Anton PANNEKOEK

Los Consejos Obreros

 

 

Capítulo primero:
La tarea


1. El trabajo

En la época actual y la que se avecina, cuando Europa está devastada y la humanidad empobrecida por la guerra mundial, corresponde a los trabajadores del mundo la misión de organizar la industria para liberarse a sí mismos de la miseria y de la explotación. Será tarea suya tomar en sus propias manos la organización de la producción de bienes. Para llevar a cabo esta imensa y difícil tarea será necesario comprender plenamente el actual carácter del trabajo. Cuanto mejor conozcan a la sociedad y la posición que ocupa en ella el trabajo, menos dificultades, desaliento y retrocesos encontrarán en este esfuerzo.

La base de la sociedad es la producción de todos los bienes necesarios para la vida. Esta producción, en su parte más importante, ocurre por medio de técnicas muy desarrolladas en grandes fábricas y plantas donde se emplean máquinas complicadas. Este desarrollo de las técnicas, desde las pequeñas herramientas que podía manejar un solo hombre hasta grandes máquinas manejadas por amplios conjuntos de trabajadores de diferentes calificaciones, ocurrió en los últimos siglos. Aunque aún se emplean como accesorios pequeñas herramientas, y existen todavía muchos talleres pequeños, éstos difícilmente desempeñan un rol de consideración en lo que respecta al grueso de la producción.

Cada fábrica es una organización cuidadosamente adaptada a sus fines; una organización de fuerzas muertas y también vivas, de instrumentos y trabajadores. Las formas y el carácter de esta organización están determinadas por los propósitos a los que tiene que servir. ¿Cuáles son estos propósitos?

En la época actual, la producción está dominada por el capital. El capitalista, poseedor del dinero, fundó las fábricas, compró las máquinas y las materias primas, contrata a los trabajadores y les hace producir bienes que se pueden vender. Es decir, compra la fuerza de trabajo de los operarios, que se gasta en su tarea diaria, y les paga su valor, es decir, los salarios mediante los cuales éstos pueden procurarse lo que necesitan para vivir y para restaurar continuamente su fuerza de trabajo. El valor que un operario crea en su trabajo diario al agregado al valor de las materias primas, es mayor que lo que necesita para vivir y que lo que recibe por su fuerza de trabajo. La diferencia que queda en manos del capitalista cuando se vende el producto, o sea la plusvalía, constituye la ganancia de éste, que, en la medida en que no se consume, se acumula en forma de nuevo capital. La fuerza de trabajo de la clase trabajadora puede compararse con una mina de minerales, que en la explotación da un producto que excede el costo invertido en ella. Por ende, se habla de explotación del trabajo por el capital. El capital mismo es el producto del trabajo: en su totalidad es plusvalía acumulada.

El capital es dueño de la producción. Tiene la fábrica, las máquinas, los bienes producidos. Los obreros trabajan a sus órdenes. Sus propósitos dominan el trabajo y determinan el carácter de la organización. El propósito del capital es acumular ganancias. El capitalista no está impulsado por el deseo de proveer a las necesidades de la vida de sus congéneres; lo mueve la necesidad de hacer dinero. Si tiene una fábrica de zapatos no lo anima la compasión por el dolor de pies que pueden tener los demás; lo anima el conocimiento de que su empresa debe arrojar ganancias y de que él irá a la bancarrota si sus ganancias son insuficientes. Por supuesto, la manera normal de hacer ganancias consiste en producir bienes que puedan venderse a buen precio, y sólo se los puede vender normalmente cuando son bienes de consumo necesarios y prácticos para los compradores. Así, el zapatero, para lograr ganancias, tiene que producir zapatos adecuados para el uso, mejores o más baratos que los que fabrican los demás. Por lo tanto, la producción capitalista logra normalmente lo que debería ser el fin de la producción, o sea, satisfacer las necesidades vitales de la humanidad. Pero los muchos casos en que es más provechoso producir objetos superfluos de lujo para los ricos o baratijas para los pobres, o vender toda la planta a un competidor que puede cerrarla, muestran que el objetivo principal de la producción actual es el beneficio del capitalista.

Este objetivo determina el carácter de la organización del trabajo en los talleres. En primer lugar, pone el mando en manos de un dueño absoluto. Si es el propietario mismo, debe cuidar de no perder su capital; por el contrario, debe acrecentarlo. Su interés domina el trabajo; los trabajadores son sus manos, y tienen que obedecer. Ese interés determina la parte y la función que cabe al capitalista en el trabajo. Si los trabajadores se quejan de las largas y fatigosas horas de tareas que deben cumplir, el capitalista señala que él también cumple la suya y que además las preocupaciones lo mantienen despierto hasta altas horas de la noche, después que los obreros se han ido a su casa sin preocuparse de nada más. El capitalista olvida decir -cosa que difícilmente comprenda- que todo su trabajo, a menudo esforzado, y la preocupación que lo mantiene despierto de noche, sólo sirven a la ganancia, no a la producción misma. Se refieren a problemas acerca de la manera de vender sus productos, de superar a sus competidores, de hacer ingresar a su caja fuerte la mayor parte posible de la plusvalía total. El trabajo del capitalista no es productivo; sus esfuerzos en la lucha con sus competidores son inútiles para la sociedad. Pero él es el dueño y la fábrica se dirige según sus propósitos.

Si no es el propietario sino el director, sabe que lo han designado para producir beneficios para los accionistas. Si no se las arregla para logrado, lo echan y lo reemplazan por otra persona. Por supuesto, debe ser un buen experto, debe entender las técnicas de su especialidad y ser capaz de dirigir el trabajo de producción. Pero debe ser aún más experto en realizar ganancias. En primer lugar, tiene que conocer las técnicas que se utilizan para aumentar la ganancia neta, descubriendo el modo de producir a costo mínimo, de vender con el máximo de éxito, y de derrotar a sus rivales. Esto lo sabe cualquier director. Es el factor que determina la dirección del negocio. También determina la organización dentro de la fábrica.

La organización de la producción dentro de la fábrica se realiza siguiendo dos líneas: de organización técnica y de organización comercial. El rápido desarrollo de las técnicas, ocurrido en el último siglo, basado en un asombroso crecimiento de la ciencia, ha mejorado los métodos de trabajo en todos los sectores. El uso de mejores técnicas es la mejor arma en la competencia, porque asegura un beneficio extra a costa de los rivales. Este desarrollo aumentó la productividad del trabajo, abarató los bienes de uso y consumo, los hizo más abundantes y variados, acrecentó los medios de comodidad y, al rebajar el costo de la vida, es decir, el valor de la fuerza de trabajo, elevó enormemente el beneficio del capital. Este elevado estadio de desarrollo técnico incorporó a la fábrica un número en rápido crecimiento de expertos, ingenieros, químicos, físicos, bien versados por su entrenamiento en las universidades y laboratorios científicos. Estas personas son necesarias para dirigir los intrincados procesos técnicos y para mejorarlos mediante la aplicación regular de nuevos descubrimientos científicos. Bajo su supervisión actúan técnicos y trabajadores especializados. Así, la organización técnica muestra una colaboración cuidadosamente regulada de diversas categorías de trabajadores, una pequeña cantidad de especialistas formados en las universidades, un número mayor de profesionales calificados y de operarios especializados, además de una gran masa de obreros no especializados que realizan el trabajo manual. Se requieren sus esfuerzos combinados para hacer caminar las máquinas y producir los bienes.

La organización comercial tiene que ocuparse de la venta del producto. Estudia los mercados y ios precios, realiza propaganda, forma agentes que estimulen las compras. Incluye la así llamada administración científica, que reduce los costos distribuyendo hombres y medios, inventa incentivos para estimular a los trabajadores a realizar esfuerzos más intensos, transforma la propaganda en una especie de ciencia que se enseña incluso en las universidades. Para los dueños capitalistas no es menos, sino incluso más importante, que la técnica; es el arma principal que emplean en su lucha mutua. Sin embargo, desde el punto de vista de la atención de las necesidades vitales, implica un desperdicio totalmente inútil de capacidades.

Pero también las formas de organización técnica están determinadas por el mismo motivo de beneficio. De aquí la estricta limitación de los expertos científicos mejor pagados a un pequeño número, combinado con una masa de trabajo barato no especializado. De aquí la estructura de la sociedad en general, por una parte masas con baja paga y deficiente educación; por otra, una minoría científicamente formada con mayor paga -así como mayores exigencias educacionales para que se cubran constantemente las filas.

Estos funcionarios técnicos no tienen sólo a su cargo el cuidado de los procesos técnicos de producción. Bajo el capitalismo actúan también como capataces de los trabajadores. Puesto que en el capitalismo la producción de bienes está inseparablemente vinculada con la producción de ganancia, y ambas son una y la misma acción, los dos caracteres de los funcionarios de fábrica, de líderes científicos de la producción y de auxiliadores de la explotación, están íntimamente combinados. Así, su posición resulta ambigua. Por un lado, son colaboradores de los trabajadores manuales mediante su conocimiento científico que dirige el proceso de transformación de los materiales, mediante su capacidad técnica que acrecienta las ganancias; también son explotados por el capital. Por otro lado, son los subordinados del capital, designados para acosar a los trabajadores y para ayudar al capitalista a explotarlos.

Puede parecer que hay sectores donde los trabajadores no son explotados de esta manera por el capital. En las empresas de servicios públicos, por ejemplo, o en las cooperativas de producción. Aunque dejemos de lado el hecho de que las primeras, por su ganancia, deben contribuir a menudo a los fondos públicos, aliviando así las cargas impositivas de las clases propietarias, la diferencia con las demás actividades comerciales no es esencial. Por regla general, las cooperativas tienen que competir con las empresas privadas; y los servicios públicos son controlados por el público capitalista mediante atentas críticas. El capital, genéralmente tomado a préstamo, que se requiere en los negocios, exige su interés, que debe extraerse de las ganancias. Como en el caso de otras empresas, existen el mando personal de un director y la imposición del ritmo de trabajo. Hay la misma explotación que en cualquier empresa capitalista. Puede existir upa diferencia de grado; parte de lo que de otra manera sería ganancia puede emplearse para aumentar los salarios y mejorar las condiciones de trabajo. Pero pronto se llega a un límite. En este respecto, se las puede comparar con empresas privadas modelo donde directores dotados de sensibilidad y espíritu amplio procuran ganarse a los obreros con un trato mejor, dándoles la impresión de que ocupan una posición privilegiada, y se ven así recompensados por una mejor producción y un aumento de los beneficios. Pero está fuera de cuestión el hecho de que los trabajadores en este caso, o en los servicios públicos o en las cooperativas, deben considerarse como servidores de una comunidad, a la cual dedican todas sus energías. Los directores y los trabajadores viven en el ambiente social y los sentimientos de sus respectivas clases. El trabajo tiene aquí el mismo carácter capitalista que en todos los demás sectores; esto constituye su naturaleza esencial más profunda, por debajo de las diferencias superficiales que implican las condiciones un poco mejores o peores de trabajo.

El trabajo bajo el capitalismo, en su naturaleza esencial, es un sistema en el cual se exprime al obrero al máximo. Hay que impulsar a los trabajadores a que realicen el máximo esfuerzo, hasta el límite de su capacidad, sea mediante severa coacción o con las artes más suaves de la persuasión. El capital mismo se ve coaccionado; si no puede competir, si las ganancias son inadecuadas, el negocio se hunde. Contra esta presión los trabajadores se defienden mediante una resistencia instintiva permanente. Si no lo hicieran, si se entregaran voluntariamente, les sacarían todavía más que su capacidad de trabajo diario. El capitalista se apoderaría de sus reservas de capacidad corporal y su poder vital se agotaría antes de tiempo, como ocurre en cierta medida en la actualidad; el resultado sería la degeneración, la aniquilación de la salud y la fuerza, tanto de los obreros mismos como de su prole. De modo que deben resistir. Así, todo taller, toda empresa, aun fuera de épocas de conflictos agudos, de huelgas o reducciones de salarios, es escena de una constante guerra silenciosa, de una perpetua lucha, de presión y contrapresión. Con altibajos, debido a esta lucha se establece una cierta norma de salarios, horarios y ritmos de trabajo, que mantiene a los obreros justo en el límite de lo que es tolerable e intolerable (si es intolerable, se afecta al total de la producción). De aquí que las dos clases, los trabajadores y los capitalistas, aunque tengan que tolerarse recíprocamente en el curso diario del trabajo, en su más profunda esencia, debido a sus opuestos intereses, serán enemigos implacables, que viven, cuando no luchan, en una especie de paz armada.

El trabajo en sí mismo no es repulsivo. El trabajo para atender a las propias necesidades es algo impuesto al hombre por la naturaleza. Como todos los otros seres vivientes, el hombre tiene que emplear sus fuerzas para procurarse alimentos. La naturaleza le ha dado órganos corporales y capacidad mental, músculos, nervios y cerebro para satisfacer esta necesidad. Las necesidades y medios están armoniosamente adaptados entre sí en el curso regular de la vida. De modo que el trabajo, como el uso normal de los miembros y de sus capacidades, es un impulso normal, tanto para el hombre como para el animal. Sin duda, en la necesidad de procurarse alimento y protección hay un elemento de coacción. La libre espontaneidad en el uso de los músculos y los nervios, todos a su turno y según la ocurrencia del momento, en el trabajo o en el juego, reside en el fondo de la naturaleza humana. La coacción que ejercen las necesidades obliga al hombre a realizar regularmente su trabajo, a suprimir el impulso del momento, a emplear a fondo sus capacidades, a mostrar una paciente perseverancia y control de sí mismo. Pero este autocontrol, necesario como es para la preservación de uno mismo, de la familia y de la comunidad, proporciona la satisfacción de vencer los impedimentos que se encuentran en uno mismo o en el ambiente circundante, y procura la orgullosa sensación de que se logran los fines que uno mismo se ha impuesto. Fijado por su carácter social, por la práctica y la costumbre en la familia, la tribu o la aldea, el hábito del trabajo regular llega a transformarse a su vez en una nueva naturateza, en un modo natural de vida, en una unidad armoniosa de necesidades y capacidades, de deberes y disposiciones. Así, en el caso de las actividades agrícolas, la naturaleza circundante se transforma en un hogar seguro mediante un trabajo vitalicio pesado o plácido. Así, en todos los pueblos, cada uno en su manera individual, la vieja artesanía dio a los artesanos el goce de aplicar su habilidad y fantasía a la confección de cosas buenas y hermosas para el uso.

Todo esto murió desde que el capital se hizo dueño del trabajo. En la producción para el mercado, para la venta, los bienes son mercancías que aparte de su utilidad para el comprador, tienen un valor de cambio que incluye el trabajo que costó hacerlos; este valor de cambio determina el dinero que estos bienes producen. Anteriormente un obrero en una cantidad moderada de horas -que dejaban tiempo para esfuerzos intensos ocasionales- podía producir lo suficiente para vivir. Pero el beneficio del capital consiste en lo que el trabajador puede producir por añadidura a lo que necesita para vivir. Cuanto más valor produce y menos es el valor de lo que consume, tanto mayor es la plusvalía de que se apodera el capitalista. Por consiguiente, se reducen las necesidades vitales del obrero, se rebaja al menor nivel posible su estándar de vida, se aumenta su horario de trabajo y se acelera el ritmo de la tarea. Entonces el trabajo pierde del todo su viejo carácter de uso placentero del cuerpo y los miembros. Entonces el trabajo se vuelve una maldición y un ultraje. Y éste sigue siendo su verdadero carácter, por más que se lo mitigue con leyes sociales y la acción de los sindicatos, resultados de la desesperada resistencia de los trabajadores contra su insoportable degradación. Lo que ellos pueden obtener es evitar que el capitalismo se abuse crudamente y forzarlo a una explotación normal. Aun entonces el trabajo, al realizarse bajo el capitalismo, conserva su carácter profundo de labor inhumana: los obreros compelidos por la amenaza del hambre a extremar sus esfuerzos a órdenes de otros, para provecho de otros, sin un genuino interés, en la fabricación monótona de cosas carentes de atractivo o malas, impulsados al máximo de lo que puede soportar un cuerpo agotado por el trabajo, se desgastan totalmente a edad temprana. Economistas ignorantes, no familiarizados con la naturaleza del capitalismo, al observar la fuerte aversión de los trabajadores ante su tarea concluyen que el trabajo productivo, por su naturaleza misma, es repulsivo al hombre y se lo debe imponer mediante severos recursos de coerción a una humanidad no dispuesta a realizarlo.

Por supuesto, los trabajadores no perciben siempre conscientemente este carácter de su trabajo. A veces la naturaleza original del trabajo, como un ansia impulsiva de acción que produce contentamiento, se afirma a sí misma. Especialmente en el caso de los jóvenes, ignorantes de la naturaleza del capitalismo y ansiosos por mostrar su capacidad como trabajadores plenamente calificados, que se sienten además como poseedores de una fuerza de trabajo inagotable. El capitalismo tiene sus astutas maneras de explotar esta disposición. Posteriormente, al aumentar las solicitaciones y deberes respecto de la familia, el trabajador se encuentra atrapado entre la presión de la coerción y el límite de su capacidad, como si tuviera grillos cada vez más apretados de los que no logra deshacerse. Y al final, cuando siente que sus fuerzas decaen a una edad que para el hombre de la clase media es la época de capacidad plena y madura, tiene que sufrir la explotación con una resignación tácita y temiendo continuamente que lo hagan a un lado como una herramienta agotada.

Por malo y condenable que sea el trabajo bajo el capitalismo, es peor aún la falta de trabajo. Como cualquier otra mercancía, la fuerza de trabajo a veces no encuentra comprador. La libertad problemática del trabajador para elegir su patrón va apareada a la libertad del capitalista para contratar o despedir a sus operarios. En el continuo desarrollo del capitalismo, en la fundación de nuevas empresas y la declinación o colapso de las viejas, los trabajadores se ven llevados de aquí para allá, se los acumula en un lado y se los despide de otro. Así, deben considerarse bastante afortunados cuando se les permite dejarse explotar. Entonces perciben que están a merced del capital. Que sólo con el consentimiento de los dueños tienen acceso a las máquinas que esperan que ellos las manejen.

El desempleo es el peor flagelo de la clase trabajadora bajo el capitalismo. Es inherente al capitalismo. Como un rasgo que se repite permanentemente acompaña a las crisis y depresiones periódicas, que durante todo el reinado del capitalismo devastaron a la sociedad a intervalos regulares. Estas crisis son consecuencia del desorden de la producción capitalista. Cada capitalista como dueño independiente de su empresa está en libertad para manejada a su voluntad, para producir lo que considera provechoso o para cerrar la fábrica cuando disminuyen sus ganancias. En contradicción con la cuidadosa organización que reina dentro de la fábrica, hay una completa falta de organización en la totalidad de la producción social. El rápido aumento del capital a través de las ganancias acumuladas, la necesidad de lograr beneficios también para el nuevo capital, impulsa un rápido crecimiento de la producción, que inunda el mercado con bienes invendibles. Entonces ocurre el colapso, que no sólo reduce los beneficios y destruye el capital superfluo, sino que también elimina de las fábricas a la multitud acumulada de trabajadores, forzándolos a depender de sus propios recursos o de una mezquina caridad. Entonces bajan los salarios, las huelgas son ineficaces, las masas de los desocupados pesan como una fuerte carga sobre las condiciones de trabajo. Lo que se ganó con duras luchas en épocas de prosperidad se pierde a menudo en épocas de depresión. El desempleo fue siempre el principal impedimento que se opuso a una elevación continua del estándar de vida de la clase trabajadora.

Ha habido economistas que alegaron que mediante el desarrollo contemporáneo de las grandes empresas comerciales desaparecería esta perniciosa alternancia de crisis y prosperidad. Esos economistas esperaban que los carteles y los trusts, que monopolizan grandes ramas de la industria, aportarían un cierto monto de organización que contrarrestaría el desorden de la producción y reduciría su irregularidad. No tomaron en cuenta que subsiste la causa principal, es decir, la avidez de ganancia, que impulsa a los grupos organizados a entablar una competencia más encarnizada, ahora con fuerzas más poderosas. La incapacidad del capitalismo contemporáneo para remediar su desorden apareció con siniestra luz en la crisis mundial de 1930. Durante largos años la producción parecía haberse arruinado definitivamente. En todo el mundo millones de trabajadores, de campesinos e incluso de intelectuales quedaron reducidos a vivir de la asistencia social que los gobiernos se vieron obligados a proveer. En esta crisis de producción se originó la actual crisis bélica.

En esta crisis la humanidad pudo percibir a plena luz el verdadero carácter del capitalismo y la imposibilidad de mantenerlo. Había millones de personas que carecían de los medios necesarios para atender sus necesidades vitales. Había millones de trabajadores con fuertes brazos, deseosos de trabajar; había máquinas en miles de talleres, listas para entrar en funcionamiento y producir abundancia de mercancías. Pero no era permitido. La propiedad capitalista de los medios de producción se interponía entre los trabajadores y las máquinas. Esta propiedad, afirmada en caso necesario mediante el poder de la policía y del Estado, impidió que los operarios tocaran las máquinas y produjeran todo lo que ellos mismos y la sociedad necesitaban para su existencia. Las máquinas tenían que permanecer detenidas oxidándose, y los trabajadores tenían que permanecer ociosos y sufrir necesidad. ¿Por qué? Porque el capitalismo es incapaz de manejar los poderosos recursos técnicos y productivos de la humanidad para que cumplan con su finalidad original, que es la de proveer a las necesidades de la sociedad.

Sin duda, el capitalismo está tratando ahora de introducir alguna clase de organización y de planeamiento de la producción. Su avidez insaciable de ganancia no puede satisfacerse dentro de los viejos dominios; se ve impulsado a expandirse por todo el mundo, a apoderarse de los recursos, a abrir los mercados, a someter a los pueblos de otros continentes. En una feroz competencia cada uno de los grupos capitalistas debe tratar de conquistar o conservar para sí mismos las regiones más ricas del mundo. Mientras la clase capitalista en Inglaterra, Francia, Holanda realizó fáciles ganancias mediante la explotación de ricas colonias, conquistadas en guerras anteriores, el capitalismo alemán con su energía, sus capacidades, su rápido desarrollo, como había llegado demasiado tarde a la división del mundo colonial sólo podía lograr su parte esforzándose por conseguir el poder mundial mediante la preparación para la guerra mundial. Tenía que ser el agresor, mientras los otros eran los defensores. Así fue el primero en poner en acción y organizar todos los poderes de la sociedad con este propósito; y luego los demás tuvieron que seguir su ejemplo.

En esta lucha por la vida entre las grandes potencias capitalistas ya no podía permitirse que persistiera la ineficiencia del capitalismo privado. El desempleo era entonces un desperdicio insensato, más aún, criminal, de mano de obra que se necesitaba angustiosamente. Una organización estricta y prolija debía asegurar el pleno uso de toda la fuerza de trabajo y de la capacidad de lucha de la nación. En ese momento se mostró también desde otro ángulo igualmente siniestro el carácter insostenible del capitalismo. El desempleo se transformó en su opuesto, el trabajo compulsivo. El trabajo compulsivo y la lucha en las fronteras, donde millones de hombres fuertes y jóvenes, mediante los medios más refinados de destrucción, se mutilan, matan, exterminan, aniquilan unos a otros, en bien del poder mundial de sus patrones capitalistas. El trabajo compulsivo en las fábricas donde todo el resto, mujeres y niños incluidos, están produciendo asiduamente cada vez más cantidad de estas máquinas de muerte, mientras la producción de los bienes necesarios para la vida se ve reducida al mínimo absoluto. ¡La escasez y la falta de todo lo que es necesario para la vida y el retroceso a las formas más pobres y tremendas de barbarie es el resultado del gran desarrollo de la ciencia y la técnica, es el fruto glorioso del pensamiento y del trabajo de tantas generaciones! ¿Por qué? Porque pese a toda la cháchara engañosa acerca de la comunidad y la camaradería, el capitalismo organizado es además incapaz de manejar las ricas potencialidades productivas de la humanidad para su verdadero propósito, y las emplea en cambio para la destrucción.

Así, la clase trabajadora se ve enfrentada con la necesidad de tomar ella misma la producción en sus manos. Hay que sustraer el dominio sobre las máquinas y sobre los medios de producción de las indignas manos que abusan de él. Esta es la causa común de todos los productores, de todos los que realizan el real trabajo productivo en la sociedad, los obreros, los técnicos, los campesinos. Pero de los trabajadores, que son los que sufren sobre todo y en forma permanente por la acción del sistema capitalista, y, además, constituyen la mayoría de la población, depende la liberación de ellos mismos y del mundo y la liquidación de esta plaga. Deben administrar los medios de producción. Deben ser dueños de las fábricas, dueños de su propio trabajo, para poder orientarlo a su voluntad. Entonces las máquinas se aplicarán a su verdadero uso, que es la producción de una abundancia de bienes para proveer a las necesidades vitales de todos.

Esta es la tarea de los trabajadores en los días futuros. Este es el único camino hacia la libertad, ésta es la revolución para la cual la sociedad está madurando. Mediante tal revolución se invertirá del todo el carácter de la producción; nuevos principios formarán la base de la sociedad. En primer lugar, porque cesará la explotación. La producción del trabajo común (pertenecerá a) todos los que tomen parte en él. No habrá más plusvalía para el capital; se terminará con la pretensión de los superfluos capitalistas de disponer de una parte de lo que se produce.

Más importante aún que la cesación de su parte en la producción, es la cesación de su mando sobre la producción. Una vez que los operarios sean dueños de los talleres, los capitalistas perderán su poder de dejar en desuso las máquinas, esas riquezas de la humanidad, precioso producto del esfuerzo mental y manual de tantas generaciones de trabajadores y pensadores. Con los capitalistas desaparecerá su poder de dictar qué lujos superfluos o qué fruslerías se producirán. Cuando los trabajadores tengan bajo su mando las máquinas, las utilizarán para la producción de todo lo que requiere la vida de la sociedad.

Esto sólo será posible combinando todas las fábricas, como miembros separados de un solo cuerpo, para formar un sistema bien organizado de producción. La vinculación que bajo el capitalismo es resultado fortuito de la competencia y la comercialización a ciegas, dependiente de la compra y la venta, será entonces objeto de planeamiento consciente. Además, en lugar de los intentos parciales e imperfectos de organización del capitalismo contemporáneo, que sólo llevan a una lucha y una destrucción más encarnizadas, habrá una organización perfecta de la producción, que se traducirá en un sistema de colaboración a nivel mundial, pues las clases productorils no pueden ser competidoras, sino sólo colaboradoras.

Estas tres características de la nueva producción significan un nuevo mundo. La cesación del beneficio para el capital, la cesación del desempleo de máquinas y hombres, la adecuada regulación consciente de la producción, el aumento de ésta mediante una organización eficiente, darán a cada trabajador una mayor cantidad de producto con menos trabajo. Entonces estará expedito el camino para un mayor desarrollo de la productividad. Mediante la aplicación de todos los progresos técnicos la producción aumentará en tal medida que la abundancia para todos se unirá a la desaparición del trabajo penoso.

 


Last updated on: 5.30.2011