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JAMES P. CANNON
(1942)

Historia del Trotskismo norteamericano

 

 

Conferencia VII
El giro al trabajo de masas

 

 

 

 

He remarcado que la más importante de todas las cuestiones para un grupo político o un partido, una vez que haya elaborado su programa, es dar la respuesta correcta a la pregunta: ¿qué hacer luego? La respuesta a esta cuestión no puede ser determinada simplemente por el deseo o la voluntad del partido o de la dirección del partido. Está determinada por las circunstancias objetivas y las posibilidades inherentes en esas circunstancias.

Hemos discutido los primeros cinco años de nuestra existencia como una organización trotskista en los Estados Unidos. Durante aquel tiempo nuestros pequeños números, el estancamiento general en el movimiento obrero, y la completa dominación de todos los movimientos radicales por el PC, nos impusieron la posición de fracción del PC. Así esas circunstancias hicieron que obligatoriamente nuestro trabajo primario sea la propaganda antes que la agitación de masas. Como ya había señalado, en la terminología marxista hay una aguda distinción entre propaganda y agitación, una distinción que no es tal en el lenguaje popular. La gente comúnmente describe como propaganda algún tipo de publicidad, agitación, enseñanzas, propagación de principios, etc. En la terminología del movimiento marxista, como fue definida más precisamente por Plejanov, agitación y propaganda son dos formas distintas de actividad. Él define la propaganda como la difusión de muchas ideas fundamentales a unas pocas personas; lo que nosotros posiblemente en Norteamérica estamos acostumbrados a llamar educación. Define agitación como la difusión de unas pocas ideas, o de una sola idea a mucha gente. La propaganda se dirige a la vanguardia; la agitación a las masas.

Hacia el fin de nuestra última conferencia llegamos a un quiebre de la situación objetiva en la que el partido venía trabajando. La Comintern había sido golpeada por la debacle de Alemania; y en la periferia del movimiento comunista estaba perdiendo su autoridad. Mucha gente anteriormente sorda a todo lo que podíamos decir, comenzó a interesarse en nuestras ideas y críticas. Por otro lado, las masas que habían permanecido dormidas y estáticas durante los primeros cuatro años de la catastrófica crisis económica, comenzaron a moverse de nuevo. La administración Roosevelt estaba en el gobierno. Había habido un leve reavivamiento de la industria. Los trabajadores fluían nuevamente a las fábricas, recuperando la confianza en sí mismos que habían perdido por un largo tiempo durante el terrible desempleo de masas. Hubo un gran movimiento hacia la organización sindical, y comenzaron a desarrollarse las huelgas. Este cambio oscilante en la situación objetiva le impuso tareas totalmente nuevas al movimiento trotskista, la Liga Comunista de Norteamérica, la Oposición de Izquierda, como nos llamábamos hasta entonces. La debacle de Alemania había confirmado la bancarrota de la Comintern y comenzado un movimiento de alejamiento de ella por parte de los trabajadores más avanzados y críticos. Por otro lado, la moribunda Socialdemocracia estaba comenzando a mostrar nueva vida dentro de sus alas izquierdas debido a la tendencia revolucionaria en los sectores juveniles y proletarios. Estaban creciendo movimientos independientes con una inclinación radical, compuestos de obreros y algunos intelectuales que habían sido repelidos del PC por su vida burocrática y aún no atraídos por la Socialdemocracia. El movimiento obrero norteamericano estaba despertando de su largo sueño, la parálisis abría camino a una nueva vida y a un nuevo movimiento. La organización trotskista en este país estaba enfrentada a una oportunidad y una demanda, inherente a la situación objetiva, de hacer un cambio radical en orientación y en tácticas. Esta oportunidad, como dije, nos encontró completamente preparados y listos.

No perdimos tiempo en adaptarnos a la nueva situación. Transformamos totalmente la naturaleza de nuestro trabajo y nuestros puntos de vista. Elevamos a la militancia con discusiones sobre los propósitos de la dirección de cambiar nuestro curso y romper con nuestros cinco años de aislamiento. Con nuestras limitadas fuerzas y recursos aprovechamos toda oportunidad para trabajar en esa empresa. Toda nuestra actividad de ahí en adelante estaba gobernada por un concepto general concretizado en el slogan: "Girar de un círculo de propaganda a un trabajo de masas" -y hacer esto en ambos campos, tanto el político como el económico.

Esta fue una de las grandes pruebas de la viabilidad de nuestro movimiento y de su firme fundamento principista; llevamos adelante una transformación uniforme y simétrica de nuestro trabajo en ambos campos. Fuimos al movimiento de masas en cada oportunidad sin caer en el fetichismo sindical. Nos preocupamos de cada signo y toda tendencia de un desarrollo a izquierda en otros movimientos políticos sin negar nuestro trabajo sindical. En el campo político nuestro slogan principal era el llamado a un nuevo partido y a una nueva internacional. Acercamos a otros grupos con los cuales habíamos estado previamente enfrentados como rivales y con los cuales no habíamos tenido previamente un contacto estrecho. Comenzamos a estudiar más atentamente a esos otros grupos, a leer su prensa, a que nuestros miembros tengan contactos establecidos de naturaleza personal con cuadros y militantes para aprender qué estaban pensando. Tratamos de familiarizarnos con todo matiz de pensamiento y sentimientos con esos otros movimientos políticos.

Buscábamos un contacto más estrecho y una cooperación con ellos en acciones conjuntas de una clase u otra, y hablábamos de amalgamas y fusiones que llevaran hacia la consolidación de un nuevo partido obrero revolucionario. En el campo económico, recogimos los primeros frutos dc nuestra política sindical correcta, en la que habíamos insistido por cinco años. Habíamos contrapuesto esa política a la política sectaria de sindicatos paralelos, expuesta por el PC durante su enfermedad infantil "Tercer Período", el período de su giro a la ultraizquierda. Del mismo modo, en contraposición a la política oportunista de la Socialdemocracia, la política de subordinar los principios para buscar tratos y acuerdos ficticios, influencia no real, habíamos dado una clara línea a todos los elementos militantes en el movimiento sindical que seguían nuestra prensa. Teníamos una considerable influencia en dirigirlos hacia la principal corriente sindical que en ese momento estaba representada por la American Federation of Labor (Federación del Trabajo de Estados Unidos, AFL).

A pesar del gran conservadurismo y la corrupción de la dirección de la AFL, insistimos en todo momento que los militantes no debían separarse de esta corriente importante del sindicalismo norteamericano y no debían establecer sindicatos propios, artificiales e ideales que estarían aislados de las masas. La tarea de los militantes revolucionarios, como la definimos, era penetrar en el movimiento obrero tal cual era y tratar de influenciarlo desde adentro. La AFL citó una convención en octubre de 1933. Esta convención, por primera vez en muchos años, registró una ola de crecimiento en número de miembros como resultado del despertar de los obreros, de las huelgas, y de la organización de campañas, las que 9 de 10 veces, eran iniciadas desde abajo. Los obreros fluían hacia los distintos sindicatos de la AFL sin el estímulo o la dirección de la burocracia anquilosada.

Preparando las notas para esta conferencia, le di un vistazo a algunos artículos y editoriales que escribimos en ese momento. No éramos meramente críticos. Nosotros no permanecimos meramente a un costado, explicando cuán fraudulentos y traidores eran los dirigentes de la AFL, aunque muchos lo eran sin ninguna duda. En una editorial escrita en conexión con la convención de octubre de 1933 de la AFL decíamos que el gran movimiento de masas dentro de los sindicatos puede ser seriamente influenciado sólo desde adentro. "De esto se sigue: entren en los sindicatos, permanezcan allí, trabajen adentro". Este pensamiento clave enmarcaba todos nuestros comentarios. Expandimos nuestras actividades sobre el campo político. The Militant de ese período, octubre-noviembre de 1933, reporta un tour del camarada Webster quien estaba en ese momento en el Secretariado Nacional de nuestra organización. Había regresado de Europa donde había visitado al camarada Trotsky y había asistido a una Conferencia Internacional de la Oposición de Izquierda después del colapso alemán. Su tour lo llevó al lejano oeste, a Kansas City y a Minneápolis, contando sobre la Conferencia Internacional proclamando el mensaje de un nuevo partido y de una nueva internacional, hablando a audiencias más grandes que las que habíamos conocido, adquiriendo nuevos contactos, dando consejos más amplios para el revivificado movimiento trotskista.

En noviembre, según The Militant, llamamos a un banquete en Stuyvesant Casino para celebrar el quinto aniversario del trotskismo norteamericano. A ese banquete vino como orador invitado uno de los antiguos líderes del PC quien había sido el instrumento de nuestra expulsión del partido 5 años antes. Este era el bien conocido Ben Gitlow, quien, habiendo hecho de la práctica de la expulsión algo popular, se convirtió él mismo en una víctima de ésta. Había sido expulsado junto con los otros lovestonistas. Cuatro años y medio más tarde rompió con los lovestonistas y anduvo dando vueltas como un comunista independiente. Como tal fue a nuestro banquete en el Stuyvesant Casino, el 4 de noviembre de 1933.

En octubre del mismo año, mientras estos acontecimientos empezaban a repercutir en el frente político, los trabajadores de la seda de Paterson iniciaron una huelga general. Nuestra pequeña organización penetró en esa huelga, trató de influenciarla, hizo nuevos contactos en ese proceso. Dedicamos una edición entera de The Militant, una edición especial, a la huelga da Paterson. Menciono esto como una ilustración sintomática de nuestra orientación en aquel período. Buscábamos y aprovechábamos cada oportunidad para sacar la doctrina del trotskismo fuera del estrecho círculo de propaganda de la vanguardia y llevarla en forma agitativa a la masa de obreros norteamericanos. En el frente político, en noviembre, The Militant publicó una editorial dirigida a la CPLA (Conference for Progressive Labor Action, Conferencia para la acción obrera progresista). La organización de Muste estaba por citar una convención donde se proyectaba que la CPLA se transformaría de una red de comités sindicales en una organización política. Estábamos justo sobre ese nuevo desarrollo. Escribimos una editorial en un tono muy amistoso, recomendándoles que en su convención tomaran en cuenta nuestra invitación a todos los grupos políticos independientes radicales para discutir la cuestión de formar un partido unificado, y sugiriéndoles especialmente que se interesen en la cuestión del internacionalismo. La CPLA no había sido sólo un estricto grupo sindical, sino también un estricto grupo nacional sin contactos internacionales y sin mucho interés en asuntos internacionales. En ese editorial les remarcábamos que cualquier grupo que aspire a organizar un partido político independiente debe interesarse como un requerimiento fundamental en el internacionalismo y tomar posición sobre las cuestiones internacionales decisivas.

Observo que en noviembre tuvimos una editorial titulada "Frente único contra el patoterismo". Esto fue escrito en conexión con un mitín que había sido citado en Chicago donde el camarada Webster hablaba. El PC había reiniciado sus tácticas de matonaje de los primeros años; una banda de stalinistas intentó interrumpir el mitín. Afortunadamente nuestro partido estaba preparado y les dio duro. El mayor éxito que lograron fue interrumpir el mitín hasta que los camaradas de seguridad los echaran. En conexión con ese hecho hicimos una editorial llamando a todas las organizaciones obreras a cooperar con nosotros en la organización de un frente único de piquete obrero para, como decíamos en la editorial, "defender la libre expresión en el movimiento obrero y darles una lección a aquellos que interfieran". Esporádicamente, en los 13 casi 14 años de nuestra existencia, los stalinistas han recurrido a sus intentos patoteriles para silenciarnos. No sólo los enfrentamos, sino que buscamos la asistencia de otros grupos para cooperar en la defensa. Aunque nunca triunfamos en formar algún frente único permanente de defensa, tuvimos triunfos parciales en cada ocasión. Fue suficiente para asegurarnos nuestros derechos y más adelante para mantenerlos. Esto es muy importante recordarlo en conexión con un nuevo intento de los stalinistas en una parte del país, para silenciarnos. En tiempos presentes, fuera de California, The Militant habla de un intento similar y ustedes ven nuestro partido actuando correctamente en la situación, formando frentes únicos, buscando apoyo y escandalizándolos por toda la ciudad, forzando a los stalinistas a retroceder. Nuestra gente está aún distribuyendo la prensa en los lugares prohibidos de California.

Leí en la edición del 16 de diciembre de 1933 de The Militant una declaración de un grupo de camaradas dc Brooklyn, dirigida al PC, anunciando su ruptura con el PC, denunciando las tácticas de matonaje de los stalinistas y sus falsas políticas, y declarando su adhesión a la Liga Comunista de América. Fue especialmente significativo sobre este panfleto particular el hecho de que el líder del grupo había sido el capitán de una patota del PC en Brooklyn. Había sido enviado con otros para romper los mitines callejeros de la Oposición de Izquierda. En el curso de la pelea él vio a nuestros camaradas no sólo defendiendo su terreno y devolviendo golpe por golpe, sino también haciéndoles propaganda política. Se lo captó en la línea de fuego. Esto ocurría continuamente.

Mucha gente que fue la más activa militante en los primeros días han sido jóvenes ignorantes stalinistas al comienzo. Ellos comenzaron peleando contra nosotros y después, como Saúl en el camino de Damasco, fueron iluminados por una luz brillante y convertidos en buenos comunistas, es decir, trotskistas. Esa es una cosa importante para recordar ahora si ustedes son atacados por stalinistas. Muchos de esos jóvenes stalinistas ignorantes enviados para atacarnos, no saben lo que están haciendo. En un tiempo captaremos a algunos de ellos si combinamos las dos formas de educación. Ustedes saben, en todo sindicato bien regulado hay comités de educación y comités de "educación", y ambos sirven a muy buenos propósitos. Unos planean las conferencias para la educación de los miembros y los otros proveen la educación a los "carneros" que no quieren escuchar conferencias.

Hay una leyenda de un debate sobre la actividad educacional en el Barbers Union de Chicago hace unos años atrás. Este sindicato tenía un comité "educativo" y parte de la obligación de sus miembros era encargarse de las vitrinas de las tiendas de los rompehuelgas. Ellos lo hacían en automóviles. Una ola de economía y radicalismo combinado sacudía el sindicato, y un radical poco práctico hizo una moción de quitarles los automóviles a los comités de "educación" para ahorrar dinero. Dijo: "Déjenlos andar en bicicleta". Un viejo respondió indignado: "¿Dónde mierda van a llevar las piedras en bicicleta?" Entonces les permitieron conservar sus automóviles, el comité de educación planeó un buen programa de conferencias en los mitínes del sindicato, y todo estuvo bien.

Hacia fines de 1933, un año lleno de eventos, comenzó un movimiento de organización entre los duramente presionados trabajadores de hoteles en Nueva York, quienes estuvieron sin protección sindical por años. Después de una serie de huelgas derrotadas y del trabajo desorganizador de los stalinistas, la organización sindical languideció. Se redujo primariamente a un pequeño sindicato independiente, una reliquia de los viejos tiempos, con unos pocos negocios bajo su control, y un sindicato "rojo" especial de los stalinistas. Este movimiento de reavivamiento de la organización nos ofreció la primera gran oportunidad en el movimiento de masas desde 1928. Tuvimos la oportunidad de penetrar en ese movimiento desde sus comienzos, de formar su desarrollo y eventualmente de tener la dirección de una gran huelga general de trabajadores de hoteles de Nueva York. El asunto terminó en una desagradable debacle por la incompetencia y la falta de confianza de algunos miembros de nuestro movimiento que estaban puestos en lugares claves. Pero la experiencia y las lecciones de aquel primer intento, que terminó tan desastrosamente, pagó un rico reembolso y aseguró triunfos posteriores para nosotros en el campo sindical. Estamos usando el capital de aquella primera experiencia en las cuestiones sindicales, aún en estos días.

Comenzó la campaña de organización de Hoteles y, como tan frecuentemente sucede en los desarrollos sindicales, la suerte jugó una parte. Por casualidad, unos pocos miembros de nuestro partido pertenecían a ese sindicato independiente que se volvió el medio de la organización de la campaña. Como los trabajadores de hoteles giraban hacia el sindicalismo en gran medida, este puñado de trotskistas se encontró en el medio de un oscilante movimiento de masas. Teníamos un camarada, un viejo militante sindical, y después de años de aislamiento repentinamente se encontró como una figura influyente. Después teníamos en el partido en aquel momento a un hombre llamado B.J. Field, un intelectual. Nunca había estado ligado a ningún trabajo sindical. Pero era un hombre con muchos atributos intelectuales, y en nuestro empuje general hacia el trabajo de masas, en nuestra dirección por el contacto con el movimiento de masas, Field fue asignado para ir a la situación hotelera para ayudar a nuestra fracción y para darle al sindicato el beneficio de su conocimiento como estadista, economista y lingüista.

Ocurría que el sector estratégicamente más importante en la situación hotelera era un grupo de chefs franceses. Por su posición estratégica en el sindicato y su prestigio como los más habilidosos, como es el caso con los mejores mecánicos en todos los lugares, jugaron un rol predominante. Muchos de esos chefs franceses no podían hablar o discutir cosas en inglés. Nuestro intelectual podía hablar francés con ellos. Esto le dio una extraordinaria importancia ante sus ojos. El viejo secretario dejaba su puesto, y antes de que cualquier persona supiera qué había ocurrido, los chefs franceses insistieron en que Field debería ser el secretario de esta promisoria unión, y él fue elegido, naturalmente eso significaba no sólo una oportunidad para nosotros, sino también una responsabilidad. La campaña de organización continuó con más fuerza. Nuestra Liga dio la ayuda más enérgica al comienzo. Yo participé personalmente bastante activamente y hablé en varios mitínes de masas de la organización. Después de cinco años de aislamiento en la esquina de calle 10 y 16, haciendo discursos innumerables para pequeños foros y reuniones internas, no sólo haciendo discursos sino también escuchando a otros oradores interminablemente yo estaba feliz de tener la oportunidad de hablar a cientos y cientos de trabajadores sobre sindicalismo elemental.

Hugo Oeheler, quien más tarde se transformó en un sectario bastante famoso, pero quien era un excelente sindicalista, y más aún un miembro de su oficio, fue enviado a esa rama a ayudar. En suma, un número de otros camaradas fueron asignados para ayudar en la campaña de organización. Publicamos la campaña en The Militant y dimos toda la ayuda que podíamos, incluido consejos y orientación a nuestros camaradas hasta que el movimiento culminó en una huelga general de los trabajadores hoteleros de Nueva York el 24 de enero de 1934. A invitación del comité de la unión hice el discurso principal del mitín de masas de los trabajadores de hoteles, la noche en que fue proclamada la huelga general. Más tarde, el Comité Nacional de nuestra Liga me asignó para dedicar todo mi tiempo a asistir y colaborar con Field y la fracción en el sindicato de trabajadores de hoteles. Algunos otros -una docena o más- fueron designados para ayudarme en todas las formas, desde piquetear a llevar mensajes, desde escribir propaganda a repartir, volantes, barrer los cuarteles principales, y en toda clase de tarea que les fuera requerida en esa situación.

Nuestra Liga salió con todo a la huelga, como lo habíamos hecho en la crisis alemana en la primera parte de 1933. Cuando la situación alemana llegó al punto de quiebre, sacamos The Militant tres veces a la semana para dramatizar los eventos y aumentar nuestro poder para golpear. Hicimos lo mismo en la huelga hotelera de Nueva York. The Militant era llevado por nuestros camaradas a todos los mitines y líneas de piquetes. Para que todo trabajador en la industria en huelga viera The Militant un día popularizando la huelga, dando el punto de vista de los huelguistas, exponiendo las mentiras de los patrones, y ofreciendo algunas ideas en el camino de hacer triunfar la huelga. Nuestra organización entera, en todo el país, fue movilizada para ayudar a la huelga de hoteles en Nueva York como tarea número uno; ayudar al sindicato que ganara la huelga y ayudar a nuestros camaradas a establecer la influencia y el prestigio del trotskismo en la lucha. Esa es una de las características del trotskismo. El trotskismo nunca hace algo por la mitad. Actúa de acuerdo al viejo móvil: lo que merece hacerse, merece hacerse bien. Ese fue el modo con que actuamos en la huelga hotelera. Pusimos todo en la tarea de hacerla triunfar. La organización entera de Nueva York fue movilizada; daban vuelta sus bolsillos buscando el último centavo para pagar el tremendo gasto de las tres veces a la semana de The Militant. Los camaradas en todo el país hacían lo mismo. Llevamos a la organización casi a un punto de quiebra para ayudar a aquella huelga.

Pero no nos hicimos fetichistas de los sindicatos. Simultáneamente con nuestra concentración en la huelga hotelera, hicimos movimientos decisivos en el frente político. The Militant del 27 de enero, la edición de la prensa que llevaba el primer reportaje de la huelga general publicó también una carta abierta dirigida a los Comités de Organización Provisionales del American Workers Party, que había establecido la CPLA en su conferencia de Pittsburg el mes precedente. En esa carta abierta tomamos nota de la decisión de su convención de emanciparse hacia la constitución de un partido político; propusimos abrir discusiones con el objetivo de llegar a un acuerdo sobre el programa de modo que pudiéramos formar un partido político unificado, poniendo sus fuerzas y las nuestras juntas en una organización. Es sintomático, es significativo, que la iniciativa siempre viene de los trotskistas. Esto no fue por nuestra superioridad personal o porque fuéramos menos tímidos que otra gente -siempre hemos sido lo suficientemente modestos- sino porque todo el tiempo sabíamos lo que queríamos. Teníamos un programa claramente definido y siempre estuvimos seguros de lo que estábamos haciendo, o al menos pensábamos eso. Eso nos dio confianza, iniciativa.

La huelga de hoteles tuvo un comienzo muy prometedor. Una serie de grandes mitines de masas fueron citados, culminando en un mitín de masas en el seno del Madison Square Garden con no menos de 10.000 asistentes. Allí tuve el privilegio de hablar como uno de los prominentes oradores del comité de huelga, con Field y otros. Nuestros camaradas en el sindicato estaban desde el comienzo en una posición de influenciar políticamente la huelga más decisivamente, aunque nunca tuvimos la política de monopolizar la dirección de la huelga. Nuestra política siempre ha sido proceder en cooperación con los líderes, y compartir responsabilidades con ellos para que la dirección de la huelga pueda ser realmente representativa de la base y responda sensitivamente a ella.

Naturalmente, la huelga comenzó a encontrar muchas de las dificultades que quebraron muchas huelgas en aquel período, particularmente las maquinaciones del Federal Labor Board. Se requerían reflejos políticos para evitar la ostensible "ayuda" de esas agencias gubernamentales para no ser transformados en los verdugos de la huelga. Nosotros teníamos suficiente experiencia política, sabíamos lo suficiente sobre el rol de los mediadores gubernamentales, teníamos algunas ideas sobre cómo tratar con ellos -no darles la espalda en una actitud sectaria, sino utilizar cada posibilidad que ellos pudieran proveer para traer a los patrones a la negociación; y hacer esto sin poner la mínima confianza en esa gente o darles a ellos la iniciativa.

Todo esto intentamos imprimir sobre nuestro brillante joven intelectual prodigio, B. J. Field. Pero él entretanto había sufrido algunas transformaciones; de nada, de pronto se convirtió en todo. Su foto estaba en toda la prensa de Nueva York. Era el líder de un gran movimiento de masas. Y tan extraño como parece, algunas veces estas cosas que son puramente externas, que no tienen nada que ver con lo que es un hombre por dentro, ejercen un profundo efecto sobre su autoestima. Ese, desafortunadamente, fue el caso de Field. Por naturaleza era bastante conservador, y de ninguna manera libre de un sentimiento pequeño burgués, de ser impresionado por representantes del gobierno, políticos, etc., a cuya compañía fue repentinamente empujado. Comenzó a llevar adelante sus negociaciones con esa gente, y a conducirse, generalmente, como un Napoleón según pensaba pero en realidad como un escolar. Ignoraba a la fracción de su propio partido en el sindicato -que es siempre el signo de un hombre que ha perdido su cabeza. Pero a menudo ocurre con miembros partidarios que son rápidamente proyectados a importantes posiciones estratégicas en sindicatos. Son capturados por la idea irracional de que son más que el partido, de que no necesitan más al partido. Field comenzó a ignorar a los militantes de su propia fracción partidaria quienes estuvieron correctamente a su lado y habían sido la máquina a través de la cual llevó adelante todo. No sólo eso. Comenzó a desconocer al Comité Nacional de la Liga. Nosotros lo podríamos haber ayudado un montón porque nuestro comité personifica no sólo la experiencia de una huelga sino de muchas, por no decir nada de la experiencia política que habría sido muy útil en negociar con el fraudulento consejo de trabajo. Queríamos ayudarlo porque estábamos tan metidos en la situación como él. Toda la ciudad, todo el país, de hecho toda la gente, estaba hablando sobre la huelga trotskista. Nuestro movimiento estaba a prueba ante el movimiento obrero del país. Todos nuestros enemigos estaban esperando los desastres, nadie quería ayudarnos. Sabíamos muy bien que si la huelga tenía un mal resultado la organización trotskista obtendría un ojo negro. No importaba cuánto podía alejarse Field de la política del partido, no sería Field el recordado y culpado por el fracaso, sino el movimiento trotskista, la organización trotskista.

Cada día que pasaba, nuestro imprudente intelectual se alejaba más de nosotros. Intentamos duro, con camaradería, en la forma más humilde, de convencer a esta figura agrandada que estaba dirigiendo no sólo a la huelga sino a él mismo a la destrucción, que estaba amenazando con llevar el descrédito sobre nuestro movimiento. Le rogamos que consultara, que viniera y conversara con el Comité Nacional sobre la política de la huelga, que estaba comenzando a debilitarse porque estaba mal dirigida. En vez de organizar la militancia, e ir así a las negociaciones con un poder detrás de él -la única cosa que realmente cuenta en las negociaciones cuando se cuentan los tantos- estaba moderando la militancia de las masas y pasando todo su tiempo corriendo de una conferencia a otra con esos corruptos del gobierno, políticos y escribanos laborales que no tenían otro propósito excepto quebrar la huelga.

Field se volvía más y más orgulloso. ¿Cómo podría él, que no tenía tiempo, bajar y encontrarse con nosotros? De acuerdo, le decimos, nosotros tenemos tiempo; lo encontraremos a la hora del almuerzo en el restaurante del cuartel general del sindicato. El no tenía tiempo siquiera para eso. Comenzaba a hacer observaciones disparatadas. Había un pequeño grupo político en la calle 16 y todo lo que tenían era un programa y un puñado de gente; y él estaba aquí con 10.000 huelguistas bajo su influencia. ¿Por qué se molestaría en tenernos en cuenta? Decía, "yo no podía tomar contacto con ustedes aún si quisiera, ni siquiera tienen un teléfono en su oficina". Esto era verdad, y realmente nos estremecimos bajo esa acusación -no teníamos teléfono. Aquella deficiencia era una reliquia de nuestro aislamiento, una sombra del pasado cuando no habíamos necesitado de un teléfono porque nadie quería llamarnos, y no podíamos llamar a nadie. Además en ese entonces, no podíamos pagar un teléfono.

En ese momento, la huelga hotelera comenzaba a aquietarse por falta de una política militante debido a una confianza rastrera en el Consejo del Trabajo, que estaba apuntando a quebrar la huelga. Los días eran perdidos en negociaciones inútiles con el alcalde de la Guardia, mientras la huelga estaba muriendo por falta de una dirección apropiada. Mientras tanto, nuestros enemigos estaban esperando para decir: "nosotros les dijimos esto, los trotskistas no son más que sectarios divisionistas. No pueden hacer trabajo de masas. No pueden dirigir una huelga". Fue un golpe muy duro para nosotros. Teníamos la chapa de dirigir la huelga, pero no la influencia para delinear su política, gracias a la traición de Field. Estábamos en peligro de comprometer a nuestro movimiento. Si hubiéramos disimulado lo hecho por Field y su grupo sólo habríamos llevado desmoralización a nuestras filas. Podíamos convertir a nuestro joven grupo revolucionario en una caricatura del Partido Socialista que tenía gente en todo el movimiento sindical pero no tenía seria influencia partidaria porque los sindicalistas del PS nunca se sintieron obligados hacia el partido.

Teníamos ante nosotros un problema fundamental que es decisivo para todo partido político revolucionario: ¿debían los dirigentes sindicales determinar la línea del partido y sentar la ley al partido, o debe el partido determinar la línea y sentar las leyes para los dirigentes sindicales? Este problema se planteó blanco contra negro en el medio de esa huelga. No lo evadimos. La acción decisiva que tomamos en ese momento coloreó todos los desarrollos futuros de nuestro partido en el campo sindical y fue una gran prueba para formar el carácter de nuestro partido.

Pusimos a Mr. Field a juicio en el medio de la huelga. Tan grande como era, le descargamos cargos en su contra por violar la política del partido y la disciplina partidaria, ante la organización de Nueva York. Tuvimos una fuerte discusión -creo que de dos tardes de domingo para darle a toda persona de la Liga la oportunidad de hablar. El gran hombre Field no apareció. No tenía tiempo. Por lo tanto fue juzgado en ausencia. Por esa época él había organizado una fracción pequeña de miembros de la Liga a los que llevaba por el mal camino, que se habían trastornado por la magnitud del movimiento de masas comparado con el tamaño de nuestro pequeño grupo de la Calle 16. Caían a los mitines de la Liga como oradores de Field, llenos de arrogancia e imprudencia y decían: "ustedes no pueden expulsarnos. Ustedes sólo se están expulsando del movimiento sindical de masas".

Como muchos sindicalistas antes que ellos, se sentían más grandes que el partido. Pensaban que podían violar la política del partido y quebrar la disciplina del partido con impunidad porque el partido no tendría coraje suficiente para disciplinarlos. Esto es lo que realmente sucedía en el Partido Socialista, y esta es una de las razones importantes por la que el Partido Socialista ha caído en esta patética debacle en el campo sindical. Todos sus grandes líderes sindicales, llevados al poder con la ayuda del partido, están aún ahí pero una vez en el poder nunca prestaron ninguna atención al partido o a su política. Los líderes obreros estaban por sobre la disciplina en el Partido Socialista. El partido nunca tuvo el coraje suficiente para expulsar a ninguno de ellos, porque pensaban que así perderían su "contacto" con el movimiento de masas. Nosotros no teníamos esa clase de pensamientos. Procedimos resueltamente a expulsar a Field y a todos aquellos que se solidarizaran con él en esa situación. Los echamos de nuestra organización en el medio de la huelga. A aquellos miembros de la fracción de Field que no querían romper con el partido, que acordaban con aceptar la disciplina del partido, se les dio una oportunidad para hacerlo, y son aún miembros del partido. Algunos de aquellos a quienes expulsamos permanecieron aún en el aislamiento político por años. Eventualmente, aprendieron las lecciones de aquella experiencia y retornaron a nosotros.

Esa fue una acción muy drástica, considerando las circunstancias de la huelga en desarrollo; y con esa acción sacudimos al movimiento obrero radical. Ninguna persona por fuera de nuestra organización soñó nunca que un pequeño grupo político como nosotros, confrontados con un miembro a la cabeza de un movimiento de 10.000 trabajadores, se atrevería a expulsarlo a esa altura de su gloria, cuando su foto estaba en todos los periódicos y parecía ser mil veces más grande que nuestro partido. Hubo dos reacciones al principio: una era sostenida por gente que decía: "esto significa el fin de los trotskistas: han perdido sus contactos y sus fuerzas sindicales"; estaban equivocados. La otra reacción, la importante, era sostenida por aquellos que decían: "los trotskistas son una cosa seria". Los que predicaban consecuencias fatales por la desgracia y la debacle de la huelga de hoteles pronto fueron refutados por los desarrollos posteriores. Muchos de los que vieron a este pequeño grupo político ponerle freno a un líder sindical "intocable" comenzaron a respetar a los trotskistas.

Gente seria fue atraída a la Liga, y nuestros miembros de conjunto se reafirmaron con un nuevo sentido de disciplina y responsabilidad hacia la organización . Después, sobre los talones del desastre de los hoteles, vino la huelga de la mina de carbón de Minneapolis. Antes de que la huelga hotelera se enfriara hubo un florecimiento en Minneapolis y una huelga de los obreros del carbón. Fue dirigida por ese grupo de trotskistas de Minneapolis que ya son conocidos para todos ustedes, y conducidos como un modelo de organización y militancia. La disciplina partidaria de nuestros camaradas en esa empresa -100 por ciento efectiva- no fue afectada ni en un pequeño grado, y reforzada por la desafortunada experiencia que tuvimos en Nueva York. Mientras que la tendencia de los líderes sindicales de Nueva York había sido empujar fuera del partido, en Minneapolis los líderes vinieron más estrechamente al partido y condujeron la huelga en el más íntimo contacto con el partido, ya sea local y nacionalmente

La huelga de la mina de carbón fue una ruidosa victoria. La política trotskista, llevada adelante por hombres capaces y leales, fue brillantemente reivindicada, e hizo mucho para contrabalancear las malas impresiones de la huelga de hoteles de Nueva York.

Siguiendo esos eventos, enviamos otra carta al American Workers Party proponiéndoles que nosotros enviaríamos un comité para discutir la fusión con ellos. Había elementos entre sus miembros que no querían hablar con nosotros. Eramos los últimos con quienes ellos querían unirse, pero había otros en el AWP que estaban seriamente interesados en unirse con nosotros para formar un partido más grande. Y, como nosotros nunca guardamos nuestros acercamientos en secreto, sino que siempre los imprimimos en la prensa donde podían leer los miembros del AWP, los dirigentes consideraron conveniente acordar en reunirnos. Las negociaciones formales para la fusión del AWP y la Liga Comunista comenzaron en la primavera de 1934.

Como ustedes saben, y como será relatado, este acercamiento y esas negociaciones eventualmente culminaron en una fusión del AWP y la Liga Comunista, y el lanzamiento de un partido político unido. Fue hecho no sin esfuerzos políticos ni dificultades y obstrucciones. Cuando uno se para a pensar que en la dirección del AWP en ese momento había gente como Ludwig Lore que es uno de los principales voceros en el frente democrático hoy, y que otro era un hombre como J. B. Salutsky-Hardman, uno puede rápidamente comprender que nuestra tarea no era fácil. Salutsky, literalmente el lacayo de Sidney Hillman y editor del órgano oficial del Amalgamated Clothing Workers (Sindicato textil), sabía bien quienes eran los trotskistas y no quería trato con ellos. Su rol en el AWP era prevenir su desarrollo, que sólo fuera un juguete; evitar su desarrollo en una dirección revolucionaria; sobre todo, mantenerlo libre del contacto con los trotskistas que son serios cuando hablan acerca de un programa revolucionario. A pesar de ellos, las negociaciones comenzaron.

Fuimos activos en otros sectores del frente político. El cinco de marco de 1934 fue citado el debate hist6rico entre Lovestone y yo en Irving Plaza. Después de cinco años, los representantes de las dos tendencias enemigas en el Movimiento Comunista se encontraron y cruzaron sus espadas otra vez. La balanza estaba pareja. Habían comenzado expulsándonos del PC como trotskistas, como "contrarrevolucionarios". Después, posterior a su propia expulsión, ellos nos despreciaron como una pequeña secta sin miembros ni influencia, mientras ellos comparativamente comenzaban con un movimiento más grande. Pero, en esos cinco años, los hemos cortado a nuestro tamaño. Estábamos creciendo, volviéndonos fuertes; ellos estaban declinando. Había un amplio interés en nuestra propuesta para un nuevo partido, y la organización lovestonista no estaba libre de esto.

Como resultado los lovestonistas encontraron necesario aceptar nuestra invitación para un debate sobre el tema. "Llamar por un nuevo partido y una nueva internacional" - ese era mi programa en el debate. El programa de Lovestone era: "Reformar y unir a la Internacional Comunista". Esto fue casi un año después de la debacle de Alemania. Lovestone aún quería reformar la Internacional Comunista, y no sólo reformarla sino unirla. ¿Cómo? Primero los lovestonistas se comprometerán en ello. Después nosotros, los trotskistas, que habíamos sido tan inceremoniosamente echados, seríamos readmitidos. Lo mismo a escala internacional. Para ese momento nosotros ya habíamos dado la espalda a la Comintern en bancarrota. Demasiado agua había pasado bajo el puente, demasiados errores se habían cometido, demasiados crímenes y traiciones, demasiada sangre había sido derramada por la Internacional Stalinista. Llamamos a una nueva internacional con una bandera sin mácula. Yo debatí por este punto de vista. Ese debate fue un tremendo triunfo para nosotros.

Había un amplio interés y tuvimos una gran audiencia. The Militant reporta que había 1500 personas y yo pienso que debió haber habido algo muy cercano a eso. Era la audiencia más grande a la que nosotros habíamos hablado sobre un hecho político desde nuestra expulsión. Era algo como los viejos tiempos estar peleando una vez más ante una audiencia real con un viejo antagonista, aunque ahora la lucha tenía lugar sobre un plano muy diferente, superior. En la audiencia, además de los miembros y adherentes de las dos organizaciones representadas por los polemistas, había muchos socialistas de izquierda y algunos stalinistas y unos cuantos independientes radicales, y miembros del AWP. Fue una ocasión crítica. Mucha gente, rompiendo con el stalinismo oscilaba entre los lovestonistas y los trotskistas al mismo tiempo. Nuestro slogan de un nuevo partido y una nueva internacional estaba más de acuerdo con la realidad y las necesidades, y ganó la simpatía de la gran mayoría de aquellos que se estaban alejando del stalinismo. Nuestro programa tenía muchas más fuerza, era mucho más realista, tanto que atrajimos prácticamente a todos los elementos oscilantes hacia nuestro lado. Los lovestonistas no pudieron hacer muchos progresos con su programa fuera de moda de "unificar" a la Comintern en bancarrota, después de la traición de Alemania.

El éxito de este debate sentó los pasos para una serie de conferencias sobre el programa y la IV Internacional. El hecho de que tuvimos que conseguir un hall más grande para nuestras conferencias que el que usábamos antes, es ilustrativo del despertar de nuestro movimiento. Tuvimos que movernos a Irving Plaza. La concurrencia a las conferencias eran tres o cuatro veces más grande que lo que estábamos acostumbrados en los cinco años de nuestro peor aislamiento.

El trotskismo se puso en el mapa político en aquellos días y estaba golpeando duro, lleno de confianza. The Militant de marzo y abril de 1934 reporta un viaje nacional de Shachtman, extendiendo por primera vez el camino a la costa oeste. Su tema fue: "El nuevo partido y la nueva internacional". El 31 de marzo de 1934, la tapa entera de The Militant fue dedicada a un manifiesto de la Liga Internacional Comunista (la organización trotskista mundial) dirigida a los partidos socialistas revolucionarios y grupos de ambos hemisferios, llamándolos a acudir al llamado por una nueva internacional contra la bancarrota de la Segunda y la Tercera Internacionales.

El trotskismo a escala mundial estaba en marcha. Nosotros en los Estados Unidos estábamos en movimiento. En verdad, estábamos a la cabeza de la procesión de nuestra organización internacional, aprovechando toda oportunidad y avanzando confiadamente en todos los frentes. Y cuando vino nuestra real gran oportunidad en el movimiento sindical, en la gran huelga de Minneapolis de mayo y de julio de 1934, estábamos completamente listos para mostrar lo que podíamos hacer, y lo hicimos.

 

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