.

Esta es la razón de que los comunistas polacos, respaldados por la Internacional, crean actuar correctamente cuando, en el mes de mayo de 1926, apoyan al mariscal Pilsudski en el golpe de Estado que le permite hacerse con el poder y, desde él, aplastar posteriormente al movimiento obrero: la política de alianza con las clases no proletarias, con el kulak y la pequeña–burguesía en Rusia, en el caso polaco, se reflejó en la alianza con un movimiento pequeño–burgués de etiqueta socialista y campesina que no tardó demasiado tiempo en trasformarse en una dictadura militar que se apoyaba en los magnates de las altas finanzas. Durante el mes de mayo de 1925, tras una serie de contactos que duraron un año con Purcell, dirigente de las Trade-Unions británicas, los sindicatos rusos fundan el Consejo Sindical Anglo–soviético, baza diplomática con la que se intenta conjurar los intentos hostiles de la burguesía británica: su utilidad fundamental ha de estribar en el apoyo de los bolcheviques, con su prestigio, a los dirigentes ingleses que, después de haber boicoteado con su actitud la huelga general de mayo de 1926, terminarán por apoyar la ofensiva general contra la U. R. S. S. que, en 1927, inicia su propio gobierno.[319]

La línea seguida por la dirección del partido y de la Internacional resulta aún más significativa en el caso de China. Tal política abocará, en el momento en que se produce la segunda revolución china en 1927, a la gran polémica con la oposición.

 Los comienzos de la oposición

Los dirigentes de la oposición empiezan por organizarse con una clara conciencia de las dificultades que les esperan tras el doble fracaso de sus respectivos intentos. Se trata de un paso decisivo pues, con ello, violan una disciplina a la que afirman estar sometidos; pasan entonces a una especie de clandestinidad respecto al partido. Sus militantes, tras toda una serie de años de actividad pública y de responsabilidad en el Estado, se vuelven a sumergir en un tipo de acción política que habían dejado de practicar desde los tiempos del zarismo pero que a todos ellos les resulta familiar: citas secretas, reuniones en los domicilios privados o en el campo protegidas por piquetes y patrullas, enlaces, emisarios, guardaespaldas y ”contactos”, es decir, toda la impedimenta que supone la ilegalidad de su nueva situación, ya que el grupo clandestino dentro del partido actúa esforzándose en zafarse de la vigilancia de la GPU. La primera etapa consiste en organizar una red que cubra todo el país y que cuente con una estructura paralela a la del partido: para ello resulta imprescindible tomar muchos contactos más allá del circulo de los amigos personales que cada uno posee, reanudar antiguas relaciones, tantear las disposiciones de los nuevos militantes: en definitiva, crear centros iniciales por doquier.

Unos pocos meses bastarán para que los elementos más decididos de las sucesivas oposiciones se organicen. Entre ellos se cuentan, en clara minoría, algunos antiguos miembros de la oposición obrera, así como los aliados de Zinóviev, un poco más numerosos que los de Trotsky y, por último, los oposicionistas de 1923. En total suponían de 4.000 a 8.000 militantes según las evaluaciones extremas: ciertamente la cifra es ridícula si se compara con los 750.000 militantes con que cuenta el partido, pero se trata de una vanguardia cuyo campo de acción se encuentra en un círculo mucho más restringido que el propio partido; dándose ante todo, como subraya Deutscher, la característica fundamental de que sus miembros, ya sean viejos militantes o jóvenes recién incorporados, ocupan cargos responsables, son cuadros dirigentes en mayor o menor medida y desconocen todo tipo de carrerismo u oportunismo. A pesar de que Evdokímov, el único representante que contaba la oposición en el Buró de Organización, acaba de ser destituido, todavía existen muchas posibilidades de apoyarse en determinados sectores del aparato: de hecho los despachos de Zinóviev en la Komintern sirven ampliamente a los fines de reclutamiento y enlace. Naturalmente la extensión de esta red ha exigido la organización de numerosos viajes y reuniones. Los emisarios son citados uno tras otro ante las comisiones de control, que se obstinan en encontrar una prueba flagrante de la existencia de una fracción. Tal prueba será suministrada por un provocador que pondrá en conocimiento del aparato la celebración en un bosque de los alrededores de Moscú de una reunión de la oposición, presidida por Bielenky, alto funcionario de la Komintern, y en la que había participado Lashévich, miembro del gobierno.

En el terreno político, la oposición conjunta se manifiesta oficialmente por primera vez en la sesión que el comité central celebra en junio; en esta ocasión Trotsky, en nombre de todos, lee la ”Declaración de los l3” A partir de la resolución del día 5 de diciembre de 1923, en la que se reconocían los progresos de la burocratización dentro del Estado y el partido, se describe en la declaración, el progresivo empeoramiento de la situación así como el auge de los peligros internos que suponen los, elementos procapitalistas entre los que se cuentan los kulaks y nepistas. Esta es la situación que provoca la constitución de la oposición, una oposición de izquierda, bolchevique y proletaria a la facción que ostenta el poder, considerada a su vez como alianza de la ”fracción Stalin”, manifestación del aparato, con la derecha basada en el grupo de Bujarin que se ha constituido en portavoz de los kulaks. La oposición declara que está dispuesta a ponerse a trabajar inmediatamente con los restantes sectores para ”restaurar de común acuerdo en el partido un régimen (... ) en plena conformidad con sus tradiciones” de democracia obrera. En caso de negativa se propone luchar, siguiendo los cauces establecidos en los estatutos, para conseguir la mayoría y constituirse en la dirección que habrá de restablecer una trayectoria correcta dentro del partido.

Su programa es un programa de clase, de ”defensa del proletariado” [320]; en primer lugar se manifiesta a favor del alza de los salarios industriales y también de una reforma fiscal que exima de tasas a los campesinos pobres, que alivie el impuesto de los campesinos medios y que aumente en una cuantía importante las exacciones de que son objeto los kulaks. A plazo más largo preconiza una política de apoyo a la colectivización en el campo y, sobre todo, una sustancial aceleración del ritmo de desarrollo industrial que cristalizaría en lo que la oposición denomina ”un auténtico plan quinquenal”. Estos son los instrumentos con los que se propone reforzar el papel desempeñado por la clase obrera dentro del Estado proletario, aumentando su peso específico dentro del país y devolviéndole asimismo, su voz en el seno del partido, al tiempo que intenta marginar a los incipientes elementos capitalistas del campo. Al subrayar el peligro de creciente confusión entre los intereses del Estado ruso como tal y los de la clase obrera internacional, la Declaración de los 13 condena la política oportunista que ha inspirado el acuerdo con los sindicatos ingleses en el Comité Anglo–ruso, que apoyaba, en nombre de los revolucionarios rusos y en oposición a los obreros ingleses, a los dirigentes reformistas que acaban de sabotear la huelga general de mayo. Con esta denuncia la oposición declara la guerra a la teoría del ”socialismo en un solo país” que justifica las concesiones oportunistas de los partidos comunistas extranjeros y el total abandono de las perspectivas revolucionarias.

Las polémicas son extraordinariamente violentas. Dzerzhinsky, el jefe de la GPU, muere de un ataque al corazón tras una enconada intervención contra Kámenev. Todas las propuestas de los 13 son rechazadas en bloque y la mayoría, a su vez, pasa al contraataque arguyendo las ”violaciones de la disciplina” en las que ha incurrido la oposición. El oposicionista Ossovsky, autor de un artículo aparecido en Bolshevik, en el que se exige la creación de un nuevo partido, es expulsado; Trotsky y sus compañeros, a pesar de no solidarizarse con él, se niegan a votar a favor de la expulsión pues, desde su punto de vista, la responsabilidad de esta ”falta grave” pertenece al aparato. El ”affaire” en el que se ve implicado Lashévich se considera como una ”conspiración ilegal”; los responsables de ella son objeto de una moción de censura; Lashévich es destituido de su cargo de comisario, expulsado del comité central y privado de todo tipo de responsabilidad durante dos años; Zinóviev es expulsado del Politburó, siendo sustituido por Rudzutak. La resolución final acusa a la oposición de haber decidido ”pasar de la defensa legal de su punto de vista a la creación de una amplia organización ilegal extendida a escala nacional que se enfrenta con el partido, preparando una escisión”.[321]

Esta es una clara lección para la oposición: nunca podrá llegar el partido a enterarse de lo que se discute en el comité central, no tiene más remedio que dirigirse a la opinión pública, utilizando para ello la organización, que hasta entonces había permanecido en la clandestinidad, para un tipo de trabajo que, en esta ocasión, habrá de llevarse a cabo a plena luz, en todas las células y centros del partido. Decide intentar esta ”salida” a finales de septiembre, coincidiendo con la XV Conferencia del partido. Como es problable que el aparato reprima esta iniciativa, se decide que serán los propios dirigentes de la oposición los que, autorizados por los estatutos, habrán de acudir a las células obreras para defender en ellas sus puntos de vista. Trotsky, Piatakov, Rádek, Smilgá y Saprónov acuden a la célula de los ferroviarios de Riazán–Ural donde se les acepta y se les presta atención: la célula vota una moción que recoge los puntos principales del programa de la oposición. Estalla el entusiasmo, su primera intervención pública constituye una victoria. Pero el comité de Moscú protesta, no puede permitirse a los lideres de la oposición ”que inoculen al partido una fiebre de oposición”. Cuando los mismos líderes oposicionistas comparecen unos días más tarde en la célula de la fábrica de aviones Aviopribor, los responsables piden auxilio al comité regional. Uglanov, acompañado de su adjunto Riutin, encabezan entonces una fuerza de choque que acude como refuerzo, demasiado tarde para impedir que Trotsky tome la palabra, pero con tiempo suficiente para amenazar e intimidar. A partir del día 27 de septiembre, la Pravda ha iniciado la publicación de unas listas nominales de ”expulsados por llevar a cabo actividades fraccionales”. En la votación se enfrenta la tesis de la ”unidad” – cuya defensa corre a cargo de Riutin y Uglanov – con la de la ”discusión”: se recogen 78 votos favorables a la unidad contra 27 partidarias de la discusión. Dadas las circunstancias no cabe duda de que se trata de un tanteo alentador para la oposición.

En realidad este éxito a medias sólo constituye el prólogo de toda una serie de graves fracasos. Tanto en Moscú como en Leningrado, el aparato ha decidido acallar a la oposición cueste lo que cueste. En lo sucesivo sus oradores serán acogidos por unos grupos de choque – organizados por Riutin en Moscú – que silban y abuchean, ahogan sus voces, provocan incidentes y altercados. En la fábrica Putilov de Leningrado, Zinóviev consigue hablar durante un cuarto de hora en plena barahúnda consiguiendo sólo 25 votos contra 1.375. La oposición se decide entonces a denunciar los métodos de gangsterismo político que emplea el aparato al enviar ”rufianes” a las reuniones con el fin de intimidar a los obreros. Stalin replica que es la ”voz del partido”, sano e íntegro, la que cubre las palabras de los agitadores. En realidad, lo más grave es que son los testaferros de los comités los que dictan la ley impunemente en las células mientras que los obreros permanecen indiferentes e incluso sumisos: pueden votar a favor de la oposición ”por sorpresa” pero inmediatamente se retractan ante la violencia y las amenazas. Una vez reunida de nuevo, la célula Riazán–Ural reconsidera su anterior votación; entretanto Mólotov denuncia a aquellos que no han dudado ni un momento en ”intentar abalanzarse sobre una célula obrera”. La oposición está acorralada, ha caído en la trampa: si intentara seguir su política ofensiva las reuniones de célula se convertirían en el campo de batalla de enfrentamientos en toda la línea cuya responsabilidad le sería atribuida a pesar de no haber ganado ni un solo nuevo miembro con ellos. La masa del partido ha mostrado inequívocamente que aceptará sin discusión tanto el rechazo brutal de la discusión como las expulsiones que no pueden menos que producirse tras él.

El bloque se agrieta: algunos veteranos de la Oposición Obrera o del grupo Centralismo Democrático piensan que ha quedado suficientemente demostrado que no es posible mejora alguna del partido y que los revolucionarios deben romper con él. Por el contrario Zinóviev y Kámenev muestran su miedo a las consecuencias de la acción que han emprendido: saben que han dado un mal paso al organizar de hecho una fracción, después de haber sostenido públicamente infinidad de veces la prohibición que pesa sobre tal proceder, enfrentando así a la base con el comité central del que ambos forman parte. Por ello desean que se detenga el proceso que les conduce a la expulsión. También Trotsky condena todo proyecto que exija la fundación de un segundo partido y conserva su fe en la posibilidad de devolver el existente al buen camino. Sin embargo, no piensa que el resultado de la batalla pueda decidirse en unas pocas semanas. No se resigna a ser expulsado sin haber podido manifestar públicamente su opinión pero también teme el desánimo y la capitulación de Zinóviev y Kámenev cuya caída tendría mayores consecuencias que la suya, pues arrastraría sin duda, a toda la oposición. Todas estas razones le llevan a inclinarse por una negociación que le permita permanecer en el partido sin capitular, pero evitando al mismo tiempo una expulsión que la base obrera, verdadero comodín del juego, podría aceptar con indiferencia.

El día 4 de octubre se inicia la discusión entre el Secretariado y los líderes de la oposición. Stalin termina por aceptar una resolución en la que se opta por no expulsarla. Trotsky, Zinóviev, Piatakov, Evdokímov, Kámenev y Sokólnikov firman una declaración en la que se mantienen íntegramente en las posiciones afirmadas en la declaración de los 13. Al mismo tiempo, desautoriza la toma de postura de Shliapnikov y Medvédiev a favor de un nuevo partido, así como las tesis de los partidarios extranjeros de la oposición como Souvarine, Maslov, Ruth Fischer y otros que critican públicamente al partido y a la Internacional. Los lideres de la oposición admiten fundamentalmente el carácter fraccional de su actividad y reconocen haber infringido la disciplina. En lo sucesivo se comprometen a acatarla y piden a sus compañeros que ”disuelvan todos los elementos fraccionales que han constituido en torno a las tesis de la oposición”. La oposición sanciona igualmente como errónea la alusión hecha por Krúpskaya al Congreso de Estocolmo dado que ésta ”podía ser considerada como una amenaza de escisión”, y concluye afirmando: ”Cada uno de nosotros se compromete a defender sus concepciones únicamente en la forma fijada por los estatutos y por las decisiones del Congreso y del comité central de nuestro partido pues estamos persuadidos de que todo cuanto sea justo en tales concepciones será adoptado por el partido en el curso de su trabajo futuro”.[322]

 En realidad la declaración del 16 de octubre no es la capitulación a la que tantos historiadores se refieren, pero sí puede considerarse corno el reconocimiento de una grave derrota. Los dirigentes que la suscriben se separan de una parte de sus efectivos al condenar al grupo Medvédiev-Shliapníkov, dando a algunos la impresión de haber retrocedido en el preciso momento en que se hallaban amenazados de expulsión. Lo más importante es su aceptación de la vuelta al círculo vicioso del que habían intentado salir, primero en primavera al organizar la fracción y más tarde, en septiembre, al iniciar la ofensiva dentro de las células. Al mismo tiempo que mantienen sus puntos de vista, aceptan no manifestarlos más que en los organismos dirigentes en los que no cuentan con ninguna posibilidad de convencer, permaneciendo, por tanto, desconocidos sus argumentos para la inmensa mayoría de los miembros del partido. Muchos de los partidarios de la oposición comprenden tal declaración como una aceptación de su impotencia, como si los propios abogados de la democracia obrera renunciasen a defenderla. Por eso, para muchos la suerte está echada definitivamente y gran parte de los militantes abandonan una postura que de antemano parece carecer por completo de perspectivas.

La XV Conferencia

A pesar de todo, la oposición no conseguirá la tregua que había negociado y pensado obtener contando con la perspectiva de un Congreso preparado democráticamente: la lucha va a empezar de nuevo y el XV Congreso no será convocado hasta finales de 1927, cuando todos sus jefes han sido expulsados ya. El día 18 de octubre, Max Eastman publica en el New York Times el testamento de Lenin. Ahora bien, durante el otoño del año anterior, con posterioridad a la publicación de un libro de Eastman que aludía a la existencia de dicho documento citando largos extractos de él, Trotsky había aceptado – a instancias del núcleo dirigente de la oposición según escribe en 1928 a Murálov[323] – publicar en Bolshevik un mentís, redactado en términos extraordinariamente duros para el escritor americano, en el que prácticamente le acusaba de utilizar calumniosas falsificaciones contra el partido ruso.[324] En realidad, dada la notoria e íntima amistad entre Eastman y Trotsky, resultaba de todo punto evidente que éste último no había podido ignorar tal iniciativa: al ceder al ultimátum del Politburó por considerar que el momento era inoportuno para iniciar una nueva batalla, Trotsky corría el riesgo de aislarse de sus propios amigos extranjeros, desempeñando entre los propios oposicionistas el papel de capitulador. En 1926, la situación de Trotsky es todavía peor si cabe: Eastman ha tomado la iniciativa de publicar el documento en plena ofensiva de la oposición rusa y cree contar con la aprobación de Rakovsky pero naturalmente ni siquiera sospecha que, en el ínterin, la oposición ha tenido que retroceder y que el texto va a aparecer precisamente dos días después de la declaración del 16 de octubre.

Stalin inmediatamente a la oposición de jugar con dos barajas al pedir una tregua en Moscú y asestar simultáneamente al partido un golpe por la espalda. Por ello declara que el acuerdo queda rescindido, consiguiendo también que el comité central incluya en el programa de la XV Conferencia un debate sobre la oposición en el que se reserva el papel de ponente. El día 25 de octubre somete su proyecto de informe al Politburó: en él se denomina a la oposición ”fracción social-demócrata”. Con este motivo tiene lugar una escena de extraordinaria violencia durante la cual Trotsky llama a Stalin ”sepulturero de la revolución”. Natalia Sedova ha descrito posteriormente la reacción de los asustados amigos de Trotsky y concretamente la de Piatakov, completamente atónito, repitiendo: ”¿Por qué le ha llamado Vd. eso? No se lo perdonará jamás”.[325]

Durante la XV Conferencia que se celebró desde el 26 de octubre al 3 de noviembre, los jefes de la oposición, fieles a los términos de su declaración de octubre, guardan silencio durante seis días a pesar de los ataques y sarcasmos de todo tipo de que son objeto. El séptimo día, Stalin presenta durante tres horas su informe acerca de la oposición y de la situación interna del partido. Tras haber recordado exhaustivamente cuanto Zinóviev y Kámenev dijeron en su día a propósito de Trotsky y cuanto éste dijo de ellos, vuelve a emprender la requisitoria, que en lo sucesivo pasará a ser tradicional, contra el ”trotskismo” al que según dice se han unido los componentes de la ”nueva oposición”; denuncia la actividad fraccional de la cual la declaración del 16 de octubre, maniobra para engañar al partido, no es sino una nueva faceta, y concluye que puesto que la oposición ha insistido en mantener ”íntegramente” su punto de vista: ”¡Que se coma, pues la sopa que ella misma ha cocinado!”. A la política de industrialización – que, en su opinión, ”condenaría a la miseria a millares de obreros y campesinos” – preconizada por los oposicionistas, enfrenta la sostenida por el comité central que se caracteriza por una gradual mejora del bienestar sin convulsiones: ”Menos palabrería y más trabajo positivo y creador cara a la edificación socialista”. Su informe termina con un llamamiento a la lucha en favor de la capitulación de la oposición: ”Para realizar la unidad más completa todavía hay que dar un paso más hacia adelante, hay que conseguir que el bloque de la oposición renuncie a sus graves errores y proteger de esta forma al partido y al leninismo contra todos los ataques e intentos de revisión de que es objeto”.[326]

Kámenev, primer orador de la oposición, a pesar de las frecuentes interrupciones se mantiene digno y frío, explica la decisión del 16 de octubre como una manifestación de la voluntad de evitar a cualquier precio la escisión que parecía inevitable: sin embargo, ante las acusaciones de Stalin, la oposición no puede permanecer en silencio. El comienzo de su intervención constituye un fiel exponente de la temperatura política de la sala; los mismos delegados que habían premiado a Stalin con una ”entusiástica ovación” cuando recordaba las polémicas pasadas de Zinóviev, Kámenev o Trosky con Lenin, vociferan su desaprobación a los ”métodos inadmisibles” ante el recordatorio de los ataques de Bujarin contra Lenin en 1918. Al discutir tranquilamente las ”exageradas acusaciones” proferidas contra los oposicionistas, Kámenev desarrolla los argumentos propuestos en lo referente al campo económico y a la burocratización del partido, declarando al mismo tiempo que la alianza de la ”nueva oposición” con Trotsky se basa en el propósito de ”defender unas concepciones muy específicas”. La resolución presentada por Stalin hace difícil ”la colaboración que la oposición desea” y el vocerío de los delegados no conseguirá ciertamente hacer avanzar la discusión ni un solo paso: ”Acusadnos si queréis, camaradas, mas no estamos en la Edad Media. Ya no vivimos en la época de los procesos por brujería”.[327]

Según su biógrafo Deutscher, Trotsky pronuncia a continuación uno de sus mejores discursos, moderado en cuanto a la forma pero brillante y agudo en el fondo. Consigue que el auditorio preste atención durante su intervención a pesar de la hostilidad latente y obtiene de la Conferencia sucesivas prolongaciones de su turno en la tribuna. Explica las razones que han motivado la declaración del 16 de octubre: ”La virulencia de la lucha fraccional de la oposición – cualesquiera hayan sido las condiciones que la han provocado – ha podido ser interpretada por gran número de militantes – y de hecho así ha sucedido – como una demostración de que las divergencias de opinión habrían llegado a hacer imposible un trabajo en común El objeto y el sentido de la declaración del 16 de octubre han sido integrar la defensa de las opiniones que sustentamos en el marco de un trabajo en común y de una responsabilidad solidaria de la política del partido entero”. En lo concerniente a la cuestión económica aporta un buen número de datos: de momento la situación no es en absoluto catastrófica pero lo peor seria cerrar los ojos, no decir la verdad a tiempo. Recuerda las propuestas de la oposición, admite que estas pueden ser erróneas pero se pregunta también qué tienen de ”social-demócratas” – como las califica el ponente –, que sentido puede tener tal apelación. Se le acusa de no mostrar confianza, sin embargo, en su obra Hacia el capitalismo o hacia el socialismo, Trotsky ha propuesto unas tasas de desarrollo industrial triples de las presentadas por el comité central. Se le acusa igualmente de sembrar el pánico con sus pronósticos de conflicto entre la ciudad y el campo y al referirse a la necesidad que experimenta Rusia de apoyar a los obreros europeos. El pasado reciente, sin embargo, está suficientemente manifiesto como para demostrar que tal hipótesis es plausible: ¿Acaso los delegados han olvidado Kronstadt, la crisis de 1921 y la imperiosa necesidad de que la NEP imprimiese un giro radical? ¿Han olvidado tal vez la influencia que ejerció en Europa la revolución rusa y su defensa por la clase obrera europea?

Más adelante entra de lleno en el meollo del debate: la polémica acerca de la construcción del socialismo en un solo país. Empieza por provocar la carcajada general de la Conferencia a expensas de Bujarin – y no es pequeña tal hazaña – que acaba de escribir que el socialismo podría ser construido con abstracción de las condiciones internacionales. Bujarin, exclama Trotsky, también puede pasearse desnudo por Moscú en el mes de enero si consigue ”abstraerse” de la temperatura y de la policía. Trotsky resalta igualmente su preocupación de que la dirección del partido, con esta teoría, no intente justificar una actividad rutinaria que sirva para disimular una renuncia, una pérdida de confianza en las perspectivas revolucionarias. En ello estriba, el verdadero peligro, pues no existe razón alguna para pensar que resulte más fácil para los rusos construir el socialismo en su propio país de lo que sería para el proletariado hacer la revolución. Resumiendo afirma: ”Pienso que la victoria del socialismo en nuestro país no puede ser defendida más que por una revolución victoriosa del proletariado europeo”, mas no hay que tergiversar estas palabras: ”Si no opinásemos que nuestro Estado es un Estado proletario, si bien con determinadas deformaciones burocráticas, es decir un Estado que es preciso aproximar más a la clase obrera a pesar de ciertas falsas opiniones burocráticas; si no creyésemos que estamos emprendiendo una edificación socialista; si no opinásemos que existen en nuestro país recursos suficientes como para desarrollar en él una economía socialista; si no estuviésemos convencidos de nuestra victoria completa y definitiva, es evidente que nuestro lugar no estaría ya entre las filas de un partido comunista”. Esta es la razón de que la oposición condene rotundamente cualquier tipo de escisión. ”Mas aquel que crea que nuestro Estado es un Estado proletario con un cierto número de deformaciones burocráticas, que provienen de la presión del sector pequeño–burgues y del cerco capitalista, aquel que esté convencido de que nuestra política no garantiza suficientemente una nueva repartición de los recursos nacionales, debe luchar con los medios que le ofrece el partido y sin abandonar la senda que éste marca contra lo que considere peligroso, si bien asumiendo la plena responsabilidad de toda la política del partido y del Estado obrero”.[328] Los métodos del aparato, cuyo ejemplo típico es la resolución presentada por Stalin, suponen un auténtico peligro porque transforman en un trozo de papel sin valor alguno el acuerdo del 16 de octubre, porque hacen resurgir los métodos fraccionales y, por último, porque pueden provocar la escisión.

Zinóviev, tras él, tuvo escaso éxito por no decir ninguno. En ningún momento consiguió imponerse a un auditorio completamente descontrolado. Atacó el tono de los artículos de prensa que se referían a la oposición, por ejemplo la Voz Comunista de Saratov que, durante la polémica, ha sacado a colación el poema de Blok: ”¿Es acaso culpa nuestra que vuestro esqueleto cruja bajo nuestras pesadas patas? ”, también arremete contra los otros periódicos que hablan de ”exterminar a la oposición”. No obstante sus máximas moralistas y el recordatorio de la forma en que Lenin trataba a la oposición de su época sólo consiguen suscitar la hilaridad de los delegados que, en su intento por congraciarse con ellos, le oyen decir que la lucha interna no se lleva a cabo ”de guante blanco” y que ”las exageraciones son inevitables”. Tras haber mencionado con gran acopio de citas de Lenin las verdaderas divergencias, se muestra totalmente incapaz de recobrar el control de la situación ante el creciente abucheo a pesar de sus afirmaciones: ”Me limito a justificarme, no acuso a nadie”. Se ve obligado, incluso, a renunciar a hablar de la Internacional y del ”bloque” formado con Trotsky: su período en la tribuna se agota y, a pesar de sus ruegos, la Conferencia se niega a prorrogárselo.[329]

 Toda su intervención hará de él una presa fácil para un Bujarin desconocido, sarcástico e incisivo, violento y cínico, dispuesto a aplastar a los oposicionistas explotando a fondo sus vacilaciones y sus contradicciones. ”El camarada Zinóviev (... ) nos ha referido en qué forma Lenin sabía arreglárselas con una oposición sin tener por qué expulsar a todo el mundo, cuando, en una reunión de obreros, el propio Zinóviev no ha podido reunir más que dos votos. Lenin supo perfectamente cómo había que actuar. Mas: ¿Cómo se puede expulsar a todo el mundo si, estos hombres sólo cuentan con dos votos? Cuando se cuenta con todos los votos a favor y sólo dos en contra, si además esos dos únicos votos claman ”Thermidor”, entonces si se puede pensar en hacerlo”. Stalin se pone de pie para apoyarle jubilosamente en este punto, como ha hecho la Conferencia entera cuando Bujarin ha dicho: ”Afirmáis haberos batido en retirada por temor de una catástrofe. Decidlo claramente, tal catástrofe ¿era acaso la escisión? Tres hombres eliminados del partido, he ahí los efectivos de tal escisión”. Tras de una feroz referencia a Zinóviev y a su ”desamparada vanidad”, Bujarin afirma cruelmente: ”Todo esto no es más que una farsa”.[330]

Su intervención da el tono a todas las restantes. Mólotov afirma que la oposición está emprendiendo ”el camino de Kronstadt”, asegura que ”la propaganda a favor de ideas hostiles al leninismo es de todo punto incompatible con la calidad de miembro del partido”, y que éste no podría en modo alguno tolerar ”el desarrollo y agravamiento de la desviación social-demócrata”. Rikov que, en su informe inicial en que acusaba a la oposición de derrotismo, había reconocido a pesar de ello que ”sería absurdo acusar a la oposición de haber emprendido una acción encaminada a derrocar la dictadura del proletariado”, exige, hacia el final de la Conferencia, que ”el partido adopte las medidas necesarias para garantizar la unidad y mantener una férrea solidez ideológica en la línea”.[331] El antiguo oposicionista Larin denuncia ”lo que de corrupto tienen las tesis de la oposición” y afirma: ”La revolución está dejando atrás a algunos de sus jefes”.[332] Pero todavía hubo ataques más graves: Shliapníkov y Medvédiev entonan el mea culpa respecto a sus propios errores y emiten un llamamiento a la obediencia destinado a todos sus partidiarios.[333] Krúpskaya rompe públicamente con la oposición. Con la capitulación de la viuda de Lenin, que para muchos es la viva encarnación del espíritu de los viejos bolcheviques, el aparato consigue una enorme victoria moral.

En su respuesta Stalin exige la capitulación de toda la oposición amenazándola con las siguientes palabras: ”O bien aceptáis estas condiciones que son absolutamente indispensables para la unidad del partido, o bien no lo hacéis y el partido que ayer os derrotó acabará mañana con vosotros irremisiblemente”.[334] La resolución final, adoptada por unanimidad, condena a la oposición como ”desviación socialdemocrata” y asimismo su acción que ”sólo puede destruir la unidad del partido, debilitar la dictadura del proletariado y dejar el campo libre a todas aquellas fuerzas anti–proletarias que, dentro del país, intentan debilitar y derribar la dictadura”.[335] Trotsky y Kámenev son expulsados del Politburó y la Conferencia solicita del ejecutivo de la Komintern que Zinóviev sea destituido de su cargo de presidente.

En cuanto a los cargos responsables esta vez el desastre es absoluto. Sus últimas consecuencias se transmitirán hasta la sesión del ejecutivo de la Komintern que se celebra en diciembre; en ella, tras un informe de Stalin, se procede a expulsar a los partidarios con que cuenta la oposición en los partidos comunistas extranjeros. Zinóviev no apela esta decisión pero en cambio suministra ”algunas explicaciones”. Una vez más, Trotsky critica la teoría del ”socialismo en un solo país”. La mayoría de los delegados extranjeros ha sido convencida de antemano: el delegado francés Jacques Doriot se hace notar por su denuncia de las opiniones de tono oposicionista sostenidas en privado ante él por el yugoslavo Voya Vuyovich, que ya ha sido destituido el día 27 de septiembre de su cargo de secretario de la Internacional para las Juventudes. El ambiente de la reunión está perfectamente reflejado en el discurso de clausura de Stalin: ”Respecto a la cuestión de su actitud ante su pasado menchevique, Trotsky ha respondido, no sin cierta afectación, que el hecho mismo de haber ingresado en el partido constituye la prueba de que había depositado en su umbral todo cuanto le separaba del bolchevismo: ¿Cómo pueden dejarse tales inmundicias en el umbral del partido? ¿Acaso Trotsky ha dejado todo eso en el umbral para conservarlo a mano cara a las futuras luchas que se avecinaban en el seno del partido?”.[336]

En las filas de la oposición se acentúan las contradicciones. Para los partidarios de un nuevo partido, antiguos miembros de la tendencia ”Centralismo Democrático”, los ”decemistas”, la XV Conferencia ha venido a ser un claro exponente, a la vez de la decisión del aparato y del poderío que ejerce sobre el partido degenerado, del oportunismo de los lideres de la oposición y de la persistencia de las ilusiones que los han llevado a capitular el 16 de octubre. En consecuencia se apartan de la oposición conjunta y constituyen, junto con Saprónov y Vladimir Smirnov, el grupo de los Quince, cuya tesis fundamental es que la lucha dentro del partido tiene un carácter de clase: ”Stalin tiene a su lado al ejército, integrado por los funcionarios, mientras que la oposición se apoya en el sector obrero del partido; el grupo que forma Stalin con la pequeña–burguesía que le apoya no puede ser derrocado más que si la oposición consigue una simpatía activa y un franco apoyo por parte de la clase obrera; por tanto resulta necesario formar un núcleo que sirva a la causa de la revolución proletaria”.[337]

Por el contrario, otros miembros de la oposición se inclinan a favor de la tesis de que la XV Conferencia ha demostrado la imposibilidad de cualquier tipo de compromiso: a los militantes convencidos de que la fundación de un segundo partido constituiría una catástrofe para la causa del socialismo no les queda más solución que capitular e inclinarse ante la dirección victoriosa, disolver la facción y guardar silencio. Zinóviev y Kámenev están a punto de adoptar esta posición. Frente a la represión que se inicia dentro del partido y a la proliferación de los expedientes de expulsión, aconsejan como consigna a sus partidarios, que intenten sobre todo evitar la expulsión, disimulando si es preciso sus opiniones y votando con la mayoría para confundirse con ella: en su opinión la lucha sólo es concebible si es lleva a cabo desde dentro del partido.

Trotsky y sus compañeros del núcleo de los 23 no se hacían ilusiones acerca de la eficacia de esta táctica, abocada inevitablemente a la desmoralización y a la renuncia definitiva a la lucha. Ellos piensan que todos los días se multiplican las pruebas de la certeza de sus tesis. En efecto, el ”enemigo de clase” Ustrialov acaba de escribir, con fecha de 19 de octubre, en su periódico de emigrado Novosti Jisny: ”Gloria al Politburó si la declaración de arrepentimiento de los dirigentes de la oposición es el resultado de su capitulación incondicional y unilateral. Mas sería deplorable que esta sólo fuese producto de un compromiso. (... ) El comité central victorioso debe conseguir inmunizarse interiormente contra el deletéreo veneno de la oposición. (... ) Si no es así se abatirá una verdadera calamidad sobre el país. (... ) He aquí por qué no sólo nos oponemos a Zinóviev sino que apoyamos deliberadamente a Stalin”.[338] Sin embargo son estos unos argumentos que para tomar consistencia tendrían que germinar en otra tierra, en otro partido, en el seno de una clase obrera menos indiferente y menos agotada.

Trotsky le confía a Víctor Serge durante una conversación que no sólo se trata de atacar la deslealtad de Stalin y los métodos utilizados por el aparato. El día 26 de noviembre elabora para sí mismo el borrador de unas tesis que nunca llegará a concluir, pero que nos aportan un dato sobre su personal apreciación de la situación y de las posibilidades de la oposición en la batalla. Al subrayar que ”en la Historia, las revoluciones siempre han sido continuadas por contra–revoluciones”, afirma que ”la revolución es imposible si no se da en ellas la participación de las masas” cuyas ”esperanzas de un porvenir mejor siempre están conectadas con la consigna revolucionaria” y resultan siempre exageradas, lo que explica su inevitable desilusión ante los resultados inmediatos de la revolución. En 1926 las masas obreras rusas han pasado a ser ”más prudentes, más escépticas y menos directamente receptivas a las consignas revolucionarias, a las grandes generalizaciones ”. Al referirse al gran debate que acaba de tener lugar también escribe en su diario: ”La adopción oficial de la ”teoría del socialismo en un solo país” supone la sanción teórica de una serie de virajes que ya han tenido lugar (... ) Se convierte la revolución permanente en un espantajo precisamente con el propósito de explotar el estado de ánimo de un importante sector de obreros que no son carreristas, pero que se han asentado formando una familia. Utilizada con este propósito, la teoría de la revolución permanente no tiene ya nada que ver con la vieja discusión relegada a los archivos desde hace tiempo, pero sirve para airear el fantasma de nuevas convulsiones: heroicas ”invasiones”, violación de ”la ley” y el ”orden”; se convierte en una amenaza para las realizaciones del período de reconstrucción, en un nuevo período de esfuerzos – y sacrificios inmensos”.[339]

Tal fenómeno dista mucho de ser nuevo. A partir del día 10 de septiembre de 1918, Sosnovsky ya había apuntado en Pravda lo que él consideraba como una consecuencia del contagio de las masas dominantes, abatidas y decadentes en su entusiasmo, la aparición ”simultánea no sólo de un deseo de vivir mejor, natural por parte de los obreros, sino también de una tendencia a vivir lo mejor posible de acuerdo con el principio ”¡Después de mí el diluvio!”. No obstante, los dirigentes del aparato juegan en la actualidad con ese cansancio auténtico, con una depresión reinante en el movimiento obrero que la mera acción de la oposición no puede superar. Si una revolución triunfase en el extranjero, el soplo del 17 volvería a sentirse en todo el país, reanimando a los que desesperan e inspirando abnegación e iniciativa a la joven generación que a la sazón se ve sojuzgada por la pesada carga que ejercen sus mayores.

Poco antes de su muerte, y en respuesta a todos aquellos que hacen inventario de sus errores y de las oportunidades que desperdició, Trotsky escribirá al referirse a este período: ”La oposición de izquierda no podía adueñarse del poder y ni siquiera lo esperaba (... ) Una lucha por el poder, encabezada por la oposición de izquierda, por una organización marxista revolucionaria, no puede concebirse más que en la forma de un levantamiento revolucionario. (... ) Al principio de la década de los veinte no sobrevino un alzamiento revolucionario en Rusia sino todo lo contrario: en tales condiciones la iniciación de una lucha por el poder estaba fuera de lugar. (... ) Las condiciones impuestas por la reacción soviética eran infinitamente más difíciles de lo que habían sido las condiciones zaristas para los bolcheviques”.[340]

¿Qué hacer entonces? Lo esencial es resistir, estar presente el mayor tiempo posible para poder afirmar los principios expuestos, denunciar la perversión del socialismo que se está llevando a cabo y preservar las oportunidades revolucionarias que puedan surgir en el exterior. El aparato se ha enraizado precisamente en el atraso de las masas rusas, en su miseria y en su incultura, su influencia se debe al desaliento, a la inercia, a la desesperación y a una especie de conservadurismo instintivo. La victoria de la revolución en un país extranjero, sobre todo si ésta se produce en un país avanzado – y, según las consecuencias de su análisis, ello es posible – puede darle por completo la vuelta a la situación, desmontar en unos días el ridículo tinglado del ”socialismo en un solo país”, volver a poner las masas en acción, a esos ”millones metidos en política” a los que gustaba referirse Lenin. Ante todo, es preciso mantener los análisis marxistas y los principios internacionalistas que se deducen de aquellos; luchar contra la mentira adormecedora y contra las ilusiones fuente de apatía; deben mantenerse las perspectivas revolucionarias aunque en la actualidad éstas no sean atendidas ni comprendidas. Por último, la oposición adopta sus tesis y, a finales de diciembre, la fracción, más clandestinamente aún, vuelve a funcionar si bien con graves mutilaciones.

La revolución china

El invierno transcurre sin incidentes ni polémicas. A partir del mes de abril, la batalla vuelve a desencadenarse, esta vez en torno al problema de la revolución china: la oposición emprende una ofensiva en toda la línea contra la política aplicada en China por la Komintern siguiendo las instrucciones del partido ruso. Lo que se ventila en esta nueva batalla tiene una enorme importancia: por supuesto, en primer lugar, se trata de la ”suerte del proletariado chino”, como afirma Trotsky, pero, a través de esta revolución que, en su asalto contra la vieja China y las potencias imperialistas, arrastra a los dos millones de obreros y a las decenas de millones de campesinos chinos, también como en 1917, se pone en cuestión toda la estrategia revolucionaria, el papel del partido, la influencia de las organizaciones de masas, la naturaleza del poder del Estado y las relaciones entre la masa y su vanguardia.

Ciertamente las divergencias son importantes: el proletariado chino, conforme a las líneas de desarrollo del capitalismo industrial, se halla a un nivel inferior del alcanzado por el proletariado ruso antes de la revolución, el viejo sistema feudal permanece prácticamente intacto en el campo, asimismo la autoridad estatal es débil y, dada la conjunción del pillaje extranjero y de la primera revolución, se halla repartida entre unos cuantos ”señores de la guerra”. No obstante, en lo esencial, el desarrollo de la sociedad china se ha adaptado a la ley del desarrollo desigual y el proceso revolucionario se lleva a cabo en su seno al ritmo que fija su progreso combinado, como ocurrió en la Rusia de principios del siglo XX. En realidad, la diferencia esencial entre ambas revoluciones estriba en el hecho de que la rusa era la primera que revestía tales características al surgir en un país semi-colonial: China, cuyas características coloniales están más acentuadas, tiene no obstante, la posibilidad de beneficiarse, no solamente de la experiencia, sino también de los consejos y ayuda técnica y militar de los comunistas rusos.

Sin embargo, antes incluso de que la oposición hiciese de la ”cuestión china” su caballo de batalla, a partir del mes de abril de 1927, la acción de los comunistas chinos parece ejercerse de forma diferente a la de los bolcheviques en 1917, aún cuando el movimiento de masas tiene unas tendencias semejantes. El minúsculo partido comunista chino, dirigido por Chen Tu–hsiu, un prestigioso intelectual, decidió en 1922, que sus militantes se adhiriesen individualmente al Kuomintang, el partido nacionalista que ideó y organizó Sun Yat–sen, el padre de la primera revolución china, que a la sazón se disputa con sus propios generales el control de la China meridional.

El Kuomintang constituye una organización bastante informe cuyo programa incluye la realización de la unidad nacional, la reforma agraria y una cierta dosis de socialismo. Los comunistas se integran en él para tomar contacto con sus militantes obreros que son bastante numerosos, sobre todo en la región de Cantón. En 1924, el gobierno de Sun Yat–sen firma un tratado de alianza con el embajador Joffe: el joven movimiento nacionalista chino busca apoyos exteriores aprovechando el prestigio con que cuenta la primera revolución victoriosa entre los obreros y campesinos chinos. El Politburó ruso delega en el Kuomintang a Borodin como consejero permanente. El partido chino, integrado en el Kuomintang, educa a toda una serie de cuadros organizadores que se esfuerzan en reproducir la estructura y los métodos bolcheviques. El nuevo ejército nacionalista cuenta con oficiales rusos y gran número de oficiales chinos acuden a Moscú para ser instruidos. Uno de ellos, Chiang Kai–shek, a su vuelta en 1924, funda la Academia militar. Este oficial ambicioso e inteligente, viva encarnación de la joven burguesía, se expresa ante el Congreso del Kuomintang en un lenguaje inequívocamente revolucionario: ”Nuestra alianza con la Unión Soviética y con la revolución mundial, es en realidad una alianzacon todos los partidos revolucionarlos que luchan en común contra los imperialistas para llevar a cabo la revolución mundial”.[341] La Cámara de Comercio de Cantón termina el llamamiento con el grito de ”¡Viva la revolución mundial!”. Todo esto se debe a que la construcción del Estado nacionalista del Sur exige la movilización de las masas obreras y campesinas.

No obstante, éstas empiezan a obrar por cuenta propia: la gran huelga de Cantón y Hong–Kong en 1924 presencia el surgimiento de lo que de hecho se constituye en el primer soviet chino, el comité de delegados de los huelguistas, elegido por los obreros y que dispone de 2.000 piquetes armados y de una policía propia; este organismo crea un tribunal, dispone la edificación de escuelas, dicta leyes y las ejecuta, organiza sus propios comités de aprovisionamiento, transportes, etc., A partir de este momento empiezan a surgir dificultades; mientras los dirigentes del Kuomintang intentan detener el desarrollo del movimiento obrero, la dirección del partido comunista chino, en el mes de octubre de 1.925, propone apartarse del Kuomintang para poder así dirigir la lucha obrera de forma independiente. El comité ejecutivo de la Komintern se opone a ello. La línea que dicta al partido comunista chino consiste en evitar que se inicie la lucha de clases contra la burguesía nacionalista del Kuomintang y sobre todo en frenar los movimientos campesinos, absteniéndose de todo tipo de crítica contra la ideología oficial, el ”sunismo”. El análisis en que se apoyan Stalin y Bujarin para mantener tal política es el siguiente: la revolución china es una revolución burguesa, pero en su lucha contra el feudalismo y la burguesía internacional, la burguesía desempeña un papel revolucionario y anti–imperialista, debiendo preservarse su alianza con los obreros y campesinos. Bujarin explicará más tarde: ”El Kuomintang es una organización de tipo especial, un cuerpo intermedio entre un partido político y una organización como los soviets; en la que se hallan integradas diferentes organizaciones de clases. (...) El Kuomintang integra a la burguesía liberal (aquella que en nuestro país se organizo dentro del partido cadete y cuya actitud contrarrevolucionaria se gestó en las etapas anteriores a la revolución), a la pequeña burguesía y a la clase obrera. Desde el punto de vista de la organización, el Kuomintang no es un partido si se atiende a la tradicional acepción del término. Su estructura permite una conquista que ha de iniciarse desde la base mediante la realización en sus filas de un agrupamiento de clase (... ) Nuestra obligación es explotar esta peculiaridad en el curso de la revolución china. (... ) Es preciso transformar progresiva y aceleradamente el Kuomintang en una organización efectiva de masas, (... ) desplazar hacia la izquierda su centro de gravedad, modificar la composición social de la organización”.[342]

A principios de 1926, la Komintern acepta la adhesión del Kuomintang en calidad de ”partido asociado” y Chiang Kai–shek que, desde la muerte de Sun Yat–sen, comparte con Wang Ching–wei la dirección del Kuomintang, pasa a ser ”miembro asociado” del comité ejecutivo. El día 20 de marzo empero, lleva a cabo un pequeño ”golpe de estado” en Cantón deteniendo a los dirigentes sindicales comunistas, clausurando los locales de la Unión General y eliminando a los comunistas de la dirección del Kuomintang; al mismo tiempo exige, como condición sine qua non para la permanencia de éstos en la organización, la prohibición expresa de todo tipo de crítica al ”sunismo” así como la entrega de una relación nominal de todos los afiliados al partido. Tanto la Komintern como el partido ruso presionan al partido comunista chino para que acepte tales condiciones. En esta ocasión y por vez primera, durante el mes de abril de 1926, Trotsky plantea el problema de la independencia del partido comunista chino y critica la inclusión del Kuomintang en la Internacional. Esta discusión tiene lugar a puerta cerrada y, de hecho, no volverán a manifestarse nuevas divergencias hasta el mes de abril de 1927.

En el ínterin, se está gestando un conflicto entre Chiang, que controla el ejército y Wang, líder de los civiles y del gobierno. Chiang inicia una marcha hacia el norte para enfrentarse con los ”señores de la guerra” y esta campaña le sirve de pretexto para prohibir, en nombre del patriotismo, todo tipo de huelga o de agitación obrera en la zona controlada por él. No obstante, su marcha suscita levantamientos campesinos, ocupaciones de tierras e insurrecciones obreras y el partido comunista chino, testigo del celo de que hace gala el general en su empeño por restablecer el ”orden” a medida que avanza en su conquista, solicita de nuevo, por medio de Chen Tu–hsiu, que se le autorice para llevar a cabo una política independiente. Tal demanda será rechazada rotundamente. Stalin ha afirmado en la XIV Conferencia: ”Es a nuestro partido a quien ha correspondido el papel histórico de encabezar la primera revolución proletaria del mundo. Estamos persuadidos de que el Kuomintang conseguirá desempeñar idéntico papel en Oriente”.[343] El día 18 de mayo, él mismo lo calificaba como ”partido único obrero y campesino” y durante la VI Asamblea plenaria, lo definía como un ”bloque revolucionario formado por obreros, campesinos, intelectuales y la democracia urbana (burguesía), cuya base se halla en la comunidad de intereses de clase de dichos sectores en su lucha contra los imperialistas y contra el orden militarista–feudal en su conjunto”.[344] Se congratula igualmente por la campaña de Chiang Kai–shek que, en su opinión, ”supone la libertad de reunión, la libertad de huelga y la libertad de coalición para todos los elementos revolucionarios y sobre todo para los obreros”.[345] Asimismo Bujarin, al caracterizar la etapa en que se encuentra la revolución ”por el hecho de que las fuerzas revolucionarias ya están organizadas en torno a un poder de Estado que cuenta con un ejército regular y organizado”, concluye: ”El avance de estos ejércitos constituye una forma peculiar del proceso revolucionario”.[346] Frente a Chen Tu–hsiu, los dirigentes soviéticos han vuelto a afirmar el ”papel objetivamente revolucionario de la burguesía”, apoyando el ingreso de dos comunistas en el gobierno Kuomintang que les ofrece las carteras de agricultura y trabajo.

En estas condiciones son perfectamente comprensibles las vacilaciones de los comunistas chinos. El día 19 de marzo estalla en Shanghai una huelga general que se transforma casi espontáneamente en insurrección. El partido comunista lanza la consigna ”Asamblea de delegados” pero no hace de ella una directiva para la acción: organiza un comité ”en la cumbre” pero no lleva a cabo ninguna elección de delegados. Sus aliados lo abandonan y la insurrección queda aplastada dada su falta de perspectivas. Voitinsky, delegado de la Komintern en Shanghai, escribirá más adelante: ”Hemos dejado pasar un momento histórico extraordinariamente favorable. El poder estaba ya en la calle y el partido no ha sabido hacerse con él o, lo que es peor, no quiso hacerlo, tuvo miedo de hacerlo”.[347] Durante el mes de marzo, las tropas de Chiang se detienen a las puertas de Shanghai, encargándose una insurrección obrera, dirigida por la Unión General de Trabajadores, de expulsar a los últimos soldados del norte de la ciudad. La Pravda del día 22 de marzo anuncia: ”Los trabajadores victoriosos han entregado las llaves de la ciudad de Shanghai al ejército de Cantón: este gesto resume el talento heroico del proletariado chino”. A partir de este momento Chiang Kai–shek se dedica a preparar abiertamente el exterminio de los comunistas de Shanghai.

En este momento interviene la oposición. El día 31 de marzo, en una carta dirigida al comité central, Trotsky se lamenta de la falta de información existente respecto a los acontecimientos chinos, haciendo hincapié en el poderoso auge del movimiento obrero que parece experimentar el país. ¿Por qué no se lanza la consigna de formación de soviets? ¿Por qué no se impulsa la revolución agraria? Si no se aplica esta línea se corre el riesgo de poner el proletariado chino a la merced de un golpe de estado militar. El día 3 de abril escribe un artículo cuya publicación le será negada; en él afirma que el partido incluye a los obreros y campesinos chinos en el mismo bando que la burguesía: convertir al partido comunista chino en un rehén del Kuomintang equivale a traicionarle. Hay que precisar que el Kuomintang no es en absoluto un partido de obreros y campesinos. El día 5 de abril escribe que Chiang prepara un golpe de estado y que sólo la organización de soviets podrá detenerle en su camino. Asimismo, el día 12, emprende una larga réplica a un artículo de Martínov, antiguo ”economista” y menchevique de derecha, integrado en el partido comunista después de la guerra civil, y que, a la sazón, defiende la teoría de la ”revolución por etapas”, como lo había hecho ya en Rusia antes de 1917, esta vez por cuenta de Stalin y Bujarin y aplicada a la situación china.[348]

El día 5 de mayo, Stalin pronuncia un discurso ante 3.000 militantes en la Sala de las Columnas: ”Chiang Kai–shek se somete a la disciplina. El Kuomintang es un bloque, una especie de Parlamento revolucionario (... ). Chiang Kai–shek sólo puede lanzar al ejército contra los imperialistas”.[349] El partido comunista chino advierte a Moscú de que Chiang Kai –,shek quiere desarmar a los obreros de Shanghai. La respuesta es la siguiente: ”Enterrad las armas”, Bujarin ha de comentar posteriormente esta decisión diciendo que, efectivamente, podía uno preguntarse ”si acaso no era mejor esconder las armas, no aceptar la lucha y, de esta forma, no dejarse desarmar”.[350] El partido comunista chino multiplica sus acercamientos a Chiang, desmiente los rumores que hablan de disidencias, y rechaza el ofrecimiento de servicios que lleva a cabo la Primera División del ejército de Cantón que se propone tomar partido a favor de los sindicatos obreros y en contra del generalísimo.

El día 12 de abril, siete días después del discurso de Stalin, el mismo día en que Trotsky escribe su réplica a Martínov, los pistoleros de Chiang, que ha buscado el apoyo de los banqueros y de los hombres de negocios occidentales, atacan a los piquetes y locales obreros. Decenas de miles de obreros y, entre ellos, numerosos comunistas a los que se acusa de ”reaccionarismo” y de conspirar con los ”militaristas del norte” son asesinados. El día 21, Stalin declarará que ”los acontecimientos han confirmado plena e íntegramente la justeza de la línea”[351] de la Internacional. Bujarin tachará de un plumazo el episodio del total aplastamiento de la vanguardia obrera china con el simple comentario: ”La burguesía se ha pasado al bando de la contra–revolución”.[352]

La ”discusión china”

Obviamente el aplastamiento del proletariado de Shanghai y la traición de Chiang Kai–shek infligían un golpe muy duro al prestigio de la dirección encabezada por Stalin y Bujarin. Tales hechos habrían podido aumentar la popularidad de la oposición que, a pesar de su carencia total de información, los había previsto. Sin embargo, las críticas de la oposición no habían logrado atravesar la muralla de silencio que rodeaba las deliberaciones de los organismos dirigentes. Sólo unos cuantos cuadros habían sabido de la posición adoptada por Trotsky y Zinóviev. Sin embargo, los líderes de la oposición se lanzaron a la discusión de la ”cuestión china” tanto en la Internacional como en el partido y ello con tanta mayor energía cuanto Stalin y Bujarin, que negaban el fracaso para no tener que asumir su responsabilidad en él, insistían obcecadamente en mantener la misma línea. Bujarin solía analizar el golpe de estado de Shanghai como ”la insurrección de la alta burguesía contra el Kuomintang”. El partido comunista chino, en lo sucesivo, debería apoyar, contra Chiang Kai–shek, al gobierno Wang Ching–wei instalado en Hankeu.

En el comité ejecutivo de la Komintern, el día 24 de mayo., Trotsky emprende el ataque: esta vez la dirección no podrá disimular ante el partido la amplitud de la derrota que ha sufrido y sus propias responsabilidades en ella. Es preciso restablecer inmediatamente la situación, impulsar los movimientos campesinos que tienen lugar en toda China, lanzar la consigna de los soviets para apoyar el movimiento, organizarlo y preparar la alianza de obreros y campesinos. El Politburó ha ”desarmado políticamente” a la clase obrera china porque ha aplicado en China la misma ”concepción burocrática,, característica del aparato” que ostenta respecto a cualquier tipo de autoridad revolucionaria y que tiene su más fiel reflejo en el régimen vigente en el partido comunista ruso. Lanzar, como hace Stalin, la consigna de rearme en oposición a la de organización de soviets, es una pura aberración: los sindicatos y organizaciones de masas que Stalin se propone apuntalar no pueden en ningún momento desempeñar el papel esencial de defensa y organización del ”doble poder” que representarían los soviets.[353]

Stalin interrumpe la discusión para anunciar que Gran Bretaña acaba de romper sus relaciones diplomáticas con la U.R.S.S., comentando al mismo tiempo que, para su ofensiva, Trotsky ha ido a elegir el momento en el que el partido debe enfrentarse con una ”cruzada conjunta”, por ello ésta se convierte en un ”frente único que comprende desde Chamberlain hasta Trotsky”, Trotsky replicará serenamente que ”nada ni nadie ha secundado mejor la política de Chamberlain, sobre todo en China, que la errónea política de Stalin”. No obstante, todo ello carece ya de importancia puesto que todo está decidido de antemano. Stalin ha elegido ya la línea a seguir, exponiéndola con su característico estilo escolástico: ”La revolución campesina es la base y el contenido de la revolución democrática–burguesa en China. El Kuomintang y el gobierno de Hankeu constituyen el centro del movimiento democrático–burgués”. Emitir la consigna de organización de soviets significaría declarar la guerra a Hankeu. Ahora bien, ”al existir una organización revolucionaria especifica, adaptada a las condiciones chinas y que prueba su valor por el posterior desarrollo de la revolución democrático–burguesa en China, (...) resultaría estúpido destruirla”. Desdeña igualmente todo tipo de analogía con Rusia, ”ya que Rusia se encontraba en vísperas de una revolución proletaria mientras que China se enfrenta con la inminencia de una revolución democrático–burguesa y también porque el gobierno provisional ruso era contra–revolucionario mientras que el actual gobierno de Hankeu es un gobierno revolucionario en la acepción democrático–burguesa de dicho término”, asimismo llega incluso a afirmar que el ”ala izquierda del Kuomintang desempeña en la presente revolución democrática china aproximadamente el mismo papel que los soviets rusos en 1905”.[354]

 ”Admirable comparación” ha de comentar Wang Ching-wei posteriormente, ocupado durante las siguientes semanas en reprimir, desde el gobierno de Hankeu, los movimientos campesinos, al tiempo que se reconciliaba con Chiang Kai-shek. A Stalin no le quedaba más solución que censurar todas las noticias de China y preparar la eliminación de los dirigentes del partido comunista chino encargados de las responsabilidades que les habían sido impuestas y de imprimir a su política el viraje que había de abocar durante el mes de octubre en la insurrección suicida de Cantón, cuya realización había sido decidida en Moscú y que había sido organizada en nombre de un soviet formado en secreto en los despachos del partido chino, por los enviados rusos Lominadze y Neumann.

La lucidez de la oposición no había servido ni para ”salvar al proletariado chino” ni para acabar con la tendencia gubernamental dentro de la U. R. S. S. mediante una victoria revolucionaria. No obstante, la discusión acerca de la ”cuestión china” demostraba que, si bien la dirección del partido no hacía gala de ningún escrúpulo a la hora de adueñarse, al menos aparentemente, de las consignas de la oposición, le resultaba cada vez más difícil tolerar su existencia.

 El llamamiento de los 83

A pesar de todo, la discusión sobre China había servido fundamentalmente para devolver a la oposición una consistencia que había perdido por completo a finales de 1926. Después de la deserción de Krúpskaya, en la XV Conferencia, las defecciones se hablan multiplicado: éste era el caso del viejo–bolchevique Badaiev, más adelante Zalutsky, Sokólnikov y otros siguieron su ejemplo. Para convencer a sus camaradas, Trotsky ha tenido que emplearse a fondo. Preobrazhensky y Rádek siguen siendo tan hostiles como Zinóviev y Kámenev a la ”revolución permanente”, están empeñados en afirmar su ortodoxia leninista permaneciendo fieles a la ”dictadura democrática del proletariado y el campesinado”. No consienten, en modo alguno en sostener la exigencia expresada por la oposición de que el partido comunista chino abandone el Kuomintang, en realidad sólo se decidirán a ello hacia el final de la discusión, contentándose durante los meses decisivos con reivindicar para dicho partido su derecho a una política independiente. No obstante, los acontecimientos confirman los puntos de vista de Trotsky, permitiéndole emplear a fondo una vez más, su temple de luchador y de polemista, así como su capacidad de análisis y de previsión con el resultado final de que la oposición cierra sus filas en torno de él.

Días antes de la asamblea plenaria del mes de abril, la oposición decide pasar a la firma de algunos militantes de primera fila una declaración de solidaridad con Trotsky y Zinóviev, el llamamiento de los 83. ”Todos nosotros estábamos galvanizados por la revolución china”, cuenta Víctor Serge y afirma que ”en todas las células en las que había oposicionistas (...) los debates del comité central se reproducían con idéntica violencia”.[355] Esta es la época en que Serge y su amigo Chadáev, que desde hace meses se encuentran aislados en su célula, ven como un joven obrero vota con ellos. Por él se informan de que hay otros que también están de acuerdo con ellos y piensan unírseles. ”El hielo se fundía. Las fragmentarias informaciones de que disponíamos nos hacían saber que esto mismo ocurría en todo el partido”. Chadáev dijo: ”Me parece que nos van a destrozar antes de que se produzca el gran deshielo”.[356]

Efectivamente, por entonces empiezan a producirse las primeras detenciones de militantes de la oposición. El secretariado emprende el sistemático desmantelamiento de su dirección: Rakovsky, que sigue siendo embajador en Pariís, ve sumársele a Piatakov y Preobrazhensky a los que se envía en cumplimiento de una ”misión”. Antonov–Ovseienko es enviado a Praga, Safárov a Ankara y Kámenev es nombrado embajador en la Italia fascista. El elemento más brillante de la joven generación de oposicionistas, Elzear Solnzev, vinculado con Trotsky desde 1923, será enviado primero a Alemania y más tarde a los E.E.U.U. Otros militantes son destinados a Siberia o al Asia Central. Ante estos arbitrarios ”traslados”, la indignación crece y, a mediados de junio, varios millares de oposicionistas se manifiestan ante la estación de Yaroslav para expresar ante Smilgá, al que se envía a Jabarovsk, su simpatía y solidaridad. Paradójicamente la propia represión hace olvidar la prudencia y la muchedumbre se torna violenta. Trotsky y Zinóviev deben decidirse a hablar, corriendo el riesgo de ser acusados de indisciplina, aunque sólo sea para invitar a la prudencia: Trotsky hace hincapié en el peligro de guerra, en la necesidad de cerrar filas en torno al partido. La manifestación no llega, pues, a tener mayores consecuencias pero, a partir del día siguiente, algunos de los que habían participado en ella empiezan a ser convocados por las comisiones de control. El día 28 de junio, en el comité central, Trotsky denuncia las calumnias y provocaciones de que es objeto la oposición. Afirma: ”El camino del grupo de los estalinistas está fijado rigurosamente. Hoy falsifican nuestras palabras, mañana harán lo mismo con nuestros actos”. Recordando la campaña de calumnias levantadas en 1917 contra Lenin, pronostica: Hablarán de ”vagón blindado”, de ”oro extranjero” y de ”conspiraciones”.[357]

En lo sucesivo parece claro que Trotsky luchará: como miembro del comité central, hablará en el XV Congreso aunque la oposición no cuente en él con ningún delegado, revelando al partido, a todo el país y a la Komintern todo aquello que la prensa rusa ha disimulado cuidadosamente, así como las verdaderas responsabilidades del Politburó en la cuestión china. En consecuencia, Stalin presenta una moción de expulsión contra Zinóviev y contra él. Yaroslavsky es el encargado de exponer el expediente que les ha sido incoado: se les reprocha su intervención en el ejecutivo de la Komintern y la Declaración de los 83 como ”actividad fraccional”, asimismo la manifestación de la estación de Yaroslav y las críticas de Zinóviev ante individuos no pertenecientes al partido con ocasión del aniversario de la Pravda.

Ante la comisión, Trotsky sigue luchando, desarrolla la comparación con el Thermidor de la revolución francesa, acusa a Stalin de debilitar la defensa de la U.R.S.S. con su política, se refiere a la sistemática agravación de los conflictos internos, a la continuación de la alianza con los sindicatos ingleses que apoyan al gobierno de Chamberlain en su política hostil a la U.R.S.S. También afirma: ”Seguiremos criticando el régimen estalinista mientras no logréis cerrarnos la boca físicamente”.[358] El Presidium, representado por Ordzhonikidze, propone expulsar a Trotsky y a Zinóviev del comité central. No obstante parece evidente que la mayoría vacila, pues, Stalin se ve obligado a añadir a la requisitoria un nuevo capítulo, el de ”derrotismo”, pues, Trotsky, en una carta a Ordzhonikidze ha afirmado que, en caso de guerra, adoptaría la misma actitud de oposición que ostentó Clemenceau en 1917, ante el gobierno al que consideraba inepto para llevar a cabo una política adecuada. La ”tesis Clemenceau” se convierte en una amenaza expresa de golpe de estado.

En la sesión del comité central y de la Comisión de Control que se celebra el día 7 de agosto, Krúpskaya pide a los miembros de la oposición que ”cierren sus filas” y ”sigan al comité central”.[359] Trotsky vuelve a la carga, exige ”unidad revolucionaria” en lugar de una ”hipócrita unión sagrada”, acusa a la dirección de haber debilitado a la U.R.S.S. al provocar la derrota de la revolución china, cita un discurso de Voroshílov en el que se condena la política de organización de los soviets que podrían debilitar la vanguardia de los ejércitos de Chiang, calificándolo de ”catástrofe”, ”equivalente a una batalla perdida”. Midiendo sus palabras, añade, ”La dirección de Stalin en caso de guerra, haría la victoria más difícil”.[360] La mayoría sigue vacilando y la oposición intenta entonces liberarse del cerco y dividirla mediante una ”declaración pacífica”: rechazando la interpretación derrotista de la tesis Clemenceau, la oposición afirma en ella estar ”absolutamente y sin reservas a favor de la defensa de la patria soviética contra el imperialismo”. Mantiene igualmente su derecho a la crítica y afirma la existencia dentro del país de serios elementos de degeneración termidoriana, si bien, precisa que no acusa ni al partido ni a su dirección de ser termidorianos. Asimismo condena cualquier veleidad escisionista y concluye: ”Ejecutaremos todas las decisiones del partido y de su comité central. Estamos dispuestos a cuanto sea necesario para destruir todos los gérmenes de fracción que se han originado porque nos hemos visto presionados, dado el régimen del partido, a darle a conocer nuestra auténtica manera de pensar que estaba tergiversada en la prensa leída por todo el país”.[361]

La ”declaración pacifica” aparta el peligro de expulsión inmediata. El historiador Yaroslavsky escribe: ”La asamblea plenaria se limitó a emitir una categórica advertencia dirigida a la oposición y mantuvo a Zinóviev y a Trotsky en el comité central”.[362] Todo indica que, en esta ocasión, la oposición supo explotar con habilidad las vacilaciones de la mayoría: la votación representa un fracaso para Stalin que no ha podido obtener con ella la expulsión exigida. La ”declaración pacífica” no constituye una capitulación y, de hecho, el aislamiento de la oposición parece estar a punto de quebrarse dentro del partido con la difusión de la carta que se conoce como ”carta del grupo–tapón” y a la que Yaroslavsky bautizó más adelante como ”carta de la viuda”: el texto, suscrito por bastantes militantes veteranos entre los que se encuentra la viuda de Svérdlov, Novgorodtseva, solicita un ”perdón mutuo” y la constitución de un comité central que agrupe representantes de todas las tendencias.[363]

La batalla de la plataforma

Las fuerzas que entraron en juego el día 8 de agosto, cuando se otorgó una tregua a los jefes de la oposición evitando su expulsión permanecen en la sombra; igualmente desconocidos son los conflictos que tuvieron lugar sin duda entre la mayoría y la forma en que el Secretario General acabó con las resistencias dentro de su propia fracción. En todo caso, a partir del 9 de agosto, la prensa aparece repleta de resoluciones de origen obvio que reclaman una ”vigilancia mayor” y que consideran que la declaración es ”insuficiente”. Las expulsiones se multiplican. Por último, el Congreso del partido, previsto para el mes de noviembre, es aplazado hasta un mes después. La oposición ha elaborado su plataforma; redactada por Trotsky, Zinóviev, Kámenev, Smilgá, Piatakov y un grupo de jóvenes entre los que se encuentran Yakovin, Dingelstedt y León Sedov, hijo mayor de Trotsky, es sometida al examen de todos los grupos de la oposición y, cuando ello es posible, a los grupos obreros. El día 6 de septiembre, sus líderes se dirigen al Politburó y al comité central, se quejan de la persecución de que les hace objeto el aparato, en flagrante contradicción con las decisiones de la asamblea plenaria de agosto, solicitan la preparación leal del Congreso próximo mediante la utilización en la prensa de todos los documentos. El comité central replica con una rotunda negativa a publicar la plataforma cuya elaboración es calificada de ”fraccional” y con la expresa prohibición de que circule dentro del partido. De esta forma, se pone fuera de la ley la discusión pura y simple, dado que el comité central, según la declaración de Stalin, se niega a ”legalizar la fracción de Trotsky”.

Una vez más la oposición se encuentra acorralada: ”Todo indica que el comité central teme a la discusión más que al propio fuego y que no conserva esperanza alguna de defender su línea política en ninguna discusión honrada que se celebre en el seno del partido. (... ) El grupo estalinista ha decidido (... ) fabricar el XV Congreso sólo con secretarios”.[364] Por tanto, hay que caminar hacia adelante, volver decididamente a la ilegalidad y, como ha de afirmarlo Alsky, colaborador de Trotsky ”abrirnos un camino hacia la legalidad”.[365] En consecuencia, la oposición imprimirá el texto de la plataforma, le dará la debida difusión dentro del partido y entre los obreros independientes, lo pasará a la firma por doquier y, a pesar de la prohibición expresa, celebrará reuniones y mítines imponiendo así por la fuerza el reconocimiento de su ”legalidad”: probablemente ésta es la única alternativa, abrir una brecha como en el otoño de 1926 pero esta vez sin posibilidad alguna de echarse atrás, sin otra posible finalidad que la ”legalización” o la expulsión.

Apenas ha sido tomada la decisión cuando sobreviene la represión: durante la noche del 12 al 13, los agentes de la GPU, descubren la ”imprenta clandestina” de la oposición, dirigida por el viejo bolchevique Mrachkovsky, que es detenido y será expulsado posteriormente con otros catorce militantes, así como Preobrazhensky y Serebriakov que han asumido públicamente su responsabilidad en tal hecho. La prensa, absolutamente controlada, anuncia la desarticulación de un ”complot” en el que parece estar comprometido un guardia blanco, antiguo oficial del ejército de Wrangel. Este dato es cierto: un antiguo oficial blanco ha ayudado a los jóvenes militantes de la oposición a imprimir en multicopista el texto de la plataforma. Lo que la prensa no refiere, pero que Trotsky, Zinóviev y Kámenev hacen confesar a Menzhinsky, jefe de la GPU, confirmándolo éste ante el comité central, es que este antiguo oficial blanco, cuyo nombre es Stroilov, que trabajaba a las órdenes del provocador Tverskoy, ha pasado a ser agente de la GPU habiendo sido encargado por ésta de montar una vasta operación de provocación; en efecto, él había sido el que había ofrecido al joven oposicionista Chtsherbatov, los medios técnicos de difusión del documento. En la sesión del comité central, Stalin admite los hechos e intenta justificarla provocación: ”La oposición parece haber dado gran importancia al hecho de que el antiguo oficial de Wrangel al que se han dirigido los aliados de la oposición (...) haya sido desenmascarado como agente de la GPU. Mas: ¿Qué hay de malo en que este mismo oficial de Wrangel ayude al poder soviético a descubrir las conspiraciones contrarrevolucionarias? ¿Quién puede discutir el derecho del poder soviético a atraerse antiguos oficiales para utilizarlos en el desenmascaramiento de las conspiraciones contra–revolucionarias?”.[366]

Sin embargo la prensa nunca llegará a dar a la segunda parte de la historia la importancia que ha conferido a la primera: ”El mito del ”oficial de Wrangel” se difunde por todo el país, envenenando el alma de millones de miembros del partido y de decenas de millones de independientes”.[367] El asunto contribuye a dar una mayor consistencia a las acusaciones de organización de actividades contra–revolucionarias y permite desviar la atención de los problemas políticos que suscita la oposición. El día 27 de septiembre, Trotsky comparece ante el ejecutivo de la Komintern: entre sus jueces se encuentra Marcel Cachin, colaborador del gobierno burgués durante la guerra y redactor–jefe de ”L'Humanité”, el mismo que ha saludado a Chiang Kai–shek como ”héroe de la comuna de Shanghai”. Desde el banquillo Trotsky los fustiga, señala que van a expulsarle de un ejecutivo del que parecen haber olvidado expulsar a Chiang Kai–shek y Wang Ching–wei que siguen siendo ”miembros asociados” a pesar de las matanzas de obreros y campesinos en las que se han visto involucrados. ”Ni un solo organismo, afirma Trotsky, discute y adopta resoluciones en la actualidad, todos se limitan a aplicar las decisiones y desde luego el Presidium de la Internacional Comunista no constituye una excepción”. Naturalmente es expulsado, al igual que Vuyovich.[368]

A pesar de todo, la oposición ha conseguido imprimir su plataforma en una imprenta del Estado cuyo director es detenido; la tirada es de 30.000 ejemplares según el Politburó a lo que la oposición replica que sólo han sido 12.000 y que la mayoría de ellos han sido incautados. El documento empieza a circular con la portada de una obra literaria conocida: El camino de la lucha de Furmanov. Zinóviev y Kámenev opinan que serán necesarias de 20.000 a 30.000 firmas para conseguir que Stalin retroceda pero, una vez alcanzado el primer millar, los progresos son lentos. También tienen que luchar contra el miedo. Por este camino, la oposición consigue algunos éxitos. Trotsky, Kámenev, Zinóviev y Smilgá acuden a los barrios obreros de Moscú y Leningrado para hablar ante algunas decenas de obreros que se aglomeran en las minúsculas viviendas. Más adelante, cuando sus cuadros parecen haber adquirido cierta consistencia, se lanzan a una campaña pública, celebran reuniones burlando la vigilancia de los activistas provistos de garrotes, movilizados por el aparato en cada radio para impedirlas. Los jefes de la oposición se empeñan en dejar claro que su paso a la lucha ilegal se lleva a cabo como última solución y que, de hecho, se ven forzados a ello, piden salas para celebrar reuniones y al serles negadas las ocupan. De esta manera, consiguen celebrar en Moscú un verdadero mitin en uno de los anfiteatros de la Escuela Técnica Superior que ha sido ocupada por sorpresa. Con el fluido eléctrico cortado, Kámenev y Trotsky hablan durante dos horas, a la luz de unas velas ante dos mil personas mientras una verdadera muchedumbre se aglomera delante del local repleto. En Leningrado se prepara una operación similar para ocupar una de las salas del Palacio del Trabajo en la que van a tomar la palabra Rádek y Zinóviev. Sin embargo, Zinóviev se echa atrás en el último momento y Rádek se niega a ser el único orador: sus partidarios han de limitarse a manifestarse en una conferencia oficial de los metalúrgicos. En Jarkov, Rakovsky toma la palabra ante trescientos obreros en una reunión no autorizada. Por su parte, Trotsky hablará en dos fábricas de Moscú en las que la oposición cuenta con algunos partidarios.

Todas estas acciones resultan bastante alentadoras y la oposición considerará que ha alcanzado su objetivo y que ha conseguido abrir una brecha: la masa del partido comienza a interesarse por sus argumentos. Algunos dirigentes creerán incluso que el éxito está cercano cuando, el día 17 de octubre, en Leningrado, durante las fiestas del aniversario del comité central, Zinóviev y Totsky, situados a un lado de la tribuna oficial, son aclamados por una serie de obreros que se reúnen en torno de ellos. Según Victor Serge, ambos líderes creyeron que la situación se invertía efectivamente en su favor: ”Las masas están con nosotros, decían esa misma noche”,[369] Zinóviev escribirá posteriormente: ”Es el acontecimiento más importante que se ha producido en el seno del partido desde hace dos años, (... ) su significado político es enorme”.[370] Trotsky, en su autobiografía, califica esta optimista apreciación de impulsiva y dice que, en su opinión, aquella manifestación de platónica simpatía era un reflejo del descontento de los obreros de Leningrado, mas en modo alguno de su decisión de luchar contra el aparato.[371] La opinión de que, en aquella ocasión, los dirigentes de la oposición habían tomado sus deseos por realidades al interpretar como una manifestación política lo que no era sino una salva de afectuosas aclamaciones festivas, no puede aceptarse sin reservas. Resulta bastante verosímil la afirmación de que Zinóviev tuvo razón al opinar que aquella manifestación había preocupado a Stalin decidiéndole a actuar más rápidamente: también parece incuestionable que, a partir de este momento, muestra una enorme prisa por acabar con el problema.

Este es el momento en que el comité central oye la propuesta de Kirov, en la que se solicita la adopción de un programa para el décimo aniversario de la revolución que contiene la semana de cinco días y la jornada de siete horas. La oposición replica con la afirmación de que ello es ”pura demagogia” y la sugerencia de que se trate en primer lugar de llevar a la práctica la jornada de ocho horas, que en casi todos los casos no ha sido más que una mera frase sobre el papel, y de elevar los salarios más bajos. En consecuencia, vota en contra. Tanto la Pravda como la propaganda oficial se abalanza acto seguido sobre esta votación para ”desenmascarar” una vez más a una oposición que se autodenomina ”proletaria” pero que lucha contra todas aquellas medidas que favorecen a la clase obrera. El tono general viene dado por el historiador oficial Yaroslavsky: ”El vergonzoso voto de los troskistas contra la jornada de siete horas sirve para desvelar mejor que todas sus declaraciones la fisonomía menchevique de la oposición”.[372]

Sobre este punto la oposición pierde terreno. Sus protestas y sus argumentos son enterrados por completo por el alud desencadenado por la propaganda oficial. De hecho, la defensa de los intereses obreros constituía prácticamente el único punto de la plataforma comprendido y aprobado más allá del pequeño sector de los simpatizantes. Este es el ambiente imperante en el momento en que Stalin se prepara para volver a solicitar al comité central, reunido desde el 21 al 23 de octubre, la expulsión de Trotsky y Zinóviev. El relato de las escenas de salvajismo que se dieron en tal ocasión es perfectamente conocido: en la tribuna de los oradores Trotsky, protegido por sus amigos, injuriado, amenazado – llegarán a serle arrojados libros, tinteros, un vaso – pronuncia despreciativamente su alocución: ”El carácter dominante de nuestra actual dirección es su fe en la omnipotencia de los métodos violentos incluso cuando estos se ejercen contra el propio partido. (...) Vuestros libros no pueden leerse, pero aún pueden servir para ser arrojados a la cabeza de la gente”.[373] También afirma que Stalin quiere trazar ”una raya de sangre” entre la oposición y el partido, augura las matanzas y la depuración y cierra su intervención con las siguientes palabras: ”Podéis expulsarnos. No nos impediréis vencer”. Stalin, tan tranquilo como Trotsky en esta asamblea que parece haberse convertido en un verdadero pandemonium, replica a Zinóviev, que acaba de recordar el testamento de Lenin y la postdata acerca de su brutalidad: ”Sí, camaradas, soy brutal con aquellos que brutal y deslealmente se afanan en derrotar y escindir el partido. Nunca lo he ocultado”.[374] Según él, la oposición, como lo demuestra el asunto de la imprenta, ha sido apoyada ”a su pesar, contra su voluntad, por una serie de elementos antisoviéticos”. Ha iniciado el camino que la conduce a la escisión. Es preciso aniquilarla: Zinóviev y Trotsky son pues expulsados de un comité central del que Stalin se ha convertido en dueño y señor.

No obstante, la batalla continúa. En la asamblea de militantes de Moscú, Iván Nikitich Smirnov consigue tomar la palabra pero Kámenev y Rakovsky son expulsados de la tribuna, lo mismo ocurre con Bakáiev y Evdokimov el mismo día en Leningrado. Pravda anuncia que la oposición sólo ha conseguido un voto contra 2.500 en Moscú y ninguno contra 6.000 en Leningrado... Parece estar inevitablemente abocada a la expulsión del partido puesto que está claro que sus portavoces no podrán tomar la palabra en el Congreso. Ha perdido la batalla de las firmas y sabe también que ni siquiera llegará a presentar sus listas completas al Politburó para evitar que la represión se ejerza sobre todos sus efectivos.

El día 4 de noviembre se reúne en casa de Smilgá el centro dirigente de la oposición. Kámenev ostenta la presidencia. Entre Trotsky, que desea luchar hasta el final porque nada se puede esperar, y Zinóviev que de nuevo considera la posibilidad de un compromiso, se acentúan las divergencias. Por último, el recuerdo de la manifestación del 17 de octubre, determina la decisión: se resuelve la participación el día 7 de noviembre, durante el desfile oficial, de la oposición con sus propias consignas: ”Abajo el oportunismo”, ”Aplicad el testamento de Lenin”, ”Evitad la escisión”, ”Mantenimiento de la unidad bolchevique”, ”Abajo el kulak, el nepista y el burócrata”. A partir del día 5 de noviembre, la Comisión Central de Control convoca a Zinóviev, Kámenev, Trotsky y Smilgá conminándoles a renunciar a su proyecto. A lo que Smilgá replica que más valdría velar por la libertad de opinión antes de imponer condiciones.

En ambos bandos la manifestación del día 7 va a ser preparada cuidadosamente; sin embargo, los oposicionistas, valeroso puñado de luchadores entre una masa abúlica, parecen estar vencidos de antemano. Se cuenta con pocos detalles referentes al fracaso de la manifestación de Jarkov, encabezada en la calle por Rakovsky. En Leningrado, los oposicionistas llegan a alcanzar la tribuna oficial con sus pancartas pero posteriormente son hábilmente apartados por el servicio de orden que les aísla de la multitud reteniendo a Zinóviev y Rádek, hasta que todo el mundo regresa a su casa. No obstante, se producen buen número de incidentes entre la milicia y varios centenares de manifestantes encabezados por Bakáiev y Lashévich que visten uniforme. En Moscú los incidentes son más graves: los manifestantes de la oposición que se encuentran dispersos en pequeños grupos entre la muchedumbre que se dirige a la Plaza Roja, despliegan sus pancartas y banderolas; su número supera el centenar según el testimonio de un renegado de la oposición. Pero éstas son inmediatamente rotas y desgarradas por los activistas colocados a lo largo del recorrido que pasan después a rodear a sus portadores. Al parecer, sólo los estudiantes chinos pudieron conservar las suyas hasta la Plaza Roja. Inmediatamente después, los grupos que ya han sido localizados son dispersados y apaleados, algunos manifestantes son detenidos. Un comando entra en la Casa de los Soviets donde Smilgá ha colocado en el balcón de su piso una banderola y los retratos de Lenin y Trotsky: los militantes presentes son golpeados. Idénticos incidentes se producen en el Hotel du Grand Paris, donde Preobrazhensky, que ha encabezado la manifestación, es brutalmente apaleado. Trotsky, que ha llegado en coche, intenta arengar a una columna de obreros en la plaza de la Revolución. Inmediatamente es rodeado por los milicianos y escarnecido por ellos, suena un disparo que rompe los cristales del coche. No tiene más remedio que abandonar su intento.

Por la noche, la derrota es ya un hecho consumado. A partir de entonces, ”trotskistas” y ”zinovievistas” chocan en todas las reuniones de la oposición. ”León Davidovich, ha llegado el momento de tener el valor suficiente para capitular” dice Zinóviev y el viejo león le replica: ”Si tal valor hubiese bastado, la revolución habría triunfado en el mundo entero”.[375] Ambos son expulsados del partido el día 15; Rakovsky, Evdokímov, Smilgá y Kámenev son expulsados del comité central. El día 16, Adolf Joffe, viejo amigo de Trotsky afectado de una enfermedad incurable, se suicida en un gesto de protesta. Por última vez, los dirigentes de la oposición hablan a sus partidarios el día 19 ante la tumba de Joffe. Acuden diez mil personas según Trotsky, varios millares según Serge: ”La lucha continúa. ¡Qué todos permanezcan en su puesto! ”, dice Trotsky y, ante la tumba, Rakovsky, en nombre de todos los presentes, pronuncia el juramento solemne de seguir hasta el final la bandera de la revolución.

El XV Congreso

En el ínterin se llevan a cabo los preparativos del Congreso, bajo el signo dominante de la lucha contra la oposición. Los dirigentes de la mayoría indican el tono durante las conferencias preparatorias. Tomsky declara: ”Stalin no se complace en modo alguno en su papel de jefe. La intentona de la oposición pretendía presentarle como un tenebroso malhechor y a los miembros del comité central y del Politburó como una serie de lacayos aduladores manipulados a su antojo. Por debajo de él se encontraría el aparato de funcionarios temerosos del secretario Stalin y, todavía más abajo, otros militantes temblarían ante el secretario de célula”. Esta es una hipótesis ridícula, dice Tomsky, una fábula que nadie puede creer: ¿Cómo ”podría un partido en el que cada cual tiene miedo de los demás dirigir un Estado inmenso?” y, volviéndose hacia los ex-camaradas a los que acusa de haber querido constituirse en un ”segundo partido”, pronuncia la frase que la Historia atribuirá a Bujarin: ”Bajo la dictadura del proletariado pueden existir dos, tres e incluso cuatro partidos pero a condición de que uno de ellos se encuentre en el poder y los demás en la cárcel”.[376] Bujarin es tan tajante como Tomsky: ”Nos hemos enfrentado ya con todas las formas de lucha a excepción del levantamiento armado cuando ya se ha intentado incluso organizar una huelga, lo único que queda es el levantamiento armado”.[377]

Cuando se inaugura el Congreso, el día 2 de diciembre, ya se sabe que el aparato exige una capitulación incondicional y una total renuncia: ”La oposición, dice Stalin, debe capitular por entero e incondicionalmente tanto en el plano político como en el de la organización. Deben renunciar a sus opiniones antibolcheviques, abierta y honestamente, ante el mundo entero. Deben denunciar las faltas que han cometido y que se han convertido en crímenes contra el partido, abierta y honestamente, ante el mundo entero”.[378]

A partir del día siguiente parece quedar suficientemente claro que la oposición empieza a desintegrarse. Rakovsky, que se niega a llevar a cabo cualquier tipo de ”autocrítica” es expulsado de la tribuna. Sin embargo se escucha a Kámenev. Su intervención, desgarradora y valerosa a la vez, presagia ya la muerte de los bolcheviques. ”Es preciso, dice, hallar una posibilidad de reconciliación”. La vía del ”segundo partido” resultaría ”ruinosa para la revolución”, queda ”descartada por el conjunto de nuestro ideario, por todas las enseñanzas de Lenin acerca de la dictadura del proletariado”. El único camino posible es ”someterse a todas las decisiones del Congreso por muy duras que puedan parecernos”. No obstante, Kámenev solicita a los congresistas que no pidan imposibles a sus amigos: ”Si renunciásemos a nuestras tesis no seríamos bolcheviques. Camaradas, hasta la fecha, jamás ha sido formulada en el partido la exigencia de renunciar a unas opiniones personales (...) Si me viese obligado a acudir aquí y declarar: renuncio a las tesis desarrolladas en mis escritos hace dos semanas, no me creeríais; sería una hipocresía por mi parte y tal hipocresía no me parece necesaria (...). Tendednos una mano de ayuda”.[379]

Pero la comisión elegida por el Congreso se muestra inflexible: exige que los oposicionistas condenen de forma explícita las ideas de la oposición. Ordzhonikidze, al leer el día 10 el informe elaborado por la comisión, se lamenta de que estos ”antiguos bolcheviques” obliguen al partido a sanciones tan graves y propone su expulsión dado que no han condenado explícitamente la plataforma de la oposición. Rakovsky, Rádek y Murálov declaran que en modo alguno renunciarán a defender individualmente sus ideas. No obstante, los zinovievistas ceden, Kámenev, Bakáiev y Evdokimov aceptan las condiciones impuestas. En su nombre, Kámenev afirma: ”Nos vemos obligados a someter nuestra voluntad y nuestros juicios a la voluntad y los juicios del partido, único juez supremo de lo que es útil o nocivo para el progreso de la revolución”.[380]

No obstante, el aparato exige más todavía. La edición de 1938 de La historia del partido comunista (bolchevique) de la U.R.S.S., ha de dar una justificación a tales exigencias: el partido ”exigió un cierto número de condiciones previas a su reintegración. Los expulsados debían: a) condenar abiertamente el trotskismo como una ideología, antibolchevique y antisoviética; b) reconocer públicamente que la única política justa es la seguida por el partido; c) someterse incondicionalmente a las decisiones del partido y de sus organismos; d) pasar por un periodo de observación durante el cual el partido controlaría a los autores de la declaración considerando, llegado el momento, y según los resultados de la observación, la readmisión de cada uno de los expulsados. El partido consideraba que el público reconocimiento de todos estos puntos por los expulsados, en cualquier caso, tendría una positiva importancia para él puesto que rompería la unidad del bloque de trotskistas y zinovievistas, abocando en la descomposición de todos sus enclaves; serviría para demostrar una vez más su poder y la corrección de su línea, permitiéndole, en el caso de que los autores de las declaraciones obrasen de buena fe, reintegrar a sus antiguos miembros y, en caso de mala fe, denunciarles ante todos, no ya como hombres equivocados, sino como verdaderos arribistas sin principios, como personas que tratan de engañar a la clase obrera y como una serie de bribones irrecuperables”.[381]

Al someterse a tales exigencias, los antiguos oposicionistas renunciaban ipso facto a todo tipo de opinión personal y, por ende, a la posterior expresión de cualquier tipo de divergencia, por mínima que fuera, con la dirección: lo que se quería de ellos era una capitulación definitiva e incondicional, un verdadero suicidio político. Durante una semana más siguen vacilando pero finalmente, el día 18, se deciden a capitular y a condenar expresamente las ideas de la oposición – sus propias ideas – como erróneas y ”antileninistas”. Bujarin se congratula de ello con una alegría feroz: ”habéis obrado correctamente; este era el último plazo, el telón de hierro de la Historia estaba cayendo en este preciso instante”.[382] Esta última palinodia por otra parte sólo les hace acreedores a una gracia ínfima: la Comisión de Control decide examinar seis meses más tarde su solicitud de reintegración. Por lo tanto, siguen expulsados. Rakovsky, Smilgá, Rádek y Murálov declaran el mismo día: ”Si somos expulsados del partido haremos lo posible para volver a él. Se nos expulsa por nuestras ideas. Nosotros consideramos que estas son bolcheviques y leninistas. No podemos renunciar a ellas”.[383]

Los dos caminos

Así concluye la alianza de Zinóviev y Kámenev con Trotsky. A pesar de la repugnancia que ello les produce, tras una larga agonía, terminan por renegar de sus ideas, llevando a cabo ante Stalin lo que en vano hablan exigido que hiciese Trotsky ante la troika de la que formaban parte en 1924. Ellos también eran ”burócratas” y ”hombres del aparato” fracasados en su pequeña guerra. ¿Intentaron, como pensó Trotsky, despertar la indulgencia y merecer el perdón ayudando a Stalin a liquidar a Trotsky cuanto antes con el aislamiento? El 27 de enero de 1928, la Pravda publica ya una carta firmada por ellos en la que se ataca a los ”trotskistas”. No obstante, este cálculo supone un previo análisis de la situación. ¿Acaso han subestimado la hondura de la transformación sufrida por ese mismo partido que Kámenev consideraba incapaz de presidir ”procesos por brujería”? ¿Pensaron tal vez que era necesario, en caso de una rápida inversión de la situación, permanecer en el partido para poder actuar desde él en el momento decisivo? ¿O bien, por el contrario, pensaron que durante decenios no existiría mas perspectiva que la opresión y la trampa de la burocracia y que su salida, tanto personal como política, no era otra que ”caminar a rastras”, según la expresión de Zinóviev, con tal de llevar el paso del partido? En la actualidad resulta imposible contestar a tales preguntas. Sin embargo, un hecho parece cierto: ninguno de los dos viejos–bolcheviques parecían haber previsto el camino jalonado de capitulaciones que se abría ante ellos y que, en menos de diez años, diecinueve después de la Revolución, les conduciría a acusarse de los más horrendos crímenes en el banquillo infamante de los nuevos procesos por brujería.

 Los irreductibles no les siguen. Rakovsky, Smilgá, Murálov y Rádek, como el propio Trotsky, han condenado explícitamente la perspectiva de un ”nuevo partido”: al igual que Zinóviev y Kámenev opinan que el partido podrá rehacerse, desembarazarse de su ”excrecencia parasitaria”, a saber, la burocracia. Mas no creen en modo alguno en la posibilidad de facilitar esta regeneración permaneciendo dentro de él a cualquier precio. Rakovsky declara: ”abstenernos de defender nuestras ideas significaría que renunciamos a ellas; con ello faltaríamos a nuestros más elementales deberes hacia el partido y hacia la clase obrera”.[384]

De esta forma, la grieta que separaba a los dos grupos principales de la oposición a principios de 1926, se convierte en un abismo. Cuando Zinóviev y Kámenev estaban convencidos de la victoria, Trotsky ya esperaba lo peor, la calumnia, la exterminación física. En consecuencia, se prepara para una larga lucha cuyo resultado no parece nada claro: ”Nuestro deber, le dice a Victor Serge, es agotar las posibilidades de regeneración. Uno puede acabar como Lenin o como Liebknecht. Hay que encontrarse a la altura de ambas eventualidades”.[385] Ciertamente, ello explica una postura que los historiadores han calificado como ”suicidio político”, y en la que generalmente no suele verse mas que una serie de vacilaciones y contradicciones. La revolución europea ha fracasado, la U.R.S.S. va a permanecer aislada durante mucho tiempo y la dirección estalinista compromete seriamente las posibilidades de victoria de las futuras revoluciones proletarias. No obstante, el péndulo de la Historia volverá al punto revolucionario tarde o temprano. Hasta que llegue este momento es preciso resistir, ”salvaguardar las tradiciones revolucionarias, mantener el contacto con los elementos avanzados dentro del partido, analizar el desarrollo del periodo termidoriano y prepararse para el próximo alzamiento revolucionario tanto en la U. R. S. S. como a escala mundial”.[386] En una palabra, ya no se trata de luchar por el hoy, sino por el mañana, preservando para el día en que las masas vuelvan a hacerse cargo de su propia suerte, la herencia del bolchevismo que está siendo adulterado y que, de otra forma, sería destruido por los estalinistas.

¿Tenían razón los irreductibles al querer ”agotar las posibilidades de regeneración”? Ciertamente, en la actualidad resulta fácil desvelar tales ilusiones y sonreír ante su temor ”fetichista” a una posible restauración del capitalismo. El caso es que ante ellos se abría un largo peregrinaje: los 1.500 ”trotskistas” expulsados del partido, los centenares – que pronto se convertirán en millares – de oposicionistas que enseguida emprenderían el camino de Siberia después de Trotsky, deportado el día 17 de enero de 1928 a Alma–Ata, de Preobrazhensky, Rakovsky, Sosnovsky, Smilgá, Serébriakov y Saprónov, sólo han de constituir la avanzadilla de un éxodo que se verán obligados a emprender la casi totalidad de los bolcheviques de la revolución, jóvenes o viejos, con independencia incluso de la postura que hubieran adoptado durante la gran batalla política de 1926–27.

 

XI. La oposicion de derecha

Mientras se desarrolla el conflicto político, en segundo plano prosigue la lenta transformación del partido. El censo de enero de 1927 arroja una proporción de un 30 por 100 de obreros, 10 por 100 de campesinos, 8 por 100 de militares y un 38’5 por 100 de funcionarios. Un informe del mes de enero de 1928, dirigido al comité central, revela que, sobre 638.000 miembros del partido que en 1927 hablan sido clasificados como ”obreros”, 184.000 en realidad son funcionarios: así prosigue el proceso que en el informe se denomina ”el éxodo de la clase obrera hacia el aparato estatal”. El aparato, en el sentido estricto de la palabra, se ha duplicado desde 1924 y se pueden evaluar en unos 30.000 los apparatchiki funcionarios permanentes del partido, cuyo auge se debe en mayor medida al reflujo de las masas que a la iniciativa de Stalin, como se ha solido comentar en numerosas ocasiones, pero que, por sus métodos y su estado de ánimo se limitan a crear una serie de cuadros a imagen y semejanza suya, completamente diferentes de los bolcheviques de los tiempos heroicos.

En este sentido la derrota de la oposición de izquierda se convierte de hecho en la del espíritu bolchevique, encarnado en la persona de los últimos mantenedores del entusiasmo revolucionario. No obstante, la urgencia con que se ha tratado de eliminarla indica la complejidad de las nuevas relaciones sociales y políticas. El aparato extrae su omnipotencia del papel de árbitro al que parece abocarle el conflicto que se agudiza progresivamente en el seno del partido entre una serie de fuerzas sociales antagónicas. No obstante, la coalición en que se ha apoyado la lucha contra el ala proletaria revolucionaria dista mucho de ser homogénea. En realidad reúne a unos elementos con diferentes objetivos que se han aliado provisionalmente para hacer frente a un peligro común, pero cuya decisión de saldar cuentas después de la victoria parece evidente. A partir de 1926, Trotsky distinguía tres grupos en el interior de la dirección: el de los burócratas sindicales, representado por Tomsky, el de la derecha pura que refleja a la presión de la masa campesina y cuya encarnación eran Bujarin y Rikov, y por último el que representaba al aparato, el ”centro”, encabezado por Stalin y Kirov.[387]La derrota de la oposición conjunta acelera el estallido del conflicto latente pues el centro no puede tolerar una situación que le convierte en rehén de la derecha. La presión de los acontecimientos y en particular la de las decisiones económicas obliga al aparato a iniciar, desde el día siguiente al XV Congreso, una batalla contra la derecha. Respecto a esta última hay que admitir que, entre la presión del campesinado y el temor a las aventuras consustancial a cualquier facción burócrata, también expresa aunque de manera un tanto deformada y más vaga que la oposición conjunta, los ecos del tiempo en que el partido bolchevique extraía su fuerza de las discusiones y de su voluntaria disciplina.

La crisis de los alimentos y el viraje a la izquierda

Contra la oposición que auguraba las peores catástrofes y evocaba e peligro de restauración capitalista originado por el progreso el campesino rico y por la lentitud del desarrollo industrial, la dirección había mantenido en el XV Congreso la línea preconizada por Bujarin desde 1924. En esta ocasión, Stalin se había burlado insistentemente de los ”miedosos” que, a pesar de saber que la NEP Implica el fortalecimiento de los kulaks. ”palidecen de miedo y piden socorro gritando: ¡Al asesino! ¡Policía!” en cuanto ”los kulaks asoman la nariz por un rincón”... La situación no obstante, distaba mucho de ser satisfactoria puesto que, hacia finales del año, las informaciones oficiales admitían la existencia de 1.700.000 parados, cuando cerca de medio millón de personas trabajaban exclusivamente en la contabilidad de la industria estatal. El hambre vuelve a hacer aparición en las ciudades. Cuando la superficie sembrada alcanza el máximo desde el final de la guerra, cuando las cosechas de 1925, 1926 y 1927 se cuentan entre las mejores que ha conocido el país, las entregas de granos de 1927 son menos de la mitad de las de 1926.

En los comienzos de] invierno de 1927 se producen los primeros incidentes entre los encargados de la recogida del grano y los campesinos que exigen, infructuosamente, el alza del precio del trigo. Hacia el final del año las dificultades se multiplican: los campesinos ricos que pueden permitirse el lujo de esperar, cansados de vender su cosecha sin poder obtener en contrapartida productos industriales, almacenan sus excedentes a la expectativa del alza de precios. A principios de enero es preciso rendirse a la evidencia: la cantidad de trigo entrada en el mercado disminuye esta vez en un 25 por 100. Durante los meses siguientes las ciudades se ven amenazadas por la carestía tanto más cuanto los responsables locales del partido y de los soviets, educados al son de la cantinela de la ”subestimación trotskista del campesinado”, temen recurrir a unas medidas coercitivas que correrían el riesgo de depararles la gravísima acusación de haber contribuido a ”romper la alianza de obreros y campesinos”.

El día 6 de enero, ante la gravedad de la situación en las ciudades, el Politburó toma una serie de ”medidas de urgencia” que se comunican al partido pero que no son publicadas; la más radical de todas ellas es la orden de aplicar inmediatamente a los kulaks que retienen el grano, el artículo 107 del Código Penal, en el que se prevé la incautación de los stocks de los especuladores y se dispone, con el fin de facilitar la localización, que de la totalidad del trigo requisado será distribuida una cuarta parte a los campesinos pobres del pueblo. A pesar de ello, los resultados son insignificantes y se hace necesaria una verdadera movilización. El día 15 de febrero, al reproducir un informe de Stalin, el editorial de Pravda, anuncia en su título a la vez la crisis y el viraje: ”El kulak levanta la cabeza”. Se adoptan entonces una serie de medidas de Urgencia, esta vez de forma pública y oficial: incautación de los stock, en aplicación del artículo 107, préstamos forzosos a los que se bautiza como ”leyes de autoimposición” refuerzo del congelamiento de precios, vigilancia del precio del pan y prohibición de la compra y venta directas en los pueblos. El articulo denuncia la aparición en el partido y en el aparato del Estado ”de ciertos elementos extraños al partido que no distinguen las clases en el ámbito rural, no comprenden el fundamento de nuestra política de clases, intentan llevar a cabo su trabajo sin ofender a nadie en las aldeas, viviendo en paz con el kulak y, en, general, preservando su popularidad entre todos los sectores del pueblo”. Se trata de un verdadero llamamiento a la lucha emitido desde el propio partido contra esa misma ”ideología kulak” que la oposición conjunta habla denunciado hacia años, pero cuya existencia real habla sido negada una y otra vez. Se inicia la batalla del trigo y, en esta ocasión, se lleva a cabo sin miramientos; más de diez mil militantes de las ciudades son movilizados y enviados al campo para poner fin a la ”campaña de acaparamiento”. Por añadidura, en las regiones donde se produce la retención de grano, el aparato del partido y de las cooperativas sufre una honda depuración.

En el campo se producen infinidad de incidentes: Bujarin referirá posteriormente a Kámenev que, en seis meses, ha habido que reprimir ciento cincuenta rebeliones campesinas. El uso de la fuerza para llevar a cabo la recolección del trigo, el temor al hambre de las ciudades y los clamores de alarma de la dirección parecen resucitar, tanto en el campo, como en las ciudades, el comunismo de guerra. Los jóvenes obreros comunistas que han sido movilizados se lanzan a la lucha con la consigna de alimentar a sus hermanos y acabar con el enemigo de clase. Los campesinos medios temen la ofensiva tanto como el kulak: todo el campo está en pie de guerra.

La sesión del comité central del mes de abril, tras comprobar que con las requisas se ha conseguido atajar el mal, condena ”las deformaciones y excesos cometidos en la base por los órganos del partido y los soviets” anula la prohibición de la compra y venta libre, prohíbe toda incautación que no se opere como aplicación del articulo 107, suprime la distribución obligatoria del préstamo, así como, los piquetes que vigilan la circulación del trigo. Asimismo, al tiempo que reconoce que su política fiscal se ha mostrado impotente para obstaculizar el desarrollo del poder económico de los kulaks, que ”ejercen en la actualidad una considerable influencia sobre el mercado”, el comité central refuta la acusación de haber querido implantar nuevamente las ”levas” del comunismo de guerra. Stalin afirma: ”La NEP es la base de nuestra política económica y seguirá siéndolo durante un largo periodo histórico”. Rikov reconoce que la crisis del trigo ha sorprendido a la dirección del partido; no obstante, el fortalecimiento de la disciplina y la movilización de las fuerzas económicas indican que algunos tratan de proseguir una política que vuelve la espalda a la NEP.

A finales de abril, la crisis del trigo parece experimentar un nuevo auge. El día 26, Pravda emite un llamamiento para que no se abandone la ”presión de clase” ejercida sobre los kulaks; asimismo se restauran las medidas de urgencia. Poco tiempo después la prensa orquesta el descubrimiento de un supuesto ”sabotaje” en las minas del Donetz para seguir manteniendo la alarma y poner en guardia a los trabajadores contra ”las nuevas formas y métodos que adopta la lucha de la burguesía contra el Estado proletario y la industrialización socialista”.

De hecho, el viraje a la izquierda que se ha producido durante la crisis del trigo constituye el ensayo general de un viraje político de gran alcance. A finales de mayo, durante un discurso público, Stalin bosqueja los grandes rasgos de una política que ha dejado de ser la aprobada en el XV Congreso, sobre todo en lo referente a la afirmación de que, en el plano agrícola, ”la solución estriba en la transición de las granjas campesinas individuales a las granjas colectivas” y que, en ninguna circunstancia se puede ”retrasar el desarrollo de la industria pesada, convirtiendo a la industria ligera, cuya salida fundamental es el mercado campesino, en la base de la industria en conjunto”.[388] La sesión del comité central de julio de 1928 presenciará el primer choque, fuera del Politburó, entre Stalin y sus adversarios de la derecha, Bujarin, Ríkov y Tomsky, es decir, el prólogo del último gran conflicto semipúblico que surge en el seno del partido.

Las posiciones de la derecha tienen en Bujarin un portavoz elocuente. La experiencia de los años transcurridos desde su primera gran polémica con Preobrazhensky no le ha dejado indiferente y, en esta ocasión, defiende una política derechista, convenientemente corregida, desde los organismos dirigentes y en algunos artículos, sobre todo en el llamado ”Notas de un economista”, aparecido el 10 de septiembre de 1928 en la Pravda. Como polemista incorregible, empieza por subrayar el creciente contraste entre la necesidad que experimentan las masas de ”llegar hasta el fondo de los asuntos” y ”el alimento espiritual que se las ofrece, completamente crudo o bien insípido y sin calentar”.[389] El partido, en pleno empirismo, siempre camina con retraso respecto a los acontecimientos, a la manera de uno de esos mujiks que sólo se santigua cuando truena. El objetivo que se propone Bujarin es la investigación que permita actuar sobre las leyes generales de desarrollo de la sociedad de transición ”en los países de población pequeño–burguesa, retrógrada con una periferia hostil”.[390] Apunta los progresos experimentados por la producción, así como la periódica reproducción de unas ”crisis” de tipo especial que sólo aparentemente pueden semejarse a las experimentadas por el capitalismo, ya que presentan unas características inversas entre las cuales destaca la ”carestía de mercancías” por oposición a su superproducción. De ello concluye que es posible ”determinar para una sociedad que se encuentre en el período de transición los esquemas de la reproducción, es decir, las condiciones en que se opera una exacta coordinación de las diferentes esferas de la producción entre sí o, en otros términos, establecer las condiciones de un equilibrio económico dinámico. En esto consiste esencialmente la empresa de elaborar un plan para la economía nacional que se asemeje cada vez más a un balance de toda la economía, de un plan diseñado conscientemente que constituya al mismo tiempo un pronóstico y una directiva”.[391]

Este análisis lleva a Bujarin a pensar que las crisis no son en modo alguno inevitables en la sociedad de transición. Efectivamente, por una parte reflejan la tendencia socialista de la nueva economía cuyo impulso viene dado por el aumento de las necesidades, no revelando por tanto ningún tipo de antagonismo fundamental. Por otra parte las crisis agudas son un simple resultado de la relativa anarquía, es decir, de la relativa falta de un plan de conjunto, inevitable en la medida en que la política de la NEP se basa en la existencia de ”pequeñas economías” y que la producción individual de trigo constituye un ”factor anárquico”. De todo esto deduce: ”Para obtener el mejor tipo de reproducción social y sistemático crecimiento del socialismo, lo que supone una relación de las fuerzas de clase más ventajosa para el proletariado, es preciso esforzarse en encontrar la combinación más justa de los elementos de base de la economía nacional, equilibrarlos, disponer de ellos en la forma más juiciosa posible, es preciso influir activamente en el proceso económico y en el de la lucha de clases”.[392]

Con esta perspectiva el problema planteado a la sazón por las relaciones entre la ciudad y el campo podría ser estudiado a la luz de sus relaciones en el ámbito capitalista. La historia demuestra que la fuerza y la amplitud del desarrollo industrial han alcanzado su máximo en los Estados Unidos donde no existían antes ni relaciones feudales ni renta de la tierra, constituyendo además los granjeros acomodados un buen mercado para la industria. También afirma, como refutación de las tesis trotskistas – que según él supondrían la inclusión de la agricultura dentro de la categoría a la que pertenecía la Rusia prerrevolucionaria –, que aquella debe ser enfocada como perteneciente a la categoría ”americana”: ”El ritmo máximo de desarrollo industrial no se conseguirá arrancando todos los años la mayor cantidad posible de recursos al campesinado para invertirlos en la industria. El ritmo permanente óptimo se obtendrá a partir de una combinación en la que la industria crezca apoyándose en una economía en rápido crecimiento”.[393]

En otras palabras, sigue opinando que ”el desarrollo de la industria depende del desarrollo capitalista”, haciendo hincapié al mismo tiempo en que ”el desarrollo de la agricultura depende de la industria, es decir, que la agricultura sin tractores, sin abonos químicos y sin electrificación está abocada al estancamiento”: ”La industria es la palanca principal de la transformación radical de la agricultura”.[394] Este es el ángulo desde el que enfoca la crisis del trigo, preparada por la estabilidad de la economía de los cereales, y cuyas principales manifestaciones han sido la creciente desproporción entre los precios del trigo y los de los otros cultivos técnicos, el aumento de los ingresos campesinos de origen no agrícola, los insuficientes suministros de productos industriales para el campo y la creciente influencia económica del kulak. El mantenimiento obligatorio de precios bajos para el trigo suscita forzosamente el estancamiento y, más adelante, la regresión de la economía del trigo. La política de ”presión” es la responsable directa de la crisis del trigo y, por ende, de las consecuencias de la industrialización. Al desarrollo de la agricultura o del cultivo de trigo no cabe enfrentar el de la industria: ”En este caso la verdad se encuentra en el justo medio”.[395]

En su respuesta al esbozo elaborado por Stalin, Bujarin subraya que el punto de vista que exige el aumento de la producción coincide de forma efectiva con aquel que preconiza la ”sustitución de clase”, es decir la progresiva sustitución de los elementos capitalistas de la agricultura por la colectivización de las explotaciones individuales de campesinos pobres y medios y la transición a la gran empresa. No obstante, subraya: ”Se trata de un problema formidable que es preciso resolver en función del auge de las explotaciones individuales lo que exige grandes inversiones y una nueva tecnología, pero también nuevos cuadros”.[396] Al rechazar las perspectivas de aceleración del ritmo de la industrialización, propone simplemente estabilizarle en el presente período de restauración.

En una crítica feroz de los métodos empleados – ”no se puede construir una fábrica de hoy con los ladrillos del mañana” –, hace igualmente hincapié en la enorme magnitud cobrada por los gastos improductivos en la duración de los ciclos de producción, doce veces superior a los de la industria americana, y en el despilfarro de materias primas que oscila entre vez y media y dos veces la cantidad empleada por aquella para una misma producción. Estos son los factores sobre los que hay que actuar para ahorrar recursos, manteniendo con ello el ritmo de industrialización sin empeorar de forma grave la condición de los trabajadores. Para ello, resulta imprescindible aprender, elevar el nivel cultural, formar ingenieros y estadísticos. Su conclusión adquiere el eco de una profecía: ”En los poros de nuestro gigantesco aparato se han alojado elementos de degeneración burocrática absolutamente indiferentes a las necesidades de la masa, a su vida y a sus intereses tanto materiales como culturales (...). Los funcionarios están dispuestos a elaborar cualquier tipo de plan”.[397]

De esta forma, en una de sus últimas manifestaciones públicas, Bujarin, invocando la ciencia económica acuñada por Marx, condena todas las concepciones autoritarias de la planificación. Cualquier tipo de intento para crear nuevos recursos económicos, ya sea voluntariamente o por militarización, en su opinión no puede abocar más que a una edificación estatal extraña al espíritu del socialismo, viendo en ella el principal factor de la degeneración que habla presentido desde 1918. En 1928, recuerda lo que habla declarado en 1922 al rebatir la idea de una economía cuya dirección se encontrase por entero en manos del proletariado: ”Si se encarga de esta tarea, se ve obligado a poner en funcionamiento un aparato administrativo colosal. Para cumplir las funciones económicas asignadas a los pequeños productores, campesinos pobres, etc... necesita demasiados empleados y administradores. El intento de sustituir a todas estas gentes sencillas por burócratas (chinovniki), origina un aparato tan colosal que los gastos necesarios para mantenerle son infinitamente más importantes que los gastos improductivos que se deducen de las condiciones anárquicas en que se lleva a cabo la producción en pequeña escala; esta forma de administración global, el aparato del Estado proletario en su totalidad, en definitiva, no solamente no ofrece ningún tipo de facilidades sino que, por añadidura, sólo sirve para obstaculizar el desarrollo de las fuerzas productivas. Conduce directamente al objetivo opuesto del que se planteaba y esta es la razón de que el proletariado experimente una imperiosa necesidad de destruirlo. (...) Si el proletariado no lo hace, otras fuerzas serán las encargadas de poner punto final a su dominio”.[398]

La crítica de Bujarin, que de hecho se opone por completo a la elaborada por la oposición conjunta tanto en sus premisas como en su análisis inmediato, le conduce a un estudio del Estado y del papel de la democracia obrera. Sus ”Notas de un Economista” concluían ya con una confesión que era también un llamamiento: ”Estamos excesivamente supercentralizados. ¿No podríamos dar algunos pasos en dirección al Estado–comuna de Lenin? ”. Con ocasión del quinto aniversario de la muerte de Lenin, analiza sus últimos artículos en un trabajo que lleva por título ”El testamento político de Lenin”. En él afirma que el Estado obrero ”constituye una etapa perfectamente definida de la transición hacia el Estado-comuna, del que desgraciadamente aún nos encontramos muy, muy lejos”. Ante este problema Lenin intenta encontrar posibles catalizadores y afirma: ”Debernos volvernos hacia la remota fuente histórica de la dictadura; sin duda la más remota es la constituida por los obreros avanzados”.[399] Algunos días más tarde, Bujarin ha de escribir que la ”participación de las masas debe ser la garantía fundamental contra una posible burocratización del grupo de cuadros”.[400]

Las oposiciones en la encrucijada

Por todo lo anterior no puede sorprendernos que, desde diferentes bandos y, sobre todo desde el ocupado por los propios protagonistas, se haya considerado la viabilidad de un acercamiento entre la derecha y la izquierda, que hubiera sido facilitado por las amistosas relaciones personales mantenidas, incluso cuando la lucha entre facciones alcanzó su mayor virulencia, entre Trotsky y Bujarin.

No obstante, la primera reacción de la oposición de izquierda ante el ”viraje” está impregnada de ironía; Trotsky afirma: ”Nos enteramos de lo que sabíamos desde hace tiempo, es decir de la existencia dentro del partido (...) de una fuerte ala derecha que presiona en favor de una neoNEP, o lo que es lo mismo, tiende hacia la restauración del capitalismo por etapas”.[401] Preobrazhensky subraya que el viraje confirma el análisis llevado a cabo por la oposición y viene a determinar inequívocamente la bancarrota de la dirección; a pesar de ello, las necesarias medidas de urgencia resultan insuficientes, haciéndose notar la necesidad de una serie de intervenciones estatales que tienden a la reducción del consumo inmediato y a la satisfacción de la demanda campesina de productos industriales. Stalin, no obstante, parece decidido a aplicar de inmediato también este capítulo del programa de la oposición.

Desvanecida la primera impresión de satisfacción de su amor propio, los oposicionistas pasan a plantearse una serie de preguntas: Si el ”viraje a la izquierda” es definitivo ¿no se ha llegado demasiado lejos al denunciar a Stalin como ”protector del kulak”? Trotsky opina que es necesario prestar a la nueva política de Stalin un ”apoyo crítico”, el llamado a los obreros, a la lucha de clases, facilita la campaña en favor de la democracia interna mientras que el debilitamiento del kulak libera las fuerzas proletarias. Sin embargo, las nuevas perspectivas empiezan desde entonces a dividir a la oposición: Piatakov capitula y es imitado enseguida por el zinovievista Safárov que les dice a todos los que permanecen irreductibles: ”¡Ahora todo se va a hacer sin nosotros!”.[402] El bando de los absolutamente irreconciliables, integrado por los decemistas que consideran que el Estado está en manos de los nepistas y de los kulaks, se niega a aceptar que la nueva línea de izquierda vaya a perdurar: su influencia se hace sentir entre los jóvenes trostkistas que demuestran menos sensibilidad a los problemas de política económica que a la eliminación de todo tipo de libertad de expresión. Por otra parte los más veteranos vacilan. Preobrazhensky considera que Stalin emprende una nueva política presionado por el ineluctable principio de necesidad que rige las ”leyes objetivas”. Todas sus hipótesis parecen haberse confirmado. Un nuevo viraje a la derecha parece imposible pues provocarla tal explosión de elementos pro–capitalistas que Stalin e incluso el propio Bujarin se verían obligados a volver a la política aprobada en enero para afrontarlo. Por ello, Preobrazhensky propone a la oposición que ésta solicite una autorización para celebrar una asamblea legal donde discutir la situación y fijar una nueva línea. En cuanto a él, se inclina por una alianza con el centro que, en su opinión, ”refleja la política proletaria correcta como podría hacerlo un espejo deformador”.[403] Su propuesta es rechazada. No obstante, sus ideas se propagan y reciben el refuerzo de Rádek. Este último, abrumado por la derrota y la deportación, primero se mostró desolado: ”No puedo creer – le escribió a Sosnovsky – que toda la obra de Lenin y toda la obra de la revolución sólo hayan dejado tras de sí a 5.000 comunistas en toda Rusia”.[404] El viraje a la izquierda levanta su moral: los estalinistas, en el fondo, vienen a ser la retaguardia del proletariado cuya vanguardia es la oposición. En consecuencia, él también se inclina por un acercamiento. A duras penas consigue Trotsky preservar la unidad de la oposición, y ello sólo porque la sesión del comité central celebrada en julio parece imprimir un nuevo cambio de rumbo hacia la derecha, poniendo fin al ”viraje hacia la izquierda”. Este es el momento que aprovecha Bujarin para, valiéndose de Sokólnikov como mediador, ponerse en contacto con Kámenev y, gracias a él, con los oposicionistas de Leningrado. En su opinión la política de Stalin lleva al país a la guerra civil: ”Es un intrigante sin principios que todo lo supedita a sus ansias de poder. (...) Ha hecho un cierto número de concesiones para poder degollarnos mejor (...) Sólo conoce la venganza y la puñalada por la espalda”. Pálido y tembloroso, aterrado por la GPU, repite una y otra vez: ”¡El nos asesinará! Es un nuevo Gengis Khan, nos estrangulará”. Su intención al ir a ver a Kámenev es evitar lo que, según él, seria un error fatal: los partidarios de Zinóviev y los de Trotsky no deben en modo alguno aliarse con Stalin. ”Nuestras discrepancias con Stalin son muchísimo más graves que las antiguas diferencias que hemos tenido con ustedes”. En todo caso no se trata de ideas, pues, según Bujarin, Stalin parece no tenerlas. ”Altera sus teorías según la necesidad que experimente en determinado momento de eliminar a uno u otro”. De lo que se trata es de salvar el partido, el socialismo y la vida de todos sus adversarios pues, a su manera, Stalin había adoptado las tesis de Preobrazhensky acerca de la acumulación socialista originaria. De ellas parece haber deducido que, cuanto mayor sea el progreso del socialismo tanto más fuerte se hará la resistencia popular. Bujarin afirma: ”Esto significa un Estado policíaco, mas nada podrá detener a Stalin (...); ahogará las rebeliones en sangre y nos denunciará como defensores del kulak” y añade: ”La raíz del mal se halla en la completa fusión de partido y Estado”.[405] Para convencer a Kámenev, lleva a cabo una completa descripción de las fuerzas en presencia. Stalin ”tiene” a Voroshilov y a Kalinin; Ordzhonikidze le detesta y no se moverá, Tomsky, durante una borrachera, le ha dicho que los obreros terminarían por matarle; Andréiev, los dirigentes de Leningrado y Yágoda, el jefe supremo de la GPU, están dispuestos a luchar contra él.

Kámenev le escucha y escribe a Zinóviev aconsejándole que no responda con demasiada avidez a las propuestas que Stalin va a hacerle sin duda de un momento a otro. Simultáneamente le suplica a Trotsky que dé algún paso en el sentido de la reconciliación con Stalin. Trotsky se niega. A la hora de enjuiciar la política de Stalin es preciso considerar no sólo lo que hace sino también cómo lo hace. Por tanto, él no propiciará ningún tipo de componenda burocrática ni aceptará la reintegración en el partido si no se restablece por completo la democracia interna y con la condición de que la dirección del partido sea elegida por escrutinio secreto. Su respuesta, dirigida a Bujarin, se encuentra en una carta–circular fechada el día 12 de septiembre: las divergencias siguen siendo igualmente importantes, pero puede considerarse la posibilidad de colaborar en lo referente a un punto especifico, a saber la restauración de la democracia interna, declarándose dispuestos, si Bujarin y Ríkov lo aceptan, a luchar junto con ellos por un Congreso preparado y elegido democráticamente.

La mayoría de los oposicionistas protestan ante esta actitud, negándose a admitir la posibilidad de una alianza con la derecha contra el centro precisamente en el momento en que éste parece orientarse hacia la izquierda. ¿No seria esto la repetición de lo ocurrido precisamente durante Thermidor? Como, por su parte, los aliados de Bujarin no iniciarán siquiera los prolegómenos de una posible lucha en común, apelando a una opinión pública del partido como hicieron Zinóviev, Kámenev y Trotsky en 1926, Stalin podrá manejar a su antojo la hostilidad mutua de ambas oposiciones para golpear alternativamente a una y otra. La oposición de izquierda entra en crisis. Los ”conciliadores” Preobrazhensky y Rádek son imitados enseguida por Smilgá, Serebriakov e Iván Smirnov: todos ellos suplican a Trotsky que abandone las actitudes grandilocuentes y rompa su altivo aislamiento. No obstante, Trotsky se niega, convencido de que el tiempo trabaja en favor suyo – tras un año de represión han sido deportados 8.000 oposicionistas, es decir el doble de los miembros con que contaba la oposición conjunta hacia finales de 1927 –, en su actitud es apoyado por Rakovsky, Sosnovsky y los elementos más jóvenes de la oposición: uno tras otro, los conciliadores hacen causa común y le abandonan. La correspondencia mantenida entre los exiliados permite seguir de cerca el proceso de desintegración acelerada que experimenta por entonces lo que constituyó el núcleo de la oposición. En 1928, tras la capitulación de Safárov, Sosnovsky le escribe a Ilya Vardin, que ha seguido los pasos del primero: ”Le he rogado a Vaganian que le cuente un detalle ritual de los funerales judíos. Cuando se va a sacar el cadáver de la sinagoga para ser llevado al cementerio, un acólito se inclina sobre el difunto, le llama por su nombre y le dice: ”Entérate bien de que estás muerto. He aquí una excelente tradición”.[406] Algunos meses más tarde, en una carta que será interceptada por la GPU y que posteriormente será publicada por Yaroslavsky, Solnzev escribe: ”Reina el pánico y la confusión, se buscan soluciones individuales”. Acusa a Preobrazhensky, Rádek y Smilgá de haber cometido una ”traición inaudita” y deja traslucir que ”I.N. (Smirnov) emprende el camino de la liquidación”.[407] Trotsky, que contempla los acontecimientos con mayor perspectiva, vuelve la página a finales de julio de 1929 al escribir: ”La capitulación de Rádek, Preobrazhensky y Smilgá constituye en cierto modo un hecho político relevante. Demuestra hasta qué punto se ha desgastado la gran generación heroica de revolucionarios a la que correspondió pasar por la guerra y por la revolución de Octubre. Tres viejos revolucionarios pertenecientes a la élite se tachan así, por su propia voluntad, del mundo de los vivos”.[408]

La batalla preliminar

La ofensiva contra la derecha se inicia en el mes de junio en el seno del partido: la oposición alimenta una agitación obrera provocada por la insuficiencia de alimentos, sus miembros se multiplican en el campo merced a los vínculos personales que siguen teniendo los obreros con los aldeanos. Los obreros de dos fábricas de Moscú protestan contra las medidas de excepción. Uglanov, secretario del partido en Moscú, critica públicamente la nueva línea. En Leningrado, Kirov se enfrenta con una situación al confrontarse en el comité del partido con Slepkov, discípulo de Bujarin. Frumkin, Comisario del Pueblo para las Finanzas, protesta contra los métodos coactivos empleados en la requisa de cereales y recomienda un esfuerzo financiero máximo que ayude a los campesinos pobres que ingresan en las granjas colectivas. Stalin entonces, hace de él su chivo expiatorio, acusándole de ceder ante la presión ejercida por los kulaks.

El día 4 de junio, el comité central se reúne en Moscú. Kalinin, Mólotov y Mikoyán informan, acentuando la necesidad de preservar la alianza con el campesino medio, admitiendo que las medidas de excepción han sido meramente circunstanciales y aceptando la posibilidad de un alza del precio del trigo. La discusión parece estar en manos de los derechistas: Stetsky y Sokólnikov exigen concesiones para los campesinos y subida de precios; Uglanov describe el descontento popular, Rikov protesta contra la diferenciación establecida entre ”excesos” y medidas de excepción. Éste último acusa a Kaganóvich, que acaba de anunciar la necesidad de una ”lucha cruel” contra el kulak, de constituirse en el apóstol de la violencia por la violencia. Stalin describe la política del momento como una nueva etapa de la NEP, como una ofensiva. Al tiempo que acusa a los adversarios presentes de la colectivización de no ser ”ni marxistas ni leninistas sino filósofos campesinos con los ojos puestos en el pasado”, denuncia como ”desviación kulak” al grupo de los que pretenden que el comité central se vuelva de espaldas a la NEP. La intervención de Bujarin es grave y prudente. Teme que se produzca un alzamiento unánime del campesinado encabezado por los kulaks; contra Stalin, subraya que los precios constituyen uno de los instrumentos decisivos con que cuenta el gobierno para presionar a los campesinos individualmente. La ofensiva contra los kulaks debe ser completada con una serie de medidas de política fiscal: el objetivo esencial debe ser no provocar el descontento de los campesinos medios, pues ello reforzarla la postura de los kulaks. Una resolución de compromiso, tomada por unanimidad, resalta que las medidas de urgencia han obtenido un buen resultado y decide derogarlas, prohíbe igualmente los registros y requisas y, sobre todo, autoriza un aumento del 20 por 100 en el precio del pan. La impresión general es la de un triunfo de la derecha: Trotsky se refiere entonces a la ”Última fase del Thermidor”.

El VI Congreso de la Komintern

El VI Congreso de la Internacional Comunista que se celebra en Moscú durante los meses de verano refleja no obstante un importante retroceso de Bujarin que sigue siendo el presidente de una organización cuyo control se escapa progresivamente de sus manos. La Komintern constituye en definitiva un práctico campo de prueba para los grupos que se encuentran en el partido ruso: la línea seguida por los partidos comunistas extranjeros desde 1923 no es más que el reflejo de las oscilaciones de la política rusa. A este respecto, la política derechista del periodo 1925–27 ha constituido un escandaloso fracaso: el asunto del Comité Anglo–ruso y la derrota china son buena prueba de ello. Stalin, que en un principio se ha negado a reconocerlo así, no puede seguir durante mucho tiempo en esta actitud. A partir de la mitad de 1927 parece notarse un nuevo giro: como le ocurrió a Brandler en 1924, Chen Tu–hsiu se convierte en responsable de una política que ha sido aplicada por orden del ejecutivo, es decir del Politburó del partido comunista ruso. Ya se ha apuntado más arriba como Lominadze y Neuman lanzaron en pleno reflujo aquella misma política de ofensiva, combatida por la dirección Stalin–Bujarin cuando era preconizada por la oposición en pleno auge de la actividad revolucionaria de las masas obreras y campesinos.

Indudablemente, tal actitud es fiel reflejo del empirismo de Stalin, de su cortedad de perspectivas en los asuntos internacionales y de la improvisación característica de lo que Trotsky llama ”zig–zags burocráticos”. Sin embargo no debe despreciarse otra tendencia latente en esta política, a saber la que consiste en retomar en beneficio propio los puntos principales del programa de la oposición, aunque sólo sea para negar su existencia. A finales del año 1927, tras la insurrección de Cantón, la dirección de la Internacional puede permitirse proclamar abiertamente que ha encauzado al partido chino dentro del camino de la revolución soviética. En este caso el interés político a corto plazo del aparato coincide con sus tendencias básicas. Hasta 1927, a la política derechista de la U.R.S.S. había correspondido la política derechista de alianza sin perspectivas con los partidos social-demócratas. Cuando se produjo el viraje a la izquierda de los inicios de 1928 la Komintern lo reprodujo al abandonar la táctica de frente único. Temiendo el desarrollo de corrientes oposicionistas en los partidos extranjeros, la dirección del partido comunista ruso se dispone, con un mecanismo que en lo sucesivo será clásico, a utilizar el descontento auténtico que experimentan muchos obreros de vanguardia para enfrentarlo con los dirigentes rebeldes a su autoridad, golpeando a los derechistas con argumentos de izquierda y privando al mismo tiempo a la izquierda del factor emocional que constituye la denuncia de los compromisos con la ”social – democracia traidora”.

Cuando se reúne, en febrero en 1928, el IX comité ejecutivo de la Komintern, todo él está imbuido de las directivas de la lucha contra la oposición, derrotada por doquier aunque a veces el margen haya sido mínimo – como en Bélgica, donde el secretario general Van Overstraeten y la mayoría del comité central habían condenado las decisiones adoptadas en el XV Congreso –, pero existente y viva en todas las secciones.

Bujarin es el encargado de presentar el informe principal. Éste se apoya en un análisis de las fuerzas mundiales que distingue tres períodos distintos a partir de 1917. Al periodo de aguda crisis revolucionaria que abarca hasta 1923, sigue una segunda etapa caracterizada por la reconstrucción capitalista y por una relativa estabilización. En 1927 se inicia ”el tercer período” en el que se desarrolla una nueva etapa de edificación socialista a la que viene aparejada a una intensificación del peligro de guerra. Tal ”cambio objetivo”, según Bujarin, obliga a los comunistas a describir un ”brusco viraje” cuyo ”eje político es el cambio de actitud respecto a los partidos social-demócratas”, caracterizado por la limitación de la política de ”frente único” a los elementos ”de base”. Visiblemente incómodo en su justificación de un viraje sectario con el que, en el fondo no está de acuerdo en absoluto, Bujarin se esfuerza torpemente en atenuar su alcance al orientar todo el esfuerzo político de la Internacional únicamente contra el trotskismo, al que llama ”uno de los más innobles instrumentos empleados por la social–democracia internacional en su lucha contra los comunistas para arrebatarles su influencia sobre las amplias masas obreras”. En consecuencia, llega a afirmar que se trata de un ”viraje general (...), de un paso hacia la izquierda que se da en dirección al esfuerzo general de la lucha contra la social–democracia de derecha y muy especialmente contra la de izquierda”. Al admitir que el tercer periodo provocará, como reacción a la ofensiva burguesa, una radicalización obrera, él se esfuerza por convertir el trotskismo en el único peligro al mismo tiempo que sigue afirmando la existencia de una amenaza a la derecha, lo cual le lleva a nuevas acrobacias dialécticas: ”No es exacto el planteamiento de la cuestión según el cual, por una parte debemos luchar contra el trotskismo y por otra contra los peligros de la derecha. (...) Ello supondría que los trotskistas representan algún tipo de desviación de izquierda que coexistiría con un cierto número de desviaciones de derecha. (...). En casi todos los países el eje del trotskismo está constituido por las desviaciones derechistas”.[409]

No obstante, su flexibilidad no es óbice para que le sean dirigidas buen número de críticas: sus conclusiones son consideradas insuficientes, sobre todo por la delegación rusa que presenta una larga serie de enmiendas. Se le reprocha su excesiva valoración, de las posibilidades de desarrollo capitalista, su desprecio por la amenaza de la derecha y particularmente por las tendencias conciliadoras respecto a la social–democracia de izquierda, denunciada por Thälmann como ”el más peligroso de los enemigos del movimiento obrero”.[410] Este mismo afirma que ”las tendencias fascistas y los propios gérmenes del fascismo se encuentran en embrión en la política practicada por los partidos social-demócratas de casi todos los países”. Uno de los delegados italianos, Ercoli (Togliatti), tomará la palabra para censurar tales ”generalizaciones excesivas” y acudir en auxilio de Bujarin. ”El fascismo, dice, es un movimiento de masas, un movimiento de la pequeña y media burguesía dominado por la alta burguesía y por los partidos defensores de los intereses agrarios. Además, carece de base en una organización tradicional de la clase obrera. Por el contrario, la social–democracia es un movimiento que cuenta con una base obrera y pequeñoburguesa y que extrae su fuerza sobre todo de una organización que las amplias masas proletarias reconocen como la tradicional de su clase”.[411] No obstante, la fórmula de Thälmann es la que se incluye en la resolución, y Bujarin se limita a subrayar que se trata de tendencias y no de un proceso completo, apuntando que ”no sería razonable meter en el mismo saco a la social-democracia y al fascismo”.[412]

Idéntico conflicto permanece latente en cuanto se refiere a los problemas específicos de las diferentes organizaciones. Ercoli replica a las requisitorias ultra–centralistas de Thälmann, Ulbricht y otros, dirigidas a los ”saboteadores” derechistas, con las siguientes palabras: ”Como consigna para nuestra actividad de formación de direcciones de partido podríamos adoptar las últimas palabras de Goethe en su lecho de muerte: Mehr Licht.[413] La vanguardia obrera no puede luchar en las tinieblas. El estado mayor de la revolución no puede formarse en una pugna sin principios entre facciones. Hay formas de lucha que suponen la adopción de determinadas medidas de organización que, si se aplican irresponsablemente, adquieren un valor independiente de nuestra voluntad, actuando incluso a espaldas de ella y suscitando la desunión e incluso la dispersión de las fuerzas directoras de nuestros partidos”.[414] Bujarin retomará más adelante sus argumentos invocando la autoridad de Lenin. Sin embargo, en el mes de septiembre, cuando el comité central alemán suspende a Thälmann en sus funciones, por pesar sobre él la acusación de haber ocultado las malversaciones de fondos llevadas a cabo por su amigo Wittorf, secretario de la organización de Hamburgo, manteniéndole en su cargo a pesar del robo cometido, el ejecutivo dirigirá una moción de censura a dicho comité central, consiguiendo la plena rehabilitación de Thälmann y la expulsión de todos los dirigentes alemanes que habían considerado su comportamiento como inadmisible.

En tales condiciones, parece imposible que la Internacional pueda emitir la menor crítica en lo referente a la actitud del partido comunista ruso respecto a la oposición. No obstante, los delegados asistentes al VI Congreso – algunos de ellos acuden por primera vez –, conseguirán, al conocer la carta dirigida por Trotsky al ejecutivo, hacerse una idea de su crítica al programa y de sus tesis generales. Al criticar la escolástica concepción que Bujarin ostenta sobre la estabilización, Trotsky afirma: ”A partir de 1923 no nos enfrentamos solamente con derrotas del proletariado sino con importantes errores en la política de la Internacional. (...) La causa fundamental del auge del capitalismo durante el período de estabilización en el curso de los cinco últimos años se debe al hecho de que la dirección de la Komintern, en ningún momento estuvo a la altura de los acontecimientos”.[415] A la vez que subraya el carácter empírico de la línea seguida por la Internacional, calificada por Trotsky como ”centrista”, analiza minuciosamente los zig–zags de una línea que conduce a desastres sucesivos desde 1923; ello se debe sin duda a su errónea valoración del esquema de las fuerzas de clase. La estabilización del capitalismo no fue admitida hasta dieciocho meses después de la derrota alemana, en el momento en que aparecían los primeros síntomas de un restablecimiento, frenado en aquella ocasión por una política derechista. El desastre de la revolución china provocó a su vez un nuevo viraje a la izquierda precisamente en el momento en que la ofensiva había dejado de ser la política adecuada. En su crítica del carácter restringido del análisis de Bujarin, Trotsky afirma que la creciente hegemonía de los Estados Unidos constituye el hecho dominante así como el factor de estabilización inicial, pero también el origen de las futuras crisis, pues ”una gran crisis en los Estados Unidos volvería a poner en marcha guerras y revoluciones”. La teoría del ”socialismo en un solo país” y la pseudobolchevización que convierte a los partidos comunistas en dóciles instrumentos de su propio aparato de funcionarios, implican el riesgo de que, en definitiva, tales partidos sean incapaces de explotar nuevas situaciones revolucionarias.

Las cartas de los corresponsales de Trotsky citadas por Deutscher dan prueba del éxito que tuvieron las ideas del exilado en el Congreso: Ercoli se lamenta por el servilismo de que hacen gala la mayoría de los delegados, Maurice Thorez declara que no se siente demasiado convencido por la teoría del ”socialismo en un solo país”.[416] Un delegado de la minoría americana, James P. Cannon, se dispone a fundar la oposición de izquierda en su país.[417] Sea como fuere, los delegados, ya sean de ”derecha” o de ”izquierda”, se sienten en el Congreso tan impotentes ante las tesis oficiales como Bujarin, que pasa a apoyar unas posturas que considera catastróficas pero que acepta y defiende incluso contra sus propias ideas.

La ofensiva contra los enclaves derechistas

En el ínterin se prepara ya la lucha en el nivel decisivo: el aparato del partido ruso. Slepkov es desplazado por el secretariado, su traslado a Siberia le deja a Kirov el campo libre en Leningrado. En Moscú, Uglanov intenta utilizar su propio sector del aparato contra la política del secretariado. Adoptando la misma táctica que Bujarin, consigue que el comité de Moscú adopte el texto de una vehemente condena de la política anti–kulak cuya responsabilidad hace recaer por entero sobre los trotskistas. El día 15 de septiembre, Pravda replica con un llamamiento a la ”lucha en dos frentes”; denuncia la existencia en el seno del partido de una ”desviación de derecha” oportunista y ”conciliadora” en lo referente al kulak. La presión ejercida por el aparato central origina una serie de reacciones en los comités de radio de Moscú que se caracterizan fundamentalmente por la acusación que se hace a Riutin, el brazo derecho de Uglanov, de adoptar posturas derechistas. El Secretariado General aprovecha este estado de ánimo para destituir a Riutin de todos sus cargos ”por falta grave”, sin tener en cuenta a Uglanov y subrayando igualmente ”el descontento de los militantes activos” ante la ”inconsistencia y las vacilaciones de ciertos miembros del comité de Moscú en su lucha contra la desviación de derecha (...), así como su actitud conciliadora”.[418] Ya se ha consumado la derrota de Uglanov: el día 18 ninguna ovación acompaña a su informe ante el comité de Moscú y Riutin no tiene más remedio que llevar a cabo una autocrítica. El día 19, Stalin en persona le da el tiro de gracia denunciando ”la desviación de derecha y las tendencias conciliadoras a su respecto”.[419] El comité de Moscú decide llevar a cabo una ”reorganización”: uno tras otro, los secretarios de radio critican a Uglanov y exigen su completa autocrítica.

Durante el mes de noviembre aumenta aún mar s la tensión en las altas esferas. La contienda del comité de Moscú obliga a Bujarin, Ríkov y Tomsky a reclamar una reorganización del aparato pero no consiguen que se reúna la comisión que debe ocuparse de ello. Comprendiendo que de esta forma Stalin gana tiempo continuamente, se deciden a dar un golpe de efecto y dimiten simultáneamente de sus cargos de presidente de la Komintern y redactor–jefe de Pravda, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y presidente de los sindicatos. Su actitud supone una verdadera bofetada para Stalin, que precisamente acaba de desmentir en Moscú la existencia de divergencias reales en el Politburó; por esta razón acepta la negociación y sus tres oponentes se avienen a reconsiderar su dimisión a cambio del voto unánime de una resolución que dé prioridad a la agricultura sobre la industria pesada. El Politburó, por tanto, comparece unido ante el comité central que condena, una vez más por unanimidad, la ”desviación de derecha” cuyas vinculaciones con la de izquierda ha demostrado Stalin en su informe. Los jefes del ala derecha aprueban así la campaña del aparato contra sus ideas y sus partidarios. Ríkov llega incluso a amenazar a éstos con una serie de medidas que sobrepasan el ámbito de la campaña ideológica si la oposición de derecha se atreve a ”tomar forma”. El reducto de la derecha en Moscú es eliminado oficialmente: Uglanov pierde el secretariado y es sustituido por Mólotov al que asiste Bauman.

Prosigue de hecho la ofensiva del ”centro”. En pleno corazón de la batalla contra los derechistas de Moscú, el comité central, ha adoptado el día 19 de octubre un documento en el que se define una nueva política industrial. ”Como consecuencia de nuestro atraso técnico, nos resulta imposible desarrollar la, industria a un ritmo que no sólo nos permita no quedarnos a la zaga de los países capitalistas sino que los alcance y sobrepase sin que sea necesario la utilización de todos los recursos y fuerzas del país, sin una gran perseverancia y una férrea disciplina en las filas del proletariado”.[420] Las vacilaciones de determinadas capas de la clase obrera y de ciertos sectores del partido son calificadas como ”huída ante las dificultades”. El consejo de economía, emprende un proyecto de plan quinquenal para la industria. A partir de entonces el choque con el segundo reducto de los derechistas, los sindicatos, presididos por Tomsky, es inevitable.

Tomsky es un burócrata enérgico – el ”Gompers del Estado soviético” [421] le llama Trotsky – y está firmemente decidido a que los sindicatos conserven su función general de defensa de los intereses obreros pues ello constituye también el fundamento de su poder personal y el elemento indispensable desde su punto de vista, de la organización soviética. Ahora bien, la nueva línea limita la función de los sindicatos a la mera lucha en favor del aumento de los rendimientos y de la producción. A partir de junio, el comité central ha criticado numerosos ”abusos burocráticos” en la actividad del aparato sindical, emitiendo llamamientos dirigidos a las ”fracciones” sindicales del partido para que estas trabajen en su corrección: de esta forma, el partido puede intervenir directamente en los sindicatos con independencia de Tomsky. A partir de la sustitución de Uglanov, la Pravda se lanza al ataque contra todos los derechistas de los sindicatos, reprochándoles su resistencia a la autocrítica y su negativa a la política de movilización de masas cara a la construcción socialista. En el Congreso pan–ruso de los sindicatos, celebrado a finales de diciembre, Tomsky admite la existencia de ciertas insuficiencias pero también propone la renovación de los esfuerzos tendentes a conseguir un alza general de los salarios obreros. No obstante, la fracción sindical del partido presenta una resolución en la que se condena a los derechistas y se reclama una industrialización acelerada, rechazando la concepción ”puramente obrera” de los sindicatos, cuya misión ha de ser ”movilizar a las masas” para ”superar las dificultades propias del período de reconstrucción”.[422] Es aceptada por una mayoría aplastante. A esta condena tácita de Tomsky sigue la elección, entre los nuevos dirigentes, de cinco miembros importantes del partido, Kaganóvich, Kuibyshev, Ordzhonikidze, Rudzutak y Zhdánov. Tomsky será reelegido para la presidencia pero, al escapársele el control de la organización, se negará a recobrar sus funciones.

La derecha con ello ve confirmarse su derrota y se dispone de inmediato a apoyar una medida que constituye una grave amenaza. Trotsky, que ha sido conminado a renunciar a todo tipo de actividad política, se niega el día 16 de diciembre a llevar a cabo lo que, en su opinión, supondría una auténtica ”abjuración”, el abandono de la lucha en la que está empeñado desde hace treinta y tres años. En contra de los tres jefes de la derecha, a pesar de los esfuerzos desesperados de Bujarin y de la oposición de otro miembro del Politburó que posiblemente era Kuibyshev, Stalin consigue que se apruebe la expulsión de Trotsky del territorio de la U.R.S.S. Según las actas de la sesión, tal y como más tarde fueron publicadas por Trotsky, Stalin declaró: ”Trotsky debe ser exilado en el extranjero: 1º) Porque mientras permanezca en el país., es capaz de dirigir ideológicamente a la oposición cuya fuerza numérica aumenta incesantemente; 2º) Para poder ser desacreditado ante las masas como cómplice de la burguesía a partir del momento en que se encuentre en un país burgués; 3º) Para poder desacreditarle ante el proletariado mundial pues, sin lugar a dudas, la social–democracia utilizará su exilio contra la U.R.S.S., corriendo en auxilio de Trotsky, ”víctima del terror bolchevique”; 4º) Si Trotsky ataca a la dirección haciendo revelaciones podremos acusarle de traición. Todas estas razones aconsejan su exilio”.[423] La GPU le detiene el 22 de enero junto con toda su familia y le expulsa a Turquía; para el viejo revolucionario comienza el último viaje por el ”planeta sin visado”. El día 23, Pravda anuncia ciento cincuenta nuevas detenciones por ”actividad trotskista; entre los detenidos se encuentran Budu Mdivani, Drobnis, Pankratov y Voronsky.

La liquidación política de los derechistas

Como apunta R. V. Daniels, ”la historia de la oposición de derecha ofrece el singular espectáculo de un grupo político primero derrotado y más tarde atacado”.[424] Efectivamente, hasta el mes de enero de 1929, se ha mantenido en el Politburó la ficción de la unanimidad, incluso ante el comité central. Sin embargo, en febrero de 1929, Stalin pide a la Comisión de Control que inicie una investigación a propósito de las conversaciones sostenidas entre Bujarin y Kámenev, reveladas por unos panfletos editados por el grupo trotskista de Moscú. Bujarin acepta el reto. Reconoce su participación en tal hecho y emprende un contra–ataque en el Politburó. Al tiempo que niega haber llevado a cabo cualquier tipo de actividad fraccional, ataca ferozmente al burocratismo de un aparato cuyo Secretario General es también su señor absoluto y en donde ningún secretariado regional ha sido elegido. Denuncia la nueva política económica como una ”explotación militar–feudal del campesinado” que se encubre con las apariencias de un tributo; exige la reducción del ritmo previsto para la industrialización y el mantenimiento de un mercado libre. El y sus dos correligionario s presentan de nuevo su dimisión. Al ser acusados de romper la unidad de la dirección y de infligir un serio golpe a la del partido, terminan por retirarla, Ríkov el primero, negándose de todas formas a reconocer los errores que se les imputan. El día 27 de febrero, Mólotov amenaza, sin nombrar a nadie en concreto, desde las páginas de Pravda: ”La teoría de la integración pacifica del kulak en el socialismo supone en la práctica el abandono de toda ofensiva contra él; conduce a la emancipación de los elementos capitalistas y, por último, al restablecimiento del poder de la burguesía”.

En la sesión del comité central y de la Comisión de Control correspondiente al mes de abril, los ataques de Stalin, Mólotov y Kaganóvich se dirigen, abiertamente esta vez, contra los tres derechistas que se encuentran en clara minoría. Para evitar una condena pública, aceptan votar resoluciones en favor de un plan quinquenal para la industria, contentándose con pedir que se obre con prudencia y advirtiendo del peligro de una ”abolición de la NEP”: En consecuencia, el comité central les condena por haber ”disimulado su verdadera postura”. Stalin pronuncia una auténtica requisitoria contra Bujarin, le acusa de defender la ”integración de los capitalistas en el socialismo”, conceptos que ”aletargan a la clase obrera, disminuyen la voluntad de movilización de las fuerzas revolucionarias y facilitan la ofensiva de los elementos capitalistas”. ”El plan de Bujarin, exclama, tiende a frenar el desarrollo de la industria y a derribar las nuevas fórmulas de alianza entre obreros y campesinos”. Seguidamente, Bujarin se lamenta de la ”degradación cívica” a la que le somete el partido criticándole en público cuando se ve obligado a callar; Stalin le pregunta entonces con toda seriedad por qué razón se ha mantenido al margen de la lucha contra la desviación de derecha: ”¿Acaso el grupo de Bujarin no comprende que renunciar a la lucha contra la desviación de derecha significa traicionar a la clase obrera, traicionar a la Revolución?” y concluye: ”El partido exige que emprendáis al lado de todos los miembros del comité central de nuestro partido una lucha decidida contra la desviación de derecha y el espíritu de conciliación. (...) O bien hacéis lo que el partido exige de vosotros, y el partido se congratulará de ello, o bien no lo hacéis y en ese caso la responsabilidad será sólo vuestra”.[425]

El conflicto sigue sin ver la luz pública. En la XVI Conferencia Ríkov defiende el plan quinquenal mientras Kuibyshev amenaza a los ”elementos pequeño–burgueses”, ”derrotistas” y faltos de confianza”. En el Politburó, Uglanov es sustituido por Bauman. En junio, Tomsky es eliminado de la dirección de los sindicatos y sustituido por Chvernik. El dia 3 de julio, Bujarin es relevado de la presidencia de la Komintern y expulsado del ejecutivo; la operación ha sido facilitada por la alianza de última hora de Ercoli–Togliatti con la facción estalinista.

Tal medida no será hecha pública hasta el 21 de agosto, fecha que determina el comienzo de la sistemática denuncia de los ”errores” de Bujarin. En la sesión de noviembre del comité central, Uglanov reniega de sus errores. Los tres dirigentes encausados intentan convencer al auditorio de que, en realidad, se han limitado a defender un método de aproximación diferente a una política con la que están completamente de acuerdo: se les condena entonces por esta ”maniobra fraccional” y Bujarin es expulsado del Politburó. Por último, el día 26 de noviembre, capitulan en toda regla: ”A lo largo de los últimos dieciocho meses han existido, entre nosotros y la mayoría del comité central del partido una serie de divergencias acerca de cuestiones políticas y tácticas. Hemos presentado nuestros puntos de vista en una serie de documentos y de declaraciones ante la sesión plenaria y otras sesiones del comité central del partido y de la Comisión Central de Control. Creemos que nuestro deber es declarar que, en esta discusión, el partido y el comité central tenían razón. Nuestros enfoques, presentados en documentos conocidos por todos, se han revelado erróneos. Al reconocer nuestros errores, nos comprometemos, por nuestra parte, a hacer todos los esfuerzos necesarios para emprender, junto con la totalidad del partido, una lucha decidida contra todas las desviaciones de la línea general y en particular contra las desviaciones derechistas y la tendencia conciliadora con el fin de poder superar todas las dificultades y garantizar con ello la más rápida victoria de la edificación socialista”.[426]

De esta forma pasa el más brillante de los teóricos bolcheviques a engrosar la cohorte de ”almas muertas” que unos meses antes, habían formado los miembros del grupo de los conciliadores de la oposición de izquierda, Preobrazhensky, Rádek y Smilgá. Con este episodio se sella la larga agonía del partido bolchevique. Trotsky, desde el exterior, y algunos irreconciliables como Rakovsky, Sosnovsky y Solnzev, desde Siberia, siguen defendiendo las ideas que integran el legado bolchevique pero que no tienen ya vigencia alguna en el partido que se supone debía heredarlo. Se cierra así todo un período histórico y se inicia uno nuevo cuando el día 27 de diciembre, Stalin, en un articulo titulado ”Al diablo con la NEP”, anuncia lo que será el ”gran viraje”. Para los hombres que habían encabezado la primera revolución proletaria victoriosa, este viraje iba a constituir la primera etapa de un camino que les conduciría a una muerte ignominiosa u oscura.

XII. El partido estalinista en sus comienzos

La autocrítica de Bujarin, Rikov y Tomsky cierra todo un capítulo de la historia del partido. En su seno, nunca más volverá a desarrollarse una discusión pública: Los Congresos no serán en lo sucesivo sino grandes paradas cuyas actas traducirán muy deformadamente las discusiones o los desacuerdos internos. El Comité Central se ha convertido en un organismo puramente decorativo pero su peso cada vez es mayor, pasando de los 40 miembros de 1923 a 52 en 1924 y a 71 en 1927. Las diferencias manifestadas por los derechistas en el Politburó fueron, durante cerca de treinta años, las últimas en trascender al exterior. Las divergencias políticas – que siempre existen – en lo sucesivo se arreglarán en el núcleo del aparato y en los cenáculos dirigentes. Ciertamente han desaparecido las tendencias y facciones, pero ocupan su lugar clanes y camarillas, vínculos de interés personal en lugar de afinidades políticas; ya no se producen discusiones políticas, sino meros arreglos de cuentas.

Puede uno preguntarse si los viejos bolcheviques Ríkov, Tomsky y Bujarin, al tiempo que ”confesaban” sus errores, habían medido el alcance del último acto político de su carrera y valorado en sus justas proporciones la hondura del cambio sobrevenido en la propia naturaleza del partido que les exigía esta claudicación, es decir, un verdadero suicidio moral. Arthur Rosenberg sugiere que, con independencia de su voluntad, se habían convertido en los virtuales líderes de una oposición organizada de los elementos neo–burgueses: una franca resistencia por su parte hubiera representado un impulso a la lucha para todas las capas pro–capitalistas que aún eran numerosas y fuertes en la sociedad rusa y, de esta forma, ellos mismos habrían puesto en marcha la marea contrarrevolucionaria fomentada por la política de Stalin.[427] Trotsky se aproxima mucho a esta interpretación de su actitud cuando escribe en octubre de 1928: ”De grado o por fuerza los derechistas no tiene más remedio que meterse en el agua fría; es decir, intentar solventar su polémica con Stalin más allá del aparato (...) Para enfrentarse seriamente con el centro, tendrían que haber clamado, con toda la fuerza de sus pulmones, con un tono ultra–reaccionario, es decir, con un tono de Thermidor. Pero para obrar así le falta estómago a Bujarin. Ha metido el pie en el agua fría, pero tiene miedo de sumergirse en ella. Permanece inmóvil y tiembla... de valor. Tras él, Ríkov y Tomsky, contemplan lo que está ocurriendo, dispuestos a hundirse en la maleza en cualquier momento”.[428] En definitiva, durante el mes siguiente, Bujarin, Rikov y Tomsky se niegan a sumergirse en el agua fría, como habían hecho un año antes al negarse a la alianza con el diablo Trotsky en el infierno de un ”bloque” en favor de la democracia. Hay que resignarse a no poder responder a la cuestión de saber si han comprendido o no que, con este proceder, confirmaban su propio destino y el del partido bolchevique sucumbiendo bajo el peso de sus contradicciones.

El historiador del partido se da cuenta enseguida de que en realidad la cuestión es otra: la cantidad se ha convertido en calidad, el objeto de su investigación ha cambiado de naturaleza. La historia oficial se vuelve prácticamente inservible, pues cada giro le da una nueva forma y el pasado se presenta en función de las necesidades políticas inmediatas: a partir de 1931, Yaroslavsky, el historiador oficial de los años de lucha contra la oposición, es acusado por Stalin de haber cometido ”errores de orden doctrinal e histórico” y ninguno de sus sucesores disfrutará de mejor suerte ya que los amos del momento quieren borrar hasta el nombre de sus adversarios; el hecho de cubrirles de injurias no será ya una excusa del crimen que supone haberlos citado. Por otra parte Stalin da buena prueba de su concepción de la historia al exclamar – en su diatriba contra el desdichado Slutsky que ha osado afirmar que Lenin nunca había ”desenmascarado” antes de 1914 a los social-demócratas alemanes, basándose en la inexistencia de documentos que así lo prueben: ”¿Quién sino un burócrata incurable puede fiarse de los meros papeles llamados documentos?”.[429]

La prensa suministra algunos elementos de información sobre el partido incluyendo las actas levantadas acerca de las sesiones del Comité Central por los secretarios regionales. Pero estas informaciones sólo ofrecen aquellos datos que la dirección quiere poner en conocimiento de los miembros del partido con su publicación. Los corresponsales extranjeros, a los que se mantiene al margen y que suelen carecer de la formación necesaria, suplantan la descripción o el análisis por la ficción. Durante años el único material fiable con que cuenta el investigador es el aportado por el Correo Socialista que publica el menchevique Nikolaievsky y por el Boletín de la Oposición que publican Trotsky y su hijo León Sedov en el exilio y que recibe informaciones sólidas y contiene los puntos de vista y los análisis de los documentos oficiales que lleva a cabo el jefe de la oposición. Algunos años más tarde empezarán a publicarse los relatos de los extranjeros escapados de Siberia, Víctor Serge, Antón Ciliga, las revelaciones del hombre que firma ”El viejo bolchevique” y asimismo las de Walter Krivitsky. Se hace posible el colmo de algunas lagunas, no obstante, hay que desconfiar de las ”memorias” cuya edición se multiplica en Occidente, pues algunas de ellas no reflejan sino el mero afán de explotación comercial de una curiosidad perfectamente legítima, presentando todas las características de este tipo de literatura, entre las cuales destacan la búsqueda del sensacionalismo y el gusto por lo escandaloso. Los laboratorios especializados, dirigidos generalmente por competentes tránsfugas, suelen estar demasiado obviamente animados por una sistemática hostilidad como para poder aportar a la investigación una contribución que pueda ser utilizada sin grandes precauciones.

Será preciso esperar el fin de la guerra para que el material que se encuentra a disposición de los estudiosos se enriquezca sustancialmente: numerosas ”personas desplazadas” pueden así aportar su testimonio acerca de ciertos períodos oscuros o hechos inciertos. No obstante, habrá que tener en cuenta el hecho de que los emigrados suelen intentar justificarse, sobre todo ante si mismos, y, al mismo tiempo, complacer al investigador o al público. Los servicios americanos que se dedican a la investigación del material, cuentan ciertamente con colaboradores competentes y honestos, pero su deseo de probar determinados extremos y de ”ser útiles” suele falsear la objetividad general de sus investigaciones desde la elección misma de las cuestiones y de los polos de interés. En medio de este material poco fiable, existe empero una excepción de gran importancia: los archivos del comité regional de Smolensk que cayeron en manos de los alemanes en 1942. Durante la retirada nazi, los americanos se hicieron con ellos y el investigador Merle Fainsod pudo entresacar de los archivos una documentación de primerísima calidad, sin equivalente hasta la fecha, en la cual se incluían informes secretos de la G.P.U., actas de las discusiones de los comités, declaraciones ante las comisiones de depuración, correspondencia entre cargos oficiales, peticiones obreras, cartas dirigidas a los periódicos, etc... Por fin, a partir de 1953, las primeras informaciones acerca de la U.R.S.S. referentes incluso al período estalinista, son suministradas por los nuevos dirigentes. El informe de Jrúschov al XX Congreso, sus nuevas ”revelaciones” ante el XXII Congreso y asimismo, las de los delegados, periódicos y revistas, permiten comprobar las hipótesis: las informaciones de Trotsky, Serge y Krivitsky se confirmarán en lo esencial y en algunos casos serán completadas sin que por ello se pueda tener la seguridad de que otros secretos, precisamente por el hecho de estar mejor custodiados, no duerman aún en los archivos del Kremlin o en la memoria de Jruschov y de sus colaboradores personales. No obstante, un esbozo general empieza a ser factible.

Stalin, dueño de la situación

El hecho indudable, a partir de 1930, es que Stalin ha pasado a dominar en solitario la escena política convirtiéndose en dueño y señor del partido. El oscuro komitetchik de Bakú no era en tiempos de Lenin un personaje secundario; sin embargo tampoco era una figura de primer plano. Como escritor es enormemente gris, su oratoria es pesada, adora los silogismos y las repeticiones y hace gala de un gusto manifiesto por las letanías, éstas son las razones de que ninguna de las brillantes personalidades que rodean a Lenin le preste demasiado interés. Su carácter rencoroso le ha deparado innumerables adversarios; pero se trata también de un hombre trabajador, organizador y tenaz que sabe cómo utilizar a los demás. Primero opta por la oscuridad y el trabajo poco espectacular: al igual que Ebert, con quien ha sido comparado muchas veces después de que Trotsky lo hiciera, se instala en el partido como la araña en el centro de su tela. Como militante práctico, carente de ideas generales, se apresura a rectificar sus errores tras la vuelta de Lenin en abril sin apartarse en lo sucesivo ni un ápice de las posturas del líder en sus intervenciones públicas hasta la muerte de aquél. Su máxima preocupación es la eficacia: entre los bolcheviques dirigentes este viejo–bolchevique aparece en seguida como indispensable. Es de los que ”trabajan” cuando otros polemizan o adoptan poses cara a la posteridad, de los que ”construyen”.

Los conflictos con Trotsky durante la guerra civil no corren el riesgo de apartarle de la mayoría de los viejos bolcheviques sino, todo lo contrario. En 1917 preconiza la conciliación, la unidad, protege a Zinóviev y Kámenev, minimiza los desacuerdos. Cuando en 1922 se convierte en Secretario General, es Lenin el que apoya su candidatura, afirmando que el gran mérito de Svérdlov había sido que, durante el tiempo en que había ostentado este cargo, no se había producido ningún conflicto digno de mención. Es modesto, rinde pleitesía a Trotsky, ”Organizador de la victoria” y, en el período de 1923–24, parece constituirse en el elemento moderado de la troika. Son Zinóviev y Kámenev los que hacen a Trotsky objeto de los ataques mas violentos. Al mismo tiempo que se refugia tras la postura del Comité Central que condena a la oposición como ”anarco–menchevique”, Stalin insiste en precisar que, en cuanto a él se refiere, ni un momento ha pensado en colocar a Trotsky entre los mencheviques. También se opone a sus aliados cuando estos pretenden expulsar a Trotsky denunciándoles posteriormente por haber ”reclamado sangre”. Por un momento parece verse seriamente amenazado por la ruptura de Lenin con el pero le salva la recaída del enfermo; no discute los cargos que contra él constan en el ”testamento”, presenta su dimisión que no retira hasta que no se le ruega que lo haga, prometiendo entonces corregir su brutalidad.

Cuando la troika se desintegra, él no se encuentra entre las figuras de primera fila, pero se introduce en la contienda, en primer lugar para defender a Bujarin cuya ”sangre” exigen, según él, los leningradenses. Se presenta siempre como la viva encarnación de las decisiones del partido, portavoz  de su voluntad y mantenedor de la unidad. No obstante, con este proceder da firmeza a su postura: cuenta con toda una serie de adláteres como Mólotov, Kaganóvich, Rudzutak y Kirov que son los primeros en cantar sus alabanzas. A Kámenev, que denuncia el ”culto al jefe”, le replica que el partido no conoce sino la dirección colectiva. De esta forma va emergiendo paulatinamente a medida que desaparecen sus rivales: él es el enemigo número uno en opinión de Zinóviev y Kámenev, aquel a quien Trotsky estigmatizaba como ”sepulturero de la revolución”, el mismo en quien Bujarin ve al ”nuevo Gengis Khan”. Cuando Krúpskaya capitula, circula el rumor de que, con respecto a ella, ha utilizado unos procedimientos innobles; se rumoreaba que había empleado unas informaciones policíacas sobre la vida privada de Lenin para amenazarla con ”fabricar otra viuda de Lenin”. Ello no es de todo punto inverosímil si se tiene en cuenta que fue precisamente la grosería de Stalin respecto a Krúpskaya la que provocó en su momento la carta de ruptura de aquél. Mas éstos son meros rumores, elementos de una ”reputación amenazadora”. Como dice Pierre Naville, joven comunista que llega a Moscú en 1927 y que ha visto a Stalin revestido de la ”bonachona apariencia de dueño clandestino de la situación” afirmando también: ”A menudo se le atribuía, además de la energía, un cierto sentido común a falta de genialidad”.[430] En cualquier caso, en 1928 son sus discursos los que indican los virajes. Su interpretación de las resoluciones es la que prevalece. Poco a poco, emerge públicamente en el papel que desempeña realmente desde hace años: sus fotos aparecen en la prensa, el país entero celebra su cumpleaños. Enseguida se convertirá en un icono viviente pero, en el ínterin, se contenta con el papel de sumo sacerdote.

Una ideología oficial: el leninismo

Kámenev ha sido el primero en referirse al ”leninismo” en un articulo fechado en marzo de 1923. Todo el partido le imita. El ”leninismo” sirve para ser enfrentado con el ”trotskismo”. En 1924, Stalin publica Los problemas del leninismo; en 1926, como réplica al Leninismo de Zinóviev, Las cuestiones del leninismo, donde expone una serie de proposiciones dogmáticas apoyadas en citas del maestro. Seis años antes, durante el IV Congreso de los Soviets, Lenin seguía repitiendo que la victoria de la Revolución rusa no se debía ”a los méritos particulares” del pueblo ruso, ni a una ”predestinación histórica”, sino a todo un ”concurso de circunstancias”. También afirmaba: ”Sé perfectamente que esta bandera está en manos débiles, que los obreros del país más atrasado no la conservarán si los obreros de los países avanzados no acuden en su ayuda. Las transformaciones socialistas que hemos llevado a cabo en muchos aspectos son imperfectas, débiles e insuficientes: han de servir de indicación a los obreros avanzados de Europa occidental que se dirán: Los rusos no han comenzado en buena forma, todo lo que tenían que hacer”.[431] A la sazón, Stalin afirma que la U.R.S.S. es la ”patria de la teoría y de la táctica de la revolución proletaria” y ”Lenin el creador de esta teoría y de esta táctica y el jefe indiscutible del proletariado internacional”.[432] Su articulo de ”réplica a los trabajadores koljosianos” inserto en la Pravda del 30 de julio de 1930, no contiene menos de diecinueve citas de Lenin y desde luego no constituye ninguna excepción a este respecto.

La insistencia sobre la calidad de dogma perfectamente elaborado que se atribuye al leninismo permite acentuar la noción de ”desviación”. La palabra apareció en marzo de 1921 y fue empleada por Lenin respecto a la oposición obrera, definiéndola entonces como una tendencia inacabada que aún puede corregirse. A partir de 1924, todas las divergencias se convierten en ”desviaciones” que alejan ”objetivamente” a sus mantenedores del leninismo tal como lo define el Comité Central. En efecto, en boca de Stalin, que a su vez recoge la expresión de Zinóviev, el partido debe ser ”monolítico”, la unanimidad y la fuerza son la ”característica de los comunistas”: el partido está ”fundido en una sola pieza”, es ”macizo”, ”férreo”, de ”acero” ”completamente tenso”. ”Resulta casi innecesario, escribe Stalin, demostrar que la existencia de facciones provoca la formación de varios centros lo cual supone la ausencia de un centro común en el partido, la fragmentación de la voluntad única”.[433]

Atacar a la dirección del partido y a su aparato significa pues atacar al propio partido, ”romper su columna vertebral” y ”debilitar su disciplina”, es decir ”minar los fundamentos de su dictadura”. Para que una discusión estalle, es preciso que haya sido ”introducida a la fuerza” y el deber de los dirigentes es precisamente ”resistir el asalto”, ya que ”durante la construcción del socialismo, el partido está rodeado de enemigos, precisamente cuando cuenta con un número enorme de tareas prácticas en el campo de la actividad creadora y es por ello incapaz de concentrar en cada ocasión su atención sobre las divergencias de opinión en el seno del partido. El partido ”no necesita en modo alguno polémicas prefabricadas, ni tampoco tiene por qué transformarse en un club de discusión, por el contrario debe convertir su trabajo constructivo en algo general (...). La teoría según la cual se puede “vencer” a los elementos oportunistas mediante una lucha ideológica en el seno del partido y asimismo, “superar” a dichos elementos en el ámbito de un partido único, es una teoría podrida y peligrosa que amenaza con condenar al partido a la parálisis”.[434] Esta es la razón de que las diferentes oposiciones, sea cual fuere su tesis y el momento de su aparición, aportan como único resultado la revitalización de los ”enemigos de la revolución y del proletariado”, ”abriéndoles la puerta” y ”trazando su camino”. Los oposicionistas les hacen ”objetivamente” el juego a los guardias blancos: no obstante, si una vez amonestados por el partido insisten, ello supone que la ”lógica de su enfrentamiento” ”les arrastra” al bando de los reaccionarios y de los imperialistas. Y si el historiador Slutsky afirma que no se poseen documentos que prueben que Lenin había ”desenmascarado” con anterioridad a 1914 el ”centrismo” de Kautsky, si finge creer que ”la existencia de papeles o documentos basta para demostrar el verdadero espíritu revolucionario y la auténtica intransigencia bolchevique”, debe ser porque pretende ”pasar su contrabando antileninista”... A partir del momento en que ”el trotskismo se configura como un destacamento de vanguardia de la burguesía contrarrevolucionaria ”, ”el liberalismo respecto al trotskismo, incluso después de haber sido vencido y haberse camuflado convenientemente, no es sino una pura imbecilidad que aboca al crimen y a la traición en detrimento de la clase obrera”.[435]

La única justificación que Stalin puede ofrecer a estas afirmaciones, a estos procedimientos intelectuales, defectuosos desde el punto de vista de la mera lógica formal y antagónicos al conjunto de la obra de Lenin, la única prueba del carácter ”leninista” de su concepción del partido es la condena de las fracciones emitida en 1921. Aquella medida excepcional, adoptada en pleno retroceso, en el momento de mayor peligro, aquel ”estado de sitio”, constituye en su opinión el régimen normal, la regla impuesta por Lenin. Después del XV Congreso, completará el edificio con la generalización de la práctica de la ”crítica y la autocrítica”, afirmando que pertenecen a la propia ”naturaleza del partido bolchevique” y constituyen ”la base de la dictadura del proletariado”. ”Si nuestro país, afirma en presencia de una asamblea de funcionarios moscovitas del partido, es un país de dictadura del proletariado y si la dictadura es encabezada por un partido, el partido comunista, que no comparte ni puede compartir el poder con ningún otro partido, está claro que somos nosotros mismos los que debemos desvelar, denunciar y corregir nuestros errores si querernos ir hacia adelante, pues resulta evidente que nadie mas puede desvelar o corregir nuestras faltas”.[436] Tanto la crítica como la autocrítica deben entenderse en el contexto de la ”línea” fijada por el partido y se refieren a su aplicación. La crítica tiene por objeto desarrollar la autocrítica, motor de los progresos y de la mejora del partido: una y otra constituyen de hecho un látigo en manos de una dirección que es la única en poder afirmar la existencia de una falta y que siempre desvelará los errores de aplicación de la línea por parte de los funcionarios, por ser ella misma quien la determina e interpreta y dado que nadie puede criticarla so pena de exponerse a la acusación de ”desviarse de la línea” y de ”reflejar objetivamente” la presión de las ”fuerzas contrarrevolucionarias”.

La pirámide burocrática del aparato

Los diferentes oposicionistas y en alguna ocasión el propio, Stalin, se complacieron en comparar al funcionario medio de la Unión Soviética con Pompadour, el administrador-reyezuelo y burócrata que puso en escena Scherdrin en una de sus famosas sátiras. Una concepción de la vida política, tal y como fue definida por Stalin y como aparece al trasluz de su recreación del leninismo, no podía nacer y desarrollarse más que en un medio social marcado por el espíritu burocrático que en definitiva, constituye un rasgo distintivo de la sociedad rusa desde los tiempos de Pedro el Grande, comprimido durante un instante por el auge revolucionario pero que se impone de nuevo con el periodo de reacción que sigue a la guerra civil y que pronto termina por dominar el partido. Resulta indudable que, en las diferentes cumbres del aparato, los hombres siguen siendo en su mayoría los mismos que encuadraban a los obreros y campesinos de 1917: de los 121 miembros del Comité Central elegidos en el XV Congreso, 111 eran ya bolcheviques antes de 1917. La proporción es menor en los comités centrales de las repúblicas donde ascienden a un 22,6 por 100, mientras que en los comités regionales es de un 12,1 por 100 y en los comités provinciales sólo representan un 11,9 por 100.[437] Cierto número de historiadores ha llegado a la conclusión de que existía una vinculación directa entre los apparatchiki de los años 30 y los komitetchiki de antes de 1917.

Se trata por supuesto de una afirmación defendible pero contra la que parecen atentar ciertos hechos. Por ejemplo, es indudable que hay más antiguos ”clandestinos” del partido en las prisiones y lugares de deportación o en los cargos subalternos que en el propio Comité Central. Lo más importante es que los bolcheviques veteranos han cambiado de mentalidad desde la época en que su vida estaba marcada por las huelgas, las manifestaciones y las estancias en prisión o en los campos de deportación. Al establecer la génesis de los burócratas que se han originado en las filas de los bolcheviques, Sosnovsky ha subrayado el papel de ciertos factores como el que denomina humorísticamente ”auto–harem”. Los viejos bolcheviques que ocupan los cargos responsables no son ya militantes, combatientes clandestinos, difusores de octavillas, encubridores, oradores de asambleas–relámpago o agitadores: ante todo son funcionarios que como tales tienen que enfrentarse con importantes tareas materiales, responsables ante los superiores jerárquicos que deciden sobre el curso de su carrera y que disponen de una gran autoridad sobre la masa de militantes de base y más aún sobre los sin–partido, gozando además de una serie de privilegios, de hecho y de derecho, que hace que se les trate como jefes, designándoseles con los mismos nombres que se utilizaban en tiempos del zar: tchinovniki o ziachaltziki. Son por ejemplo, viejos bolcheviques los que provocan con su conducta, digna de barines del antiguo régimen, el escándalo de Smolensk, descubierto y denunciado en mayo de 1928. Los responsables regionales del partido y de los soviets son acusados de ”corrupción”, de ”embriaguez” y de ”excesos sexuales”. La investigación que se inicia en Moscú será silenciada para no soliviantar a la oposición obrera. Mas no resulta menos cierto que el informe secreto de Yakovlev señala que, en una factoría cercana a Smolensk, donde el 50 por 100 de los trabajadores son miembros del partido, los funcionarios responsables han podido abusar impunemente de las jóvenes obreras, precisamente por la importancia de sus funciones y por el peligro que suponía para ellas resistirse a su capricho.[438]

Todos estos hombres tienen diez años más que cuando se produjo la revolución; los años de lucha y de padecimientos parecen justificar los privilegios de que disfrutan así como, una autoridad que, en muchos casos, les proporciona una total inmunidad. Además, los viejos bolcheviques del aparato permanecen sumisos a quien les proporciona su cargo, pues su pasado no les hace automáticamente acreedores a los privilegios o a la benevolencia: para ello deben situarse políticamente dentro de la línea oficial. Los militantes cuya carrera se ha iniciado en tiempos de la guerra civil son, por su pasado y por el régimen que han conocido, cuadros más disciplinados y todavía más sumisos: en el Comité Central sólo hay diez de ellos, pero integran el 57,2 por 100 de los miembros de los comités centrales de las repúblicas y el 63,9 por 100 de los comités regionales, no obstante, menos de la mitad de los responsables de los organismos de base pertenecen a esta generación. Una proporción importante de los miembros de los comités regionales y provinciales y el 50,9 por 100 de los secretarios locales o de fábrica están integrados por personas que se han afiliado en 1924 o más tarde, es decir que son gentes que deben sus funciones y su permanencia en ellas a su fidelidad a la disciplina del Comité Central y a su lucha contra las diferentes oposiciones, son militantes para los que la era revolucionaria, sobrepasada hace tiempo, parece pertenecer a otro mundo.

Al ser expulsado Tomsky del Politburó en junio de 1930 y Ríkov en diciembre del mismo año, tal órgano queda integrado exclusivamente por apparatchiki, por hombres cuya carrera ha discurrido paralelamente a la de Stalin y con el cual colaboran estrechamente cuando menos desde 1921: Voroshílov, Kalinin, Kaganóvich, Kirov, Kossior, Kuíbyshev, Ordzhonikidzé y Rudzutak. El Secretario General controla por completo el Politburó: no existe ya la menor posibilidad de que la omnipotencia del secretariado vaya a ser discutida, ni siquiera por el Comité Central o incluso por el Congreso, pues un 75 por 100 de sus delegados son funcionarios permanentes del partido en 1927. Según Mólotov, se puede estimar en 25.000 el número total de los miembros del aparato, es decir que éstos se encuentran en la proporción aproximada de uno por cada cuarenta miembros del partido.

Hasta 1930 el organismo fundamental del secretariado es el Orgaspred, constituido en 1924 por la fusión de la sección de Organización, la de Instrucción y el Departamento de Asignación. A partir de esta fecha, su actividad se extiende al nombramiento de todos los responsables del partido en los diferentes niveles, partido, soviets, sindicatos y administración económica, así como, a su formación y control, mediante el envío de instructores y directivas y la celebración de conferencias y de viajes de inspección. Al disponer de un fichero extremadamente detallado, este órgano nombra, sustituye y decide las promociones y sanciones de todos aquellos que ocupan los puestos clave. Entre 1928 y 1929, lleva a cabo, 8.761 nombramientos y más de 11.000 entre 1929 y 1930. Por estas fechas es reorganizado y dividido en dos secciones: el servicio de instrucción y organización, revitalizado y concentrado exclusivamente en los nombramientos para los puestos del aparato del partido, y el de los nombramientos que destina y traslada a los miembros del partido dentro de la organización económica y administrativa. Además de estas secciones existen otros cuatro servicios de los cuales el más importante – y el menos conocido – es el ”servicio especial”, dirigido por Poskrébyshev, jefe del secretariado personal de Stalin y en el que se ha iniciado, a partir de 1925, la carrera de apparatchick de un joven muy prometedor, Jorge Malenkov ingresado en el partido en 1920, y que será el responsable de la organización e instrucción para la región de Moscú desde 1930a 1934.

La omnipotencia de este aparato central que dispone de unos 800 miembros permanentes al principio de la década de los treinta, no debe crear la imagen de una centralización total y directa. El aparato es una pirámide: la autoridad de los departamentos centrales se extiende hasta los comités regionales que, más allá de una zona en la que comparten su poder de designación con el secretariado, tienen a su disposición un campo de acción en el que su soberanía en este aspecto se hace absoluta de hecho ya que no de derecho. Los archivos del comité regional de Smolensk revelan claramente esta jerarquización de la autoridad, así como el reparto entre los diferentes niveles de lo que los rusos llaman la nomenklatura, es decir la responsabilidad de los nombramientos.[439] El comité regional está dividido en siete secciones que se refieren a la propia organización del partido, a los transportes y la industria, a la agricultura, a los asuntos soviéticos, a la agitación y a la propaganda, a la enseñanza, al trabajo cultural y educativo. Cada una de ellas está encabezada por un director auxiliado por un número variable de instructores, por ejemplo, ocho en la sección ”partido” y once en ”agricultura” en esta región de carácter marcadamente rural. En total los siete directores cuentan con 35 instructores y proveen 2.763 puestos. El trabajo de la primera división consiste en controlar la actividad de los 80 radios – circunscripción administrativa que se extiende por lo general alrededor de un pueblo–mercado – y del propio Smolensk, así como, la organización regional de los jóvenes comunistas. Su nomenklatura comprende 596 puestos, pero 83 primeros secretarios de radio y 52 segundos deben ser confirmados por el Comité Central. La segunda división cuenta con 322 puestos en su nomenklatura, pero los directores de fábrica y los administradores designados por ella son propuestos por los correspondientes Comisariados del Pueblo, disponiendo por otra parte las autoridades locales de la facultad de nombrar a los secretarios de los comités de fábrica del partido y de los pertenecientes a las secciones sindicales. La tercera división debe tener en consideración las propuestas del comisariado de agricultura para los directores de sovjoses y de M. T.S.,[440] pero cuenta con autonomía para el nombramiento de los presidentes de koljoses. De esta forma, cada división tiene dentro de su ámbito de nomenklatura unas designaciones que le pertenecen en exclusiva al lado de otras que comparte.

El comité regional, que tan de cerca controla todos los sectores de la vida de la región de Smolensk y que a su vez guarda estrecha dependencia con el Secretariado General que le nombra – y que puede destituirlo a su capricho –, es la única autoridad regional. Desde 1931 a 1937, la región de Smolensk es dirigida exclusivamente, aunque se opere el control directo del Secretariado General, por un grupo de tres hombres: Rumiantsev y Chilman, primer y segundo secretario del partido respectivamente, y Rakitov que ostenta al mismo tiempo el Cargo de presidente del Comité Ejecutivo de los soviets de la región, y por tanto de representante de la autoridad soviética, pero que tiene el mismo ascendiente frente a Rumiantsev que Kalinin, presidente del ejecutivo, pan–ruso, respecto de Stalin. Las órdenes y directrices llegan por medio de los organismos del partido, por este canal de secretario a secretario. El comité regional del partido es el encargado de designar el comité ejecutivo del soviet de radio así como, su presidente y vicepresidente. A este respecto, Merle Fainsod ha encontrado en los archivos de Smolensk una circular del segundo secretario regional Chilman en la que protesta contra el hecho de que las elecciones para el congreso regional hayan sido realizadas en una reunión del partido sin que el comité regional haya sido debidamente avisado: precisa que las candidaturas para el Congreso de los soviets deben dirigirse con anterioridad al comité regional del partido y que la elección formal de un candidato no puede tener lugar sino más tarde, cuando ya ha sido ”aprobado”.[441]

La misma jerarquización estricta se encuentra a nivel del radio, cuyos principales responsables son designados con la aprobación del comité regional o bien directamente por él; no obstante, éstos disponen igualmente de una nomenklatura que incluye los responsables adjuntos a su nivel y se extiende hasta los responsables al nivel de las organizaciones locales y de los soviets de los pueblos. De esta forma concluye el encuadramiento de una región que, en la fecha de su formación, el 15 de marzo de 1929 contaba con seis millones y medio de habitantes y cada uno de cuyos radios incluía a una media de cincuenta a setenta y cinco mil habitantes.

Del leninismo al estalinismo

La pirámide burocrática así erigida en el seno del Estado, primero desde dentro y más tarde por encima de unos soviets a los que termina por quitar todo significado, no ha sido concebida ni deseada deliberadamente. Es el fruto de las circunstancias, de los esfuerzos del aparato para reemplazar la desfallecida iniciativa de las masas obreras y campesinas durante la guerra civil y después de ella, y asimismo, de su conservador reflejo de defensa contra la discusión, las criticas y la acción espontánea prácticas que, en su opinión, ponen en entredicho la aplicación de las directrices y la realización de los cometidos prácticos, terminando, como afirmaba francamente Kalinin, por complicar el trabajo de los responsables. En esta autodefensa los funcionarios del partido, llevados por la rutina que surge de la aplicación de los mismos métodos, unidos por una comunidad de preocupaciones y mas tarde de intereses vinculados por su inclusión en una rígida estructura, animados por la convicción de constituir una vanguardia consciente encargada de ”ilustrar”, si ello es posible, o en cualquier caso, de guiar y dirigir a las masas incultas, primitivas o simplemente cansadas, poco conscientes en definitiva, han comenzado por encarnar un espíritu ”activista” en el seno de una sociedad completamente relajada de la tensión anterior. Al subrayar las condiciones en que se operó este desarrollo inicial el oposicionista Christian Rakovsky escribe: ”Cuando los campesinos medianos y pobres del país en que se ha llevado a cabo una giantesca revolución dicen, como indica Pravda: “El poder lo quiere, no se puede ir contra el Poder”, este aforismo sí denota un estado de las masas infinitamente más peligroso que el robo o la violencia ejercidos por los funcionarios. Thermidor y Brumario irrumpen por la puerta de la indiferencia política de las masas”.[442]

El escándalo de Smolensk inspira a Sosnovsky parecidas reflexiones cuando escribe: ”A la cabeza de este distrito se hallaban auténticos bandidos. Ni una voz se ha elevado de la base para denunciar a esta cuadrilla. (...) Millares de encubridores taciturnos, con su carnet del partido en el bolsillo (a propósito, los sin–partido, asqueados, le llaman el carnet del pan) y, por encima de ellos, toda una nube de instructores, inspectores y revisores que acuden para inspeccionar, revisar y dar instrucciones a todo el departamento, cada uno en su especialidad. (...) Toda esta plaga de langosta, instructores inspectores y revisores no han visto nada y han estampado su firma al pie de unas actas que siempre consignaban el perfecto estado en que se encontraban todos los asuntos”.[443] El nuevo sistema en su totalidad se opone al espíritu que animó la organización de los soviets. En 1924, el comunista húngaro Giorgy Lukacs escribía: ”El sistema de consejos intenta fundamentalmente vincular la actividad de los hombres a todos los problemas generales del Estado, de la economía, de la cultura y demás, oponiéndose simultáneamente a que la administración de todas estas cuestiones se convierta en el privilegio de una capa cerrada, aislada de la vida social”.[444] Después de haber ”construido” su aparato e iniciado su ”trabajo” al margen de cualquier tipo de control, los funcionarios del partido no conciben ya que pueda obrarse de otra forma. Pasados los años, Stalin, para justificar no solamente el monopolio del poder en manos del partido, sino, también el del partido en manos del aparato, parece replicar a Lenin, que denunciaba las tendencias al burocratismo e indicaba, como único remedio la ”participación de todos los miembros de los soviets en la dirección de los asuntos”[445]: ”¿Acaso podemos llevar a la calle la discusión sobre la guerra y la paz? Discutir un determinado asunto en las reuniones de veinte mil células significa llevarla a la calle. (...) Hay que recordar que (...) mientras permanezcamos rodeados de enemigos, todo puede decidirse por un golpe asestado de pronto por nosotros, por una maniobra inesperada, por la rapidez”.[446] De esta forma se veía realizada la sardónica predicción de Bujarin: los ”comisarios” tomaban efectivamente el puesto de las cocineras para dirigir el Estado.

En la etapa posterior, el funcionario consciente de su originalidad, de su papel, de su carácter insustituible, organiza su trabajo e intenta modelar el mundo a su imagen. El apparatchiki ignora la suerte que aceptaba el militante: se suprime el ”máximo comunista”, el número de prebendas materiales que acompaña al ejercicio de las funciones públicas aumenta: en su opinión se trata de una justa recompensa.

El privilegio adquirido de esta forma debe ser defendido: un ”trabajador” político que pierde su puesto debe volver a la fábrica o al campo. El X Congreso ha vuelto a repetirlo solemnemente. No obstante, sólo seguirán esta suerte aquellos que han estado vinculados a una oposición. Los demás conservan sus cargos, ascienden en el escalafón si son dóciles: Pavliuchenko, el responsable principal del ”affaire” de Smolensk es trasladado como única sanción. El hecho de pertenecer al aparato constituye una seria protección, una superioridad social, una conquista que no es cuestión de dejar discutir a los advenedizos: las decisiones de los congresos no volverán a implantar la práctica de la elección de los responsables, a la que todos oponen un frente compacto. Las elecciones seguirán siendo puras formalidades, confirmaciones a mano alzada de una decisión anterior. Desde que este sistema se ha impuesto ya no son los hombres que ”no creen a nadie por su palabra y que se niegan a pronunciar una sola palabra contraria a su conciencia”, tal como los concebía Lenin, los que ”trepan” dentro del aparato, ni los hombres ”inteligentes pero poco disciplinados”, ni los rebeldes, los combativos, los apóstoles que conferían su grandeza a la cohorte bolchevique, sino los ”imbéciles disciplinados”, los carreristas, los oportunistas, los escépticos, los conservadores: en una palabra, todos aquellos que, como dice cl poeta Evtushenko, adoran el poder soviético por ser el poder a secas, contándose, además, entre ellos muchos renegados del otro bando de la guerra civil. En 1928, Preobrazhensky, Mrachkovsky y Smirnov, entre otros muchos, son deportados de nuevo, en contrapartida los antiguos mencheviques Martinov, Vishinsky, Strumilin e incluso Maisky son rehabilitados ocupando desde entonces puestos importantes.

En 1918, Lenin reconocía como una derrota la vuelta – acaecida bajo la presión de las circunstancias – ”al antiguo procedimiento burgués” consistente ”en pagar a un precio muy elevado los servicios de los grandes especialistas burgueses”. Afirmaba: ”Esta medida supone un compromiso, un abandono de los principios de la Comuna de Paris y de todo poder proletario, que exigen que los honorarios se reduzcan al salario de un obrero medio y que el arribismo sea combatido con actos y no con palabras. (...) Este es un paso atrás de nuestro poder de Estado Socialista Soviético que, desde un principio, ha aplicado una política tendente a reducir los honorarios cuantiosos al nivel del salario de un obrero medio”.[447] Stalin, sin embargo, encabeza toda su lucha contra la oposición en nombre de la desigualdad y a partir de 1925 afirma: ”No debemos jugar con frases acerca de la igualdad, es jugar con fuego”. En 1931 denuncia la ”nivelación izquierdista de los salarios”, afirma que es preciso dar a los obreros ”la perspectiva de un adelanto, de una continua elevación”.[448] En los antípodas de lo que era el militante bolchevique que condenaba sin remisión el recurso al espíritu pequeño–burgués de ascensión social individual, celebra, como si de una victoria se tratase, la desaparición de las jerarquías pueblerinas cuando ya están haciendo su aparición los nuevos ”notables”, condena la ”nivelación” como ”una estupidez pequeño–burguesa reaccionaria digna de una secta primitiva de ascetas, mas no de una sociedad socialista organizada en forma marxista”.[449] De esta forma, lo que originariamente fue estado de ánimo se ha ido transformando gradualmente en tendencia y más adelante en capa privilegiada: en lo sucesivo el aparato comenzará a segregar su propia ideología.

El portavoz del aparato, surgido de la burocracia del Estado y del partido y respaldado por la creciente importancia desempeñada por el partido en el Estado, termina por elaborar una nueva teoría del Estado. Como lo había previsto Bujarin, la burocracia deífica al Estado: ”Algunos camaradas, dice Stalin, han interpretado la tesis de la supresión de clases, de la creación de una sociedad sin clases y de la posterior eliminación del Estado, como una justificación de la pereza y de la placidez, como una justificación de la teoría contrarrevolucionaria de la extinción de la lucha de clases y del debilitamiento del poder del Estado. (...) Estos son los elementos degenerados o traidores a los que hay que eliminar del partido. La supresión de las clases no puede realizarse por la extinción de la lucha de clases, sino, al contrario, por su exacerbación. El debilitamiento del estado se llevará a cabo no ya por el debilitamiento de su poder, sino por su máximo fortalecimiento, lo que resulta indispensable para acabar con los últimos restos de las clases expirantes y para organizar la defensa contra el cerco capitalista cuya destrucción es aún remota y no se producirá inmediatamente”.[450] ”No conviene perder de vista el hecho de que el creciente poderío del Estado soviético aumentará la resistencia de los últimos restos de las clases que están desapareciendo. Precisamente por el hecho de estar expirando y de vivir sus últimos días, pasarán de tales formas de ataque a otras, a formas más violentas, llamando en su auxilio a las capas atrasadas de la población para movilizarlas contra el poder de los soviets”.[451]

En el ámbito del partido, este ”reforzamiento del Estado” tiene un significado harto preciso, se trata de la intervención de la G.P.U. en la lucha contra la oposición. Tras el episodio del ”oficial de Wrangel”, acaecido en 1927, se produce el ingreso, en 1928, en las filas de la oposición de izquierda de Leningrado, del provocador Tverskoy que dará un informe completo de sus conversaciones con Bujarin; en 1929–30 se producen los primeros arreglos de cuentas políticos. Bútov, ex-secretario de Trotsky, muere de resultas de la huelga de hambre que ha emprendido para protestar contra su arresto y los interrogatorios a los que se le somete para intentar comprometer a su antiguo jefe, El ex terrorista social-revolucionario de izquierda Yakov Blumkin, convicto de haber traído desde Estambul a la U.R.S.S. una carta de Trotsky, cuya vigilancia le había sido encomendada, es condenado a muerte por el consejo secreto de la G.P.U. y ejecutado quince días más tarde (por haberle sido concedida esta demora para escribir sus memorias). La G.P.U. se ha convertido definitivamente en uno de los instrumentos de dominio de que dispone el aparato y el Secretario General dentro del propio partido.

La oposición frente a una situación nueva

Christian Rakovsky, desde su exilio siberiano, escribe acerca del XVI Congreso, el primero del que se halla ausente la oposición desde los tiempos de Lenin, es decir, el primer congreso estaliniano: ”Resulta difícil decir quienes han perdido en mayor medida el sentimiento de su dignidad, si aquellos que se inclinan humildemente bajo los pitos y los abucheos, dejando pasar los ultrajes con la esperanza de un futuro mejor o bien aquellos que, con idéntica esperanza, profieren tales ultrajes, sabiendo de antemano que el adversario debe ceder”.[452] De esta forma, una de las últimas personalidades de la oposición, tras la capitulación de Preobrazhensky, Rádek, Smilgá y Smirnov, indica el camino recorrido por su pensamiento. En 1928 escribía: ”Bajo las condiciones de dictadura del partido, un poder gigantesco se ha concentrado en manos de la dirección, un poder del que ninguna organización política ha dispuesto a lo largo de la Historia. (...) La dirección se ha ido acostumbrando a ampliar la actitud negativa de la dictadura proletaria acerca de la pseudo–democracia burguesa a aquellas garantías elementales de la democracia consciente sin cuyo apoyo resulta imposible gobernar a la clase obrera y al partido. En vida de Lenin, el aparato del partido no detentaba ni la décima parte del poder con que cuenta en la actualidad y por ende, todo lo que temía Lenin se ha hecho diez veces más peligroso”.[453]

En abril de 1930, en su réplica a aquellos de sus camaradas que han solicitado su reintegración en el partido aceptando renegar de la oposición, después del ”viraje a la izquierda”, Rakovsky insiste sobre la incompatibilidad de esta actitud con las nociones fundamentales del bolchevismo: ”Siempre hemos apostado a favor de la iniciativa revolucionaria de las masas y no de la del aparato. Por tanto, no creemos en la supuesta burocracia ilustrada, al igual que nuestros predecesores, los revolucionarios burgueses de finales del siglo XVIII no creyeron en el supuesto ”despotismo ilustrado”. Toda la sabiduría política de la dirección consiste en ahogar en las masas el sentimiento de independencia política, el sentimiento del orgullo y de la dignidad humanas y en pronunciar y organizar el absolutismo del aparato”.[454]

Al proseguir su análisis más lejos que sus compañeros de la oposición y al poner en entredicho el análisis basado en los tradicionales criterios de clase, que hasta entonces había constituido la base de la acción de los oposicionistas de cualquier tendencia, plantea la cuestión de saber si la victoria, y más tarde el aislamiento de la revolución proletaria en un país atrasado, no han desembocado en la aparición de una formación social de nuevo cuño. ”De Estado proletario con deformaciones burocráticas – según la definición dada por Lenin de la forma política de nuestro Estado – nos convertimos en un estado burocrático con residuos proletario-comunistas. Ante nuestros ojos se ha formado y sigue formándose una nueva clase de gobernantes cuyas subdivisiones internas no dejan de aumentar y multiplicarse por la vía de la cooptación interna y de la designación directa e indirecta”. El fundamento de este proceso en su opinión no es sino ”una especie igualmente original, de propiedad privada, a saber, la posesión del poder de Estado”, en cuya caracterización invoca la autoridad de Marx: ”La burocracia dispone del Estado en régimen de propiedad privada”.[455] Para él, como para sus compañeros de la oposición que, no obstante, protestan afirmando que ”la burocracia no es una clase ni lo será jamás”, la Historia amenaza con no ofrecer a la revolución rusa, durante varios años, otra alternativa que la de la ”vuelta a Lenin” o la restauración del capitalismo: es decir, una sociedad transitoria a mitad de camino entre el socialismo y el capitalismo.

Argumentos semejantes son los aducidos por Trotsky, en cuya opinión la burocracia no constituye una clase, en el análisis de la actuación de Stalin que le sirve para explicar el ”gran viraje” de la burocracia que pasa de la conciliación con los kulaks a la colectivización a ultranza: ”La contrarrevolución se instaura cuando la madeja de las conquistas sociales comienza a devanarse: parece entonces como si no fuera a acabarse nunca. Sin embargo, siempre subsiste una parte de las conquistas de la revolución. De esta forma, a pesar de las numerosas deformaciones burocráticas, la base de clase de la U.R.S.S. sigue siendo proletaria. (...) El Thermidor ruso seguramente habría inaugurado una nueva era del reino de la burguesía si tal reino no hubiera resultado ya caduco en todo el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y la instauración de muy hondas diferencias sociales, hasta el momento no han podido eliminar la conciencia socialista de las masas, ni tampoco la nacionalización de la tierra y medios de producción que constituyen las conquistas socialistas fundamentales de la revolución. A pesar de haber inferido serios ataques a estas realizaciones la burocracia no ha podido aventurarse aun a recurrir a la restauración de la apropiación privada de los medios de producción. Hacia el final del siglo XVIII, este sistema constituía un factor progresivo altamente significativo: todavía podía conquistar a Europa y al mundo entero. Pero, en la actualidad, la propiedad privada de los medios de producción constituye el mayor obstáculo al normal desarrollo de las fuerzas productivas. A pesar de que por la naturaleza de su nuevo modo de vida, por su conservadurismo y por sus simpatías políticas, la enorme mayoría de la burocracia tienda hacia la pequeña burguesía, sus raíces económicas se apoyan en gran manera sobre las nuevas condiciones de propiedad”.[456]

En definitiva, para Trotsky, el desarrollo de las consecuencias sociales de la NEP obligaba a la burocracia a emprender una lucha de supervivencia: ”El crecimiento de las relaciones burguesas amenazaba no solamente a la base social de la propiedad, sino también al fundamento social de la burocracia; tal vez hubiera deseado rechazar la perspectiva socialista de desarrollo en favor de la pequeña–burguesía, mas en ningún caso estaba dispuesta a renunciar a sus propios derechos y privilegios en beneficio de esta misma pequeña-burguesía. Tal fue la contradicción que condujo al conflicto extremadamente violento que estalló entre la burocracia y los kulaks”.[457]

De este conflicto iba a surgir un trastorno de las condiciones tan importante que casi todos los historiadores han aceptado siguiendo a Deutscher, darle el nombre de ”tercera revolución”, aunque las masas estrechamente controladas, no manifestasen ninguna iniciativa en él y fueran mantenidas al margen de las decisiones y de todo tipo de discusión. De él ha nacido la U.R.S.S. actual, una economía y una sociedad completamente nuevas que no han podido, sin embargo, escapar a sus antiguas contradicciones.

XIII. El gran viraje

Tras varios años de lucha, durante los cuales la dirección estaliniana había acusado continuamente a la oposición de intentar romper la alianza entre obreros y campesinos con el pretexto de luchar contra el kulak, y de desarrollar unas tesis utópicas acerca de la super–industrialización mediante la planificación, es precisamente la dirección la que decide iniciar el ”gran viraje”, la colectivización y la industrialización, preparando y realizando a tales efectos el primer plan quinquenal. Evidentemente, existe la tentación de no ver en esta operación más que una nueva jugada política si la pugna de los años 1923 a 1929 ha sido caracterizada como una lucha por el poder: con esta nueva estrategia la dirección desarma a la oposición apoderándose de su programa para aplicarlo a su manera. De esta forma, en 1921, Zinóviev se había convertido en el campeón de la democracia y así, en primavera, la parte esencial de las reivindicaciones económicas de los campesinos había ocupado su lugar en el programa de la NEP; igualmente la resolución del día 5 de diciembre de 1923 había proclamado el ”nuevo curso” que hasta entonces exigía la oposición de los 46.

Resulta indudable que muchos de los pasos llevados a cabo en la vía de la planificación, de la colectivización y de la industrialización, fueron dados no ya por la presión directa ejercida por la oposición, sino por el hecho de constituir un medio para separarla de la base de que disponía en el partido dado el eco suscitado por su programa: nada más característico a este respecto que el manifiesto del Comité Central de octubre de 1927, destinado a aislar a la oposición y a arrinconarla en el preciso momento en que acaba de decidirse su eliminación inmediata. No obstante, seria un error reducir a este simple factor de lucha política interna la constelación de causas del ”gran viraje”; en realidad, éste fue iniciado bajo la dura presión de unas circunstancias dramáticas y sobre todo de la alteración de las relaciones de fuerzas campesinas que se hace favorable a los kulaks y que a partir del invierno de 1927–28 constituye un hecho evidente. Asimismo, resulta excesivamente simplista trazar entre los diferentes grupos y tendencias del partido el signo igual, como suelen hacer los historiadores de inspiración ”occidental”, alegando para ello como único pretexto, que fue el programa de la oposición o mejor dicho el que había sido expuesto por Preobrazhensky en su teoría de la ”acumulación socialista originaria”, el aplicado por Stalin durante el periodo del plan quinquenal.

La colectivización

En las discusiones entabladas acerca de la NEP, el problema campesino había sido el núcleo central, la manzana de la discordia. Sin embargo, ninguno de los protagonistas había puesto en duda el fin último que se proponía el régimen, a saber, la desaparición de la explotación privada y la sociaización de la agricultura, ni tampoco las vías que debía adoptar esta transformación materializadas en el fomento de las explotaciones cooperativas. De hecho, las divergencias se referían a los ritmos y el centro del desacuerdo estaba constituido por los problemas de industrialización. Por todo ello, el primer plan de colectivización, en la época en que aún pesaban los recuerdos del ”ritmo de tortuga”, no preveía para el año 1932 más que la colectivización del 12 por 100 de la superficie cultivada. La razón era evidente: el partido seguía compartiendo la opinión que Lenin manifestó en 1919: ”El campesinado medio no entrará en nuestras filas en la sociedad comunista hasta que no hayamos aliviado y mejorado las condiciones económicas de su existencia. Si el día de mañana pudiésemos producir cien mil tractores de primera calidad, suministrarlos de gasolina y proveerlos de mecánicos (bien sabéis que se trata de una utopía), el campesino medio diría: ”Estoy a favor de la Comuna”. Mas, para que esto ocurra es preciso vencer primero a la burguesía internacional, hay que obligarla a que nos suministre esos tractores o, en lugar de esto elevar nuestra productividad laboral de forma que podamos fabricarlos nosotros mismos”.[458]

A este respecto, la política de mantenimiento de la NEP a corto plazo no habría mejorado en nada la situación. Mientras que las necesidades de tractores para la agricultura se estiman por el propio Stalin en 250.000, el número de tractores utilizables en el campo soviético sólo llega a 7.000 a principios de 1929. Hacia el final de este mismo año, su número asciende a 30.000 lo que sigue siendo una cantidad ridícula.[459]; a pesar de ello, Stalin promete 60.000 tractores en 1930, 100.000 en 1931 y 250.000 en 1932, en cuya fecha la colectivización sería ya por tanto realizable desde el aspecto técnico de la mecanización, a condición naturalmente que pudiesen suministrarse también gasolina, los medios de transporte y la energía eléctrica necesarias. Ahora bien, si en octubre de 1929, sólo un 4,1 por 100 de las familias campesinas están integradas en los koljoses, seis meses después, en marzo de 1930 lo estará un 58,1 por 100, pero la mayor parte de las explotaciones no cuenta con maquinaria ni con tractores.

Bastarían estos datos para confirmar la afirmación, recogida a menudo después de los historiadores oficiales, de que la colectivización había constituido un proceso previsto y organizado, una etapa de la construcción socialista posterior a la pura reconstrucción. En realidad, la colectivización apareció, en las condiciones en que fue realizada, como la consecuencia directa de la huida hacia adelante de los dirigentes ante la crisis del trigo que se había originado con el desarrollo de las contradicciones de clase en el campo. Las ”medidas de urgencia” adoptadas al principio de 1928 permiten, inmediatamente, abastecer a las ciudades en la medida que los destacamentos enviados a las zonas rurales incautan los stocks de trigo acumulados por los kulaks. La aplicación del articulo 127 también permite, según la expresión de Stalin, ”introducir la lucha de clases en el campo”, asimismo autoriza al poder soviético para apoyarse en los campesinos pobres, directamente implicados en la lucha contra el kulak y el acaparamiento del trigo. No obstante, resulta evidente que tales medidas no pueden producir un efecto concreto, sino durante un período muy breve: la porción de grano recibida por las ciudades queda disminuida en la parte detraída en beneficio del campesino pobre – lo que explica que numerosos destacamentos de obreros comunistas hayan confiscado el grano deliberadamente sin aplicar el artículo 127 – y tienen el efecto de disminuir considerablemente la producción ya que el kulak puede continuar la lucha disminuyendo la cantidad sembrada o cambiando de cultivo; de hecho, las encuestas llevadas a cabo en el otoño de 1927 revelan efectivamente una importante disminución de los sembrados.

Este es el dilema que refleja la política de Stalin entre febrero y julio de 1928. El alza de un 20 por 100 en el precio del trigo, en julio de 1928, demuestra que el Comité Central aún busca una solución a la crisis por medio de la conciliación y no de la eliminación del kulak. Pero no se pueden ”cazar moscas con vinagre”: mientras siga siendo el principal productor de trigo, el kulak seguirá teniendo la iniciativa y sobre todo seguirá siendo aquel de quien todo depende, puesto que en 1928, a pesar de ciertas restricciones, tiene derecho a alquilar las tierras y a contratar mano de obra asalariada. La solución que consistiría en apoyarse contra él, en el campesino pobre y, siempre que ello fuera posible, en el campesino medio, señala la única forma de posible debilitamiento de la hegemonía del kulak en la aldea: su yugo es tanto más pesado cuanto que a la vez es patrón y usurero. En consecuencia, existe una fuerte tentación de apoyarse en los campesinos pobres y medios: no obstante, en el cuadro diseñado por la NEP, esta es una solución puramente política ya que los dieciocho millones de campesinos medios no pueden colmar con su propia producción el déficit creado en el país por el sabotaje de los kulaks.

No obstante, ésta es la solución que prevalece durante la segunda mitad del año 1929. Sin embargo, dada la fase en que se encuentra el desarrollo de la producción de las tierras de los campesinos pobres y medios, no es una operación rentable desde el punto de vista técnico: la colectivización carece de todo sentido cuando se refiere a cinco millones de campesinos que siguen trabajando la tierra con arado y útiles de madera. Además todavía no permite abastecer a las ciudades, mientras el kulak sigue siendo el dueño de la tierra que suministra la mayor parte dela producción comercializable. De esta forma, inevitablemente se llega a la ”eliminación del kulak”: los bienes del kulak, tierras y material, son confiscados y transferido al koljos. Tanto él como su familia son excluidos del koljos, pues se teme que trate de..recuperar allí su influencia. En lo sucesivo, al ser cultivadas las tierras del kulak por el koljosiano, puede esperarse, basándose en simples cifras, que la producción seguirá siendo la mismo con este cambio en el modo de explotación quedando de esta forma asegurado el abastecimiento a corto plazo. De hecho, la colectivización se desarrolla de forma menos esquemática y sobre todo menos lineal. Provoca un entusiasmo indudable entre las capas más pobres de los campesinos que de esta forma se ven obligados a reemprender, en una forma original, la secular lucha por la tierra de aquel al que consideran como un explotador; en este sentido ha podido hablarse de aquella etapa como de un verdadero ”Octubre campesino”. También sirve a la movilización de una serie de jóvenes capas obreras que parten al ”frente” campesino con la esperanza de acceder a un mundo nuevo, de vencer al desgraciado pasado del usurero y del individualismo rural y de construir un mañana de producción colectiva e igualitaria. No obstante, el campesino ruso – como todos los campesinos del mundo – no cree más que en aquello que se presenta ante sus ojos. Lenin estaba en lo cierto cuando suponía que la llegada al campo de tractores, mecánicos y material de todo tipo, solidarizaría al campesino con el sistema colectivista, sin embargo, aún sería necesario que se diese cuenta, con sus propios ojos, de la superioridad del sistema y de la realidad de las promesas. No obstante, el poder no tiene tractores que puedan ser enviados y el koljos no puede esperar más tiempo su constitución. El campesino medio no está convencido, la única solución parece ser la fuerza.

El régimen emprende este camino tanto más fácilmente cuanto la pirámide burocrática del aparato da instrucciones que son verdaderas órdenes y cuya no ejecución amenaza con hacer caer sobre el responsable subalterno la acusación de ”falta de confianza”, ”desviación derechista” e incluso la de ”sabotaje” o de ”traición favorable al kulak”. Para algunos lo esencial – en palabras del propio Stalin – es adoptar ”una enorme cantidad de resoluciones jactanciosas”, perseguir un elevado porcentaje de colectivización”, con el ”celo administrativo” propio de un espíritu de burócrata.[460] De esta forma, la colectivización se desarrolla en una atmósfera de violencia, absurda desde el momento en que muchos pueblos cierran filas en torno a los kulaks debiendo ser tomados por asalto, y dado que cada organización, conforme al plan establecido, debe aislar un número determinado de kulaks, parte de los cuales deben ser detenidos inmediatamente, mientras que los restantes deben ser concentrados para ser deportados posteriormente.

Al menos diez millones de personas son así apartadas de sus hogares en calidad de ”kulaks” y ”contra–revolucionarios”, siendo posteriormente agrupados por la GPU en distintos centros y enviados a Siberia en donde habrán de constituir los primeros destacamentos de trabajos forzados. Al ser la forma de colectivización prevista el llamado artel, caracterizado por la puesta en común de las tierras e instrumentos de trabajo, y por los responsables activos que se le asignan – quintaesencia del aparato puesto que para este cometido se escoge en cada radio una terna integrada por el primer secretario del partido, el presidente del ejecutivo de los soviets y el jefe de la GPU –, que han recibido la orden de colectivizar ”cuanto antes”, contando con quince días para entregar el inventario completo de las propiedades de los kulaks de su circunscripción, ”colectivizan” igualmente las viviendas, el ganado y las aves. Los informes de la GPU de Smolensk citan una serie de casos precisos en que los kulaks, los campesinos medios considerados como kulaks e incluso los campesinos pobres y los miembros de sus familias, han sido despojados de sus zapatos, de sus prendas de vestir e incluso de su ropa interior; también se refiere otro caso en el que se llegaron a ”colectivizar” las gafas. Un informe fechado en 28 de febrero señala que la ”deskulakización” se materializa en expropiaciones y rapiñas en gran escala: ”Comamos y bebamos, todo es nuestro”, parece ser la consigna de algunas brigadas.[461] Víctor Serge cita el caso de algunas regiones cuya población, considerada ”kulak” en su totalidad, es deportada en masa: las mujeres de una aldea del Kubán serán embarcadas desnudas en vagones de ganado por haber pensado éstas que nadie se atrevería a hacerlas salir de esta guisa.[462]

Antes de la llegada de los hombres de la GPU, los campesinos – los kulaks por supuesto, pero los otros también – queman los muebles, las granjas, las isbas, degüellan al ganado y, cuando pueden, eliminan también a los comunistas. El 2 de marzo de 1930, en un artículo de Pravda titulado ”El vértigo del éxito”, Stalin denuncia parte de estos excesos que ”no aprovechan, sino a los enemigos” y ”comprometen la alianza con las masas”, y cuya responsabilidad arroja entera y exclusivamente sobre los ejecutores y sus abusos de celo.

Un veterano comunista ruso refiere así la colectivización en un pueblo: ”Cuando nos hablaron de colectivización la idea me gustó; así ocurrió con otras gentes del pueblo, hombres que como yo habían trabajado en la ciudad y servido en el Ejército Rojo. El resto del pueblo permanecía decididamente hostil: ni siquiera me escucharon. Mis amigos y yo decidimos entonces poner en marcha una pequeña granja cooperativa colectivizando tierras y aperos. Ya conocéis a nuestros campesinos, de nada sirve hablarles con planos o figuras, es preciso ofrecerles resultados que puedan convencerles. Sabíamos que si lográbamos demostrarles que ahora conseguíamos un beneficio mayor que antes eso les gustaría y que seguirían nuestro ejemplo, (...) Un día llegó del comité de Klin la orden de ingresar cien familias más en nuestro koljos. Habíamos llegado a albergar hasta una docena. Verdaderamente no era fácil... No había forma de acoger ni una familia más. Fui a Klin a explicar la situación al partido. Les pedí que nos dejasen seguir como antes prometiéndoles que en tal caso, todo el pueblo estaría integrado en el koljos en el plazo de un año. No me escuchaban, tenían listas, largas listas, que decían cuántos koljoses y cuántos miembros de ellos debían figurar en sus informes. Eso era todo. Me dijeron que estaba saboteando la colectivización y que si no hacía lo que se me ordenaba sería expulsado del partido. Sabía que no podía atraer a nadie salvo llevando a cabo lo que había oído que los otros hacían, forzando a la gente Convoqué entonces, una asamblea en el pueblo y les dije a todos que debían unirse al koljos, que esas eran las órdenes de Moscú y que si no lo hacían serían deportados y sus propiedades serían confiscadas. Esa misma tarde firmaron todos, (...) y durante la noche empezaron a hacer lo que hacían todos los campesinos de la U.R.S.S. cuando se veían obligados a entrar en los koljoses: sacrificar su ganado (...) Tomé, pues, la lista de los nuevos miembros, la llevé al comité de Klin y, en esta ocasión, se mostraron muy satisfechos conmigo. Cuando les hablé del sacrificio del ganado y les conté que los campesinos se sentían como si estuviesen en la cárcel no les interesó en absoluto. Ya tenían su lista y podían enviarla a Moscú: esto era todo lo que les preocupaba. Yo no podía censurarles por ello, tenían órdenes, como yo”.[463]

La crisis es tan grave – en todas partes se producen enfrentamientos, las reservas de víveres se han agotado – que el artículo de Stalin, editado en forma de panfleto, será difundido en 19 millones de ejemplares; además, un cierto número de responsables locales de la GPU será fusilado para dar ejemplo. El decreto del 15 de marzo autoriza a los campesinos a abandonar el koljos; la respuesta es inmediata: la mayoría de los campesinos se van durante las siguientes semanas. En junio de 1930, sólo un 23,6 por 100 de las familias campesinas está integrado en los koljoses en lugar del 58,1 por 100 de tres meses antes. En la región de las tierras negras ucranianas, donde el 28 por 100 de los campesinos había ingresado en los koljoses durante el mes de marzo, sólo queda un 18 por 100 en mayo. Este retroceso es sólo temporal: los medios de presión han sido revisados, el koljosiano se beneficia de una total exención de impuestos, de la concesión de créditos y de toda una serie de promesas mientras el campesino independiente es gravado intensamente. Tras el desastre de principios del año 1930, ya no cuenta con medios para resistir y muy a menudo ya no tiene nada que salvar; en consecuencia, cede, adaptando su resistencia a las nuevas condiciones. En pleno 1931, el 51,7 por 100 de los hogares campesinos se encuentra en los koljoses, en 1932 la proporción pasa al 61,5 por 100; 25 millones de pequeñas explotaciones han cedido su lugar a 240.000 koljoses y 4.000 sovjoses.

Las pérdidas son incalculables; las estadísticas oficiales confiesan que, entre 1929 y 1934, han desaparecido el 55 por 100 de las caballerías (19 millones de cabezas), el 40 por 100 de los bovinos (11 millones) el 55 por 100 de los cerdos y el 66 por 100 de las ovejas. Las pérdidas humanas no constan. A esta trágica aventura se añade una segunda, la que consiste en encuadrar técnicamente a los 25 millones de familias campesinas que han sido colectivizadas con estos procedimientos. Mientras que en 1930, en las condiciones ya conocidas, la cosecha había ascendido a 835 millones de quintales de cereales, en 1931, es solamente de 700.

En su informe sobre el primer plan quinquenal, Stalin afirma que la cantidad de trigo almacenada por el mercado se ha duplicado desde 1927. Ello se debe fundamentalmente al hecho de que el Gobierno obliga a los campesinos a firmar unos ”contratos” draconianos cuya gestión se halla también en manos de los funcionarios locales ansiosos de ”resultados”: se trata de garantizar al mismo tiempo el avituallamiento mínimo de las ciudades y las exportaciones de trigo que financian parcialmente la industrialización. Las zonas rurales padecen en 1932–33 una terrible ola de hambre: las estimaciones del número de campesinos muertos de hambre oscilan entre uno y varios millones. La represión es dura, se aplica la pena de muerte a los ladrones de cereales. Una nueva ola de detenciones en el campo será detenida el día 8 de mayo de 1933 por una circular secreta de Stalin y Mólotov en la que se habla de ”saturnales de detenciones” y se fijan para algunas regiones, los porcentajes máximos de deportación.[464] En las ciudades se instaura el racionamiento; sin embargo la cartilla no siempre permite conseguir pan. En la primavera de 1932, el secretario regional de Smolensk notifica a las organizaciones subordinadas a él que ya no será posible asegurar el suministro de las raciones de los miembros de las células fabriles y del Ejército Rojo que hasta entonces se habían repartido contra viento y marea. En el mes de julio, con cartilla o sin ella, el pan desaparece por completo; un informe de la GPU cita el caso de una enfermera que gana 40 rublos mensuales y que consigue pan a más de 3 rublos el kilo.[465]

La industrialización

La industrialización a ultranza constituye el segundo hecho decisivo del ”gran viraje”. Los datos han sido citados en repetidas ocasiones y el balance resulta impresionante. Jean Bruhat escribe: ”En la industria, el número de obreros ha aumentado (11.599.000 en 1928 y 22.962.800 en 1932). Los antiguos centros han sido reorganizados y se han creado otros nuevos (Dnieprostroi, Stalinsk). El Ural y el Kuznetzsk han comenzado a ser explotados. La producción de carbón y de hierro se ha duplicado, la potencia de las centrales eléctricas se ha quintuplicado y se han sentado las bases de la industria química (superfosfatos: en 1928, 182.000 toneladas; en 1932, 612.000). Se han abierto nuevas vías de comunicación (como el canal de Stalin que une a Moscú con el mar Blanco y el turk–sib terminado a principios de 1930).[466] La U.R.S.S. se transforma en un país industrial: el hecho es tanto más chocante cuanto, en los mismos años, de resultas de la crisis mundial, la economía capitalista comienza a declinar. Mientras la producción industrial de los Estados Unidos disminuye en un 25 por 100 y el Japón, no obstante encontrarse en plena fase de rearme, no consigue aumentar la suya mas que en un 40 por 100, el producto industrial de la U.R.S.S aumenta en un 250 por 100. Trotsky ha glosado ”el hecho indestructible de que sólo la revolución proletaria ha permitido que un país atrasado obtenga, en menos de veinte años, resultados sin precedentes en la Historia (...) el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria, no ya en las páginas de El Capital sino en una arena económica que cubre la sexta parte del mundo”.[467]

Sin embargo una vez más, nada parecía haber sido previsto. El XV Congreso celebrado en diciembre de 1927, todavía subrayaba ”el peligro consistente en comprometer demasiado capital en la gran edificación industrial. El plan adoptado preveía un aumento anual decreciente desde un 9 por 100 a un 4 por 100 en cinco años, y el Politburó, un año después corregía esta previsión para fijar una tasa de crecimiento anual del 9 por 100. Las tasas de 15 a 18 por 100 propuestas, con muchas reservas, por la oposición, eran simultáneamente condenadas como meras especulaciones y como expresión de una objetiva voluntad de sabotaje. De hecho, aquí también se impuso la necesidad: tras haberse negado a preparar la aceleración de la industrialización simultáneamente con la lucha para disminuir la influencia del kulak, la dirección del partido se veía arrastrada a la colectivización por su necesidad de abastecer a las ciudades mientras que el paso de la colectivización a la industrialización se debía a un imperioso instinto de conservación. Para mejorar la catastrófica situación de la agricultura era preciso fabricar tractores, máquinas, producir gasolina y abonos. Era necesario fabricar máquinas–herramientas y, para ello, extraer carbón, producir acero y hierro colado y, como dice Stalin, ”crear (...) una industria capaz de reequipar y reorganizar, no solamente la industria en su totalidad, sino también los transportes y la agricultura”.[468]

No obstante no es ésta la menor de las contradicciones de la U.R.S.S. bajo Stalin: la super–industrialización propuesta por la oposición, había sido descartada por el aparato dirigente por ser realizable únicamente a expensas de la explotación y el despojo del campesinado. Resulta empero, que tal explotación y pillaje, realizados con el apelativo de colectivización, son los factores que obligan a recurrir a ellos en las mas ínfimas condiciones, en plena etapa de caos económico y trastornos sociales. Ya que, como en los tiempos del comunismo de guerra, la guerra civil que se desarrolla en el campo perturba el funcionamiento normal de la industria. No sólo las materias primas no llegan de forma regular a las factorías, sino que, además, el mercado de tipo capitalista que constituía la base de la NEP y servía de motor al edificio económico desde 1921, queda suprimido de un plumazo. Los obreros que poseen una pequeña parcela de tierra en el campo – el 30 por 100 de los mineros según Trud, el órgano de los sindicatos – abandonan la ciudad y su puesto de trabajo para no ser expropiados. En general, el racionamiento, la desnutrición y las catastróficas condiciones de vida provocadas por la crisis de la agricultura, influyen sobre la estabilidad de la mano de obra y sobre rendimiento y la calidad de la fabricación. La colectivización, en opinión de los marxistas, exigía como condición previa la industrialización. La inversión de este proceso condena al régimen a una industrialización forzada en las peores condiciones. El hecho de que, a pesar de todo, tras el callejón sin salida en el que los sucesivos zig–zags de su dirección hablan introducido al partido, la industrialización haya ofrecido los resultados previstos, prueba inequívocamente que Preobrazhensky tenía razón al menos cuando afirmaba que el sistema económico en conjunto, la nacionalización de los instrumentos de crédito y de los medios de producción e intercambio y el monopolio del comercio exterior, constituían en si mismos un decisivo elemento de progreso, susceptible de imponerse, a pesar de los errores y de la acción negativa de dirigentes y responsables.

En realidad, como se ha venido señalando en numerosas ocasiones, el esquema de Preobrazhensky fue precisamente el que pareció imponerse en la concepción estaliniana de la planificación y de la construcción socialista. No obstante, entre ésta y la tesis del economista y técnico de la oposición, existe la diferencia de que Preobrazhensky, consciente de las contradicciones creadas por el desarrollo industrial, había considerado el libre juego de la democracia interna, el normal funcionamiento de los sindicatos y el derecho de huelga, así como la democracia dentro del partido, como medios para corregir las implicaciones sociales de la ”dura ley del bronce de la acumulación socialista originaria”. En contraposición a esta tesis, la industrialización de la era estaliniana se lleva a cabo dentro de la máxima atención ejercida por el Estado en favor del libre juego de la ley de acumulación, para reducir todas las contradicciones, y, particularmente, aquellas que nacen de las necesidades materiales y culturales de los trabajadores. Por una curiosa inversión de los términos, los teóricos de la industrialización estalinista, caracterizada por el sometimiento máximo de los hombres a las leyes económicas de la sociedad de transición, son los mismos que afirman la función ”teleológica”, incluso voluntarista de la economía. Uno de ellos, Strumilin es el autor de una fórmula, popularizada por Stalin, en la que afirma: ”Nuestra tarea no es estudiar la economía sino transformarla. No estamos atados por ninguna ley. No hay fortaleza que los bolcheviques no puedan tomar. La cuestión de las tasas de crecimiento depende de los seres humanos”.[469]

Dos juicios importantes servirán para fijar las posiciones de los comunistas que habían condenado el ritmo demasiado alto de industrialización: junto al historiador menchevique Sujánov y al viejo marxólogo Riazánov son condenados, en el ”proceso de los mencheviques” de marzo de 1931, todos aquellos que piensen que ”no todo es posible ni siquiera cuando el Comité Central lo quiere”. Este acontecimiento sirve igualmente de aviso a los escasos técnicos de origen burgués: de hecho, las principales realizaciones técnicas de esta época han sido llevadas a cabo bajo la dirección de ingenieros extranjeros, como el americano Hugh L. Cooper en el Niágara, los ingenieros de Austin y Henry Ford en la fábrica de automóviles de Nijni–Novgorod y el americano Clader en la fábrica de tractores de Stalingrado.

La condición obrera

La primera característica económica de la política de industrialización es el retorno a una política financiera de inflación. Desde los 1,7 mil millones de rublos de principios de 1928 la suma total de los billetes en circulación aumenta hasta dos mil millones en. 1929, a 2,8 mil millones en 1930 a 4,3 mil millones en 1931, a 5,5 mil millones en 1932, a 8,4 mil millones en 1933 y vuelve a bajar a 7,7 en 1934 para ascender de nuevo a 7,9 mil millones en 1935: el rublo en este año sólo alcanza la cuarta parte de su valor de 1924, en la Bolsa de Paris. Para colmar los enormes déficits presupuestarios provocados por los gastos de la industrialización – cinco mil millones de rublos en 1929-1930 frente a los mil millones del bienio 1926–27 y los 85.000 millones de rublos de inversión total previstos en el primer plan quinquenal – la inflación, como había previsto Preobrazhensky, detrae de hecho un gravoso impuesto sobre el trabajo de los obreros y campesinos, pero también, como había anunciado Bujarin, al sustituir los valores ficticios por valores reales, priva a la planificación de cualquier tipo de contabilidad exacta al mismo tiempo que da la impresión de que el ”manejo del rublo” es el único medio de que se dispone para dirigir la economía.

La ”ley del bronce de la acumulación socialista originaria”, dentro del ámbito del poder absoluto del aparato y de la dictadura del Secretario General, se traduce por tanto en una baja de salarios reales que se puede cifrar en un 40 por 100. No obstante, las necesidades de la industrialización a marchas forzadas implican igualmente una lucha contra la nivelación de los salarios que habla prevalecido hasta 1927 a través de todos los avatares y cuyo último defensor oficial habla sido Tomsky desde los sindicatos. En su conferencia del día 4 de febrero de 1931, Stalin traza las nuevas directivas para los dirigentes de la industria: ”En una serie de empresas las tasas de salarios están fijados de forma tal, que casi desaparece la diferencia entre el trabajo cualificado y el no–cualificado, entre el trabajo penoso y el fácil (...) No se puede tolerar que un especialista de la siderurgia perciba el mismo salario que un barrendero. No se puede tolerar que un mecánico de ferrocarril gane lo mismo que un copista”.[470]

Un reglamento del 20 de septiembre del mismo año eleva a ocho, en lugar de siete, las categorías de los obreros de la industria, y aumenta el coeficiente de jerarquización desde 2,8 a 3,7. El discurso de Stalin del 23 de junio de 1931, rehabilita a la ”intelligentsia” y a los cuadros técnicos. En 1932 se generaliza la práctica de un salario a destajo con una prima progresiva para aquellos que sobrepasen las medias previstas. En 1933, el 75 por 100 de los obreros son pagados a destajo; allí donde no puede aplicarse este sistema, una serie de primas, administradas por los capataces, desempeñan el papel de suplementos progresivos. Según Maurice Dobb, por estas fechas el 20 por 100 de los asalariados reciben, el 40,3 por 100 del total de salarios.[471] En principio la gama cubre desde un 1 a un 3,13, mas las primas ofrecidas a los trabajadores de primera fila pueden representar salarios tres o cuatro veces superiores al máximo percibido por los obreros especializados corrientes. El ”movimiento Stajanov” de los héroes del trabajo, está orientado a aumentar el rendimiento mediante la ”emulación socialista” y la superación de los récords productivos, se refleja en una nueva diferenciación de los salarios. El informe elevado por Kuíbysliev a la comisión del plan en enero de 15,135, indica que el salario medio asciende a 149 rublos y 3 kopeks mensuales. No obstante, muchas mujeres ganan de 70 a 90 rublos, los peones perciben entre 100 y 120, los especialistas entre 150 y 200, los profesionales de 250 a 400 rublos, los salarios de los stajanovistas varían entre 500 y 2.000 rublos. Los sueldos de los ingenieros oscilan entre 400 y 800 rublos y los de los altos funcionarios o administradores entre 5.000 y 10.000. Los especialistas más privilegiados pueden ganar entre ochenta y cien veces más que un peón. Por estas fechas, el precio de la carne de vaca es de 6 a 8 rublos el kilo, el cerdo cuesta entre 9 y 12 rublos, la mantequilla oscila entre 14 y 18 y el café entre 40 y 50. La inmensa mayoría de los trabajadores se ve así obligada a trabajar a un ritmo que se acelera continuamente (ya que los récords de producción de los stajanovistas, realizados en condiciones óptimas, sirven de pretexto para aumentar los baremos de productividad exigidos) contentándose con un salario muy bajo. Simultáneamente, empieza a desgajarse de la masa una aristocracia obrera que ostenta una posición privilegiada por los salarios que percibe y por la consideración de que disfruta.

Al mismo tiempo, la ley se hace extremadamente rigurosa para el ámbito de lo que se conoce como ”disciplina del trabajo”. El Código del Trabajo de 1922 prescribía en el caso de rescisión del contrato de trabajo, una notificación anticipada de siete días para los sueldos mensuales o bimensuales y de veinticuatro horas en el caso de los salarios pagados por semanas. Un decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo del 6 de septiembre de 1930, equipara la rescisión a una ruptura unilateral, es decir una infracción de la disciplina. Una circular del día 23 de septiembre castiga al infractor con el retiro definitivo de todo seguro de paro y, en caso de reincidencia, con la retención de la cartilla de racionamiento. Un cierto número de nuevos decretos, en el mes de diciembre, prohíbe la concesión de cualquier tipo de trabajo a los ”perturbadores” obreros que hayan abandonado la empresa en la que trabajan sin notificación previa y a los que hayan rescindido un contrato más de una vez en doce meses o hayan sido despedidos por ”ausencia injustificada”. A este concepto de ”ausencia injustificada” se le dará un sentido cada vez más amplio. Según el Código de Trabajo, ésta se producía en el caso de ausencia no justificada, de tres días consecutivos o bien de seis días en total durante un mes. Un decreto del día 15 de noviembre de 1932, obliga al director a despedir a un obrero por un solo día de ausencia no justificada, con retirada accesoria de la cartilla de racionamiento y expulsión de la vivienda si ésta pertenece a la empresa; una circular de aplicación del decreto con fecha de 26 de noviembre precisa además que la expulsión de la familia del responsable debe llevarse a cabo incluso cuando no exista la posibilidad de ser instalada en otra parte, ”en cualquier época del año” y ”sin provisión alguna de medios de transporte”. Por su parte, la ley del 27 de junio de 1933 extiende la expulsión de la vivienda ocupada a cualquier obrero delincuente que ocupe una casa propiedad de cualquier tipo de cooperativa de construcción o de vivienda diferente de la empresa en la que trabaja.

Sólo le faltaba a este cuadro de normas la creación de la carta obligatoria de trabajo que ya había sido propuesta en distintas ocasiones. Por fin, se decide su institución con un decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo y del Ejecutivo de los Soviets fechado el 27 de diciembre de 1932: en primer lugar, su obligatoriedad se refiere a las ”personas que no participan en la producción”, pero se extiende posteriormente a todos los asalariados que en lo sucesivo quedan obligados a presentarla en el momento de la contratación. Por su parte, la dirección de la empresa debe consignar en ella todas las faltas cometidas por el titular y las sanciones adoptadas contra él. No da derecho a residir más que en la localidad en que ha sido extendida. La comisión que la otorga puede también denegar su concesión, es decir oponerse a cualquier tipo de desplazamiento. Al producirse en un momento en el que la dirección de la fábrica dispone de poderes prácticamente ilimitados para sancionar las ausencias y en el que las raciones alimenticias son pagadas en especie, como parte del salario, la institución de la carta de trabajo remata el proceso de encadenamiento del obrero a la empresa, sometiéndole a una estructura administrativa que, a su vez, se ve estrechamente vinculada al aparato del partido. La sujeción es tan fuerte que, en 1935, se niega a los sindicatos sometidos también a un intenso control, el derecho de discusión de las normas de trabajo fijadas por las direcciones de las empresas.[472]

El partido ante el gran viraje

Naturalmente, resulta difícil saber cuales fueron las reacciones de los miembros del partido ante una línea política en cuya elaboración no habían participado, pero que todos ellos estaban obligados a defender pública o privadamente. Muchos oposicionistas guardan silencio sin duda por prudencia. No se manifiesta ninguna discrepancia públicamente y por ello resulta imprescindible recurrir al testimonio único que constituyen los archivos de Smolensk para recobrar la huella de las corrientes de opinión divergentes expresadas en las células o ante las Comisiones de Control, en particular cuando se inició, tras la XVI Conferencia del partido celebrada en abril de 1929, la sistemática depuración de los desviacionistas de derecha. En la región rural y primitiva de Smolensk, donde la industrialización apenas si ha comenzado, los documentos disponibles traducen una verdadera oposición por parte de los militantes, exponente indudable de un descontento aún mayor en el conjunto de la estructura social.

Las propias células de fábrica reflejan efectivamente el descontento reinante en el campo. En una fábrica de Duminitchy, un responsable sindical, organizador de los obreros agrícolas, ha constituido en el partido un grupo clandestino de catorce miembros cuyo programa está basado en ”la defensa de los campesinos”.[473] Un comunista que trabaja como obrero en una fábrica de Liudinovsk, parece haber afirmado estar de acuerdo con Bujarin: ”No hay que acelerar la colectivización, lo que hay que hacer es dejar medrar al kulak para quitarle después sus excedentes de cereales”.[474] Otros se lamentan de que los koljoses y los sovjoses no producen apenas, pero cuestan mucho, reclamando simultáneamente la libertad de mercado. La Comisión de Control explica: ”Un numero importante de obreros y campesinos que poseen explotaciones de tipo kulak en el campo, están introduciendo en la industria una mentalidad pequeño–burguesa y kulak”.[475] Los signos de malestar son más numerosos aun en las células rurales. La comisión afirma que ”en muchos casos los comunistas no participan en la construcción de los koljoses y que los miembros del partido adoptan a veces una aptitud negativa”.[476] En Dubrovsk algunos miembros del partido opinan que resulta prematuro crear koljoses pues nada ha sido preparado: se encuentran a la expectativa de la actitud que adopten los campesinos. Otros dicen que los koljoses no son más que ”batallones disciplinarios”. En el pueblo de Zolyi, los campesinos pobres han creado un koljos en el que no ha ingresado ningún comunista y al que el secretario de la célula local ha negado su apoyo. Un campesino comunista ha respondido a la Comisión de Control que ”sin el partido todo marcharía mucho mejor”.[477] Naturalmente, la Comisión deduce que los comunistas de las zonas rurales ”sufren la influencia de elementos kulaks y pequeño–burgueses deslizándose con frecuencia hacia las posiciones de los desviacionistas de derecha”.[478]

La depuración pone en evidencia en las células fabriles, vigorosas secuelas de la oposición conjunta. Un obrero de una fábrica textil de Smolensk, vinculado con anterioridad a la oposición, ha protestado contra el exilio de Trotsky, afirmando: ”No siempre puede creerse lo que dice la prensa del partido”.[479] Un ferroviario de Smolensk ataca insistentemente la teoría de la construcción del socialismo en un solo país.[480] El obrero Parfenov, etiquetado como ”trotskista” por los autores del informe, dice que la ”condición obrera empeora; los obreros viven en condiciones miserables mientras que sus ”superiores” disfrutan de pisos confortables; todas las dificultades provienen de una política incorrecta”. La Comisión añade que ”durante la encuesta, Parfenov era apoyado por los otros obreros que decían: ”Parfenov tiene razón”. Como era de esperar todos estos obreros son expulsados.[481]

La depuración de 1929–30 en la región de Smolensk afectará a 4.804 miembros del partido, un 13 por 100 del total, del cual el 17,6 por 100 está compuesto por campesinos y el 11,4 por 100 por obreros fabriles. Las células rurales sufren la represión más intensamente que las células obreras mientras que las células administrativas apenas son afectadas. Resulta difícil saber si ésta ha sido la proporción extendida al conjunto del país. Sin embargo, resulta indudable que los archivos de Smolensk dan una idea bastante clara de la forma en que se exteriorizó la resistencia de los campesinos y obreros rusos en el seno del partido y asimismo de la presión a la que este se vio sometido por parte del aparato.

La repercusión social del gran viraje

La colocación de semejante argolla en torno al cuello de la clase obrera ha servido naturalmente como argumento contundente a los adalides de las tesis liberales para afirmar que las realizaciones económicas del régimen no podían explicarse más que como forzosa consecuencia una coacción tan feroz como inhumana, de un sistema totalitario cuyos medios de presión solo eran comparables a los utilizados por los faraones que también lograron levantar inmensas pirámides. Jean Bruhat, tímido defensor del estalinismo recientemente desestalinizado, consigue expresar parte de la verdad al apuntar que la mayoría de los obreros fabriles, recién llegados del campo, ”experimentaba ciertas dificultades al adaptarse a la disciplina de la fábrica, es decir a un ritmo de trabajo que no permite negligencias ni fantasías”; sin duda ello puede justificar ciertas prácticas coactivas, que por otra parte no menciona, limitándose a citar el deterioro sufrido por las máquinas en ”sus manos inexpertas” y las ”sistemáticas campañas emprendidas contra el despilfarro”.[482] Esta era la consecuencia casi inevitable de la voluntad de construir en el más breve plazo posible, una industria moderna con obreros cuya instrucción, estado de ánimo, cultura y capacidad técnicas arrastraban siglos de retraso; resultado también de la teoría del ”socialismo en un solo país”, de la victoria revolucionaria conseguida en un país atrasado y del fracaso exterior que la condenaba al aislamiento. El drama estribaba menos en la propia coacción que en el hecho de proyectarse ésta sobre millones de hombres para los cuales constituía una norma de vida social inmemorial y a los que apenas había llegado durante su primera infancia el ardiente aliento de Octubre.

No obstante, los comentaristas sistemáticamente anticomunistas se condenan a no comprender en absoluto la profundidad de tales transformaciones económicas y de sus repercusiones sociales a largo plazo – con independencia incluso de la propia política de los dirigentes – si se limitan a explicarlas por un sistema perfeccionado de pura coacción. Sin temor a la acusación de fabricar paradojas, puede afirmarse que la propia creación de una aristocracia obrera privilegiada constituía un elemento de progreso por las posibilidades de desarrollo cultural que proporcionaba a una minoría cuya aparición, de momento, es decir durante un lapso de varios años, contribuía sin lugar a dudas a dividir al proletariado, pero constituía igualmente un catalizador, naturalmente exiguo, mas enormemente nuevo de actividad y, en definitiva, de conciencia.

Es indudable que tanto la industrialización como la colectivización han ejercido sobre las capas más educadas y progresivas del proletariado y fundamentalmente sobre la joven generación obrera, un fascinante atractivo. Para los miembros del Komsomol que se prestaban voluntariamente a construir koljoses o a sentar las bases de los grandes complejos industriales del Este se trataba de un exaltante aspecto de la lucha para dominar la naturaleza y transformar el mundo, era una prolongación del combate de sus mayores llevada esta vez al terreno concreto de la fabricación de fundición, acero y cemento, de toda una serie de instrumentos de dominio de la naturaleza, suponía un aspecto más del empeño revolucionario cuyo objeto es vencer a las fuerzas hostiles, a lo desconocida, a la ignorancia y a la miseria que mantienen subyugado al hombre para domesticarles mediante la ciencia, la técnica y la máquina. En este sentido, las invitaciones de Stalin a despreciar la ”palabrería” y los ”chismes” encaminándose decididamente hacia el frente de la edificación” serán bien asimiladas por una vanguardia cuya imaginación y entusiasmo creador se ven inflamados por ellas. La necesidad de abnegación y espíritu de sacrificio, la generosidad y los sueños de la vanguardia obrera de 1917, vuelven a resucitar entre todos los pioneros de la de la construcción socialista – incluso entre los miembros jóvenes de la GPU que aceptan su ingrata misión –; todos ellos parecen unirse para sentar las bases de una sociedad más humana y más fraternal.

Los miembros más conscientes de esta falange, los comunistas de la guerra civil a los que las necesidades y albures de sus destinos han mantenido al margen del aparato y de las luchas internas, también participan de este sentimiento general si bien tal vez lo hacen con mayor lucidez critica. Barmine resume su psicología con las siguientes palabras: ”La mano de Stalin gobernaba con dureza. La limitada inteligencia de Stalin costaba cara. Sus métodos autoritarios también. Pero, a pesar de una serie de dificultades que aparentemente resultaban insuperables, a pesar de que cada nueva primavera pareciese conmover los cimientos del régimen, la energía implacable de Stalin suministraba a la U.R.S.S. un nuevo equipo industrial. Tras unos años más de sacrificios los resultados de aquel esfuerzo colosal, a veces inhumano, se materializarían en un acrecentamiento del bienestar y la riqueza. En nuestra adhesión a Stalin existía pues, a pesar, de todo, un firme entusiasmo del que a veces llegaban a participar los elementos oposicionistas”.[483] Trotsky confiere idéntico sentido a su análisis sobre este período concluyendo que la burocracia sólo ha podido vencer ”gracias al apoyo del proletariado”, pero que esta victoria ”no podía aumentar el peso específico del proletariado”.[484] Una vez más, los socialistas habrían de enfrentarse al problema de distinguir lo que se hacía del cómo se hacía.

El año 1929, primero del gran viraje, determina también el comienzo del crecimiento de la GPU. Ésta, que ha nacido de la extensión de la checa, especializada en la represión de las acciones contrarrevolucionarias y en la vigilancia de las fronteras, al conjunto de la Unión Soviética, cuenta con sus propios destacamentos militares, con el derecho de registro y detención y con el de conservar a los detenidos durante un máximo de tres meses. No obstante, hasta 1929, su papel es bastante limitado, a pesar de su creciente intervención en la vida interna del partido. Durante el periodo de la NEP su campo de acción apenas sobrepasa la vigilancia de las antiguas oposiciones, reducidas en número. Sin embargo, a partir de los años 30 todo cambia pues la lucha contra la derecha convierte a todos los elementos independientes de tipo capitalista en contrarrevolucionarios en potencia. La GPU debe vigilar a los nepistas y a los centenares de miles de pequeñas empresas industriales y comerciales cuya liquidación definitiva se está gestando. Pero fundamentalmente debe enfrentarse a la ingente tarea de dirección práctica de la llamada ”deskulakización”.

A partir del final de 1929, las circulares del secretariado anuncian un reclutamiento masivo de militantes comunistas por parte de la policía secreta y encargan a las autoridades regionales y locales la búsqueda de voluntarios aptos para este tipo de trabajo.[485] En consecuencia, sus efectivos van a crecer desmesuradamente al mismo tiempo que su poderío económico puesto que a su cargo se encuentra el destino de los millones de kulaks, o seudo–kulaks que han sido deportados junto con sus familias y que son utilizados en trabajos de infraestructura para las grandes obras que, de esta forma, pasan a depender igualmente de ella. La transición al terreno económico del ”frente” de la lucha provoca la ampliación de su campo de acción: la GPU vigila y ”aísla” a los contrarrevolucionarios de la industria, desde el ingeniero ”saboteador” hasta el obrero ”perturbador”, incluyendo al administrador liberal que tolera que ”se relaje la disciplina”; son también funcionarios de la GPU los que deciden la concesión o denegación de las cartas de trabajo, contribuyendo intensamente la red de la policía secreta, paralelamente a la estructura del partido (con la que por otra parte suele chocar), a estrechar el cerco en el que toda la sociedad parece verse aprisionada, y ello tanto más cuanto es el Secretario General del partido quien la controla por sí mismo, directamente.

La jurisdicción militar excepcional que se otorga al ”tribunal” de la GPU se convierte en un medio para aniquilar a las diferentes oposiciones sin darles una publicidad indeseable; de esta forma la GPU ya no envía a los tribunales mas que a los elementos más insignificantes, recibiendo además la responsabilidad de todos los condenados a más de tres años de cárcel sea cual fuere su delito.

Tanto los métodos empleados como la concentración de la autoridad en manos de unos especialistas cuya función es dirigir y reprimir, contribuyen a fortalecer las tendencias nacidas en estos años de miseria de la pobreza general, Al analizar en un cuadro de conjunto las causas del surgimiento de la burocracia, Trotsky escribe: ”La autoridad burocrática se basa en la carestía de los artículos de consumo y en la lucha contra las consecuencias de este fenómeno. Cuando hay mercancías suficientes en los almacenes, los compradores pueden acudir en cualquier momento. Cuando hay pocas mercancías los compradores no tienen más remedio que hacer cola a la puerta. En cuanto la cola se hace demasiado larga, la presencia de un agente de policía es imprescindible para mantener el orden”.[486]

Sólo una combinación excepcional de circunstancias históricas puede permitir que un repartidor que dispone de la fuerza se vea obligado a perjudicarse personalmente en la distribución. En la U.R.S.S. de Stalin donde los ”cuadros deciden todo”, resulta perfectamente evidente que debe concederse prioridad, en lo referente a las necesidades más inmediatas, a aquellos ”ciudadanos” que el Estado considere más indispensables para su propio mantenimiento y sus conquistas. Los archivos de Smolensk nos han dado la lista de aquellos que, en los años más negros, recibieron el privilegio desorbitado de no morir en la ola de hambre que se abate sobre todos. Efectivamente, una circular secreta de 1934 incluye la lista de los responsables que deben recibir prioritariamente de los almacenes centrales sus raciones alimenticias y que, por ende, parecen ser los únicos a los que el régimen otorga derecho a existir; ellos son los secretarios e instructores de cada comité de radio, el secretario de las Juventudes Comunistas, el redactor–jefe del periódico, el director y los instructores de las secciones políticas de los sovjoses y de las estaciones de maquinaria y tractores, el presidente, el vicepresidente y el secretario del consejo de administración del koljos, el presidente de la comisión del Plan, los directores de los departamentos financieros, de agricultura, de sanidad, de educación, de distribución de víveres para cada circunscripción, el jefe de la sección correspondiente del Comisariado del Pueblo para asuntos interiores, la NKVD (nuevo nombre de la GPU), el fiscal, los inspectores y jueces, el administrador de la Banca del Estado y de la Caja de Ahorros, los agrónomos y veterinarios más antiguos y todas aquellas personas a las que el comité de radio considere igualmente ”indispensables”.[487]

De esta forma, en torno al ”gendarme” que surge de la necesidad de repartir entre un número reducido los productos indispensables de los que carece la mayoría, se consolida una capa de privilegiados. La diferenciación social se injerta definitivamente sobre la diferenciación funcional. El derecho a vivir mejor – o menos mal – acompaña al de dirigir o mandar. El incremento de la producción, en la medida en que el reparto concierne a una minoría privilegiada e incontrolada, no tiende a la nivelación y al aumento del nivel de vida de todos, por el contrario, profundiza las diferencias entre la masa amorfa, respecto a la cual se da por descontado que la propia necesidad la servirá de estimulo, y el sector de los repartidores. Los almacenes de lujo – liuks – hacen su aparición en el preciso momento en que la prensa comienza a denunciar diariamente los robos de comestibles y en que se aplica la pena de muerte a todo ”hurto que atente contra la propiedad socialista”; naturalmente, no hay lugar para los trabajadores en las casas de reposo que se convierten en el paraíso con el que se recompensa a los privilegiados, funcionarios o stajanovistas.

Klaus Mehnert relata así la forma en que, en 1932, se informó de la supresión del máximo comunista de salarios, por boca de un joven ingeniero comunista al que había conocido cuando era estudiante y vivía en una ”comuna”. El joven declara: ”No puede exigirse nada a unas personas que trabajan día y noche y cargan con pesadas responsabilidades si no se les facilita además la vida exterior dentro de lo posible. (...) Durante toda mi vida me he reventado trabajando. Al mismo tiempo que el trabajo de la fábrica, la escuela de perfeccionamiento para obreros, luego la escuela superior. No hacía otra cosa. Trabajaba dieciocho horas diarias, sin fiestas, sin vacaciones. (...) En la actualidad soy el ingeniero-jefe de la empresa. He realizado un invento que representa un gran ahorro para el Estado: es justo y razonable que yo pueda hacer mis compras en almacenes especiales y que tenga la perspectiva de disfrutar dentro de poco de una vivienda de tres habitaciones en un edificio nuevo”. En cuanto a la ”comuna”, se trata de ”una grande y noble idea que ciertamente verá la luz algún día”, pero, dadas las condiciones de la economía rusa, resulta ”una utopía, un rabioso deseo de nivelación llevado al limite, una desviación izquierdista de inspiración pequeño–burguesa y trotskista”.[488]

Los privilegios y la necesidad que experimentan aquellos que los disfrutan de justificarlos, defenderlos y acrecentarlos, no son fenómenos nuevos: no obstante, en este terreno, la situación evoluciona muy rápidamente con el gran viraje. Es la colectivización, como hemos visto, la que contribuye en mayor medida a aumentar desmesuradamente las atribuciones y los efectivos de la GPU. El control de los koljoses requiere centenares de miles de funcionarios, al igual que la distribución de los productos agrícolas por los organismos del Estado y las cooperativas. La industrialización se opera en el mismo sentido. La acentuación de la necesidad de construir prioritariamente la industria pesada para poder equipar a la agricultura y a las industrias fabricantes de productos de consumo, no es solo un slogan propagandístico, también supone un medio para justificar la apropiación por parte de la burocracia de la mayor parte de los productos de consumo, así como el reconocimiento del origen de su nuevo poder y de su diversificación: A partir de 1931, comienzan a formarse los cuadros de la nueva intelligentsia soviética. Menos de la mitad de los diplomados del período abarcado por los dos primeros planes quinquenales son de origen obrero y campe sino; no obstante, en 1936 el partido cuenta en sus filas con el 97 por 100 de los administradores fabriles, el 82 por 100 de los directores de obras y el 40 por 100 de los ingenieros–jefes del país. El núcleo dirigente del aparato se va consolidando a medida que aumenta el poder del Estado al que controla: se torna más denso tras su alianza con los nuevos privilegiados que extraen su fuerza de las realizaciones y de las conquistas de la construcción. A todos los niveles y en todos los campos la burocracia engendra burocracia. Los ejemplos aportados continuamente por los dirigentes convencen menos de su buena voluntad en la lucha contra las manifestaciones del ”burocratismo” que del auge cobrado por un morbo que hunde sus raíces en los métodos arbitrarios e incontrolados de dirección y en la desigualdad del reparto social. Durante el XVII Congreso, Kaganóvich ha de ofrecer una incuestionable prueba de lo dicho al indicar que la fábrica de vagones de Moscú tiene 601 administrativos de los cuales 367 se hallan repartidos en catorce servicios centrales y los 234 restantes trabajan en los diferentes talleres, todo ello referido a una empresa que emplea a 3.832 obreros es decir que la proporción de burócratas asciende en este caso a un 16 por 100.[489]

Las estimaciones se van haciendo cada vez más difíciles, pues las estadísticas oficiales reducen progresivamente el número de categorías sociales disimulando bajo la etiqueta de ”obreros” o ”empleados” a los sectores encargados de supervisar y repartir. Basándose en los datos oficiales que arrojan un total de 55.000 personas empleadas en los despachos centrales del partido y del Estado, a los que deben añadirse los funcionarios del ejército, la armada, las repúblicas y sus cuadros políticos y sindicales más 17.000 directores de empresa y 250.000 cuadros administrativos y técnicos – que deberán multiplicarse por tres dada la simetría del aparato del partido, el del Estado y la estructura sindical –, 860.000 ”especialistas” de los cuales 480.000 se encuentran en la industria y por último un millón de dirigentes koljosianos, Trotsky evalúa en cinco millones de personas, incluidas las respectivas familias, ”la categoría social que – sin llevar a cabo ningún tipo de trabajo productivo directo – ordena, administra, dirige y distribuye las recompensas”, asimismo, cifra en unos dos millones la ”reserva” del partido y los sindicatos y entre cinco y seis millones la aristocracia obrera que comparte con las dos primeras categorías los favores oficiales.[490]

Esta capa social, camuflada en las estadísticas, pero portavoz paradójico de todo un pueblo, dista mucho de ser homogénea. En su propio seno existe un abismo entre los obreros de primera fila, a los que sus compañeros de fábrica conocen como los ”mil”, y los millonarios del régimen ya sean artistas o escritores, técnicos o científicos. Entre aquellos a los que el pueblo llano conoce como tchinoviki y los cada vez más distantes sovbur, los burgueses soviéticos, se levanta toda una pirámide de grados de poder, disponibilidades y consideración social. En resumen: entre el presidente de un soviet campesino o un secretario de comité de radio y los jerarcas del partido o los altos dignatarios del Estado existe la misma distancia social que entre un notable del campo británico y un banquero de la City o un jefe de servicio ministerial. No obstante, unos y otros están vinculados por una fuerte solidaridad: sea cual fuere su origen social, ya sean bolcheviques aburguesados, mencheviques adheridos o simples burgueses, jóvenes lobos de afilados colmillos, tecnócratas de mente cuadriculada o concienzudos chupatintas, todos ellos cierran sus filas y defienden su autoridad y sus privilegios contra todo tipo de control que pueda ejercer la masa ”poco consciente” a la que dirigen y administran.

Pero lo fundamental es que a cualquier nivel, sea cual fuere el sector laboral en que se encuentren, su carrera, su seguridad, su propia vida dependen de unos superiores jerárquicos omnipotentes. Los hilos de la pirámide burocrática se reúnen en la cumbre, es decir, en la mano de Stalin, árbitro y jefe supremo cuya autoridad se ha edificado sobre las contradicciones sociales que han ido desgarrando al veterano partido revolucionario. Como jefe de los burócratas, él es el que los castiga, los recompensa y los protege y ésta es precisamente la imagen de ”padre del pueblo” que difunden los especialistas del agip–prop y los instructores políticos por fábricas y koljoses, en periódicos y escuelas. Todavía no se han cumplido los veinte años del triunfo de la revolución sobre la tierra rusa cuando la voz de los obreros y campesinos, que han vuelto a ser menores de edad como en tiempos de los zares ”protectores”, no puede oírse más que en los ”dossiers” secretos y en los informes de la GPU y de las Comisiones de Control. Llegará, sin embargo, a ser suficientemente fuerte como para animar indirectamente, durante varios años, el sueño de nuevos ”complots” y ”revoluciones palaciegas”, obligando por último al régimen a una auténtica matanza de sus cuadros de origen revolucionario que alcanzaría amplitud suficiente para que, incluso los mantenedores de la tesis de la ”tercera revolución”, no puedan negarle su función de auténtica contrarrevolución.

XIV. La crisis política

Todavía hoy resulta imposible describir un panorama preciso de las condiciones políticas de la U.R.S.S. durante el período del primer plan quinquenal. Carecemos de datos. No obstante, de las breves indicaciones de la prensa y de los relatos entresacados de un lado y otro se desprende una impresión de crisis de excepcional gravedad: de hecho, durante estos años la U.R.S.S. se ha encontrado en varias ocasiones al borde mismo de la catástrofe, del hambre, del hundimiento económico y del caos general. El impulso de los primeros meses de la colectivización y de la industrialización no consigue superar los obstáculos que surgen continuamente ni las dificultades que padece la inmensa mayoría de los trabajadores para subsistir ni el miedo general al futuro.

Entre los oposicionistas reintegrados inicialmente por estar convencidos de que la política ”izquierdista” inaugurada en 1928 acarrearía por si misma el renacimiento de la democracia obrera, cunden la desilusión y las lamentaciones. Kámenev escribe en su diario intimo que Zinóviev y él han cometido un enorme error al romper con Trotsky después del XV Congreso. Zinóviev confiesa: ”El mayor error político de mi vida fue abandonar a Trotsky en 1927.” Iván Smirnov, que capituló en 1929, se encuentra con León Sedov en julio de 1931 en Berlín y acepta enviar informaciones para el Boletín de la Oposición. El ejemplar correspondiente al mes de noviembre de 1932 incluye un estudio de la situación económica de la U.R.S.S. basado en datos exactos, conocidos únicamente por los Comisarios del Pueblo. Su autor es Smirnov; el artículo, firmado con pseudónimo, concluye con la siguiente afirmación: ”Dada la incapacidad de la dirección actual para salir del callejón sin salida económico y político, aumenta nuestra convicción de la necesidad de reemplazar la dirección del partido”.[491] Otro corresponsal del Boletín de la Oposición escribe en 1933, refiriéndose al estado de ánimo de gran parte de los dirigentes: ”Todos ellos hablan del aislamiento de Stalin, del odio universal de que es objeto”, pero añaden: ”Si no fuera por éste (omitimos su vigoroso epíteto) a estas horas todo se habría derrumbado. El es quien mantiene la cohesión del conjunto.”

¿Se trata acaso de un inventario de justificaciones para la diaria capitulación o es la conclusión de un serio análisis de la situación real? La segunda hipótesis nos parece más verosímil en la medida que los ”oposicionistas de corazón” que se encuentran en el país están de acuerdo sobre este punto con Trotsky que, desde su exilio, escribe en 1933: ”En la actualidad, la ruptura del equilibrio burocrático en la Unión Soviética, sería sin lugar a dudas utilizado por las fuerzas contrarrevolucionarias”.[492] En tales condiciones puede afirmarse que, durante el periodo de 1930 a 1932 se ha producido una especie de tregua por parte de los numerosos adversarios de la política estaliniana instalados en el propio seno del aparato y que Stalin ha sido aceptado entre ellos como un mal menor. Tampoco puede despreciarse el hecho de que la U.R.S.S. se protegió hasta cierto punto de las amenazas exteriores concretas que durante años se habían cernido sobre ella por el hecho de que, a partir de 1929, el mundo capitalista se enfrentaba con las consecuencias de la crisis económica sin precedentes que marcó el periodo de entreguerra.

Las intrigas palaciegas

A falta de oposición abierta, imposible a partir de la derrota de la oposición de izquierda, parece como si en la cumbre del aparato se hubieran delineado algunos intentos de reagrupamiento por parte de los adversarios de Stalin, instigados por los responsables que le debían su carrera, pero que consideraban que su línea política conducía a la U.R.S.S. a la debacle.

Conocemos al menos dos de estos intentos: el ”affaire” Syrtsov–Lominadze de 1931 y el ”affaire” Riutin de 1932.

El primero resulta aún harto misterioso. Asociaba a dos personajes pertenecientes a la joven generación del aparato: Syrtsov, al que se atribuía una gran simpatía por las ideas de Bujarin, había sido elegido miembro suplente del Comité Central en 1924 y titular en 1927. Su promoción, en mayo de 1929, al cargo de presidente de la RSFSR a la que siguió su designación como suplente del Politburó durante el XVI Congreso, indicaban al menos que, durante la eliminación de los derechistas, debió ofrecerle a Stalin ciertas pruebas de lealtad. También era presidente del Consejo de la RSFSR. El georgiano Lominadze, con reputación de hombre duro dentro del Komsomol en los comienzos de su carrera, era considerado como un partidario incondicional de Stalin; de hecho el Secretario General le habla enviado a China en 1927. Era secretario regional del partido en Transcaucasia y, junto con Sten, perteneciente a la Comisión Central de Control y Chatskin, secretario del Komsomol, había sido considerado durante el periodo 1928–29 como un crítico ”de izquierda” de Stalin al que reprochó al parecer sus vacilaciones y contemporizaciones en la liquidación de la derecha.[493]

Syrtsov y Lominadze son expulsados del Comité Central por haber constituido ”un bloque antipartido de la derecha y de la izquierda”. A pesar de las dos páginas dedicadas a este asunto por Knorin, historiador oficial en 1935, se dispone de muy poca información respecto a las posiciones que adoptaron y a sus actividades.[494] Parece ser que habían puesto en circulación entre los medios dirigentes, tal vez con la finalidad de provocar una ”revolución palaciega”, una severa requisitoria contra Stalin, basándose en las criticas emitidas anteriormente por las oposiciones de derecha y de izquierda. Según Ciliga, Syrtsov afirmaba: ”El país ha entrado en un peligroso terreno económico. La iniciativa de los obreros ha sido aniquilada”. Por su parte Lominadze acusaba: ”La administración del partido maneja los intereses de los obreros y campesinos a la manera de los barines”.[495] Nada sabemos de las condiciones en que este grupo heterogéneo en un principio, había llegado a cobrar auge: por las acusaciones proferidas durante el IX Congreso contra Chatskin y, sobre todo, contra Nicolás Tchaplin, que había encabezado la lucha de los ”jóvenes estalinistas” contra la oposición conjunta, podemos deducir que el grupo había conseguido reclutar partidarios en las filas del Komsomol. Sus nombres, unidos a los de Syrtsov, Lominadze y Sten van acompañados ritualmente del epíteto ”agentes del bloque de las oposiciones”.[496] Tampoco se sabe si fueron detenidos. Knorin indica que los miembros del grupo fueron expulsados del partido y Syrtsov, Lominadze y Sten de los órganos dirigentes: los dos primeros, al menos, fueron reintegrados en 1935.

Respecto al ”affaire” Riutin contamos con más información. Este apparatchik de Moscú había sido el brazo derecho de Uglanov durante la lucha contra la oposición conjunta llevada a cabo en la capital. En 1928, tras ser acusado de manifestar tendencias conciliadoras, había sido uno de los primeros derechistas depurados, pero también fue el primero en llevar a cabo su autocrítica antes incluso de la caída de Uglanov, conservando gracias a ello sus funciones en el aparato de Moscú. Convencido de que la dirección estalinista estaba conduciendo al país a un desastre, redacta durante el año 1932, un texto de 200 páginas aproximadamente de cuyo contenido sólo tenemos testimonios directos o indirectos. En este documento afirma: ”los derechistas han tenido razón en cuanto se refiere a la economía y Trotsky ha estado acertado en su crítica del régimen del partido”.[497] Propone una retirada en lo económico que habría de llevarse a cabo mediante la reducción de las inversiones en la industria y la liberación de los campesinos, autorizándoles para abandonar los koljoses. También ataca ferozmente a Bujarin por su capitulación y, como primera medida tendente a restaurar la democracia del partido, propone la inmediata reintegración de todos los expulsados, incluido Trotsky. Por último, en unas cincuenta páginas llenas de vigor, pasa a analizar la personalidad de Stalin y su papel pretérito y presente. Le describe como ”el genio del mal de la Revolución rusa (...) impulsado por su sed de venganza y sus ansias de poder”. Al afirmar que había conducido al país ”al borde del abismo”, añade, comparando a Stalin con el agente provocador Azev que había dirigido por orden de la policía la organización terrorista S.R. a principios de siglo. ”Podría uno preguntarse si todo esto no es producto de una inmensa provocación consciente”.[498] Tales puntos de vista servían para justificar su opinión de que ”no podía haber un restablecimiento en el partido ni en el país” sin un previo derrocamiento de Stalin.

Este programa de aproximación entre la derecha y la izquierda, similar al propuesto por Syrtsov y Lominadze y que parecía reconsiderar la alianza que se proyectó efímeramente en 1928 entre Bujarin y Trotsky, se basaba tal vez en unas posibilidades reales puesto que, al mismo tiempo, en los campos de concentración, en los penales y en los lugares de deportación, la mayoría de los partidarios de la oposición de izquierda pensaban, como Rakovsky y Solnzev, que era necesario orientarse hacia un programa económico de vuelta a la NEP aditado con la restauración de la democracia interna.[499] Los vínculos personales de Riutin permitirían a todas luces la realización de la operación. El núcleo primitivo constituido por él y Galkin, que también era un antiguo derechista, se había abierto a la izquierda incluyendo al viejo obrero bolchevique de Leningrado Kayúrov, así como a unos cuantos antiguos ”trotskistas”; por la derecha parecía haber asimilado a los intelectuales del grupo de profesores rojos, Slepkov, Maretsky, Astrov y Eichenwald. La ”plataforma Riutin”, reproducida clandestinamente, pasará entre las manos de los antiguos oposicionistas arrepentidos oficialmente, entre los que se cuentan Zinóviev, Kámenev, Sten y Uglanov, llegando al parecer a ser difundida clandestinamente entre los obreros de las fábricas de Moscú.

Apenas si existen datos acerca del desarrollo, los objetivos inmediatos y el propio descubrimiento del ”complot”; tampoco se cuenta con información sobre sus posibles relaciones con el grupo Syrtsov–Lominadze. Al parecer, una vez detenido, Riutin fue condenado a muerte por el tribunal secreto de la GPU bajo la acusación de preparar el asesinato de Stalin. No obstante, la mayoría del Politburó obligó, según parece, a Stalin a renunciar a su ejecución: desde entonces se desconoce el paradero de Riutin en las prisiones tras su paso por Verjne–Uralsk donde fue visto por Ciliga.

La consecuencia más inmediata del asunto es la segunda expulsión de Zinóviev y Kámenev, que son acusados de haber leído el texto de Riutin sin denunciar a los conspiradores. Seguirá una nueva redada de los responsables vinculados con Riutin y de otras personas que no parecen haber mantenido relación alguna con él. Hacia el final de 1932 y los comienzos de 1933, son detenidos de nuevo y condenados sin ningún tipo de explicación pública los antiguos miembros de la oposición Smilgá, Ter–Vaganián, Mrachkovsky e Iván Smirnov. Este último que, tras su readmisión, ocupaba la dirección de la fábrica de automóviles de Gorki, es detenido el 1 de enero de 1933, condenado a diez años de cárcel y confinado en el ”aislador” de Suzdal. Smilgá, que es condenado a cinco años, es enviado, junto con Mrachkovsky a Verjne–Uralsk, unas semanas antes. Stalin se había lamentado ante este último de estar rodeado de imbéciles. Por esta misma época, el 5 de noviembre de 1932, muere la joven esposa de Stalin, Nadiejda Alilúyeva: según los rumores, imposibles de verificar, que circularon a la sazón en los medios dirigentes, se había suicidado tras una violenta disputa con su marido, al que consideraba responsable de la catastrófica situación del país.

Como estudiante, Nadja Alilúyeva, había tenido sin duda ocasión de tomar conciencia del nuevo estado de ánimo imperante entre una parte de la juventud. A partir del fin del periodo 1932–33, algunas breves reseñas oficiales confirman las indicaciones de la prensa de la oposición: desesperados por la apatía obrera y educados en la atmósfera de miedo y odio que inspira Stalin, los jóvenes generalmente encuadrados en las Juventudes Comunistas, acarician proyectos de terrorismo individual, se inclinan sobre el movimiento revolucionario del siglo XIX, exaltan a sus héroes y suenan con ser ellos los llamados a liberar al partido y al país del tirano. Zhdánov llevará a cabo más adelante una depuración de las bibliotecas poniendo fuera de la ley todos aquellos libros que glorifican la acción terrorista. En mayo de 1933, Zinóviev y Kámenev vuelven a ser traídos de Siberia para repetir su confesión. Trotsky escribe por entonces que Stalin ”hace recolección de almas muertas” a falta de las pertenecientes a los vivos. En el Boletín de la Oposición, advierte el peligro del terrorismo: ”Dentro y fuera del partido cada vez se oye más la consigna 'Abajo Stalin'. (...) Pensamos que esto, es erróneo. No nos preocupa la expulsión de un individuo, sino el cambio del sistema”.[500] El ascenso de los nazis al poder en Alemania plantea el problema de unos términos más urgentes todavía.

La crisis alemana

El mundo capitalista parece debatirse entre un cúmulo de problemas propios. La gran crisis provocada por el ”crac” de Wall Street va a confirmar el análisis que Trotsky incluyó en su crítica dirigida al VI Congreso: la estabilización cede su lugar a un nuevo periodo de convulsiones sociales, sobre todo en el país clave de Europa, Alemania, mientras que el partido comunista alemán muestra su incapacidad para detener el auge del nazismo; Hitler alcanza el poder sin que la clase obrera haya hecho nada para impedirlo. El mundo capitalista emprende fatalmente el camino de la segunda guerra mundial.

La historia del partido comunista alemán desde 1923 es la de una larga lucha encabezada por los emisarios de la Internacional para tratar de conseguir una ”bolchevización” que lo convierte en dócil instrumento de los dirigentes rusos, quitándole definitivamente la posibilidad de desempeñar el papel de dirección revolucionaria al que siempre había aspirado. Sin tener en cuenta las tradiciones nacionales, ni el apego del núcleo comunista a la democracia interna – la liga Spartacus había nacido en franca oposición con el partido centralizado y burocratizado de Ebert –, sin preocuparse por la coyuntura política, el Ejecutivo de la Internacional se dedica a crear su propia fracción, destinada a hacerse con el control del partido eliminando de la dirección a todos aquellos elementos que amenacen con simpatizar con alguna de las oposiciones rusas, de derecha o de izquierda, y reorganizando el partido de forma que el aparato se haga independiente a cualquier presión de las masas, precaviéndose al mismo tiempo contra el desarrollo de una oposición interna que podría atacarlo sobre el propio campo de la lucha de clases. Al proyectar mecánicamente sobre Alemania las inquietudes del grupo dirigente ruso, la facción estalinista se ve obligada a destruir lo que habla dado su fuerza al partido comunista alemán, a saber, la Vieja Guardia espartaquista de la que Lenin decía: ”No los veo tragar fuego en la feria de la palabrería revolucionaria. No sé si constituirán una fuerza de choque; pero de algo si estoy seguro: gentes como ellos son los que integran las columnas de prietas filas del proletariado revolucionario”.[501]

El affaire Thälmann–Witorf suministrará el pretexto necesario para la eliminación de aquellos a los que se denomina ”derechistas” por haber recomendado durante un periodo de estabilización el frente único con los social-demócratas. En la asamblea plenaria de diciembre de 1928, Stalin denuncia su actividad fraccional: Walcher, Frölich, Boettcher y Hausen son expulsados al igual que Brandler y Thalheimer. En una Carta abierta la asamblea afirma: ”Cada paso dado hacia la estabilización del imperialismo internacional supone también un paso en dirección a la descomposición de tal estabilización”.[502] El partido, en donde las asambleas generales – antigua tradición democrática – han sido prohibidas, es ahora reorganizado por entero, en lo sucesivo todos los ”funcionarios” deben ser ”camaradas situados en la línea del partido”: toda reunión en que hayan tomado la palabra los ”liquidadores” se considera anulada. El partido es domesticado definitivamente: Thälmann, salvado por Moscú, será hasta el final su domador contando para ello con la colaboración de Walter Ulbricht.

La X Asamblea de la Internacional celebrada en julio de 1929, termina por precisar la línea que había sido esbozada en el VI Congreso con la elaboración de la teoría del socialfascismo que convierte a la social–democracia en el enemigo numero uno de los comunistas. Manuilsky, que ha pasado a presidir la Komintern, afirma en su informe: ”La socialdemocracia irá quitándole progresivamente a la burguesía la iniciativa de la represión contra la clase obrera. (...). Se hará fascista. Este proceso de conversión de la social–democracia en social–fascismo ha empezado ya”.[503] Bela Kun pretende demostrar ”la necesidad de la transformación de la social–democracia en fascismo”.[504] Mólotov acentúa la necesidad de luchar sobre todo contra el ala izquierda de la social–democracia, ”la más innoble y astuta a la hora de engañar a los obreros”.[505] De esta forma y bajo el pabellón del ”frente único en la base”, se va delineando la vuelta a una política de aislamiento sistemático. ”La aplicación de la táctica del frente único, dice Ulbricht, consiste fundamentalmente en la creación de órganos independientes de lucha (...), en unir a las grandes masas obreras bajo la dirección comunista”.[506] Manuilsky esboza, sin la menor vacilación, un esquema que convierte la victoria del fascismo en una etapa necesaria: ”En muchos países capitalistas intensamente desarrollados el fascismo será la última fase del capitalismo, previa a la revolución social”.[507]

La crisis estalla en 1930. Un sinnúmero de empresas quiebra. Cunde el paro. En 1932 existen 5.400.000 parados oficiales, cinco millones de parados parciales y dos millones de parados no inscritos; la totalidad de los jóvenes se encuentra en paro no oficial. Las clases medias se ven afectadas en igual medida que el proletariado: ancianos con sombrero hongo piden limosna en la puerta de las estaciones de metro. Para decenas de millones de alemanes, es decir para el conjunto de los trabajadores, la crisis plantea en los términos más crudos el problema de la estructura económica y social. La sociedad capitalista ha quebrado, el individualismo pequeño–burgués ha perdido toda vigencia, Simone Weil escribe entonces: ”El joven alemán, obrero o pequeño–burgués, no conserva ni una parcela de su vida privada que no esté afectada por la crisis. Para él las perspectivas, buenas o malas, que pueden referirse incluso a los aspectos más íntimos de su propia existencia, se formulan inmediatamente como una serie de perspectivas que se refieren a la propia estructura de la sociedad. No puede ni siquiera imaginarse un esfuerzo a realizar para volver a ser dueño de su destino que no revista la forma de acción política”.[508]; de esta forma, entre 1930 y 1933, se crea una situación profundamente revolucionaria. La burguesía se divide: a partir de 1930, amplios sectores de la industria pesada y algunos estamentos del ejército otorgan su apoyo al movimiento nacional–socialista que encabeza Adolf Hitler.

En 1929 este último, paralelamente a la acción del partido comunista y en contra de la coalición de los partidos burgueses con los social-demócratas, ha llevado a cabo una campaña contra el plan Young de amistad con Occidente; también invoca sentimientos patrióticos y revanchistas contra el tratado de Versalles. A partir de 1930 los nazis, que disponen de una enorme cantidad de fondos y medios materiales y de toda una red de cómplices en el ejército y en la policía, se dedican a explotar la desesperación de las clases medias empobrecidas, la frustración de los jóvenes desesperanzados y el anticapitalismo latente que tratan de transformar en antisemitismo; multiplican sus esfuerzos para desarticular a las organizaciones obreras, atacan sus locales, sus permanencias, sus puestos de periódicos, alternando la utilización de la violencia física contra los militantes con el exacerbamiento del rencor de los obreros contra los aparatos burocratizados mediante la denuncia de los ”bonzos”. Tras de su demagogia nacionalista y de su fraseología pseudo–socialista, en realidad se limitan a servir a sus socios capitalistas los magnates del Ruhr que han optado por sobrevivir destruyendo todas las organizaciones obreras y orientando definitivamente a la economía hacia la producción armamentística basada en los pedidos del Estado y en último término hacia la guerra que habría de permitirles la conquista de nuevos mercados. El nazismo, faceta alemana del fascismo, último dique de contención de la revolución cuando la democracia parlamentaria se muestra de todo punto incapaz de garantizar el orden social, no dejará de aumentar su influencia hasta 1932. Los nacional – socialistas habían reunido 809.000 votos y 13 diputados en 1928, en 1930 contaban ya con 6.401.000 votos y 105 diputados, que en las elecciones presidenciales de abril de 1932, aumentaron hasta 13.417.000 votos, consiguiendo 12.732.000 y 230 diputados en julio del mismo año.

El éxito de los nazis se nutre de la impotencia de las organizaciones obreras. El partido social-demócrata conserva en la competición electoral, la parte esencial de sus votos. Durante el período de estabilización ha conseguido consolidar su poder merced al aparato de los ”sindicatos libres”, a la prosperidad y a la colaboración de clase: durante la crisis se apoya fundamentalmente sobre los obreros activos que se han vuelto prudentes por temor a ser despedidos, esforzándose, mediante una política conservadora en lo social, en apoyar todas las soluciones burguesas que no sean fascistas (pues un triunfo nazi pondría en peligro las privilegiadas posiciones de sus burócratas), y en oponerse a un frente único que le abriría a la clase obrera una serie de perspectivas revolucionarias que no está dispuesta a apoyar. De esta forma, por temor a la guerra civil o a la proscripción del partido, rendirá sin lucha el último bastión de su poder político, el gobierno prusiano de Braun y Severing, depuesto el día 20 de julio de 1932 por el gobierno de Von Papen. A partir de esta fecha se inicia además un movimiento de descontento que en un principio se reduce a una vanguardia, pero que más adelante se extiende rápidamente a todos sus efectivos, en particular a los sectores mas jóvenes que desean combatir al nazismo pues comprenden que esta lucha pone en cuestión al propio régimen.

El partido comunista alemán y la crisis

De hecho la crisis alemana supone para el partido comunista la prueba del fuego, la definitiva confirmación, equivalente en significación a lo que la de 1917 supuso para los bolcheviques rusos. El país más desarrollado de Europa padece la más profunda crisis económica y social conocida por el capitalismo. Se desvanecen todas las ilusiones acerca de la república democrática y parlamentaria. Las clases medias, exasperadas por la situación, buscan una salida y el gran capital les ofrece una: un Estado fascista en manos de los nazis, la guerra y las conquistas imperialistas y, al mismo tiempo, el aplastamiento del movimiento obrero organizado y la supresión de todas las libertades democráticas. Los comunistas alemanes, según la concepción marxista, deben ofrecerles la alternativa de la revolución socialista. Ellos se benefician de no estar aprisionados entre las masas organizadas tras los aparatos social-demócratas de partidos y sindicatos y los destacamentos contrarrevolucionarios nazis que extraen su fuerza de la pasividad de las masas; también tienen la posibilidad de imponerse como dirigentes de la clase obrera – la mitad del país – tanto por la denuncia de las contradicciones en que incurre la propaganda hitleriana y del carácter contrarrevolucionario y antiobrero de su acción, como arrastrando tras ellos, en nombre a unos objetivos limitados de defensa, a las organizaciones socialdemócratas cuyos dirigentes se verían absolutamente desacreditados si se opusiesen a acciones de este tipo.

En la conferencia de Berlín, el 2 de agosto de 1922, Karl Rádek, representante del partido ruso, se había dirigido a la delegación socialdemócrata para proponerle el ”frente único”: ”Nos sentamos con vosotros en la misma mesa, queremos luchar con vosotros y esta lucha será la que decida si se trata de una maniobra en beneficio de la Internacional Comunista, como pretendéis, o bien de un torrente que reunirá a la clase obrera. Si lucháis con nosotros y con el proletariado de todos los países – no ya por la dictadura, no pedimos tanto – sino, por el trozo de pan, y contra la decadencia del mundo, el proletariado cerrará sus filas en la lucha y entonces podremos juzgaros no ya en base a un pasado terrible, sino refiriéndonos a unas acciones completamente nuevas. (...) Intentaremos luchar juntos, no ya por amor hacia vosotros, sino por la inflexible urgencia del momento que nos está impulsado y que os obliga a negociar en esta sala con los mismos comunistas de carne y hueso que os han llamado criminales”.[509]

Sin embargo, no volverá a repetirse en Alemania tal búsqueda de un acuerdo de dirección a dirección para luchar conjuntamente por una serie de puntos concretos: el partido comunista alemán nunca volverá a emplear este lenguaje ni llegará a desempeñar el papel que se esperaba de él. Su régimen interno, la depuración de los viejos responsables arraigados en las empresas y los meandros que describe su política desde 1923 apartan de él a los elementos más estables y más sólidos de la clase obrera. Una política sindical absurda ha conducido a la creación de unos fantasmales ”sindicatos rojos” al lado de los sindicatos ”libres” que agrupan a la mayoría de los obreros, pero en cuyo seno la influencia comunista es prácticamente inexistente. Por tanto durante el comienzo de la crisis el partido comunista se encontrará en las peores condiciones, dada la política que había practicado anteriormente bajo la dirección de la Internacional. La inmensa mayoría de sus miembros son jóvenes que se encuentran en él sólo de paso: en 1932, más del 50 por 100 de los afiliados lleva menos de un año militando, una proporción superior al 80 por 100 lleva menos de dos años. En sus filas entre el 80 y el 90 por 100 son parados. Como ha apuntado Simone Weil, ”la única vanguardia susceptible de llevar a cabo la revolución con la que cuenta el proletariado alemán es la constituida por una serie de parados privados de toda función productiva, arrojados fuera del sistema económico, parásitos y carentes, además, tanto de experiencia como de cultura política. Un partido así puede, en todo caso, propagar sentimientos de rebeldía, mas en ningún caso puede proponerse hacer la revolución”.[510] Tal debilidad intrínseca y la falta de relación con los obreros fabriles, suponen un enorme handicap para el partido comunista alemán en su lucha por la dirección de la clase obrera. La política dictada por la Internacional y aplicada por el grupo de Thälmann se encargará del resto.

Toda la política del partido comunista alemán consistirá durante este período en una polémica verbal extraordinariamente vigorosa, dirigida exclusivamente contra los dirigentes social-demócratas, que obstaculiza toda posible realización de un frente único entre comunistas y no–comunistas, mientras que en lo referente a los nazis suele practicar un frente único de hecho, competitivo incluso sobre el propio terreno de su adversario. En abril de 1931, en Prusia, el partido comunista se alía con los nazis en un referéndum organizado por instigación de estos últimos contra el gobierno social-demócrata local. En julio de 1931, durante la XI Asamblea plenaria, Manuilsky afirma: ”Los social-demócratas, con el fin de engañar a las masas, proclaman al fascismo como principal enemigo de la clase obrera”.[511] Al criticar, en noviembre de 1931, las ”tendencias liberales que pretenden enfrentar a la democracia burguesa con el fascismo y al partido hitleriano con el social–fascismo”, Thälmann justifica la alianza con los nazis con la refutación de la tesis que afirma que un gobierno socialista constituye un mal menor comparado con el gobierno de Hitler. Invita a los comunistas a difundir la consigna ”revolución popular”, es decir, la misma que utilizan los nazis con el pretexto de que es ”sinónimo de la consigna proletaria de revolución socialista”.[512] El partido organiza asimismo una ruidosa campaña en torno a la consigna de ”liberación nacional”, convierte al teniente Scheringen, que ha pasado del nazismo al comunismo, en una especie de héroe nacional y le ofrece todo tipo de apoyo para la creación de un grupo que pide a los nacionalistas alemanes que apoyen a los comunistas por ser la alianza con los rusos la única que puede garantizar la independencia nacional de Alemania. Los comunistas guardan silencio cuando la destitución del gobierno prusiano agita a los obreros social-demócratas y después, con veinticuatro horas de retraso, lanzan sin preparación alguna una consigna de huelga general que naturalmente cae en el vacío.

En las elecciones del 30 de julio de 1932, consiguen 5.277.000 votos y 100 escaños, menos de la mitad de los conseguidos por los nazis; no obstante, Bolshevik publica en sus titulares que el partido comunista alemán se halla a punto de conseguir la mayoría en el Reichstag. Los grupos de militantes del Frente Rojo, organizado en 1930–31 para hacer frente a los nazis, son disueltos sin resistencia, entretanto la XII Asamblea plenaria de la Komintern afirma; ”Las secciones de la Internacional Comunista deben dirigir sus golpes contra la social–democracia, pues su aislamiento del proletariado es una condición previa a la conquista de la mayoría del proletariado, a la victoria sobre el fascismo y al derrocamiento de la burguesía”.[513] Cuando a pesar de los sindicatos libres, los sindicatos rojos consiguen desencadenar una huelga de transportes contra la disminución del 20 por 100 de los salarios, las tropas nazis luchan en la calle contra la policía, apoyan las acciones de los huelguistas y terminan por imponer la vuelta al trabajo, a pesar de la oposición de los comunistas, mostrándose así capaces de quitarles, durante la acción, la dirección de un movimiento espontáneo de superación de los dirigentes sindicales. Algunos días más tarde, el dirigente comunista Remmele declara: ”El partido comunista se aproxima gradualmente al objetivo que se ha propuesto, la conquista de la mayoría de la clase obrera”.[514]

A principios de 1932, el partido comunista lleva a cabo un llamamiento a la lucha contra un nuevo partido formado por social-demócratas de izquierda y antiguos oposicionistas comunistas. El S.A.P., cuya dirección va a ser encabezada por Walter y Frölich. El llamamiento proclama la necesidad de iniciar la ofensiva contra ”la variante de izquierda del socialfascismo, encarnación del más peligroso enemigo de la clase obrera”. Igualmente denuncia, como si se tratase de una maniobra, la participación de los social-demócratas en las huelgas, ”su supuesta lucha por la paz o contra el fascismo”.[515] Cuando los nazis, en vísperas del ascenso de Hitler a la cancillería, preparan un desfile armado ante la Casa Karl Liebknecht, sede del partido comunista alemán, los dirigentes lanzan la consigna de solicitar de las autoridades la prohibición de la manifestación.

Una vez instalado Hitler en el poder, Karl Rádek, portavoz de la Internacional, escribe: ”No se puede destruir un partido que ha recibido millones de votos, un partido vinculado con toda la historia de la lucha de la clase obrera alemana. No se le puede destruir ni por una decisión administrativa que le declara ilegal ni con un terror sangriento puesto que el terror habrá de dirigirse entonces contra la clase obrera”.[516] Cuando la represión golpea, cuando los nazis están ya metiendo en la cárcel, torturando y masacrando a los militantes y destruyendo el movimiento obrero, el Presidium del Ejecutivo de la Internacional decide adoptar por unanimidad, el día 1 de abril, una resolución en la que se declara que, ”la política que lleva a cabo la dirección del partido comunista alemán, encabezado por el camarada Thälmann, era absolutamente correcta antes y durante la toma del poder por el fascismo”.[517] El historiador R. T. Clark concluye su estudio sobre el fin de la república de Weimar con esta opinión: ”Resulta imposible leer las publicaciones comunistas de esta época sin un escalofrío ante el abismo en el que la resistencia a utilizar su inteligencia de forma independiente puede arrastrar a unos hombres inteligentes”.[518]

Las consecuencias de la crisis

Simone Weil concluye su análisis de la política del partido comunista alemán con una explicación más satisfactoria: ”La impotencia de que hace gala un partido que dice ser la vanguardia del proletariado alemán podría obligarnos a deducir la impotencia del propio proletariado. Pero es que el partido comunista alemán no es la organización de los obreros alemanes dispuestos a preparar la transformación del régimen, a pesar de que estos sean o hayan sido en su mayoría miembros de él; de hecho, constituye una organización de propaganda en manos de la burocracia estatal rusa, ésta es la razón de que sus errores puedan explicarse con facilidad. Se comprende sin esfuerzos que el partido comunista alemán, armado por el interés de la burocracia rusa, con la teoría del ”socialismo en un sólo país”, se encuentre en difícil posición para luchar contra el partido hitleriano que se autodenomina ”partido de la revolución alemana”. De forma más general, está claro que los intereses de la burocracia de Estado rusa, no coinciden con los de los obreros alemanes. Lo que para estos tiene un interés vital es detener a la reacción fascista o militar: para el Estado ruso, lo importante es sencillamente impedir que Alemania, sea cual fuere su régimen interior, se vuelva contra Rusia al aliarse con Francia. Análogamente, una revolución abriría amplias perspectivas a los obreros alemanes mas sólo podría perturbar la construcción de la gran industria rusa; y además, un movimiento revolucionario serio aportaría necesariamente a la oposición rusa un apoyo considerable en su lucha contra la dictadura burocrática. Resulta, pues, bastante natural que la burocracia rusa, inclusive en este trágico momento, lo supedite todo a su propósito de conservar su absoluto control del movimiento revolucionario alemán”.[519]

Esta nueva derrota del proletariado alemán, que va a durar varios decenios, inicia en la historia del partido comunista y en la de la U.R.S.S. un período completamente nuevo. La tregua que la crisis ha provocado en la U.R.S.S. toca a su fin. El imperialismo alemán prepara la segunda guerra mundial. La burocracia cambia su chaleco en política exterior: en adelante, todos sus esfuerzos tenderán a impedir la coalición general contra ella de las potencias capitalistas. El gobierno de Stalin, que en un principio estaba unido con Francia y tenía la esperanza de ingresar en una alianza defensiva con Occidente y contra Alemania en favor del statu quo europeo – leitmotiv que va a sustituir al de lucha contra la imposición del Tratado de Versalles –, terminará por firmar con la Alemania de Hitler el pacto que ha de permitir a esta última iniciar la segunda guerra mundial en un sólo frente. La ”defensa de la U.R.S.S.” exige la búsqueda de aliados en los países capitalistas: los partidos comunistas de cada país subordinan toda su acción a este imperativo y abandonan toda política de clase basada en el análisis de las relaciones sociales para servir exclusivamente como punto de apoyo a la diplomacia rusa. Por tanto, dejan ipso facto de situarse en el terreno de la lucha de clases, justificando las previsiones de Trotsky acerca de las implicaciones de la teoría del ”socialismo en un solo país”. En 1937, Dimitrov explicará: ”La línea histórica de demarcación entre las fuerzas del fascismo, de la guerra y del capitalismo por un lado y las fuerzas de la paz, la democracia y el socialismo por otro, viene dada cada vez más claramente por la actitud hacia la Unión Soviética y no la actitud formal que se adopta hacia el poder soviético en general, sino la que se adopta ante una Unión Soviética que ha proseguido su existencia real desde hace casi treinta años, luchando infatigablemente”.[520] En lo sucesivo, la razón de ser de los partidos comunistas no es la lucha por el comunismo, sino como escribe Max Beloff, ”el apoyo a los esfuerzos de la diplomacia soviética y del Ejército Rojo”.[521] No obstante, la lucha de clases no se detiene: los acontecimientos de Francia y de España van a demostrarlo enseguida. Por tanto, una lógica implacable va a llevar a los partidos comunistas a luchar fundamentalmente por el control de los movimientos obreros en beneficio de la burocracia rusa, combatiendo despiadadamente todo movimiento revolucionario.

Una vez fijada la trayectoria, el adversario número uno, a partir de 1934, es la organización revolucionaria internacional cuya construcción ha sido emprendida por León Trotsky. Desde 1931 hasta 1933, este último ha concentrado toda su atención como polemista y como teórico en la situación alemana. Sin duda su producción nunca ha sido tan brillante y tan rica como entonces: la defensa de la política de frente único en Y ahora, los análisis del nazismo y la crítica de la teoría del social–fascismo reiterada en infinidad de artículos y folletos, bastarían por sí solos para situar a su autor entre los más importantes políticos de la época contemporánea. No obstante, una vez más, de nada le sirve a Trotsky tener razón puesto que la derrota alemana posterga durante decenios la victoria revolucionaria que puede darle la razón. Tras la victoria de Hitler el super–wrangel, al que considera como la punta de lanza del imperialismo en su lucha contra la clase obrera y contra la U.R.S.S., Trotsky escribe en marzo de 1938 en La tragedia del proletariado alemán: ”La clase obrera alemana podrá volverse a levantar pero el estalinismo jamás lo hará”.[522] En su opinión el estalinismo ha quebrado en Alemania, frente a Hitler, de manera análoga a lo ocurrido con la social–democracia el día 4 de agosto de 1914. Por tanto, se trata de reconstruir una nueva organización internacional y extender a todos los países, incluida la U.R.S.S., una serie de nuevos partidos.

Una conferencia de la oposición de izquierda internacional, reunida en Paris en el mes de agosto de 1933, decide transformarse en movimiento tendente a la creación de la IV Internacional, la Liga Comunista Internacional (bolchevique–leninista). Algunas semanas más tarde, cuatro organizaciones entre las que se encuentran, el partido obrero socialista alemán de Walcher y Frölich, el partido socialista independiente y el partido socialista revolucionario holandés, encabezado por el veterano comunista y sindicalista Sneevliet, junto con la Liga Comunista, publican una declaración conjunta ”acerca de la necesidad de una nueva Internacional y sus principios”. Las tesis de Trotsky acerca de la construcción de nuevos partidos y de una nueva Internacional aparecen en el Boletín de la Oposición en Octubre de 1933 con la firma G. Gurov. La oposición de izquierda deja de comportarse como tal para definirse como una organización totalmente independiente: fiel a su concepción de la defensa de la U.R.S.S. y de las conquistas de la revolución por medio ”de las organizaciones auténticamente revolucionarias, independientes de la burocracia y apoyadas por las masas”, la nueva organización va a intentar ganarse a ”los elementos auténticamente comunistas que todavía no se han decidido a romper con el estalinismo” [523] y sobre todo a las nuevas generaciones obreras.

Tal nuevo enfoque constituye a partir de entonces un peligro mortal para la burocracia, en efecto, desde su punto de vista la defensa de la U.R.S.S. exige un sistema diplomático de alianzas contra terceros con los países capitalistas, en cuya consecución los partidos comunistas nacionales desempeñan un papel que es a la vez de medio de presión y de instrumento de intercambio. Una nueva organización revolucionaria que disputa su monopolio de la vanguardia obrera, debilita su posición. Análogamente, la agitación revolucionaria, al asustar a la burguesía amenaza con provocar el aislamiento de la U.R.S.S. La lucha contra el ”trotskismo” se convierte más que nunca en un imperativo de la política estaliniana que se identificará con la que van a encabezar los partidos comunistas contra todo movimiento obrero independiente y contra todo proceso revolucionario. Por ello, la capitulación sucesiva de Christian Rakovsky y de León Sosnovsky se convierte en una baza de incalculable valor para Stalin, en la lucha que comienza. Tanto uno como otro aluden al peligro de guerra, pero Rakovsky, al parecer, se había evadido siendo herido de gravedad y su capitulación, cuando fue detenido, sólo se produjo tras una temporada pasada en un ”hospital” del Kremlin.[524] La mayoría de los observadores parecen estar de acuerdo, no obstante, en opinar que, frente a los peligros inmediatos, el Politburó se esfuerza en promover una especie de reconciliación con el fin de constituir la ”unión sagrada” frente a la amenaza alemana. Las concesiones de que han sido objeto los campesinos y la readmisión de un número apreciable de antiguos oposicionistas constituyen dos aspectos de la misma política cuyo objetivo es conseguir aislar mejor a los partidarios de Trotsky a los que en lo sucesivo se denuncia como los únicos agentes de la división, pasados definitivamente al servicio del imperialismo.

El XVII Congreso

La atmósfera del XVII Congreso sugiere efectivamente una cierta tendencia conciliadora que se produce poco antes de la rehabilitación de Rakovsky. Por primera vez desde hace años, los antiguos dirigentes de las diferentes oposiciones como Zinóviev y Kámenev, Bujarin, Rikov y Tomsky, Piátakov, Preobrazhensky y Rádek y Lominadze, pueden tomar la palabra sin ser objeto de las risas e insultos de los congresistas. A pesar de sus alusiones a Stalin, su autocrítica conserva una dignidad formal casi nueva. En su alocución, Stalin celebra su victoria en unos términos que son perfectamente aceptables para todos aquellos que han abandonado a Trotsky manifestando que su único deseo es que se les permita volver al trabajo: ”El presente Congreso se celebra bajo el pabellón de la completa victoria del leninismo, bajo la enseña de la liquidación de los restos de grupos anti–leninistas. El grupo trotskista antileninista ha sido desarticulado y dispersado. Sus organizadores habrán de ser buscados en lo sucesivo en las reboticas de los partidos burgueses. El grupo antileninista de los desviacionistas de derecha ha sido igualmente desarticulado y dispersado. Sus organizadores han renunciado desde hace tiempo a sus opiniones y en la actualidad intentan de distintas maneras expiar las faltas que han cometido contra el partido. Hay que reconocer que el partido está más unido que nunca”.[525] Por vez primera desde el comienzo de la era de Stalin, todas las figuras de primer plano de la oposición son aceptadas de hecho: sólo Trotsky parece soportar el anatema mientras Stalin hace el papel de hombre bueno.

En realidad, muchos rumores – única fuente desde entonces de las informaciones políticas – hablan de divergencias en el Politburó donde un grupo de ”liberales” parece inclinarse en favor de una cierta distensión en la que se ponga fin a las persecuciones de los oposicionistas y se trate de conseguir una tregua en el campo. Voroshílov parece ser el portavoz de esta tendencia: al parecer había admitido en un informe de los jefes militares, encabezados por Blücher, que la divergencia entre el régimen y los campesinos amenazaba con dañar gravemente a la moral del ejército. También se rumorea que Kírov, irritado por la omnipotencia de la GPU, había tomado la iniciativa de poner coto a la acción de sus jefes en su feudo de Leningrado. El grupo de ”liberales” del Politburó se completaba al parecer con Rudzutak y Kalinin; también se dice que, como ocurrió en tiempos de la plataforma Riutin, todos ellos habían conseguido detener la represión que Zhdánov, Mólotov y Kaganóvich estaban ya dispuestos a desencadenar contra los jóvenes comunistas a los que se atribuían proyectos terroristas.

Deutscher opina que esta división interna del Politburó tuvo su reflejo en ciertas vacilaciones de Stalin durante el año 1934.[526] Pero ¿vaciló realmente Stalin? Es indudable que, en las grandes decisiones de 1934, los contemporáneos creyeron adivinar medidas contradictorias, no obstante, resulta poco probable que así fuese en realidad. Es más plausible la opinión de que, al confiar en el clima de unión sagrada creado por el XVII Congreso, los observadores no supieron darse cuenta de las nuevas medidas represivas y de la promoción de los hombres destinados a manejarlas. Durante el XVII Congreso, del aparato surge un hombre: Yezhov, miembro ya del Comité Central, ingresa en el Buró de Organización y en la Comisión de Control presidida por Kaganóvich. El joven Malenkov pasa a ocupar el cargo de responsable de la sección de cuadros del Secretariado. Estos son, junto con Poskrebyshev que encabeza la sección especial del Secretariado, los hombres que habrán de constituirse más adelante en el trío de depuradores del partido. Cuando el día 10 de julio de 1934, se reorganiza la GPU dentro de un Comisariado del Pueblo para asuntos interiores, ampliado y bautizado con el nuevo nombre de N.K.V.D., la opinión general es que van a limitarse sus prerrogativas: su consejo o tribunal judicial queda suprimido y en lo sucesivo todos los asuntos deberán ser enviados a los tribunales ordinarios. El Fiscal general Vishínsky queda encargado de la supervisión de su actividad, lo cual, en la actualidad, nos induce a pensar que tal reorganización respondió a un prurito de control más directo de su funcionamiento. El año 1934, por otra parte, señala el comienzo de la distensión en lo referente a la política campesina: los kulaks se benefician de una amnistía parcial, el Comité Central de noviembre pone fin al racionamiento de pan y adopta un nuevo modelo de estatuto para los koljoses en el que se autoriza el aumento de la superficie de las parcelas privadas de cada koljosiano y también la libre disposición del producto de sus cosechas. No obstante, esta normalización se va a ver interrumpida poco tiempo después por un atentado terrorista.

El asesinato de Kírov

Sergio Kírov muere a consecuencia de una serie de disparos de revólver el 1 de diciembre de 1934, a manos de un joven comunista llamado Nikoláiev; su calidad de miembro del partido le ha permitido aproximarse al primer secretario de Leningrado que por otra parte no iba acompañado de sus guardias personales de la NKVD. Estos son los únicos datos fehacientes de que disponemos acerca del asesinato en sí; los móviles de Nikoláiev sólo han podido ser objeto de hipótesis, actualmente imposibles de comprobar, ya que las circunstancias que rodearon el drama no parecen aclararse sino muy lentamente.

El mismo día 1 de diciembre un decreto del Ejecutivo de los Soviets priva a los acusados de crímenes de terrorismo del derecho ordinario a la defensa: por iniciativa personal de Stalin, que, según Jruschov,[527] no va a ser ratificada por el Politburó hasta dos días más tarde, aparece una orden firmada por Yenukidze, secretario del Ejecutivo, en la que se dispone la aceleración de las diligencias de investigación, la supresión de todo recurso o petición de indulto y la ejecución de las sentencias de muerte inmediatamente después de la emisión del veredicto.

Stalin en persona acude junto con Mólotov y Voroshílov a Leningrado para dirigir la investigación en la noche del 1 al 2 de diciembre. Borisov, uno de los dirigentes de la NKVD de Leningrado, responsable asimismo de la seguridad de Kírov, que ha sido convocado en Smolny para ser interrogado, muere durante el recorrido, oficialmente en un accidente. Jruschov afirmó en 1956 que era ésta una ”circunstancia sospechosa”, y, en 1961, durante el XXII Congreso, precisó que todo parecía indicar que había sido ejecutado por los responsables de la NKVD que le escoltaban. La Pravda del 4 de diciembre anuncia la destitución y arresto de varios altos cargos de la NKVD que le escoltaban y la condena a muerte por el Tribunal Supremo, que opera ya con arreglo a las nuevas normas, de sesenta y seis acusados ”blancos”, treinta y siete de Leningrado y veintinueve de Moscú, que son ejecutados inmediatamente. Los días 28 y 29 de diciembre, Nikoláiev, autor de los disparos, es juzgado a puerta cerrada junto con once co–acusados, miembros como él de las Juventudes Comunistas y entre los cuales se encuentran Katalinov y Rumiantsev, antiguos miembros del Comité Central. Una versión oficial nos permite imaginar cuál fue la verdadera actitud del joven ante sus jueces: ”El acusado Nikolaiev aportó varios documentos. (un diario, declaraciones dirigidas a diferentes instituciones, etc.), con los que intentaba describir su crimen como un acto personal de desesperación y descontento, originado por el empeoramiento de su situación material, y que había de ser interpretado como una protesta contra la actitud injusta de ciertos miembros del gobierno hacia una persona viva”.[528] Los doce acusados, a los que se presenta como miembros de un ”centro de Leningrado.” son condenados a muerte y ejecutados.

Desde el 15 al 18 de enero, otros diecinueve acusados comparecen a puerta cerrada ante el tribunal militar de la Corte Suprema: entre ellos se encuentran Zinóviev, Kámenev, Bakáiev, Evdokímov, Kuklin y Guertik, el núcleo de los antiguos dirigentes de Leningrado, acusados de haber fundado un ”centro moscovita”. Según el fiscal general Vishinsky, los antiguos dirigentes de la oposición reconocen su responsabilidad moral en el crimen cometido por los jóvenes comunistas que parecen haberse erigido en discípulos suyos. Parece que Kámenev confesó ”no haber luchado lo bastante activa y enérgicamente contra la degeneración que había originado la lucha contra el partido, a cuya sombra esta pandilla de bandidos había podido desarrollarse y cometer su crimen” [529] Por su parte Zinóviev declaró al parecer: ”La mayoría de los crímenes que han cometido se deben a su confianza en mí. Mi deber es arrepentirme de lo que ya he comprendido como un error y decirlo para que se acabe de una vez para siempre con este grupo”.[530] Según la Carta de un viejo bolchevique, los investigadores exigieron de ellos estas confesiones, equiparables a un verdadero suicidio político, con el fin de permitir al partido la detención del desarrollo de las dramáticas consecuencias de la lucha fraccional de la que habían sido protagonistas durante el período de 1926–27. Aparentemente, Zinóviev y Kámenev accedieron a ello con la esperanza de detener la ola de terrorismo cuya represión corría el riesgo de implicar a todos sus antiguos amigos. En cualquier caso los acusados son condenados a un total de 137 años de prisión, Zinóviev a diez años y Kámenev a cinco. Al mismo tiempo, la NKVD decreta otras cuarenta y nueve condenas de internamiento en un campo durante cuatro y cinco años y veintinueve más de deportación durante periodos que oscilan entre dos y cinco años; entre estos condenados se encuentran, el escritor Ilya Vardin y los viejos bolcheviques, ex–miembros del Comité Central, Safárov, Zalutsky y Avilov.

Pronto va a celebrarse un tercer proceso. Según la ya mencionada Carta, Agranov, uno de los jefes de la NKVD, había llevado a cabo una investigación que revelaba que los jefes de la policía de Leningrado conocían perfectamente los proyectos de Nikoláiev, que solía hablar de ellos en público.[531] Como lo confirmó igualmente Jruschov[532], Nikoláiev había sido detenido en dos ocasiones mes y medio antes del atentado y había sido puesto en libertad sin vigilancia. El 23 de enero son procesados los jefes de la NKVD de Leningrado, Medved, su lugarteniente Zaporozhets y sus principales colaboradores. Son acusados de haber sido ”informados sobre el atentado que se estaba preparando”, y las condenas que recaen sobre ellos van de dos a diez años de prisión. Según Krivitsky, Medved, condenado a dos años, fue deportado inmediatamente a un campo de concentración, siendo liberado antes de la extinción de la condena.[533] No obstante, en 1937, sería fusilado sin juicio junto con sus compañeros de banquillo. Trotsky y sus amigos desarrollaron atentamente en sus análisis la hipótesis de las responsabilidades directas de Stalin en el asesinato de Kírov y, en 1956, Jruschov confirmaría estos puntos al declarar: ”Podemos suponer que fueron fusilados para ocultar el rastro de los organizadores del asesinato de Kírov”.[534] Asimismo y con ocasión del XXII Congreso precisará que, entre aquellos hombres, se encontraban los mismos que escoltaban a Borisov cuando ocurrió el accidente que le había costado la vida.[535]

Estos juicios son los únicos a los que se da publicidad. Pero, a partir del 1 de diciembre, centenares de comunistas son detenidos Los deportados de Verjne–Uralsk presencian su llegada por tandas: entre ellos se encuentra Vuyovich, antiguo secretario de la Internacional de Juventudes Comunistas, Olga Ravich, colaboradora de Lenin en Suiza, Yonov, cuñado de Zinóviev, Anyshev, historiador de la guerra civil y varios centenares de miembros del Komsomol leningradense, conocidos en los campos de concentración como ”los asesinos de Kírov”. Víctor Serge y Deutscher calculan que el número de sospechosos detenidos se elevó a decenas de miles. En un discurso público Stalin reconocerá más adelante: ”Los camaradas no se contentaban con criticar y llevar a cabo resistencia pasiva, también amenazaban con provocar una insurrección en el partido contra el Comité Central. Además a algunos de nosotros nos amenazaban con balas. No hemos tenido más remedio que tratarlos con dureza”.[536] Durante el XXII Congreso, Jruschov se limitará a decir: ”Las represalias masivas se iniciaron tras el asesinato de Kírov”.[537]

La organización del dispositivo del terror

Numerosos historiadores han considerado que el año 1935–36 continuó reflejando la oscilación entre la línea ”dura” y la línea ”liberal”. De hecho, tras los negros años que mediaron entre 1930 y 1933, surgen determinados elementos de distensión en la situación política: antiguos oposicionistas arrepentidos siguen ejerciendo funciones importantes y la conciliación prometida en el XVII Congreso parece llevarse a cabo. Piatakov es el verdadero responsable de la industria pesada, Rádek es el portavoz oficioso de Stalin en cuanto a la política exterior, Bujarin dirige Izvestia; él y Rádek serán los verdaderos redactores de la nueva constitución promulgada en 1936 y elaborada durante 1935. La supresión del racionamiento acaecida el 1 de enero de 1935, corresponde de una verdadera estabilización de la producción agrícola: el alza de los precios de las mercancías liberadas, no compensada por la subida de los salarios, supone una importante concesión a la población integrada en los koljoses. El éxito del movimiento stajanovista es un hecho, a pesar de la resistencia de los obreros; en consecuencia el número de privilegiados se amplía.

Pero también se producen muchos otros fenómenos contradictorios. Todos los miembros de la oposición son deportados al expirar su pena de cárcel y ello cuando no son condenados de nuevo. La prensa oficial intenta implicar a Trotsky en los últimos acontecimientos aduciendo unas declaraciones de Nikoláiev según las cuales éste había recibido 5.000 rublos en pago del asesinato de Kírov de manos del cónsul de Letonia, supuesto agente de Trotsky.

Kuibyschev muere el 26 de enero de 1935. El 1 de febrero Mikoyán y Chubar ingresan en el Politburó, Zhdánov y Eije adquieren la calidad de suplentes. Yezhov sustituye a Kírov en el secretariado del Comité Central y Kaganóvich lo hace en la presidencia de la Comisión de Control; éste último va a dedicarse en lo sucesivo a la reorganización de los transportes. Toda una serie de hombres jóvenes, pertenecientes a la generación post–revolucionaria que han ascendido dentro del aparato a la sombra de Kaganóvich, acceden al primer plano: Zhdánov toma el relevo de Kírov y Nikita Jruschov es nombrado primer secretario del partido en Moscú el día 9 de marzo.

A posteriori resulta difícil negar que se había preparado cuidadosamente una ola represiva; este es el caso si se examinan las medidas legislativas adoptadas durante la primera mitad del año 1935: un decreto del 30 de marzo castiga con cinco años de cárcel la tenencia o posesión de un cuchillo o de cualquier tipo de arma blanca.

El día 8 de abril se hace extensiva la aplicación de las penas de derecho común, incluida la pena de muerte, a los niños de doce años. El día 9 de junio se castiga con pena de muerte el espionaje y la salida al extranjero; los miembros de la familia mayores de edad que no hayan denunciado un crimen son considerados como cómplices y pueden incurrir en condenas que van de dos a cinco años de cárcel y a las que se apareja la confiscación de todos sus bienes. Si consiguen probar que ignoraban la intención del criminal, todavía pueden ser objeto de cinco años de deportación. De esta forma queda establecida, la responsabilidad familiar colectiva.

Otras disposiciones sirven igualmente para adivinar qué dirección van a tomar los golpes. El 25 de mayo de 1935 se disuelve la Sociedad de los Viejos bolcheviques. Malenkov es el encargado de la investigación de sus actividades y del exhaustivo examen de sus archivos. Un mes después, se aplica la misma medida a la Sociedad de Antiguos forzados y presos políticos; esta vez es Yezhov el responsable de la investigación. La depuración de las Juventudes Comunistas prosigue en todo el país. El 7 de junio de 1935, a instancias de Yezhov, el Comité Central expulsa de su seno y del partido, como ”políticamente degenerado” al viejo bolchevique georgiano Avelii Yenukidze. Zhdánov en Leningrado y Jruschov en Moscú ofrecerán idénticas explicaciones, acusándole de ”liberalismo”: parece ser que la verdadera causa fue el hecho de aprovechar su alto cargo de secretario del Ejecutivo de los Soviets para ”proteger trotskistas”. Todas estas medidas no se ocultan ante la opinión pública pero, en secreto, continúan las detenciones e incluso los juicios: de esta forma es juzgado y condenado, de nuevo, Kámenev, el día 27 de julio de 1935 por un supuesto complot contra Stalin, a cinco años más de detención. Su hermano, el pintor Rosenfeld, ha sido el principal testigo de cargo.

Una serie de nuevas depuraciones van a conmover el partido después del asesinato de Kírov. Una carta que lleva por titulo ”Lecciones de los acontecimientos relacionados con el asesinato del camarada Kírov” es enviada por entonces a todas las organizaciones del partido para ser leída y discutida. Una carta secreta del día 17 de febrero, enviada por el departamento de cuadros, pide que se lleve a cargo un informe sobre la discusión, sobre el número de ”comunistas desenmascarados como zinovievistas, trotskistas, elementos de dos caras y extranjeros” [538]: naturalmente esta carta provoca la expulsión de una nueva remesa de militantes. Una circular secreta, fechada el 13 de mayo de 1935[539] prevé una comprobación, de la calidad de todos los miembros del partido que habrá de llevarse a cabo en el curso de una serie de reuniones de célula cuya atmósfera, si nos atenemos a la descripción que de ella dan los documentos de Smolensk, viene a ser la de histéricas cazas de brujas. En el radio de Smolensk de 4.100 miembros examinados, 455 son expulsados tras 700 denuncias orales y 200 por escrito: solamente dos de los expulsados pertenecen al aparato del partido; la mayoría son empleados de la administración soviética, 93; a la económica pertenecen 145, otros 98 son obreros y 64 estudiantes.[540]

Una circular de Chilman, fechada el 21 de octubre de 1935, revela que los expulsados del partido, en general han sido despedidos de su trabajo y que no se les autoriza a ejercer una nueva ocupación. Insiste para que tales medidas sean interrumpidas pues, ”amenazan con suscitar una excesiva animosidad”. Sólo deben ser expulsados ”los enemigos desenmascarados de forma inequívoca”, a los que sería conveniente detener o exilar.[541] A principios de 1936, una circular del Comité Central prevé una nueva depuración con ocasión de la renovación de todos los documentos y carnets del partido. En Smolensk esta medida tendrá como blanco fundamental a algunos obreros jóvenes y a ciertos ”nuevos oposicionistas desenmascarados” como el responsable del partido en la central eléctrica, convicto de haber declarado que ”la situación material de los obreros había empeorado” cuando ya había sufrido anteriormente reprimendas por ”sus tendencias izquierdistas” y por buscar la compañía de un vecino trotskista. En la fábrica Rumiantsev, la NKVD detiene a un grupo de obreros, calificados como ”trotskistas” por el informe emitido y acusados de ”actividad contrarrevolucionaria”: otros muchos obreros serán expulsados posteriormente por haber tenido relación con ellos.[542]

Al comentar, a principios de 1936, las informaciones recibidas desde todas las regiones de la U.R.S.S. acerca de las detenciones de jóvenes obreros y estudiantes y las declaraciones de Mólotov al periódico Le Temps acerca del terrorismo en la U.R.S.S., Trotsky escribe: ”En los comienzos del poder de los soviets, dentro del ambiente de la guerra civil que aun duraba, los socialistas revolucionarios y los Blancos cometían actos terroristas. Cuando las antiguas clases dirigentes perdieron toda esperanza, el terrorismo también desapareció. El terror kulak, del que hoy todavía se aprecian algunos restos, siempre ha tenido carácter local y constituía un complemento de la guerra de guerrillas que se llevaba a cabo contra el régimen soviético. Mas esto es no a lo que se refiere Mólotov. El actual terror no se apoya ni sobre las antiguas clases dominantes ni sobre el kulak. Los terroristas de estos últimos años se reclutan exclusivamente entre la juventud soviética, en las filas de las Juventudes Comunistas y del partido. Absolutamente incapaz de resolver los problemas que él mismo se asigna, no por ello el terror deja de constituir una especie de síntoma de considerable importancia puesto que caracteriza la intensidad del antagonismo existente entre la burocracia y la gran masa del pueblo y en particular de la joven generación. El terrorismo es el trágico complemento del bonapartismo. Individualmente, todos los burócratas temen el terror, mas la burocracia en conjunto lo explota con éxito para justificar su monopolio político”. Trotsky basa en este análisis su descripción de las tareas que asigna a los revolucionarios de la U.R.S.S.: ”El bonapartismo atemoriza a los jóvenes, hay que agruparlos bajo la bandera de Marx y Lenin. Hay que trasladar a la vanguardia de la joven generación desde la aventura del terrorismo individual, método de desesperados, hasta la amplia vía de la revolución. Es preciso educar nuevos cuadros bolcheviques que tomen el relevo de un régimen burocrático en avanzado estado de descomposición”.[543]

Una oposición generalizada

Numerosos comentaristas han opinado que estas perspectivas resultaban demasiado optimistas, no obstante, los archivos de Smolensk han aportado un testimonio irrefutable de la amplitud cobrada por la hostilidad latente entre los jóvenes y entre una vanguardia obrera cuya conexión con la corriente de ideas aportadas por la oposición, no resultaba en absoluto inverosímil en vísperas de 1936, buena prueba de lo cual era la importancia del precio que había pagado Stalin para impedirla.

El informe elaborado por Kogan, secretario regional de las Juventudes Comunistas, así como los informes dados por los responsables sobre la caza de elementos ajenos a la clase obrera dentro de la organización tras el asesinato de Kírov, arrojan cierta luz sobre el descontento de la generación joven, menos prudente y más impaciente, que expresa abiertamente su hostilidad hacia Stalin. Unos estudiantes han desgarrado su retrato recubriéndole con la inscripción: ”El partido se avergüenza de tus mentiras”. Un grupo de jóvenes campesinos ha improvisado unos versos que dicen: ”Cuando mataron a Kírov, liberaron el comercio del pan: cuando maten a Stalin se repartirán los koljoses”. Un director de la escuela de Juventudes, instructor y responsable, recuerda el testamento de Lenin y su consejo de eliminar a Stalin. Un maestro de escuela afirma que, con Stalin, el partido se ha convertido en un gendarme. Un estudiante de diecisiete años dice: ”Han matado a Kírov; que maten a Stalin ahora”. Entre las juventudes se habla de la oposición con simpatía. Un obrero dice: ”Ya basta de calumniar a Zinóviev, ha hecho mucho por la revolución”. Un delegado de propaganda se niega a admitir que Zinóviev tenga algo que ver con el ”affaire” Kírov. Un instructor del comité de radio sostiene los puntos de vista de la oposición conjunta.[544]

Tales ideas son expresadas también por obreros adultos. Así, en la empresa de construcción Medgorosk de Smolensk, un carpintero llamado Stefan Danin declara con la aprobación de los hombres de su cuadrilla: ”Debemos permitir la existencia de varios partidos políticos entre nosotros como en los países burgueses; de esta forma estarán más capacitados para señalarle sus errores al partido comunista. La explotación no ha sido erradicada entre nosotros: los comunistas y los ingenieros utilizan y explotan a gente que les sirve de criados. De todas formas, los trotskistas Zinóviev y Kámenev no serán fusilados ni deben serlo porque son viejos bolcheviques”. Al funcionario que les pregunta quién es, en su opinión, un viejo bolchevique le contestan: ”Trotsky”.[545]

Los problemas obreros, las cuestiones salariales, de vivienda, de abastecimientos y de relaciones con los responsables revelan la misma situación explosiva a nivel de las empresas. Las actas de las reuniones del partido en la fábrica de aviación núm. 35 de Smolensk revelan que, sobre un total de 144 miembros del partido, 90 son udarniki, es decir trabajadores de élite que se benefician de numerosos privilegios como raciones extra, entradas para los espectáculos y viviendas más espaciosas.[546] Las reuniones registran la creciente oposición de los obreros ordinarios a los stajanovistas: no sólo éstos son en su opinión unos privilegiados, sino que además sus récordes representan una verdadera amenaza puesto que sirven de argumento a la dirección para aumentar los mínimos y los criterios de productividad sin aumentar los salarios.

La mayoría de los peones y obreros especialistas se dirigen a veces, por encima de sus responsables inmediatos, al secretario regional. Los obreros de la fábrica Rumiantsev, principal empresa metalúrgica de Smolensk, se quejan ante Rumiantsev, secretario regional de los cuadros comunistas de la empresa, de Egorov, secretario del partido y de Metelkova, presidente del comité de fábrica.[547] Los del taller número 2 escriben: ”Si no intercede usted, abandonaremos el trabajo. No podemos seguir trabajando. Nos sentimos oprimidos. No ganamos nada – de rublo y medio a dos rublos – porque los dirigentes no se preocupan más que de ellos mismos, reciben sus salarios y se conceden asimismo sus primas. Metelkova se pone de su parte. Para esta gente hay balnearios, casas de reposo y sanatorios pero para los obreros no hay nada”.[548] Otros obreros de la misma fábrica denuncian en la persona de Metelkova que ”ha cerrado los ojos y los oídos del partido” y en la de Egorov, a los ”comunistas que se han burocratizado, que se han hinchado de vanidad”, a los ”grandes magnates que se han separado de las masas y que no quieren mover ni un dedo a pesar de saber lo que ocurre y de haber sido informado mil veces”.[549] A su vez Metelkova se dirige a Rumiantsev para defenderse y clamar desesperadamente contra ”la acusación de ser una burócrata insensible a las necesidades de los obreros”. Tomando el ejemplo de las viviendas escribe: ”Debe haber muchos descontentos en la fábrica puesto que hemos inspeccionado 843 viviendas obreras descubriendo que existen 143 obreros que necesitan una casa pues viven en unas condiciones ínfimas y que 205 pisos necesitan reparaciones. En la actualidad estamos reparando 40 habitaciones, conforme al plan, con un coste de 10.000 rublos, naturalmente los otros seguirán descontentos. Estos acuden al comité de fábrica, solicitan reparaciones y viviendas y yo me veo obligada a negarme a sus peticiones (...) Esta es la razón de que me haya decidido a escribirle a usted para que (...) no piense que soy una burócrata o una militante sindical insensible”.[550]

Ni Metelkova ni Rumiantsev pueden hacer nada. Al mismo tiempo que considera que los ataques de los obreros revelan ”el método del enemigo para desacreditar a los dirigentes”, Rumiantsev terminará por atacar a Metelkova en el periódico del partido llamándola – cómo no – ”burócrata insensible”: el sacrificio de chivos expiatorios sustituye a las concesiones que estos dirigentes no pueden ni quieren hacer por temor a poner en peligro sus propias funciones de dirigentes. El descontento de los obreros no cualificados y semi-cualificados es tan profundo y tan auténtico que debe ser ahogado por completo no llegando jamás a ser expresado en público en forma política ni siquiera velada. Ahora bien, en sus posibles iniciativas, amenaza con unirse a otros elementos, inclusive con las capas inferiores de la burocracia. Las reacciones del obrero Danin y las de los jóvenes comunistas demuestran que en 1935–36 existía el peligro real de una coincidencia entre una vanguardia obrera que trataba de encontrarse a sí misma y las ideas de la oposición.

Una circular fechada el 7 de marzo de 1935, ordena que se retiren de todas las bibliotecas públicas los libros de Trotsky, Zinóviev y Kámenev; el 21 de junio otra amplia el índice de autores proscritos incluyendo a Preobrazhensky, Saprónov, Zalutsky y otros más.[551] Entre los oposicionistas, el antiguo marino de Kronstadt Pankratov y el economista Pevzner, se ven implicados en una misteriosa ”conspiración de las prisiones”. Elzear Solnzev, que había sido condenado en 1928 a tres años de incomunicación y más tarde a dos años de reclusión por decisión administrativa, siendo deportado de nuevo tras esos cinco años, es detenido de nuevo tras la muerte de Kírov y condenado, sin juicio, a cinco años de cárcel. Emprende entonces una huelga de hambre y muere en el hospital de Novosibirsk en enero de 1936. Todos los demás irreconciliables de la oposición como el historiador Yakovin, el sociólogo Dingelstedt, los hermanos Papermeister, antiguos partisanos de Siberia, el antiguo presidente del Soviet de Tiflis Lado Dumbadze, los veteranos Lado Yenukidze y V. Kossior, el obrero curtidor Bykz, organizador junto con Dingelstedt de la huelga del hambre de Verjne–Uralsk en 1934 y los decemistas Saprónov y Vladimir Smirnov, vuelven a ser condenados de oficio y desaparecen en las cárceles.

De los deportados de la oposición sólo tres conseguirán llegar al extranjero antes de la Guerra Mundial: Ciliga, liberado al expirar su condena por ser ciudadano italiano, Victor Serge, escritor de lengua francesa, que lo fue tras una campaña organizada entre los intelectuales occidentales y un obrero ruso que firma con el nombre de Tarov en el Boletín de la Oposición. Este último, que protagonizó una verdadera proeza al evadirse a través de la frontera con el Irán, desaparecía años más tarde en Francia durante la guerra: según algunas informaciones incomprobables, formó parte de los veintitrés FTPh3[552] del grupo mamouchian que fueron fusilados por los nazis en Paris el día 21 de febrero de 1944. La suerte que corrieron los demás sólo es un avance de los que había de afectar a decenas de miles de comunistas, oposicionistas arrepentidos o fieles estalinistas. Pues, en efecto, la ola de terror que están preparando, desde el affaire Kírov, Stalin y los hombres que ha situado en los puestos clave como Nicolás Yezhov y Jorge Malenkov fundamentalmente, va a abatirse en primer lugar sobre los restos de la generación revolucionaria de octubre de 1917.

XV. Los procesos de Moscú

Todo parece indicar que durante el año 1935 se inició la preparación de los grandes procesos contra la Vieja Guardia. Los archivos de la Sociedad de Viejos Bolcheviques y los de la Asociación de Antiguos Forzados son examinados cuidadosamente por las comisiones que encabezan Yezhov y Malenkov. Algunos de los hombres que pronto serán condenados como Zinóviev, Kámenev, Yenukidze y Smirnov, se encuentran desde hace cierto tiempo en manos de la NKVD. La Pravda del. 5 de junio de 1936 abre el nuevo período con el siguiente propósito: ”Con mano firme seguiremos destruyendo a los enemigos del pueblo, a los monstruos y furias trotskistas, sea cual fuere el hábil camuflaje con que se escondan”. El día 29 de julio, el secretariado envía a todos los organismos locales una circular cuyo texto aún nos es desconocido pero cuyo titulo figura en los archivos de Smolensk; se refiere a ”la actividad terrorista del bloque trotskista–zinovievista contrarrevolucionario”.[553]

La maquinaria ha entrado en funcionamiento y, a partir 1 de agosto, la prensa aparece repleta de informaciones que narran la desarticulación de todo tipo de complots y de ”conspiraciones contrarrevolucionarias, todos ellos de carácter trotskista–zinovievista”, así como, la detención, en todas las repúblicas de la U.R.S.S., de estudiantes, periodistas, jóvenes comunistas y obreros, como el grupo de ”trotskistas” acusado de haberse apoderado de la organización del partido en el célebre radio de Vyborg, en Leningrado. El día 14, toda la prensa publica simultáneamente la información de que se va a iniciar un nuevo proceso contra Zinóviev y un decreto que parece reconsiderar las drásticas medidas de la ley de diciembre de 1934, puesto que restablece la publicidad de las audiencias, la asistencia de abogados y la posibilidad de un recurso ante el Ejecutivo contra las sentencias durante los tres días siguientes a la emisión del veredicto. El día 19 se inicia el ”proceso de los Dieciséis”, el primero de los ”procesos de Moscú”.

El proceso de los Dieciséis

El acta de acusación se publica el mismo día y es presentada por el fiscal Vishinsky ante el tribunal militar de la Suprema Corte de la U.R.S.S., integrado por tres jueces militantes y presidido por Ulrich. A primera vista, los dieciséis acusados forman un conjunto un tanto heterogéneo. Entre ellos se encuentran cuatro de los más distinguidos de la Vieja Guardia, los antiguos dirigentes de la ”Nueva Oposición”, Zinóviev, Kámenev, Evdokímov y Bakáiev que ya han sido condenados varias veces, una de ellas por complicidad en el asesinato de Kírov; a su grupo pueden asimilarse también las personalidades menos conocidas de algunos veteranos responsables como Pickel, antiguo secretario de Zinóviev, y Reingold, colaborador de Sokólnikov en finanzas, ya que ambos fueron miembros de la oposición conjunta. Los antiguos trotskistas de la oposición de 1923 y de la oposición conjunta integran un segundo grupo: Iván Nikitich Smirnov y Sergio Mrachkovsky, antiguos dirigentes de la oposición que renunciaron a la lucha en 1928–29. Dreitser fue oficial del Ejército Rojo e íntimo colaborador de Trotsky al que apoyó durante la lucha de 1926–27 y por último Ter–Vaganián es un escritor y periodista perteneciente a la joven generación; ambos capitularon en la misma época. Golzman es un alto funcionario que ha visitado a Trotsky durante su período de deportación y que, a pesar de sus simpatías por la oposición, no ha llegado a integrarse en ella. El último grupo de acusados está integrado por desconocidos cuyo pasado tortuoso será revelado en el curso del interrogatorio; ellos son: Olberg, Berman–Yurin, Fritz David y Moisés y Nathan Lurie. Todos estos hombres anuncian su propósito de declararse culpables declinando su derecho a ser defendidos por un abogado. La tesis de la acusación afirma que, hacia el final de 1932, Smirnov, Mrachkovsky y Ter–Vaganián, ”extrotskistas reintegrados”, constituyeron con Zinóviev y Kámenev un ”centro” con el fin de preparar y ejecutar atentados terroristas contra los dirigentes del partido y del Estado. Con este fin, Trotsky y Sedov enviaron a la U.R.S.S. un cierto número de terroristas, los seis desconocidos del banquillo de los acusados, provistos de pasaportes y visados suministrados por la Gestapo. El centro transmitió, por medio de Zinóviev, la orden dada por Trotsky de matar a Kírov. No hay pruebas materiales: el acta de acusación se apoya únicamente en las declaraciones de los acusados que parecen haber sido obtenidas recientemente ya que Kámenev no ha declarado hasta el 13 de Julio, Mrachkovsky hasta el 20, Hickel hasta el 23 y los demás en vísperas del juicio como Evdokímov que lo ha hecho el 12 de agosto, Smirnov el 13 y Ter–Vaganián, el 14.

Los contactos del centro con Trotsky son ratificados por Golzman que afirma haber sostenido en noviembre de 1932 una entrevista con Sedov en el Hotel Bristol de Copenhague y, más adelante, con el propio Trotsky en la misma ciudad, recibiendo de él instrucciones para fomentar el terrorismo. Mrachkovsky declara que, en diciembre de 1934, recibió, por mediación de Dreitser que había visto a Sedov en Berlín, una carta de Trotsky escrita con tinta simpática en la que se determinaba el objetivo fundamental, a saber ”el asesinato de Stalin y de Voroshílov”. Moisés Lurie confiesa haber recibido en marzo de 1933, en Berlín, instrucciones de Trotsky por boca de Ruth Fischer y Maslow. Bakáiev se acusa de haber supervisado los preparativos del asesinato de Kírov. Otros acusados declaran haber preparado atentados contra diversas personalidades como Stalin, Voroshílov, Kaganóvich, Zhdánov, Ordzhonikidze, Kossior y Postishev. Los dirigentes reconocen haber participado personalmente en la organización de tales crímenes. ”Ardíamos en el odio”,[554] afirma Zinóviev después de la explicación de Kámenev: ”Lo que nos ha guiado es un odio sin límites contra la dirección del partido y el país, la sed de poder”.[555]

El fiscal Vishinsky solicita la pena de muerte para ”estos payasos, estos pigmeos”, ”estos aventureros que, con sus pies llenos de barro, han intentado pisotear las flores más perfumadas de nuestro jardín socialista” [556]: ”Hay que fusilar a estos perros rabiosos”. La prensa corea la requisitoria con idéntico estilo; el 23 de agosto, Izvestia escribe: ”No tienen en el alma más