"Lo fundamental era estar al lado del pueblo, impulsarlo a la lucha. No había que olvidar que nosotros, los comunistas, éramos los organizadores, sólamente el armazón. He aquí lo que no se podía olvidar un sólo instante. Y entonces ninguna fuerza enemiga sería capaz de quebrantarnos" Alexéi Fiódorov

Capítulo primero: EN VISPERAS DEL COMBATE parte 8 de 16

Después de las cuatro el refugio del Estado Mayor se quedó a oscuras. El tiempo era frío y encapotado. El viento arrancaba con fuerza las últimas hojas de los árboles. Estas pasaban junto a la ventana, giraban y se reunían en montones.

Acabada la reunión comimos con todos los jefes de los destacamentos. Las bromas eran tristonas. En este tono hablábamos del futuro:

— ¿Qué, Nikolái Nikítich, tendremos cañones?

— ¡Pues claro! ¡Sin duda! Tendremos artillería, caballería...

— Y contaduría —añadió Kapránov—. ¿Cómo se cree que vamos a vivir sin tener las cuentas claras? Ahora os doy un vaso de vodka y no tengo más.

— Arreglaremos las comunicaciones como es debido —proseguí yo en lugar de Nikolái Nikítich con el tono más animado que pude—. Nos comunicaremos con cada Comité del Partido por teléfono y radio. Hablaremos cada día con el frente. Hasta con Moscú podremos hablar: "Muy buenas, les habla la división guerrillera de Chernígov".

Los demás se echaron a reír. Todos comprendieron mis palabras como una broma exagerada. Lo cual no hizo más que bajar los ánimos.

De pronto, Sanin, el segundo de uno de los destacamentos, dando un golpe contra el suelo, gritó:

— ¡Cerdos malditos! Nos han hecho huir al bosque, a la guarida, al agujero. La gente en sus casas y nosotros, como gusanos, bajo tierra. ¡Que me echen un alemán! ¡Que lo destrozo con las manos, con los dientes!

Nos quedamos un rato más. Volví a decir que mañana o pasado a mas tardar enviaría la orden. De momento las cosas quedaban como estaban.

La conversación no se animaba. Cada uno tenía sus cosas para meditar. Los jefes de los destacamentos empezaron a irse. Después de despedirme de ellos, me fui a dar una vuelta por el campamento.

Había oscurecido. Un aguanieve giraba por el aire, se metía en el cuello y penetraba en las orejas. La gente estaba metida en los refugios. Luces macilentas salían de las diminutas ventanas. En un refugio tocaban la armónica, en otra sonaba una canción lánguida acorde con el viento de otoño y mi estado de ánimo. Cantaban mal.

Había muchas cosas que no me gustaban, en especial el comportamiento de Bessarab, pero lo que me alarmaba aún más era que muchos se consideraban no como una unidad ofensiva sino de defensa.

Aunque en la reunión discutimos la cuestión de si convenía o no admitir a los soldados caídos en bolsas y los escapados de los campos de prisioneros, yo, a decir verdad, valoraba las cualidades combativas de estos recién llegados. Se hicieron guerrilleros obligados por las circunstancias, no se enrollaron en nuestras unidades previamente, pero tenían experiencia en la lucha y un odio contra el enemigo también adquirido en los combates y en sus andanzas. Habían experimentado y visto más cosas que nuestros muchachos del destacamento. Después de andar durante dos meses por territorio ocupado, yo ya comprendía que en estas tierras invadidas no había lugar mejor para el hombre soviético que un destacamento guerrillero. Sí, la gente necesita probarse para saber luchar bien. Las experiencias son necesarias incluso para descubrirse a si mismo lo que es uno. Antes del primer combate serio, hasta un hombre maduro a veces no se conoce a sí mismo.

Pensando sobre todo esto, deambulaba yo por una senda alejándome más y más del Estado Mayor hacia la profundidad del bosque. Aquí, los árboles no eran abundantes. Los habitantes de los Urales o de Siberia no llamarían bosque a nuestros parajes. Entre árbol y árbol había sus buenos cinco metros. De vez en cuando un pino y más a menudo arces, robles y álamos. La tierra se cubría con la primera nieve, por eso distinguía yo los troncos y los perfiles de las ramas desnudas. A través de ellas soplaba el viento que ahogaba los lejanos sonidos del campamento.

De pronto me di cuenta de que un arbolito delgado se ensanchaba sospechosamente en su base. Parecía como si hubiera allí una persona. Me detuve indeciso. ¿Como podía explicarse eso? Si es un centinela, ¿por qué entonces no me da el alto? Yo no me escondía y mis pasos se podían oír bien.

Después de un minuto de inmovilidad, empecé a acercarme poco a poco al extraño árbol y en seguida me di cuenta de que junto al ensanchamiento yacía un objeto parecido a un fusil. Oí unos sonidos extraños. No pude creer lo que oía: pues el ruido se parecía mucho al llanto de un niño. Oía con claridad el llanto y los resoplidos de un niño ofendido o asustado.

— ¿Qué te pasa? —pregunté a media voz.

La figura se separé del árbol lanzándose a un lado.

— Pero, ¿a dónde vas? ¡no tengas miedo! —grité.

La persona se detuvo algo confiada. Alcé del suelo el fusil.

— Ven aquí —dije y saqué del bolsillo una linterna y la encendí... iluminando una chica con chaqueta enguatada y gorro. No tendría más de dieciséis años. Sus ojos asustados me miraban y en su rostro se veían lágrimas.

Entonces encaré la linterna a mi cara.

— ¿Me reconoces?

— ¿Camarada Fiódorov?

— El mismo. ¿Qué estás haciendo aquí?

— De guardia, camarada jefe —balbuceé.

— ¿Y por qué estás llorando? —,Es que... camarada Fiódorov, no lloro. No pasa nada —y eché a llorar aún más—. Perdóneme, camarada jefe. Es que no puedo. Me da miedo la oscuridad. Y estar sola.

— Estás vigilando el campamento o que?

— Sí.

— Bueno, coge tu arma y vamos.

Había que darle un buen escarmiento a este centinela. Pero chica me hizo pensar en mi hija mayor Nina. Me la imaginé, por primera vez en una noche, completamente sola, en un bosque cubierto de nieve...

— ¿Cómo te llamas? —pregunte.

— Valia.

— Cuando un jefe te pregunta tienes que decir el apellido.

— Ya lo sé, camarada jefe. Me ha salido así... Protsenko, Valentina... De la primera sección. Sanitario.

— ¿Cuántos años tienes?

— Del mil novecientos veinticinco.

Justo, de la edad de mi Nina... Cuando la llevé al Estado Mayor y le expliqué el caso a Nikolái Nikítich, éste llamó a Gromenko y preguntó cómo es que habían enviado a casi una niña a una guardia tan responsable. El jefe de sección contesté asombrado:

— La combatiente Protsenko es un buen soldado. No tiene observaciones a su haber. Es muy buena tiradora.

— Bueno, vaya. Ponga en el lugar a una persona segura.

Gromenko dio media vuelta y se fue, pero Valia seguía en su sitio.

— ¿Qué quieres?

— Oiga, camarada jefe, usted castígueme, pero, por favor, a los demás no les explique por qué.

Sin embargo no hubo manera de encubrir el hecho. O fue el jefe de sección o la misma Valia que lo comentó con sus amigas. El caso es que por mucho tiempo se recordó en el destacamento cómo Valia Protsenko "defendía" el campamento. Y al recordarlo, claro, se reían.

Al cabo de unos cuantos meses, Valia cambió mucho, se templó y fortaleció en el combate. Ni ella podía recordar sin reírse aquel suceso.

Aquel año se truncó prematuramente la infancia de millones de nuestros niños y niñas. La Patria también necesitó de su fuerza.

Por la noche, Rvánov preparó la orden. No la firmé inmediatamente, decidí esperar a Bessarab. Había prometido venir a las nueve de la mañana. Pero ya eran las diez. Nikolái Nikítich recordó que un mes antes había pedido a los jefes de destacamento la relación de los miembros del Partido. La enviaron todos, menos Bessarab. No es que se negase, pero se limité a hacerse el desentendido. Y cuando Popudrenko, como secretario del Comité Regional, exigió severamente que se cumpliese la disposición, Bessarab refunfuñé que en ningún sitio le dejaban en paz, que ni siquiera en el bosque podía disponer de su persona...

No era que necesitásemos mucho la conformidad de Bessarab, ni era tampoco por democracia por lo que aguardábamos su decisión. Comprendíamos que en el fondo estaba en contra, pero queríamos saber hasta dónde era capaz de llegar. ¿Y para qué recurrir, antes de tiempo, a medios coercitivos? Podía ser que entrase en razón y se diera cuenta de que iba por mal camino.

A las once, convencidos ya de que Bessarab no vendría, di orden de que ensillasen el caballo y fui a verle con el comisario y un grupo de combatientes.

— Vamos a apaciguar al príncipe en su feudo, muchachos —dije en broma.

En los alrededores del campamento de Bessarab, un centinela nos dejó pasar, porque nos conocía. Tenía orden, según supimos más tarde, de no dejar acercarse a nadie que llegase del destacamento regional. Y dar la señal de alarma si trataba de entrar en el bosque. Pero, al parecer, Bessarab no pensaba que iría yo mismo. El centinela, al yerme, me reconoció, era un koljosiano de Reimentárovka. Una sonrisa inundó su cara. Incluso intentó ponerse de frente y acercó la mano al gorro. Así que entramos en el campamento sin alarma alguna, reinaba la tranquilidad y todo tenía un aire somnoliento.

Aquello parecía una finca apacible y acomodada. En cuerdas tendidas entre los árboles había ropa puesta a secar: camisas, peales y hasta sábanas. En otro lado, colgaban de las ramas reses: toros y carneros desollados; un mozalbete, sentado en el suelo, estaba descuartizando un cerdo recién sacrificado. Había muchas reses muertas, muchas más que en nuestro destacamento regional, y eso que nosotros éramos el triple, y Kapránov, nuestro intendente, sabía lo que se traía entre manos.

De la cocina se elevaba un humillo tenue, despidiendo un olor tan apetitoso, que mi ayudante volvió los ojos hacia allí y pasóse la lengua por los labios.

Nos acercamos a la cocina, un refugio amplio y alto, con una gran mesa en el dentro. En la mesa, una montaña de chuletas rebosando grasa. Mangoneaban en todo aquello un guerrillero joven y dos cocineras. Una de éstas, muchacha muy bonita y provocativa, llamada Lénochka, me reconoció y adoptó una actitud arrogante.

— No vivís mal —dije yo, señalando hacia las chuletas.

— Sí, no como ustedes —respondió Lénochka con desparpajo.

— Vaya, qué bien enseñados os tiene Bessarab a bailar al son de su flauta. Bueno, vamos a visitarle. ¿Dónde vive?

Lénochka nos indicó cuál era el refugio de Bessarab; luego cuando ya estábamos lejos, gritó:

— ¡No conseguiréis nada!

A la entrada del refugio fuimos recibidos por Stepán Ostatni, sustituto de Bessarab. Me midió con una mirada de reojo y respondió a nuestro saludo con una leve inclinación de cabeza, pero nos dejó pasar. El refugio estaba sucio. Sobre la mesa, desperdigados, en confuso desorden, había papeles, mendrugos y trozos de patata. El suelo estaba lleno de colillas. Bancos y taburetes colocados sin orden alguno. Al parecer, todo lo habían dejado tal y como quedara después de la reunión celebrada durante la noche anterior. No estaban preparados para recibir huéspedes.

Tras una cortina de percal dormía el jefe. Nuestra llegada le despertó. Ostatni creyó preciso explicarnos:

— Ayer nos acostamos tarde.

Desde el dormitorio, repuso una voz femenina:

— No tienes por qué justificarte, no estás en un juicio.

Bessarab salió de detrás de la cortina. A nuestro saludo murmuré algo incomprensible.

Entraron en el refugio otros dos hombres de confianza de Bessarab: Yan Polianski y Shkoliar. Ambos adoptaron una actitud provocativa.

En vista de que nadie me invitaba a hacerlo, acabé por sentarme en un taburete y pregunté:

— ¿Qué decisión ha tomado, camarada Bessarab? Hemos estado esperándole toda la mañana. Nos es muy necesario conocer el fruto de sus meditaciones.

Bessarab callaba, soltando bufidos, sin volver la cara.

— Le estoy hablando a usted, camarada Bessarab. ¿Cree que hemos venido en plan de casamenteros?

Su mujer contestó por él:

— ¿Y quién les ha llamado? Váyanse por donde han venido, no les retendremos.

— ¿Es su suplente, camarada Bessarab?

— Sí, lo es. ¿Y a usted qué le importa?

No pude contenerme y solté unas cuantas expresiones fuertes. La mujer lanzó un chillido y salió disparada del refugio.

Con movimiento lento, Bessarab sacó de la cartuchera la pistola. Hubo que arrancarle el arma de las manos. Bessarab solté una sonrisa hipócrita. Luego se senté.

— Es una broma —dijo, pero siguió en tono serio—. No hay que, eso, pues, aprovecharse de las glorias ajenas.

— ¿Y qué glorias son las suyas? ¿No hacer nada y comer a cuenta de los koljosianos? Camarada Yariómenko —dije volviéndome hacia el comisario—, mientras converso con el jefe, tenga la bondad de reunir a todo el destacamento.

Bessarab callaba, con expresión de asombro.

— Bueno, hable, cuente qué glorias son las suyas —repetí cuando Yariómenko hubo salido.

Por lo demás, yo me daba cuenta de a qué aludía Bessarab. Aunque el destacamento regional no hiciera gran cosa en este tiempo, tampoco había estado mano sobre mano. Unas veces era un puente que se hundía; otras, un camión alemán que saltaba hecho astillas al chocar con una mina; tan pronto desaparecía, sin dejar rastro, un stárosta traidor, como aparecía en la cuneta un grupo de ocupantes alemanes con las cabezas rotas.

En las aldeas vecinas se sabía que, antes de la llegada de los alemanes, Bessarab había estado formando un destacamento guerrillero, por indicación del Comité de Distrito del Partido. Todos los hombres de su destacamento eran de aquellos contornos y visitaban con frecuencia a sus parientes y amigos. Y la población atribuía a los guerrilleros de Bessarab las acciones de todos los destacamentos y grupos que operaban por aquellos bosques...

— Hable, no tenga reparo —insistía yo, tratando de arrancarle la respuesta.

— He operado en el flanco de la 187 división... El mando, eso, pues, me felicitó...

 

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