Leon Trotsky - STALIN

SUPLEMENTO I

LA REACCIÓN TERMIDÓRICA
 
Tras del prodigioso esfuerzo de la Revolución y la guerra civil se inició una reacción política. [ésta fue fundamentalmente distinta de una manifestación social paralela en países no soviéticos.] La reacción era contra la guerra [imperialista] y los que habían dirigido [aquella caprichosa y más que inútil matanza, decididamente] impopular [incluso en los países "victoriosos"]. En Inglaterra se alzó ante todo contra Lloyd George, a quien enviaron al ostracismo. Clemenceau en Francia [y Wilson en Estados Unidos] sufrieron análoga suerte.
La enorme diferencia de sentimientos de las masas después de una guerra imperialista y una guerra civil era natural. En Rusia, obreros y campesinos estaban saturados de la certeza de que se ventilaban sus propios intereses y de que la guerra era, en un sentido muy directo, su guerra. La satisfacción por la victoria era muy grande, y grande también en proporción la popularidad de quienes habían contribuido a terminarla. [Al mismo tiempo era necesario darle el golpe de gracia, volver por fin a las tareas civiles, a restablecer los procesos normales y pacíficos encaminados a satisfacer necesidades humanas. El propio heroísmo se había hecho cosa baladí y el pueblo estaba harto de los horrores inherentes a él.]
[Aunque no dirigido contra los jefes de la guerra civil, este imponente afán de paz volvía los ojos hacia aquellos encargados de cuestiones tan fastidiosas como el racionamiento de víveres, la vivienda y la colocación en buenos empleos con la mayor retribución posible. Stalin y otros como él, cuya misión en la guerra civil había sido secundaria, se destacaron entonces, poniéndose a la cabeza del movimiento de transición, tácito, pero potente, de la guerra a la paz, del sacrificio a la prosperidad. Este sesgo no ejerció un efecto tan fuerte sobre la juventud y las masas en general (las más expuestas durante la guerra civil) como sobre las personas de mediana edad, con crecientes responsabilidades familiares, y sobre los afortunados que contaban con empleo permanente en las actividades civiles. Pero ello no quiere decir que no fuese fuerte y extenso.]
Los tres años de guerra civil dejaron una huella indeleble en el propio Gobierno soviético en virtud del hecho de que muchísimos de los administradores, una capa considerable de ellos, se habían acostumbrado a mandar y a exigir incondicional sumisión a sus órdenes. Los teorizantes que intentan probar que el actual régimen totalitario de la U.R.S.S. proviene, no de tales condiciones históricas, sino de la propia naturaleza del bolchevismo, olvidan que la guerra civil no procedió de la naturaleza del bolchevismo, sino más bien de los esfuerzos de la burguesía rusa e internacional por derrumbar el régimen soviético. No hay duda de que Stalin, como muchos otros, fue moldeado por el ambiente y las circunstancias de la guerra civil, a la vez que el grupo que andando el tiempo le ayudó a implantar su dictadura personal (Ordzhonikidze, Vorochilov, Kaganovich) y toda una capa de obreros y campesinos [elevados a la categoría de comandantes y administradores].
En 1923 comenzó a estabilizarse la situación. La guerra civil, como la sostenida contra Polonia, eran ya cosas del pasado. Se habían vencido las más horribles, consecuencias del hambre; la NEP había dado impulso a un resurgir vivificador de la economía nacional. El constante traslado de comunistas de un puesto a otro, de una esfera de actividad a otra, pasó pronto a ser excepción en vez de regla. Los comunistas empezaron a cubrir puestos permanentes, empleos que se consideraban suyos y conducían a otros más destacados a dominar en forma planificada las regiones o distritos de actividad económica y política confiados a su discreción administrativa. [Rápidamente iban convirtiéndose en funcionarios, en burócratas, conforme] la colocación de miembros y activistas del Partido adquiría un carácter más sistemático y regular. Ya no se consideraban las misiones como algo transitorio y casi fortuito. La cuestión de los destinos tuvo cada vez más relación con la del modo y condiciones de vida de la familia [del nombrado] y con su carrera.
Entonces fue cuando Stalin comenzó a sobresalir con creciente prominencia como organizador, dispensador de credenciales, tareas y empleos, preparador y monitor de la burocracia. Elegía a sus hombres de acuerdo con la hostilidad o indiferencia de éstos hacia sus adversarios y, particularmente, hacia quien en su concepto era el principal de todos ellos, el obstáculo capital de su ascensión a la cumbre. Stalin generalizó y clasificó su propia experiencia administrativa, en primer término la experiencia de intrigar de continuo tras la cortina, y la puso al alcance de los más íntimos asociados a él. Les enseñó a organizar sus máquinas políticas locales por el patrón de la suya propia; cómo reclutar colaboradores, cómo utilizar sus flaquezas, cómo enfrentar a unos camaradas con otros.
A medida que fue aumentando la vida burocrática, ésta engendró una creciente necesidad de bienestar. Stalin cabalgaba a la cabeza de este espontáneo movimiento hacia la comodidad humana, guiándolo y enderezándolo a sus propios designios. Recompensaba a los más leales con los empleos más atrayentes y ventajosos. él fijaba los límites de los beneficios que podían derivarse de tales puestos. Seleccionaba a los miembros de la Comisión de Control, instilando en muchos de ellos la necesidad de perseguir sin misericordia a los que disentían. Al mismo tiempo les enseñaba a mirar por entre les dedos pasar por alto el extravagante modo de vivir de los funcionarios leales al secretario general, pues Stalin medía toda situación, toda circunstancia política, toda combinación personal [por un solo rasero: utilidad] para él, para su lucha por el poder, para su inextinguible prurito de dominar a los otros.
Todo lo demás estaba intelectualmente fuera de su alcance. Impelía a dos de sus máximos competidores a una contienda. Convertía su talento para utilizar antagonistas personales y de grupo en verdadero arte, en un arte inimitable en el sentido de que en él se había desarrollado un instinto casi infalible para practicarlo. En cada nueva situación, su primera y principal consideración era cómo sacar partido de ella. Siempre que los intereses generales aparecían en conflicto con los suyos propios, sacrificaba sin excepción los primeros. En toda ocasión, con cualquier pretexto y sin tener en cuenta el resultado, hacía cuanto le era posible por crear dificultades a sus competidores más destacados. Con la misma persistencia procuraba recompensar, todo acto de lealtad a su persona. Secretamente al principio, y luego con más descaro, la igualdad fue tildada de prejuicio pequeñoburgués. Salía en defensa de la injusticia, en defensa de los privilegios especiales para los burócratas de alta categoría.
En esta deliberada desmoralización, nunca se interesó Stalin por lejanas perspectivas, ni se detuvo a pensar en la trascendencia social de este proceso en que se había adjudicado el papel principal. Obraba entonces, como ahora, al modo del empírico que es. Elige a quienes le son leales, les recompensa; les ayuda a conseguir puestos privilegiados, pidiéndoles que renuncien a fines políticos personales. Les enseña a crear para ellos la maquinaria destinada a influir sobre las masas y mantenerlas sometidas. Nunca se para a considerar que su política va directamente contra la lucha en que puso cada vez más empeño Lenin durante el último año de su vida: la lucha contra la burocracia, pero siempre en os abstractos e inanimados. Piensa en la falta de atención, en el baduque, en el desaseo de las oficinas, etc., pero permanece sordo y ciego ante la formación de toda una casta privilegiada soldada por los lazos del honor de los ladrones, por su común interés [como explotadores privilegiados de toda la política de cuerpo] y por su incesante alejamiento del pueblo. Sin sospecharlo, Stalin está organizando no solo una nueva máquina política, sitio una nueva casta.
En la época de la discusión del Partido en el otoño de 1923, la organización de Moscú estaba dividida aproximadamente en dos mitades, con ligera ventaja de la oposición al principio. Sin embargo, las dos mitades no eran de igual fuerza en su [potencial] social. Al lado de la oposición estorba la juventud y una considerable parte de la base; pero al lado de Stalin y del Comité Central estaban en primer término todos los políticos especialmente ejercitados y disciplinados, más próximos a la máquina política del secretario general. Mi enfermedad, que me impidió tomar parte en la contienda, fue, lo reconozco, un factor de cierta entidad; sin embargo, no debe exagerarse su importancia. En último término, sólo fue un simple episodio. [Tuvo gran importancia el hecho de] que los trabajadores estaban cansados. Los que apoyaban a la oposición no sentían el estímulo de una esperanza en cambios grandes y serios. Por el contrario, la burocracia combatía con extraordinaria saña: [luchaba instintivamente por su futura prosperidad]. Es cierto que en este campo hubo, por lo menos, un momento de completa contusión, pero no lo supimos a tiempo. Más tarde nos lo refirió Zinoviev. Una vez, al llegar a Moscú desde Petrogrado, encontró el Comité Central y a los dirigentes de Moscú presa de verdadero pánico. Stalin estaba sin duda urdiendo una maniobra con ánimo de asociarse a la oposición a expensas de sus aliados, Zinoviev y Kamenev. Esto era muy de él. A la sazón, las reuniones del Politburó se celebrarán en mi casa, a causa de mi enfermedad. Me hizo claras insinuaciones, mostrando inesperado interés por mi salud. Zinoviev, según su relato, puso fin a aquella situación equívoca de Moscú volviendo a Petrogrado en busca de auxilio. Emprendió la organización de un cuadro ilegal de agitadores y tropas de choque que fueron enviados en automóvil de un abastecimiento a otro para difundir tergiversaciones y calumnias. Sin romper con sus aliados, naturalmente, Stalin cubría en favor suyo el camino de retirada a la oposición. Zinoviev era más atrevido, por su carácter aventurero e irresponsable. Stalin era precavido. Todavía no se daba perfecta cuenta de los cambios que se habían operado entre los elementos más destacados del Partido, y, especialmente, en la máquina soviética [cambios que él mismo había fomentado]. No confiaba en su propia fuerza intelectual. Tanteaba el camino, sintiendo toda resistencia, calculando todo posible apoyo. Dejó que Zinoviev y Kamenev se comprometieran, mientras él permanecía reservado.
Durante este mismo debate del otoño fue cuando se desarrolló definitivamente y se puso a prueba la técnica de la máquina en su lucha con la oposición. En ningún caso podía permitirse que la máquina se rompiese por presión desde abajo. La máquina tenía que mantenerse firme. El Partido podía bajarse de nuevo, refundiese o reagruparse. Era posible expulsar a algunos miembros, pactar con otros, o asustarlos. Finalmente, cabía hacer malabarismos con hechos y números. Los hombres de la máquina se enviaban de una a otra fábrica en automóvil. Las Comisiones de Control, que se habían establecido con el propósito de combatir precisamente esta usurpación de poder por la máquina, se convirtieron en simples dientes de sus ruedas. En las reuniones del Partido, sobre todo, funcionarios de absoluta confianza de las Comisiones de Control anotaban el nombre de todo orador sospechoso de simpatías por la oposición, y luego escudriñaban con todo afán en su pasada vida. Siempre, o casi siempre, resultaba bastante sencillo hallar algo más o menos tangible (algún error pretérito o simplemente un origen social dudoso) para justificar un cargo o provocar una violación de la disciplina del Partido. Entonces era posible expulsar, trasladar, intimidar para imponer silencio, o concertar un arreglo con el adversario de la oposición.
Esta parte del trabajo de Stalin se efectuaba bajo su inmediata dirección. Dentro de la misma Comisión Central de Control tenía su órgano especial, capitaneado por [Soltz] Yaroslavsky, y Shkiryatov. Su misión consistía en formar listas negras de los disidentes e iniciar después investigaciones sobre su genealogía en los archivos de la policía zarista. Stalin tenía un archivo especial lleno de toda clase de documentos, acusaciones, rumores difamatorios contra todos los dirigentes destacados del Soviet, sin excepción. En 1929, cuando rompió abiertamente con los miembros derechistas del Politburó, Bujarin, Rikov y Tomsky, Stalin consiguió mantener a Kalinin y Vorochilov a su lado amenazándoles con ponerlos en evidencia.
Kalinin, que conocía demasiado bien lo sucedido últimamente, se negó al principio a reconocer como jefe a Stalin. Por mucho tiempo estuvo temeroso de unir su suerte a la de Stalin. "Ese caballo -solía decir a sus íntimos- acabará por meternos el carro en una zanja." Pero, gradualmente, rezongando y resistiéndose, se volvió primero contra mí, luego contra Zinoviev, y, por último, con más repugnancia todavía, contra Rikov, Bujarin y Tomsky, con quienes estaba más estrechamente unido por sus opiniones moderadas. Yenukidze pasó por la misma evolución, siguiendo las huellas de Kalinin, aunque más en la sombra y, sin duda, con un sufrimiento interior más hondo. Por su propia índole, ya que su principal característica era la adaptabilidad, Yenukidze no pudo por menos de encontrarse a sí mismo en el campo de los termidóricos. Pero no era un arribista, ni menos un granuja. Fue duro para él romper con viejas tradiciones, y más duro volverse contra personas a quienes estaba habituado a respetar. En momentos críticos, Yenukidze no sólo no manifestó un entusiasmo agresivo, sino que, por el contrario, se lamentó, murmurando y resistiéndose. Stalin estaba bien enterado de ello, y previno a Yenukidze más de una vez. Yo lo supe prácticamente de primera mano. Aunque incluso en aquellos días el sistema de denuncias había envenenado ya no sólo la vida política, sino también las relaciones personales, todavía quedaban aquí y allá algunos oasis de confianza recíproca. Yenukidze era muy amigo de Serebryakov, a pesar de la notoriedad de este último como dirigente de la oposición de izquierda, y no rara vez le hacía confidencias. "¿Qué más quiere [Stalin]? -se lamentaba Yenukidze-. Estoy haciendo todo lo que me pide, pero nada le basta. Pretende que reconozca que es un genio."
No todos los jóvenes revolucionarios de la era zarista [eran héroes de leyenda]. También había entre ellos algunos que no se condujeron con el debido valor durante las indagaciones [de la policía secreta]. Si luego compensaban tal conducta portándose mejor, el Partido no los expulsaba irrevocablemente, sino que los admitía de nuevo en sus filas. En 1923, Stalin, como secretario general, comenzó a concentrar en sus manos pruebas de aquel censurable proceder, sirviéndose de ellas para intimidar a centenares de antiguos revolucionarios que habían redimido muy de sobra sus debilidades de otro tiempo. Amenazándoles con dar publicidad a su antiguo historial, sometió a aquella gente a una obediencia de esclavos, reduciéndolos poco a poco a un estado de completa desmoralización. [Los ligó a su persona para siempre obligándolos a desempeñar las tareas más sucias en sus maquinaciones contra la oposición.] Aquellos que se negaron a humillarse fueron triturados políticamente por la máquina o se vieron impelidos al suicidio. Así pereció uno de mis más próximos colaboradores, mi secretario particular Glazman, hombre de excepcional modestia y [de ejemplar] devoción al Partido, [muy templado y sensible, revolucionario de impecable honestidad. Se] suicidó ya en 1924. Su acto de desesperación produjo una impresión tan desfavorable que la Comisión Central de Control se vio obligada a exculparle después de muerto y a formular una censura (muy cauta y suave) a su propio órgano ejecutivo.
[Dos años después se produjo un intento descarado de agresión sangrienta. Aunque Trotsky y Muralov ya estaban en desgracia, su situación aún no había cristalizado. Era el año 1926. En julio, Zinoviev, que entretanto había roto con Stalin y formado un bloque oposicionista con Trotsky y Kamenev, fue eliminado del Politburó. Tres meses después, en el subsiguiente Pleno del Comité Central y de la Comisión Central de Control, expulsaron de aquel organismo a otros dos dirigentes de la oposición. En el ínterin, Trotsky y su esposa], acompañados por Muralov y otros camaradas del tiempo de la guerra civil, personalmente afectos, salieron para unas breves vacaciones en el Cáucaso. Yenukidze puso [a su disposición] la misma casita que había ocupado otras veces en Kislovodsk. Trotsky fue objeto de iguales deferencias que de costumbre. Las autoridades locales le mostraron respeto sincero e incluso entusiasmo en ocasiones sin poderlo ocultar. En reuniones casuales o no casuales, saludaban a León Davidovich [Trotsky] con genuina efusión. En todos los sanatorios de Kislovodsk invitaron sucesivamente a León Davidovich a dar conferencias. Todo el mundo le acogía bien y acudía a despedirle con ostensible agrado. Sin embargo, la presión del Centro podía observarse ya. Oficialmente las provincias no habían recibido órdenes de cambiar de "frente". Stalin no se atrevía aún a dar tales órdenes abiertamente. Pero de manera subrepticia tuvo ocasión de dar a conocer sus deseos a los sátrapas que le servían. En consecuencia, de vez en citando tropezábamos con manifestaciones de ostensible frialdad por parte de algún que otro grupo recién llegado de Moscú. Nos dijeron que en algunos sanatorios se discutía si era o no procedente invitar a L. D. Pero los opuestos a invitarle eran hasta entonces tan pocos y de tan escasa influencia, que siguió siendo invitado por decisión unánime, ante la insistencia de una mayoría entusiasta. Tal franca expresión de simpatía a L. D. no era ya tolerable en Moscú.
Muralov fue bien informado de cuanto ocurría. Era muy delicado y comprensivo para estas cosas. Nosotros estábamos inquietos, y en guardia constantemente. Como de costumbre, las partidas de caza eran organizadas por la G.P.U. local, porque conocía mejor las condiciones locales. Continuábamos confiados a su custodia y protección, como antes. Pero ante el cambio de circunstancias, esta guardia de la G.P.U. adquirió un doble sentido, no exento de peligro. Ya no pusimos en ella tanta seguridad como en la guardia personal de L. D., que nos había acompañado desde Moscú y estaba ligada a L. D. por los estrechos lazos del frente en la guerra civil.
Una vez volvimos de caza algo más tarde que de costumbre. El retraso no fue culpa nuestra; más bien supusimos que era premeditado. A medianoche, justamente cuando nos acercábamos a Kislovodsk, descarriló de pronto el tranvía en que íbamos, se desvió describiendo un círculo y se detuvo bruscamente. Nos caímos todos, sin darnos cuenta al principio de lo ocurrido. Los empleados que trataron de explicarnos la causa de aquel accidente estaban muy azorados. Sus explicaciones no tenían sentido. Parecía aquello un "accidente" premeditado y frustrado, sin duda una venganza por el éxito de L. D. en Kislovodsk. El "atrasado" Cáucaso y todas las provincias en su compañía, necesitaban aprender mediante un buen escarmiento.
No mucho después de esto, la presión ejercida sobre miembros y simpatizantes de la oposición izquierdista fue aumentando poco a poco. El trato de que fueron objeto los centenares de personas que pusieron sus firmas en la declaración de los 83, de 26 de mayo de 1927, sólo fue superado en brutalidad y cinismo por el que sufrieron los miles que los apoyaron verbalmente. Fueron obligados a comparecer ante Tribunales del Partido, sólo porque en reuniones del Partido expresaban criterios distintos del consagrado por el Comité Central stalinista, que de este modo les privaba, descaradamente como miembros del Partido de sus más elementales derechos en calidad de tales. La opinión pública del Partido estaba siendo preparada para la franca expulsión de los oposicionistas. Esto se reforzó mediante ciertas extrañas medidas adoptadas contra miembros y simpatizantes de la oposición. "Os habéis estado riendo de la bolsa del trabajo", dijo amenazador un miembro del Politburó y del Comité Central del Partido Comunista ucraniano, en una de las reuniones que el Partido celebró en Jarkov. "Os echaremos de vuestros puestos", conminaba en Moscú el secretario del Comité del Partido de esta ciudad. [Y no eran simples bravatas. Cuando] se vio que la amenaza del hambre no hacía callar a la oposición, el Comité Central recurrió abiertamente a la G.P.U. Tenía uno que estar ciego para no darse cuenta de que la lucha contra la oposición por tales medios era una lucha contra el Partido. ¿Podría hablarse de unidad, esgrimiendo tales armas? ¿Qué significaba la unidad para los stalinista s? ¿Se trataba acaso de la unidad del lobo con el cordero que se estaba engullendo...?
En la primavera de 1924, después de uno de los plenos del Comité Central, al que no asistí por estar enfermo, dije a [l. N.] Smirnov: "Stalin se hará dictador de la U.R.S.S." Smirnov conocía bien a Stalin. Habían compartido la labor revolucionaria y el destierro años enteros, y en tales condiciones, la gente llega a conocerse mejor que de ningún otro modo.
-¿Stalin? -me preguntó, asombrado-. ¡Pero si es una mediocridad, una nulidad incolora!
-Mediocridad, sí; nulidad, no -le contesté-. La dialéctica de la historia le ha enganchado y le elevará. Le necesitan todos: los fatigados radicales, los burócratas, los de la N.E.P., los kulaks, los advenedizos, los rastreros, todos los gusanos que surgen del revuelto suelo de la Revolución. él sabe cómo tratarlos en su propio terreno, habla su lenguaje y conoce el modo de conducirlos. Tiene la merecida reputación de viejo revolucionario, que le hace inapreciable para ellos como visera para cubrir los ojos del país. Le sobra voluntad y audacia. No vacilará en utilizarlos y moverlos contra el Partido; ya ha comenzado a hacerlo. Ahora mismo está disponiendo en torno suyo a los solapados bribones del Partido, a los diestros trampistas. Como es natural, pueden producirse en Europa, en Asia y en nuestro país grandes acontecimientos que trastornen todos estos planes. Pero si todo continúa automáticamente como hasta aquí, Stalin se convertirá automáticamente en dictador.
En 1926 tuve una discusión con Kamenev, que insistía en que Stalin no era más que "un político de villorrio". Naturalmente, había una partícula de verdad en caracterización tan sarcástica, pero sólo una partícula. Atributos de carácter tales como la astucia, la perfidia, la habilidad de explotar los más ruines instintos de la naturaleza humana, están desarrollados en grado extraordinario en Stalin, y considerando la fortaleza de su carácter, representan armas temibles en una contienda. Claro que no es una contienda cualquiera. La lucha para liberar a las masas requiere otros atributos. Seleccionar a hombres para puestos privilegiados, unirlos en el espíritu de casta, debilitar y disciplinar a las masas, son, en cambio, tareas para las cuales los atributos de Stalin no tienen precio y le convierten por derecho propio en caudillo de la reacción burocrática. [Sin embargo,] Stalin sigue siendo una mediocridad. No sólo carece de vuelo su entendimiento, sino que es incapaz de discurrir con lógica. Cada frase de sus discursos tiene una finalidad práctica inmediata. Pero un discurso suyo, en conjunto, nunca se eleva al rango de una construcción lógica.
Si Stalin hubiera podido prever hasta dónde conduciría su lucha contra el trotskismo, indudablemente se hubiera contenido a pesar de la perspectiva de victoria contra sus antagonistas. Pero no previó absolutamente nada. Los vaticinios de sus adversarios, de que se convertiría en adalid del Termidor, en enterrador del Partido de la Revolución, le parecían vanas fantasías [y expresiones huecas]. Creía en la suficiencia de la máquina del Partido, en su capacidad de realizar todas las tareas. No tenía la menor idea del papel histórico que estaba representando. La falta de imaginación creadora, su incapacidad de generalizar y prever mató en Stalin al revolucionario tan pronto empuñó por su cuenta el timón. Pero esos mismos rasgos, respaldados por su autoridad de antiguo revolucionario, le permitieron disimular el auge de la burocracia termidórica.
Su ambición adquirió un tinte de asiática incultura, intensificada por la técnica europea. Le era indispensable que la Prensa le ensalzase a diario con extravagancia, publicara sus retratos, se refiriera a él con el más mínimo pretexto, e imprimiese su nombre en grandes titulares. Hoy, hasta los telegrafistas saben que no deben admitir un telegrama dirigido a Stalin en que no se le llame padre del pueblo, o el gran maestro, o genio. La novela, la ópera, el cine, la pintura, la escultura, incluso las exposiciones agrícolas, todo ha de girar en torno a Stalin como en torno a su eje. La literatura y el arte de la época estalinista pasarán a la historia como ejemplo del más absurdo y abyecto bizantinismo. [En 1925, Stalin estaba resentido con Lunacharsky porque éste había dejado de mencionarle en un libro suyo como uno entre muchos pronombres. Pero unos doce o más años después] el gran escritor [ruso] Alexis Tolstoy, que lleva el nombre de uno de los más insignes y más independientes escritores del país, escribía a propósito de Stalin:

Tú, refulgente sol de las naciones,
 sol sin ocaso de nuestra época,
y más que el sol, pues el sol no es sapiente...

[y Stalin lo tomó en serio. Le complace. Y más aún se regocija, sin duda, cuando algún escritor de segunda fila se acerca más a su propio nivel literario con el siguiente Canto al sol que vuelve, que dice, entre otras cosas: ]

De Stalin nos llega la luz,
y de Stalin nuestra próspera vida...
aun la buena vida de la tundra que baten las nieves
la vivimos unidos a él,
al hijo de Lenin,
 a Stalin el sabio.

[Stalin no advierte que tales efusiones literarias suenan] más a gruñido de puerco [que a poesía]. El artículo sobre el zar Alejandro III, de "dichoso reinado", escrito para una Enciclopedia rusa por un obsequioso cortesano, es un modelo de veracidad, moderación y buen gusto comparado con el artículo sobre Stalin inserto en la postrer Enciclopedia soviética.

El bloque con Zinoviev y Kamenev contuvo a Stalin. Habiendo pasado largos períodos de aprendizaje bajo Lenin, apreciaba el valor de las ideas y de los programas. Aunque de vez en cuando incurría en monstruosas desviaciones del programa del bolchevismo, y en violaciones de su integridad ideológica, todo ello con apariencias de subterfugio militar, nunca trasponía ciertos límites. Pero cuando el triunvirato se deshizo, Stalin se encontró libre de todo freno ideológico. Los miembros de] Politburó no se vieron ya desconcertados por su falta de fondo o su extrema ignorancia. Discusiones y argumentos perdieron toda su influencia, especialmente en lo relativo a asuntos del Komintern. Por aquel tiempo, ni un solo miembro del Politburó hubiera reconocido que ninguna de las secciones extranjeras tuviese la menor significación independiente. Todo se reducía a la cuestión de si estaban "por" o "contra" la oposición. En el curso de los años precedentes, una de mis tareas en el Komintern había consistido en observar el movimiento obrero francés. Después del levantamiento en el Komintern, que comenzó a fines de 1923 y persistió todo el año 1924, los nuevos dirigentes de las diversas secciones tendían a desviarse cada vez más de las viejas doctrinas. Recuerdo que una vez llevé a una sesión del Politburó el último número del órgano central del Partido Comunista francés y traduje unos pasajes del artículo programático. Aquellos pasajes expresaban con tal vigor la ignorancia de sus [autores] y su oportunismo, que por un minuto hubo cierta confusión en el Politburó. Pero, naturalmente, ellos no podían abandonar a sus "muchachos". El único miembro de aquel Politburó stalinista que creía saber algo de francés, eco tenue de sus años escolares de adolescente, era Rudzutak. Me pidió el recorte y comenzó a traducirlo a primera vista, omitiendo palabras y frases desconocidas para él, deformando el sentido de otras, y adicionando sus propios caprichosos comentarios. Al punto, todos le apoyaron a coro. Es difícil dar idea del sentimiento de pena, de indignación...
Hoy parecería casi inútil someter a una evaluación teórica la producción de literatura contra el trotskismo que, a pesar de la escasez de papel, inundó literalmente la Unión Soviética. El mismo Stalin no hubiera podido volver a leer todo cuanto escribió y dijo aproximadamente desde 1923 a 1929, pues está en flagrante contradicción con todo lo que escribió, dijo e hizo en el curso del decenio siguiente. Tan por completo lo repudia con sus últimos asertos, que reproducir esa basura política, incluso en extractos de suma concisión, sería una labor de Sísifo para mí, y tan insípida como agua de fregar para el paciente lector. Para nuestro objeto es suficiente indicar sólo las pocas ideas nuevas salientes que, poco a poco, cristalizaron en el curso de la polémica entre la máquina stalinista y la oposición, y adquirieron importancia decisiva en cuanto proporcionaban puntos ideológicos de apoyo a los iniciadores de la lucha contra el trotskismo. En torno a esas ideas se agruparon las fuerzas políticas. Eran tres en conjunto, y a su tiempo se suplieron y remplazaron en parte unas a otras. 
La primera se refería a la industrialización. El triunvirato comenzó alzándose contra el programa de industrialización preconizado por mí y a favor de la polémica lo tildaron de superindustrialización. Tal actitud se intensificó aún más cuando se deshizo el triunvirato y Stalin formó bloque con Bujarin y el ala derecha. La tendencia general del criterio oficial contra la llamada superindustrialización, sostenía que la industrialización rápida únicamente es posible a costa del campesinado. Por consiguiente, hay que avanzar a paso de caracol. La cuestión del ritmo de la industrialización no tiene importancia, en realidad; y así, sucesivamente. Lo cierto es que la burocracia no quería perturbar a aquellas capas de la población que habían comenzado a enriquecerse, a la espuma de la pequeña burguesía nepista. este fue su primer error de bulto en su lucha contra el trotskismo. Pero nunca reconoció su error. Simplemente dio un salto mortal a propósito del asunto, y acometió alegremente la tarea de batir todos los antiguos records de superindustrialización..., por desgracia, predominantemente en el papel y en los discursos.
En la segunda fase, durante 1924, la lucha se concentró contra la teoría de la revolución permanente. El contenido político de esta contienda se redujo a la tesis de que no estamos interesados en la revolución internacional, sino en nuestra propia seguridad, a fin de desarrollar nuestra economía. La burocracia tenía cada vez más miedo de arriesgar su posición por el peligro de complicación implícita en una política revolucionaria internacional. La campaña contra la doctrina de la revolución permanente, carente de valor teórico intrínseco, sirvió de expresión a una desviación conservadora nacionalista del bolchevismo. De esta lucha surgió la teoría del socialismo en un país aislado. Sólo entonces vinieron Zinoviev y Kamenev a comprender las complicaciones de la lucha que ellos mismos iniciaran.
La tercera idea de la burocracia en su campaña contra el trotskismo se relacionaba con la lucha contra la nivelación, contra la igualdad. El aspecto teórico de esta contienda tenía el carácter de curiosidad. En la carta de Marx relativa al programa de Gotha de la Socialdemocracia alemana, Stalin halló una frase en el sentido de que durante el primer período del socialismo, la desigualdad, o, como Marx decía, la prerrogativa burguesa en la esfera de la distribución ha de mantenerse aún. Marx no quería significar con esto la creación de una nueva desigualdad, sino simplemente una eliminación gradual más bien que repentina de la antigua desigualdad en la esfera de la retribución. Esta cita se interpreta erróneamente como declaración de los derechos y privilegios de los burócratas y sus satélites. El futuro de la Unión Soviética quedaba ahí divorciado del futuro del proletariado internacional, y la burocracia se encontraba con una justificación teórica de privilegios v poderes especiales sobre las masas trabajadoras dentro de la Unión Soviética.
Parecía como si la Revolución hubiese combatido y vencido expresamente para la burocracia, que reñía furiosa y sañuda batalla contra la nivelación, la cual amenazaba sus privilegios, y contra la revolución permanente, que ponía en peligro su existencia misma. No es extraño que en esta lucha encontrase Stalin muchedumbre de partidarios. Entre ellos había antiguos liberales, essars y mencheviques. Acudían a bandadas al Estado e incluso a la máquina del Partido, cantando hosannas al sentido práctico de Stalin.
La lucha contra la superindustrialización se sostuvo con mucha cautela en 1922, y abierta y tempestuosamente se inició a toda publicidad en 1924, y continuó luego en distinta forma y con diversas interpretaciones en el curso de todos los años siguientes. La lucha contra las acusaciones de Trotsky sobre la desigualdad comenzó hacia fines de 1925, y se convirtió, en esencia, en el eje del programa social de la burocracia. La controversia relativa a la superindustrialización se llevó franca y directamente en provecho de los kulaks. El paso de caracol en el desarrollo industrial se necesitaba para dar al kulak un antídoto anodino contra el socialismo. Esta filosofía era, al mismo tiempo la filosofía del ala derecha, además de ser la del centro stalinista. La teoría del socialismo en un solo país fue propugnada en aquel período por un bloque de la burocracia, con la pequeña burguesía agraria y urbana. La lucha contra la igualdad unió más sólidamente que nunca a la burocracia, no sólo con la pequeña burguesía agraria y urbana, sino también con la aristocracia obrera. La desigualdad se transformó en la base social común, la fuente y la razón de ser de estos aliados. De este modo, vínculos económicos y políticos solidarizaron a la burocracia y a la pequeña burguesía de 1923 a 1928.
Entonces fue cuando el Termidor ruso desplegó su más evidente semejanza con su prototipo francés. Durante aquel período se permitió al kulak tomar en alquiler la tierra del campesino pobre y alquilar a éste como jornalero suyo. Stalin se disponía ya a dejar la tierra a propietarios particulares por un período de cuarenta años. Poco después de la muerte de Lenin hizo una tentativa clandestina de transferir la tierra Nacionalizada, como propiedad particular, a los campesinos de su Georgia natal, bajo la apariencia de "posesión" de "parcelas particulares" por "muchos años". Aquí puso una vez más de manifiesto lo fuertes que eran sus antiguas raíces agrarias y su dominante y profundo nacionalismo georgiano. Por orden secreta de Stalin, el comisario popular georgiano de Agricultura preparó un proyecto para dar la tierra en posesión a-los campesinos. Sólo la protesta de Zinoviev, que tuvo noticia de la conspiración, y la alarma levantada por el proyecto en los círculos del Partido, obligaron a Stalin, que aún no se sentía seguro de sí mismo, a repudiar su propio proyecto. Naturalmente, la cabecea de turco resultó ser en este caso el infortunado comisario popular georgiano.
Pero Stalin y su aparato se hicieron cada vez más osados, especialmente después de librarse de la influencia moderadora de Zinoviev y Kamenev. En efecto, la burocracia llevó tan lejos su atrevimiento en favor de los intereses y peticiones de sus aliados, que en 1927, todos se dieron cuenta, como desde un principiase la dio todo economista letrado, de que las exigencias de su aliado burgués eran limitadas por su propia naturaleza. El kulak quería la tierra, su exclusiva propiedad. El kulak quería tener derecho a disponer libremente de su cosecha entera. El kulak hacía todo lo posible por crear sus propios agentes en la ciudad, en forma de comerciantes e industriales libres. El kulak no quería transigir con entregas forzosas a precios fijos. El kulak, juntamente con el industrial modesto, trabajaba por la completa restauración del capitalismo. Así se inició la irreconciliable brega alrededor del producto sobrante del trabajo nacional. ¿Quién dispondrá de él en el próximo futuro: la nueva burguesía o la burocracia soviética? ésta fue la inmediata cuestión planteada. Quien disponga del producto sobrante cuenta con el poder del Estado. Así comenzó la lucha entre la pequeña burguesía, que había ayudado a la burocracia a quebrantar la resistencia de las masas obreras y de sus portavoces de la oposición izquierdista, y la misma burocracia termidórica, que había ayudado a la pequeña burguesía a dominar a las masas agrarias. Era una porfía descarada por el poder y la renta.
Evidentemente, la burocracia no derrotó a la vanguardia proletaria, se libró de las complicaciones de la revolución internacional y legitimó la filosofía de la desigualdad, para rendirse luego a la burguesía y convertirse en criado suyo, y ser acaso desplazada a su vez de la olla del Estado. La burocracia se asustó mortalmente de las consecuencias de su política de seis años. En consecuencia, volviose airada contra el kulak y el nepista. Al mismo tiempo, emprendió el llamado tercer período y la lucha contra los derechistas. A los ojos de los papanatas, la teoría y la política del tercer período pareció lana vuelta a los principios básicos del bolchevismo. Pero no había nada de eso. Se trataba sólo de un medio para un fin, el fin de barrer a la oposición derechista y a sus satélites. Las estúpidas travesuras del famoso tercer período dentro y fuera del país son demasiado recientes para que necesiten descripción aquí. Serían ridículas, si sus efectos sobre las masas no hubieran sido tan trágicos. No es un secreto para nadie que en la lucha contra el ala derecha, Stalin aceptó la limosna de la oposición de izquierda. él no aportó una sola idea. Su labor intelectual se limitó a amenazar y a repetir las consignas y argumentos de la oposición, deformándolos demagógicamente, como es natural. No solamente recogió los viejos guiñapos de la oposición, sino que, para disimularlos, arrancó de ellos pedazos, y sin tomarse el trabajo de unirlos para formar una nueva enseña (tales primores nunca le inquietaron) cubrió con ellos su desnudez a compás de las necesidades. Sin embargo, no puede decirse que aquellos andrajos, compuestos de una manga izquierda, un bolsillo derecho, una pernera (todo ello cortado a la medida de algún otro), pudieran estimarse como vestimenta satisfactoria para la desnudez del líder. Y sus secuaces no le podían ayudar, pues habían de ajustar perfectamente su paso a los movimientos del padre de naciones.
La literatura de la oposición de izquierda en 1926-1927, en cambio, se distingue por su excepcional riqueza. La oposición reaccionó a cada indicio de vida fuera y dentro del país, a cada acto del Gobierno, a cada decisión del Politburó, con documentos individuales y colectivos dirigidos a las diversas instituciones del Partido, principalmente al Politburó. Aquellos fueron los años de la Revolución china, del Comité anglorruso y de una gran confusión en cuestiones internas. La burocracia continuaba aún tanteando su camino, dando tumbos de derecha a izquierda y luego a la inversa. Mucho de lo que escribió la oposición, no estaba destinado a la Prensa general, sino sólo a informar a las instituciones rectoras del Partido. Pero, incluso lo que se escribía especialmente para Pravda o para la resista teórica mensual El Bolchevique, nunca llegó a publicarse en la Prensa soviética.
La mayoría del Politburó había resuelto firmemente estrangular a la oposición (al menos, ahogarla, sofocara, eliminarla, paralizarla), Este era el modo de contestar Stalin a los argumentos. No todos los miembros del Politburó estaban conformes con este método; pero, poco a poco, Stalin los hizo participar en la pelea. Fue podando sus reservas mentales, limando sus prejuicios y haciendo cada paso ulterior consecuencia inevitable del precedente. Allí estaba él en su elemento; en tal ambiente, su maestría era indiscutible. Llegó una época en que los miembros disconformes del Politburó se cansaron de protestar, siquiera comedidamente, contra los disparates de los "activistas" más torpes de Stalin. Y, poco a poco, se vieron impulsados desde un silencio indiferente a la pública aprobación de un atropello tras otro...
La parte de los escritos oposicionistas que conseguí llevarme en ocasión de mi expulsión a Turquía, se conserva actualmente en la Biblioteca de Harvard y está a disposición de cuantos puedan interesarse por el estudio de la reseña de aquella notable pugna en las fuentes originales. Repasando esos documentos mientras escribo la presente obra (esto es, casi quince años después), tengo que admitir que la oposición estaba acertada en dos aspectos: vaticinaba con razón y hablaba intrépidamente a la vez; dio pruebas de notable brío y persistencia en el desarrollo de su línea política. Los argumentos de la oposición nunca han sido refutados. No es difícil imaginarse el furor que despertaban en Stalin y en los íntimos de su camarilla. La superioridad intelectual y política de los representantes de la oposición sobre la mayoría del Politburó se echa de ver en cada línea de los documentos Oposicionistas. Stalin nada tenía que decir en respuesta, ni intentó nunca darla. Recurría al mismo método que había sido parte de sí mismo desde su temprana juventud, y que consistía en no discutir con un adversario, descubriendo sus propias opiniones delante de un auditorio, sino comprometerle personalmente, y si le era posible, exterminarle físicamente. Su impotencia intelectual ante la argumentación, ante la crítica, daba origen a la furia, y ésta, a su vez, le impulsaba a apresurar sus medidas para liquidar a la oposición. Así pasaron los años 1926-1927. Aquel período constituyó simplemente un ensayo general de la perfidia y la degeneración que asombraron al mundo diez años después.
A un lado de esa gran polémica estaba la oposición de izquierda, intelectualmente iluminada, incansable en sus demostraciones e indagaciones, esforzándose con afán por hallar solución adecuada a los problemas de las mudables situaciones internacionales e internas, sin violar por ello las tradiciones del Partido. Al otro lado, el frío empeño de la pandilla burocrática para dar buena cuenta de sus críticos, de sus contendientes, de los perturbadores que no los dejaban tranquilos, que no les permitían disfrutar en paz del triunfo que habían conseguido. Mientras algunos miembros de la oposición estaban atareados analizando los errores básicos de la política oficial en China o sometiendo a crítica el bloque con el Consejo General de los Sindicatos Británicos, Stalin hizo correr el rumor de que la oposición apoyaba a Austin Chamberlain contra la Unión Soviética, que éste o el otro oposicionista estaba usando indebidamente automóviles del Estado, que Kamenev había firmado un telegrama a Miguel Romanov, que Trotsky había escrito una carta frenética contra Lenin. Y siempre las fechas, las circunstancias, todos esos detalles quedaban envueltos en niebla.
No eran éstos solos los métodos de refutación stalinista. él y sus paniaguados descendían, incluso, a pescar en las fangosas aguas del antisemitismo. Me acuerdo, sobre todo, de una caricatura en la Rabochaya Gazeta (Gaceta de los Trabajadores), titulada "Los camaradas Trotsky y Zinoviev". Hubo muchas de estas caricaturas y aleluyas de carácter antisemita en la Prensa del Partido, que eran acogidas con socarronas risitas. La actitud de Stalin ante este creciente antisemitismo era de amistosa neutralidad, Pero las cosas llegaron a tal punto, que tuvo necesidad de atajarlas con una declaración pública del tenor siguiente: "Estamos combatiendo a Trotsky, Zinoviev y Kamenev, no porque sean judíos, sino porque son oposicionistas", etc. Era absolutamente claro para cualquiera que discurriese políticamente que su declaración deliberadamente equívoca, iba simplemente contra los "excesos" de Antisemitismo, difundiendo a la vez por toda la Prensa soviética el significativo recordatorio: "No olvidéis que los líderes de la oposición son judíos." Tal declaración dio carta blanca a los antisemitas.
La mayoría de los miembros del Partido votó por la derrota de la oposición contra su voluntad, contra sus simpatías, contra sus recuerdos mismos. Se habían visto inducidos a votar como lo hicieron gradualmente, bajo la presión de la máquina, lo mismo que la máquina fue lanzada a la lucha contra la oposición de arriba abajo. Stalin dejó los papeles principales a Zinoviev, Kamenev, Bujarin y Rikov, porque estaban mucho mejor pertrechados que él para sostener una polémica abierta contra la oposición, pero, a la vez, porque no quería quemar tras él todos los puentes. Los fuertes golpes descargados sobre la oposición, golpes que por entonces parecieron decisivos, despertaron una simpatía secreta, pero, no obstante, profunda por los vencidos y decidida hostilidad hacia los vencedores, especialmente hacia las dos figuras más visibles, Zinoviev y Kamenev. Stalin acumulaba capital entonces también. Públicamente se disoció de Kamenev y Zinoviev, haciéndoles aparecer como principales culpables de la impopular campaña contra Trotsky. Y asumió el papel de conciliador, de mediador imparcial y moderado en la lucha faccional.
En 1925, Zinoviev, tratando de impresionar a Rakovsky con sus triunfos de bandería, dijo, hablando de mí: "Un político mediocre. No supo dar con la táctica adecuada. Por eso le desbancaron." Un año después, este infortunado detractor de mi táctica estaba llamando humildemente a la puerta de la oposición izquierdista. Ni él ni Kamenev pudieron imaginarse todavía en 1925 que se habían convertido en instrumentos de la reacción burocrática; erraron entonces, como en 1917. En 1926 se dieron cuenta de que no había otra "táctica" posible para un revolucionario, pues, al fin y al cabo, ellos eran de la vieja guardia, que no podía honradamente concebir el bolchevismo sin su perspectiva internacionalista y su dinamismo revolucionario. Aquello era la tradición que los viejos bolcheviques estaban llamados a sostener. Por eso, todo el Partido de los tiempos de Lenin los miraba como un capital irremplazable. El interés especial y excepcional de Lenin por la vieja generación de revolucionarios se inspiraba en su consideración política tanto como en su solidaridad de camarada. Cuando Zinoviev alardeaba ante Rakovsky de su propia afortunada "táctica" contra mí, blasonaba de haber disipado y derrochado ese capital. De 1923 a 1926, por iniciativa y, al principio, bajo la dirección de Zinoviev, la batalla contra el internacionalismo marxista calificado de "trotskismo" se libró enarbolando la consigna de salvar la vieja guardia del bolchevismo. Se creó una Comisión especial que vigilara el estado de salud de los viejos veteranos bolcheviques. El sesgo en dirección al Termidor descarado no se acusó de modo tan flagrante en nada como en las transacciones políticas de la misma vieja guardia. [Aquello fue] seguido de su exterminio físico. La Comisión para cuidar de la salud de los viejos bolcheviques fue sustituida al final por un pequeño destacamento de ejecutores [de la G.P.U.], a quien Stalin agració con la Orden de la Bandera Roja.
Lefebvre [en su libro Les Thermidoriens] subraya que la misión de los termidóricos consistió en presentar el 9 de Termidor como un episodio de poca importancia: una simple depuración de elementos enemigos para preservar el núcleo fundamental de los jacobinos y continuar su política tradicional. En el primer período del Termidor, el ataque no fue contra los jacobinos en su conjunto, sino sólo contra los terroristas. [un proceso análogo se repitió en el Termidor soviético.] La campaña contra el trotskismo comenzó en defensa de la vieja guardia y de la línea política bolchevique; continuó en nombre de la unidad del Partido y culminó con el exterminio físico de los bolcheviques en su integridad. Durante ambos Termidores este aniquilamiento de revolucionarios se llevó a cabo en nombre de la Revolución y, al parecer, por el máximo interés de la misma. Los jacobinos no fueron exterminados por jacobinos, sino por terroristas, por robespierristas, etc.; de manera análoga, los bolcheviques no fueron aniquilados como tales, sino como trotskistas, zinovievistas, bujarinistas... Hay una notable similitud entre la expresión rusa Tratskitskoye ojvostiye, que adquirió plenos derechos civiles en las publicaciones soviéticas, y el título de un folleto publicado por la Méhée de la Touche el 9 de Fructidor, La queue de Robespierre. Pero la semejanza entre ambos métodos termidóricos fundamentales es aún más notable. Lefebvre escribe que el día siguiente al 9 de Termidor, hablando en nombre de los miembros del Comité de Salud Pública, Barère aseguraba a la Convención que nada importante había ocurrido.

* Hablando en su nombre el 10 de Termidor, Barère declaró que los sucesos ocurridos el día anterior no eran más que "una pequeña perturbación que dejaba intacto al Gobierno...".

[Y tres semanas después: ]

* El 2 de Fructidor (19 de agosto), Louchet, el mismo hombre que había presentado la acusación contra Robespierre, describía el progreso de la reacción, volvía a pedir que se arrestase a todos los sospechosos, y declaraba que era necesario "mantener el Terror en el orden del día...".

[Este golpe contra la izquierda dejó naturalmente desenfrenada a la derecha, y las pasiones subieron de punto: ]

* Los termidóricos, forzando el nuevo estado de cosas, tenían sobre todo temor de... una sublevación. Los elementos derechistas explotaban este temor. Comenzó entonces una "purga" de clubs, con arrestos y asesinatos de jacobinos. Los derechistas, sostenidos por los de Termidor, hicieron lo posible desde aquel momento por presentar todo signo de descontento, crítica o indignación, tanto en París como en provincias, cual si fuese prueba de conspiración por parte de los terroristas.

El prestigio de los dirigentes todos, y no sólo el prestigio personal de Lenin, constituían en su totalidad la autoridad del Comité Central. El principio de jefatura individual era absolutamente ajeno al Partido. éste escogía las figuras más populares para la dirección, ponía en ellos su confianza y admiración, pero continuaba adherido a la idea de que la dirección efectiva encarnaba en el Comité Central indivisible. Esta tradición fue aprovechada con gran ventaja por el triunvirato, que insistía sobre la superioridad del Comité Central respecto a toda autoridad individual. Stalin, arbitraste, centrista y ecléctico por excelencia, experto en pequeñas dosis gradualmente administradas, se sirvió cínicamente de aquella confianza [en el Comité Central] para su beneficio propio.
A fines de 1925, Stalin todavía hablaba a los dirigentes en tercera persona e instigaba al Partido contra ellos. Recibía los aplausos de la capa media de la burocracia, que rehusaba inclinar su cabeza ante líder alguno. Pero, en realidad, Stalin era ya un dictador. Era un dictador, pero aún no lo percibía, y nadie lo estimaba como tal. Era un dictador, no por la fuerza de su personalidad, sino por el poder de la máquina política que había roto con sus líderes antiguos. Todavía en el XVI Congreso de 1930, Stalin dijo: "¿Preguntáis por qué hemos expulsado a Trotsky y a Zinoviev? Porque no queremos tener aristócratas en el Partido, porque sólo tenemos una ley en el Partido, y todos los miembros del Partido tienen los mismos derechos." Y lo reiteró más tarde, en el XVII Congreso de 1934.
Smilga puso de relieve, hablando conmigo unos diez años después de la insurrección de octubre, que durante cinco primeros años existió una tendencia encubierta a ajustar diferencias; se taponaron antiguos boquetes, se curaron viejas heridas, hubo reconciliaciones, etc., mientras que en el curso de los cinco años siguientes, a partir de 1923, el proceso se invirtió; las grietas se ensanchaban, la menor discrepancia se dilataba y agudizaba, y no había herida sin encono. El Partido bolchevique, en su antigua forma, con sus viejas tradiciones y sus antiguos componentes, se hacía cada vez más refractario a la nueva capa dominante
En esta contradicción está la esencia del Termidor. Estériles y absurdos son los trabajos de Sísifo de quienes tratan de reducir todas las posteriores vicisitudes a unos cuantos atributos origina. les, como si un partido político fuese una entidad homogénea y un factor omnipotente de la historia. Un partido político es sólo un instrumento histórico transitorio, uno de los muchos instrumentos y escuelas de la historia. El Partido bolchevique se señaló a sí mismo como meta la conquista del poder por el proletariado. Puesto que el Partido realizó esa tarea por primera vez en la historia y enriqueció la experiencia humana con tal hazaña, ha cumplido una misión histórica trascendental. Sólo quienes se perecen por la discusión abstrusa pueden pedir de un partido político que sojuzgue y elimine los factores, mucho más poderosos, de masas y clases hostiles a él. La limitación del partido como instrumento histórico se manifiesta por el hecho de que al llegar a cierto punto, en un determinado momento, comienza a disgregarse. Bajo la influencia de presiones internas y externas, se resquebraja y agrieta, y sus órganos comienzan a atrofiarse. Iniciado este proceso de descomposición, lentamente al principio, en 1923, su ritmo aumentó de prisa. El viejo Partido bolchevique y sus antiguos cuadros heroicos siguieron el camino de todo ser perecedor; sacudido por accesos de fiebre y espasmos, y ataques dolorosísimos, terminó por sucumbir. Para establecer el régimen que con toda justicia llaman stalinista, lo que en verdad hacía falta no era un partido bolchevique, sino precisamente exterminar al Partido bolchevique.
Numerosos críticos, publicistas, corresponsales, historiadores biógrafos y diversos sociólogos de afición han pretendido hacer ver a la oposición izquierdista lo equivocado de sus métodos, diciendo que la estrategia de esta oposición no era factible desde el punto de vista de la lucha por el poder. Sin embargo, no era justo el modo de examinar la cuestión. La oposición izquierdista no podía lograr el poder, ni esperaba siquiera lograrlo; al menos, éste era el criterio de sus dirigentes más sensatos. Una lucha de la oposición izquierdista, de una organización marxista revolucionaria por el poder sólo podía concebirse en las condiciones de un levantamiento revolucionario. En tales momentos, la estrategia se basa en la agresión, en el llamamiento directo a las masas, en ataque frontal contra el Gobierno. Algunos miembros de la oposición izquierdista habían tomado no escasa parte en tal lucha y tenían conocimiento directo de cómo efectuarlo. Pero durante los primeros años del segundo decenio, y más tarde, no hubo alzamiento revolucionario alguno en Rusia, sino todo lo contrario. En tales circunstancias no había que pensar en emprender una campaña por el poder.
Hay que tener presente que en los años de la reacción, de 1908 a 1911 y después, el Partido bolchevique rehusó entablar una ofensiva directa contra la monarquía, limitándose a la tarea de preparar la eventual ofensiva luchando por el resurgimiento de las tradiciones revolucionarías y por la conservación de ciertos cuadros, sometiendo los acontecimientos sucesivos a un análisis constante, y utilizando toda posibilidad legal o semilegal para adiestrar a la capa más avanzada de los trabajadores. La oposición izquierdista no podía proceder de otro modo en condiciones semejantes. En efecto, las condiciones de la reacción soviética eran incomparablemente más difíciles para la oposición que lo fueron las de la reacción zarista para los bolcheviques. Pero, en su fundamento, la tarea continuaba siendo la misma: conservar las tradiciones revolucionarias, mantener contacto entre los elementos avanzados dentro del Partido, analizar las peripecias del Termidor, preparar el alzamiento revolucionario en el palenque mundial, así como en la Unión Soviética. Había peligro en que la oposición menospreciara sus fuerzas y abandonase prematuramente la prosecución de su tarea después de algunos intentos, en que la guardia avanzada necesariamente chocase no sólo contra la resistencia de la burocracia, sino también con la indiferencia de las masas; y, asimismo, lo había en que, habiéndose convencido de la imposibilidad de asociarse abiertamente a las masas, incluso a su vanguardia, la oposición renunciara a la lucha y se echara a esperar tiempos mejores. Esto era exponerse a perder por completo...
La Revolución machaca y destruye la maquinaria del viejo Estado. Ahí reside su esencia. La liza está repleta de contendientes. Ellos deciden, actúan, legislan a su modo, exento de precedentes; juzgan y dan órdenes. La esencia de la revolución está en que la misma masa se constituye en propio órgano ejecutivo. Pero cuando la masa se retira del palenque, vuelve a sus diversas residencias, a sus viviendas particulares, perpleja, desilusionada, cansada, el teatro de los acontecimientos queda desolado. Y su frialdad se intensifica cuando lo ocupa la nueva máquina burocrática. Naturalmente, los encargados de ella, inseguros de sí mismos y de las masas, tienen recelo. Por eso, en la época de la reacción victoriosa, la máquina políticomilitar desempeña un papel mucho más importante que bajo el antiguo régimen. En esta oscilación de la Revolución al Termidor, la índole específica del Termidor ruso proviene del papel que el Partido tomó en él. La Revolución francesa no tuvo nada de esto a disposición suya. La dictadura de los jacobinos, personificada en el Comité de Salud Pública, duró solamente un año. Esta dictadura tenía un efectivo apoyo en la Convención, mucho más fuerte que los clubs y secciones revolucionarias. Aquí está la clásica contradicción entre la dinámica de la revolución y la reflexión parlamentaria. Los elementos más activos de las clases participan en la pugna revolucionaria de fuerzas. Los demás (los neutrales, los que permanecen a la expectativa, los retrasados) parecen excluirse ellos mismos. En época de elecciones, aumenta la participación, que se extiende a una porción considerable de los semipasivos y los semiindiferentes. En tiempos de revolución, los representantes parlamentarios son enormemente más moderados y contemporizadores que los grupos revolucionarios a quienes representan. Para dominar la Convención, los montañeses dejaron que la Convención rigiese al pueblo, mejor que los elementos revolucionarios del mismo pueblo fuera de la Convención.
A pesar del carácter incomparablemente más profundo de la Revolución de octubre, el Ejército del Termidor soviético se reclutó esencialmente entre los restos de los partidos que anteriormente habían regido, y de sus representantes ideológicos. Los antiguos hacendados rurales, capitalistas, hombres de leyes, sus hijos (esto es, los que no habían huido al extranjero) fueron absorbidos por la máquina del Estado, v algunos incluso por el mismo Partido. Una inmensa mayoría de los admitidos en la maquinaria del Estado y del Partido habían sido anteriormente miembros de los partidos pequeñoburgueses: mencheviques y essars. A éstos hay que añadir un enorme número de positivistas mondos y lirondos que habían estado acurrucados al margen durante la época tempestuosa de la Revolución y la guerra civil, y que, convencidos al cabo de la estabilidad del Gobierno soviético, se dedicaron con singular pasión a la noble tarea de asegurarse cargos permanentes y cómodos, si no en el centro, al menos en las provincias. Toda esta enorme multitud abigarrada era el soporte natural del Termidor.
Sus sentimientos iban desde el rosa pálido al blanco níveo. Los essars, naturalmente, estaban en todo momento y de cualquier modo dispuestos a defender los intereses de los campesinos contra las amenazas de los industrializadores de mala intención, en tanto que los mencheviques, en general, consideraban que debía darse más libertad y tierra a la burguesía rural, de la que habían pasado a ser portavoces políticos. Los representantes que quedaban de la gran burguesía y de los hacendados rurales, y que habían encontrado acceso a empleos gubernamentales, naturalmente se acogieron a los campesinos como a su tabla de salvación. No podían esperar éxito alguno como campeones de los intereses de su propia clase, por el momento, y se daban perfecta cuenta de que habrían de pasar un cierto lapso defendiendo a los campesinos. Ninguno de estos grupos podía levantar sin reserva la cabeza. Todos ellos necesitaban el tinte protector del partido dominante y del bolchevismo tradicional. La lucha contra la revolución permanente significaba para ellos la lucha contra la institución permanente de los despojos que habían sufrido. Es natural que aceptaran gustosos como dirigentes a los bolcheviques que se volvían contra la revolución permanente.
La economía revivió. Apareció un pequeño superávit. Naturalmente, se concentró en las ciudades, a disposición de las capas rectoras. Con ello vino una reanimación de los teatros, restaurantes y otros establecimientos de recreo. Centenares de miles de personas de diversas profesiones que pasaron los vigorosos años de la guerra en una especie de coma, ahora resurgían, estiraban sus miembros y comenzaban a participar en el restablecimiento de la vida normal. Todos ellos estaban de parte de los adversarios de la revolución permanente. Todos ellos querían paz, crecimiento y robustecimiento del campesinado, y prosperidad continua de los establecimientos de recreo de las ciudades. Y trataban de asegurar la permanencia de este rumbo más bien que de la revolución. El profesor Ustryalov preguntaba si la Nueva Política Económica de 1921 fue una "táctica" o una "evolución". Esta pregunta incomodó mucho a Lenin. El curso ulterior de los acontecimientos mostró que la "táctica", merced a una especial configuración de las condiciones históricas, llegó a ser la fuente de la "evolución". La retirada estratégica subsiguiente del Partido revolucionario fue como el principio de su degeneración.
La contrarrevolución se inicia cuando comienza a desarrollarse el carrete de las conquistas sociales progresivas. Y este desarrollo no parece tener fin. Pero siempre se conservan algunas de tales conquistas. Así, a despecho de monstruosas deformaciones burocráticas, la base clasista de la U.R.S.S. Continúa siendo proletaria. Pero recordemos que este proceso de desarrollo aún no ha terminado, y que el futuro de Europa y del mundo durante los próximos decenios no se ha decidido todavía. El Termidor ruso habría abierto indudablemente una nueva era de dominio burgués, si tal dominio no se hubiese desacreditado en todo el mundo. En todo caso, la lucha Contra la igualdad y el establecimiento de diferencias sociales muy profundas no ha conseguido hasta ahora eliminar la conciencia socialista de las masas ni la nacionalización de los medios de producción y de la tierra, que fueron las conquistas socialistas básicas de la Revolución. Aunque deroga tales gestas, la burocracia no se ha atrevido todavía a recurrir a la restauración de la propiedad privada de los medios de producción. A final del siglo XVIII, la propiedad privada de los medios de producción fue un factor de importancia progresiva considerable. Aún le quedaba Europa y el mundo por conquistar. Pero en nuestros tiempos, la propiedad privada es el único obstáculo serio que se opone al desarrollo adecuado de las fuerzas productoras. Aunque por la índole de su nuevo modo de vivir, su conservadurismo, sus simpatías políticas, la inmensa mayoría de la burocracia se inclinaba hacia la nueva pequeña burguesía, sus raíces económicas estaban bien hundidas en el terreno de las nuevas condiciones de propiedad. El crecimiento de las relaciones burguesas amenazaban no sólo la base socialista de la propiedad, sino también los cimientos sociales de la misma burocracia. Puede haberse sentido inclinada a repudiar la perspectiva socialista de desarrollo en favor de la pequeña burguesía; pero a ningún precio consentiría en repudiar sus propios derechos y privilegios para beneficiarla. Esta contradicción es la que condujo al durísimo conflicto entre la burocracia y el kulak.
Rousseau ha explicado que la democracia política era incompatible con una excesiva desigualdad. Los jacobinos, representantes de la base de la pequeña burguesía, estaban impregnados de esta doctrina. La legislación de la dictadura jacobina, especialmente el papel del máximum, se ajustaba a estas normas. Así ocurrió también con la legislación soviética, que desterró la desigualdad incluso del Ejército. Bajo el régimen de Stalin todo esto cambió, y hoy no sólo existe desigualdad social, sino también económica. La ha fomentado la burocracia, con cinismo y desvergüenza, en nombre de la doctrina revolucionaria del bolchevismo. En su campaña contra las acusaciones trotskistas de desigualdad, en su agitación por la escala diferencial de salarios, la burocracia invocaba las sombras de Marx y Lenin, y buscaba justificación para sus privilegios escudándose en el afanoso campesino "medio" y en el trabajador especializado. Alegaba que la oposición de izquierda trataba de despojar al trabajador competente del mayor salario a que tenía pleno derecho. Era la misma especie de disfraz demagógico empleado por el capitalista y el terrateniente que derramaban lágrimas de cocodrilo en pro del mecánico experto, del modesto comerciante emprendedor y del labrador sacrificado siempre. Era una maniobra magistral por parte de Stalin, y naturalmente halló inmediato eco entre los funcionarios privilegiados, que por primera vez vieron en él su jefe dilecto. Con desenfrenado cinismo, la igualdad se denunció como prejuicio pequeñoburgués; la oposición fue denunciada como principal enemiga del marxismo y máxima pecadora contra los evangelios de Lenin. Reclinados en automóviles técnicamente propiedad del proletariado, de camino hacia los puntos de veraneo, también propiedad del proletariado, en los cuales sólo un puñado de elegidos tenían entrada, los burócratas risoteaban: "¿Para qué hemos estado luchando?" Esa irónica frase era muy popular a la sazón. La burocracia había respetado a Lenin, pero siempre les había parecido un poco fastidioso su puritanismo. Un chascarrillo corriente en 1926-1927 caracterizaba su actitud hacia los dirigentes de la oposición unida: ""Toleran a Kamenev, pero no le respetan; respetan a Trotsky, pero no le toleran; a Zinoviev, ni le toleran ni le respetan." La burocracia buscaba un líder que fuese el primero entre iguales. La firmeza de carácter de Stalin y su estrechez de miras inspiraba confianza. "No nos asusta Stalin -decía Yenukidze a Serebryakov-. Tan pronto como empiece a darse importancia, le destituiremos." Pero, a la postre, fue Stalin quien se desembarazó de ellos.
El Termidor francés, iniciado por los jacobinos de la izquierda, se convirtió al cabo en una reacción contra los jacobinos. "Terrorista", "montañés", "jacobino" se empleaban como palabras injuriosas. En las provincias se echaron al suelo los árboles de la libertad y se pisoteó la escarapela tricolor. Esto era inconcebible en la República de los Soviets. El Partido totalitario encerraba dentro de sí todos los elementos indispensables de reacción, que movilizó bajo la bandera oficial de la Revolución de octubre. El Partido no toleraba competencia alguna, ni siquiera en la lucha contra sus enemigos. La campaña contra los trotskistas no se convirtió en campaña contra los bolcheviques porque el Partido la había hecho exclusivamente suya, señalándole ciertos límites y sosteniéndola en nombre del bolchevismo.
A los ojos de los simplones, la teoría y la práctica del "tercer período" parecían refutar la teoría del período termidórico de la revolución rusa. En realidad, no hicieron más que confirmarla. Lo esencial del Termidor fue, y no puede menos de ser, social en cuanto a carácter. Su finalidad era cristalizar una nueva capa privilegiada, crear un substracto nuevo para la clase económicamente superior. Había dos pretendientes a este papel: la pequeña burguesía y la misma burocracia. Ambas combatieron unidas [en la batalla para vencer] la resistencia de la vanguardia del proletariado. Una vez conseguido esto, cerraron una contra otra en feroz acometida. La burocracia llegó a asustarse de su aislamiento, de su divorcio del proletariado. Sola, no podía aplastar al kulak ni a la pequeña burguesía, que había crecido y continuaba creciendo sobre la base de la N.E.P.; tenía que contar con la ayuda del proletariado. De ahí su esfuerzo concertado por presentar su lucha contra la pequeña burguesía, por los productos sobrantes y por el poder, como la lucha del proletariado contra las tentativas de restauración capitalista.
Aquí cesa la analogía con el Termidor francés. La nueva base social de la Unión Soviética se hizo intangible. Defender la nacionalización de los medios de producción y de la tierra es ley de vida o muerte para la burocracia, pues tal es el origen social de su posición dominante. Esa era la razón de su lucha contra el kulak. La burocracia podía sostener esta contienda, y resistir hasta el fin, sólo con ayuda del proletariado. La mejor prueba del hecho de que había hecho recluta de este apoyo fue el alud de capitulaciones por parte de representantes de la nueva oposición. La lucha contra el kulak, la pugna contra el ala derecha, contra el oportunismo (las consignas oficiales de aquel período), parecieron a los trabajadores y a muchos representantes de la oposición izquierdista como un renacimiento de la Dictadura del Proletariado y de la Revolución Socialista. Les advertimos entonces: no se trata sólo de lo que se hace, sino también de quién lo hace. En condiciones de democracia soviética, esto es, de autonomía obrera, la lucha contra los kulaks pudiera no haber asumido una forma tan convulsivo, pusilánime y bestial, y haber conducido a un alza general del nivel económico de las masas, a base de industrialización. Pero la lucha de la burocracia contra el kulak era una singular contienda [librada] sobre las espaldas de los trabajadores: y como ninguno de los gladiadores confiaba en las masas, como ambos temían a las masas, la pelea revistió un carácter convulsivo y sanguinario. Gracias al apoyo del proletariado, terminó en victoria para la burocracia. Pero no añadió nada al peso específico del proletariado dentro de la vida política del país.
Para comprender el Termidor ruso es de suma importancia darse cuenta del papel del Partido como factor político. En la Revolución francesa nada había ni remotamente parecido al Partido bolchevique. Durante el Termidor hubo en Francia varios grupos sociales, [con varios] rótulos políticos, que luchaban entre sí en nombre de intereses oficiales definidos. Los termidóricos atacaban a los jacobinos tildándolos de terroristas. La juventud dorada apoyaba a los termidóricos por la derecha, amenizándolos también. En Rusia, todos estos procesos, conflictos y uniones quedaban cubiertos bajo el nombre del partido único.
Exteriormente, un solo partido conmemoraba fases de su existencia al iniciarse el Gobierno soviético, y veinte años más tarde, recorriendo a los medios en nombre de iguales fines: la conservación de su pureza política y de su unidad. Ciertamente, el papel del Partido y la finalidad de las "purgas" habían cambiado radicalmente. En el primer período del poder soviético, el antiguo partido revolucionario eliminaba de sus filas a los arribistas; y, en consecuencia, los Comités se componían de trabajadores revolucionarios. Aventureros, arribistas o simples bribones que trataban de aferrarse al Gobierno en número muy considerable eran arrojados por la borda. Pero las depuraciones de estos últimos años, por el contrario, se dirigían lisa y llanamente contra el antiguo partido revolucionario. Los organizadores de ellas eran los elementos más burocráticos y de menos calibre del Partido; y sus víctimas, los elementos más leales, afectos a tradiciones revolucionarias, y sobre todo su más antigua generación revolucionaria, los elementos proletarios genuinamente leales a la Revolución. El significado social de las "purgas" se ha alterado fundamentalmente, pero esta alteración queda oculta por el hecho de que las llevó a cabo el mismo Partido. En Francia, vemos en circunstancias homólogas el movimiento tardío de los distritos pequeñoburgueses y obreros contra los más conspicuos de la pequeña y media burguesía, representados por los termidóricos secundados por bandas de la juventud dorada.
Incluso tales bandas de jóvenes dorados se hallan hoy incluidas en el Partido y en la Liga de la Juventud Comunista. éstas eran los destacamentos de campaña, reclutados entre los hijos de la burguesía, jóvenes privilegiados resueltamente decididos a defender su propia posición de privilegio o la de sus padres. Basta señalar el hecho de que a la cabeza de la Liga de la Juventud Comunista estuvo durante años Kossarev, a quien generalmente se conocía como un degenerado moral que abusaba de su elevada posición en provecho de sus fines personales. Todo su aparato se componía de hombres de este tipo. Tal era la juventud dorada del Termidor ruso. Su directa inclusión en el Partido enmascaraba su función social como destacamento activo de los privilegiados contra los trabajadores y los oprimidos. La juventud dorada soviética, gritaba: "¡Abajo el trotskismo! ¡Viva el Comité Central Leninista!", lo mismo que la juventud dorada de Francia gritaba en el Termidor: "¡Abajo los jacobinos! ¡Viva la Convención!"
Los jacobinos dominaron principalmente por la presión que la calle ejercía sobre la Convención. Los termidóricos, esto es, los jacobinos desertores, pugnaban por iguales métodos, pero partiendo de propósitos opuestos. Comenzaron por organizar a hijos bien peripuestos de la burguesía, extraídos de los descamisados. Estos jóvenes dorados, o simplemente "jóvenes", como los calificaba con indulgencia la Prensa conservadora, llegaron a ser un factor tan importante en la política nacional, que cuando los jacobinos fueron expulsados de todos los puestos administrativos, los "jóvenes" les remplazaron. Un proceso idéntico se está desarrollando en la Unión Soviética; sólo que allí, bajo Stalin, su alcance es mucho mayor.
La burguesía del Termidor se caracterizaba por su profundo odio a los montañeses, pues sus propios jefes provenían de los que hablan estado al frente de los descamisados. La burguesía, y con ella los termidóricos, temían sobre todo un nuevo estallido del movimiento popular. Precisamente durante aquel período terminó de formarse la conciencia de clase de la burguesía francesa. Detestaba a los jacobinos y a los semijacobinos con odio feroz, como traidores a sus más sagrados intereses, como desertores al enemigo, como renegados. El origen del odio de la democracia burguesa a los trotskistas tiene el mismo carácter social. Aquí hay gente de la misma capa, del mismo grupo rector, de la misma burocracia privilegiada, que abandona las filas sólo para ligar su destino al de los descamisados, los desheredados, los proletarios, los pobres de aldea. Sin embargo, la diferencia está en que la burguesía francesa ya existía antes de la Gran Revolución. Primero se desprendió de su envoltura política en la Asamblea Constituyente; pero tuvo que pasar por el período de la Convención y el de la dictadura jacobina para arreglarse con sus enemigos mientras que durante el Termidor restauró su tradición histórica. La casta dominante soviética estaba compuesta enteramente por burócratas del Termidor, reclutados no sólo entre las filas bolcheviques, sino entre elementos de los partidos pequeñoburgueses y burgueses también. Y estos últimos tenían muchas cuentas que ajustar con los "fanáticos" del bolchevismo.
El Termidor descansaba sobre una base social. Era un problema de pan, carne, viviendas, exceso, y, de ser posible, lujo. La igualdad jacobina burguesa, que adoptó la forma de la reglamentación del máximum, restringía el desarrollo de la economía burguesa y el aumento del bienestar burgués (prosperidad). En este punto, los termidóricos sabían perfectamente y comprendían desde luego adónde iban. En la declaración de derechos que formularon, excluyeron el artículo esencial: "Los individuos nacen y permanecen libres e iguales en derechos." A los que proponían el restablecimiento de este importante precepto jacobino, los termidóricos replicaban que era ambiguo y por ello peligroso; todos eran, naturalmente, iguales en derechos, pero no en aptitudes ni en posesiones. El Termidor fue una protesta directa contra el temple espartano y el afán de igualdad.
La misma motivación social he de encontrarse en el Termidor soviético. Se trataba, en primer término, de suprimir las limitaciones espartanas del primer período de la Revolución. Pero también interesaba conseguir crecientes privilegios para la burocracia. No era cuestión de introducir un régimen económico liberal. Las concesiones en tal sentido fueron de carácter transitorio, y duraron mucho menos tiempo de lo que se pensó en un principio. Un régimen liberal a base de propiedad privada significaba concentración de riqueza en manos de la burguesía, especialmente de sus elementos destacados. Los privilegios de la burocracia tienen otra fuente de procedencia. La burocracia se apropió de aquella parte de la renta nacional que pudo asegurarse por el ejercicio de la fuerza o en virtud de su autoridad, o bien por su intervención directa en las relaciones económicas. En cuanto a la producción nacional sobrante, la burocracia y la pequeña burguesía pronto pasaron de la alianza a la enemistad. El dominio del producto sobrante abrió a la burocracia la ruta del poder.

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