"Lo fundamental era estar al lado del pueblo, impulsarlo a la lucha. No había que olvidar que nosotros, los comunistas, éramos los organizadores, sólamente el armazón. He aquí lo que no se podía olvidar un sólo instante. Y entonces ninguna fuerza enemiga sería capaz de quebrantarnos" Alexéi Fiódorov

Capítulo segundo: PRIMEROS EXITOS parte 6 de 10

Después de uno de los combates de aquel periodo en el destacamento regional apareció un chiquillo pequeño, no se le podía dar más de quince años, era delgaducho y de cabello erizado, a pesar del frío tenía pecas en la nariz. Tenía una mirada siempre chispeante. Y la voz sonora y enérgica. Al atardecer, en los descansos, junto a las hogueras siempre estaba explicando algo. Le gustaba hacerlo precisamente junto al fuego. En uno u otro fuego se oía su voz sonora y aguerrida. Y tenía cosas que explicar.

Casi lo fusilamos. Pero, juzguen ustedes. En plena lucha, sobre el fino hielo del río se arrastraba un hombre con dos granadas a la espalda. Y no se dirigía a cualquier parte, sino directo hacia los arbustos donde tos guerrilleros habían emplazado una ametralladora enmascarada. Justo al llegar a la orilla se hundió, se caló hasta los huesos, pero el diablillo continuaba arrastrándose. Se agarraba a las matas de hierba, a las raíces y subía por la pendiente a la vista del enemigo. Pero los alemanes no disparaban contra él, como si se compadecieran.

Nuestros hombres de la ametralladora se dieron cuenta de lo que pasaba, enviaron a dos guerrilleros para cortarle el paso. De improviso se lanzaron sobre él desde un arbusto, y le taparon la boca, le sujetaron de los brazos, le soltaron dos tortas sin pensarlo y lo llevaron a rastras al Estado Mayor. Estaban convencidos de haber cogido a una "lengua". Lo único raro es que este trepador enemigo no sólo no hacía resistencia sino que daba muestras de gran alegría e intentaba darse de besos con su escolta. En fin, no fue tan fácil convencer a los hombres como tampoco al Estado Mayor de que el chico en realidad quería unirse a los guerrilleros. La gente exclam ab a:

— ¡Miente!

— ¡Fusilar a esa víbora!

Pero, por suerte, apareció Marusia Skripka, secretaria de la organización del Komsomol, se lanzó sobre el "enemigo" y gritó:

— ¡¿Volodka?! ¿De dónde vienes? ¡Pero si es Volodka lijonovski, el hijo de Andréi lvánovich de Koriukovka! —y con estas palabras lo envolvió en un abrazo.

El mismo día por la tarde Volodia inició sus inacabables relatos. En un principio, no le creían demasiado, pero lo escuchaban con afición. "No se puede decir que mienta mal" — decían, e intentaban confundirle con las preguntas. Pero esto no les resultaba nada fácil. Pues el muchacho señalaba los lugares en que se produjeron las acciones, el día, la hora, los apellidos de personas que muchos conocían.

— Volodia, ¿cuántos años tienes?

— ¡Diecisiete! ... Otra vez no me creéis. Palabra de komsomol, he pasado a la novena clase. O sea que contar. Hace ya dos años que soy miembro de la Unión de las Juventudes Comunistas Leninistas de Ucrania. Pero de todos modos, siempre me han tomado por un chico pequeño. Hasta mi padre. Ahora está en el destacamento de Koriukovka con Korotkov. Cuando nos encontremos con ellos, mi padre os lo confirmará...

En efecto, en aquel tiempo no nos habíamos encontrado con el destacamento de Koriukovka, pero ya sabíamos que actuaba a ochenta kilómetros de nosotros. También teníamos noticias de que entre su gente se encontraba el vicepresidente del Soviet de Koriukovka Andréi Tijonovski. El padre de Volodia.

— O sea que no te admitieron de guerrillero y decidiste ir por tu cuenta, que te aceptaran a la fuerza.

— No ha sido a la fuerza, sencillamente lo he conseguido... Mirad donde están los alemanes, a tres kilómetros de la aldea, pero mi padre se sigue rascando la oreja. Otros comunistas hacía tiempo que ya habían evacuado, pero él seguía en su sitio. Hasta me hizo sospechar un poco: "Cualquiera sabe, a lo mejor se le ha ocurrido pasarse a los alemanes". Por su conducta anterior la cosa no parecía probable. Pero si... Palabra de honor, no me hubiera fijado en que era mi padre, yo mismo lo hubiera matado... Pero un día, veo, recogió mi padre en una bolsa algo de comida, habló en voz baja con mi madre y, por los huertos, se marchó hacia el bosque. De todos modos me enteré de que hablaron no se qué de los guerrilleros. Así que salí corriendo tras él. Lo alcancé y le pedí que me llevara con él. Pero no quiso: "Aún eres pequeño". No saben la rabia que me dio. O sea que tuve que quedarme.

También me supo mal la actitud de la organización del Komsomol. ¿Por qué se olvidaron de mí? Estaba claro que había un acuerdo tanto con respecto a las actividades guerrilleras como a las clandestinas. Yo había leído cosas sobre la guerra civil. ¿O es que ahora las cosas eran diferentes? ¿Acaso el Komsomol no participaba en esto? Al parecer, también allí me habían tomado por demasiado pequeño y poca cosa. Cuando nuestras unidades iban en retirada, a mi padre y a mí nos dejaron dos fusiles y una carabina. Las enterramos en el huerto. O sea que, de todos modos, era un guerrillero aunque no me hubieran admitido en el destacamento. Iba yo hacia aquel lugar y pensaba: "Antes de que me cojan mataré a dos o tres". Hice un hoyo y vi que no había nada, mis armas habían volado. Lo entendí, claro: mi padre las había entregado al destacamento. Pero la rabia que sentí fue horrible.

Cuando oscureció me dirigí al Comité de Distrito del Komsomol. Me acerqué allí y vi que la puerta estaba abierta, en la habitación había luz y oí dos voces. Me coloqué tras la puerta y vi por una rendija a Marusia Skripka y a Fedia Skripka un pariente suyo que trabajaba en el Comité de Distrito. Ella le decía: "O sea que estará en Bridskí". No necesitaba saber nada más, me fui corriendo a casa. Cogí medio litro de melaza, un trozo de pan y el libro de N. Ostrovski Así se templó el acero, lo envolví todo en una toalla, le di un beso a mi madre y me dirigí al bosque. Anduve dos días con estas provisiones. En un claro me encontré con unos hombres, les grité desde lejos: ".¡Au-u-! ". Pero me contestaron con disparos. Me escapé de milagro, resultaron ser alemanes.

Tuve que volver a Koriukovka. Pero allí también estaban los alemanes. De todos modos, llegué a casa. Resulté que tampoco mi padre pudo llegar hasta el destacamento y se escondía en las caballerizas del koljós. Después se instalé en un trigal. Allí le llevé varios días la comida. Llegaba allí y gritaba: "¡Cucu! " Cuando él me contestaba entonces me arrastraba hacia él. Allí se estuvo mi padre ocho días, mientras los alemanes estuvieron en el pueblo. Pero yo sí que me paseaba y me fijaba en los alemanes. Fue la primera vez que me alegré de ser pequeño. No me prestaban ninguna atención.

Una vez me encontré con mi maestra de alemán Lego. Su marido también era extranjero. Mira, pensé, la mala pécora, no ha evacuado. Antes de la guerra había sido pero que muy activa, miembro del comité local, en cambio ahora iba con un soldado alemán enseñándole algo, alegre y contenta... Estaba claro que los esperaba y ahora se pondría a hacernos la vida imposible. Entonces decidí vigilarla.

Al día siguiente, iba ella por la calle, yo la adelanté, la saludé y seguí andando. Me acerqué a la tienda y arranqué a propósito una tabla delante de sus ojos. Ella, claro, reaccionó: " ¡Chico, ven aquí! ¡Ah, eres tú, Volodia! ¿Por qué rompes las cosas, Volodia? Ahora todo esto no es soviético. Con el "nuevo orden" os vamos a educar de otra manera. ¿Dónde está tu papá? ¿No será comunista? " Y yo le contesté: "Mi papá ha muerto". Resulté que no se acordaba nada de mí. "ZY tú eres komsomol?" Yo le digo: "Dios me guarde de serlo"—. "Ven a yerme, Volodia, a hacerme una visita, parece que eres un buen chico". O sea que picó. Ahora tenía que encontrár sea como sea a los guerrilleros.

Las unidades alemanas se marcharon, sólo quedó la comandancia. Era mucho más fácil moverse. Mi padre se dio cuenta de que yo algo entendía, así que me dio una misión: "Mañana, me dijo, en la serrería se ha concertado una reunión de los guerrilleros. Ves por estas direcciones y avisa a quien haga falta". Me puse contento. Al menos era un trabajo de verdad. Avisé a todo el mundo y yo mismo me dirigí a la reunión. Me acerqué a la serrería, pero los vigías me empezaron a tirar piedras, ni siquiera me dejaron acercarme. Yo les eché en cara: "¿Cómo es eso? He reunido a la gente y ahora me echáis a pedradas..." Me dejaron pasar. Y así me hice guerrillero. Me dieron una carabina. La misma que teníamos en el huerto. Pero me la entregaron solemnemente y comprendí que la recibía para luchar...

En esto Volodia Tijonovski interrumpió su relato y lentamente se puso a liar un pitillo... Claro, esperaba las preguntas. Alimentaba el interés de los oyentes.

— ¿Y qué pasó con aquella alemana? ¿Se lo dijiste al jefe?

— Te fuiste con tu padre, pero, ¿y la madre? ¿Los alemanes no le hicieron nada?

— Primero —contestó Volodia—, no sólo tengo a mi madre, sino también una hermana pequeña. Y segundo, yo y mi padre estábamos muy preocupados, porque podían haberlas fusilado y quemar la casa. Pero las cosas salieron así: dos prisioneros de guerra que se escaparon de un campo se encontraron con una mina justo al lado de Koriukovka. Volaron por los aires. La gente de nuestra calle, unas veinte personas, aseguraron por escrito a la policía que habíamos sido nosotros. Es decir que los que habían muerto en la explosión eran mi padre y yo. Así fue cómo salvamos a mi madre y mi hermanita.

— ¿No los reconocieron o qué?

— ¡Cómo que no los reconocieron! Pues claro que sí, sabían que no éramos nosotros. Pero la gente tiene algo que se llama solidaridad. Por eso se puede trabajar. Por eso yo podía pasearme tranquilamente entre los alemanes. La gente no me denunciaba. Porque la canalla no es numerosa y se la ve de lejos... Por ejemplo, Lego y su marido resultaron ser unas auténticas víboras. Nuestro comisario, el camarada Rudéi, me dio órdenes para que volviera a Koriukovka y consiguiera ganarme la confianza de esa alemana. Antes nunca tuve que hacer la pelota a nadie. ¡Sabéis lo difícil que es! Es lo mismo que hacerse amigo de una serpiente venenosa. Probad convencer a una serpiente de que la respetáis. Bueno, fui a visitar a Lego. Estuve allí unas dos horas. El matrimonio me quería convencer de que averiguara quienes eran los dirigentes del destacamento guerrillero. "A tu madre le darán tierras, y a ti una ropa muy buena, extranjera, y una bonita medalla alemana, y además, por cada comunista que cojas, te darán mil rublos..." A ver, probad estaros quietos y oír estas palabritas. Les prometí que lo haría todo. Sólo les exigí que por cada comunista me dieran además un saco de harina. Creyeron que estaba regateando. Y quedamos en medio saco. Querían llevarme en seguida a ver al comandante, para que firmara. Logré escabullirme por los pelos.

A la noche siguiente, el camarada Rudói y otro guerrillero más se metieron a la casa del matrimonio Lego por la ventana. Yo antes les había dibujado en papel la distribución interior de la casa. Pedí a Rudói que me llevara con él, tenía muchas ganas de actuar. Pero no salió. Otra vez me dijeron que todavía era pequeño para esas cosas. Qué rabia me dio. Me quedé en la calle para silbar en caso de que pasara algo. Al cabo de media hora se abrió la puerta y salieron los guerrilleros. " ¡Todo en orden, Volodia, en marcha! " Acabaron con los dos sin pegar un tiro. Les encontraron unas listas de los comunistas del pueblo y de las mujeres de los oficiales...

Después de esto me dieron órdenes de que siguiera actuando en la ciudad. Vivía en casa, pero durante el día no aparecía. Mi padre me trajo un rollo de papel y me dijo: "Escribe". Me pasaba los días escribiendo proclamas. Me conectaron con otro chico, Lionia Kovahoy. Un muchacho muy valiente. ¡Hicimos cada una juntos! Había con nosotrOs otro komsomol. Naúmenko, Bonia de apodo. Un chaval listo. Lo echaron del Destacamento. Se durmió en una guardia. Si el trabajo era movido, entonces no había problema, pero le faltaba disciplina para estarse quieto en un sitio.

A este Bonia una noche vino a cogerlo la policía. Lo arrestaron. Le ordenaron que se quitara las botas y los pantalones. Le dijeron: ¡Marcha delante! " Echó a andar de prisa y cerró tras de sí la puerta. La atrancó con un madero y así, sin pantalones escapó a la calle.

Primero empezamos a clavar las proclamas con un martillo. Hacíamos mucho ruido. Lo hacíamos a propósito, para que la gente saliera de sus casas y leyera. Pero no resulté práctico. La gente tenía miedo y arrancaba en seguida los papeles de sus casas. Entonces decidimos pegarlos. Mi madre nos hizo cola. Pegábamos las octavillas y proclamas en lugares públicos. Allí se podían leer tranquilamente.

Después nos trajeron unos libritos: Cómo luchar contra el gorgojo, El tractor STZ—NA TI. A simple vista parecían unos folletos completamente inofensivos. Las dos tres primeras páginas hablaban en efecto de gorgojos y tractores. Pero después seguía la alocución al pueblo del Comité Regional del Partido, llamamientos para ingresar en el movimiento guerrillero. Repartíamos estos folletos a escondidas, pero en los días de mercado lo hacíamos abiertamente.

Casi durante dos meses mantuve un contacto constante con el destacamento, cumpliendo muchas tareas. Pero después los alemanes obligaron a los guerrilleros a que se alejaran bosque adentro. Dejé de saber donde se encontraban los nuestros. Koriukovka volvió a llenarse de alemanes. La policía se olió a lo que yo me dedicaba y tuve que marcharme. Entonces si' que las pasé moradas. Tuve que pasarme ocho días hambriento por el bosque.

Iba yo por los caminos del bosque tambaleándome del hambre. Me encontré con un viejo que me llevó a pasar la noche, me acosté en la estufa. Estaban el viejo con su mujer cenando, comían patatas con pepinos, pero a mí me daba vergüenza pedirles de comer. Después el viejo me llamó a la mesa y dijo: " ¡Qué orgullosos sois los guerrilleros! " Me gustó la frase. Pero, de todos modos, no me atreví a decir que en efecto lo era. Yo negaba ser guerrillero. Pero resulté que el viejo se había dado cuenta que llevaba una granada bajo la camisa. "Mira hijito, me dijo, ya sé a quién buscas. Los guerrilleros están en aquella dirección". Me enseñé el bosque donde estaba el destacamento regional. Al despedirse me regaló otra granada.

Por la mañana me dirigía hacia aquí. Y resulté que me encontré en la zona neutral, entre los alemanes y vosotros. Bueno, pensé, estoy perdido. Y decidí que, pasase lo que pasase, me dirigiría hacia vosotros. Mejor era morir de una bala guerrillera, porque los alemanes seguro que me torturarían...

Volodia Tijonovski, a pesar de su pequeña estatura, se convirtió en perfecto combatiente. Fue uno de los iniciadores del movimiento guerrillero por el dominio de todas las profesiones guerrilleras. Hizo de explorador, aprendió a la perfección la ametralladora, el mortero, el fusil antitanque. Participé en varias operaciones de diversión en vías de tren. Vale la pena decir que en los tres años de vida guerrillera Volodia se hizo un chico fuerte y se estiré. Ya difícilmente se le podía llamar un chiquillo.

 

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