OBRAS COMPLETAS DE JOSE CARLOS MARIATEGUI

POEMAS A MARIATEGUI

LUIS FRANCO

(argentino)(1898)

 

Poeta y prosista argentino. (Catamarca).

Obra: "La flauta de caña", "Libro del Gay Vi­vir", "Coplas de pueblo", "Nuevo Mundo", "Los trabajos y los días", "Los hijos de Llastay" y "Pirotecnia".

 

ELOGIO HECHO ELEGIA

por: Luis Franco

Ha muerto cuando comenzaba a ser indispensable.

Empresa severa y honrosa será la del que pueda bio­grafiar su espíritu. Sabemos que él, tan deleznable de cuerpo, había amamantado su pensamiento en una leche fortísima; sabemos que era de los muy señalados entre los hispanoparlantes con el derecho y el deber de rescatarnos de la insolvente cháchara de cenáculos, parlamentos, uni­versidades y cafés; sabemos que esa mirada de poderosa atención que él volcaba sobre el mundo, panorámica y mi­nuciosa a la vez, solía abrirse también hacia dentro; sabe­mos de su destreza innumerable y profunda en el peligroso buceo de las ideas, y de su sensibilidad opulenta como un verano; de todo eso, que sin duda basta para sobornar al olvido, sabemos; pero, yo sólo quiero rememorar aquí al hombre, al prometido a muerte de la • verdad y la libertad que era ese hombre.

Cosa desoída, casi fabulosa, esa, en España y América. Allá, durante siete años, la mozada, que se había dejado enseñar —sin aprenderla— juventud por un viejo —¡y qué viejo!— siguió apacentándose con mansedumbre estabular, interrumpida apenas por alguna sonrisita epigramática, pero más por reverencias de sacristán bajo la bota del más em­botado de los dictadores. Aquí, en la América de Guzmán Blanco, Veintimilla, Melgarejo, Díaz, Patiño, Leguía, Ibáñez, etc., sabemos lo que pasó y lo que pasa. Caciques de chistera, califas con estancias o minas, milicos de sociología infusa, doctores analfabetos y redentoristas, son los propietarios de la democracia, que tapan sus escamoteos de mancos con retórica más manca todavía. El sufragio uni­versal los ha decretado pluscuamperfectos.

Júzguese lo que importa que entonces aparezca un hombre libre.

Eso fué Mariátegui en el Perú de Leguía. José Carlos Mariátegui, hombre doloroso y puro, cuerpo agostado y co­razón caudaloso, frente de diamante y voluntad de diamante, intelectual que difiere de los otros misteriosamente como el radium de los demás metales. ¡Qué fervor de justicia, de armonía y de luz! Qué vocación de sacrificio! ¿Cómo podían dejarlo? Le quitaron la patria. Seis años, como un siglo, caminó por tierras forasteras con días de indigencia y noches de padecimiento, sin más sostén que el estudio y la esperanza.

Y volvió con su esperanza insumergible, con su testarudez macabea, con su temeridad sin mella, el arquero cuyas flechas, como la del soldado que dejó tuerto al Macedonio, llevaban escrito su nombre.

Pero la muerte llega un día y le lleva una pierna. Y la indigencia se queda en su casa de ama de llaves. Y la policía del honorable rufián oficial (no hay crueldad que hiera peor que la del cobarde), se emperra aún contra el inválido encallado en su sillón. Inútil. ¿Lo dejan solo? Inútil. La soledad es su coraza. No abdicará ese corazón tripulado de porvenir que remonta todos los corazones libres; no abdicará esa pluma más recta que todas las espadas, más fecunda que los arados. Y cae, al fin, como bueno.

José Carlos Mariátegui, alma estremecida como una bandera, vida de amor, de miseria y de esplendor, hombre de hierro y de lágrimas. ¿Hombre? A veces pareció menos eso que una oferta.

I.A VIDA LITERARIA Nº 30 Bs. As.