Manuel Mora Valverde

 

La Huelga Bananera de 1934

 


Publicado por vez primera: Discurso pronunciado en 1977.  Fue publicado como artículo, "La Huelga Bananera de 1934 dio origen al movimiento obrero organizado", en periódico Libertad, edición Nº 742, semana del 2 al 8 de setiembre de 1977.
Fuente del texto usado para esta edición:  Manuel Mora Valverde, Discursos 1934–1979, Editora Digital de la Imprenta Nacional de Costa Rica, 2013; págs 549-559.
Transcripción para marxists.org: Andrey Esquivel, marzo de 2026.


 

 

Me hacen ustedes el honor de permitirme estar presente en esta asamblea en la que preparan su estado mayor para dar las grandes batallas que está reclamando el movimiento obrero y el pueblo en general, en la provincia de Limón.

En este mes de agosto se cumplen 43 años de haberse llevado a cabo la huelga agraria y antiimperialista más grande que recuerda la historia del movimiento obrero del Caribe. Esta asamblea coincide con ese aniversario, razón por la cual se me ha pedido que los acompañe en este acto. Me dicen los camaradas dirigentes que desearían oír de mí algunas explicaciones y algunos recuerdos de aquellos acontecimientos del año 34. Lo haré. Recordaré algunas cuestiones que considero fundamentales, ya que no sería posible hacer una crónica completa de aquellos acontecimientos.

La Yunai tenía el mando absoluto de la zona bananera

Me tocó intervenir en la huelga, junto con Fallas y otros camaradas, como organizador y como dirigente de la huelga. La huelga del año 34 tiene dos significaciones fundamentales: en primer lugar debe ser considerada como el acontecimiento que dio origen y fundamento efectivo al desarrollo del movimiento obrero revolucionario en este país. Y en segundo lugar tiene que ser considerada como la primera gran batalla efectiva y consciente dada por los trabajadores bananeros de Centroamérica contra el imperialismo de los Estados Unidos, representado en Costa Rica en ese momento por la United Fruit Co.

Pero no se crea que esa huelga surgió de la casualidad. O que surgió del capricho del Partido Comunista o de Carlos Luis Fallas como algunos se han permitido expresarlo. Esa huelga no salió de la casualidad. Esa huelga no fue resultado de ninguna maniobra política. Tiene sus antecedentes. Ya en el año 31 Carlos Luis Fallas y yo recorrimos esta zona, precisamente esta zona de Siquirres, de La Estrella y Línea Vieja, en condiciones muy difíciles.

La United entonces daba la ley aquí y el Gobierno de la República, a pesar de que estaba encabezado por un viejo liberal de ideología indiscutiblemente democrática, estaba al servicio de la Compañía: (1) Las autoridades eran designadas de acuerdo con la Compañía. Y la Compañía funcionaba con base en una contratación a la que se le daba carácter de ley y en la cual estaban consignados y reconocidos los derechos de ella por encima de los derechos de los trabajadores y por encima de los derechos del pueblo de Costa Rica.  (2) Las autoridades se alojaban en casas de la Compañía, tenían subvenciones de la Compañía y toda clase de ventajas y de privilegios que la Compañía les suministraba. Desde luego la United escogía, para ocupar puestos de autoridad, a las gentes más destacadas por su espíritu antiobrero, por su espíritu reaccionario, por su carácter hecho para la represión.

Luchamos contra el prejuicio racial

Aprovechaba también la Compañía, para mantener la discordia en esta zona y con base en la discordia la dominación, el prejuicio racial. Trataba de mantener permanentemente un antagonismo entre trabajadores de color y trabajadores blancos, para que unos y otros creyeran que el problema estaba en lo racial y no en la explotación que ejercía la Compañía con la alcahuetería del Gobierno de la República.

Nuestro partido nació luchando en esta zona no sólo contra la confusión que permitía a muchas personas creer que la Compañía era la que daba trabajo y daba vida a la zona, sino también contra el prejuicio racial. Leales a nuestros principios y a las enseñanzas de una experiencia internacional, caminamos por todos los caminos de la zona bananera diciéndole a los trabajadores bananeros: no hay razas superiores, todas las razas son iguales, en la clase trabajadora negros y blancos somos los mismos, debemos luchar bajo una misma bandera porque tenemos un enemigo común que es el capitalismo y en la zona bananera un enemigo común también, que es la Compañía Bananera. Juntos debemos luchar contra el hambre, juntos debemos pelear contra la explotación, juntos debemos dar las batallas que haya que dar por transformar el orden social injusto que estamos viviendo. Juntos negros, blancos, chinos, indios; juntos porque todos pertenecemos a la raza humana y porque todos tenemos derecho a vivir sobre la Tierra y no podemos defender ese derecho en tanto no nos unifiquemos en nombre de la clase trabajadora del mundo y bajo la bandera de la revolución mundial.

No había leyes, era un problema de fuerza

Permítaseme ahora hacer algunos recuerdos en voz baja.

Yo era un estudiante de derecho. Fallas era un ex-trabajador de la zona bananera. En San José un grupo de estudiantes de derecho nos habíamos entendido con un grupo de obreros conscientes para fundar el Partido Comunista de Costa Rica, enfrentándonos a la ignorancia vigente, a la reacción más feroz que nunca, a la incomprensión de las autoridades, a las intrigas y a las presiones de los grandes cafetaleros, de los grandes banqueros y de las grandes compañías imperialistas.

Comenzamos a luchar y nos dimos cuenta de que debíamos iniciar la pelea contra el imperialismo, concretamente contra la United Fruit Company que era dueña y señora de esta zona. Fallas de jovencito había huido de su casa en Alajuela, se había venido a esta zona a trabajar y se había convertido en un trabajador bananero. Conocía los dolores de los trabajadores, conocía los sistemas de explotación de la Compañía. Fallas regresó a la Meseta Central y muy poco después ingresó al naciente Partido Comunista. Un día de tantos en una lucha que tuvimos en Alajuela contra la policía, Fallas fue detenido y después de un largo proceso fue condenado a destierro en alguna provincia alejada más de 50 kilómetros de San José. Nosotros escogimos entonces la provincia de Limón porque creíamos y tuvimos razón, que esa era la oportunidad mejor para iniciar la organización del movimiento sindical en esta provincia. Entonces no había sindicato, no había Código de Trabajo, no había ninguna ley de carácter obrero que pudiera regular las relaciones entre trabajadores y patronos ni entre trabajadores y el Gobierno. No había más que la voluntad de los poderes públicos. Y nos dimos cuenta de que frente a esa voluntad sólo un recurso había: enfrentarle al Gobierno y a la clase patronal, la fuerza de los trabajadores organizados.

Aquel no era un problema de leyes, como hoy existen con mucha frecuencia. Era un problema de fuerza. Tenía que resolverse por la fuerza. Frente a la fuerza de la Compañía imperialista, la fuerza de la clase obrera, y nada más. Claro que vinieron después muy grandes combates, al cabo de los cuales la clase obrera no sólo logró ganar huelgas sino imponer un Código de Trabajo, una ley de seguros sociales, una ley de viviendas baratas y una ley de inquilinato. Lo logró, y las conquistas que tiene hoy la clase trabajadora, que no pueden considerarse definitivas porque todavía tenemos una enorme lucha por delante, sí se convierten en instrumentos muy importantes que en manos de los trabajadores pueden servir para abrirle al pueblo de Costa Rica el camino por donde tendrá que transitar para construir una sociedad mejor. Pero esos instrumentos se conquistaron después de una larga lucha que nació en el mes de agosto de 1934 en esta zona de Limón.

Fallas vino aquí, entró en contacto con nosotros y el partido entonces me envió a mí a trabajar con Fallas durante un tiempo. Cuando yo llegué a Siquirres en 1931, aquí me esperaba Fallas y yo por primera vez conocí esta zona. Me sentí muy extraño, era un estudiantito que por primera vez salía de las aulas de la Universidad para encontrarse con la mano ruda, con la mano callosa de los trabajadores bananeros. Me dijo Fallas: vienen ahora unos compañeros a hablar con nosotros. Efectivamente, llegó Pastor Herrera, llegó Lino Bustos. Eran trabajadores fuertes. Le dijeron a Fallas: ¿Y cuál es el Secretario del Partido, este muchachito? Yo me sentí ofendido en mi vanidad de joven. Ellos dijeron: aquí la cosa no es jugando, hay que moverse en las madrugadas, en la noche, porque en el día nos cogen la policía y los esbirros de la Yunai. Tenemos que pasar el río y ahí hay animales, hay que pasarlo a caballo. ¿Lo pasará este jovencito? Lo cierto es que pasamos el río. Todavía antes de pasarlo quisieron hacer un chiste conmigo. Me dijeron: Vea, en cuanto aparezca una fiera en el río, usted pasa y nos deja a nosotros luchar con ella. Efectivamente era cierto, ellos estaban acostumbrados a luchar con los animales en el río, pero ahí estaban exagerando un poco, seguramente para asustarme. Lo cierto es que pasamos el río y yo creo que después que dimos esas primeras peleas ellos no quedaron desencantados de mí; la prueba es que hemos seguido luchando casi medio siglo juntos. Muchos de ellos ya murieron.

Finca por finca llevamos las ideas revolucionarias

Pero después vino lo serio. Teníamos que comenzar a ir a las fincas para hablar por primera vez con los trabajadores de las ideas revolucionarias que agitaban al mundo, y para hacerle entender a los trabajadores que había terminado ya el período en que la solución de los problemas podía esperarse del Estado, de los poderes públicos. ¿Nos darán una ley? ¿No nos darán una ley? ¿Nos mejorarán los salarios? ¿Nos darán quinina para el paludismo? ¿Tenemos que esperar la buena voluntad de la Compañía y la buena voluntad del Gobierno? Nosotros teníamos que explicarles a los trabajadores que el Estado costarricense es un Estado de clase, dominado por los capitalistas y por las compañías imperialistas. Es falso que el Estado sea integrado por la voluntad del pueblo en votaciones. Al pueblo le dan el derecho a escoger entre los candidatos que hacen los poderosos, pero no le dan derecho de hacer su propio Presidente. Mientras el Estado, mientras el Parlamento, mientras el Poder Ejecutivo, mientras la Corte están integrados por gentes, buenas o malas, pero al servicio de las clases dominantes, los trabajadores no podrán tener justicia. Para arrancar algunas conquistas tendrán que organizarse y pelear sin vacilaciones de ninguna especie. Estas ideas teníamos que llevarlas a los bananales.

Se organizaron las primeras giras. Recuerdo que nos dieron como baquiano a un camarada que se llamaba José María Bustos. Nos metíamos a la montaña. En las noches bajamos a los campamentos, hablábamos con los trabajadores y cuando comenzaba a amanecer nos salíamos otra vez a la montaña, dormíamos en la montaña o algunas veces los trabajadores nos escondían en sus ranchos o en sus campamentos y nos daban dónde dormir para salir con las primeras luces de la mañana. A veces teníamos que dormir bajo los árboles y bajo la lluvia. A veces comíamos y a veces no comíamos.

Una de las primeras fincas que visitamos, fue Boston. Ahí había muchos trabajadores. Después se distribuyeron por la zona y la semilla fue llevándose a todas partes. Dos años después ya Fallas había logrado organizar los primeros núcleos del sindicato. Pero en aquella época el sindicato se confundía con el Partido, como todavía ocurre en algunos lugares del país, porque nuestro partido es el partido de la clase obrera, y cuando los obreros dan una batalla, sean o no del partido, el partido está con los obreros hayan o no votado por él, porque este no es un partido electoral sino un partido revolucionario que quiere elegir diputados para romper la mayoría de los poderosos en la Asamblea Legislativa, pero que está seguro de que los problemas sociales de este pueblo no se van a resolver con diputados sino con la clase trabajadora organizada, peleando en el campo de la revolución.

Así nació el sindicato, el primer sindicato de la zona bananera. No teníamos mucha experiencia en este tipo de trabajo, pero organizó Fallas el sindicato. Y el partido y el sindicato, repito, eran prácticamente una unidad en esta zona.

Presentamos la ley para mejorar las condiciones de vida

En el año 33 yo fui llevado a la Asamblea Legislativa como diputado por los trabajadores de San José. Entonces el partido resolvió que el primer proyecto de ley que yo presentara fuera un proyecto muy sencillo, orientado a resolver un problema de la zona bananera. El proyecto decía: la Compañía y los bananeros nacionales están obligados a tener en sus fincas suero butantán contra las mordeduras de serpientes venenosas y quinina contra el paludismo, y están obligados a pagar en dinero efectivo y no con chapas y cupones. Porque pagaban con chapas y cupones que sólo eran recibidos en los comisariatos de la Compañía. Les daban sueldos miserables y después los explotaban con los precios.

Yo había estado con Fallas y con otros camaradas en estas fincas. La mayor parte de ustedes son jóvenes, y no pueden recordar porque no vivieron eso, esa gran tragedia. A pesar de la vida miserable de hoy, hay una gran diferencia entre lo de hoy y lo de ayer.

Mi Partido, el Partido Comunista de Costa Rica, hoy bajo el nombre de Vanguardia Popular, se apunta esa diferencia como un triunfo suyo en favor del pueblo costarricense.

Yo había recorrido esta zona, y siempre recuerdo y recordaré, cuando hable con el pueblo, aquellos incidentes. Fallas también me dio sus bromas. Un día me dijo: vamos ahí, a unos carros de plataforma, no recuerdo si por El Carmen, llenos de lona y de bultos. Yo creía que eran racimos de banano y Fallas me acercó y levantó una lona. Eran cadáveres.

Entonces morían por centenares los trabajadores, que vivían entre pantanos, entre nubes de zancudos, mal pagados y mal alimentados. Se hacinaban como animales y morían por centenares de paludismo o de mordeduras de serpientes. Y salían en los carros del ferrocarril como racimos de bananos, a que los enterraran afuera. Fallas me decía: ¿sabés por qué ocurre esto? Porque un trabajador aquí no vale nada. Un cadáver de estos se va y viene otro trabajador vivo para convertirse en cadáver después. En cambio -me dijo- vení a ver las mulas de la Yunai, en buenos campamentos, bien cuidadas, bien bañadas. La Compañía tiene interés en defender la vida de las mulas porque cada mula le cuesta mil colones. Un trabajador no le cuesta nada.

Recuerdo que el día que presenté esta ley elaborada por la Dirección de mi partido, cuando algún diputado pidió la palabra y dijo: ¿esto es tan importante, como dice el señor Mora?, yo relaté esto que acabo de decir aquí, desde luego con más detalles. Los diputados entonces me decían, inclusive los más burgueses: ¿pero cómo es posible que esto esté sucediendo en Costa Rica? Es muy fácil, señor diputado -les contestaba yo-, hagamos una gira por allá; eso sí, se la tiene que jugar porque lo pueden picar los mosquitos y morirse Ud. también de paludismo.

Lo cierto es que presenté la ley y la aplaudieron todos los diputados. Vino el trámite, la ley fue a conocimiento de una comisión. Vino un dictamen positivo. El dictamen fue aprobado en primero y segundo debates. El trámite de una ley es esa: viene el dictamen de comisión, después primer debate, segundo debate, y finalmente tercer debate. Después va al Poder Ejecutivo para que le ponga el ejecútese. En el caso de esta ley se aprobó el dictamen, se aprobó el primer debate y se aprobó el segundo debate.

Los diputados, presionados, votaron contra la ley

El día que se daba tercer debate entré yo al salón de sesiones y sólo cinco diputados había. Recuerdo que estaban el Dr. Moreno Cañas, Calderón Guardia, que era diputado entonces, el padre de Álvaro Montero Vega, don Arístides Montero, el Dr. Onofre Villalobos y uno más. Entonces el ujier del Congreso, el famoso Teódulo Castro, se acercó y me dijo: los diputados están reunidos en el Salón Verde. ¿Y con quién están reunidos?, le pregunté. Con Mr. Chittenden, me dijo. Mr. Chittenden era el superintendente de la Yunai.

Yo, probablemente por ser tan joven, tan inexperto, tuve la ingenuidad de pensar que a lo mejor estaban tratando alguna contratación, pero no se me ocurrió que pudieran estar tratando la ley. Era tan simple: obligar a dar quinina, obligar a poner suero butantán y decirle a la Compañía que pagara en dinero, no en chapas ni en cupones. Pues vienen los diputados cuando terminaron su sesión en el Salón Verde y ocupan las bancas. El Presidente abre la sesión y dice: está en tercer debate la ley para obligar a los bananeros a poner quinina y suero butantán y a pagar en dinero efectivo; los que estén de acuerdo que se pongan de pie. Sólo votamos los cinco diputados que mencioné y yo. La ley se fue al cajón de la basura.

Recuerdo que entonces se produjo un incidente muy serio. Yo me indigné mucho, hice un discurso casi incendiario y se me tiraron los diputados encima. Tuve que sacar mi pistolilla para que no me golpearan. Y me fui para el Partido.

La batalla habrá que darla en los bananales

A las ocho de la noche estaba la Comisión Política de mi partido reunida. Entonces dijimos: ¿por qué creer que esta gente va a dar leyes en favor de los trabajadores? Por cierto que después de ese bochinche en el Congreso, un diputado, don Mariano Cortés, me dijo: ¿sabe usted por qué reventamos esa ley? No es porque la ley pueda afectar seriamente a los bananeros ni a la Compañía. Es porque sentaríamos un precedente muy malo. Por esta puerta se nos van a meter los trabajadores y no sabemos hasta dónde van a llegar.

La Comisión Política de mi partido dijo: perdimos la batalla en el Congreso, vamos a ganarla en los bananales. Le dimos instrucciones a Fallas para que empezara a preparar la huelga.

Los trabajadores tomaron el mando de la zona

Hubo un momento en que la combatividad de los trabajadores fue tan grande, que echamos al Gobierno de la zona. Aquí no podía entrar un policía. El sindicato organizó la vigilancia. Nosotros mismos cuidábamos los comisariatos de la Compañía, porque no queríamos que ella misma los saqueara para coger eso de pretexto y desatar una represión.

Faltaba comida. Entonces se vio la fraternidad del trabajador negro y del agricultor negro con el trabajador blanco. Ellos nos daban yuca, nos daban alimentos. La huelga se iba sosteniendo. Recogimos dinero y mercaderías en toda la Meseta Central.

Un día llega la noticia: el Gobierno no deja transportar en los trenes 200 ó 300 sacos de arroz que mandábamos para acá. Le puse un telegrama al Presidente don Ricardo Jiménez y le dije: asuma usted sus responsabilidades, si no hay alimentos para los trabajadores, ¿cree usted que ellos se van a cruzar de brazos? Nosotros no vamos a retroceder una pulgada, cueste lo que cueste. Además, estamos de acuerdo con la ley contratando un servicio con un ferrocarril. El arroz siguió entrando. Los camaradas cazaban. Desde luego todos los animales de la zona comenzaban a desaparecer.

Pero la Compañía se mantenía y, en los alrededores, en aquellos lugares donde el Gobierno mantuvo policía, cada vez que podían nos encarcelaban gente. Y sobre todo nos expulsaban a muchos nicaragüenses que iban al otro lado de la frontera y luego se metían de nuevo.

Comenzó el trabajo de los rompehuelgas. Acordamos en primer lugar desarrollar una tarea de convencimiento con ellos, muy difícil. Después nos reunimos y trazamos una táctica. Comenzamos a aplicarla en el sector de Río Jiménez. Cargan los primeros carros. Estaban los barcos esperando el banano. En la noche cayeron nuestros compañeros y convirtieron en basura los bananos. Estaban macheteados y la Compañía no pudo exportar nada. Cargan el segundo tren y lo despedazamos también. Dicen que los marinos, que eran muchos comunistas de los Estados Unidos, cantaban una vieja canción que entonces estaba de moda: “We have not banana today” (hoy no tenemos banano). Llevaron policías para cuidar durante la noche los carros. Volamos el puente con dinamita.

El tiempo pasaba y resolvimos ir a una maniobra más audaz. Un día cortamos una manzana de bananal. Al día siguiente dos. Al otro día cuatro… ocho… dieciséis… treinta y dos. Cogimos los bananales de la United y de don Arturo Volio, que era el Presidente del Congreso y el jefe de los bananeros nacionales. No queríamos hacer daño por hacer. Queríamos, usando las mismas armas que ellos estaban usando, impedir que continuaran haciéndole daño a los trabajadores y, sobre todo, que pudieran dar al traste con la huelga. Cuando ya íbamos por 32 manzanas, don Ricardo Jiménez me mandó a llamar.

La compañía se vio obligada a negociar

Don Ricardo me dijo: ¿qué es lo que ustedes quieren, botarme? A pesar de todas las cosas yo estoy haciendo un gobierno liberal, no quiero ir a una represión, pero si me botan, aquí se va a establecer una dictadura de cafetaleros y bananeros, y entonces vamos a tener un gobierno como el de Nicaragua o como el de cualquier otro país de Centroamérica, una satrapía. ¿Eso es lo que ustedes quieren? Le dije a don Ricardo: usted está totalmente equivocado. No estamos organizando un golpe de Estado, es una huelga. ¿Pero huelga por qué? preguntó don Ricardo, y le expliqué lo que les dije a ustedes. ¿Pero eso es así?, dijo sorprendido. Sí, así es, le contesté, así viven los trabajadores bananeros; mande inspectores y compruébelo. Entonces don Ricardo me pidió que paráramos la destrucción de bananales con el compromiso de que él iba a intervenir.

Don Ricardo llamó a Mr. Chittenden y le dijo: yo quiero que ustedes se pongan de acuerdo (se refería a la United y a los bananeros nacionales) y lleguen a un entendimiento con los trabajadores, porque ellos tienen razón. Y si ustedes no lo hacen, lo voy a hacer yo, les voy a imponer una solución por medio de una ley, porque yo no puedo permitir que el país se arruine.

Cuando don Ricardo me llamó otra vez me dijo: entonces, ¿es suero, es quinina, es pago en efectivo, eso es todo? No, respondí, ahora ya no es eso todo, don Ricardo. Eso era antes. Ahora es alza de salarios, ahora es construcción de viviendas higiénicas, ahora es construcción de un hospital en Siquirres, ahora es regulación de la jornada de trabajo. Son cosas justas.

Mr. Chittenden y don Arturo Volio se pusieron de acuerdo. Don Ricardo me llamó para decirme que había que comenzar a negociar. Me pusieron un tren, el famoso tren expreso del que habló mucho la propaganda, para que yo viniera a la zona bananera y llevara a Fallas. Pedí garantías de que no iban a detenerlo, porque estaba sentenciado, y se me dieron. Llegué en la madrugada a 26 Millas, ahí estaba el cuartel general de la huelga. Me reuní con la directiva del sindicato. Nombraron a Fallas, a Bustos y me nombraron a mí como miembros de la comisión negociadora.

Llegamos en la mañana a San José. A las nueve se iniciaban las negociaciones en el Ministerio de Gobernación. Pero don Arturo Volio no llegaba; estaba reunido con su hermano Jorge Volio, entonces jefe del Partido Reformista y diputado. Parece que Volio le dijo que no fuera porque yo estaba en la comisión y eso era darle un triunfo al Partido Comunista. Arturo Volio se puso de acuerdo con Mr. Chittenden y se negaron a negociar. Don Ricardo se plantó y no tuvieron más camino que mandar sus representantes.

Los derechos se ganan peleando

Aquello fue duro y por fin conseguimos la quinina, conseguimos el suero, la obligación de pagar en dinero efectivo, aumento de salarios, higienización de viviendas, mejoramiento de la jornada de trabajo, compromiso de construir un hospital y muchas otras cosas. Algunas cumplió, otras no cumplió la Compañía en ese momento, pero vinieron otras huelgas en las que la obligamos a cumplir.

La huelga terminó con un triunfo. Lo que habíamos perdido en el parlamento, lo ganamos afuera, con los trabajadores organizados. Esta lección no deben ustedes olvidarla. No esperen concesiones graciosas de los poderosos. No crean que los grandes capitalistas y las grandes compañías de Costa Rica les van a conceder sus derechos en aras de una justicia social en la que ellos no creen.

Nosotros, el Partido Comunista, al frente de los sectores más conscientes de este pueblo, les arrancamos el Código de Trabajo. Ya la clase trabajadora había peleado muchos años. Ya se había creado un estado de conciencia social positivo, ya había organizaciones, ya había nacido la Confederación de Trabajadores, entonces dirigida por Rodolfo Guzmán, hoy dirigida por Álvaro Montero Vega y por Rodrigo Paniagua. Ya el Partido Comunista era una organización política con seis diputados.

El Código de Trabajo está lleno de defectos. En aquella época fue una conquista muy importante y hoy sigue siendo una garantía para el movimiento obrero. Pero el Código de Trabajo dará resultado en la medida en que haya organizaciones sindicales capaces de usarlo. El Código es como si yo les diera un machete. Si ustedes no saben manejarlo, la tierra se queda inculta, pero si saben manejarlo, ustedes siembran la tierra. Ahí está el Código. Si ustedes saben usarlo, le dan vuelta a esto. Pero para saber usarlo, en primer lugar hay que tener fuerza.

La clase trabajadora debe tener su propia política

Compañeros: la clase trabajadora debe tener su política, su propia política, frente a la política de los grandes monopolios, de los explotadores, de los millonarios. Los trabajadores deben cifrar su fe, antes que en los comicios, en su propia organización de clase. Pero los trabajadores tienen que saber usar también las elecciones para llevar sus auténticos representantes a la Asamblea Legislativa y a las municipalidades.