Duncan Hallas

Leon Trotsky: socialista revolucionario

 

 

V
El legado

 

Trotsky escribió cierta vez que la esencia de la tragedia era el contraste entre grandes objetivos e insignificantes medios. Independientemente de lo que pueda decirse sobre esta generalización, ciertamente ella resume la propia situación de Trotsky durante sus últimos años de vida. El hombre que organizó la Insurrección de Octubre, que dirigió las operaciones del Ejército Rojo, que había lidiado –como amigo o enemigo– con los partidos obreros de masas (revolucionarios y reformistas) en el Comintern, se hallaba reducido a luchar para mantener unido a un puñado de grupos minúsculos, esparcidos por todas partes, todos ellos impotentes en la práctica para influir en el curso de los acontecimientos, incluso marginalmente.

Trotsky estuvo obligado a intervenir repetidas veces en centenares de disputas insignificantes entre media docena de pequeños grupos. Algunas de estas disputas implicaban claro, asuntos serios de principios políticos, pero incluso estos tenían sus raíces, como Trotsky llego a verlo con claridad, en el aislamiento de estos grupos con respecto al movimiento obrero y en la influencia en ellos del ambiente pequeño-burgués –porque ese era el ambiente al cual fueron empujados y al cual muchos de ellos ya se habían adaptado.

No obstante, Trotsky luchó hasta el fin. Inevitablemente, su aislamiento forzado y la imposibilidad de participar efectivamente del movimiento obrero, en el cual había desempeñado un papel clave, afectó hasta cierto punto su comprensión del curso que seguía una lucha de clases en constante cambio. Ni incluso su vasta experiencia y sus magníficas reflexiones tácticas podían sustituir completamente la falta de retroalmientación con los militantes implicados en las luchas del día a día, lo que solo era posible en un verdadero partido comunista. En la medida en que el período de aislamiento se prolongaba, esto se hizo más claro. Compárese su “Programa de Transición” de 1938 con aquel que sirvió de prototipo al mismo, el “Programa de Acción” para Francia de 1934. Si medimos cuan frescos, relevantes, específicos y concretos eran respecto de la lucha real, el “Programa” de 1934 era claramente superior.

Indudablemente, esto no se debía a “fallas” intelectuales. Algunos de los últimos escritos de Trotsky, como el titulado Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista, constituyen aportes claves al pensamiento marxista. Se debía más a la falta de contacto íntimo con cantidades significativas de militantes implicados en la verdadera lucha de clases.

No obstante, cuando Trotsky fue asesinado en Agosto de 1940 por el agente enviado por Stalin, dejó un movimiento. Fueran cuales fueran las debilidades y defectos que tenía dicho movimiento, y tenía muchos, era una enorme realización. El crecimiento del estalinismo y el triunfo del fascismo en la mayor parte de Europa, casi destruyeron toda huella de la auténtica tradición comunista en el movimiento obrero. La acción destructiva del fascismo fue directa: aplastó las organizaciones de los trabajadores donde quiera que llegó al poder. Dentro de la URSS el estalinismo hizo lo mismo, a través de métodos diferentes. Fuera de la URSS, el estalinismo corrompió y después efectivamente estranguló la tradición revolucionaria en tanto movimiento de masas.

Es difícil hoy tener noción de la fuerza que disponía el torrente de calumnias y mentiras que fueron hechas tanto contra Trotsky como contra sus seguidores en los años 30s. Todos los recursos de la propaganda de la URSS y de los partidos del Comintern fueron puestos a funcionar para denunciar a los “trotskistas” como agentes de Hitler, del Emperador japonés y de todo tipo de reacción. El asesinato de los viejos cuadros bolcheviques en la URSS (algunos luego de los espectaculares “juicios-shows”, y la mayoría de manera sumaria sin juicio alguno) fue presentado como un triunfo para las fuerzas “del socialismo y de la paz”, como decía la consigna estalinista de aquellos años.

Todos los débiles traidores, corruptos y ambiciosos del socialismo dentro de la Unión Soviética fueron contratados para hacer el trabajo sucio del capitalismo y del fascismo –decía el Informe del Comité Central al XV Congreso del Partido Comunista de Gran Bretaña en 1938. Al frente de toda destrucción, sabotajes y asesinatos, está el agente fascista Trotsky. Pero las defensas del pueblo soviético son fuertes. Bajo el liderazgo de nuestro camarada bolchevique Yezhov, el espionaje y la destrucción fueron expuestos al mundo y enfrentados a la justicia.[1]

Yezhov, que subiría la poder con el asesinato judicial de su predecesor, Yagoda, fue el jefe de la policía que presidió la masacre de los comunistas y de muchos otros en la URSS entre 1937-1938, en el momento máximo del terror estalinista. La línea oficial, expuesta por el propio Stalin, era que el “trotskismo es la punta de lanza de la burguesía contrarrevolucionaria en guerra contra el comunismo”.[2] Esta campaña masiva de mentiras, ayudada por numerosos “liberales” y “compañeros de viaje” socialdemócratas que fueron atraídos hacia los partidos comunistas luego de 1935, fue mantenida por más de veinte años. Sirvió para vacunar a los militantes de los partidos comunistas contra las críticas marxistas al estalinismo. De igual importancia para las pequeñas organizaciones revolucionarias de aquel tiempo, fue la desmoralización generalizada que provocó el colapso de los Frentes Populares y la aproximación de la Segunda Guerra Mundial. Trotsky exrpresó este hecho vívidamente en un discusión en la primavera de 1939:

No estamos progresando políticamente. Sí, esto es un hecho, el cual es expresión de la decadencia general del movimiento obrero en los últimos quince años. Esta es la causa más importante. Cuando el movimiento revolucionario en general está declinando, cuando una derrota sigue a otra, cuando el fascismo se disemina por el mundo, cuando el “marxismo” oficial es el más poderoso instrumento para engañar a los trabajadores, y así con todo, es inevitable una situación en la cual los elementos revolucionarios se encuentran obligados a marchar en contra de la corriente histórica general. Aunque nuestras ideas sean exactas y sabias, las masas no son educadas con pronósticos, sino por las experiencias de sus vidas. Esta es la explicación más general –la situación como un todo está contra nosotros.[3]

La pequeña Cuarta Internacional que sobrevivió en estas condiciones glaciares, bajo inspiración y dirección de Trotsky, se hallaba más atemorizada políticamente por la experiencia de lo que aparentaba. Posteriormente, sufrió mutaciones adicionales. No obstante, era la única tendencia auténticamente comunista de alguna importancia que sobrevivió a esa edad de hielo.

La situación mundial entre 1938 y 1940

En el centro de la visión de Trotsky sobre el mundo, en los últimos años de su vida, estaba la convicción de que el sistema capitalista estaba próximo a su último suspiro.

Las condiciones económicas necesarias para la revolución proletaria ya alcanzaron, en general, el más alto grado de maduración posible bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad dejaron de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos ya no producen un crecimiento de la riqueza material

Bajo las condiciones de la crisis social de todo el sistema capialista, las crisis coyunturales sobrecargan a las masas de privaciones y sufrimientos cada vez mayores. El crecimiento del desempleo profundiza, a la vez, la crisis financiera del Estado y debilita los inestables sistemas monetarios. Los gobiernos, tanto democráticos como fascistas, van de una bancarrota en otra.[4]

De hecho, esta era una buena descripción del estado en que se encontraba en aquella época la mayor parte de la economía mundial. Como se ha dicho, Trotsky estaba profundamente impresionado por el contraste entre este estancamiento y el acelerado crecimiento de la URSS (había otras excepciones importantes también, las cuales Trotsky no tomó en cuenta: la producción industrial de Japón se duplicó entre 1927 y 1936 y luego continuó creciendo, mientras que en la Alemania de Hitler el desempleo prácticamente desapareció en el marco del impulso armamentista).

Pero Trotsky buscaba algo más que una descripción de la coyuntura mundial. Consideraba que la situación del capitalismo era irreparable. “La desintegración del capitalismo alcanzó límites extremos, igual que la desintegración de la vieja clase dominante. La continuidad de este sistema es imposible”,[5] escribía en 1939.

Siendo así, los partidos obreros reformistas no podrían conquistar mayor respaldo, “cuando cada reivindicación seria de la clase trabajadora, e incluso cada reivindicación de la pequeña burguesía, conducen, inevitablemente, más allá de los límites de las relaciones de propiedad capitalistas y del Estado burgués”,[6] como decía el Programa de 1938.

Pero esto no significaba que los partidos reformistas de masas desaparecieran automáticamente –la inercia histórica y la falta de una alternativa clara los preservarían por algún tiempo. Pero ellos ya no tenían ninguna base segura. Habían sido desestabilizados. El estallido de la guerra y la crisis de posguerra los destruiría.

Según Trotsky, esta previsión incluía a los partidos comunistas.

El pasaje definitivo del Comintern hacia el lado del orden burgués, y su papel cínicamente contrarrevolucionario alrededor del mundo, particularmente en España, Francia, Estados Unidos y otros “países democráticos”, creó dificultades suplementarias excepcionales para el proletariado mundial. Bajo la bandera de la Revolución de Octubre, las políticas conciliadoras prácticadas por los “Frentes Populares” condenan a la clase trabajadora a la impotencia.[7]

El había sostenido desde 1935 que “ya nada distingue a los comunistas de los socialdemócratas, excepto la fraseología, la cual no es difícil de cambiar”.[8] La realidad, no obstante, se mostraría más compleja, un hecho que acabó por llevar a la Cuarta Internacional a una crisis profunda. Trotsky señalaba una tendencia efectiva, pero la escala de tiempo de su desarrollo era mucho más larga de lo que había imaginado. Después del pacto Hitler-Stalin (Agosto de 1939), los partidos del Cominter permanecieron leales a Moscú y durante la Guerra Fría de 1948 en adelante, ellos no capitularon así como así ante “sus” burguesías. Sus políticas no eran revolucionarias, pero no eran reformistas en el sentido más ordinario. Mantuvieron durante casi veinte años una línea de “izquierda” en relación al Estado burgués (consolidada por su exclusión sistemática del poder en Francia, Italia y otras partes luego de 1947), lo que hizo extremadamente difícil la creación de alternativas revolucionarias, incluso aunque otros factores hubieran sido más favorables.

Y en un caso importante, el de China, y otros menos importantes (entre ellos los de Albania, Yugoslavia y Vietnam), los partidos estalinistas en verdad destruyeron Estados burgueses débiles y los sustituyeron por régimenes moldeados según el modelo ruso. Particularmente, la Revolución china de 1948-1949 puso en cuestión el análisis trotskista clásico del papel de los partidos estalinistas, y particularmente, en los países atrasados. Si esta revolución era caracterizada como proletaria, la razón de existencia de la Cuarta Internacional –la naturaleza contrarrevolucionaria del estalinismo– quedaba destruida. Por otro lado, si fuese en algún sentido una revolución burguesa –una “Nueva Democracia” como Mao reivindicó en alguna oportunidad– la teoría de la revolución permanente sería puesta en cuestión. Estos aspectos serán considerados más adelante. Lo importante aquí es que la ocurrencia de la revolución, cualquiera sea la visión acerca de su naturaleza, renovó la imagen revolucionaria del estalinismo por mucho tiempo.

Pero el error más importante de Trotsky en su momento, fue considerar que no había salida económica para el capitalismo, incluso si la revolución de los trabajadores fuese impedida. Que este era su punto de vista, es algo incuestionable. Hacia finales de 1939, escribía:

Si admitimos que la actual guerra no provocará la revolución, sino el debilitamiento de la clase trabajadora, entonces resta considerar otra alternativa: el avance de la decadencia del capitalismo monopolista, una mayor fusión del mismo con el aparato estatal, y la sustitución de la democracia por un régimen totalitario, donde quiera que siguiera existiendo. La incapacidad de la clase trabajadora de tomar la dirección de la sociedad en sus manos podría conducir, bajo estas condiciones, al surgimiento de una nueva clase explotadora a partir de una burocracia fascista bonapartista. Este sería, de acuerdo con todas las indicaciones, un régimen decadente, señalando el eclipse de la civilización.[9]

Tal vez, presionado, Trotsky hubiera admitido que cierta expansión económica temporal era posible sobre una base cíclica. Había percibido rápidamente la recuperación limitada del capitalismo europeo entre 1920 y 1921 (y extrajo conslusiones políticas de ese hecho) y también había señalado la efectiva recuperación económica del abismo de 1929-1931 durante los 30s. Pero excluyó completamente la posibilidad de una recuperación económica prolongada, como para dar esperanza al reformismo en cuanto fuerza de masas en las décadas posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Su visión era común a toda la izquierda de aquella época. No obstante, ya existía evidencia de que la producción de armas a gran escala podría producir un crecimiento económico global –crecimiento que no se limitaba al sector militar de la economía. Indudablemente esta evidencia se realcionaba con los preparativos para la Segunda Guerra Mundial. ¿Y si suponemos que los preparativos para la guerra pudiesen volverse permanentes o parcialmente permanentes?

De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo experimentó una masiva recuperación. Lejos de la contracción y la decadencia económica, ocurrió una expansión incluso mayor a la verificada durante la época imperialista anterior a 1914. Como Michael Kidron afirmaba en 1968, “el sistema como un todo nunca creció tan rápidamente y por un período tan largo como después de la guerra –dos veces más rápido entre 1950 y 1964 que entre 1913 y 1950 [...]”.[10]

El reformismo recibió un nuevo soplo de vida en los países capitalistas avanzados, gracias al creciente nivel de vida de la clase trabajadora. El hecho de que la masiva recuperación económica –el largo boom de los años 50s y 60s– se debiera principalmente al crecimiento de la inversión estatal (particularmente en el sector militar), fue cuestionado, incluso de manera absurda, tanto por autores reformistas como marxistas. Lo que no puede ser cuestionado, es el hecho de que el pronóstico de Trotsky estaba bastante equivocado. Las consecuencias políticas del boom negaban la previsión de que las alternativas inmediatas eran la revolución de los trabajadores o una “dictadura fascista bonapartista” que antecediera el “eclipse de la civilización”. Por el contrario, la democracia burguesa y el dominio reformista del movimiento obrero fueron de nuevo la norma en la mayoría de los países avanzados.

Una condición indispensable para este desarrollo fue que sobrevivieran los regímenes burgueses luego de las grandes revueltas de 1944-1945, cuando los Estados fascistas se derrumbaban como resultado de la combinación del poder militar aliado y crecientes revueltas populares. En la mayoría de los países europeos los partidos comunistas y socialdemócratas crecieron rápidamente en esta fase crítica, jugando un papel contrarrevolucionario tanto en Europa oriental como occidental, especialmente en Francia e Italia.

Trotsky había dado por descontado el renacimiento de los partidos obreros existentes junto con las revueltas (sus escritos sobre la Revolución rusa bastan para dejar esto fuera de duda) y también su política contrarrevolucionaria. Pero fruto de que su perspectiva se basaba en la catástrofe económica, el emprobrecimiento generalizado de las masas y el surgimiento de regímenes totalitarios, siendo la unica alternativa la revolución de los trabajadores a corto plazo, creía que ese renacimiento del reformismo duraría muy poco tiempo –una especie de intervalo, como fue el gobierno de Kerensky.

Es por esto que escribió con tanta confianza a finales de 1938: “En los próximos diez años el Programa de la Cuarta Internacional se volverá la guía de millones, y estos millones de revolucionarios tomarán por asalto el cielo y la tierra”.[11] El tono mesiánico introducido de estas palabras, hizo que los seguidores de Trotsky tuviesen serias dificultades en realizar evaluaciones meditadas y realistas de los cambios en la conciencia de la clase trabajadores, de la alteración de la correlación de fuerzas entre las clases, y así extraer el máximo provecho de dichas situaciones a través de tácticas adecuadas (la esencia de la práctica política leninista).

Aquí debemos hacer mención del énfasis dado por Trotsky a la importancia de las “reivindicaciones transicionales”, a las cuales debe su nombre el Programa de 1938, denominado popularmente como “Programa de Transición”:

En el proceso de las luchas cotidianas es necesario ayudar a las masas a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución. Este puente debe incluir un conjunto de reivindicaciones transitorias, que parta de las condiciones actuales y de la conciencia actual de grandes sectores de la clase obrera, y conduzca invariablemente hacia una única y misma conclusión: la conquista del poder por parte de la clase trabajadora.[12]

Si es o no posible encontrar consignas o demandas que cumplan exactamente con estas especificaciones, dependerá obviamente de las circunstancias. Si en un determinado momento “la conciencia actual de grandes sectores” es decididamente no revolucionaria, entonces dicha conciencia no podrá ser transformada con consignas. Son necesarios cambios en las condiciones existentes. El problema es, en cada etapa, encontrar e impulsar consignas que además de que logren eco en algunos sectores de la clase trabajadora (el ideal, claro, sería que lo tuvieran en toda la clase obrera) sean capaces de conducir a dichos sectores a la acción. Y consignas como estas, frecuentemente no son transicionales en el sentido estricto de la definición de Trotsky.

Es claro que Trotksy no es responsable por la tendencia de la mayoría de sus seguidores a transformar en un fetiche no solo el concepto de reivindicaciones transicionales, sino incluso a las reivindicaciones específicas del Programa de 1938 –principalmente la “escala movil de salarios”. El énfasis dado por ellos a este aspecto fue excesivo, y sustentó su convicción de que las “reivindicaciones” eran independientes de la organización revolucionaria de la clase trabajadora.

La URSS, el estalinismo, la guerra y sus consecuencias La Segunda Guerra Mundial comenzó con la invasión alemana de Polonia, la que fue rápidamente seguida por la división del territorio del Estado polaco entre Hitler y Stalin. Durante casi dos años (del verano boreal de 1939 al de 1941) Hitler y Stalin fueron aliados, y en este período, el régimen de Stalin se anexó los Estados bálticos, Ucrania occidental, Bielorrusia occidental y otros.

Desde 1935 hasta enconces, la política exterior de Stalin se había dirigido a lograr una alianza militar con Francia y Gran Bretaña contra Hitler. La política de los Frentes Populares del Cominter era su complemento. Fruto del pacto Hitler-Stalin, los partidos comunistas adoptaron una posición “antiguerra”, cuyo contenido real era cualquier cosa menos revolucionario, hasta el ataque de Hitler a la URSS (lo que los llevó a posicionamientos superpatrióticos en los “países aliados”).

El pacto Hitler-Stalin y la división de Polonia produjeron mucho rechazo contra la URSS en los círculos de izquierda situados fuera de los partidos comunistas (y un buen número de deserciones también), y tuvo impacto en los grupos trotskistas. En el mayor de ellos, el Socialist Workers Party (SWP) de Estados Unidos, un sector comenzó a cuestionar la consigna de Trotsky de “defensa incondicional de la URSS contra el imperialismo”, la cual era consecuencia de la definición de la URSS como un “Estado obrero deformado”. Luego, el cuestionamiento también se extendería a esta definición.

En el curso del debate que siguió, Trotsky llevó su análisis del estalinismo en la URSS hasta su máximo desarrollo, y consideró algunas posiciones alternativas con el fin de rechazarlas. El escribió en Septiembre de 1939:

Comencemos por colocar el problema de la naturaleza del Estado soviético, no en un nivel sociológico abstracto, sino en el plano de las tareas políticas concretas. Admitamos por un momento que la burocracia es una nueva “clase”, y que el régimen actual en la URSS es un sistema especial de explotación de clases. ¿Qué conslusiones políticas nuevas podemos extraer de estas definiciones? La Cuarta Internacional hace mucho tiempo reconoció la necesidad de derribar a la burocracia a través de una insurrección revolucionaria de los trabajadores. Nada más es propuesto o puede ser propuesto por esos que proclaman que la burocracia es una “clase” explotadora. La meta buscada por el derrocamiento de la burocracia es el reestablecimiento del dominio de los soviets, expulsando de ellos a la burocracia actual. Nada diferente es propuesto o puede ser propuesto por los críticos de izquierda. Es la tarea de los soviets regenerados colaborar con la revolución mundial y la construcción de una sociedad socialista. Por esto, el derrocamiento de la burocracia presupone la preservación de la propiedad estatal y de la economía planificada [...] En la medida en que la cuestión del derrocamiento de la oligarquía parasitaria permanece ligado con la preservación de la propiedad nacionalizada, nosotros llamamos a la futura revolución una revolución política. Algunos de nuestros críticos (Ciliga, Bruno y otros) quieren, a cualquier precio, llamarla revolución social. Admitamos esta definición. ¿En qué altera la esencia? En sí no modifica en nada las tareas de la revolución que nosotros estamos debatiendo.[13]

A primera vista, este es un argumento muy fuerte. ¿Pero y al respecto de la defensa de la URSS?

La defensa de la URSS coincide para nosotros con la preparación de la revolución mundial. Solamente son admisibles aquellos métodos que no entren en conflicto con los intereses de la revolución. La defensa de la URSS está relacionada a la revolución mundial, así como una tarea táctica está relacionada con una estratégica. Una táctica está subordinada a un objetivo estratégico, y en ningún caso puede estar en contradicción con este último.[14]

Pero si las exigencias de la operación táctica entran, de hecho, en conflicto con el objetivo estratégico (como creían aquellos que criticaban desde la izquierda a Trotsky), entonces la táctica –esto es, la defensa de la URSS– debía sacrificarse. Sobre esta base, aparentemente, los críticos de Trotsky (quienes se consideraban ellos mismos como revolucionarios) podían fácilmente acordar en diferir con esta terminología [...].

En realidad, Trotsky creía que estaba en juego mucho más. Si la burocracia realmente constituyese una clase y la URSS fuera una nueva forma de sociedad de explotación, entonces, no se podría considerar que la Rusia estalinista era un producto excepcional de circunstancias únicas, ni se podría afirmar que estaría condenada a desaparecer en breve, tal como Trotsky creía.

Pero el asunto no terminaba aquí. Trotsky llamó la atención sobre una visión que estaba en el “aire”, por así decir, a finales de los años 30s, de que la “burocratización” y la “estatización” estaban avanzando en todos lados, indicando las características de la sociedad venidera –un “estatismo totalitario”, el cual Trotsky mismo esperaba que se desarrollase, a menos que una revolución de los trabajadores siguiese a la guerra. El libro 1984 de George Orwell (1944) expresaba ese temor. Esta cuestión fue confundida con “la perspectiva histórica mundial para las próximas décadas, si no siglos: ¿estamos entrando en la época de la revolución social y de la sociedad socialista, o de lo contrario, en la época de la sociedad decadente de la burocracia totalitaria?”.[15]

Las alternativas fueron planteadas falsamente. Las previsiones de La burocratización del mundo (título del libro de Bruno Rizzi citado por Trotsky) eran impresionistas, no el producto de un profundo análisis. Tampoco se podía concluir que si la URSS realmente fuese una sociedad de explotación en el sentido marxista (y era entorno a esto que giraban los argumentos aparentemente escolásticos de si la burocracia era una “clase” o una “casta”), ella sería una sociedad de explotación de tipo fundamentalmente nuevo. ¿Y si suponemos que era una forma de capitalismo? Si esto era así, todos los argumentos sobre la “perspectiva histórica mundial” caían por tierra. Por supuesto, Trotsky estaba familiarizado con el concepto de capitalismo de estado. En la Revolución traicionada escribió:

Teóricamente es posible concebir una situación en la cual la burguesía como un todo se constituye en una sociedad anónima que, por medio de su Estado, administra la economía nacional en su conjunto. Las leyes económicas de un régimen como este no representarían un misterio. Un único capitalista, como es bien conocido, recibe en la forma de ganancia, no aquella parte de plusvalía que es creada por los trabajadores de su empresa, sino una parte de la plusvalía combinada creada en todo el país, proporcional al tamaño de su propio capital. Bajo un “capitalismo de estado” integral, la ley de la tasa de ganancia igual sería realizada, no a través de distintos caminos –esto es, por la competencia entre capitales diferentes– sino inmediata y directamente a través de la contabilidad estatal. Por esto, tal régimen nunca existió, y fruto de las profundas contradicciones entre los propietarios, nunca existirá –además, porque en su calidad de depositario universal de la propiedad capitalista, el Estado sería un objeto por demás tentador de la revolución social.[16]

Aunque Trotsky pensase que un sistema de capitalismo de estado “integral” (lo cual quiere decir, total) fuese teóricamente posible, decía que tal sistema no existiría. Pero supongamos que la burguesía fuese destruida por una revolución y los trabajadores –debido a su debilidad numérica o cultural– fallaran en tomar el poder, o después de haberlo tomado, en mantenerlo. La burocracia que emergiera como sector previlegiado (tal como Trotsky había descrito gráficamente el caso de la burocracia estalinista de la URSS) controlaría al Estado y la economía. ¿Cuál sería en realidad su papel económico? ¿No sería una clase capitalista “sustituta”? No se puede argumentar que la burocracia estalinista no era capitalista porque controlaba toda la economía nacional. Trotsky había admitido que, en principio, una burguesía estatal podría ocupar tal posición [...].

La cuestión principal es saber quien controla el proceso de acumulación. Retomando esta cuestión en 1939, Trotsky escribía:

Rechazamos, y seguimos rechazando esta expresión [capitalismo de estado] la cual, si bien caracteriza correctamente ciertos aspectos del Estado soviético, ignora su diferencia fundamental en relación con los Estados capitalistas, esto es, la ausencia de la burguesía como clase de propietarios, la existencia de la propiedad estatal de los medios de producción más importantes y, finalmente, la economía planificada vuelta posible por la Revolución de Octubre.[17]

Trotsky analizó siempre la sociedad estalinista desde el punto de vista de la forma de propiedad, y no desde las relaciones de producción concretas –aunque haya usado frecuentemente esta expresión y, en realidad, las haya tratado como idénticas. El asunto, es que no son idénticas. En una crítica a Proudhon, Marx explica que:

para definir la propiedad burguesa es necesario realizar una exposición de la totalidad de las relaciones sociales de producción burguesas. Intentar definir la propiedad como si fuese una relación independiente, una categoría separada –o sea, una idea eterna y abstracta– no es nada más que una ilusión metáfisica o jurídica.[18]

Y de esta misma forma se debe analizar a la URSS. La forma de propiedad (en este caso, la propiedad estatal) no puede ser considerada independientemente de las relaciones sociales de producción. La relación de producción dominante en la URSS (especialmente luego de la industrialización) era la relación trabajo asalariado-capital, característica del capitalismo. El trabajador en la URSS vendía la mercancía fuerza de trabajo, de la misma forma en que lo hacía un trabajador en Estados Unidos. A cambio de su trabajo no recibía raciones, como un esclavo, tampoco una parte de lo producido, como si fuese un siervo, sino dinero, el cual era gastado en mercancías producidas para vender.

Trabajo asalariado implica capital. No había burguesía alguna en la URSS. Pero había ciertamente, capital –tal como este fue definido por Marx. Capital, el cual es necesario decirlo, no consiste –para un marxista– en materias primas, créditos y demás. Capital es “un poder social independiente, esto es, el poder de una parte de la sociedad, que se mantiene e incrementa a través de la compra de fuerza de trabajo. La existencia de una clase que posee solo su capacidad de trabajo es condición preliminar y necesaria del capital. Es exclusivamente el dominio de la acumulación lo que transforma el trabajo acumulado en capital”.[19] Tal situación sí existía en la URSS.

Para Marx, la burguesía era la “personificación” del capital. En la URSS la burocracia cumplía esta función. Este último punto fue negado directamente por Trotsky. En su opinión, la burocracia era simplemente un “gendarme” en el proceso de distribución, determinando quién recibía qué parte de la riqueza y cuándo. Pero esto es inseparable del proceso de acumulación de capital. La sugerencia de que la burocracia no dirigía el proceso de acumulación, esto es, que no actuaba como “personificación” del capital, no resiste exámen alguno. Si no era la burocracia, entonces ¿quién lo dirigía? Indudablemente, no era la clase trabajadora.

El último punto ilustra exactamente la distinción esencial entre cualquier forma de capitalismo y una genuina sociedad de transición (un Estado obrero, el poder de los trabajadores, la dictadura del proletariado), en la cual el trabajo asalariado inevitablemente seguirá existiendo por algún tiempo. Dicha sociedad de transición radica en el control colectivo de la clase trabajadora sobre la economía planificada y sobre la relación trabajo-capital. Si se pierde ese control, en una sociedad industrial, el poder del capital es reestablecido. El concepto de Estado obrero carece de sentido sin algún grado de control de los trabajadores sobre la sociedad. Claro que si la sociedad de la URSS fuera descrita como una forma de capitalismo de estado, se debe admitir que era una sociedad capitalista altamente peculiar. Una discusión de las peculiaridades y de la dinámica de la URSS no cabe aquí. Sin duda, un mejor análisis puede ser hallado en la obra de Tony Cliff, El capitalismo de estado en la URSS.[20] Lo que aquí es relevante, es el error de Trotsky al examinar las relaciones de producción concretas existentes en la URSS y sus consecuencias. Su visión final fue:

Un régimen totalitario, sea del tipo estalinista o fascista, por su propia esencia, solo puede ser un régimen transitorio, temporal. En la historia, las dictaduras generalmente fueron producto y la señal de una crisis social seria, y de forma alguna, regímenes estables. Las crisis agudas no pueden ser condición permanente en ninguna sociedad. Un Estado totalitario es capaz de suprimir las contradicciones sociales durante cierto período, pero es incapaz de perpetuarse. Las purgas monstruosas en la URSS son testimonio convincente de que la sociedad soviética tiende, orgánicamente, a rechazar a la burocracia [...] Síntoma de la proximidad de su agonía mortal, es la extensión y fraudulencia monstruosa de dichas purgas. Stalin no muestra otra cosa que no sea la incapacidad de la burocracia para transformarse en una clase dominante estable. ¿No quedaríamos en una posición ridícula si justamente unos años antes, o algunos meses antes de la caída desonrosa de la oligarquía bonapartista, le diéramos la denominación de nueva clase dominante?[21]

Esta caída, recordemos, era esperada por Trotsky porque la burocracia “se volvería más y más un órgano de la burgusía mundial [...] y destruiría las nuevas formas de propiedad”, o porque estallaría una revolución proletaria (o, claro, porque ocurriría una invasión extranjera). Y todo esto era esperado para el futuro cercano.

Esta fue la valoración legada por Trotsky a sus seguidores y, de igual forma que su perspectiva para el capitalismo occidental, serviría para desorientarlos. La existencia de un sector de la burocracia deseoso de restaurar el capitalismo de mercado probó ser solo un mito, durante el período analizado. Además, esta convicción de Trotsky se contradecía con sus previsiones respecto de la posibilidad de un estatismo totalitario en los países capitalistas avanzados.

La URSS emergió de la Segunda Guerra Mundial más fuerte que antes (en relación con las otras potencias), con una burocracia firme al mando, sobre la base de una industria estatizada. Además de esto, se produjo la imposición de regímentes similares al ruso en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Alemania Oriental y Corea del Norte. Y surgieron regímenes estalinistas “nativos” en Albania, Yugoslavia y, un poco más tarde, en China, Cuba y Vietnam, sin ninguna intervención del ejército ruso. El estalinismo, evidentemente, no estaba en su “agonía mortal”, sino que era, en ausencia de la revolución de los trabajadores, un medio alternativo de acumulación de capital al capitalismo monopólico “clásico”.

La revolución permanente desviada

La clase trabajadora industrial no desempeñó ningun papel en la conquista del poder por el Partido Comunista Chino (PCCh) en 1948-1949. Los trabajadores industriales tampoco desempeñaron papel alguno dentro del PCCh. Tomemos primeramente este último punto. Si bien hacia fines de 1925 los trabajadores componían más del 66% del Partido Comunista Chino (los campesinos formaban el 5%, y el resto correspondía a distintos sectores de la pequeña burguesía urbana, entre los cuales los intelectuales eran los más importantes), en Septiembre de 1930 la proporción de trabajadores, según los propios datos del PCCh, había caído al 1,6%.[22] A partir de entonces el número de trabajadores en el partido fue prácticamente cero, hasta después que las fuerzas de Mao dominaron China.

Después de la derrota de la “Comuna de Cantón” a finales de 1927, el Partido Comunista Chino retrocedió hacia el campo y adoptó la guerra de guerrillas. Se fundó la “República Soviética de Kiangsi”, con un territorio variable dentro de China central, hasta que fue finalmente invadida por las fuerzas de Chiang Kai-Shek en 1934, lo que llevó al Ejército Rojo a emprender su “larga marcha” hacia Shensi, en el extremo noroeste del país. Esta operación heroica, llevada a cabo en una situación extremadamente adversa, llevó al partido-ejército (entre los cuales era cada vez más difícil hacer una distinción) a un área distante de la vida urbana, de la industria moderna y de la clase trabajadora china. Chu Teh, entonces principal jefe militar, admitió que “las regiones bajo la dirección de los comunistas son las más atrasadas económicamente en todo el país”.[23] Y ese país era uno de los países más atrasados del mundo de entonces.

Fue ahí que, por más de diez años, las fuerzas del Partido Comunista Chino continuaron su lucha por sobrevivir contra los ejércitos de Chiang Kai-Shek (aunque fuesen fuerzas nominalmente aliadas desde 1935) y los invasores japoneses. En dicha región campesina fue erigido un aparato estatal, con las características jerárquicas y autoritrarias habituales, con intelectuales urbanos en la cima y campesinos en la base. Por su parte, el ejército japonés controló todas las áreas de desarrollo industrial importante desde 1937 a 1945.

Con la rendición japonesa de 1945, las fuerzas del Kuomintang (KMT) ocuparon la mayoría de China con la ayuda de Estados Unidos, pero el régimen extremadamente corrupto del Kuomintang estaba entrando en un estado avanzado de descomposición. Después de que los intentos de formar un gobierno nacional de coalición entre el Kuomintang y el Partido Comunista Chino fracasaron, el PCCh derrotó a su desmoralizado y fragmentado oponente, utilizando medios puramente militares. El apoyo y la masiva ayuda material y militar de Estados Unidos al KMT no alteraron el resultado. Unidades y divisiones, y hasta los propios cuerpos de ejército completos, desertaron con sus generales.

La estrategia de Mao fue alentar esos cambios de lealtad y abatir cualquier acción independiente por parte de campesinos y trabajadores –especialmente de estos últimos. El Partido Comunista Chino estaba totalmente divorciado de la clase trabajadora. Antes de la caída de Pekin, Lin Piao, el comandante del ejército del PCCh en el área, y más tarde sustituto de Mao al caer este en desgracia y además morir en 1971, emitió un comunicado instando a los trabajadores a que no se sublevaran, sino que “mantuvieran el orden y continuaran con sus ocupaciones habituales. Los funcionarios del Kuomintang y el personal de policía de la ciudad, municipio u otro nivel de institución de gobierno [...] deben permanecer en sus puestos”.[24] En Enero de 1949 el general del Kuomintang, a cargo de la guarnición de Pekín, se rindió. El “orden” fue mantenido. Un gobernador militar sucedió a otro.

Lo mismo aconteció cuando las fuerzas del Partido Comnista Chino se aproximaron al ríoYang-Tse y a las grandes ciudades de China central como Shangai y Hankow, que habían sido los epicentros de la revolución de 1925-1926. Un comunicado especial, emitido con las firmas de Mao Tse-Tung (jefe de gobierno) y Chu Teh (comandante en jefe del ejército), declaraba que:

trabajadores y empleados continuen trabajando, y todos los negocios funcionen normalmente [...] oficiales del Kuomintang [...] de todos los niveles... personal de la policía, tienen que permanecer en sus puestos y obedecer las órdenes del Ejército de Liberación del Pueblo y del Gobierno Popular.[25]

Extraña revolución, con los “negocios funcionando normalmente”... Y todo fue así hasta la proclamación de la “República Popular” en Octubre de 1949. Por esto, muchos de los seguidores de Trotsky, inclusive los líderes del SWP de Estados Unidos, negaron durante muchos años que algún cambio real estuviese ocurriendo.

Esto se demostró errado. Una verdadera transformación había ocurrido. ¿Pero de qué tipo? Un aspecto central de la teoría de la revolución permanente era la convicción de que la burguesía de los países atrados era incapaz de conducir una revolución. Esto fue más de una vez confirmado. Igualmente central era la convicción de que solo la clase trabajadora podría conducir a la masa de campesinos y a la pequeña burguesía urbana durante una revolución democrática, la cual se fundiría con la revolución socialista. Esto se demostró falso. La clase trabajadora china, en ausencia de un movimiento obrero revolucionario de masas en otra parte del mundo, permaneció pasiva. Tampoco el campesinado chino transgredió la visión de Marx sobre su incapacidad en desempeñar un papel politico independiente. La Revolución china de 1949 no fue un movimiento campesino.

No obstante, ocurrió una revolución. China fue unificada. Las potencias imperialistas fueron expulsadas de suelo chino. La cuestión agraria, si no fue “solucionada” fue, de cualquier forma, resuelta en tanto liquidó la propiedad señorial. Todos los trazos esenciales, característicos de la revolución burguesa o democrática, como el propio Trotsky los entendía, fueron realizados, excepto la conquista de la libertad politica, en el marco de la cual el movimiento obrero hubiera podido desarrollarse.

Estos cambios fueron hechos bajo la dirección de intelectuales que, en circunstancias de un colapso social general, habían construido un ejército campesino y derrotado a través de medios militares a un régimen en camino hacia su disolución. Más de 2000 años antes, la dinastía Han había sido fundada en circunstancias semejantes, bajo el liderazgo del fundador de la dinastía, que como Mao provenía de una familia campesina rica. Pero en medio del siglo XX, la sobrevivencia del nuevo régimen dependía de la industrialización. El estalinismo chino tuvo sus raíces en esta necesidad. Fue un desarrollo no previsto por Trotsky. En sí, eso no es ni sorprendente ni trascendente. Pero, tomado en conjunto con los otros resultados inesperados, tendría un efecto significativo en el futuro del movimiento trotskista.

Aquí solo consideramos el caso chino –fruto de su enorme importancia– pero, poco antes, Yugoslavia y Albania, luego Cuba y Vietnam, mostraron ciertos rasgos semejantes. El término “revolución permanente desviada” fue introducido por Tony Cliff para describir un fenómeno,[26] muy diferente de la teoría de la revolución permanente tal como Trotsky la entendía.

El trotskismo después de Trotsky

Los dilemas políticos que enfrentaron los seguidores de Trotsky en los años siguientes a su muerte son relevantes aquí por dos razones: primero, porque el propio Trotsky daba importancia suprema a la Cuarta Internacional; segundo, porque mostraron la vitalidad y las debilidades de sus ideas.

El internacionalismo revolucionario intransigente de Trotsky permitió que sus seguidores se resistieran a acomodarse al “imperialismo democrático” del campo aliado durante la Segunda Guerra Mundial, a despecho de la enorme presión (inclusive la presión de la masa de la clase trabajadora, y de la mayoría de sus mejores y más combativos elementos). Ellos realmente “nadaban contra la corriente” y emergieron orgullosos, a pesar de la persecusión, el encarcelamiento (en Estados Unidos y Gran Bretaña, para no mencionar los países ocupados por los nazis) y las ejecuciones que eliminaron un número significativo de los activistas trotskistas de Europa.

Ellos preservaron la tradición, a pesar de todas las adversidades, ganaron nuevos miembros y, en algunos casos al menos, lograron una composición más obrera (esto se aplica principalmente a los americanos y los británicos). Ellos fueron inspirados y fortalecidos por la visión de una revoución proletaria en el futuro próximo. En este marco, el principal grupo británico publicaba un folleto en 1944 (un documento de 1942 sobre las perspectivas de futuro) bajo el título “¡Preparándose para tomar el poder!”. En esta época ese grupo no tenía más de 200 o 300 miembros... Esa magnifica indiferencia hacia las dificultades inmediatas y aparentemente insuperables, combinada con una esperanza inamovible en el futuro, fueron inspiradas por las ideas de Trotsky. Esto era típico de sus seguidores en todas partes.

Infelizmente, existía el otro lado de la moneda: una creencia al pie de la letra en el acierto hasta el detalle de la perspectiva mundial presentada por Trotsky entre 1938 y 1940, y sus previsiones. Dos elementos distintos habían sido unidos: el internacionalismo revolucionario y la fe en el futuro seguro del socialismo, con las valoraciones específicas de las perspectivas del capitalismo y del estalinismo. Consecuentemente, la atención de las realidades en constante cambio se volvió sinónimo de “revisionismo”, para los seguidores más “ortodoxos” de Trotsky. Durante varios años luego de 1945, la mayoría del movimiento quedó encerrado en el marco de 1938.

Cuando sobrevino la crisis del movimiento trotskista, varias corrientes diferentes emergieron, algunas preservando muchos elementos de la tradición comunista, y otras muy pocos. Su mayor debilidad fue la incapacidad de la mayoría para resistir completamente la atracción gravitacional del estalinismo y, después en los años 50s y 60s, la atracción del tercermundismo. Esto, por su lado, los apartó de manera práctica y sostenida de la tarea de recrear una tendencia revolucionaria dentro de la clase trabajadora. Siendo así, el carácter dominantemente pequeño-burgués del movimiento terminó reforzado, y el círculo vicioso se perpetuó.

Habiendo dicho todo esto, sigue siendo verdad que el legado de la lucha de la vida de Trotsky, cuyos últimos años fueron vividos en condiciones extremadamente difíciles, es inmensamente valioso. Para todos los marxistas, para todos quienes el marxismo es una síntesis de la teoría y de la práctica, el legado de Trotsky es una contribución indispensable para esa síntesis en el día de hoy.