OBRAS COMPLETAS DE JOSE CARLOS MARIATEGUI

MARIATEGUI Y SU TIEMPO

    

      

LA OBRA ESCRITA

 

Mariátegui publicó su primer libro el año 1925: La Escena Contemporánea. Los artículos que componen este libro habían aparecido ya en las revistas peruanas; su novedad era, pues, sólo relativa. En él está reflejada su experiencia europea; análisis del fascismo, crisis de la democracia, retratos ágiles de los grandes personajes de la hora: Lloyd George, Wilson, Mussolini, Nitti, Lenin, Lunatcharsky, etc. En este libro se observa que Mariátegui comienza a manejar el método marxista y que no tiene aún la seguridad que más tarde demostraría al estudiar la realidad peruana. Pero esta condición era lo que precisamente lo hacía accesible al entendimiento de grandes masas de lectores, le­vantando el nivel cultural del pueblo y de los mismos escritores. Es así cómo en tales artículos, ni Lenin aparece como un degollador ebrio de sangre, ni Mussolini aparece como criminal odiado por todos los italianos. Lenin es el genio de un movimiento histórico en función de avance. Mussolini, en función de retroceso dentro de la evolución humana, que marcha hacia formas definidas de justicia social y universalismo. Y al principio causaba cierta extrañeza el oírle hablar del "condottiero" no sin cierto respeto y admiración. Sólo después de muchos años y de una larga experiencia nos ha sido dado comprender, lo justo de su actitud. Y bien sabemos que en la actualidad, el cuerpo entero del "César contemporáneo" se ve hundido en la sangre inocente de Italia, además de haber puesto en vigencia la más condenable mitología del hombre; pero hay otros horribles personajes contemporáneos que aparecen, por lo general, con rostros franciscanos y que, haciendo oraciones por la Paz, no están por eso menos hundidos en ese mismo mar de sangre. ¡Arcángeles de la Paz que vuelan hasta Munich! ¡Cómplices del crimen por cobardía o conveniencia! La historia lanzará sobre ellos su maldición eterna. Mariátegui hablaba, pues, del "condottiero" con ese respeto que infunden las bárbaras fuerzas de la Naturaleza, no realmente como el causante del fascismo, sino, más bien, como la consecuencia, la creación de esa exacerbación patriotera que brotó en el pueblo italiano de la postguerra.

Sólo después de publicada La Escena Contemporánea nació en Mariátegui el propósito de entrar, armado con su nuevo método de conocimientos, en el terreno virgen de los problemas peruanos que, con ciertas variantes, son los mismos de toda Hispanoamérica.

¿En qué consistió esencialmente este método de conocimientos? ¿En qué consiste esta nueva manera de ver al mundo tratándose de Mariátegui? Recordaré sus pláticas, sus conversaciones para esforzarme en hacer una síntesis, lo más clara posible:

"—El marxismo —solía decir a veces— es el camino nuevo por el que muchos hombres encauzan ciertos anhelos eternos, que son privati­vos de la humanidad: anhelo de libertad, anhelo y fuerza de sacrificio por los demás y por uno mismo, anhelo de inmortalizarse en la historia, también acaso... A veces creo que se trata de una nueva forma de vivir el sentimiento religioso... Pero también es algo mucho más concreto: es un método de conocimiento que nos lleva a una nueva concepción del mundo. Y ese método tiene su filosofía: el materialismo dia­léctico. Marx, como es sabido, fundó sus teorías sirviéndose de los últimos resultados .a que habían llegado las ciencias económicas en Inglaterra, la filosofía en Alemania y los movimientos y experiencias sociales en Francia. En su aspecto filosófico, el marxismo no viene a ser, en resumidas cuentas, más que una rectificación del hegelianismo —rectificación ya iniciada por Feuerbach. La base del sistema hegeliano establece que la vida es "devenir", y que este devenir, esta continua transformación se realiza siguiendo una ley general: todo fenómeno, al desarrollarse, desarrolla su contrario. Esta dos fuerzas están llamadas a tener un encuentro violento, un choque del que surge un nuevo fenómeno. Este nuevo fenómeno, al desarrollarse, forja al mismo tiempo su contrario. Y el proceso sigue así, hasta el infinito. Es el juego de la tesis, de la antítesis y de la síntesis, que ya los griegos conocían rudimentariamente. ¿Y en qué consiste la fuerza, el sentido esencial que impulsa al fenómeno? Hegel contesta: el principio de evolución. Aplicado a explicar el mundo, la existencia, el método de Hegel parte de un supuesto metafísico: la existencia de la razón en el origen de las cosas (los griegos la llamaban logos; los escolásticos, Dios). Esta razón (tesis), al desarrollarse, desarrolla su contraria, la Naturaleza (antítesis); del choque de estas fuerzas surge la Humanidad (síntesis). Por ese camino y continuando la especulación de base metafísica, Hegel llega, en un momento dado, a un juego verdaderamente irrisorio1, en el que ya no se entiende si hay o no hay Dios y en el que el Es­tado absolutista y militarista prusiano de los Hohenzollern resulta ser la encarnación de Dios. De esta manera resultaba que un filósofo genial, el más grande de los filósofos alemanes, según opinión de los entendidos, "invalidaba su sistema a causa de que su método marchaba sin tener en cuenta la observación directa de los fenómenos naturales, subordinando a las fan­tasías de su imaginación, que a veces resultan de una belleza incomparable, los fenómenos de la naturaleza".

"Marx, que había sido hegeliano en sus comienzos, descubre esta debilidad del hegelianis­mo, gracias a los avances que Feuerbach había realizado en el camino del materialismo, y lo rectifica: la dialéctica de Hegel se invalida a causa de su idealismo (idealismo en el sentido filosófico; o mejor dicho, tendencia filosófica que hace partir de la idea o del espíritu el principio de las cosas, pero que no da preeminencia a la materia sobre el espíritu), a causa de su carácter metafísico. Por eso camina de cabeza, dice gráficamente Engels. Hay que prescindir de la metafísica, especulación mental que no ha lle­gado a ser más que elucubración impotente e inútil. Hay que conformarse con la observación y la experiencia de nuestros sentidos: el cerebro no nace de la idea, sino, al contrario, la idea del cerebro; el espíritu nace, pues, de la materia (materialismo). Y en este caso, la dialéctica marchará de pie: materialismo dialéctico. Pero hay algo más aún. ¿Qué es lo que mueve, lo que impulsa a este juego dialéctico, cuando se trata del desarrollo de la sociedad humana? Marx dice: "las formas de producción". Una sociedad es lo que son sus formas de producción. Y esta sociedad, al desarrollarse, desarrolla su contraria: la sociedad feudal desarrolla en su seno a la burguesía; de su choque surge la sociedad capitalista, la que al desarrollarse, a su vez, crea al proletariado, etc. En primer lugar, queda establecido, pues, que en la Naturaleza todo es "devenir", que la idea nace de la materia; que las sociedades humanas nacen, crecen, llegan a su decadencia y desaparecen por el choque de nuevas sociedades, y, por último, que la palanca esencial del desarrollo social está constituida por las formas de producción o sea, por la economía. Este método de conocimiento que acabamos de esbozar está, como se ve, al alcance de cualquiera persona medianamente entera en filosofía, en sociología y en historia. Y, efectivamente, son legión los que tratan de emplearlo. Sin embargo, pasa con él lo mismo que con el bisturí. Su empleo y su eficacia dependen exclusivamente de la inteligencia, la habilidad, la pericia de quien lo emplea. Y hay muy pocos grandes cirujanos, como hay muy pocos grandes marxistas".

¿Mariátegui fue el gran marxista de Hispano­américa? Por lo menos fue el primero en aplicar el método a nuestras realidades, fue el primero en darle la más alta categoría intelectual que le pertenece. Poco importa que haya podido equivocarse —si es que se equivocó— en ciertos puntos. Los más grandes marxistas han tenido que rectificarse muchas veces. El lo habría hecho también, estamos enteramente seguros de ello, si la muerte no le hubiera golpeado en los comienzos mismos de su labor. Pero, en todo caso, las bases fundamentales de su obra, junto con la honradez, el fervor, la devoción, el heroísmo que puso al hacerlo, son más que suficientes para consagrar su nombre entre los más grandes y mejores de América.

Los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicados en un volumen el año 1928, comienzan por estudiar la realidad económica de nuestro país, analizando el proceso a partir del incario y la conquista española. Un régimen de economía agraria, con ciertas formas colectivas de producción sobre el que imperaba la casta de los incas, es reemplazado incompleta y defectuosamente por un sistema latifundista, en el que el trabajo de las minas diezma y empobrece a la población indígena. Este régimen feudal arraiga poderosamente. De tal manera que, cuando llega el momento de la independencia americana, la mayoría de sus formas permanecen en plena vigencia: latifundismo, cultivo elemental de la tierra, industria completamente incipiente. Cien años de República, si bien han servido para desarrollar determinados aspectos secundarios de la economía, han dejado intactos los grandes problemas nacionales: el de nuestros cuatro millones de indios, por ejemplo, que apenas empiezan a salir de su secular servidumbre y analfabetismo, con sus instituciones autóctonas descoyuntadas, su religión desnaturalizada y su cultura ya casi extinguida. "La cuestión indígena —dice Mariátegui en la obra de que hablamos— arranca de nuestra economía; tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra. Cualquier intento de resolverla con medidas de administración o policía, con métodos de enseñanza o con obras de vialidad, constituye un trabajo superficial y adjetivo, mientras subsista la feudalidad de los "gamonales"2. Y esta misma idea se repite en otros términos: "El socialismo nos ha enseñado a plantear el problema indígena en nuevos términos. Hemos dejado de considerarlo abstractamente, como problema ético o moral, para reconocerlo concretamente como problema económico, social y político. Y entonces lo hemos sentido por primera vez esclarecido y demarcado". (Siete Ensayos). Después habla el creyente fervoroso: "La redención, la salvación del indio, he ahí el programa y la meta de la redención peruana. Los hombres nuevos quieren que el Perú repose sobre sus naturales cimientos biológicos". Y: '"El Perú tiene que optar por el gamonal o por el indio. Este es su dilema. No existe un tercer camino. Planteado este sistema, todas las cuestiones de arquitectura del régimen pasan a segundo término. Lo que importa a los hombres nuevos es que el Perú se pronuncie contra el gamonal, por el indio".

Con todos los grandes creyentes que saben entregarse plenamente a la defensa de una cau­sa, pasa lo mismo: llegan a desestimar todo lo que les parece perturbarla o perjudicarla. Y así como el insigne fraile Bartolomé de las Casas creyó justo y normal posponer al negro en beneficio del indio, así Mariátegui habría pospuesto llanamente al mestizo, si algún beneficio hu­biera reportado a la víctima esclavizada durante siglos; por eso le oiremos exclamar: "El cruzamiento del invasor no había producido en el Perú un tipo más o menos homogéneo. A la sangre ibera y quechua se había mezclado un copioso torrente de sangre africana. Más tarde, la importación del coolí debía añadir a esta mezcla un poco de sangre asiática. Por ende, no había un tipo sino diversos tipos de criollos, de mestizos. La fusión de tan disímiles elementos étnicos se cumplía, por otra parte, en un tibio, sedante pedazo de tierra baja, donde una naturaleza indecisa y negligente no podía imprimir en el blando producto de esta experiencia so­ciológica un fuerte sello individual". Hay en estas palabras una generosidad sin límites, porque están nada menos que en labios de un mestizo de sangre indígena y española; de un "producto sociológico" que honra ciertamente a la especie humana, y que advierte al mundo lo que puede esperarse de esta América a cuya sangre autóctona ha venido a mezclarse la sangre de otras razas. Mariátegui, Palma, Valdelomar, Vallejo, Sabogal, Camilo Blas, nuestras más altas expresiones espirituales, son producto de estos cruces de sangre europea y americana. Exceso de generosidad en una apreciación de orden secundario, pero, en todo caso, justeza en el planteamiento y en la solución esencial del problema: "La cuestión indígena arranca de nuestra economía, tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra. Cualquier intento de resolverla con medios de administración o de policía, con métodos de enseñanza o con obras de via­lidad, constituye un trabajo superficial y objetivo, mientras subsista la feudalidad de los "gamonales".

El problema de la enseñanza está también estrechamente ligado a la economía de una sociedad determinada, a las necesidades de la producción. El régimen feudal de grandes latifundios, en los que el hombre no necesita de mayores conocimientos para poder inclinarse y cultivar el suelo, para rezar, esperanzado en la gloria eterna, por la salvación de su vida de ultratumba, no necesitaba de escuelas y maestros en la forma como fueron necesarios para el régi­men capitalista, cuyos obreros en las fábricas deben tener por lo menos elementales conoci­mientos escolares. Tal es la razón de que nues­tros países, subdesarrollados, se encuentran al mismo tiempo semianalfabetos, y la enseñanza haya tenido que sufrir las influencias de otros pueblos, sin haber podido ni asimilarlas, ni de­finir aún su personalidad.

Mariátegui estudia el proceso que arranca de la conquista y analiza las influencias, y dice justamente: "La historia de la educación pública en el Perú se divide en tres períodos que seña­lan tres influencias (española, francesa, norteamericana). Los límites de cada período no son muy precisos. Pero en el Perú, éste es un defecto común a casi todos los fenómenos y a casi todas las cosas. Hasta en los hombres, rara vez se observa un contorno neto, un perfil categórico. Todo aparece siempre un poco borroso, un poco confuso".

Y después escribe: "El problema está en las raíces mismas de este Perú hijo de la conquis­ta. No somos un pueblo que asimila las ideas y los hombres de otras naciones, impregnándo­los de su sentimiento y su ambiente, y que de esta suerte enriquecen, sin deformarlo, su espíritu nacional. Somos un pueblo en el que conviven, sin fusiones aún, sin entenderse todavía, indígenas y conquistadores. La República se siente y hasta se confiesa solidaria con el Virreinato. Como el Virreinato, la República es el Perú de los colonizadores más que de los regnícolas. El sentimiento y el interés de las cuatro quintas partes de la población no juegan casi nin­gún papel en la formación de la nacionalidad y de las instituciones".

El régimen feudal del conquistador no había dejado efectivamente un método pedagógico, o había dejado, podemos agregar, un método caduco; por eso, cuando la independencia se hizo con los ojos puestos en la Francia de los derechos del hombre, trató también de importar desde allí mismo sus métodos de enseñanza. Por último, la influencia norteamericana se dejó sentir como una consecuencia de la penetración económica del capitalismo yanqui.

La misma devoción fervorosa con que Mariátegui se entregó a la defensa del indio, haciéndole subestimar el elemento mestizo o criollo, le hará también supervalorar el sentimiento y las formas religiosas del Tahuantinsuyo, al hablarnos del "panteísmo de los indios", de su "unidad religiosa y política". Todo está supedi­tado a su finalidad de conseguir la rehabilitación del indio y con ello, el engrandecimiento del Perú.

* * *

En realidad, el conocimiento objetivo de la historia establece que esa unidad de la religión y la política, esa compenetración absoluta del Estado y la Iglesia en manos del Monarca, que aun existía en el Tahuantinsuyo cuando llegaron los españoles, constituye nada más que una etapa en la evolución religiosa de los pueblos. Ya los egipcios del II Imperio la habían superado. Los judíos, los griegos y los romanos también. El cristianismo había puesto hábitos nuevos en esa superación a la que la sociedad humana había llegado, precisamente, a medida que sus formas sociales evolucionaban. El imperio de los incas se encontraba aún en plena idolatría y hasta existía el sacrificio de los seres humanos a los dioses. El cristianismo estaba llamado, pues, históricamente, a terminar con todas esas reminiscencias ancestrales, a sofocar todas esas rudimentarias creencias religiosas, como lo había hecho ya en Europa cada vez que se encontró con pueblos menos evolucionados: con la religión de los romanos, primero. Y después, Roma cristianizada acabó con todos los mitos y religiones de los galos, de los germanos, de los vikingos. Lo que se debe lamentar en todo caso es que la conquista española no haya podido, por diferentes causas, poner al indio en condiciones de asimilar enteramente y profesar en su integridad una religión infinitamente superior a la del incario. Lo que se debe lamentar es que el indio permanezca al margen de las instituciones occidentales, al margen de su ciencia, la más formidable conquista de los tiempos modernos. Esa es la desgracia, no sólo del indio, sino también de otras razas de historia mucho más rica: los persas, los hindúes y los chinos que dieron a la humanidad "nombres tan trascendentales como el de Zoroastro, Budha y Confucio. Esa ignorancia de la ciencia occidental es lo que los mantiene en inferioridad de condiciones con respecto al Occidente3.

Y en cambio, cuánta lucidez hay en la mente de Mariátegui cuando analiza un punto, una si­tuación en la que hay una fuerza actuante, aunque sea mínima, en favor del indio: así, al hablar de la influencia católica española, escribe: "Durante el coloniaje, a pesar de la inquisición y la contrarreforma, la obra civilizadora es, sin embargo, en su mayor parte, religiosa y eclesiástica. Los elementos de educación y de cultura se concentraban exclusivamente en manos de la Iglesia. Los frailes contribuyeron a la organización virreinal, no sólo con la evangelización de los infieles y la persecución de las herejías, sino con la enseñanza de artes y oficios y el esta­blecimiento de cultivos y obrajes. En tiempos en que la ciudad de los virreyes se reducía a unos cuantos rústicos solares, los frailes fundaron aquí la primera Universidad de América. Importaron, con sus dogmas y sus ritos, semillas, sarmientos, animales domésticos y herramientas. Estudiaron las costumbres de los naturales, recogieron sus tradiciones, allegaron los primeros materiales de su historia. Jesuíticos y dominicos, por una suerte de facultad de adap­tación, captaron no pocos secretos de la historia y el espíritu indígenas. Y los indios explotados en las minas, en los obrajes y las "encomiendas" encontraron en los conventos, y aún en los curatos, sus más eficaces defensores. El padre De las Casas, en quien florecían las mejores virtudes del misionero, del evangelizador, tuvo precursores y continuadores".

Por tratarse de temas que afectan intereses seculares, estos ensayos se prestan a la polémica, incluyendo el que se refiere al proceso de la literatura. Algunos comentaristas han hecho ver ya que Mariátegui sobrestimó allí a ciertas figuras literarias de segundo o tercer orden. A pesar de que no tenemos aún la perspectiva de tiempo necesario para hacer un juicio sereno de esos escritores peruanos contemporáneos, es posible afirmar ya que Mariátegui no acertó, efectivamente, al juzgar la calidad del artista. Pero lo que no se puede negar en ningún caso es que lo hizo por generosidad y por espíritu de proselitismo, quizás a sabiendas, porque en último término, para el creyente que se agitaba en él, primaba antes que el criterio del literato, el captador de espíritus nuevos para sus ideas y su fe.

Además, nadie puede negar tampoco que en ese ensayo se presenta por primera vez el escritor en función de las fuerzas sociales de su propio tiempo. Multitud de sus observaciones son enteramente nuevas, y las líneas generales del esbozo son hasta tal punto definitivo, que será necesario referirse a ellas cada vez que quieran hacerse estudios más amplios de la literatura peruana. Sus cortos ensayos sobre Vallejo y Eguren, son por lo pronto, ejemplares y definitivos.

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Por ese entonces surgió la idea del Apra y la oposición de Mariátegui. Hacia el año 1927, Haya de la Torre se encontraba en Inglaterra, des­pués de haber vivido en otros países de Europa, incluyendo Rusia. El joven universitario que sa­lió del Perú lleno de ímpetu y de grandes ilusiones había enriquecido sus conocimientos al ponerse en contacto con otros medios más avanzados y otras realidades más amplias.

Sin embargo, Europa no influyó de manera decisiva, ni en su personalidad ni en su destino. Por las condiciones en que se realizaba su viaje a Rusia, habría sido de esperarse que ingresara a la III Internacional, pero no fue así. Haya continuó actuando fuera de todo partido. Y lo hizo al parecer, por dos causas: 1º, porque al salir del Perú su personalidad estaba ya forjada en las luchas universitarias y en un ambiente americanista; 2º, porque en la experiencia mexicana creyó encontrar la clave y el derrotero político que debían seguir nuestros países. Después, ya en Europa, el auge de Kuo-Ming-Tang, es decir la alianza de las clases chinas contra el imperialismo, no hizo más que fortalecerlo en su idea. Por esta razón, enunció el problema planteándolo en términos exclusivamente antiimperialistas. En resumidas cuentas, venía a decir: Nuestros países deben pensar ante todo y sobre todo en libertarse del yugo económico y político de las grandes potencias capitalistas —de EE.UU., principalmente—. Esta empresa requiere: 1, hacer en cada país una alianza popular, que vaya desde la burguesía avanzada hasta el proletariado; 2, llegar a la unificación indoamericana; resucitar el sueño de Bolívar, para crear así una potencia mundial de primer orden, confederando a las naciones que van desde México hasta el Uruguay.

Mariátegui aceptó de primera intención el programa antiimperialista, pero pidió a Haya que aclarara y precisara su pensamiento. "Es cierto —dijo— que la lucha contra los imperia­lismos requiere una alianza; pero ella tiene que ser mundial. De esta alianza no pueden ser excluidas las clases más explotadas de los mis­mos países imperialistas".

Una vez definidas las posiciones, resultó claro que Haya se situaba en el terreno de un nacionalismo continental; el bloque debía ser indoamericano, específicamente.

Para Mariátegui, que miraba este problema desde el ángulo del más rotundo internaciona­lismo ("Proletarios de todos los países: uníos"), tal planteamiento resultaba inaceptable.

—Esta idea de una confederación de nacio­nes de América Latina —solía decirnos— es una quimera que fue hermosa y hasta viable en tiem­pos de Bolívar. Pero cuando no pudo realizarla, es porque habría dificultades que le resultaron insuperables. Y en la actualidad, las cosas se han puesto peor aún. La evolución económica y política ha llegado muy lejos. Cada una de las naciones americanas tiene ya su personalidad inconfundible, y hay entre ellas profundas diferencias establecidas por el diferente grado del desarrollo industrial en que se encuentran. Y siguiendo las leyes de ese desarrollo —del desarrollo capitalista—, la que esté más avanzada en su técnica industrial tratará de buscar a su vez mercados o fuentes de producción en los países vecinos, tratará de establecer a su vez su propia hegemonía aprovechando las ventajas que le ofrezcan los antagonismos y las luchas entre los propios países imperialistas. Dentro de los cuadros del capitalismo, esta confederación me parece sencillamente imposible. Caso de que no se produzcan grandes acontecimientos en Europa y en consecuencia no pueda llevarse a cabo aquí en América la transformación social en el plazo que esperamos, ya se verá cómo Argenti­na asumirá el papel preponderante en América del Sur.

"No creo, como algunos de nuestros amigos, que la ambición —la noble ambición política— de Haya sea desmedida. Me parece más bien descentrada, desviada. Yo creo que el verdadero, el nuevo sentido de la sociedad contemporánea está orientado hacia el internacionalismo, en oposición a toda clase de nacionalismos. De tal manera que no nos es posible cortar los nexos que unos unen a las clases explotadas de los paí­ses imperialistas. La independencia económica de nuestra América se deberá, en gran parte, al poderío que éstas adquieran dentro de sus pro­pias naciones".

"Pero hay algo más grave aún: Haya rechaza de plano la idea de una alianza de partidos y reclama un partido único tendiendo así a una especie de totalitarismo que me parece sumamente peligroso. Alega para eso que en América no existe un proletariado. ¿Cómo es posible decir semejante cosa, cuando en Argentina y en Chile existen ya, desde hace años, partidos específicos del proletariado, con sus líderes de renombre continental? Y su desarrollo en nuestros días se hará vertiginosamente. Ese proletariado no podrá aceptar jamás renunciar a su partido específico, y si se viera obligado a realizar ciertas alianzas, lo hará así, de partido a partido... Cosa absolutamente distinta a lo que Haya pretende. Mi posición está completamente definida: soy internacionalista ante todo y sobre todo. Si Haya va por otro camino, no tendré otro remedio que separarme de él, aunque sea muy a mi pesar".

Este enfrentamiento de Haya y Mariátegui tenía que producirse tarde o temprano, porque había en ellos profundas diferencias de experiencia, de temperamento, de personalidad.

Haya que, como hemos visto, pertenecía a una familia de antecedentes aristocráticos; se movió desde su infancia en un medio estudian­til de clase elevada. Su personalidad se forjó después en el ambiente del estudio sistemado y de las luchas universitarias: ese ambiente y esas luchas desarrollaron en él sus grandes condiciones oratorias, y lo iniciaron en las actividades políticas; no pudieron darle de ninguna manera una conciencia de clase que lo identificara con el proletariado. En cambio, Mariátegui, mestizo y pobre al nacer, vivió unido a los desposeídos, de tal manera que, cuando gracias a sus extraordinarias condiciones, llegó más tarde a mejorar su situación económica y a vivir en un ambiente que no era el de los trabajadores manuales, tenía ya los elementos esenciales que, poco después, con el estudio del marxismo, formarían su conciencia de clase en medio de caldeado ambiente revolucionario de Europa. La gran generosidad de su espíritu y su capacidad de sacrificio hicieron lo demás.

Agréguese a esto que mientras el temperamento de Haya es esencialmente impetuoso y pasional, el de Mariátegui, en cambio, era cauto y reflexivo.

Los dos estudiaron el marxismo, pero cada uno lo interpretó a su manera. Y mientras el uno encontró en las teorías de la dialéctica materialista un calor y una emoción de mito universalista, que comprometió a fondo la naturaleza mística de su espíritu, el otro le dio una significación pragmática, y creyó encontrar en ellas la fórmula precisa para resolver de inmediato los problemas de la realidad latinoamericana.

El enfrentamiento de estas dos figuras, directoras de la nueva conciencia peruana —y también de la americana, en cierta forma—, trajo como consecuencia la escisión del bloque. Y frente al Apra surgió, fundada por Mariátegui, la sección peruana de la Tercera Internacional.

 


NOTAS:

1 Léase La Filosofía del Marxismo, de Alb. Le Blanc, ca­tedrático de La Sorbona.

2 La palabra "gamonalismo", dice el mismo Mariátegui, poco después, no designa sólo una categoría social y eco­nómica, la de los latifundistas y grandes propietarios agrarios. Comprende una larga jerarquía de funcionarios, intermediarios, agentes, parásitos, etc. El indio alfabeto se transforma en un explotador de su propia raza, que se pone al servicio del gamonalismo. El factor central del fenómeno es la hegemonía de la gran propiedad semifeudal en la política y el mecanismo del Estado. Por consiguiente, es sobre este factor sobre el que se debe actuar, si se quiere atacar en su raíz un mal del cual algunos se empeñan en no contemplar sino las expresio­nes episódicas o subsidiarias.

3 Recuérdese que este libro fue escrito el año 1940. En la actualidad, año 1960, se ha visto cómo los países asiáti­cos se esfuerzan febrilmente por accidentalizarse.