"Lo fundamental era estar al lado del pueblo, impulsarlo a la lucha. No había que olvidar que nosotros, los comunistas, éramos los organizadores, sólamente el armazón. He aquí lo que no se podía olvidar un sólo instante. Y entonces ninguna fuerza enemiga sería capaz de quebrantarnos" Alexéi Fiódorov

Capítulo tercero: EL COMITE REGIONAL EN EL BOSQUE parte 7 de 11

El cuatro de marzo sacaron a nuestros chicos a la nieve y el viento. Primero hubo orden de colgarlos. Pero parece que no tuvie­ron tiempo de montar las horcas y los llevaron tras el río. Los conducían unos alemanotes enormes con caras de tomates, en cambio nuestros komsomoles parecían tan pequeños y delgaditos. Todos iban descalzos. Sólo Fenia Vnúkova llevaba puestos unos zapatos y un pañuelo, pero la cara la llevaba cubierta de sangre. A Shura Omelianenko le faltaba un ojo, se lo habían vaciado. Casi no podía caminar, pero de todos modos sujetaba por el codo a Fenia y le susurraba algo.

La gente estaba a los lados de la calle como petrificada. Los alemanes se hacían paso a golpes, pero la gente no se apartaba. María Fiódorovna, la madre de Shura Omelianenko, rompió la fila de los alemanes y tirándose al suelo se agarré de los pies de su hijo. ¡También a mí —gritaba—, también llévenme a mí! ¡Mátenme, no quiero vivir así! “ Shura se inclinó hacia ella para levantarla del suelo. En ese instante los alemanes se lanzaron sobre ellos y arroja­ron a un lado a María Fiódorovna. Shura le gritó: “ ¡Mama, no nos matarán a todos, triunfará nuestra verdad! ¡Triunfará el Poder soviético!

A Kóliushka, mi sobrino,, no lo reconocí en seguida. Tenía el pelo blanco. Igual, igual que un viejo, con todo el pelo blanco. Me vio y se dio la vuelta. No pude aguantar y sabiendo que hacía mal le grité “¡Adios, Kóliushka! “ Después oí cómo la gente gritaba y lloraba. Se despedían de los suyos. Fenia Reznichenko, Shura Omelianenko y Leonid Tkachenko, aunque éste era el más pequeño, contestaban a la gente, gritaban consignas y alzaban los puños, o sea, que todavía tenían fuerzas para enfrentarse a los alemanes. Sólo Kolia callaba, no en vano era el principal.

En el recodo, la calle subía empinada. Y cuando llegaron a la parte más alta, allí los alemanes ya no nos dejaron pasar. Desde el lugar más alto Kolia se dio vuelta hacia la muchedumbre y en voz alta —como si se cuidara la voz hasta este instante— gritó: “ ¡Mori­mos, pero no nos rendimos! Los alemanes se abalanzaron sobre él y lo tiraron al suelo. No llegaron al río, se les acabó la paciencia, empezaron a disparar en medio de la aldea, en el camino. Ni siquiera apuntaban.

Al día siguiente a los familiares les dejaron recoger los cuerpos para que los enterraran. Cada uno tenía de veinte a treinta heridas. A todos se los llevaron a enterrar, sólo el pequeño Leonid Tka­chenko se quedó en el río. No tenía ni padre ni madre ni hermanas. A la segunda noche convencí a una buena gente para recogerlo del río, había allí poca agua. Pero cuando llegamos su cuerpo ya no estaba. Después me enteré de que antes de mí se encontraron otras almas compasivas. Y cumplieron con él su último deber.

Una vez iba por la calle y me encuentro a Kostromá. O sea que la dejaron salir. O sea que tenía yo razón, que ella y su amiguita María Vnúkova denunciaron a los nuestros. Iba con ella un joven, puede que un policía. La llamé a un lado. Y ella, sin miedo —vio que soy una vieja— se acercó a mí. “Oyeme, muchacha —le pre­gunté en voz baja—, ¿es cierto eso que dicen que crees en Dios y vas a la iglesia?” Ella me contestó: “ ¡Es cierto, abuela!” —y me miró con ojos desvergonzados. “¿Y es cierto lo que dicen que Judas fue uno de tus antepasados?” Se quedó sin saber qué con­testar. Sólo parpadeaba con los ojos. Entonces me di media vuelta y me fui.

Seguramente tres días no llegaron a pasar de la muerte de nues­tros komsomoles cuando de pronto la gente vio de nuevo octavillas soviéticas pegadas en todas las esquinas. Y de nuevo, como antes noticias frescas de Radio Moscú y, además, las últimas palabras de Kéliushka: “¡Morimos pero no nos rendimos! Y entonces fue cuando el pueblo creyó en que nuestra causa no podía morir. Aunque vosotros sois de los nuestros, tampoco os diré quién hizo esas octavillas.

* * *

Nos comunicaron que en Alexéivka, distrito de Koriukovka, en casa de una vieja que vivía en un extremo de la aldea, estaba muriéndose de tifus un judío, que por milagro había logrado sal­varse de los alemanes. Nos dijeron también que en su delirio men­cionaba con frecuencia los nombres de Fiódorov, Batiuk, Popko, Popudrenko...

¿No sería Zússerman?

Hacía mucho —a raíz de mi llegada al destacamento regional— que había preguntado por Yákov. Pero nadie sabía nada de él. Durante todo aquel tiempo, me había hecho ya a la idea de que Yákov, en su viaje de Ichnia al destacamento regional, había pere­cido a manos de los alemanes. Esta idea me causaba profunda pena, pero estábamos en guerra, y era mucha la gente que mona...

Una tarde en que conseguí liberarme un tanto de los asuntos del destacamento, tomé un grupo de combatientes y en unión de Gromenko, jefe de la primera compañía, fui a Alexéievka, que distaba unos 30 kilómetros de nuestro campamento.

Los exploradores que habíamos enviado por delante nos infor­maron de que en la aldea no había alemanes y que los policías no cometían excesos, es decir, sencillamente tenían miedo. Fuimos derechos a la casucha indicada. A través de la ventana se veía una débil lucecilla. Ordené a los combatientes que se distribuyesen alre­dedor de la casa y llamé a la puerta.

Una chiquilla de unos doce años me abrió. Miró a la terracilla y se interpuso en el umbral sin dejarnos entrar.

— La abuela Sídorovna está enferma —dijo la niña—. Está tem­blando de fiebre y me ha pedido que no deje pasar a nadie. ¿Quié­nes son ustedes? ¿Policías?

— Somos parientes de la abuela —respondió Gromenko.

La chiquilla le lanzó una mirada recelosa.

— No es cierto lo que dice. La abuela no tiene más parientes que mi madre y yo... Más vale que no se acerquen, porque tenemos tifus en casa. Mi madre me ha dejado aquí para que cuide de la abuela Sídorovna; le doy de comer, le hago gachas.

A pesar de todo, pasamos. La chiquilla nos observaba atenta­mente con sus ojos vivos, algo salvajes. La casa era poco acogedora y fría. La luna alumbraba más que el candil. Las paredes estaban ahumadas, el horno no había sido blanqueado hacía mucho. En un oscuro rincón se removió alguien, y una cascada voz senil preguntó:

— ¿Eres tú, Nastia?

— Vienen a verla, abuela. Dicen que son parientes.

— Echalos. No puede ser...

No terminó la frase, dio un suspiro y se volvió del otro lado, haciendo crujir la paja de su jergón. Al parecer, se había dormido de nuevo o había perdido el conocimiento.

— Ya ve —dijo la niña.

— ¿Y a quién más tenéis aquí? —Y, sin esperar su respuesta, dije intencionadamente, en voz muy alta—: Soy Fiódorov, Alexéi Fiódorovich, y éste es un amigo mío, también guerrillero.

Al instante, vi que desde el horno descendían unas piernas des­nudas y escuálidas.

— ¡Oh! ¿Será posible? —oí una voz débil—. ¡Alexéi Fiódoro­vich!

Sí, era Yákov Zússerman, mi viejo compañero de correrías. Bajó del horno con dificultad y, agarrándose a él con sus débiles y flacas manos, se arrastró a duras penas hasta el banco. Se sentó allí donde había más luz y yo vi a un viejo agotado, de luengas barbas.

No tenía más que veintiséis años. El breve recorrido debía haberle cansado mucho, porque respiraba con dificultad, mientras una sonrisa tímida e insegura dilataba sus labios. Sus enormes ojazos me miraban con alegría.

— ¡Alexéi Fiódorovich! —repitió Yákov—. ¡Está usted vivo! Ya había oído hablar, pero no lo creía. Vino aquí uno y conté que Fiódorov no andaba lejos, pero como yo estaba tan enfermo, pensé más tarde que había sido cosa del delirio...

Escuchando sus palabras, Gromenko y yo le mirábamos como se suele mirar a un condenado a muerte: con pena y mal disimulada lástima. Yákov debió apercibirse de ello.

— No os crean que me estoy muriendo —dijo—. En dos ocasiones he estado a las puertas de la muerte y en otras cinco poco faltó para que no pereciese, pero ahora creo que me voy reponiendo. He tenido el tifus. ¡Y qué gente más buena! —prosiguió apresurán­dose a contar de golpe todo lo más posible—. La vieja y esta niña. No sé...

— Explícanos ¿qué ha sido de ti? —pregunté.

Yákov miró a Gromenko.

— Es uno de nuestros guerrilleros; habla sin miedo.

Gromenko alargó hacia Yákov la mano, pero éste no le tendió la suya.

— Estoy apestado —dijo—. No me toque. No tienen fuerzas para lavarme, pero son como unas santas. Siéntese, si tienen tiempo. No les pido que me lleven consigo. Me debo a esta gente, por mi culpa se encuentran así, les estoy muy agradecido.

Suspiró varias veces, enjugose con la manga el sudor de la frente y continué:

— Me he comido la carta de Batiuk. No tuve más remedio que hacerlo. Le ruego que me perdone; a los culpables se les castiga, pero no cuando están tan débiles. ¿Sabe una cosa, Alexéi Fiódoro­vich? No se imagina la razón que tenía al aconsejarme seguir con usted... ¿Y Simonenko, dónde está?

— También se fue.

— ¿Vio a su madre?

— Estuvimos en su casa varios días.

— Era muy buena persona. Amaba a su madre, a la familia, tal como yo quiero a los míos. ¿Qué cree, habrá muerto? A lo mejor, no. Puede que esté luchando contra los alemanes ¿no le parece, Alexéi Fiódorovich?

Habíamos traído un poco de harina, un pedazo de tocino y un gran terrón de azúcar; a Kapránov le quedaba aún medio saco en sus depósitos.

Yákov extendió todas aquellas riquezas sobre el banco, abrió los brazos y, con inesperado tono de avidez, preguntó:

— ¿Puedo comer ahora un poco? Sabe, después del tifus se siente un apetito...

Hincó los dientes en el tocino, envolvió el azúcar en un papel y tendióselo a la niña:

— Toma Násteñka... —Haciendo grandes esfuerzos para masticar, decía—: Seguramente, no se puede comer mucho de golpe. He oído que los médicos recomiendan aguantar. Tú, Nastia, no digas que no. Sé que a todos los niños les gusta lo dulce. Ya no es una niña, Alexéi Fiódorovich, podía explicar, casi como una abuela, cosas de la guerra a los niños. Tenía tantas ganas de hablar que mis palabras le parecerán como una continuación de la pesadilla. ¿Tiene usted tiempo para escucharme?

Pedí a Yákov que, si se encontraba con fuerzas, me contase por partes todo lo que le había ocurrido. Yákov comenzó en seguida. A veces, tomaba aliento y la emprendía de nuevo con el tocino, volvía a dejarlo y continuaba hablando y hablando...

Gromenko dijo que me esperaría en la calle. El aire de la casa era dulzón y sofocante, como en los malos hospitales. Tampoco yo me sentía muy a gusto. Invité a Yákov a marchar con nosotros al destacamento. Pero negó con la cabeza:

— Seguramente, no tengo derecho a hacerlo. Ahora debo ser yo quien la mantenga y cuide: la viejecita ha sido tan atenta conmigo. No crea que Yákov no quiere ir con los guerrilleros. Ansío vivir para vengar todos los tormentos de la población y los míos propios. Ya no creo que mi mujer e hijito hayan quedado con vida, no, no trate de convencerme. Iré con usted en cuanto se ponga buena la viejecita. Tenga en cuenta que, por ahora, ni siquiera tengo fuerzas para levantar el fusil, y mucho menos para disparar. Así pues, escúcheme y, si puede, no se vaya aún. ¡ Le contaré mis penas!

Me senté en una silla coja. Tenía que escuchar a Yákov. Su verborrea me irritaba, pero me daba cuenta de que era debida al tifus y a la larga soledad.

— ¿Es que no hay peligro? —preguntó Yákov—. ¿O viene con escolta? ¿Para qué más sacrificios? Si usted pereciese por culpa mía, sería lo más terrible de mi vida. Pero claro, no quiero que usted se vaya. Las cosas sucedieron así: al salir del destacamento de lchnia, recordé, no sé para qué, que en Koriukovka vivía Israel Fainshtein, tío de mi mujer. Antes, trabajaba de guarnicionero en la fábrica de azúcar. Solía pasar sus vacaciones en Nezhin y allí nos tomábamos algunas copas. Entonces la vida era alegre. Fainshtein tenía ya sus años, pero era fuerte como un toro y con temple de hierro. Había participado en la Revolución de Octubre, conoció a Schors, y hasta le ayudé con algunos datos. Se me ocurrió la des­cabellada idea de que, tal vez, mi mujer no estuviera en poder de los verdugos y hubiera ido desde Nezhin allí. Y torcí hacia Korió­kovka. Los campesinos me dijeron que allí no había alemanes y que los guerrilleros eran los amos del distrito. Aquello me alegré muchísimo. Pero todo resultó al revés. En realidad, los guerrilleros se habían visto obligados a retirarse ante la presión de un enemigo muy superior en fuerzas. Sin embargo, no sé por qué razón, tam­poco había alemanes. Tardaron algunas horas en presentarse. Es probable que tuvieran miedo de entrar en seguida. En las calles no había un alma, igual que antes de una tormenta fuerte, cuando ya han brillado los primeros relámpagos.

Entré en la farmacia. Me hacía el siguiente razonamiento: “Si Israel está todavía en la ciudad, en la farmacia lo sabrán sin duda”. El farmacéutico, que era amigo de Israel, no estaba allí. La portera me dijo: “Huya, dese prisa, todos los judíos se esconden en las casas para que no los maten”. “¿Dónde está Israel? —pregunté yo—. ¿No sabe usted nada de él?” La portera me respondió que Israel, con su mujer e hijos, se había dirigido a Nezhin. Es decir, todo al revés.

Acababa de pensar esto, cuando sentí ruido de motos por la calle. Sabe, en aquel entonces no tenía barba aún y parecía más bien un ucraniano; me había dejado bigote. Sabía por Nezhin que los motoristas se presentaban para armar ruido e infundir espanto, pero que no se detenían por bagatelas. Y volví sin temor a la calle. Pensé: ¿a dónde ir? Y volví sin temor a la calle. Pensé: ¿a dónde ir? Y me dirigí a la casa donde vivía antes Israel. Una que está al lado del hospital. ¿Me escucha usted, Alexéi Fiódorovich, o se ha quedado dormido?

— Te cansarás Yákov —respondí yo—. Come, no te apresures.

Yákov volvió a enjugarse el sudor; luego, estuvo un rato masti­cando un trozo de tocino. En un rincón gemía Sídorovna. La chiquilla, que había metido en el horno un poco de leña, me pidió fuego. Le di mi mechero. La chiquilla encendió lumbre en el hogar, tendió hacia ella las manos y permaneció así mucho tiempo, sin volver la cabeza.

— Lo más terrible de todo —continuó Zússerman—, es que la dueña de la casa se contagié de mí. ¡Cara ha pagado su bondad! Tiene más de cincuenta! y con los corazones de ahora! ... Para el tifus no hay nada peor que un corazón enfermo. Puede morir. ¡Qué gran sacrificio el suyo! ¡Tenga en cuenta, camarada Fiódo­rov, que yo la había prevenido! Pero la viejecita me dijo que en esos casos sólo Dios decidía, y que si él quería llevarse su alma, de todos modos no se podría evitar que lo hiciera. Yo me habría ido de la casa, pero, consumido por la fiebre y la enfermedad, ya no podía moverme.

Yákov estuvo hablando una hora larga. No pasó por alto el menor detalle. No voy a repetir todo el relato tal como lo oí. Resumiendo, vino a decirme lo que sigue:

 

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capítulo 2 parte 10,  capitulo 4 parte 01