"Lo fundamental era estar al lado del pueblo, impulsarlo a la lucha. No había que olvidar que nosotros, los comunistas, éramos los organizadores, sólamente el armazón. He aquí lo que no se podía olvidar un sólo instante. Y entonces ninguna fuerza enemiga sería capaz de quebrantarnos" Alexéi Fiódorov

Capítulo primero: EN VISPERAS DEL COMBATE parte 12 de 16

Una de las tareas centrales que en aquel entonces había planteado el Comité Regional ante los comunistas y los komsomoles era luchar por una rigurosa disciplina guerrillera, contra el libertinaje, la relajación y la irresponsabilidad.

Hubo necesidad de explicar a algunos que el Partido no podía permitir —ni siquiera al movimiento guerrillero— un desarrollo espontáneo, por su propia cuenta. El Partido exigía del guerrillero, y, sobre todo, de los comunistas y komsomoles lo mismo que de cada soldado, disciplina, orden, organización, ayuda mutua entre los destacamentos y combatientes aislados.

El comunista lo es en todas partes. El comunista no tiene derecho a olvidar en ningún caso que es comunista: ni en la guerrilla, ni en la clandestinidad, ni en medio de sus amigos, ni en el seno de su familia debe sentirse libre de las obligaciones de miembro del Partido ni infringir sus Estatutos.

En algunos destacamentos, organizados en su mayoría después de la ocupación, se había implantado el sistema de la elección de jefes, sistema condenado por el Partido desde hacía mucho. En un pequeño destacamento, los mandos ni siquiera eran elegidos. Se organizó una especie de lotería: elegían a suertes a su jefe.

El Comité Regional condenó la práctica de elegir a los jefes y exigió que todos los destacamentos situados en la región de Chernígov mantuvieran contacto con el Estado Mayor Regional y coordinasen con él sus acciones.

Simultáneamente; el Comité Regional trabajaba para fortalecer el principio del mando único y el prestigio de los jefes. La palabra del jefe debía ser ley. El Comité Regional cortaba inmediatamente todas las tentativas de celebrar mítines con motivo de las decisiones ya adoptadas y de discutir las órdenes de los jefes.

Los guerrilleros son los ciudadanos libres de las regiones ocupadas. Pero su libertad no es la de pasearse por los bosques. La libertad de uno no podía separarse de la libertad de todo el pueblo soviético. En la guerra actual, los guerrilleros debían de sentirse soldados del Ejército Rojo. Decíamos a cada guerrillero:

— Vas al ejército porque estás obligado a ello por la ley fundamental del Estado soviético. Y, aunque el enemigo esté aquí, no olvides, querido camarada, que Ucrania sigue siendo una parte de la gran Unión Soviética. Eres guerrillero porque a ello te obliga tu conciencia de ciudadano soviético. Así pues, debes ser disciplinado por conciencia y de corazón; El hecho de que hayas venido voluntario no te libera de la obligación de ser disciplinado...

Algunos camaradas se asombraban mucho: ¿cómo era eso? No teníamos uniforme, aparentemente éramos paisanos. Incluso había entre nosotros gente libre del servicio militar, por ejemplo: viejos y mujeres; también había adolescentes, casi niños. Entonces, ¿también ellos debían someterse a la disciplina militar?

Me informaron de que uno de los más decididos defensores de la libertad guerrillera predicaba las siguientes ideas:

— Yo —decía el sujeto en cuestión—, a lo mejor, me he quedado en el bosque intencionadamente al retirarse el Ejército Rojo. Porque yo adoro la vida de guerrillas, es decir, la libertad sin ninguna clase de frenos. ¿Qué es eso de que tú eres el jefe? El jefe es aquel a quien el pueblo sigue cuando se entabla la lucha... Al guerrillero no se le puede sojuzgar. El guerrillero es como una fiera del bosque, como un lobo. Cuando hay que batir al enemigo se reúnen en manadas, y después de la refriega, cada uno hace lo que le da la gana.

Llamamos a ese "lobo" al Estado Mayor.

— ¿Dices en serio que te quedaste en el bosque por propia iniciativa?

— Yo soy de Chernígov —nos respondió—. No he querido salir de mi región. He decidido vengarme y combatir sólo en mi tierra natal.

— ¿Cómo es eso de que no quisiste salir? ¿Resulta, entonces, que has desertado del ejército? ¿No es así?

— Yo, por mi carácter, seré más útil en los guerrilleros. La disciplina del ejército oprime mi personalidad.

— Dejemos eso; tú responde: ¿has desertado del Ejército Rojo?

El defensor de la "libertad personal" se amohinó ligeramente. Después de meditar un poco, miró a su alrededor, y se convenció de que nadie le apoyaría.

— Yo no he desertado, no he hecho más que cambiar de arma en el ejército.

— ¿Has recibido alguna orden para hacerlo?

— Me lo ha ordenado mi conciencia...

— ¿Qué graduación tiene esa conciencia tuya si puede anular hasta las órdenes del Mando Supremo?... ¡Entrega las armas, y al calabozo!

En honor de ese amante de la "libertad del lobo", hay que decir que, con el tiempo, sentó cabeza y combatió bien.

El Comité Regional exigía que cada comunista inculcara en los guerrilleros el amor y el respeto al Ejército Rojo. Cada uno de nosotros debía tener el anhelo de llegar a ser soldado u oficial del Ejército Rojo. Debíamos comprender que el movimiento guerrillero era el resultado de los reveses temporales del Ejército Rojo, de la superioridad —por el momento— del ejército enemigo, el resultado de vernos obligados a hacer la guerra en nuestra tierra. Y cuando, con nuestra ayuda, el Ejército Rojo liberase del enemigo las regiones temporalmente ocupadas, nos sentiríamos dichosos de ingresar en sus filas.

El camarada que acabo de mencionar había venido al destacamento guerrillero procedente del ejército. Sabía lo que era la disciplina militar. Acabábamos de recordarle únicamente que no se permitía desmandarse. La mayoría de los guerrilleros, sobre todo en aquel primer período, eran personas profundamente civiles. Les costaba gran trabajo renunciar a ¡acostumbre de criticar y discutir, les era difícil cambiar la idea que se habían formado de sí mismos antes de la guerra.

En cierta ocasión, se puso de manifiesto que una parte de nuestros combatientes esquivaba por todos los medios lícitos e ilícitos, hacer guardias y otros servicios auxiliares. Me informaron que un compañero, muy respetable, jamás había hecho una sola guardia.

— Sí, es verdad —me confesó dicho camarada—. Pero si los mismos muchachos me dicen: "Serguéi Nikoláevich, lo haremos por ti; tú eres un hombre entrado en años, te costará trabajo..."

— ¡Qué gente tan generosa!

— Sí, es verdad, tienen buen corazón, pero los diablos cobran cara su generosidad.

— ¿Cuánto? ¿Cuál es la tasa actual?

— Depende de lo que sea. Por ejemplo, la guardia junto al depósito de víveres, un puñado de tabaco o dos rebanadas de pan. Por pelar patatas en la cocina cobran algo menos.

— ¿Pero es posible que a la tente no le alcance el pan? ¿Y a ti por qué te sobra?

— Sí, a mí, personalmente, me llega. He comenzado a fumar sólo aquí, en guerrilleros. Fumo poco. Y como también poco...

— Claro, si trabajas poco, comes poco,

— Algo hay de verdad en eso. El pan lo necesitan sobre todo los bisoños, los que han salido del cerco, o los prisioneros huidos. ¡Han pasado mucha hambre mientras estuvieron deambulando por el bosque!… Me dan lástima. Ellos mismos me lo piden, palabra de honor.

Cuando el camarada en cuestión fue censurado y castigado, se ofendió.

No voy a enumerar todos los casos en que se transgredió la disciplina, no fueron tampoco tantos. Además, no había mucha gente y no era mala. Tan sólo el hecho de que todos eran voluntarios —y la mayoría de los guerrilleros se alistaron en los destacamentos antes de la llegada de los alemanes— habla en favor de que los hombres querían luchar no por miedo, sino por voluntad consciente. La gran masa de nuestro destacamento regional estaba formada por obreros industriales, trabajadores del Partido y del Komsomol, personas entregadas hasta el fin al régimen soviético. Más tarde, los destacamentos se engrosaron con gentes entre las cuales algunos no podían vanagloriarse de tener la conciencia limpia. Estos debían lavar con sangre su deshonra ante la Patria.

En aquel período de organización, nuestras enfermedades eran de crecimiento. Las engendraba la inseguridad en nosotros mismos, una idea muy confusa sobre cuánto iba a durar la guerra y la pérdida de contacto con las masas. Era innegable que habíamos perdido el contacto con ellas. El destacamento llevaba ya más de dos meses sin salir del bosque. Los guerrilleros apenas si tenían contacto con la población. Conocían muy poco la vida y los intereses de los habitantes de las aldeas y pueblos ocupados.

Esa pérdida de contacto con las masas, con el pueblo, podía ser fatál para nosotros. El Comité Regional decidió que era preciso orientar a la gente en el sentido de que la lucha guerrillera sería larga. Cuanto antes pasase el Ejército Rojo a la ofensiva y limpiase nuestra región de alemanes, tanto mejor. Pero, de momento, era indispensable dejar de hablar de plazos, no pensar en cómo resistir, y, en vez de atormentarnos con las dudas, actuar.

El Comité Regional dio instrucciones al Estado Mayor para que preparase una seria operación ofensiva. Esta debía ser la piedra de toque donde se comprobasen todas las cualidades de nuestra gente y de nuestra organización.

* * *

En cumplimiento de la decisión del Comité Regional respecto a la necesidad de un contacto más estrecho con la población civil y a fin de reforzar el trabajo de agitación entre las masas, un grupo de compañeros se dirigió una tarde a la aldea de Sávenki.

Yo fui también. Era la primera vez que, en condiciones de ocupación, tomaba parte en una reunión de campesinos. Seguramente por eso se me quedó tan grabada en la memoria. Más tarde tuve que intervenir con frecuencia en reuniones de esa índole; pero en aquel entonces todo era nuevo.

Más tarde, mis compañeros me confesaron que también ellos sentíanse invadidos por un extraño sentimiento de inseguridad, incluso de emoción. ¿Temor al peligro? No; teníamos noticias de que el enemigo no disponía de fuerzas importantes por aquellos contornos. Nos habíamos enterado previamente de la situación. Nuestra gente, los comunistas en la clandestinidad y los activistas que vivían en Sávenki, había avisado a su debido tiempo al pueblo y emplazado centinelas en todos los accesos... Y sin embargo, estábamos nerviosos.

Nos preocupaba, naturalmente, lo nuevo y original de la situación. ¿Cómo nos acogerían? ¿Cómo llevar a cabo una reunión semejante? Hasta los problemas de organización no estaban claros. Por ejemplo, ¿debíamos dar a la reunión el aire solemne? ¿Hacía falta elegir una presidencia? Había quienes se pronunciaban por la solemnidad, diciendo que así produciría una impresión más grande.

Más importancia tenía aún el determinar con justeza el tema principal del orden del día. Antes de la guerra cada asamblea se dedicaba a una o a otra cuestión concreta. Se discutía el plan de producción del koljós, el balance de la emulación socialista de las brigadas y de las cuadrillas, el informe de la administración, la suscripción al empréstito... ¡Y otras muchas cosas! Incluso si venía un conferenciante para hacer un informe sobre la situación internacional, los koljosianos sabían de antemano de qué se hablaría y preparaban las preguntas.

Nosotros íbamos, por así decirlo, en plan general: a conocer a la gente, a tener un intercambio de novedades, a conocer el estado de ánimo del pueblo. Claro está que, ante todo, nos disponíamos a hablar de la lucha sin cuartel contra los invasores y del apoyo al movimiento guerrillero. Pero no podíamos todavía proponer a los campesinos de Sávenki un plan concreto de acción.

Cuando nos acercamos a la escuela, en la sala grande ya estaba colocada una mesa cubierta con un paño rojo. Dos candiles alumbraban débilmente el local. Los organizadores se disculparon: "No pudimos conseguir petróleo, y ha habido que recurrir al sebo".

La gente llegaba de uno en uno o por parejas. Algunos creían necesario adoptar el aire de la persona que ha llegado casualmente, atraída por la luz. Otros, por el contrario, entraban con marcada decisión, pisaban con firmeza, miraban directamente a los ojos y hablaban en voz más alta de lo conveniente.

Las muchachas y las mujeres jóvenes permanecieron indecisas mucho tiempo, junto a la entrada, cuchicheando y lanzando ojeadas a la sala. Se las invitaba a entrar, pero ellas se negaban y sólo después, cuando la reunión se encontraba ya en su apogeo, todas entraron sin hacer ruido.

Yariómenko, nuestro comisario, dijo:

— Tiene la palabra el jefe del destacamento guerrillero y secretario del Comité Regional clandestino.., no menciono su apellido por motivos de conspiración, es decir, para conservar el secreto...

Me levanté y quise empezar a hablar, pero en la sala oyóse una risita. ¿Qué ocurría? ¿Por qué?

— ¡Pero si es Fiódorov!

— Pues claro que es Fiódorov.

— ¡Valiente secreto! ¡Es Fiódorov! —gritó alguien en las últimas filas.

Yariómenko frunció el ceño, pero yo me eché a reír. Y me invadió un sentimiento de bondad y ternura. A lo mejor esto se debía a las circunstancias, a los tiempos que corrían, pero en cualquier caso, de pronto el ambiente se hizo más sencillo y cordial.

Conté brevemente lo que eran los guerrilleros, cómo y por qué luchaban. Les informé del contenido de los últimos partes del Buró Soviético de Información. Me escuchaban con avidez. Cuando terminé, Yariómenko se dirigió a los reunidos:

— ¿Hay preguntas?

El primero en alzar la voz desde una esquina fue un joven:

— Camarada Fiódorov, cuéntenos cómo fue solo a la reunión de stárostas en Priputni.

— Lo cierto es que no fui solo, éramos dos... ¿Y de dónde lo has sacado tú?

— Cualquiera lo sabe. La gente mueve la lengua. Parece que mataron al burgomaestre y a cinco policías.

Las historias de las proezas guerrilleras se extendieron con asombrosa velocidad. Como el lector sabe, en aquella ocasión no pasó nada de particular. Sin embargo, hasta este pequeño episodio creció y se ensanché en el rumor popular.

— No —dije—. Las historias para otra ocasión.

Me apoyaron varias voces.

— ¿Que te crees, que el camarada Fiódorov es un artista para ir contando aventuras?

— ¡No hemos venido a rascar la lengua!

— Mejor explícanos por qué no estás con los guerrilleros...

Se echaron encima del muchacho.

Con rostro contrariado, se sentó y comenzaron las preguntas. Preguntas serias, a las cuales no me fue fácil responder: también yo desconocía muchas cosas.

 

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