"Lo fundamental era estar al lado del pueblo, impulsarlo a la lucha. No había que olvidar que nosotros, los comunistas, éramos los organizadores, sólamente el armazón. He aquí lo que no se podía olvidar un sólo instante. Y entonces ninguna fuerza enemiga sería capaz de quebrantarnos" Alexéi Fiódorov

Capítulo cuarto: UN GRAN DESTACAMENTO parte 2 de 13

Los habitantes de las aldeas más cercanas no se negaban a ayudarnos. Así, por ejemplo, los de la aldea de Elino nos habían dado todo lo que tenían: el ganado, sus reservas de patatas y la ropa sobrante. ¡Era una aldea heroica! La más unida de cuantas tuve ocasión de conocer. Los alemanes no recibieron de Elino ni un kilo de grano. Ni un solo hombre del lugar se apuntó en la policía. Cuando los alemanes quemaron la aldea, todos sus habitantes se vinieron con nosotros: las mujeres, los niños, los viejos. Los que físicamente no podían luchar se instalaron más tarde en otras aldeas. Y los hombres y mujeres capaces de empuñar las armas participaron en nuestra vida guerrillera hasta la llegada del Ejército Rojo.

En el bosque de Fimo, durante un mes, nuestro destacamento aumentó hasta llegar a los novecientos hombres, siendo los vecinos de dicha aldea quienes más contribuyeron a engrosar nuestras filas.

Los habitantes de otras aldeas cercanas también nos ayudaban en la medida de sus fuerzas. Pero los alemanes les habían saqueado de tal modo, que los propios campesinos se alimentaban exclusiva­mente de patatas. Y aunque también estaban dispuestos a com­partir las patatas con nosotros, era muy difícil, casi imposible hacerlas llegar al destacamento. La aldea de Fimo estaba muy próxima al bosque. Los alemanes hacían incursiones en ella, pero temían dejar allí sus tropas. En cambio en Turia, Gluboki Rog, Guta Studenétskaia y otras aldeas situadas en un radio de veinte a sesenta kilómetros de nosotros, habían concentrado unas tres divi­siones.

En Ivánovka había un batallón de magiares; en Sofíevka, un gran destacamento de policía, con la particularidad de que los poli­cías habían sido reclutados en distritos lejanos, para que la pobla­ción no pudiera entablar con ellos ninguna clase de relaciones.

Aquella vez, el anillo de las tropas de ocupación había cercado el bosque en forma bastante compacta. Los alemanes tenían patru­llas en todas las lindes. Conseguíamos los víveres solamente en combate. A veces, para lograr dos sacos de patatas, perdíamos a tres o cuatro combatientes. Naturalmente, habría sido poco sensato hacer una operación de. envergadura —por ejemplo, un ataque a una gran guarnición enemiga— con el exclusivo fin de obtener víveres. Preferíamos hacer emboscadas y detener convoyes alemanes de víveres. Pero los alemanes evitaban los viajes por los caminos del bosque.

No era cosa tan fácil alimentar a novecientos hombres. Máxime cuando la gente, que trabajaba mucho al aire libre, no padecía, ni mucho menos, de falta de apetito. Hasta el combatiente más endeble se metía fácilmente entre pecho y espalda un kilo de pan, y si se le hubiese dado la misma cantidad de carne de caballo cocida, también habría acabado con ella. Cada vez comíamos menos legumbres. Hacía mucho que no veíamos la leche ni la mantequilla. La base fundamental de nuestra alimentación era la carne de caballo; tampoco teníamos nada que dar de comer a los caballos.

En aquellos días, nuestro farmacéutico, Zélik Abrámovich Iosi­lévich, comenzó a preparar una infusión de agujas de pino. Di una orden obligando a todos a beber esa infusión. Así nos aseguramos contra el escorbuto.

La infusión de pino era la única medicina cuyas reservas no se agotaban nunca. Unos meses más tarde, cuando hubo desaparecido la nieve, Zélik Abrámovich comenzó a recoger hierbas, que cocía y luego maceraba en alcohol. Mientras tanto, se recomendaba simple­mente no enfermar.

Por lo demás, enfermábamos raras veces. Hasta viejas úlceras de estómago habían dejado en paz a sus poseedores. Casi ninguno de nosotros atrapaba enfermedades tan corrientes como la gripe, el paludismo, las anginas. Por ejemplo, yo, antes de la guerra, padecía de ellas con frecuencia y, dicho sea de paso, después de la guerra comenzó a ocurrirme lo mismo. Pero en todo el tiempo que estuve en el bosque, no las tuve ni una sola vez. No era un fenómeno sólo de nuestro destacamento. Los ejercicios físicos y el aire puro nos protegían de las enfermedades infecciosas. Al igual que los habitan­tes del Polo Norte, padecíamos sobre todo de reumatismo, escor­buto, pelagra, furunculosis y dolores de muelas.

¡Oh, el dolor de muelas! De curarlo, ni hablar. Ni siquiera teníamos con qué arrancar una muela. En una ocasión, estuve cinco noches seguidas sin poder pegar ojo ni un segundo. Había comen­zado ya la periostitis y el diablo sabe qué de cosas más. En torno a mí no hacían más que dar vueltas el sanitario, el farmacéutico y curanderos primitivos sacados de entre los combatientes. Me metían en la boca toda suerte de porquerías. Me salvó Guerguí Ivánovich Gorobéts, ex director de los talleres de reparación de barcos y nuestro maestro armero. Se le ocurrió —bien agradecido le estoy— recurrir al empleo de unas tenazas de herrero, y me arrancó dos muelas de un tirón. Me dormí casi al instante y desperté al día siguiente completamente nuevo, fresco y animado. Gorobéts hizo mucho por todos nuestros enfermos y heridos. Cuando apareció la amenaza del tifus exantemático, construyó de un tonel de gasolina un aparato para desinfectar la ropa. Esto nos permitió hacer en dos días la desinfección de todo el destacamento.

Gorobéts era carpintero y mecánico. Con ayuda de algunos guerrilleros, desmonté y se llevó de FImo una casa grande y espa­ciosa. Cuando la instalamos en medio de nuestros refugios, abrimos en ella un hospital guerrillero con camas individuales, sábanas lim­pias y mejor comida. Desgraciadamente con este no bastaba.

* * *

Ya he dicho que Grigori lvánovich Gorobéts antes de la guerra fue director de unos talleres de reparación de barcos, un traba­jador con largos años de servicio. Resultaba que tenía que ser considerado como empleado, como hombre de trabajo intelectual, es decir un intelectual. Este es el aspecto formal, tal como consta en su historial. Sin embargo, por su aspecto externo, por la manera de hablar y, lo que es lo más importante, por su inagotable energía de trabajo de hombre de oficio y su auténtico amor al trabajo físico se nos presentaba como un hombre de fábrica, un buen maestro obrero, capaz de enseñar y de atraer a todo aquel que caía bajo su influencia. En aquel tiempo cumplió los cincuenta. Se le veía corpulento, con el pelo algo blanco, pero... ¡hay de aquel que lo llamara viejo! Se enfadaba hasta salirse de quicio. Tenía algún arrechucho y se cansaba en seguida. Pero se sentaba un rato y al cabo de un momento de nuevo veías en sus manos cualquier instru­mento con el que trabajaba. En los combates era esmerado. Eso justamente: se esforzaba por no quedarse atrás de los más jóvenes, disparaba con atención, se enmascaraba con todas las de la ley: se hacía una trinchera para él y su compañero de lo más seguro. ¿Con qué compañero? Pues con cualquier guerrillero. Veía a uno arras­trarse por el suelo hacia la posición y le gritaba:

— ¡Oye tú, ven aquí que entre dos es más divertido!

Al observar la vida de combate de Gorobéts no pocas veces llegué a la idea de que gente como ésta son la flor y la nata de la clase obrera. Pero así son a veces las cosas: era un dirigente del Comité Regional del Partido... Yo mismo consto en el pasaporte como empleado, •aunque hubiera preferido que se me llamara obrero... En fin, la cosa no está en el nombre sino en el espíritu.

Por cierto, Grigori lvánovich era un buen narrador, sabía atraer la atención de los oyentes y su voz se oía a menudo junto a las hogueras del campamento.

Seguidamente transcribimos sus palabras escritas ya en tiempos de paz.

 

 

DE LOS RELATOS DE LOS GUERRILLEROS EN LA POSGUERRA
Habla Grigori Gorobéts

 

En agosto de 1941, mucho antes de la ocupación de la región de Chernígov, me llamó el funcionario del Comité Regional Démchenko:

— ¿Desea usted que se le incluya en el destacamento guerrillero?

— ¡Pues claro!

Lo dije de todo corazón, aunque por la edad y por mi fata de salud se me libré de mis deberes militares. Pero ahora me había llamado el Partido y no me pareció posible negarme.

Nuestra vida guerrillera empezó cuando todavía no había acabado el verano. Hacía calor, la naturaleza estaba aún viva, las lluvias no nos visitaban con frecuencia.

Nos pusimos a estudiar, a familiarizarnos apresuradamente con la técnica militar: pistolas, fusiles, ametralladoras, granadas. La mayoría no entendía nada de eso. Y esto sucedió porque además a los comisariados militares les costaba mucho desprenderse de los soldados instruidos y más aún de los mandos militares de reserva. No se creían mucho que en la guerra moderna los guerrilleros pudieran infringir al enemigo golpes de consideración. De muchos jefes militares había oído que nuestra tarea acabaría en agua de borrajas. Se compadecían de nosotros, vais, nos decían, a una muerte segura.

Sin embargo se creó el destacamento regional.

Se decidió que primeramente teníamos que conocer el arma­mento extranjero. Se creía que íbamos a armarnos a cuenta del enemigo. Por eso nos entregaron fusiles polacos, porque les iban bien los cartuchos alemanes. La desgracia consistía en que ni siquiera los que nos enseñaban conocían bien las armas alemanas.

Bueno, pasamos la instrucción de tiro, la táctica de lucha en el bosque, nos levantábamos por las noches en los “ataques”, intentá­bamos representar un movimiento envolvente, algo parecido a unas maniobras. Hicimos una maqueta de tanque con unas ruedas de madera. Como carpintero y mecánico, yo también participé en la construcción de este juguete. Llenábamos botellas de cerveza con líquido inflamable y las lanzábamos contra lo que llamábamos un tanque...

Aunque no era joven, de todos modos antes no había tenido ocasión de disparar ni de una escopeta de caza ni de un fusil de poco calibre. Antes de la guerra todas las veces que me habían llamado a las prácticas de tiro, siempre había rechazado la invita­ción. Ahora estudiábamos con tesón y pronto llegamos a dominar maravillosamente” la técnica del armamento... al menos eso nos parecía. Aparecieron entre nosotros servidores de ametralladora, exploradores, morteristas, conseguimos un mortero. ¿Qué quiere decir que lo conseguimos? Por nuestras tierras se retiraban las unidades del Ejército Rojo, en una compañía les pedimos que nos dieran un mortero con tres minas. En su retirada nuestro ejército abandonaba los cañones deteriorados, enterraba los proyectiles. Más tarde, los guerrilleros los desenterraban. Aunque no teníamos cañones, los proyectiles nos hacían falta: aprendimos a sacar los explosivos de las bombas de aviación y minas para hacer volar los automóviles y convoyes del enemigo.

De momento todavía éramos unos guerrilleros de pacotilla. Por ejemplo, me acuerdo de un caso. Era de noche y todos dormían. Estaba de guardia el combatiente Shainiuk. Oyó éste un ruido. En el bosque, si algo se mueve entre la maleza, y además en el silencio de la noche, uno en seguida se pone en guardia.

A Shainiuk le pareció que alguien se acercaba y gritó:

— ¿Quién hay? ¡Alto o disparo!

Y disparé. Pero estaba prohibido disparar. Si sonaba un disparo, eso quería decir que era el enemigo. Esperábamos que de un día a otro se presentaran los alemanes. Era muy posible que nos lanzaran un comando de paracaidistas.

Después de sonar el disparo todos se levantaron alarmados. Sonó la orden.

— ¡A las armas!

Dos secciones rodearon el lugar donde Shainiuk había oído el ruido. El círculo se estrechaba, el anillo era cada vez más pequeño. Miraron y bajo un arbusto vieron un eriso muerto con las hojas caídas sobre sus agujas. Todos se echaron a reír, y Shainiuk decía orgulloso:

¡Tengo una puntería de primera clase! El pobre erizo se grabó en la memoria de todos para los años de vida guerrillera. Y la gente no paraba de reírse de Shainiuk:

— ¿Qué, cómo va la puntería? ¿Podrías cazar un erizo? ¿Le darías?

Shainiuk se ofendía muchísimo. Así y todo no salió de él un buen tirador.

A principios de septiembre, en un día frío y nubloso, estaba yo junto al centinela en el puesto de guardia. La misión era obser­var todo lo que podía ocurrir. Alguien venía corriendo y gritaba:

— ¡Paren! ¡Paren!

Era nuestro jefe de sección. Les chillaba a tres combatientes que corrían delante de él. Todos nos echamos al suelo: en el camino aparecieron los primeros motoristas alemanes. Tuvimos que retirar­nos. Todo el destacamento se retiró temporalmente mientras pasaba el ejército. Marchaban centenares de tanques, artillería, carros todoterreno, infantería en coches especiales. Nuestros explo­radores observaban los caminos. Cuando informaron a la dirección del destacamento y el mando nos informó a nosotros, escuchába­mos la noticia en silencio, un escalofrío recorría la piel. En este bosque éramos doscientas personas, no sabíamos de la existencia de otros destacamentos, y aquellos tampoco sabían de nosotros. Casi todos pensábamos: nos quedan uno o dos días de vida, en el mejor de los casos, una semana. Pero, de pronto, el sol salió entre tas nubes. Y yo le dije al combatiente Rakitni:

— Este solecito es nuestro, un sol guerrillero.

Mi compañero se encogió de hombros y suspiré con amar­gura.

Si recogiéramos los suspiros del pueblo de aquellos tiempos... ¡se podría levantar todo un vendaval!

Mi primer episodio de combate lo viví en octubre. Marchábamos un grupo de exploración mandado por Kalinovski. íbamos fuman­do. De pronto Kalinovski nos susurró:

— ¡Al suelo! ¡Al suelo!

Y casi le grité:

— ¿Para qué echarse al suelo si no llevamos dados ni veinte pasos?

Todavía no habíamos aprendido a cumplir al instante una orden, hacíamos preguntas y expresábamos en voz alta nuestro asombro.

Resulta que Kalinovskí había visto una moto con sidecar. Marchaba éste por el curso seco del río y de pronto se subió a un punto elevado. En el sidecar iba un oficial, a lo mejor era sargento, todavía no nos habíamos aprendido los distintivos alemanes. Se decidió darles lo suyo. Yo disparé sobre el conductor. Este se doblé, se derrumbé y empezó a aullar, la moto siguió sola. El oficial saltó y echó a correr, pero también a él le alcanzaron nues­tras balas. Recuerdo como si fuera hoy nuestros primeros trofeos. En el sidecar encontramos un automático alemán, un revólver ruso, tres fusiles alemanes, dos marmitas, dos cantimploras, dos panes, tres cabezas de cerdo. A lo mejor estos diablos se preparaban a hacerse una carne en gelatina. Nos echamos a reír. Dejamos las cabezas de cerdo. Entonces comíamos bien, teníamos bastantes reservas. Después recordamos nuestra estupidez, nuestra chiquille­ría guerrillera. Ni siquiera rociamos la moto con gasolina ni le prendimos fuego...

 

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